Del mismo Nicetas, la tercera centuria de capítulos sobre el amor y la perfección de la vida
1. Dios es un Intelecto impasible, Luz por encima de todo intelecto y de toda impasibilidad, y Fuente de la buena luz; Él es Sabiduría, Verbo y Conocimiento, y Dador de la palabra de sabiduría y del conocimiento. En aquellos a quienes estos dones se dan por causa de la pureza, y en quienes se manifiestan, Él permanece según su imagen; por eso llegan visiblemente a ser hijos de Dios, pues los guía el Espíritu Santo, como está escrito: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rm 8,14).
2. Quienes por trabajos ascéticos se han purificado de toda mancha de carne y de espíritu se han hecho receptáculos de la naturaleza inmortal por los dones del Espíritu. Habiendo alcanzado esto, se llenan de la buena luz, que los colma de silencio en la paz del corazón; pronuncian buenas palabras, y la sabiduría de Dios brota de sus labios con el conocimiento de las cosas divinas y humanas, y su palabra habla claramente de las profundidades del Espíritu. «Contra tales no hay ley» (Ga 5,23), pues se han unido solo con Dios y han sido cambiados por un buen cambio.
3. Quien con trabajos diligentes se dirige a Dios llega a ser, por las virtudes del alma y del cuerpo, una impronta de su imagen. Él reposa en Dios, y Dios reposa en él por mezcla. Por eso se hace —y en él se ve— imagen de la bienaventuranza divina en la riqueza de los dones del Espíritu, y por adopción, dios; y Dios es el mistagogo de su perfección.
4. Que nadie diga por ignorancia que el hombre fue creado a imagen de Dios según la estructura de su cuerpo. La imagen de Dios en él es la naturaleza noética del espíritu, que el cuerpo, inclinado hacia abajo, no puede circunscribir. Ni puedes circunscribir la naturaleza divina, que permanece más allá de toda criatura y de su solidez, ilimitada e incorpórea, sin rasgos, por encima de toda esencia y palabra, intocable, innumerable, invisible, inmortal, incontenible, incomprensible para nosotros. Así también la naturaleza noética que Dios nos ha dado es incircunscribible, incorpórea y no tiene en sí solidez; es invisible, intocable, incontenible, y es imagen de su gloria inmortal y siempre existente.
5. El primer Intelecto es Dios, Rey de todo, que tiene en sí el Verbo consustancial, siempre coexistente con el Espíritu, y nunca está sin el Verbo ni sin el Espíritu, pues su naturaleza es indivisible; y sin embargo no se funde con ellos, pues son hipóstasis distintas. Por eso Dios engendra naturalmente el Verbo según su esencia, dividiéndose en sí mismo y permaneciendo indiviso. De la misma naturaleza que el Verbo siempre coexistente es el Espíritu co-sin-principio, que procede del Padre; y el Verbo no se separa de Aquel que lo engendró. Pues una sola es en ambos la naturaleza e indivisible, aunque por la distinción de las hipóstasis se divide en Personas, y se los canta como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y nunca, siendo una sola naturaleza y un solo Dios, se separan de la esencia y naturaleza siempre coexistente. Mira, pues, la imagen de la naturaleza trihipostática y única, y sabe que conforme a ella fue creado el hombre, y no conforme a una imagen visible, sino a una inmortal, no a lo muerto y corruptible.
6. Dios es un Intelecto más alto en sabiduría que todas las criaturas. Engendrando el Verbo indiviso, envía de sí al Santísimo Espíritu, para que sostenga en su fuerza a todas las criaturas, y Él mismo permanece fuera de todo y en todo. Así también el hombre es partícipe de su naturaleza divina, imagen suya por el alma noética, incorpórea e inmortal. Teniendo un intelecto que de su propia esencia engendra una palabra natural, por la cual se conserva toda la fuerza del cuerpo, está fuera de la materia y dentro de la materia y de las fuerzas visibles. Y como Aquel que lo creó es indiviso de sus hipóstasis, esto es, del Verbo y del Espíritu, así también el hombre es, según el alma, indiviso del intelecto y de la palabra de una sola naturaleza y esencia, no circunscrita por el cuerpo.
7. Dios es trihipostático, y se le adora en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tres partes hay también en aquel a quien creó a su imagen, en el hombre: alma, intelecto y palabra, que adora a Aquel que todo lo creó de la nada, esto es, a Dios. Lo que es por naturaleza coeterno y consustancial con Dios es también por naturaleza connatural y consustancial con su imagen. De aquí se ve qué hay en nosotros según la imagen y por qué somos imagen de Dios, aunque estemos sujetos a la corrupción.
8. Una cosa es la imagen de Dios y otra lo que vemos en la imagen. La imagen de Dios es el alma espiritual, el intelecto y la palabra, una sola naturaleza indivisible. Lo que vemos en la imagen es lo rector, lo regio y lo dueño de sí. Así también una cosa es la gloria del intelecto y otra la dignidad del intelecto; y una cosa es lo que es según la imagen de Dios y otra lo que es según la semejanza. La gloria del intelecto es lo dirigido hacia arriba, que siempre se mueve hacia arriba, agudo, puro, sabio, racional, inmortal. Y la dignidad del intelecto es lo racional, lo regio, lo rector y lo dueño de sí. Lo que es según la imagen de Dios, lo que está en el alma, en el intelecto y en la palabra, es lo mismo según la hipóstasis y consustancial, indiviso e inseparable; el alma tiene un intelecto y una palabra incorpóreos, inmortales, divinos y noéticos. Todos ellos son consustanciales, coexistentes, inseparables e indivisibles entre sí. Y lo que es según la semejanza es lo justo, lo verdadero, lo misericordioso, lo compasivo y lo amante de los hombres. En ellos, pues, obran y se conservan; en ellos se ve claramente lo que es según la imagen y lo que es según la semejanza.
9. El alma racional se divide en tres potencias y obra en dos direcciones: una de ellas es racional y la otra pasible. La racional, a imagen de Aquel que la creó, es incontenible, invisible y no definida por los sentidos; está a la vez dentro de ella y fuera de ella. Unida así por naturaleza con las potencias noéticas y divinas, acude a Dios como a su arquetipo mediante la contemplación sagrada y goza de su naturaleza divina. Pero su dirección pasible se divide por los sentidos y cae bajo las pasiones y los consuelos. Por esta dirección se une con la naturaleza nutritiva y creciente y recibe aire, frío, calor y alimento para la subsistencia, la vida, el crecimiento y la salud. Por eso cambia según ellos y a veces desea irracionalmente la concupiscencia, desviándose del movimiento natural; y a veces se irrita, arrebatada por una ira irracional; puede sentir hambre y sed, entristecerse, sufrir dolor y, al contrario, sentir placer. Así el alma unas veces goza de consuelos y otras soporta aflicciones; por eso con razón esta dirección suya se llama pasible, pues la atormentan las pasiones. Cuando lo mortal sea devorado por la palabra de la vida y venza lo mejor, entonces «la vida de Jesús [se hará] manifiesta en nuestra carne mortal» (2 Co 4,11), formando en nosotros la mortificación vivificante de la impasibilidad y otorgando, por la venida del Espíritu, la incorrupción de la inmortalidad.
10. El Creador de todo, antes de haber creado todo de la nada, tenía en sí, como Rey de los siglos y previsor, el conocimiento, la naturaleza y la palabra de todas las criaturas. Tenía en sí las palabras, la naturaleza y el conocimiento del hombre, a quien creó a su imagen, para que fuera rey sobre las criaturas. De la tierra se tomó lo seco, lo frío y lo húmedo para su creación; lo cálido y húmedo de la sangre se tomó del aire y del fuego; lo húmedo y frío de la flema, del agua; de los jardines, lo vegetal; de lo animal-vegetal, la vitalidad; de los animales irracionales, lo pasible; de los ángeles, lo noético y lo racional; y Dios le insufló aquella misma alma espiritual, incorpórea e inmortal que se ve en el intelecto y en la palabra, y por la fuerza del Espíritu Santo, en la esencia y en la vida.
11. Dios nos creó a su imagen y semejanza, y su semejanza se manifiesta en la grandeza y en el conocimiento: «Su grandeza cubre los cielos, y la tierra está llena de su gloria» (Ha 3,3). Y la grandeza de Dios es justicia, santidad y verdad, como dice David: «Poderoso eres, Señor, y tu verdad te rodea» (Sal 88,9). Y también: «Justo y santo es el Señor». Por justicia y bondad el Señor es bueno y recto, por la palabra de sabiduría y la palabra de conocimiento que están en Él; por eso se le llama Sabiduría y Verbo, santidad y perfección, como Él mismo dice: «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48). Y también: «Sed santos, porque yo soy santo». Y Él es santo por la humildad y la mansedumbre, por eso dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).
12. Nuestro intelecto es imagen de Dios, y por eso tiene en sí lo que es propio de Dios, cuando permanece en sí mismo y no se aparta lejos de su dignidad; se esfuerza por permanecer en Dios y por unirse con Aquel de quien tiene su principio y por quien vive, y acude a Él con sus propiedades naturales y desea imitarlo en el amor a los hombres, en la mansedumbre y en la simplicidad. Por eso él mismo, engendrando la palabra como otro cielo del alma, renueva a los de su estirpe y los hace firmes por la paciencia de las virtudes activas, y los vivifica con el soplo de sus labios, dándoles fuerza contra las pasiones destructoras. Así también él llega a ser hacedor de criaturas noéticas, imitando a su Creador, Dios, y oye claramente las palabras de lo alto: «Si extraes lo precioso de lo vil, serás como mi boca».
13. Quien permanece en los movimientos naturales al intelecto y en la dignidad de la palabra se hace puro de la materia y se adorna con mansedumbre, humildad de pensamiento, amor y misericordia, y es iluminado por el resplandor del Espíritu Santo. Mirando visiones elevadas, conoce los misterios escondidos de Dios. Y con la palabra de sabiduría sirve, amando el bien, a quienes pueden escucharlo, multiplicando el talento no solo para sí, sino dando también a sus prójimos su dulzura.
14. Quien ha puesto en sí lo mejor por encima de lo peor y ha hecho lo mejor libre de la influencia de lo peor, ese ha hallado noéticamente su morada entre los espíritus noéticos, haciéndose él mismo espíritu noético, aunque visiblemente viva en el cuerpo entre los hombres.
15. Quien ha sometido el servicio de sus facultades a una sola dignidad y a una sola naturaleza ha sometido a Dios toda la creación, ha unido lo que se había alejado entre sí y ha pacificado todo.
16. Mientras la naturaleza de nuestras potencias obre desordenadamente contra sí misma y se divida, no podemos ser partícipes de los dones sobrenaturales de Dios. Y cuando no participamos de ellos, en la obra noética del intelecto estamos muy lejos del sagrado rito místico del altar celestial. Pero cuando, con gran celo en los sagrados combates, nos purifiquemos de la malicia sensible y por la fuerza del Espíritu reunamos lo que en nosotros se ha dispersado en distintas direcciones, entonces llegaremos a ser partícipes de los bienes inefables de Dios y elevaremos dignamente los divinos misterios del sagrado rito místico del intelecto al Verbo y Dios, sobre el altar supraceleste y noético de Dios, como contempladores y sacerdotes de sus misterios inmortales.
17. «La carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne» (Ga 5,17). Ambos libran una guerra irreconciliable, cada uno queriendo vencer al otro y someterlo a su poder. A esta discordia la llamamos rebelión, inclinación, balanza y combate mutuo, que divide el alma en cuanto el intelecto se inclina hacia los asuntos y pasiones humanos.
18. Mientras nos dividan los pensamientos inconstantes y la ley de la carne se mantenga y se conserve en nosotros, tanto tiempo nos desgarramos en muchas partes y nos rechaza la divina Unidad, pues no nos enriquecemos con su unidad. Pero cuando toda esta mortandad sea destruida por la fuerza unificadora y por el desapego sobrenatural, y el intelecto, iluminado por resplandores y entendimientos creadores de sabiduría, llegue a ser él mismo, entonces el alma se une de modo divino en un solo todo, se hace una en lugar de muchas alteridades y, uniéndose con la divina Unidad, se une con ella a semejanza de Dios por la simplicidad. Esta es la antigua constitución del alma y nuestra renovación para lo mejor.
19. Feroz ignorancia y tiniebla más feroz que todo por su naturaleza es lo que el alma puede padecer; que no haya en ella lo que produce tiniebla y noéticamente divide el alma en muchas partes y la arranca de la unión con Dios. Todo esto junto es irracionalidad, y hace a todo el hombre irracional e insensible. La ignorancia se derrama en una gran dureza y se hace para el alma abismo del infierno, que la cubre; hay entonces en ella toda fatiga y dolor, tristeza y suspiros. Pero el conocimiento divino es luminoso e inmenso en el derramamiento de la luz; hace radiantes las almas, las hace semejantes a Dios y las llena de paz, silencio y gozo, de sabiduría inefable y de amor perfecto.
20. La venida de la luz divina es simple y una; reúne hacia sí a las almas que participan de ella y las une con su propia unidad, y las perfecciona con su propia perfección, y eleva la mirada de su intelecto a las profundidades de Dios, y las hace contempladoras y discípulas de grandes misterios y guías en el conocimiento de los misterios. Desea al fin purificarte con trabajos y verás en ti manifiestamente la obra que agrada a Dios.
21. El resplandor de la Luz primordial, que llega noéticamente a las almas purificadas, no solo las hace buenas y luminosas, sino que también las conduce por la contemplación natural a los cielos noéticos. Y esto no solo porque son dignas de la acción divina. Aun en los cielos siguen perfeccionándose, hasta unirse con la Sabiduría y la Razón inefables y ser en Él uno, y no muchos.
22. Nos conviene primero purificarnos, para que no se mezcle con nosotros la malicia sensible. Y quienes se han purificado se hacen iluminados y siempre resplandecientes, lo cual se cumple místicamente por la sabiduría escondida en Dios. Así nos conviene llegar, en la contemplación sagrada, al conocimiento de lo nuevo y de lo antiguo, que sirve de palabra a los que están dispuestos a escuchar y les entrega entendimientos místicos escondidos, poniéndolos en oídos no profanados y ocultándolos de los imperfectos, para no dar lo santo a los perros ni arrojar las perlas de la palabra ante almas semejantes a cerdos, no sea que las pisoteen.
23. Cuando alguien ve que el calor de su alma se ensancha en la fe prometida y en el amor de Dios, sepa que lleva dentro de sí a Cristo, que eleva su alma de la tierra y de todo lo visible y le prepara morada en los cielos. Y cuando vea su corazón lleno de gozo y con compunción deseando estar en los bienes inefables de Dios, entonces sepa que el Espíritu divino obra en él. Y cuando sienta que su intelecto se llena de una luz inefable y comienza a comprender mejor la sabiduría, entonces sepa que el Consolador ha venido a su alma y permanece en ella, para manifestar en ella los tesoros escondidos del Reino de los Cielos. Y guárdese a sí mismo como palacio de Dios y morada del Espíritu Santo.
24. Para guardar los tesoros escondidos del Espíritu hay que alejarse de las cosas humanas, y a esto se llama quietud. Y la quietud enciende, por la pureza del corazón y la dulzura de la compunción, un amor de Dios más ferviente; con ello libera al alma de las ataduras de los sentidos y la hace saludar la libertad de las buenas costumbres. Cambiando sus potencias, las devuelve a su naturaleza primera y restaura la antigua constitución, para que la malicia no pueda de ningún modo reprochar al Creador de todo bien que su imagen se ha cambiado y camina hacia lo peor.
25. Cuando se aprende correctamente el bendito arte de la quietud y así se vive en ella, esta conduce a la perfección sagrada y divina. Pero quien aún no ha alcanzado tal altura y piensa que guarda la quietud perfectamente —aunque todavía no sabe guardar la quietud noética y perfectamente—, en realidad no podrá guardarla por la tormenta interior de las pasiones desenfrenadas, hasta que salga a esta altura; solo su cuerpo estará sentado entre cuatro paredes o en una cueva, agotado por un intelecto desordenado que vaga.
26. Las almas que han alcanzado la cumbre de la pureza y se han elevado a una gran altura de sabiduría y entendimiento son semejantes a los querubines, que con su contemplación se acercan a la Fuente del bien. De allí reciben la noticia de la contemplación recta, como también las potencias querúbicas, a quienes ilumina directamente la Deidad misma, según dice cierto contemplador de las cosas divinas.
27. Entre las primeras potencias de lo alto, algunas son más fervientes y más veloces en las cosas divinas y se mueven sin cesar por ellas, y otras son más semejantes a Dios, más inteligentes y más sabias. Y esto es un hábito divino: moverse siempre por las cosas divinas. Así también las almas que han alcanzado la cumbre de la pureza son más fervientes para las cosas divinas y más veloces, sabias e inteligentes, y más receptivas a las visiones místicas. Les es propio, por su fuerza y por hábito divino, un movimiento constante hacia Dios y un estar y permanecer en Él sin desviación. Y estas, que tienen el hábito divino por el cual llegan a ser partícipes de Aquel que Es, envían generosamente a otros gracia y luz.
28. Dios es Espíritu y causa del movimiento constante de todo. Y todos los espíritus permanecen en este Espíritu, y están firmes constantemente, y se mueven sin cesar. Su movimiento depende de cuánto se le añadan las cosas sensibles y de cuánto esté purificado por los combates sagrados. En el amor divino se hacen partícipes unos de otros y de los resplandores de gracia que provienen de la Deidad, y la sabiduría de los misterios de Dios escondida en ellos la transmiten a otros, amando el bien, para alabanza incesante del amor de Dios.
29. Las almas que permanecen en Dios están firmes y se mueven en torno a Él en la medida en que han liberado sus pensamientos de todo lo terreno; combaten contra sí mismas y construyen con ello un carro ligero que las lleva derecho a los cielos. Y se mueven sin cesar en Dios en torno a Él, como en torno a un eje y causa del movimiento circular. Están firmes sin apartarse ni desviarse, como en un círculo, y no pueden alejarse de su lugar hacia la percepción y el engaño inferior de las cosas humanas. Este es el fin perfecto de la quietud; a esto llegan los verdaderos hesicastas: a que, moviéndose, estén firmes, y estando firmes, se muevan hacia las cosas divinas. Y mientras esto no ocurra, por causa de nuestra quietud fingida, nuestro intelecto no puede salir más allá de las cosas terrenas y de los engaños.
30. Cuando restauremos en nosotros la antigua belleza de la palabra con toda diligencia y celo y recibamos de lo alto, por la venida del Espíritu, una buena porción de conocimiento y sabiduría, entonces conoceremos naturalmente la sapientísima Fuente primera y Causa de todo lo creado. Entonces ya no tendremos en nosotros nada del pecado que entró en las criaturas y las corrompió. Cuando la criatura se apartó de Dios y se ensoberbeció y, alejándose de la antigua belleza, cayó de la deificación, entonces el pecado vino sobre ella y la hizo irracional.
31. El único y primer grado para quienes avanzan hacia el progreso es el conocimiento de todo lo que existe, que llega por la filosofía práctica. El segundo es el conocimiento de los misterios escondidos de Dios, que se aprende por la contemplación natural. Y el tercero es la unión con la Luz primordial y la disolución en Ella. En esto se aquieta todo progreso y contemplación amantes de la sabiduría.
32. Todos los espíritus se reúnen en sí mismos y hacia sí mismos y hacia Aquel que verdaderamente Es en la Trinidad y, iluminando a sus prójimos, les enseñan secretamente las cosas divinas, y, perfeccionándolos como espíritus purificados, los hacen, por la sabiduría celestial, uno consigo mismos y con la Unidad.
33. La deificación es, en la vida, un rito sagrado espiritual y verdaderamente divino, en el cual se celebra la palabra de la sabiduría inefable y se da a quienes, en la medida de lo posible, se han preparado para ella. Dios ha concedido benignamente la deificación a la naturaleza racional desde lo alto, para la unidad de la fe. Para que unos, según la pureza de su dignidad, participen del conocimiento divino y se hagan semejantes a Dios, y lleguen a ser de la misma imagen que su Hijo por su elevado y espiritual tender hacia las cosas divinas. Y así, por adopción, lleguen a ser dioses para otros hombres en la tierra. Y otros, por la purificación mediante la palabra divina y la unión sagrada, se perfeccionen en la virtud y por su progreso y purificación participen de la deificación y lleguen a la unión con Dios. Para que todos, unidos en uno y abrazados por la unidad del amor, se unan sin cesar con el único Dios. Y Dios, por naturaleza, será la causa de las buenas obras en medio de los dioses por adopción, que no tienen en sí nada impuro desde la creación.
34. Asemejarse a Dios, en cuanto nos es posible, no lo podrá el fervoroso si antes no lava con lágrimas fervientes el cieno de las malas obras y no toca el rito sagrado de los mandamientos de Cristo; de otro modo no llegará a ser partícipe de los bienes inefables de Dios. Quien desea gustar con el intelecto la dulzura divina, apártese de toda percepción mundana, y tenga su alma siempre en sí el deseo de contemplar los bienes preparados para los santos.
35. Para conservar sin cambio la semejanza de Dios, que alcanzamos por gran purificación y gran amor a Dios, hay que contemplar siempre a Dios con el intelecto, para que el alma se acostumbre a la virtud constante de la quietud, a la oración espiritual, concentrada e incesante, a la continencia completa y a la lectura frecuente de las Escrituras.
36. No solo debemos esforzarnos por reconciliar entre sí las potencias que obran en nosotros, sino también desear alcanzar el aquietamiento del intelecto, habiendo aquietado los pensamientos. Y con el rocío divino que desciende de los cielos sanar las heridas y refrescar el corazón en el fuego que irrumpe en él desde lo alto y se enciende por el Espíritu.
37. El alma a la que el amor de Dios ha herido hasta lo hondo y que ha gustado noéticamente la dulzura de sus dones no puede quedarse en sí misma ni permanecer en su estado habitual y no avanzar hacia la ascensión a los cielos. Cuanto más recorre sus ascensiones por el Espíritu, tanto más se enciende en el fuego del deseo, experimenta la grandeza de sus misterios aún más profundos y se apresura a acercarse a la luz bienaventurada, donde el intelecto es arrebatado, para detener su movimiento en el gozo del corazón.
38. Cuando alguien es partícipe del Espíritu Santo y conoce su venida por cierta acción y fragancia inefables, de modo que la fragancia se derrama incluso por su cuerpo, entonces tal hombre no puede permanecer dentro de sus límites naturales, sino que, cambiado por el buen cambio de la diestra del Altísimo, olvida el sueño y la comida, desprecia lo corporal, desdeña el descanso y pasa todo el día en trabajos y sudores monásticos, sin sentir esfuerzo alguno ni las necesidades naturales de hambre, o sed, o sueño, o cualquier otra. Invisiblemente el amor de Dios se ha derramado en su corazón y, pasando toda la noche en la iluminación del fuego, realiza la obra noética junto con los combates corporales y goza del banquete inmortal de los jardines inmortales del paraíso noético, adonde también Pablo fue arrebatado y oyó palabras inefables que no puede oír el hombre que tiene pasión por lo visible.
39. Cuando el cuerpo se ha encendido con el fuego de la ascesis y se ha regado con el agua de las lágrimas, no se debilita por los trabajos; cuando cesan los muchos sudores, es como si estuviera por encima del celo activo. Recibe dentro de sí silencio y quietud y se llena como de otra fuerza, otra firmeza, otra fortaleza del Espíritu. Cuando con el alma coopera un cuerpo así enriquecido, cuya constitución se ha hecho más alta que la constitución corporal ordinaria, ella comienza naturalmente a moverse hacia los combates noéticos y, realizando rápidamente la obra noética, guarda para sí los frutos de los jardines inmortales en el paraíso noético; de él brota, como un río, la fuente de los entendimientos divinos, y en él crece el jardín del conocimiento de Dios, que da frutos de sabiduría, gozo, paz, bondad, misericordia, longanimidad y amor inefable. Obrando así con celo y guardando así, sale del cuerpo y entra en la tiniebla de la teología, se aparta de todo, como si nada visible la retuviera, y, unida con Dios, deja atrás todos los trabajos y deseos.
40. ¿Qué es más alto para nosotros, los fervorosos, entre todo lo que existe: lo visible o lo noético? Si lo visible, entonces nada será para nosotros más importante ni más querido que lo corruptible, y el alma no será en nosotros mejor que el cuerpo. Pero si lo noético, entonces «Dios es Espíritu; los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). El entrenamiento corporal está de más cuando está despierta la obra noética del alma, por la cual lo que tiende hacia abajo se hace ligero y se vuelve espiritual, uniéndose con lo mejor.
41. Hay tres órdenes de quienes combaten en la ascensión hacia la perfección: el purificativo, el iluminativo y el místico, esto es, el perfeccionador. El primero es el orden de los principiantes, el segundo de los intermedios y el tercero de los perfectos. Cuando el fervoroso recorre por turno los tres órdenes, crece hasta la estatura de Cristo y se hace varón perfecto, «a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).
42. El orden purificativo está destinado a quienes entran en los combates sagrados. A ellos les corresponde despojarse de la apariencia del hombre exterior, librarse de toda malicia sensible y revestirse del hombre nuevo, renovado por el Espíritu Santo. Su obra es el odio a las cosas terrenas, el afinamiento del cuerpo, la evitación de toda causa que incite a la pasión, el arrepentimiento por las obras cometidas; y además, el esfuerzo por ahogar en lágrimas la salinidad del pecado, por ordenar las costumbres con la bondad del Espíritu, por limpiar de toda mancha de carne y de espíritu «el interior de la copa» (cf. Lc 11,39), esto es, el intelecto, con la compunción; por verter en el intelecto el vino de la palabra que alegra el corazón del hombre purificado y llevarlo a que lo guste el Rey de los espíritus. Su fin consiste en encenderse con el fuego activo del ayuno, en desechar con los trabajos de los combates todo veneno del pecado, en fortalecerse bien, y beber el agua de la compunción, y llegar a ser una espada que corta las pasiones y los demonios, cuanto haya fuerza. Quien ha alcanzado esto con muchos combates ascéticos ha apagado la fuerza del fuego natural, ha cerrado las fauces de los leones de las pasiones feroces, se ha hecho fuerte en el espíritu y, como un segundo varón de Ausítide, ha vencido a la paciencia y al tentador.
43. El orden iluminativo es para quienes han progresado en los combates sagrados y han llegado a la primera impasibilidad. A ellos les corresponde el conocimiento de lo que existe, la contemplación de las criaturas y la comunión del Espíritu Santo. Su obra es la purificación del intelecto por el fuego divino, la apertura de los ojos espirituales del corazón y el nacimiento de la palabra con altos pensamientos de la mente. Y su fin es la palabra de sabiduría que explica todo lo que existe y todo lo que sucede, el conocimiento de las cosas divinas y humanas y la revelación de los misterios del Reino de los Cielos. A quien ha alcanzado esto por la obra noética del intelecto, la cuaterna de las virtudes lo lleva en un carro de fuego, como a un segundo tesbita. Y aunque todavía vive, ya es arrebatado a la extensión noética y recorre los cielos, habiéndose hecho más alto que el cuerpo.
44. El orden místico, o perfeccionador, es para quienes ya lo han recorrido todo y han alcanzado la medida de la estatura de Cristo. A ellos les corresponde atravesar la extensión y elevarse por encima de todo lo que hay en los órdenes celestiales de lo alto, acercarse a la Luz primordial y escrutar en el espíritu las profundidades de Dios. Su obra es llenar el intelecto de palabras sobre la providencia, la justicia y la verdad, de explicaciones de las parábolas y de los pasajes oscuros de la divina Escritura. Y su fin es enseñar secretamente al perfecto los misterios escondidos de Dios, llenarlo de sabiduría inefable por la unión con el Espíritu Santo y mostrarlo como sabio teólogo en medio de la gran Iglesia de Dios, iluminando a los hombres con la palabra de la teología. Quien ha alcanzado esto por una grandísima humildad de pensamiento y compunción ha sido arrebatado al tercer cielo de la teología, como un segundo Pablo, y ha oído palabras inefables que no puede oír el hombre mientras está bajo el poder de los sentidos, y ha experimentado bienes inefables que ojo no vio ni oído oyó, y se ha hecho ministro de los misterios de Dios, siendo boca de Dios, sirviendo a los hombres con la palabra y reposando en ella con un descanso bienaventurado. Perfecto en el Dios perfecto, conversa con los teólogos y con las altísimas potencias de los querubines y serafines, a quienes pertenece la palabra de sabiduría y de entendimiento.
45. La vida humana se divide en dos partes, y en tres órdenes se reúnen sus fines. Una parte es social y mundana, y la otra no social y por encima del mundo. La social se divide en castidad e insaciabilidad, y la no social en filosofía, conocimiento natural y acción sobrenatural. De ellas, la primera se une con la justicia, que sigue a la naturaleza, o con la injusticia, y se aparta hacia la injusticia, desviándose del movimiento natural. La segunda, cuando avanza hacia su propósito y se corrige por la regla hacia la naturaleza de lo infinito, se hace superior a la naturaleza. Pero cuando yerra contra el propósito del amor al honor que aprende, se hace un intelecto inexperto y, como imperfecta, cae de la belleza de lo perfecto.
46. El Espíritu es luz, y vida, y paz. A quien el Espíritu divino ilumina, ese lleva pacíficamente una vida serena. De aquí brota también el conocimiento de lo que existe y la sabiduría de la palabra. Tal hombre conoce los misterios del Reino y entra en las profundidades de Dios. Y un día a otro transmite palabras de vida desde un corazón iluminado y bueno con los hombres. Pues bueno es quien tiene el bien en sí, quien medita lo nuevo y lo viejo.
47. Dios es sabiduría. A quienes caminan tras la palabra y la sabiduría los deifica por el conocimiento de lo celestial, los une en sí por la luz y por adopción los hace dioses. Y como Él mismo creó todo de la nada por la sabiduría, así por la sabiduría enseña y gobierna lo creado en el mundo, y la salvación de quienes se le acercan en conversión también la realiza siempre por la sabiduría. Quien es partícipe de la pureza ha sido digno de ser partícipe de la sabiduría de lo alto, como imagen de Dios, y obra y actúa según la sabiduría, lo cual es también la voluntad divina. Reuniendo siempre y extendiendo sus pensamientos con un conocimiento inefable hacia una vida verdaderamente angélica, y haciendo su vida de una sola forma, en cuanto puede alcanzarse, se une con las potencias de lo alto, que se mueven únicamente en Dios, y ellas, como buenas guías, lo elevan al Principio primero y a la Causa.
48. Quien por una sabiduría superior se ha unido con las potencias de lo alto y por ello se ha unido con Dios, conversa a semejanza de Dios con todos, amando la sabiduría, por la palabra y por la unión, y aparta a quienes lo desean, por la fuerza divina del hábito, de lo exterior y dividido. Y, imitando a Dios, los reúne en el espíritu, los eleva por la sabiduría, y la razón, y el resplandor de las cosas escondidas, hacia la contemplación de la gloria de la única y primera luz. Y habiendo unido a quienes anhelan a Dios, por esencia y por orden los conduce a la unidad con Dios, cuando están del todo iluminados por el resplandor del Espíritu.
49. Tras la cuaterna de las virtudes viene un conjunto de ocho virtudes naturales y primerísimas; a cada una de las cuatro, por cada lado, se le añaden dos más, para que las tres sean como una Trinidad. A la sabiduría se le añaden el conocimiento y la contemplación de la sabiduría; a la justicia, el discernimiento y el consejo compasivo; a la valentía, la paciencia y la firme resistencia; a la castidad, la pureza y la virginidad. Sobre esta docena trinitaria, como Creador y Mistagogo, se sienta Dios en el trono del intelecto, enviando al Verbo a edificar el mundo de las virtudes; y el Verbo, apoyándose en las virtudes subordinadas y tomando un poco de cada una, edifica en el alma un mundo noético de piedad. Extiende en ella la sabiduría como un cielo y la hace toda estrellada para una vida toda resplandeciente. En ella brillan, como dos grandes lumbreras, el conocimiento divino y la contemplación natural, que la iluminan. El Verbo establece la justicia en el alma, como una tierra, para un banquete riquísimo. Extiende la castidad, como el aire, para el frescor y el rocío de una vida purísima y, como un mar, fija la valentía en la debilidad de la naturaleza para la destrucción de lo duro y la ruptura de lo contrario. Así el Verbo, creando este mundo, pone en él la fuerza del Espíritu, en un movimiento noético y siempre móvil, y en un estado inconmovible y duradero, según las palabras del divino David: «Por la palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y por el soplo de su boca toda su fuerza» (Sal 32,6).
50. El crecimiento espiritual de los fervorosos concuerda con el crecimiento de nuestro Señor Jesucristo como hombre. Cuando todavía son niños de pecho en la vida espiritual —y los niños necesitan leche—, puede decirse de ellos que beben la leche de las virtudes iniciales del entrenamiento corporal, provechoso para quienes poco a poco crecen en las virtudes y lentamente salen de la infancia. Pero cuando se hacen jóvenes y se alimentan con el alimento sólido de la contemplación de las criaturas, como instruidos en los sentidos del alma, puede decirse de ellos que crecen en edad y en gracia, se sientan entre los mayores y les revelan misterios profundos. Y cuando se hacen varones perfectos en la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, entonces predican a todos la palabra del arrepentimiento, enseñan a los hombres acerca del Reino de los Cielos y se acercan a sus propios sufrimientos. Pues tal es el fin de todo el que ha alcanzado la perfección en las virtudes: que, habiendo recorrido toda la edad de Cristo, llegue a las pasiones de las tentaciones, como el Señor llegó a su cruz.
51. Mientras todavía nos entrenamos en los combates corporales, los guías nos protegen para que no toquemos alimentos que puedan dañarnos, ni miremos la belleza, ni escuchemos cantos, ni aspiremos perfumes, pues aún somos niños, aunque herederos y dueños de todos los bienes paternos. Pero cuando termine el tiempo del aprendizaje y nos llenemos de impasibilidad, entonces de un pensamiento puro nace en nosotros la palabra y permanece bajo la ley del Espíritu, para redimirnos a nosotros, que estábamos bajo la ley de la sabiduría de la carne, y otorgarnos la filiación. Cuando esto sucede, entonces el espíritu clama en nuestros corazones: «¡Abbá, Padre!», mostrando y manifestando la filiación y la confianza ante Dios Padre; permanece y conversa con nosotros como con hijos de Dios y herederos, que ya no sirven a los sentidos.
52. A quienes han alcanzado una fe como la de Pedro, una esperanza como la de Santiago y un amor tan perfecto como el de Juan, el Señor los lleva al alto monte de la teología y se transfigura ante ellos. Se les aparece iluminado, y su rostro brilla como el sol; por el entendimiento de la sabiduría inefable se hace claro como la luz. Y lo ven a Él, Dios Verbo, de pie entre la ley y los profetas, ya estableciendo la ley y enseñando, ya revelando los tesoros profundos y escondidos de la sabiduría, y a veces penetrando y previendo el futuro. El Espíritu Santo los cubre como una nube luminosa, y de ella les llega una voz de teología mística, que les enseña los misterios de la Deidad trihipostática y habla así: «Este es mi amado límite de la perfección del Verbo, en Él está mi complacencia; y vosotros sed para mí hijos perfectos en el Espíritu perfecto».
53. El alma que ha desdeñado todo lo que la arrastra hacia abajo y se ha encendido con el amor divino recibe cierto arrobamiento admirable y divino. Después de esto comienza a ver claramente la naturaleza de todo lo que existe, y su sentido, y cómo terminan las cosas humanas; y desde entonces no soporta permanecer en sí misma, dentro de los límites que le han sido fijados. Sale de sus fronteras y, habiendo roto las ataduras de los sentidos y pasado de largo la naturaleza de todo, entra con un silencio inefable en la tiniebla de la teología y ve la belleza de Aquel que mora en la luz de los entendimientos de la sabiduría inefable, cuanto la gracia le permite. Con entendimientos divinos se sumerge en la contemplación de Él, goza de los frutos de los jardines inmortales, del temor de los pensamientos divinos, esto es, de entendimientos que nunca antes había hallado en sí; puede expresar perfectamente la grandeza y la gloria del amor. Pero como el Espíritu obra en ella de modo admirable, en un gozo inefable anhela el silencio y no es capaz de expresar qué le sucede, y qué la mueve, y qué ve, y quién le dice místicamente cosas indecibles.
54. Quien siembra para su propia justicia las lágrimas de la compunción recoge, como fruto de vida, un gozo inefable. Quien espera con paciencia en el Señor hasta que broten los renuevos de su justicia segará la espiga fecunda del conocimiento de Dios; lo iluminará la luz de la sabiduría, y se hará lámpara de la luz siempre existente que ilumina a todo hombre. Y no envidiará ni a sí mismo ni a sus prójimos, cubriendo con el recipiente de la envidia la luz de la sabiduría que se le ha dado, sino que en la Iglesia de los fieles emitirá buenas palabras para provecho de muchos y explicará los antiguos enigmas, según cuanto ha oído de lo alto, pronunciados por el Espíritu divino, y cuanto ha conocido ejercitándose en la contemplación de todo lo que existe, y cuanto sus padres le han contado.
55. Así será para todo fervoroso en el día de su perfección en las virtudes: los montes del cumplimiento de los mandamientos de Dios destilarán para él la dulzura de la alegría que reina en Sion en un intelecto puro, y las colinas de las palabras de la virtud manarán leche, alimento para quien reposa en el lecho de la impasibilidad, «y todos los torrentes de Judá [esto es, los torrentes de la fe y del entendimiento] correrán con agua [esto es, con parábolas e interpretaciones de las cosas divinas]. Una fuente [de sabiduría inefable desde su corazón, como] de la casa del Señor brotará y regará el valle de Sittim [esto es, a los hombres resecos por la sequía y la llama de las pasiones]» (Jl 4,18). Y entonces comprenderá cómo se cumplen en él las palabras del Señor. Pues está dicho: «El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su interior» (Jn 7,38).
56. Para los que me temen, dice Dios, «se levantará el sol de justicia», y en sus obras habrá curación. Saldrán de la cárcel de las pasiones «saltando como becerros», libres de las ataduras del pecado. Y pisotearán a los hombres inicuos y a los demonios, «pues serán como ceniza» bajo sus pies «en el día que yo preparo, dice el Señor de los ejércitos» (Mal 3,20-21). Esto será cuando quienes temen a Dios sean manifiestamente exaltados en todas las virtudes y sean perfectos en sabiduría y entendimiento en la comunión del Espíritu.
57. Cuando en el monte, que significa este mundo, recibas de lo alto la señal del nuevo conocimiento de la Iglesia de Cristo, entonces «alza tu voz», como dice el profeta (Is 58,1), la sabiduría que Dios te ha dado, exhortando con la palabra y enseñando a tus hermanos, abriendo la comprensión de la divina Escritura hacia el entendimiento de los admirables dones de Dios y guiándolos a cumplir los mandamientos de Dios. No temas a quienes envidiarán la fuerza de tus palabras y torcerán el sentido de toda la divina Escritura; son vacíos e inútiles para todo, preparados como morada del diablo. Dios, de quien hablas con tus labios, te inscribirá en el libro de la vida y no te vendrá daño de ellos, como no le vino daño a Pedro de Simón. Y tú mismo dirás junto con el profeta, el día en que veas cómo intentan extraviarte: «He aquí mi Dios, mi Salvador y Señor, y esperaré en Él y por Él seré salvado, y no temeré, pues mi gloria y mi alabanza es el Señor, y se ha hecho mi Salvador, y no cesaré de anunciar por toda la tierra sus obras gloriosas».
58. Cuando conozcas que las pasiones ya no obran en ti y que de tus ojos brota la compunción con humildad de pensamiento, sabe que el Reino de Dios ha llegado a ti y que te has llenado del Espíritu Santo. Y cuando sientas también la acción del Espíritu Santo, cómo se mueve y habla en tu interior y te impulsa a anunciar en la gran Iglesia la salvación y la verdad de Dios, no cierres tus labios por la envidia de quienes piensan a la manera judaica. Tú «ve y escríbelo ante ellos en una tablilla» (Is 30,8), como dice el profeta Isaías, lo que el Espíritu te dice. Tales hombres existirán todos los días e incluso todos los siglos, pues de ellos está dicho: «Los que están enfermos de envidia son un pueblo rebelde, hijos mentirosos, y no hay fe en ellos». No quieren oír cómo obra el Evangelio y hace amigos de Dios y profetas, y por eso dicen a los profetas y maestros de la Iglesia: «No nos habléis de la sabiduría de Dios y no nos habléis de quienes ven las visiones de la contemplación natural. Habladnos y anunciadnos aquel engaño que el mundo ama, y apartad de nosotros el juicio de Israel». Pero tú no escuches su envidia ni sus palabras. Lo que proclamas para provecho de muchos lo oirán «los oídos de los sordos» —los que están en la tiniebla de esta vida—, y «los ojos de los ciegos» —los que están en la tiniebla del pecado— verán la luz de tus palabras (Is 35,5); y se alegrarán con ellas los pobres de espíritu, y los que están en desesperación se llenarán de alegría, y los tentados en el espíritu captarán el sentido de tus palabras, y los que murmuran contra ti aprenderán a escuchar, y las lenguas lentas aprenderán a decir: «Paz».
59. Bienaventurado aquel que «en Sion» (Is 31,9), en la Iglesia de Dios, tiene la semilla de la enseñanza de tus palabras y a sus hijos consigo, y en espíritu permanece en la Jerusalén de arriba de los primogénitos. Y ese hombre será «como un refugio contra el viento» (Is 32,2); dirá sus palabras y se ocultará, como llevado por el agua, y al final aparecerá en Sion, en la Iglesia de los fieles, como un río caudaloso y glorioso en una tierra sedienta de las corrientes de la sabiduría. Y no tendrá envidiosos; los caídos esperarán en él, con sus oídos escucharán las palabras de aquel hombre, y el corazón de los desfallecidos de alma escuchará con atención. Y los siervos de la envidia no le dirán: «Calla». Él, siendo piadoso, habla a propósito, y no como los necios sabios del mundo que dicen necedades, y su corazón no se inclina a la vanidad, ni comete iniquidad, ni dice falsedad contra Dios; dispersará las almas insaciables y vaciará las almas codiciosas. Por eso sus palabras serán de provecho para muchos, aunque no agraden a los envidiosos.
60. A quien habite en peñas fortificadas (Is 33,16) se le dará, para saciarse, el pan del entendimiento y, para beber, la copa de la sabiduría, y así su agua será segura. Verá al rey en su gloria, y sus ojos verán la tierra desde lejos; su alma aprenderá sabiduría y anunciará a todos el lugar eterno, y no hay nada fuera de sus fronteras.
61. La enseñanza del Señor abre el oído de todo el que teme al Señor, y se le da un oído para oír y «la lengua de los discípulos» (Is 50,4-5), para comprender cuándo conviene pronunciar la palabra. ¿Quién es Aquel que hace retroceder a los inteligentes y sabios de este mundo y vuelve necia su sabiduría, exaltando solo las palabras de sus siervos, además de hacer Él mismo lo nuevo y glorioso para su propia gloria? Él hace en un corazón vacío y seco un camino de humildad y mansedumbre, y en un intelecto seco y sin agua, ríos de sabiduría inefable, «para dar de beber a mi pueblo escogido. El pueblo que formé para mí anunciará mi alabanza» (Is 43,19-21). Él va delante de quienes lo aman y lo temen, «allanando los montes» de las pasiones. Rompe las «puertas de bronce» de la ignorancia y abre las puertas de su conocimiento, y descubre «riquezas escondidas y tesoros ocultos», para que sepan que Él es «el Señor que te llama por tu nombre, el Dios de Israel» (Is 45,2-3).
62. ¿Quién es Aquel que agita el mar de las pasiones y calma sus olas, libra a quienes lo aman de la calamidad del pecado y aquieta la tormenta de los pensamientos? Es el Señor Sabaot, que ha puesto sus palabras en la boca de ellos y los cubre bajo la sombra de su mano, con la cual edificó el cielo y creó la tierra. Da a quienes lo temen la lengua de los discípulos y un oído de entendimiento, para que escuchen desde lo alto su voz y anuncien en la casa de Jacob —la Iglesia de los fieles— sus mandatos. Pero la parte de quienes no tienen ojos para ver los rayos del Sol de justicia, ni oídos para oír las obras gloriosas de Dios, es la tiniebla y una esperanza vana con palabras. Ninguno de ellos dirá lo justo, no hay en ellos juicio de verdad, esperan en lo vano y hablan lo vacío, están cargados de envidia y engendran calumnias. «Su oído es sordo, no pueden oír. La palabra del Señor es para ellos objeto de burla, no la quieren» (Jr 6,10).
63. ¿Acaso hay sabiduría en quienes están llenos de envidia? Dice Jeremías cómo hablan de sí los envidiosos: «Sabios somos, y la ley del Señor está con nosotros». Esto es cuando se levantan contra quienes han recibido la gracia del Espíritu por la sabiduría y el conocimiento de Dios. Pero vano es el falso conocimiento de los escribas y de los sabios del mundo, que han errado contra el conocimiento verdadero. Por eso quedaron avergonzados los sabios, habiendo caído de la sabiduría del Consolador y, viendo cómo se multiplicaba en los hijos de los pescadores, temieron la fuerza de sus palabras y quedaron atrapados en las redes de sus propios razonamientos, pues rechazaron la verdadera sabiduría y el conocimiento del Señor.
64. ¿Por qué los envidiosos abandonaron la fuente de la sabiduría de Dios y se secan de celos contra quienes se han enriquecido con la gracia del Espíritu, que recibieron lenguas de fuego como plumas de caña de un escriba veloz? Si ellos mismos caminaran por los caminos de Dios, entrarían por los siglos de los siglos en la paz de la impasibilidad y comprenderían dónde está la sabiduría, la fortaleza, el entendimiento y el conocimiento de lo que existe, dónde está la longevidad y la vida, dónde la luz de los ojos y la sabiduría con la paz. Comprenderían quién halla su lugar y quién entra en sus tesoros. El Señor manda por medio del profeta a los discípulos del Verbo, diciendo: «Cuando un profeta tenga una revelación en sueños, que cuente su sueño. Y si mi palabra está con él, que hable mi palabra en verdad». Y también: «Escribe para ti en un libro todas las palabras que te he dicho». Si supieran todo esto, nunca tendrían envidia dentro de sí.
65. «¿Puede el etíope cambiar su piel, o el leopardo sus manchas?» (Jr 13,23). ¿Podrán los envidiosos hablar bien y aconsejar a quienes han aprendido el mal? Ponen la zancadilla a sus prójimos, pues andan con astucia, y se burlan de sus amigos y no les dicen la verdad, pues su lengua ha aprendido a decir palabras vanas y falsas. Sabe esto tú, que por causa de la Palabra de Dios y del conocimiento de Dios sufres de ellos envidia y burlas, y ora con diligencia, como Jeremías, y di: «Acuérdate de mí, visítame y [defiéndeme de los envidiosos que me persiguen]; no me destruyas por tu longanimidad [queriendo probarme]. Sabe que por ti soporto el oprobio. Véngame de mis perseguidores… Tu palabra será para mí gozo y alegría de mi corazón» (Jr 15,15-16). «No me senté en la reunión de los burladores [que se burlan de tus entendimientos]… [Temí tu mano]; me senté solitario, pues [me llené de amargura por su envidia]» (Jr 15,17). Y entonces oirás: «Bien lo sé. Cuando hagas volver al extraviado de su camino, te pondré de nuevo entre mis amigos; estarás ante mi rostro. Y si sacas lo honroso de lo indigno, serás como mi boca» (Jr 15,19), «y te salvaré de las manos de los destructores envidiosos», dice el Señor, Dios de Israel.
66. Oigan todos los envidiosos el fin de la palabra: los nazareos de Dios por sus trabajos se han hecho «más puros que la nieve [en su vida]… más blancos que la leche» (Lm 4,7); más clara que el zafiro es su sabiduría, más hermosas que las perlas sus palabras. Pero quienes se alimentan de la dulzura del entendimiento mundano perecerán. Quienes se alimentaban sobre la púrpura con la sabiduría helénica se han vestido del estiércol de la incomprensión. Y les fueron dadas ataduras, y quedaron atados por ellas. Se les ató la lengua en la garganta y se volvieron sordos, pues rechazaron la verdadera sabiduría y el entendimiento del Espíritu divino, ya que no quisieron recibirlo con trabajos.
67. Dios, que humilla el árbol alto y ensalza el árbol bajo, que seca el árbol verde y hace florecer el árbol seco (Ez 17,24), es quien abre los labios de sus siervos ante grandes asambleas y da la palabra a quienes anuncian la buena nueva con gran poder. Pues suya es la sabiduría, y el entendimiento, y la fortaleza, y así como cambia las estaciones y los años, así cambia las almas que lo buscan y lo desean. Pone reyes sobre las pasiones y traslada de vida en vida, dando sabiduría a los sabios de espíritu y entendimiento a los que conocen el conocimiento. Revela las profundidades hondas y escondidas de Dios a quienes las escrutan, y da a quienes están en la tiniebla de los enigmas ver que con ellos está la luz de la sabiduría y del entendimiento, y la da a quien quiere.
68. A quienes «con paciencia» (Rm 2,7) cumplen los mandamientos en el hombre exterior e interior y miran solo a la gloria de Dios se les da el honor del conocimiento celestial, la paz del alma y la incorrupción, no como a oyentes, sino como a cumplidores de la ley y de la gracia. Dios no deshonra su entendimiento, atestiguado por las obras, sino que glorifica con palabras de entendimiento a quienes han brillado por la sabiduría en la Iglesia de los fieles. Él no hace acepción de personas. Pero a quien combate con diligencia y sin embargo se opone a las palabras de aquel a quien guía el Espíritu, y obedece a su propio razonamiento y a las palabras halagadoras que se añaden a la apariencia de piedad en quienes son guiados por un espíritu amante de la gloria y del placer, se le da aflicción y angustia, envidia y furia e ira. Ahora en retribución por su engaño, y al final como reproche a quienes entre sí discuten o incluso responden a sus pensamientos, en el día en que Dios juzgue todo lo oculto en los hombres y «dé a cada uno según sus obras» (Rm 2,6).
69. Como «no es judío el que lo es exteriormente, ni es circuncisión la que se hace exteriormente en la carne, sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, según el Espíritu y no según la letra» (Rm 2,28-29), así tampoco es varón perfecto en conocimiento y sabiduría quien es fuerte solo en palabras, y el verdadero fervoroso no es quien se afana en trabajos corporales visibles, sino quien es diligente en la obra secreta y noética y desde un corazón puro y bueno habla a Dios según el espíritu y no según la letra; a tal hombre la alabanza no le viene de los hombres, sino de Dios. Los hombres no lo conocen ni lo envidian; solo Dios lo ama y lo conoce, y también aquellos a quienes mueve el mismo Espíritu.
70. Si «nadie será justificado ante Dios por las obras de la ley» (Rm 3,20), ¿quién llegará a ser perfecto ante Dios solo por trabajos e instrucción? Por la acción nos acostumbramos a las virtudes y detenemos la acción de las pasiones, pero solo con esto no alcanzamos la plenitud de Cristo. ¿Qué es, entonces, lo que nos lleva a la perfección? «La fe es la garantía de lo que se espera» (Hb 11,1). Por la fe Abel ofreció mejor sacrificio que Caín, y ella dio testimonio de él, de que era justo. Abraham por la fe salió cuando fue llamado y llegó a la tierra prometida. La fe conduce a quienes son verdaderamente diligentes a la gran esperanza de los altos dones de Dios; y como ya tienen conocimiento, pone en sus corazones tesoros espirituales inagotables, para sacar de allí los misterios nuevos y antiguos de Dios y darlos a quienes los necesitan. Quien ha recibido una buena fe asciende al amor de Dios, se perfecciona por él y entra «en su descanso, [donde] también él descansa de sus obras, como Dios de las suyas» (Hb 4,10).
71. Dios prometió en otro tiempo que quienes se oponen a la fe no entrarían en su descanso; así pues, si ellos por su incredulidad no pudieron entrar, ¿cómo entrarán en el descanso de la impasibilidad y en la perfección del conocimiento quienes se apoyan solo en trabajos corporales sin fe? Y vemos a muchos que no pudieron entrar y descansar dentro de todos sus trabajos. Por eso mire cada uno si su corazón no es engañoso y no se ha llenado de incredulidad, no sea que por ello pierda, tras muchos trabajos, el descanso y la perfección de Dios. Y por esto mismo trabaja continuamente con las obras de las virtudes y come el pan del dolor: para entrar por la fe en el descanso de la impasibilidad y en la perfección del conocimiento, y no caer en la desobediencia, y no sufrir lo que sufrieron quienes se opusieron con incredulidad.
72. Nosotros, que somos sensibles, racionales y noéticos, debemos ofrecer de nosotros mismos el diezmo a Dios. Y como seres sensibles, debemos percibir bien las cosas sensibles y por su belleza comenzar a contemplar a su Creador. Y como seres racionales, debemos hablar bien de las cosas divinas y humanas. Y como seres noéticos, debemos entender sin error acerca de Dios, de la vida eterna, del Reino de los Cielos y de los misterios del Espíritu escondidos en él. Para que percibamos, hablemos y entendamos bien qué es la verdad verdadera, y la medida divina, y la ofrenda sagrada a Dios.
73. Nuestro verdadero diezmo a Dios es la pascua del alma, esto es, cuando se pasan de largo las costumbres pasionales y la percepción irracional. En ella se ofrece en sacrificio el Verbo mediante la contemplación de todo lo que existe; Él permite que se le coma en el pan del entendimiento y que se beba su preciosa sangre de la copa de la sabiduría. Quien come y celebra tal pascua consume al Cordero que tomó sobre sí los pecados del mundo. Y ya no morirá, sino que, según las palabras del Señor, «vivirá para siempre» (Jn 6,51).
74. Quien se ha levantado de las obras muertas ha resucitado con Cristo. Y quien ha resucitado en el conocimiento con Cristo —y «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere más» (Rm 6,9)—, sobre él tampoco reinará ya la muerte de la ignorancia. Quien un día murió por el pecado, desviándose del movimiento natural, murió una vez; pero quien ahora vive, vive con Dios por la libertad del Espíritu Santo, que lo levantó de las obras muertas del pecado, de modo que ya no vive para el cuerpo ni para el mundo, pues ha sido mortificado para los miembros de su cuerpo y para las cosas de esta vida. Pero en él vive Cristo, pues camina bajo la gracia del Espíritu Santo y no bajo la ley de la carne, ya que ofrece su cuerpo a Dios Padre como arma de justicia.
75. Quien ha liberado sus miembros del servicio a las pasiones y los ha puesto a servir a la justicia se ha acercado a la santificación por el Espíritu Santo y se ha puesto por encima de la ley de la carne, y el pecado ya no reinará sobre él, pues permanece en la libertad y en la ley del Espíritu. Porque el servicio a las pasiones no termina como el servicio a la justicia. El primero termina en la perdición noética del alma, y el segundo en la vida eterna «en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rm 6,23).
76. La ley de la carne reina sobre el hombre mientras vive carnalmente. Pero cuando muere para el mundo y es mortificado para él, entonces queda libre de la ley de la carne. No se puede morir para el mundo de otro modo que mortificando los miembros corporales. Y estos se mortifican cuando llegamos a ser partícipes del Espíritu Santo. Y que hemos llegado a ser partícipes del Espíritu Santo lo conocemos por esto: que ofrecemos a Dios frutos dignos del Espíritu: amor a Dios con toda el alma y al prójimo, como fue mandado; gozo del corazón por una conciencia pura; paz del alma por la impasibilidad y la humildad; misericordia en los pensamientos del intelecto; longanimidad en las aflicciones y tentaciones; la bondad de las buenas costumbres; fe firme en Dios, que no duda de nada; mansedumbre por la humildad de pensamiento y la compunción; y continencia abarcadora de los sentidos. Cuando ofrezcamos a Dios tales frutos, ello significará que ya estamos fuera de la ley de la carne. Y la ley ya no nos castigará por los frutos que dimos a la muerte mientras aún vivíamos en la carne, pues ya nos hemos liberado de su ley, ya que hemos resucitado con Cristo de las obras muertas por la libertad del Espíritu.
77. Cuando a quienes en la fuente del bautismo recibieron las primicias del Espíritu Santo y las conservaron sin apagar los agobia el peso del cuerpo, gimen dentro de sí, esperando que el Consolador cumpla en ellos la adopción y que vean «la redención de su cuerpo» (Rm 8,23). El Espíritu los ayuda en sus debilidades naturales e intercede por ellos con gemidos inefables. Pues su pensar es según Dios y su esperanza aguarda ver en su carne mortal a los hijos de Dios, y esto es la mortificación vivificante de Jesús. Para que también ellos sean hijos de Dios, guiados por el Espíritu Santo, y se liberen del servicio al cuerpo y alcancen la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Y como aman a Dios, todo coopera para su bien.
78. A quien estudia espiritualmente la divina Escritura, el Espíritu Santo le revela espiritualmente los tesoros escondidos en la Escritura. El hombre psíquico no puede recibir tal revelación (1 Co 2,13-14), pues tiene tantos pensamientos que por ellos nada oye ni comprende. Ni tiene en sí el Espíritu de Dios, que escruta las profundidades de Dios y sabe lo que es de Dios. Tiene en sí el espíritu del mundo, lleno de impulsos terrenos y de envidia, de disputas y discordia. Por eso para él es un absurdo escrutar con la razón e investigar con el intelecto la Escritura. No puede comprender, pues todo aquello de lo que habla la Escritura se juzga espiritualmente, ya se trate de cosas divinas o humanas. Se burla de quienes hablan de ellas espiritualmente y dice que no son espirituales y que no los guía el Espíritu de Dios, sino que ellos mismos se exaltan. Él, cuanto puede, tuerce y distorsiona, como Demas, sus palabras y sus entendimientos divinos. Pero el espiritual no obra así: él lo juzga todo por el Espíritu divino que obra en él, y a él mismo nadie puede juzgarlo, pues en él está la mente de Cristo, que nadie puede explicar.
79. El último día «se revelará con fuego, y el fuego probará la obra de cada uno, cuál sea» (1 Co 3,13), dice el apóstol Pablo, y explica que aquellos cuyas obras son por su esencia incorruptibles, y que las han depositado dentro de sí para su propia edificación, esas obras permanecerán incorruptibles en el fuego y no arderán; al contrario, se harán luminosas y quedarán completamente limpias de la menor suciedad. Pero aquellos cuyas obras son corruptibles por esencia y han sido depositadas para hacérsele carga, esas prenderán y arderán y lo dejarán en medio del fuego con las manos vacías. Las obras incorruptibles que perdurarán son las lágrimas del arrepentimiento, la limosna, la misericordia, la oración, la humildad, la fe, la esperanza, el amor y toda otra obra que se realiza por el conocimiento de la piedad. Tales obras edifican en el hombre, mientras aún vive, un templo santo para Dios, y cuando muere se van con él y permanecen con él para siempre incorruptibles. Pero aquellas obras que se reducen a ceniza en el fuego son manifiestas a todos: el amor al placer, el amor a la gloria, la avaricia, el odio, la envidia, el robo, la embriaguez, el reproche, la condena y todo mal que el cuerpo comete por concupiscencia o por ira. Ellas, aun mientras el hombre vive, se encienden con el fuego de la concupiscencia y se consumen; y cuando el hombre sale del cuerpo, salen con él, pero no permanecen, pues el fuego las destruye. Y a quien las cometió lo dejan en el fuego, para que allí sea atormentado por los siglos de los siglos.
80. El conocimiento de Dios significa que Dios ha conocido y enriquecido con el verdadero conocimiento de los misterios sobrenaturales a quien ha crecido en Dios por la humildad de pensamiento y la oración. Pero cuando Dios ve en alguien la soberbia, este no alcanza el conocimiento de Dios por la humildad y la oración, sino que vive según el espíritu de este mundo. Por eso, aunque parezca que tal hombre sabe algo, en realidad no sabe nada de las cosas divinas como es debido saber. Pero quien ama a Dios y tiene por lo más alto el amor a Dios y al prójimo verá tanto las profundidades de Dios como los misterios de su Reino, como corresponde a quien es guiado por el Espíritu Santo; y Dios lo conocerá como verdadero obrero del paraíso de su Iglesia, pues con amor cumple la voluntad de Dios, esto es, convierte almas y, con la palabra que el Espíritu Santo le ha dado, hace dignos a los indignos, y guarda su obra sin que se la roben, mediante la humildad de pensamiento y la compunción.
81. Todos hemos sido bautizados en Cristo con agua y Espíritu Santo; «todos comieron el mismo alimento espiritual, todos bebieron la misma bebida espiritual» (1 Co 10,3-4). Y el alimento espiritual y la bebida espiritual es Cristo. Pero de no muchos de nosotros se complace Dios. Muchos de los fieles y diligentes, con muchos trabajos monásticos y entrenamiento corporal, afinaron y afligieron sus cuerpos; pero como no tenían compunción de pensamientos contritos y amantes del bien, ni misericordia por amor a sus prójimos y a sí mismos, perdieron la plenitud del Espíritu Santo y se alejaron del conocimiento de Dios, teniendo un pensamiento estéril y una palabra sin sal y sin luz.
82. El nazareo busca en la palabra no solo subir con la acción al monte Sinaí (Ex 19); ni solo purificarse antes de la subida, y lavar su ropa, y no acercarse a mujer; ni solo ver las espaldas de Dios (Ex 33,23), sino a Dios mismo en su gloria, que se complace en ellos, y les da las tablas del conocimiento, y los envía a edificar a su pueblo.
83. No a todos sus siervos y discípulos revela el Verbo sus grandes misterios escondidos, sino solo a algunos, en la medida en que se les ha dado oído, y se les ha abierto el ojo de la visión, y se les ha esclarecido la lengua. A estos el Verbo los toma aparte de los demás discípulos, sube con ellos al monte Tabor de la contemplación y se transfigura ante ellos. Ya no les enseña en secreto sobre el Reino de los Cielos, sino que les muestra manifiestamente la gloria y el resplandor de la Deidad. Enciende en ellos un modo de vida y de palabra que brilla como el sol en medio de la Iglesia de los fieles; blanquea sus pensamientos y los hace con la pureza de una luz resplandeciente, pone en ellos su propia mente y les da traer palabras antiguas y nuevas para la edificación de su Iglesia.
84. Muchos araron con celo sus campos y sembraron grano puro, cortaron todos los espinos y quemaron los cardos con el fuego del arrepentimiento. Pero no se derramó sobre ellos la lluvia divina del Espíritu Santo desde la compunción, y por eso nada segaron; se secaron por la sequía y no produjeron una espiga abundante del conocimiento de Dios. Por eso, aunque no estén sedientos de la Palabra de Dios, son pobres en el conocimiento de Dios, y salieron del cuerpo con las manos vacías, llevándose para el camino solo migajas del banquete.
85. Todo el que pronuncia con sus labios palabras útiles para la edificación del prójimo las saca del buen tesoro de su corazón, y es bueno, según la palabra del Señor. Pero nadie puede emprender la teología y hablar de Dios sino por el Espíritu Santo. Y nadie que hable por el Espíritu de Dios dirá nada contrario a la fe en Cristo. Y en la medida en que enseñan, en esa medida conducen a Dios y a su Reino, y restauran la antigua nobleza, y unen con Dios a algunos de los que se salvan. Si la manifestación del Espíritu se da para provecho de cada uno, entonces quien se ha enriquecido con la palabra de la sabiduría de Dios y ha recibido bien la palabra del entendimiento es guiado por el Espíritu Santo y es casa de los tesoros inagotables de Dios.
86. Todo el que ha sido bautizado en Cristo y ha creído no queda sin gracia, a menos que se haya entregado a la acción del espíritu contrario y haya manchado la fe con sus obras, o viva descuidadamente en la acedia. Quien ha conservado sin apagar las primicias del Espíritu Santo que recibió en el bautismo —o quien, habiéndolas apagado, las ha vuelto a encender con el espíritu de la verdad— no puede dejar de recibir también su plenitud. O bien, combatiendo bien, es digno por la plenitud del Espíritu de la palabra de la sabiduría de Dios, para enseñar a la Iglesia; o de la palabra del conocimiento de los misterios de Dios en el mismo Espíritu (1 Co 12,8), para conocer los misterios del Reino de los Cielos; o de una fe firme por el mismo Espíritu, para creer en las promesas de Dios como creyó Abraham; o del don de curaciones, para sanar dolencias en el mismo Espíritu; o de la acción de poder, para expulsar demonios y hacer señales; o del don de profecía, para penetrar y prever el futuro; o del don de discernimiento de espíritus, para distinguir quién habla por el Espíritu de Dios y quién no; o de la capacidad de hablar en lenguas; o de la defensa de los agraviados; o del gobierno de los rebaños de Dios o de los hombres; o del amor a todos y de sus dones: longanimidad, bondad y todos los demás. Pero si se encuentra alguien que no ha recibido nada de esto, entonces o no es de los fieles o no se ha revestido de Cristo por el bautismo divino.
87. Quien tiene amor no conoce los impulsos de la envidia, no se ensoberbece como el arrogante y el insolente, no se jacta, no obra con desvergüenza, no daña al prójimo, no busca solo su propio provecho (1 Co 13,4-5), sino que piensa también en el prójimo; no se indigna con quienes lo ofenden, no se alegra cuando alguien padece mal, no se alegra de la injusticia de sus amigos, sino que se alegra de su verdadera justicia; ama todas las contrariedades que le sobrevienen, confía en todo por simplicidad y falta de malicia, espera recibir todo lo que Dios nos ha prometido, soporta todas las tentaciones, sin devolver mal por mal. Y jamás cae del amor al prójimo quien se ejercita en el amor.
88. De quienes han sido dignos desde lo alto de la gracia del Espíritu Santo en diversos dones, unos son todavía niños e imperfectos en los dones divinos, y otros son varones y perfectos en su plenitud (1 Co 13,11). Los primeros se ponen al cumplimiento de los mandamientos divinos y crecen en ellos y, llenándose de mayores dones del Espíritu Santo, pierden los dones anteriores; y los segundos, habiendo alcanzado el amor de Dios, dejan de necesitar todos los dones, ya sea la profecía, como dice el Verbo, o el discernimiento de espíritus, o la asistencia, o el gobierno. Quien ha entrado en la cámara del amor ya no comprende el amor de Dios en parte, sino que cara a cara conversa con Dios, conociéndolo, y Dios igualmente lo conoce a él.
89. A quien por celo de los dones espirituales ha querido adquirir el amor y lo ha alcanzado, no le bastan solo las oraciones y las lecturas (1 Co 14,4). Quien habla a Dios solo con la lengua en la oración y en el canto se edifica a sí mismo, según las palabras del apóstol Pablo. Pero después se esfuerza también por profetizar para la edificación de la Iglesia de Dios, esto es, por enseñar a sus prójimos a cumplir los mandamientos de Dios y, como conviene, por esforzarse en agradar a Dios. ¿Qué provecho habrá si el que preside habla siempre solo a sí mismo y a Dios en la oración, si no habla también a los que están bajo su cuidado, sea en una revelación del Espíritu Santo, sea en el conocimiento de los misterios de Dios, sea en el don clarividente de la profecía, sea en la enseñanza de la palabra de la sabiduría de Dios? ¿Quién de sus discípulos se preparará para la lucha contra las pasiones y los demonios si no se le da una buena señal de enseñanza con la palabra escrita o con la voz viva? En verdad, si el pastor no busca cómo edificar su rebaño, aunque tenga abundancia de la palabra de la enseñanza y del entendimiento del Espíritu, no cuida de los dones de Dios. Porque solo ora y canta mucho con la lengua, edifica su espíritu, esto es, su alma, pero su intelecto queda sin fruto, pues no profetiza con la palabra de la enseñanza y no edifica la Iglesia de Dios. E incluso el apóstol Pablo, que más que todos los hombres se unía a Dios en la oración, prefería decir cinco palabras en la Iglesia con su intelecto fecundo, para que también otros se aprovecharan, antes que cantar miles de palabras con la lengua. Así pues, se han apartado del amor quienes gobiernan a otros y han disminuido la dignidad pastoral con solo el canto y la lectura.
90. Aquel que nos creó de lo que yace abajo y de la esencia espiritual, y gloriosamente los compuso en uno, y unió estas cosas contrarias por naturaleza, nos ha dado el buen ser por la palabra de su sabiduría y la palabra del conocimiento. Para que nosotros, primero, por el conocimiento del espíritu viéramos los tesoros del Reino de los Cielos escondidos en Él y dados a nosotros, y segundo, contáramos a nuestros prójimos con la sabiduría de la palabra la bondad de sus riquezas y los bienes de la vida eterna, que ha preparado para deleite de quienes lo aman.
91. Aquel de la Trinidad que se puso por encima de las prohibiciones y de las promesas de la ley entró en una vida no sujeta a la ley y Él mismo se hizo Ley para la Iglesia. Como la vida no sujeta a la ley es libre, pues está por encima de toda necesidad natural y de toda destrucción, quien entra en ella se hace libre, pues sale fuera del cuerpo y se hace fuego, participando del Espíritu. Y después él mismo se une con Cristo, que está por encima de toda esencia, habiéndose apartado en Él de lo que es parcial.
92. Quien ha recibido conocimiento del Intelecto Supremo, que es el principio y el fin de todo, e ilimitado en sí mismo, y en todo lo demás por fuera y por dentro, sabe estar solo tanto cuando está solo como cuando se halla entre solitarios. Por eso no está solo para soportar la vanidad en la perfección, ni solitario con muchos. Es uno en todos y en todo, como principio de soledad para otros que están en movimiento, y el fin de ellos es la virtud más perfecta.
93. La unión sin confusión y la conjunción del alma y del cuerpo —cuando entre ellos reina la concordia— realiza una sola obra, ya de la materia, ya de la naturaleza. Cuando no hay concordia, en el alma surge el deseo de vencer al cuerpo, y en el cuerpo el de vencer al alma. Pero viene el Verbo, ocupa su lugar y detiene sus impulsos, y, estableciendo la concordia, distribuye todas las obras entre la naturaleza y el espíritu.
94. Tres son las cosas que gobiernan en nosotros. Una de ellas manda, pero no es mandada; la segunda manda y es mandada; la tercera no manda, sino que es mandada. Cuando aquello que manda bajo otro se convierte en autoridad para los subordinados, entonces, aunque por naturaleza esté sujeto, parece libre a quienes por naturaleza son siervos, y sale de su propio mando y de su naturaleza, y surge entre ellos una gran rebelión. De esta rebelión vemos que no todo se ha sometido todavía al Verbo. Pero cuando aquello que manda gobierne a los demás y los guíe bajo su mando y autoridad, entonces, reunidos en uno y hechos de un mismo sentir, tendrán paz en lo que es según Dios, y por todos los que se han sometido al Verbo se entrega de Él el Reino a Dios y Padre.
95. Cuando los cinco sentidos se subordinan a los cuatro principios de las virtudes primerísimas y les guardan obediencia, entonces la naturaleza del cuerpo, creada de cuatro elementos, se mueve sin turbación por el círculo de la vida. Cuando la naturaleza se mueve así, las potencias no se rebelan dentro de sí, sino que la desiderativa y la irascible se unen con la racional, y el intelecto, habiendo recibido su autoridad natural, se hace un carro de las virtudes y un trono de los sentidos subordinados a ellas. Y habiendo sometido al cuerpo, que quiere gobernar por sí mismo y atormentar, arrebatado por cuatro caballos, se eleva a los cielos. Y presentándose ante el Rey de los siglos, es coronado con la corona de la victoria y en Él aquieta todo su movimiento.
96. A quien llega a ser perfecto en el tiempo de la contemplación y se afirma sobre las columnas del Espíritu, se le escancia una copa de vino y se le ofrece pan del banquete real, un trono para el descanso y plata por riqueza, y un tesoro de perlas preciosas y piedras valiosas está junto a las puertas, y riquezas incontables se les entregan en las manos. Todo esto se manifiesta a los varones clarividentes que han consumado la acción y fueron más rápidos en las obras ante el Rey que los varones perezosos.
97. ¿Se da el Reino de los Cielos ya aquí a todos los diligentes, o después de la salida del cuerpo? Si aquí, entonces la victoria es invencible, el gozo inefable y el acceso al paraíso nos es libre. Y el paraíso está en el oriente divino. Pero si el Reino se da después de la muerte y de la salida del cuerpo, entonces hay que examinar si esa salida ocurre sin temor, y conoceremos qué es el Reino de Dios y qué es el paraíso. Y en qué se diferencia uno del otro, y en qué tiempo ocurre cada uno, y si ocurren simultáneamente, y cómo, y cuándo, y por cuánto tiempo. Quien ha alcanzado lo primero dentro de sí todavía vive y camina en el cuerpo, pero tampoco se ha apartado de lo segundo.
98. El mundo de arriba todavía no es perfecto y espera su cumplimiento, para recibir su orden por los primogénitos de Israel, que ven a Dios. Su cumplimiento lo realizan quienes alcanzan el conocimiento de Dios. Habiendo llegado a ser completo, determina el fin del mundo de abajo, para los fieles y los infieles, y hace en sí una sola asamblea, determinando para cada uno su grado y separando entre sí lo que no se une. Y los principios y fines que provienen de él los conduce hacia sí y los define como un límite sin límite. Él mismo no comienza de otro principio, ni otro principio lo determina (cómo ha de moverse), pues tiene su propio movimiento incesante. No se esconde en sí mismo ni sale fuera de sus límites, sino que se hace para los demás sabbat y reposo de todo principio y movimiento.
99. La novena de las potencias de lo alto, como cantora y guía de los cantos, forma triplemente los órdenes, como coros que de tres en tres se presentan ante la Trinidad y, sirviendo con temor, entonan el canto. De ellas, unas están bajo el mando de todas las demás potencias, pero ellas mismas mandan sobre los cantos: son los tronos, los querubines y los serafines; sus nombres significan la sabiduría ígnea que les es propia, y el conocimiento de lo celestial, y el fin; ellas cantan el canto divino, hel, en lengua hebrea. Otras están entre ellas y los órdenes siguientes en torno a Dios: son las potestades, las dominaciones y las virtudes; les es propio gobernar grandes cosas, obrar milagros y señales; ellas cantan el canto trisagio: ¡Santo, santo, santo! Y otras, llegando hasta nosotros, están por encima de nosotros y por debajo de las potencias de lo alto y se hallan en torno a Dios: son los principados, los ángeles y los arcángeles; les es propio cumplir el servicio; ellos cantan el canto sagrado: Aleluya. Con esto la naturaleza racional del hombre, cuando se perfecciona con toda virtud y se eleva con todo conocimiento y con la sabiduría del Espíritu y del fuego divino, se asemeja por los dones divinos a las potencias de lo alto. Así pues, con unas se asemeja en el servicio y en el cumplimiento de los mandamientos de Dios; con otras, en la misericordia y en la intercesión por los hombres, y también en la disposición de las cosas grandes y divinas y en las acciones del Espíritu; y con otras aún, en la sabiduría ígnea del Verbo y en el conocimiento de las cosas divinas y humanas. Perfeccionándose así y ofreciendo dones naturales, el hombre junto con las potencias de lo alto forma una decena, constituyendo como su principio, y junto con ellas se une con Dios.
100. Dios es Unidad y Trinidad desde la Unidad; comienza desde sí mismo y, habiendo recorrido el círculo, termina en sí mismo. Tiene en sí los principios y los fines de todo, y Él mismo está fuera de todo, como superior a todo. Quien permanece en Él recibe en sí las palabras y el conocimiento de lo que existe y, permaneciendo fuera de todo, entra en medio de todo, conociendo sus principios y sus fines, pues se ha unido noéticamente con el Padre por el Verbo y se ha hecho perfecto por el Espíritu; se ha unido, pues, con la Trinidad todo perfecta, indivisible y consustancial, a la que adoramos en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y glorificamos en una sola naturaleza, y reino, y poder de la Deidad; sea su dominio por los siglos. Amén.