Nicetas Stethatos, venerable monje y presbítero del monasterio de Studios: Primera centuria de capítulos prácticos

Nicetas Stethatos, venerable monje y presbítero del santísimo monasterio de Studios: Primera centuria de capítulos prácticos

1. Pienso que son cuatro las causas que nos mueven a escribir sobre aquello que salva el alma. La primera es la libertad, esto es, la impasibilidad del alma que, mediante la práctica y el trabajo, ha alcanzado la contemplación natural de las criaturas y ha entrado desde entonces en la profundidad de la teología. La segunda es la pureza del intelecto, adquirida con lágrimas y oración, de la cual nace la palabra de gracia y de la cual manan los ríos del conocimiento salvador. La tercera es la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros, de donde procede la efusión de la luz del Espíritu para provecho de todo el que se purifica, para la manifestación de los misterios del Reino de los cielos y la revelación de los tesoros de Dios escondidos en el alma. La cuarta es la obligación que pesa sobre todo el que ha recibido el talento de la «palabra de conocimiento», obligación de la que el Señor nos advierte con severidad: «¡Siervo malo y perezoso! Debías haber entregado mi dinero a los banqueros, y al venir yo habría recibido lo mío con los intereses» (Mt 25,26-27). Por lo mismo dice David: «He aquí que no contendré mis labios; Señor, tú conoces mi justicia. No he escondido tu verdad dentro de mi corazón, y he anunciado tu salvación. No he ocultado tu misericordia ni tu verdad a la gran asamblea» (Sal 39,10-11).

2. El comienzo de la vida en Dios es el apartamiento total del mundo. Y este apartamiento es el rechazo de los deseos del alma y el abandono de la sabiduría terrena, por los cuales, ascendiendo a la sabiduría divina, nos hacemos espirituales en vez de carnales, muriendo al cuerpo y al mundo y viviendo en el alma en Cristo y en el Espíritu Santo.

3. El verdadero conocimiento de Dios, la fe profunda y firme, el desprecio de todo lo visible y la práctica de las buenas obras sin ningún amor propio: éste es el «cordón triple» que, según dice Salomón, «no se rompe fácilmente» (Ecl 4,12).

4. Por la fe esperamos recibir la recompensa de nuestros trabajos, y por eso soportamos con facilidad los trabajos de las buenas obras. Y como el Espíritu Santo nos da certeza de ello, volamos hacia Dios con las alas del amor.

5. No quedamos contados entre los que obran el mal cuando padecemos las provocaciones de los pensamientos impuros, sino cuando el celo por el bien se debilita en el alma y el intelecto, por una conducta descuidada y desordenada, comienza a dar vueltas en fantasías confusas que lo oscurecen, y cuando cesan los trabajos de las virtudes por pereza en la contemplación de Dios y en la oración. Entonces, aunque no hagamos nada malo, quedamos contados con quienes de propia voluntad se revuelcan en el fango de los placeres impuros.

6. Cuando se aflojan las riendas de los sentidos rectores, al punto se levantan las pasiones y se agitan los sentidos serviles. Pues es propio de estos sentidos irracionales, una vez libres de las ataduras de la continencia, lanzarse sobre todo lo que excita sus pasiones y pacer allí como en valles mortíferos; y cuanto más se deleitan en ellos, más insaciables se vuelven. Porque, sueltos de sus ataduras, no pueden contenerse ante aquello a lo que su naturaleza los empuja.

7. Algunos sentidos —la vista y el oído— son racionales, más dados a la sabiduría y más soberanos que los demás; los otros —el gusto, el olfato y el tacto— son irracionales y animales, puestos para servir a los racionales. Pues primero vemos y oímos, y luego, según nos incita el pensamiento, tocamos una cosa, después la olemos y sólo entonces la gustamos. Estos tres últimos sentidos son, pues, más animales y sin duda más serviles que los dos primeros. Los animales domésticos y las fieras, siendo más insaciables y más lujuriosos, se esfuerzan de continuo por satisfacerlos, ya atiborrándose insaciablemente de comida, ya buscando sin cesar el apareamiento.

8. Quien sustituye la acción de los sentidos exteriores por la de los interiores —la vista, por el avance del intelecto hacia la visión de la luz de la vida; el oído, por la atención del alma; el gusto, por el discernimiento espiritual; el olfato, por la percepción del intelecto; el tacto, por la sobria vigilancia del corazón— ése vive en la tierra una vida angélica. Para los hombres es hombre, y así lo ven los hombres; pero para los ángeles es ángel, y así lo ven los ángeles.

9. Con la vista del intelecto percibimos la luz divina, el conocimiento de los misterios ocultos de Dios; con la atención del alma examinamos cómo nacen los pensamientos en el corazón y distinguimos los buenos de los malos; con el discernimiento espiritual, como con el gusto, reconocemos las clases de pensamientos, y los que brotan de raíz amarga o los transformamos en alimento dulce para el alma o los rechazamos del todo, mientras que los que crecen de plantas buenas y fecundas los acogemos y «llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo» (2 Cor 10,5); con la percepción del intelecto olemos la fragancia del mirón noético de la gracia del Espíritu Santo, llenándonos de alegría y gozo del corazón; con la sobria vigilancia del corazón percibimos con entendimiento cómo el Espíritu Santo rocía desde lo alto la llama de nuestros buenos anhelos o calienta nuestras potencias enfriadas por la helada de las pasiones.

10. Así como hay cinco sentidos en nuestro cuerpo —vista, oído, gusto, olfato, tacto—, así hay cinco en el alma: intelecto, palabra, percepción del intelecto, contemplación y conocimiento. Los sentidos del alma se expresan en tres actividades del alma: en el intelecto, en la palabra y en la percepción. Con el intelecto recibimos nuestras reflexiones; con la palabra, lo que se dice; y con la percepción, el soplo del conocimiento y de la contemplación divinos.

11. El intelecto examina los pensamientos, distingue el bien del mal y recibe el conocimiento divino puro. La palabra explica los movimientos naturales de todas las criaturas visibles y las causas de cuanto existe. La percepción del intelecto aprehende la sabiduría celestial y la contemplación del conocimiento, y cuando el Sol de justicia la ilumina, se eleva por encima de la percepción y se deleita en la dulzura de lo invisible.

12. Cuatro son las potencias principales del intelecto: el conocimiento, la agudeza de mente, la aprehensión y la certeza. Quien añada a éstas las virtudes principales del alma —quien una la castidad del alma al conocimiento del intelecto, la sabiduría a la agudeza de mente, la justicia a la aprehensión y la valentía a la certeza— se construirá un carro de fuego para cabalgar al cielo. Contra las tres primeras virtudes y potencias se levantan estas pasiones: el amor al dinero, el amor al placer y el amor a la gloria.

13. Quien ha vencido la avaricia alcanzando la justicia legítima, esto es, la compasión hacia sus semejantes; quien ha vencido el amor al placer con la prudente castidad, es decir, con la continencia perfecta; quien ha dominado el amor a la gloria como cosa sin fuerza, mediante la agudeza de mente y la sabiduría, esto es, mediante el examen prudente de las cosas divinas y humanas, y lo ha pisoteado con pie firme como cosa de ningún valor: ése ha sometido la sabiduría de la carne en la medida en que se lo permite la ley del Espíritu de vida; se ha librado de la ley del cuerpo, ese verdugo, y puede decir: «¡Gracias a Dios! Porque la ley del Espíritu de vida te ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Rom 7,25; 8,2).

14. Quien a toda costa busca la gloria de los hombres —y ella nada es—, quien acoge el amor al placer con alma insaciable y se entrega de buen grado a la avaricia, ése, por presunción y orgullo, se convierte en demonio, o se hace semejante a las bestias, pues es esclavo de los apetitos del vientre y de lo que está debajo del vientre; o se vuelve fiera para con sus prójimos por su avaricia insaciable e inhumana. Tal hombre, según la palabra del Señor, cae de la fe en Dios, pues «recibe gloria de los hombres»; se aparta de la castidad y de la pureza, pues con su insaciabilidad inflama las partes bajo el vientre y se somete a sus impulsos vergonzosos; queda cortado del amor, pues sólo se cuida de sí mismo y no comparte nada de sus bienes con los prójimos necesitados. Por todo esto se convierte en una especie de monstruo compuesto de muchas contradicciones, odioso a Dios, a los hombres y a las bestias.

15. Cuando la potencia irascible, la desiderativa y la racional del intelecto permanecen y obran en su estado natural, hacen a todo el hombre como divino y semejante a Dios, de modo que se comporta siempre con sobriedad y no se desvía de la vida que le es natural. Pero cuando, contra naturaleza, se apartan de su modo propio de obrar y se mueven o se vuelven en una dirección impropia de su naturaleza, entonces hacen del hombre, como ya se ha dicho, una especie de monstruo compuesto de muchas contradicciones.

16. La potencia irascible está entre la desiderativa y la racional del alma, y sirve de arma a cada una de ellas, ya obren según la naturaleza, ya contra ella. Cuando las potencias desiderativa y racional del alma obran según la naturaleza, tendiendo a las cosas divinas, entonces la ira sirve a cada una de ellas como arma de justicia contra la serpiente del mal, que les susurra que gusten los placeres del cuerpo y se deleiten en la gloria de los hombres. Pero cuando se apartan de su movimiento natural y se vuelven a lo que es contra naturaleza, trabajando no en las cosas divinas sino en las humanas, entonces la ira les sirve de arma de injusticia, con la que combaten y guerrean contra todos los que estorban sus deseos e impulsos. Así, el hombre, dentro de la Iglesia de los fieles, o es práctico, contemplativo y teólogo cuando obra según la naturaleza, o se hace semejante al ganado, parecido a las bestias y a los demonios, cuando se desvía hacia lo que es contra naturaleza.

17. Si el hombre no transforma primero las potencias de su alma con penosa penitencia y fuertes trabajos ascéticos, y no las hace tales como Dios se las dio a Adán en el principio —cuando, habiéndolo creado, sopló en él aliento de vida—, jamás podrá conocerse a sí mismo ni adquirir un pensamiento rector sobre las pasiones: un pensamiento libre de arrogancia, libre de curiosidad vana, libre de engaño, sencillo, humilde, sin envidia y sin calumnia, llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. Ni tampoco arderá jamás su alma en amor de Dios. Su alma traspasará los límites de la continencia, no se contentará con lo que tiene y no deseará descansar con los santos. Y si no adquiere este pensamiento rector, nunca será su corazón manso, humilde, libre de ira, bondadoso, sin presunción, lleno de misericordia y de gozo; pues entonces se ataca de tal modo a sí mismo y desordena de tal manera sus potencias, que se hace incapaz de contener los rayos de la gracia del Espíritu Santo.

18. Quien no restaura así en sí mismo la belleza original y no vuelve a formar los rasgos propios de la imagen de Aquel que en el principio creó al hombre a su propia imagen, ¿cómo podrá jamás unirse con Aquel del cual se ha alejado por la desemejanza de sus rasgos? ¿Cómo se unirá a la Luz que Es quien ha apagado la luz y ha atraído sobre sí las tinieblas? Y si no se une con Aquel de quien recibió el principio del ser, y del no-ser pasó al ser, y recibió autoridad sobre lo que existe, ¿dónde será arrojado, siendo desemejante al que lo creó, cuando quede cortado de Él? Esto es claro para los que ven, y no diré más.

19. Mientras permanezcan en nosotros las causas de las pasiones y las acariciemos por propia voluntad, sin intención de expulsarlas, tanto tiempo reinará sobre nosotros su poder, teniendo autoridad sobre nosotros de nuestra parte. Pero cuando las arrojamos de nosotros y limpiamos el corazón con lágrimas de penitencia, aborreciendo incluso los momentos en que las cosas visibles nos extravían, entonces nos hacemos partícipes de la visita del Espíritu Consolador; entonces veremos a Dios y Él nos verá.

20. Los que se han librado de las ataduras del apego al mundo están libres de toda esclavitud a los sentidos, pues en ellos habita y conversa el único Espíritu. Él los guía, y por Él se unen tanto al Padre como al Verbo, consustanciales con Él, según las palabras del santo apóstol Pablo, «haciéndose un solo espíritu con ellos». Tales hombres se vuelven no sólo inasibles para los demonios, sino terribles para ellos, como partícipes del fuego divino que ellos mismos se han hecho fuego.

21. El tacto no es un sentido aparte que obre en alguna parte determinada del cuerpo, sino un sentido general extendido por todo el cuerpo. Por eso, cuando todavía se siente atraído con pasión por lo blando y delicado y toca algo sin necesidad, sacude el intelecto con pensamientos apasionados. Pero cuando ya se ha desprendido de toda blandura y ha vencido la sensualidad, y toca algo por necesidad y menester natural, entonces no sacude los sentidos del alma.

22. Cuando el intelecto ha emigrado hacia lo que está más allá de los sentidos, entonces los sentidos, estando en su propio orden, tocan sin pasión los objetos de las pasiones, investigando sólo su causa y su naturaleza y determinando rectamente su acción y sus propiedades, sin tener pasión por ellos ni inclinar hacia ellos el deseo contra naturaleza.

23. Los combates ascéticos y los trabajos espirituales engendran el gozo del alma, precedido por el apaciguamiento de las pasiones. Por eso, lo que es duro y desagradable para los hombres sujetos a la sensualidad es ligero y sumamente dulce para el alma que persevera en los trabajos espirituales, recogiendo el amor de Dios con su sagrado sudor y herida de amor por el conocimiento divino. Para los primeros —los que dan descanso al cuerpo y se deleitan en los placeres sensuales— los trabajos y combates de la virtud son desagradables y ásperos, pues nunca han tenido que lavar con ríos de lágrimas el regusto salado de aquellos placeres. Pero para el alma que sirve a Dios son deseables y dulces. Y como desprecia los placeres que le hacen daño, y ha rechazado todo apego a ellos y toda complacencia egoísta con el cuerpo, sólo una cosa la entristece: el descanso de los trabajos y el cese de sus combates. Por eso, lo que a aquéllos sirve de placer para el cuerpo trae dolor al alma inclinada a todo lo divino; y lo que da al alma gozo espiritual es para aquéllos causa de suspiros y tormento.

24. A todos los que comienzan los combates espirituales, los trabajos les parecen al principio causa de dolor. Pero para quienes se afanan en aumentar las virtudes y han recorrido ya la mitad del camino, son causa de deleite y de admirable consuelo. Y cuando la sabiduría mortal del cuerpo es absorbida por la vida inmortal que se da por la venida del Espíritu Santo a los que por sus trabajos se acercan a la perfección de las virtudes, entonces se llenan de gozo y alegría inefables, pues por ello se les abre una fuente de lágrimas y desde lo alto llueve sobre ellos un dulce torrente de compunción.

25. Si quieres llegar al límite más alto de las virtudes y hallar con seguridad el camino que conduce a Dios, no des sueño a tus ojos ni reposo a tus párpados ni descanso a tus sienes, hasta que con grandes trabajos y lágrimas encuentres en tu alma afligida el lugar de la impasibilidad, y entres en el santuario de la contemplación de Dios, y con su sabiduría hipostática mires con tu intelecto cómo acaban las cosas humanas y, despreciando lo de abajo, partas con grandísimo anhelo hacia los altos montes de la contemplación.

26. Camino rápido hacia la virtud para los principiantes es el silencio de los labios, el cerrar de los ojos y la sordera de los oídos. Cuando éstos quedan inactivos, el intelecto cierra sus entradas y comienza a examinarse a sí mismo y a sus propios movimientos. Y en seguida examina qué recuerdos flotan en el mar noético de los pensamientos y qué ideas se depositan en el crisol de su entendimiento: si son puras, sin mezcla de semilla amarga, y vienen del ángel de la Luz, o si están mezcladas con broza y paja y vienen de los adversarios de la Luz. Y así permanece en medio como un soberano, distinguiendo entre las ideas y separando los pensamientos mejores de los peores. Los primeros los guarda en los graneros noéticos como panes cocidos en el fuego del Espíritu Santo y amasados con agua divina; de ellos se alimenta, cobra fuerzas y se llena de luz. Los segundos los entrega a las profundidades del olvido, sacudiendo su amargura. Esto sólo puede hacerlo aquel que ha emprendido en su intelecto el camino que lleva sin error al cielo y a Dios, y ha arrojado los vestidos oscuros de las pasiones.

27. El alma que ha desechado el engaño y la vana curiosidad del feroz orgullo y se ha enriquecido con un corazón sencillo y sin doblez por la venida del Consolador, se encuentra al punto en Dios y en sí misma. Y cuanto oye y ve lo tiene por verdadero y genuino, pues ya ha pasado los feroces abismos de la incredulidad y se ha elevado sobre el infierno de la envidia.

28. La fe firme precede a todas las virtudes, cuando el alma aporta un consejo sin duda y rechaza el amor propio. Nada estorba tanto el cumplimiento de los mandamientos en quien ha emprendido el combate como el amor propio, raíz de todo mal. Estorba a los diligentes en su avance. Les echa encima enfermedades y pasiones del cuerpo que no se curan fácilmente, y con ellas enfría el ardor del alma y la incita a rehusar el soportar sufrimientos para adquirir la virtud, con el pretexto de que los sufrimientos impiden una vida tranquila. El amor propio es un amor irracional al cuerpo; hace del monje un amante de sí mismo, es decir, de su propia alma y de su propio cuerpo, y lo aleja de Dios y del Reino de Dios, según las palabras del Evangelio: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25).

29. Quien ha comenzado con trabajos a cumplir los mandamientos de Dios y con celo diligente ha tomado sobre su cuello el yugo ligero de la vida monástica, no perdona la salud de su cuerpo, no se cansa ante la dureza de las obras de la virtud, no se aflige en sus trabajos, no mira a ningún otro, no piensa en el combate con complacencia y negligencia; sino que con amor ferviente, soportando los sufrimientos, ara el surco de las virtudes, mirando sólo a sí mismo y a los mandamientos de Dios, y siembra cada día su semilla en la tierra de los vivientes, hasta que brote en él el retoño de la impasibilidad, y crezca hasta el tallo de la contemplación divina, y dé una espiga que produzca el grano de la palabra y las riquezas de su justicia.

30. Pienso que por nada avanza tanto el alma como por la fe. No por aquella fe con la que creemos en Dios y en su Hijo unigénito, sino por aquella fe firme con la que creemos en la verdad de todas las promesas de Cristo, que Él prometió y preparó para todos los que le aman, y en la verdad de las amenazas y de los tormentos infernales preparados para el diablo y para todos sus ángeles. Tal fe sostiene al alma, para que en su combate espere alcanzar el mismo estado que los santos, es decir, su bienaventurada impasibilidad, y subir a la altura de su santidad, y heredar con ellos el Reino de Dios. Segura de esto, se aplica con diligencia a cumplir los mandamientos, sin dudar de sí misma, e imitando los trabajos de los santos, y con semejantes combates se apresura a alcanzar su perfección.

31. El aspecto exterior del hombre cambia según cambia el estado interior de su alma. Según obran sus movimientos espirituales, así revela su rostro su disposición a quienes lo miran. Habiendo tomado consejo con los pensamientos que en ella obran y habiendo sido transformada por ellos, el alma se vuelve ya luminosa en el rostro, cuando el corazón se alegra por el nacimiento de buenos pensamientos y reflexiones en Dios, ya oscura y sombría, oprimida por pensamientos indignos. Por eso un pensamiento no quedará oculto a quienes son expertos en los sentidos del alma. Así se manifiesta el cambio de la diestra del Altísimo. Los que por ella han nacido de lo alto del Espíritu se hacen para sus prójimos luz y sal, o bien agitación de las potencias y confusión. Lo que un hombre llega a ser se ve en cuánto rechaza los pensamientos y lleva en sí la luz del sello de la imagen del Hijo de Dios por los dones divinos.

32. La actividad interior trae al alma o coronas o tormento y sufrimiento. Cuando está vuelta hacia las cosas divinas y cultiva con amor los campos de la humildad, es rociada con lágrimas de lo alto y nutre el amor de Dios, la fe y la compasión hacia el prójimo. Por éstas el alma, transfigurada en la belleza de la imagen de Cristo, se vuelve luz para los hombres, atrae hacia sí sus miradas con los rayos de las virtudes y mueve a todos a glorificar a Dios. Pero cuando la actividad interior se ocupa de lo bajo y humano, agitando las profundidades y encendiendo el pecado, teniendo bajo sí un hedor maligno y tinieblas, hace crecer el odio y el apartamiento del bien, por lo cual el alma se transfigura en la imagen terrena y desfigurada del hombre viejo; se hace tinieblas para los que se le acercan, corrompe a las almas sencillas y no afirmadas con malas obras y conversación dañina, y suscita blasfemia contra Dios. Y en cualquiera de estos estados en que la muerte halle al alma, conforme a ese estado recibirá su recompensa.

33. Quien acaricia malos pensamientos se vuelve sombrío y perezoso en su aspecto, su lengua enmudece para los cánticos divinos y él mismo resulta desagradable en la conversación. Pero quien cultiva los buenos e inmortales jardines del corazón tiene la mirada iluminada y el rostro alegre; su lengua canta dulcemente en la súplica y él mismo es agradable en la conversación. De aquí distinguen los que ven bien quién sirve todavía a las pasiones impuras y permanece bajo la ley de la sabiduría terrena, y quién ha sido librado de esa servidumbre por la ley del Espíritu, como dice el sabio Salomón: «El corazón alegre alegra el rostro, pero por la tristeza del corazón se quebranta el espíritu» (Prov 15,13).

34. Las pasiones se consuman por medio de las obras, y por medio de las obras también se curan. La falta de continencia, la molicie y la glotonería, una vida descuidada y perezosa, engendran en el alma el hábito de la pasión y la llevan a malas obras. Pero la austeridad y la continencia, los trabajos y los combates espirituales la hacen impasible y la conducen de la pasión a la impasibilidad.

35. Cuando alguien, por penosos y duros combates, es hecho digno por su humildad de grandes dones de Dios, y luego tropieza y resbala hacia abajo, y es entregado a las pasiones y a los demonios, sepa entonces que se había exaltado sobre los demás, tenía alta opinión de sí mismo y se levantaba contra los otros. De ningún otro modo hallará curación y liberación de las pasiones y de los demonios que lo dominan, sino volviendo por la penitencia a su orden anterior y pidiendo aquel buen defensor: la humildad y el conocimiento de la propia medida, gracias a los cuales todo el que se mantiene bien sobre el fundamento de las virtudes se ve a sí mismo como menor que toda la creación.

36. Igual mal es ante Dios y ante los hombres que viven en Dios tanto que alguien sea apasionado y desenfrenado en sus obras, como que se enorgullezca por poseer virtudes. Las obras del primero y lo que hace en secreto son vergonzosas incluso de mencionar; y del mismo modo el orgullo del corazón del segundo es abominable ante Dios. El primero es contrario a Dios, pues es carnal, según la palabra divina, y Dios no puede reposar en él; y el segundo es impuro ante el Señor, pues es soberbio.

37. No es cierto que donde hay pasión se cometa de inmediato pecado. Una cosa es la pasión y otra el pecado. Además, la pasión es lo que se mueve en el alma, y la obra del pecado es lo que se ve en el cuerpo. Es decir, el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria son feroces pasiones del alma; mientras que la fornicación, la usura y la injusticia son obras pecaminosas del cuerpo. El deseo, la potencia irascible y el orgullo son pasiones del alma, que surgen cuando sus potencias se mueven contra naturaleza; mientras que el adulterio y el homicidio, el robo y la embriaguez, y cuanto más comete el cuerpo, son obras pecaminosas de la carne.

38. Hay tres pasiones que son las principales de todas, y tres virtudes que las combaten, y tres clases de hombres que las vencen y las derriban. Éstos son el principiante, el intermedio y el perfecto, que vencen a la serpiente de tres cabezas: el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria.

39. Estos tres no sostienen el mismo combate contra las tres pasiones principales ni por la misma fuerza del espíritu que prevalece. Una cosa es que un hombre luche solo contra una sola pasión, y otra que alguien vigile su combate y se arme naturalmente con ira justa.

40. Quien acaba de emprender los combates de la piedad y comienza a guerrear contra las pasiones dirigirá toda su batalla contra el espíritu del amor al placer y luchará duramente contra él, soportando toda clase de sufrimientos. Adelgazará su cuerpo con el ayuno, el dormir en el suelo, las vigilias y las súplicas nocturnas, quebrantando su alma con el recuerdo de los tormentos del infierno y con la meditación de la muerte, y con lágrimas de penitencia limpiará su corazón de la mancha, de las provocaciones y del consentimiento de los pensamientos.

41. Quien ha pasado el comienzo del combate y ha llegado a la mitad, y después de la batalla con el espíritu amante del placer ha sido enjugado con la esponja de la impasibilidad, y a quien ya se le han abierto los ojos de modo que comienza a ver la naturaleza de las cosas, ése toma en sus manos el arma de la fe contra el espíritu infiel de la avaricia. Eleva su intelecto por el entendimiento de las cosas divinas, y con la palabra alcanza la comprensión de las criaturas y la explicación de su naturaleza. Por la fe eleva el alma de lo visible a las alturas de lo invisible, y cree que Dios mismo, que sacó todas las cosas del no-ser al ser, cuida de él; y así pone en Dios su esperanza de la vida divina.

42. Quien por la contemplación y la impasibilidad ha pasado la mitad del combate y ha dejado atrás los engaños de la percepción mundana, y ha entrado ya por la palabra del conocimiento y por la sabiduría hipostática de Dios en la tiniebla de la teología, levantará por la fuerza de la humildad el arma contra el espíritu del amor a la gloria, moviendo su alma con revelaciones sagradas y derramando lágrimas sin dolor. Vencerá su propia sabiduría con el recuerdo de la debilidad humana, y la exaltará con el entendimiento del conocimiento divino.

43. Con los ayunos, las vigilias y las oraciones, con el yacer en el suelo, con los trabajos corporales y con el cortar la propia voluntad, detenemos la acción del espíritu del amor al placer. Lo apresamos con lágrimas de penitencia y, llevándolo a la cárcel de la continencia, lo dejamos inmóvil e incapaz de hacer nada; pero esto sólo es posible cuando pertenecemos a las filas de los luchadores celosos.

44. Con el arma de la fe y con la espada espiritual, que es la palabra de Dios, vencemos al espíritu de la avaricia y lo damos muerte; y entonces, por la palabra de la sabiduría, pasamos a la contemplación de lo que existe, y por la palabra del conocimiento nos elevamos por encima de todo lo visible y descansamos en las salas reales del amor con los ricos tesoros de la esperanza en Dios.

45. Remontándonos con las alas de la impasibilidad y de la humildad en el aire de la teología mística, y entrando con el Espíritu divino en las alturas superiores de la contemplación, quemamos al espíritu del amor a la gloria con el relámpago de las doctrinas y entendimientos divinos. Y con lluvias de lágrimas y ríos de compunción, mirando el fin de las cosas humanas, ahogamos a sus jinetes: los demonios que nos combaten con fantasías, orgullo y vanagloria.

46. Quien ha aborrecido con toda su alma y ha renunciado a la concupiscencia de la carne, a la concupiscencia de los ojos y a la soberbia de la vida —esas falsedades mundanas por cuyo amor nos hacemos enemigos de Dios—, ése se ha crucificado al mundo, y el mundo ha quedado crucificado para él. Ha derribado el muro que había en su cuerpo entre Dios y el alma, y ha hecho la paz en ambos. Pues, habiendo desechado la sabiduría de la carne, ha muerto, se ha reconciliado con Dios y ha matado su enemistad con el mundo dando muerte a su dulzura y con una vida crucificada al mundo y con el amor con Jesús. Tal hombre ya no será enemigo de Dios ni amigo del mundo; se hace amigo de Dios, pues ha sido crucificado al mundo, y puede decir: «El mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo» (Gál 6,14).

47. A todos los que luchan les ha ocurrido caer en la vanagloria, en el juicio del prójimo y en el orgullo por sus virtudes. Cuando algo de esto se halla en el alma del que lucha, se convierte en causa de que Dios lo abandone. Y no escapará de una sentencia justa por su caída hasta que aparte la causa de la caída y se refugie en el templo de la humildad.

48. Impuro no es el hombre que tiene pensamientos apasionados —eso es solamente impureza del corazón y mancha del alma—, sino el hombre que se enorgullece de sus éxitos, que piensa mucho de sí mismo, suponiendo que ha llegado a conocer la sabiduría de Dios, y que reprende a los hermanos perezosos y negligentes. Esto se ve claro en la parábola del publicano y el fariseo.

49. No pienses que las pasiones se debilitarán y que escaparás de la mancha de los pensamientos apasionados mientras piensas con soberbia y te jactas de tus virtudes. No verás la casa de la paz en la bondad de tus pensamientos ni entrarás en el templo del amor con toda bondad y quietud del corazón, mientras te apoyes en ti mismo y en tus propias obras.

50. Cuando tu alma se sienta atraída con pasión por la belleza de los cuerpos y después sea atormentada por los pensamientos apasionados que supuestamente nacen en ti de ello, no pienses que ésa es la causa de tu turbación y de los movimientos de la pasión. Sabe que la causa está escondida en lo profundo de tu alma. Es tu alma la que, por la fuerza del hábito apasionado y de la mala costumbre, atrae hacia sí el daño de la belleza de los cuerpos, como el imán atrae el hierro. Pues todas las criaturas de Dios son sumamente buenas, según la palabra de Dios, y nada hay en ellas por lo que se pueda reprochar a la creación de Dios.

51. Quien cruza el mar y cae enfermo de mareo no sufre porque tal sea la naturaleza del mar, sino porque hay humores viciados dentro de él. Así también el alma no sufre a causa de las personas, sino porque en sus profundidades yace escondido un hábito de maldad; y por eso soporta los movimientos y la turbación de la pasión.

52. Según la disposición interior del alma parece cambiar la naturaleza misma de las cosas. Cuando los sentidos del intelecto están recogidos en él según la naturaleza y el intelecto, sin vagar, examina la naturaleza de las criaturas, explicando cómo viven y se mueven, entonces el alma ve las cosas y las personas como son por naturaleza; ve también la naturaleza de lo que está más allá de los sentidos y no sufre daño ni perjuicio, pues no hay causa oculta para ello. Pero cuando sus potencias se mueven contra naturaleza, calumniándose a sí mismas, entonces el alma ve las cosas deformadas, contra su naturaleza; ellas no la conducen por su belleza natural al conocimiento del Creador, sino que, por sus hábitos apasionados, la arrastran a la profundidad de la perdición.

53. Cuando la gracia te haya dejado y hayas caído por la carne, o por la lengua, o por un pensamiento —tú que hasta ahora vivías en trabajos y continencia—, que no te asombre tu caída. Viene de ti, y su causa está en ti. Pues si no hubieras pensado de ti mismo algo nuevo, lleno de arrogancia, que no debía ser, o no te hubieras enorgullecido ante alguien con razonamiento altivo, o no hubieras juzgado a alguien en la debilidad de la naturaleza humana, no habrías sido abandonado por el justo juicio de Dios, y habrías llegado a conocer tu debilidad. Pero ahora esto te ha sucedido para que aprendas a no juzgar, y a no pensar más alto de lo que conviene pensar, y a no exaltarte sobre nadie.

54. Si caes en el abismo de los males, no desesperes de salir de él, aunque hayas caído en la más honda profundidad de la malicia infernal. Pues si por las virtudes prácticas se ha conservado en ti el fundamento de la piedad, entonces, aunque la casa de la piedad que construiste con las piedras de las virtudes haya sido sacudida por tu caída y arruinada hasta los cimientos, hasta la tierra apasionada del pecado, Dios no olvidará tus trabajos y combates anteriores, si tu corazón, quebrantado por tus caídas, recuerda los días pasados y, suspirando, clama a Dios por sus caídas. Mirando desde lo alto, pronto te mirará mientras tiemblas ante sus palabras, e invisiblemente a tus ojos tocará tu corazón afligido, y lo asentará sobre el fundamento de las virtudes que pusiste con trabajo, y te dará una fuerza mejor y más perfecta que antes, con el ardor del Espíritu llameante, para que de nuevo restaures con paciencia las obras de virtud destruidas por el odio del maligno, y en espíritu de humildad edifiques una casa más hermosa que la primera, para que allí esté tu reposo por los siglos de los siglos, como está escrito (Sal 131,14).

55. Toda deshonra que nos sobreviene, sea por medio de los hombres, sea por medio de los demonios, viene por la justa providencia de Dios, para humillar la vana arrogancia de nuestra alma. Dios, piloto de nuestra vida, quiere enseñarnos la humildad, para que «no pensemos de nosotros más alto de lo que conviene pensar, sino que pensemos con sobriedad, según la medida de la fe» (Rom 12,3). Para que no tengamos alta opinión de nosotros mismos, sino que miremos a Él y, en la medida de lo posible, imitemos su bienaventurada humildad. Pues Él mismo fue humilde y manso de corazón, y por eso desea que también nosotros lleguemos a serlo, nosotros por quienes soportó una muerte injusta y deshonrosa. Nada le agrada tanto, ni es tan propio de toda virtud, ni puede sacar tanto al hombre del estiércol de las pasiones, como la mansedumbre, la humildad y el amor al prójimo. Pero cuando practicamos las virtudes y no tenemos humildad, mansedumbre ni amor al prójimo, entonces todas nuestras obras son vanas y todos nuestros trabajos ascéticos inútiles e inaceptables.

56. Los que comienzan la vida de virtud son movidos por el temor de los tormentos a cumplir los mandamientos y a evitar el pecado. Pero a los que por las virtudes han alcanzado la contemplación de la gloria de Dios los acompaña otro temor, sumamente temible para ellos a causa de su amor a Dios: un temor puro, que les ayuda a mantenerse inconmovibles en el amor de Dios, pues temen caer de él. Cuando los primeros caen, se arrepienten y se levantan de nuevo, los acompaña el primer temor y las buenas esperanzas. Pero cuando estos otros, por la envidia del adversario, pecan cayendo de la altura de la contemplación de Dios, entonces no los acompaña de inmediato el segundo temor, sino una especie de niebla y tiniebla palpable, llena de tristeza, y dolor, y amargura, junto con el primer temor de los tormentos. Y si el Señor Sabaoth no hubiera acortado aquellos días de dolor insoportable, ninguno de los que de allí cayeron se salvaría.

57. Cuando los pensamientos apasionados que asaltan al alma se debilitan, y se apaga la llama que atormenta al cuerpo, sabe que esto ha sucedido por la venida del Espíritu Santo a nosotros; Él anuncia que nuestras transgresiones han sido perdonadas y que se nos ha concedido la impasibilidad. Pero mientras el alma huela el hedor de los pensamientos por sus frecuentes asaltos, y el cuerpo abajo esté inflamado, sabe que la fragancia del Espíritu Santo está lejos de ella, y que las pasiones y los sentidos la tienen en fuertes ataduras.

58. «He visto bajo el sol —dice el sabio— a un hombre que se cree sabio» (cf. Prov 26,12). También yo he visto a un hombre así: en su vida se apoyaba en sus propias obras y pensaba mucho de la sabiduría humana, tanto terrena como psíquica. Y por ella se exaltaba no sólo sobre la gente sencilla, sino que hasta se reía de los maestros cristianos que permanecían en la divina quietud, y se burlaba de su lenguaje llano y de que no quisieran seguir las palabras refinadas de la erudición exterior ni se cuidaran de una exposición elegante de sus enseñanzas escritas. De él, que no comprendía que a Dios no le importan las palabras refinadas ni las voces melodiosas, sino una buena fama, mejor que los entendimientos elegantes, diré este proverbio: «Mejor un perro vivo que un león muerto» (Ecl 9,4); y también: «Mejor un joven pobre y sabio que un rey viejo y necio que ya no sabe recibir consejo» (Ecl 4,13).

59. La pasión de la blasfemia es feroz y no se vence fácilmente. Su causa son los pensamientos soberbios de Satanás, que turban a todos los que viven virtuosamente en Dios, y a menudo a los que han avanzado en la oración y en la contemplación de las cosas divinas. Por eso hemos de guardar con cuidado todos nuestros sentidos y venerar todos los temibles misterios de Dios, las imágenes y palabras sagradas, y estar en guardia cuando venga este espíritu. Se sienta junto a nosotros cuando cantamos u oramos, y si estamos desatentos, arroja por nuestros labios maldiciones contra nosotros mismos y blasfemia indigna contra Dios altísimo, añadiéndolas a los versículos de los salmos y a las palabras de las oraciones. Debemos volver contra él la palabra de Cristo cuando pone algo semejante en nuestra boca o lo siembra en nuestra mente. Digámosle: «Apártate de mí, Satanás, lleno de todo hedor inmundo y digno del fuego eterno. Sobre tu propia cabeza caiga tu blasfemia». Y volvamos al punto el intelecto a algún asunto divino o humano, o elevémoslo con lágrimas al cielo y a Dios; y así, con la ayuda de Dios, quedaremos libres del peso de la blasfemia.

60. La tristeza es una pasión que corrompe el alma y el cuerpo y llega hasta la médula misma. Tal es la tristeza de este mundo, que cae sobre los hombres por desgracias temporales y a veces se hace causa de muerte. Pero la tristeza según Dios es salvadora y sumamente útil; ayuda al hombre a soportar enfermedades y tentaciones, ensancha la fuente de la compunción para el asceta y para el hombre que anhela la justicia de Dios, y alimenta su corazón con lágrimas. De modo que se cumplen las palabras de David cuando dice: «Nos alimentas con pan de lágrimas y nos das a beber lágrimas en abundancia» (Sal 79,6).

61. Las potencias del alma que han caído por obrar el mal son muy restauradas por la tristeza según Dios, que las devuelve a su estado natural. Con lágrimas adelgaza el invierno de las pasiones y las nubes del pecado y las expulsa de la extensión noética del alma, de modo que al punto llega el buen tiempo a nuestro intelecto, y la quietud al mar noético, y la alegría a nuestros corazones, y el cambio a nuestro semblante. Y quien lo mira y sabe ver bien puede exclamar con David: «Éste es el cambio de la diestra del Altísimo» (Sal 76,11).

62. No aceptes los pensamientos que el maligno siembra en ti contra tu prójimo. Son falsos y ruinosos y conducen a la ilusión. Sabe que los demonios intentan por medio de ellos arrojar al abismo de la perdición a las almas que ya han avanzado en las virtudes. Pues no pueden de otro modo arrojar al que lucha a la profundidad de la condenación y del pecado, hasta que lo obligan a aceptar una sospecha maligna acerca de los hábitos exteriores y la disposición de su prójimo. Así lo llevan a caer en pecado y bajo juicio, para que sea condenado con este mundo, según la palabra de la Escritura: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Pero cuando somos juzgados por el Señor, somos corregidos, para no ser condenados con el mundo» (1 Cor 11,31-32).

63. Si por acedia permitimos que los demonios nos susurren al oído sospechas contra los hermanos, y no guardamos los movimientos de nuestros ojos, entonces nos enseñarán a juzgar incluso a los perfectos en las virtudes. Un hombre de mirada alegre y rostro sonriente, de trato fácil, puede parecerte inclinado al amor al placer y a otras pasiones; mientras que un hombre ceñudo y lento te parecerá iracundo y soberbio. Pero no debemos juzgar por la apariencia exterior, pues tal juicio será equivocado. Los hombres difieren mucho entre sí en rasgos y hábitos naturales y en constitución corporal, y sólo pueden juzgarlos rectamente aquellos que por gran compunción han obtenido un ojo puro del alma y tienen por compañero de morada la luz sin fin de la vida divina. A ésos les es dado ver los misterios del Reino de Dios.

64. Cuando por propia voluntad cometemos malas obras corporales, por eso mismo servimos al deseo contra naturaleza y a la potencia irascible del alma; pues manchamos el cuerpo con malas emisiones pecaminosas y oscurecemos el alma con la amargura de la ira, y nos apartamos del Hijo de Dios. Debemos limpiar las emisiones inmundas del cuerpo con ríos de lágrimas, para que, cuando la dulzura mancha el cuerpo con una emisión natural, el dolor de la tristeza lo limpie con el río natural de las lágrimas. Y las tinieblas del alma que han venido por la amargura de la ira debemos ahuyentarlas con la luz de la compunción y la dulzura del amor de Dios, y así unirnos de nuevo a Aquel del cual nos apartamos por las malas obras corporales.

65. Así como a la mancha que viene por la dulzura le precede un celo satánico que impulsa al pecado, así a la purificación que viene de la tristeza dolorosa le precede una penitencia ferviente que impulsa al llanto y a las lágrimas. Y ésta es la providencia de la bondad de Dios hacia nosotros: que con trabajos dolorosos rechacemos el trabajo de la dulzura, y con ríos de lágrimas las vergonzosas emisiones de la carne, y limpiemos las imágenes malignas del intelecto, expulsándolas del alma y haciéndola más hermosa con su belleza natural.

66. Como bajo la acción del espíritu maligno el hombre comete fornicación y recibe por recompensa el placer corporal, y el fin de aquel mal es la mancha, así el que está bajo la acción del Espíritu Santo recibe por recompensa el gozo del alma, y el fin de ello es bueno: la purificación y el renacimiento por las lágrimas y la unión con Dios.

67. Hay en nosotros dos ríos naturales: el río de la simiente y el río de las lágrimas. Con el primero manchamos el vestido del alma, y con el segundo lo limpiamos. Debemos limpiar la mancha que viene de nosotros mismos con lágrimas que también vienen de nosotros mismos. Pues de otro modo es imposible limpiar una mancha que viene de la naturaleza.

68. El estado del alma que peca, impulsada por malos hábitos, es destruido por el breve placer que viene de los trabajos. Toda alma que se purifica de los malos hábitos y estados extiende sus trabajos hasta un largo deleite de alegría. ¡Oh maravilla! El deleite sofoca la dulzura y endulza los dolores que vienen de la dulzura.

69. A veces del río de las lágrimas fluyen amargura y dolor al sentido espiritual del corazón, y a veces alegría y gozo. Cuando por la penitencia somos limpiados de la herrumbre del pecado, y por el calor del fuego de la mancha del pecado, entonces tenemos lágrimas que enciende el fuego divino; y así, como si martillos golpearan nuestros pensamientos, suspiramos hondamente desde lo profundo del corazón y sentimos amargura y dolor tanto en el intelecto como en los sentidos. Pero cuando hemos sido suficientemente limpiados por estas lágrimas y hemos alcanzado la libertad de las pasiones, entonces el Espíritu divino nos consuela, pues hemos obtenido un corazón tranquilo y puro, y nos llenamos de gozo y deleite inefables por las lágrimas alegres de la compunción.

70. Unas lágrimas se derraman por la penitencia y otras por la compunción divina. Las primeras ahogan y lavan todas las fortalezas del pecado; las segundas vienen como lluvia sobre la hierba tierna y como nieve sobre los brotes verdes, haciendo crecer la espiga del conocimiento y haciéndola llena de grano y fecunda.

71. Donde hay lágrimas no se sigue que haya al punto compunción; hay gran diferencia entre ellas. Las lágrimas vienen de la penitencia por los propios hábitos y del recuerdo de las caídas pasadas del alma, para que, como con fuego y agua caliente, se limpie el corazón. Pero la compunción desciende de lo alto al alma desde el rocío divino del Espíritu Santo, a un alma que ha entrado de nuevo en la profundidad de la humildad y se deleita en la contemplación de la luz inaccesible, y clama a Dios con gozo, como hizo David: «Pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a un lugar de reposo» (Sal 65,12).

72. He oído decir a algunos: «Es imposible acostumbrarse a practicar las virtudes si no te alejas de los hombres y huyes al desierto»; y me he maravillado de que definan por el lugar lo que no se puede definir así. Pues acostumbrarse a la virtud significa restaurar la antigua nobleza de las potencias del alma y la unión de las virtudes principales, para que obren según su naturaleza. Y esto no nos llega como desde fuera, sino que permanece con nosotros desde nuestra creación. Por ellas y con ellas, movidos por su naturaleza, entramos en el Reino de los cielos, que está dentro de nosotros, según la palabra del Señor. Por eso el desierto nos resulta superfluo, pues entramos en él de todos modos por la penitencia y por la guarda de los mandamientos de Dios, lo cual puede hacerse en todo lugar de su dominio, como dice el divino David: «Bendice, alma mía, al Señor, en todo lugar de su dominio» (Sal 102,22).

73. Un hombre que está en el ejército del rey bajo comandantes y generales, protegido y destinado a la batalla, y que en la batalla contra el enemigo no ha sido capaz de mostrar su valor ni de vencer siquiera a un enemigo, ¿cómo guerreará solo contra muchos miles de enemigos, siendo inexperto en la batalla? Si esto es imposible en la guerra ordinaria, cuánto más en la guerra espiritual. ¿Quién, habiendo huido al desierto, será capaz de discernir los asaltos de los demonios y los embates de las pasiones, o sabrá resistirles, si no ha aprendido antes bien a cortar su propia voluntad viviendo con los hermanos y teniendo un general experto en tal guerra, que es verdaderamente invisible y noética? Y si esto es imposible, entonces es del todo imposible que tal hombre venza a otros o enseñe a alguien a vencer a los enemigos invisibles.

74. Arroja de ti la vergüenza de la negligencia y el descuido de los mandamientos de Dios; desecha el amor propio y trata sin piedad a tu cuerpo; busca la ley del Señor y sus testimonios; desprecia la gloria y la deshonra; aborrece los apetitos amantes del placer del cuerpo; evita la saciedad, por la cual se inflaman las partes bajo el vientre; acoge la pobreza y el soportar el mal; resiste a las pasiones; vuelve tus sentidos hacia dentro, al alma; mira adentro y aprende a hacer el bien; sé sordo a los asuntos humanos; dirige toda tu fuerza al cumplimiento de los mandamientos; llora, yace en el suelo, ayuna, soporta con paciencia, guarda la quietud; conoce al fin no lo que te rodea, sino a ti mismo; elévate sobre las cosas visibles; dirige el ojo de tu intelecto a la contemplación de Dios, y por la belleza de las criaturas verás la dulzura del Señor. Y bajando de allí, cuenta a tus hermanos los misterios de la vida eterna y del Reino de Dios. Y esto —la huida de los hombres con celo total— es la obra misma por la cual vamos al desierto.

75. Si quieres ver los bienes que Dios ha preparado para los que le aman, permanece en el desierto de la renuncia a tu propia voluntad y huye del mundo. ¿De qué mundo? De la concupiscencia de los ojos, de la carne, de la soberbia de los pensamientos y del engaño de lo visible. Cuando huyas de tal mundo, «entonces brillará tu luz como la aurora» (Is 58,8), pues verás la vida divina y la curación de tu alma. Te digo que pronto brotarán las lágrimas y serás transformado por el cambio de la diestra del Altísimo (Sal 76,11), y la herida de las pasiones no se acercará a tu cuerpo. Así, permaneciendo en medio del mundo y de los hombres, serás como quien vive en el desierto y no ve a nadie. Pero si no huyes así del mundo, la sola distancia de las cosas visibles nada añadirá a tu perfeccionamiento en las virtudes ni a tu unión con Dios.

76. Ser monje no significa estar apartado de los hombres y del mundo; significa aprender a estar apartado de los apetitos de la carne e ir al desierto de las pasiones. Y si incluso a un gran asceta se le dijo: «Huye de los hombres y te salvarás», hay que entenderlo precisamente en ese sentido. Pues él, cuando huyó del mundo, vivió después entre los hombres y venía a sus aldeas y moraba con discípulos, pero con una huida noética huía velozmente de las cosas sensibles, y por eso el trato con los hombres no le hacía daño. Así también otro clamó al salir del oficio divino: «¡Huid, hermanos!»; y cuando le preguntaron de qué había que huir, señaló sus labios.

77. La vida en común es más segura que la vida en soledad. De la necesidad de la vida en común da testimonio la palabra sagrada de Jesús y Dios: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Y de la dificultad de la vida en soledad dice Salomón: «¡Ay del que está solo cuando cae y no hay quien lo levante!» (Ecl 4,10). Y David alaba a los que en amor y concordia cantan a Dios, diciendo: «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte» (Sal 88,16). Y de nuevo alaba la vida común, diciendo: «¡Mirad qué bueno y qué agradable es que los hermanos vivan juntos!» (Sal 132,1). Y los discípulos del Señor tenían «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Y el descenso de Dios sobre ellos no fue en el desierto, sino en la ciudad, entre hombres pecadores. Por tanto, son necesarias la concordia y la vida común, mientras que la soledad es peligrosa y está llena de desgracias.

78. «Es necesario que vengan los escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!» (Mt 18,7). Quien ha perdido la reverencia y permanece con descuido y sin temor de Dios en medio de la asamblea de los hermanos extravía a muchos hermanos sencillos. Sea con sus obras, su aspecto y sus malas costumbres, sea con sus palabras y su conversación dañina, corrompe las almas y las buenas costumbres.

79. Quien guarda los mandamientos de Dios no se convierte en piedra de tropiezo para los hombres, y no hay escándalo en él —«mucha paz tienen los que aman tu ley, y para ellos no hay escándalo» (Sal 118,165)—, y tales hombres son la luz del mundo y la sal de la vida, según la palabra del Señor: «Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13-14). Tal hombre es luz, porque vive virtuosamente, es claro en la palabra y sabio en el intelecto. Y es sal, porque es rico en conocimiento divino y fuerte en la sabiduría de Dios. Y es vida, porque con sus palabras da vida a los que las pasiones han dado muerte, y los levanta del infierno de la desesperación, y con la luz de sus obras justas brilla ante los hombres y los ilumina. Con la dulzura y el calor de sus palabras los levanta de la flojedad y los libra de la podredumbre de las pasiones. Con la vida de sus palabras da vida a las almas que el pecado había matado.

80. La pasión de la vanagloria es un cardo de tres espinas, que los demonios calientan y forjan con la vanagloria, la presunción y el orgullo. Pero los que habitan en la casa del Dios celestial lo ven y le rompen las espinas, y ellos mismos vuelan hacia arriba por la humildad y descansan en el jardín de la vida.

81. Cuando este demonio inmundo y sumamente astuto te lanza sus provocaciones a ti que avanzas en las virtudes, y te ofrece altos tronos, recordándote tus obras y alabándolas como mejores que las de los demás, y te aconseja que eres capaz de guiar almas, entonces retenlo con la mente y no lo dejes escapar, si tienes fuerza de lo alto para hacerlo. Y habiéndolo apresado, pasa con el pensamiento y la memoria a alguna mala obra que en otro tiempo cometiste y, mostrándosela, pregúntale: «¿Son dignos los que hacen tales cosas de subir a lo alto ante Dios? ¿Son realmente capaces de guiar almas y llevarlas salvadas a Cristo? Habla tú, y yo callaré». Él no tendrá qué decir y se desvanecerá como humo y ya no te molestará. Pero si no hay en ti ninguna mala obra ni palabra, por tu vida por encima del mundo, entonces mira los mandamientos del Señor y la Pasión del Señor, y verás que estás tan lejos de la perfección como un estanque del bosque está lejos del mar. Pues la justicia humana es tanto menor que la justicia de Dios cuanto la tierra es menor que el cielo, y el mosquito menor que el león.

82. Quien ha sido herido profundamente por el amor de Dios no tiene fuerza suficiente para responder a él. Es insaciable en los trabajos y sudores del combate ascético. Es semejante al que arde de una sed que no puede apagarse: los combates fervientes no lo satisfacen; anhela trabajar día y noche, pero le faltan las fuerzas. Pienso que también los mártires de Cristo fueron presa de esta pasión natural, y por eso no sentían el dolor de sus tormentos ni se saciaban de ellos. Se vencían a sí mismos con su gran celo por Dios, y la medida de sus sufrimientos era siempre menor que la que estaban dispuestos a recibir.

83. Quien de algún modo se compara con los ascetas o con los hermanos entre los que vive se engaña a sí mismo y se aleja de Dios. Tal hombre o no ha llegado a conocerse a sí mismo, o se ha desviado del camino que lleva al cielo. Por ese camino andan los que han derribado su propia sabiduría; con ella vuelan sobre las redes del enemigo con las alas de la impasibilidad, entran en la extensión noética y pasan su primavera en lugares de luz, adornados con humildad.

84. Quien es arrogante y se ensalza, exaltándose en su intelecto, jamás recibirá en la luz de la compunción la gracia de la humildad, por la cual se concede la luz de la sabiduría de Dios a aquel cuyo corazón está quebrantado, como está escrito: «En tu luz veremos la luz». Lo cubrirá la noche de las pasiones, en la que andan todas las fieras del bosque de la naturaleza humana, y los leones de la presunción y de la vanagloria, y el demonio de la fornicación, que, rugiendo, buscan a quién devorar y arrojar al vientre de la desesperación.

85. Para el hombre que vive de modo meramente humano y cede a la acción del espíritu de la presunción, esta vida se convierte en un mar de males, que riega la potencia noética de su alma con el agua salada de los placeres y golpea sus tres potencias con las olas feroces de las pasiones, pues los espíritus de maldad las levantan contra ella. Sobre él se extiende el feroz estupor de una tristeza inmensa, cuando su nave y el timón de su alma son destrozados por las pasiones del cuerpo, y el timonel, esto es, el intelecto, perece en la profundidad del pecado por muerte noética, hasta que el mar de males aquieta sus olas en el abismo de la humildad y de la quietud, y la salinidad de los placeres se convierte en ríos de lágrimas y se hace la dulzura luminosa de la compunción.

86. Quien ha servido hasta la saciedad a la dulzura del cuerpo y a sus obras, trabaje hasta la saciedad en el combate ascético y en el soportar las penalidades, para rechazar la saciedad con la saciedad, la dulzura con el dolor, la flojedad con los trabajos corporales, y hallar abundante alegría y gozo en la tranquilidad. Así te deleitarás en el suave aroma de la pureza y la castidad y gustarás la inefable dulzura de los frutos espirituales inmortales. Del mismo modo solemos poner hierbas limpiadoras en la ropa sucia para limpiarla, cuando se ha ensuciado tanto que ya no se puede llevar.

87. Las enfermedades son útiles para los que comienzan la vida de virtud; nos son dadas para adelgazar y humillar el cuerpo inflamado. Debilitan la fuerza de la carne, adelgazan la sabiduría terrena del alma y hacen su potencia más fuerte y firme, como dice el divino Apóstol: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10). Pero cuanto útiles son las enfermedades para los principiantes, tanto dañinas son para los que han trabajado con éxito en las virtudes, se han elevado sobre los sentidos y han entrado en la contemplación de las cosas celestiales. No dejan a tales ascetas ejercitarse en las cosas divinas y abruman con dolores la potencia noética del alma, la envuelven en una nube de tristeza y secan con dolores la compunción. El apóstol Pablo, que se vigilaba bien, lo sabía y hablaba según la ley del discernimiento: «Golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo quede descalificado» (1 Cor 9,27).

88. Cuando no hay una regla ordenada para la mesa, surgen en muchos diversas enfermedades: cuando un hombre ya casi deja de comer y emprende los trabajos de la virtud sin discernimiento y sin medida, y ya, al contrario, su cuerpo lo empuja a la glotonería y la saciedad. Tanto los que comienzan el combate de las virtudes necesitan la continencia, como los que han pasado la mitad de los combates la necesitan para un ascenso perfecto a la contemplación. Pues ella es madre de la salud, compañera de la pureza y comorante de la humildad.

89. Sabe que la impasibilidad es doble y se manifiesta de dos modos en los celosos. Primero, cuando los celosos llegan al fin de la filosofía práctica, les llega la primera impasibilidad, que por muchos trabajos logrados en el combate da muerte a las pasiones, y deja inactivos los impulsos del cuerpo, y mueve las potencias del alma a obrar según la naturaleza, y lleva al intelecto al estudio de las cosas divinas. Entonces, con los comienzos de la contemplación natural, llega la segunda y perfecta impasibilidad, por la cual el intelecto, cuando callan los pensamientos, pasa a un estado de paz y comienza a ver más y a mirar hacia adelante. Ve mejor las cosas divinas, tanto en la contemplación de lo más alto como en la revelación de los misterios de Dios; y prevé las cosas humanas que todavía no han sucedido y algún día llegarán. Y tanto en el ver como en el prever obra un solo y mismo Espíritu, que en la primera impasibilidad retiene y refrena, y en la segunda deja libre para la vida eterna, como dice el apóstol Pablo (Rom 6,22).

90. Quien se ha acercado a los límites de la impasibilidad tiene una visión verdadera de Dios y de la naturaleza de todo lo que existe. Según la medida de su pureza pasa de la belleza de las criaturas al Creador y recibe la efusión de la luz del Espíritu. Teniendo buena opinión de todos, trata siempre bien a todos. Ve a todos santos y puros y juzga rectamente de las cosas divinas y humanas. No se cuida de todas aquellas cosas que tanto valoran los hombres del mundo. Habiendo salido con el intelecto de la percepción mundana, se eleva a los cielos y a Dios, puro de toda mancha y libre de toda servidumbre, y está todo entre los bienes noéticos de Dios en el único Espíritu, y ve la belleza divina y permanece de modo digno de Dios en los lugares divinos de la bienaventurada gloria de Dios, en silencio y gozo inefables. Todos sus sentidos están transformados, y él es espiritual, como un ángel, y en un cuerpo terreno conversa con los hombres.

91. El intelecto conoce cinco sentidos y disciplinas: la vigilia, el estudio, la oración, la continencia y la quietud. Quien una a estos sentidos los suyos propios —la vista a la vigilia, el oído al estudio, el olfato a la oración, el gusto a la continencia y el tacto a la quietud— limpiará pronto el intelecto de su alma y, habiéndolo adelgazado con ellos, lo hará impasible y clarividente.

92. El intelecto se hace impasible cuando ha vencido las pasiones y se eleva por encima del gozo y de la tristeza. No se vuelve lánguido por la tristeza cuando llegan las aflicciones, ni se disipa por el gozo que viene con los sucesos favorables. En las aflicciones el alma se alegra, y cuando llega algo bueno se contiene y no sale de su medida.

93. A menudo los demonios caen furiosamente sobre los que avanzan en la contemplación, de día y de noche. Permanecen junto a los ascetas y les envían feroces tentaciones: hacen estrépito para asustarlos, y los atacan mientras duermen, envidiando su gozo, y los entristecen de diversos modos, aunque no pueden dañar a los que se han unido a Dios. Y si el ángel del Señor Todopoderoso no los guardara, no escaparían de los asaltos de los demonios ni de las redes de la muerte.

94. Mientras luchas en la filosofía práctica de la virtud, guárdate bien de los asaltos ruinosos de los demonios. Cuanto más entras en las altas virtudes, y más se acrecienta en tus oraciones la luz divina, y más te acercas en espíritu a las revelaciones y a las contemplaciones inefables, tanto más ellos, viéndote subir al cielo, rechinan los dientes y extienden con diligencia las espesas redes de su malicia por la extensión noética. Los demonios lujuriosos, iracundos, amantes de la carne y bestiales no sólo soplarán sobre ti, sino que se levantarán contra ti con la amarga envidia de la blasfemia. Y volando hacia ellos visible e invisiblemente, los principados y potestades del aire, tomando figuras extrañas y terribles, se alzarán contra ti para dañarte cuanto puedan. Pero si ejercitas el ojo despierto de tu intelecto en la obra noética de la oración y aprendes de la creación de Dios por los pensamientos de la contemplación natural, no temerás su saeta que vuela de día, y no podrán acercarse a tu cuerpo, pues la luz que hay en ti los ahuyentará como a las tinieblas, y el fuego divino los quemará.

95. Los espíritus malignos temen mucho la gracia del Espíritu divino, y sobre todo cuando viene abundantemente sobre nosotros al purificarnos con el estudio y la oración pura. No se atreven a acercarse a los cuerpos iluminados por la gracia, y por eso intentan asustar y confundir a los ascetas con apariciones, y estrépito terrible, y voces salvajes, y apartarlos de las obras de vigilia y de oración. Incluso cuando los ascetas se tienden en el suelo a descansar, envidian su breve reposo y tiran de ellos, para expulsar el sueño de sus ojos y hacer así su vida, ya llena de dolores y trabajos, aún más dura.

96. Parece que los espíritus de las tinieblas toman ciertos cuerpos sutiles, como atestigua la experiencia; ya sea que sólo sugieran tal idea de sí mismos, ya sea que verdaderamente estén condenados a ello por su antigua caída. Pero intentan guerrear contra el alma del asceta cuando el cuerpo se inclina al sueño. Me parece que ésta es una prueba para el alma, que ya está por encima del cuerpo, para ver hasta dónde se levantará su potencia irascible y su valentía contra ellos, que la amenazan furiosamente con gran rabia. El alma herida por el amor de Dios y llena de las virtudes principales no sólo resiste con ira justa, sino que hasta los abate, si es que tienen alguna sensibilidad, como parece que la tienen quienes se han hecho semejantes a los seres terrenos, habiendo caído de la primera y divina luz.

97. Antes de la batalla y de la victoria los demonios turban a menudo los sentidos del alma y ahuyentan el sueño de los párpados. Pero el alma llena del valor y la hombría del Espíritu Santo desprecia sus asaltos y su amarga furia. Con la imagen vivificante y con la invocación de Jesús y Dios destruye sus fantasías y los pone en fuga.

98. Si la filosofía práctica te impulsa a salir y arrebatar el botín de los espíritus adversarios, mira con atención y vigila, armándote con armas espirituales. Pues sabe de quién son los vasos que te has propuesto arrebatar: los vasos de enemigos noéticos e incorpóreos; y tú, todavía en el cuerpo, luchas por el Rey de los espíritus y Dios. Sabe, pues, que comenzarán a atacarte aún más ferozmente y vendrán contra ti con muchas astucias, hasta que, recobrando su botín, te lleven también a ti cautivo y llenen tu alma de gran amargura, o traigan sobre ti tentaciones malignas y dolorosas, a fin de oprimir y dañar tu cuerpo.

99. No pueden brotar de una buena fuente aguas turbias y hediondas por las cosas del mundo. Y un corazón que todavía está fuera del Reino de los cielos no puede derramar ríos de la vida divina, difundiendo las fragancias del mirón noético. Pues está dicho: «¿Acaso una fuente echa por la misma abertura agua dulce y amarga?» (Sant 3,11). ¿Acaso crecen aceitunas en el espino, o bellotas en el olivo? Así tampoco una sola fuente, el corazón, puede producir a la vez pensamientos malos y buenos; sino que «el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el malo, del mal tesoro saca lo malo» (Lc 6,45).

100. Como es imposible que una lámpara arda sin aceite y sin fuego y alumbre a los que están en la casa, así el alma no puede sin el Espíritu divino y sin el fuego hablar con claridad de las cosas divinas ni iluminar a los hombres. Pues todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, y Él lo reparte a toda alma amante de Dios. «En Él no hay sombra de cambio ni de mudanza», dice la Escritura.

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