El monje Teófanes: La Escala de los dones divinos

El monje Teófanes: La Escala de los dones divinos

El monje Teófanes, hallándose en compunción, compuso la Escala de los dones divinos, que los padres portadores de Dios conocen por experiencia

10 La perfección. Ante todo viene la oración pura.

9 La iluminación del corazón. De ella procede el calor del corazón.

8 El resplandor admirable. Tras él viene una actividad admirable y santa.

7 La contemplación de los misterios. También las lágrimas divinas del corazón, y por ellas el apaciguamiento de los múltiples pensamientos.

6 La purificación del intelecto. Por esto se purifica el intelecto y comienza la contemplación de los misterios celestiales.

5 La paz en los pensamientos. Después de ella, un resplandor admirable e inefable.

4 Las lágrimas del corazón. Y de ellas, la inefable iluminación del corazón.

3 La actividad santa. Y de aquí, una perfección imperfecta.

2 El calor del corazón. Este grado es infinitamente amplio para expresarlo en un solo verso.

1 La ascensión divina. Y sus modos son muchísimos. Y si quisiéramos enumerarlos ahora, largo sería nuestro discurso. Mas tú, amado, sabe esto acerca de estos grados: los enseña la experiencia, no la palabra. Una escala que admirablemente conduce a lo alto. Diez grados: esta es la admirable vivificación del alma. Diez grados proclaman la vida del alma. Y uno de los portadores de Dios dice así: «Quien no se apresura a adquirir la vida aquí, que no se engañe con la vana esperanza de recibirla allá. Diez grados: esta es la divina sabiduría. Diez grados: este es el fruto de todos los libros. Diez grados manifiestan la perfección. Diez grados conducen a los cielos. Diez grados llevan a la contemplación de Dios». La escala no parece muy larga. Quien la reciba en su corazón por experiencia hallará riquezas inconcebibles para el mundo y una fuente divina que mana una vida admirable. Esta Escala es el mejor maestro; mostrará a cada uno su propia medida. Cuando contemples la divina Escala de los diez dones y pienses que estás firme sobre ella, di en qué grado te encuentras, para provecho también de nosotros, los perezosos. Si quieres, amado, aprender algo de esto, no te ocupes en cosas diversas, irracionales y solo en apariencia buenas. Pues nada aprenderás mientras estés enredado en preocupaciones. Esto se conoce por experiencia, no por palabras. Te digo esto solo como recordatorio. Hay una palabra de los santos portadores de Dios, aunque sea duro escucharla: quien no ha puesto el pie en uno de los grados, o no se ejercita en hacerlo, en la hora de su fin y de su muerte tendrá verdaderamente gran temor y temblor, y un pavor sin medida de ser apartado. Con temor terminan los versos, y así ha resultado para provecho. Pues los de corazón duro, entre los cuales yo soy el primero, son conducidos al arrepentimiento y a la bondad no solo por algo bueno, sino también por aquello que suscita temor y espanto. Quien tenga oídos para oír, que oiga. Escucha y comprende también tú, que has escrito esto: ¿cómo te atreviste a hablar así? Tú, que nada posees de esto, ¿cómo no temiste enseñar a otros? ¿No has oído lo que padeció Uzá cuando quiso sostener el arca divina? No pienses que digo esto para instruir; lo digo para reprocharme a mí mismo, cuando contemplo los honores victoriosos de los ascetas y mi propia esterilidad en todo.

SEGUNDA PARTE

Nuestro venerable padre Hesiquio, presbítero de la Iglesia de Jerusalén, que vivió en tiempos de Teodosio el Joven, floreciendo en discursos instructivos, partió hacia Dios cerca del año 433. De sus numerosos escritos se incluye aquí un Discurso, dividido en 203 capítulos, por ser sumamente necesario a los principiantes en la sobriedad y en la atención del intelecto y en la guarda del corazón, y más provechoso que ningún otro. Acerca de él, el crítico (es decir, quien examina los escritos) Focio habla así, palabra por palabra, en la lectura 198, p. 267. Además de esto, los capítulos segundo y vigésimo de Hesiquio el presbítero contienen aquello en lo que consiste la sabiduría de todo el libro, lo más necesario para los ascetas a fin de heredar el Reino de los Cielos. Su enseñanza es clara y, por todos los indicios, tal como la necesitan los hombres que han emprendido no solo el combate de las palabras, sino que han mostrado también todo trabajo y celo en el combate activo.

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