Del mismo Teolepto de Filadelfia (Capítulos)

Del mismo Teolepto de Filadelfia (Capítulos)

Del mismo Teolepto de Filadelfia

1 El intelecto, apartándose de las cosas exteriores y recogiéndose en las interiores, se concentra en sí mismo, es decir, se une naturalmente con su propia palabra que está en la mente, y por medio de la palabra esencial que le acompaña se une con la oración, y por la oración asciende al conocimiento de Dios con toda la fuerza del amor y del celo. Entonces muere la concupiscencia de la carne, cesa todo sentimiento voluptuoso y la belleza terrena parece desagradable. El alma, dejando atrás todo lo corporal y cuanto se refiere al cuerpo, sigue tras la belleza de Cristo, yendo en pos de Él con obras honorables y pureza de pensamiento, y cantando: «Tras ella serán llevadas al rey las vírgenes» (Sal. 44, 15); representándose a Cristo, viéndole delante de sí y diciendo: «Al Señor he visto siempre delante de mí, porque está a mi diestra» (Sal. 15, 8); postrándose ante Cristo con amor y clamando: «Señor, delante de Ti está todo mi deseo» (Sal. 37, 10); mirando siempre a Cristo y llamando: «Mis ojos están siempre hacia el Señor» (Sal. 24, 15); volviéndose a Cristo con oración pura y deleitándole con gozo: «Séale agradable mi conversación, y yo me regocijaré en el Señor» (Sal. 103, 34). El Señor acoge la conversación de la oración como Aquel que es amado y a quien se invoca en auxilio, y concede al alma que ora un gozo inefable. Ella recuerda a Dios por la conversación de la oración, y el Señor la alegra: «Me acordé de Dios», dice el profeta, «y me alegré» (Sal. 76, 4).

2 Evita los sentidos y dejarás inactiva la dulzura sensible. Evita también las dulces fantasías de la mente y dejarás inactiva la voluptuosidad de los pensamientos. El intelecto, cuando permanece sin fantasías, porque no las acepta ni de las representaciones voluptuosas ni de los pensamientos de deseo, y no les permite surgir ni manifestarse, permanece en la simplicidad. Y habiéndose elevado por encima de todo lo sensible y lo inteligible, eleva la mente hacia Dios, sin pronunciar otras palabras que el nombre del Señor, como un niño que invoca a su padre. «Proclamaré el nombre del Señor delante de ti» (Éx. 33, 19), dice la Escritura. Y así como la mano de Dios formó a Adán del polvo y el Señor infundió en él un alma viviente con un soplo divino, así también el intelecto, cuando es formado por las virtudes, mediante la frecuente invocación pronunciada con pensamiento puro y celo ardiente, es transformado por una transformación divina, vivificado y deificado, porque conoce y ama a Dios.

3 Cuando por la oración frecuente y pura te apartes del deseo de las cosas terrenas, y como en un sueño descanses de todo pensamiento que no sea según Dios, y te establezcas por completo en el único recuerdo de Dios, entonces el amor de Dios será restaurado en ti como auxiliador. Cuando oras, la invocación ferviente hace brotar el amor divino, y el amor divino impulsa al intelecto a descubrir lo oculto. Entonces el intelecto, unido al amor, adquiere los frutos de la sabiduría y por la sabiduría proclama cosas inefables. Pues Dios, a quien en la oración, en la invocación del corazón, llamamos el Verbo, toma el pensamiento del intelecto como una costilla y concede el conocimiento. Y en su lugar, llenándolo de bondad, concede la virtud, edifica el amor creador de luz y lo lleva al intelecto que está en éxtasis, y duerme y descansa de todo deseo terreno. Y el amor se vuelve auxiliador del intelecto que ha descansado de la pasión irracional por las cosas sensibles. Por eso impulsa al intelecto, ya purificado, a palabras de sabiduría. Entonces el intelecto, contemplándolo y gozándose en él, revela con amplias palabras las moradas secretas de las virtudes y la acción invisible del conocimiento.

4 Apártate de todo lo sensible, rechaza la ley de la carne, y la ley espiritual será escrita en tu mente. «Andad en el Espíritu, y no satisfaréis los deseos de la carne» (Gál. 5, 16), según la palabra del Apóstol. Quien se aparta de los sentidos y de las cosas sensibles, esto es, de la carne y del mundo, llega a caminar en el Espíritu y a pensar espiritualmente. Y aprende esto de lo que Dios hizo por Adán aun antes de la desobediencia.

5 A quien lucha en la guarda de los mandamientos y permanece en el paraíso de la oración, y por el recuerdo frecuente se demora junto a Dios, a ese Dios lo libra de la acción voluptuosa de la carne y de todos los movimientos que proceden de los sentidos, y de todas las representaciones que hay en la mente, y lo hace muerto a las pasiones y al pecado, y lo hace partícipe de la vida eterna. Está como dormido y como muerto, pero en realidad vive. Lo primero, por la acción del cuerpo; lo segundo, por la acción del alma. Así también quien permanece en el Espíritu está mortificado para la carne y el mundo, y vive según la sabiduría del Espíritu.

6 Cuando comprendas lo que cantas, adquirirás entendimiento. Por el entendimiento adquirirás conocimiento; del conocimiento viene la acción de lo que se ha visto; por la acción adquieres por hábito los frutos del conocimiento; y cuando hay experiencia, entonces el conocimiento abre la contemplación. Y por la contemplación, la sabiduría resplandece con las palabras luminosas de la gracia, llenando el espacio de palabras y explicando lo oculto por medio de lo exterior.

7 Al principio el intelecto busca y encuentra; después se une con lo hallado. Y la búsqueda se hace por la palabra, y la unión por el amor. Y las búsquedas en palabras son por causa de la verdad, y la unión es por causa del bien del amor.

8 Quien se eleva por encima de la naturaleza fugaz de las cosas presentes y huye del deseo de lo pasajero, no mira las cosas terrenas ni desea la belleza terrena, sino que ve cómo se abren las visiones celestiales, y contempla la belleza del cielo, y discierne la bienaventuranza de las cosas incorruptibles. Pero para quien mira de cerca las cosas terrenas y es arrastrado por los placeres carnales, los cielos están cerrados, porque los ojos de su mente están nublados. A quien desprecia lo terreno y se aparta de ello, su intelecto se eleva a lo alto, y ve la gloria del que existe eternamente, y recibe el resplandor destinado a los santos. Tal persona recibe también el amor de Dios que desciende sobre ella desde lo alto, y llega a ser templo del Espíritu Santo, y desea los mandamientos divinos, y es guiada por el Espíritu de Dios; es hallada digna de la filiación, y Dios se complace en ella, y ella agrada a Dios. «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rom. 8, 14).

9 No omitas la oración un solo día, ni siquiera por debilidad, mientras dure tu vida. Escucha lo que dice el Apóstol: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor. 12, 10). Cuando obres así, mayor será tu provecho, y pronto te levantará la acción de la gracia. Donde el Espíritu consuela, no hay debilidad ni desaliento.

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