Sobre los que piensan justificarse por las obras, 226 capítulos
1. El error de quienes creen solo en apariencia quedará expuesto en lo que sigue por aquellos que creen con firmeza y han llegado al conocimiento de la verdad.
2. El Señor, queriendo mostrar que todo mandamiento es una obligación, y que la filiación se concede a los hombres gratuitamente por su propia sangre, dice: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os mandó, decid: Siervos inútiles somos; solo hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10). Por eso el Reino de los Cielos no es el salario de las obras, sino la gracia del Señor preparada para sus siervos fieles.
3. El siervo no exige su libertad como salario; sirve como quien tiene una deuda y aguarda la libertad como don.
4. Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, y concede la libertad a quienes le sirven bien (cf. 1 Co 15,3). Él dice: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,23).
5. No es todavía siervo fiel el que se apoya en el conocimiento desnudo, sino el que muestra su fe en Cristo con la obediencia a sus mandamientos.
6. Quien honra al Señor hace lo que Él manda. Y cuando yerra o desobedece, carga como propias las consecuencias.
7. Si amas aprender, ama también el trabajo; pues el conocimiento a solas hincha al hombre.
8. Las pruebas que nos sobrevienen inesperadamente nos enseñan, por providencia divina, a ser diligentes; y atraen al arrepentimiento aun a los que no lo quieren.
9. Las aflicciones que caen sobre el hombre son fruto de sus propios males. Si las soportamos con oración, recibiremos de nuevo los bienes que nos hacen crecer.
10. Algunos, alabados por su virtud, sintieron agrado y tomaron el placer de la vanagloria por consuelo. Otros, reprendidos por sus pecados, sintieron dolor y tomaron ese dolor provechoso por obra del pecado.
11. Quienes se tienen por ascetas y se ensalzan sobre los negligentes suponen que se justifican por obras corporales. Pero cuando nosotros nos apoyamos solo en el conocimiento y despreciamos a los ignorantes, somos mucho más insensatos que ellos.
12. El conocimiento, aunque sea verdadero, sigue sin confirmar mientras no le siguen las obras; pues la obra es la prueba de todo.
13. Por la negligencia en la práctica el conocimiento se oscurece mucho; y en quienes han abandonado del todo la práctica, su memoria se apaga poco a poco por completo.
14. Por eso la Escritura nos manda conocer a Dios con entendimiento, para servirle con obras justas.
15. Cuando cumplimos los mandamientos con pureza, recibimos del Señor lo que corresponde a nuestra medida; y el provecho que nos llega es proporcionado a nuestra intención.
16. Cuando alguien quiere hacer algo y no puede, Dios, escrutador de los corazones, se lo cuenta como hecho. Y esto vale igualmente para las obras buenas y para las malas.
17. El intelecto, sin la ayuda del cuerpo, puede realizar mucho bien y mucho mal. El cuerpo, en cambio, no puede hacer ninguna de las dos cosas por sí mismo, pues solo ejecuta lo que el intelecto ha concebido.
18. Algunos, sin guardar los mandamientos, suponen que creen rectamente; otros, guardándolos, esperan el Reino como salario debido. Unos y otros yerran respecto de la verdad.
19. El señor no debe salario a sus siervos; y quienes no sirven rectamente no reciben la libertad.
20. Si Cristo murió por nosotros según las Escrituras, ya no vivimos para nosotros mismos, sino para Aquel que murió por nosotros y resucitó. Está claro, pues, que le debemos servicio hasta la muerte. ¿Con qué derecho reclamaríamos entonces la filiación como algo debido?
21. Cristo es Señor por esencia y Señor por dispensación: creó lo que no existía, y a los que habían muerto por el pecado los redimió con su propia sangre, y a los que creen en Él les dio la gracia.
22. Cuando oigas en la Escritura que el Señor «pagará a cada uno según sus obras», no pienses que las obras en sí mismas son dignas del infierno o del Reino. Él retribuye más bien las obras de incredulidad o de fe en Él; y no como quien salda una cuenta, sino como Dios, nuestro Creador y Redentor.
23. Todos los que hemos sido hallados dignos de la fuente del bautismo hacemos buenas obras no por un salario, sino para guardar la pureza que se nos ha dado.
24. Toda buena obra que realizamos con nuestra propia naturaleza nos aparta de su contraria; pero no puede santificarnos sin la gracia.
25. El abstinente se aparta de la glotonería; el que no posee nada, de la codicia; el silencioso, de la locuacidad; el puro, del placer sensual; el casto, de la impureza; el que se contenta con lo que tiene, del amor al dinero; el manso, de la agitación; el humilde, de la vanagloria; el obediente, de las disputas; el que se reprocha a sí mismo, de la hipocresía. Del mismo modo, el que ora se aparta de la desesperación; el pobre, de las riquezas; el confesor, de la negación; el mártir, de la idolatría. ¿Ves cómo toda obra virtuosa, aun llevada hasta la muerte, no es otra cosa que abstenerse del pecado? Y abstenerse del pecado es obra propia de nuestra naturaleza, no algo que compre el Reino.
26. Apenas logra el hombre conservar lo que es propio de su naturaleza; y Cristo, por la cruz, nos otorga la filiación.
27. Un mandamiento es particular y otro universal. En un lugar se nos manda dar algo al que carece; en otro, renunciar a todas nuestras posesiones.
28. Una cosa es la acción de la gracia, desconocida para el principiante, y otra la acción del pecado, que imita de cerca la verdad. Lo mejor es no escrutar tales acciones, para no ser engañados, ni maldecirlas, para no maldecir lo que es verdadero; sino referirlo todo a Dios con esperanza, pues Él sabe lo que es provechoso en ambos casos.
29. Quien quiere atravesar el mar noético es longánimo, humilde, vigilante y abstinente. Y si se atreve a embarcarse sin estas cuatro cosas, solo turba su corazón y no logra la travesía.
30. La quietud es un apartar los males. Quien añade estas cuatro virtudes a la oración no tiene ayuda más rápida hacia la impasibilidad.
31. El intelecto no puede aquietarse mientras el cuerpo no esté aquietado, ni puede derribarse el muro entre ambos sin quietud y oración.
32. «La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne» (Ga 5,17). Quien camina según el espíritu no cumplirá los deseos de la carne.
33. Ninguna oración es perfecta si el intelecto no invoca a Dios. Cuando el pensamiento clama sin distracción, el Señor lo escuchará.
34. Cuando el intelecto ora sin distracción, quebranta el corazón; y «a un corazón quebrantado y humillado Dios no lo despreciará» (Sal 50,19).
35. A la oración se la llama virtud, pero en realidad es la madre de las virtudes, pues las engendra por la unión con Cristo.
36. Todo lo que hacemos sin oración y sin buena esperanza resulta después dañino y defectuoso.
37. Cuando oigas que «los últimos serán los primeros y los primeros los últimos» (Mt 19,30), entiéndelo de los que participan de las virtudes y de los que participan del amor. Pues el amor es la última de las virtudes en el orden de aparición, pero la primera de todas en dignidad, y muestra como últimas a las que la precedieron.
38. Cuando desfallezcas en la oración, o cuando el pecado te hiera de algún modo, recuerda la salida del cuerpo y el juicio temible. Es mejor unirse a Dios con oración y esperanza que recordar cosas exteriores, aunque sean provechosas.
39. Ninguna virtud por sí sola nos abre la puerta de nuestra naturaleza; todas las virtudes han de estar unidas entre sí.
40. No es abstinente quien se alimenta de pensamientos, aunque sean útiles; pues nada hay más útil que la esperanza.
41. El pecado del que no se hace penitencia es pecado de muerte; y aunque un santo ore por tal hombre, no será escuchado.
42. Quien se arrepiente rectamente no piensa que su trabajo cancela sus antiguos pecados, sino que con él aplaca a Dios.
43. Puesto que debemos hacer cada día todo el bien que está en nuestra naturaleza, ¿qué le devolveremos a Dios por los males que cometimos antes?
44. Por mucha virtud que añadamos hoy, ella es prueba de nuestra negligencia pasada, no pago por ella.
45. Quien aflige su intelecto y busca descanso para el cuerpo es semejante al que aflige su cuerpo y complace su intelecto.
46. La aflicción corporal fortalece la aflicción del intelecto, y la del intelecto fortalece la del cuerpo; pero es peor cuando ambas se relajan a la vez.
47. Gran virtud es soportar con paciencia todo lo que sobreviene y amar, según la palabra del Señor, al prójimo que te aborrece.
48. La señal del amor sincero es el perdón de las ofensas. Así amó el Señor a este mundo.
49. Es imposible perdonar de corazón una ofensa sin el conocimiento verdadero, pues este muestra a cada uno qué aflicciones pueden sobrevenirle.
50. No perderás nada de lo que hayas dejado por causa del Señor; a su tiempo se te devolverá multiplicado.
51. Cuando el intelecto olvida el fin de la verdadera piedad, incluso la obra visible de la virtud se vuelve inútil.
52. Si el mal consejo daña a todo hombre, mucho más daña a quienes han abrazado la vida ascética.
53. Aprende en la práctica qué es el consejo humano y qué la retribución de Dios; pues no hay palabra más sabia ni más útil que la obra misma.
54. Tras las obras de piedad viene la intercesión ante Dios. Esto puede conocerse por la ley de Dios y por la conciencia.
55. Uno recibió una enseñanza y, sin examinarla, tardó en obrar; otro comparó lo recibido con la verdad. Veamos cuál de los dos obró con más piedad.
56. El conocimiento verdadero consiste en soportar las aflicciones y en no culpar a los hombres de las propias desgracias.
57. Quien hace el bien y busca recompensa no sirve a Dios, sino a su propia voluntad.
58. Es imposible que quien ha pecado escape a la retribución, salvo por un arrepentimiento proporcionado al pecado.
59. Algunos dicen: «No podemos hacer el bien si no recibimos sensiblemente la gracia del Espíritu».
60. Quienes permanecen deliberadamente en los placeres descuidan, con el pretexto de la debilidad, incluso aquello que está en su poder.
61. Los bautizados en Cristo han recibido misteriosamente la gracia. Ella obra en nosotros según cumplimos los mandamientos y no cesa de ayudarnos secretamente; pero está en nuestro poder hacer o no hacer el bien según nuestras fuerzas.
62. La gracia, de modo digno de Dios, despierta la conciencia; por eso incluso quienes hicieron el mal se arrepintieron y agradaron a Dios.
63. La gracia se esconde también en el consejo del prójimo. A veces acompaña a la lectura, siguiendo a nuestro pensamiento, y en esa secuencia enseña al intelecto su verdad. Si, pues, no escondemos nuestro talento en ninguno de estos casos, entraremos verdaderamente en el gozo del Señor.
64. Cuando alguien busca las obras del Espíritu antes de cumplir los mandamientos, se asemeja al esclavo comprado por dinero que, apenas comprado, exige su libertad.
65. Quien ha comprendido que las aflicciones exteriores vienen por el justo juicio de Dios, buscando al Señor ha hallado el conocimiento junto con la justicia.
66. Cuando entiendas, según las Escrituras, que «los juicios de Dios están en toda la tierra», entonces cada circunstancia será para ti maestra del conocimiento de Dios.
67. Cada uno considera lo que le sucede; pero solo Dios conoce la razón de la diferencia entre la suerte de uno y la de otro.
68. Cuando sufras alguna deshonra de parte de los hombres, entiende al instante que te aguarda la gloria de Dios; y así estarás en la deshonra sin tristeza y sin turbación, y cuando venga la gloria serás hallado fiel e irreprensible.
69. Cuando, por disposición de Dios, seas alabado por muchos, no añadas nada tuyo, jactancioso, a su providencia, para que ese cambio no te haga caer en lo contrario.
70. La semilla no germina sin tierra y sin agua; y el hombre no obtiene provecho sin trabajo voluntario y sin la ayuda divina.
71. Es imposible que llueva sin nube, y que un hombre agrade a Dios sin una buena conciencia.
72. No rehúses aprender, por muy sabio que seas; pues la dispensación de Dios es más útil que nuestra sabiduría.
73. Cuando el corazón se aparta del trabajo hacia algún placer, es tan difícil de retener como una piedra pesada que ha empezado a rodar cuesta abajo.
74. Como el ternero que corre tras la hierba y cae por un precipicio, así el alma que poco a poco se deja extraviar por los pensamientos.
75. Cuando el intelecto, fortalecido en el Señor, arranca al alma de sus hábitos antiguos, entonces el corazón se atormenta como en el potro, pues el intelecto y la pasión tiran de él en direcciones opuestas.
76. Como los marinos soportan el calor esperando la ganancia, así quienes odian el pecado aman la reprensión; pues el calor ahuyenta los vientos, y la reprensión, las pasiones.
77. Como la huida en invierno o en sábado es penosa para el cuerpo y mancha el alma, así es el oleaje de las pasiones en un cuerpo envejecido y en un alma santificada.
78. Nadie es tan bueno y misericordioso como el Señor; y sin embargo, al que no se arrepiente no le perdona los pecados.
79. Muchos de nosotros nos entristecemos por nuestros pecados, y sin embargo aceptamos con gusto sus causas.
80. El topo que se arrastra bajo tierra es ciego y no puede ver las estrellas; y quien no confía en Dios en lo temporal tampoco confiará en Él en lo eterno.
81. El conocimiento verdadero, gracia sobre gracia, ha sido dado por Dios a los hombres, y enseña a quienes lo reciben a creer ante todo en Aquel que lo dio.
82. Cuando el alma pecadora no acepta las aflicciones que le sobrevienen, los ángeles dicen de ella: «Quisimos curar a Babilonia, y no fue curada» (cf. Jr 51,9).
83. El intelecto que olvida el conocimiento verdadero combate con los hombres por lo que le es dañino como si le fuese provechoso.
84. Como el fuego no puede arder en el agua, así el pensamiento malo no puede permanecer en un corazón que ama a Dios; pues todo el que ama a Dios ama también el trabajo, y el trabajo voluntario es por naturaleza enemigo del placer.
85. Cuando una pasión ha crecido por la propia voluntad del hombre, después se levanta contra él por la fuerza, aunque ya no lo quiera.
86. Amamos las causas de los pensamientos involuntarios, y por eso vienen; pero en los voluntarios amamos claramente no solo sus causas, sino los pensamientos mismos.
87. La altivez y la soberbia son causa de la blasfemia; el amor al dinero y la vanagloria, de la dureza y la hipocresía.
88. Cuando el diablo ve que el intelecto ha orado de corazón, trae tentaciones grandes y astutas, pues quiere destruir las pequeñas virtudes con grandes asaltos.
89. Cuando un pensamiento se demora, revela el apego del hombre a la pasión; pero cuando se destruye enseguida, significa combate y resistencia.
90. Hay tres lugares noéticos en los que el intelecto entra alternativamente: el natural, el sobrenatural y el contra natura. Cuando entra en el lugar natural, descubre que él mismo es causa de sus malos pensamientos y confiesa sus pecados a Dios, reconociendo las causas de sus pasiones. Cuando está en el lugar contra natura, olvida la justicia de Dios y combate con los hombres como si le hicieran agravio. Y cuando es introducido en el sobrenatural, halla los frutos del Espíritu Santo que enumeró el Apóstol: amor, gozo, paz y los demás. Y sabe que, si elige los cuidados del cuerpo, no puede permanecer allí, sino que, dejando aquel lugar, cae en el pecado y en las desgracias que le siguen —quizá no de inmediato, sino después de un tiempo, como la justicia de Dios lo sabe—.
91. El conocimiento de cada uno es verdadero en la medida en que lo confirman la mansedumbre, la humildad y el amor.
92. Todo el que ha sido bautizado ortodoxamente ha recibido misteriosamente toda la gracia; después se hace consciente de ella en la medida en que cumple los mandamientos.
93. El mandamiento de Cristo, cumplido en conciencia, trae consuelo en proporción al dolor del corazón; pero cada uno de ellos llega a su modo y a su tiempo.
94. No dejes de orar en cualquier circunstancia, para no hacer nada sin la ayuda de Dios.
95. Nada obra con tanta fuerza como la oración, y nada es más útil para agradar a Dios.
96. Todo el cumplimiento de los mandamientos está contenido en la oración, pues nada hay más alto que el amor a Dios.
97. La oración sin distracción es señal del amor de Dios en quien persevera en ella; la negligencia en la oración y el cautiverio de los pensamientos son señales del amor al placer.
98. Quien vela sin tristeza, y soporta con paciencia, y ora, es manifiestamente partícipe del Espíritu Santo. Y quien padece aflicciones y las acepta voluntariamente recibirá pronto la protección divina.
99. Un mandamiento resulta más alto que otro, así como una fe resulta más firme que otra.
100. Hay una fe «que viene del oír» (Rm 10,17), según la palabra del Apóstol, y hay una fe que es «garantía de lo que se espera» (Hb 11,1).
101. Es bueno ayudar al que pregunta con una palabra; pero es mejor aún ayudarle con la oración y la virtud, pues quien así se ofrece a Dios ayuda a su prójimo junto consigo mismo.
102. Si quieres ayudar con una palabra breve al que ama aprender, señálale la oración, la fe recta y la paciencia en las aflicciones que sobrevienen; por ellas se obtiene todo lo demás bueno.
103. Cuando alguien confía en Dios en algún asunto, ya no disputa con su prójimo acerca de él.
104. Si, como dice la Escritura, todo lo involuntario tiene su causa en lo voluntario, entonces nadie es tan enemigo del hombre como él mismo.
105. La ignorancia es el primero de todos los males; el segundo, tras ella, es la incredulidad.
106. Huye de las tentaciones con paciencia y oración; pues si les resistes sin ellas, vienen sobre ti con más fuerza.
107. El manso según Dios es más sabio que los sabios, y el humilde de corazón es más fuerte que los fuertes; porque lleva el yugo de Cristo con entendimiento.
108. Todo lo que decimos o hacemos sin oración resulta después equivocado o dañino, y quedamos convictos por el resultado de nuestras obras.
109. Por las obras, las palabras y los pensamientos se hacen justos los hombres uno a uno; pero por la fe, la gracia y el arrepentimiento se hacen justos los muchos.
110. Así como el arrepentimiento es ajeno a la presunción, así es imposible que sea humilde quien peca por su propia voluntad.
111. La humildad no es la condena de sí mismo, sino el conocimiento de la gracia y de la misericordia de Dios.
112. Lo que el aire es a una casa, eso es la gracia divina al intelecto racional. Y cuanto más sacas de la casa, tanto más aire entra; y cuanto más metes en el intelecto, tanta más gracia se retira.
113. El ajuar de la casa son los enseres y las vasijas; el ajuar del intelecto son la vanagloria y el amor al placer.
114. La anchura del corazón es la esperanza en Dios; su estrechez, el cuidado del cuerpo.
115. La gracia del Espíritu es una e inmutable, y obra en cada uno como quiere.
116. Como la lluvia, al caer sobre la tierra, da a las plantas la cualidad propia de cada una —dulzura a lo dulce, fuerza a lo fuerte—, así la gracia, entrando inmutable en los corazones de los fieles, otorga las acciones propias de cada virtud.
117. Para el que tiene hambre por causa de Cristo, la gracia se hace alimento; para el sediento, bebida dulce; para el aterido, vestido; para el que trabaja, descanso; para el que ora, certeza; para el que llora, consuelo.
118. Cuando, pues, oigas a las Escrituras hablar del Espíritu Santo —que descendió sobre cada uno de los apóstoles, o que reposó sobre un profeta, o que obra, o que se entristece, o que se apaga, o que se enciende; y también que unos comienzan a llenarse y otros están ya llenos del Espíritu Santo—, no entiendas esto como división, transformación o cambio del Espíritu Santo, sino cree, como hemos declarado, que Él es constante, inmutable y todopoderoso. Por eso, en sus acciones permanece tal cual es, y otorga lo que place, como Dios. Pues Él, como el sol, se derramó por entero sobre los bautizados. Y cada uno de nosotros es iluminado en la medida en que odia y rechaza las pasiones que lo oscurecen, y se oscurece en la medida en que las ama y se demora en ellas.
119. Quien odia las pasiones arranca sus causas; pero quien permanece entre las causas es asaltado por la pasión aunque no lo quiera.
120. Cuando obran en nosotros los malos pensamientos, culpémonos a nosotros mismos y no al pecado de nuestros padres.
121. Las raíces de los pensamientos son los pecados manifiestos que cometemos con las manos, los pies y la boca.
122. Es imposible que se una en el pensamiento a una pasión quien no ama su causa.
123. ¿Quién, si no teme la vergüenza, se une a la vanagloria? ¿Quién, si no teme la humillación, se turba por la deshonra? ¿Quién, teniendo un corazón contrito y humilde, acepta el placer carnal? ¿Quién, creyendo en Cristo, se inquieta por las cosas pasajeras o pelea por ellas?
124. Cuando alguien es despreciado por otro y no disputa con él ni de palabra ni de pensamiento, ha adquirido el conocimiento verdadero y muestra fe firme en el Señor.
125. «Engañosos son los hijos de los hombres, pesan el engaño en la balanza» (Sal 61,10); pero Dios guarda para cada uno lo que verdaderamente le pertenece.
126. Ni el que agravia tiene excedente, ni al agraviado le falta nada: «el hombre pasa como una sombra, y en vano se inquieta» (Sal 38,7).
127. Cuando veas a alguien que sufre por numerosas deshonras, sabe que, saciado de pensamientos de vanagloria, siega con amargura las gavillas de lo que sembró en su corazón.
128. Quien ha gozado de placeres corporales más de lo debido pagará ese exceso cien veces con dolores.
129. El superior debe decir al discípulo lo que se le exige; y cuando este desobedece, ha de advertirle de las desgracias que vendrán.
130. El agraviado que nada exige del que le agravió cree en Cristo en este asunto: recibirá el ciento por uno en este siglo y heredará la vida eterna.
131. El recuerdo de Dios trae al corazón dolor por causa de la piedad; pero quien olvida a Dios se consuela con placeres y no conoce el dolor.
132. No digas que el impasible no puede afligirse; pues si no se aflige por sí mismo, debe hacerlo por su prójimo.
133. Cuando el enemigo tiene registrados muchos pecados inadvertidos, obliga al deudor a cometerlos conscientemente, abusando de la ley del pecado.
134. Si quieres recordar siempre a Dios, no rechaces las aflicciones como injustas, sino acéptalas como venidas con justicia. Pues la paciencia en cada caso despierta la memoria de Dios, mientras que rehusarla disminuye la sabiduría del corazón y, por la molicie, trae el olvido.
135. Si quieres que el Señor cubra tus pecados, no muestres ante los hombres la virtud que tengas. Pues lo que nosotros hacemos con nuestras virtudes, eso hace Dios con nuestros pecados.
136. Y habiendo ocultado tu virtud, no te ensalces como quien ha obrado rectamente; pues es bueno no solo esconder lo bueno, sino ni siquiera pensar en lo que no está permitido.
137. No te alegres cuando haces bien a alguien, sino cuando soportas sin rencor la enemistad de aquel a quien hiciste el bien. Pues como la noche sigue al día, así las malas obras siguen a las buenas.
138. La vanagloria, el amor al dinero y el amor al placer no dejan que las buenas obras permanezcan sin mancha, si antes el temor de Dios no las ha expulsado.
139. La misericordia de Dios se esconde en los sufrimientos involuntarios: mueven al arrepentimiento a quien los acepta y lo libran del tormento eterno.
140. Algunos, cumpliendo los mandamientos, esperan que sus obras sean pesadas junto a sus pecados; otros los cumplen para aplacar a Aquel que murió por nuestros pecados. Consideremos cuál de los dos piensa rectamente.
141. El temor del infierno y el amor del Reino nos dan fuerza para soportar las aflicciones; y no de nosotros mismos, sino de Aquel que conoce nuestros pensamientos.
142. Quien cree en los bienes futuros se abstiene por sí mismo de los placeres presentes; quien no cree se entrega a los placeres y queda insensible.
143. No digas: «¿Cómo puede el pobre entregarse al placer si nada tiene a mano?»; pues es posible entregarse miserablemente al placer aun solo con el pensamiento.
144. Una cosa es el conocimiento de las cosas y otra el conocimiento de la verdad; y el segundo supera al primero cuanto el sol supera a la luna.
145. El conocimiento de las cosas viene según cumplimos los mandamientos; el conocimiento de la verdad, según nuestra esperanza en Cristo.
146. Si quieres salvarte y llegar al conocimiento de la verdad, esfuérzate por elevarte siempre por encima de lo sensible y por adherirte a Dios solo con la esperanza. Así te encontrarás con los principados y potestades, que te harán la guerra con asaltos de pensamientos; pero venciéndolos con la oración y permaneciendo en buena esperanza, tendrás la gracia de Dios, que te librará de la ira venidera.
147. Quien comprende el sentido oculto de las palabras de san Pablo, que dijo que hay que luchar «contra los espíritus de maldad», comprenderá también la parábola del Señor sobre la necesidad de orar siempre y no desanimarse.
148. La ley manda figuradamente trabajar seis días y descansar el séptimo. Trabajar significa que el alma realice buenas obras; y el descanso y la paz del alma consisten en venderlo todo y darlo a los pobres, según la palabra del Señor, y luego, en esa misma indigencia, reposar en la esperanza que no falla. A este descanso nos exhorta Pablo a apresurarnos, diciendo: «Esforcémonos, pues, por entrar en aquel descanso» (Hb 4,11).
149. Decimos esto no para excluir lo venidero, ni para afirmar que todo se retribuye aquí, sino para explicar que primero hay que tener actuante en el corazón la gracia del Espíritu Santo y así entrar, según la propia medida, en el Reino de los Cielos. Anunciando esto, el Señor dice: «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). También el Apóstol dice de esto: «La fe es garantía de lo que se espera» (Hb 11,1); y también: «Corred de tal modo que alcancéis el premio» (1 Co 9,24); y de nuevo: «Examinaos a vosotros mismos, si estáis en la fe. ¿No reconocéis que Jesucristo está en vosotros, a no ser que no resistáis la prueba?» (2 Co 13,5).
150. Quien ha aprendido la verdad no se resiste a las aflicciones que llegan, pues sabe que ellas conducen al hombre al temor de Dios.
151. El recuerdo de los pecados pasados daña a quien tiene buena esperanza. Cuando viene con tristeza, le quita la esperanza; cuando viene sin tristeza, vuelve a manchar con la antigua inmundicia.
152. Cuando el intelecto, habiendo renunciado a sí mismo, mantiene firme la esperanza, el enemigo, bajo apariencia de confesión, saca a la luz los pecados antiguos para remover las pasiones que la gracia de Dios había hecho olvidar, y así daña en secreto. Entonces incluso un intelecto fuerte y que odia las pasiones quedará oscurecido, confundido por lo que ha hecho. Y si además está turbio y amante del placer, se demorará en tales pensamientos y conversará con los recuerdos; y entonces esos recuerdos son un asalto de las pasiones, no una confesión.
153. Si quieres presentar a Dios una confesión sin reproche, no enumeres en detalle tu trato con los pensamientos, sino soporta valerosamente sus asaltos.
154. Las aflicciones vienen sobre nosotros por los pecados anteriores, trayendo consigo lo que corresponde a cada pecado.
155. El hombre inteligente que conoce la verdad confiesa a Dios no recordando lo que hizo, sino soportando lo que le sobreviene.
156. Si rehúyes el dolor y la deshonra, no prometas arrepentirte por medio de alguna otra virtud; pues la vanagloria y la impaciencia ante el dolor suelen servir al pecado aun bajo apariencia de obras justas.
157. Así como el dolor y la deshonra suelen engendrar la virtud, así los placeres y la vanagloria suelen engendrar el pecado.
158. Todo placer corporal nace de una molicie anterior, y la molicie es engendrada por la incredulidad.
159. Quien está bajo el pecado no puede vencer por sí mismo la sabiduría de la carne, pues lleva un fuego incesante en sus miembros.
160. Que el hombre acosado por las pasiones persevere en la oración y en la obediencia; pues solo con la oración y la escucha, y aun así a duras penas, pueden vencerse los asaltos de las pasiones.
161. Quien mortifica su propia voluntad con la obediencia y la oración es un asceta experimentado que libra el combate noético manteniéndose lejos de lo sensible.
162. Quien no conforma su voluntad con la de Dios tropieza en sus propias empresas y ayuda a su adversario.
163. Cuando veas a dos pecadores que se aman entre sí, sabe que cada uno ayuda al otro en su propio capricho.
164. El presuntuoso y el vanaglorioso se reconcilian fácilmente entre sí: uno, inclinándose servilmente ante el vanaglorioso, lo alaba; y el otro, alabándolo a su vez, engrandece al presuntuoso.
165. El oyente que ama a Dios saca provecho de ambas cosas: cuando hablan bien de él, se vuelve más cuidadoso; cuando lo reprenden, se apresura a arrepentirse. Debemos vivir según lo que podemos cumplir, y ofrecer a Dios nuestras oraciones según nuestra vida.
166. Es bueno guardar el mandamiento principal y no inquietarse por nada en particular, ni pedir nada en particular, sino buscar solamente el Reino y la palabra de Dios. Pero si aún nos inquietamos por alguna necesidad, entonces debemos orar por cada cosa. Pues quien hace o proyecta algo sin oración no lo lleva a buen término; y de esto dice el Señor: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
167. A quien descuida el mandamiento de orar le alcanzan desobediencias aún más absurdas, que lo entregan de una a otra como a un prisionero.
168. Acepta las aflicciones presentes por los bienes venideros; así tu intelecto hallará la verdad y se librará fácilmente de la ira y de la tristeza.
169. Quien acepta el insulto y la deshonra como justos sigue el camino apostólico, tomando la cruz y ciñéndose las cadenas. Pero quien intenta guardar su corazón sin esto se extravía en su mente y cae en tentaciones y en lazos del diablo.
170. Nunca podrá el luchador vencer los malos pensamientos sin atender a sus causas, ni las causas sin los pensamientos; pues si dejamos de lado uno de los dos, pronto seremos vencidos por el otro.
171. Quien contiende con los hombres por temor a la paciencia y a la humillación, o bien sufre aquí en exceso por las aflicciones que le llegan, o bien en el siglo venidero será atormentado sin misericordia.
172. Quien quiera cortar toda afluencia de tristeza, reconcíliese con Dios mediante la oración, apóyese firmemente en Él con su intelecto y evite cuanto pueda las peticiones sobre cosas sensibles.
173. Cuando el diablo encuentra a un hombre ocupado sin necesidad en asuntos corporales, primero le roba el provecho que su intelecto había reunido, y después la esperanza en Dios, como si le cortara la cabeza.
174. Cuando alcances la fortaleza de la oración pura, no entretengas entonces los pensamientos que el enemigo trae sobre diversas cosas, para no sufrir mayor pérdida. Pues es mejor asaetearlo con las flechas de la oración, encerrado como está en su lugar, que conversar con él cuando trae sus males y nos distrae de la oración para que reparemos en él.
175. El entendimiento de las cosas aprovecha al hombre en tiempo de tentación y desaliento, pero le daña en tiempo de oración.
176. Si te ha tocado enseñar en el Señor y no te escuchan, entristécete en tu mente pero no te turbes por fuera; pues si te entristeces, no serás condenado con los desobedientes, y si te turbas, serás puesto a prueba.
177. Cuando hables, no ocultes a los presentes lo que necesitan saber, exponiendo lo hermoso con detalle y lo áspero de manera velada.
178. No reprendas por sus faltas a quien no está bajo tu autoridad; eso corresponde a quien tiene potestad sobre él.
179. Lo que se dice a menudo es útil para todos; y la conciencia de cada uno le muestra lo que él necesita.
180. Quien dice la verdad debe recibir sus propias palabras como venidas de Dios; pues es Dios quien habla, aunque no obre por la fuerza del que habla.
181. No discutas con quienes se oponen a la verdad, a no ser que te hayan prometido obediencia; pues, según la Escritura, de ello solo resultará odio entre vosotros.
182. Quien permite al discípulo contradecirle donde no debe lo tienta en esa misma cosa y lo inclina a quebrantar sus votos de obediencia.
183. Quien enseña y corrige al pecador con temor de Dios adquiere la virtud contraria a ese pecado; pero quien guarda rencor y juzga con mala voluntad cae, por la ley espiritual, en la misma pasión.
184. Quien ha aprendido bien la ley teme al Legislador; y temiéndole, se aparta de todo mal.
185. No seas de doble lengua, diciendo una cosa con los labios y sintiendo otra en la conciencia; pues la Escritura maldice a tal hombre.
186. Uno dice la verdad y es odiado por los necios, según la palabra del Apóstol; otro disimula y por ello es amado. Pero ni aquel odio ni este amor duran mucho, pues el Señor retribuirá a cada uno a su tiempo.
187. Quien quiera evitar los sufrimientos futuros, soporte con alegría los presentes; y así, cambiando con entendimiento unos por otros, evitará grandes dolores con dolores pequeños.
188. Refrena tu lengua de alabarse a sí misma y tus pensamientos de la presunción, para que no se te permita caer en algún mal; pues no es el hombre quien hace el bien por sí mismo, sino Dios, que todo lo conoce.
189. Dios, que todo lo conoce, mide lo que merecemos según nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestras intenciones.
190. Los pensamientos involuntarios brotan de pecados anteriores; los voluntarios, del libre albedrío. Por eso estos últimos son causa de los primeros.
191. A los malos pensamientos que vienen contra nuestra intención los sigue la tristeza, y por eso perecen pronto; a los que vienen por nuestro deseo los sigue el placer, y por eso no es fácil librarse de ellos.
192. Al amante del placer lo entristecen los reproches y las penalidades; al amante de Dios lo entristecen las alabanzas y lo superfluo.
193. Quien no reconoce los juicios de Dios recorre con su intelecto un camino de cresta y se desliza fácilmente: cuando lo alaban, se ensalza; cuando lo censuran, se amarga; cuando festeja, se desmanda; cuando padece penalidades, se lamenta; cuando entiende algo, quiere que se vea; cuando no entiende, finge entender; cuando se enriquece, se envanece; cuando se empobrece, se hace hipócrita; cuando está saciado, se vuelve atrevido; cuando ayuna, cae en la vanagloria; ama disputar con quienes lo reprenden, y a quienes lo perdonan los tiene por insensatos.
194. Si, pues, alguien no adquiere por la gracia de Cristo el conocimiento de la verdad y el temor de Dios, no solo lo herirán gravemente sus pasiones, sino incluso las simples circunstancias.
195. Cuando quieras resolver un asunto difícil, busca en él lo que agrada a Dios y hallarás una solución provechosa.
196. Toda la creación sirve a aquellas empresas con las que Dios se complace, y resiste a aquellas de las que Él se aparta.
197. Quien resiste a las aflicciones resiste, sin saberlo, al mandamiento de Dios; y quien las acepta con verdadero conocimiento, según las Escrituras, «espera pacientemente en el Señor».
198. Cuando te sobrevenga una tentación, no busques qué o por qué vino, sino cómo soportarla con gratitud, sin tristeza y sin rencor.
199. El mal ajeno no añade pecado, si no lo aceptamos con malos pensamientos.
200. Si no es fácil hallar a alguien que haya agradado a Dios sin tentación, entonces hay que dar gracias a Dios en toda circunstancia.
201. Si Pedro no hubiera fracasado en su pesca nocturna, no habría tenido éxito de día; si Pablo no hubiera sido cegado en sus ojos sensibles, no habría visto con el intelecto; y si a Esteban no lo hubieran calumniado como blasfemo, no se le habrían abierto los cielos ni habría visto a Dios.
202. Así como la obra hecha según Dios se llama virtud, así la aflicción inesperada se llama tentación.
203. Dios probó a Abrahán, es decir, le envió aflicciones para su provecho; no para saber Él cómo era Abrahán —pues quien todo lo ve conoció a cada uno antes de la fundación del mundo—, sino para enseñarle una fe perfecta.
204. Toda aflicción pone al descubierto la inclinación de la voluntad, si se desvía a la derecha o a la izquierda. Por eso la aflicción imprevista se llama tentación: porque prueba los deseos ocultos del tentado.
205. El temor de Dios nos impulsa a combatir contra el pecado; y cuando combatimos, la gracia de Dios lo destruye.
206. Ser sabio no consiste solo en percibir la verdad según el orden natural, sino también en soportar como propia la malicia de quienes obran mal. Pues quienes se quedan en lo primero se hinchan de soberbia, y quienes alcanzan lo segundo adquieren humildad de sabiduría.
207. Si quieres no albergar nunca malos pensamientos, acepta la humillación del alma y la aflicción de la carne; y no de vez en cuando, sino siempre, en todo lugar y en toda obra.
208. Quien acepta voluntariamente las aflicciones no será dominado por los pensamientos involuntarios; pero quien no acepta las primeras será cautivado por los segundos, aunque no lo quiera.
209. Cuando te agravian y tus entrañas y tu corazón se conmueven, no te entristezcas porque lo que yacía dentro haya salido a la superficie por providencia; antes bien, alégrate y vence los pensamientos apenas comienzan a venir. Sabe que cuando son destruidos en cuanto aparecen, también el pecado que los sostiene es destruido; pero cuando vienen a menudo y se les deja demorarse, el pecado crece.
210. Sin quebrantar el corazón es imposible librarse del todo de las pasiones. Y una triple abstinencia quebranta el corazón: del sueño, de la comida y del bienestar corporal. Pues el exceso en estas tres cosas es propio del amor al placer, y el amor al placer engendra malos pensamientos y estorba la oración y el servicio digno.
211. A quien le ha tocado guiar a los hermanos, guarde su rango y no calle lo que debe decirse cuando es despreciado. En lo que te obedezcan, los premiarás con su propia virtud; y en lo que desobedezcan, perdónalos por completo, y recibirás lo mismo de Aquel que dijo: «Perdonad y seréis perdonados» (Lc 6,37).
212. Toda circunstancia se parece a un mercado: quien sabe comerciar en él gana mucho; quien no sabe, sufre pérdidas.
213. Cuando alguien no obedece a la primera palabra, no lo fuerces disputando con él, sino guarda para ti el bien que él ha rechazado. La benignidad te aprovechará más que su corrección.
214. Cuando el daño de uno alcanza a muchos, entonces no conviene ser longánimo ni buscar el propio provecho, sino buscar el provecho de los muchos, para que se salven; pues la virtud de muchos es más útil que la virtud de uno solo.
215. Cuando alguien cae en algún pecado y no se duele de lo que ha hecho, cae fácilmente de nuevo en el mismo lazo.
216. Como la leona no se acerca con cariño al ternero, así la desvergüenza no acepta con gozo la aflicción por Dios.
217. Como la oveja no se une al lobo para engendrar corderos, así el dolor del corazón no se une a la saciedad para concebir la virtud.
218. Nadie puede tener aflicción y dolor por Dios si antes no ama aquello que los causa.
219. El temor de Dios y la reprensión traen consigo la aflicción; la abstinencia y la vigilia van unidas al dolor.
220. A quien no se deja enseñar por los mandamientos y las enseñanzas escritas lo conducirán con el látigo que corresponde al lomo del caballo y con el freno que corresponde al asno (cf. Pr 26,3). Y si ni eso basta, «con freno y brida sujetarán sus quijadas» (Sal 31,9) y así lo llevarán.
221. Quien es vencido fácilmente por las pequeñas tentaciones quedará por fuerza sometido también a las grandes; pero quien desprecia las pequeñas resistirá a las grandes en el Señor.
222. No intentes instruir con reproches a quien se jacta de sus virtudes; pues no puede amar a la vez la alabanza y la verdad.
223. Toda palabra de Cristo revela la misericordia, la justicia y la sabiduría de Dios, y vierte su fuerza por el oído en quien escucha de buen grado. Por eso los que carecen de misericordia y de justicia, que no escucharon de buen grado, no pudieron conocer la sabiduría de Dios y crucificaron a quien la enseñaba. Consideremos, pues, si nosotros le escuchamos de buen grado. Él dice: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Mi Padre lo amará, y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,15.21). ¿Ves cómo ha escondido su manifestación en los mandamientos? Pues entre todos los mandamientos el mayor es el amor a Dios y al prójimo, y este nace del desapego de las cosas y de la quietud de los pensamientos.
224. Sabiendo esto, el Señor nos manda: «No os inquietéis por el mañana»; y con razón. Pues si alguien no se ha liberado de las cosas y se aflige por ellas, ¿cómo se librará de los malos pensamientos? Y cuando está poseído por los pensamientos, ¿cómo verá el pecado que subyace bajo ellos, que es él mismo la tiniebla que rodea al alma y que tiene su origen en los malos pensamientos y obras? El diablo lo tienta con una sugerencia común y le muestra el comienzo, y el hombre, por su vanidad amante del placer, se une dulcemente a ella: aunque no consienta con la razón, en la acción se deleita y la acepta. Y cuando el hombre no ve el pecado que lo domina, ¿cuándo será purificado orando por él? Y quien no se ha purificado, ¿cómo hallará el terreno puro de su propio ser? Y quien no lo halle, ¿cómo verá la casa interior de Cristo? Pues nosotros somos la casa de Dios, según las palabras del profeta, del evangelista y del apóstol.
225. Por eso es bueno buscar según el orden indicado, para hallar esta casa, y llamar sin cesar con la oración, para que aquí o al final el Señor nos abra y no diga a los negligentes: «No os conozco, ni sé de dónde sois» (Lc 13,25). Y no solo hay que pedir y recibir, sino también guardar lo recibido; pues hay quienes, habiendo recibido, lo perdieron. Por eso el conocimiento simple de estas cosas, o una experiencia pasajera de ellas, quizá la tengan quienes han comenzado a aprender hace poco y los jóvenes; pero la práctica constante con paciencia apenas se halla ni siquiera entre los más venerables de los ancianos. Muchos de los experimentados la perdieron por descuido y la hallaron de nuevo con grandes esfuerzos. No dejemos, pues, de trabajar hasta poseerla de modo que no se nos pueda quitar.
226. Tales son las ordenanzas de la ley espiritual que hemos llegado a conocer —unas pocas entre muchas—, y que el gran salmista nos exhorta sin cesar a estudiar y a practicar, alabando continuamente al Señor Jesús. A Él la gloria, el poder y la adoración, ahora y por los siglos. Amén.