Beato Diádoco: Cien capítulos prácticos sobre el conocimiento espiritual y el discernimiento

Beato Diádoco: Cien capítulos prácticos sobre el conocimiento espiritual y el discernimiento

Del beato Diádoco, obispo de Fótice en el Epiro: cien capítulos prácticos sobre el conocimiento espiritual y el discernimiento; sobre qué conocimiento hay que alcanzar para la perfección que el Señor nos ha mostrado, y sobre cómo cada uno, según la parábola evangélica, ha de ser semilla racional que da fruto.

1. Antes de toda contemplación espiritual, hermanos, vayan la fe, la esperanza y el amor, y sobre todo el amor. La fe y la esperanza enseñan a despreciar los bienes visibles. Pero el amor, por medio de las virtudes, une el alma misma con Dios, para que por la contemplación de las cosas espirituales conozca al Invisible.

2. Por naturaleza solo Dios es bueno; el hombre se hace bueno por la diligencia, cuando, esforzándose por el bien, se transforma en aquello que no es. Cuando el alma se esfuerza por el bien, estará en Dios en la medida en que lo quiera y ponga empeño. Pues está dicho: «Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36).

3. No hay mal en la naturaleza, y por naturaleza nadie es malo, y Dios no creó nada malo. Pero cuando al deseo del corazón se añade la forma del mal, entonces, aunque el mal no exista en la naturaleza, el deseo se hace malo. Cuando el asceta quiere destruirlo, ejercítese en la invocación del nombre de Dios y guárdese del mal hábito. La naturaleza del buen hábito es más fuerte que la del malo, por cuanto el bien existe y el mal no. El mal existe solo cuando se lo comete.

4. Todos los hombres fueron creados a imagen de Dios, y esto se manifiesta en los movimientos noéticos del alma. Pero solo pueden llegar a ser semejanza de Dios aquellos que con gran amor han sometido su libertad a Dios. Pues cuando renunciamos a nosotros mismos, entonces nos hacemos semejantes a Aquel que nos reconcilió consigo por el amor. Y no alcanzará esta reconciliación quien no venza su propio deseo de cuidar de la gloria de esta vida.

5. El libre albedrío es el deseo del alma racional, que se mueve adondequiera que el alma quiera. Pero dirijámoslo solo hacia el bien, para que con buenos pensamientos expulsemos siempre el recuerdo del mal.

6. La luz del verdadero conocimiento es la capacidad de distinguir el bien del mal. El conocimiento verdadero es el camino recto que lleva el intelecto al Sol de justicia, Dios, y lo introduce en la iluminación espiritual sin fin, como a quien con osadía busca el amor. Conviene, pues, con una ira libre de rencor, alcanzar lo que es justo para avergonzar a los atrevidos. El impulso hacia la piedad vence no por el odio, sino por la reprensión.

7. El discurso espiritual confirma la percepción espiritual, pues tal discurso viene de Dios por la acción del amor. Por eso nuestro intelecto permanece sin turbación entre las olas de la teología. Ni sufre entonces de aquella pobreza que trae tristeza, pues posee tanta contemplación cuanta desea la acción del amor. Es bueno ser siempre diligente en aquella fe que por el amor lleva a la iluminación. Pues no hay nada más pobre que un pensamiento que intenta ocuparse de las cosas de Dios sin Dios.

8. De ningún modo conviene al no iluminado pasar a las visiones espirituales, ni a aquel a quien la bondad del Espíritu Santísimo ilumina con largueza, hablar de ella. La falta de iluminación trae ignorancia, y la abundancia de la gracia no permite hablar. Pues entonces el alma, habiendo bebido del amor divino, desea en silencio deleitarse en la gloria de Dios. Conviene hablar de Dios cuando uno se halla en medio de estos dos estados. Esta medida da al alma cierta comprensión de las palabras gloriosas, mientras que la abundancia de la gracia alimenta la fe de quien habla con fe, para que el que enseña sea el primero en gustar el fruto del conocimiento por el amor. Pues está dicho: «El labrador que trabaja debe ser el primero en participar de los frutos» (2 Tm 2,6).

9. Todos los dones los concede el Espíritu Santo: la sabiduría, y el conocimiento, y todo lo divino. Cada don tiene su acción propia, y por eso «a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu» (1 Co 12,8), atestigua el Apóstol. El conocimiento une al hombre con Dios por la experiencia, pero no mueve al alma a hablar de ello. Por eso algunos que viven la vida monástica en el amor de la sabiduría, aunque experimentan la iluminación de sus sentidos, no la expresan con palabras divinas. La sabiduría, que viene con la iluminación por el temor de Dios, se da a unos pocos —y eso raramente— y explica con amor la obra de la contemplación. Pues la contemplación ilumina por la acción, y la sabiduría por la palabra. La contemplación viene por la oración y el gran silencio en completa despreocupación, y la sabiduría por el estudio de las palabras de Dios sin vanagloria, y sobre todo por la gracia de Dios que la da.

10. Cuando la potencia irascible del alma se levanta contra las pasiones, hay que saber que ha llegado el tiempo del silencio, pues ha llegado la hora del combate. Pero cuando alguien vea que el combate se ha aquietado por la oración o por la limosna, que pase entonces a las palabras divinas, atando las alas del intelecto con los lazos de la humildad. Pues quien no se abaja mucho a sí mismo no puede hablar de la grandeza de Dios.

11. El discurso espiritual guarda al alma de la vanagloria, ennobleciendo con la contemplación de la luz todos sus miembros, y le enseña a despreciar los honores que vienen de los hombres. Mantiene el pensamiento siempre libre de fantasía, transformándolo todo, por así decirlo, en amor a Dios. Pero el discurso de la sabiduría mundana llama siempre al hombre al amor de la gloria: puesto que no puede darle la experiencia del bien, lo dota de amor a la alabanza, pues él mismo es invención de hombres vanagloriosos. Comprendamos, pues, rectamente la promesa de la palabra divina: cuando permanecemos en un silencio libre de tristeza, no perdamos el tiempo en conversaciones, sino permanezcamos en el cálido recuerdo de Dios y en gran vigilancia.

12. Quien se ama a sí mismo no puede amar a Dios. Pero quien no se ama a sí mismo, por causa de las riquezas sin medida del amor de Dios, ama a Dios; y tal hombre nunca busca su propia gloria, sino la gloria de Dios. Pues quien se ama a sí mismo busca su propia gloria, mientras que quien ama a Dios, que lo creó, ama también la gloria de Dios. Es propio del alma inteligente y amante de Dios buscar la gloria de Dios en todos los mandamientos que cumple, pues se alegra en su propia humildad. A Dios corresponde la gloria por su majestad, y al hombre la humildad. Y nos haremos parientes de Dios cuando, como san Juan Bautista, gozándonos en la gloria del Señor, comencemos a decir sin cesar: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).

13. Vi una vez a un hombre que amaba solo a Dios y aun así lloraba porque no lo amaba como quería amarlo. Su alma tenía un deseo tan incesante de glorificar a Dios en sí misma y de tenerse por nada. Este hombre no conocía su propio linaje ni quién era, y no escuchaba palabras de alabanza. Por su gran deseo de humildad no veía su propia dignidad, sino que servía a Dios como sacerdote legítimo; y con su gran amor a Dios disminuía el recuerdo de su propio rango, sumergiéndose en el amor de Dios y ocultándole la alabanza con espíritu de humildad. En su pensamiento se tenía por algún siervo indigno, extraño a su propia dignidad, porque había llegado a amar la humildad —lo cual conviene que hagamos también nosotros, esto es, huir del honor y la gloria de la adulación mundana por las riquezas sin medida del amor del Señor, que verdaderamente nos ha amado.

14. A quien ama a Dios con la percepción del corazón, Dios lo conoce. En la medida en que un hombre recibe el amor de Dios en lo hondo de su alma, en esa medida él mismo permanece en el amor de Dios. Por eso desde entonces no deja de buscar diligentemente la iluminación de la mente, hasta que siente que hasta sus huesos se han consumido. Entonces ya no se conoce a sí mismo, sino que el amor de Dios lo enciende y lo transforma. Tal hombre vive aún en esta vida y sin embargo no vive, y en la venidera permanece imperfectamente. Aún no ha salido de su cuerpo, y sin embargo sale por el amor, por el movimiento del alma hacia Dios. Arde sin cesar en su corazón con el fuego del amor por necesidad y por deseo, pues ha salido de su propio amor por el amor de Dios. Pues está dicho: «Si estamos fuera de nosotros, es para Dios; y si estamos en nuestro juicio, es para vosotros» (2 Co 5,13).

15. Cuando un hombre comienza a percibir con largueza el amor de Dios, entonces empieza con percepción espiritual a amar al prójimo. Este es aquel amor del que habla la Sagrada Escritura; mientras que el amor carnal se destruye muy fácilmente por cualquier causa insignificante, pues no está ligado por la percepción espiritual. Por eso, aunque alguien turbe a un alma en la cual Dios obra juntamente, no se destruirá en ella el vínculo del amor. Calentándose con el calor del amor de Dios, vuelve al punto al bien y con gran gozo al amor del prójimo, por mucho que este la moleste o la dañe, pues la dulzura de Dios destruye la amargura de la discordia.

16. Nadie, si no teme a Dios con la percepción del corazón, podrá amar a alguien con todo el corazón purificado y ablandado por la acción del temor, de modo que el alma pase al amor activo. Y nadie, como se ha dicho, llega al temor de Dios si no se libra de todas las preocupaciones de esta vida. Cuando el intelecto está en gran silencio y libre de cuidados, entonces lo conmueve el temor de Dios, purificándolo con gran sentimiento de toda dureza terrena, para introducirlo así en el gran amor de la bondad de Dios. Por eso quienes se purifican tienen temor y amor imperfecto, mientras que los purificados tienen amor perfecto, y en ellos ya no hay temor, pues está dicho: «El amor perfecto echa fuera el temor» (1 Jn 4,18). Lo uno y lo otro se hallan solo en los justos, que realizan las virtudes por la acción del Espíritu Santo. Por eso la Escritura dice en un lugar: «Temed al Señor todos sus santos» (Sal 33,10), y en otro: «Amad al Señor todos sus justos» (Sal 30,24), para que entendamos que en los justos que se purifican hay temor de Dios con amor imperfecto, y en los purificados amor perfecto; y en ellos no hay tristeza de temor alguno, sino un arder incesante y un adherirse el alma a Dios por la acción del Espíritu Santo, como dice el salmo: «Mi alma se ha adherido a ti, y tu diestra me ha sostenido» (Sal 62,9).

17. Cuando hay en el cuerpo una herida descuidada y sin lavar, la medicina que se le aplica no surte efecto; pero cuando se lava la herida, se siente la acción de la medicina y la herida comienza a sanar. Así también el alma: mientras carece de diligencia y está cubierta con la lepra del amor al placer, no puede conocer el temor de Dios; aunque se le hable sin cesar del juicio temible de Dios, desatenderá esas palabras. Pero cuando comience a purificarse con gran atención, entonces, como una medicina viva y sanadora, conocerá el temor de Dios, que por la acción de la reprensión la abrasará con el fuego de la impasibilidad. Purificándose así poco a poco, alcanzará la pureza completa. En la medida en que crezca en ella el amor, en esa medida disminuirá el temor, hasta llegar al amor perfecto, donde no hay temor, como se ha dicho, sino impasibilidad obrada por la gloria de Dios. Adquiramos, pues, para incesante alabanza de las alabanzas, primero el temor de Dios y después el amor, y alcancemos la plenitud de la perfección en Cristo.

18. Mientras el alma no se libre de la preocupación mundana, no amará sinceramente a Dios ni odiará al diablo como conviene. Pues lleva sobre sí un velo pesado: los cuidados de esta vida. Entre cuidados el intelecto no puede comprender su propia condena ni percibir dentro de sí el veredicto incorruptible. Por eso conviene apartarse de todo.

19. Propios del alma pura son la palabra sin envidia, el celo sin malicia y el cuidado incesante por la gloria del Señor. Entonces el intelecto sopesará también con cuidado su propia medida, permaneciendo en su pensamiento como ante el más justo de los tribunales.

20. La fe sin obras y las obras sin fe son igualmente vacías; se prueban del mismo modo. Conviene al que tiene fe ofrecer a Dios sus obras. A nuestro padre Abrahán no se le habría contado la fe por justicia si no hubiera presentado su fruto: su hijo (cf. Gn 17,16).

21. Quien ama a Dios y cree sinceramente realiza santamente las obras de la fe. Pero quien solo cree y no permanece él mismo en el amor no tiene siquiera aquella fe que piensa tener. Cree con ligereza de intelecto, porque no pesa sobre él la carga del amor a la gloria mundana. La fe fortalecida por el amor es el primer fundamento de las virtudes.

22. Quien investiga la profundidad de la fe es zarandeado; quien la mira con sencillez está en paz. El agua es el olvido de todo mal, y por eso la profundidad de la fe no gusta de ser mirada con pensamientos astutos. Naveguemos en estas aguas con sencillez de pensamiento, para alcanzar así el puerto de la voluntad de Dios.

23. Nadie puede amar ni creer verdaderamente si no se condena a sí mismo. Cuando nuestra conciencia se inquieta a sí misma con reproches, entonces no permite al intelecto percibir la fragancia de los bienes de más allá de este mundo, y el intelecto se divide al punto por las dudas. Conociendo su experiencia anterior de fe, se tiende cálidamente hacia ellos, pero ya no puede recibirlos con amor en la percepción del corazón, por los reproches de la conciencia, como hemos dicho. Sin embargo, purificados por una atención cálida y con mucha experiencia, comencemos con Dios lo que deseamos.

24. Los sentidos corporales nos arrastran contra nuestra voluntad hacia los bienes visibles. Del mismo modo los movimientos del intelecto se dirigen hacia los bienes invisibles cuando la percepción del intelecto gusta la bondad divina. Pues cada uno desea lo que le es afín. El alma, siendo incorpórea, desea los bienes celestiales de arriba; el cuerpo, siendo polvo, los placeres terrenos. Combatamos, pues, por entrar sin engaño en la experiencia de la percepción espiritual, que es más alta que la corporal, afinándonos con los trabajos.

25. Que la percepción natural era una sola, nos lo enseña la obra del conocimiento santo. Se dividió en dos operaciones por la transgresión de Adán. Pero hay una segunda percepción, sencilla, que viene del poder del Espíritu Santo, y no todos pueden conocerla, sino solo aquellos que han despreciado el maná de esta vida por la esperanza de los bienes venideros y con la continencia han secado el deseo de todos los sentidos corporales. Solo en ellos el intelecto, impulsado por la ausencia de cuidados, es capaz de comprender la inefable bondad divina; y según la medida de su logro comunica entonces sus gozos también al cuerpo, alegrándose con la palabra sin medida del amor de la confesión. «En el Señor esperó mi corazón, y Él me ayudó; y floreció mi carne, y con mi voluntad lo glorificaré» (Sal 27,7). Tal gozo para el alma y el cuerpo es un recuerdo sin engaño de la vida incorruptible.

26. Quienes combaten deben mantener firme su pensamiento, para que el intelecto examine los pensamientos que le llegan y guarde en el tesoro de la memoria los buenos, enviados por Dios, y arroje lejos de los almacenes naturales los rebeldes y demoníacos. Cuando el mar está en calma incluso en sus profundidades, los pescadores ven cada pez y ninguna criatura viva puede esconderse. Pero cuando se levanta la tormenta, el mar se enturbia y esconde lo que era visible mientras duraba la calma. Entonces los pescadores no tienen nada que hacer y de nada les sirve su destreza. Sucede que lo mismo padece el intelecto contemplativo, sobre todo cuando las profundidades del alma se enturbian por una ira injusta.

27. Pocos son los que conocen bien todas sus transgresiones, y pocos aquellos cuyo intelecto nunca se aparta del recuerdo de Dios. Así nuestros ojos corporales, cuando están sanos, lo ven todo, hasta los mosquitos y las moscas que vuelan en el aire. Pero cuando los cubre una nube, entonces, aunque miren algo grande, apenas lo verán, y algo pequeño no lo verán en absoluto. Así también el alma: cuando con la atención ahuyenta el velo que viene del amor al mundo, entonces tiene incluso sus pequeñas caídas por grandes y añade lágrimas a lágrimas en incesante acción de gracias. Pues está dicho: «Los justos alabarán tu nombre» (Sal 139,14). Pero cuando ama morar en la vanidad mundana, entonces, aunque cometa algo ruinoso para sí y digno de gran tormento, apenas lo advierte, y las pequeñas transgresiones puede que no las vea en absoluto. A menudo hasta las tiene por un éxito y no se avergüenza, miserable, de defenderlas con palabras.

28. Solo el Espíritu Santo puede purificar el intelecto. Si Él, el fuerte, no entra y no cautiva y ata al ladrón, el intelecto no será librado del cautiverio. Conviene, pues, con todas las virtudes, y sobre todo con la paz del alma, guardar en nosotros al Espíritu Santo, para que siempre esté con nosotros la lámpara del conocimiento. Cuando ella brilla sin cesar en los almacenes del alma, no solo se manifiestan al intelecto las provocaciones demoníacas, amargas y oscuras, sino que además se debilitan mucho, pues aquella luz santa las desenmascara. Por eso el Apóstol dice: «No apaguéis el Espíritu» (1 Ts 5,19), para que no perdáis su lámpara. Pues cuando hacéis o meditáis el mal, con ello contristáis al Espíritu Santo. No puede decirse que Él, siempre existente y vivificante, se apague; pero el contristarlo, o el apartarse de Él, hace al intelecto débil y oscurecido.

29. Como ya hemos dicho, una sola percepción es natural al alma. Y hay cinco sentidos que sirven a las necesidades del cuerpo, como nos enseña el Espíritu Santísimo y amante de los hombres. Por la desviación del intelecto hacia el mal, que ocurrió por la desobediencia, la percepción del alma se dividió en dos y se manifiesta por los movimientos del alma. Por eso se inclina ora hacia la parte pasional del alma, donde se deleita en los bienes temporales, ora se goza mucho en los movimientos racionales y noéticos del alma, pues nuestro intelecto, cuando es casto, desea dirigirse hacia las virtudes celestiales. Cuando nos acostumbremos a no dejarnos tentar por las riquezas de este mundo, entonces podremos unir también los deseos terrenos del alma con su orden racional, esto es, con la unión con el Espíritu Santo que establece esto en nosotros. Pues si la Divinidad no ilumina activamente los almacenes de nuestro corazón, no podremos con percepción indivisa, esto es, con toda la estructura del alma, conocer los bienes eternos.

30. La percepción del intelecto es la certeza en los juicios. Cuando estamos sanos, distinguimos con nuestro gusto corporal lo sabroso de lo insípido, y deseamos lo sabroso. Así también nuestro intelecto: cuando se mueve con buena fuerza y en gran despreocupación, comprende bien qué es el consuelo divino y nunca se vuelve hacia el consuelo contrario. Como el cuerpo, al recibir los placeres terrenos, aprende sin error a distinguirlos, así el intelecto, cuando camina por encima del razonar de la carne, puede participar sin engaño del consuelo del Espíritu Santo. Pues está dicho: «Gustad y ved que el Señor es bueno» (Sal 33,9). El intelecto recordará el sabor de lo que ha recibido por la acción del amor incesante y tendrá una experiencia infalible de discernimiento, según las palabras del Apóstol: «Y esto pido: que vuestro amor abunde cada vez más y más en conocimiento perfecto y en todo discernimiento» (Flp 1,9).

31. Cuando nuestro intelecto comienza a sentir el consuelo del Espíritu Santo, entonces también Satanás consuela al alma, apareciendo con cierto sentimiento dulce en la quietud de la noche, cuando llega un sueño ligero. Y cuando el intelecto se halla en el cálido recuerdo de Dios, sosteniendo el santo nombre del Señor Jesús, y se levanta contra el engaño como con un arma, con aquel nombre santo y glorioso, aquel adulador se retira, pero por ello enciende una guerra abierta contra el alma. Así el intelecto, comprendiendo bien las adulaciones del maligno, aprende cada vez mejor a discernir las cosas espirituales.

32. Buen consuelo llega al cuerpo que vela, e incluso cuando se duerme, si el alma en el cálido recuerdo de Dios se adhiere a Él con amor. El consuelo del adulador llega cuando el asceta cae en sueño ligero —de lo cual ya hemos hablado—, sin recordar firmemente a Dios. El primero, viniendo de Dios, claramente quiere con gran percepción del alma consolar en el amor a los ascetas de la piedad. Pero el segundo, por así decirlo, dispersa el alma con el viento del engaño y, por el sueño corporal, la roba de la experiencia de la percepción, aun cuando el intelecto vele en el recuerdo de Dios. Cuando el intelecto recuerde a menudo al Señor Jesús, ahuyentará aquel empalagoso aliento del enemigo, gozándose de que la hueste venga contra él, pues tiene en su diestra el arma de la gracia y una experiencia laudabilísima.

33. Cuando el alma comienza, sin duda y sin fantasía, a inflamarse con el amor de Dios, arrastrando también al cuerpo tras de sí a la profundidad del amor inefable —sea que vele, sea que vaya a su descanso bajo la acción de la santa gracia—, entonces no comprende nada más, sino que sabe únicamente que aquello que anhela es la acción del Espíritu Santo. Se deleita toda ella en aquella dulzura inefable y no puede comprender ninguna otra cosa, pues se alegra con cierto gozo incesante. Pero cuando se agita en el intelecto alguna impureza, o alguna duda, o cuando ha de tomar el santo nombre para ahuyentar el mal, entonces hay que saber que este consuelo viene del tentador y que son solo apariencias de gozo. Tal gozo es inestable e inseguro, pues viene del enemigo, que quiere que el alma cometa adulterio. Cuando el enemigo ve que el intelecto se vuelve experto en sus percepciones, entonces con ciertos consuelos aparentemente buenos conmueve al alma, para que, deleitándose en aquella dulzura húmeda, no reconozca que se ha unido al adulador. Por estas señales distinguimos dónde está el espíritu de verdad y dónde el espíritu del engaño. Es imposible a nadie experimentar la bondad divina en la contemplación, o probar en la experiencia la amargura demoníaca, hasta que se convenza de que la gracia se ha instalado en lo hondo de su intelecto y de que los espíritus malignos no anidan en los miembros de su corazón. Por eso los demonios no quieren que los hombres se convenzan de esto, para que el intelecto no lo comprenda y no se arme contra ellos con el recuerdo de Dios.

34. Una cosa es el amor natural del alma y otra el que le viene del Espíritu Santo. El primero, cuando lo queremos, se mueve moderadamente bajo la acción de nuestra voluntad. Por eso, cuando no lo sostenemos con firmeza, los espíritus malignos lo destruyen fácilmente. Pero el segundo inflama de tal modo el alma con el amor de Dios que entonces todas las potencias del alma se adhieren con bondad inefable al anhelo divino, a la sencillez sin medida de ese estado. El intelecto entonces concibe, por así decirlo, de la acción espiritual y hace brotar una fuente de amor y de gozo sin fingimiento.

35. Cuando se derrama aceite sobre las olas agitadas, la untuosidad del aceite las apacigua. Así también nuestra alma, cuando se llena de la gracia del Espíritu Santo, se aquieta por la dulzura y con gozo se deja vencer por Él, como dice la Escritura: «Pero tú, alma mía, sométete a Dios» (Sal 61,6), a Dios que la cubre con su bondad buena e inefable. Y entonces, por mucho que los demonios guerreen contra el alma, esta permanece sin ira, no se turba y está llena de gozo. Pero el asceta no llegará a tal estado ni permanecerá en él si no alimenta sin cesar su alma con el temor de Dios. El temor del Señor Jesús trae a los ascetas cierta pureza: «El temor del Señor es puro, permanece por los siglos» (Sal 18,10).

36. Que nadie, al oír hablar de la percepción del intelecto, espere que la gloria de Dios se le manifieste de modo visible. Hemos dicho que el alma, cuando se purifica, percibe el consuelo divino de algún modo inefable; pero nada se le aparece visiblemente. «Pues caminamos por fe, no por visión» (2 Co 5,7), dice el bienaventurado Pablo. Y si a algún asceta se le apareciera una luz, o alguna figura de fuego, o una voz, que nunca acepte tal visión, pues es un claro engaño del enemigo; muchos han sufrido por ello, pues por ignorancia se apartaron del verdadero camino. Sepamos que, mientras caminamos en este cuerpo corruptible, estamos lejos de Dios, y por eso no podemos ver ni a Él ni las maravillas celestiales.

37. Los sueños que el amor de Dios muestra al alma le revelan cuán sana está. Por eso no cambian de unos en otros, no asustan al alma, no la hacen reír ni la entristecen de repente. Se acercan al alma con gran suavidad y la llenan de alegría espiritual, de modo que, cuando el cuerpo despierta, el alma busca el gozo del sueño. Con los sueños que vienen de los demonios ocurre lo contrario. Son cambiantes y no están libres de inquietud, pues no pueden contentarse mucho tiempo con lo que han tomado de su propio engaño. Prometen mucho y prohíben todavía más, y a menudo toman aspecto de soldados, y a veces halagan al alma, gritando en voz alta. El intelecto, si está sobrio, los reconoce y despierta al cuerpo; y a veces, por el gozo de haber comprendido su adulación, los desenmascara dentro del sueño mismo, y con ello los irrita grandemente. Sin embargo, ocurre también que los sueños buenos no traen gozo al alma, sino cierta tristeza peculiar y una lágrima sin dolor. Tales sueños se dan en quienes han alcanzado gran humildad de pensamiento.

38. Hemos dicho cómo distinguir los sueños buenos de los malos, tal como lo hemos oído de ancianos experimentados. Pero para nosotros será una gran virtud no prestar atención a ningún sueño en absoluto. Pues los sueños no son otra cosa que ídolos de pensamientos aduladores o, dicho de otro modo, burlas de los demonios. Y si alguna vez se nos enviara una visión de la bondad de Dios y no la aceptáramos, el Señor Jesús, tan amante, no se irritará por ello, pues sabe que obramos así para no ceder a las astucias demoníacas. El modo de discernir los sueños antes mencionado es correcto; sin embargo, sucede que el alma puede mancharse contra su voluntad en algún arrebato inconsciente —lo que ocurre, creo, a todos—, y entonces pierde el recto discernimiento y comienza a creer buenos los sueños malos.

39. Sirva de confirmación de lo dicho esta historia. Un señor salió de su casa y volvió de noche. De pie ante la puerta, llamaba a su siervo; pero este, no reconociendo bien a su señor, no le abrió la puerta. Pues temía dejarse engañar por una semejanza de voz, dejar entrar a un ladrón y perder así los bienes que le habían sido confiados. Cuando llegó el día, el señor no solo no se enojó con él, sino que hasta lo alabó por haber temido ser engañado incluso por la voz de su señor y perder algo de los bienes.

40. No hay que dudar de que nuestro intelecto, bajo la acción perceptible de la luz divina, se hace él mismo luz y comienza a ver mucho de aquella luz que hay en él. Esto sucede siempre que la fuerza del alma prevalece sobre las pasiones. Pero si se le aparece alguna forma —sea de luz, sea de fuego—, esto es una asechanza del enemigo. Así enseña también el divino Pablo, diciendo: «Pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). Que quien comienza la vida ascética no espere visiones, para que Satanás no halle esa alma dispuesta al cautiverio. Antes bien, esforcémonos con toda percepción y certeza del corazón por amar a Dios, y esto es amar con toda el alma, todo el corazón y todo el pensamiento. Quien por la gracia de Dios ha alcanzado esto se vuelve, aunque viva en el mundo, extraño al mundo.

41. Hay que saber que la obediencia es el primer mandamiento para todos los principiantes, pues corta la soberbia y engendra la humildad de pensamiento. A quienes se aferran a ella se les hace entrada y puerta al amor de Dios. Adán se apartó de la obediencia y se deslizó a lo hondo del infierno. Pero el Señor amó la obediencia y, en la providencia del Verbo, fue obediente al Padre hasta la cruz y la muerte (Flp 2,8), aunque en nada era inferior a la majestad de la Divinidad, para borrar con su obediencia las transgresiones humanas cometidas por desobediencia y llevar a la vida bienaventurada y eterna a quienes viven en obediencia. Quienes luchan contra la soberbia del diablo deben cuidar sobre todo de la obediencia, y ella, como guía, nos mostrará sin error todos los senderos de la virtud.

42. La continencia es el nombre común de todas las virtudes. Por eso quien practica la continencia debe practicarla siempre. Si se corta aun la parte más pequeña del cuerpo humano, todo el hombre queda mutilado, aunque haya perdido muy poco. Así también cuando alguien abandona una sola virtud, destruye todo el orden, aunque no lo advierta. Hay que trabajar no solo en las virtudes corporales, sino también en aquellas que pueden purificar a nuestro hombre interior. ¿De qué sirve que el cuerpo se conserve virgen mientras el alma comete adulterio, seducida por los demonios? ¿O cómo será coronado quien se abstuvo de llenar el vientre y de todo deseo corporal, pero no se apresuró a librarse de la soberbia y del amor a la gloria? ¿O quien no soportó ni la más pequeña aflicción, siendo que la luz de la verdad pesará solo aquellas obras justas realizadas con espíritu de humildad?

43. El asceta debe odiar todos los deseos corporales de tal modo que ese odio se le haga habitual. Y la continencia en las comidas debe guardarse de manera que nadie tenga jamás por repugnante alimento alguno. Este es un designio demoníaco y es maldito. Rechazamos los alimentos no porque sean malos —que nadie lo piense—. Evitando muchos alimentos, desgastamos moderadamente los miembros encendidos de nuestro cuerpo. Además, que el alimento que sobra se destine a los pobres, lo cual es señal del verdadero amor.

44. Comer y beber todo lo que se nos pone delante, dando gracias a Dios, no quebranta las reglas de la contemplación, pues todo lo creado es muy bueno. Pero abstenerse de alimentos dulces y sustanciosos es muy sabio y discreto. Sin embargo, no podremos renunciar de buen grado a los alimentos dulces hasta que hayamos gustado la dulzura de Dios en conocimiento y experiencia.

45. Como el cuerpo cargado de mucha comida hace al intelecto temeroso y perezoso, así el intelecto agotado por una continencia excesiva hace débil la potencia contemplativa del alma y adversa al discurso. Hay que dar al cuerpo alimento según su estado: cuando está sano, fatigarlo un poco; cuando está enfermo, que se alimente con moderación. El asceta no debe agotar su cuerpo, sino, en cuanto pueda, ejercitarlo en los combates, para que por los trabajos corporales se purifique el alma.

46. Cuando estamos ayunando y se levanta contra nosotros la vanagloria, y llegan hermanos o algún peregrino, y ella nos incita a no quebrantar nuestra regla de ayuno, es bueno entonces dejar el ayuno y pasar a la comida ordinaria. Así apartaremos de nosotros los designios demoníacos, y se retirarán con gemidos y llanto; y cumpliremos la ley del amor y guardaremos el secreto de la continencia.

47. El ayuno tiene su valor, pero no ante Dios. Sostiene la castidad de quienes lo guardan. Por eso no conviene a los ascetas de la piedad tener alta opinión de él, sino solo, por la fe en Dios, aguardar el fin de nuestro propósito. Los artesanos no alaban su oficio porque tengan buenas herramientas, sino que terminan una obra determinada, y ella da testimonio de su maestría.

48. Cuando la tierra se riega con lluvia en su justa medida y se echa en ella semilla pura, da gran cosecha; pero cuando hay demasiada lluvia, produce espinas y cardos. Así también la tierra del corazón: cuando bebemos con medida, muestra pura su semilla natural, hace germinar lo que en ella siembra el Espíritu Santo y da fruto abundante. Pero cuando bebemos en exceso, todos sus pensamientos empiezan a germinar espinas y cardos.

49. Cuando nuestro intelecto se sumerge en las olas de la bebida, no solo ve con pasión las imágenes que los demonios le ponen delante en sueños, sino que también pinta en sí mismo ciertos cuadros indignos y se inflama con sus propias fantasías. Cuando los miembros lujuriosos se encienden con el calor del vino, muestran al intelecto las sombras de la pasión como si fueran deleite. Nos conviene, pues, ser moderados en la bebida, para evitar el daño que viene del exceso. Cuando falta aquel deleite que enciende en el intelecto la imaginación del pecado, el intelecto permanece libre de fantasía y, mejor aún, no se deleita en ella.

50. Quien quiera humillar las partes lujuriosas del cuerpo no debe beber ni preparar él mismo todas esas bebidas que se acostumbra tomar antes de la comida, pues después de ellas se consume mucho alimento. No solo son dañinas para los cuerpos de los ascetas, sino que su misma mezcla turba la conciencia portadora de Dios. ¿Qué hay que haya que añadir al vino? A no ser que la adición de diversos dulces pretenda disminuir su fuerza.

51. Nuestro Señor y Maestro de esta vida santa, Jesucristo, fue abrevado con vinagre durante su pasión por manos de quienes servían al mandato del diablo. Me parece que con esto nos mostró cómo hemos de recorrer nuestros combates. «No conviene —dice— beber bebida agradable ni comer manjares que te empujan al pecado; mejor es sobrellevar con firmeza la amarga lucha». Al recordar el hisopo, puede recordarse también la esponja, para representar mejor el modo de nuestra purificación. El hisopo es símbolo de los combates severos, y la esponja, símbolo de la purificación completa.

52. Ir a los baños no es pecado ni insensatez. Pero es mejor, por la continencia, no ir, y esto será viril y casto. Entonces nuestro cuerpo no se ablandará con lo agradable del agua, y no recordaremos el sudor sin gloria de Adán (Gn 3,19), ni buscaremos hojas para cubrir la segunda vergüenza. Esto es especialmente bueno para quienes acaban de llegar del vagar mundano y han de unirse a la castidad sin mirar su propia desnudez.

53. En absoluto está prohibido llamar al médico para los enfermos. También en la experiencia humana hay pericia, y por eso hay médicos entre los hombres. Pero hay que poner la esperanza de sanar no en ellos, sino en nuestro verdadero Salvador y Médico, Jesucristo. Digo esto a quienes combaten en cenobios o en ciudades, pues por las pruebas que constantemente les sobrevienen les es imposible, por amor, tener sin cesar en sí la obra de la fe; y también para que no caigan en vanagloria y en la tentación del diablo, ya que algunos de ellos declaran ante todos que no necesitan médico alguno. Pero quien vive en soledad, en lugares desiertos, con dos o tres hermanos de un mismo sentir, ponga —cuando enferme— toda su fe en el Señor, que sana toda dolencia y toda herida. Tal hombre tiene en sus dolores un consuelo suficiente: el desierto en el Señor; y por eso nunca pierde la fe, pues oculta e invisiblemente adquiere la virtud por la paciencia, teniendo el desierto por buena cobertura. Por causa de los que son como él, «Dios hace habitar en casa a los solitarios» (Sal 67,7).

54. Cuando sufrimos dolor corporal, hemos de saber que nuestra alma sufre también por los deseos del cuerpo. Por eso el alma, deseando el bienestar terreno, no quiere dejar los bienes de esta vida; y es gran desgracia para ella cuando por la enfermedad no puede gozar de los placeres terrenos. Pero cuando acepta con gracia las dolencias y los dolores, entonces no está lejos de los confines de la impasibilidad. Por eso aguarda entonces la muerte como causa de la vida verdadera.

55. El alma no desea en absoluto separarse del cuerpo mientras algo la retiene aún en este mundo; pues todos los sentidos corporales contradicen a la fe, ya que desean los bienes presentes, mientras que la fe promete las riquezas de los bienes venideros. Por eso conviene al asceta no recordar ni árboles frondosos que dan sombra, ni fuentes de buenas aguas, ni jardines de bellas flores, ni palacios espléndidos, ni parientes de alto rango, ni honores solemnes, sino atenerse con acción de gracias solo a lo necesario. Y ha de mirar esta vida como un camino extraño, libre de toda complacencia del cuerpo. Cuando limitamos así nuestro pensamiento, lo volvemos con ello hacia la huella de la vida eterna.

56. Eva será la primera en decirnos que el comer daña a la contemplación, y que todos los demás sentidos oscurecen la memoria del corazón cuando los recibimos sin discernimiento. Mientras no miró con deseo el árbol prohibido (Gn 3,6), recordaba el mandato divino, y por eso el cuidado divino la cubría como un ala, y no veía su propia desnudez. Pero cuando miró el árbol con pasión y lo tocó con gran deseo y al fin comió aquel fruto, que con su mismo sabor la empujaba a ello, al punto halló inclinación hacia los placeres corporales y, habiendo perdido su primera cobertura, se unió a las pasiones. Por el fruto agradable al gusto volvió todos sus deseos hacia los placeres presentes, añadiendo a su propia transgresión también la de Adán. Por eso no es fácil al intelecto humano recordar a Dios y sus mandamientos. Pero nosotros, mirando constantemente a lo hondo del corazón, busquemos con recuerdo incesante al Señor Jesús, sin prestar atención a este mundo, como ciegos, y recorramos así esta vida llena de seducción. A la verdadera filosofía espiritual le es propio guardar sin deformar la mirada del cuidado constante. De esto enseña también el muy experimentado Job, diciendo: «Mi corazón ha andado tras mis ojos». Y esta es la señal de la verdadera continencia.

57. Quien entra constantemente en su propio corazón evita todas las bellezas de esta vida, pues quien camina en el espíritu no puede conocer los deseos corporales. Quien dirige su mirada al corazón tiene la virtud por portera, y olvida la ciudadanía y los honores terrenos. Por eso son impotentes contra él aun las asechanzas demoníacas, aunque los demonios, azuzados por el cuidado mundano, disparen sus flechas directamente a las ventanas naturales.

58. Cuando nuestra alma comienza a dejar los deseos de las pasiones terrenas, entonces viene sobre ella cierto espíritu de acedia y no le deja ni cumplir su servicio ni desear los bienes venideros; y además le muestra esta vida temporal como inmensamente vacía, como si no hubiera en ella obra alguna de virtud digna de hacerse. Hasta desprecia este conocimiento como algo que muchos ya poseen, o como algo que no nos aporta nada perfecto. Huyamos, pues, de esta pasión hirviente que produce la acedia. Cuando pongamos nuestro pensamiento en límites estrechos y muy penosos, de modo que mire solo hacia el recuerdo de Dios, solo entonces podrá el intelecto, entrando en su propio calor, librarse de aquella insensibilidad irracional.

59. Cuando con el recuerdo de Dios hayamos cerrado todas las salidas de nuestro intelecto, hay que darle alguna obra necesaria. Conviene darle las palabras «Señor Jesús», para que solo estas repita. Pues está dicho: «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12,3). Que el intelecto pronuncie, pues, siempre solo estas palabras en sus almacenes, y que en su lugar no pase a las fantasías. Todos los que repiten sin cesar este nombre santo y glorioso en lo hondo del corazón podrán algún día ver la luz de su propio intelecto. El pensamiento retiene firmemente en la memoria este nombre santo, y él quema toda impureza que se acerca al alma por los sentidos. «Pues nuestro Dios es fuego devorador» (Hb 12,29), que devora todo mal. Y al fin el Señor llama al alma al gran amor de su gloria. Cuando este nombre glorioso y muy amado retenga la memoria del intelecto en el calor del corazón, entonces nos acostumbraremos a amar su bondad y nada nos lo impedirá. Pues esta es la perla de gran precio, y puede adquirirla quien venda toda su hacienda. Habiéndola adquirido, se gozará inefablemente.

60. Uno es el gozo de los principiantes y otro el de los perfectos. Con el primer gozo se mezcla la fantasía, mientras que el segundo tiene la fuerza de la humildad de pensamiento. Y en medio de ambos están la tristeza amante de Dios y la lágrima sin dolor. «Pues en mucha sabiduría hay mucha pena, y quien añade conocimiento, añade sufrimiento» (Ecl 1,18). Conviene, pues, primero llamar al alma con el gozo del principiante a sus combates, y reprenderla, y aprender todo lo demás por la verdad del Espíritu Santo: acerca de todo el mal cometido y de aquel que todavía comete en su propia presunción. «Con reprensiones por la iniquidad castigaste al hombre, e hiciste consumirse su alma como tela de araña» (Sal 38,12), para que el alma, probada por la reprensión divina como el oro se prueba en el crisol, reciba un gozo sin fantasía en el cálido recuerdo de Dios.

61. Cuando el alma se turba por la ira, o se inquieta por la comida, o se confunde por un furor violento, el intelecto no puede retener en sí el recuerdo de Dios, por mucho que se fuerce a ello de todos los modos. Oscurecido del todo por las pasiones violentas, se hace extraño a sus propias percepciones. Por eso el deseo no puede poner en ninguna parte su sello, para que el intelecto se ejercite sin cesar, pues la memoria se endurece por la dureza de las pasiones. Pero cuando falta tal acción de las pasiones, entonces, aunque a veces el olvido vele lo deseado, el intelecto vuelve al punto a su dirección y emprende con más firmeza aquella caza tan amada y salvadora. Pues tiene consigo la gracia misma, que se ejercita con él y clama con él: «Señor Jesús». Así también una madre enseña a su hijo a llamar al padre y repite la palabra junto con él, hasta que el niño se acostumbra a llamar claramente a su padre, sin balbuceo infantil. Por eso dice el Apóstol: «Del mismo modo el Espíritu ayuda a nuestra debilidad; pues no sabemos qué pedir como conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). Y como nos comportamos como niños respecto de la oración y del cumplimiento de las virtudes, por eso necesitamos su ayuda, para que, cuando nuestros pensamientos sean sostenidos y endulzados por su dulzura, lleguemos con todo nuestro deseo al recuerdo y al amor de nuestro Señor y Padre. «Los que invocamos a Dios Padre aprendemos a clamar sin cesar: Abbá, Padre», dice el admirable Pablo.

62. El furor turba el alma y la lleva a la confusión más que las demás pasiones, y sin embargo a veces le trae gran provecho. Cuando el furor se alza sin confusión contra alguien deshonroso o desvergonzado, para que se salve o se avergüence, con ello crece en nosotros la mansedumbre; pues con el pensamiento sostenemos la verdad y la bondad de Dios y, airándonos fieramente contra el pecado, empujamos nuestra propia flaqueza hacia la valentía, y sobre todo prohibimos al espíritu mismo de corrupción. Pues cuando nos airamos poco, nos hacemos sabios con una alabanza mortal. No conviene al intelecto ser de doble ánimo; así obró también el Señor, para enseñarnos. Dos veces en el espíritu reprendió al Hades, y se estremeció y, no con turbación sino como quien hace todo lo que quiere, devolvió el alma de Lázaro a su cuerpo. Me parece que Dios, que nos creó, dio a nuestra naturaleza un furor casto como arma de justicia. Si Eva se hubiera armado con él contra la serpiente, no la habría vencido, me parece, aquella dulzura de la pasión. El furor casto guarda la piedad, y por eso será más experimentado aquel para quien él sirve de medida que aquel cuyo intelecto nunca se alza a la ira. El intelecto de este último no conoce las costumbres humanas; pero el primero cabalga, como asceta, sobre los caballos de la virtud en medio de la hueste de los demonios, en el temor de Dios guiando el tiro que la Escritura llama carro de Israel cuando narra la ascensión de Elías al cielo. Dios enseñó a los primeros judíos acerca de las cuatro virtudes de muy diversos modos, y por eso tal maestro de sabiduría, valentía y justicia fue arrebatado en un carro de fuego. Me parece que los caballos son sus virtudes castas, cuando fue arrebatado por el Espíritu en el soplo del fuego.

63. Que quien ha aprendido el conocimiento santo y ha gustado la dulzura de Dios no litigue con nadie ni lleve a nadie ante los tribunales, aunque le quiten hasta la ropa. Pues la justicia de los príncipes de este siglo es vencida por la justicia de Dios, ya que no hay nada que pueda compararse con la justicia de Dios. ¿Y qué diferencia hay entre los hijos de Dios y los hombres de este siglo? Solo esta: que la justicia de los segundos es imperfecta, y por eso se llama justicia humana, mientras que la de los primeros es divina. Por eso el Señor Jesús, cuando se burlaban de Él, no respondía; cuando lo agraviaban, no se defendía de los agraviadores y soportaba en silencio cuando le quitaban la ropa; más aún, rogaba al Padre por la salvación de quienes le hacían mal. Los hombres mundanos no cesarán de litigar hasta que hayan tomado lo suyo con creces, y sobre todo cuando reclaman los intereses de una deuda. Por eso su justicia se vuelve a menudo causa de gran injusticia.

64. He oído decir a algunos hombres reverentes que no debemos dejar que nadie nos quite lo que necesitamos o lo que sirve para el alivio de los pobres. Y sobre todo cuando esto lo sufrimos de cristianos, para no volvernos causa de pecado para quienes nos agravian, aunque no debamos guardarles rencor. Tal pensamiento no es otra cosa que el cumplimiento de la propia voluntad con una justificación irracional. Si abandono la oración y escucho a mi propio corazón y condeno a quienes quisieron quitarme algo, poco a poco empezaré también a sentarme en los tribunales. De ello se verá que lo que me han quitado me importa más que mi propia salvación, por no decir que los mandamientos del Salvador. ¿Y cómo cumpliré el precepto evangélico, que manda no reclamar nada a quien me ha tomado algo, si, según las palabras del Apóstol, no soporto con gozo el despojo de mis bienes? Según el mandamiento, quien ha obtenido lo que quería sin ir a juicio no queda por ello libre del pecado de codicia. Pues los tribunales corruptibles no pueden determinar el veredicto del juicio incorruptible de Dios. Por eso hemos de cumplir aquellas leyes de las que habremos de responder aun contra nuestra voluntad. Por eso es bueno soportar la opresión de quienes quieren agraviarnos y orar por ellos, para que por el arrepentimiento se les perdone el pecado de codicia, y no para que se nos devuelva lo tomado. Esto quiere la justicia de Dios: que recibamos no la codicia, sino al codicioso, a quien el arrepentimiento ha librado del pecado.

65. Es muy bueno y provechoso para nosotros, que hemos conocido el camino de la piedad, vender de una vez todo lo que tenemos, repartir todos los bienes según el mandamiento del Señor (Lc 12,33) y no excusarnos diciendo que queremos dar limosna siempre, pues con ello desobedecemos el mandato del Salvador. Por esto tendremos, primero, una buena ausencia de cuidados, y por ella una pobreza libre de envidia, que se siente por encima de toda injusticia y de todo litigio, de modo que no poseamos aquello que encendería el fuego de la codicia. Entonces nos calentará más la virtud de la humildad de pensamiento y nos consolará, desnudos como estamos, en sus propias profundidades, y nos abrazará como una madre toma a su hijo en brazos y lo abraza cuando, en su sencillez infantil, se quita la ropa y la arroja lejos, gozándose en su gran inocencia más de la desnudez que de vestidos brillantes. Pues está dicho: «El Señor guarda a los pequeños; fui humillado, y Él me salvó» (Sal 114,5).

66. El Señor nos preguntará cómo dimos limosna. La preguntará a quienes tienen algo que dar, no a quienes no tienen. Si tengo algo que podría repartir a lo largo de muchos años, lo daré en poco tiempo de buena voluntad por el temor de Dios. Y cuando no tenga nada, ¿quién me lo reprochará? Pero alguien podrá decir: ¿de qué se dará entonces limosna a los pobres, que están acostumbrados a alimentarse de ella? Que tal hombre no se acostumbre a despreciar a Dios justificando su propia codicia. Dios no abandonará su creación, tal como la dispuso desde el principio; pues aun antes de que este o aquel comenzara a dar limosna, los pobres no carecían de alimento ni de albergue. Es bueno, habiendo conocido la verdad, servir a los pobres y desechar el razonar irracional y el orgullo que viene de la riqueza, y odiar los propios deseos, lo cual significa hallar la propia alma; no alegrarse de que damos limosna siempre, sino reprocharnos que no hacemos nada bueno. Mientras tenemos riqueza, nos alegramos y gozamos repartiéndola, sirviendo con ello al mandato divino. Pero cuando ya lo hemos dado todo, viene sobre nosotros una humildad y una contrición sin medida, como sobre quienes no hacen nada justo. Por eso el alma vuelve a sí misma con gran humildad y contrición y adquiere con oración intensificada, paciencia y humildad de pensamiento lo que ya no puede adquirir repartiendo limosna. «El pobre y el necesitado alabarán tu nombre, Señor» (Sal 73,21). Dios no dará el don de la palabra a quien no está dispuesto a renunciar a todo lo que tiene por la gloria del Evangelio de Dios, para que en una pobreza amante de Dios se anuncien las riquezas del Reino de Dios. Esto lo explica aquel que dijo: «Todo lo preparaste para el pobre». Y añadió también: «El Señor dará palabra a quienes anuncian la buena nueva con gran poder» (Sal 67,11-12).

67. Todos los dones de nuestro Dios son muy buenos, y de ellos procede toda bondad; pero nada inflama y mueve tanto nuestro corazón al amor de su bondad como la teología. Su fruto es igual a la gracia divina: anuncia lo venidero y otorga un don al alma. Primero nos lleva a despreciar con gozo todos los deseos de esta vida, pues en lugar de deseos corruptibles nos da las riquezas inefables de la palabra de Dios; y además, con el fuego de la transformación ilumina nuestro intelecto y lo hace semejante a los espíritus servidores. Habiéndonos preparado bien para esto, amados, deseemos esta virtud hermosísima e invisible, que nos trae toda ausencia de cuidados y, en el resplandor de la luz inefable, alimenta al intelecto con la palabra de Dios, Dios Verbo. Y, por no alargarme, ella honra a las almas racionales con el don de profecía y las une inseparablemente en la unidad. ¡Oh maravilla! Esta sierva del Esposo hace también de los hombres heraldos que ven a Dios y cantan divinamente su grandeza.

68. A nuestro intelecto le resulta a menudo difícil ejercitarse en la oración, por lo estrecho y concentrado de la virtud de la oración. Pero emprende la teología con gozo, por la amplitud y la libertad de las palabras divinas. Sin embargo, no le demos licencia para hablar mucho ni para dejarse llevar sin medida por el gozo, sino démosle más oración, y salmodia, y lectura de los salmos, sin descuidar los escritos de los hombres que aman la palabra, en cuyas obras se manifiesta su fe. Y no añadamos nuestras palabras a las palabras de la gracia, ni nos dejemos arrastrar a la vanagloria ni a complacernos en ella por el gran deleite y la mucha palabrería; y durante la contemplación guardemos el intelecto libre de toda fantasía. Y, dicho sencillamente, obremos de modo que todos sus pensamientos vayan acompañados de lágrimas. Descansando en el tiempo del silencio y deleitándose en la oración más que en cualquier dulzura, el intelecto no solo queda libre de todo lo dicho, sino que se renueva más y más, hasta llegar pronto y sin fatiga a la contemplación divina, alcanzar el discernimiento y llegar a una gran humildad. Con todo, hay que saber que la oración está por encima de toda amplitud. Y pertenece a quienes son experimentados en toda percepción y certeza y están llenos de la gracia santa.

69. Al principio la gracia ilumina el alma con su propia luz, y a menudo cubre secretamente los combates anteriores del alma con los misterios teológicos. Después nos pone, gozosos, en el camino de las visiones divinas, que son llamadas al entendimiento desde la ignorancia, y en la lucha guarda nuestro entendimiento libre de vanagloria. Conviene, pues, que nos aflijamos con medida, como si estuviéramos abandonados, para que nos humillemos más y nos sometamos a la gloria del Señor; y que nos gocemos en su tiempo, sostenidos por la buena esperanza. Pues así como la gran tristeza arroja al alma en la desesperanza y el desaliento, así también el gran gozo la lleva a la arrogancia. Hablo de quienes son todavía niños en el entendimiento: para ellos el término medio entre la iluminación y el abandono es la tentación, y entre la tristeza y el gozo, la esperanza. Pues está dicho: «Esperé pacientemente al Señor, y Él me miró» (Sal 39,2). Y también: «Cuando se multiplicaron mis dolores, tus consuelos alegraron mi alma» (Sal 93,19).

70. Cuando las puertas de un baño se abren con frecuencia, todo el calor de dentro se escapa. Así también el alma: cuando quiere hablar mucho, aunque todo lo que diga sea bueno, saca su propia memoria por la puerta de la voz. Por eso queda privada de los pensamientos más puros y habla desordenadamente con cualquiera que encuentra, ya que el Espíritu Santo, que guarda su pensamiento libre de fantasía, no está ya en ella. Todo lo bueno huye siempre de la mucha palabrería, como de la causa de toda vanidad y de toda fantasía. Por eso el silencio a su tiempo es cosa buena, pues no es otra cosa que la madre de los pensamientos sabios.

71. Las palabras del conocimiento nos enseñan que las pasiones atacan al alma teológica desde el principio, y sobre todo la ira y el odio. Sufre esto no solo por los demonios que la atacan, sino también en razón de su propio progreso. Mientras el alma vive según la sabiduría de este mundo, entonces, aunque vea a alguien pisotear la verdad, permanece inmóvil e intacta, pues está ocupada con sus propios deseos y no se preocupa de la verdad. Pero cuando se alza por encima de sus propias pasiones, ya que desprecia lo presente y mira al amor de Dios, entonces no soportará, ni aun en sueños, ver despreciada la verdad. Se aíra contra quienes obran el mal, hasta que ve un pensamiento piadoso someter a su dignidad a quienes violan la verdad. Por eso odia a los injustos y ama a los justos. El ojo del alma no es arrebatado en éxtasis si no ha llevado, por gran dominio de sí, su velo —es decir, el cuerpo— a gran sutileza. Sin embargo, obra mayor, mucho mayor que el odio a los injustos, es llorar por su insensibilidad. Aunque sean dignos de odio, el intelecto de un alma que ama a Dios no quiere ser turbado por el odio; pues cuando el odio está en el alma, no hay contemplación.

72. El teólogo, deleitando e inflamando el alma con las palabras de Dios, se acerca en amplitud suficiente a la medida de la impasibilidad. «Las palabras del Señor son palabras puras, plata refinada en el fuego, purificada de la tierra» (Sal 11,7). Pero el intelecto que conoce sabe por experiencia la acción de las cosas y se hace superior a las pasiones. Y el teólogo, cuando se hace más humilde, recibirá la experiencia del conocimiento. Y el intelecto conocedor participa poco a poco de la virtud de la contemplación, si la potencia discernidora del alma permanece sin pecado. No sucede que cada uno de ellos reciba ambos dones perfectamente; que cada uno, teniendo uno de los dones, admire aquello en que el otro lo supera. Entonces se multiplican en ellos la humildad de pensamiento y el celo por la verdad. Por eso dice el Apóstol: «A uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu» (1 Co 12,8).

73. Cuando el alma abunda en frutos naturales, cantará también más alto y querrá orar en voz alta. Pero cuando el Espíritu Santo actúa en ella, orará en el corazón con todo gozo y alegría. Después de esto viene un gozo acompañado de imaginación, y tras él una lágrima espiritual, y después de todo ello cierta alegría que se deleita en la imaginación. Cuando se mantiene la voz, la memoria permanece cálida y dispone las cosas de modo que haya en el corazón ciertos pensamientos llorosos y suaves. En esto se puede ver verdaderamente cómo la semilla de la oración se siembra en la tierra del corazón con la esperanza de que llegue el gozo de la cosecha. Pero si nos pesa una tristeza mayor, entonces hemos de cantar un poco más alto, alegrando el alma con el gozo de la esperanza, hasta que la pesada nube de la tristeza se disipe con el viento de la voz.

74. Cuando el alma llega a conocerse a sí misma, entonces hará brotar de sí calor y una vergüenza amante de Dios. No se turba por las tristezas de esta vida, y por eso brotan de ella el amor y la humildad. La humildad se da a quienes buscan a Dios según sus fuerzas. Pero esto cambia pronto, sea porque los sentidos se apoderan de la memoria, sea porque prevalecen la naturaleza y la falta de buenas obras. Por eso los sabios griegos no alcanzaron plenamente con su dominio de sí lo que querían, pues la sabiduría eterna y del todo verdadera no actuaba en su intelecto. Pero el calor que el Espíritu Santo trae al corazón es sobre todo apacible e incesante; llama a todas las potencias del alma al amor de Dios y, sin salir del corazón, arrastra tras de sí a todo el hombre a cierto amor y gozo sin límites. Quienes lo comprenden deben llegar hasta él mismo. Cuando la naturaleza ejercita el dominio de sí y vela, esto es señal del amor natural; pero el amor natural no puede inflamar a la naturaleza hasta la impasibilidad, como lo hace el amor espiritual.

75. El aire creado para nosotros se purifica cuando sopla un viento frío, pues la naturaleza de ese viento es fina y pura; pero cuando sopla el viento del sur, el aire se hace pesado, pues ese viento trae niebla y empuja nubes sobre toda la tierra. Así también el alma: cuando el Espíritu Santo sopla sobre ella con su aliento, queda libre de toda niebla demoníaca; pero cuando sopla sobre ella el espíritu de la adulación, queda del todo cubierta por la nube del pecado. Hemos de volvernos con todas nuestras fuerzas hacia el soplo purificador y vivificante del Espíritu Santísimo, es decir, como el profeta Ezequiel vio en su visión, «un viento que venía del norte» (Ez 1,4), para que la potencia contemplativa de nuestra alma permanezca siempre pura y lleguemos sin adulación a las visiones divinas en aquel aire portador de luz que ilumina a los que ven. Y esta es la luz del verdadero conocimiento.

76. Algunos piensan que la gracia y el pecado, es decir, el espíritu de verdad y el espíritu de error, están ocultos juntos en el intelecto del bautizado. Por eso dicen que un espíritu llama al intelecto al bien y el otro al mal. Pero yo he comprendido por la divina Escritura y por el conocimiento mismo del intelecto que antes del santo bautismo la gracia impulsa al alma al bien desde fuera, mientras que el mal anida en lo más hondo del alma y trata de cerrar todas las entradas verdaderas del intelecto. Pero desde la hora en que nacemos de nuevo, el mal queda fuera y la gracia dentro. De esto vemos que antes del bautismo el engaño gobierna el alma, y después de él, la verdad. El mal actúa sobre el alma tanto antes del bautismo como después, y aún más; pero no junto con la gracia —que nadie lo piense—. Por la debilidad del cuerpo quema incienso, por así decirlo, ante el intelecto con la dulzura de las pasiones irracionales. Esto sucede por permisión de Dios, para que el hombre, habiendo pasado por tempestades, fuego y tentaciones, aprenda, cuando quiera, a recibir el bien; pues está dicho: «Pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a un lugar de descanso» (Sal 65,12).

77. La gracia, como he dicho, desde la hora en que somos bautizados se esconde en lo más hondo del intelecto, ocultando su presencia a la percepción del intelecto mismo. Pero cuando el hombre comienza a buscar a Dios con todo su corazón, entonces la gracia se vuelve al alma con cierta palabra inefable a través de la percepción del intelecto y le comunica alguna parte de sus propios bienes; y entonces surge en el alma el deseo de adquirir también los demás bienes. Quien quiera conservar lo adquirido debe renunciar con gran gozo a todos los bienes presentes, para comprar aquel campo donde está escondido el tesoro de la vida eterna. Cuando el hombre renuncia a toda la riqueza de esta vida, entonces halla el lugar donde está escondida la gracia de Dios. Cuando el alma avanza, entonces el don de la gracia de Dios muestra al intelecto su propia bondad. Entonces el Señor permite que los demonios turben más al alma, para enseñarle a distinguir el bien del mal y hacerla más humilde, pues mucho ha de avergonzarse cuando llega a conocer qué inmundicia traen los pensamientos demoníacos.

78. La imagen de Dios se manifiesta en nosotros por los movimientos espirituales del alma, mientras que el cuerpo es como su casa. Tras la transgresión de Adán no solo se mancharon los rasgos del alma, sino que también nuestro cuerpo cayó bajo la corrupción. Por eso el santo Verbo de Dios se encarnó y, como Dios, nos concedió el agua del bautismo para salvación y segundo nacimiento, a fin de que naciéramos del agua por la acción del Espíritu Santo y vivificante. En el bautismo purificamos a la vez el alma y el cuerpo, si con todo el corazón queremos venir a Dios. Entonces el Espíritu Santo habita en nosotros y el pecado huye de nosotros. Pues es imposible, dada la unidad y sencillez del alma, que dos personas habiten en ella, como algunos han pensado. Cuando está presente la gracia divina, que se une por un amor incomprensible a la imagen de Dios mediante el santo bautismo, como en un matrimonio —lo cual confirma también la Escritura—, ¿dónde hallaría entonces sitio algún maligno? Pues la luz no convive con las tinieblas. Creemos, pues, que la fuente de la incorrupción arroja el mal fuera de los almacenes del intelecto. Pero, puesto que somos combatientes celosos en luchas sagradas, nos atacan tentaciones muy diversas. Y no nos asombremos de que después del bautismo nos vengan pensamientos tanto buenos como malos. La santa fuente lava de nosotros la mancha de nuestras transgresiones, pero no cambia la doble naturaleza de nuestra voluntad ni prohíbe a los demonios atacarnos y decirnos palabras aduladoras, para que, por el poder de Dios, tomando las armas de la justicia, guardemos lo que no guardamos en nuestro estado natural.

79. Como he dicho, el santo bautismo expulsa a Satanás del alma; pero por las razones ya mencionadas se le permite tentar al alma a través del cuerpo. Y la gracia de Dios habita en lo más hondo del alma, es decir, en el intelecto. Pues está dicho: «Toda la gloria de la hija del rey está en el interior» (Sal 44,14) —y es invisible para los demonios—. Por eso el amor divino brota de lo más hondo de nuestro corazón cuando recordamos a Dios con calor. Pero los espíritus malignos entran por los sentidos corporales y anidan allí, obrando por la debilidad del cuerpo sobre quienes son aún niños en el alma. Por eso nuestro intelecto, como dice el Apóstol, se deleita siempre en la ley espiritual, mientras que los sentidos corporales se inclinan hacia los placeres (cf. Rm 7,18). Así la gracia, por la percepción del intelecto, da un gozo inefable al cuerpo de quienes han aprendido la contemplación. Pero los demonios homicidas, por los sentidos corporales, hacen cautiva al alma cuando ven que caminamos pusilánimes por el camino de la piedad, y por la fuerza la empujan hacia lo que ella no quiere.

80. Quienes dicen que dos personas habitan en el corazón de los fieles, es decir, la gracia y el pecado, apelan a las palabras del Evangelista: «Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,5), y explican así su opinión: el resplandor divino nunca se mancillará por habitar junto al maligno, aun cuando la luz divina se acerque en el alma a la oscuridad demoníaca. Sin embargo, las palabras del Evangelio reprenden a quienes razonan así sobre la Sagrada Escritura. Pues el Verbo de Dios es la luz verdadera, que se dignó aparecer en la carne a toda la creación y en su amor a los hombres encendió en nosotros su propia luz del conocimiento santo. Pero la sabiduría mundana no comprendió la luz de Dios, «porque la mente de la carne es enemistad contra Dios» (Rm 8,7); y por eso el Teólogo dijo estas palabras. Y este maravilloso Evangelista explica además, diciendo: «Aquella era la luz verdadera que ilumina a todo hombre» —dice ilumina, no enseña y vivifica—; «en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no lo conoció. A los suyos vino, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron les dio potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,9-12). También el sapientísimo Pablo dice: «No que ya lo haya alcanzado ni que ya sea perfecto, pero prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús» (Flp 3,12). Por tanto, el Evangelista no habla de Satanás cuando dice que no comprendió la luz verdadera, pues ella le es ajena desde el principio mismo, sino de los hombres que oyen hablar de las maravillas y del poder de Dios y sin embargo no quieren acercarse a la luz de su conocimiento por tener el corazón entenebrecido; y por eso el Evangelista los reprende con palabras oportunas.

81. La palabra del conocimiento nos enseña que hay dos clases de espíritus malignos: unos son más sutiles, otros más groseros. Los sutiles guerrean contra el alma, mientras que los groseros cautivan al cuerpo con ciertos deleites refinados. Por eso los demonios guerrean entre sí: los que combaten contra el alma con los que atacan al cuerpo, aunque en todos ellos el deseo de dañar al hombre es el mismo. Cuando la gracia no habita en el hombre, entonces las serpientes comienzan a anidar en lo hondo del corazón y no dejan al alma ni siquiera desear el bien. Pero cuando la gracia está escondida en el intelecto, entonces pasan por el corazón como nubes oscuras, tocando las pasiones pecaminosas y convirtiéndose en diversas fantasías, para turbar con ello la memoria del intelecto y arrancarlo del trato con la gracia. Cuando por los demonios que turban nuestra alma nos encendemos en las pasiones del alma, y sobre todo en la arrogancia, madre de todas las pasiones, entonces consideremos la corruptibilidad de nuestro cuerpo y cubramos de vergüenza la altura de nuestro amor a la gloria. Lo mismo hay que hacer cuando los demonios atacan al cuerpo e inflaman nuestro corazón con deseos vergonzosos. El solo recuerdo del nombre de Dios en memoria sobria puede destruir los asaltos de los espíritus malignos. Y cuando los demonios que actúan sobre el alma comienzan, tras ese recuerdo, a sugerirnos pensamientos sobre la infinita bajeza de la naturaleza humana y que no vale nada —y les gusta hacerlo para empujarnos a la desesperación—, entonces, quien quiera burlarlos, recuerde el honor y la gloria del Reino de los cielos, sin olvidar tampoco el juicio amargo y temible. Con el recuerdo del Reino de los cielos consolemos nuestra tristeza, y con el recuerdo del Juicio final refrenemos los impulsos de nuestra carne.

82. El Señor nos enseña en el Evangelio que, cuando Satanás vuelve y halla la casa —es decir, el corazón estéril— limpia y barrida, entonces llamará a otros siete espíritus, y entrarán allí y se instalarán, «y el último estado de aquel hombre será peor que el primero» (cf. Lc 11,25-26). Por eso hay que saber que, mientras el Espíritu Santo habita en nosotros, Satanás no puede entrar en las profundidades del alma ni permanecer allí. El divino Pablo nos enseña a entenderlo así, pues él mismo vio la razón de ello por experiencia, y por eso dice: «Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios, pero veo otra ley en mis miembros, que combate contra la ley de mi mente y me hace cautivo de la ley del pecado que está en mis miembros» (Rm 7,22-23). Y añade: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8,1-2). Y en otro lugar, para mostrar cómo Satanás ataca al alma por medio del cuerpo, dice: «Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies con la prontitud del Evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podréis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomad también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6,14-17). Pero una cosa es la cautividad y otra el combate. Pues lo primero significa dominio violento sobre alguien, y lo segundo, una contienda contra un igual en fuerzas. Por eso el Apóstol dice que el diablo ataca con dardos encendidos a las almas que aman a Cristo. Cuando no puede entrar en batalla y vencer a un combatiente que le resiste, entonces le dispara flechas, para herir de lejos al enemigo que lucha contra él; pues por la venida de la gracia ya no puede, como antes, habitar el intelecto del combatiente, y por eso revolotea con dulzuras y se instala en el cuerpo, a fin de arrastrar el alma hacia la pereza del cuerpo. De las palabras del Apóstol puede entenderse que la luz divina brilla sobre el intelecto del combatiente, y por eso este sirve a la ley divina y se deleita en ella. El cuerpo, en cambio, se deleita en la astucia y recibe de buena gana los ardides de aquellos espíritus, y por eso es arrastrado a servir a su astucia. Y de esto es claro que Dios y el diablo no pueden habitar a la vez en el intelecto. Pues ¿cómo serviría yo con la mente a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado, si mi intelecto no combatiera con toda su libertad contra los demonios, dulcemente cautivado por la bondad de la gracia? Al cuerpo le gusta recibir la fragancia de dulzuras irracionales, y por eso se permite que los combatientes sean engañados por los espíritus malignos. «Pues sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien» (Rm 7,18); y como en medio de una batalla se cumplen los combates de quienes resisten al pecado. El Apóstol no dice de sí mismo que los demonios ataquen al intelecto; más bien intentan inclinar al cuerpo con placeres fuertes de dulzuras agradables. Esto lo permite el justo juicio de Dios, para que penetren en las profundidades del cuerpo aun en quienes hacen todo lo posible por luchar contra el pecado; pues el razonamiento humano que se cree justo está siempre sujeto a prueba. Cuando alguien puede, viviendo en esta vida, mortificarse con el trabajo, entonces se hace todo él casa del Espíritu Santo. Tal hombre ha resucitado aun antes de la muerte; tal fue el mismo bienaventurado Pablo, y todos los que han combatido perfectamente y combaten contra el pecado.

83. El corazón produce de sí mismo pensamientos buenos y malos. Los pensamientos malos no provienen de su naturaleza, sino de que se ha acostumbrado al mal por engaños anteriores; y mucho de lo malo comienza en él por la amargura demoníaca. Pero, como sabemos que todos los pensamientos vienen del corazón, algunos han supuesto que el pecado habita en el intelecto junto con el Señor. Y así recuerdan que el Señor dijo: «Lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que contamina al hombre; porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios» (Mt 15,18-19). No saben que nuestro intelecto tiene en sí una percepción sutil por la cual recibe el pensamiento sugerido por los espíritus malignos, y no sabemos cómo lo transmite al alma y, además del alma, también al cuerpo —lo cual es muy grato al cuerpo, pues la carne ama mucho las caricias del engaño—. Por eso suponemos que los pensamientos sugeridos por los demonios vienen del corazón; y los tenemos por nuestros cuando queremos deleitarnos en ellos, por lo cual el Señor nos reprende, como es claro por las palabras citadas. En el hombre que se deleita en los pensamientos que le sugiere la astucia satánica y los guarda en su corazón, ellos echan raíces y crecen desde su propio pensar.

84. El Señor dice en el Evangelio que el hombre fuerte no puede ser expulsado de su casa hasta que venga uno más fuerte que él, lo ate y lo eche fuera (cf. Mt 12,29). ¿Cómo, pues, el que ha sido expulsado con tal vergüenza entraría de nuevo y habitaría con el verdadero dueño de la casa, que dispone todo en su casa como él mismo quiere? Cuando un rey vence a su enemigo, no le permitirá instalarse en el palacio real: o bien lo matará al punto, o bien lo entregará a sus soldados para tormentos lentos y una muerte dura.

85. Si alguien piensa que meditamos tanto el mal como el bien porque el Espíritu Santo y el diablo habitan en nuestro intelecto, sepa que esto ocurre porque todavía no hemos «gustado y visto que el Señor es bueno» (Sal 33,9). Al principio, como he dicho antes, la gracia se esconde en el recién bautizado, aguardando la debida disposición del alma. Pero cuando el hombre se vuelve por entero al Señor, entonces, por una percepción inefable, la gracia revela su presencia al corazón y de nuevo espera una respuesta del alma, permitiendo que los dardos demoníacos alcancen su percepción más honda, para que el alma comience a buscar a Dios con disposición ferviente y devoción humilde. Y cuando avanza en el cumplimiento de los mandamientos y en invocar sin cesar al Señor Jesús, entonces también en las percepciones exteriores del corazón se encenderá el fuego de la gracia santa, quemando las espinas del campo humano. Por eso los asaltos demoníacos se retiran a algún lugar lejano, agitando en silencio las pasiones del alma. Pero cuando el hombre cumple todas las virtudes propias del combate, y sobre todo la total ausencia de posesiones, entonces todo su ser será iluminado por la contemplación más honda, que lo calienta con un gran amor a Dios. Entonces los dardos demoníacos se apagan aun fuera de la percepción corporal, pues el soplo del Espíritu Santo mueve el corazón hacia los vientos de la humildad, que apagan las flechas que el demonio portador de fuego aún lanza al aire. Sin embargo, aun a quien ha alcanzado esta medida el Señor permite caer bajo la malicia demoníaca y deja su intelecto sin iluminación, para que nuestra libre determinación no quede del todo atada por los lazos de la gracia —no solo para que venzamos el pecado con nuestros combates, sino también porque el hombre debe avanzar en la vida espiritual—. Pues lo que hemos aprendido y lo que nos parece perfecto es imperfecto al lado de aquella riqueza en la que Dios nos instruye en el amor de su bondad, aunque alguien, avanzando, pudiera subir toda la escala que se mostró a Jacob en su sueño.

86. El Señor mismo dijo que «vio a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10,18) —para que el abominable no mirase la morada de los santos ángeles—. ¿Cómo, pues, si no se le permite asociarse con los buenos siervos de Dios, podría habitar junto con Dios en el intelecto humano? Algunos dicen que esto sucede por permisión, pero más allá de eso nada dicen. Pues aun la permisión instructiva no priva al alma de la luz divina; la gracia solo esconde su presencia, como he dicho, por la acción de su propia grandeza, para que el alma experimente la acción de la amargura demoníaca y con todo temor y humildad busque la ayuda de Dios y comprenda con más claridad la malicia de su enemigo. Así también una madre, cuando su hijo no la obedece, lo deja bajar de sus brazos por un tiempo, para que se asuste de gente airada o de algunas bestias y vuelva a su madre con gran temor y lágrimas. Pero la permisión que viene tras un apartarse entrega el alma a los demonios, como atada, ya que no quiere tener a Dios. Pero nosotros no somos hijos del temor —que no sea así—. Creemos que somos los hijos más cercanos de la gracia de Dios, y que ella nos alimenta como con leche mediante pequeñas permisiones y frecuentes consuelos, para que, nutridos por su bondad, lleguemos «al estado de hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

87. La permisión instructiva trae gran tristeza y humildad y una moderada timidez del alma, para que su potencia amante de la gloria e insolente llegue más fácilmente a la humildad. Entonces vendrán al punto sobre el corazón el temor de Dios, la lágrima de la confesión y un gran deseo del buen silencio. Pero la permisión que viene tras un apartarse de Dios llena el alma de desesperanza, de acedia, de arrogancia y de ira. Conviene que nosotros, que conocemos por experiencia una y otra permisión, vengamos a Dios según lo requiera la naturaleza de la permisión. En la primera hemos de traer acción de gracias junto con promesas a Aquel que instruye nuestra disposición extraviada privándonos del consuelo, para que, como buen padre, nos enseñe a distinguir el bien del mal. En la segunda hemos de traer confesión incesante de las transgresiones y lágrimas, y todavía más soledad, para que, añadiendo trabajos a esto, supliquemos a Dios que mire nuestros corazones como antes. Con todo, hay que saber que también a Satanás se le permite guerrear contra la valentía del alma. En la permisión instructiva la gracia, aunque esconde su acción, se apresura invisiblemente a socorrer al alma, para que los enemigos crean que el alma los ha vencido por sí sola.

88. Si en invierno un hombre está de pie en un lugar abierto mirando al oriente y así permanece todo el día, el sol lo calentará por entero por delante, pero su espalda no tendrá calor alguno, ya que el sol no se ha puesto sobre su cabeza. Así ocurre al comienzo de la obra espiritual: el corazón se calienta en parte por la gracia santa, y entonces el intelecto comienza a dar los frutos del entendimiento espiritual. Sus potencias visibles permanecen en el cuerpo, reflejando, pues aún no todas las partes del corazón han sido iluminadas por el conocimiento profundo de la santa luz de la gracia. Algunos, sin comprender esto, han supuesto que dos personas contienden en el intelecto y que por eso el alma medita a la vez el bien y el mal —tal como dijimos al principio que un hombre está a la vez caliente y frío—. Y puesto que nuestro intelecto ha entrado en la doble naturaleza de la visión, desde entonces debe, aun contra su voluntad, producir a la vez pensamientos buenos y malos, sobre todo en aquellos que alcanzan un discernimiento sutil. Aunque el intelecto se apresure a pensar solo en lo bueno, al punto recuerda también algo malo, pues tras la transgresión de Adán la memoria quedó dividida en un pensar doble. Pero cuando empezamos a cumplir con diligencia los mandamientos de Dios, entonces la gracia, iluminando todas nuestras percepciones con profundo conocimiento, quema como fuego las memorias pecaminosas, endulzando nuestros corazones en la humildad con amor incesante, y nos enseñará a cuidar de las cosas espirituales y no de las corporales. Esto sucede a quienes se acercan a la perfección y guardan sin cesar en sus corazones el recuerdo del Señor Jesús.

89. La gracia santa nos concede por el bautismo, por el cual nacemos de nuevo, dos bienes, de los cuales el primero supera inmensamente al segundo. El primero se da al instante: el lavado en el agua del bautismo de todas nuestras transgresiones inmundas y la iluminación de todos los rasgos del alma que constituyen la imagen de Dios. Pero el segundo espera edificar junto con nosotros aquello que es la semejanza de Dios. Cuando nuestro intelecto entra con gran conocimiento en la gracia del Espíritu Santo, hay que saber que la gracia comienza entonces, por así decirlo, a pintar en el hombre la imagen y semejanza de Dios. Así hacen también los pintores: primero trazan los contornos de un hombre en un solo color, y luego ponen color sobre color, hasta que los contornos llegan a parecerse a aquel a quien pintan, hasta en los cabellos. Así también la santa gracia de Dios primero, por el bautismo, restaura en el hombre la imagen de Dios tal como fue honrado con ella antes de la transgresión; pero cuando ve que con toda el alma deseamos la semejanza de Dios y estamos desnudos y varonilmente nos armamos para los combates a fin de alcanzarla, entonces por una virtud engendra en nuestra alma otra virtud, eleva el aspecto del alma de gloria en gloria y le da los contornos de la semejanza. La percepción muestra cómo la semejanza se va reflejando en nosotros, pero la perfección de la semejanza se revela en la iluminación de la gracia. Pues el intelecto recibe toda virtud por la percepción, habiendo alcanzado cierta medida y una armonía inefable; pero el amor espiritual nadie puede adquirirlo si el Espíritu Santo no lo ilumina. Hasta que el intelecto reciba la semejanza perfecta de la luz divina, puede tener todas las virtudes salvo el amor perfecto. Pero cuando por la virtud se hace semejante a Dios, en cuanto es posible al hombre hacerse semejante a Dios, entonces llevará sobre sí la semejanza del amor divino. Cuando se pinta a alguien, la pericia del artista puede plasmar en color hasta una sonrisa. Así ocurre también cuando la gracia divina pinta en nosotros la semejanza divina y, añadiendo la iluminación del amor, revela la semejanza de la belleza toda perfecta según la imagen y semejanza. Ninguna otra virtud puede dar al alma la impasibilidad, sino solo el amor, pues «el amor es el cumplimiento de la ley» (Rm 13,10). Por eso de día en día nuestro hombre interior se renueva, experimentando el amor; con su ayuda asciende y alcanza la cumbre de la perfección.

90. Si deseamos con celo la virtud de Dios, entonces al comienzo de nuestro progreso el Espíritu Santísimo permite al alma gustar la dulzura de Dios con todas sus percepciones y con plena certeza, para que el intelecto comprenda qué recompensa hay para los trabajos que aman a Dios. Pero después el Espíritu Santo esconde por largo tiempo las riquezas vivificantes de este don, para que nosotros, aun cuando alcancemos todas las virtudes, pensemos de nosotros mismos que no somos nada, ya que el amor santo aún no se nos ha hecho habitual. Entonces sucede también que el demonio del odio aflige de tal modo las almas de los combatientes que llegan a odiar aun a quienes los tratan con bondad; y aun cuando intercambian saludos, llevan dentro de sí la acción ruinosa del odio. Por eso el alma siente mayor dolor, ya que recuerda el amor espiritual y sin embargo no puede alcanzarlo en sus percepciones, pues le faltan trabajos perfectos. Hay que forzarse, por así decirlo, a amar, para alcanzar con plena certeza el amor en la percepción. Nadie que esté en el cuerpo puede adquirir el amor perfecto, salvo aquellos santos que han llegado a los tormentos y a la confesión completa. Quien ha recibido el amor perfecto queda del todo transformado y ni siquiera necesita alimento. Pues ¿quién puede desear los bienes de este mundo cuando el amor divino lo alimenta? Por eso el sapientísimo Pablo, aquel gran vaso del conocimiento, enseñándonos con su buena nueva acerca del alimento futuro de los justos, dice: «Porque el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17) —y todo esto es fruto del amor perfecto—. Por eso quienes se acercan a la perfección pueden participar de él a menudo ya aquí. Pero nadie puede alcanzarlo por completo hasta que lo mortal sea absorbido por la vida.

91. Uno de aquellos que sintieron un amor inagotable por Dios me dijo: «Una vez deseé conocer el amor de Dios en mis percepciones, y el buen Señor me lo concedió con gran percepción. Y sentí la acción del amor con tal fuerza que mi alma, con gozo y amor inefables, deseaba salir del cuerpo y partir hacia el Señor, para no ver esta vida temporal». Quien ha sentido tal amor en la experiencia, aunque alguien lo insulte o lo moleste mil veces, y aunque quede algo que le cause dolor, no se aíra, sino que más bien se une a quien lo molesta y lo agravia. Solo se indigna con quienes oprimen a los pobres y con quienes, como dice la Sagrada Escritura, «hablan injusticia contra Dios» (Sal 74,6) o hacen algún otro mal. Quien ama a Dios más que a sí mismo, o mejor dicho no se ama en absoluto a sí mismo sino solo a Dios, no defiende su propia honra, sino que honra únicamente la justicia de Aquel que lo ha honrado con la vida eterna. Y desea esto no con un deseo pasajero, sino que lo tiene como hábito por la gran experiencia del amor de Dios. Además hay que saber que aquel en quien Dios despierta tal amor está, durante la acción de ese amor, por encima de la fe, pues en la percepción del corazón posee a Aquel a quien por gran amor honra mediante la fe. De esto nos habla claramente san Pablo con estas palabras: «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor» (1 Co 13,13). Pues quien, como he dicho, posee a Dios en las riquezas del amor está entonces muy por encima de su propia fe, ya que permanece todo él en el amor.

92. La acción del conocimiento santo nos hace sufrir a menudo cuando, irritados, molestamos a alguien y lo hacemos enemigo nuestro. Entonces no cesa de atormentar nuestra conciencia hasta que con muchas explicaciones hayamos devuelto a su disposición anterior a aquel a quien molestamos. Y al final de esto viene la contrición, cuando alguien se aíra contra nosotros sin causa y nos hace afligirnos por él y estar inquietos, ya que nuestra charla vana pudo haberse convertido en tropiezo para él; y entonces el intelecto queda privado del conocimiento. El conocimiento mismo es amor racional, y no permite que la mente se dilate hacia las visiones divinas hasta que hayamos recibido con amor a quien se aíra contra nosotros sin causa. Pero si él no lo quiere, o se aleja de nuestra morada, hemos de recordarlo con bondad, sin fingir en nuestra alma —y entonces en lo hondo de nuestro corazón cumpliremos la ley del amor—. Quienes quieran tener conocimiento de Dios deben representarse con bondad a quienes se airan contra ellos. Cuando así sea, nuestro intelecto no solo avanzará sin error en la teología, sino que entrará también con gran audacia en el amor de Dios, pasando sin estorbo de un escalón inferior a otro más alto.

93. A quienes comienzan a desear la justicia, el camino de la piedad les parece duro y agotador; pero esto no es porque lo sea verdaderamente, sino porque es natural al hombre desde su nacimiento vivir en la amplitud de la dulzura. Sin embargo, a quien ha recorrido la mitad de este camino le parece dulce y gozoso. Los buenos hábitos someten a los malos, y la acción irracional de la dulzura se borra de la memoria. Entonces el alma avanza con deleite por los senderos de las virtudes. Por eso el Señor, sacándonos al camino de la salvación, dice: «Estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo hallan» (Mt 7,14); y a quienes están firmemente resueltos a guardar sus santos mandamientos les dice: «Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,30). Conviene desde el comienzo mismo del combate forzarnos a cumplir los santos mandamientos de Dios, para que el buen Señor, viendo nuestro propósito, nuestro trabajo y nuestro cuidado en ello, envíe sobre nosotros una dulcísima disposición para cumplir con celo sus mandamientos. Pues está dicho: «Entonces el Señor da el deseo». Entonces con gran gozo haremos el bien, y entonces comprenderemos de verdad que «Dios obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad» (Flp 2,13).

94. Como un sello impreso sobre cera que no ha sido calentada ni ablandada no puede dejar una huella clara, así el hombre que no ha sido probado por trabajos y enfermedades no puede contener el sello de la virtud de Dios. Por eso el Señor dice al divino Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co 12,9). Y el Apóstol mismo se gloría diciendo: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo». Y en el libro de los Proverbios está escrito: «A quien Dios ama, lo corrige, como un padre corrige al hijo amado» (Pr 3,12). El Apóstol llama debilidades a los enemigos de la cruz, que a menudo le sobrevinieron a él y a todos los santos de aquel tiempo, para que no se enorgullecieran ante los demás, como él mismo dice, de la «abundancia de las revelaciones» (2 Co 12,7), sino que permanecieran, por la humildad y las frecuentes humillaciones, en la imagen de la perfección y conservaran el don divino. Pero nosotros llamamos ahora debilidades a los malos pensamientos y a los movimientos del cuerpo. En aquellos días, puesto que los cuerpos de los santos que combatían contra el pecado sufrían heridas mortales y otras aflicciones, ellos estaban por encima de las pasiones que por el pecado entraron en la naturaleza humana. Pero ahora, ya que la paz se ha multiplicado para las Iglesias en el Señor, conviene que las almas de los combatientes de la piedad sean tentadas a menudo por los movimientos del cuerpo y por los malos pensamientos —y sobre todo aquellos en quienes la contemplación obra en toda percepción y con certeza—, a fin de librarlos de toda vanagloria y arrogancia; entonces podrán, por gran humildad, contener en sus corazones, como se ha dicho, el sello de la belleza divina, según las palabras del profeta: «La luz de tu rostro ha quedado marcada sobre nosotros, Señor» (Sal 4,7). Por eso conviene que soportemos con acción de gracias tal designio del Señor, y entonces las enfermedades frecuentes y la batalla con los pensamientos semejantes a demonios se nos contarán como un segundo martirio. Aquel que entonces hablaba a los santos mártires por medio de príncipes inicuos, para que negaran a Cristo y amaran la gloria de esta vida, es el mismo que ahora turba a los siervos de Dios, repitiendo sin cesar lo mismo. Aquel que entonces infligía heridas a los cuerpos de los justos y atormentaba a los maestros venerables por medio de quienes servían al razonar del diablo, es el mismo que ahora trae diversas pasiones sobre los confesores de la piedad, atormentándolos y agraviándolos grandemente —y sobre todo cuando con gran poder socorren a los pobres agraviados para gloria del Señor—. Por eso hemos de elevar ante Dios con toda diligencia y paciencia el martirio de nuestra conciencia, pues está dicho: «Esperé pacientemente al Señor, y Él me miró» (Sal 39,2).

95. La humildad de pensamiento no se gana fácilmente. Y, puesto que es cosa grande, se nos da solo mediante grandes combates. A quienes participan del conocimiento santo les llega de dos modos: cuando un combatiente de la piedad ha llegado a la mitad del combate espiritual, entonces piensa humildemente de sí mismo, sea por la enfermedad corporal, sea por los asaltos de quienes guerrean contra los justos, sea por los malos pensamientos. Pero cuando la gracia santa ilumina el intelecto con gran contemplación y certeza, entonces la humildad de pensamiento se hace natural al alma. Regada por la gracia divina, no puede alzarse a la altura del amor de la gloria y, aunque cumple sin cesar los mandamientos de Dios, se tiene por la menor de todas por su unión con la mansedumbre divina. La primera humildad de pensamiento va acompañada a menudo de tristeza y pena, y la segunda de gozo con una desconfianza de sí llena de sabiduría. Por eso la primera, como hemos dicho, se da a quienes están en medio del combate espiritual, y la segunda se envía a quienes se acercan a la perfección. Por eso la primera es interrumpida a menudo por los bienes de esta vida, mientras que la segunda, aunque se le ofrecieran todos los reinos del mundo, no teme y no siente en absoluto dardo pecaminoso alguno. Quien es del todo espiritual no necesita gloria corporal. Conviene al combatiente pasar de la primera humildad de pensamiento a la segunda. Pero mientras no haya atravesado la primera y experimentado el asalto de las pasiones, la gracia no ablandará nuestra propia voluntad ni nos concederá las riquezas de la segunda humildad de pensamiento.

96. Quienes aman los placeres de la vida presente pasan de los pensamientos a las transgresiones. Sus hábitos sin discernimiento los empujan a traducir todos sus pensamientos apasionados en palabras inicuas y obras indignas. Pero quienes comienzan la vida ascética pasan de las transgresiones a los malos pensamientos, o a ciertas palabras malas y dañinas. Cuando los demonios los ven así —burlándose complacidos de otros, o hablando de asuntos vacíos e innecesarios, o riéndose donde no deberían, o enfureciéndose sin medida, o deseando una gloria vana y vacía—, entonces se alzan contra ellos de común acuerdo. Toman como aliado el amor a la gloria de esos mismos hombres y, penetrando por él como por alguna grieta oscura, saquean las riquezas del alma. Quien quiera unirse a la multitud de las virtudes no debe desear ni gloria, ni largas conversaciones, ni salir a menudo, ni burlarse de otros —aunque haya en ellos algo digno de burla—, ni hablar mucho, aunque todo lo que diga sea bueno. La locuacidad desmedida dispersa el intelecto y no solo lo hace perezoso para la obra espiritual, sino que lo entrega también al demonio de la acedia. Y este, habiéndolo cargado sin medida, lo entrega al fin a los demonios de la tristeza y de la ira. Por eso conviene ejercitar siempre el intelecto en la guarda de los santos mandamientos y en el recuerdo profundo de Jesús, el Señor de la gloria. Pues está dicho: «El que guarda el mandamiento no conocerá cosa mala» (Ecl 8,5) —es decir, no recurrirá a palabras ni a pensamientos malos—.

97. Cuando el corazón recibe con cierto dolor ardiente los disparos de los demonios, de modo que quien es asaltado piensa que sufre él solo los tiros, esto significa que el alma odia las pasiones, pues ha comenzado a purificarse. Si no sufre dolor ante la desvergüenza pecaminosa, no podrá gozarse ricamente en la justicia de la bondad. Quien quiera purificar su corazón debe inflamarlo siempre con el recuerdo del Señor Jesús, ejercitándose en esto sin cesar y haciéndolo su obra constante. Pues quien quiere despojarse de su propia podredumbre no puede orar en un momento y no orar en otro. Debe esforzarse siempre en la oración por guardar su intelecto, aunque viva lejos de las iglesias. Quien quiere purificar el oro, si deja apagarse el fuego del horno, deja con ello que el oro se endurezca. Así también quien en un momento recuerda a Dios y en otro no, perderá por pereza lo que parecía haber ganado con la oración. Es propio del hombre que ama las virtudes arrancar de raíz, con el recuerdo constante de Dios, el razonar terreno del corazón, para que el fuego del buen recuerdo del Señor Jesús queme todo el mal que hay en el alma, y el alma entre con mayor gloria en su propio resplandor natural.

98. La impasibilidad no consiste en no ser asaltados por los demonios —pues entonces, según las palabras del Apóstol, tendríamos que «salir de este mundo» (1 Co 5,10)—, sino en no sufrir derrota cuando los demonios nos atacan. A los hombres con armadura sus enemigos les disparan; ellos oyen el ruido de los tiros y aun ven todas las flechas, pero no sufren heridas, pues las flechas no atraviesan su armadura. Los hombres con armadura, combatiendo revestidos de hierro, no sufren derrota; y nosotros, cuando nos armemos con las armas de la luz santa y el yelmo de la salvación, dispersaremos las huestes demoníacas. Alcanzamos la pureza no cuando no hacemos el mal, sino cuando con buena diligencia lo rechazamos con todas nuestras fuerzas.

99. Cuando el hombre de Dios está establecido, es decir, ha vencido todas las pasiones, quedan todavía dos demonios que combaten con él. Uno de ellos ataca al alma, empujándola, por un gran amor de Dios, a un celo desmedido, como si el alma quisiera superar a todos en agradar a Dios; y el otro despierta en el cuerpo la concupiscencia carnal. Esto sucede al cuerpo, primero, porque esa concupiscencia le es natural en orden a la procreación, y por eso no es fácil de vencer; y segundo, por permisión de Dios. Cuando el Señor ve que alguno de los combatientes florece con las riquezas de las virtudes, entonces permite que tal hombre sea manchado por este demonio, para que se sienta peor que los demás hombres. El asalto de la pasión viene después del cumplimiento de los mandamientos, o incluso lo precede, para que por la venida y la acción de la pasión el alma no se vuelva arrogante, por grandes que sean sus éxitos. Pero al primer demonio lo vencemos con gran humildad de pensamiento y amor, y al segundo con la ausencia de ira y el recuerdo profundo de la muerte, para que, conociendo sin cesar la acción del Espíritu Santo, estemos en el Señor por encima de estas pasiones.

100. Quienes se han hecho partícipes de la contemplación santa responderán también por las divagaciones involuntarias del intelecto. Como dice Job: «Has marcado también lo que pequé involuntariamente, y con razón». Si el hombre no dejara de recordar a Dios y de cumplir sus santos mandamientos, no caería ni en pecado voluntario ni en involuntario. Debe llevar gustosamente a Dios la confesión de los pecados involuntarios, cumpliendo la regla diaria. Pues es imposible que el hombre no peque, y por eso confesamos hasta que nuestra conciencia, en lágrimas de amor, nos asegure su perdón. Pues está dicho: «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda injusticia» (1 Jn 1,9). Hemos de guardar constantemente la percepción de la confesión, para que nuestra conciencia no se engañe a sí misma, decidiendo que ya ha confesado bastante a Dios. El juicio de Dios es mucho más exigente que el juicio de nuestra conciencia, aunque el hombre no sepa nada malo contra sí mismo, como enseña el sabio Pablo diciendo: «Porque de nada tengo conciencia contra mí mismo, mas no por eso soy justificado; el que me juzga es el Señor» (1 Co 4,4). Cuando confesamos de modo imperfecto, en la salida del alma del cuerpo nos hallará cierto temor incomprensible. Nosotros, que amamos al Señor, hemos de orar para no tener temor entonces. Pues quien sea hallado en temor no pasará libremente junto a los príncipes del abismo, ya que ellos verán en un alma que teme a una cómplice de su propia malicia. Pero si el alma está gozosamente en el amor de Dios, entonces, al tiempo de su salida del cuerpo, estará por encima de todas las potencias tenebrosas y será llevada en alto por los ángeles de la paz. El amor espiritual le da como alas, pues tiene en ese amor el cumplimiento de la ley. Por eso, cuando el Señor venga con todos los santos, quienes con tal audacia dejan esta vida serán tomados aparte de todos los demás. Y quienes temen un poco en la hora de la muerte permanecen entre la multitud de los hombres, como quienes están bajo juicio —para que en el juicio se prueben sus obras y reciban lo que les corresponde de parte del Dios bueno y de nuestro Rey Jesucristo—. Pues Él es el Dios de la verdad, y guarda para nosotros, que lo amamos, las riquezas de la bondad de su Reino por los siglos de los siglos. Amén.

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