Capítulos de nuestro santo padre Gregorio el Sinaíta: diversos textos sobre los mandamientos, los dogmas, los tormentos y las promesas, y también sobre los pensamientos, las pasiones, las virtudes, la quietud y la oración

Capítulos de nuestro santo padre Gregorio el Sinaíta: diversos textos sobre los mandamientos, los dogmas, los tormentos y las promesas, y también sobre los pensamientos, las pasiones, las virtudes, la quietud y la oración

Capítulos de nuestro santo padre Gregorio el Sinaíta, dispuestos en el texto griego como un acróstico; utilísimos textos diversos sobre los mandamientos, los dogmas, los tormentos y las promesas, y también sobre los pensamientos, las pasiones, las virtudes, la quietud y la oración.

1. Es imposible ser verdaderamente racional, o llegar a ser puro e incorruptible por naturaleza como lo fuimos al principio. Pues sobre la pureza reinan ahora los hábitos irracionales de los sentidos, y sobre la incorrupción, la corruptibilidad de la carne.

2. Racionales por naturaleza son solo aquellos que se han hecho santos por la pureza; mente pura no la tuvo ninguno de los sabios en palabras, que desde el principio corrompieron la racionalidad con sus pensamientos. El espíritu material y grandilocuente de la sabiduría de este mundo, arrastrando las palabras hacia el mucho saber y los pensamientos hacia lo aún más salvaje, se instala en los hombres, privándolos de la sabiduría hipostática y de la contemplación de la Mente indivisa y única.

3. Para conocer la verdad hay que tener la gracia; pero para comprender todas las demás cosas hay que apoyarse en el razonamiento y en la confirmación por pruebas.

4. Quienes pierden la gracia lo sufren por incredulidad y negligencia; otros, en cambio, la adquieren por la fe y la diligencia. Estos últimos, con fe y esmero, avanzan siempre; los primeros, opuestos a ellos, retroceden del todo.

5. Ser insensible es lo mismo que estar muerto; ser ciego de intelecto es lo mismo que no ver con los ojos del cuerpo. Pues el primero pierde las fuerzas vivificantes, y el segundo la luz divina que permite ver y lo hace visible.

6. Tanto el poder como la sabiduría los reciben de Dios unos pocos: son bienes divinos. Son excepcionales; recibirlos y darlos es verdaderamente un don divino y por encima del hombre.

7. Un corazón puro de pensamientos, gobernado por el Espíritu, se hace verdadero santuario ya antes de la vida futura; pues todo en él se realiza y se dice espiritualmente. Quien no ha alcanzado tal corazón es, gracias a las demás virtudes, una piedra necesaria para la edificación del templo divino, pero no un templo, y no celebra el servicio sagrado al Espíritu.

8. El hombre incorruptible fue creado sin humedad y así resucitará. Es a la vez mudable e inmutable. El hombre tenía el poder de decidir por su propia voluntad si cambiar o no cambiar; por la propia voluntad no se puede llegar a ser inmutable por naturaleza: esa es la recompensa de la futura deificación inmutable.

9. La corruptibilidad es engendro de la carne; comer y expulsar lo sobrante, e irritarse, y dormir, son propiedades naturales de las bestias y del ganado doméstico. Por la desobediencia también nosotros adquirimos estas propiedades y con ello nos hicimos semejantes al ganado; caímos de los bienes que nos son propios y dados por Dios y, siendo racionales, nos hicimos como animales, y, siendo divinos, como fieras.

10. El paraíso es doble: sensible y espiritual, esto es, el que está en el Edén y el de la gracia.

11. Se dice que lo pasajero, esto es, la creación corruptible, no era tal al principio; después se corrompió y cayó bajo la corrupción y la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de Aquel que la sometió, «en esperanza» (Rm 8,20) de que el Adán corruptible sería renovado. Cuando alguien lo ha renovado en sí y lo ha santificado, entonces, aunque camine todavía en cuerpo corruptible por esta vida temporal, ha renovado la creación, pero aún no la ha liberado de la corrupción. La liberación de la creación de la corrupción unos la llaman cambio para mejor, y otros transformación completa de lo sensible. En la Escritura se acostumbra comunicar las cosas incomprensibles de manera sencilla y breve.

12. Quienes han recibido la gracia se asemejan a los que han concebido y están encinta del Espíritu; o bien arrojan la semilla divina por una caída, o quedan viudos de Dios, uniéndose con el enemigo que se esconde en ellos. La gracia se aparta de ellos por la acción de las pasiones, y por los actos pecaminosos los abandona del todo. El alma que ama las pasiones y el pecado pierde la gracia y cae de ella, y queda viuda, y se hace morada de las pasiones —por no decir de los demonios— tanto ahora como en el siglo venidero.

13. Solo la valentía y la misericordia pueden transformar la malicia en quietud y mansedumbre. La valentía abate las astucias exteriores de los enemigos que quieren tomar por asalto la ciudad del alma, y la misericordia, las interiores.

14. Muchos de los que cumplen los mandamientos piensan que avanzan, pero, sin haber llegado a la ciudad, siguen fuera. Habiendo recibido en secreto los vicios que caminan junto a las virtudes, se han desviado del camino real y recto, y por eso son vanos sus esfuerzos. Pues los mandamientos no exigen ni el propio alivio ni un trabajo por encima de las fuerzas, sino solo una intención agradable a Dios y la búsqueda de la voluntad de Dios. Cuando esto falta, tal trabajo es inútil, pues —como dice la Escritura— no enderezan las sendas del Señor; y hay que preguntarse con qué intención se realiza cada trabajo.

15. Busca al Señor en tu camino, cumpliendo los mandamientos en el corazón. Cuando oigas a Juan el Bautista llamando a preparar el camino del Señor y mandando enderezar sus sendas (Mc 1,3), sabe que habla de los mandamientos, y de los corazones, y de las obras. Es imposible recorrer sin pecado el camino recto de los mandamientos y de las obras si el corazón no se hace recto.

16. Cuando oigas en la Escritura las palabras proféticas sobre la vara y el cayado (Sal 22,4), sabe que esto se dice del juicio y de la providencia, y en sentido moral, de la salmodia y de la oración. Cuando el Señor nos juzga con la vara del castigo, nos hace volver. Cuando con la vara de la salmodia valerosa castigamos a quienes se levantan contra nosotros, nos afirmamos en la oración. Teniendo, pues, la vara y el cayado en la mano de la obra noética, castiguemos y recibamos castigo, hasta que, hallándonos bajo la Providencia, escapemos por completo del juicio presente y del venidero.

17. A quienes cumplen los mandamientos les conviene prestar la mayor atención al mandamiento abarcador del recuerdo de Dios, que dice: «Acuérdate siempre del Señor tu Dios» (Dt 8,18). Quienes perecieron por él también por él pueden ser preservados. Pues el olvido destruyó primero el recuerdo de Dios, oscureció los mandamientos y así dejó al hombre desnudo de todo bien.

18. Hay otros dos mandamientos por los cuales los ascetas llegan a su dignidad primera: la obediencia y el ayuno. Cuando no se guardan, todo pecado entra en el género humano. Quienes por la obediencia guardan los mandamientos de Dios ascienden a Dios más rápido; quienes lo hacen por el ayuno y la oración, más lentamente. Conservar por los mandamientos una obediencia sin doblez a Dios es posible para unos pocos; se logra con dificultad incluso en los mayores ascetas.

19. «La ley del Espíritu de vida» (Rm 8,2), dice el Apóstol, obra y habla en el corazón, mientras que la ley de la letra obra en la carne. La ley del Espíritu libera al intelecto de la ley del pecado y de la muerte, mientras que la ley de la letra hace imperceptiblemente un fariseo, que cumple la ley y piensa carnalmente, y guarda los mandamientos para ser visto.

20. El conjunto de todos los mandamientos, compuesto y ordenado por el Espíritu, presenta al hombre como perfecto o imperfecto, según su crecimiento espiritual. Los mandamientos son como el cuerpo; las virtudes, como hábito del bien, son los huesos; y la gracia es el alma viva que dirige y mueve al cuerpo a cumplir los mandamientos. La negligencia o el afán de crecer en Cristo muestran si un hombre es niño o ya maduro, tanto ahora como en el siglo venidero.

21. Quien quiera nutrir el cuerpo de los mandamientos de Cristo, busque la leche racional y pura de la gracia materna. Con ella se alimenta todo el que busca a Cristo y quiere crecer en Él. La leche, o la sabiduría, da alimento para el crecimiento: de sus pechos da calor a los niños en Cristo, y a los perfectos la miel nutritiva de su alegría para la purificación. «Miel y leche hay bajo tu lengua» (Ct 4,11), dice Salomón. La leche tiene la fuerza de nutrir y hacer crecer, y la miel tiene la fuerza del Espíritu de purificar, como dice Salomón. Y el gran Apóstol, distinguiendo la fuerza del alimento, dice: «Os di a beber leche, no alimento sólido» (1 Co 3,1-2).

22. Quien busca las palabras de los mandamientos sin los mandamientos mismos y desea hallarlas por la instrucción o la lectura es semejante a quien imagina una sombra en lugar de la verdad. El conocimiento de la verdad se da a quienes participan de la verdad. Quien no participa de la verdad y no la conoce, al buscar el conocimiento lo halla en una sabiduría insensata; el Apóstol llamó a tales hombres psíquicos (1 Co 2,14), que no tienen el Espíritu, aunque a veces se ufanen del conocimiento de la verdad.

23. Como el ojo corporal mira las letras y comprende el sentido de lo escrito, así el intelecto, cuando se purifica y alcanza su dignidad primera, mira a Dios y recibe de Él el conocimiento divino; y el Espíritu es entonces para él en lugar de libro, y la mente y la lengua en lugar de pluma de caña: «Mi lengua —dice el salmista— es pluma» (Sal 44,2), y la luz en lugar de tinta. Así, sumergiendo el pensamiento en la luz y llenándolo de luz, escribe palabras en los corazones puros de quienes escuchan. Entonces comprenderá lo dicho: que los fieles serán enseñados por Dios, y que Dios, según el profeta, enseña al hombre el entendimiento por el Espíritu (Jn 6,45; Sal 93,10).

24. La ley de los mandamientos es la fe que obra directamente en el corazón. De ella brota todo mandamiento e ilumina las almas; y los frutos de la fe verdadera que obra en las almas son estos: la continencia, y el amor, y finalmente la humildad dada por Dios, principio y confirmación del amor.

25. La gloria sin engaño para las criaturas es el conocimiento verdadero del mundo visible y del invisible: del visible, esto es, del sensible; y del invisible, esto es, del noético y racional, del intelectual y divino.

26. La cumbre de la ortodoxia consiste en contemplar y conocer en pureza los dos dogmas de la fe, a saber, la Trinidad y la Dualidad: contemplar y conocer la Trinidad en la unidad como inconfusa e indivisa, y la Dualidad de las naturalezas de Cristo en una sola hipóstasis, esto es, confesar al único Hijo en dos naturalezas tanto antes de la Encarnación como después, y conocerlo glorificado sin confusión en dos voluntades, la divina y la humana.

27. La generación, la ingeneración y la procesión son los tres rasgos inmutables e invariables de la Santísima Trinidad, que confesamos piadosamente. El Padre es ingénito y sin principio; el Hijo es engendrado y co-sin-principio; y el Espíritu Santo procede del Padre y es dado, como dice Juan Damasceno, por el Hijo coeterno.

28. Para la salvación bastaría la sola fe de la gracia, si guardáramos los mandamientos en el Espíritu y no nos inclináramos hacia una fe muerta e inactiva, apartándonos de la fe viva y activa en Cristo. Pues al fiel le basta vivir según la fe que obra en Cristo. Hoy la ignorancia ha enseñado a los piadosos una fe muerta e insensible, y no la fe de la gracia.

29. La Trinidad es una Unidad simple, pues es indivisible e inmutable en uno. Pues es Dios trihipostático, y cada Hipóstasis permanece sin confusión una en otra.

30. Dios es conocido en todo como Trinidad y en todas partes se le llama Trinidad, pues es incircunscribible. Él es el sostenedor y proveedor de todo por el Hijo en el Espíritu Santo, y no se habla de Él por separado, sin las otras Personas; así se le conoce y así se le nombra.

31. En el hombre hay intelecto, y palabra, y espíritu; y además el intelecto nunca está sin la palabra, ni la palabra sin el espíritu; cada uno está en el otro y en sí mismo. El intelecto habla por la palabra, y la palabra se manifiesta por el espíritu. Por eso puede decirse que el hombre lleva en sí una imagen indistinta de la inefable y arquetípica Trinidad, y esto atestigua brevemente que el hombre fue creado a su imagen.

32. El intelecto es el Padre, la palabra es el Hijo y el Espíritu Santo es verdaderamente espíritu; los padres portadores de Dios enseñan en sus dogmas sobre la supraesencial, santa y sobrenatural Trinidad, un solo Dios en tres Hipóstasis, dándonos la fe verdadera y un ancla de esperanza. Conocer al único Dios es, según la Escritura, la raíz de la inmortalidad, y comprender el dominio de la Unidad trihipostática es la mayor justicia. O bien puede entenderse así la frase evangélica: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero —esto es, Dios en tres Hipóstasis— y a Jesucristo, a quien tú enviaste» (Jn 17,3), en dos naturalezas y voluntades.

33. Hay diversos tormentos para el mal y diversas recompensas para el bien. Todos los tormentos están en el infierno, como dice la Escritura, «en una tierra oscura y sombría, en un país de tiniebla eterna» (Jb 10,22), donde los pecadores habitan aun antes del Juicio y adonde por sentencia vuelven de nuevo. Pues ¿qué significan las palabras: «Vuelvan los pecadores al infierno» (Sal 9,18) y «La muerte los apacentará» (cf. Sal 48,15), sino la respuesta en el Juicio temible y la condena eterna?

34. Toda voluptuosidad, y la tiniebla universal de la locura, y el amor al placer, y el temblor, y el hedor repugnante del pecado conducen al fuego y a la tiniebla, donde están los gusanos, y al tártaro. Todo esto es prenda y comienzo de los tormentos que, obrando en las almas de los pecadores, se les hacen habituales.

35. La habitualidad de las pasiones es prenda de tormentos, y la acción de las virtudes es prenda del Reino de los Cielos. Conviene saber que a los mandamientos hay que llamarlos acciones, y a las virtudes hábitos, así como a las manifestaciones frecuentes del pecado se las llama hábitos.

36. La recompensa es igual a la retribución, aunque muchos supongan que son desiguales. La justicia divina retribuye a unos con vida eterna y a otros con tormento eterno. Tanto unos como otros pasaron la vida presente bien o mal, y según sus obras tendrán su recompensa. Y cuál será la recompensa dependerá de si se acostumbraron a las pasiones o a las virtudes.

37. Las almas voluptuosas son lagos de fuego; el hedor de las pasiones está en ellas como un fango pestilente. La incontinencia impúdica de la carne alimenta al gusano que no duerme; alimenta también serpientes y sanguijuelas, concupiscencias astutas, pensamientos impuros y venenosos, y demonios. Tal estado es prenda del tormento eterno.

38. Los comienzos de los tormentos se ocultan en las almas pecadoras, y las prendas de los bienes en los corazones de los justos; y obran y se manifiestan por el Espíritu Santo. El Reino de los Cielos es una vida virtuosa, y el tormento es una vida pasional.

39. «Viene la noche —dice el Señor—, cuando nadie puede obrar» (Jn 9,4). O, dicho de otro modo, el anticristo es noche y tiniebla; tal es y así se le llama. O también, según la enseñanza moral, la negligencia cotidiana mata al alma, como la tiniebla con el sueño de la insensibilidad. Como la noche adormece a todos y es imagen de la muerte que mata, así la noche de la tiniebla venidera hace a los pecadores muertos e insensibles.

40. El juicio de este mundo es la incredulidad de los impíos, como dice el Evangelio: «El que no cree, ya ha sido juzgado» (Jn 3,18); por eso la providencia realiza el juicio acerca de nuestro retorno o conversión, o acerca de nuestra inclinación al bien o al mal, según estas palabras: «Los pecadores se apartaron desde el seno materno» (Sal 57,4). El juicio de Dios juzga sobre la incredulidad, el castigo y las obras, castigando a unos, teniendo misericordia de otros, y adjudicando a otros coronas o tormento eterno. Los primeros son del todo impíos; los segundos, aunque fieles, son negligentes, y por eso Dios los castiga con amor al hombre. Y los que son perfectos en las virtudes, y los que, habiendo caído, no se levantan, recibirán cada uno su recompensa.

41. Si nuestra naturaleza no se conserva sin mancha o no se purifica por el espíritu, no podrá ser un solo cuerpo y un solo espíritu con Cristo, ni ahora ni en la comunión futura. No es propio de la fuerza sostenedora y unificadora del Espíritu coser un remiendo de las antiguas pasiones sobre la vestidura nueva de la gracia.

42. Tendrá honor igual a la imagen que está en Cristo aquel que ha recibido como don y ha conservado la renovación en el Espíritu Santo y ha experimentado la deificación sobrenatural. No será uno con Cristo ni miembro de Cristo quien aquí no se ha hecho partícipe de la gracia y, según las palabras del Apóstol, no tiene «la expresión del conocimiento y de la verdad» (Rm 2,20).

43. El Reino de los Cielos es semejante al tabernáculo que Dios erigió. Como el de Moisés, tiene dos velos: la disposición del siglo venidero. Y en el primer tabernáculo entrarán todos los que han sido santificados por la gracia, y en el segundo, como en el noético, aquellos que sirvieron de modo trinitario en los misterios de la teología perfectamente, como consagrados; y, teniendo en la Trinidad a Jesús como intercesor, primer Ministro y Sumo Sacerdote, entrarán en el tabernáculo que Él erigió y brillarán más que las estrellas.

44. El Salvador llamó muchas moradas (Jn 14,2) a las diversas ascensiones y crecimientos espirituales del estado de allí. El Reino es uno, pero dentro de sí tiene muchas diferencias. En él hay celestiales y terrenos, que por la virtud y el conocimiento han alcanzado cierta medida de deificación. «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, otra la gloria de las estrellas; y una estrella difiere de otra en gloria» (1 Co 15,41), dice el divino Apóstol, aunque todas brillan en un mismo firmamento divino.

45. El hombre se hace casi cohabitante de los ángeles e incorruptible como los incorpóreos cuando purifica el intelecto con lágrimas y levanta el alma por el Espíritu Santo, somete la carne y la subordina a la razón, y transforma su naturaleza humana, creada de barro, en una belleza divina luminosa e ígnea. Pues la incorrupción del cuerpo es la disminución de sus humores y de su grosería.

46. El cuerpo incorruptible, aunque no tiene humores ni es grosero y de psíquico se ha vuelto espiritual, sigue siendo terreno; por la sutileza de la visión de Dios será terreno y celestial. Tal como fue creado al principio, así resucitará, para acercarse a la imagen del Hijo de Dios en la plenitud de la participación en la deificación.

47. La tierra de los mansos es el Reino de los Cielos, o la vida divino-humana del Hijo de Dios, en la cual hemos entrado o estamos entrando y por la cual fuimos renovados, habiendo recibido por gracia la filiación del nacimiento y por la resurrección la renovación. Y también, la naturaleza deificada es la tierra santa, o quizá la tierra purificada para los terrenos según su dignidad. O, según otro entendimiento, la tierra que heredarán los verdaderamente santos es la divina quietud pacífica del mundo, que está por encima de todo intelecto, en la cual habitará la generación de los justos, y nada de lo que allí existe los turbará.

48. La tierra prometida es la impasibilidad, que mana leche y miel, esto es, el gozo del espíritu.

49. En el siglo venidero los santos se dirán secretamente unos a otros la palabra que dará el Espíritu Santo.

50. Mientras no sepamos cómo nos creó Dios, no sabremos en qué nos ha convertido el pecado.

51. Quienes han alcanzado la plenitud de la perfección en Cristo han alcanzado la misma edad espiritual.

52. Quienes trabajan reciben también la recompensa. Pero la cantidad o la calidad, esto es, la medida de la recompensa, depende del rango y del estado de los recompensados.

53. La Escritura dice que los hombres espirituales, esto es, los iguales a los ángeles, serán «hijos de la resurrección» (Lc 20,36) de Cristo, incorruptibles y santos por la deificación.

54. Se dice que en el siglo venidero los ángeles y los santos, teniendo numerosos dones, nunca dejarán de desear el bien, y nunca se debilitará en ellos ese deseo. En aquel siglo no hay disminución de la virtud ni transformación de esta en pecado.

55. Ten por varón perfecto a quien ha recibido como prenda la semejanza de la estatura de Cristo; en el siglo venidero el varón perfecto se manifestará por la fuerza de la deificación.

56. Quien aquí ha alcanzado la estatura espiritual en la virtud tendrá en el siglo venidero la misma dignidad y deificación que los semejantes a él.

57. La gloria verdadera es el conocimiento, o la visión espiritual conforme a Dios, o cierta comprensión de los dogmas y el conocimiento de la fe verdadera.

58. El asombro es la completa elevación de las potencias del alma hacia la gloria divina conocida. O así: el asombro es un anhelo puro y pleno hacia el poder infinito que mora en la luz. El arrobamiento es la elevación a los cielos no solo de las potencias del alma, sino de los sentidos mismos. El gran fervor es una embriaguez espiritual que suscita el deseo del bien.

59. En el espíritu hay verdaderamente dos arrobamientos: el del corazón y el de la elevación. El primero ocurre en quienes todavía están siendo iluminados, y el segundo en los perfectos en el amor; y ambos, obrando en el intelecto, apartan de él los sentidos. Pues el arrobamiento divino es el anhelo del espíritu por cosas mejores que las facultades naturales; y por ese anhelo desaparece la percepción de lo exterior.

60. La causa y el comienzo de los pensamientos proviene de que la memoria única y simple se dividió en el hombre por la transgresión del pecado. Por eso se perdió también el recuerdo de Dios, y la memoria simple se hizo compuesta y, aunque era homogénea, se hizo heterogénea, y por eso perece.

61. La curación es el retorno de la memoria primera desde los pensamientos astutos de la memoria destructora a su antigua simplicidad. La desobediencia, instrumento del pecado, no solo destruyó en el alma la memoria simple del bien, sino que dañó todas sus potencias, oscureciendo los deseos naturales de las virtudes. Pero el recuerdo de Dios, que se afirma con la oración constante, sana verdaderamente la memoria del alma y la eleva desde las cosas naturales a las sobrenaturales, uniéndola con el Espíritu.

62. Las causas de las pasiones son las obras pecaminosas; las causas de los pensamientos, las pasiones; de la fantasía, los pensamientos; de las reflexiones, la memoria; de la memoria, el olvido; y el olvido engendra la ignorancia; la causa de la ignorancia es la pereza, y la pereza engendra el ansia; el ansia es madre del movimiento desordenado; el movimiento desordenado es consecuencia de la acción; y la acción es el deseo irracional del mal y el apego a las cosas sensibles y a los sentidos.

63. En la parte racional del alma obran los pensamientos; en la irascible, las pasiones bestiales; en la desiderativa, la memoria de la concupiscencia animal; en el intelecto, las imaginaciones fantasiosas; y en la mente obran e iluminan las reflexiones.

64. La irrupción de los pensamientos astutos recuerda a la corriente de un río. Con ellos llega la provocación; con la provocación, el consentimiento al pecado, que es tempestuoso como una inundación y anega el corazón.

65. El fango profundo significa la dulzura húmeda, o la impureza de la fornicación, o también la carga de adquirir bienes. El intelecto agobiado por ellos se sumerge, por la acción de los pensamientos, en el abismo de la desesperación.

66. La Escritura llama a menudo pensamientos a las palabras (para designar cosas) y, al revés, llama palabras a los pensamientos. Esto es así porque de suyo no son cosas, sino que se hacen visibles por las cosas y toman cierta forma; así la provocación se hace manifiesta y comprensible.

67. Los pensamientos son palabras de los demonios y precursores de las pasiones, y las palabras y los pensamientos son precursores de las obras; pues es imposible realizar una obra buena o mala sin haber aceptado antes los pensamientos correspondientes. Pues el pensamiento es el movimiento de una provocación invisible acerca de ciertas cosas.

68. Las cosas engendran de suyo pensamientos rectos, y la provocación demoníaca los engendra malos. Las palabras y pensamientos naturales se distinguirán de los antinaturales y sobrenaturales cuando se los compare.

69. Los pensamientos pueden cambiar en un instante: los naturales se cambian en antinaturales, y los antinaturales en sobrenaturales. Los pensamientos mismos hacen que unos se cambien en otros, esto es, los naturales en demoníacos, y los pensamientos de la provocación en naturales; los pensamientos divinos engendran los naturales y los sobrenaturales. Cada pensamiento se cambia en otro afín a él según las cuatro causas del origen del pensamiento.

70. Sabe que las causas preceden a los pensamientos, los pensamientos a las fantasías, las fantasías a las pasiones y las pasiones a los demonios. Están ligados entre sí y forman como una cadena y un orden entre los espíritus astutos que obran desórdenes. Sin embargo, todo lo que es ajeno e impropio de los hombres no surge por sí solo, sino por la acción de los demonios. Sin el poder demoníaco oculto no surgen las provocaciones de los pensamientos, ni la fantasía hace ídolos, ni obra la pasión. Pues Satanás, aunque cayó y fue quebrantado, se envanece sobre nosotros, fortalecido por nuestra pereza.

71. Los demonios engendran en nuestro intelecto imágenes o, mejor dicho, ellos mismos toman cierta forma según qué pasiones dominan sobre nosotros y obran en nosotros. Estamos habituados a una pasión, y por eso los demonios engendran en nuestro intelecto diversas imaginaciones. La imaginación cambia el aspecto de los espíritus en tres variantes, pues hay tres potencias del alma. El alma tiene la potencia desiderativa, la irascible y la racional; por eso la imaginación representa a los demonios como aves, fieras y animales domésticos. Contra las tres potencias principales del alma se levantan siempre tres pasiones principales, y hacia la pasión a la que el alma más se inclina, tal forma toman los demonios y en tal se presentan.

72. Los demonios de los placeres dulces vienen a menudo como fuego y como carbones ardientes. Pues los espíritus amantes del placer inflaman la potencia desiderativa, azuzan la irascible y, perturbando la racional, ofuscan el alma; la causa del incendio, de la perturbación y de la ofuscación es la pasión del amor al placer.

73. La noche de las pasiones es la tiniebla de la ignorancia. O también: la noche es el tiempo del nacimiento de las pasiones, el tiempo del gobierno del príncipe de las tinieblas.

74. Cuando obran las pasiones, primero llegan unos pensamientos y tras ellos otros. Primero van los pensamientos de la fantasía, tras ellos las pasiones; y las pasiones vienen antes que los demonios, y los demonios van tras las pasiones.

75. El comienzo y la causa de las pasiones es el mal uso; la causa del mal uso, la inclinación; de la inclinación, el hábito; la prueba del deseo es la provocación, y la provocación viene de los demonios, a quienes la Providencia permite mostrarnos nuestra propia voluntad.

76. El veneno del aguijón del pecado, que lleva a la muerte, es la habituación del alma a las pasiones. Pues quien voluntariamente se ha inclinado a las pasiones tiene un carácter inmóvil e inmutable.

77. Las pasiones son diversas; se dividen en corporales y psíquicas. Las corporales se dividen en aflictivas y pecaminosas; las aflictivas, en dolorosas e instructivas; las psíquicas se dividen en irascibles, desiderativas y racionales. Las racionales se dividen en imaginativas e intelectuales. Algunas de ellas son voluntarias por el abuso, y algunas involuntarias. Y se llaman pasiones indecorosas, mientras que los padres las llaman compañeras y propiedades naturales.

78. Unas son las pasiones corporales y otras las psíquicas; unas las pasiones desiderativas y otras las irascibles; unas las pasiones racionales y otras las de la mente y el pensamiento; pero se unen y obran juntas unas con otras. Las pasiones corporales obran junto con las desiderativas, y las psíquicas con las irascibles. Y además, las pasiones del pensamiento con las del intelecto, y las del intelecto con las del pensamiento y con las pasiones de la memoria.

79. Las pasiones de la potencia irascible son estas: ira, resentimiento, gritos, irritabilidad, insolencia, arrogancia, desprecio y otras. Las pasiones de la potencia desiderativa: usura, impureza, libertinaje, incontinencia, insaciabilidad, amor al placer, avaricia, amor propio, la más feroz de todas las pasiones. Las pasiones de la potencia carnal: fornicación, adulterio, impureza, actos desvergonzados, injusticia, gula, acedia, soberbia, amor a los adornos y otras. Las pasiones del pensamiento son estas: incredulidad, astucia, blasfemia, engaño, curiosidad, doblez, reproche, calumnias, condena, menosprecio, profanaciones, hipocresía, mentira, maledicencia, conversaciones insensatas, adulación, burla, ostentación, complacer a los hombres, autoexaltación, quebrantamiento del juramento, palabrería vana y otras. Las pasiones del intelecto: altanería, pomposidad, autoalabanza, riñas, complacencia propia, disputas, desobediencia, fantasía, invenciones, jactancia, amor a la gloria, soberbia, el primero y el último de todos los males. Y las pasiones del pensar son estas: divagación, burlas, hastío, ofuscación, ceguera, apostasía, provocaciones, consentimientos, inclinaciones, transformaciones, apartamientos. En una palabra, todo el mal antinatural se ha unido con las tres potencias del alma, en las cuales al mismo tiempo mora por naturaleza el bien.

80. David clama con admiración a Dios: «Admirable es para mí tu conocimiento» (Sal 138,6). No lo comprendo, poderoso e inabarcable como es; supera mi débil razón y mi fuerza. ¿Y qué decir del conocimiento de Dios, cuando al hombre le es imposible comprender siquiera la constitución de su propio cuerpo?

81. Las leyes de la naturaleza son las marcas de los vínculos que obran entre los miembros. Las diferencias entre ellos se nombran con palabras, pues son las múltiples manifestaciones de nuestras propiedades. O también: la ley natural es la fuerza activa de cada especie y de cada miembro. Como Dios gobierna todas las criaturas, así el alma gobierna los miembros corporales y mueve cada uno de ellos según su destino. Aquí conviene aún preguntar por qué los varones portadores de Dios llaman a la irascibilidad y al deseo ora potencias carnales, ora psíquicas. La respuesta es esta: quien comprende bien las palabras de los santos ve que entre ellas no hay contradicción alguna. En uno y otro caso los santos dicen la verdad y, según la necesidad, llaman a estas potencias ora de un modo, ora de otro, por su doble existencia o, mejor dicho, su coexistencia. Pues el alma es perfecta ya aquí, mientras que el cuerpo es imperfecto, ya que se nutre y crece. El alma, desde su creación misma, puesto que fue creada racional y espiritual, tiene la potencia del deseo y la potencia irascible que suscita el fervor valeroso. Pero no fueron creadas junto con ella la furia irracional y el ansia insensata, y también la carne estaba libre de ellas. El cuerpo fue creado incorruptible, sin humores, de los cuales provienen el ansia y la furia bestial. Pero tras la transgresión el hombre cayó en la corruptibilidad y en la dureza de los animales irracionales, y por eso surgieron en él la furia y el deseo. Por eso el hombre se resiste a los deseos del alma, pues en él dominan la irascibilidad y el deseo carnal. Pero cuando lo muerto se someta a lo racional, entonces el hombre comenzará a hacer el bien según los deseos del alma. Cuando las propiedades de la carne se mezclan y se unen con el alma, entonces el hombre se asemeja a un animal, se somete a la ley del pecado, y por necesidad natural el ser racional se vuelve como un animal, y el hombre como una fiera.

82. Dios sopló sobre el alma y la creó racional, y, habiéndole insuflado la vida, la hizo espiritual; Dios no creó junto con el alma la furia y la concupiscencia animal, sino la potencia del deseo y con ella la capacidad de amar. Al crear el cuerpo, Dios no puso en él la furia ni la concupiscencia irracional; solo después, por la desobediencia, adquirió la mortalidad y la corrupción y se hizo semejante a lo animal. El cuerpo, como dicen los teólogos, fue creado incorruptible y tal resucitará, aunque ahora sea corruptible. Y corruptibles se hicieron ambos, esto es, el alma y el cuerpo; y puesto que por ley natural se contienen uno en otro y obran uno sobre otro, sus rasgos se mezclaron. El alma, cediendo a las pasiones y sobre todo a los demonios, y el cuerpo, asemejándose a los animales irracionales por su estado y su sujeción a la corrupción, se dirigen a una y la misma cosa, y por eso se han vuelto, en furia y concupiscencia, como un animal irracional e insensato. Y como dice la Escritura: «El hombre fue comparado a las bestias sin entendimiento y se hizo semejante a ellas» (Sal 48,13) en todo.

83. El comienzo y la fuente de las virtudes es la buena intención, esto es, el deseo del bien. Dios es la causa y la fuente de todo bien; el comienzo del bien es la fe, y Cristo es la roca de la fe; Él es también el comienzo y el fundamento de todas las virtudes; sobre Él estamos y edificamos toda obra buena. Él es la piedra angular que nos une entre nosotros, y la perla de gran precio, buscando la cual el monje que entra en la profundidad de la quietud vende todos sus deseos, cumpliendo los mandamientos, para así adquirirla.

84. Las virtudes son iguales entre sí, y todas se unen en una y forman un solo orden y una sola especie de virtud. Pues hay virtudes, y virtudes de todas las virtudes, que sostienen y unen muchas virtudes, y quizá incluso todas. Tales virtudes son el amor divino, la humildad y la paciencia divina. De esta dice el Señor: «Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas» (cf. Lc 21,19), y no dice: «con vuestro ayuno» o «con vuestras vigilias». Hablo de la paciencia que es según Dios como del comienzo de las virtudes, cimiento de la valentía. La paciencia es paz en las batallas, quietud en la tormenta y, para quienes la han adquirido, un apoyo inconmovible. A quien la ha adquirido no lo dañarán ni las armas, ni los arcos, ni las lanzas, ni el avance de un ejército, ni los asaltos demoníacos, ni los oscuros regimientos del enemigo.

85. Las virtudes, aunque se engendran unas a otras, extraen su ser no solo de la fuerza divina, sino también de las tres potencias del alma. La causa y el comienzo de las cuatro primerísimas entre las virtudes naturales y divinas, gracias a las cuales y sobre las cuales se edifican todas las demás —esto es, la sabiduría y la valentía, la pureza y la justicia—, es la sabiduría divina, guiada por el Espíritu Santo y reflejada en el intelecto de cuatro maneras. Ella no convoca todas las virtudes a la vez, sino cada una por separado en su tiempo, cuando quiere. Una virtud la manifiesta como luz, otra como fuerza aguda e inspiración constante, otra como rocío consolador de la pureza que refresca el ardor de las pasiones. A cada uno concede la virtud que le corresponde; a los perfectos, lo perfecto, según su estatura.

86. Los combates en las virtudes no dan al alma la fuerza de la perfección si, por la acción de la gracia, no se hacen habituales. Cada virtud tiene su propio don y su propia acción, y por eso, por el hábito y por la naturaleza del bien, puede atraer hacia sí incluso a quienes no aspiran a una vida virtuosa. Y cuando este don nos es dado, se conserva en nosotros firme e inmutablemente. Para combatir en las virtudes se nos ha dado la gracia del Espíritu, que obra en nuestros miembros como alma viva. Todas las virtudes están muertas sin ella. Y quienes creen tenerla en plenitud resultan a menudo tener solo sombras y contornos del bien, y no reflejos de la verdad.

87. Hay cuatro virtudes principales: la valentía, la sabiduría, la pureza y la justicia. Según su aumento o disminución hay ocho vicios correspondientes a ellas; nosotros decimos vicios, pero en el mundo dicen virtudes; virtudes se los llama y así se los recibe. A la valentía corresponden la insolencia y el miedo; a la sabiduría, la astucia y la necedad; a la castidad, la incontinencia y la insensibilidad; a la justicia, la rapiña y la injusticia, o la codicia. Entre ellas hay virtudes no solo principales y naturales y por encima de todo aumento y disminución, sino también activas. Y unas virtudes alcanzan una buena concordia, y otras transformación e imaginación. De aquellas virtudes que están en medio da testimonio el proverbio con estas palabras: «Entonces comprenderás todo camino bueno». Y todas las virtudes moran, y nacen, y crecen en las tres potencias del alma, y el fundamento de su crecimiento son las cuatro virtudes principales, y además de estas cuatro, Cristo. Que las virtudes naturales se purifiquen con las activas, y que las divinas y sobrenaturales sean concedidas por la bondad del Espíritu.

88. Unas virtudes son activas, otras naturales, y otras divinas y espirituales. Las activas provienen del consentimiento, las naturales del estado interior, y las divinas de la gracia.

89. En el alma nacen tanto las virtudes como las pasiones. Pero las virtudes nacen según la naturaleza, y las pasiones contra la naturaleza. La causa del nacimiento del bien o del mal en el alma es la inclinación del deseo: como la caña se acerca a lo escrito, o como la balanza se inclina cuando se pone algo en ella, así el alma se inclina hacia el bien o hacia el mal, y lo recibe, y lo realiza. Está sujeta a ambos, pues a ambos los contiene en sí. El bien, desde el nacimiento; y el mal, por la inclinación del libre albedrío.

90. La Escritura llama a las virtudes doncellas (cf. Ct 1,2), pues están estrechamente unidas al alma y se las percibe como un solo espíritu y cuerpo con ella. El rostro de la doncella es señal del amor, y su aspecto es testimonio de la pureza y de la consagración. La gracia divina suele crear y transformar las virtudes según sus propiedades.

91. Hay ocho pasiones principales: tres grandes —la gula, la avaricia y la vanagloria—; tras ellas vienen otras cinco: la fornicación y la ira, la tristeza y la acedia, y la soberbia. Por eso hay tres virtudes contrarias que las refrenan: la no posesión, la continencia y la humildad. Tras ellas vienen la pureza y la mansedumbre, el gozo y la valentía, la sumisión y todas las demás virtudes. La fuerza, la acción y el aroma propios de cada virtud o pasión puede discernirlos y aprenderlos no quien simplemente lo desea, sino quien trabaja y combate en palabra y obra y recibe del Espíritu Santo el don del conocimiento y del discernimiento.

92. Las virtudes o bien obran por sí mismas, o bien las obligamos nosotros a obrar. Cuando vienen a nosotros, obran cuando quieren, cuanto quieren y como quieren. Y nosotros las obligamos a obrar según nuestro deseo y nuestro estado moral. Pero existen por sí mismas, y en nosotros solo se reflejan, pues todo lo que hacemos es una impronta del arquetipo. Pocos perciben lo espiritual antes de que llegue el deleite inmutable venidero. Aquí realizamos y percibimos trabajos e imágenes, y no las virtudes mismas.

93. Dice el apóstol Pablo que ministra el Evangelio quien participa él mismo de la iluminación de Cristo y puede transmitirla a otros. Él siembra la palabra divina como semilla en los campos de las almas de sus oyentes. «Vuestra conversación —dice la Escritura— sea siempre amable, sazonada con sal» de la bondad divina (Col 4,6), para que «dé gracia a los que oyen» (Ef 4,29). Llamando labradores a los maestros y campo cultivado a los discípulos, el Apóstol indica sabiamente a los primeros como agricultores y sembradores de la palabra divina, y a los segundos como tierra fecunda y fértil de las virtudes, que produce abundantes espigas. Pues el ministerio sagrado, como se sabe, no es solo el cumplimiento de las obras divinas, sino también la participación de los bienes y su entrega a otros.

94. Diversas son las palabras de enseñanza, y de cuatro fuentes distintas se las obtiene. Una puede provenir de la instrucción, otra de la lectura, otra de la acción, y otra de la gracia. Y como el agua, siendo igual por naturaleza, cambia su sabor según el suelo y es ora amarga, ora dulce, y a veces salada y hedionda, así, según los hábitos morales de cada uno, la palabra se transforma en acción, se conoce en la obra y trae provecho.

95. La palabra ha sido dada a todo ser racional como deleite, y el alma, al recibir la palabra, siente su sabor como siente el sabor de diversos alimentos. Una palabra persuasiva es para ella como un ayo que pule su carácter. Una palabra leída es como si diera el agua del descanso. Una palabra activa es como un pasto abundante. Y una palabra de gracia es como una copa que da de beber y alegra. El gozo inefable de la palabra de gracia es como aceite que unge el rostro y lo hace luminoso.

96. El alma contiene verdaderamente todo esto en sí, no solo como vida, sino que, cuando oye a otros enseñar sobre ello, lo siente, si tanto ella como el que enseña se rigen por el amor y la fe. El alma, pues, escucha con fe, y el maestro enseña con amor, dando palabras sobre las virtudes sin soberbia ni vanagloria. La palabra de la enseñanza el alma la recibe como ayo; la palabra de la lectura, como nutridor; la palabra activa, como prenda, como dulce adornador de los desposados; y la iluminación que viene del Espíritu Santo, como palabra del Esposo, que une y alegra. Pues toda palabra que sale de la boca de Dios es o bien una palabra que dicen los santos con la cooperación del Espíritu Santo, o bien la dulce inspiración del Espíritu Santo, que solo se da en los santos. Y puesto que los seres racionales se deleitan en la palabra, muy pocos hay aquí que se alegren en el Espíritu Santo. La mayoría de los hombres recuerdan y reciben solo las imágenes de las palabras espirituales y no conocen el sabor del verdadero pan del siglo venidero, pues no perciben a Dios Verbo. En el siglo venidero solo este pan se da para el pleno deleite de los dignos; nunca se acaba y nunca se consume del todo.

97. Sin percepción noética es imposible sentir el deleite divino. Aquel cuyos sentidos físicos se han embotado no percibe nada sensible: no ve, no oye, no huele; está relajado y como medio muerto. Así también aquel cuyas potencias naturales del alma han sido mortificadas por las pasiones: son insensibles a la acción del Espíritu Santo y no pueden participar de sus misterios. Quien no ve, ni oye, ni percibe espiritualmente está muerto. Cristo no vive en él, y él mismo no se mueve ni obra en Cristo.

98. Los sentidos obran casi del mismo modo —por no decir idéntico— que las potencias del alma, sobre todo cuando están sanos. Gracias a las potencias del alma viven y obran los sentidos, y a ambos les es propia la presencia del Espíritu vivificante. El hombre está verdaderamente enfermo cuando lleva en sí absolutamente todas las pasiones y yace siempre en el hospital de la pereza. Los sentidos ven claramente las cosas sensibles, y las potencias del alma las noéticas, sobre todo cuando no hay en ellas hueste satánica alguna que se oponga a la ley de la razón y del espíritu. Y cuando el Espíritu Santo las una en una sola y se hagan de una sola forma, entonces verán las cosas divinas y humanas directamente y en toda su plenitud tal como son en verdad, y comprenderán su sentido y, en cuanto sea posible, contemplarán puramente la causa única de todo: la Trinidad.

99. Quien se ejercita en la quietud debe ante todo tener como cimiento estas cinco virtudes y edificar sobre ellas sus actos: silencio, continencia, vigilancia, humildad y paciencia; y debe además tener tres obras agradables a Dios: la salmodia, la oración y la lectura, y, cuando está enfermo, también el trabajo manual. Las virtudes mencionadas no solo abarcan todas las demás, sino que cada una entra también en la composición de las otras. Desde la mañana temprano hay que permanecer en el recuerdo de Dios, en la oración y en la quietud del corazón, y a la primera hora orar con paciencia, a la segunda leer, a la tercera cantar, a la cuarta orar, a la quinta leer, a la sexta cantar, a la séptima orar, a la octava leer, a la novena cantar, a la décima comer, a la undécima dormir, si hay necesidad, a la duodécima cantar vísperas. Y así, viviendo bien el día, agradar a Dios.

100. Conviene recoger lo más provechoso de todas las virtudes, como la abeja recoge la miel. Quien toma un poco de cada una de ellas acumula grandes obras de las virtudes, de las cuales proviene la miel de la sabiduría, que trae al alma gran gozo.

101. Si quieres saber cómo pasar la noche más fácilmente, recuerda que hay tres reglas de vigilia nocturna: para principiantes, para los intermedios y para los perfectos. La primera regla es esta: dormir media noche y velar media noche, esto es, o bien desde la tarde hasta medianoche, o bien desde medianoche hasta la mañana. Y he aquí la segunda regla: velar por la tarde una o dos horas, luego dormir unas cuatro horas y, levantándose para los maitines, cantar y orar unas seis horas hasta la mañana. Luego cantar la primera hora y sentarse en quietud, como ya se ha dicho, o cumplir sus ocupaciones por orden, o guardar la oración frecuente, esto es, incesante. Gracias a ella nos habituamos al orden de nuestra vida. Y la tercera regla prescribe la vigilia de toda la noche y el desvelo.

102. Digamos también de la comida: a todo el que se ejercita en la quietud le bastará una litra 1 de pan y dos copas de vino puro, y tres copas de agua, y comer del alimento que haya, no cuanto desea el cuerpo, sino consumirlo con continencia, según provee la providencia. Y la mejor y más breve regla para quienes quieren vivir en sobriedad es guardar tres virtudes que contienen en sí todas las demás, esto es, el ayuno, la vigilia y la oración; y sobre ellas se edifican todas las demás virtudes.

103. Para la quietud se necesitan sobre todo la fe y la paciencia, el amor y la esperanza de todo corazón, y firmeza y fuerza. Quien cree quizá no reciba aquí lo deseado, por negligencia o por alguna otra causa; pero cuando el alma salga del cuerpo, entonces conocerá sin falta el fruto de la fe y del combate y contemplará la libertad, esto es, a Jesucristo, Redentor y Salvador de las almas, el Verbo Dios-hombre. Quien no cree en Él, al salir el alma del cuerpo, «será condenado» (Mc 16,16); y ya ahora está condenado. Quien sirve a los placeres y busca gloria de los hombres y no de Dios (Jn 5,44) es infiel, como dice el Apóstol. Aunque de palabra parezca fiel, en realidad se engaña a sí mismo. Por eso oirá: «Puesto que no me recibiste, sino que me arrojaste lejos de ti, también yo te arrojaré». Quien es fiel, tenga buena esperanza y crea a las Escrituras de Dios; confiese su debilidad, para no recibir una condena doble e ineludible.

104. Nada quebranta tanto el corazón ni humilla tanto el alma como la soledad razonable y el silencio completo. Y ninguna otra cosa destruye tanto el orden de la quietud y le quita su fuerza divina como estas seis pasiones principales: la insolencia, la gula, la mucha palabrería, la vanidad, la soberbia y la señora de las pasiones: el afán de mando. Quien se ha habituado a ellas queda como ofuscado por ellas cuando se multiplican, y se vuelve insensible. Y cuando se levante contra ellas y ponga el comienzo con fe y diligencia, entonces, humillándose y buscando, hallará lo deseado. Pero si aunque sea una de las pasiones mencionadas llega a reinar en él por negligencia, entonces la asamblea de todos los males y la incredulidad destructora, alzándose contra él, expulsarán del alma las virtudes y la llenarán de pasiones, y la harán una nueva Babilonia, devastada por la vanidad y la agitación demoníacas; y entonces su último estado será peor que el primero. Tal hombre será para el hesicasta como un enemigo feroz y un calumniador, y apuntará contra él su lengua como una flecha y una espada de dos filos.

105. El mar de las pasiones, con el cual el turbio y tempestuoso mar de la quietud anega el alma, no puede atravesarse sino en la nave ligera y vacía de la pobreza y la continencia. Por la incontinencia y el amor a las cosas, los torrentes de las pasiones inundan la tierra del corazón y, arrastrando toda inmundicia y los objetos de los pensamientos, causan inquietud en el intelecto, desasosiego en el pensamiento, pesadez en el cuerpo, y en el alma y el corazón pereza y tiniebla e insensibilidad, y destruyen los hábitos y las percepciones que nos son naturales.

106. Nada hace al alma del asceta tan débil, negligente e insensata como el amor propio, pues este es verdaderamente el nodrizo de las pasiones. Cuando considera el descanso del cuerpo mejor que los trabajos en las virtudes, atribuyendo esto a una razón previsora para no fatigarse voluntariamente cumpliendo los mandamientos con un poco de esfuerzo y sudor, hace al alma débil para recorrer el combate de la quietud, y a la impotencia firme e invencible en las obras.

107. El mejor y primer médico para los débiles en el cumplimiento de los mandamientos, que quieren librarse fácilmente de la turbia ofuscación, no es otro que la obediencia sin réplica con fe en todo. Es una medicina vivificante de muchos ingredientes de las virtudes para quienes la beben; es un cuchillo que con un solo corte limpia las cicatrices de las heridas. Quien, por encima de todas las demás virtudes, da preferencia con fe y sencillez a la obediencia, corta de un solo golpe todas las pasiones. Y alcanza no solo la quietud, sino que la consuma por la obediencia, halla a Cristo y llega a ser, y es llamado, su seguidor y siervo.

108. Sin llanto y sin una vida ordenada es imposible soportar el ardor de la quietud. Quien llora y medita sobre las calamidades anteriores y posteriores a la muerte, antes de que lleguen, tendrá paciencia y humildad, las dos columnas de la quietud. Quien guarda la quietud sin estas columnas tendrá siempre como compañera de su negligencia la altanería. De estas dos se multiplican los cautiverios y las divagaciones, que nos empujan a la debilidad. Y entonces la incontinencia, fuente de la pereza, hace al cuerpo débil y enfermizo, y al intelecto ofuscado y duro. Entonces también Jesús se aparta de la multitud de reflexiones y pensamientos en nuestra mente.

109. No todos pueden sentir los tormentos presentes o futuros de la conciencia. Esto se da solo a quienes aquí carecen de gloria o de amor. La conciencia atormenta a los culpables como un verdugo feroz, y viene siempre con celo o con reproche, como con una espada afilada y desnuda. La conciencia obra en tres direcciones: sobre los adversarios, sobre la naturaleza del cuerpo y sobre el alma; por eso se la llama celo, mientras que otros la llaman ira natural, que debemos levantar contra los enemigos como una espada afilada. Si ella, venciendo, somete nuestra dualidad al Uno, entonces su valentía se dirige hacia Dios. Pero si el alma se somete a esos dos, esto es, al pecado y a la carne, entonces su fin allí será un tormento sin misericordia, pues por su propia voluntad se sometió a los adversarios. Puesto que aquí hizo obras indecorosas y destruyó el orden virtuoso, cae, habiéndose apartado de Dios.

110. De todas las pasiones hay dos verdaderamente crueles y gravísimas: la fornicación y la acedia. Apoderándose del alma miserable, la debilitan. Están ligadas entre sí y tienen mucho en común, y por eso no nos es fácil combatirlas, dominarlas y vencerlas del todo. La primera se multiplica en la concupiscencia y abarca a esos dos que son inseparables por naturaleza, esto es, el alma y el cuerpo, derramando por todos los miembros su dulzura. Y la segunda, dominando el intelecto rector, envolviendo como hiedra al alma y al cuerpo, abarcándolos por todas partes, hace toda la naturaleza del hombre lánguida, impotente y flácida. Se las puede ahuyentar, pero no vencer del todo, hasta que llegue la bienaventurada impasibilidad, cuando el alma, habiendo recibido en la oración la fuerza del Espíritu Santo, que le trae consuelo y firmeza y una paz profunda, se alegra en el corazón con la quietud. Esta dulzura es el comienzo, y la reina, y la señora de todas las demás dulzuras, y las contiene en sí; y su compañera es la pereza, que saca a los jinetes del faraón sobre un carro invencible. Por ellas entraron las causas de las pasiones en nuestra miserable vida.

111. El comienzo de la oración noética es la acción o fuerza purificadora del Espíritu y el rito sagrado y secreto del intelecto, así como el comienzo de la quietud es el desapego de las preocupaciones. La mitad es la fuerza de la iluminación y de la contemplación. Y el fin es el arrobamiento y la elevación del intelecto hacia Dios.

112. El santuario espiritual es la obra noética del intelecto, que ministra secretamente y comulga en el altar del Cordero en el alma, en desposorio con Dios, ya antes del deleite venidero del intelecto. Y comer el Cordero en el altar noético del alma significa no solo tomar conciencia de Él y recibirlo, sino también llegar a ser como el Cordero, según su imagen, en el siglo venidero. Aquí solo hay palabras; las obras místicas esperamos contemplarlas allí.

113. La oración de los principiantes brota del corazón como un fuego de alegría, y en los perfectos como una luz fragante que resplandece en el corazón. O también: la oración es la predicación de los apóstoles, la acción de la fe, o incluso la fe misma, la firmeza de los que esperan, el amor activo, el movimiento de los ángeles, la fuerza de los incorpóreos, sus obras y su alegría, la buena nueva de Dios, el anuncio del corazón, la esperanza de la salvación, la señal de la santificación, la morada de la santidad, el conocimiento de Dios, la manifestación del bautismo, la fuente de la purificación, el desposorio con el Espíritu Santo, el gozo de Jesús, la alegría del alma, la misericordia de Dios, la señal de la reconciliación, el sello de Cristo, el rayo del sol noético, el lucero de los corazones, la confirmación del cristianismo, la manifestación de la reconciliación con Dios, la gracia de Dios, la sabiduría de Dios, incluso el comienzo de la sabiduría misma, la regla de los hesicastas, la causa de la quietud, la señal de la vida angélica. ¿Y qué más decir aquí? La oración es Dios, que obra todo en todos, para que la acción del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo sea una sola en aquel que hace todo en Cristo Jesús.

114. Si Moisés no hubiera recibido de Dios la vara del poder, Dios no habría golpeado por medio de él ni al faraón ni a todo Egipto. Así también el intelecto, si no tiene en su mano la fuerza de la oración, no quebrantará el pecado ni la fuerza de los adversarios.

115. Quienes hablan o hacen algo sin humildad se asemejan a quien edifica una casa en invierno o edifica sin barro. Pocos pueden hallar y conocer la humildad por la razón y por la experiencia. Quienes hablan de ella con palabras son como quienes miden la profundidad del abismo. Y nosotros, ciegos, adivinando algo sobre esta gran luz, decimos: verdaderamente, la humildad no tiene ni palabras humildes, ni aspecto humilde, ni se obliga a pensar humildemente, ni se reprocha a sí misma humillándose —aunque la humildad a menudo se manifieste precisamente así—; pero esto es gracia y don de lo alto. Dicen los santos padres que hay dos clases de humildad: la primera, tenerse por menor que todos; la segunda, atribuir a Dios los propios éxitos. La primera es el comienzo y la segunda el fin. Quienes buscan la humildad deben tener en mente estas tres cosas: que son más pecadores que todos los demás hombres, más desvergonzados que todas las criaturas, pues viven en un estado antinatural, y más miserables que los demonios, pues sirven a los demonios. Deben decirse a sí mismos: «¿Sé yo algo cierto sobre los pecados humanos, cuáles son y cuántos? ¿Superan a mis iniquidades o son iguales a ellas? Y por ignorancia, oh alma, somos menores que todos los hombres; somos como tierra y ceniza bajo sus pies. ¿Cómo, pues, no tenerme por más bajo que todas las criaturas, que han conservado la naturaleza que tenían desde el principio, mientras que yo, por mis desmedidas iniquidades, me he hallado fuera de ella? Verdaderamente, tanto los animales salvajes como los domésticos son más puros que yo, pecador, y por eso soy menor que todos y yazgo como si, aún vivo, hubiera sido arrojado al infierno». ¿Quién no percibe que por sus pecados es peor que los demonios, pues se ha hecho su esclavo, los obedece y por eso está preso con ellos en el abismo de las tinieblas? Verdaderamente es peor que los demonios aquel sobre quien ellos dominan; y por eso, alma, tú, miserable, has heredado el abismo junto con ellos. Viviendo en la tierra, y en el infierno, y en el abismo aun antes de la muerte, y llamándote justa, te engañas a ti misma, pues por las malas obras te has hecho pecadora, impura y demoníaca. ¡Ay de ti por tu extravío, oh perra de mala índole, impura y toda mancillada, por lo cual serás enviada al fuego y a la tiniebla!

116. Los teólogos consideran que la sabiduría que da el Espíritu Santo es la fuerza de la oración noética, pura y angélica; y su señal es que, cuando el hombre ora, no hay en el intelecto imágenes algunas y no ve ni a sí mismo ni ninguna otra cosa, y a menudo no hay sensación alguna, pues en el intelecto obra la luz. El intelecto entonces se aparta de todo lo sensible y se hace luminoso, y se adhiere a Dios como un solo espíritu con Él.

117. Hay siete modos diferentes que conducen a la humildad dada por Dios e introducen en ella. Se componen mutuamente y se engendran unos a otros. Son estos: el silencio, la humildad de pensamiento, el habla humilde, la acción humilde, el reproche de sí mismo, la contrición y el último lugar (esto es, tenerse por el último de todos). Y el silencio en la mente engendra la humildad de pensamiento, y de la humildad de pensamiento nacen tres modos de humildad: hablar humildemente, vestir humilde y pobremente, y reprocharse siempre a sí mismo. Estos tres modos engendran la contrición, que viene del permitir de las tentaciones, y a esta se la llama enseñanza providencial y humillación por los demonios. Y la contrición en la obra hace al alma menor que todos y la última de todos, como si todos dominaran sobre ella. Estos dos modos traen la humildad completa dada por Dios, cuya fuerza se llama perfección de todas las virtudes; ella atribuye todas sus buenas obras a Dios. El primero y fundamento de todo es el silencio, y de él proviene la humildad de pensamiento, que engendra los tres modos de humildad, y estos tres engendran el único modo de contrición; y el modo de contrición engendra el séptimo modo de la primera humildad: ser menor que todos, que se llama humildad providencial. La humildad providencial trae la humildad dada por Dios, perfecta, irrepetible y verdadera. Y la primera de ellas es esta: cuando el hombre es abandonado, y vencido, y sometido, habiéndose rendido a toda pasión y pensamiento, y vencido por el espíritu, y, no hallando ayuda ni en las obras, ni en Dios, ni en nadie más, aunque no cae en la desesperación, sin embargo, apremiado por todas partes, no puede sino sentir contrición y verse menor que todos y el último de todos y siervo de todos, peor que los demonios, pues ellos lo atormentan y lo vencen. Esta es la humildad providencial, por la cual Dios da la segunda y elevada, a saber, el poder divino que obra y actúa en él, viendo en él su propio instrumento, y por ella realiza las maravillas de Dios.

118. La contemplación hipostática y espiritual de la luz, el intelecto sin fantasía y sin soberbia, la verdadera acción de la oración que brota del corazón mismo, el temblor divino y, por todo ello, la ascensión a lo celestial, y el desprendimiento completo del pensamiento respecto de los sentidos en el Espíritu Santo, el arrobamiento del intelecto lejos de sus propias potencias, el movimiento angélico y movido por Dios del alma, dirigido a lo infinito y elevado, son imposibles de hallar en nuestra generación, pues nos dominan pasiones atormentadoras a causa de numerosas tentaciones. Pues el intelecto se acostumbra a soñar con esto prematuramente, y por eso pierde el pequeño orden que Dios le ha dado y queda muerto. Por eso conviene, con gran discernimiento, no buscar prematuramente lo que está fuera de tiempo, no desechar lo que ya está en las manos y soñar con otra cosa. Pues el intelecto por su naturaleza ama soñar con las mencionadas cosas elevadas y se imagina a sí mismo en aquello que no ha alcanzado. Por eso no es pequeño el peligro de que pierda incluso lo que tiene y destruya el sentido, pues se ha dejado arrastrar y se ha hecho soñador y no hesicasta.

119. La gracia no es solo la fe, sino también la oración activa. Ella obra por el amor en el Espíritu y tiene fe verdadera, reflejando la vida de Jesús. Quien no tiene tal fe obrando en él tiene una fe contraria, muerta y sin vida, y no se le llama verdaderamente fiel; cree solo de palabra, sin confirmar su fe con el cumplimiento de los mandamientos ni con el Espíritu. Conviene manifestar la fe haciendo buenas obras, que obran en la luz y resplandecen, según las palabras del divino Apóstol: «Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras» (St 2,18). Con estas palabras el Apóstol dice que las obras de los mandamientos muestran la gracia y la fe, y que los mandamientos activos resplandecen por la fe que está en la gracia. La fe es la raíz de los mandamientos, o la fuente que ayuda a los mandamientos a crecer. Se divide en confesión y gracia, aunque la fe es indivisible por naturaleza.

120. La Escala pequeña, y grande, y abreviada de quienes se someten tiene cinco peldaños que llevan a la perfección: el primero es la renuncia, el segundo la sumisión, el tercero la obediencia, el cuarto la humildad, el quinto el amor divino, que es Dios mismo. La renuncia levanta del infierno al que yace y libera de la naturaleza al esclavizado; la sumisión halla a Cristo y le sirve, como Él mismo dice: «Donde yo estoy, allí estará también mi servidor» (Jn 12,26). ¿Y dónde está Cristo? Sentado en los cielos a la derecha del Padre. Allí mismo conviene que esté el servidor, donde está Aquel a quien sirve. Que cuide de esto quien se dispone a poner el pie en el primer peldaño; y algunos, sin siquiera pisar estos peldaños, son elevados junto con Cristo y crecen. La obediencia, cuando obra según los mandamientos, construye una escala de diversas virtudes y pone estas virtudes en el alma como peldaños de ascensión; por la obediencia nace la humildad que eleva, la cual abraza al obediente y, elevándolo hasta los cielos, lo entrega al amor, reina de las virtudes, y, llevándolo a Cristo, lo pone ante Él. Así el verdadero obediente sube fácilmente al cielo por la Escala abreviada.

121. A las moradas celestiales no hay camino más corto por la pequeña escala de las virtudes que la mortificación de las cinco pasiones que contradicen a la obediencia: la desobediencia y la réplica, la complacencia propia y la autojustificación, y la destructora altanería. Pues estos son los miembros y las partes del demonio insumiso, que devora a los discípulos adúlteros y los envía a la serpiente en el abismo. La desobediencia es las fauces del infierno; la réplica, su lengua, afilada como espada; la complacencia propia, sus dientes aguzados; y los vapores de su vientre devorador son la altanería, que acompaña hasta el infierno. Quien vence la primera pasión con la obediencia corta de un solo golpe también todas las demás y por un solo peldaño sale rápidamente a los cielos. Esta es verdaderamente una maravilla inefable e inabarcable que ha obrado nuestro Señor, Amante de los hombres: que sin demora, por una sola virtud o, mejor dicho, por un solo mandamiento, se pueda subir a los cielos, así como por la sola desobediencia bajamos de los cielos y descendimos al infierno.

122. El hombre es como cierto mundo doble, y el divino Apóstol lo llama nuevo: «Si alguno está en Cristo, es una nueva creación» (2 Co 5,17). Pues por su virtud el hombre es y se llama cielo, y tierra, y todo lo que hay en el mundo. «De él se dice toda palabra y por él se cumple todo misterio», como dice el Teólogo. «Pues nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus de maldad en las regiones celestes» (Ef 6,12), dice el divino Apóstol. Por tanto, en la naturaleza de nuestras potencias del alma, como en otro mundo, deben estar quienes combaten contra nosotros. Contra las tres potencias del alma del asceta se levantan tres príncipes y preparan sus guerreros. Y en aquello en que el asceta trabaja y avanza, con eso mismo combaten contra él. La serpiente, príncipe del abismo, combatiendo contra quienes velan sobre su corazón, lucha con ellos teniendo su fuerza en la concupiscencia de los lomos y del ombligo, y con el dulce gigante del olvido les lanza flechas encendidas. La concupiscencia es para él como un mar y un abismo, y entra en ella, y la hace espumar, y la inflama, y la enciende hacia la mezcla, y la anega con torrentes de dulzuras, y no la sacia, pues es insaciable. El príncipe de este mundo se opone a quienes se ejercitan en la virtud activa y, combatiendo en la parte irascible con el gigante de la pereza, con toda clase de astucias de las pasiones, como en otro mundo o en una arena y un campo, conduce astutamente la lucha y o bien vence siempre a quienes combaten valerosamente contra él, o bien es él mismo vencido y se convierte para los ascetas en causa de coronas o de vergüenza ante los ángeles; y, armando siempre regimientos contra ellos, les hace la guerra. El príncipe del aire ataca a quienes elevan su pensamiento a la contemplación; trae la fantasía sobre el intelecto, acercándose a la parte racional y noética con los espíritus aéreos de maldad y con el gigante de la insensatez; perturba el pensamiento que se eleva hacia arriba como hacia otro cielo racional; suscita en la imaginación imágenes turbias de espíritus y representaciones engañosas; infunde miedo como con truenos y relámpagos, tormenta y ruidos. Así pues, cada uno de los tres príncipes ataca a una de las tres potencias del alma, y sobre la potencia que vence, sobre esa domina.

123. Los demonios fueron en otro tiempo intelectos, pero cayeron de la perceptividad y de la sutileza y adquirieron dureza, según aquel orden y rango propio de los cuerpos, por el cual adquirieron sus propiedades. Puesto que los demonios, como el hombre, han perdido la dulzura angélica y están privados del deleite divino, hallan su deleite en el polvo, como nosotros. Habiéndose hecho en cierta medida sensibles, se han habituado a las pasiones sensibles. Y en esto no hay nada extraño, pues también nuestra alma, creada a imagen de Dios como racional y espiritual, al no conocer a Dios se volvió insensible como un animal y casi insensata por el deleite en las cosas sensibles: el hábito transforma la naturaleza y cambia su obrar según la voluntad. Otros demonios, ligeros y sutiles como espíritus aéreos, arrancan al alma de la contemplación con vientos impetuosos y, enviando fantasías, se transforman a veces en ángeles, tientan al alma, evocan en la memoria imágenes familiares y distorsionan toda visión espiritual, especialmente en quienes combaten, antes de que reciban la pureza y el discernimiento espiritual. Pueden transformarse en cualquier cosa espiritual. Nos arman contra el orden y la medida del progreso e introducen en el alma el engaño en lugar de la verdad y las fantasías en lugar de la contemplación.

124. El fortalecimiento de las pasiones y la lucha carnal que se alza contra el alma nos llega de cinco modos. A veces la carne abusa de lo que existe; a veces se extiende hacia cosas antinaturales como si pertenecieran a su naturaleza; a veces, impulsada por los demonios, como si le fuera dulce la compañía de ellos, se alza contra el alma; y a veces la propia alma obra desordenadamente, dejándose llevar por las dulzuras y marcándose con la pasión. Y luego hay batalla por la envidia demoníaca, que se permite a los demonios en razón de nuestra humildad, cuando no logran vencernos con todo lo ya mencionado.

125. Hay tres causas principales de la lucha que surge en nosotros de todo y de todos: el abuso de lo que existe, la envidia y la lucha de los demonios que ocurre por permisión. El levantamiento y la usurpación del alma sobre la carne, y de la carne sobre el alma, tiene el mismo aspecto que la lucha de la carne contra el alma y del alma contra la carne. Y el propio adversario, a veces, desvergonzadamente, de improviso y sin causa, se atreve a alzarse contra nosotros. Por eso no permitas, oh amigo, que la sanguijuela que gusta de la sangre chupe la sangre de tus venas y la vomite. No permitas que la serpiente y el dragón se sacien de polvo, y fácilmente pisotearás la soberbia del león y de la serpiente. Suspira hasta que, arrojando la vestidura terrena, te revistas del modo de vida celestial y seas transformado según la imagen de Jesucristo, que te creó.

126. Verdaderamente carne son aquellos que, impulsados por el amor propio, sirven siempre a la pasión y a la vanagloria; en ellos también ha echado raíces la envidia. Se secan de tristeza y sufren cuando al prójimo le va bien; calumnian el bien como mal y como engendro del engaño; no aceptan ni creen lo que es del Espíritu, y por su poca fe no pueden ni conocer ni ver a Dios. Tales hombres, por su ceguera y su poca fe, oirán verdaderamente allí: «No os conozco» (Mt 25,12). Pero el fiel que pregunta, o bien, escuchando, crea lo que no sabe, o estudie lo que no cree, o enseñe a quien le toque y sin envidia multiplique el talento en quienes reciben con fe. Pero si no cree lo que no sabe, y menosprecia lo que no ve, y enseña lo que no ha aprendido, calumniando a quienes enseñan por experiencia, su parte será con quienes reciben la amargura de la hiel y el castigo.

127. Según los verdaderamente sabios, elocuente es quien brevemente, con conceptos generales, abarca la esencia de las cosas. Ora las separa, ora las une como un solo cuerpo, mostrando que son las mismas para la percepción en uno u otro sentido; y con razón se le llama el que sabe persuadir. O también: la belleza del discurso pertenece al hombre verdaderamente espiritual, que divide y une las propiedades generales separadas de todas las cosas —que fueron unidas por el Verbo cuando se hizo hombre— con una palabra amplia pronunciada con voz potente; como orador elocuente, no solo abarca todo con una sola palabra de demostración, mostrando a otros el fenómeno desde fuera, sino que puede también iluminar a otros gracias a las visiones que se le conceden en el Espíritu. En efecto, quien conoce al Creador de todo lo que existe a través de todo lo que existe, o conoce todo lo que existe a través del Creador, por la unión de su intelecto con el Creador y por su fe directa, ese es sapientísimo, pues no solo está habituado a las cosas divinas, sino que también las recibe. O también: verdaderamente sabio es quien tiene un intelecto a la vez activo y contemplativo. Un intelecto verdaderamente sabio es el que ha comprendido la filosofía moral, natural y teológica, y más aún el amor de Dios, y ha aprendido de Dios la práctica de la sabiduría moral, las palabras de la visión natural y la rectitud de los dogmas teológicos. O también: entre los divinamente elocuentes, el más divino es quien distingue el ser verdadero del ser o de su portador, y por las propiedades de uno muestra las propiedades de los otros, y por inspiración divina ve las propiedades de unos a través de las propiedades de otros. Y del mundo noético habla de lo invisible a partir de lo sensible y visible, y de lo sensible habla a partir de lo invisible y noético; habla de lo visible como imagen de lo invisible, y de lo invisible como arquetipo de lo visible. «Se nos han dado —dice el elocuente— imágenes de cosas inimaginables, aparentemente invisibles, para que lo inimaginable se revele espiritualmente por medio de lo imaginado y, a la inversa, para que se pueda ver claramente un mundo en el otro y hablar de lo conocido con palabras de verdad, y no con indirectas o en sentido figurado». La comprensión de la verdad es como clarividente, pero el conocimiento y la fuerza espiritual deben exponerse, mostrando en palabras la verdad de ambos mundos: que uno de ellos es nuestro sustentador y el segundo la casa divina preparada para nosotros. Filósofo divino es quien por la acción y la contemplación se ha hecho su amigo, porque ha amado la primera Sabiduría creadora y verdadera por encima de toda amistad, sabiduría y conocimiento. Es amante de palabras y no verdadero filósofo —aunque la fama le haya dado el nombre de filósofo— quien, como dice el gran Gregorio, estudia la sabiduría de la creación de Dios; pero quien estudia esta filosofía no por la fama y la alabanza humana amará no la naturaleza, sino la Sabiduría de Dios, que por su naturaleza es el Verbo. Escriba es aquel que ha aprendido lo que pertenece al Reino de Dios: todo el que se ejercita en la acción para alcanzar la contemplación de Dios y permanece en silencio, sacando del tesoro de su corazón cosas nuevas y viejas, esto es, la ciencia evangélica y profética, o la del Antiguo y del Nuevo Testamento, o la instructiva y la práctica, o la legal y la apostólica. O bien son los misterios nuevos y viejos que el escriba activo toma de su corazón, habiendo aprendido una vida agradable a Dios. Así pues, un escriba es un hombre activo que practica la actividad corporal. Y el divinamente elocuente es aquel que suele estar entre el conocimiento y las propiedades de todo lo que existe y demuestra todo con la fuerza espiritual y divisoria de la palabra. Y verdadero filósofo es quien directamente en sí mismo tiene una unión sobrenatural con Dios.

128. Quienes escriben y hablan sin el Espíritu y quieren edificar la Iglesia son hombres psíquicos, que, en palabras del divino Apóstol, «no tienen el Espíritu» (Jds 1,19). Tales hombres caen bajo la maldición, según la palabra del Señor: «¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos y prudentes ante sí mismos!» (Is 5,21). Hablan de sí mismos, y no es el Espíritu de Dios el que habla en ellos. Hablan desde sus propios pensamientos, no habiendo alcanzado aún la pureza, tentados por el espíritu de la soberbia. De esto se dice en el libro de los Proverbios: «¿Ves a un hombre que se tiene por sabio? Más esperanza hay para el necio que para él» (Pr 26,12). Y también: «No penséis cosas altas» (Rm 12,16). Así nos manda la Sabiduría. Y el propio divino Apóstol, lleno del Espíritu, dice: «No que seamos capaces de pensar algo por nosotros mismos, sino que nuestra capacidad viene de Dios» (2 Co 3,5). Y también: «Delante de Dios, en Cristo, hablamos» (2 Co 12,19). Las palabras de quienes escriben y hablan sin el Espíritu son insípidas y sin luz; hablan sin haber recibido de la fuente viva del Espíritu Santo, sino desde su propio corazón, como desde un pantano cenagoso que alimenta sanguijuelas, y serpientes, y ranas de concupiscencia, y pomposidad, e incontinencia. El agua de su conocimiento es hedionda, turbia y tibia; quien la bebe enferma y, sintiendo asco y náusea, se aparta de ella.

129. El divino Apóstol dice que somos Cuerpo de Cristo y «miembros cada uno en particular» (1 Co 12,27). Y también: «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestra vocación» (Ef 4,4). «Como el cuerpo sin espíritu está muerto» (St 2,26) e insensible, así también quien ha sido mortificado por las pasiones, por no haber guardado los mandamientos, se hace tras el bautismo ajeno y no iluminado por el Espíritu Santo y por la gracia de Cristo. Por la fe y por el segundo nacimiento tiene el Espíritu, pero este no obra ni se mueve en él por la muerte del alma. El alma es una sola en el cuerpo, y los miembros del cuerpo son muchos, y a todos ellos el alma los sostiene, y los vivifica, y mueve a los que son capaces de recibir la vida. Pero cuando los miembros se secan por alguna enfermedad y se vuelven muertos e inmóviles, ella, aunque los lleva, están sin vida e insensibles. Así también en todos los miembros de Cristo mora sin confusión el Espíritu de Cristo, que pone en acción y vivifica a quienes son capaces de participar de la vida; y a quienes no pueden participar, a los débiles, los sostiene con amor al hombre como suyos. Por eso todo fiel se hace partícipe, por la fe, de la filiación espiritual, pero queda inactivo y sin luz por la muerte de las pasiones, y la negligencia, y la incredulidad, perdiendo la luz y la vida en Cristo. Pues todo fiel es miembro de Cristo y tiene el Espíritu de Cristo. Pero un miembro impotente e inmóvil es incapaz de participar de la gracia.

130. Digamos que hay ocho cosas principales que conviene contemplar: la primera, Dios sin forma, sin principio e increado, y causa de todo, Uno en Trinidad y supraesencial en la Deidad; la segunda, el rango y el orden de las potencias noéticas; la tercera, el orden de todo lo que existe; la cuarta, el descenso providencial del Verbo; la quinta, la resurrección común; la sexta, la segunda venida temible de Cristo; la séptima, los tormentos eternos; la octava, el Reino de los Cielos. Cuatro de ellas ya han ocurrido y existen, y cuatro aún no se han manifestado y llegarán algún día. Aquellas cuatro que ya se han manifestado puede contemplarlas quien por la gracia ha alcanzado la pureza del intelecto. Pero quien se acerca a ellas sin iluminación, sepa que lo que tiene no es contemplación sino imaginación, y que se ha apoderado de él el espíritu de la fantasía.

131. Es necesario, en la medida de lo posible, hablar también de la ilusión, ya que es propia de muchos; pues por sus numerosas trampas y astucias no es fácil de reconocer y casi no puede comprenderse. Se dice que la ilusión es de dos clases, o llega y se instala por la fantasía y por la acción, pues su comienzo y su causa radican únicamente en la soberbia. La primera clase de ilusión es el comienzo de la segunda, y la segunda el comienzo de la tercera, esto es, del frenesí. El comienzo de la fantasía quimérica es la idea de que la divinidad puede verse en alguna forma. De tal idea proviene el engaño que lleva a la ilusión, y por ella surge la blasfemia, junto con la cual la ilusión engendra el miedo de fantasías indecorosas tanto en el sueño como en la vigilia, al que se llama temblor y turbación del alma. Tras la soberbia viene la ilusión; tras la ilusión, la blasfemia; tras la blasfemia, el miedo; tras el miedo, el temblor; tras el temblor, un frenesí antinatural. Esta es la primera clase de ilusión, que proviene de la fantasía. Y esta es la segunda, que proviene de la actividad: toma su comienzo de la voluptuosidad, engendrada por la concupiscencia natural. La dulzura engendra la desmesura de inmundicias indecibles; calienta toda la naturaleza y, habiendo ofuscado el intelecto rector por la unión con las imaginaciones, lo lleva al frenesí y, embriagándolo con su ardor, a la locura, y lo obliga a proferir falsas profecías, como si se le hubieran aparecido ciertos santos y hablaran por medio de él. Embriagándose con la ofuscación de la pasión, cambia también su carácter y se hace como el de un poseído. En el mundo a tales personas se las llama locos, que han sido engañados por la astucia de la ilusión. Se detienen y permanecen junto a los templos de los santos y anuncian algo a la gente, pues están dominados por demonios que obran en ellos y los atormentan. Conviene llamarlos poseídos, extraviados y dominados por la ilusión, y no profetas ni anunciadores del presente y del futuro. El propio demonio de la fornicación, habiendo aturdido su razón con el fuego de la pasión, los lleva al frenesí, mostrándoles en la imaginación a ciertos santos, conversaciones y visiones. Y a veces los propios demonios se aparecen para confundirlos con el miedo. Habiéndoles puesto el yugo de Belial, el demonio de la fornicación los impulsa al pecado y los tiene por esclavos entregados a él hasta la muerte, a quienes luego enviará al tormento.

132. Conviene saber que hay tres causas principales de la ilusión, por las cuales se da en los hombres: por la soberbia, por la envidia demoníaca y por una permisión punitiva. Y sus causas son estas: de la soberbia, la ligereza; de la envidia, el éxito; de la permisión punitiva, una vida pecaminosa. La ilusión que viene de la envidia y de la arrogancia se cura fácilmente si el hombre se humilla. Pero cuando un hombre es entregado a Satanás para castigo, a veces Dios lo permite hasta su muerte. Y a veces también a los inocentes se les permite ser atormentados para su salvación. Conviene saber que a veces el demonio de la altanería profetiza él mismo en quienes no velan bien sobre su corazón.

133. Todos los sacerdotes y reyes piadosos son ungidos con la verdad en la nueva gracia, mientras que la unción de los antiguos era una prefiguración. Estas eran prefiguraciones de nuestra Verdad, y no solo algunas de ellas, sino que todas eran prefiguraciones de todos nosotros. No hay comunidad ni semejanza entre el antiguo reino y sacerdocio y los nuestros, aunque las imágenes sean las mismas. Entre nosotros la naturaleza no delimita la unción ni la gracia ni el llamado a la unción, sino que tenemos una y la misma unción, y llamado, y fe, e imagen. Y por las palabras de la Verdad se sabe también que todo lo puro e impasible, tanto ahora como en el siglo venidero, está enteramente consagrado a Dios.

134. Solo entonces habla la sabiduría por los labios y la mente enseña al corazón, cuando a través de ellos resplandece claramente la sabiduría hipostática de Dios Verbo y Padre, y cuando la mente ve en las cosas la impronta del arquetipo y, con la cooperación del Verbo vivo, los labios pronuncian sabiduría desde la sabiduría, y el corazón es iluminado por la fuerza renovadora del conocimiento, enseñado por el Espíritu. Por este conocimiento puede iluminar a sus oyentes y despertar en ellos la fe.

135. La gran adversaria de la verdad, que hoy arrastra a los hombres a la perdición, es la ilusión, por la cual en las almas perezosas se instala una ignorancia perezosa que las aleja de Dios. Y llegan a ser como si no conocieran a Dios, que nos engendró y nos iluminó; o solo de palabra creen en Él y lo conocen, y no con obras, y suponen que Él se manifestó solo a los antiguos. Los testimonios sobre Dios en la Escritura los atribuyen a otros autores y no a quienes los escribieron y, como dice la Escritura, «desprecian el señorío» (2 P 2,10). Rechazan todo conocimiento de la piedad y solo sensiblemente —por no decir a la manera judaica— leen o explican la Escritura. Negando la renovación del alma por la resurrección, insensatamente quieren morar para siempre en sepulcros. De ellos provienen tres pasiones: la incredulidad, la astucia y la desidia. Se engendran y se sostienen unas a otras. La incredulidad es maestra de la astucia, y la astucia es compañera de la desidia, cuya señal es la pereza total. O también: la desidia es padre de la astucia; como dice el Señor: «¡Siervo malo y perezoso!» (Mt 25,26). Y la astucia es padre de la incredulidad; todo astuto es incrédulo. Y quien es incrédulo tampoco teme a Dios, y de la falta de temor de Dios nace la desidia, madre de la negligencia, por la cual se desprecia todo bien y se hace todo mal.

136. La verdadera gloria en Dios y la verdadera comprensión de lo que existe constituyen la ortodoxia completa de los dogmas. Por eso glorifique cada uno así: «Gloria a ti, Cristo Dios nuestro, gloria a ti, que por nosotros te hiciste hombre, oh supraesencial Dios Verbo. Por eso, grande es el misterio de tu providencia, Salvador nuestro, ¡gloria a ti!».

137. Dice el gran Máximo que hay tres necesidades, irreprochables y no dignas de condena, por las cuales se escriben los textos. La primera es recordar uno mismo; la segunda, para provecho de otros; la tercera, por causa de la obediencia, gracias a la cual se han compuesto numerosas obras para quienes buscan palabras de verdad. Pero quien escribe por la alabanza y la gloria humanas y para mostrar sus virtudes pierde su recompensa, sin tener provecho alguno aquí ni recompensa en el siglo venidero, y será condenado como complaciente con los hombres y adulador que desprecia la palabra de Dios.

Nota 1: Una litra equivale a 0,326 kg, la unidad básica de peso en Bizancio.

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