De nuestro venerable padre Juan, obispo de Carpatos, a los monjes que le escribieron desde la India, 100 capítulos de consuelo
Cuando los suplicantes se presentan ante los reyes de la tierra y les llevan flores, no solo no son rechazados, sino que reciben además algún don. Y yo, habiendo recibido vuestro encargo, he tomado de ninguna parte cien buenas palabras y, ofreciéndoslas a vosotros, que habitáis en los cielos, espero vuestra benevolencia y vuestras oraciones por mí.
1. Cuanto más eterno es el Rey de todo, cuyo Reino no tiene principio ni fin, tanto más fervorosos deben ser quienes han decidido trabajar por Él y por las virtudes. Los honores de la vida presente, por brillantes que sean, se desvanecen con esta misma vida; pero los honores que Dios otorga a los dignos permanecen para siempre, porque se dan junto con la incorrupción.
2. El bienaventurado David, componiendo a Dios un cántico en nombre de toda la creación, recordó a los ángeles y a todas las potencias invisibles, y descendió incluso a la tierra para no omitir ni a las fieras, ni al ganado, ni a las aves, ni a los reptiles; pues pensaba que con tal cántico todas las cosas adoran al Creador, y quería que cada criatura tuviera en él su parte. ¿Cómo, entonces, podrá el monje, a quien cabe comparar con el oro y el zafiro, no deleitarse en la salmodia o mostrarse perezoso en ella?
3. Como el fuego envolvió la zarza y no la consumió, así a quienes han recibido el don de la impasibilidad, aunque sientan peso y calor en el cuerpo, el ardor del cuerpo no les daña ni les estorba, ni en la carne ni en el intelecto. Pues la voz del Señor contuvo la llama natural, ya que la voluntad y la palabra de Dios separaron lo que por naturaleza está unido.
4. La luna, que ora crece ora mengua, es imagen de la condición del hombre, que ahora obra el bien y ahora peca, y luego, por el arrepentimiento, vuelve a la vida virtuosa. Por eso el intelecto del que ha pecado no perece, como algunos entre nosotros piensan; pues tampoco la luna disminuye: lo que mengua es su luz. El hombre renueva su luz con el arrepentimiento, como la luna, después de menguar, recobra de nuevo su luz. Quien cree en Cristo, «aunque muera, vivirá» (Jn 11,25) y comprenderá «que yo soy el Señor; lo he dicho y lo haré» (Ez 37,14).
5. Cuando se levante contra ti en el pensamiento una multitud de imágenes enemigas y te venza, sabe que por un tiempo te has apartado de la gracia divina y que por eso fuiste entregado a tu caída por justo juicio. Lucha, pues, para no perder la gracia ni un instante por negligencia. Y cuando logres sortear las asechanzas del enemigo y pasar por encima de los pensamientos apasionados y de las frecuentes provocaciones inmundas de nuestros enemigos de mil ardides, sabe que ello es un don que te viene de lo alto. Pues dice el Apóstol: «No yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Co 15,10) obró tal señal de victoria, y me elevó por encima de los pensamientos inmundos que se alzan contra mí, y me libró del hombre injusto, es decir, del diablo y del hombre viejo. Y así, habiendo remontado el vuelo con las alas del Espíritu y como liberado del cuerpo, pude volar por encima de los demonios cazadores, que cautivan el intelecto humano con la dulzura a la que empujan por la fuerza como si fuera algo necesario. Aquel que me sacó de la tierra de Egipto, esto es, de la perdición del alma en el mundo, Aquel que combate por mí con mano oculta, hirió a Amalec y me enseñó a esperar que el Señor destruirá también de delante de nuestro rostro los demás asaltos de las pasiones inmundas (cf. Ex 17,14). Este Dios nuestro dará sabiduría y fuerza. Pues algunos han recibido la sabiduría, pero aún no han recibido la fuerza del Espíritu para vencer a los enemigos. Él exaltará tu fuerza sobre tus enemigos y te dará «alas como de paloma» (Sal 54,7), y volarás y reposarás en Dios. El Señor hará tus brazos «como un arco de bronce» (Sal 17,35), mostrándote firme, rápido y fuerte contra el adversario, y abatirá bajo tus pies a todos los que se te oponen. Da, pues, gracias al Señor por tu pureza, porque no te encerró en las manos de las concupiscencias de tu carne y de tu sangre, ni en las de los espíritus corruptores e inmundos que provocan el deseo, sino que te sostuvo con su diestra. Levántale un altar, como Moisés cuando venció a Amalec (Ex 17,15). «Por eso te glorificaré y te alabaré, Señor, y cantaré a tu nombre» (Sal 17,50), engrandeciendo tu poder; pues libraste de la corrupción mi vida y me rescataste de las redes, de las astucias malignas y de la maldad de la mañana.
6. Los demonios malignos encienden, renuevan, exaltan y multiplican en nosotros las pasiones inmundas. Pero la meditación de la palabra divina, sobre todo cuando va acompañada de lágrimas, da muerte a las pasiones, por antiguas que sean, y las destruye, y poco a poco reduce a la nada las acciones pecaminosas que arruinan las almas y los cuerpos. Solo hace falta que no desfallezcamos en la oración y que acudamos al Señor con esperanza incesante.
7. ¿Por qué perfecciona Cristo la alabanza en boca de los fieles, que son niños en la malicia? Para destruir con el canto al enemigo y vengador que tanto nos atormenta, es decir, al enemigo de las virtudes y defensor de la maldad, el diablo. Por eso también nosotros, cantando al Señor con sencillez de corazón, quebrantamos y deshacemos las asechanzas del enemigo: «Con la grandeza de tu gloria trituraste a los adversarios y a los que combaten contra nosotros».
8. Cuando alguien está exteriormente lisiado, se dice que consumirá la mitad de sus frutos ahora y la otra mitad en el siglo venidero; cada uno conoce los frutos de su camino.
9. Todo monje debe desear el buen ayuno, no dejarse levantar por las pasiones y cultivar siempre una gran quietud.
10. Los demonios, que odian nuestras almas, persuaden a algunos para que nos alaben a toda costa, y a nosotros nos enseñan a complacernos en esa alabanza. Y cuando nosotros, relajados por la presunción, damos lugar a la vanagloria, nuestros enemigos nos hacen cautivos fácilmente.
11. Recibe con mayor alegría al que se burla de ti que al que te alaba; pues está escrito que entre ellos no hay diferencia alguna.
12. Cuando hayas trabajado por adquirir la virtud del ayuno y por flaqueza faltes en ella, acude con corazón contrito y con gratitud al Proveedor y Juez de todos. Si te presentas siempre así, con humildad, ante el Señor, entonces no te ensalzarás sobre ningún hombre.
13. El enemigo sabe que la oración es nuestra mayor ayuda y la mayor defensa contra él; por eso trata de apartarnos de ella e infunde en nosotros el deseo de estudiar los escritos de los griegos, de los que ya nos habíamos alejado. No le escuchemos, para no apartarnos de nuestro arado y recoger después espinas y abrojos en lugar de higos y uvas. «La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios» (1 Co 3,19).
14. «Os anuncio una gran alegría —dijo el ángel— que lo será para todo el pueblo» (Lc 2,10). Para todo el pueblo, no para una parte de él. Y también está dicho: «Que toda la tierra te adore y te cante» (Sal 65,4). No se dice de una parte de la tierra, sino de toda ella. Y no cantan los que oran con lágrimas, sino los que se alegran. Y si esto es así, no caigamos en la desesperación, sino pasemos con alegría la vida presente, pensando en el gozo y la alegría venideros. Pero añadamos a la alegría el temor divino, como está dicho: «Alegraos en el Señor con temblor». Pues también las mujeres que estaban con María corrieron del sepulcro con gran gozo y temor. Quizá también nosotros partamos un día con temor y gozo del sepulcro noético. Me asombraría que fuera sin temor, pues nadie está sin pecado, aunque sea Moisés o el apóstol Pedro. Sin embargo, en tales hombres, al final, el «amor divino echa fuera el temor» (1 Jn 4,18).
15. Cuando incluso el hombre muy dominado por las pasiones cree con todo su corazón y se humilla, recibe el don de la impasibilidad, y de ello hay testimonio en la Escritura: «En verdad te digo —dijo el Señor—, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Y también: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Mc 5,34) de la bienaventurada impasibilidad. ¡Y cuántos otros pasajes semejantes hay! Pues está dicho: «De la semilla crecerá el fruto»; y también: «Hágase en vosotros según vuestra fe» (Mt 9,29).
16. Cuando combatimos con dolor contra las pasiones, los demonios nos asaltan aún más con pensamientos vergonzosos; pero entonces precisamente nos afianzamos más en la fe del Señor y tenemos una esperanza más firme de los bienes eternos prometidos, de la que los enemigos intentan privarnos y de la que, por envidia, quieren separarnos. Pues si esos bienes no fueran tan grandes, los demonios no arderían de tal envidia contra nosotros ni nos arrojarían tantos pensamientos inmundos. Con ellos quieren confirmar su propia locura y empujarnos a la desesperación con opresiones insoportables y enormes.
17. Algunos afirman que la práctica es el conocimiento más verdadero. Procurad, pues, mostrar vuestra fe y vuestro conocimiento sobre todo con las obras. Quien se enorgulleció solo del conocimiento oirá: «Aseguran conocer a Dios, pero con sus obras lo niegan».
18. Sobre todo en las fiestas y en las asambleas santas, y especialmente cuando alguien quiere acercarse a la Mesa mística, los demonios intentan mancillar al que ayuna con fantasías inmundas y con emisión. Pero con esto no quebrantarán ni debilitarán a quien ha aprendido a soportarlo todo con paciencia y valentía. Y que no se jacten de vencernos, como si tuvieran razón, estos corruptores de la virginidad.
19. Los enemigos se vengan de la buena costumbre y del fervor asaltando el alma con tentaciones diversas e indecibles. De aflicciones numerosas e indecibles se te teje una corona, y en las debilidades se manifiesta la fuerza de Cristo (2 Co 12,9); y donde llega una gran tristeza, allí florece la gracia del Espíritu. «Brilló en las tinieblas una luz para los justos» (Sal 111,4), si guardamos hasta el fin la valentía y la gloria de la esperanza.
20. Nada destruye tanto la virtud como las risas, las bromas y la palabrería vana. Y, al contrario, nada renueva tanto un alma envejecida ni la ayuda tanto a acercarse a Dios como el temor de Dios, la buena atención, el estudio incesante de las palabras de Dios, el armarse con la oración y la vigilia.
21. Es más digno y a la vez más provechoso para el alma soportar varonilmente toda aflicción que venga, sea de los hombres o de los demonios, y ver con claridad que merecemos toda carga; y no reprochar a ningún otro, sino solo a nosotros mismos. Quien reprocha a otro sus propias aflicciones se aparta del juicio recto.
22. A veces sucede que un hombre se aparta de su firmeza, por diligente que sea, porque las tentaciones se han multiplicado. Entonces sale de su rango, pues, como dice la Escritura, «toda su sabiduría se desvaneció» (Sal 106,27) y con ella toda su destreza. Y esto ocurre para que no confiemos en nosotros mismos y para que Israel no se jacte diciendo: «Mi mano me ha salvado» (Jc 7,2). Pero espera que volverás de nuevo a tu buen orden anterior, cuando por mandato divino se aparte y sea alejado de ti el maligno, que te enseña a ver y a oírlo todo con pasión y te empuja al pecado. Él ha endurecido tu intelecto como una nube espesa y ha dado al cuerpo una sensación de indecible pesadez y opresión. Y el pensamiento sembrado, sencillo y sin doblez como un niño, lo muestra sumamente vario y experto en toda clase de pecados, habiéndolo seducido e inclinado a la impureza.
23. Algo grande es el hombre que crece por dentro y se engrandece con las virtudes. Pero que ese algo grande tema al pecado como el elefante al ratón, no sea que «habiendo predicado a otros, yo mismo quede descalificado» (1 Co 9,27).
24. No solo al fin del mundo «proferirá el diablo palabras contra el Altísimo» (Dn 7,25), como dice el profeta Daniel. Ya ahora, a veces, envía por medio de nuestros pensamientos la blasfemia hasta los mismos cielos, blasfemando del propio Altísimo, de su creación y de los santos Misterios de Cristo. Pero nosotros, afirmados sobre la roca del conocimiento, no nos asustaremos de él ni nos asombraremos de la insolencia del impío. Tomando la fe y la oración ferviente, y recibiendo ayuda de lo alto, rechazaremos al enemigo.
25. Combatiendo y burlándose, el enemigo asalta con insolencia al alma que ha salido del cuerpo, y le echa en cara amarga y terriblemente sus transgresiones. Pero entonces puede verse que el alma que ama a Dios y es fiel, aunque a menudo haya sido herida por los pecados, no se espanta de sus esfuerzos ni de sus amenazas. La fortalece el Señor, y se llena de alas por el gozo, y las santas potencias le enseñan valentía, y la luz de la fe la cubre, y con gran audacia replica al maligno diablo: «¿Qué tienes tú que ver con nosotros, apartado de Dios? ¿Qué tienes tú que ver con nosotros, siervo astuto, huido del cielo? No tienes poder sobre nosotros, pues Cristo, el Hijo de Dios, tiene poder sobre nosotros y sobre todos. Contra Él pecamos y ante Él responderemos, teniendo como promesa de misericordia y salvación su preciosa cruz. Tú, en cambio, huye lejos de nosotros, destructor; nada tienes en común con los siervos de Cristo». Cuando el alma habla con tal valentía, el diablo huye y grita llorando: «No pude resistir al nombre de Cristo». Y el alma que lo vence se cierne sobre él y lo golpea como el halcón al cuervo. Y después de esto, los ángeles divinos la llevan con alegría al lugar que le ha sido destinado según su estado.
26. Que incluso una pequeña tentación permitida por Dios impida avanzar al fervoroso, convénzate de ello la rémora, el más pequeño de los peces, que con un solo contacto detiene a un barco cargado de innumerables mercancías y no le deja seguir navegando. Y recuerda a quien dijo: «Por eso quisimos ir a vosotros —yo, Pablo, una y otra vez—, pero Satanás nos lo impidió» (1 Ts 2,18). Pero no te inquietes por ello: lucha contra esto con paciencia y recibirás la gracia.
27. Cuando alguien rico en virtudes se aparta por desaliento de lo que conviene, se levantan contra él los hijos del oriente malvado —ya amalecitas, ya madianitas (cf. Jc 6)—, la potencia amante de la lujuria con sus camellos, es decir, con recuerdos apasionados sin número, y destruyen todos los frutos de la tierra, esto es, los frutos de la mejor práctica y costumbre. Y entonces, al fin, Israel se empobrece, se vuelve pusilánime y se ve obligado a clamar al Señor. Y así se envía desde los cielos un buen pensamiento que imita a Gedeón en su gran fe y humildad de sabiduría. Pues él dijo: «Mi familia es la última en Manasés» (Jc 6,15). ¿Y cómo se enfrentarán a tan gran multitud trescientos hombres débiles y erigirán gloriosamente un signo de victoria contra los adversarios por la victoria de la gracia?
28. No podrás pisar al áspid y al basilisco si no imploras a Dios con gran súplica y no recibes por aliados a los ángeles, que te levantarán en sus manos y te elevarán por encima de los deseos inmundos.
29. Cuando alguien que lucha sea vencido, que no se entristezca ni se canse. Antes bien, según la palabra de Isaías, que se enderece y se alegre en el alma, cantando así: «Poderosos, someteos. Oh demonios malignos, aunque tenéis fuerza, seréis vencidos. Y aunque toméis consejo, el Señor destruirá vuestros consejos, porque con nosotros está Dios, el Dios que levanta a los caídos y hace llorar a nuestros enemigos cuando nos arrepentimos».
30. Es imposible vivir sin tristeza para quien es enseñado por las tentaciones. Pero después tales hombres se llenan de gran gozo, de dulces lágrimas y de entendimiento divino en la medida en que cultivaron los dolores y las aflicciones en sus corazones.
31. Aunque Isaac quería dar la bendición y Esaú se apresuraba a recibirla, ninguno de los dos obtuvo lo que quería; pues es Dios quien tiene misericordia y unge con el Espíritu al que es bendecido (cf. Rm 5,16). No a quien nosotros queramos, sino a quien Dios, antes de crearlo, destinó a su servicio. Por eso no nos inquietemos ni tengamos envidia cuando veamos florecer en las virtudes a los hermanos más humildes y menos notados. Tú has oído decir al Señor: «¡Cédele el sitio a este!» (Lc 14,9), para que se siente más arriba. Admiremos al Juez, que juzgó sabia e inefablemente que el más pequeño y el último llegue a ser el primero y enseñe, mientras que nosotros seamos los últimos, aunque le aventajemos en trabajos ascéticos y en años. Que cada uno se comporte según la medida que el Señor le ha dado, como está escrito: «Si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu» (Ga 5,25).
32. No escuches nunca a quien está bajo tu autoridad si te dice: «Permíteme por un tiempo probar esta virtud o esta cosa y obrar de este o de aquel modo». Cuando alguien habla así, está claro que quiere hacer su propia voluntad y desecha los votos de la buena obediencia.
33. Las pasiones del cuerpo y del alma, como tú mismo verás, serán destruidas con el tiempo y por la voluntad divina, por grandes que sean. Pero la misericordia de Cristo jamás será destruida, pues la misericordia del Señor es de este siglo y del siglo venidero sobre los que le temen.
34. Los tesoros de los reyes se llenan de oro, y los intelectos de los verdaderos monjes se llenan de conocimiento.
35. A veces el maestro sufre deshonra, padeciendo por aquellos que recibieron de él provecho espiritual. Pues está dicho: «Nosotros somos débiles, y vosotros fuertes; vosotros gloriosos, y nosotros sin honor» (1 Co 4,10) en Cristo.
36. La fuente y la causa de la corrupción del cuerpo es el pensamiento apasionado, que el hombre que ha recobrado la sobriedad tras la caída expulsa de su alma con el arrepentimiento. Bueno sería que lloraseis para que os fuera quitado aquel que os enseñó a cometer tal obra, es decir, el pensamiento maligno e indecoroso (cf. 1 Co 5,2); porque el llanto se opone al espíritu de corrupción.
37. ¿Quién anunciará al abrumado por la ignominia y por la debilidad en las virtudes que verá a Jesús no solo en el siglo venidero, sino ya aquí, y que Él vendrá a él con gran poder y gloria por medio de la impasibilidad? Dirá de su alma, como Sara, que envejeció en la esterilidad y contra toda esperanza dio a luz al hijo de la promesa: «Risa me ha hecho el Señor»; es decir, ha concedido un gozo inmenso a quien durante muchos años estuvo afligido por la multitud de sus pasiones. O, como dijo uno explicando este pasaje: «Dios me ha hecho joven de nuevo; se ha renovado como la del águila mi juventud» (Sal 102,5), la que antes había envejecido en pecados y pasiones deshonrosas. Pues ahora he nacido de nuevo y soy joven y flexible, mientras que antes era duro por naturaleza; ahora miro con sencillez todas las cosas que hay en el mundo, porque he recibido la simplicidad que me es propia, y mi intelecto está sano por la gran misericordia de Dios. Y mi carne se ha vuelto como la de Naamán el sirio, como la de un niño, porque me lavé en el Jordán del conocimiento y llegué a ser de un mismo sentir con la gracia de Dios, librado de la prole de serpientes de pensamientos de maldad, expertísimos y variadísimos, que antes había adquirido contra la naturaleza.
38. Imagina que el Señor te dice: «Durante un tiempo te quité tales y tales dones, en los que tu intelecto pensaba afirmarse y descansar, y en su lugar te di otros dones iguales a los anteriores. Pero tú, recordando lo que te fue quitado y sin advertir lo que te fue dado, te abates, te afliges y te entristeces. Y sin embargo me alegras al aceptar de mí la tristeza (cf. 2 Co 2,2). Pues yo envío la tristeza para provecho, para salvar y no para perder a quien me ha sido dado por hijo».
39. Toma para ti un mandamiento y ponte como ley no comer pescado, y verás cómo el enemigo te empujará a comerlo y cómo tú mismo te lanzarás con frenesí hacia aquello a lo que renunciaste. Algo así ocurrió con Adán: oyó que había una cosa que no podía comer, y se precipitó hacia esa cosa prohibida con enorme deseo.
40. A uno lo salva Dios por el conocimiento, y a otro por la simplicidad y la inocencia. Has de saber que Dios no rechazará al inocente.
41. Tentaciones más terribles y más feroces caen sobre quienes oran con mayor fervor.
42. Si has deseado revestirte de impasibilidad, no seas descuidado, sino esfuérzate con todas tus fuerzas por adquirirla. «Por eso gemimos, deseando ser revestidos de nuestra morada celestial, para que lo mortal en nosotros sea absorbido por la vida» (2 Co 5,2.4). «La muerte ha sido absorbida por la victoria» (1 Co 15,54), y los egipcios que nos agravian y nos persiguen serán absorbidos por las olas de la fuerza que se nos envía desde los cielos.
43. Si olvidas a quien dijo: «Temo que, habiendo predicado a otros, yo mismo quede descalificado» (1 Co 9,27); y también: «El que crea estar en pie, mire no caiga» (1 Co 10,12); y también: «Si eres espiritual, vigílate a ti mismo, no sea que también tú caigas en tentación» (Ga 6,1); y si olvidas cómo Salomón cayó y obró inicuamente después de tanta gracia; y si olvidas la negación involuntaria del gran Pedro, entonces confía en tu propia razón, jáctate mucho de tu vida, presume del tiempo de tu larga ascesis y da lugar a la soberbia. Pero no pienses, hermano, que puedes relajarte. Teme esto mientras respires, aunque tengas tantos años como Moisés, y ora diciendo: «Señor, no me rechaces en el tiempo de la vejez; cuando desfallezca mi fuerza, no me abandones» (Sal 70,9), oh Dios, Salvador mío. «De ti es mi canto continuamente» (Sal 70,6).
44. Te dice el Señor, como a Mateo: «Sígueme». Y tú, cuando vayas con fervor tras el Maestro tan amado, si tropiezas con la piedra de las pasiones y caes sin querer en el pecado, o si, dando en terreno pantanoso, resbalas y caes aun sin quererlo, entonces, cuantas veces te toque caer y magullar el cuerpo, otras tantas levántate y sigue al Señor con el mismo fervor, hasta que te acerques a Él. «Así en el pensamiento santo me presenté ante ti, para ver tu poder y tu gloria que me salva, y en tu nombre, Señor, levantaré mis manos» (Sal 62,3.5). Y me figuraré que mi alma se ha llenado «como de sustancia y de grosura, y mis labios te alabarán con júbilo» (Sal 62,6). Grande cosa es para mí llamarme cristiano; así también me dice el Señor por el profeta Isaías: «Gran cosa es que te llames siervo mío» (Is 49,6).
45. En un lugar se dice que «el Padre dará buenos dones a los que se lo pidan» (Mt 7,11), y en otro que «el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan». Estas palabras significan que quienes oran a Dios recibirán no solo el perdón de sus transgresiones, sino también dones celestiales; y se afianzan con este pensamiento: que el Señor promete tales bienes no a los justos, sino a los pecadores. Pues dice: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenos dones a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Pide, pues, sin desmayo y sin dudar, aunque seas débil en la vida virtuosa, muy enfermo e indigno, y recibirás grandes bienes.
46. Si el incrédulo o el de poca fe pudiera considerar que a las hormigas les crecen alas, que de un gusano sale un ave y que muchas otras cosas admirables ocurren entre las criaturas, quizá, dejando la enfermedad de la incredulidad y de la desesperanza, echaría alas él también y haría crecer, como un árbol, el conocimiento digno de toda alabanza. Pues está dicho: «Yo soy el Señor, que hago florecer el árbol seco y doy vida a los huesos resecos» (Ez 17,24; 37,4.9).
47. No nos entreguemos a nuestras necesidades preocupándonos del cuerpo, sino creamos en Dios con toda el alma. Dijo una vez cierto hombre bueno: «Confiad en Dios, y Él confiará en vosotros». Y como escribe el bienaventurado apóstol Pedro: «Sed sensatos y sobrios, dispuestos para la oración» (1 P 4,7). Y también: «Depositad en Dios todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros» (1 P 5,7). Pero si dudas y no crees que Él se ocupe de alimentarte, mira a la araña y considera cuánto se distingue el hombre de la araña, la más débil y desvalida de las criaturas. La araña no acumula bienes, no navega los mares, no pleitea, no se enoja, no tiene graneros; pasa su vida en completa mansedumbre, castidad y plena quietud; no se interesa por lo que hacen sus vecinos, sino que hace su trabajo, y con él da testimonio, callada y sin agitación, de cierto orden, y así dice a los ambiciosos que quien quiera estar ocioso no coma. Guarda tal silencio que ni Pitágoras puede compararse con ella, y los griegos lo admiran a él más que a todos los filósofos porque aprendió a refrenar la lengua. Pero Pitágoras no hablaba con todos, sino que conversaba en secreto solo con los más allegados, y a menudo decía cosas extrañas e insensatas incluso a los bueyes y a las águilas. Vino no bebía en absoluto, solo agua. La araña, en cambio, superó con su mudez el silencio de Pitágoras y lo dejó muy atrás en abstinencia, pues no bebe ni vino ni agua. En tal orden permanece en silencio la débil y humilde araña, y no le gusta ir a ninguna parte, ni vagar de aquí para allá en ensueños, ni trabajar y padecer sin fin. Y el Señor, que habita en las alturas y mira a los humildes —pues nada hay más humilde que una araña—, se acuerda incluso de ella y le envía alimento cada día, disponiendo que caiga en su red algún pequeño insecto.
48. Pero quizá diga a esto alguno de los dominados por la glotonería: «Yo como mucho, y por eso gasto mucho, y por eso tengo que ocuparme de toda clase de asuntos de este mundo». Que también este mire a las ballenas que pacen en el océano Atlántico. Dios las alimenta con abundancia y nunca conocen el hambre. Cada una de estas bestias devora tanto pescado como bastaría para alimentar a una ciudad populosa entera. «Todos esperan de ti que les des su alimento a su tiempo» (Sal 103,27). Así alimenta Dios tanto al que come mucho como al que come poco. Al oír esto, tú, que tienes vientre ancho y espacioso, entrégate a Dios y a la fe, desechando toda preocupación mundana y todo intelecto lleno de mil cuidados; y no seas incrédulo, sino creyente.
49. Si de veras queremos agradar a Dios, para que nos ame con el amor más bienaventurado, pongamos nuestro intelecto desnudo delante de Dios y no llevemos con nosotros nada que proceda de este siglo: ni destreza, ni conocimiento, ni sutilezas, ni justificaciones verbales, aunque hayamos aprendido toda la sabiduría del mundo. Dios se aparta de quienes se acercan a Él con presunción, llenos de vanagloria y de arrogancia. Bien dijeron algunos que la presunción vana es complacencia en uno mismo y soberbia.
50. ¿Cómo venceremos el pecado que ha echado raíces en nosotros? Hay que forzarse. Está dicho que el hombre trabaja con trabajos y aleja su propia perdición, esforzándose por elevar sus pensamientos a lo santo. La ley no prohíbe destruir la fuerza con la fuerza. Cuando a algún esfuerzo añadimos aunque sea la más pequeña violencia sobre nosotros mismos, entonces podemos esperar que, si permanecemos en Jerusalén —esto es, en la oración incesante y en las demás virtudes—, vendrá sobre nosotros la fuerza de lo alto (cf. Lc 24,49). Esta fuerza poderosa es tal que no puede describirla ninguna boca corporal: reforzará nuestros esfuerzos y vencerá con gran poder tanto las malas costumbres como la malicia de los demonios. Vencerá también la inclinación de nuestras almas al mal y los movimientos indecorosos del cuerpo. Pues está dicho que «vino de repente del cielo un ruido, como de un viento impetuoso» (Hch 2,2), para ahuyentar la maldad que sin cesar nos empuja al pecado.
51. «El enemigo acecha en su escondrijo, como el león en su guarida» (Sal 9,30), y nos tiende redes y lazos de pensamientos impuros e impíos. Pero también nosotros, si no dormimos, podemos tenderle redes, lazos y trampas mayores y más fuertes. La oración y el salmo, la vigilia y la humildad de sabiduría, el servicio al prójimo y la misericordia, la acción de gracias y la escucha de las palabras divinas: he aquí la trampa para el enemigo, y las redes, y el foso, y las heridas, y el lazo, y las mallas.
52. Llegado a la vejez, el divino David, dando gracias a Dios por haberlo escogido, dice al final de sus bendiciones: «Ahora el corazón de tu siervo ha orado esta oración». Esto se dice para que comprendamos que hace falta un gran combate y mucho tiempo de oración para alcanzar un orden inquebrantable del intelecto, una especie de cielo del corazón donde habita Cristo, como dice el Apóstol: «¿No sabéis que Jesucristo está en vosotros?» (2 Co 13,5).
53. Si Cristo se ha hecho para nosotros «sabiduría de parte de Dios, y justicia, y santificación, y redención» (1 Co 1,30), también se ha hecho para nosotros descanso; pues dijo: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os daré descanso» (Mt 11,28). Bien se ha dicho que el sábado, esto es, el descanso, fue hecho para el hombre. Solo en Cristo Jesús hallará descanso el género humano.
54. Como hay una copa de caída y una copa de ira, así hay también una copa de debilidad. El Señor la toma a su debido tiempo y la pone en manos de nuestros enemigos, para que no solo nosotros, sino también los demonios, desfallezcan y caigan.
55. Como en los asuntos exteriores hay cambistas, tejedores, cazadores de aves, soldados y constructores, así en los interiores, has de saberlo, hay jugadores, embaucadores, piratas, cazadores, profanadores, asesinos y otros más. Conviene no darles entrada, con la piadosa contradicción y con la oración; y sobre todo a los profanadores, para que no profanen el lugar santo ni manchen al hombre de Dios.
56. No solo con palabras puede inclinarse al Señor a conceder la salvación, como ocurrió con el ladrón cuando clamó desde la cruz, sino también con el pensamiento. Pues la hemorroísa se dijo a sí misma: «Con solo tocar el borde de su manto, sanaré» (cf. Mt 9,21). Y el siervo de Abrahán pidió a Dios en su intelecto que le señalara a Rebeca (Gn 24,15).
57. El pecado mismo lleva al penitente hacia Dios, cuando este percibe su hedor, su peso y su frenesí. Pero al que no quiere el arrepentimiento, el pecado no lo lleva a Dios, sino que, reteniéndolo junto a sí, lo ata con lazos indisolubles y refuerza y afianza sus deseos destructores.
58. Guárdate de los hechizos de Jezabel (2 R 9,22), es decir, de los pensamientos, de la arrogancia y de la vana gloria. Podrás vencerlos por la gracia de Dios, humillando y abatiendo el alma, postrándote ante el Señor e invocándolo para que te ayude, sabiendo que todo esto son dones celestiales. Por eso está dicho: «Nadie puede recibir nada si no le es dado del cielo» (Jn 3,27).
59. Dice la ley: «Cuando den testimonio contra él y no lo destruya, que restituya». A veces, mientras se sirve a los hermanos en la mesa, viene un pensamiento vanaglorioso que impulsa a decir algo fuera de tiempo. Los pensamientos angélicos te sugerirán destruir ese pensamiento charlatán e inoportuno. Si no lo destruyes con un buen silencio, sino que le permites salir fuera, hinchado de gran soberbia, entonces se volverá contra ti y serás entregado por juicio a un pecado mayor, o padecerás graves enfermedades corporales, o frecuentes ataques de los hermanos, o tormento en el siglo venidero. Pues daremos cuenta tanto de la palabra vana y vanagloriosa como de la falta de dominio de la lengua. Por eso conviene guardar con sobriedad nuestra lengua.
60. De quienes son tentados por el placer, la ira y el amor a la gloria se dice que de día los abrasa el sol y de noche la luna (cf. Sal 120,6). Ora para que te cubra la nube divina cargada de rocío, y así escapes del ardor de los enemigos.
61. No permitas jamás que vengan a ti los defensores de la embriaguez y los esclavos de la mesa desordenada, ni que hablen contigo desvergonzadamente, aunque ya tengan canas y hayan pasado muchos años en la vida monástica; no sea que, como dice la Escritura, te cubra la podredumbre y te extravíen los inmundos e incircuncisos de corazón.
62. Antes de que se le entregaran las llaves a Pedro, se le permitió negar al Señor, para que por la caída su modo de pensar acerca de sí mismo se hiciera virtuoso. Y tú, cuando recibas la llave del conocimiento y caigas en diversos pensamientos, no te espantes, sino glorifica a nuestro único y sapientísimo Señor, que con la caída pone freno a la presunción que se levanta contra el conocimiento divino. La tentación es una brida que refrena la soberbia humana frente a la providencia de Dios.
63. Cuando el Señor nos quita a menudo lo que es bueno, como hizo con la riqueza de Job —pues «el Señor lo dio, el Señor lo quitó» (Jb 1,21)—, también el mal que el Eterno trajo sobre nosotros será quitado de nuestras manos. Está dicho que el bien y el mal vienen del Señor; y quien nos trae el mal nos traerá también la alegría con la gloria eterna. «Como velé —dice el Señor— para destruir y para haceros mal, así de nuevo edificaré y no destruiré, plantaré y no arrancaré». Calle el refrán popular que dice: «Una desgracia viene y trae otra tras de sí». El Señor, que ha cambiado las cosas a peor, puede cambiarlas inesperadamente a mejor.
64. Quien ataca a los demonios con más firmeza y seguridad, con abstinencia, oración y toda virtud, recibe de ellos heridas más profundas, hasta el punto de llegar a la desesperanza, sospechando si no pesará sobre su alma la condena de la muerte noética; y entonces le vienen a la mente las palabras: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rm 7,24). Pues se ve obligado a someterse contra su voluntad a las leyes del adversario.
65. No en vano se escribió antaño cómo algunos se decían unos a otros: «Levantaos, subamos contra un pueblo tranquilo y silencioso» (Jc 18,9). Y también: «Subamos contra Judá y aterroricémoslo» (Is 7,6) con lengua astuta y aduladora, y apartémoslo de la verdad hacia nosotros. Los demonios feroces acostumbran a afilar toda la vida las espadas de la tentación contra quienes viven en quietud, y sobre todo a caer con frenesí sobre los soldados más reverentes y piadosos, empujándolos al pecado con la dureza misma de la lucha, para apartarlos así, si es posible, de la fe en Cristo, de la oración y de la buena esperanza. «Pero nosotros —dice David— no nos apartaremos de ti» (Sal 79,19), hasta que tengas misericordia de nosotros y hasta que se retiren de nosotros los que nos devoran. No nos apartaremos de ti hasta que mandes retirarse a los que nos tientan, y viviremos con la paciencia y con la firme impasibilidad. Pues la tentación es vida para el hombre, y en cierto momento el Árbitro del combate permite que caigamos bajo los pies de los extraños. Propio es de un alma magnánima y valiente no caer en la desesperación.
66. Si el demonio tiene tal fuerza que persuade al hombre y lo arrastra tras sus impulsos, porque el hombre por naturaleza ha caído de su buena disposición, ¿cuánta más fuerza tendrá el ángel, que en su momento recibe el mandato de Dios para llevar al hombre a un estado mejor? Si el frío viento del norte tiene tal poder que convierte el agua, blanda por naturaleza, en piedra dura, ¿qué poder tendrá el cálido viento del sur? Si el aire helado lo somete todo —pues «¿quién resistirá ante su hielo?» (Sal 147,6)—, ¿acaso el calor no podrá cambiarlo todo? ¿Quién podrá oponerse al calor? Creamos, pues, que el carbón frío y negro de nuestro intelecto tarde o temprano se volverá ardiente y luminoso por el fuego divino.
67. También en el siglo presente existe cierto estado de impasibilidad, del que hay testimonio y señales en nuestro José interior. En este estado el intelecto, habiendo salido de Egipto, se libra de los pesos de la pasión y de una esclavitud oculta y vergonzosa, y oye una lengua que no conocía. No es la lengua de los demonios, que mancilla y destruye el intelecto verdadero, sino la lengua santa de los ángeles portadores de luz, que transforma el intelecto de corporal en incorpóreo, lengua que ilumina al alma que la recibe.
68. Muchos hermanos enfermos del cuerpo, que por su enfermedad no podían ayunar, me han preguntado: «¿Cómo nos libraremos del diablo y de las pasiones sin ayuno?». Hay que responderles que no solo con la abstinencia, sino también con el clamor del corazón, puede vencerse y expulsarse el mal y al que lo fomenta. «Y clamaron al Señor en su tribulación —está dicho—, y Él los libró de sus angustias» (Sal 106,6). Y también: «Desde el seno del abismo clamé, y tú escuchaste mi voz. Pero tú sacaste mi vida de la fosa, oh Señor, Dios mío» (Jon 2,3.7). Por eso, «hasta que pase la iniquidad» —esto es, la opresión del pecado—, «clamaré a Dios Altísimo» (Sal 56,2-3). Él, otorgándome un beneficio grandísimo, destruirá con su poder incluso la provocación misma del pecado, triturará los ídolos del intelecto apasionado y hará impasible ese intelecto nuestro que está lleno de fantasías. Si no has recibido el don de la abstinencia, sabe que el Señor quiere oírte orar con la oración de la esperanza. Así pues, reconociendo la providencia del Señor, no te entristezcas por haber desfallecido en los combates, sino apresúrate a librarte del enemigo con la oración y la paciencia agradecida. Cuando los pensamientos de debilidad y de padecimiento os echen de la ciudad del ayuno, huid a otra, esto es, a la ciudad de la oración y de la acción de gracias.
69. Decía el faraón, suplicando: «Que Dios aparte de mí esta muerte». Y fue escuchado. Igualmente los demonios, que suplicaron al Señor que no los enviara al abismo, obtuvieron lo que pedían. ¡Cuánto más será escuchado un hombre, un cristiano, que ora por su liberación de la muerte noética!
70. Cuando la gracia ha iluminado y consolado a alguien por un tiempo y luego se retira, y él cae en la divagación del pensamiento y en la impureza, y por ello se queja y no intenta llamar de nuevo con la oración aquella certeza salvadora, sino que se indigna, se parece a un mendigo al que dieron limosna desde el palacio y que queda descontento porque no lo hicieron entrar a comer con el rey.
71. «Dichosos los que sin haber visto han creído» (Jn 20,29). Dichosos también los que, cuando la gracia se retira, no hallan consuelo en sí mismos, sino que, al contrario, viendo cómo unas aflicciones y tinieblas siguen a otras, no caen en la desesperación, sino que se fortalecen con la fe —con la esperanza de ver al Invisible— y soportan valerosamente.
72. Aquella humildad de sabiduría que se da a su tiempo desde los cielos, tras muchos combates, tristezas y lágrimas, a quienes la buscan, es más firme en su origen y mayor que la humildad de quienes cayeron de las virtudes. Los que han sido hallados dignos de ella son verdaderamente varones perfectos e invulnerables.
73. Cuando el diablo se apartó del Señor, «los ángeles se acercaron y le servían» (Mt 4,11). Debemos saber —aunque no está escrito— que mientras el diablo tentaba a Cristo, los ángeles estaban cerca. Así ocurre también con nosotros cuando sufrimos tentaciones: los ángeles de Dios se retiran por un tiempo, pero no lejos; y cuando los tentadores se van, los ángeles vuelven a nosotros y traen pensamientos divinos, afirmación, iluminación, compunción, consuelo, paciencia y deleite, y con todo ello salvan, fortalecen y levantan al alma fatigada. Pues a Natanael se le dijo: «Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,51), lo cual significa que el servicio y la ayuda de los ángeles se derramarán con largueza sobre el género humano.
74. Recuerda a aquel sumo sacerdote a cuya derecha estaba el diablo para acusarlo (Za 3,1); es decir, el diablo puede estar junto a todo pensamiento, palabra y obra verdaderos, así que no te extrañes si esto sucede.
75. El monje debe saber qué es la debilidad. ¿Qué significan las palabras: «Ten piedad de mí, Señor, porque estoy débil»? ¿Qué es el apartamiento de Dios, la enfermedad del diablo y de sus ángeles?
76. Como no se puede tocar el hierro al rojo vivo, así las oraciones frecuentes hacen al intelecto más fuerte para la batalla contra los enemigos. Por eso los demonios se esfuerzan con todas sus fuerzas por apartarnos, mediante la pereza, de la oración prolongada, pues ven que es un arma contra ellos y un sostén para el intelecto.
77. David aceptó el fervor de quienes salieron con él de Siceleg contra los extranjeros, aunque desfallecieron y se quedaron junto al torrente Besor. Volvió a ellos victorioso y oyó cómo otros decían que no convenía dar parte del botín a quienes, exhaustos, se habían quedado junto al torrente. El bienaventurado David respondió por ellos —pues ellos, avergonzados, nada respondían— que se habían «quedado junto al bagaje» (1 S 30,21), y que por eso les correspondía parte igual que a quienes habían combatido varonilmente. Mira, pues: si algún hermano fue fervoroso al principio y luego poco a poco se relajó —pero cabe pensar que tiene su propio bagaje, esto es, la fe y el arrepentimiento, la humildad y el llanto, la paciencia, la esperanza y la longanimidad—, si se sienta junto a ellos y permanece pacientemente en ellos con esperanza en Cristo, lo cual es muy bueno, recibirá algún don eterno.
78. Se llama levitas y sacerdotes a quienes se han consagrado enteramente a Dios, tanto en la práctica como en la contemplación. Y «el ganado de los levitas» (Nm 3,45) son aquellos que no pueden dejar de ir tras las pasiones, pero desean las virtudes y se afanan por ellas y las anhelan siempre, aunque a menudo pequen, porque la malicia los desgasta con frecuencia. Sin embargo, cabe esperar que también ellos recibirán el don de la impasibilidad, únicamente por el amor de Dios a los hombres. «El deseo de los pobres lo escuchó el Señor».
79. Las heridas que el enemigo nos causa, visible o invisiblemente, a menudo las vemos y las conocemos. Pero en cuanto a los tormentos y dolores que le causamos nosotros cuando cumplimos las virtudes, o nos arrepentimos de nuestras faltas, o nos animamos y soportamos lo que nos ocurre, o oramos, o hacemos cualquier otra cosa —por ellos él sufre y se atormenta, llora y gime—, nada de esto vemos, por providencia divina, para que no nos relajemos. Tal es la justicia de Dios: retribuir con opresión a quienes nos oprimen.
80. Si un tocón envejecido en la tierra o sobre la piedra echa brotes con la humedad, como recién plantado, también nosotros, cuando nos rocíe la fuerza del Espíritu Santo, podemos hacer crecer la incorrupción que recibimos por naturaleza y dar cosecha como recién plantados, aunque hayamos recaído en el hombre viejo.
81. Al alma que ha caído en la desesperación por las tentaciones y los pecados y dice: «Nuestra esperanza ha perecido, estamos muertos», le dice Dios, que no deja perecer nuestra salvación: «Volveréis a vivir, y sabréis que yo soy el Señor» (Ez 37,6). Y al alma que se asombra de cómo podrá engendrar a Cristo con grandes virtudes se le dice: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti» (Lc 1,35). Y donde desciende el Espíritu Santo, no busques la ley de la naturaleza ni la secuencia habitual. Pues todopoderoso es el Espíritu Santo, a quien adoramos, y Él realiza en ti lo que por naturaleza no podría suceder, de modo que quedarás asombrado; y hará vencedor al intelecto que antes sufría derrota. El Consolador, que por su misericordia desciende sobre nosotros desde lo alto, está por encima de todo. Y a ti te pondrá por encima de todos los impulsos naturales y de las pasiones demoníacas.
82. Trabaja por guardar intacta la claridad de tu intelecto rector. Si empiezas a mirarlo todo con pasión, eso significa que el Señor te ha oscurecido, ha puesto un vallado ante tu rostro y la luz de tus ojos ya no está contigo (cf. Sal 37,11). Pero si así es, no te canses de orar sin desmayo con el santo David: «Envía tu luz y tu verdad a mí, que estoy triste; salvación de mi rostro y Dios mío» (Sal 42,3.5). «Enviarás tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra» (Sal 103,30).
83. Bienaventurado el que come y bebe insaciablemente oraciones y salmos aquí, de día y de noche, y se fortalece con la gloriosa lectura de la Escritura. Tal comunión hará brotar para el alma una alegría que no se marchita en el siglo venidero.
84. Afiánzate con todas tus fuerzas para no caer, pues no conviene que caiga un asceta fuerte. Y si te sucede caer, levántate al instante y ponte de nuevo en el buen combate. Aunque la gracia se retire innumerables veces, innumerables veces habrás de levantarte; y así hasta tu muerte. Pues está escrito: «El justo cae siete veces» —esto es, toda su vida— «y vuelve a levantarse» (Pr 24,16). Mientras sostengas el arma del santo hábito con lágrimas y súplicas a Dios, serás contado entre los que están en pie, por muchas veces que caigas. Mientras permanezcas con los monjes, como soldado valiente recibirás las heridas en el pecho. Por esas heridas recibirás alabanza, pues, aun herido, no traicionaste ni retrocediste. Pero si te apartas de los monjes, recibirás las heridas en la espalda, como fugitivo y cobarde, como quien ha abandonado su puesto y ha perdido el ánimo.
85. Caer en la desesperación es peor que pecar. Judas el traidor era pusilánime e inexperto en el combate, y por eso, cuando cayó en la desesperación, el enemigo se le acercó y lo atrapó en sus redes. Pedro, en cambio, roca firme, fue derribado por una caída terrible; pero, experto en el combate, no se debilitó ni cayó en la desesperación por la tristeza. Se puso en pie de un salto y derramó amargas lágrimas de un corazón afligido y humilde. Y el adversario, al verlo, saltó al instante hacia atrás como abrasado por una gran llama, huyendo lejos y gritando con furia y llanto.
86. El monje ha de librar su mayor combate contra estas tres cosas: la glotonería, la vanagloria y el amor al dinero, pues este último es idolatría.
87. Cierto rey de Israel venció al pueblo de Sucot y a otros bárbaros con salmos, cánticos e himnos espirituales, con las palabras y los instrumentos de David (cf. 2 Cro 12,3; 20,22). También tú debes vencer a los bárbaros de Sucot, esto es, a los demonios que entran en tus sentidos y en tu cuerpo y atormentan la carne con el ardor, y te empujan a mirar, oír y oler con pasión, y a decir palabras indecorosas, y a tener los ojos llenos de adulterio, y a agitarte por fuera y por dentro como el horno de Babilonia. Afánate, pues, con gran fe, y con salmos, cánticos e himnos espirituales, por destruir a la vez a los de Sucot, que obran el mal.
88. Como el Señor quiere que el hombre se salve por medio del hombre, así Satanás quiere que el hombre perezca por medio del hombre. Por eso no conviene juntarse con un hombre injurioso y astuto, que no guarda su lengua, para no marchar con él al tormento. Pues si alguien se junta con el justo, aun así apenas se salva; y si alguien anda con el astuto y no se guarda, hallará naufragio, como quien halla la ruina y la lepra. ¿Y quién se compadecerá de quien se acerca alegremente a la serpiente? Huye de quienes no refrenan la lengua, siembran discordia y se agitan por dentro y por fuera.
89. Quien quiera ser llamado sabio, prudente y amigo de Dios, apresúrese a presentar al Señor su alma tal como la recibió de Él: pura, sin heridas y del todo inmaculada; y por ello será coronado en los cielos y los ángeles lo glorificarán.
90. Una sola palabra buena hizo en otro tiempo puro y santo a un ladrón inmundo y lo introdujo en el paraíso. Y una sola palabra mala prohibió a Moisés entrar en la tierra prometida; no tengamos, pues, por dolencia leve la licencia de la lengua. Quienes aman reprochar y charlar cierran ante sí el Reino de los Cielos. El hombre charlatán, aunque tenga aquí algún éxito, no lo tendrá allí: «el mal lo cazará para su perdición» (Sal 139,12). Bien dijo un varón sapientísimo: «Mejor es caer a tierra desde lo alto que caer por la lengua». Conviene que creamos al apóstol Santiago, que escribe: «Sea todo hombre pronto para escuchar y lento para hablar» (St 1,19).
91. Para que no andemos errantes en la vanidad, arrastrados por los sentidos, escuchemos a Aquel que dice: «Ve, pueblo mío, entra en tus aposentos» —los de tu corazón, cerrados a todo pensamiento sensual, en esa morada sin forma iluminada por la impasibilidad y cubierta por la sombra de la santa gracia— «y cierra tus puertas» a todo lo visible, «escóndete por un breve instante» —pues toda la vida humana es un breve instante—. Y añade: «hasta que pase la ira del Señor» (Is 26,20). Como otro dijo: «hasta que pase la iniquidad» (Sal 56,2). La ira del Señor es la iniquidad, y quizá también los demonios, las pasiones y los pecados, como dice Isaías a Dios: «He aquí que te airaste, y nosotros habíamos pecado» (Is 64,4). El hombre huye de esta ira cuando vela con el corazón en la oración y procura estar en su aposento interior, donde nadie puede entrar. «Llama —está dicho— a la sabiduría a tus entrañas», pues «toda la gloria de la hija del rey está en su interior» (Sal 44,14). Me esforzaré «hasta entrar en el santuario de Dios» (Sal 72,17), en el monte de la santidad, en la morada preparada que tú edificaste, Señor, el santuario que tus manos hicieron.
92. Quien de veras quiera renunciar, imite al bienaventurado profeta Eliseo, no dejándose ni una sola cosa, con un celo por Dios grandísimo y llameante como el fuego. Que reparta todos sus bienes a los pobres y así, tomando sobre sí la cruz del Señor, se impulse a la muerte voluntaria, que se convierte en causa del Reino eterno.
93. Cuando llegues a comprender que el amorreo se fortalece en ti como una encina, ora diligentemente al Señor para que seque su fruto por arriba, esto es, el pecado en acto, y sus raíces por abajo, esto es, los pensamientos impuros. Y que el Señor aparte al amorreo de delante de tu rostro.
94. No hay que espantarse aunque veáis a quienes se burlan de vuestra quietud sin ser ellos capaces de guardar quietud. No les guardéis rencor, sino respondedles con vuestra sumisión a Dios, cantando el salmo: «Pero tú, alma mía, sométete a Dios» (Sal 61,6). «En vez de amarme, me calumniaban; pero yo oraba» (Sal 108,4) por mi enmienda y por la suya.
95. Si no sopla un viento fuerte sobre el mar, no se levanta en él ola alguna; y si no nos asalta un demonio, no se levanta tormenta de pasiones ni en el alma ni en el cuerpo.
96. Si siempre te calientas con la oración y con la gracia divina, entonces, como dice la divina Escritura, estás revestido con las armas de la luz. Tu vestido es cálido, mientras que tus enemigos van doblemente vestidos: de vergüenza y de temblor.
97. Al recordar tus transgresiones, no seas perezoso para golpearte el pecho, para que con tales golpes, como con una piedra, hiendas tu corazón petrificado. Hallarás entonces una migaja del oro del publicano y te alegrarás con una riqueza secreta.
98. Que el fuego de la oración por la enmienda y el estudio de las santas palabras del Espíritu ardan siempre sobre el altar de tu alma.
99. Si te apresuras siempre a tener «los pies calzados con la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz» (Ef 6,15), edificarás tu casa y la de tu prójimo. Pero si te vuelves perezoso, serás escupido invisiblemente y, según la ley, heredarás el nombre de aquel a quien se le quitó la sandalia (Dt 25,9-10).
100. Según las palabras del evangelista Juan, «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él» (1 Jn 4,8.16). Quien odia a su prójimo rompe el amor y edifica el odio. Quien odia a uno semejante a sí mismo está lejos de Dios, pues Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él. A Él la gloria y el poder ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. Aquí terminan los capítulos de este libro.