Nuestro venerable padre Filoteo del Sinaí: cuarenta capítulos sobre la sobriedad
1. Hay en nosotros un combate noético más duro que el de los sentidos; por eso conviene que quien obra la piedad avance y se dirija noéticamente a este propósito: acumular perfectamente en el corazón el recuerdo de Dios, como quien reúne perlas o piedras preciosas. Conviene dejarlo todo, despreciar el cuerpo y la vida presente, para tener en el corazón solo a Dios. Pues, como dice el divino Crisóstomo, basta la visión noética de Dios para destruir a los malignos adversarios.
2. Quienes combaten noéticamente han de extraer con todas sus fuerzas de las Divinas Escrituras cuanto se dice acerca de la actividad espiritual, y aplicarlo al intelecto como emplastos curativos. Desde la mañana temprano, con vigilante recuerdo de Dios y con oración incesante a Jesucristo en el alma, hay que estar de pie con valentía y firmeza a las puertas del corazón, matando con guardia noética a todos los pecadores de la tierra, y con arrebato y prolongado y fiel recuerdo de Dios cortando las cabezas de los fuertes y los comienzos de los pensamientos belicosos. Pues sabemos que en los combates noéticos hay cierta acción y cierto orden divinos. Y así conviene obrar a quienes se esfuerzan sobre sí mismos hasta la hora de la comida. Después, habiendo dado gracias al Señor, que solo por amor a los hombres nos sacia generosamente en lo corporal y en lo espiritual, conviene fatigarse con el recuerdo de la muerte y con la meditación; y al día siguiente cumplir de nuevo con diligencia la obra de la mañana. Obrando así cada día, apenas escaparemos en el Señor de las redes del enemigo noético. Cuando esta actividad se afianza en nosotros, engendra tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. La fe verdaderamente nos inspira temor de Dios; la esperanza, sobrepasando el temor servil, une al hombre con el amor de Dios. Pues se dice que la esperanza no defrauda, porque sabe cómo nace ese doble amor en el que se apoyan la ley y los profetas. Y quien participa del amor cumple la ley de Dios; por eso el amor nunca decae, ni en este siglo ni en el venidero.
3. Muy raramente pueden hallarse quienes guardan quietud en el intelecto. Su única obra es esta: hacerse sabios para atraer hacia sí la gracia divina y el gozo que de ella procede. Si queremos practicar el amor a la sabiduría en Cristo —esto es, aquella actividad del intelecto que consiste en guardarlo y en la sobriedad—, comencemos este camino con la abstinencia de comidas abundantes, poniendo según nuestras fuerzas una medida en el comer y el beber. A la sobriedad se la llama el camino recto que conduce al Reino, tanto al que está dentro de nosotros como al venidero. Y la actividad del intelecto, puesto que edifica y blanquea las costumbres del intelecto y lo lleva de la pasión a la impasibilidad, se asemeja a una ventana luminosa hacia la cual se inclina Dios y por la cual se manifiesta al intelecto.
4. Donde la humildad y el recuerdo de Dios se componen de sobriedad y atención, y donde a menudo se eleva la oración contra los enemigos, allí está el lugar de Dios, o el cielo en el corazón, en el cual la hueste de los demonios teme detenerse, porque en ese lugar mora Dios.
5. Nada hay más molesto que el mucho hablar, ni más feroz que una lengua desenfrenada; nada puede arruinar más el estado del alma. Lo que edificamos cada día, ellos lo destruyen; y lo que reunimos con duro trabajo, el alma lo vuelve a dispersar por medio de la lengua. ¿Qué hay peor que este mal desenfrenado? Hay que limitarlo, reprimirlo e incluso forzarlo, para que la lengua sirva únicamente a lo necesario. ¿Quién podrá describir toda la desolación del alma que proviene de la lengua?
6. La primera puerta que conduce a la Jerusalén noética, a la atención del intelecto, es el silencio inteligente de los labios, aunque el intelecto aún no esté en quietud. La segunda puerta es la abstinencia moderada de comida y bebida. La tercera puerta es el recuerdo constante de la muerte y la meditación sobre ella, que purifican el intelecto y el cuerpo. Habiendo visto una vez la belleza de esta última, mi espíritu —no mi ojo— se admiró y se deleitó, y deseó tenerla por compañera de vida, y comenzó a cuidar de su hermosura y de su honra. ¡Qué humilde es, qué llena a la vez de gozo y de dolor, qué discreta! Teme los tormentos merecidos que han de venir, teme la mudanza de la vida; de los ojos corporales hace brotar agua viva y curativa, y de los ojos noéticos deja salir una fuente de pensamiento sapiencial que, murmurando y jugueteando, alegra la mente. A esta hija de Adán de la que hablo —esto es, el recuerdo de la muerte— anhelé tenerla siempre por compañera, dormirme con ella, conversar con ella y alcanzar con ella lo que ha de venir después del fin; pero a menudo me lo impedía el inmundo olvido, la hija oscura del diablo.
7. Hay un combate en el que los espíritus malignos guerrean en secreto contra el alma por medio de los pensamientos. Pues el alma misma es invisible, y por eso aquellas potencias hostiles vienen contra ella con guerra invisible, conforme a su naturaleza. Y puede verse entre ella y ellos armas, y ejércitos, y astutas estratagemas, y una batalla terrible, y el choque de los combatientes, y victorias y derrotas de ambos bandos. Solo una cosa falta a este combate noético del que hablamos, en comparación con el combate de los sentidos: la hora señalada del comienzo de la lucha. En la guerra de los sentidos se fijan el tiempo y el modo de combatir; pero la guerra noética cae de repente sobre el corazón mismo, sin aviso, y da muerte al alma por el pecado. ¿Por qué y para qué este combate, y por qué se levanta contra nosotros esta batalla? Porque no hacemos la voluntad de Dios, por la cual oramos diciendo: «Hágase en nosotros tu voluntad» (Mt 6,10). Esta voluntad son los mandamientos de Dios. Y cuando alguien, en el Señor, ha pasado con su intelecto de la seducción demoníaca a la gran sobriedad, vigilará sus entradas y sus estratagemas tejidas de fantasía y, habiendo adquirido experiencia, las pondrá al descubierto. Por eso también el Señor, dirigiendo su propósito contra los inmundos demonios y previendo sus pensamientos, opuso a sus designios sus mandamientos con sus prohibiciones.
8. Cuando nos acostumbremos a la abstinencia y a huir de los males que nos vienen por los cinco sentidos, entonces podremos también guardar el corazón junto con Jesús; y Él iluminará nuestro corazón, y con cálido anhelo de su bondad nuestro intelecto lo conocerá. Pues no por otra cosa hemos resuelto purificar el corazón sino por esto: para que, cuando la atención constante disipe la nube de maldad salida del espacio del corazón, veamos claramente al Sol de justicia, Jesús, y seamos en parte iluminados en el intelecto por las palabras de su majestad. Pues estas no se hacen conocidas a todos, sino solo a quienes purifican su pensamiento.
9. Cada día conviene hacernos tales como debemos ser al presentarnos ante Dios. Pues dice el profeta Oseas: «Guarda la misericordia y el juicio, y espera siempre en tu Dios» (Os 12,6). Y Malaquías dice en nombre de Dios: «El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si yo soy padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está el temor de mí?, dice el Señor de los ejércitos» (Ml 1,6). Y el Apóstol dice: «Purifiquémonos de toda mancha de carne y de espíritu» (2 Co 7,1). Y la Sabiduría dice: «Guarda tu corazón más que ninguna otra cosa, porque de él brotan las fuentes de la vida» (Pr 4,23). Y el Señor Jesucristo dice: «Limpia primero el interior de la copa y del plato, para que también el exterior quede limpio» (Mt 23,26).
10. Las conversaciones inoportunas engendran en los oyentes o bien odio hacia nosotros, o bien reproche y burla de quienes ven la insensatez de nuestras palabras, o bien la mancha de la conciencia, o la condenación de parte de Dios y la tristeza del Espíritu Santo, que es peor que todo lo demás.
11. Quien purifica su corazón y por amor del Señor arranca de raíz el pecado, y trabaja por la contemplación divina, y ve con el intelecto lo que es invisible para muchos, no debe por ello alzarse contra nadie. Entre las criaturas no hay ninguna más pura que las incorpóreas, ninguna más inteligente que un ángel. Y sin embargo el diablo, cuando se ensalzó, fue arrojado del cielo como un rayo, porque su presunción era como inmundicia ante Dios. Sabemos cómo trabajan los buscadores de oro: sin que otros lo noten.
12. Dice el Apóstol que quien combate «se abstiene de todo» (1 Co 9,25), pues es imposible comer hasta la saciedad y a la vez luchar contra los principados, contra las potestades invisibles y contra las fuerzas malignas y hostiles, estando atados a esta carne sufriente que siempre desea contra el espíritu. «Porque el Reino de Dios no es comida ni bebida» (Rm 14,17). «La tendencia de la carne es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni puede» (Rm 8,7), dice el Apóstol. Y no puede, porque ella misma es terrenal, mezclada de bilis, sangre y flema; siempre tiende hacia abajo, siempre tiene pasiones por lo terrenal y se deleita en los placeres pasajeros de este siglo. «La tendencia de la carne lleva a la muerte… Los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Rm 8,6.8).
13. Mucha humildad necesitamos quienes nos ocupamos de guardar el intelecto por amor del Señor: primero ante Dios y luego ante los hombres. De muchos modos hemos de quebrantar nuestro corazón, aprendiendo todo lo que humilla. Y el recuerdo de nuestra vida anterior en el mundo sabe quebrantar y humillar el corazón, si lo recordamos todo bien y examinamos en el intelecto todos nuestros pecados cometidos desde la infancia, excepto los de la carne, pues es dañoso recordarlos. Este recuerdo sabe humillar, y engendrar lágrimas, y movernos con todo el corazón a dar gracias a Dios; y lo mismo hace el recuerdo constante e ininterrumpido de la muerte. Pues este engendra tanto el llanto con cierta dulzura y gozo como la sobriedad del intelecto. La presunción que nos mueve a mirar la tierra desde lo alto queda bien humillada por el recuerdo de los sufrimientos de nuestro Señor Jesucristo, cuando la memoria los reúne todos y los evoca. De ahí vienen también las lágrimas. Además, humillan al alma los innumerables beneficios de Dios hacia nosotros, que podemos enumerar y considerar; porque tenemos batalla con los demonios soberbios.
14. No rechaces por amor propio este remedio salvador del alma. Pues de otro modo no eres discípulo de Cristo, ni siquiera imitador del apóstol Pablo, que dice: «No soy digno de llamarme apóstol» (1 Co 15,9). Y dice además que al principio blasfemaba, perseguía y ultrajaba. ¿Ves, hombre soberbio, que el santo no olvidó su vida anterior? Y todos los santos, desde la creación del mundo hasta hoy, se han revestido de esta última vestidura de Dios. Por eso también nuestro Señor Jesucristo mismo —Dios inabarcable, inescrutable e inefable—, queriendo mostrar el camino de la vida eterna y de la santidad, se revistió de humildad durante toda su vida en el cuerpo. Por eso conviene llamar con razón a la santa humildad virtud divina, mandamiento del Señor y vaso suyo. También los ángeles y todas las potencias luminosas y divinas aprenden esta virtud y la conservan, sabiendo con qué caída cayó Satanás ensoberbecido. Como imagen de cómo deben temer los ángeles y los hombres, yace el maligno en el abismo, pues por su soberbia resultó el más deshonrado de todos los seres ante Dios. Sabemos también con qué caída cayó Adán por la soberbia. Teniendo, pues, tantos ejemplos de esta virtud que eleva, humillémonos siempre de todos los modos posibles, sirviéndonos de ellos. Humillémonos en el alma y en el cuerpo, en el pensamiento y en el deseo, en las palabras y en los pensamientos, en el aspecto exterior, por fuera y por dentro —donde más hay que velar—, para que Jesucristo, Hijo de Dios y Dios, que está por nosotros, no esté contra nosotros. «El Señor resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes» (Pr 3,34). Y también: «Abominable es al Señor todo el que es altivo de corazón» (Pr 16,5). Y: «Quien se humilla será ensalzado» (Lc 18,14). Y: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Estemos, pues, atentos.
15. «Mirad por vosotros mismos —dice el Salvador—, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería, embriaguez y preocupaciones de la vida» (Lc 21,34). Quien combate «se abstiene de todo» (1 Co 9,25). Sabiendo todo esto que se dice de nosotros en la Divina Escritura, vivamos nuestra vida con abstinencia. Ante todo, enseñemos al cuerpo, con un modo y una costumbre virtuosos, a apartarse de las comidas abundantes, dándole alimento con medida. Así es más fácil apaciguar incluso los movimientos de la concupiscencia y someterla a su señor, es decir, a la facultad racional; y, a decir toda la verdad, así se apaciguan también los impulsos de la ira, y fácilmente nos alejamos de otras transgresiones. Por eso los experimentados en las virtudes tienen por virtud la abstinencia completa, esto es, el apartamiento de toda malicia. La primera causa de la pureza es Dios, causa y dador de todo bien; y luego, una abstinencia moderada y siempre igual respecto de las comidas abundantes.
16. Satanás contradice a Dios para que no se haga la voluntad de Dios, es decir, sus mandamientos. Guerrea contra Dios impidiéndonos cumplir los mandamientos. Dios quiere que por medio de nosotros se cumpla su voluntad santísima, esto es, como ya he dicho, sus mandamientos divinos y vivificantes, por medio de nosotros y con su ayuda, destruyendo los designios ruinosos del maligno. Los deseos insensatos del enemigo, que intenta resistir a Dios y quebrantar así los mandamientos divinos, Dios mismo los destruye mediante la debilidad humana. Mira tú mismo si no es así. Todos los mandamientos del divino Evangelio son ley para las tres potencias del alma y la hacen sana cuando ella cumple lo que ordenan. Contra estas tres potencias del alma guerrea el diablo día y noche. Y si Satanás guerrea abiertamente contra las tres potencias, guerrea contra los mandamientos de Cristo; pues Cristo da sus mandamientos como ley para las tres potencias del alma: la irascible, la desiderativa y la racional. Mira lo que se dice en el Evangelio: «Todo el que se aíra contra su hermano será reo de juicio» (Mt 5,22); y también otros mandamientos curan la ira. El enemigo, por su parte, intenta pervertir este mandamiento y los demás, inclinándonos a las disputas, al rencor y a la envidia. El adversario mismo sabe que el guía de la potencia irascible es la potencia racional, y en ella, como he dicho, lanza sus flechas por medio de los pensamientos, con imágenes de envidia, con deseo de disputas, riñas, adulación y vanagloria; y con ello mueve a la potencia racional a abandonar su gobierno, entregarlo a la ira y dejarla sin dirección alguna. Y la ira, habiendo arrojado a su timonel, saca por los labios las palabras que primero fueron depositadas en el corazón, ocultas allí por los pensamientos hostiles y por la negligencia del intelecto. Entonces se ve que el corazón no está lleno del Espíritu divino ni de pensamientos divinos, sino de pecado, como dijo el Señor: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Lc 6,45). Y cuando el maligno obliga al hombre a pronunciar aquellas palabras que él mismo le ha enseñado, entonces dirá a su hermano no solo «inútil» o «necio», sino también otras palabras hirientes, y muchas veces se llega incluso al homicidio. Esto es lo que hace el maligno contra Dios, que dio el mandamiento de no airarse sin causa. Habría sido posible no llegar en absoluto a las palabras hirientes si, al comienzo de la provocación, se la hubiera expulsado del corazón con atención interior y con oración. Así lleva a cabo sus designios el que todo lo destruye, si con los pensamientos depositados en el corazón logra derribar el mandamiento de Dios.
17. ¿Y qué ordena el mandamiento divino a la potencia desiderativa? «Quien mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). Sabiendo que Dios ha dado tal mandamiento, el malhechor teje sus redes contra él. Habiendo apartado el objeto capaz de suscitar el deseo, levanta la guerra en el interior, pintando en el intelecto imágenes vivas y cuadros de impureza; a veces hace incluso oír palabras que incitan a la pasión, y otras cosas que pueden percibir quienes tienen el intelecto experimentado.
18. ¿Y cuál es el mandamiento respecto de la potencia racional? «Pero yo os digo que no juréis en modo alguno… Sea vuestra palabra: Sí, sí; no, no» (Mt 5,34.37). Y también: «Quien no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo» (Lc 14,33). «Entrad por la puerta estrecha» (Mt 7,13). Todos estos son mandamientos referentes a la potencia racional. El adversario, pues, como quien desea vencer a un valiente general —esto es, a la potencia racional—, la aparta del buen juicio con pensamientos de glotonería y de negligencia. Así ella pierde su autoridad sobre las demás potencias del alma; y él se burla de ella como de un general ebrio, y le echa encima aquella serpiente, la ira, y la concupiscencia, servidoras de sus deseos. Y las otras potencias, la desiderativa y la irascible, cuando la racional las abandona, emplean nuestros cinco sentidos como servidores suyos para pecar abiertamente. Y las transgresiones son estas: los ojos se vuelven curiosos, pues no hay intelecto que los conduzca hacia dentro; los oídos aman escuchar cosas vanas; el tacto se relaja; los labios se desenfrenan; y las manos tocan lo que no deben. Y en lugar de la justicia sigue la injusticia; en lugar de la castidad, la impureza; en lugar de la valentía, la cobardía. Pues estas son las tres o cuatro virtudes principales —justicia, sabiduría, castidad y valentía— que gobiernan las tres potencias del alma. Y cuando las tres potencias del alma están bien gobernadas, refrenan los sentidos de actos insensatos e inconvenientes. Y entonces, cuando hay quietud en el intelecto y sus potencias son gobernadas por la fuerza divina y son obedientes, le resulta más fácil al intelecto combatir en la guerra noética. Pero cuando por desatención debilita sus potencias, lo vencen los asaltos del enemigo y transgrede los mandamientos divinos; y tras la transgresión viene o bien un arrepentimiento proporcionado a ella, o bien el tormento en el siglo venidero. Es bueno, pues, que el intelecto sea siempre sobrio, porque por la sobriedad llega a ser lo que debe ser por naturaleza, y verdadero guardián de los mandamientos de Dios.
19. Cuando los espíritus de la maldad rodean y amurallan el alma y la atan con cadenas de tinieblas, ella no puede orar como quiere, a causa de la oscuridad que hay en ella, pues está secretamente atada y ciega en sus ojos interiores. Pero cuando comienza a orar a Dios y a ser sobria mediante la oración, entonces se librará de las tinieblas; de otro modo es imposible librarse. Entonces el alma conoce que dentro del corazón hay otra lucha y otra resistencia oculta, y otra guerra de pensamientos por parte de los espíritus malignos, de lo cual da testimonio también la Sagrada Escritura. Dice la Escritura: «Si la ira del que manda se enciende contra ti, no dejes tu lugar» (Qo 10,4). Y «su lugar» es la firme permanencia del intelecto en la virtud y en la sobriedad; porque hay una permanencia tanto en la virtud como en la maldad. Pues se dice: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de impíos, ni se detuvo en camino de pecadores» (Sal 1,1). Y el Apóstol dice: «Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad» (Ef 6,14).
20. Asgámonos firmemente a Cristo, porque son muchos los que se esfuerzan por arrebatarlo del alma. Asgámonos a Él, para que Jesús no se pierda en la multitud de pensamientos que se agolpan en el alma. Sin trabajo del alma es imposible retenerlo con firmeza. Toquemos su vida en el cuerpo, para pasar nuestra vida en humildad. Asgámonos a sus padecimientos, para soportar nuestras tribulaciones imitándolo. Conozcamos su inefable providencia al descender hasta nosotros, para que, gustándolo dulcemente en el alma, comprendamos que el Señor es bueno. Y además de todo esto, y sobre todo, creamos sin vacilar en sus palabras. Esperemos cada día su providencia sobre nosotros, y suceda lo que suceda, recibámoslo con gratitud y fervor, para acostumbrarnos a mirar solo a Dios, que todo lo gobierna con las palabras divinas de su sabiduría. Y si cumplimos todo esto, nunca nos hallaremos lejos de Dios. La piedad, como decía uno de los varones portadores de Dios y perfectos en el espíritu, es una perfección imperfecta.
21. Quien da un buen rescate por su vida y piensa y recuerda en todo momento la muerte, y sabiamente con ese recuerdo aparta el intelecto de las pasiones, advertirá también las incursiones constantes de las provocaciones demoníacas antes que quien pasa su vida sin recordar la muerte, purificando el corazón solo por causa del conocimiento y sin conservar la aflicción y el llanto. Tal hombre, creyendo que con su rápido entendimiento vence todas las pasiones, está en realidad atado por una pasión que desconoce y que es peor que todas las demás; y a menudo, por presunción, cae lejos de Dios. Tal hombre ha de ser muy sobrio, para no perder la razón por soberbia. Dice el apóstol Pablo que «el conocimiento hincha» (1 Co 8,1) a las almas que lo recogen de todas partes, y estas se ensalzan sobre aquellos a quienes tienen por menores; en ellas, pienso, no hay chispa alguna del amor que edifica. Pero quien cada tarde recuerda la muerte ve antes que otro las incursiones de los demonios, y los vence y los ahuyenta.
22. El dulce recuerdo de Dios, esto es, de Jesús, junto con la ira del corazón y una amargura salvadora, destruye todas las astucias de los pensamientos: razonamientos, palabras, fantasías, imaginaciones oscuras; en pocas palabras, todo aquello con que se arma y ataca el enemigo destructor, que busca devorar las almas. Pero cuando invocamos a Jesús, Él lo quema todo fácilmente. Pues nuestra salvación no está en otra cosa sino en Cristo Jesús. Y el Salvador mismo dice: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
23. Guardando nuestro corazón a toda hora y en todo momento, lo preservaremos de los pensamientos que empañan el espejo del alma. En él se refleja y se inscribe como luz Jesucristo, Sabiduría y Poder de Dios Padre. Dentro del corazón busquemos sin cesar el Reino de Dios, la semilla, la perla, la levadura; y también todos los demás misterios los hallaremos dentro de nosotros mismos, cuando hayamos purificado el ojo del intelecto. Por eso nuestro Señor Jesucristo dijo: «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21), mostrando con ello que la divinidad habita en el corazón.
24. Así pues, la sobriedad purifica la conciencia hasta hacerla resplandecer. Cuando la conciencia queda así purificada y como encendida de luz, entonces disipará una gran oscuridad. Y cuando la oscuridad haya sido disipada por una sobriedad frecuente y verdadera, la conciencia mostrará además las obras ocultas y, por medio del intelecto, enseñará mediante la sobriedad el combate invisible y la batalla racional: cómo arrojar la lanza en el combate singular y cómo acertar bien en el blanco con las lanzas de los pensamientos, y cómo el intelecto no ha de ser derribado, sino esconderse tras Cristo, deseando la luz en lugar de la oscuridad dañina. Quien ha conocido esa luz comprende de qué hablo. Quien ha gustado de esta luz, su alma la anhela una y otra vez y nunca se sacia de ella; y cuanto más participa de ella, tanto más desea participar. Esta es la luz que atrae al intelecto como el sol atrae al ojo: luz inefable, que no puede describirse con palabras; la conoce quien la ha experimentado o, mejor dicho, quien ha sido herido por ella. Ella me manda callar, aunque el intelecto todavía quiere deleitarse en estas palabras. Pues se dice: «Buscad con todos la paz y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hb 12,14).
25. Nos conviene armar nuestra ira solo contra los demonios, que nos hacen la guerra y se enfurecen contra nosotros con pensamientos. Escucha cómo se libra en nosotros el combate continuo, y haz esto: a la sobriedad añade la oración, pues la sobriedad purifica la oración, y la oración purifica la sobriedad. La sobriedad, que vela sin cesar, distingue a los que quieren entrar. Prohibiéndoles la entrada, llama en su auxilio a nuestro Señor Jesucristo, para ahuyentar a los malignos. La atención, contradiciéndolos, les cierra el paso. Y Jesús, a quien invocamos, ahuyenta a los demonios con sus fantasías.
26. Guarda tu intelecto con la mayor vigilancia. Cuando disciernas un pensamiento, contradícelo e invoca al instante a Cristo, para que dé su merecido al pensamiento. Y el dulce Jesús, mientras todavía estés hablando, te responderá: «He aquí que he venido para darte auxilio». Y tú, cuando los enemigos hayan quedado del todo en calma por acción de la oración, vuelve a velar sobre tu intelecto. Vendrán olas mayores que las primeras, en las que se ahoga el alma; pero también Jesús, cuando lo despierta su discípulo, reprenderá a los vientos malignos, como Dios (cf. Mt 8,25-26). Y tú, cuando quedes libre de los asaltos por un tiempo o por un instante, glorifica a Aquel que te ha salvado, y medita en la muerte.
27. Vivamos con la mayor atención del corazón, en la percepción del alma. Pues la atención y la oración, uncidas cada día al mismo yugo, se asemejan al carro de fuego en el que el profeta Elías fue arrebatado al cielo, porque también ellas elevan a lo alto a quien participa de ellas. ¿Qué más diré? En quien se ejercita en la sobriedad, o se esfuerza por ejercitarse, el corazón se vuelve puro como un cielo noético con su sol, su luna y sus estrellas; el corazón se convierte en morada del Dios incontenible, por visión y ascensión misteriosas. Quien tiene amor a la virtud divina, esfuércese por pronunciar en cada instante el nombre del Señor y por traducir con diligencia las palabras en obras. Y quien con esfuerzo seguro refrena los cinco sentidos, por los cuales el alma sufre daño, alivia con ello a su intelecto el combate y la batalla del corazón. Prohíbe, pues, la entrada a las imágenes exteriores y con destreza divina combate contra los pensamientos incorpóreos que ellas engendran. Con el trabajo de las vigilias ahuyenta el amor al placer; sé moderado en la comida y en la bebida; fatiga al cuerpo lo suficiente para que la batalla del corazón te resulte ligera; pues lo haces para tu propio bien y no para otro. Atormenta tu alma meditando en la muerte; con el recuerdo de Jesucristo recoge tu intelecto disperso. Y de noche sobre todo el intelecto se vuelve luminoso por las visiones claras de Dios y de lo divino.
28. No rehusemos los trabajos ni los combates corporales; pues de la tierra brota el trigo, y de los trabajos, el gozo espiritual y la experiencia del bien. No engañemos a nuestra conciencia cuando nos habla de cosas salvadoras y prácticas, de lo conveniente y necesario, y sobre todo cuando la conciencia ha sido purificada por una sobriedad activa, eficaz y sutil del intelecto. Entonces emite un juicio oportuno e indudable, gracias a su pureza. Por eso no conviene engañarla, pues ella anuncia dentro del alma la vida agradable a Dios y, reprochando agudamente al alma que en otro tiempo manchó la mente con pecados, señala la enmienda de las transgresiones, aconsejando al corazón que ha pecado que se arrepienta y mostrándole la curación con su dulce conversación.
29. Cuando arde la leña, su humo escuece los ojos de los hombres, pero después ven la luz y se deleitan en aquello que al principio los molestaba; así también la atención, si se conserva sin cesar, resulta muy pesada. Pero cuando viene Jesús, a quien invocamos, Él ilumina el corazón mediante la oración; y el recuerdo de Él y la iluminación otorgan el mayor de los bienes.
30. Nuestro enemigo suele inquietar de todos los modos nuestro intelecto, porque quiere que nosotros, creados a imagen de Dios, comamos polvo como él y nos arrastremos sobre el vientre. Por eso dijo Dios: «Pondré enemistad entre ti» (Gn 3,15) y él. Por eso conviene suspirar en todo momento hacia Dios, para que no nos dañen las flechas encendidas del diablo. «Lo protegeré —dice Dios—, porque ha conocido mi nombre» (Sal 90,14). Y también: «Su salvación está cerca de los que le temen» (Sal 84,10).
31. El bienaventurado Apóstol, vaso de elección que habla en Cristo, teniendo gran experiencia de la guerra interior, invisible y noética que también se libra en nosotros, escribe a los efesios: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus de maldad en las alturas» (Ef 6,12). Y el apóstol Pedro dice: «Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar. Resistidle, firmes en la fe» (1 P 5,8-9). Y nuestro Señor Jesucristo, hablando de las diversas disposiciones de quienes escuchan las palabras del Evangelio, dice: «Luego viene el diablo y arranca la palabra de su corazón» —esto es, la roba mediante el olvido maligno— «para que no crean y se salven» (Lc 8,12). Y de nuevo dice el Apóstol: «Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero veo otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi intelecto y me hace cautivo de la ley del pecado» (Rm 7,22-23). Dijeron esto para instruirnos y para descubrir lo que nos está oculto.
32. La mente suele ensoberbecerse, considerándose superior a los demás, cuando no hay en ella reproche de sí misma ni humildad, por las cuales se llega al conocimiento de la propia debilidad. Pensemos así, escuchando a quien dice: «Hermanos, no considero haber alcanzado ya la meta; solo una cosa hago: olvido lo que queda atrás y me lanzo hacia lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el premio de la vocación celestial de Dios en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14). Y también: «Así corro yo, no a la ventura; así lucho, no como quien golpea el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo quede descalificado» (1 Co 9,26-27). ¿Ves qué humildad y qué impulso hacia las virtudes? ¿Ves qué humildad hay en san Pablo, varón tan grande? Cristo decía que había venido al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Por eso hemos de humillarnos, siendo tan pobre nuestra naturaleza. ¿Pues qué hay peor que la corruptibilidad? Nos conviene también recordar a Dios, porque para eso hemos sido creados. Y conviene aprender la abstinencia, para que nos sea fácil seguir a nuestro Dios.
33. Es imposible que el hombre exterior esté limpio de pecados si se entrega como presa a los pensamientos; y es imposible, si los pensamientos malignos no son arrancados del corazón, no pasar a las obras malignas. La causa de la mirada adúltera y del oscurecimiento que la sigue es que primero el ojo interior cometió adulterio. La causa del deseo de escuchar cosas vergonzosas es que escuchamos con los oídos del alma a los demonios que nos susurran dentro. Deberíamos, por amor del Señor, purificarnos por dentro y por fuera; cada uno de nosotros ha de velar sobre sus sentidos y limpiarlos cada día de las acciones pasionales y pecaminosas. Y así como en otro tiempo, por falta de entendimiento, andábamos en el mundo en la vanidad de nuestro intelecto y la seducción del pecado dominaba sobre nuestro intelecto y nuestros sentidos, así conviene a nosotros, que hemos pasado a la vida en Dios, servir con todo el intelecto y con los sentidos al Dios vivo y verdadero, y a la justicia y a los deseos de Dios.
34. Primero viene la provocación, luego el acoplamiento, después el consentimiento, después el cautiverio, y después la pasión, que se fortalece por la repetición frecuente y por la costumbre. He aquí el campo de batalla que se levanta en nosotros, en el cual hay que alcanzar la victoria; así lo describieron también los santos padres.
35. La provocación, dicen, es un simple pensamiento o imagen de alguna cosa, recién nacida en el corazón y presentada ante el intelecto. El acoplamiento es la conversación, apasionada o impasible, con esa imagen. El consentimiento es la inclinación del alma hacia esa imagen y el deleite en ella. El cautiverio es el arrebato forzoso e involuntario del corazón, que dura largo tiempo, y la mezcla ruinosa de nuestro buen estado con esa imagen. Y la pasión propiamente dicha es aquello que se instala largo tiempo en el alma con apego apasionado a algo. De todo esto, en lo primero no hay pecado; en lo segundo, no siempre; en lo tercero, según el estado del asceta; y la batalla se convierte en causa de coronas o de tormentos.
36. El cautiverio es de diversas clases: uno durante la oración y otro fuera de la oración. Pero la pasión cae sin duda o bajo un arrepentimiento de igual fuerza, o bajo el tormento futuro. Quien resiste a lo primero, esto es, a la provocación, o piensa en ella sin pasión, corta de un solo golpe todo lo vergonzoso. En tal combate de los demonios malignos contra los monjes y contra los que no lo son hay victorias y derrotas. Los vencedores reciben coronas; los que han pecado y no se han arrepentido sufren tormentos. Combatamos, pues, noéticamente contra ellos, para no convertir sus consejos malignos en obras sensibles de pecado. Cortando el pecado del corazón, hallaremos el Reino de Dios que está dentro de nosotros, y con esta excelentísima actividad conservaremos para siempre la pureza de nuestro corazón y la compunción hacia Dios.
37. Muchos entre los monjes no saben qué es el engaño del intelecto que este padece de parte de los demonios. Se ocupan de la acción y no se preocupan del intelecto, y viven sencillamente, sin astucia. Pienso que ellos, al no haber conocido la pureza del corazón, no ven en absoluto la oscuridad interior que proviene de las pasiones. Quienes no conocen el combate del que habla el apóstol Pablo, y aún no han aprendido por experiencia a mantenerse en el bien, tienen por caídas solamente los pecados cometidos, sin pensar siquiera en las victorias y caídas que ocurren en el pensamiento. Pues esto no se ve con el ojo ordinario; son cosas inefables, conocidas solo por Dios, el que instituye el combate, y por la conciencia del asceta mismo. Pienso que de estos habla así la Escritura: «Dicen: ¡Paz!, cuando no hay paz» (cf. Ez 13,10). Por los hermanos que son así a causa de su simplicidad conviene orar e instruirlos cuanto se pueda, para que eviten las malas obras. Pero para quienes tienen el deseo divino de que se purifique la vista del alma hay otra actividad de Cristo y otro misterio.
38. El verdadero recuerdo de la muerte contiene en sí numerosas virtudes. Engendra el llanto; es estímulo para abstenerse de todo; es memoria de la gehena, madre de la oración y de las lágrimas, guarda del corazón, impasibilidad respecto de lo corruptible por ser corruptible, fuente de un entendimiento rápido unido al discernimiento. Sus hijos —el doble temor de Dios y la purificación del corazón de los pensamientos apasionados— contienen en sí muchos mandamientos de Dios. En él se ve un combate constante, no fácil de vencer, en el que se ocupan muchos ascetas de Cristo.
39. Un accidente o una desgracia que sobreviene de improviso dispersa no poco la atención del pensamiento y, arrancando el intelecto de los buenos propósitos y de una disposición virtuosa y buena, lo inclina pecaminosamente a la disputa y a las riñas. La causa de esta ruina nuestra es que no nos guardamos en absoluto de las tentaciones.
40. Nada nos dañará, nada de las tribulaciones que nos suceden a diario nos entristecerá, si, al verlas, aprendemos de ellas lo que dice el divino Apóstol: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3,12). A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Nota: En la colección impresa sigue aquí una observación editorial que presenta al siguiente autor de la Filocalia, san Nicéforo. Nuestro venerable padre Nicéforo, que cumplió su combate ascético en el monte Athos, llamado la Montaña Santa, se hizo célebre hacia el año 1340. Enseñó a Gregorio de Tesalónica y lo introdujo en los misterios de la alta doctrina de la sabiduría ascética, como el propio Gregorio lo relata en algún lugar. Atendiendo solo a sí mismo en una quietud libre de preocupaciones, mediante una unión previa consigo mismo se unió inefablemente al soberano Señor del mundo entero, habiendo sentido en el corazón la bienaventurada iluminación de la gracia. Desde entonces quedó abundantemente colmado de deificación y del don que hace semejantes a Dios. En este librito el bienaventurado nos transmitió paternalmente también a nosotros ese don, si queremos ser hallados dignos de los mismos honores que él. En este librito reunió todos los pasajes de los santos padres que explican el provecho de la sobriedad, la atención y la oración, añadiendo de su parte la exposición de aquel arte verdadero, natural y hábil, mejor que el cual nadie podría concebir: el arte de introducir el intelecto en el corazón por medio de la respiración y de la invocación del Señor Jesús, como la medida más exacta de la sagrada sobriedad. Fue el primero en levantar para quienes desean salvarse una escala de oración pura y concentrada y de los bienes que de ella proceden, como un nuevo Beseleel, construyéndola con arte espiritual. Levantaos, pues, levantaos todos los que deseáis que Cristo habite en vosotros y queréis ser transfigurados según la imagen del Espíritu Santo de gloria en gloria, y ser gradualmente deificados y hallados dignos de la herencia luminosa de los que se salvan.