El método de la oración atenta de san Calisto, Patriarca de Constantinopla

El método de la oración atenta de san Calisto, Patriarca de Constantinopla

En el cuerpo del asceta que está atento en la oración surgen, por así decirlo, ciertos movimientos bajo la piel; algunos los tienen por ilusión. También viene un calor de los riñones, como si los ciñera; esto igualmente lo consideran ilusión. En realidad no son ilusiones, sino signos naturales producidos por el trabajo de la oración. Pero cuando alguien los ensalza como procedentes de la gracia y no de la naturaleza, entonces sí que es ilusión. En todo caso, el asceta no debe amar estos signos, sino rechazarlos.

Hay además otro calor que viene del corazón; y si por él el intelecto desciende a pensamientos errantes, entonces sí es ilusión. Pero cuando todo el cuerpo es calentado por el corazón, y el intelecto está puro e impasible y parece adherirse a las profundidades más íntimas del corazón, entonces es verdaderamente una operación de la gracia.

Aquel a quien esto sucede a veces suda por el gran calor que sale del cuerpo, y entonces brota del corazón una actividad santa que retira, por así decirlo, un velo del corazón y mueve al intelecto hacia las profundidades más íntimas; y el intelecto parece adherirse a esa misma actividad Divina y clama a menudo: «Jesús mío, Jesús mío». Tan pronto como el corazón se abre, el intelecto solo llama: «Jesús mío»; y a causa de la frecuente apertura del corazón no puede decir todas las palabras de la oración «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí», sino solamente «Jesús mío». Y quienes dicen que en tal estado pueden recitar la oración entera, están engañados. Cuando el intelecto, como he dicho, se adhiere a la actividad Divina, habiendo entrado en las profundidades más íntimas del corazón, no puede clamar con frecuencia; solo puede decir «Jesús mío».

Entonces, de esta santa oración viene también el asombro del corazón, cuando hay gran consuelo por la santa actividad. Entonces el corazón salta, y de él brota una lágrima de gozo que fluye dulcemente de los ojos; y esto es una tristeza gozosa. Entonces el corazón hierve por esta gran actividad sagrada, y todo el cuerpo se inflama. Y el intelecto clama con asombro: «Señor, ten piedad». Como el aceite que hierve por el calor en un gran recipiente sobre el fuego y se derrama por los bordes, así sucede con el corazón: cuando contempla en sí mismo la actividad Divina, derrama calor en el cuerpo y lo enciende. A quien esto siente le parece que todas sus entrañas se desbordan fuera del cuerpo.

Hay también otras cosas gloriosas en quienes han alcanzado tal estado: a veces hay luz, de modo que tal persona contempla dentro de sí una iluminación que resplandece sobre ella más claramente que el sol y derrama luz desde el corazón. Hay otros misterios dentro del corazón que no pueden describirse. Pues el intelecto contempla todas las criaturas y se maravilla ante el movimiento de la santa actividad; y, contemplando los misterios Divinos, envía desde lo profundo del corazón palabras de sabiduría sobre las que ni siquiera puedo escribir. La persona entera es entonces deificada por ese movimiento divino, hallándose más allá de todo lo terrenal y sensible, y no puede contener su gozo, como si hubiera bebido mucho vino.

Después de esto recibe a veces visiones divinas y contempla misterios temibles que no puedo describir en detalle. Pues el intelecto contempla visiones divinas, y ve el gozo de los justos y la belleza del cielo. Y cuando el intelecto es arrebatado aún más alto, contempla misterios admirables y gloriosos en los cielos; y cuanto más se purifica la persona de los apegos contrarios, tanto más contempla, según le concede el Espíritu Santo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

Deja una respuesta