Carta a Nicolás el monje, del mismo venerable y portador de Dios padre Marcos el Asceta

Carta a Nicolás el monje, del mismo venerable y portador de Dios padre Marcos el Asceta

El motivo de la carta

Amado hijo Nicolás, hace algún tiempo nos hablaste de ti mismo: de cómo te dolías por tu salvación y estabas lleno de muchas preocupaciones, viviendo para Dios; con qué trabajos y con qué ardiente anhelo deseabas unirte al Señor, atendiéndolo con tu modo de vida, con la abstinencia, con la paciencia ante todo mal, con la vigilancia frecuente y con la oración fuerte. Nos contaste también cómo se levantan en nuestra naturaleza carnal las muchas pasiones de la carne, y cómo una ley del pecado se alza contra el alma, oponiéndose a la ley de nuestro intelecto.

Te quejabas de estar excesivamente afligido por las pasiones de la ira y del deseo, y buscabas algún camino y algún consejo en palabras: qué trabajos y qué combates emprender para vencer estas pasiones destructoras. Y entonces aconsejamos a tu caridad cuanto pudimos, ofreciéndote pensamientos provechosos para el alma y mostrándote con qué trabajos y esfuerzos ascéticos —con entendimiento y con la iluminación del conocimiento espiritual— un alma que vive por la fe según el Evangelio, cuando la sostiene la gracia, puede vencer aquellas pasiones malignas que tienen su origen en el pecado.

Contra aquellas pasiones cuya forma el alma parece haber adoptado, por inclinación y por hábito —las que la atraen más que las demás—, el alma ha de levantar un combate vigilante e incesante, hasta someter las actividades carnales e irracionales del corazón, a las que antes obedecía y que la arrastraban y la hechizaban, puesto que las recordaba con frecuencia y se llenaba de malos pensamientos.

Puesto que ahora estamos un poco alejados de ti —en el cuerpo, no en el corazón—, habiendo ido al desierto junto a los verdaderos obreros y ascetas de Cristo, para que también nosotros, moviéndonos aunque sea un poco entre hermanos que luchan contra el adversario y resisten varonilmente a las pasiones, dejemos la pereza, ahuyentemos la acedia, rechacemos la negligencia y asumamos toda diligencia y vigilancia, apresurándonos a agradar a Dios, por eso me he tomado el trabajo de poner por escrito para tu sinceridad un poco de consejo e instrucción. Lo que te dije en persona lo leerás ahora, expuesto brevemente en los breves consejos de nuestra carta, y obtendrás provecho espiritual como si estuviéramos presentes contigo.

Recuerda los beneficios de Dios

El comienzo de tu provecho según Dios, oh hijo, ha de partir de aquí. No olvides, sino recuerda constantemente, en edificación incesante, todos los designios y beneficios del Dios que ama a los hombres, que te han servido y siguen obrando para la salvación de tu alma; y no olvides, encubriéndolos con un olvido oculto o por acedia, sus muchos y grandes beneficios, pasando así tu tiempo sin provecho y sin gratitud.

Tal recuerdo incesante, como un aguijón en el corazón, lo moverá siempre a la confesión, al arrepentimiento, a la acción de gracias con el alma quebrantada, a todo buen esfuerzo, a las buenas costumbres y a toda virtud según Dios. El corazón se inclinará siempre, con pensamiento consciente, a las palabras del profeta: «¿Qué devolveré al Señor por todo lo que me ha dado?» (Sal 115,3).

Cuando el alma considera los beneficios del Dios que ama a los hombres, que ha experimentado desde su nacimiento —de cuántas desgracias fue salvada muchas veces; o cuántas veces, habiendo caído bajo el poder del mal y habiendo caído muchas veces en el pecado por su propia voluntad, no fue entregada con justicia a la destrucción y a la muerte por los espíritus que la tentaban, sino que el Señor paciente y amante de los hombres, a pesar de sus pecados, esperó su regreso, mientras ella por su propia voluntad servía a las pasiones, a los enemigos y a los espíritus malignos; cómo la alimentó, la cubrió y la cuidó en todo, y por fin, con el buen gesto de su mano, la condujo al camino de la salvación, y puso en su corazón el amor a la vida ascética, y fortaleció su deseo de dejar el mundo y su engaño de pasiones carnales con alegría, y la adornó con el hábito angélico del orden ascético, e hizo que varones santos la recibieran gustosos en la asamblea de la fraternidad—, ¿quién, teniendo buena conciencia y pensando así, no tendrá siempre el corazón quebrantado, habiendo recibido de antemano tal prenda de bondades, sin haber hecho antes ni una sola buena obra?

¿No tendrá tal hombre siempre firme esperanza, diciéndose a sí mismo: «Aunque no he hecho ninguna buena obra, sino que he pecado mucho ante Él y he vivido en impurezas carnales y en muchos otros pecados, Él no me trató conforme a mis pecados ni me pagó según mis iniquidades, sino que me dio tales dones y bendiciones para mi salvación. Cuando me entregue por completo a servirle en adelante, viviendo sin reproche y creciendo en las virtudes, ¿con qué bendiciones y dones espirituales me favorecerá, fortaleciéndome, purificándome e instruyéndome en toda obra buena?»?

Por eso, quien mantiene siempre este pensamiento y no olvida los beneficios de Dios se estimula a sí mismo, se dirige y se fuerza a aprender la virtud del bien; y está siempre alerta para toda obra de justicia, siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios.

Guárdate del olvido y de las pasiones

Por esta razón, amado hijo mío, ya que por la gracia de Cristo tienes un intelecto sano, guarda siempre dentro de ti esta reflexión constante y esta buena instrucción, para que no te cubra el olvido dañino ni te estorbe la incredulidad, que vuelven vano al intelecto y lo apartan de la vida; para que no te atrape el descuido grosero, ni te arrastre el deseo carnal, ni te venza la glotonería, ni sea tu intelecto esclavizado por la concupiscencia; para que no te asocies con pensamientos errantes y quedes así manchado; para que no prevalezca la ira, que engendra el odio a los hermanos; para que no te entristezca algún asunto insignificante; para que no vengan a tu mente pensamientos maliciosos sobre tu prójimo, apartándote de la oración pura a Dios; para que el intelecto no caiga cautivo y se ponga a vigilar con idea bestial a un hermano de igual sentir.

Pues por tales hábitos irracionales de la sabiduría carnal el intelecto queda atado en la conciencia y entregado por cierto tiempo al castigo de los espíritus malignos a los que obedeció, hasta que vuelve en sí y es abrumado por la tristeza y la acedia, y por aquello que destruyó su deseo de Dios mediante todo lo mencionado; y entonces comienza de nuevo, con gran humildad, el principio del camino de la salvación. Y habiendo trabajado mucho en oraciones y vigilias nocturnas, destruyendo aquellas cosas con la humildad y descubriéndolas a Dios y a su prójimo, empieza a volverse sobrio y, iluminado por el entendimiento evangélico y esclarecido por la gracia de Dios, conoce que quien no se ha entregado del todo a la cruz con sabiduría humilde y baja, y no se ha arrojado bajo los pies de todos para ser pisoteado, humillado, escarnecido, insultado y objeto de burla, y no soporta todo esto con gozo por amor del Señor, sin tener en cuenta en absoluto la gloria humana, ni la honra, ni la alabanza, ni el placer de la comida y la bebida, tal hombre no puede ser verdadero cristiano.

El juicio de las cosas ocultas

Puesto que, entonces, tales combates, honores y coronas nos aguardan, ¿hasta cuándo fingiremos una piedad que no tenemos, nosotros que deberíamos servir al Señor con todas nuestras fuerzas? Los hombres nos honran al vernos así; pero Aquel que conoce lo secreto nos ve muy de otro modo. Aunque muchos nos honran como santos, seguimos siendo feroces de carácter, y de nosotros dice el Apóstol: «Tienen apariencia de piedad, pero niegan su poder» (2 Tm 3,5). Muchos nos honran como vírgenes y puros, pero ante Aquel que conoce lo secreto estamos manchados por la unión impura con pensamientos disolutos y ensuciados por la acción de las pasiones, embotados por la alabanza humana y ciegos en el intelecto.

Mientras caminemos en la vanidad del intelecto, sin abrazar la sabiduría evangélica y sin conocer una vida vivida según la conciencia para seguirla con diligencia y hallar valentía en la conciencia, ¿no seguimos acaso fundados en la justicia imaginaria del hombre exterior, privados del verdadero conocimiento y halagándonos con enseñanzas externas, queriendo agradar a los hombres y buscando de ellos gloria, alabanza y honra?

Vendrá verdaderamente el Juez incorruptible y «sacará a la luz lo escondido en las tinieblas y manifestará los pensamientos del corazón» (1 Co 4,5); Aquel que ni se cohíbe ante los ricos ni es indulgente con los pobres, que mira más allá de las apariencias y revela la verdad escondida dentro. Los verdaderos ascetas y sufrientes que viven según la conciencia serán coronados en presencia de los ángeles ante su Padre; pero aquellos que fingen piedad en la apariencia exterior, y solo muestran ante la gente una vida visible y se envanecen vanamente de ello, halagándose en el intelecto, a esos los pondrá al descubierto ante la Iglesia celestial de los santos y ante todo el ejército del cielo; y, profundamente avergonzados, serán enviados a las tinieblas exteriores como las vírgenes necias.

Aquellas vírgenes guardaron exteriormente su virginidad —no fueron excluidas por eso— e incluso tenían un poco de aceite en sus vasijas, esto es, participaban de ciertas virtudes, de ciertos trabajos externos y de ciertos dones. Por eso sus lámparas ardieron durante un tiempo. Pero por descuido, ignorancia y acedia no consideraron ni reconocieron dentro de sí la multitud de pasiones que obraban por medio de los espíritus maliciosos; y por estas acciones contrarias su conocimiento se derritió, mezclándose con tales pensamientos y siendo tentadas en secreto; y fueron vencidas por la envidia más rencorosa, por los celos que odian el bien, por la discordia, el amor a la contienda, el odio, la ira, la tristeza, la malicia, la hipocresía, el furor, el orgullo, la vanagloria, el amor a la alabanza humana, la complacencia propia, el amor al dinero, la acedia, el deseo de la carne, los pensamientos lascivos y la incredulidad. No había en ellas temor de Dios; las vencieron el miedo, la tristeza, la disputa, la flojedad, el sueño, la altivez, la autojustificación, la arrogancia, la glotonería, la intemperancia y la más feroz desesperación, y las acciones sutiles del pecado.

Aquellas vírgenes tenían buenas obras y una vida honorable, que querían mostrar ante la gente para recibir alabanza de ella; y aunque participaban de ciertos dones, los vendieron a los espíritus de la vanagloria y del amor a la alabanza humana y, mezclándolos con las demás pasiones, mezclaron sus buenas obras con astucia y razonamientos carnales. Por eso se volvieron inaceptables e inmundas, como el sacrificio de Caín; perdieron el gozo del Esposo y no entraron en la morada celestial.

Pensando y meditando en esto, y probándonos a nosotros mismos, conozcamos y comprendamos en qué obras estamos; y mientras aún hay tiempo de arrepentimiento y conversión, procuremos que nuestras buenas obras, hechas con pureza, sean verdaderas y buenas, no mezcladas con sabiduría carnal ni rechazadas como sacrificio defectuoso por causa de la insolencia, la negligencia y el empobrecimiento del verdadero conocimiento; no sea que, habiendo soportado el trabajo de la virginidad, la abstinencia, la vigilancia, el ayuno y la hospitalidad, malgastemos nuestra vida por las pasiones mencionadas, y nuestras supuestas excusas resulten ser un sacrificio defectuoso y se vuelvan inaceptables a Cristo, el Sacerdote celestial.

La necesidad de guía y de conocimiento

Por tanto, hijo mío, conviene a quienes desean tomar la cruz y seguir a Cristo cuidar de antemano del conocimiento y del entendimiento, examinando sin cesar sus pensamientos dentro de sí, esforzándose de muchos modos por la salvación y el conocimiento, ardiendo en gran amor a Dios y preguntando a siervos de Dios de igual sentir que se afanan en el mismo combate. Pues quien no sabe adónde ni cómo camina está a oscuras, caminando sin la luz de una lámpara. Quien camina por su cuenta, sin entendimiento ni guía evangélica, tropieza mucho y cae en muchos hoyos y redes del maligno, y vaga mucho, y cae en muchas desgracias, y no sabe cuál será su fin. Pues muchos pasaron por muchos trabajos y soportaron ayunos, paciencia y numerosas fatigas por amor de Dios, pero la voluntad propia, la imprudencia y el no buscar la ayuda del prójimo volvieron débiles y vanos todos sus trabajos.

Tú, pues, amado hijo mío, al comienzo de tu instrucción, no olvides los beneficios del Dios que ama a los hombres hacia ti, siempre que te arrastre el engaño del pecado y la incredulidad; sino, teniendo ante los ojos los beneficios, tanto corporales como espirituales, que has experimentado desde tu mismo nacimiento hasta el día de hoy, mídelos y aprende siempre de ellos, como está dicho: «No olvides ninguno de sus beneficios» (Sal 102,2). Así el corazón se mueve fácilmente al temor de Dios y al amor, a vivir una vida vigilante en la medida de tus fuerzas, a tener una vida virtuosa, una conciencia piadosa, una palabra virtuosa, una fe recta, una mente humilde; en otras palabras, a darte todo entero a Dios, persuadiéndote con el recuerdo de los beneficios que has recibido del Dios bueno y amante de los hombres. Que tu corazón quede herido de amor y de anhelo al recordar estas bondades y la ayuda que te ha llegado, puesto que a otros mucho mejores que tú no les obró tales maravillas como las que obró contigo en su inefable amor a los hombres.

Todo aquello, pues, que te ha venido de Dios, esfuérzate por guardarlo siempre en tu memoria. Recuerda sin cesar aquella grande y admirable gracia y bondad que te mostró cuando navegabas con tu madre, según nos contaste: cuando se levantó en la noche aquella tormenta terrible y feroz, y todos los que iban en el barco, junto con los marineros y con tu propia madre, perecieron en lo profundo, y por el glorioso poder divino solo tú y otros dos fuisteis arrojados a la orilla y salvados; y cómo dispuso que llegaras a Ancira, y cómo un generoso amigo de los pobres te recibió allí paternalmente y te unió en amor con un hijo muy reverente, Epifanio, de suerte que ambos, enseñados por un varón venerable, llegasteis al camino de la salvación, y los santos siervos de Dios os recibieron como hijos suyos.

¿Qué tienes tú digno con que pagar a Aquel que llamó tu alma a la vida eterna, por todos los beneficios que Dios te ha dado? Ahora debes vivir con rectitud, no para ti mismo, sino para Cristo, que murió y resucitó por ti, en toda virtud y justicia, en el cumplimiento de todo mandamiento, buscando siempre «cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable y lo perfecto» (Rm 12,2), y esforzándote con todas tus fuerzas por alcanzarlo.

Sobre el combate por la pureza

Aun en tu juventud, hijo, obedece a la palabra de Dios cuanto ella te exige: presenta tu cuerpo «como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, culto racional vuestro» (Rm 12,1). Reduce y seca todo exceso del deseo carnal con necesidades pequeñas y con poca bebida, y con vigilias nocturnas, para que puedas decir, como está escrito: «Me he vuelto como odre al hielo, pero no he olvidado tus preceptos» (Sal 118,83). Y sabiendo que eres de Cristo, crucifica tu carne, como dijo el Apóstol, con sus «pasiones y deseos» (Ga 5,24), y también los miembros terrenales de la muerte, esto es, no solo la impureza, sino también aquella suciedad que los espíritus malignos suscitan en la carne.

Y el combate de la virginidad verdadera e inmaculada, para quien espera la corona, no consiste solo en esto; sino que, siguiendo las palabras del Apóstol, el asceta da muerte también a las manifestaciones y a los movimientos mismos de la pasión. Y ni siquiera se detiene en estos combates, esperando habitar en una virginidad angélica y pura en su cuerpo; sino que quien asciende ora también para destruir el recuerdo mismo del deseo sutil solo en el pensamiento, sin movimiento ni acción alguna de la pasión corporal, en el instante en que el intelecto se vuelve desatento. Solo es posible lograr esto con la ayuda y la fuerza de lo alto y con la presencia del Espíritu. ¿Hay quienes sean dignos de tal gracia?

Quien así espera la corona de la virginidad pura, sobrenatural e inmaculada crucifica la carne con trabajos activos, da muerte a los miembros terrenales con una abstinencia larga y continua, desgastando al hombre exterior y afinándolo, debilitándolo y secándolo, para que por la fe, por las obras y por la acción de la gracia el hombre interior se renueve día a día, avanzando hacia lo mejor, creciendo en el amor, adornado de mansedumbre, gozándose en el gozo del Espíritu; para que el alma quede dotada de la paz de Cristo junto con el amor, guiada por la gracia, custodiada por la bondad, abrazada por el temor de Dios, iluminada por el entendimiento y el conocimiento, esclarecida por la sabiduría, enseñada por la humildad. Cuando el intelecto sea renovado por el Espíritu con estas y semejantes virtudes, reconocerá en sí mismo el trazo de la imagen divina, y verá la belleza noética e indescriptible de la semejanza del Señor, y con sabiduría autodidacta y autoperceptiva se apropiará de las riquezas de la ley que le fue legada.

Afina, pues, oh hijo, tu carne joven; y con todo lo que ya hemos dicho enriquece tu alma inmortal; con las virtudes mencionadas renueva el intelecto mediante la cooperación del Espíritu. La carne joven, cargada de diversos manjares y del beber vino, se vuelve como un animal dispuesto para el degüello, y el alma queda traspasada por el ardor de los placeres corporales, y el intelecto queda cautivo del encendimiento del deseo feroz, porque no puede resistir la dulzura carnal. La afluencia de la sangre causa la partida del Espíritu. Que los jóvenes en particular ni se acerquen al vino, para que el gran fuego que se manifiesta en la acción interior de la pasión, y que se rocía desde fuera con la bebida del vino —con lo cual la pasión carnal se inflama todavía peor—, no ahuyente el deleite espiritual de la compunción dolorosa ni cree un ídolo e insensibilidad en el corazón. Antes bien, anhelando lo espiritual, que los jóvenes ni siquiera beban agua hasta saciarse; y esto ayuda muchísimo, pues la escasez de agua contribuye a conservar la pureza. Cuando lo pruebes en la práctica, lo verás por ti mismo. No te imponemos esto como un yugo, por ley o por mandato, sino que lo damos como pensamiento y como camino —buena ayuda para la verdadera virginidad—, y enseñamos y aconsejamos con benevolencia cierta virtud, dejando a tu libre voluntad obrar como quiera.

Sobre la pasión de la ira y la humildad de Cristo

Ven ahora, y hablemos un poco de la pasión irracional de la ira, que devasta, perturba y oscurece toda alma, y que, cuando obra y se mueve, hace al hombre semejante a una bestia, sobre todo al hombre muy propenso a ella y presto a encenderse. Esta pasión se afirma y se fortalece especialmente por el orgullo, y no puede ser destruida mientras este permanece. Mientras este árbol diabólico de amargura, ira y furor sea regado con el agua maligna del orgullo, florecerá bien, crecerá bien y dará los frutos de muchas iniquidades. Tan fuerte es el edificio de la maldad en el alma, establecido y fortalecido sobre el fundamento del orgullo.

Cuando, pues, quieras que este árbol de iniquidad, de pasión, de amargura, de ira y de furor se seque en ti y quede estéril, venga el hacha del Espíritu y lo corte y lo arroje al fuego, como dice el Evangelio, y lo destruya junto con todo pecado. Cuando quieras destruir y derribar esta casa de iniquidad, que el maligno edifica siempre con furia en tu alma —reuniendo, como piedras, diversos razonamientos pesados e insensatos, obras de la naturaleza y palabras en los pensamientos, y levantando el edificio del pecado en tu alma, apuntalándolo y reforzándolo con pensamientos de orgullo—, ten entonces en tu corazón la humildad del Señor: quién es el Señor y qué se ha hecho por nosotros, y desde qué altura descendió la luz de la Divinidad manifestada, que los seres de lo alto pueden contemplar según su capacidad.

En los cielos todos los seres racionales lo glorifican —ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, principados, potestades, querubines y serafines, y las fuerzas espirituales sin nombre cuyos nombres no conocemos—; y sin embargo Él, según la palabra del Apóstol, descendió a las profundidades de la bajeza humana por su bondad inefable, haciéndose en todo semejante a nosotros, que estábamos sentados en tinieblas y en sombra de muerte y en el cautiverio de la transgresión de Adán, mientras el enemigo dominaba sobre nosotros por la acción de las pasiones. Cuando estábamos en tan feroz cautiverio, y una muerte invisible y amarga reinaba sobre nosotros, el Señor de todas las criaturas visibles e invisibles no se avergonzó, sino que se humilló, aceptando el deshonor de las pasiones y la prohibición y la sentencia del Soberano pronunciada sobre el hombre condenado, haciéndose en todo semejante a nosotros excepto en el pecado, esto es, excepto en el deshonor de las pasiones. Y lo que fue impuesto al hombre por el juicio soberano como castigo por la transgresión pecaminosa —esto es, la muerte, el trabajo, el hambre, la sed—, todo esto lo aceptó, y se hizo semejante a nosotros para que nosotros llegáramos a ser semejantes a Él. El Verbo se hizo carne, para que la carne se hiciera verbo; siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que fuéramos enriquecidos con su pobreza; se conformó a nosotros por su gran amor a los hombres, para que nos conformáramos a Él en toda virtud.

Desde que Cristo vino, el hombre nuevo es verdaderamente renovado por la gracia del Espíritu según la imagen y semejanza, alcanzando la medida del amor perfecto, que echa fuera el temor y no está sujeto a caída: el amor nunca decae. «Dios es amor —dice el apóstol Juan—, y quien permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn 4,16). De esta medida fueron hallados dignos los apóstoles; y hombres semejantes a ellos aprendieron la virtud y aparecieron perfectos ante el Señor, y siguieron a Cristo con anhelo perfecto durante toda su vida.

Puesto que, entonces, el Señor aceptó tal humildad por amor a nosotros en su inefable amor a los hombres, piensa siempre en esto y no lo olvides jamás: la inhabitación de Dios Verbo en el seno, la asunción de la naturaleza humana, el nacimiento de una mujer, el crecimiento en la carne, el deshonor, las molestias, el desprecio, la burla, los reproches, los golpes, los salivazos, el escarnio y la mofa, el manto de púrpura, la corona de espinas, las palabras de los gobernantes, los gritos de los inicuos de entre su propio pueblo: «¡Fuera! ¡Crucifícalo!»; la cruz, los clavos, la lanza, la bebida de vinagre y hiel, el triunfo de los paganos, la risa de los que pasaban y decían: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz, y creeremos en ti» (cf. Mt 27,40); y los demás padecimientos que soportó por nosotros: la crucifixión, la muerte, la sepultura de tres días en el sepulcro, el descenso a los infiernos. Piensa también en los frutos de la pasión, cuáles son y cuántos: la resurrección de entre los muertos, la liberación del infierno y de la muerte de sus cautivos, las almas que siguieron al Señor, la ascensión al cielo, el estar sentado a la derecha del Padre, «muy por encima de todo principado, autoridad, poder y dominio, y de todo nombre que se nombra» (Ef 1,21); la honra, la gloria y la adoración de todos los ángeles ofrecidas a Aquel que resucitó primero de entre los muertos, a causa de su pasión, según la palabra del Apóstol, que dice: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, hecho semejante a los hombres. Y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le concedió el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos» (Flp 2,5ss).

Esta es la gloria y la altura a la que la justicia de Dios condujo la humanidad del Señor por causa de sus padecimientos. Por tanto, cuando recuerdes esto con amor y anhelo en tu corazón, sin olvidarlo nunca, no te vencerá la pasión de la ira amarga y del furor. Cuando el fundamento del orgullo es destruido por la humildad de Cristo, todo el edificio de la iniquidad, del furor, de la ira y de la tristeza se derrumbará fácilmente por sí solo. ¿Qué corazón cruel y pétreo no será quebrantado, lavado y humillado, teniendo siempre en la mente al Unigénito Dios que se humilló por nosotros y recordando los padecimientos antes enumerados? ¿No se volverá el orgullo de la propia voluntad tierra y polvo, para ser pisoteado por los hombres, como dicen las Escrituras? ¿Puede el furor apoderarse de un alma que se humilla y se quebranta contemplando la humildad de Cristo? ¿La dominará la ira? ¿Será vencida por la amargura?

Los tres adversarios principales: el olvido, la ignorancia y la acedia

Pero parece que el olvido de estos pensamientos útiles y vivificantes, y su hermana la acedia, junto con la ignorancia, son de un mismo sentir y actúan en común; estas son las más difíciles de las pasiones de la parte más profunda del alma, no fáciles de descubrir ni de corregir. Cubriendo y oscureciendo el alma con feroz curiosidad, ayudan a las demás pasiones pecaminosas a obrar y a anidar en ella; pues expulsan del alma el temor de Dios, ponen en ella descuido respecto de las buenas obras y permiten que toda pasión entre con audacia y actúe.

Cuando el alma queda cubierta de olvido completo, de acedia ruinosa y de ignorancia —madre y nodriza de todos los males—, entonces el intelecto desdichado y cegado se apega a todo lo que puede verse, pensarse u oírse. Así, cuando ve la belleza de una mujer, al instante lo prende el deseo carnal; y lo mismo con todo lo demás que se hunde en una memoria poseída por la pasión, con cuanto es agradable de ver o de oír, o con cuanto se imagina en los pensamientos. Y esa mala enseñanza lo arrastra todo dentro de la imaginación y mancha al desdichado intelecto, poseído por las pasiones mediante la acción de los espíritus errantes. Además, la carne, cuando está bien alimentada, o es joven, o está llena de humores, se excita fácilmente con tales recuerdos y con la pasión para hacer lo que hace, moviéndose hacia el deseo y cometiendo impureza sea en sueños, sea en vigilia, aunque no toque realmente a mujer alguna.

Tal hombre, a quien muchos consideran íntegro, virginal y puro —y que incluso se tiene a sí mismo por santo—, será juzgado como inmundo ante Aquel que ve lo oculto, y como fornicario y adúltero; y será justamente condenado en aquel día, si no llora y se lamenta y, habiendo afinado la carne con ayunos, vigilias y oraciones incesantes, y habiendo sanado el intelecto con el recuerdo y la enseñanza de la palabra de Dios, no ofrece frutos dignos de arrepentimiento a Dios, ante quien pensó u obró el mal. Pues es la voz viva la que dijo: «Os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28).

Por eso es provechoso, y sobre todo para los jóvenes, no mantener en absoluto, en la medida de lo posible, conversación con mujeres, aunque parezcan santas. Y si es posible evitar del todo el trato con la gente, la batalla será más fácil y el progreso más evidente. Vela también sobre ti mismo, come poco, bebe poca agua y, velando mucho, permanece en oración; y conversa y vive con padres espirituales experimentados, y esfuérzate por aprender de ellos. Es dañino vivir solo, por cuenta propia, sin supervisión; y es dañino vivir con quienes carecen de experiencia en el combate espiritual, pues con tales hombres las cosas resultan de otro modo. Porque el pecado obra de muchas maneras, y las emboscadas y redes del enemigo están puestas por todas partes. Por eso, si es posible, conviene caminar acompañado, esto es, procurar acudir con frecuencia a los hombres sabios; pues cuando alguien no posee él mismo la lámpara del verdadero conocimiento, por la inmadurez y la infancia de su edad espiritual, entonces, caminando con quien la tiene, no estará en tinieblas, ni caerá en lazos y redes, ni será apresado por las fieras noéticas que se alimentan en la oscuridad y apresan y matan a quienes caminan sin la lámpara de la palabra divina.

Las armas de la victoria

Si quieres, hijo mío, tener en tu alma la lámpara de aquella luz y del entendimiento espiritual, para caminar sin tropiezo en la noche oscura de este siglo, y que el Señor dirija «tus pasos» (Sal 118,133) cuando desees el camino evangélico, según la palabra del profeta —esto es, seguir los mandamientos evangélicos más perfectos con fe ardiente y hacerte partícipe de los padecimientos del Señor por el anhelo y la oración—, entonces te mostraré un arte admirable y un propósito de práctica espiritual que no requiere trabajo ni combate corporal, sino trabajo del intelecto, firmeza de la mente y atención, acompañados del amor de Dios y del temor de Dios. Con tal plan podrás vencer fácilmente al ejército del enemigo, a ejemplo del bienaventurado David, que por la fe y la confianza en Dios mató a un extranjero poderoso, y así con sus hombres derrotó a decenas de miles de enemigos.

Y nuestro discurso quiere señalar tres campeones fuertes y poderosos sobre los cuales se apoya el poder contrario del Holofernes noético; cuando estos son derribados y muertos, todo el poder de los espíritus malignos se debilitará rápidamente. Estas fuerzas del mal, supuestamente fuertes, son las tres ya nombradas: la ignorancia, madre de todos los males; el olvido, su hermana y auxiliadora; y la acedia, que teje para el alma una vestidura más negra que una nube oscura y la cubre, y confirma y fortalece a las dos primeras y las une, y hace el mal fuerte e inquebrantable en un alma descuidada. Y de la acedia, el olvido y la ignorancia se fortalecen y se propagan las demás pasiones. Se ayudan mutuamente y no pueden existir la una sin la otra; aparecen como las fuerzas poderosas del adversario y los príncipes fuertes del maligno; mandan sobre todo un ejército de espíritus malignos que las refuerzan y ayudan a cumplir lo planeado; y sin ellas las demás pasiones no pueden aparecer.

Cuando quieras alcanzar la victoria sobre estas pasiones y derrotar fácilmente al regimiento de los extranjeros noéticos, entonces, con oración y con la cooperación de Dios, recógete dentro de ti y entra en las profundidades de tu corazón, y rastrea estas tres fuerzas poderosas —el olvido, la acedia y la ignorancia—, sostén de los extranjeros noéticos, por las cuales se comandan las demás pasiones pecaminosas, y por las cuales las pasiones actúan y viven y cobran fuerza en los corazones voluptuosos y en las almas no instruidas. Y con gran atención, y con la guía del intelecto por el auxilio de lo alto, hallarás el mal que es más dañino y desconocido para los demás.

Frente a él está el arma de la justicia: el recuerdo del bien, que es causa de todo bien; y el intelecto iluminado, con cuyo gozo el alma ahuyenta la oscuridad de la ignorancia; y la mayor vigilancia posible, que prepara e impulsa al alma hacia la salvación. Habiéndote revestido de esta armadura de la virtud, con el poder del Espíritu Santo, con toda oración y súplica, vencerás valiente y animosamente a los extranjeros noéticos —aquellos tres campeones de los que hablamos— y, sobre todo, con el recuerdo de Dios. «Todo lo verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buena fama; si hay alguna virtud y algo digno de alabanza, en esto pensad» (Flp 4,8), ahuyentando de ti el olvido que engaña, destruyendo la ignorancia ruinosa de las tinieblas con un conocimiento iluminado y celestial, y desterrando con la vigilancia más virtuosa y mejor aquella acedia impía que planta el mal en el alma.

Habiendo adquirido la virtud no solo por tu propia voluntad, sino también por el poder de Dios y la ayuda del Espíritu Santo, con gran atención y oración, podrás librarte de aquellas tres fuerzas poderosas del mal. Y cuando se conserve en el alma la concordia entre el verdadero conocimiento y el recuerdo de las palabras de Dios, y la buena vigilancia que se crea por acción de la gracia, entonces incluso el rastro del olvido, de la ignorancia y de la incredulidad queda destruido en ella y se reduce a nada; y en adelante reina en el alma la gracia, que está en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Nota: En la colección impresa sigue aquí una observación editorial que presenta al siguiente autor de la Filocalia, san Simeón. Nuestro venerable padre Simeón, llamado el Nuevo Teólogo por la gracia de la teología que Dios le concedió, vivió en el reinado de Constantino Porfirogéneta, en el siglo décimo después de la Natividad de Cristo. Fue discípulo de Simeón llamado el Piadoso y, habiendo aprendido de él los combates ascéticos, se elevó a tal altura de virtud e impasibilidad y recibió una gracia divina tan grande que apenas puede describirse. Esto se expone detalladamente en su Vida, compuesta de muchos versos. Pues, por así decirlo, recibió en sí todo el poder del Espíritu Consolador y, habiendo absorbido su resplandor, apareció como fuente de teología, posada de la iluminación divina, dulce morada de misterios inefables, mansión de toda sabiduría y de conocimiento divino. Iluminado por tal poder, compuso un gran número de escritos sobre diversos temas, redactados tanto en prosa como en verso y llenos de gran provecho. Escogiendo solamente algunos de ellos, los incluiremos en este libro; y por medio de ellos se abre a los lectores un provecho grande e inconmensurable.

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