152 capítulos prácticos y teológicos de nuestro venerable padre Simeón el Nuevo Teólogo
De nuestro venerable padre Simeón el Nuevo Teólogo: 152 capítulos prácticos y teológicos.
1. La fe consiste en morir por Cristo a causa de su mandamiento y creer que esa muerte es causa de vida; en tener la pobreza por riqueza, y el origen humilde y la humillación por gloria y esplendor; y, cuando nada tenemos, en creer que lo poseemos todo. Y también en adquirir la riqueza inescrutable de la mente de Cristo y mirar todo lo visible como podredumbre y humo.
2. La fe en Cristo significa no solo despreciar todo lo que es agradable en la vida, sino también soportar y sobrellevar toda tentación que llega con tristezas, aflicciones y penas, hasta que Dios quiera visitarnos. «Pacientemente —dice David— esperé al Señor, y Él se inclinó hacia mí» (Sal 39,2).
3. Quien honra a sus padres en algo por encima del mandamiento de Dios no tiene fe en Cristo; y de esto lo juzga la conciencia, si es que en su incredulidad tiene todavía una conciencia viva; pues esta es la obra de los fieles: no transgredir en modo alguno los mandamientos del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.
4. La fe en Cristo, Dios verdadero, engendra el deseo del bien y el temor del castigo; y el deseo del bien y el temor del castigo llevan a guardar con diligencia los mandamientos; y la guarda diligente de los mandamientos muestra al hombre su propia debilidad; y comprender en qué somos verdaderamente débiles engendra el recuerdo de la muerte; y quien ha adquirido el recuerdo de la muerte por compañero aprende con dolor cómo será su partida de esta vida. Quien intenta comprender cómo será el futuro debe primero librarse de todo lo presente, porque en el presente, aunque se refrene de alguna pasión, no puede alcanzar el conocimiento perfecto. Y aunque ese conocimiento lo roce, por providencia de Dios, si no deja pronto aquello en que la pasión lo retiene, y no se llena por completo de tal conocimiento, y no piensa en otra cosa sino en esto, aun lo que parece tener le será quitado.
5. La renuncia al mundo y la soledad completa, aceptando el desapego de todo lo que ocurre en la vida —asuntos, costumbres, deseos y personas— y el rechazo del cuerpo y de la voluntad propia, pronto traen gran provecho a quien ha renunciado con gozo.
6. Al huir del mundo, guárdate de entregarte a los placeres carnales mientras vives aún en el mundo, cuando tus parientes y amigos te incitan a ello; esto se lo aconsejan los demonios, para apagar el calor de tu corazón. Y aunque no puedan dañar del todo tu propósito, al menos lo debilitarán.
7. Cuando todos los placeres de esta vida dejen de consolarte, entonces los demonios moverán a tus parientes a tenerte lástima, por así decirlo, y los empujarán a llorar y a lamentarse delante de ti por tu causa. Y comprenderás verdaderamente que es así cuando soportes con firmeza ese asalto y veas cómo se enfurecen y de pronto se encienden en odio contra ti, y se apartan de ti como de un enemigo, y no quieren verte.
8. Al ver la tristeza que te viene de padres, hermanos y amigos, ríete del demonio que los incita a molestarte de todos los modos, y márchate con temor y gran prisa, y ruega con insistencia a Dios que llegues pronto al puerto del buen Padre, en quien Él dará descanso a tu alma cansada y agobiada; pues en el abismo de esta vida hay muchas causas de turbación y de ruina mortal.
9. Quien quiera odiar al mundo, ame a Dios con toda su alma y tenga de Él un recuerdo constante, pues nada sino esto mueve a dejar todo con gozo y a apartarse de todo como de la basura.
10. No desees en absoluto permanecer en el mundo, ni por razones importantes ni por razones vanas; antes bien, cuando sientas el llamamiento, obedece al instante. De nada se alegra Dios tanto como de nuestra pronta obediencia. Por eso la obediencia pronta con pobreza es mejor que la lentitud con abundancia de bienes.
11. Si el mundo y todo lo que hay en él pasa, y solo Dios es inmortal e incorruptible, alegraos todos los que por su causa habéis dejado lo corruptible. Y corruptibles no son solo el dinero y la riqueza, sino que también toda complacencia propia y todo placer del pecado son corrupción. Solo los mandamientos son luz y vida, y así los llaman todos.
12. Cuando tú, hermano, hayas recibido la llama del llamamiento y llegues a la vida cenobítica o a un padre espiritual, entonces, si él o los hermanos que combaten contigo te aconsejan para tu alivio tomar un baño, o comer algún alimento o alguna medicina, no lo uses, sino está siempre dispuesto al ayuno, a soportar aflicciones y al mayor dominio de ti mismo, de modo que, cuando tu padre en el Señor te obligue a comer en la mesa, le seas obediente, no haciendo en esto tu propia voluntad; pues cuando soportas con gozo lo que no querías hacer por propia voluntad, hallarás provecho espiritual. Guardando esto, serás siempre y en todo no solo ayunador y hombre de dominio propio y de renuncia a la propia voluntad, sino que mantendrás también inextinguible la llama que hay en tu corazón, la que te mueve a despreciarlo todo.
13. Cuando los demonios, habiendo hecho todo lo que podían, logran hacer vacilar nuestro propósito dirigido a Dios, o estorbarlo, entonces entran secretamente en quienes fingen reverencia hipócritamente, y por medio de ellos intentan estorbar a los ascetas. Y aquellos, al principio, como mostrando amor y misericordia, aconsejan a los ascetas dar descanso al cuerpo, para que —dicen— no se debilite y caiga en la desesperación. También los llaman a conversaciones inútiles y los obligan a pasar días enteros en tales charlas. Cuando alguno de los fervorosos, habiéndolos escuchado, se hace como ellos, entonces se burlan de su ruina; pero si no se somete a ellos y se mantiene apartado de todos con atención y sin audacia, entonces comienzan a envidiarlo y hacen de todo y le causan daño hasta echarlo del monasterio. Pues la vanagloria deshonrosa no soporta ver ante sí una humildad digna de alabanza.
14. Es penoso para el vanaglorioso ver al humilde de pensamiento derramar lágrimas y obtener gran provecho, porque con ellas aplaca a Dios y arranca de los hombres una alabanza involuntaria.
15. Cuando te entregues del todo en obediencia a tu padre espiritual, sabe que desde entonces todo aquello de lo que te enorgullecías te es ajeno —hablo de los asuntos humanos o de los bienes—. Sin el padre espiritual no puedes hacer nada con ellos ni realizar lo que quieres; y no le pidas ni cosa pequeña ni grande, a no ser que él mismo, con su permiso, te mande recibirla, o te la dé él mismo con su propia mano.
16. No des limosna, sin tu padre según Dios, con el dinero que trajiste contigo, ni recibas por intermediario nada de ese dinero de manos del padre; mejor te es ser extranjero y pobre que gastar dinero y darlo a los pobres mientras eres principiante. Con fe pura pon todo, como en la mano de Dios, en la mano de tu padre espiritual.
17. No pidas permiso para beber agua, aunque te queme la sed, hasta que tu padre espiritual, levantándose él mismo, te lo diga. Refrénate y fuérzate en todo, sometiendo tus pensamientos y diciéndoles: «Si Dios quiere y soy digno de beber, se lo revelará a mi padre espiritual y él te dirá: bebe». Y entonces beberás con conciencia limpia, aunque todavía no sea el momento.
18. Alguien que conocía el provecho espiritual y había adquirido fe pura, poniendo a Dios por testigo de la verdad, dice: «Resolví no pedir jamás a mi padre comida ni bebida, ni emprender nada sin él, hasta que Dios se lo revelara y él me lo mandara. Y permaneciendo así —dice—, nunca pequé, teniendo tal propósito».
19. Quien cree firmemente en su padre según Dios, al verlo, piensa que ve a Cristo mismo. Y, viviendo con él o imitándolo, cree firmemente que vive con Cristo y lo imita. Tal hombre nunca deseará hablar con ningún otro ni preferirá ninguna de las cosas mundanas a su recuerdo y a su amor. Pues ¿qué hay mejor y más provechoso en esta vida o en la futura que permanecer con Cristo? ¿Qué es más grato y más dulce que verlo? Y si además es hallado digno de sus conversaciones, ciertamente saca de ello la vida eterna.
20. Quien de corazón ama a los que lo reprenden, o lo ofenden, o lo oprimen, y ora por ellos, alcanza pronto un gran progreso. Pues cuando tal estado está en lo hondo del corazón, pone la razón en el abismo de la humildad y en ríos de lágrimas, en los que quedan sumergidas las tres potencias del alma; y eleva al cielo el intelecto impasible y lo hace contemplativo, y, habiéndole dado a gustar la bondad de allá, lo mueve a tener por basura todo lo de la vida presente, y aun a tomar comida y bebida sin placer y no a menudo.
21. No solo apartarse de las obras malas, sino también estar libre de pensamientos e ideas contrarias, conviene al asceta; y hay que ejercitarse en todo tiempo en reflexiones espirituales y provechosas para el alma, para no inquietarse así por los asuntos del mundo.
22. Aunque alguien desnudara todo su cuerpo, si tiene los ojos vendados, no podrá, sin quitarse la venda, ver por la desnudez misma la luz de todo el cuerpo; así también quien ha dejado todas las demás cosas y bienes y se ha librado de las pasiones mismas, si no libra el ojo del alma de los recuerdos mundanos y de los malos pensamientos, nunca verá la luz espiritual de nuestro Señor y Dios Jesucristo.
23. Como una venda está sobre los ojos, así los pensamientos mundanos y los recuerdos de lo mundano están sobre la mente, es decir, sobre el ojo del alma. Mientras sean admitidos en el alma, nada veremos; cuando los expulsemos con el recuerdo de la muerte, entonces veremos claramente la luz verdadera que ilumina a todo hombre que entra en el mundo superior.
24. El ciego de nacimiento no comprenderá ni creerá la verdad de lo que está escrito; pero quien alguna vez ha sido hallado digno de recibir la vista, que dé testimonio de que lo escrito es verdad.
25. El que ve sabe cuándo llega la noche y cuándo el día, pero el ciego no sabe ni lo uno ni lo otro. Quien ha recibido la vista espiritualmente y mira con ojos intelectuales ve la luz verdadera y sin ocaso; pero si por incredulidad vuelve a su antigua ceguera y pierde la luz, con buen entendimiento siente esa pérdida y sabe de dónde le vino esa ceguera. Pero el ciego de nacimiento nada sabe de esto, ni por experiencia ni de hecho, sino que oye y entiende acerca de cosas que nunca ha visto, y cuenta a otros lo que él mismo oyó, y hablan entre sí de cosas que no conocen.
26. Es imposible a la vez alimentar la carne hasta la saciedad y gozar espiritualmente de la bondad intelectual y divina; en la medida en que el hombre sirve al vientre, en esa medida la perderá; y en la medida en que oprime el cuerpo, en esa medida se llenará de alimento espiritual y de consuelo.
27. Dejemos todo lo terreno, no solo la riqueza y el oro, sino también el deseo de obtenerlos alejémoslo por completo de nuestras almas. Odiemos no solo el placer del cuerpo, sino también sus movimientos irracionales, y apresurémonos a mortificarlos con trabajos: pues por ellos las concupiscencias actúan y se consuman en obras. Y mientras ellos están vivos, nuestra alma permanece muerta e inclinada a ningún mandamiento de Dios, o incluso del todo inmóvil.
28. Como la llama siempre sube hacia arriba, sobre todo si se atiza el fuego, así el corazón vanaglorioso no puede humillarse. Pues cuando lo alabas, se eleva más alto; cuando lo reprendes o lo instruyes, replica con vehemencia; cuando lo elogias y le ruegas, se ensoberbece con fiereza.
29. El hombre que ha aprendido a contradecir es para sí mismo una espada de doble filo que mata, sin saberlo, a su propia alma y se aparta a sí mismo de la vida eterna.
30. Quien contradice es como aquel que por propia voluntad está entregado al Creador, pero en secreto a los enemigos del Creador; la disputa es un anzuelo que tiene por cebo palabras de justificación. Nos halaga, y nos tragamos el anzuelo del pecado. Así los espíritus malignos secuestran por la lengua y la garganta al alma desdichada, y ella o bien se eleva a la altura de la soberbia o bien se hunde en el abismo del pecado, y es condenada con los que cayeron del cielo.
31. Cuando alguien sufre deshonra o molestia y su corazón enferma mucho por ello, de esto se ve que lleva dentro de sí la antigua serpiente. Cuando soporta en silencio o responde con gran humildad, debilita y afloja a la serpiente; pero cuando contradice ofensivamente o habla con audacia, da fuerza a la serpiente para derramar veneno en su corazón y devorar con malicia su interior, y ella se fortalecerá de día en día y, alimentándose, destruirá la bondad y la fuerza del alma desdichada; desde entonces tal hombre vivirá para el pecado y estará del todo muerto para la justicia.
32. Cuando quieras renunciar al mundo y aprender la vida evangélica, no acudas a un maestro inexperto o apasionado, no sea que aprendas una vida diabólica en lugar de una vida evangélica; pues los buenos maestros enseñan cosas buenas, y los malos enseñan cosas malas y la semilla del maligno, pues son descendencia del maligno.
33. Suplica a Dios con oraciones y lágrimas que te envíe un guía impasible y santo. Estudia tú mismo la divina Escritura y los escritos de los santos padres, sobre todo los prácticos, para que, comparándolos con lo que tu maestro y superior te enseña, lo veas como en un espejo y lo comprendas, y vivas conforme a lo que concuerda con la Escritura, y lo guardes en la mente, y distingas y rechaces lo engañoso y ajeno, para no ser engañado; pues sabe que en estos días han aparecido muchos engañadores y falsos maestros.
34. Todo el que no ve y sin embargo promete enseñar a otros es un engañador, y arroja a quienes lo siguen al hoyo de la perdición, como dice el Señor: «Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo» (Mt 15,14).
35. Quien es ciego respecto del Uno es ciego respecto de todo; pero quien ve en el Uno ve en todo. Está a la vez apartado de la visión de todo y en la visión de todo, y fuera de todas las cosas visibles. Pero quien ve en el Uno lo ve todo; está en todo y no ve nada de todo. Quien ve en el Uno, por causa del Uno se ve a sí mismo y ve todo y a todos; y, puesto que está escondido en Él, nada ve de todo.
36. Quien no se ha revestido de la imagen de nuestro Señor Jesucristo, el Hombre celestial y Dios, en el hombre racional e intelectual, con prudencia y conocimiento, es solo sangre y carne y no puede recibir por la palabra la percepción de la gloria espiritual, así como los ciegos de nacimiento no pueden percibir la luz del sol solo por palabras.
37. Quien así oye, y ve, y comprende, conoce la fuerza de lo dicho, pues lleva ya la imagen del celestial y ha alcanzado la «estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13); y, siendo tal, puede guiar bien el rebaño de Dios por el camino de Dios; pero quien no lo conoce es otra cosa, pues no tiene en su alma una percepción clara y sana. Más le conviene ser guiado que guiar con peligro para sí mismo.
38. Quien mira a su maestro y guía como a Dios no puede contradecir; pero si piensa y dice que puede mirar al maestro como a Dios y lo contradice, se engaña a sí mismo y no sabe qué amor a Dios tienen los hombres de Dios.
39. Quien cree que en manos de su pastor están su vida y su muerte nunca contradirá; pero la ignorancia de esto engendra la disputa, que es causa de muerte intelectual y eterna.
40. Antes de que se pronuncie la sentencia sobre el condenado, se le permite decir al juez lo que ha hecho; pero cuando ha revelado sus obras y la sentencia ha sido pronunciada, que no contradiga a los jueces ni en cosa pequeña ni en cosa grande.
41. Antes de que el monje entre en este tribunal y revele lo que hay en su corazón, quizá le sea permitido contradecir: sea por ignorancia, sea porque quiere ocultar algo. Pero cuando ha revelado sus pensamientos y ha confesado sinceramente, ya no le conviene contradecir hasta la muerte al juez según Dios y a su maestro. Pues el monje que al principio entró en este tribunal y descubrió los secretos de su corazón declaró desde el comienzo, si tiene algún entendimiento, que es digno de innumerables muertes, y cree que por su obediencia y humildad será librado de todo tormento y suplicio, si conoce verdaderamente la forma de este misterio.
42. Quien guarda esto indeleblemente en su pensamiento nunca se conmoverá en el corazón al escuchar instrucción, o guía, o reprensión. Pero cuando cae en tal mal, es decir, en la negación y la desconfianza hacia su padre espiritual y maestro, cae miserablemente en la red y en lo hondo del infierno, aun estando vivo, y se hace casa de Satanás y de todo su poder inmundo, como desobediente e hijo de perdición.
43. Te suplico, discípulo, que remuevas esto a menudo en tu mente y luches con toda diligencia para no descender a los tormentos del infierno, sino orar con fervor a Dios cada día, diciendo: «Oh Dios y Señor de todo, que tienes autoridad sobre todo viviente y sobre toda alma, solo Tú puedes sanarme; escucha la oración de este miserable y, enviando el Espíritu Santísimo y vivificante, mortifica y pisotea la serpiente que anida en mí; y concédeme, pobre y desnudo de toda virtud, caer a los pies de mi santo padre y mover su santa alma a misericordia para que se apiade de mí. Y da, Señor, humildad y buenos pensamientos a mi corazón, los que convienen a un pecador que ha consentido en arrepentirse ante Ti, para que al fin no abandones al alma que una vez se unió a Ti y te confesó y te eligió en lugar del mundo entero y te prefirió; pues Tú sabes, Señor, que quiero salvarme, aunque mi mal hábito se me interponga; pero para Ti, Maestro, todo es posible, aun lo que es imposible para los hombres».
44. Quienes han puesto un buen fundamento de fe y esperanza en el atrio de la piedad, y han asentado sus pies inconmoviblemente sobre la roca de la obediencia a los padres espirituales, y escuchan lo que ellos mandan como si viniera de la boca de Dios, y sobre este fundamento de obediencia cumplen sin duda alguna, con humildad de alma, lo que oyen, realizan esta obra grande y primera: la renuncia a sí mismos. Y quien hace la voluntad de otro y no la suya adquiere no solo la renuncia a su propia alma, sino también la mortificación respecto del mundo entero.
45. Del que contradice a su padre se alegran los demonios; pero del que se humilla hasta la muerte se maravillan los ángeles; pues tal hombre hace la obra de Dios, haciéndose semejante al Hijo de Dios, que cumplió la obediencia a su Padre hasta la muerte, y muerte de cruz.
46. La contrición frecuente e inoportuna del corazón por cualquier cosa oscurece y turba la mente, y aleja del alma la oración pura y el enternecimiento; causa dolor de corazón. De ahí viene, en efecto, gran dureza e insensibilidad, y por ellas los demonios llevan a los hombres espirituales a la desesperación.
47. Cuando todo esto te sobrevenga, oh monje, y adquieras en tu alma celo y deseo de perfección, de modo que te esfuerces por guardar todo mandamiento de Dios y no decir palabras vanas ni pecar, y no quedarte atrás de ninguno de los santos antiguos en la acción, el conocimiento y la contemplación, verás cómo el que siembra en secreto la cizaña de la tristeza se te interpone y no te deja subir a tal altura de santidad; cuando te arroje pensamientos de tristeza y diga: «No puedes salvarte en medio del mundo y guardar todos los mandamientos de Dios sin omitir ni uno», entonces siéntate en un rincón, a solas, recógete y reúne tu pensamiento, y da buen consejo a tu alma, y di: «¿Por qué estás abatida, alma mía, y por qué me turbas? Espera en Dios, porque aún lo alabaré; Él es la salvación de mi rostro, mi Dios» (Sal 41,6). Pues ¿quién será justificado por las obras de la ley? «Delante de Ti no será justificado ningún viviente» (Sal 142,2). Solo creyendo en mi Dios mismo espero salvarme por su inefable misericordia. ¡Apártate de mí, Satanás! Adoro a mi Señor y desde mi juventud sirvo a Aquel que puede salvarme solo por su misericordia. Por tanto, aléjate de mí: Dios, que me creó a su imagen y semejanza, te aplastará.
48. Dios no requiere de nosotros, los hombres, otra cosa sino que no pequemos; pues esto no es obra de la ley, sino la conservación intacta de la imagen y de la dignidad celestial. Permaneciendo en ellas por naturaleza y llevando la vestidura luminosa del Espíritu, permanecemos en Dios y Él en nosotros; por adopción somos dioses e hijos, sellados con la luz del intelecto de Dios.
49. El cansancio y la pesadez del cuerpo, que llegan al alma por pereza y negligencia, apartan de la regla acostumbrada y se hacen causa de oscurecimiento de la mente y de tristeza, porque por ellos entran en el corazón pensamientos de temor y de blasfemia, y el tentado no puede entrar en su lugar habitual de oración a causa del demonio del cansancio; y se vuelve perezoso y piensa cosas impropias del Creador de todo. Pero cuando conozcas la causa y de dónde te vino, entra con diligencia en tu lugar habitual de oración y, postrándote ante Dios, amante de los hombres, ora con gemidos y lágrimas en los dolores de tu corazón por la liberación de la pesadez, del cansancio y de los malos pensamientos; y a ti, que llamas y soportas con dolor, se te dará pronto la liberación de ellos.
50. Quien ha adquirido un corazón puro ha vencido el temor. Y quien todavía está purificándose, unas veces vence al temor y otras el temor lo vence a él. Pero el que apenas combate, o es del todo insensible y amigo de las pasiones y de los demonios, enfermo, además de vanagloria, de exaltación propia, imaginando que es algo cuando en realidad no es nada, es esclavo y está sujeto al temor, temblando como un niño, y teme el miedo allí donde no hay miedo ni espanto para quienes temen al Señor.
51. Quien teme al Señor no teme los impulsos demoníacos, ni sus ataques impotentes, ni el pecado de los hombres malos. Y él mismo es todo como una llama o un fuego ardiente, que atraviesa lugares intransitables y oscuros de noche y de día, ahuyentando a los demonios, que huyen de él más que él de ellos, no sea que los queme el rayo ígneo del fuego divino que sale de él.
52. Quien camina en el temor de Dios no teme las conversaciones con los hombres malos, teniendo en sí el temor de Dios y llevando el arma invencible de la fe, con la cual es fuerte y todo lo puede, aun lo que a otros parece incómodo e imposible. Él, permaneciendo como un gigante entre monos o como un león rugiente entre perros y zorros, confía en el Señor y, por la firmeza de su sabiduría, les inflige heridas y espanta sus mentes, como con vara de hierro, profiriendo la palabra sabia.
53. Quien no solo calla o se somete, sino que gobierna como abad y es superior de muchos y realiza él mismo el servicio, no puede tener cuidados; es decir, debe estar libre de todos los asuntos mundanos. Pues cuando nos preocupamos, quebrantamos el mandamiento de Dios, que dice: «No os inquietéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; […] ni con qué os vestiréis, […] porque los gentiles buscan todas estas cosas» (Mt 6,25.32). Y de nuevo: «Mirad por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones se carguen de glotonería, embriaguez y cuidados de esta vida» (Lc 21,34).
54. Quien en sus pensamientos se inquieta por los asuntos del mundo no es libre; los cuidados lo agobian y lo esclavizan, sea que se inquiete por sí mismo o por otros. Pero quien está libre de ellos no se inquieta por los asuntos del mundo ni por sí ni por otros, sea obispo, diácono o abad. Y, sin embargo, nunca está ocioso, ni desprecia nada por pequeño o menor que sea; haciendo y cumpliendo todo de manera agradable a Dios, estará sin cuidados en todos los asuntos y en toda su vida.
55. Mira no destruir tu propia casa cuando quieras edificar la casa de tu prójimo; pues esta obra, ya lo ves, es difícil e incómoda, de modo que, al emprenderla, no destruyas tu casa y dejes sin edificar la de tu prójimo.
56. Mientras no hayas adquirido la impasibilidad perfecta respecto de los asuntos y bienes del mundo, no desees que te confíen la administración de los asuntos del monasterio, no sea que, arrastrado por ellos, en lugar de recompensa por el servicio recibas condena como ladrón y sacrílego. Y aun si el superior te lo manda, sé en la administración como un fuego ardiente; y, prohibiendo el asalto del pensamiento mediante la confesión y el arrepentimiento, serás guardado ileso por la oración del superior.
57. Quien no ha sido impasible no sabe qué es la impasibilidad, y no cree que haya en la tierra alguien impasible. Pues ¿cómo, sin renunciar a sí mismo y sin agotar su sangre hasta el fin por esta vida bienaventurada, podría creer que alguien lo haya hecho para adquirir la impasibilidad? Así también quien piensa que tiene el Espíritu Santo, pero no tiene nada, nunca cree cuando oye hablar de sus operaciones, que se manifiestan en quienes tienen el Espíritu Santo. No cree que haya en esta generación alguien igual a los apóstoles de Cristo y a los santos de todos los siglos, ni que el Espíritu divino actúe en tal hombre y lo guíe, ni que hayan tenido contemplación o percepción de la operación del Espíritu Santo. Pues cada uno juzga las obras de su prójimo según su propio estado, sean de virtud o de pecado.
58. Una cosa es la impasibilidad del alma y otra la del cuerpo; pero la impasibilidad del alma santifica también al cuerpo con su santidad y derrama en él la luz del Espíritu Santo. En cambio, la impasibilidad solo del cuerpo no trae provecho alguno a quien la ha adquirido.
59. Así como aquel a quien el rey ha sacado de la mayor pobreza y ha puesto en riqueza y en rango brillante, y lo ha vestido con vestiduras espléndidas y le ha mandado estar en su presencia, mira con anhelo al rey y lo ama grandemente como a su bienhechor, y examina con claridad la vestidura con que está revestido, y advierte su rango, y sabe qué riqueza le ha sido dada; así también el monje que verdaderamente se ha apartado del mundo y de sus asuntos y ha venido a Cristo, llamado por buen entendimiento y elevado a la altura de la contemplación espiritual por la acción de los mandamientos, ve a Dios mismo sin engaño y ve con claridad los cambios que se han obrado en él. Pues ve siempre la gracia del Espíritu vivificante que lo ilumina, la cual es llamada vestidura y púrpura real, y aún más: al Señor Cristo mismo, pues quienes creen en Cristo se revisten de Él.
60. Muchos leen la Sagrada Escritura y oyen a otros leerla, pero pocos ven correctamente la fuerza y el sentido de lo que se lee. Algunos afirman que aquello de lo que habla la Sagrada Escritura no puede ser; otros lo tienen por incorrecto y lo refieren incorrectamente. Y lo que se dice del tiempo presente piensan que sucederá en el futuro; y lo que se dice del futuro piensan que ya ha pasado, y hablan de lo que ocurre a diario. Y no hay en ellos verdadera comprensión ni verdadero discernimiento de las cosas divinas y humanas.
61. Nosotros, los fieles, debemos ver a todos los fieles como a uno solo, y pensar que Cristo está con cada uno de ellos, y tratar así a todos con amor, de modo que estemos dispuestos a dar la vida por cada uno. Por eso no nos conviene decir ni pensar de nadie que es malo, sino mirar a todos como buenos, según ya hemos dicho. Y aun cuando veas a alguien acosado por las pasiones, no odies al hermano, sino a las pasiones que combaten contra él. Y aun cuando esté atormentado por concupiscencias y tristezas, ten aún más compasión de él, no sea que también tú sufras tentación, pues tu naturaleza es mudable.
62. Cuando alguien es falso por hipocresía, o vicioso por sus obras, o está levemente herido por alguna pasión, o se ha librado solo en parte de la negligencia, no se cuenta entre todos los perfectos, sino que es rechazado como inútil y superfluo, para que no se rompa la unión que debe permanecer indivisa, ni se divida lo que debe permanecer sin división, y para que no cause tristeza a los unos y a los otros: a los perfectos, porque los imperfectos se han quedado atrás; y a los imperfectos, porque se han rezagado.
63. Cuando se arroja arena sobre el fuego que arde en un horno, este se apaga; del mismo modo los cuidados del mundo y cualquier apego a lo peor y más pequeño apagan el calor del corazón apenas se enciende.
64. Cuando alguien siente en sí el temor de la muerte, se apartará de todas las comidas y bebidas y de la ropa fina, y no comerá pan con deleite ni beberá agua con placer, sino que satisfará solo la necesidad del cuerpo, cuanto es preciso para vivir; renunciará a su propia voluntad y será siervo de todos los que mandan con discernimiento.
65. Quien se ha entregado como siervo según Dios a sus padres no elegirá, por temor a los tormentos, de entre lo que se le manda aquello que alivia el dolor del corazón y afloja los lazos del temor, ni escuchará a quienes con amor, o con halago, o con mandato lo empujen a ello; sino que preferirá lo que aumente ese dolor, y lo amará, aunque crezca. En esto, en verdad, permanecerá, sin esperar que alguna vez obtenga libertad: pues la esperanza de la liberación alivia el dolor, lo cual no es útil a quien se arrepiente.
66. A todo el que comienza a vivir según Dios le es útil tener el temor de los tormentos y el dolor que ese temor engendra; y quien sueña con poner un comienzo sin tal dolor, no solo asienta el fundamento de sus obras sobre arena, sino que intenta edificar una casa en el aire sin cimiento, lo cual es del todo imposible. Este dolor pronto engendra gozo, y este comienzo destruye los comienzos de todas las transgresiones y pasiones, y este verdugo se hace causa no de muerte, sino de vida eterna.
67. Si alguien no quiere escapar del dolor que se engendra en el corazón por el temor del tormento eterno, ni huir de él, sino que con el deseo del corazón lo sigue y toma sobre sí por fuerza sus lazos, avanzará más deprisa, y ese dolor lo presentará ante el rostro del Rey de reyes. Cuando esto suceda y él a la vez mire con temor su gloria, al punto se romperán los lazos, huirá de él el temor que lo agotaba, y el dolor que hay en su corazón se tornará gozo y será una fuente que manará siempre lágrimas como un río; e intelectualmente, paz, mansedumbre y dulzura inefable, y también valentía para ir libremente y sin estorbo a toda obediencia a los mandamientos de Dios, lo cual aún no es posible a los principiantes; esto es propio de quienes por sus logros han llegado a la mitad del camino; para los perfectos esta fuente se hace luz, que al instante cambia y transforma el corazón.
68. Quien tiene en sí la luz del Espíritu Santísimo no puede mirarla y cae postrado, clama e invoca con gran temor y reverencia, porque vio y sintió la operación del Espíritu Santo por encima de la naturaleza, por encima de las palabras, por encima del pensamiento, y se hace como un hombre a quien el fuego quema por dentro, y no puede soportar cómo la llama lo abrasa, y queda como fuera de sí. Pero cuando el fuego es regado con lágrimas que fluyen sin cesar y lo refrescan, él inflama todavía más el deseo, y por eso se derraman aún más lágrimas; y él, lavado por sus corrientes, brilla con mayor claridad. Y cuando, habiéndose encendido del todo, se hace como luz, entonces se cumple lo que está dicho: «Dios se une a los hombres a quienes deifica, y ellos lo conocen en la medida en que Él ya se ha unido a los unidos y se ha revelado a los que lo han conocido».
69. Mientras no haya en nosotros llanto y lágrimas, que nadie nos engañe con palabras vanas ni nos engañemos a nosotros mismos; no hay en nosotros ni arrepentimiento, ni verdadera contrición, ni temor de Dios en el corazón; no nos hemos reprendido a nosotros mismos, y nuestra alma no prevé ni el juicio futuro ni los tormentos eternos. Si nos hubiéramos reprendido y hubiéramos adquirido esto y entrado en ello, al punto habrían corrido las lágrimas; pues sin ellas ni se ablandará la dureza de nuestro corazón, ni adquirirá nuestra alma la humildad espiritual, ni podremos ser humildes. Y quien no llega a ser tal no puede unirse al Espíritu Santo; y quien no se une a Él por la purificación no puede alcanzar ni la comprensión ni la visión de Dios, ni es digno de ser enseñado en la virtud mística de la humildad.
70. Quienes fingen ser virtuosos, revestidos de piel de oveja, por fuera parecen una cosa, pero su hombre interior es del todo otra. Están llenos de toda injusticia, llenos de envidia y de contienda, y del hedor maligno de los placeres; muchos los honran como impasibles, como santos, porque tienen sin purificar el ojo del alma, que no puede discernirlos por sus frutos; en cambio, a quienes permanecen en la reverencia, la virtud y la sencillez de corazón, y son verdaderamente santos, los descuidan como a hombres simples y, despreciándolos, los tienen por nada.
71. Al hablador y vanaglorioso lo tienen por guía y hombre espiritual; pero al silencioso y al que se guarda de la charla vana lo tienen por ignorante y mudo.
72. De quien habla por el Espíritu Santo se apartan los altivos y los enfermos de soberbia diabólica, como de un hombre altivo y orgulloso, y se espantan de sus palabras más que se empapan de ellas. Pero al que habla con elocuencia desde el vientre o desde doctrinas y engaña, dañando su salvación, a ese lo alaban mucho y lo reciben; y así ninguno de ellos es bueno ni puede juzgar y ver cómo son en verdad las cosas.
73. «Bienaventurados —dice Dios— los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8); y un corazón puro no acostumbra a practicar una sola virtud, ni dos, ni diez, sino que todas las virtudes juntas son en él como una sola virtud perfectamente cumplida. Pero ellos mismos no pueden hacer tan puro el corazón sin la acción y el descenso del Espíritu Santo. Así como el herrero, trabajando con sus herramientas, muestra su pericia, pero sin fuego nada puede hacer, así también el hombre hace todo y usa las virtudes como herramientas; pero si el fuego espiritual no desciende sobre él, quedan inactivas e inútiles y no limpian la suciedad e impureza del alma.
74. En el santo bautismo recibimos la remisión de las transgresiones y somos librados de la antigua maldición, y somos santificados por la venida del Espíritu Santo; pero la gracia completa, según las palabras: «Habitaré en ellos y andaré entre ellos» (2 Co 6,16), todavía no la recibimos, porque pertenece a quienes creen firmemente y lo atestiguan con obras. Si después del bautismo nos volvemos a obras malas y vergonzosas, con ello rechazamos nuestra santificación; pero por el arrepentimiento, la confesión y las lágrimas recibimos poco a poco la remisión de las transgresiones anteriores, y entonces ya la santificación con la gracia que recibimos de lo alto.
75. Primero está el lavado por el arrepentimiento de la suciedad de las obras vergonzosas, y después la comunión del Espíritu Santo; no sin más, sino por la fe, el compromiso y la humildad de quienes se arrepienten con toda el alma, y no solo entonces, sino también cuando reciben la remisión completa de las transgresiones de parte del padre y padrino. Por eso, en efecto, es bueno arrepentirse cada día, como ordena el mandamiento: «Arrepentíos, porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 3,2), mandándonos una acción sin fin.
76. A las almas que se han hecho esposas de Cristo se les da la gracia del Espíritu Santo como prenda de esponsales. Y así como una mujer sin esponsales no tiene confirmación de que alguna vez se casará con un hombre, así tampoco el alma puede estar segura de que estará con su Maestro y Dios para siempre, ni de que se unirá a Él mística e inefablemente y gozará de su belleza inaccesible, si no recibe los esponsales de su gracia y no lo adquiere racionalmente para sí.
77. Si se redactan las escrituras del contrato, pero no llevan las firmas de testigos dignos de crédito, nada se sabe de los esponsales; así tampoco hay iluminación por la gracia mientras no haya cumplimiento de los mandamientos y adquisición de las virtudes. Lo que los testigos son para un contrato, eso son el cumplimiento de los mandamientos y las virtudes para los esponsales espirituales; todo el que quiera salvarse recibirá por ellos la certeza de los esponsales.
78. Primero, por el cumplimiento de los mandamientos, se escribe, por así decirlo, el consentimiento; luego, por las virtudes, se sella y se firma; y entonces el Esposo, Cristo, da el anillo a la esposa, el alma, es decir, tienen lugar los esponsales del Espíritu.
79. La esposa, antes de la boda, está solo desposada con el esposo, pero espera recibir la dote y todos los dones prometidos después de la boda. Así, pues, la esposa de los fieles —la Iglesia— y el alma de cada uno de nosotros reciben primero del Esposo, Cristo, los esponsales del Espíritu, y esperan recibir los bienes eternos y el Reino de los cielos al partir de aquí; los esponsales se lo certifican y se lo muestran como en un espejo, y confirman los bienes acerca de los cuales convinieron con su Maestro y Dios.
80. Cuando el esposo se ha ido y tarda, o se ha ocupado en otros asuntos y sigue aplazando la boda, la esposa se irrita y puede despreciar su amor, y la escritura de esponsales o bien la borrará o bien la romperá, y se apartará de la esperanza en el esposo; así, en efecto, sucede con el alma cuando alguno de los ascetas dice: «¿Hasta cuándo he de soportar?», y desprecia los combates y trabajos del ayuno, y se vuelve negligente respecto de los mandamientos, y rechaza el arrepentimiento anterior, como borrando y rompiendo el acuerdo: al punto cae de los esponsales y por completo de la esperanza en Dios.
81. Cuando la esposa cambia el amor de su prometido por otro y vive con otro en secreto o abiertamente, no solo no recibirá nada de lo que el esposo le prometió, sino que puede además esperar castigo y condena legal. Así suele suceder con nosotros. Cuando alguien cambia el amor del Esposo, Cristo, por alguna otra cosa, abierta o secretamente, y su corazón permanece en ella, se hace odioso al Esposo, y abominable, e indigno de la unión con Él, pues Él dijo: «Yo amo a los que me aman» (Pr 8,17).
82. Conviene a cada uno estar atento a si ha recibido los esponsales del Espíritu de parte del Esposo y Maestro Cristo. Y cuando, en efecto, los haya recibido, esfuércese en conservarlos; pero si aún no ha sido hallado digno de recibirlos, esfuércese con buenas obras, con la acción y con el arrepentimiento más sincero por recibirlos y conservarlos, cumpliendo los mandamientos y atrayendo las virtudes.
83. Así como el techo de una casa se sostiene gracias al cimiento y a todo el edificio, y así como el cimiento se pone para que el techo pueda sostenerse, siendo necesario y preciso, y ni el techo puede sostenerse sin el cimiento ni el cimiento sirve sin el techo —ambos son necesarios para la vida y muy útiles—, así también la gracia del Espíritu se conserva por la guarda de los mandamientos, y la guarda de los mandamientos, por don de Dios, se pone como cimiento. Y la gracia del Espíritu no puede permanecer en nosotros sin la guarda de los mandamientos, y la guarda de los mandamientos sin la gracia de Dios no será necesaria ni útil.
84. Así como una casa sin techo, dejada así por la negligencia del constructor, no solo es inservible, sino que se hace motivo de burla contra el constructor, así también quien ha puesto por cimiento la guarda de los mandamientos y ha levantado muros de virtudes elevadas, mientras no reciba la gracia del Espíritu en la contemplación y en el conocimiento espiritual, es imperfecto, y los perfectos se compadecen de él, porque por dos causas semejantes pierde del todo la gracia: o bien descuidó el arrepentimiento, o bien, rehusando la plenitud de las virtudes como obra insoportable, dejó aquellas que nos parecen insignificantes pero que en realidad son necesarias para edificar la casa de la virtud, pues sin ellas la casa no será cubierta por la gracia del Espíritu.
85. El Hijo de Dios y Dios bajó a la tierra con el fin de reconciliar con su Padre a los que éramos sus enemigos, y de unirnos consigo racionalmente por medio de su Espíritu Santo y consustancial. ¿Qué otra gracia recibirá quien ha caído de esta? Ni se reconciliará con el Padre ni se unirá a Él por la comunión del Espíritu.
86. Está libre de las concupiscencias y placeres apasionados quien ha participado del Espíritu divino; pero de las necesidades naturales del cuerpo no queda libre. Y así, habiendo sido librado de los lazos de la concupiscencia apasionada, unido a la gloria y a la dulzura inmortales, procura sin cesar estar en las alturas y permanecer con Dios y no apartarse en absoluto de Él ni del placer insaciable. Pero cuando el cuerpo, encadenado a la corrupción, lo arrastra y lo tira y lo vuelve hacia lo terreno, entonces siente por ello una tristeza tal como, a mi parecer, la siente el alma del pecador al separarse del cuerpo.
87. Así como para quien ama el mundo el cuerpo tiene pasión por la vida vana y temporal, y para el amante de sí mismo dejar todo esto es muerte, así para el amante de la virtud, amante de Dios, sin posesiones y amante de Cristo, muerte es incluso la más leve separación de estas cosas en el pensamiento. Pues quien ve la luz natural, si aun levemente parpadea o pierde los ojos, se aflige y se entristece, y apenas lo soporta, y los tiene por algo necesario y admirable; cuánto más quien es iluminado por el Espíritu Santo y ve, tanto en vigilia como durmiendo, aquellos bienes que están por encima de todo entendimiento, que ojo no vio ni oído oyó ni entró en corazón de hombre, en los cuales los ángeles anhelan mirar: si alguien le impide ver estas cosas, se afligirá y se entristecerá, pues con razón le parecerá muerte y caída de la vida eterna.
88. Muchos alaban la vida del desierto, y otros la cenobítica, es decir, la vida en común. Otros, en cambio, una vida tal que guíe a los hombres, los aconseje y enseñe, y edifique la Iglesia. Difieren entre sí: unos suelen alimentar corporalmente, otros espiritualmente; pero yo no daría preferencia ni a los primeros ni a los segundos. No diría que una de ellas es digna de alabanza y la otra de condena, sino que en todo, en todas las obras y acciones, bienaventurada es la vida que se lleva por Dios y según Dios.
89. Así como la vida humana se compone de toda clase de oficios y habilidades —uno hace una cosa y ayuda a otro, y uno enseña a otro, y uno aprende de otro, y así viven los hombres, satisfaciendo las necesidades naturales del cuerpo—, lo mismo puede verse en las cosas espirituales: uno recorre tal virtud y otro cumple otro camino de vida. Se ayudan mutuamente, y así todos se encuentran en una misma meta.
90. El propósito de todos los que viven según Dios es agradar a Cristo nuestro Dios y recibir la reconciliación con el Padre por la venida del Espíritu Santo o por su comunión, y alcanzar con ello su salvación; pues esta es la salvación de toda alma y de todo hombre. Pero cuando esto falta, nuestro trabajo es vano y nuestra acción inútil, y sin provecho es todo camino de vida que no lleve a esto a quienes andan por él.
91. Quien ha dejado el mundo entero y ha subido al monte, como buscando el silencio, y desde allí escribe con vanagloria a los que están en el mundo, ensalzando a unos y agradando y alabando a otros, se hace semejante a aquel que dejó a una esposa prostituta, vestida de saco y llena de maldad, y se fue lejos para olvidarla del todo, y después olvidó el fin por el cual subió al monte y quiere escribir a quienes se encuentran con esa prostituta y se manchan con ella, y los alaba. Aunque no con el cuerpo, ciertamente con el corazón y la mente simpatiza con ellos, aceptando, por el propósito de tales hombres, su unión con ella.
92. En la medida en que son dignos de alabanza y bienaventurados quienes viven en el mundo y purifican sus sentidos y su corazón de toda concupiscencia mala, en esa medida son viciosos y reprobados quienes permanecen en montes y cuevas y desean la alabanza y la gloria humana. Ellos se presentarán ante Dios, que escudriña nuestros corazones, como adúlteros. Quien desea que su vida, su nombre y sus obras sean conocidos en el mundo, comete adulterio contra Dios, como el antiguo pueblo judío del que habla David.
93. Quien, creyendo sin duda alguna en Dios, ha renunciado al mundo y a lo que hay en el mundo, cree que el Señor es misericordioso y generoso y recibe con el arrepentimiento a quienes vienen a Él, y sabe honrar a sus siervos mediante la deshonra, y enriquecerlos mediante la pobreza extrema, y glorificarlos mediante las ofensas y la humillación, y hacerlos por la muerte partícipes y herederos de la vida eterna. Quien así cree se apresura, como ciervo sediento, a recorrer este camino como una escala hacia la fuente inmortal y celestial, por la que los ángeles suben y bajan; y Dios desde lo alto, aguardando nuestra diligencia según nuestras fuerzas, se alegra de salir a nuestro encuentro no como a jornaleros, sino que desea darnos recompensa como Amante de los hombres.
94. A quienes vienen a Dios sin dudar, Él no los deja caer, sino que, viéndolos desfallecer, los sostiene y los ayuda, dándoles la mano de su poder desde lo alto, y los vuelve hacia sí. Y los ayuda abierta y secretamente, de modo conocido y desconocido, hasta que, habiendo recorrido toda la escala, se acerquen a Él y queden todos por entero unidos, y olviden todo lo terreno, permaneciendo allí con Él —si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé—, y vivan juntamente y gocen de los bienes eternos.
95. Es justo poner primero nuestro cuello bajo el yugo de los mandamientos de Cristo y no ser indómitos ni volvernos atrás, sino caminar en ellos con rectitud y celo hasta la muerte, y renovarnos, haciéndonos verdaderamente un nuevo paraíso de Dios, hasta que el Hijo con el Padre por el Espíritu Santo entre y habite en nosotros. Y entonces, cuando lo recibamos todo entero, a Él que ha habitado en nosotros y nos enseña, a quien de nosotros mande algo y confíe algún ministerio, tal se le confiará; y haga él con diligencia lo que agrada a Dios. Pero no conviene buscar esto antes de tiempo ni recibir lo que los hombres dan, sino permanecer en los mandamientos de nuestro Maestro y Dios y aguardar sus órdenes.
96. Después de que se nos confíe el ministerio de las cosas divinas y progresemos en él, si el Espíritu nos manda pasar a otro ministerio, o acción, u obra, no contradigamos. Dios no quiere que estemos inactivos ni que permanezcamos hasta el fin en aquella acción con que empezamos, sino que estemos dispuestos a recibir algo mejor, por voluntad divina, ciertamente, y no por la nuestra.
97. Quien se apresura a mortificar su propia voluntad debe hacer la voluntad de Dios y, en lugar de la suya, introducir la de Dios en su interior, y habitarla y plantarla en su corazón, y mirar con diligencia lo que habita o planta, y si lo habitado y plantado, habiendo echado raíz en alguna profundidad, brota, o si, injertado y unido, se hace un árbol que crecerá y florecerá y dará un fruto hermoso y dulce, nunca antes visto. Es preciso que conozca también la tierra de la que brotó la semilla, y las raíces a las que se adhirió aquel brote incomprensible e inefable, portador de vida.
98. Quien corta su propia voluntad por el temor de Dios no sabe cómo sucede que Dios le da su propia voluntad y la conserva indeleble en su corazón, y le abre los ojos de la mente para conocerla, y le da fuerza para cumplirla; y esta fuerza es la operación de la gracia del Espíritu Santo, y sin ella nada sucede.
99. Si has recibido el perdón de tus transgresiones, sea por la confesión, sea por haber vestido el hábito santo y angélico, ¡a cuánto amor, gratitud y humildad te mueve esto!, porque tú, siendo digno de innumerables tormentos, no solo te viste libre de ellos, sino que además fuiste hecho digno de la filiación, de la gloria y del Reino de los cielos. Recordando esto y reflexionando siempre, está atento y mira no causar deshonra a Aquel que te creó y te honró y te perdonó innumerables transgresiones, sino glorificarlo y honrarlo con todas tus obras, para que Él también te glorifique aún más, a ti a quien honró más que a todas las criaturas visibles y llamó su amigo íntimo.
100. En la medida en que corresponde mayor honor al alma que al cuerpo, en esa medida corresponde mayor honor al hombre racional que al mundo entero; no mires la grandeza de las criaturas que en él viven pensando que a ti, oh hombre, te corresponde mayor honor, sino mira la gracia que se te ha dado y, comprendiendo la dignidad de tu alma intelectual y racional, alaba por encima de todas las cosas visibles a Dios, que te ha honrado con tal honor.
101. Velemos por glorificar a Dios, y no lo glorificaremos de otro modo que como lo glorificó el Hijo; con aquello con que el Hijo glorificó a su Padre, con eso también el Padre glorificó al Hijo. Hagamos nosotros lo mismo con celo, para glorificar con ello a Aquel que es llamado nuestro Padre que está en los cielos, y Él nos glorificará con el poder del Hijo, que el Hijo tenía con Él aun antes de la creación del mundo. Este poder es la cruz, es decir, la mortificación respecto del mundo entero, las tristezas, las tentaciones y todo lo demás de los sufrimientos de Cristo; y nosotros, soportándolos con gran paciencia, imitamos los sufrimientos de Cristo. Con ellos glorificamos a nuestro Padre y Dios, como hijos suyos por gracia y herederos de Cristo.
102. El alma que no se ha librado prudentemente por completo del hábito y de la pasión por lo visible no puede soportar sin tristeza las penas y tentaciones que le vienen de los demonios y de los hombres; sino que, atada por las pasiones a los asuntos humanos, se aflige por la pérdida de los bienes y se entristece por la pérdida de las cosas, y sufre mucho cuando el cuerpo recibe golpes.
103. Cuando alguien arranca su alma de los deseos y hábitos sensibles y la une a Dios, entonces no solo despreciará sus bienes y su dinero, sino que tampoco se entristecerá cuando extraños y recién llegados se los quiten; y los dolores que sobrevengan a su cuerpo los soportará con gozo y con la debida acción de gracias, viendo siempre, según la palabra del divino Apóstol, cómo «nuestro hombre exterior se va desgastando, pero el interior se renueva de día en día» (2 Co 4,16). Pues de otro modo es imposible soportar con gozo las tristezas por Dios; para ello son necesarios el entendimiento perfecto y la sabiduría espiritual. Pero quien carece de ellos camina en la oscuridad de la desesperación y de la incomprensión, pues no puede ver en absoluto luz ni consuelo en la paciencia.
104. Todo el que, habiendo adquirido alguna habilidad, comienza a razonar con presunción de sabiduría nunca será hallado digno de penetrar en los misterios de Dios y verlos, hasta que primero quiera humillarse y hacerse necio, desechando la arrogancia y el saber que ha adquirido. Quien así obra y, como sabio en la verdad divina, camina inconmovible con fe, esta lo conduce a entrar en la ciudad del Dios vivo, y el Espíritu divino lo guía y lo enseña, y él mira y aprende lo que ningún otro hombre puede ver ni aprender, si Dios no se lo enseña.
105. Los discípulos de los sabios de este siglo tienen por necios a quienes Dios ha enseñado, aunque ellos mismos son en realidad necios, habiéndose aferrado a la necia sabiduría exterior, que es necedad ante Dios, según la palabra del divino Apóstol, la cual la voz teológica llama también terrena, animal y diabólica, llena de contienda y de envidia (cf. St 3,15). Tales quedan fuera de la luz divina y no pueden ver las maravillas que hay en ella; y a quienes moran en la luz, y ven en ella, y enseñan, los tienen por engañados, aunque los engañados mismos no han gustado los bienes inefables de Dios.
106. Así como aun ahora hay hombres impasibles, santos, llenos de luz divina, que viven entre nosotros y de tal modo han mortificado sus miembros terrenos de toda impureza y concupiscencia apasionada que no solo ellos mismos no piensan ni hacen nada malo, sino que tampoco otro los incitará a ello ni cambiarán la impasibilidad que les es propia. Quienes no creen los misterios divinos de los que enseña la sabiduría del Espíritu podrían verlos si conocieran las palabras divinas que a diario se leen y se cantan. Si comprendieran bien la Sagrada Escritura, creerían lo que Dios dijo y los bienes que concedió. Pero, como no participan de tales bienes por arrogancia y negligencia, por eso hablan mal de quienes participan de ellos y de quienes enseñan acerca de ellos.
107. Quienes están llenos de la gracia de Dios y son perfectos en la mente y en la sabiduría que viene de lo alto, solo por esta razón quieren ir y ver a los que están en el mundo: para merecer alguna recompensa recordándoles los mandamientos de Dios y haciéndoles bien, si es que los escuchan, si es que comprenden y se someten. Pero, como los que están en el mundo no siguen al Espíritu de Dios, caminan en tinieblas y no saben adónde van ni qué mandamientos cumplen. Quizá alguna vez se libren del poder del pensamiento que los dominaba, reciban la verdadera enseñanza del Espíritu y, habiendo oído la voluntad de Dios, se arrepientan sinceramente y, cumpliéndola, se hagan partícipes de algunos dones espirituales. Cuando los perfectos no pueden ser causa de tal provecho para ellos, entonces, llorando por la ceguera de sus corazones, vuelven a sus celdas, orando día y noche por su salvación. Y nunca se entristecerán por ninguna otra cosa, porque permanecen con Dios y están llenos de todo bien.
108. ¿Qué fin tiene la providencia de la Encarnación de Dios Verbo, que toda la Sagrada Escritura predica y nosotros leemos sin comprenderla? Solo este: que, uniéndose a nuestra naturaleza, el Señor nos hiciera partícipes de la suya; pues el Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre para hacernos a nosotros, hombres, hijos de Dios, por naturaleza de lo que Él mismo es, elevando por gracia nuestro linaje, regenerándonos de lo alto por el Espíritu Santo e introduciéndonos al punto en el Reino de los cielos; o, más bien, concediéndonos el Reino de los cielos, que está dentro de nosotros (Lc 17,21), para que no solo tengamos esperanza de entrar en él, sino que, poseyéndolo ya, exclamemos: «Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios».
109. El bautismo no nos quita la libre determinación ni nuestra voluntad, sino que nos concede la libertad, para que el diablo no nos atormente. Está en nuestra voluntad permanecer después del bautismo con buena disposición en los mandamientos de Cristo, en quien fuimos bautizados, o desviarnos de este camino original y volver por obras malas de nuevo a nuestro adversario y enemigo, el diablo.
110. Quienes después del santo bautismo obedecen los deseos del maligno y escuchan sus consejos se hacen ajenos al santo bautismo, según las palabras de David. Y ninguno de nosotros cambia, ni se le añade nada a aquella naturaleza en que fue creado (cf. Sal 57,4); pues Dios lo creó bueno (porque Dios no creó nada malo), y todos permanecen inmutables por naturaleza y por esencia, tal como fueron creados. Lo que consiente voluntariamente y lo que quiere, eso hace: sea bueno, sea malo. Así como una espada —sea que se tome para el mal o para el bien— no cambia su naturaleza, sino que atraviesa el hierro, así también el hombre obra y realiza, como se ha dicho, lo que quiere, y no sale de su naturaleza.
111. Salvar no es mostrar misericordia a una sola persona; pero el descuido de una sola persona envía al fuego. «Tuve hambre y sed» se dice no para un solo día, sino para toda nuestra vida. Y las palabras de que hay que alimentar, vestir y dar de beber a Cristo, y todo lo demás que hay que hacer por Él, se dicen también no para un solo día, sino para siempre; y en cada persona el Señor nuestro Dios recibe esto de sus verdaderos siervos (Mt 25,35).
112. Quien dio limosna a cien personas, pero podía darla también a otras, y dio de beber y alimentó a muchos que se lo pedían, pero despidió a los suplicantes con las manos vacías, será juzgado por Cristo, porque no alimentó a Cristo. Pues en todos ellos está Él mismo presente, igual que en cada uno de los más pequeños a quienes damos de comer.
113. Quien hoy dio a todos todo lo que el cuerpo requiere, si puede hacer lo mismo mañana pero no se ocupa de uno de los hermanos y lo deja morir de hambre, de sed y de frío, ese, al descuidar al hermano hasta el punto de que muera, descuidó también a Aquel que dijo: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
114. Por causa de Aquel que quiso hacerse pobre y se hizo semejante a todo pobre, que ninguno de los que creen en Él se ensalce sobre su hermano, sino que cada uno, mirando a su hermano y prójimo como a su Dios, se tenga por menor que su hermano y a él por mayor, y le entregue todos sus bienes para servirle, como Cristo nuestro Dios dio su sangre por nuestra salvación.
115. Quien tiene mandado tratar a su prójimo como a sí mismo debe tratarlo así no por un día, sino toda su vida; y quien tiene mandado dar a quien le pide debe hacerlo toda su vida. Y quien quiere que otros le den los bienes que desea, debe también hacer lo mismo con los demás.
116. Por tanto, quien trata a su prójimo como a sí mismo, que no tenga nada más que su prójimo. Pero cuando tiene y no da con generosidad hasta hacerse él mismo pobre y semejante a su prójimo, no llegará a ser cumplidor del mandamiento del Maestro. Y quien no quiere dar a todos los que le piden, teniendo aunque sea una moneda o un trozo de pan, si se aparta de uno de los que le piden y no hace con su prójimo lo que quiere que otros hagan con él, aunque haya alimentado, dado de beber y vestido a todos los pobres y a los más pequeños, y haya hecho todo lo demás por ellos, pero haya descuidado a una sola persona y la haya despreciado, será como quien despreció y descuidó a Cristo Dios cuando tenía hambre y sed.
117. Esto puede parecer pesado a cualquiera, y por eso dirán en su interior: «¿Quién puede cumplir todo esto: servir a todos, alimentar a todos y no despreciar a ninguno?». Pero escuche las palabras del apóstol Pablo, que dice con claridad: «Porque el amor de Cristo nos apremia, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron» (2 Co 5,14).
118. Así como los mandamientos principales contienen en sí todos los mandamientos menores, así también las virtudes principales contienen en sí las virtudes menores. Quien vendió sus bienes o los repartió a los pobres, habiendo cumplido un solo mandamiento, cumplió con él solo todos los mandamientos menores y ya no tiene necesidad de dar a quien le pide ni de no apartarse de quien quiere pedirle prestado. Así también quien ora sin cesar contiene todo en ello y no necesita alabar al Señor siete veces al día, ni por la tarde, ni por la mañana, ni al mediodía, porque ya lo ha cumplido todo, como hacemos nosotros cuando oramos y cantamos correctamente en cierto tiempo y hora. Así también quien ha adquirido racionalmente en sí a Dios, que da entendimiento a los hombres, habrá leído toda la Sagrada Escritura y obtenido de la lectura todo provecho, y ya no necesitará libro. ¿Y para qué lo necesitaría, cuando tiene por compañero a Aquel que inspiró a los autores de la Sagrada Escritura, y aprende de Él misterios inefables y escondidos? Pero este hombre será para otros un libro divinamente inspirado, pues contiene misterios nuevos y antiguos, escritos en él por el dedo de Dios, porque ha cumplido todo y ha descansado de sus obras según Dios, lo cual es la mayor perfección.
119. La emisión que ocurre durante el sueño se produce por muchas causas: por glotonería, por vanagloria, por la envidia de los demonios. Ocurre también por una vigilia prolongada, cuando el cuerpo se inclina al sueño, y por el temor de que tal cosa suceda, sea a causa de la Divina Liturgia en un sacerdote, sea a causa de la Comunión; con estos pensamientos se une en el lecho el temor de que tal cosa ocurra, y cuando se duerme, ocurre; y esto es obra de la envidia demoníaca. Y por otra causa: cuando alguien ha visto durante el día un rostro hermoso y, acostado en su lecho, lo dibuja en sus pensamientos y se duerme con pensamientos de concupiscencia; si no los desechó, habiéndose relajado, cae en el sueño, y aun estando despierto en su lecho. Y ocurre también de otro modo: cuando algunos perezosos, como yo, se sientan y hablan de cosas apasionadas, sea con pasión o sin ella; después van a su lecho y, teniendo en la mente aquello de que hablaron y durmiéndose con ello, sufren durante el sueño; y a veces en la conversación misma uno sufre daño por causa de otro. Por eso hay que estar siempre alerta y aprender la palabra profética: «Puse siempre al Señor delante de mí, porque está a mi diestra, para que no resbale» (Sal 15,8), y cerrar los oídos a tales palabras. A menudo algunos, habiendo dejado de orar, cayeron en movimientos carnales, de lo cual hablamos en el capítulo sobre la oración.
120. Hermano, al comienzo de tu renuncia al mundo, apresúrate a plantar en ti buenas virtudes, pues serás útil también a la comunidad, y al fin el Señor te ensalzará. Que nunca tengas audacia ante el abad, como ya dijimos en otro lugar, y no busques honores de su parte. Que no busques la amistad de los que gozan de preferencia, ni andes por sus celdas, sabiendo que por eso no solo comienza a arraigar en ti la pasión de la vanagloria, sino que también el superior empezará a aborrecerte; y qué y cómo, entiéndalo el que sea razonable. Permanece, pues, en tu celda, si es posible, en paz, y no rechaces a quien quiera conversar contigo, por respeto; pues, habiendo hablado con él y dado un consejo paternal, no sufrirás daño, aunque te sea contrario; pero cuando juzgues esto inútil, conviene ir tras un propósito provechoso.
121. Conviene tener siempre el temor de Dios y examinarse cada día: qué hiciste bien y qué mal. Y olvidar lo bueno, para no caer en la pasión de la vanagloria; y por lo malo, derramar lágrimas con confesión y oración intensa. Examínate así: cuando pase el día y llegue la tarde, reflexiona en ti mismo cómo pasaste el día con la ayuda de Dios: si no juzgaste a nadie, si no molestaste a nadie, si no tentaste a nadie; si no miraste el rostro de alguien con pasión, si no desobedeciste al superior en el servicio y lo descuidaste, si no te airaste contra alguien; si, estando en la asamblea, no ejercitaste la mente en cosas inútiles; si no te dejaste agobiar por la desesperación y evitaste la iglesia y la regla. Y cuando resulte que no eres culpable en todo esto —lo cual es imposible, pues nadie está limpio de mancha, aunque su vida sea de un solo día (Jb 14,4), y otra vez está dicho que nadie se gloriará de haber purificado su corazón (Pr 20,9)—, entonces clama a Dios con muchas lágrimas: «Señor, perdóname en lo que pequé de palabra y de obra, consciente e inconscientemente»; pues pecamos mucho y no lo sabemos.
122. Conviene confesar cada día todo pensamiento al padre espiritual, y lo que él te diga recibirlo como de la boca de Dios, recibirlo con toda confianza y no contárselo a nadie más, diciendo, por ejemplo, que el padre me preguntó esto y aquello, y me predijo tal cosa, y dijo qué es bueno y qué no, y qué debo hacer para corregirme. Tales palabras están llenas de desconfianza hacia el padre espiritual y son dañinas para el alma. Los principiantes son quienes más a menudo hablan así.
123. Conviene mirar a todos los que viven contigo en el cenobio como a santos, y verte solo a ti mismo como pecador y el último, y pensar que de todos los que se salvan solo tú serás atormentado en el día del juicio. Y, estando en la asamblea y reflexionando en esto, no dejes de llorar con fervor y contrición, sin decir palabra a quienes esto tienta o hace reír. Pero cuando veas que por ello te ataca la vanagloria, sal de la iglesia, hazlo en secreto y vuelve pronto a tu lugar. Esto es muy bueno para los principiantes, sobre todo durante los seis salmos, la salmodia, la lectura y la Divina Liturgia. Guárdate, en efecto, de juzgar a nadie, y ten esto en la mente: «Todos me ven llorar, y así piensan que soy un gran pecador y oran por mi salvación». Y en verdad, reflexionando siempre así y obrando sin cesar, adquirirás gran provecho y atraerás la gracia de Dios y te harás partícipe de la bienaventuranza divina.
124. No vayas a la celda de nadie, salvo a la del abad, y aun a esa no a menudo. Pero cuando quieras preguntar a alguien sobre un pensamiento, hazlo en la iglesia. Después de la asamblea vete enseguida a la celda, y lo mismo al servicio. Y después de las Completas, tras hacer una inclinación bajo la celda del abad, pide su oración y, bajando los ojos, vete en silencio a tu celda; pues es mejor decir un solo trisagio con atención al ir a dormir que velar cuatro horas en conversaciones inútiles. Sin embargo, donde hay contrición y llanto espiritual, allí hay también iluminación divina, cuyo descenso ahuyenta el cansancio y la enfermedad.
125. No tengas amor particular por nadie, sobre todo por un principiante, aunque te parezca que su vida es más perfecta e irreprochable. Pues del amor espiritual se puede pasar fácilmente al amor apasionado, y caerás en tristezas inútiles, ya que esto, en efecto, ocurre muy a menudo con los ascetas. Pero la humildad y la oración pura te enseñarán esto, y por eso no es el momento de hablar de ello en detalle; entienda quien tenga entendimiento.
126. Conviene que seas para todo hermano que vive en el cenobio como un extraño, y aún más para aquellos a quienes conociste en el mundo; pero ama a todos por igual, y ten a los reverentes y a los ascetas por santos, y por los abatidos, como yo, ora con fervor. Sin embargo, como ya hemos dicho antes, teniendo a todos por santos, apresúrate a purificarte con el llanto de las pasiones, para que seas iluminado por la gracia y tengas a todos por iguales, y alcanzarás la bienaventuranza de los limpios de corazón.
127. Recuerda, hermano, qué llaman renuncia completa al mundo: es la renuncia completa a la propia voluntad, así como la impasibilidad hacia los padres, los parientes y los amigos, y la renuncia a ellos.
128. Hay que desprenderse también de los bienes, repartiéndolos entre los pobres, según las palabras de Aquel que dijo: «Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres» (Mt 19,21), y olvidar los rostros de todos aquellos a quienes por naturaleza amaste, sea corporal, sea espiritualmente.
129. Y confiesa todos los secretos del corazón, cuanto has hecho desde la niñez hasta ahora, al padre espiritual o al abad, como al mismo Dios, que escudriña los corazones y las entrañas, sabiendo que Juan bautizaba con el bautismo del arrepentimiento y que todos salían a él y «confesaban sus pecados» (Mc 1,5). Pues de esto viene un gran gozo del alma y un alivio de la conciencia, como dice el profeta: «Declara tú primero tus pecados, para que seas justificado» (Is 43,26).
130. Cuando hayas entrado en la vida cenobítica, persuádete en tu pensamiento de que todos los padres y amigos han muerto, y ten por padre y madre solo a Dios y al superior, y nunca pidas nada para el cuerpo a tus padres naturales. Y aunque por providencia te envíen algo, recíbelo y ora por su diligencia, y entrega lo enviado a la hospedería o al hospital. Y haz esto con humildad, pues esta es obra no de los perfectos, sino de los más pequeños.
131. Conviene hacer todo lo bueno con humildad, recordando a Aquel que dijo: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10).
132. Guárdate de comulgar jamás si tienes contra alguien aunque sea el comienzo de un pensamiento, hasta que por el arrepentimiento hagas la reconciliación; y esto también lo aprenderás por la oración.
133. Conviene estar dispuesto cada día a soportar toda tristeza, considerando que las tristezas son liberación de muchas deudas y acción de gracias al Dios santo. Por ellas se adquiere una audacia sin vergüenza, según las palabras del gran Apóstol: «La tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza. Y la esperanza no defrauda» (Rm 5,3-5). Pues «lo que ojo no vio ni oído oyó ni entró en corazón de hombre» (1 Co 2,9), todo eso está prometido a quienes en las tristezas muestran paciencia con la cooperación de la gracia; pues sin la gracia nada puede cumplirse.
134. No guardes en tu celda cosa alguna, ni siquiera una aguja, salvo una estera de paja, una piel de oveja, una sotana y tu ropa; si es posible, no tengas ni siquiera un escabel, pues también sobre esto hay alguna palabra. Sin embargo, entienda quien tenga entendimiento.
135. Y no pidas al abad nada de lo necesario, salvo lo que está asignado, y recíbelo cuando él mismo, llamándote, te lo dé; no escuches al pensamiento que te aconseja cambiar algo de lo que se te ha dado, sino que, sea lo que sea, recíbelo con acción de gracias como de Dios, y úsalo; pero no debes comprar otra cosa. Y la ropa sucia conviene lavarla dos veces al año, pidiendo, como pobre y extranjero, con toda humildad ropa a otro hermano mientras la tuya, lavada, se seca al sol. Después devuelve con acción de gracias la ropa prestada, y lo mismo la sotana y cualquier otra cosa.
136. Trabaja según tus fuerzas en el servicio, permanece en la celda en oración con contrición y atención, con lágrimas frecuentes; y no te pongas en la mente que, si hoy trabajaste en exceso, acortarás un poco la oración a causa del trabajo corporal; te digo que, cuando alguien se esfuerza en el servicio y pierde la oración, sepa que ha perdido algo grande.
137. Sé el primero de todos en llegar a las asambleas de la iglesia y el último en salir, sobre todo en los Maitines y en la Liturgia, a no ser que por gran necesidad tengas que salir antes.
138. Ten toda obediencia hacia el abad que te tonsuró, y cumple sin dudar todo lo que él mande, hasta la muerte, y muerte de cruz. Y no solo al abad: tampoco conviene desobedecer en nada a toda la hermandad ni a aquel a quien se ha confiado un servicio; y aun si lo que se manda excede tus fuerzas, haciendo una inclinación, pide perdón. Si no te lo permite, piensa cómo aplicar tú mismo el esfuerzo: «El Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12).
139. Con corazón contrito échate a los pies de toda la hermandad, como recién llegado y extranjero, como si no fueras absolutamente nadie. Pues quien así pasó su vida, me atrevo a decir, fue vidente y predijo muchas cosas con la cooperación de la gracia. Tal hombre llora también por los pecados ajenos, las pasiones por las cosas no lo arrastran, y el cuidado divino no lo deja caer en ellas. Y no es admirable que prediga; a menudo sucede que esto viene de los demonios. Pero quien tenga entendimiento, entenderá. Sin embargo, cuando alguien comienza a recibir confesiones, puede perder también tal don, porque se ejercita en examinar los pensamientos ajenos; pero si por gran humildad deja de hacerlo, es decir, de hablar y de escuchar, entonces es elevado de nuevo al estado anterior. De esto solo Dios sabe; y yo, sobrecogido de temor, no me atrevo a predecir tales cosas.
140. Dirige siempre la mente a Dios: cuando duermas y cuando veles, cuando comas y cuando converses, y cuando trabajes; y hagas lo que hagas, sea contigo lo que dice el profeta: «Puse siempre al Señor delante de mí» (Sal 15,8). Tente por pecador mayor que todos los hombres; en quien recuerda esto, la mente se ilumina como por un rayo; y cuando busques esto con gran atención y sin divagar en pensamientos, con mucho trabajo y lágrimas, entonces se ve mejor; y lo que mejor se ve, se ama; y lo que se ama, purifica; y al purificar, hace semejante a Dios, iluminando y enseñando a distinguir lo mejor de lo peor. Sin embargo, hermano, has de trabajar mucho con la ayuda de Dios para que esto habite siempre en tu alma y la ilumine, como la luna ilumina la oscuridad de la noche. Hay que estar atento también a los asaltos de los pensamientos de vanagloria y altivez, para no juzgar a nadie cuando lo veas obrar mal. Pues los demonios, cuando ven que el alma se ha librado de las pasiones y tentaciones por la morada en ella de la gracia y del orden apacible, intentan empujar hacia ella pasiones y tentaciones; sin embargo, el auxilio viene de Dios. Haya, pues, en ti un llanto incesante, y no haya saciedad en las lágrimas. Guárdate, en efecto, de que por el gran gozo y la contrición vayas a pensar que esto te fue dado por tu trabajo y no por la gracia de Dios, y te sea quitado, y por largo tiempo lo busques con oración y no lo halles, y entonces conozcas qué don has perdido. Concédenos, Señor, no perder jamás tu gracia. Pero cuando, hermano, tal cosa suceda, entrega tu debilidad al Señor y, poniéndote en pie, levanta las manos y ora diciendo así: «Señor, ten piedad de mí, pecador, débil y miserable, y envía sobre mí tu gracia, sin enviarme una tentación mayor de la que puedo soportar. Mira, Señor, mis numerosos pecados, a qué tristeza y a qué pensamientos me han llevado. Yo, Señor, aunque quiera pensar que perdí tu consuelo por los demonios y los pensamientos, no puedo. Pues conozco a quienes combaten contra los demonios: son los que hacen tu voluntad. Yo, que hago a diario la voluntad de ellos, sufro tentaciones de su parte, por así decirlo; en realidad son mis pecados los que me tientan. Y ahora, Señor, Señor mío, si es tu voluntad y me es útil, entre de nuevo tu gracia en tu siervo, para que, viéndola, me alegre con contrición y llanto, iluminado siempre por esta clara iluminación, guardado de pensamientos inmundos y de todo mal que hago a diario consciente e inconscientemente, en obras y en palabras, recibiendo el anuncio en audacia hacia Ti, Señor, por las tristezas que a diario vienen sobre tu siervo de parte de los demonios y de los hombres y de la renuncia a mi propia voluntad, reflexionando también en los bienes preparados para quienes te aman, Señor. Pues Tú dijiste, Señor: ‘Todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá’ (Mt 7,8)». A esto, hermano, añade otras cosas que el Señor te ponga en la mente; permanece en la oración, no cedas a la desesperación, y el Dios bueno no te abandonará.
141. En la celda que recibiste desde el principio del superior, permanece hasta el fin; pero cuando te turbe el pensamiento de que es vieja y puede derrumbarse, haciendo una inclinación al superior, recuérdaselo con humildad. Y si te escucha, consuélate; y si no, también por eso da gracias, recordando a tu Maestro, que no tenía dónde reclinar la cabeza. Pero si te preocupas de esto dos, tres o hasta cuatro veces, nacerá la audacia, y también la incredulidad, y finalmente el desprecio. Cuando quieras llevar una vida tranquila y silenciosa, no acudas en absoluto al abad por necesidades corporales, porque al principio prometiste soportar valientemente insultos y burlas, según el mandamiento del Señor. Pero cuando quieras guardar fe y amor hacia él y mirarlo como a un santo, guarda estas tres condiciones: no pidas nada de lo necesario para el cuerpo, no hables con audacia, no vayas a menudo a él, como hacen otros, como si con él se trataran espiritualmente; pues esto no es obra de monje, sino humana —yo, en verdad, no condeno—; y no le ocultes ningún pensamiento que te venga. Cuando guardes todo esto, atravesarás sin vacilar el mar de la vida y tendrás por santo al padre, quienquiera que sea. Y si vas a la iglesia a preguntar a tu padre sobre un pensamiento y ves que otro se te ha adelantado por la misma razón o por otra, y por eso el padre no te ha advertido, no te entristezcas ni pienses nada contra él. Antes bien, mantente a distancia, con las manos cruzadas, hasta que él haya resuelto su asunto y te llamen. Sin embargo, esto puede venirnos de los padres y por su voluntad, como prueba y liberación de los pecados anteriores.
142. Conviene guardar tres ayunos. En la Cuaresma, sobre todo, salvo una gran fiesta, el sábado y el domingo; y en los otros dos, en días alternos. En los demás días del año, comer una vez al día, salvo el sábado, el domingo y las fiestas, pero no hasta la saciedad.
143. Procura ser un ejemplo útil para toda la hermandad en la virtud, la humildad y la mansedumbre, en la limosna y la obediencia aun al más pequeño, en la ausencia de ira y la impasibilidad, en la pobreza y la contrición, en la inocencia y la falta de curiosidad, en la sencillez de costumbres y el apartamiento de todos, visitando a los enfermos, consolando a los afligidos, de modo que no te apartes de nadie que esté necesitado, pues así conversas con Dios; y el amor, en efecto, es mejor que la oración. Sé compasivo con todos, no vanaglorioso, no audaz; no te apresures a reprender, no exijas nada al superior ni a ninguno de los servidores, respeta a todos los sacerdotes; conserva la atención en la oración y una disposición sencilla, muestra amor a todos. Apresúrate a estudiar las Escrituras no por gloria; la oración con lágrimas y la iluminación de la gracia te enseñarán esto. Cuando te pregunten algo necesario, enseña con toda humildad por la obra de la gracia divina, desde tu experiencia, hablando como si fuera de otro; enseña sin vanagloria, sea quien sea, deseándole provecho. Y no rechaces a quien quiera aprender de ti, sino acepta sus faltas, cualesquiera que sean, llorando y orando por él; pues esta es señal de amor y de perfección.
144. Y en los tiempos de vigilia debes leer dos horas y orar dos horas con contrición y lágrimas, y el canon que quieras, y doce salmos si quieres, y la oración «Inmaculada», y la oración de san Eustracio; así ora cuando la noche es larga. Pero cuando las noches son cortas, una regla breve según las fuerzas que Dios te dé; sin Él no se hará ningún bien, como dice el profeta: «El Señor dirige los pasos del hombre» (Sal 36,23). Y el Salvador mismo dijo: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5). Y nunca comulgues sin lágrimas.
145. Come todo lo que te sirvan; asimismo bebe vino con templanza, sin murmurar. Pero cuando comas solo por causa de debilidad, come hierbas crudas con aceitunas. Cuando alguno de los hermanos te envíe algo de comida, recíbelo con acción de gracias y humildad, como extranjero, y pruébalo, sea lo que sea, y lo que quede envíalo a otro hermano, pobre y reverente. Cuando alguien te invite a la mesa, prueba todo lo que te sirvan, pero poco a poco, según el mandamiento, guardando la templanza. Al levantarte, inclínate, según la costumbre de los pobres y los extranjeros, y dale las gracias diciendo: «Dios te lo pague, santo padre». Sé prudente al decir cualquier cosa, aunque sea útil.
146. Cuando alguno de los hermanos se sienta ofendido, sea por el superior, sea por el ecónomo, sea por algún otro, y venga a ti, consuélalo así: «Créeme, hermano, esto sucedió para probarte. También a mí me ocurrió de todos los modos, y me entristecí por pusilanimidad; pero cuando comprendí que todo esto sucede como prueba, lo soporto con gratitud. Haz tú lo mismo, y aún te alegrarás cuando te lleguen tales tristezas». Y si murmura, no lo rechaces, sino consuélalo como la gracia te conceda; hay mucho que decir. Y cuando comprendas la disposición del hermano y sus pensamientos, reconcílialo, para no dejarlo sin sanar.
147. Cuando ocurra que un hermano esté enfermo y no lo visites por mucho tiempo, conviene que primero le envíes algo y le digas esto: «Créeme, santo padre, hoy he sabido de tu enfermedad; te pido perdón». Ve también a él y, tras inclinarte y hacer una oración, dile así: «¡Que Dios te ayude, santo padre!». Y, sentándote, cruza las manos y guarda silencio. Si vienen también otros a visitar al enfermo, guárdate de hablar con ellos ni de la Escritura ni de tus propias reflexiones, cuando no te pregunten, no sea que después tengas que afligirte; pues tal cosa, en efecto, ocurre muy a menudo con los hermanos sencillos.
148. Cuando te toque sentarte a la mesa con hermanos reverentes, conviene que aceptes de los comensales todo lo que haya. Pero cuando alguien te haya mandado no comer pescado u otra cosa, y precisamente ese plato o ese pescado se sirva, entonces, si quien te dio ese mandato está cerca, ve a pedirle que te permita comer; pero si no está o sabes que no te lo permitirá, y no quieres tentar a los presentes, después de la mesa cuéntale lo que hiciste, pidiendo perdón. Y si no quieres hacer ni lo uno ni lo otro, mejor te es no ir con ellos, y obtendrás un doble provecho: evitarás el demonio de la vanagloria y los librarás a ellos de tentación y tristeza. Y si no son tan susceptibles, guarda esta regla: es mejor comer un poco de todo también en su presencia. Y respecto de la comodidad ajena, compórtate como establece el Apóstol: «Comed de todo lo que se os ponga delante, sin preguntar nada por motivo de conciencia» (1 Co 10,27).
149. Cuando hagas oración en la celda y alguien llame a tu puerta, ábrele y, sentándote, conversa con humildad cuando te proponga algo digno y provechoso. Y cuando esté agobiado por la tristeza, apresúrate, sea de palabra, sea de obra, a aliviar su dolor. Pero cuando se vaya, cierra la puerta y continúa la oración. Pues la curación de quienes vienen es semejante a la reconciliación. Con las gentes del mundo, en cambio, no se debe hacer así, sino terminar primero la oración y después conversar con ellos.
150. Cuando ores y te sobrevenga algún temor, o ruido, o como si una luz brillara sobre ti, o suceda alguna otra cosa, no te espantes, sino permanece aún con más diligencia en la oración; pues la perturbación es demoníaca, y el temblor, y el espanto, para que tú, debilitándote, dejes de orar, y ellos, habiéndote acostumbrado a esto, se apoderen de ti. Pero cuando cumplas la oración y brille sobre ti otra luz, que ni siquiera puede describirse, y el alma se llene de gozo y de deseo de lo mejor y de lágrimas de contrición, sabe que esto es visita e intercesión de Dios. Y cuando esto dure mucho, entonces, para que no te sobrevenga algo mayor por las lágrimas prolongadas, piensa en algo corporal, y con ello te calmarás. Guárdate, en efecto, de dejar la oración por temor a los espantos hostiles; antes bien, como un niño que, temiendo un rostro espantoso, corre al abrazo de su madre o de su padre y así ahuyenta el miedo, así también tú, acudiendo en la oración a Dios, dejarás de temer.
151. Cuando estés sentado en la celda y venga algún hermano a consultarte sobre la guerra de la carne, no lo despidas, sino enséñale con contrición desde lo que la gracia de Dios te dé y lo que hayas adquirido por tu propia práctica, y solo entonces déjalo ir. Pero cuando salga, inclinándote ante él, dile: «Créeme, hermano, espero en el amor de Dios a los hombres que esta guerra huirá de ti; solo no te retires en secreto ni te relajes». Y cuando se vaya, ponte en pie y, representándote su combate, levanta las manos a Dios y ora por el hermano con lágrimas y suspiros, diciendo: «Señor Dios, que no quieres la muerte del pecador, como Tú mismo sabes, dispón lo que sea para provecho de este hermano». Y Dios, viendo la confianza del hermano en ti y tu compasión por amor y tu oración pura por él, aliviará su combate.
152. Todo esto, hermano, es necesario para la contrición, y conviene cumplirlo con corazón contrito, paciencia y acción de gracias, porque es causa de lágrimas y vence las pasiones, y conduce al Reino de los cielos: «El Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Cuando, por tanto, cumplas esto, te apartarás del todo de las viejas costumbres, quizá aun de los comienzos mismos del pensamiento, porque la oscuridad siempre huye de la luz, y la sombra del sol. Pero cuando alguien no trabaja en esto desde el principio y cede al pensamiento por curiosidad, pierde la gracia. Y entonces, habiendo caído en pasiones malas, conoce su debilidad y el temor se apodera de él. Tampoco conviene a quien lo cumple pensar que lo cumple por su propio trabajo y no por la gracia de Dios. Al principio, en efecto, conviene purificarse, según las palabras de aquel que dijo: «Purifiquémonos primero», y también conversar con los puros. Cuando la mente es purificada por muchas lágrimas y recibe la iluminación de la luz divina —que, si el mundo entero la recibiera, no disminuiría—, permanece intelectualmente en lo venidero.
Una vez preguntaron a este santo y bienaventurado Simeón: «¿Cómo debe ser un sacerdote?». Y él respondió diciendo: «Yo mismo no soy digno de ser sacerdote; sin embargo, sé con firmeza cómo debe ser quien sirve a Dios. Así pues, primero, puro no solo en el cuerpo, sino también en el alma, y además no ser partícipe de pecado alguno. Segundo, humilde tanto en su conducta como en la disposición interior del alma. Y también, cuando esté ante la santa y sagrada mesa, debe ver con la mente la divinidad y con los ojos corporales el santuario que está ante él, y no dudar. Y no solo verlo, sino que a Aquel mismo que está invisiblemente presente en estos santos Dones debe adquirirlo vivo en su corazón, racionalmente, para poder elevar con audacia tales oraciones y, como quien habla con otra persona, decir: ‘Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre’; la oración muestra que en él vive el Hijo de Dios, que por existencia está con el Padre y el Espíritu Santo. Tales sacerdotes he visto, perdonadme, hermanos y padres».
Y habló también como si fuera de otro, ocultándose a sí mismo y evitando la gloria humana, pero por amor a los hombres se reveló solo cuando fue necesario. «Oí —dijo— de cierto monje, sacerdote, que confiaba en mí, esto: ‘Nunca sucedió que celebrara y no viera al Espíritu Santo, como lo vi cuando descendió sobre mí al ser ordenado, mientras el metropolita, leyendo la oración de consagración, ponía el eucologio sobre mi miserable cabeza’. Le pregunté entonces cómo vio al Espíritu Santo y qué apariencia tenía. Él respondió: ‘Era simple y sin forma, pero como luz. Y yo al principio me maravillé, porque nunca había visto algo así; y cuando reflexionaba sobre qué podría ser esto, una voz me dijo místicamente, como en espíritu: “Vengo sobre todos los profetas, y apóstoles, y elegidos actuales de Dios, y santos; pues yo soy el Espíritu Santo de Dios”’». A Él sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.