Del mismo, la segunda centuria de capítulos naturales sobre la purificación del intelecto
1. El comienzo del amor de Dios es el desprecio de las cosas visibles y humanas; la mitad es la purificación del corazón y del intelecto, por la cual llega la apertura espiritual de los ojos noéticos y el conocimiento del Reino de los Cielos escondido dentro de nosotros; y el fin es un anhelo incontenible de los dones sobrenaturales de Dios, un deseo natural de unirse con Dios y el hallazgo del reposo en Dios.
2. Donde hay anhelo de Dios, y obra de las cosas noéticas, y comunión en la luz inaccesible, allí hay paz entre las potencias del alma, purificación del intelecto e inhabitación de la Santísima Trinidad. Pues está dicho: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).
3. Hay tres modos de ordenar la propia vida: el corporal, el psíquico y el espiritual. Cada uno de ellos ofrece su propia manera de vivir, distinta de las otras y desemejante de ellas.
4. El modo corporal de vida se ejercita siempre y en todas partes en las dulzuras y placeres de la vida presente; no tiene en sí nada del modo psíquico ni del espiritual, y nada adquiere de ellos. El modo psíquico es algo intermedio entre el pecado y la virtud. Quien vive de manera psíquica se preocupa por el bienestar del cuerpo, por la salud y por la alabanza humana; al mismo tiempo rechaza los trabajos de la virtud y huye de las obras de la carne, no cuidándose ni del pecado ni de la virtud, pues en ambos halla mucho que le resulta incómodo: en la virtud, dureza y dificultad; en el pecado, la pérdida de la alabanza humana. El modo espiritual de vida no tiene nada de estos dos modos y no se ejercita en lo que hay de malo en ninguno de ellos. Está libre del primero y del segundo, habiendo volado sobre ambos con las alas del amor y de la impasibilidad, sin hacer nada prohibido y evitando toda negligencia.
5. Quienes viven según la carne y piensan según la carne no pueden agradar a Dios, porque ellos mismos son carnales. Sus pensamientos son oscuros y no pueden hacerse partícipes de los rayos de la luz divina. Las nubes de las pasiones que caen sobre ellos, como altos muros, cierran el paso a los rayos espirituales, y así permanecen sin iluminación. Los sentidos de sus almas están ciegos y por eso no pueden mirar las bellezas noéticas de Dios, ni ver la luz de la verdadera vida, ni elevarse por encima de lo visible. Se han vuelto como bestias, llenos de percepción mundana; consideran los asuntos humanos y mundanos como lo más importante y se cuidan solo de lo visible y corruptible, disputando unos con otros por ello. A veces incluso entregan la vida por los bienes, la gloria y los placeres del cuerpo, pues tienen su pérdida por una gran calamidad. Con razón se dice de ellos la palabra profética en nombre de Dios: «No permanecerá mi espíritu para siempre en el hombre, porque también él es carne» (Gn 6,3).
6. Quienes viven psíquicamente y por eso se llaman psíquicos son como medio formados, y su cuerpo está como aflojado. No trabajan por adquirir las virtudes ni por cumplir con celo los mandamientos de Dios, y evitan las obras por las que podría ganarse la gloria humana. Presos del amor propio, que alimenta las pasiones destructoras, aprenden todo remedio que da salud al cuerpo y placer a la carne, y arrojan de sí toda aflicción, dolor y padecimiento sufrido por la virtud, mimando a su enemigo, el cuerpo. Viviendo así, arrastran hacia abajo el intelecto, endurecido por las pasiones, y no reciben las cosas noéticas y divinas que arrebatan el alma de la materia para que habite en los cielos noéticos. Padecen esto porque todavía los gobierna el espíritu terreno, porque aman su propia alma y obran según su propia voluntad. El Espíritu Santo y sus dones no están en ellos. Por eso no verás en ellos ni fruto divino, ni amor al prójimo, ni gozo en la pobreza y en las aflicciones, ni paz del alma, ni fe firme, ni perfecta continencia, ni compunción, ni lágrimas, ni humildad ni misericordia: toda su alma está llena de arrogancia y orgullo. Por eso no tienen fuerza para sumergirse en las profundidades del Espíritu, y no hay en ellos luz que abra el intelecto y le dé entender las Escrituras. Ni escuchan cuando otros hablan de estas cosas. Con razón dijo el Apóstol de tales hombres: «El hombre natural no percibe los dones del Espíritu de Dios; le son locura» (1 Co 2,14); «y no puede entender que la ley es espiritual y se discierne por el Espíritu» (1 Co 2,14; Rm 7,14).
7. Quienes viven según el Espíritu y reciben la vida espiritual son agradables a Dios, pues se le han consagrado como nazareos. Purifican continuamente sus almas con trabajos y guardan los mandamientos del Señor, derramando su sangre por amor a Él; purifican el cuerpo con ayunos y vigilias, ablandan la dureza del corazón con lágrimas, mortifican sus miembros con el padecimiento de sufrimientos, llenan de luz el intelecto y lo iluminan con la oración y el estudio, y renunciando a su propia voluntad arrancan sus almas de las pasiones del cuerpo; y así llegan a ser todos espirituales. Con razón, pues, son reconocidos como espirituales y llamados espirituales. Avanzando hacia la impasibilidad y el amor, alzan el vuelo hacia la contemplación de las criaturas, y de ella reciben la contemplación de lo que existe por la sabiduría escondida en Dios, que se concede a los que se han elevado por encima del cuerpo. Habiendo pasado así más allá de toda percepción mundana y hechos, en el pensamiento iluminado, superiores a los sentidos, exponen la palabra. Y en medio de la Iglesia de Dios y de la asamblea de los muchos fieles derraman buenas palabras de un corazón puro y llegan a ser sal y luz para los hombres, como les dice el Señor: «Vosotros sois la sal de la tierra… Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13-14).
8. «Estad quietos y conoced que yo soy Dios» (Sal 45,11). Esta es la voz del Verbo divino, y quienes la desean lo conocen por experiencia. Pues es provechoso para quien ha renunciado a esta vida tan turbulenta y a su feroz vanidad volverse hacia sí mismo con atención, en quietud respecto de lo exterior, y buscar a Dios dentro de sí, y conocer su Reino, que está dentro de nosotros. Quien haga esto, aun después de mucho tiempo, apenas podrá borrar de su alma las huellas de la malicia y conservar pura la belleza antigua.
9. Mucho veneno de malicia se ha acumulado en nosotros, y por eso necesitamos el fuego purificador, y las lágrimas del arrepentimiento, y los trabajos ascéticos voluntarios. Pues de las manchas del pecado nos purificamos o por trabajos voluntarios o por aflicciones involuntarias. Cuando hay trabajos voluntarios, no hay necesidad de que vengan aflicciones involuntarias. Pero cuando nuestros trabajos no sirven para limpiar el interior «de la copa y del plato» (Mt 23,25), entonces las aflicciones involuntarias actúan con más fuerza para restaurar nuestro antiguo estado. Así lo ha dispuesto el Señor.
10. Se ríen de la piedad, y son ellos mismos objeto de burla por sus obras, quienes no han hecho su renuncia como debían y quienes desde el principio no han querido tener ni maestro ni guía, sino que han escuchado solo su propio razonamiento y se han tenido por «sabios a sus propios ojos» (Is 5,21).
11. No se pueden conocer con exactitud las causas y los tratamientos de las enfermedades del cuerpo sin conocimiento y experiencia médicos. Tampoco se pueden conocer las causas de las enfermedades del alma sin haberlas conocido por experiencia. Es fácil errar al diagnosticar las enfermedades del cuerpo, y pocos médicos son diestros en ello; y mucho más se puede errar al determinar las enfermedades del alma. Pues cuanto más alta es el alma que el cuerpo, tanto más difícil es determinar las dolencias del alma que las del cuerpo, que es visible a todos.
12. Junto con el hombre fueron creadas las virtudes primeras y principales, que gobiernan a todas las demás. De ellas, como de cuatro fuentes, se llenan de aguas los ríos de todas las otras virtudes y riegan la ciudad de Dios, esto es, el corazón purificado y consolado por las lágrimas. Quien no permite que los espíritus de la maldad las sacudan, o quien después de una caída las restaura con los grandes trabajos del arrepentimiento, ha edificado dentro de sí una casa real y un palacio, en el cual el Rey de todos hará su morada y repartirá sus altos dones a quienes le han edificado habitación.
13. Breve es esta vida y largo el siglo venidero, y pequeña es la medida de la vida presente que se nos ha asignado. El hombre es criatura a la vez pequeña y grande, a quien ahora se le da poco tiempo, y es débil. El tiempo es corto, el hombre es débil, y el combate que le espera es grande, lleno de aspereza, y conduce a una mayor mansedumbre.
14. Dios no quiere que la obra de los diligentes quede sin prueba; quiere probarla bien. Por eso suelta contra ellos el fuego de las tentaciones y por un tiempo esconde la gracia que les ha sido dada de lo alto, y permite que los espíritus de la maldad agiten por un tiempo la quietud de sus pensamientos, a fin de ver la inclinación del alma, a quién desea servir más: a su Creador y Bienhechor, o a la percepción del mundo y al hambre de dulzura. Y entonces, o bien duplica su gracia para quienes se apresuran hacia su amor, o bien hiere con tentaciones y aflicciones a quienes se inclinan hacia las cosas de este mundo, hasta que lleguen a aborrecer los bienes visibles por su mutabilidad y por la amargura de la dulzura que de ellos viene, y los ahoguen en lágrimas.
15. Cuando los espíritus de la maldad turban la paz de los pensamientos, los cazadores y los demonios amantes de la carne al punto disparan sus flechas contra el intelecto que se apresura hacia las alturas. Y cuando cesa el movimiento ascendente del intelecto, este empieza a moverse en desorden y desamparo, y entonces la carne comienza a levantarse indómita contra el espíritu, arrastrando abajo al intelecto con titilaciones e inflamaciones, queriendo sepultarlo en el pozo de la dulzura. Y si el Señor Sabaot no hubiera abreviado aquellos días y no hubiera concedido a sus siervos la fuerza de la paciencia, ninguna carne se salvaría, pues no se habría guardado de algo peor.
16. El demonio de la fornicación es sumamente ágil y sumamente astuto. Para unos se hace caída y hoyo profundo; para otros, herida y vara justa; y para otros, tentación y desfallecimiento del alma. Lo primero puede aplicarse a los principiantes, que aún arrastran el yugo del trabajo ascético con lentitud y pereza; lo segundo, a los que han recorrido la mitad del camino de las virtudes y han empezado a moverse más despacio. Y lo tercero, a los que ya han extendido el ala del intelecto hacia la contemplación y han alcanzado bien la impasibilidad completa. Para provecho de cada uno permite el Señor los asaltos de los demonios.
17. El demonio de la fornicación se hace caída y hoyo profundo para quienes cumplen la vida monástica con toda negligencia. Inflama sus miembros con la llama de la fornicación y de la lujuria y recurre a diversas artimañas para que cumplan los deseos de la carne sin unión con otro cuerpo, de lo cual es vergonzoso incluso hablar. Tales monjes manchan el cuerpo y comen los frutos de una dulzura salada, se oscurecen de aspecto y con razón quedan privados de las bendiciones. Pueden ser sanados por el calor del arrepentimiento, que engendra compunción con lágrimas, ayuda a apartarse del mal, limpia el alma de las manchas y la hace heredera de la misericordia de Dios. De esto dice también con razón el sabio Salomón que «la mansedumbre sana muchas ofensas» (Ecl 10,4).
18. Este espíritu se hace azote y vara para quienes han alcanzado la primera impasibilidad por la filosofía práctica y avanzan ya hacia la perfección. Cuando la acedia debilita la fuerza de su trabajo ascético y se vuelven un poco hacia una mirada mundana incauta y comienzan a desear cosas humanas, entonces la gran bondad de Dios permite que el espíritu de la fornicación caiga sobre ellos, y este empieza a herirlos con pensamientos de concupiscencia carnal, para que, no pudiendo soportarlos, vuelvan a su fortaleza de actividad firme y de atención y emprendan con mayor celo las obras por las que se salvan. Pues Dios, amante del bien, no quiere que un alma que ha alcanzado tales alturas vuelva de nuevo a la percepción mundana, sino que avance siempre y emprenda con mayor celo las obras más perfectas, para que la herida de la malicia no se acerque a su cuerpo.
19. Según la divina providencia este espíritu se hace tentación, espina y desfallecimiento para quienes han alcanzado la segunda impasibilidad, a fin de que recuerden su debilidad natural cuando él los moleste, y no se ensoberbezcan por las revelaciones que llegan por la contemplación. Para que, viendo esta ley que combate contra la ley de su intelecto, arrojen de sí hasta el más sutil recuerdo del pecado, temiendo recibir de su memoria una percepción dañina y bajar la mirada de su intelecto desde la altura de la contemplación hasta el suelo.
20. Solo pueden guardar su intelecto sin esfuerzo del sutil recuerdo del pecado quienes han sido dignos de recibir en el Espíritu, de lo alto, en su cuerpo y en sus pensamientos, la mortificación vivificante del Señor. Su cuerpo está muerto al pecado, y su espíritu lo han enriquecido con vida en razón de la justicia que hay en Cristo Jesús. Y en aquellos a quienes se da la mente de Cristo por la palabra de sabiduría se hallará, en el conocimiento de Dios, una mortificación inconmovible y vivificante.
21. Sobre las almas que están siendo purificadas suele venir el espíritu de la lujuria y de la ira. ¿Por qué? Para sacudir los frutos del Espíritu Santo que pesan en ellas. Y puesto que el gozo de la libertad también se extiende poco a poco en tales almas, la Sabiduría, que dispone todo para nuestro provecho, deseando atraer siempre sus pensamientos hacia sí con sus dones, para que permanezcan en humildad de pensamiento inconmovible y no se jacten ante otros de su gran libertad y de la riqueza de sus dones, ni imaginen que por su propia fuerza y razón han ganado este gran palacio de paz, permite por eso que estos espíritus ataquen, y ella misma como que oculta su acción, para que, temiendo una caída, conserven la bienaventurada humildad de pensamiento y, comprendiendo que dependen de carne y sangre, busquen ellas mismas su fortaleza, en la cual puedan ser guardadas con seguridad por el poder del Espíritu Santo.
22. Las tentaciones vienen según la dolencia pasional que predomina en nosotros y la podredumbre del pecado que yace dentro, y la copa amarga de los juicios de Dios se nos mezcla más fuerte o más suave. Cuando la materia del pecado que yace en nosotros procede de pensamientos amantes del placer o de la carne y es fácil de tratar, el Médico de nuestras almas nos da una copa mezclada con misericordia, pues este pecado viene de las flaquezas humanas y padecemos por debilidad humana. Pero cuando nuestro pecado no es fácil de tratar y yace hondo, y causa una podredumbre mortal por pensamientos de arrogancia y de orgullo, entonces se nos da una copa sin mezcla, llena de ira, para que junto con el fuego frecuente de las tentaciones refine y funda la dolencia, para que se aparte de nuestra alma por la humildad, y para que ahoguemos en lágrimas nuestros pensamientos salados y aparezcamos puros en la luz de la humildad ante el Médico de nuestras almas.
23. Es imposible que los ascetas escapen a frecuentes tentaciones si no llegan a conocer su propia debilidad y no se consideran ajenos a toda justicia e indignos de todo honor y de todo consuelo. Pues es la intención de Dios, Médico de nuestras almas, que seamos siempre humildes y contritos, extranjeros para todo hombre, y que imitemos su Pasión. Él mismo fue manso y humilde de corazón, y quiere que también nosotros caminemos el camino de sus mandamientos en mansedumbre y humildad de corazón.
24. La humildad no se alcanza inclinando la cabeza, ni dejando el cabello sin lavar, ni andando andrajoso y roto —muchos piensan que en esto consiste la virtud—, sino por un corazón contrito y un espíritu de humildad, según las palabras de David: «Un espíritu quebrantado, un corazón contrito y humillado, Dios no lo despreciará» (Sal 50,19).
25. Una cosa es el habla humilde, otra la humildad, y otra aún la humildad de pensamiento. El habla humilde y la humildad las adquieren los ascetas con el padecimiento de sufrimientos y con los trabajos exteriores de las virtudes, pues dependen de la actividad y del entrenamiento corporal. El habla humilde y la humildad no dan todavía al alma una constitución firme, y esta se turba cuando llega la tentación. Pero la humildad de pensamiento es cosa divina y sublime, concedida por la venida del Consolador a quienes han pasado la mitad del combate, es decir, a quienes han recorrido el duro camino de las virtudes en toda humildad.
26. Cuando la humildad de pensamiento entra en las profundidades del alma, cae sobre ella pesadamente, como una piedra, y así la oprime y la constriñe con su poder que toda su fuerza se agota en un torrente incontenible de lágrimas; y el intelecto se limpia de la mancha de los pensamientos y entra en la contemplación, como sucedió con Isaías, el profeta de Dios. Y puede decir junto con el profeta: «¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros; y sin embargo mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos» (Is 6,5).
27. Cuando el habla humilde entra en las profundidades de tu alma, entonces la grandilocuencia se apartará de ti. Y cuando la humildad eche raíces en lo hondo de tu corazón, entonces caerá de ti el habla humilde superficial o profunda. Y cuando de lo alto seas enriquecido con la humildad de pensamiento, entonces la humildad exterior y el habla humilde de la lengua se apartarán de ti del todo, según las palabras del apóstol Pablo: «Cuando venga lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá» (1 Co 13,10).
28. Cuanto dista el oriente del occidente, tanto dista el verdadero habla humilde de la verdadera humildad. Y cuanto el cielo es mayor que la tierra, y el alma que el cuerpo, tanto es la perfecta humildad de pensamiento concedida por el Espíritu Santo más perfecta y mayor que la verdadera humildad.
29. No tengas en tu corazón por humilde al hombre que se comporta y se viste humildemente, ni por soberbio al que habla de manera elevada y grandiosa, lleno de arrogancia y orgullo, hasta que los hayas probado. Por sus frutos los reconocerás.
30. Los frutos del Espíritu Santo son amor, gozo, paz, misericordia, longanimidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia. Pero los frutos del espíritu maligno son odio, tristeza mundana, inquietud del alma, confusión del corazón, engaño, curiosidad especulativa, agotamiento, ira, incredulidad, envidia, gula, embriaguez, importunidad, condena, concupiscencia de los ojos, arrogancia y orgullo del alma. Por estos frutos conocerás qué árbol está ante ti, y por ellos sabrás de qué espíritu es el que conversa contigo. La palabra del Señor te sugiere signos aún más claros: «El hombre bueno, de su buen tesoro saca cosas buenas, y el hombre malo, de su mal tesoro saca cosas malas» (Mt 12,35).
31. En quien están presentes y manifiestos los frutos del Espíritu Santo, en él habita Dios. De ellos brota la fuente serena de la palabra con sabiduría y conocimiento, ya hablen humildemente, ya de cosas elevadas. Pero en aquellos en quienes no se manifiestan los frutos y los dones del Espíritu Santo, sino más bien los del espíritu contrario, en ellos hay la tiniebla de la ignorancia de Dios y una acumulación de pasiones, y en ellos habitan los espíritus adversarios. No importa que tales personas hablen y se comporten humildemente, o que diserten grandiosamente sobre asuntos elevados con ostentosa muestra de honestidad.
32. La verdad no se describe por las personas, ni por la apariencia exterior, ni por las palabras, ni Dios permanece en ellas. Él reposa en los corazones contritos y en los espíritus humildes, y en las almas iluminadas por la contemplación de Dios. A veces un hombre se cuenta de palabra por debajo de los demás y habla humildemente de sí para oír alabanzas de los hombres, mientras que por dentro está lleno de engaño, de odio y de rencor hacia sus prójimos. Y a veces un hombre combate por la verdad con palabras elevadas y sabias y se alza contra la falsedad y contra la violación de las leyes divinas, y mira solo a la verdad, mientras por dentro está lleno de humildad de pensamiento, de bajeza y de amor al prójimo, y a veces incluso se gloría en el Señor, repitiendo tras el apóstol Pablo, que también se gloriaba en el Señor: «Con mucho gusto me gloriaré más bien en mis debilidades» (2 Co 12,9).
33. Dios no mira la apariencia exterior de lo que decimos o hacemos, sino los deseos de nuestras almas y la intención con la que realizamos alguna obra visible o hablamos de cosas noéticas. Así también los hombres que tienen más entendimiento que otros miran la fuerza de las palabras y la intención de la obra, y por ello juzgan al hombre sin error. Pues está dicho: «El hombre mira la apariencia, pero el Señor mira el corazón» (1 S 16,7).
34. Dios ha dispuesto que de generación en generación el Espíritu Santo prepare profetas y amigos de Dios para el perfeccionamiento de su Iglesia. Pues si la antigua serpiente no cesa de verter el veneno del pecado en los oídos humanos, por los cuales viene la destrucción del alma, ¿acaso Aquel que solo formó nuestros corazones no levantará al pobre de la tierra de la humildad y del estiércol de las pasiones, dando a sus herederos, como auxilio, la potencia espiritual que es la Palabra de Dios? Y en efecto, quienes comienzan con humildad salen a la altura de la contemplación, y de lo alto se les da la palabra de sabiduría por el poder de Dios, como a quienes anuncian la salvación a su Iglesia.
35. Quien ha llegado a conocerse a sí mismo tiene también la verdadera humildad, que le enseña a ser humilde de pensamiento, le quebranta el corazón y lo mueve a practicarla y a guardarla. Si aún no te has conocido a ti mismo, no sabes qué es la humildad y no has llegado a la verdadera práctica y a la verdadera guarda. Para esto practicamos las virtudes: para llegar a conocernos a nosotros mismos.
36. Quien desde la pureza ha pasado a la contemplación de las criaturas se ha conocido a sí mismo, según el dicho «Conócete a ti mismo». Pero quien no ha alcanzado la contemplación y el entendimiento de las criaturas, y de las cosas divinas y humanas, ha conocido lo que está a su alrededor y fuera de él, pero no se ha conocido a sí mismo.
37. Lo que está sobre mí no soy yo; lo que está sobre mí no es lo que me concierne; y lo que me concierne no es lo que está fuera de mí: todas estas son cosas distintas. Yo soy la imagen de Dios, manifestada en un alma noética, inmortal y racional, pues el intelecto tiene dentro de sí el Verbo del Padre y es consustancial con el alma e inseparable de ella. Y lo que está sobre mí es regio, gobernante, racional y dueño de sí. Y lo que me concierne depende de mi elección: si quiero ser labrador, o comerciante, o maestro, o filósofo. Y lo que está fuera de mí es lo que pertenece a la ambición de la vida y a la nobleza inferior: riqueza, gloria, honores, prosperidad y alto rango; o, al contrario, pobreza, oscuridad, deshonra y desventura.
38. Todo el que ha llegado a conocerse a sí mismo ha descansado de todas sus obras según Dios, y ha entrado en el santuario de Dios, en el servicio noético del Espíritu y en el puerto de la impasibilidad y de la humildad divinas. Pero quien todavía no se ha conocido a sí mismo por la humildad de pensamiento y por la contemplación sigue pasando esta vida en trabajos y sudor. De esto nos recordó David cuando dijo: «Esto era demasiado arduo para mí, hasta que entré en el santuario de Dios» (Sal 72,16).
39. Cuando un hombre llega a conocerse a sí mismo —y para ello debe guardarse de lo exterior, apartarse de los asuntos mundanos y examinar su conciencia—, al punto desciende sobre su alma cierta humildad divina, que trae contrición al corazón y lágrimas de compunción al alma. Sintiendo su acción, el hombre se tiene por tierra y ceniza y gusano, y no por hombre; se considera indigno incluso de esta vida animal a causa de un don de Dios tan sublime. Quien ha sido digno de permanecer en esto se llena de una especie de embriaguez indecible en la compunción, entra en lo hondo de la humildad de pensamiento y, saliendo de sí, desprecia todo lo exterior —comida, bebida, vestido—, sin exagerar las necesidades del cuerpo, pues ha sido cambiado por el buen cambio de la diestra del Altísimo.
40. Cosa grande entre las virtudes es la humildad. Cuando se entra en ella con arrepentimiento puro, tomando por compañeras la oración y la continencia, libera al punto de la servidumbre a las pasiones, da paz a las potencias del alma, limpia el corazón con lágrimas y lo llena de la quietud de la venida del Espíritu Santo. Cuando los ascetas reciben así la prenda, la palabra del conocimiento de Dios se les esclarece y pasan a la contemplación de los misterios del Reino de los Cielos y al entendimiento de las criaturas. Cuanto más entran en las profundidades del Espíritu, más hondo se sumergen en la profundidad de la humildad de pensamiento. Por ella crece en ellos el conocimiento de su propia medida, llegan a conocer la debilidad de la naturaleza humana, se multiplica en ellos el amor a Dios y al prójimo, y piensan que quedan santificados con solo saludar y acercarse a quienes conversan con ellos.
41. Nada da tanto alas al alma para amar a Dios y a los hombres como la humildad de pensamiento, la compunción y la oración pura. Pues la humildad de pensamiento quebranta el espíritu, destila gotas de lágrimas y deja ver al hombre su debilidad dentro de los límites de la medida humana. La compunción limpia el intelecto de la materia, ilumina el ojo del corazón y hace toda el alma radiante. La oración pura une todo el hombre con Dios, lo asienta entre los ángeles y le hace gustar la dulzura de los bienes eternos de Dios y de los tesoros de los grandes misterios: encendiéndolo en gran amor, le enseña a dar su alma por sus amigos, pues ya se ha elevado por encima del cuerpo.
42. Conserva la buena prenda de la humildad deificante, en la cual se guardan los tesoros escondidos del amor y las perlas de la compunción, y en la cual Cristo Rey, nuestro Dios, como que reposa sobre un trono dorado, repartiendo los dones de su Espíritu Santo a sus criaturas, y les concede sus grandes dignidades: la palabra de su contemplación, su sabiduría inefable, la penetración en los asuntos humanos, la mortificación vivificante en la impasibilidad y la unión con Él, para que reinen con Él en el Reino de Dios Padre, por lo cual Él mismo le oró, diciendo: «Padre, quiero que también aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy» (Jn 17,24).
43. Cuando alguien trabaja diligentemente en el cumplimiento de los mandamientos, de pronto se hallará en un gozo indecible e inexpresable, pues será cambiado por un cambio maravilloso más allá de toda palabra, se despojará de la pesadez del cuerpo y olvidará la comida, el sueño y las demás necesidades naturales; porque este gozo es la venida de Dios a él, que obra en los ascetas una mortificación vivificante y les concede ya desde ahora un estado semejante al de las potencias incorpóreas. La causa de tan bienaventurada vida es la humildad; su nodriza y madre es la santa compunción; su compañera y hermana es la contemplación de la luz divina; su trono es la impasibilidad; y su consumación es la Santísima Trinidad, Dios.
44. Quien ha alcanzado esta fortaleza no está sujeto por los lazos de los sentidos. No ve la belleza de esta vida, ni distingue entre lo venerable y lo no venerable. Como Dios envía sol y lluvia sobre justos e injustos, sobre malos y buenos, así tal hombre resplandece de amor y extiende sus rayos a todos, y no hay estrechez en su corazón; está cargado de amor por todos y siente estrechez solo cuando no puede hacer el bien en la medida en que quisiera. De él, como del Edén, brota la fuente de la compunción, y se divide en cuatro corrientes —humildad de pensamiento, pureza, impasibilidad y la altura de la oración silenciosa— y riega toda la creación noética de Dios.
45. Quienes no han gustado la dulzura de las lágrimas de la compunción y no conocen su gracia ni su acción piensan que en nada se diferencian de las lágrimas derramadas por los muertos; inventan muchas suposiciones y sacan conclusiones inútiles. Pero todo esto nos es natural. Cuando el orgullo del intelecto se inclina hacia la humildad, entonces también el alma aparta su mirada de la belleza del mundo visible y la eleva a la contemplación de la luz inmaterial y primordial, arrojando de sí todos los sentidos de este mundo, y recibe de lo alto el consuelo del Espíritu Santo. Y al punto brotan de ella lágrimas como agua de una fuente y deleitan sus sentidos, llenando su pensamiento de toda alegría y de luz divina. Y no solo esto: también quebrantan el corazón y hacen humilde al intelecto en la contemplación de lo mejor. Nada de esto sucede en quienes lloran y se lamentan de cualquier otro modo.
46. Es imposible que se abra la fuente de las lágrimas donde no hay la más profunda humildad de pensamiento; y a la inversa, es imposible ser humilde de pensamiento cuando no hay dentro compunción, que aparece con la venida del Espíritu Santo. La compunción engendra por el Espíritu Santo la humildad de pensamiento, y la humildad de pensamiento por el mismo Espíritu engendra la compunción. Se sostienen una a otra como los eslabones de una cadena, unidas solo por la gracia, y tienen entre sí una unión indisoluble en el Espíritu Santo.
47. La luz que entra en el alma desde el Espíritu divino se aparta calladamente por la acedia, la negligencia y la desatención respecto de las palabras y de los alimentos. Y la desatención respecto de la comida, y su abundancia, y la desenfrenada lengua, y la inmodestia de la mirada expulsan la luz del alma y la oscurecen. Y cuando nos llenamos de tinieblas, todas las bestias del campo de nuestro corazón y los leones —los pensamientos pasionales— se mueven en él rugiendo y buscando alimento para las pasiones, y tratan de robar el tesoro del Espíritu que se guarda en nosotros. Pero la verdaderamente hermosa continencia y la oración que hace ángeles no les permiten a todos ellos vagar por el alma; mantienen inextinguible en el intelecto el resplandor del Espíritu, hacen el corazón quieto y puro, destilan la compunción divina, ensanchan el alma al amor de Dios y la unen toda con Cristo en alegría y virginidad.
48. Nada es tan propio de la palabra como la pureza y la castidad del alma. Su madre es la continencia abarcadora y venerable, y su padre es el temor. Y el temor, transformado en anhelo de Dios y unido al deseo de las cosas divinas, hace al alma intrépida y llena del amor de Dios y madre de la palabra divina.
49. Al principio el temor se une al alma y por el arrepentimiento le recuerda el juicio. Luego se le acercan los tormentos del infierno, y los suspiros y los dolores con lamentos agotan el corazón, mientras medita en la retribución futura por los pecados. Después, con abundantes lágrimas y dolores, concibe en el seno del intelecto y engendra el espíritu de salvación sobre la tierra de su corazón, y queda libre de los dolores y suspiros del juicio del infierno; entonces le sobreviene el deseo y el gozo de los bienes venideros, y la pureza sale a su encuentro con la castidad y la une a Dios por el amor. Y el alma, unida así, siente una dulzura indecible y por ella, con deleite y placer, derrama lágrimas de compunción y sale fuera de toda percepción mundana. Permaneciendo como en arrobamiento, sigue a su Esposo y clama con voz inefable: «Corro tras de ti; el aroma de tus perfumes es dulcísimo… Dime, tú a quien ama mi corazón, dónde apacientas tu rebaño, dónde lo haces reposar al mediodía [de la contemplación pura], para que no ande vagando junto a los rebaños de tus compañeros [los justos]» (Ct 1,3.7). Pues contigo está el resplandor de los grandes misterios. Y el Esposo conduce al alma a la morada de sus misterios escondidos y le da contemplar con sabiduría la naturaleza de las criaturas.
50. No digas en tu corazón: «Me es imposible alcanzar la pureza de la virginidad, pues caigo bajo la corrupción y el frenesí del cuerpo». Donde hay dolores de arrepentimiento con padecimiento de sufrimientos y calor del alma, y donde corren ríos de lágrimas de compunción, allí se destruyen todas las fortalezas del pecado y se apaga el fuego de las pasiones, y con la venida del Consolador se cumple el nacimiento de lo alto, y el alma se hace palacio de pureza y de virginidad. Dios, que está por encima de toda naturaleza, descendiendo a ella con luz y gozo indecible y sentándose en la altura de su intelecto como en un trono de gloria, da paz a las potencias del alma, diciendo: «Paz a vosotras de parte de las pasiones contrarias. Mi paz os doy, para que obréis conforme a la naturaleza; mi paz os dejo, para que seáis perfeccionadas por encima de la naturaleza». Habiendo dado la paz tres veces, sanó sus tres potencias y la elevó a una triple perfección y, uniéndola a sí, la hace virgen buena y hermosa, fragante con la mirra de la pureza, y le dice: «¡Levántate, amada mía! ¡Ven, hermosa mía [en la filosofía práctica]! Porque he aquí, ha pasado el invierno [de las pasiones], las lluvias [de los pensamientos amantes del placer] han cesado y se han ido. Las flores [de las virtudes con su fragancia] aparecen sobre la tierra [de tu corazón]… ¡Levántate, ven, amada mía [a la contemplación racional]! ¡Ven, paloma mía [al abrigo y a la tiniebla de la teología escondida y a la roca firme de la fe en mí, Dios]!» (Ct 2,10-14).
51. Entre los que han sido dignos del buen cambio y de la ascensión, bienaventurados son los que por la filosofía práctica han vencido el muro de los hábitos pasionales, y desde allí, sobre las alas plateadas de la impasibilidad en la contemplación, han volado a la extensión noética de la contemplación de las criaturas, y de allí han entrado en la tiniebla de la teología y han descansado de todas sus obras en una vida bienaventurada en Dios. Quien se ha hecho ángel terreno y hombre celestial ha glorificado a Dios en sí mismo, y Dios lo ha glorificado a él.
52. «Mucha paz tienen los que aman tu ley, y nada los hace tropezar» (Sal 118,165). Pues no todo lo que agrada a los hombres agrada también a Dios. Y aquello que se tiene por no bueno es por su misma naturaleza sumamente bueno para quien conoce la esencia de lo que ha sido y de lo que será.
53. Bueno es morir al mundo y vivir para Cristo; de otro modo es imposible nacer de lo alto, según la palabra del Señor. Y si el hombre no nace de lo alto, no puede entrar en el Reino de los Cielos. Y este nacimiento se realiza por la obediencia a los padres espirituales. Si no recibimos primero en el seno la semilla de la palabra por la enseñanza de los padres, y así llegamos a ser hijos de Dios, no podemos nacer de lo alto. Así nacieron los doce apóstoles de Cristo, y los setenta apóstoles de los doce, y llegaron a ser hijos de Dios Padre, según las palabras del Señor: «Vosotros sois hijos de mi Padre que está en los cielos». Por eso nos dice también Pablo: «Pues aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tenéis muchos padres; porque yo os engendré… Os ruego, pues, que seáis imitadores de mí» (1 Co 4,15-16).
54. No obedecer al propio padre espiritual como el Hijo obedeció al Padre celestial hasta la cruz y la muerte significa no haber nacido de lo alto. Si el Hijo amado del Padre bueno no hubiera nacido de lo alto del Verbo y del Espíritu, no habría podido Él mismo ser padre de buenos hijos, ni habría engendrado buenos hijos semejantes a su padre. Y si es de otro modo, entonces cual es el árbol, tal es el fruto.
55. Mala cosa es la incredulidad, la más astuta descendencia de la malvada avaricia y de la envidia. Y si la incredulidad es mala, cuánto más malo es lo que la engendra, pues hace que el amor al oro sea en los hombres más importante que el amor a Cristo, y el Creador menor para ellos que la materia, y les enseña a servir a la materia más que a Dios —a servir a la criatura antes que al Creador y a cambiar la verdad de Dios por la mentira—. Y si esta dolencia es tan gran mal —y su otro nombre es idolatría—, ¡a qué mal llega el alma que la padece!
56. Si quieres ser amigo de Cristo, aborrece el oro y la insaciable amistad con el oro, pues atrae hacia sí la atención de quien lo ama y la aparta del dulcísimo amor de Cristo, que se manifiesta no en palabras sino en el cumplimiento de sus mandamientos. Y si deseas el oro —¡ay!—, lo hallarás cuando lo escondas, si tienes el amor al oro por ganancia y no por la mayor pérdida, honrando el oro por encima de Cristo; sabe entonces que perderás y malograrás a Cristo, y perderás también a Dios, sin el cual los hombres no tienen ni vida ni salvación.
57. Si amas el oro, no amas a Cristo. Y si no amas a Cristo sino que amas el oro, mira a quién te empuja este tirano a parecerte: a un discípulo, pero infiel, que era amigo y se hizo traidor y causó gran mal a nuestro Maestro, y miserablemente cayó de la fe en Cristo y del amor a Él, y se hundió en el abismo de la desesperación. Temiendo su ejemplo, escúchame y huye del oro y de su amor, para que ganes a Cristo y para que Él te ame. Si no, ya sabes qué lugar recibió el que cayó de Dios.
58. Sin un llamamiento de lo alto no busques obtener un cargo de autoridad, ni por medio del oro, ni por medio de hombres, ni con súplicas, aunque veas que podrías traer provecho a las almas. Pues tres calamidades saldrán a tu encuentro, y una de ellas te herirá. O bien vendrá sobre ti la indignación y la ira de Dios por diversos accidentes y circunstancias, y no solo los hombres sino toda la creación se levantará contra ti, y esta vida se te hará amarga; o bien con gran deshonra te expulsarán del cargo quienes resulten más fuertes que tú; o bien morirás antes de tiempo, cortado de esta vida.
59. Es imposible despreciar la gloria y la deshonra y elevarse por encima de los dolores y de los placeres sin mirar el fin de todas las cosas. Pero quien ve que toda gloria y placer, todos los deleites y riquezas pasan y se reducen a nada, pues la muerte los recibe y los destruye, comprenderá la manifiesta vanidad de todas las cosas humanas y volverá sus sentidos hacia aquello en que terminan las cosas divinas, y se aferrará a lo eterno e indestructible. Y, acostumbrándose a esto, se hace superior a los dolores y a las dulzuras, vencerá el amor a la gloria y la avaricia del alma, y rechazará la dulzura como percepción de este mundo. Sea honrado o despreciado, todo le es igual; sufra su cuerpo dolor o satisfacción, da gracias a Dios por todo, y los pensamientos no lo arrastran abajo.
60. Un hombre diligente puede comprender por sus sueños los movimientos y las disposiciones de su alma y puede cuidar de su estado. De la disposición del hombre interior y de sus cuidados dependen los movimientos del cuerpo y las fantasías del intelecto. Aquel cuya alma ama las cosas y los placeres sueña con abundancia de bienes y de dinero, con rostros de mujeres y abrazos pasionales, con lo que su vestidura se ensucia y su cuerpo se mancha. El codicioso y avaro ve oro en sueños y se afana tras él, y lo multiplica con usura, y lo atesora en sus arcas, y recibe condena como quien no tiene misericordia. Al irascible y envidioso lo persiguen en sueños fieras y serpientes venenosas, y el miedo y el espanto. Quien sueña con la vanagloria sueña con discursos y encuentros con gente; sueña con cargos, preeminencia y poder, y desea lo que no existe o lo que podría llegar a ser. El soberbio y lleno de arrogancia cabalga en sueños en carros espléndidos, a veces vuela por el aire con alas y ve a todos temblando ante su autoridad. Pero el hombre amante de Dios, diligente en cumplir las virtudes y recto en los combates de la piedad, ve con alma pura en sueños las cosas venideras y revelaciones de misterios temibles; y al despertar del sueño se encuentra siempre en oración con compunción, con una disposición pacífica de alma y de cuerpo; las lágrimas corren por sus mejillas y en sus labios está la conversación con Dios.
61. Según lo que en ellos aparece, todos los sueños pueden dividirse en tres clases: el sueño, la visión y la revelación. El sueño es aquello que no permanece inmutable en la imaginación del intelecto; es mezclado y a menudo pasa de una cosa a otra. De él no hay provecho para quien lo ve, y al despertar el sueño desaparece. Todos los diligentes deben despreciar tales sueños.
La visión es aquello que es inmutable, que no se transforma de una cosa en otra, sino que permanece inmutable en el intelecto y no se olvida durante muchos años. Las visiones muestran las cosas venideras y traen provecho al alma por la compunción y por imágenes temibles; hacen a quien las ve reflexivo y tembloroso por la contemplación constante de imágenes temibles. Tengan los diligentes las visiones por cosa grande.
Y la revelación es la visión de un alma pura e iluminada, que ocurre más allá de todos los sentidos y tiene en sí la fuerza de ciertas cosas y entendimientos divinos y admirables; las revelaciones enseñan secretamente los misterios escondidos de Dios, muestran el cumplimiento de grandes obras y los cambios generales en los asuntos mundanos y humanos.
62. De lo dicho se puede comprender que el sueño pertenece a los hombres endurecidos y amantes de la carne, cuyo dios es el vientre y la saciedad, cuyo intelecto está oscurecido por una vida descuidada y desgarrada por las pasiones; los demonios se burlan de ellos y les arrojan sus propias fantasías. La visión pertenece a los diligentes, que purifican los sentidos del alma, llegan por medio de lo visible a lo divino y multiplican sus ascensiones. Y las revelaciones pertenecen a los perfectos, en quienes obra el Espíritu divino y que están unidos a Dios por un alma teológica.
63. No todas las visiones que ocurren en sueños son verdaderas, y no se reflejan en la parte rectora del intelecto en todos los hombres, sino solo en aquellos cuyo intelecto está purificado y cuyos sentidos del alma están esclarecidos, y que han alcanzado la contemplación de las criaturas. Tales hombres no se ocupan de los asuntos de la vida cotidiana, y ninguna preocupación de esta vida los turba; sus largos ayunos se han hecho perfecta continencia, y sus combates y trabajos por Dios han hallado morada en el santuario de Dios, es decir, en la contemplación de las criaturas con una sabiduría más alta; su vida y su manera de vivir angélicas están ya escondidas en Dios, y su progreso en la sagrada quietud los ha llevado al trono de los profetas de la Iglesia de Dios. De tales habló Dios en el libro de los Números: «Si hay entre vosotros un profeta, yo, el Señor, me daré a conocer a él en visión, hablaré con él en sueños» (Nm 12,6). Y en el libro del profeta Joel: «Y sucederá después que derramaré mi Espíritu sobre toda carne; vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños y vuestros jóvenes verán visiones» (Jl 3,1).
64. La quietud es el estado inconmovible del intelecto, el sosiego de un alma libre y gozosa, el estar del corazón en Dios sin turbación ni vacilación, la contemplación de la luz, el conocimiento de los misterios de Dios, la palabra de sabiduría desde un pensamiento puro, el abismo de los entendimientos de Dios, el arrobamiento del intelecto, la conversación con Dios, el ojo que no duerme, la oración del intelecto, gran descanso sin fatiga en medio de las fatigas y, al fin, unión y mezcla con Dios.
65. Mientras el alma esté en rebelión dentro de sí, y sus potencias se muevan en desorden, y los rayos divinos no puedan aún entrar en ella, y no se haya liberado de la servidumbre a la sabiduría de la carne, y no haya disfrutado de la paz que llega cuando cesa la lucha con las pasiones desenfrenadas, tanto tiempo deben sus labios guardar mucho silencio, para que pueda decir con David: «Yo era como un sordo que no oye, y como un mudo que no abre su boca» (Sal 37,14). Le conviene siempre suspirar y caminar el camino de los mandamientos de Cristo cuando el enemigo la agravia, y esperar la venida del Consolador, que le concederá, movida a compunción y lavada con lágrimas, la verdadera libertad.
66. Cuando quien en la quietud recoge la miel de las virtudes se eleva por los trabajos del amor a la sabiduría por encima del cuerpo, y las potencias de su alma vuelven a su estado natural, pues la sabiduría de la carne ha sido derribada y el alma puede contener los rayos del Espíritu, entonces él, purificado por las lágrimas, será revestido de la incorrupción de la mortificación vivificante de Cristo y, sentado en el cenáculo del Consolador que es la quietud, recibirá al Consolador en lenguas de fuego. Entonces hable con audacia de las grandezas de Dios y en la gran Iglesia anuncie la justicia de Dios, pues ha recibido en sí la ley del Espíritu, no sea que sea arrojado al fuego eterno como el siervo malvado que enterró el talento de su señor. Así también David, habiendo lavado su pecado con el arrepentimiento, recibió el don de profecía y, no pudiendo ocultar este beneficio, dijo a Dios: «He aquí, no refrenaré mis labios; Señor, tú has conocido mi justicia. No he escondido tu verdad dentro de mi corazón, y he anunciado tu salvación. No he ocultado tu misericordia y tu verdad a la gran asamblea» (Sal 39,10-11).
67. El intelecto, purificado de todo cieno, se hace para el alma un cielo con entendimiento claro y radiantísimo, pues en él brilla el Sol de justicia y envía en paz los rayos de la teología; se hace conocimiento puro desde la profundidad de la sabiduría y extrae de ella las formas simples y sin mezcla de las cosas y los entendimientos de los misterios escondidos, para comprender cuál es la profundidad y la altura y la anchura del conocimiento de Dios. Habiéndolos así introducido naturalmente, explica con palabras las profundidades del Espíritu a todos los que tienen dentro de sí el Espíritu divino, y desenmascara las artimañas de los demonios, y habla de los misterios del Reino de los Cielos.
68. Las concupiscencias corporales y el tumulto de la carne se aquietan con la continencia, el ayuno y los combates espirituales. La inflamación del alma y la hinchazón del corazón se enfrían con la lectura de las divinas Escrituras y se humillan con la oración incesante, mientras la compunción unge el alma como con aceite.
69. Ninguna otra cosa hace al hombre compañero de la conversación de Dios como la oración pura y espiritual; une con Dios a quien le ora en quietud, limpia su alma con lágrimas, la deleita con la dulzura de la compunción y la ilumina con el resplandor del Espíritu.
70. La cantidad en la oración trae más provecho cuando la preceden la perseverancia y la atención. Pero es la calidad de la oración lo que vivifica el alma y se hace causa de frutos. Calidad en la salmodia y en la oración significa que se debe orar con el espíritu y con el intelecto. Ora con el intelecto quien, mientras ora y canta, considera el conocimiento contenido en las divinas Escrituras y de ellas recibe en su corazón una ascensión en el entendimiento por medio de pensamientos dignos de Dios. Estos arrebatan noéticamente el alma a la extensión de la luz, donde es iluminada y grandemente purificada, y se dirige toda hacia los cielos y contempla la belleza de los bienes preparados para los santos. Se enciende en deseo de ellos y al punto manifiesta el fruto de la oración: un torrente de lágrimas por la acción creadora de luz del Espíritu Santo. Estas lágrimas son tan dulces que, habiéndolas gustado, se puede olvidar el alimento del cuerpo. Este es el fruto de la oración que crece en las almas de los que oran, por la calidad de su salmodia.
71. Donde puede hallarse este fruto del Espíritu, allí hay también calidad de oración. Y donde hay calidad, allí aumenta también la cantidad de la salmodia. Pero cuando no se ve fruto, la calidad se seca. Y donde está seca, la cantidad se hace vana y, aunque causa fatiga corporal, no trae provecho.
72. Cuando ores y salmodies al Señor, guárdate de las artimañas del maligno. Pues los demonios, colándose en los sentidos del alma, o bien nos incitan a pronunciar, en lugar de los salmos, algunas otras palabras, blasfemando así los salmos, ya que decimos con los labios lo que no conviene; o bien, cuando hemos comenzado un salmo, añadimos al final algunas palabras nuestras; o repetimos el mismo versículo una y otra vez y no podemos terminar el salmo por el olvido, pues ellos borran todos los renglones de nuestra memoria, de modo que olvidamos lo que hemos cantado con los labios y no podemos recordarlo ni repetirlo. Hacen esto para llevarnos a la pusilanimidad y a la acedia y para destruir los frutos de nuestra oración, a fin de que no oremos más. Pero tú resístelos y toma los salmos con mayor celo, para que comprendas el provecho de la oración por la contemplación de los versículos y seas enriquecido con la iluminación del Espíritu Santo, que viene a las almas de los que oran.
73. Cuando te suceda algo semejante mientras tratas de cantar con entendimiento, no te hundas pusilánimemente en la acedia y no busques el descanso del cuerpo más que el provecho del alma, porque ya es tarde. Detente cuando notes que tu intelecto ha caído en cautiverio demoníaco. Si esto sucede al final de un salmo, vuelve al principio y comiénzalo de nuevo; y hazlo aunque tu intelecto caiga cautivo varias veces en una hora. Si obras así, los demonios no soportarán tu paciencia, tu perseverancia y la fuerza de tu celo, y, llenos de vergüenza, huirán de ti.
74. Sabe que la oración incesante es aquella que no cesa en el alma ni de día ni de noche. Se manifiesta no en el extender las manos, ni en el estar de pie del cuerpo, ni en las palabras pronunciadas, sino en el estudio noético de la actividad del intelecto y en la compunción duradera en el recuerdo de Dios.
75. Solo puede orar sin cesar quien reúne todos sus pensamientos bajo el gobierno del intelecto, alcanzando con paz y gran reverencia las profundidades de Dios y buscando de dónde sacar el dulcísimo agua de la contemplación. Sin tal paz no puede haber oración incesante. En aquel cuyas potencias del alma se han reconciliado con el intelecto se obra la oración incesante.
76. Cuando estés cantando a Dios el canto de la oración y un hermano llame a tu puerta, no honres la obra de la oración por encima de la obra del amor, y no desdeñes al hermano que llama a tu puerta, pues esto no es agradable a Dios. Porque Dios desea la misericordia del amor, no el sacrificio de la oración. Por eso, dejando el don de la oración, da a tu hermano la conversación del amor y consuélalo. Y luego vuelve y ofrece al Padre de los espíritus tu don con lágrimas y corazón contrito, y un espíritu recto será renovado dentro de ti.
77. El misterio de la oración no se cumple en un tiempo fijo ni en un lugar fijo. Pero cuando señalas un tiempo, una hora y un lugar para la oración, entonces todo el resto de tu tiempo se gasta en cosas vanas. La medida de la oración es el movimiento constante del intelecto hacia Dios. La obra de la oración es la permanencia del alma en las cosas divinas. El resultado de la oración es adherirse a Dios con el intelecto y ser un solo espíritu con Él (1 Co 6,17), según las palabras del Apóstol.
78. Si tus miembros corporales han sido mortificados y tu alma ha sido vivificada por el Espíritu, y has sido digno ante Dios de dones sobrenaturales, no dejes que la potencia noética de tu alma se afloje, sino enséñale a recordar tus transgresiones pasadas y a pensar en los tormentos del infierno, y mírate a ti mismo como a un condenado. Vuelve tu intelecto a esto y, viéndote así, conservarás un espíritu contrito y tendrás una fuente que destile corrientes de la compunción de la gracia divina. Y Dios te mirará y dará su Espíritu para el fortalecimiento de tu corazón.
79. Cuando el ayuno con discernimiento toma por compañeras la vigilia con el estudio y la oración, llevará pronto al asceta a las fronteras de la impasibilidad, si también su alma, por gran humildad, es lavada con lágrimas y encendida por el amor de Dios. Cuando el asceta llegue a esto, será introducido en la paz espiritual que supera todo entendimiento, y con amor alabará a Dios.
80. No piensa tanto un rey en su gloria y en su reino, ni se jacta gozándose en su poder, como se goza el monje en la impasibilidad del alma y en las lágrimas de la compunción. El pensar del rey se marchitará junto con su reino, pero la bienaventurada impasibilidad pasará con el monje a la vida eterna y allí permanecerá por siglos sin fin. El monje permanece entre los hombres como una rueda: por su naturaleza toca la tierra y lo que hay en ella solo un poco. Él es todo como un círculo, elevándose noéticamente en la extensión, llevando su principio a su fin y todos sus dones, tallados en la corona de la humildad. Para él está preparada una mesa —la contemplación de todo lo que existe— y su bebida, su copa de sabiduría y su descanso es Dios.
81. Quien voluntariamente ha emprendido los trabajos de las virtudes y cumple con celo el combate monástico es digno de grandes dones de Dios. Llegando así a la mitad del combate, alcanza revelaciones y contemplaciones divinas. Y llega a ser tan luminoso y tan sabio cuanto alcanza el trabajo de sus combates. Pero cuanto más asciende a las alturas de la contemplación, tanto mayor es la envidia que levanta contra sí de parte de los demonios destructores, pues no soportan ver a un hombre cuya naturaleza se hace como la de un ángel, y por eso le disparan a escondidas la aguda flecha del orgullo. Y si el monje comprende la artimaña del enemigo y huye de ella a la fortaleza de la humildad, escapará de la perdición por el orgullo y entrará en el puerto de la salvación. Pero si no, perderá la fuerza que viene de lo alto y será entregado a un castigo involuntario a los espíritus que lo reclaman, pues no se probó a sí mismo. Y estos espíritus son amantes del placer y de la carne, astutos e irascibles; lo humillan con feroces asaltos hasta que llegue a conocer su debilidad y, llorando, diga con David: «Bueno me es que me hayas humillado, para que aprenda tus estatutos» (Sal 118,71).
82. Dios no quiere que estemos siempre humillados por las pasiones y cazados como liebres, sino que busquemos la roca como refugio nuestro, pues Él ha dicho: «Yo dije: dioses sois, e hijos del Altísimo todos vosotros» (Sal 81,6). Quiere que, como ciervos, corramos a los altos montes de sus mandamientos y tengamos sed de las aguas vivificantes del Espíritu. Como los ciervos, que por naturaleza comen serpientes, acalorados por una larga carrera, transforman admirablemente el veneno de la serpiente en alimento, y en nada les daña, así también nosotros, habiendo recibido en el vientre del pensamiento todo pensamiento pasional, encendidos por el cumplimiento de los mandamientos de Dios y por la fuerza del Espíritu, transformaremos la pasión en una obra fragante y salvadora de virtud, llevando «cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo» (2 Co 10,5). Pues el mundo de arriba quiere llenarse no de hombres carnales e imperfectos, sino de aquellos que han llegado «al estado de varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).
83. Quien todo el tiempo pisa en un mismo lugar y no quiere avanzar es semejante a un mulo que da vueltas en torno a la era en el mismo sitio. Pues quien solo lucha con la carne y ejercita solo su cuerpo en el padecimiento de sufrimientos no sabe cuán grandes son las cosas que está perdiendo, pues no ha alcanzado el conocimiento de la voluntad divina. Dice el apóstol Pablo que «el ejercicio corporal para poco es provechoso» (1 Tm 4,8), hasta que la sabiduría corruptible de la carne sea devorada por los torrentes de las lágrimas del arrepentimiento, hasta que se cumpla la mortificación espiritual y vivificante del cuerpo y la ley del Espíritu reine en nuestra carne mortal. Pero la piedad del alma es provechosa por el conocimiento de todo lo que existe y por los jardines inmortales de los pensamientos divinos; es visible como árbol de vida en la obra noética del intelecto y es provechosa siempre y en todo, pues hace puro el corazón y trae paz a las potencias del alma, da iluminación del intelecto, pureza del cuerpo, castidad, continencia abarcadora, humildad de pensamiento, compunción, amor, santificación, comprensión de las cosas celestiales, sabiduría de palabra y contemplación de Dios. Quien tras muchos combates ha alcanzado tal perfección en la piedad ha pasado el mar Rojo de las pasiones y ha entrado en la tierra prometida, de la cual manan la miel y la leche del conocimiento de Dios y el gozo sin fin de los santos.
84. Quien no desea pasar de las cosas de poco provecho a las plenamente provechosas todavía come pan de salvado con el sudor de su frente, según la palabra de Dios dicha desde el principio mismo. Por eso su alma no desea el maná noético ni aquella miel que manó para Israel de la roca hendida. Pero quien ha oído las palabras «Levantaos, vámonos de aquí» (Jn 14,31), y a la voz del Maestro se ha levantado de la obra dolorosa y ha dejado de comer el pan del dolor, ha desechado la percepción y ha gustado de la copa de la sabiduría de Dios, ese ha conocido cuán bueno es el Señor, pues ha cumplido la ley de los mandamientos con el servicio de la palabra y ha entrado en el cenáculo de la venida, esperando al Consolador.
85. Nos conviene avanzar por orden y por grados de la vida amante de la sabiduría y dirigirnos con celo hacia lo que está en las alturas, lanzándonos siempre hacia lo que es según Dios, y no cesar de hacer buenas obras. Por medio de esto y del aprendizaje práctico pasaremos a la contemplación de la naturaleza de las criaturas, y de ella nos conviene ascender a las palabras místicas de la teología y descansar en ella de todas las obras del aprendizaje corporal, pues estaremos ya por encima de las obras corporales y recibiremos el conocimiento con discernimiento de la verdadera distinción de las cosas. Si aún no tenemos tal conocimiento, entonces tampoco sabemos cómo avanzar y movernos hacia una vida más perfecta; somos aún peores que los hombres del mundo, que no conocen ni el límite del éxito en cierta dignidad, ni las paradas en el ascenso, hasta que llegan a una dignidad superior a las otras y aquietan en ella su deseo.
86. El alma que se purifica con celo por medio de trabajos es iluminada por la luz divina y comienza poco a poco a ver la belleza natural que Dios le dio desde el principio, y se siente atraída al amor de Aquel que la creó. Cuanto más se le esclarecen, por su purificación, los rayos del Sol de justicia y más comienza a ver y a conocer su belleza natural, tanto más multiplica los trabajos del aprendizaje para su mayor purificación, a fin de que, purificada, comprenda la gloria del don del que ha sido digna, reciba su antigua nobleza y presente al Creador una imagen pura y sin mezcla. No se da a sí misma descanso hasta que se limpia de toda impureza y mancha y se hace digna de la contemplación de Dios y de la conversación con Él.
87. «Abre mis ojos y comprenderé las maravillas de tu ley» (Sal 118,18), clama a Dios quien todavía está cubierto por la niebla de la sabiduría terrena. La ignorancia del intelecto terreno, como bruma y densa oscuridad, cubre el conocimiento del alma y la hace oscura e incapaz de comprender las cosas divinas y humanas, de mirar los rayos de la luz divina o de gozar de aquellos bienes que «ojo no vio, ni oído oyó, ni al corazón del hombre subió» (1 Co 2,9). Pero cuando sus ojos se abran por el arrepentimiento, verá todo esto claramente, lo oirá en el intelecto y lo comprenderá noéticamente. Y no solo esto, sino que en su corazón comenzará su ascensión en estos entendimientos. Habiendo sentido su dulzura, conocerá con la mente y contará a todos, con la palabra de la sabiduría de Dios, las maravillas de Dios y los bienes que Dios ha preparado para quienes lo aman, y exhortará a todos a llegar a estos bienes por medio de muchos combates y lágrimas.
88. Hay siete dones del Espíritu Santo. La palabra de Dios los nombra, comenzando por la sabiduría y terminando por el temor divino. «Espíritu de sabiduría y de inteligencia —dice—, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de piedad y de temor del Señor» (Is 11,2-3). Pero a nosotros nos conviene comenzar por el temor de los tormentos, que nos purifica, para que por él nos apartemos del mal, seamos limpiados por el arrepentimiento de la mancha del pecado y lleguemos al temor puro, caminando hacia él por el buen camino y aquietando en él la obra de las virtudes.
89. Quien ha comenzado por el temor del juicio y por las lágrimas del arrepentimiento ha llegado a la pureza del corazón, se llena primero de sabiduría, pues está dicho que el temor es su principio. Luego se llena de inteligencia y de consejo, pues ama aconsejarse a sí mismo en lo provechoso y buscar el Reino de Dios y su justicia. Alcanzando esto por el cumplimiento de los mandamientos, asciende al conocimiento de lo que existe y recibe una contemplación segura de las cosas divinas y humanas. Por esto se hace todo él morada de la piedad y, habiendo subido a las cumbres del amor, se hace perfecto y recibe enseguida el puro espíritu de temor, para guardar los tesoros del Reino de los Cielos depositados en él. Este temor, sumamente salvador, hace temblar a quien ha salido a la cumbre del amor. Teme caer de tal altura del amor de Dios y ser arrojado de nuevo al temor de los tormentos del infierno.
90. Para los que apenas comienzan la vida de piedad hay un provecho de la lectura de las Escrituras; para los que ya han llegado a la mitad, otro; y para los que se acercan a la perfección, aún otro. Para los primeros, la lectura de la Sagrada Escritura es el pan de la mesa de Dios, que fortalece sus corazones en los sagrados combates de la virtud, les da fuerza para luchar contra las pasiones activas y contra los espíritus, y los hace valientes soldados contra los demonios; por eso pueden decir: «Has preparado ante mí una mesa frente a mis opresores» (Sal 22,5).
Para los segundos, la lectura de la Sagrada Escritura es como el vino de la copa de Dios, que alegra sus corazones y los golpea con la fuerza de los entendimientos. La lectura aparta su intelecto de lo escrito, lo conduce, probándolo, a las profundidades del Espíritu y lo hace capaz de engendrar y descubrir entendimientos; por eso pueden decir: «Y tu copa, que embriaga, ¡cuán excelente es!» (Sal 22,5).
Y para los terceros es el óleo del Espíritu divino, que unge sus almas y las calma y humilla por la abundancia de las iluminaciones divinas, y hace toda el alma mucho más alta que el cuerpo; por eso tal alma puede cantar: «Ungiste con óleo mi cabeza… y tu misericordia me seguirá» (Sal 22,5-6).
91. Mientras, trabajando en la filosofía práctica, nos dirigimos a Dios con el sudor de nuestra frente, disminuyendo las pasiones del cuerpo, tanto tiempo el Señor se alimenta con nosotros del pan cotidiano que crece por la obra de las virtudes, y fortalece el corazón del hombre en la mesa de sus dones. Pero cuando su nombre se santifique en nosotros por la impasibilidad y Él mismo reine en las potencias de nuestra alma, sometiendo y reconciliando lo que estaba distanciado entre sí —esto es, el pensamiento peor con el mejor—, y su voluntad se haga en nosotros como en el cielo, entonces bebe con nosotros la nueva bebida de la Palabra de sabiduría, sacada de la compunción y del entendimiento de los grandes misterios, en su Reino que está dentro de nosotros. Y cuando estemos en comunión del Espíritu Santo y seamos cambiados por el buen cambio en la renovación de nuestro intelecto, entonces Dios estará con nosotros como con dioses, recibiéndonos como inmortales.
92. Cuando la venida del Espíritu Santo contenga el torrente tempestuoso de los pensamientos pasionales del intelecto, y la continencia y la reflexión sobre la muerte pongan freno al abismo salado de los pensamientos y razonamientos indecorosos, entonces sopla el soplo divino del arrepentimiento, brotan las aguas de la compunción, que Dios y Señor vertió en la palangana, y lava nuestros pies noéticos, haciéndolos dignos de caminar en los atrios de su Reino.
93. El Verbo de Dios se hizo carne, tomó sobre sí nuestra naturaleza y se hizo hombre perfecto sin pecado. Y siendo Dios perfecto, renovó nuestra naturaleza y la deificó. Y como Él es el Verbo del primer Intelecto y Dios, se unió con la potencia racional de nuestra naturaleza y le dio alas para que se elevara a la sabiduría y a los pensamientos divinos. Él es fuego, y por eso con el fuego natural y divino dirigió la potencia irascible contra las pasiones contrarias y contra los demonios. Él es el deseo de toda criatura racional y el descanso de los deseos, y por eso ensanchó la potencia desiderativa, mandándole el amor, hacia el anhelo de participar de los bienes de la vida eterna. Habiendo renovado así al hombre entero, hizo nuevo lo viejo, sin un solo reproche al Creador por la renovación.
94. Dios Verbo, obrando sagradamente en sí mismo nuestra renovación, se ofreció por nosotros en sacrificio mediante la cruz y la muerte, y da constantemente en sacrificio su purísimo Cuerpo y nos lo ofrece cada día como banquete salvador del alma. Para que nosotros, comiéndolo y bebiéndolo, seamos mejores en los sentidos del alma por esta comunión, uniéndonos con Él, pasando de peores a mejores y haciéndonos uno con el cuerpo doble y el alma racional, como con Dios encarnado y consustancial con nosotros según la carne; de modo que ya no nos pertenezcamos a nosotros mismos, sino a Aquel que por su mesa inmortal nos ha hecho uno con Él y por adopción nos ha hecho tales como Él mismo es por naturaleza.
95. Cuando nosotros, probados por los trabajos de las virtudes y purificados de antemano por las lágrimas, nos acercamos y comemos este pan y bebemos de esta copa, el Verbo por sus dos potencias naturales se une doblemente a nosotros con mansedumbre y nos transforma en sí mismo, como encarnado y consustancial con nosotros según la naturaleza humana, y a todos nos deifica por la palabra del conocimiento, y nos hace suyos, como semejantes en imagen y como hermanos, siendo Él Dios y consustancial con el Padre. Pero cuando nos acercamos a Él mezclados con pasiones y manchados por la suciedad del pecado, entonces Él, acercándose a nosotros con el fuego natural que destruye toda malicia, nos abrasa y nos quema a todos y corta nuestra vitalidad, no por voluntad de su bondad, sino forzado por nuestra insensibilidad.
96. A todos los que por la filosofía práctica han comenzado a caminar por los senderos de los mandamientos de Cristo, el Señor se acerca invisiblemente y camina junto a ellos, pues su pensar es aún imperfecto y sus almas todavía dudan acerca de las palabras de las virtudes. Con razón se retienen los ojos de sus almas, para que no perciban su propio progreso, mientras el Señor camina con ellos, los ayuda a liberarse de las pasiones y les tiende una mano de ayuda para el cumplimiento de toda virtud. Pero cuando alcanzan éxito en los combates de la piedad y por la humildad se acercan a la impasibilidad, entonces el Verbo no quiere que se detengan, cansados por los trabajos de las virtudes, sino que vayan más allá y asciendan a la contemplación. Por eso los alimenta abundantemente con el pan de las lágrimas, los bendice con la luz de la compunción y les abre el intelecto, para que comprendan la profundidad de las divinas Escrituras y por ello comiencen a ver la naturaleza de lo creado. Él se esconde de ellos, para que se levanten y se esfuercen con más celo por aprender el conocimiento de todo lo que existe y qué significa elevarse por encima de todo esto. Y cuando, habiendo buscado con celo, lo encuentren, ascienden al servicio superior del Verbo y predican a todos la resurrección del Verbo, que han conocido por la acción y la contemplación.
97. Con razón reprocha el Verbo la lentitud de quienes se demoran en los trabajos del aprendizaje práctico y en modo alguno quieren apartarse de ellos y pasar a la contemplación superior; por eso les dice: «Oh insensatos y tardos de corazón para creer al Verbo, que puede revelar las profundidades del Espíritu a quienes andan según el Espíritu». No querer pasar de los combates iniciales a los más perfectos, y de las palabras de la divina Escritura a su comprensión más profunda, es señal de un alma perezosa, que no siente el provecho espiritual y envidia ferozmente su propio progreso. Oirá no solo las palabras «Id y compraos aceite de los que lo venden», como oyeron las vírgenes necias, sino también lo que se dijo cuando se cerró la cámara: «Apartaos, no os conozco».
98. Cuando el Verbo de Dios llega a un alma caída, como llegó una vez a la aldea de Betania, resucitando su intelecto que ha muerto por el pecado y está sepultado bajo pasiones corruptibles, entonces la sabiduría y la justicia, entristecidas por la muerte del intelecto, salen al encuentro del Señor y dicen: «Si hubieras estado aquí con nosotras, guardado y custodiado, nuestro hermano el intelecto no habría muerto por el pecado». Entonces la justicia se apresura a agasajar al Verbo con muchos afanes y con la obra de las virtudes y a ponerle delante una mesa variada del padecimiento de sufrimientos. Pero la sabiduría, desdeñando todos los afanes y el duro padecimiento de sufrimientos, elige sentarse junto a la obra noética y a los movimientos noéticos del Verbo y escuchar sus entendimientos contemplativos. El Señor acepta a la primera, que ha trabajado bien para agasajarlo honorablemente con la mesa de la filosofía múltiple y práctica, pero le reprocha sus muchos afanes y el ejercitarse poco en lo provechoso. Pues solo una cosa es necesaria para servir al Señor: someter el pensamiento peor al mejor y trasladar la sabiduría terrena del alma a los combates espirituales de la virtud. Y a la segunda el Señor la alaba, pues ha escogido la buena parte del conocimiento espiritual, con el cual se eleva por encima de los asuntos humanos y entra en las profundidades divinas, y allí halla las perlas del Verbo, y contempla los tesoros del Espíritu allí escondidos, y siente un gozo indecible que no le será quitado.
99. El intelecto, muerto por las pasiones y vivificado por la venida de Dios Verbo, arroja la piedra de la insensibilidad, y los siervos espirituales de Dios Verbo —esto es, el temor de los tormentos y los trabajos de las virtudes— lo liberan de las cadenas del pecado y de los pensamientos destructores; y él, habiendo gozado de la luz de la vida futura, pasa a la impasibilidad. Habiendo pasado a ella, se sienta en el trono de los sentidos y, celebrando puramente el sagrado misterio de la contemplación, se hace comensal del Verbo y, partiendo con Él de la tierra al cielo, reina con Cristo en el Reino de Dios Padre, habiendo aquietado todos sus deseos.
100. El estado de la vida futura, que comenzará después de la muerte del cuerpo, se hace manifiesto y comprensible a todo el que trabaja con celo en la ley de Dios y colma la medida de la estatura de la plenitud de Cristo por el anuncio y la acción del Espíritu Santo. La bienaventuranza de aquel descanso es el gozo eterno en la luz siempre existente. Un gozo incesante abraza a quienes aquí combaten en la ley de Dios, y los saluda la alegría del Espíritu Santo, que, según la palabra del Señor, no les será quitada. Quien ha sido digno de la venida del Consolador y, cultivando el campo de las virtudes, ha gozado de sus frutos y se ha enriquecido con sus dones divinos, se llena de gozo y de amor, pues todo temor ha huido de él. Con gozo se libera de las ataduras del cuerpo y con gozo se aparta de todo lo visible, hacia lo cual ya en vida había olvidado toda percepción, y reposa en el gozo indecible de la luz, donde está la morada de todos los que se alegran, aunque el cuerpo a menudo sufra dolor cuando el alma sale de él, como sufren dolor las mujeres en un parto difícil.