Hesiquio el Presbítero: Discurso a Teódulo sobre la sobriedad y la virtud (El comienzo y la verdadera prenda de la iluminación del alma: capítulos en respuesta y capítulos sobre la oración)

Hesiquio el Presbítero: Discurso a Teódulo sobre la sobriedad y la virtud (El comienzo y la verdadera prenda de la iluminación del alma: capítulos en respuesta y capítulos sobre la oración)

1. La sobriedad es un arte espiritual; practicada largo tiempo y con atención, libra al hombre, con la ayuda de Dios, de los pensamientos pasionales, de las palabras y de las obras malas. Da cierto conocimiento del Dios inabarcable, en la medida en que puede ser comprendido; aclara los misterios divinos ocultos, cumple todo mandamiento del Antiguo y del Nuevo Testamento y otorga todo bien del siglo venidero. Ella es, propiamente, la pureza del corazón, cuya grandeza y belleza —a decir verdad— se ha debilitado mucho ahora entre los monjes por nuestra negligencia. Cristo la alaba diciendo: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Tal es ella, y tan caro cuesta. La sobriedad, cuando se afirma en el hombre, se le hace maestra de una vida justa y agradable a Dios. Es también ascenso a la contemplación; nos enseña a gobernar rectamente las tres potencias de nuestra alma y a guardar firmemente los sentidos; y cada día renueva las cuatro virtudes principales en quien participa de ella.

2. El gran legislador Moisés —o mejor dicho, el Espíritu Santo—, mostrando la inocencia, la pureza, la gran amplitud y la alta capacidad creadora de esta virtud, y enseñándonos cómo conviene comenzarla y llevarla a término, dice: «Mira que no surja en tu corazón un pensamiento pecaminoso» (cf. Dt 15,9). Llama pensamiento pecaminoso a la imagen instantánea de alguna cosa malvada y odiosa a Dios; y los santos padres llaman a tal pensamiento provocación, que el diablo introduce en el corazón. Apenas la provocación se presenta ante el intelecto, nuestros propios pensamientos vienen tras ella y conversan con ella apasionadamente.

3. La sobriedad es el camino de toda virtud y de todo mandamiento de Dios. Se la llama también quietud del corazón; y cuando se practica sin imaginaciones, se la llama guarda del intelecto.

4. Como el que nació ciego no ve la luz del sol, así el que no camina en sobriedad no ve el claro resplandor de la gracia de Dios y no se libra de las obras, palabras y pensamientos malos y odiosos a Dios. Tal hombre, después de la muerte, no pasará libremente ante los príncipes del abismo.

5. La atención es la quietud incesante del corazón respecto de todo pensamiento, junto con la invocación constante, ininterrumpida y sin cesar del solo Cristo Jesús, Hijo de Dios y Dios; es un estar valerosamente con Él contra los enemigos y una confesión a Aquel que es el único que tiene poder de perdonar las transgresiones. Invocando al único Conocedor de los corazones, tal alma abraza a menudo a Cristo y procura ocultar de los hombres toda su dulzura y su combate interior, para que el maligno no introduzca secretamente en ella la malicia y destruya la buena obra.

6. La sobriedad es el firme establecimiento del pensamiento y su estar en pie a la puerta del corazón; ve cómo se acercan los pensamientos criminales y oye lo que dicen y hacen estos asesinos, y qué imagen trazan y erigen los demonios para que el intelecto se deje extraviar por su propia imaginación. Si adquirimos la sobriedad con muchos trabajos, ella nos mostrará, cuando queramos, la experiencia de la batalla del intelecto con todo detalle.

7. Un temor peculiar, el abandono por parte de Dios y los momentos instructivos de las tentaciones impulsan al intelecto del hombre a aprender la atención, que se atreve a taponar la fuente de los pensamientos y de las obras malas. Por causa de ella ocurre el abandono divino, y Dios permite tentaciones inesperadas para corregir nuestra vida, sobre todo la vida de quienes han hallado descanso en este bien y no están vigilantes. La frecuencia engendra el hábito, y el hábito engendra una frecuencia natural de la sobriedad, y esta, gradualmente y según su grado, engendra la visión de la batalla. A la visión sigue la oración incesante de Jesús, el dulce silencio del intelecto sin imaginaciones, y el estado que proviene de la comunión con Jesús.

8. Cuando el pensamiento está firme e invoca a Cristo contra los adversarios y se refugia en Él, entonces se asemeja a una fiera rodeada de numerosos perros que se esconde en Cristo como en una fortaleza. Desde lejos ve con la mente las astucias de los enemigos invisibles y, porque siempre ruega contra ellos a Jesús pacificador, no pueden herirla.

9. Si sabes, y te es dado al alba estar ante Dios, y no solo Dios te ve a ti, sino que tú lo ves a Él, entonces sabes de qué hablo. Si no, sé sobrio y lo averiguarás.

10. La reunión de los mares es mucha agua; y la reunión y la fuerza de la sobriedad, de la continencia y de la profunda quietud del alma, y el abismo de visiones admirables e inefables, y de humildad inteligente, de justicia y de amor: esto es la sobriedad perfecta y la oración a Jesucristo sin pensamientos. Conviene hacerlo con perseverancia y a menudo, y sin inquietarse.

11. «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21). Y la voluntad del Padre es esta: «El que ama al Señor, odie el mal». Con la oración a Jesucristo odiemos también los pensamientos malos, y así cumpliremos la voluntad de Dios.

12. El trazado de toda virtud, el ejemplo para el género humano y el levantamiento de la antigua caída nos los dio nuestro Soberano y Señor al encarnarse. Describió toda su vida virtuosa en el cuerpo con todas las buenas obras que nos mostró. Después del bautismo fue al desierto y, ayunando, comenzó la batalla noética cuando el diablo se le acercó como a un hombre común. Y con su victoria nos enseñó también a nosotros, indignos, cómo conviene librar la batalla con los espíritus malignos, esto es, en humildad, ayuno, oración y sobriedad, aunque Él no lo necesitaba, siendo Dios y Dios de dioses.

13. Cuántos modos de sobriedad hay, a mi parecer, capaces de purificar gradualmente el intelecto de los pensamientos pasionales, no me dará pereza describírtelo sencillamente y sin elocuencia. No creo que, al describir la batalla, se deba ocultar tras la elocuencia el provecho de lo dicho, y menos aún a los más sencillos. «Y tú, hijo Timoteo —dice el Apóstol—, aplícate a la lectura» (1 Tm 4,13).

14. Hay un solo modo de sobriedad: guardarse siempre de la imaginación, esto es, de la provocación. Pues Satanás no puede insinuar pensamientos sin imaginaciones ni mostrarlos falsamente al intelecto para extraviarlo.

15. Otro modo es mantener el corazón en lo hondo, para que siempre calle y, guardando quietud de todo pensamiento, ore.

16. Aún otro modo es invocar a menudo con humildad al Señor Jesús en ayuda.

17. Y hay otro modo: tener siempre en el alma la memoria de la muerte.

18. Todas estas obras, amado, cierran el camino a los pensamientos malignos, como porteros. Y sobre mirar solo al cielo, teniendo la tierra por nada, hablaré en otro lugar, si Dios me da palabra.

19. Si, habiendo cortado las causas de las pasiones, pasamos un poco a la contemplación y, sin detenernos allí mucho tiempo, volvemos de nuevo a las pasiones de la carne, no obtendremos fruto alguno de impasibilidad; solo se nublará el intelecto y volveremos a las cosas sensibles.

20. Quien combate dentro de sí mismo debe tener en todo momento estas cuatro virtudes: humildad, la mayor atención, resistencia a los pensamientos y oración. La humildad, para que, mientras guerrea con los soberbios demonios adversarios, tenga en la mano del corazón la ayuda de Cristo, pues el Señor aborrece a los soberbios. La atención, para que no haya en el corazón ningún pensamiento, aunque parezca bueno. La resistencia, para que, cuando vea llegar algún pensamiento, se oponga al punto con ira al maligno. «Y a los que me injurian —dice el salmista— les daré respuesta» (Sal 118,42). «¿No estará mi alma sometida a Dios?» (Sal 61,2). Y la oración, para que, habiéndose defendido del pensamiento, clame al punto a Cristo con un suspiro silencioso. Y entonces el propio asceta verá cómo el enemigo se derrumba, y cómo el nombre de Jesús, a quien él adora, lo ahuyenta como el viento ahuyenta el polvo, o como el humo que se desvanece con sus fantasías.

21. Quien no tiene oración pura de pensamientos no tiene arma para la batalla: una oración tal que obre siempre en el alma, para que con la invocación de Cristo sea vencido y consumido el adversario con quien se libra el combate secreto.

22. Mira con ojo agudo y atento del intelecto, para reconocer a los que entran. Y una vez reconocidos, quebranta al punto con la resistencia la cabeza de la serpiente. Y al mismo tiempo, suspirando, clama a Cristo, y recibirás entonces la experiencia de la divina protección invisible y verás claramente la rectitud del corazón.

23. Quien tiene un espejo en la mano y, de pie entre la gente, mira en él, ve su propio rostro y ve también a los otros que miran en ese mismo espejo. Así también el que siempre mira dentro de su corazón ve en él su propio estado y, además, ve los rostros negros de los etíopes noéticos.

24. El intelecto por sí solo no puede vencer la fantasía demoníaca; ni siquiera lo espere. Los demonios son astutos y fingen estar vencidos, rodeándonos por todas partes de vanagloria. Pero cuando invoques a Jesucristo, no se atreverán a dañarte.

25. Cuida de no perderte en imaginaciones, a ejemplo del antiguo Israel, y ser entregado a los enemigos noéticos. Cuando el Dios de todo libró a Israel de los egipcios, este se inventó un auxiliador: un ídolo de oro.

26. El ídolo de oro es nuestro débil intelecto, el cual, mientras ruega a Jesucristo contra los espíritus malignos, los ahuyenta fácilmente y con hábil astucia vence las fuerzas invisibles del enemigo. Pero cuando comienza a confiar irreflexivamente en sí mismo, se estrella como el pájaro llamado veloz de alas. «En Dios —dice el salmista— esperó mi corazón, y Él me ayudó; y floreció mi carne» (Sal 27,7). ¿Y quién sino el Señor me levantará y tomará armas conmigo contra los innumerables pensamientos malignos? Quien confía en sí mismo y no en el Señor cae con caída terrible.

27. Que la imagen, el modo y el ejemplo de la quietud del corazón sean siempre para ti, si quieres combatir, una pequeña criatura: la araña. Y si aún no se ha hecho modelo para ti, entonces no guardas la quietud del intelecto como conviene. La araña caza moscas pequeñas; y tú, si quieres trabajar guardando el alma en quietud, no dejes de golpear siempre a los niños de Babilonia, por lo cual te alabará el Espíritu Santo por boca de David el salmista (cf. Sal 137,8-9).

28. Como es imposible que el Mar Rojo se halle en el firmamento del cielo entre las estrellas, y como es imposible que el hombre que camina por la tierra no respire este aire, así es imposible purificar nuestro corazón de los pensamientos pasionales y ahuyentar de él a los enemigos noéticos sin la frecuente invocación de Jesucristo.

29. Si con humildad de pensamiento, y memoria de la muerte, y reproche de ti mismo, y rechazo de los pensamientos, y con la invocación de Jesucristo trabajas siempre en tu corazón y con sobriedad recorres cada día con estas armas el camino noético, estrecho pero gozoso y dulce, entrarás en la contemplación del santo de los santos y Cristo te iluminará con profundos misterios, Cristo «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2,3), en quien habita con la naturaleza humana la plenitud de la Divinidad. Cuando Él te ilumine, sentirás cómo entra en tu alma el Espíritu Santo, que ilumina el intelecto humano para ver «a rostro descubierto la gloria del Señor» (2 Co 3,18). «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12,3).

30. Pero conviene que sepan esto también los que aman la enseñanza: los demonios envidiosos a menudo ocultan y aquietan en nosotros la lucha noética, porque nos envidian el provecho que viene del combate, y la comprensión y el ascenso a Dios. Cuando nos volvemos despreocupados, de improviso cautivan nuestro intelecto y nos hacen desatentos a los pensamientos. Pues tienen por su combate y por el fin de su obra el no dejar que nuestro corazón se recoja, porque ven que allí reunimos la riqueza del alma. Pero nosotros, recordando a nuestro Señor Jesucristo, pasemos a las visiones espirituales, y la lucha volverá al intelecto; hagámoslo todo únicamente por consejo —por decirlo así— del mismo Señor y con gran humildad.

31. A quienes vivimos en comunidad nos conviene, por propia voluntad y con corazón animoso, cortar toda nuestra voluntad ante los superiores, y así, con la ayuda de Dios, venimos a ser como cautivos por buena voluntad y firmemente atados. Y conviene ser cuidadosos en todo, para no volvernos amargos ni tener en nosotros movimientos irracionales y antinaturales de ira, por los cuales podríamos resultar pusilánimes en la hora de la batalla. Nuestra voluntad, cuando no la cortamos voluntariamente, suele airarse contra quienes empiezan a cortarla por la fuerza, y por eso se alza la ira enfurecida y destruye la comprensión de la batalla, que apenas se logra adquirir, y eso con gran trabajo. La ira es destructora por naturaleza: cuando se alza contra los pensamientos demoníacos, los destruye y los aniquila; pero cuando se alza contra los hombres, destruye los buenos pensamientos en nosotros. Veo que la ira destruye todos los pensamientos, tanto los malos como los buenos. Dios nos la da como arma y arco, aunque no siempre se mantiene así. Y aunque obra de diversos modos, su acción es ruinosa. Y yo sé que un perro feroz despedaza las ovejas igual que el lobo.

32. Por eso hay que huir de la insolencia como del veneno de la serpiente, y apartarse de la mucha palabrería como de la serpiente y de su cría, pues muy pronto pueden llevarnos al olvido completo del combate interior y hacer descender el alma del alto gozo que proviene de la pureza del corazón. El maldito olvido se opone a la atención como el agua al fuego, y le hace guerra cada día. Del olvido pasamos a la negligencia; de la negligencia, al desprecio, a la tristeza y al deseo indebido. Y así volvemos atrás, como el perro a su vómito. Huyamos, pues, de la insolencia como de un veneno mortal. Y este feroz olvido, y todo lo que de él procede, lo sana la guarda muy atenta del intelecto y la frecuente invocación de nuestro Señor Jesucristo, sin el cual nada podemos hacer.

33. Es impropio e imposible tener amistad con la serpiente y llevarla en el propio seno; y tampoco se puede mimar en todo al cuerpo, complacerlo y amarlo. Hay que darle lo que necesita y le es útil, y junto con él cuidar de la virtud celestial. Es propio de la serpiente morder a quien la calienta, y del cuerpo mancillar a quien lo complace. Cuando el cuerpo peca en algo, a menudo es castigado con heridas, para que reconozca al señor que lo castiga, como el siervo fugitivo que se embriagó de vino dulce recibe su castigo. Que la ira corruptible y el siervo reconozcan al alma incorruptible. Hasta la muerte misma no pongas esperanza en tu carne. Pues está escrito que «la aspiración de la carne es enemistad contra Dios, porque no se somete a la ley de Dios. Los que son de la carne no pueden agradar a Dios. Mas nosotros no somos de la carne, sino del espíritu» (Rm 8,7-9).

34. Es obra de la sabiduría levantar siempre la potencia irascible del alma a los combates de la batalla interior y al reproche de sí mismo; obra de la castidad es elevar la potencia racional a la sobriedad frecuente y perfecta y a la visión espiritual; obra de la justicia es dirigir la potencia desiderativa hacia la virtud y hacia Dios; y obra de la valentía es gobernar los cinco sentidos y contenerlos, para que no mancillen a nuestro hombre interior, esto es, al corazón, ni al exterior, esto es, al cuerpo.

35. «Sobre Israel está su majestad» (Sal 67,35), esto es, sobre el intelecto, que contempla la belleza de la gloria de Dios mismo, cuanto es posible. «Y su poder está en las nubes», esto es, en las almas luminosas que al alba contemplan a Aquel que se sienta a la derecha del Padre y las ilumina como el sol que, alumbrando con sus rayos las nubes puras, manifiesta su belleza.

36. «Un solo error —dice la divina Escritura— destruye mucho bien» (Ecl 9,18). Cuando el intelecto yerra, destruye el alimento y la bebida inmortales de los que habló el capítulo anterior.

37. No somos más fuertes que Sansón, ni más sabios que Salomón, ni más inteligentes que el divino David, ni amamos a Dios más que Pedro, el primero de los apóstoles. No confiemos, pues, en nosotros mismos. Pues dice la Escritura que quien confía en sí mismo caerá con caída terrible.

38. Aprendamos de Cristo la humildad de pensamiento; de David, el arrepentimiento; y de Pedro, el llanto por lo sucedido; pero aprendamos también a no caer en la desesperación, mirando a Sansón, a Judas y al sapientísimo Salomón.

39. El diablo, como león rugiente, anda con sus potestades buscando a quién devorar. Por eso, que nunca desfallezcan nuestra constante concentración del corazón y la sobriedad, y el rechazo de los pensamientos, y la oración a Cristo Jesús, nuestro Dios. En toda tu vida no hallarás ayuda mejor que la de Jesús. Pues Él solo es Señor y, como Dios, conoce las asechanzas, astucias y malicias de los demonios.

40. Espere, pues, el alma en Cristo, y ruéguele, y no tema en absoluto. Pues no lucha sola, sino junto con el Rey temible, Jesucristo, Creador de todo lo que existe, de todas las criaturas incorpóreas y corpóreas, visibles e invisibles.

41. Como la lluvia, cuanto más cae sobre la tierra, tanto más la ablanda, así también el nombre de Cristo hace la tierra de nuestro corazón tanto más gozosa y alegre cuanto más a menudo lo invocamos sin pensamientos.

42. Bueno es que sepan esto también los inexpertos: que a los enemigos incorpóreos e invisibles, que nos desean el mal, hábiles para dañar, rápidos y ligeros y experimentados en la guerra —pues combaten desde Adán hasta hoy—, no podemos vencerlos nosotros, que somos pesados de cuerpo y de mente y tendemos hacia la tierra, con ninguna otra cosa sino con la sobriedad incesante del intelecto y la invocación de Jesucristo, nuestro Dios y Creador. Sean estas palabras enseñanza para los inexpertos en la oración de Jesús, a fin de que prueben y comprendan lo que es bueno. Y para los experimentados, buen modelo y maestro son la práctica, la tentación y el buen reposo.

43. Como un niño pequeño y sin malicia, al ver a alguien que se comporta de modo extraño, se divierte y por su inocencia lo imita, así también nuestra alma, siendo sencilla y buena —pues así la creó el Soberano bueno—, se divierte con las provocaciones imaginarias del diablo y, engañada, toma algo peor pensando que es bueno; y así mezcla sus pensamientos con la fantasía de la provocación demoníaca. Cuando ve un hermoso rostro de mujer, o alguna otra cosa que prohíben los mandamientos de Cristo, desea hallar el modo de llevar a obra lo que esa belleza le sugiere. Y entonces, unida al diablo, para su propia condenación realiza por medio del cuerpo la iniquidad que le vino en el pensamiento.

44. Tal es la astucia del maligno, y con estas flechas hiere siempre a toda alma. Y por eso es peligroso permitir que los pensamientos entren en nuestro corazón antes de que los examine el intelecto que libra la batalla. Es especialmente peligroso al comienzo, pues entonces nuestra alma aún se deleita con las provocaciones demoníacas, y se alegra, y va tras ellas. Pero conviene solamente reconocer los pensamientos y cortarlos al punto en su llegada y provocación. Y cuando el intelecto se afirme, habiendo aprendido y comprendido esta obra admirable, se acostumbrará a la lucha incesante, para discernir rectamente los pensamientos y, como dice el profeta, poder atrapar fácilmente «las zorras pequeñas» (Ct 2,15); entonces podrá retenerlos y desenmascararlos con facilidad.

45. Como es imposible que por un mismo cauce corran el agua y el fuego, así es imposible que entre el pecado en el corazón si primero no llama a la puerta del corazón con la fantasía de una provocación maligna.

46. Primero llega la provocación; segundo, el acoplamiento, esto es, la mezcla de nuestros pensamientos con los de los demonios malignos; tercero, el consentimiento, que se da entre dos pensamientos que deliberan entre sí sobre el mal; y cuarto, el acto sensible, esto es, el pecado. Pero cuando el intelecto está atentamente sobrio y con la resistencia y la invocación del Señor Jesús ahuyenta la provocación apenas llega, entonces no sucede nada de lo que sigue a la provocación. Pues el intelecto del maligno es incorpóreo; no puede extraviar al alma de otro modo que por la fantasía y los pensamientos. Y de la provocación dice David: «Cada mañana destruía a todos los pecadores de la tierra» (Sal 100,8). Y del consentimiento dice el gran Moisés: «No harás pacto con ellos».

47. El intelecto lucha invisiblemente con el intelecto: el intelecto demoníaco con el nuestro. Por eso hay que clamar en todo momento a Cristo desde lo hondo del corazón, para que ahuyente al intelecto demoníaco y nos conceda la victoria, como Amante de los hombres.

48. Sea para ti modelo de la quietud del corazón el que sostiene un espejo en las manos y mira en él. Imitándolo, verás lo que se escribe noéticamente en tu corazón, tanto lo bueno como lo malo.

49. Vela siempre para que en tu corazón no haya pensamiento alguno, ni insensato ni aparentemente bueno, a fin de que te sea fácil reconocer a los extranjeros, esto es, a los primogénitos de Egipto.

50. ¡Qué hermosa, dulce, luminosa y agradable, toda buena, clara y bella es la virtud de la sobriedad cuando Tú, oh Cristo, la gobiernas, y cuando el intelecto humano vigilante la recorre con gran humildad! Extiende sus ramas hasta el mar y el abismo de las contemplaciones, y sus brotes hasta los ríos dulces de los misterios divinos, y riega el intelecto largamente abrasado por los salobres pensamientos impíos de los espíritus malignos y por el razonar malicioso de la carne, en el cual está la muerte.

51. La sobriedad se asemeja a la escala de Jacob, sobre la cual está Dios y por la cual suben los ángeles. Arranca de nosotros toda malicia. Corta la mucha palabrería, el desprecio, las calumnias y todo lo malo y sensual, sin perder ni un instante su dulzura.

52. Recorrámosla, pues, con cuidado, hermanos míos, y morando en sus visiones con pensamiento puro en Cristo Jesús, forcémonos a ver nuestras transgresiones y nuestra vida anterior, para que, contritos y humillados por el recuerdo de nuestros pecados, tengamos siempre en la batalla invisible la ayuda de nuestro Señor Jesucristo. Pero si por soberbia, o vanagloria, o amor propio perdemos la ayuda de Jesús, por eso mismo perderemos también la pureza del corazón, por la cual Dios conoce al hombre. Lo primero se hace causa de lo segundo, como el cumplimiento de una promesa.

53. Cuando el intelecto no es perezoso en su obra secreta, entonces, junto con los demás bienes que obtiene de la vigilancia constante, librará también los cinco sentidos corporales de los males exteriores. Pues como la sobriedad es la causa de sus virtudes, el intelecto, queriendo deleitarse en los buenos pensamientos, no soporta que los cinco sentidos lo roben cuando por ellos vienen pensamientos sensuales y vanos; comprendiendo su engaño, se esconde cuidadosamente en su interior.

54. Permanece en el conocimiento y no te fatigarás con las tentaciones; pero cuando te apartas del conocimiento, soporta lo que te sobrevenga.

55. Como el ajenjo amargo ayuda a quienes no tienen apetito, así a los de mal carácter les es útil padecer algún mal.

56. Si no quieres padecer el mal, tampoco quieras hacer el mal. Pues lo uno sigue inseparablemente a lo otro. Lo que el hombre siembre, eso cosechará. Y así, sembrando el mal por nuestra voluntad y cosechándolo contra nuestra voluntad, solo nos queda admirar la justicia de Dios.

57. Tres pasiones ciegan el intelecto: la avaricia, la vanagloria y el placer sensual.

58. La razón y la fe, criadas de nuestra naturaleza, no se han embotado por otra cosa que por estas pasiones.

59. El furor y la ira, las guerras y los homicidios y todo otro mal se han afianzado en los hombres precisamente por ellas.

60. Quien no conoce la verdad no puede creer verdaderamente, pues el conocimiento por su naturaleza precede a la fe. Pues lo dicho en la Escritura no fue dicho solo para que lo supiéramos, sino también para que obráramos conforme a ello.

61. Pongámonos, pues, a la obra. Creciendo poco a poco, veremos que la esperanza en Dios, y la fe firme, y el conocimiento interior, y la liberación de las tentaciones, y la concesión de dones, y la confesión del corazón, y las lágrimas fervorosas vienen a los fieles de la oración. Y no solo esto, sino también el sobrellevar las aflicciones que vienen, y el perdón sincero al prójimo, y el conocimiento de la ley espiritual, y el hallazgo de la justicia de Dios, y la venida del Espíritu Santo, y la concesión de tesoros espirituales, y todo lo que Dios ha prometido dar a los fieles aquí y en el siglo venidero. En una palabra, el alma no puede llegar a ser imagen de Dios si no permanece en el don de Dios y en la fe, con gran humildad de pensamiento y oración atenta.

62. Verdaderamente hemos recibido de la experiencia un gran bien: la invocación incesante del Señor Jesús contra los adversarios noéticos, para purificar nuestro corazón. Y mira cómo concuerda la palabra que digo por experiencia con los testimonios de la Escritura. «Prepárate, Israel —dice la Escritura—, para salir al encuentro de tu Dios». Y el Apóstol dice: «Orad sin cesar» (1 Ts 5,17). Y nuestro Señor dice: «Sin mí no podéis hacer nada. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto. Si alguno no permanece en mí, será echado fuera como el sarmiento» (Jn 15,5-6). La oración es un gran bien y el receptáculo de todos los bienes, pues purifica el corazón, en el cual Dios se manifiesta a los fieles.

63. La humildad de pensamiento es por naturaleza elevadora y amada de Dios, y destruye casi todo el mal odioso a Dios que hay en nosotros; por eso se comprende que no sea fácil de adquirir. En un hombre es fácil hallar algunas obras aisladas de muchas virtudes; pero si buscas en él el aroma de la humildad, difícilmente lo hallarás. Por eso hacen falta muchos esfuerzos para adquirirla. La Escritura llama inmundo al diablo porque desde el principio rechazó esta bienaventurada humildad de pensamiento y amó la soberbia. Por eso en todas partes de la Escritura se lo llama espíritu inmundo. Mas ¿acaso puede el incorpóreo e inconstante cometer alguna inmundicia carnal, para que se lo llame inmundo? Sin embargo, se lo llamó inmundo por su soberbia, pues de ángel puro y luminoso se hizo abominable. Todo el que es soberbio de corazón es inmundo ante Dios. El pecado principal es la soberbia. Pues así decía el soberbio faraón: «No conozco al Señor y no dejaré ir a Israel» (Ex 5,2).

64. Hay muchas obras del intelecto que pueden hallarnos el bendito don de la humildad de pensamiento, si no descuidamos nuestra salvación: a saber, el recuerdo de las transgresiones en palabras, obras y pensamientos, y muchas otras cosas reunidas en la mente sirven para adquirir la humildad de pensamiento, cuando se reúnen por la contemplación. La verdadera humildad lleva también a recordar siempre los éxitos de los prójimos y a engrandecer sus otras ventajas naturales, y a comparar las obras de los demás con las propias. Y cuando el intelecto ve su propia debilidad y cuán lejos está de la perfección, entonces el hombre se siente como tierra y ceniza, y no como hombre, sino como una especie de perro, privado de todo y miserable ante todos los seres racionales que viven en la tierra.

65. La boca de Cristo, columna de la Iglesia, nuestro gran padre Basilio dice: «Gran ayuda para no pecar y no caer en lo mismo al día siguiente es que cada tarde nos examinemos en nuestra conciencia a nosotros mismos y todo lo que hay en nosotros: en qué hemos pecado y qué hemos hecho justamente. Así hacía también Job respecto de sí mismo y de sus hijos. Tal examen diario ilumina lo que nos sucede en cualquier momento».

66. Y otro divino sabio dice: «El comienzo de la fecundidad es la flor, y el comienzo de la práctica es la continencia. Seamos, pues, continentes y hagámoslo con medida y con peso, como enseñan los santos padres, y vivamos las doce horas del día guardando nuestro intelecto. Haciéndolo así, podremos, con esfuerzo, apagar un poco la malicia y, con la ayuda de Dios, disminuirla. Pues con fuerza se conquista la vida virtuosa, por la cual se da el Reino de los Cielos».

67. El camino hacia el conocimiento es la impasibilidad y la humildad, y sin ellas nadie verá al Señor.

68. Quien trabaja sin cesar en su interior es casto; y no solo eso, sino que también contempla, y teologiza, y ora. Y esto es lo que dice el Apóstol: «Andad en el Espíritu y no cumpliréis los deseos de la carne» (Ga 5,16).

69. Quien no sabe andar por el camino espiritual no se cuida de corregir sus pensamientos pasionales, sino que todo lo hace según la carne: o come en exceso, o cede a la concupiscencia, o se entristece, o se aíra y guarda rencor, y con ello oscurece el intelecto; o emprende un esfuerzo ascético excesivo y perturba su mente.

70. Quien ha renunciado a los asuntos de este mundo, esto es, a la mujer, a los bienes y a todo lo demás, ha hecho monje al hombre exterior, pero aún no al interior, que es el intelecto. Pero quien ha renunciado a los pensamientos pasionales es verdadero monje, y hará fácilmente monje también al hombre exterior, si quiere. No es pequeño combate hacer monje al hombre interior.

71. ¿Quién hay en esta generación que se haya librado por completo de los pensamientos pasionales y haya sido hecho digno de la oración incesante, pura y sin imágenes, que es la señal del monje interior?

72. Muchas pasiones están escondidas en nuestras almas, y se manifiestan solo cuando aparecen sus causas.

73. Ejercítate no solo en la disciplina del cuerpo, sino dale un esfuerzo que pueda soportar y vuelve todo tu intelecto hacia lo interior: «Pues el ejercicio corporal para poco es provechoso, mas la piedad para todo aprovecha» (1 Tm 4,8).

74. Cuando las pasiones no se levantan —porque faltan las causas que las provocan, o porque los demonios se retiran astutamente—, entonces nace la soberbia.

75. La humildad y el soportar el mal libran al hombre de todo pecado, recortando ya las pasiones del alma, ya las del cuerpo. Por eso dice el Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8): lo verán a Él y los tesoros que hay en Él, cuando se purifiquen por el amor y la continencia, y tanto cuanto continúen purificándose.

76. El lugar desde donde se contempla toda virtud de la enseñanza es la guarda del intelecto, así como el antiguo ejemplo de David significó en otro tiempo la circuncisión del corazón. 1

77. Cuando con los ojos del cuerpo vemos algo nocivo, sufrimos daño; y lo mismo sucede cuando vemos algo nocivo con el intelecto.

78. Si el corazón de una planta se daña, la planta se seca; así ocurre también con el corazón humano. Hay que estar vigilantes, pues los ladrones acechan.

79. Cuando el Señor quiso mostrar que todo mandamiento es necesario, concedió a los hombres la filiación por su Sangre, diciendo: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os mandó, decid: Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10). Por eso la recompensa por las obras no es el Reino de los Cielos, sino la gracia del Soberano preparada para los siervos fieles. El siervo no exige la libertad como recompensa, sino que da gracias como deudor y la espera por gracia.

80. Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, y concede libertad a quienes le sirven bien. Pues dice: «Siervo bueno y fiel. En lo poco fuiste fiel, sobre lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21). No es siervo fiel el que se apoya en la alta estima de sí mismo, sino el que cree a Cristo por la obediencia a los mandamientos.

81. Quien honra al Soberano hace lo que Él manda. Y quien ha pecado y desobedecido soporta lo que le corresponde. Si amas aprender, ama también trabajar, pues la alta opinión de uno mismo hace al hombre presuntuoso.

82. Las tentaciones que llegan de improviso nos enseñan, por providencia, a ser laboriosos.

83. Es propio de la estrella irradiar luz, y es propio del piadoso y temeroso de Dios ser discreto y humilde. Pues ninguna otra cosa revela y muestra la señal de los discípulos de Cristo sino la humildad de pensamiento y el aspecto sin ostentación, y de esto dan testimonio en todas partes los cuatro Evangelios. Y si esto falta —si alguien no vive con humildad—, se aparta de la parte de Aquel que se humilló hasta la cruz y la muerte, el Legislador activo de los santos Evangelios.

84. «Oh, todos los sedientos —dice la Escritura—, id a las aguas» (Is 55,1). Vosotros que tenéis sed de Dios, id con pensamiento puro. Pero el que vuela alto, que mire con él hacia la tierra de su propia flaqueza, pues nadie superará al humilde. Todo lo que no está en la luz está en la tiniebla y en la oscuridad; y así, cuando falta la humildad de pensamiento, todos nuestros esfuerzos en Dios son vanos e inútiles.

85. «El fin de todo el discurso oído es este: teme a Dios y guarda sus mandamientos» (Ecl 12,13), y esto tanto noética como sensiblemente. Y cuando pongas empeño en guardarlos noéticamente, poco a poco comenzarás a exigir de ellos también los trabajos sensibles. Pues dice David: «El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón» (Sal 39,9).

86. Si el hombre no cumple la voluntad y la ley de Dios en medio de su vientre, esto es, en el corazón, tampoco le será fácil cumplirla por fuera. Perdiendo la iluminación divina, el negligente que no es sobrio dice a Dios: «No quiero conocer tus caminos». Pero quien participa de la iluminación divina conocerá la ley de Dios y será suficientemente firme en las cosas divinas.

87. La sal natural sazona el pan y preserva de corrupción todo guiso y toda carne. Lo mismo puede decirse de la guarda del intelecto, de la dulzura noética y de su admirable obra: sazona a la vez al hombre exterior y al interior, ahuyenta el hedor de los pensamientos malignos y nos conserva íntegros en el bien.

88. De la provocación vienen numerosos pensamientos, y de los pensamientos, obras malignas. Pero quien permanece con Jesús apaga al punto los primeros, evita los segundos y se enriquece con el dulce conocimiento divino, por el cual halla a Dios presente en todas partes; y mirando en este espejo noético es siempre iluminado, como el vidrio puro cuando caen sobre él los rayos del sol. Entonces el intelecto, habiendo alcanzado su más alto deseo, descansa de toda otra contemplación que haya en él.

89. Todo pensamiento entra en el corazón cuando el hombre imagina algún objeto sensible. Por eso la bienaventurada luz divina ilumina el intelecto solo cuando este se libra de los pensamientos y no imagina nada. Pues esa claridad aparece en el intelecto puro únicamente cuando desaparecen todos los pensamientos.

90. Cuanto más atento estés a tu mente, tanto más orarás a Jesús con deseo; y cuanto más perezoso seas en entrar en tu mente, tanto más te alejarás de Jesús. Y como lo primero ilumina por completo el espacio noético, así el apartarse de la sobriedad y de la dulce invocación de Jesús suele oscurecerlo por todas partes. Así ocurre siempre, como hemos dicho, y no de otro modo. Y comprobándolo en la experiencia, lo comprenderás. Pues la virtud, y sobre todo una obra tan luminosa y dulce, no se aprende de otro modo que por la experiencia.

91. La invocación frecuente de Jesús con deseo lleno de gozo y de dulzura hace que el espacio del corazón se llene de alegría y de silencio, por la grandísima atención. Y la causa de la mayor purificación del corazón es Jesucristo, Hijo de Dios y Dios, causa y Creador de todo bien: «Yo, el Señor, hago todas estas cosas» (Is 45,7).

92. El alma a la que Jesús hace bien y endulza rinde alabanza a su Bienhechor con gozo y amor, en confesión, dándole gracias y llamando con alegría a Aquel que le da paz; y lo ve dentro de sí destruyendo las fantasías de los espíritus malignos.

93. «Y mis ojos —dice David— han mirado a mis enemigos, y mi oído oirá de los malignos que se levantan contra mí» (Sal 91,12) —los ojos noéticos, los enemigos noéticos—. Y veía la retribución de los pecadores por parte de Dios, cumplida dentro de él. Y cuando en el corazón no hay fantasía alguna, entonces el intelecto permanece en su estado natural, dispuesto a dirigirse hacia toda visión dulce, espiritual y amante de Dios.

94. Así pues, como ya he dicho, la sobriedad y la oración de Jesús entran en la composición una de otra: la mayor atención pertenece a la oración frecuente, y la oración, a su vez, a la máxima sobriedad y atención.

95. Buen maestro para el alma y para el cuerpo es la memoria constante de la muerte, para que, repasando con el intelecto nuestra vida, veamos siempre ante nosotros aquel lecho en el que yaceremos cuando el alma salga del cuerpo, y todo lo demás.

96. No es posible, hermanos, que duerma quien quiere permanecer siempre ileso; hay que escoger una de estas dos cosas: o caer y perecer, despojado de las virtudes, o estar siempre en pie y armado en el intelecto. Pues también el enemigo está siempre con su ejército.

97. Gracias al recuerdo y a la invocación incesantes de nuestro Señor Jesucristo surge en nuestro intelecto cierto orden divino, si nos cuidamos de orar siempre a Él con el intelecto, de ser a menudo sobrios y de trabajar. Y verdaderamente será siempre igual y se cumplirá del mismo modo la obra de invocar a nuestro Señor Jesucristo, cuando el corazón encendido clama para recibir el santo nombre de Jesús. La repetición frecuente es madre del hábito, tanto en la virtud como en el pecado, y el hábito se mantiene ya como si fuera natural. Cuando el intelecto está en ese estado, busca a los adversarios como el perro de caza busca la liebre entre los matorrales; el perro, al encontrarla, la devora; y el intelecto los reduce a cenizas.

98. Siempre que se multipliquen en nosotros los pensamientos malignos, invoquemos a nuestro Señor Jesucristo, y entonces sabremos cómo se destruyen y se disipan como el humo en el aire, según ya lo hemos visto por experiencia. Y cuando el intelecto quede solo, pasemos de nuevo a la atención y a la invocación incesantes. Y por muchas veces que seamos tentados, hagamos otra vez lo mismo.

99. Como es imposible entrar en batalla sin armas, o cruzar a nado un gran mar vestido, o vivir sin respirar, así es imposible, sin humildad y sin oración frecuente a Cristo, aprender la lucha noética y oculta y ahuyentarla y rechazarla con destreza.

100. El muy activo David decía al Señor: «Mi fuerza guardaré en ti». Las fuerzas de la quietud del corazón y del intelecto, de las que nacen todas las virtudes, se conservan en nosotros porque recibimos ayuda del Señor, a quien invocamos a menudo. Él nos da los mandamientos y ahuyenta de nosotros el inmundo olvido, que destruye la quietud del corazón como el agua destruye el fuego. Por eso, oh monje, no te duermas por pereza para tu propia muerte, sino golpea a los adversarios con el nombre de Jesús; y como dijo cierto sabio: «Que el nombre de Jesús se adhiera a tu respiración, y entonces comprenderás el provecho de la quietud».

101. Cuando nosotros, indignos, con temor y temblor seamos hechos dignos de los Divinos y Purísimos Misterios de Cristo, nuestro Dios y Rey, entonces mostremos la mayor sobriedad, guarda del intelecto y circunspección, para que el fuego divino, esto es, el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, consuma nuestros pecados y nuestras impurezas, pequeñas y grandes. Pues cuando el fuego divino entra en nosotros, ahuyenta del corazón a los espíritus malignos y nos perdona los pecados pasados, y los pensamientos malignos dejan de inquietar al intelecto. Y si después de esto guardamos perfectamente nuestro intelecto y de nuevo somos hechos dignos de los Misterios de Cristo, el Divino Cuerpo iluminará cada vez más nuestro intelecto y lo hará luminoso.

102. El olvido apaga la guarda del intelecto como el agua apaga el fuego. Pero la oración frecuente de Jesús con firme sobriedad expulsa por completo el olvido del corazón. Y la oración necesita de la sobriedad como el candelero de la luz de la vela.

103. Conviene trabajar guardando lo que nos es precioso. Y precioso nos es aquello que nos guarda de todo pecado sensible y noético, esto es: la guarda del intelecto, la invocación de Jesucristo, la mirada constante a lo hondo del corazón y la quietud de la mente aun respecto de los pensamientos que parecen buenos, y el empeño en librarnos de los pensamientos, para que no se oculten los ladrones. Aunque nos sea duro guardar el corazón, el consuelo está cerca.

104. El corazón acostumbrado a la vigilancia incesante y a no recibir representaciones, imágenes y espejismos de los espíritus tenebrosos y malignos engendra pensamientos luminosos. Como el carbón engendra la llama, tanto más Dios, que habita en el corazón desde el santo bautismo, cuando halla el espacio de nuestro corazón puro de vientos malignos y guardado por la guarda del intelecto, enciende nuestro intelecto para la contemplación como la llama enciende la cera.

105. Conviene hacer girar siempre en el receptáculo del corazón el nombre de Jesucristo, como el relámpago gira en el espacio antes de la lluvia. De esto saben bien quienes tienen experiencia de la guarda del intelecto y de la batalla interior. Libremos esta guerra como la libra un ejército. Primero, usemos la atención; después, habiendo reconocido al enemigo que nos ha puesto el pensamiento, con palabras airadas ahuyentémoslo del corazón; y tercero, oremos al punto, volviendo el corazón a la invocación de Jesucristo, para que se destruya de inmediato la aparición demoníaca y el intelecto no vaya tras la fantasía, como un niño a quien cuentan fábulas y las cree.

106. Trabajemos como David, diciendo: «Señor Jesucristo, que no enmudezca nuestra garganta ni desfallezcan nuestros ojos noéticos de esperar al Señor Dios nuestro» (cf. Sal 68,4).

107. Recordemos siempre la parábola del juez injusto, en la cual el Señor dice «que es necesario orar siempre y no desfallecer» (Lc 18,1), y hallaremos provecho y recompensa.

108. Como es imposible que a quien mira al sol no se le llenen de luz los ojos, así es imposible que quien entra siempre en el espacio del corazón no sea iluminado.

109. Como es imposible vivir sin comida y bebida, así es imposible, sin guardar el intelecto y la pureza del corazón —que es la sobriedad—, que el alma alcance algo agradable a Dios o se libre del pecado noético, aunque te fuerces a no pecar por temor a los tormentos.

110. Sin embargo, también los que evitan el acto pecaminoso por alguna coacción son bienaventurados ante Dios, los ángeles y los hombres, como quienes conquistan por fuerza el Reino de los Cielos.

111. Hay algo admirable en el modo en que la quietud aprovecha al intelecto: la virtud noética y sobria corta en nuestro hombre interior todas las transgresiones que primero llaman como pensamientos a la puerta del intelecto, procurando que, si la mente las acoge, se conviertan en transgresiones sensibles y sólidas; y no las deja llegar a ser obras malignas, por el poder y la protección de nuestro Señor Jesucristo.

112. El símbolo de la enseñanza exterior, sensible y corporal es el Antiguo Testamento. Pero el santo Evangelio, esto es, el Nuevo Testamento, es el símbolo de la atención, esto es, de la pureza del corazón. El Antiguo Testamento no llevaba al hombre a la perfección ni movía al hombre interior a la piedad. «Pues la ley —dice el Apóstol— nada llevó a la perfección» (Hb 7,19): solo prohibía las transgresiones graves. Cortar también del corazón los pensamientos y las intenciones malignas, como manda el Evangelio, sirve más a la pureza del alma que la prohibición de arrancar un ojo o un diente al prójimo. Entiende lo mismo acerca de la justicia y la disciplina corporales, del ayuno y la continencia, de las postraciones, la estación de pie, la vigilia y los demás trabajos que se hacen con el cuerpo: apaciguan la parte pasional del cuerpo y no le permiten llegar al acto pecaminoso. Bueno es también lo que he dicho del Antiguo Testamento, pues instruye a nuestro hombre exterior y lo guarda de las pasiones en acto; pero no lo guarda de las transgresiones noéticas, esto es, no las prohíbe, de modo que nos libre con la ayuda de Dios de la envidia, la ira y las demás pasiones.

113. La pureza del corazón, esto es, la guarda del intelecto y la vigilancia, cuyo símbolo es el Nuevo Testamento, cuando se guarda en nosotros como conviene, corta del corazón todas las pasiones, arrancándolas de raíz, y en su lugar introduce en el corazón el gozo, la buena esperanza, la compunción, el llanto, las lágrimas, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestros pecados, la memoria de la muerte, la verdadera humildad, el amor sin límites a Dios y a los hombres, y el divino gozo del corazón.

114. Como es imposible que quien camina por la tierra hienda el aire, así es imposible que los demonios no asalten el corazón humano o que no obren secretamente en él, aunque el hombre realice trabajos corporales.

115. Si quieres no solo parecer bueno y manso y unido a Dios, sino ser verdaderamente monje en el Señor, recorre con todas tus fuerzas la virtud de la atención, esto es, la guarda y la vigilancia del intelecto y el logro en el corazón de la dulce quietud; el bienaventurado estado del alma sin imaginaciones no se halla en todos.

116. La virtud de la atención se llama filosofía del intelecto. Recórrela con gran sobriedad y cálido celo, con la oración de Jesús, con humildad, discernimiento y con silencio de los labios corporales y noéticos, con abstinencia de comida y bebida y de toda cosa pecaminosa. Continúa por el camino noético con sabiduría, y ella, con la ayuda de Dios, te enseñará lo que no sabes, y te informará, y te iluminará, y te dará entendimiento, y te enseñará lo que antes no podías recibir con el intelecto, cuando andabas en la tiniebla de las pasiones y de las obras oscuras, sumergido en el abismo del olvido y de la confusión.

117. Como los valles producen trigo, así la virtud de la atención produce en tu corazón todo bien. Pero sobre todo te la concede nuestro Señor Jesucristo, sin el cual nada puedes hacer. Al principio la hallarás como una escala; después, como un libro que leerás; y luego, perfeccionándote, hallarás la ciudad celestial de Jerusalén y verás claramente con el intelecto a Cristo, Rey de los ejércitos, Rey de Israel, con su Padre consustancial y el Espíritu Santo a quien adoramos.

118. Con fantasías mentirosas los demonios nos llevan siempre al pecado. Pues con la fantasía de la plata y la ganancia empujaron al miserable Judas a traicionar al Señor y Dios de todos; y la fantasía de un vil placer corporal, y del honor, y de la ganancia, y de la gloria lo llevaron a la soga y le procuraron la muerte eterna, lo contrario de lo que le mostraban en las provocaciones de la fantasía. Así le pagaron los malignos.

119. Mira cómo con fantasías, mentiras y promesas vanas nos vencen los enemigos de nuestra salvación; el mismo Satanás cayó de lo alto como un rayo cuando se imaginó igual a Dios, y así arrancó también a Adán de Dios, sugiriéndole el pensamiento de una dignidad divina; y de este modo el enemigo mentiroso y traicionero acostumbra extraviar a todos los que pecan.

120. El veneno de los pensamientos malignos trae amargura a nuestro corazón cuando por mucho tiempo abandonamos la atención y la oración de Jesús, negligentes por el olvido. Pero nos endulza el sentimiento de la dulzura del gozo bienaventurado cuando firme y ciertamente cumplimos en el campo noético todo lo necesario con amor divino. Entonces estamos dispuestos a caminar en la quietud del corazón no por otra cosa sino por aquel dulce sentimiento y alegría en el alma.

121. El arte de las artes y la destreza de las destrezas es contener los pensamientos que obran el mal. Este es el modo y el arte más alto: reconocer en el Señor la fantasía de su provocación y guardar los pensamientos como guardamos los ojos del cuerpo, vigilando a todo el que viene a herirlos, apartando de ellos hasta la más pequeña ramita.

122. Como la nieve no engendra llama, ni el agua fuego, ni el espino higos, así el corazón del hombre no se librará de los pensamientos, palabras y obras demoníacos si no se purifica por dentro, si no une la sobriedad con la oración de Jesús, si no adquiere humildad y quietud del alma, si no se apresura y camina con gran diligencia. El alma desatenta permanece estéril para toda comprensión buena y perfecta, como un lodazal estéril en el que no hay comprensión de la sabiduría espiritual. Verdaderamente dulces son la paz del alma, y el nombre de Jesús, y el desgaste de los pensamientos pasionales.

123. Cuando el alma delibera con el cuerpo sobre el mal, entonces los dos juntos edifican la ciudad de la vanagloria y la torre de la soberbia, y en ellas se instalan los pensamientos impíos. Pero el Señor, con el temor del infierno, sacude y quebranta su acuerdo, y mueve al alma, su señora, a decir y pensar cosas extrañas y contrarias al cuerpo; y del temor nace la división, «porque la aspiración de la carne es enemistad contra Dios» (Rm 8,7).

124. Conviene sopesar siempre nuestras obras cotidianas y vigilarlas y, cuando sea posible, aligerarlas por la tarde con el arrepentimiento, si queremos vencer el pecado con Cristo. Y hay que discernir si realizamos todas nuestras obras sensibles y visibles según Dios, ante Dios y para el solo Dios, a fin de que no nos roben los sentidos irracionales.

125. Cuando con la ayuda de Dios ganamos cada día algo gracias a nuestra sobriedad, no nos conviene volvernos irreflexivamente hacia otras personas, para que no nos arruinen numerosas conversaciones peligrosas; más nos conviene despreciar todo lo vano por el amable y dulce provecho y la belleza de esta virtud.

126. Rectamente, tal como Dios las creó por naturaleza, debemos dirigir las tres potencias del alma. La ira, contra nuestro hombre exterior y contra la serpiente Satanás. Airaos, se ha dicho, contra el pecado, esto es, airaos contra vosotros mismos y contra el diablo, para no pecar ante Dios. El deseo conviene dirigirlo hacia Dios y hacia la virtud. Y sobre estas dos, esto es, sobre la ira y el deseo, pongamos la razón, para que instruya, enseñe, impulse y gobierne, como un rey gobierna a sus siervos. Y cuando pongamos a la razón a dominar sobre ellas, entonces las gobernará según Dios, aunque las pasiones se levanten contra ella. Pues dice el hermano del Señor: «Si alguno no ofende de palabra, es varón perfecto, capaz de refrenar también todo el cuerpo» (St 3,2). Pues, a decir verdad, toda iniquidad y pecado ocurren por estas tres potencias del alma, y por ellas ocurren también toda virtud y justicia.

127. El intelecto se oscurece y se vuelve estéril cuando el monje o dice palabras mundanas, o conversa con ellas en su mente, o cuando su cuerpo junto con su intelecto emprende vanamente algo sensible, o cuando el monje se entrega a la vanidad. Entonces al punto pierde el calor, la compunción, la osadía ante Dios y el conocimiento. Pues cuanto vigilamos nuestro intelecto, tanto somos iluminados; y cuanto no lo vigilamos, tanto nos oscurecemos.

128. Quien cada día anhela y busca la guarda y la quietud del intelecto puede fácilmente despreciar todo lo sensible, para no trabajar en vano. Pero cuando alguien desprecia su conciencia, se dormirá amargamente en el sueño mortal del olvido. Por eso ora el divino David: para no dormirse (cf. Sal 12,4). Y el Apóstol dice: «Al que sabe hacer el bien y no lo hace, le es pecado» (St 4,17).

129. El intelecto pasa de la pereza a su propio rango y a la sobriedad cuando arde de diligencia y cuando con celo ardiente renovamos la actividad de nuestro intelecto.

130. El asno del molino no adelantará a la piedra que hace girar, ni el intelecto alcanzará la virtud perfecta hasta que purifique su propio interior. Está siempre ciego de los ojos interiores quien no puede ver la virtud y al resplandeciente Jesús.

131. Un caballo fuerte y veloz salta con ligereza llevando al jinete; y el intelecto se alegra con alegría en la luz del Señor cuando al alba se presenta ante el Señor libre de pensamientos, y pasa de la fuerza de la filosofía activa, mirándose a sí mismo, a la fuerza inefable que contempla virtudes inefables. Y cuando reciba en el corazón la profundidad de pensamientos elevados, infinitos y divinos, entonces se manifestará a su corazón, en la medida de lo posible, el Dios de dioses. El intelecto, maravillado, glorificará amorosamente a Dios visto y que ve, el cual por estos medios salva a quienes así lo contemplan.

132. La quietud del corazón contemplará una alta profundidad, si se la guarda con inteligencia, y el oído del intelecto silencioso oirá de Dios cosas admirables.

133. Cuando un viajero emprende un camino largo, arduo y difícil y teme perderse al regresar, deja por el camino ciertas señales e indicadores gracias a los cuales volverá fácilmente a casa. Y el varón que viaja con sobriedad deja palabras, pues también teme perderse.

134. Pero el regreso al lugar de donde salió es alegría para el viajero, mientras que para el sobrio volver atrás es la perdición del alma racional y señal de alejamiento de las obras, palabras y pensamientos agradables a Dios. Durante el sueño mortal del alma tendrá pensamientos agudos como un aguijón, que le recordarán el gran oscurecimiento y la angustia que le sobrevinieron por la negligencia.

135. Cuando caemos en la aflicción, en el desaliento y en la desesperanza, nos conviene hacer como hacía David, esto es, derramar ante Dios las penas de nuestro corazón, y manifestar al Señor nuestra oración y nuestra aflicción, tal como es. Nos confesamos a Dios como a Aquel que puede dirigirnos sabiamente y hacer ligera la aflicción cuando nos es útil, y librarnos de la tristeza corruptora y destructiva.

136. La ira contra el hombre, no dirigida según la naturaleza, y la tristeza que no es según Dios, y la angustia destruyen los pensamientos buenos y razonables. El Señor, disipando con la confesión la ira, la tristeza y la angustia, infunde gozo en el alma.

137. Los pensamientos que han entrado en nuestro corazón y se han afianzado allí sin quererlo nosotros, y permanecen, conviene destruirlos con la oración de Jesús y con sobriedad, desde lo hondo del pensamiento del corazón.

138. Cuando estamos apenados por numerosos pensamientos irracionales, hallaremos alivio y gozo si nos reprochamos con verdad y sin pasión y contamos todo al Señor como a un hombre. Hechas estas dos cosas, hallaremos descanso.

139. Los padres consideran que Moisés el legislador es imagen del intelecto, que ve a Dios en la zarza, y es glorificado en el rostro, y el Dios de dioses lo pone como dios sobre el faraón; hiere a Egipto y saca a Israel y establece la ley. Si entiendes esto no literalmente, sino según el espíritu, se trata de la actividad y de la preeminencia del intelecto.

140. Imagen del hombre exterior es Aarón, hermano de Moisés el legislador. Reprochando con ira al hombre exterior, como Moisés reprochó a Aarón su pecado, digamos: «¿Qué te ha hecho Israel, para que lo hayas apartado del Señor Dios vivo, Todopoderoso?» (cf. Ex 32,21).

141. Entre todos sus demás bienes, el Señor Dios, cuando quiso resucitar a Lázaro de entre los muertos, nos mostró que hay que refrenar con prohibición la debilidad afeminada del alma y ser firmes con nosotros mismos, pues el reproche de sí mismo libra al alma del amor propio, de la vanagloria y de la soberbia.

142. Como es imposible atravesar la profundidad del mar sin una gran nave, así es imposible ahuyentar la provocación de un pensamiento maligno sin la invocación de Jesucristo.

143. La resistencia detiene los pensamientos, y la invocación de Jesucristo los ahuyenta del corazón. Cuando por la fantasía de alguna cosa sensible se forma en el corazón una provocación —sea por el recuerdo de un hombre que nos ha ofendido, o por el pensamiento de la belleza de una mujer, o por el recuerdo del oro y la plata, o si todas estas ideas pasan por turno por nuestro corazón—, entonces al punto quedan al descubierto los pensamientos de rencor, de fornicación y de avaricia que suscitaron la fantasía en el corazón. Y cuando nuestro intelecto es experimentado y está adiestrado, y acostumbrado a guardarse y a ver clara y limpiamente las fantasías halagadoras y los señuelos de los malignos, entonces apaga al instante las flechas encendidas del diablo con la resistencia y con la oración a Jesucristo, no permitiendo que la fantasía pasional acompañe al pensamiento, ni que nuestros pensamientos se unan al ensueño, ni que conversen gratamente con él, ni que reúnan muchas ideas y se unan a ellas —de lo cual seguirían las obras malignas, como el día sigue a la noche—.

144. Cuando nuestro intelecto es inexperto en la sobriedad, al punto se mezcla apasionadamente con cualquier fantasía que se le aparezca y conversa con ella, escuchando preguntas injustas y respondiéndolas. Entonces nuestros pensamientos se mezclan con la fantasía demoníaca, que además crece y se multiplica para mostrarse amable, agradable y atractiva al intelecto engañado y robado. Entonces nuestro intelecto padece algo semejante a esto: como si en una llanura pacieran mansos corderos y llegara corriendo un perro, y los corderos corrieran hacia el perro como hacia su madre, sin obtener de esa cercanía nada sino inmundicia y hedor. Así también nuestros pensamientos, por su inexperiencia, se acercan a todas las fantasías demoníacas en el intelecto y, unidos a ellas, deliberan cómo destruir Ilión, como deliberaron Agamenón y Menelao. Así también estos deliberan qué hay que hacer para llevar a obra, por medio del cuerpo, lo que la provocación demoníaca les ha mostrado como hermoso y agradable. Y así se acumulan dentro otros pecados del alma, y entonces, como por necesidad, sale fuera lo que está oculto en el corazón.

145. El intelecto es algo tan ligero y sin malicia que cede fácilmente a las fantasías, y no le es fácil abstenerse de fantasías ilícitas cuando no hay en él un dueño de las pasiones: el pensamiento que se lo prohíbe y que siempre lo refrena.

146. La contemplación y el conocimiento son maestros de la vida perfecta y sus defensores, pues cuando elevan la mente, esta comienza a despreciar las pasiones y las demás cosas sensibles y placenteras de esta vida, como malas.

147. La vida atenta que transcurre en Cristo Jesús engendra la contemplación y el conocimiento; engendra también el ascenso divino y las ideas sapientísimas unidas a la humildad, como dice el divino profeta Isaías: «Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas; levantarán alas como águilas y volarán hacia el Señor» (cf. Is 40,31).

148. A los hombres les parece cosa dura y penosa guardar quietud de todo pensamiento. Y verdaderamente es una obra difícil y dolorosa. No solo es doloroso para los inexpertos recibir y retener lo incorpóreo en lo corpóreo, sino también para los experimentados en la batalla interior e imperceptible. Pero quien por la oración constante tiene al Señor Jesús en su pecho no se cansará siguiéndolo y, según las palabras del profeta, «no deseará el día de la calamidad» (Jr 17,16), por la belleza, agrado y dulzura de Jesús. Y no será avergonzado ante sus enemigos, los impíos demonios que merodean, hablando con ellos «en las puertas» (Sal 126,5) del corazón y ahuyentándolos con el nombre de Jesús.

149. Cuando después de la muerte el alma se eleva por el aire hacia las puertas celestiales, y lleva consigo y en sí a Cristo, no será avergonzada ante sus enemigos. Con osadía, tanto ahora como entonces, hablará con ellos en las puertas. Solo que hasta su fin no deje de invocar al Señor Jesucristo, Hijo de Dios, día y noche, y Él «la defenderá prontamente» (Lc 18,8), según su promesa verdadera y divina, como dice acerca del juez injusto: «Os digo que la defenderá tanto en esta vida como después de la salida del alma del cuerpo».

150. Navegando por el mar noético, espera en Jesús. Pues Él dice secretamente en tu corazón: «No temas, Jacob, gusanillo mío, débil Israel; yo te ayudo» (Is 41,14). Y si Dios está por nosotros, ¿qué maligno se levantará contra nosotros? Dios, que está por nosotros, ha glorificado a los limpios de corazón y ha establecido por ley que en los corazones puros entre el divinamente dulce y único puro Jesús, y que Él quiere habitar en ellos. Por eso no dejemos, como dice el divino Pablo, de ejercitarnos en la piedad (1 Tm 4,7). Verdaderamente buena piedad hay en quienes arrancan de raíz las siembras del maligno. Tal piedad es el camino de la palabra, esto es, la vía de la razón, o la vía del pensamiento.

151. «Se deleitará en la abundancia de paz» (Sal 36,11), según la palabra de David, aquel que no hace acepción de personas juzgando la injusticia en su corazón, esto es, que no recibe las imágenes de los espíritus malignos y, por medio de esas imágenes, no piensa en el pecado y en el mal, juzgando y razonando en la tierra de su corazón, y no convierte al justo en pecado. Los grandes y sabios padres en algunas de sus obras llaman hombres a los demonios, por su naturaleza racional. De esto habló también el Señor en el Evangelio: «Un enemigo, un hombre, ha hecho esto» (Mt 13,28), esto es, ha sembrado cizaña entre el trigo. No es fácil renunciar rápidamente a quienes obran el mal, y por eso los pensamientos nos pierden.

152. Si comenzamos a vivir con atención del intelecto y uncimos la humildad a la sobriedad, y unimos la oración al rechazo de los pensamientos, andaremos bien el camino noético, como con una lámpara clara —con el nombre de Jesucristo, a quien adoramos—, barriendo la casa de nuestro corazón y limpiándola de la malicia, adornándola y purificándola. Pero si nos apoyamos solo en nuestra sobriedad y atención, pronto el enemigo nos derribará y caeremos. Nos derribarán los aduladores y los más traicioneros, y quedaremos enredados en las redes de sus pensamientos malignos, y hasta fácilmente nos atravesarán, porque no tenemos la espada poderosa: el nombre de Jesucristo. Pues solo esta espada es honorable, la cual, girando a menudo en un corazón donde no hay imagen alguna, sabe hacerlas retroceder y cortarlas, y abrasarlas y devorarlas como el fuego devora la paja.

153. La obra de la sobriedad incesante, provechosa para el alma y fecunda, es ver al punto cómo se forman en el intelecto las fantasías de los pensamientos; y la obra de la resistencia es desenmascarar y descubrir el pensamiento que intenta entrar, por la fantasía de alguna cosa sensible, en el espacio de nuestro intelecto. Y la invocación del Señor es lo que al instante apaga y destruye todo designio de los adversarios, toda palabra, toda fantasía, toda semejanza, toda aparición maligna. Pues nosotros mismos vemos en el intelecto cómo Jesús, nuestro gran Dios, los vence con su poder y nos venga a nosotros, humildes, indignos y de ningún valor.

154. Muchos no comprenden que todos los pensamientos no son otra cosa que fantasías de cosas sensibles y mundanas. Pero cuando nos mantenemos sobrios en la oración, entonces la oración libra la mente de toda fantasía sensible de los pensamientos malignos y le entrega las palabras del combate contra los adversarios; por eso la oración y la sobriedad son un gran bien. «Solo con tus ojos mirarás y verás la retribución de los pecadores» (Sal 90,8) —en el intelecto, y lo comprenderás—, dice David el salmista.

155. Recordemos la muerte, si es posible, sin cesar. Recordándola, dejaremos la tristeza y toda vanidad. La guarda del intelecto y la oración incesante, la impasibilidad del cuerpo —esto es, el aborrecimiento del pecado— y casi toda virtud que hay en nosotros, a decir verdad, provienen de esto. Por eso recordemos la muerte, en lo posible, con cada respiración nuestra.

156. El corazón que por fin se ha apartado de las fantasías engendra en sí pensamientos gozosos, divinos y misteriosos: así juegan los peces y los delfines, sumergiéndose en un mar apacible. Sobre el mar sopla un viento suave, y sobre el abismo del corazón, el Espíritu Santo. «Y porque sois hijos —dice el Apóstol—, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6).

157. Todo monje dudará y no se atreverá a emprender la obra espiritual hasta que su intelecto se haga sobrio, sea porque no conoce su belleza, sea porque la conoce pero no puede emprenderla por negligencia. Se librará de las dudas cuando comience a guardar el intelecto, lo cual se llama la filosofía noética del intelecto. Entonces hallará el camino del que dijo el Señor: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

158. De nuevo dudará al ver el abismo de los pensamientos y la multitud de los niños de Babilonia. Pero también esta duda la destruye Cristo, cuando nos apoyamos en Él con la fortaleza noética, como sobre una roca. Estrellando contra esta roca a los niños de Babilonia (Sal 136,9), los rechazamos. «El que guarda el mandamiento no conocerá cosa mala» (Ecl 8,5). «Sin mí —dice Cristo— no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

159. Verdadero monje es el que se ejercita en la sobriedad, y verdaderamente sobrio es el que en su corazón es monje.

160. La vida humana transcurre contando años, meses, semanas, días, horas y minutos. Así también nosotros debemos continuar en las obras virtuosas —me refiero a la sobriedad, a la oración y a la dulzura del corazón en la agradable quietud— hasta nuestro fin.

161. Nos sobrevendrá la hora de la muerte, vendrá, y no podremos escapar de ella. ¡Ojalá el príncipe del mundo y del aire, que vendrá entonces, halle nuestras iniquidades pequeñas e insignificantes y no nos acuse de verdad!, pues entonces será vano nuestro llanto. «El que, conociendo la voluntad de su señor, no se preparó ni obró conforme a su voluntad —dice la Escritura—, recibirá muchos azotes» (Lc 12,47).

162. Ay de vosotros que habéis perdido el corazón: «¿qué haréis cuando el Señor os visite?» (Si 2,14). Por eso, hermanos, combatamos.

163. A los pensamientos ordinarios e impasibles siguen los pasionales, como hemos aprendido por muchos años de experiencia y observación. Los primeros son la entrada de los segundos, esto es, los impasibles de los pasionales.

164. Verdaderamente conviene al hombre partirse a sí mismo en dos voluntariamente y desgarrarse con una resolución sapientísima; conviene que se haga enemigo feroz de sí mismo. Como tratamos al hombre que nos ha injuriado y calumniado con saña, así, y mucho más, debemos tratarnos a nosotros mismos, si queremos cumplir el gran y primer mandamiento, esto es, vivir como Cristo, en bienaventurada humildad, una vida divina en la carne. Por eso dice el Apóstol: «¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» (Rm 7,24). Pues no se somete a la ley de Dios. Y mostrando que está en nuestro poder someter el cuerpo a la voluntad de Dios, dice: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Mas cuando el Señor nos juzga, nos corrige» (1 Co 11,31-32).

165. El comienzo de la fecundidad es la flor; el comienzo de la guarda del intelecto es la continencia en la comida y la bebida, el rechazo y el abandono de todos los pensamientos, y la quietud del corazón.

166. Cuando comenzamos nuestro combate, fortalecidos en Cristo Jesús, con firme sobriedad, entonces aparece en nuestro intelecto algo como una vela sostenida por la mano del intelecto, que nos conduce por los senderos noéticos. Después surge algo como una luna clara que gira por el firmamento del corazón, y entonces se nos aparece el Sol: Jesús, que resplandece con justicia, esto es, que se muestra a sí mismo y la luz clarísima de sus visiones.

167. Tales cosas revela Jesús secretamente al intelecto que permanece en su mandamiento: «Circuncidad, pues, vuestro corazón incircunciso» (Dt 10,16). Y, como se ha dicho, la sobriedad diligente enseña al hombre pensamientos admirables. La Divinidad no hace acepción de personas. Por eso dice el Señor: «Al que tiene se le dará, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mt 13,12). «A los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien» (Rm 8,28). Por eso las virtudes acudirán presurosas en su ayuda.

168. Una nave no recorrerá muchas millas sin agua, y la guarda del intelecto no durará mucho sin sobriedad, humildad y oración constante a Jesús.

169. El cimiento de la casa es la piedra; el cimiento y el techo de esta virtud es el santo nombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien adoramos. Cuando se desata la tormenta, un timonel inexperto destroza fácilmente la nave; dispersa a los remeros, arroja los remos y el timón al abismo, y él mismo se duerme. Con mayor facilidad aún destruyen los demonios al alma que es negligente en la sobriedad y no invoca el nombre de Jesús cuando llegan las provocaciones.

170. Escribimos lo que sabemos y lo que hemos visto al recorrer este camino, y os damos testimonio, si queréis recibirlo, pues el Señor mismo dijo: «Si alguno no permanece en mí, será echado fuera como el sarmiento y se secará; y los recogen y los echan al fuego, y arden» (Jn 15,6). Pero si alguno permanece en el Señor, también el Señor permanece en él. Como es imposible que el sol brille sin luz, así es imposible que el corazón se purifique de los pensamientos inmundos y destructores sin la oración con el nombre de Jesús. Si esto es verdad, como veo por experiencia, unamos el nombre de Jesús a nuestra respiración. Su nombre es luz, y los pensamientos son tiniebla; el nombre de Jesús es el nombre de Dios y Soberano, y los pensamientos son esclavos de los demonios.

171. Que la guarda del intelecto sea llamada, con propiedad y justicia, engendradora de luz y de relámpagos, irradiadora de luz y ella misma portadora de fuego. Pues está por encima, a decir verdad, de muchas virtudes corporales. Por eso nos conviene llamar a esta virtud con nombres honorables, ya que por ella se engendra una luz resplandeciente. Amándola, los pecadores e indignos, los abominables e insensatos, los ignorantes e injustos pueden hacerse justos, puros, santos y sabios en Cristo Jesús. Y no solo llegan a ser tales, sino que pueden también contemplar las cosas ocultas y teologizar. Y cuando aprendan a penetrar en las cosas ocultas, pasarán a esta luz purísima e infinita y la tocarán con toques inefables, y con ella vivirán y permanecerán, pues han conocido que el Señor es bueno. Por eso en estos primeros entre los ángeles se cumple la palabra del divino David: «Y los justos alabarán tu nombre, y los rectos morarán ante tu rostro» (Sal 139,14). Verdaderamente, solo estos invocan y confiesan rectamente a Dios, y los que lo aman siempre gustan de conversar con Él.

172. Ay del hombre interior por causa del exterior. Pues los sentidos exteriores hieren mucho al hombre interior y, herido, este infligirá heridas a los sentidos exteriores. Pero cuando alguien ha hecho lo que dice la Escritura, ya ha comprendido lo que ocurre en la contemplación.

173. Si nuestro hombre interior guarda la sobriedad, es capaz, según dicen los padres, de guardar también al hombre exterior. Sin embargo, tanto nosotros como los demonios malhechores cometemos el pecado en común: los demonios, o bien con los solos pensamientos, o bien con imágenes fantasiosas, dibujan en el intelecto el pecado al que quieren llevarnos; y nosotros pecamos con los pensamientos dentro y con las obras fuera. Los demonios, al no tener cuerpo sólido, se atormentan a sí mismos y a nosotros solo con pensamientos, malicia y halago. Y si no estuvieran privados de cuerpo sólido, pecarían sin cesar también con obras, estando siempre dispuestos a la impiedad.

174. Pero la oración de un solo pensamiento reduce a polvo sus tentaciones. Jesús, Dios e Hijo de Dios, cuando lo invocamos a menudo y sin pereza, de ningún modo les permite ni empezar a entrar (el comienzo de su entrada se llama provocación), ni mostrar al intelecto imagen alguna en el espejo noético, ni decir al corazón palabra alguna. Y si en el corazón no entra ninguna imagen demoníaca, tampoco habrá en él pensamientos, como ya hemos dicho. Pues los demonios acostumbran, por medio de los pensamientos, a conversar con el alma y a enseñarle secretamente el pecado.

175. Así pues, por la oración constante el espacio noético se purifica de las nubes oscuras y de los vientos de los espíritus malignos. Y cuando el espacio del corazón se purifique, será imposible que no brille en él la divina luz de Jesús. Pero cuando nos engreímos con vanagloria, soberbia y alta estima de nosotros mismos y nos elevamos a cosas inalcanzables, quedamos desvalidos sin Jesús, pues Cristo, modelo de humildad, no ama a tal hombre.

176. Aferrémonos, pues, a la oración y a la humildad, estas dos que, junto con la sobriedad, se arman contra los demonios como una espada de fuego. Si obramos así, cada día y a toda hora se celebrará en nuestro corazón una fiesta gozosa y misteriosa.

177. Hay ocho pensamientos afines a la malicia; en ellos se contiene todo pensamiento y de ellos nacen los demás pensamientos, como de Juno y Júpiter todo demonio abominable, dios de los dánaos, según cuentan sus mitos. Todos ellos vienen a la puerta del corazón y, hallando el intelecto sin guarda, entran a su tiempo uno tras otro. Y cada uno de los ocho pensamientos que ha entrado en el corazón introduce una multitud de pensamientos inmundos y, habiendo así oscurecido el intelecto, mueve al cuerpo a obras inmundas.

178. Quien vigila la cabeza de la serpiente con feroz resistencia, diciendo palabras airadas como si golpeara el cuerpo con el puño, vence en la batalla. Pues, habiendo aplastado la cabeza de la serpiente, escapa a numerosos pensamientos malignos y a obras perversas. Entonces la mente permanece imperturbada; Dios acepta su vigilia en los pensamientos y le concede el conocimiento de cómo hay que vencer a los enemigos y de cómo hay que purificar poco a poco el corazón de los pensamientos que mancillan al hombre interior, como dice el Señor Jesús: «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones… Esto contamina al hombre» (Mt 15,19-20).

179. Así puede el alma que está en el Señor mantenerse en su belleza y rectitud, tal como Dios la creó al principio, muy buena y recta, como dijo el gran siervo del Señor, Antonio: «Cuando el intelecto es tal como debe ser por naturaleza, entonces el alma es como la virtud misma». Y dijo también: «Pues que el alma sea justa significa que el intelecto en ella conserva su naturaleza, tal como fue creado». Y luego dijo de nuevo: «Purifiquemos nuestra mente. Pues yo creo que cuando se purifique por completo y recobre su naturaleza, podrá, haciéndose clarividente, ver desde lejos numerosos demonios, pues el Señor se los revelará». Así hablaba el glorioso Antonio. De esto habló el gran Atanasio en la Vida de Antonio.

180. Todo pensamiento suscita en el intelecto la representación de cosas sensibles. Pues el asirio, el enemigo, siendo él mismo un ser noético, no extravía sino por medio de las cosas sensibles que nos son familiares.

181. Como nos es imposible a los hombres perseguir por el aire a las aves aladas o elevarnos por el aire como ellas hacen, pues no es propio de nuestra naturaleza, así es imposible vencer los pensamientos demoníacos incorpóreos o elevar con fervor el ojo noético hacia Dios sin oración sobria y frecuente. Si falta tal oración, eres terreno y miras a la tierra.

182. Si de verdad quieres cubrir de vergüenza a los pensamientos y, guardando quietud, ser sobrio de corazón con buen ánimo y con facilidad, que la oración de Jesús se adhiera a tu respiración, y en pocos días verás que esto se cumple.

183. Como es imposible escribir signos en el aire, sino que hay que trazarlos sobre algo para que se conserven, así añadamos a nuestra honorable sobriedad la oración a Jesucristo, para que la buena virtud de la sobriedad permanezca siempre con nosotros por entero y por Él se nos conserve para siempre inseparable de nosotros.

184. «Encomienda al Señor tus obras y hallarás gracia», dijo el profeta. Que no diga de nosotros el mismo profeta: «Estás cerca de su boca, pero lejos de su corazón» (Jr 12,2). Nadie apaciguará la pasión en tu corazón si no lo hace Jesucristo mismo, que ha reunido en sí lo que estaba separado.

185. Igualmente oscurecen el alma las conversaciones de los pensamientos en el intelecto y las charlas exteriores y las palabras vanas. Quienes se apartan de todo lo que daña al intelecto, esto es, de la palabrería y de los pensamientos, deben apartarse también de las personas, para que el intelecto no se oscurezca y no se debilite la sobriedad. Cuando nos oscurecemos con el olvido, el intelecto perece.

186. Quien con toda diligencia guarda la pureza del corazón tendrá por Maestro a Cristo, Legislador de la pureza, que declarará secretamente a su corazón su voluntad. Declarando esto, David dice: «Escucharé lo que diga en mí el Señor Dios» (Sal 84,9). Y mostrando, durante la batalla noética, la disputa del intelecto consigo mismo y la protección de Dios, dice: «Y dirá el hombre: ¿Hay acaso recompensa para el justo?» (Sal 57,12). Y luego, revelando la decisión tomada por ambos tras la contienda, dice: «Ciertamente hay Dios que los juzga» (Sal 57,12), esto es, a los demonios malignos en la tierra de nuestro corazón. Y en otro lugar dice: «Se acercará el hombre, y el corazón profundo. Pero Dios será ensalzado» (Sal 63,7). Y entonces las heridas que ellos nos causen nos parecerán rasguños de flecha de niño.

187. Con sabiduría caminemos siempre con los «no enseñados de corazón» (Sal 89,12), según la palabra del sagrado cantor, respirando siempre a Cristo Jesús, poder de Dios Padre y Sabiduría de Dios. Y si alguna circunstancia nos debilita y nos volvemos perezosos para la obra del intelecto, al día siguiente ciñamos con firmeza los lomos de nuestro intelecto y pongámonos con fuerza a la obra, sabiendo que no tenemos excusa, pues conocíamos lo bueno y no hicimos el bien.

188. Si se come un alimento en mal estado, este perturbará el cuerpo; pero si el que ha comido, sintiendo el daño, vomita lo comido más rápido que un veneno, no sufrirá daño. Así también el intelecto: cuando recibe pensamientos malignos y los traga y siente su amargura, entonces los expulsa fácilmente con la ayuda de la oración de Jesús, que procede de lo hondo del corazón, y los arroja lejos, como enseñan la vida según Dios y la experiencia transmitida por quienes viven en sobriedad.

189. Une a tu respiración y a tus narices la sobriedad y el nombre de Jesús, o la meditación constante sobre la muerte y la humildad. Tanto lo uno como lo otro son de gran provecho.

190. Dijo el Señor: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).

191. Dijo el Señor: «El que se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el Reino de los Cielos» (Mt 18,4), y el que se ensalza será humillado. «Aprended —dice— de mí». Ves lo que hay que aprender: la humildad, pues su mandamiento es vida eterna. Y el que no es humilde caerá de la vida y se hallará en el estado contrario.

192. Si toda virtud se realiza por el alma y el cuerpo, y si el alma y el cuerpo que realizan, como he dicho, la virtud son criatura de Dios, ¿no es locura de nuestra parte jactarnos de adornos que no son ni del alma ni del cuerpo? Apoyándonos en la soberbia como en una caña, atraemos sobre nuestra cabeza la ira de nuestro Dios infinitamente grande por nuestra gran iniquidad y necedad, pues «Dios resiste a los soberbios» (St 4,6). Nosotros no imitamos la humildad de Dios, sino que por un razonar vanaglorioso y soberbio nos acompañamos del enemigo del Señor: el demonio soberbio. Por eso dice el Apóstol: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co 4,7). ¿Acaso te creaste a ti mismo? Y si recibiste de Dios el cuerpo y el alma por los cuales, y con los cuales, y en los cuales se desarrolla toda virtud, ¿de qué te jactas como si no los hubieras recibido? El Señor te los concedió.

193. La purificación del corazón, por la cual vienen la humildad y todo bien que desciende de lo alto y entra en nosotros, la alcanzamos por no permitir en absoluto que los pensamientos que se acercan entren en el alma.

194. La guarda del intelecto, con la ayuda de Dios, afirmada en el alma por Dios mismo, da al intelecto sabiduría en los combates según Dios. Y da también a quien participa de ella no pequeña ocasión de ordenar sus obras y palabras en el juicio favorable según Dios.

195. Lo que en el Antiguo Testamento se dijo del sacerdocio era prefiguración del corazón puro, para que también nosotros velemos sobre la tabla del corazón y, cuando se ennegrezca por los pecados, la purifiquemos con lágrimas, arrepentimiento y oración. Nuestro intelecto es muy móvil; no es fácil refrenarlo de los pensamientos ilícitos, y con la misma facilidad cede a las fantasías noéticas tanto buenas como malas.

196. Verdaderamente bienaventurado es quien de tal modo se ha adherido con el pensamiento a la oración de Jesús y pronuncia sin cesar el nombre de Jesús en el corazón, como el aire se adhiere a nuestros cuerpos o la llama a la vela. El sol, pasando sobre la tierra, trae el día; y el santo y honorable nombre del Señor Jesús, brillando sin cesar en el intelecto, engendra innumerables pensamientos semejantes al sol.

197. Cuando las nubes se dispersan, el espacio celeste se vuelve puro; y cuando por el Sol de justicia, Jesucristo, se disipan los espejismos de las pasiones, nacen en el corazón pensamientos luminosos y estelares, pues Jesús ilumina el espacio del corazón. Pues dice el Eclesiastés: «Los que confiaron en Él comprenderán la verdad, y los fieles permanecerán junto a Él en el amor» (Sb 3,9).

198. Dijo cierto santo: «Cuando guardes rencor, guárdalo contra los demonios; y cuando hagas la guerra, hazla siempre a tu propio cuerpo. La carne es como un amigo adulador: cuando la complaces, se lanza a la batalla. Comienza al punto tu enemistad con el cuerpo y tu combate contra el vientre».

199. En las palabras precedentes, en la primera y en la segunda centuria, hemos descrito la obra de la sagrada quietud del intelecto, no solo a partir de lo que nosotros mismos sabemos, sino a partir de lo que nos enseñan sobre la pureza del intelecto las divinas palabras de los padres sabios en Dios. Y ahora, habiendo dicho algo para mostrar la ganancia que viene de la guarda del intelecto, terminemos nuestro discurso.

200. Ven, pues, y sígueme, para que alcances la bienaventurada guarda del intelecto, quienquiera que seas, tú que amas ver días buenos en el espíritu; y en el Señor te enseñaré la obra visible y la vida de las potencias noéticas. No se sacian los ángeles cantando al Creador, ni el intelecto que los imita puramente. Y como los seres sobrenaturales no se preocupan por el alimento, así tampoco se preocupen por él estos seres naturales cuando asciendan al cielo de la quietud del intelecto.

201. Y así como las potencias celestiales no se preocupan por la riqueza ni por acumular, tampoco se preocupen por la malicia de los espíritus malignos quienes han purificado los ojos del alma y se han acostumbrado a la virtud. Y como los primeros tienen gran éxito en acercarse a Dios, así es propio de los segundos anhelar a Dios y amarlo, mirar a la Divinidad y ascender a ella. Además, comenzando sus ascensos con gran anhelo e insaciablemente, no se detendrán, conociendo a Dios y su amor admirable, hasta que alcancen a los serafines y descansen de la sobriedad del intelecto y de la deseada exaltación, hasta que se hagan como ángeles en Cristo Jesús, Señor nuestro.

202. No hay veneno peor que el veneno del áspid y del basilisco, y no hay pecado peor que el pecado del amor propio. Y los engendros del amor propio son serpientes voladoras: la jactancia en el corazón, la complacencia propia, la gula, la fornicación, la vanagloria, la envidia y la cumbre de todos los males: la soberbia, que arrastra desde los cielos no solo a los hombres sino también a los ángeles, y los cubre no de luz sino de tiniebla.

203. Esto te ofrezco, Teódulo, yo que llevo un nombre de quietud, aunque no soy silencioso en obras. Quizá no ofrezco todo, sino lo que Dios ha dado, Dios a quien, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, alaba y glorifica todo ser racional, ángeles y hombres y toda criatura que ha creado la Trinidad inefable, el único Dios. Que también nosotros recibamos su Reino luminoso por las oraciones de la Purísima Madre de Dios y de nuestros venerables padres; y a Él, Dios inabarcable, sea la gloria eterna. Amén.

Nota 1: Probablemente se refiere al ejemplo del centinela de David: «David estaba sentado entre las dos puertas, y el centinela subió al techo de la puerta que estaba sobre el muro; alzó los ojos y vio a un hombre que corría solo» (2 Sam 18,24).

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