San Juan Casiano el Romano sobre los ocho pensamientos apasionados
Entre estos escritos compuse una Palabra sobre la vida común, y en ella, apoyándome en vuestras oraciones, me atreví a escribir sobre los ocho pensamientos pecaminosos: sobre la glotonería y la impureza, sobre la avaricia, la ira, la tristeza, la acedia, la vanagloria y la soberbia.
Sobre el dominio del vientre
Ante todo hablaremos del dominio del vientre, que es lo contrario de la hartura, y del modo de ayunar, y de la calidad y cantidad de los alimentos. Y no hablaremos por cuenta propia, sino como lo recibimos de los santos padres. Ellos no nos transmitieron una sola regla de ayuno, ni un solo modo de comer, ni una sola medida para todos, porque no todos tienen la misma fuerza, sea por la edad, sea por la enfermedad, sea por los hábitos del cuerpo. Pero sí nos transmitieron a todos un mismo propósito en el ayuno: no comer mucho y evitar la variedad de platos.
Demostraron por experiencia que es más provechoso comer con moderación cada día, y así resulta más fácil conservar la pureza, que ayunar tres o cuatro días o incluso una semana entera. Pues se dice que quienes emprenden un ayuno excesivo comen después con exceso. A veces el cuerpo se fatiga por el ayuno excesivo y se vuelve perezoso para el servicio espiritual; otras veces, cargado de muchos platos, trae a el alma acedia y relajación. Y sabemos también por experiencia que no todos pueden alimentarse de hierbas y verduras, ni todos pueden comer pan seco. Uno comía dos libras de pan y aún quería más; otro comía una libra y algo y quedaba saciado. Por eso, como hemos dicho, se estableció para todos un solo límite de abstinencia: no saciar el vientre y no dejarse arrastrar por la dulzura del paladar.
No solo la variedad de los platos, sino también su cantidad, enciende las flechas ardientes de la impureza. Con cualquier alimento que llenes el vientre, engendrará la semilla de la impureza. Y también: no solo el exceso de vino embriaga el intelecto, sino que el exceso de agua y de comida lo agrava y lo lleva a la somnolencia. Pues para los sodomitas la causa de la caída no fue la comida y la bebida, sino la saciedad de pan, según el profeta (Ez 16,49). La abstinencia de la carne no se opone a la pureza del corazón cuando damos a la carne lo que necesita para su debilidad y no para su placer. Tomamos alimento para que nos sirva para vivir, no para los impulsos del cuerpo.
La moderación reflexiva en la comida mantiene sano el cuerpo; no destruye el santuario. Como sabéis, el límite de la abstinencia y la regla transmitida por los padres son estos: quien come algún alimento y desea más, absténgase de él y no coma hasta saciarse. Y el Apóstol, al decir «no os preocupéis de la carne para satisfacer sus deseos» (Rm 13,14), prohibió comer más de lo que el cuerpo necesita y buscar los placeres.
Pero la sola abstinencia de alimentos no llevará al alma a la pureza completa si no se le añaden las demás virtudes. La humildad unida a la obediencia y la mortificación de la carne nos ayudarán mucho. La abstinencia del amor al dinero consiste no solo en no tener dinero, sino en ni siquiera desearlo, y esto conduce a la pureza del alma. El apartarse de la ira, de la tristeza, de la vanagloria y de la soberbia conduce a la pureza principal del alma. Y la castidad, es decir, la abstinencia, y el ayuno conducen a una pureza parcial. Es imposible con el vientre lleno combatir en el pensamiento contra el espíritu de la impureza. Sea, pues, nuestro primer combate el dominio del vientre y la sujeción del cuerpo, no solo con el ayuno, sino también con la vigilia, el trabajo, la lectura y la concentración del corazón en el temor del infierno y en el Reino de los Cielos.
Sobre la impureza y el deseo carnal
Nuestro segundo combate es contra la pasión de la impureza y del deseo carnal. Este deseo comienza a inquietar al hombre desde temprana edad. Es un combate grande y difícil, y exige una lucha doble, porque los demás vicios combaten solo en el alma, y este es doble —en el alma y en el cuerpo—; por eso hay que librar una doble batalla. Pues no basta ayunar corporalmente para alcanzar la integridad completa y la verdadera pureza, si no hay también un corazón quebrantado, y oración incesante a Dios, y estudio frecuente de las Escrituras, y trabajo y labor manual que refrenen los impulsos inquietos del alma y la aparten de las malas fantasías.
Y antes que todo nos ayudará la humildad del alma; sin ella no se vencerá ni la impureza ni ninguna otra cosa. Y mientras no adquiramos la humildad, hemos de guardar el corazón lo más estrechamente posible de los pensamientos impuros; «pues del corazón —según la palabra del Señor— proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones» (Mt 15,19). Pues el ayuno se nos ha dado no solo para someter el cuerpo, sino también para la sobriedad del intelecto, a fin de que no se oscurezca por la abundancia de platos y no pierda la capacidad de discernir los pensamientos. Por eso conviene no solo ayunar con diligencia, sino también estar atento a los pensamientos y a la instrucción espiritual; sin esto es imposible alcanzar la altura de la verdadera integridad y pureza. Según la palabra del Señor, hay que limpiar «primero el interior de la copa y del plato, para que también el exterior quede limpio» (Mt 23,26).
Si, pues, hay en nosotros celo, según las palabras del Apóstol, por realizar el combate y ser coronados entre quienes han vencido al inmundo demonio de la impureza, recordemos que no lo emprendemos con nuestras propias fuerzas y esfuerzo, sino con la ayuda del Señor nuestro Dios. Este espíritu no cesará de vencer al hombre hasta que este crea de verdad que no es por su vigilancia ni por su trabajo, sino por la ayuda protectora de Dios, como se libra de esta enfermedad y alcanza la altura de la pureza. Esto es natural; y quien ha pisoteado el ardor de la carne y su dulzura se halla como fuera del cuerpo. Por eso diré esto: es imposible que el hombre vuele con sus propias alas hasta este santuario alto y celestial y se haga compañero de los ángeles, si la gracia de Dios no lo levanta de la tierra y del lodo. En ninguna otra virtud se asemejan tanto a los ángeles los hombres revestidos de carne como en la integridad del cuerpo. Gracias a ella, viviendo todavía en la tierra, reciben, según el Apóstol, su «ciudadanía en los cielos» (Flp 3,20).
Señal de que hemos adquirido perfectamente esta virtud es que el alma no reciba en sueños ni una sola imagen de mala fantasía. Aunque tal movimiento no se cuenta como pecado, muestra que el alma está enferma y aún no se ha librado de la pasión. Creamos, pues, que las malas fantasías que ocurren en sueños indican una relajación y debilidad anteriores en nosotros. Manifiestan una dolencia escondida en los recovecos del alma, cuando se produce en sueños una tentación impura. Por eso el Médico de nuestras almas, sabiendo de dónde viene la causa de la enfermedad, puso el remedio en los lugares secretos del alma, diciendo: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28), corrigiendo así no solo la mirada curiosa y desenfrenada, sino el alma misma, que tan mal usa los ojos que Dios le dio para el bien.
Por eso los Proverbios no dicen «guarda tus ojos», sino: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón» (Pr 4,23). Lo mejor es guardar el corazón; entonces usarás rectamente los ojos. Y hay que guardarlo así: cuando la astucia del diablo trae a nuestros pensamientos el recuerdo de alguna mujer —sea la madre, la hermana o alguna otra mujer venerable—, expulsemos rápidamente ese recuerdo de nuestros corazones. Si permanece largo tiempo en nuestra memoria, el maligno tentador llevará el intelecto del recuerdo de las personas a pensamientos inmundos y dañinos. Y el mandamiento que Dios dio al primer Adán ordena aplastar la cabeza de la serpiente (Gn 3,15), esto es, los comienzos de los pensamientos dañinos con que la serpiente intenta deslizarse en nuestra alma; pues si dejamos entrar la cabeza, esto es, el primer apego del pensamiento, dejaremos entrar también el cuerpo entero de la serpiente. Y desde ahí llevará el pensamiento a un acto ilícito.
Pero debemos abatir «cada mañana a todos los pecadores de la tierra» (Sal 100,8), como está escrito; esto es, con la luz del conocimiento hemos de juzgar y destruir los pensamientos pecaminosos de nuestra tierra, que es nuestro corazón. Y mientras los hijos de Babilonia sean todavía pequeños, es decir, los malos pensamientos, hemos de tomarlos y estrellarlos contra la roca (Sal 136,9), y la roca es Cristo. Pero si se unen a nosotros y cobran fuerza, no serán vencidos sin mucho esfuerzo y muchos gemidos.
Es bueno añadir a las palabras de la divina Escritura las de los santos padres. San Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, dijo: «No conozco mujer, y sin embargo no soy virgen». De estas palabras se ve que el don de la virginidad consiste no tanto en la abstinencia corporal cuanto en la santa pureza del alma, que se adquiere por el temor de Dios. También dicen los padres sobre esto que no podemos adquirir perfectamente la virtud de la pureza si no adquirimos antes en nuestros corazones la verdadera humildad y sabiduría, y el conocimiento verdadero, mientras en lo profundo del alma permanezca la pasión de la impureza.
Digamos con el Apóstol que esto es universal, recordando una de sus palabras: «Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hb 12,14). Y a esto añade: «para que no haya ningún fornicario ni profano como Esaú» (Hb 12,16). Cuanto mayor es la santidad angélica y celestial, tanto más feroces son los asaltos del enemigo. Por eso hemos de esforzarnos por aprender no solo la abstinencia corporal, sino también la contrición del corazón y la oración frecuente con gemidos, para que el horno de nuestro cuerpo, que el rey de Babilonia enciende cada día con los deseos de la concupiscencia, se apague con el rocío de la venida del Espíritu Santo. Además de esto tenemos otra arma poderosa para el combate: la vigilia por amor de Dios. Pues así como un día pasado con celo conserva la santidad de la noche, así la vigilia nocturna conserva de día la pureza del alma.
Sobre el amor al dinero
Nuestro tercer combate es contra el espíritu de la avaricia. Esta guerra es ajena a nuestra naturaleza y comienza a veces por falta de fe. Pues las causas de las demás pasiones, esto es, de la potencia irascible y del deseo, están en el ardor del cuerpo, y parecen innatas, ya que acompañan al hombre desde el nacimiento; por eso hace falta mucho tiempo para vencerlas. En cambio, el amor al dinero es una enfermedad que viene de fuera, y es más fácil librarse de ella si uno es diligente y atento. Pero si se la descuida, se vuelve la más destructiva de todas las pasiones, y entonces no es fácil librarse de ella. «Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Tm 6,10), dice el Apóstol.
Y tengamos esto en cuenta. Los movimientos naturales del cuerpo se manifiestan no solo en los niños, que aún no distinguen el bien del mal, sino incluso en los más pequeños y en los lactantes, que, no teniendo en sí rastro alguno de placer, hacen sin embargo movimientos naturales según la carne. También en los niños de pecho se ve la agudeza de la potencia irascible, cuando los vemos enfurecerse contra quienes los han agraviado. Digo esto sin culpar a la naturaleza como causa del pecado —que nadie lo piense—. Pero quiero mostrar cómo la ira y el deseo, aunque dados por el Creador para provecho del hombre, se vuelven por la negligencia contra natura en lugar de naturales. El impulso corporal de engendrar hijos y de continuar la especie no fue dado por el Creador para la impureza; y el movimiento de la ira se nos ha dado para que nos irritemos contra el pecado y no contra el prójimo. No culpemos, pues, a la naturaleza ni al Creador cuando abusamos de este movimiento, como tampoco podemos culpar a quien dio un cuchillo para su uso y necesidad, si quien lo tomó cometió con él un homicidio.
Hemos dicho esto para mostrar que la pasión de la avaricia no procede de la naturaleza, sino solo de un consentimiento malo y corrompido. Cuando esta dolencia halla un alma fría e infiel al comienzo de la vida monástica, le sugiere ciertas razones plausibles y justificadas para retener lo que adquiere. Pinta en la mente del monje una larga vejez y la debilidad del cuerpo; le sugiere que lo que el monasterio provee para las necesidades del cuerpo no basta ni siquiera para los sanos, cuanto menos para los enfermos; que en el monasterio nadie se ocupa de los enfermos, que están del todo descuidados, y que si un monje no tiene oro guardado, morirá de mala manera. Luego le sugiere que no puede permanecer en el monasterio por el trabajo pesado y la severidad de los padres. Y cuando tales pensamientos lo han tentado a guardar aunque sea un poco de dinero, lo persuade a aprender en secreto del abad algún oficio manual, para poder aumentar el dinero deseado. Después tienta al desdichado con esperanzas inciertas, hablándole de la ganancia de su labor y, gracias a la ganancia, de una vida más cómoda y despreocupada.
Entonces el monje empieza a pensar solo en la ganancia y ya no ve el mal que le rodea: ni la ira feroz cuando sufre pérdidas, ni el ensombrecimiento por la tristeza cuando pierde la esperanza de obtener provecho. Como para otros el vientre se convierte en dios, así para él el oro. Por eso el bienaventurado Apóstol, sabiendo esto, llama al amor al dinero no solo raíz de todos los males (1 Tm 6,10), sino también idolatría. Vemos, pues, a qué gran pecado empuja al hombre esta enfermedad, que puede llevar incluso a la idolatría (Col 3,5); porque el amante del dinero aparta su intelecto del amor de Dios y ama ídolos humanos hechos de oro.
Oscurecido por tales pensamientos, el monje se inclina a lo peor y ya no puede guardar obediencia alguna. Se indigna, se turba y murmura contra todo; contradice, y ya no hay en él reverencia alguna. Corre por los barrancos como un caballo enloquecido, no se conforma con la comida diaria y, sin avergonzarse, dice que no puede soportarla; dice que Dios no está solo aquí y que puede salvarse también en otra parte, y que si no deja este monasterio perecerá. Hecho cómplice de este pensamiento corrompido, se propone abandonar el monasterio como sobre alas ligeras; y por eso replica con soberbia y obstinación a toda instrucción, se comporta como un extraño llegado de otra parte, y en cuanto ve en el monasterio algo que necesita corrección, al punto lo desprecia, murmura y se burla de todo lo que allí hay. Da además motivo para que se enojen u ofendan con él, a fin de no parecer ligero al abandonar el monasterio sin razón. Y si puede sacar a otro del monasterio con murmuraciones y palabras vanas, no dudará en hacerlo, para tener un compañero en su debilidad.
Al amante del dinero lo abrasa el fuego de su dinero, y por eso nunca podrá guardar quietud en el monasterio ni vivir según la regla. Cuando el diablo, como un lobo, lo ha robado del redil y lo ha separado del rebaño, como destinado a su banquete, entonces le enseña a hacer en su celda todo aquello que descuidaba en las horas señaladas del monasterio. No le deja guardar las oraciones acostumbradas, ni los ayunos, ni las reglas de la vigilia, sino que lo ata con un insensato amor al dinero y le enseña a entregarse a su labor manual con la mayor diligencia.
Hay tres clases de esta enfermedad, todas igualmente rechazadas por la santa Escritura y por la enseñanza de los padres. La primera enseña a los desdichados monjes a adquirir y acumular lo que no tuvieron en el mundo. La segunda suscita pesar en quienes han renunciado a sus bienes y los impulsa a buscar de nuevo lo que dieron a Dios. Y la tercera ata al hombre desde el comienzo mismo con la infidelidad y la frialdad, impidiéndole renunciar del todo a las cosas mundanas, enseñándole a temer la pobreza y a no confiar en la providencia de Dios, y haciéndolo transgresor de los votos que hizo al renunciar al mundo.
Ya hemos dicho que en las divinas Escrituras hallamos ejemplos de la condena de estas tres clases. Vemos cómo Guejazí (2 R 5,22) quiso adquirir bienes que antes no tenía y perdió la gracia profética que su maestro quería darle, y en lugar de una bendición cayeron sobre él la maldición del profeta y una lepra eterna. Y Judas quiso recuperar los bienes que había dejado al seguir a Cristo, y no solo traicionó al Señor (Mt 26,15) y cayó del rango apostólico, sino que puso fin a su vida corporal con el suicidio. Ananías y Safira (Hch 5,1) retuvieron parte del precio, y los apóstoles los castigaron con la muerte. Y el gran Moisés, en el Deuteronomio, manda misteriosamente a quienes prometen renunciar al mundo y sin embargo se aferran a las cosas terrenas por temor infiel, diciendo: «El que sea cobarde y de corazón débil, que se vaya y vuelva a su casa, para que no debilite el corazón de sus hermanos como el suyo» (Dt 20,8). ¿Hay algo más cierto y más claro que este testimonio? ¿No aprendemos de ahí, los que renunciamos al mundo, a renunciar por completo y a entrar en el combate de modo que no comencemos débiles y corrompidos, apartando así a otros de la perfección evangélica por infundirles temor?
Y algunos interpretan mal las palabras de la divina Escritura «Mayor felicidad hay en dar que en recibir», aplicándolas a su propio engaño y a su deseo de dinero, torciendo el sentido de lo dicho y desfigurando la enseñanza del Señor, que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt 19,21); y piensan que en lugar de la pobreza es mejor tener riquezas y dar limosna de lo sobrante. Sepan tales hombres que aún no han renunciado al mundo ni han alcanzado perfección alguna, porque se avergüenzan de hacerse pobres con el Apóstol por Cristo, y de servirse a sí mismos y a los necesitados con el trabajo de sus manos, y de cumplir su voto, y de ser glorificados con el Apóstol, que repartió toda su riqueza y estuvo a menudo «en hambre y sed, en frío y desnudez» (2 Co 11,27). Que tales hombres se esfuercen en las buenas obras junto con el apóstol Pablo.
Si la riqueza fuera necesaria para la perfección, el Apóstol mismo lo habría comprendido y no habría desdeñado su posición, pues era ciudadano romano. Y quienes en Jerusalén vendieron sus casas y sus campos y pusieron el precio de lo vendido a los pies de los apóstoles no lo habrían hecho si los apóstoles les hubieran enseñado que es mejor vivir de los propios bienes que del propio trabajo y de lo que la gente da. El Apóstol habla de esto aún más claramente en la Epístola a los Romanos, diciendo: «Ahora voy a Jerusalén para servir a los santos, porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una colecta para los pobres entre los santos de Jerusalén. Lo tuvieron a bien, y en verdad son sus deudores» (Rm 15,25-27). Y él mismo estuvo muchas veces encadenado, y en prisión, y padeció las fatigas de los viajes, y sin embargo se ganaba el pan con el trabajo de sus manos. Contando que recibió limosna de los hermanos venidos de Macedonia, dice: «Los hermanos que vinieron de Macedonia suplieron mi necesidad» (2 Co 11,9). Y escribe a los filipenses: «Vosotros, filipenses, sabéis que al comienzo de la predicación del Evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna Iglesia participó conmigo en cuanto a dar y recibir sino vosotros solos; pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades» (Flp 4,15-16).
Según los amantes del dinero, los filipenses serían mejores que el Apóstol, puesto que le dieron limosna de sus bienes. Pero seguramente no hay nadie tan del todo insensato como para atreverse a decirlo. Cuando queramos seguir el mandamiento evangélico y a toda la Iglesia, edificada desde el comienzo sobre los apóstoles, no escuchemos nuestra propia opinión ni torzamos las buenas palabras, sino que, rechazando una opinión fría y falsa, aceptemos la verdad del Evangelio. Así podremos seguir a nuestros padres, y no quebrantaremos las reglas de la vida común, y renunciaremos verdaderamente a este mundo.
Será bueno recordar aquí las palabras del santo. Se dice que san Basilio, obispo de Cesarea de Capadocia, dijo a cierto senador que había renunciado al mundo pero conservaba parte de sus bienes: «Has perdido tu rango de senador y no te has hecho monje». Conviene cortar de nuestra alma con toda vigilancia la raíz de todos los males, que es el amor al dinero. Bien se sabe que donde queda la raíz, las ramas vuelven a crecer fácilmente. Y la virtud de no poseer nada no es fácil de cumplir para quienes no viven en cenobio; en el cenobio no hay que inquietarse ni siquiera por lo más necesario.
Recordando la suerte de Ananías y Safira, temamos retener algo de nuestros bienes. Temamos el castigo que sufrió Guejazí por su amor al dinero, herido de lepra, y no nos atrevamos a reunir para nosotros hacienda como no la tuvimos en el mundo. Recordemos también a Judas, que se ahorcó, y temamos acumular posesiones, si nosotros mismos hemos renunciado a ellas. Y sobre todo, recordemos siempre la muerte, pues no sabemos cómo ni a qué hora vendrá nuestro Señor y hallará nuestra conciencia manchada por el amor al dinero, y nos dirá, como dijo en el Evangelio al rico: «¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; y lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12,20).
Sobre la ira
Nuestro cuarto combate es contra el espíritu de la ira. Con la ayuda de Dios hemos de arrancar de nuestras almas su veneno mortal. Cuando se instala en nuestro corazón y ciega los ojos del corazón con una turbación oscura, entonces no podemos adquirir ni prudencia en lo útil, ni conocimiento espiritual, ni guardar el consejo bueno y perfecto, ni hacernos partícipes de la vida verdadera; y nuestro intelecto no podrá contemplar la luz divina y verdadera, pues está dicho: «Mi ojo se ha turbado por la ira» (Sal 6,8). No seremos partícipes de la sabiduría divina, aunque todos nos tengan por muy sabios, porque está escrito: «La ira reposa en el seno de los necios» (Qo 7,9). No podremos recibir pensamientos ni consejos saludables, aunque los hombres nos crean sabios, porque está escrito que la ira destruye incluso a los sabios. No podremos mantenernos en el camino de la verdad con corazón sobrio, pues está dicho: «La ira del hombre no obra la justicia de Dios» (St 1,20). Ni podremos adquirir esa mansedumbre y bondad que todos alaban tanto, pues está dicho: «El hombre iracundo no es agraciado» (cf. Pr 29,22).
Quien quiera llegar a ser perfecto y emprender legítimamente el combate espiritual, apártese de todo vicio, de la ira y del furor. Y escuche lo que le manda el vaso elegido, el apóstol Pablo: «Toda amargura, enojo, ira, gritería y calumnia sean quitadas de entre vosotros, junto con toda malicia» (Ef 4,31). Al decir «toda», no nos deja ningún motivo de ira, como si fuera importante o necesaria. Quien quiera corregir a su hermano cuando peca, o refrenarlo, permanezca él mismo sin turbación, no sea que, queriendo curar a otro, atraiga sobre sí la enfermedad y se le diga la palabra del Evangelio: «Médico, cúrate a ti mismo» (Lc 4,23). Y también: «¿Por qué miras la brizna en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en el tuyo?» (Mt 7,3).
Los movimientos de la ira, encendidos por cualquier motivo, ciegan los ojos del alma y no le dejan ver el Sol de justicia, como quien se pone sobre los ojos láminas de oro o de plomo y no les deja ver, ni distingue el metal precioso del vil que tiene delante. Así, sea buena o mala la razón, la ira se enciende y oscurece el alma. Solo entonces usamos la potencia irascible según la naturaleza: cuando la levantamos contra los pensamientos apasionados y amantes del placer. Así nos enseña el profeta, diciendo: «Airaos y no pequéis» (Sal 4,5); esto es, levantad vuestra ira contra vuestras pasiones y malos pensamientos, y no pequéis escuchando lo que os arrojan. Y el profeta añade este pensamiento: «Compungíos por lo que decís en vuestros corazones sobre vuestros lechos»; es decir, cuando vengan malos pensamientos a vuestro corazón, expulsadlos con ira contra ellos, y cuando los hayáis expulsado y os halléis en el lecho de la quietud, entonces compungíos.
El apóstol Pablo concuerda con esto, lo confirma y añade: «No se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo» (Ef 4,26-27). Es decir, no obréis de modo que el Sol de justicia, Cristo, se ponga en vuestro corazón por la ira y por el trato con los malos pensamientos; porque cuando Cristo se va, el diablo halla lugar en vosotros. De este Sol dice Dios mismo por el profeta: «Sobre los que temen mi nombre se levantará el Sol de justicia, y en sus alas traerá la salud». Si entendemos lo que dicen las Escrituras, aprenderemos que no podemos retener nuestra ira ni siquiera hasta la puesta del sol.
¿Qué diremos, pues, de quienes, con el furor y el frenesí de una disposición apasionada, no solo guardan su ira hasta el ocaso, sino que la prolongan durante largos días, sin hablarse ni escucharse unos a otros, multiplicando el veneno de la malicia para su propia perdición? No saben que es bueno abstenerse no solo de la ira que estalla, sino también de la que permanece en los pensamientos, para que el intelecto no se oscurezca con las tinieblas de la malicia, no caiga de la luz del buen juicio y no pierda la presencia del Espíritu Santo en él. Por eso manda el Señor en el Evangelio dejar el don delante del altar e ir a reconciliarse con el hermano (Mt 5,24), pues nuestro sacrificio no será grato a Dios mientras guardemos dentro furor y malicia. Y el Apóstol, mandando orar sin cesar (1 Ts 5,17) y levantar en todo lugar manos reverentes sin ira, nos enseña a considerar esto. Nos queda, pues, o no orar nunca —y quebrantar así el mandamiento del Apóstol—, o, procurando cumplir su mandato, orar sin ira y sin malicia (1 Tm 2,8).
Y como a menudo descuidamos a los hermanos ofendidos o agraviados diciendo: «No están apenados por causa nuestra», el Médico de las almas, queriendo arrancar de nuestros corazones tal engaño, nos manda dejar el don y hacer las paces con el hermano no solo cuando nosotros hemos sido ofendidos por él, sino también cuando él está ofendido con nosotros, con razón o sin ella: tratarlo con reconciliación y solo después presentar el don.
Pero ¿para qué detenernos tanto en los mandamientos evangélicos y apostólicos? Lo mismo puede aprenderse del Antiguo Testamento, supuestamente más indulgente con nosotros, y que sin embargo dice: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón» (Lv 19,17). Y también: «El camino de la malicia lleva a la muerte»; y aquí se prohíbe no solo mostrar la ira, sino guardarla en los pensamientos.
Por eso conviene que quienes siguen la ley divina luchen con todas sus fuerzas contra el espíritu de la ira y contra la debilidad que hay en nosotros, y que no se marchen al desierto y a las cuevas oscuras llenos de furor contra los hombres, con el pretexto de que allí no hay nada que los incite a la ira y de que en la soledad es fácil adquirir la virtud de la paciencia. Es por soberbia, y porque no queremos culparnos a nosotros mismos ni atribuir la causa de nuestra turbación a nuestra propia negligencia, por lo que queremos apartarnos de los hermanos. Y mientras atribuyamos a otros las causas de nuestra debilidad, nos será imposible alcanzar la paciencia completa.
Y el comienzo de nuestra enmienda y de nuestra paz no está en que el prójimo nos soporte, sino en que nosotros no hagamos daño al prójimo. Cuando, rehuyendo el combate de la paciencia, nos vamos al desierto y a la soledad, llevamos allí con nosotros nuestras pasiones, no curadas, sino escondidas. Porque el desierto y la soledad, en quienes no se han librado de las pasiones, no solo las conservan, sino que las ocultan y no dejan sentir qué pasión nos domina. El desierto, al contrario, suscita tales ensueños de virtud y persuade de que ya se ha alcanzado la gracia duradera y la humildad, mientras no haya nada que moleste ni tiente. Pero cuando ocurre algo que los provoca y los excita, entonces las pasiones escondidas dentro, que antes yacían ocultas y se alimentaban del silencio y de la ociosidad, se escapan de sus establos como caballos desbocados y arrastran a su jinete con más furia y violencia a la perdición.
Las pasiones que aprendemos de los hombres se enfurecen en nosotros con más frecuencia, y hasta la sombra de paciencia y aguante que deberíamos tener la perdemos cuando nos hallamos entre hermanos, porque fuimos descuidados en el trabajo y en la soledad. Como las bestias venenosas que yacen en sus guaridas en el desierto muestran su veneno cuando sienten que alguien se acerca, así los hombres apasionados callan no por amor a la virtud, sino porque el desierto los obliga, y luego arrojan el veneno de sus almas cuando alguien se acerca y los irrita.
Por eso, quien desee alcanzar la mansedumbre perfecta, procure por todos los medios no airarse, no solo con los hombres, sino tampoco con los animales ni con las cosas inanimadas. Recuerdo que, cuando estaba en el desierto, me irrité con la caña de escribir porque era demasiado gruesa o demasiado fina, y me irrité con un leño porque no podía cortarlo deprisa. Así, cuando la ira se extiende, ataca incluso a las cosas inanimadas.
Pero si queremos recibir la bienaventuranza del Señor, no solo hemos de refrenar las manifestaciones de la ira, sino no airarnos ni siquiera en los pensamientos. No nos es tan útil refrenar la boca en el momento del furor y no decir palabras feroces, como limpiar el corazón de malicia y no volver en el pensamiento malos pensamientos contra el hermano. El Evangelio enseña a cortar las raíces de los pecados más que sus frutos. Cuando hayas cortado de tu corazón la raíz de la ira, no se harán obras de envidia ni de odio. «Todo el que odia a su hermano es homicida» (1 Jn 3,15), porque mata a su hermano en su imaginación sin verlo. Los hombres no ven su sangre derramada por la espada, pero Dios ve al muerto en el pensamiento y en la disposición; pues retribuye a cada uno no solo por las obras, sino también por los pensamientos, ya con coronas, ya con tormentos, como Él mismo dice por el profeta: «Vengo a reunir sus obras y sus pensamientos». Y también dice el Apóstol: «dando testimonio su conciencia y acusándolos o excusándolos sus pensamientos, en el día en que Dios juzgue los secretos de los hombres» (Rm 2,15-16).
El Señor mismo, enseñándonos cómo hemos de rechazar toda ira, dice en los Evangelios: «Todo el que se aíra con su hermano será reo de juicio» (Mt 5,22). Así está firmemente establecido en las Escrituras. El propósito del Señor es que cortemos por todos los medios la raíz y la chispa de la ira y no guardemos en nosotros ni una sola causa de ella; porque la ira puede comenzar con un motivo aparentemente válido y llevar después al frenesí y al furor sin palabras. El mejor remedio para esta enfermedad es creer que no debemos dar lugar a la ira, ni con razón ni sin ella. Cuando el espíritu de la ira oscurece el pensamiento, entonces no se hallará en nosotros ni la luz de la prudencia, ni la confirmación del recto consejo, ni la administración de la verdad, y nuestra alma no podrá ser templo del Espíritu Santo, porque el espíritu de la ira ha oscurecido nuestro pensamiento y nos ha dominado.
Y, finalmente, conviene recordar cada día nuestra muerte, pues no sabemos cuándo llegará, y saber que de nada nos servirán ni el ayuno, ni la renuncia, ni las vigilias, si estamos poseídos por la ira y el odio: entonces seremos condenados.
Sobre la tristeza
Nuestro quinto combate es contra el espíritu de la tristeza, que oscurece en el alma toda visión espiritual y le impide hacer buenas obras. Cuando este espíritu maligno se apodera del alma y la oscurece por completo, no le permite orar con fervor, ni leer con provecho las santas Escrituras, ni ser manso y afable con los hermanos, e infunde aversión a todo trabajo y aun a la vida prometida en los votos. La tristeza confunde de tal modo al alma que esta no oye ningún consejo sencillo y saludable, debilita su fuerza y su paciencia, y la vuelve como insensata e insensible, atada por el pensamiento de la desesperación.
Por eso, si nos proponemos realizar el combate espiritual y vencer con la ayuda de Dios a los espíritus malignos, guardemos nuestros corazones cuanto podamos del espíritu de la tristeza. Como la polilla roe el vestido y el gusano la madera, así la tristeza corroe el alma del hombre, enseñándole a rehuir toda conversación amable y a no aceptar consejo de amigos sinceros, no dejándole responderles bien y en paz, sino que, cubriendo el alma entera, la llena de amargura y de acedia. Y al final le sugiere que huya de los hombres, como si ellos fueran la causa de su turbación. La tristeza no deja que el alma sepa que su dolencia no viene de fuera, sino que está escondida en ella misma y se manifiesta cuando llegan las tentaciones y la despiertan con sus movimientos. Nunca nada dañará al hombre si no hay ya en él causa de pasiones.
Por eso Dios, Creador de todo y Médico de nuestras almas, el único que ve las heridas del alma, nos manda no apartarnos de los hombres, sino cortar las causas de los vicios que hay en nosotros, y saber que la salud del alma no se obtiene en el alejamiento de los hombres, sino conviviendo con los virtuosos y en el combate. Cuando dejamos a nuestros hermanos por motivos aparentemente buenos, no eliminamos las causas de la tristeza, sino que solo las cambiamos, y nuestra enfermedad sigue escondida dentro y se manifiesta por otra cosa. Por eso todos combatimos contra nuestras pasiones interiores. Cuando por la gracia y la ayuda de Dios sean arrojadas del corazón, entonces nos será fácil vivir no solo con los hombres, sino incluso con las fieras, según las palabras del bienaventurado Job: «La fiera del campo estará en paz contigo» (Jb 5,23).
Ante todo hemos de luchar por expulsar de nuestros corazones el espíritu de la tristeza, que arroja el alma a lo profundo. Este espíritu impidió a Caín arrepentirse del fratricidio, y a Judas después de traicionar al Señor. Guardemos solamente aquella tristeza que se da en el arrepentimiento por los pecados, y junto a la cual viene una buena esperanza; de ella dice el Apóstol: «La tristeza según Dios produce un arrepentimiento que lleva a la salvación» (2 Co 7,10). La tristeza según Dios alimenta el alma con la esperanza del arrepentimiento y va unida al gozo. Por eso hace al hombre despierto y dispuesto para toda buena obra, accesible, humilde, manso, sin rencor, paciente en toda obra buena y en el aguante. Esta es la tristeza según Dios, y por ella se reconocen en el hombre los frutos del Espíritu Santo, esto es, gozo, amor, paz, longanimidad, bondad, fe y dominio propio. Y en la tristeza contraria reconocemos los frutos del espíritu maligno: acedia, impaciencia, furor, odio, disputas, desesperación y pereza en la oración. Esta tristeza debemos evitarla igual que evitamos la impureza, el amor al dinero, el furor y las demás pasiones. Y se cura con la oración, con la esperanza en Dios, con el estudio de las palabras divinas y con el trato reverente con las personas.
Sobre la acedia
Nuestro sexto combate es contra el espíritu de la acedia, que se une y coopera con el espíritu de la tristeza. Es un demonio feroz y fuerte que guerrea sin cesar contra los monjes. Ataca al monje hacia la hora sexta, le infunde terror y le suscita aversión al lugar mismo, y a sus hermanos, y a todo trabajo, y a la lectura de las divinas Escrituras, y le da pensamientos de trasladarse a otro sitio, sugiriéndole que, si no se traslada, todos sus trabajos y toda su vida serán en vano. Además de todo esto le sugiere a la hora sexta un hambre que no le sobrevendría ni después de un ayuno de tres días, ni tras el viaje más largo, ni tras el trabajo más duro. También le hace pensar que no podrá librarse de esta enfermedad y de esta carga de otro modo que con paseos frecuentes y visitas a los hermanos, supuestamente por provecho o para visitar a los enfermos. Y si este espíritu no logra seducir al monje con tales pensamientos, entonces le trae un sueño profundo y lo ataca con mayor fuerza y persistencia; y no se alivia con nada sino con la oración, el apartarse de la charla vana, el estudio de las palabras divinas y la paciencia en las tentaciones.
Cuando el diablo encuentra a un monje que no está armado con estas armas, entonces, apuntándole con sus flechas, lo convierte en vagabundo, perezoso y ocioso, empujándolo a recorrer numerosos monasterios y a no preocuparse de nada salvo de ver dónde hay comidas y banquetes. Quien ha caído en la acedia solo piensa en tales cosas inútiles. Después el diablo arrastra lentamente al monje a los asuntos del mundo, llevándolo poco a poco con tales ocupaciones dañinas, hasta apartarlo del todo de sus votos.
El Apóstol, como médico sabio, muestra cómo arrancar esto de raíz de nuestras almas y señala las causas que lo engendran, diciendo: «Os mandamos, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que viva en la ociosidad y no según la tradición que recibisteis de nosotros. Pues vosotros mismos sabéis cómo debéis imitarnos. No vivimos entre vosotros desordenadamente, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con fatiga y esfuerzo día y noche para no ser gravosos a ninguno de vosotros; no porque no tengamos derecho, sino para daros ejemplo a fin de que nos imitéis. Pues aun cuando estábamos con vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Sin embargo oímos que algunos entre vosotros viven en la ociosidad, sin hacer nada, metiéndose en todo. A tales personas les mandamos por nuestro Señor Jesucristo que trabajen en sosiego y coman su propio pan» (2 Ts 3,6-12).
Oíd con qué claridad nos muestra el Apóstol las causas de la acedia. Llama ociosos a quienes nada hacen, y con esta sola palabra les reprocha su pecado. Quien nada hace es ocioso, e irreverente, y atrevido en sus palabras, pronto al reproche, y por ello incapaz de quietud y de fe. El Apóstol manda apartarse de tales personas, esto es, rehuirlas como una enfermedad mortal, porque viven «no según la tradición» que los fieles recibieron de los apóstoles. Con estas palabras el Apóstol dice que son soberbios, burladores y destructores de las tradiciones apostólicas. Y dice también: «No comieron de balde el pan de nadie, sino que noche y día trabajaron con fatiga y esfuerzo para no ser gravosos a ninguno de vosotros» (2 Ts 3,8). El maestro de las naciones, el predicador del Evangelio, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, aunque enseñaba que el Señor mandó que los predicadores del Evangelio vivieran de la predicación, él mismo trabajaba día y noche para no ser carga a nadie. ¿Qué haremos nosotros, que somos demasiado perezosos para trabajar y buscamos el descanso del cuerpo? A nosotros no se nos ha confiado la vigilancia de las Iglesias ni la predicación del Evangelio; solo hemos de velar por nuestras propias almas.
Más claramente aún señala el Apóstol el daño de la ociosidad cuando dice: «sin hacer nada, metiéndose en todo». De la ociosidad viene la curiosidad; de tal curiosidad, el desorden; y del desorden, todo pecado. Indicando cómo hay que curarlo, el Apóstol añade: «A tales personas les mandamos y exhortamos a trabajar en sosiego y a comer su propio pan». Y a esto añade una prohibición: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma» (2 Ts 3,12.10).
Los santos padres de Egipto, habiendo aprendido de estas palabras del Apóstol, no permiten a los monjes estar ociosos ni un instante, y menos aún a los monjes jóvenes, sabiendo que con el trabajo duro ahuyentan la acedia, se ganan su pan y ayudan a los pobres. Trabajan no solo para sus propias necesidades, sino que dan también de su labor a los forasteros, a los pobres y a los presos, creyendo que tal limosna es un sacrificio santo agradable a Dios. Y dicen también los padres que quien trabaja combate con un solo demonio y por él es oprimido, mientras que al ocioso lo asaltan numerosos espíritus.
Será bueno recordar también las palabras del abba Moisés, el más experimentado de los padres, que me dijo a mí. Cuando llevaba un tiempo en el desierto, me atormentaba la acedia; fui al abba y le dije que el día anterior me había atormentado la acedia y que me había fatigado mucho, y que no me libré de ella hasta que fui a ver al abba Pablo. El abba Moisés me respondió diciendo: «No. No te has librado de ella; al contrario, has cedido a ella todavía más. Sabe que te atacará aún con más fuerza cuando dejes tu puesto, hasta que finalmente la venzas con la paciencia, la oración y el trabajo manual».
Sobre la vanagloria
Nuestro séptimo combate es contra el espíritu de la vanagloria. Es una pasión múltiple y sutilísima, y aquel a quien ataca no la advertirá pronto. Porque las provocaciones de las demás pasiones son más visibles, y al alma le resulta más fácil combatirlas cuando sabe quién es su enemigo, se le opone y lo rechaza con la oración. Pero el pecado de la vanagloria, por ser de muchas clases, no se vence fácilmente. Viene en todo comienzo, en una mirada, en una palabra, en el silencio, en la obra, en las vigilias, en el ayuno, en la oración, en las lecturas, en la quietud y en la longanimidad. La vanagloria se añade a todo esto e intenta herir al soldado de Cristo.
A quien no puede tentar de vanagloria con ropas lujosas, lo tienta con ropas viejas. A quien no puede ensalzar con honores, lo ensalza con su llamada paciencia en la deshonra. A quien no puede hacer alardear de su elocuencia, lo halaga por su silencio, como si fuera mudo. A quien no puede relajar con platos exquisitos, lo relaja con la alabanza del ayuno. Así, en toda obra y en todo empeño, da al maligno diablo ocasión de atacar. Y además de eso, enseña también a soñar con dignidades.
Recuerdo a cierto anciano: cuando vivía en un eremitorio, fue a la celda de un hermano para visitarlo, y al acercarse a la puerta oyó que el hermano hablaba dentro. El anciano pensó que estaba leyendo las Escrituras y se puso a escuchar, y oyó que el hermano, herido por la vanagloria, se ordenaba a sí mismo diácono y despedía a los catecúmenos. Al oír esto, el anciano llamó a la puerta y entró. El hermano salió a su encuentro, se inclinó según la costumbre y trató de averiguar cuánto tiempo llevaba el anciano ante la puerta. Y el anciano le respondió con mansedumbre: «Llegué cuando despedías a los catecúmenos». Al oírlo, el hermano cayó a los pies del anciano y le rogó que orase por él para librarse de este engaño. He mencionado esto para mostrar a qué insensibilidad lleva este demonio al hombre.
Quien quiera realizar perfectamente el combate y ser coronado con la corona de la justicia, procure por todos los medios vencer a esta bestia de muchas cabezas, recordando siempre las palabras de David: «Dios ha dispersado los huesos de los que quieren agradar a los hombres» (Sal 52,6). Que no haga nada por la alabanza humana y espere la recompensa solo del Señor. Rechazando siempre los pensamientos que vienen a su corazón y lo alaban, que se humille ante Dios. Así podrá librarse del espíritu de la vanagloria.
Sobre la soberbia
Nuestro octavo combate es contra el espíritu de la soberbia. Es el más feroz y el más maligno de todos. Ataca sobre todo a los perfectos e intenta hacer retroceder a quienes han subido casi hasta la cima de la virtud. Así como una enfermedad mortal destruye una parte del cuerpo y arruina el todo, así la soberbia destruye no una parte del alma, sino el alma entera. De las demás pasiones, cada una, aunque perturba el alma, combate solo contra una virtud y, al intentar vencerla, oscurece en parte el alma y la confunde. Pero la pasión de la soberbia oscurece el alma entera y lleva a la mayor caída.
Para comprender mejor lo dicho, mirémoslo así: la glotonería intenta destruir la abstinencia; la impureza, la castidad; el amor al dinero, la pobreza; el furor, la mansedumbre; y los demás pecados intentan destruir las virtudes contrarias. Pero cuando el pecado de la soberbia se apodera de un alma desdichada, la destruye como un feroz tirano que ha tomado una gran ciudad.
Testigo de esto es aquel ángel que cayó del cielo por la soberbia, creado por Dios y adornado con toda virtud y sabiduría, pero que quiso atribuirlo a su propia naturaleza y no a la gracia de Dios. Por eso se imaginó igual a Dios. Denunciando este pensamiento suyo, dice el profeta: «Dijiste en tu corazón: Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono y me sentaré en el monte de la asamblea; subiré sobre las alturas de las nubes, seré semejante al Altísimo» (Is 14,13-14). Y sin embargo eres hombre, no Dios. Y otro profeta dice: «¿Por qué te jactas de la maldad, tú que eres poderoso en la iniquidad?» (Sal 51,3).
Sabiendo esto, temamos y guardemos con toda vigilancia nuestras almas del mortal espíritu de la soberbia siempre que logremos adquirir alguna virtud, repitiendo las palabras del Apóstol: «No yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Co 15,10); y las palabras que dijo el Señor: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5); y las del profeta: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los constructores» (Sal 126,1). Y también está dicho: «No es cuestión del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Rm 9,16). Aunque alguien arda con el mayor celo y se abrase de deseo, limitado por la carne y la sangre no podrá alcanzar la perfección sino por la misericordia de Cristo y por su gracia. Pues también el apóstol Santiago dice: «Todo don bueno desciende de lo alto» (St 1,17). Y el apóstol Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4,7), como si fuera tuyo. Y que nuestra salvación es por la gracia y la misericordia de Dios lo atestigua el ladrón, que recibió el Reino de los Cielos no como recompensa de sus virtudes, sino por la gracia y la misericordia de Dios.
Sabiendo esto, todos nuestros padres nos dijeron unánimemente que no hay otro camino para alcanzar la perfección de la virtud sino por la humildad, que viene por la fe, y el temor de Dios, y la mansedumbre, y el completo desprendimiento. Por ella alcanzaremos el amor perfecto, por la gracia y el amor a los hombres de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.