Instrucciones de nuestro santo padre Antonio el Grande en 170 capítulos sobre el carácter humano y la vida virtuosa
1. A menudo los hombres se equivocan al llamarse racionales.6 Pues no son racionales quienes han estudiado las ciencias y los libros de los sabios antiguos, sino quienes tienen alma racional y saben distinguir lo que es bueno de lo que es malo, y evitan lo perverso y dañino para el alma, mientras que aprenden con diligencia lo que es bueno y provechoso para el alma y lo practican dando muchas gracias a Dios. Sólo a éstos conviene llamar verdaderamente hombres racionales.
Nota 6: «Racional» significa: 1. Inteligente, dotado de intelecto. 2. Espiritual (Slovník jazyka staroslovĕnského, Praga, 1966, p. 111). (Nota del traductor.)
2. El hombre verdaderamente racional se cuida de una sola cosa: obedecer y agradar al Dios de todos, y enseñar a su alma únicamente cómo agradar a Dios, dándole gracias por su providencia constante y por su gobierno sobre todas las criaturas en cada vuelta de la vida. Pues es necio dar gracias a los médicos por la salud del cuerpo cuando nos dan medicinas amargas y dolorosas, y no dar gracias a Dios ni comprender que todo lo que nos parece aflicción sucede como debe y para provecho nuestro por su providencia. Tal comprensión y tal fe en Dios son la salvación y la perfección del alma.
3. La continencia, la mansedumbre, la pureza, la fortaleza, la paciencia y otras semejantes potencias grandes y virtuosas las hemos recibido de Dios, y ellas resisten, se oponen y vienen en nuestra ayuda en las pruebas. Cuando ejercitamos estas potencias y las mantenemos dispuestas, nada nos parecerá duro, ni doloroso, ni insoportable, porque todo esto es humano y queda vencido por las virtudes que hay en nosotros. Los necios de alma no piensan en ello, pues no consideran que todo sucede bien y oportunamente para provecho nuestro, a fin de que resplandezcan las virtudes y Dios nos corone.
4. Considerando la adquisición de bienes y el vivir de ellos como una ilusión pasajera, y sabiendo que una vida virtuosa y agradable a Dios es mejor que la riqueza, aprende esto con firmeza y, guardándolo en la memoria, no gemirás ni llorarás ni reprocharás a nadie, sino que por todo darás gracias a Dios, viendo a quienes están peor que tú establecidos en gloria y riqueza. Las pasiones feroces del alma son la concupiscencia, la gloria y la ignorancia.
5. El hombre racional, examinándose a sí mismo, pone a prueba lo que le conviene y le es útil, lo que es propio del alma y provechoso, y lo que le es ajeno. Y así evita lo que daña al alma y la aleja de la inmortalidad.
6. Cuanto más moderadamente vive un hombre, tanto mejor le va, porque no se inquieta por muchas cosas: por siervos, labradores y compra de ganado. Pues con esto nos atamos y, cayendo por ello en preocupaciones, nos quejamos contra Dios. Y por nuestra concupiscencia voluntaria crece la muerte y permanecemos en la oscuridad de una vida pecaminosa, engañados y sin conocernos a nosotros mismos.
7. No conviene decir que es imposible que el hombre lleve una vida virtuosa; puede decirse que no es fácil. La vida virtuosa es común a los hombres piadosos que tienen una mente amante de Dios; pero en general la mente humana es mundana y caprichosa, produce pensamientos buenos y malos, es mudable por naturaleza e inclinada a lo sensible. En cambio, la mente amante de Dios es enemiga de la malicia, que por sí sola surge en los hombres a causa de la pereza.
8. Los ineducados e ignorantes se burlan de la enseñanza y no quieren escucharla, pues entonces quedaría al descubierto su ignorancia; y desean que todos sean como ellos, por lo cual su vida y su carácter son desenfrenados. Procuran hacer a todos peores que ellos, pensando que quedarán justificados por la multitud de los males. El alma débil perece y se ve turbada por la malicia, teniendo dentro de sí fornicación, orgullo, insaciabilidad, ira, insolencia, ferocidad, homicidio, griterío, envidia, usura, robo, desasosiego, mentira, amor al placer, pereza, tristeza, temor, enfermedad, odio, reproches, flaqueza, adulación, ignorancia y olvido de Dios. Con estas y otras cosas semejantes es atormentada el alma miserable que se separa de Dios.
9. Los que quieren vivir virtuosa, piadosa y gloriosamente no se reconocen por la apariencia ni por una vida engañosa, sino por sus obras. Así como los artesanos —pintores y escultores— manifiestan su arte, así los justos manifiestan una vida virtuosa y amante de Dios y, como de redes, se apartan de todos los placeres perversos.
10. Los sabios llaman miserable al hombre rico y bien nacido si no tiene iluminación espiritual y toda virtud de vida, mientras que llaman dichoso al pobre y al siervo adornados con enseñanza y vida virtuosa. Y así como los caminantes pierden el camino, así perecen, tentados por la concupiscencia, los que no se cuidan de una vida virtuosa.
11. Debemos llamar creador de hombres a quien puede apaciguar a los no instruidos para que amen el saber y la enseñanza; del mismo modo, a quienes transforman a los que viven sin templanza en hombres virtuosos y agradables a Dios hay que llamarlos creadores de hombres, porque transforman a las personas. La mansedumbre y la continencia son prosperidad y buena esperanza para las almas humanas.
12. Conviene que los hombres ordenen de verdad su carácter y su vida como es debido. Cuando están ordenados, es más fácil conocer a Dios. A quien honra a Dios con todo su corazón y con fe, Dios le provee para que refrene la malicia y la concupiscencia. Pues la causa de todos los males es la concupiscencia y la malicia.
13. Se puede llamar hombre al racional o al que quiere corregirse. Pero al que no se corrige no se le llama hombre, pues está más allá de sus propias fuerzas corregirse sin ayuda, y de tales hombres hay que apartarse. Quien vive en la malicia jamás podrá entrar en el número de los inmortales.
14. Cuando tenemos racionalidad, ella nos hace dignos de llamarnos hombres. Pero quien se aparta de la racionalidad se diferencia de los irracionales sólo en la disposición de los miembros y en la voz. Por eso, sepa el hombre razonable que es inmortal y aborrezca toda concupiscencia vergonzosa, que es causa de muerte.
15. Así como todo artesano, al embellecer las cosas en que trabaja, muestra su destreza —el tallista, el broncista, el orfebre, el platero—, así también nosotros, al oír hablar de una vida buena, virtuosa y agradable a Dios, debemos manifestar nuestra perfección; pues como hombres somos verdaderamente racionales en el alma y no en las formas del cuerpo. El alma verdaderamente racional y amante de Dios conoce en seguida todo lo de la vida, y con amor se hace propicio a Dios y le da gracias en verdad, tendiendo hacia Él y dirigiendo a Él todos sus pensamientos.
16. Como los timoneles conducen la nave al puerto para que no choque contra un escollo o un arrecife, así los que se cuidan de una vida virtuosa examinen con diligencia lo que deben hacer y lo que deben evitar; tengan por útiles para sí las leyes verdaderas y divinas, cortando del alma los pensamientos perversos.
17. Así como los timoneles y los domadores alcanzan con la práctica y la diligencia aquello a lo que aspiran, así conviene que quienes aspiran a una vida recta y virtuosa aprendan y se cuiden de vivir con rectitud y de modo agradable a Dios. Pues quien lo quiere y cree que puede vivir así, por creerlo pasa a la inmortalidad.
18. Debemos considerar libres a los que son libres no por su condición, sino por su vida y su carácter. Pues no conviene llamar verdaderamente libres a los príncipes perversos o intemperantes, porque son esclavos de las pasiones naturales. Y la libertad y la prosperidad del alma son la verdadera pureza y el desprecio de las cosas pasajeras.
19. Recuérdate a ti mismo que siempre conviene sobresalir en una buena vida y en buenas obras. Así también los enfermos consideran y reconocen a los médicos como salvadores y bienhechores no por sus palabras, sino por sus obras.
20. Las señales de un alma racional y virtuosa son la mirada, el andar, la voz, la risa, el comportamiento y las conversaciones: cambian y se hacen mejores. Pues la mente amante de Dios de los hombres racionales —guardián vigilante— cierra la entrada a los pensamientos malos y vergonzosos.
21. Dios hizo el alma libre y dueña de sí para hacer el bien o el mal.
22. El alma racional se esfuerza por librarse del libertinaje, del orgullo, de la vanidad, de la pasión, del homicidio, del robo y de cosas semejantes, porque todas ellas son obras de los demonios y de una disposición perversa. Con diligencia y acción constante el hombre lo corrige todo, si sus deseos no se inclinan hacia los placeres malos.
23. Los que viven con sencillez y sin pretensiones quedan libres de disgustos y no necesitan que nadie los guarde, pues, venciendo en todo la concupiscencia, encuentran fácilmente el camino hacia Dios.
24. Conviene que los hombres racionales escuchen no las conversaciones numerosas, sino las provechosas, guiadas por la voluntad de Dios. Por ellas los hombres vuelven a la vida y a la luz eterna.
25. Conviene que quien busca una vida virtuosa y amante de Dios se libre de la frecuente presunción y de la gloria vana y engañosa, y se cuide de ordenar bien su vida y sus pensamientos; pues una mente amante de Dios e inmutable es ascenso y camino hacia Dios.
26. No hay provecho alguno en el saber si el alma no vive virtuosamente y de modo agradable a Dios; y la causa de todos los males es el error, el engaño y la ignorancia de Dios.
27. El ejercicio en una buena vida y el cuidado del alma hacen a los hombres buenos y amantes de Dios. Quien busca a Dios lo encuentra, venciendo en todo la concupiscencia y no cesando de orar; pues tal hombre no teme a los demonios.
28. A los que se dejan seducir por esperanzas mundanas y sólo de palabra saben lo que conviene hacer para una vida mejor les sucede algo semejante a los que han adquirido medicinas e instrumentos médicos, pero ni saben usarlos ni intentan aprenderlo. Por eso la causa de los pecados que hemos cometido no es el tiempo en que nacimos, ni ningún otro, sino nosotros mismos.
29. El que no sabe distinguir lo que es bueno de lo que es malo, que no juzgue al bueno ni al malo. Bueno es el hombre que conoce a Dios; pero cuando no es bueno, nada sabe ni aprenderá nada, porque el camino para conocer a Dios es la bondad.
30. Los hombres buenos y amantes de Dios reprenden las malas obras sólo a los presentes, y no reprenden a los ausentes ni permiten que otros lo hagan.
31. Que no haya obstinación en las conversaciones. La modestia y la castidad adornan a los hombres racionales más que a las vírgenes. La mente amante de Dios es una luz que ilumina el alma como el sol ilumina el cuerpo.
32. En todas las pasiones del alma que haya en ti, recuerda que para quienes piensan bien y quieren tener su casa protegida lo dulce no es la acumulación corruptible de riquezas, sino los honores rectos y verdaderos; son éstos los que los hacen capaces de recibir bienes. Pues los ladrones roban la riqueza y los más fuertes se la llevan, mientras que la virtud del alma es la única adquisición segura e inaccesible al robo, y después de la muerte salva a quienes la acumularon. Quienes así piensan no se dejan arrastrar por los sueños de riqueza ni por los demás placeres.
33. No conviene que hombres inconstantes y sin instrucción pongan a prueba a los hombres racionales. Y el hombre racional es agradable a Dios: calla sobre muchas cosas o habla brevemente de lo necesario y agradable a Dios.
34. Quien vive virtuosamente y amando a Dios cuídese de las virtudes del alma, pues ellas son su propio bien y su deleite eterno. Y del bien temporal disfrutan cuanto pueden contener y cuanto Dios les da y quiere, con toda alegría y acción de gracias, recibiendo provecho para sí, aunque sea muy moderado. Los alimentos refinados nutren el cuerpo como algo natural, pero el conocimiento de Dios, la continencia, la bondad, la beneficencia, la piedad y la mansedumbre deifican el alma.
35. El hombre racional tiene su propia voluntad de Dios Creador, la cual es más fuerte que cualquier contrariedad y cualquier coacción.
36. Los que consideran una desgracia perder riquezas, o hijos, o siervos, o cualquier otro bien, sepan que ante todo conviene contentarse con lo que Dios provee, y que conviene devolverlo de buena gana y con buen ánimo, sin afligirse en absoluto por su pérdida —o, dicho de otro modo, por su devolución—, pues, habiendo usado lo que no era nuestro, lo devolvemos.
37. La obra del hombre bueno consiste en no vender su propia voluntad por recibir riquezas, aunque le dieran muchísimas. Todo en la vida es como un sueño, y la apariencia de la riqueza es temporal y breve.
38. Los que son verdaderamente hombres procuren vivir amando a Dios y virtuosamente, para que su vida virtuosa resplandezca entre los demás hombres. Así también una pequeña franja de púrpura puesta sobre vestiduras blancas las adorna, resalta y atrae la mirada. Pues de este modo se esforzarán más por las virtudes del alma.
39. Conviene que los hombres razonables examinen sus fuerzas y el crecimiento de la virtud del alma que hay en ellos, y así crezcan y resistan a las pasiones que sobrevienen, según la medida de la virtud que les ha sido concedida por naturaleza por Dios. Contra la vanidad y contra toda concupiscencia dañina para el alma está la continencia; contra los trabajos y las privaciones, la fortaleza; contra el fastidio y la malicia, la mansedumbre y otras virtudes semejantes.
40. Es imposible que un hombre se haga bueno y sabio de repente. Se llega a serlo mediante una enseñanza laboriosa, la investigación y la prueba, a veces con lucha, y con el deseo de la buena obra. El hombre bueno y amante de Dios que verdaderamente conoce a Dios no cesa de hacer sinceramente todo lo que agrada a Dios. Tales hombres son raros.
41. No conviene que los hombres que por naturaleza no se inclinan al bien desesperen de sí mismos, se debiliten en una vida amante de Dios y virtuosa y la desprecien como inaccesible e inalcanzable para ellos, sino que conviene que aprendan según sus fuerzas y se cuiden a sí mismos. Aunque no puedan adquirir perfectamente la virtud y la salvación, sin embargo, por la enseñanza y el deseo o se hacen mejores o no se hacen peores, de lo cual no es pequeño el provecho para el alma.
42. El hombre está unido por la mente al poder inefable y divino, y en el cuerpo tiene comunidad con los animales. Y no muchos hombres, sino sólo los perfectos y racionales, procuran volver sus pensamientos a Dios Salvador y hacerse parientes suyos, y lo muestran con obras y con una vida virtuosa; pero muchos, necios de alma, dejando de lado aquella adopción divina e inmortal, aferrándose a un parentesco muerto, miserable y breve, pensando carnalmente e inflamados por las pasiones, se separan de Dios y arrojan el alma del cielo al abismo, arrancándola del deseo del cielo.
43. El hombre racional, reflexionando sobre la coexistencia y la comunión con la Divinidad, nunca amará nada terreno y bajo, sino que eleva su mente a lo celestial y eterno y comprende que tal es la voluntad de Dios: que el hombre se salve. La voluntad de Dios es la causa de todo bien y la fuente de los bienes eternos para los hombres.
44. Si encuentras a alguien que ama la disputa y discute contigo contra la verdad, detén en seguida la discusión y cede ante él, que tiene la mente endurecida. Así como el mejor vino se echa a perder con mala agua, así la vida y los pensamientos virtuosos se arruinan con malas conversaciones.
45. Si ponemos toda nuestra diligencia y habilidad en evitar la muerte del cuerpo, mucho más debemos esforzarnos por evitar la muerte del alma. Para quien quiere salvarse no hay más obstáculo que la negligencia y la acedia7 del alma.
Nota 7: La acedia (unyniye, ἀκηδία): pereza o apatía, término que define un estado de desidia característico de los monjes. Constituía un problema especial para los eremitas, que carecían del aliento de otros hermanos, como sí ocurría en los monasterios cenobíticos. Nilo de Ancira define la acedia como «debilidad del alma incapaz de resistir las tentaciones» (PG 79: 1157 C). Se creía que la acedia era consecuencia de vicios como la pereza, la locuacidad y la inmersión en las emociones, pero a veces se la asociaba con una causa sobrenatural: un demonio que empezaba a actuar al mediodía. Bajo su influjo los monjes se volvían inquietos, agitados y negligentes en la oración y la lectura. La acedia podía vencerse con oración vigilante y lectura de la Sagrada Escritura, con perseverancia, evitando la charla vana y con el trabajo manual (PG 79: 1456D-1460B). Teodoro el Estudita (PG 99: 1724C) asignaba como castigo por este vicio cuarenta días de penitencia, de ellos tres semanas sin vino ni aceite y 250 postraciones diarias, porque si uno no se arrepiente de este pecado, puede llevarle al abismo del infierno (The Oxford Dictionary of Byzantium, Nueva York-Oxford, 1991, vol. 1, p. 44). (Nota del traductor.)
46. Todos los que temen pensar en lo provechoso y en lo que se llama bueno son considerados miserables. Y en quienes, comprendiendo la verdad, disputan sin vergüenza, el entendimiento ha muerto, su alma se ha embrutecido y no se ilumina, y no conocen a Dios.
47. Dios sacó de la tierra con su palabra las diversas clases de animales para la necesidad común, unos para alimento y otros para servicio; pero al hombre lo creó como supervisor de ellos y de su vida, y como intérprete agradecido. Por eso los hombres deben esforzarse por no morir como bestias irracionales, sin haber visto ni comprendido a Dios. Pues el hombre debe saber que Dios puede hacerlo todo y que nada estorbará al Todopoderoso; Él creó de la nada todo cuanto quiso y crea con su palabra para la salvación de los hombres.
48. Los que están en el cielo son inmortales por la bondad que habita en ellos; y los que están en la tierra son mortales por la malicia voluntaria que hay en ellos; la malicia surge en los necios por su pereza y por su ignorancia de Dios.
49. La muerte, si los hombres la comprenden, es inmortalidad; pero aquella muerte que los ignorantes no comprenden es para ellos muerte. Y no es esta muerte la que hay que temer, sino la perdición del alma, que es la ignorancia de Dios. Éste es el mal para el alma.
50. La malicia es una pasión natural. Por eso el cuerpo no puede estar sin malicia. Pero el alma racional, reflexionando sobre esto, se sacude la carga de la naturaleza, que es la malicia, y, liberada de ella, conoce al Dios de todos y vigila al cuerpo como a un enemigo y como a un labrador, sin obedecerle. A tal alma Dios la coronará, porque ha vencido la pasión natural de la malicia.
51. El alma, cuando reconoce el pecado, lo aborrece como a una bestia hedionda; pero el pecado no reconocido es amado por quien no lo conoce, y él, dominando a su partidario, lo tiene cautivo. Y así el hombre desdichado y miserable ni ve lo que le es útil ni lo comprende, sino que se alegra, pues piensa que el pecado le adorna.
52. El alma pura, siendo buena, es iluminada y alumbrada por Dios, y entonces la mente piensa el bien y produce palabras amantes de Dios. Pero cuando el alma se mancha con la malicia, Dios se aparta de ella. Y aún peor le va al alma que se ha separado de Dios: los demonios perversos, entrando en sus pensamientos, la incitan a obras injustas —adulterios, homicidios, robos, sacrilegios y semejantes—, todas obras demoníacas.
53. Los que conocen a Dios están llenos de todo buen pensamiento y, deseando lo celestial, desprecian lo mundano. Tales hombres ni agradan a muchos ni resultan gratos a muchos, por lo cual no sólo son odiados, sino también objeto de burla por parte de los necios. Aceptan soportarlo todo desde la pobreza, sabiendo que lo que otros consideran malo es bueno para ellos. Pues quien comprende las cosas celestiales cree en Dios, sabiendo que todas las criaturas dependen de su voluntad; pero quien no comprende jamás creerá que el mundo es obra de Dios, creado para la salvación del hombre.
54. Los que están llenos de malicia y ebrios de ignorancia no comprenden a Dios, no están sobrios en el alma. Pues a Dios se le puede comprender, aunque no ver: es muy manifiesto en las criaturas visibles, como el alma en el cuerpo. Así como el cuerpo no puede existir sin el alma, así es imposible que todo lo visible y viviente exista sin Dios.
55. ¿Para qué fue creado el hombre? Para que, contemplando las obras de Dios, viera a Dios y glorificara a Aquel que las creó para el hombre. Una mente amada de Dios es un bien invisible que Dios concede a los dignos por una buena vida.
56. Libre es quien no sirve a los placeres, sino que con sabiduría y pureza gobierna el cuerpo y se contenta con gran gratitud con lo que Dios le provee, aunque sea muy poco. Cuando la mente amante de Dios y el alma están de acuerdo, todo el cuerpo se aquieta, incluso contra su voluntad. Pues cuando el alma quiere, todo movimiento corporal se aquieta.
57. Los que no se contentan con los bienes que tienen y desean más caen en esclavitud de las pasiones, que turban el alma y ponen en ella pensamientos y sueños, también ellos malos. Y así como una ropa demasiado holgada estorba a los atletas para moverse, así el deseo de más bienes no permite a las almas esforzarse por salvarse.
58. Cuando a alguien se le fuerza o se le obliga a hacer algo, esto es para él como cárcel y trabajo duro. Ama, pues, lo que te sucede, para no atormentarte cruelmente soportándolo todo sin acción de gracias. Sólo hay un camino para ello: despreciar lo mundano.
59. Así como tenemos de Dios la vista para distinguir lo que vemos, lo blanco y lo negro, así se nos ha concedido de Dios la racionalidad para distinguir lo que es útil al alma. La concupiscencia, separándose de la prudencia, produce placer y no permite que el alma se salve ni se una con Dios.
60. Los pecados no son lo que sucede por naturaleza, sino lo que sucede por consentimiento perverso. No es pecado comer; es pecado comer sin gratitud y sin templanza, pues el cuerpo existe en la vida sin ningún pensamiento perverso. Simplemente mirar no es pecado; es pecado mirar con envidia, con orgullo y con avidez; y no hay pecado cuando escuchas con paz, lo hay cuando escuchas con ira; y no es pecado mover la lengua a la acción de gracias y a la oración, es pecado moverla a la calumnia; y no es pecado tender las manos para dar limosna, es pecado tenderlas para matar y robar. Así peca cada miembro cuando, por propia voluntad, hace el mal en vez del bien, contra la voluntad de Dios.
61. Cuando dudes de que Dios vigila cada obra, considera que tú eres hombre y polvo y, sin embargo, puedes pensar y reflexionar sobre distintos lugares a la vez; cuánto más entonces Dios, que lo ve todo, hasta lo tan pequeño como un grano de mostaza, y que da vida y alimenta todo como quiere.
62. Cuando cierres la puerta de tu habitación y estés solo, sabe que está presente contigo el ángel que Dios asigna a cada hombre, y al que los griegos llaman demonio doméstico. Él, sin sueño y sin poder ser tentado, está siempre junto a ti, lo ve todo, y las tinieblas no tienen poder sobre él. Junto con él reconoce también a Dios, presente en todo lugar, pues no hay lugar ni cosa donde no esté Dios, que es mayor que todos y sostiene a todos en su mano.
63. Si los soldados guardan fidelidad al César porque los alimenta, mucho más debemos nosotros dar gracias a Dios sin cesar, sin callar, y agradar a Aquel que todo lo creó para el hombre.
64. La gratitud a Dios y una buena vida son el fruto humano agradable a Dios. Los frutos de la tierra no maduran todos a la vez, sino poco a poco, según las lluvias y el cuidado; así también los frutos humanos son santificados con el tiempo por la lucha y la enseñanza, la fortaleza, la continencia y la paciencia. Cuando por ellos parezcas piadoso a los demás, no te fíes de ti mientras estés en el cuerpo, y no pienses que alguna de tus obras agrada a Dios. Pues sabe que no es fácil para el hombre conservar la ausencia de pecado hasta el fin.
65. Nada hay más honroso en el hombre que la palabra. Tan poderosa es la palabra que con ella y con la acción de gracias honramos a Dios, y con una palabra calumniadora y deshonrosa condenamos nuestra alma. Por eso es obra de un hombre insensible echar la culpa a su nacimiento o a otro por el hecho de que peca, usando por propia voluntad o bien la palabra o bien la obra perversa.
66. Si nos esforzamos por curar las dolencias del cuerpo para que quienes nos ven no se burlen de nosotros, mucho más debemos esforzarnos por curar las dolencias del alma, para que, cuando seamos juzgados ante el rostro de Dios, no seamos hallados indignos o dignos de burla. Pues, teniendo nuestra propia voluntad, podemos, si queremos, no hacer obras perversas, aunque la concupiscencia nos empuje a ellas. Podemos hacerlo, y está en nuestro poder vivir de modo agradable a Dios, y nadie nos forzará jamás contra nuestra voluntad a hacer nada perverso. Esforzándonos así, seremos hombres dignos de Dios y semejantes a los ángeles que viven en el cielo.
67. Si quieres, puedes ser esclavo de las pasiones; si quieres, puedes ser libre y no ceder a ellas. Pues Dios te creó y te dio libre albedrío. Quien vence las pasiones carnales es coronado con la incorruptibilidad. Porque si no hubiera pasiones, tampoco habría virtudes ni coronas que Dios concede a los hombres dignos.
68. Los que no ven su provecho y no conocen el bien están ciegos de alma y su entendimiento está cegado. Por eso no conviene volver hacia ellos el pensamiento, no sea que por debilidad caigamos en lo mismo, sin haber previsto que también nosotros estamos ciegos.
69. No conviene airarse con los que pecan, aunque su pecado fuera digno de tormento, sino que conforme a la verdad misma debemos convertirlos y castigarlos, si así ocurre, por nosotros mismos o por otros. Pero no conviene airarse ni enfurecerse. Pues la ira sucede sólo por pasión, y no por juicio y verdad. Por eso tampoco conviene alabar a los que se compadecen en exceso. Conforme a la bondad y a la verdad misma conviene castigar a los perversos, y no por la propia pasión de la ira.
70. El enriquecimiento espiritual es el único enriquecimiento seguro e inaccesible al robo. Conduce a una vida virtuosa y agradable a Dios y a comprender y hacer buenas obras. La riqueza es un guía ciego y un consejero necio, y destruye al alma insensible que usó de la riqueza con exceso y mal.
71. Conviene que los hombres o bien no adquieran nada superfluo, o bien, si lo tienen, lo miren con firmeza, como a todo en la vida, como algo corruptible por naturaleza y fácil de perder, vil y frágil; y no se debe despreciar lo que sucede.
72. Sabe que las dolencias del cuerpo son propias del cuerpo, como corruptible y natural. Por eso conviene que el alma humilde manifieste con gracia en los dolores fortaleza y paciencia, y no reproche a Dios por qué creó el cuerpo.
73. Los que compiten en los juegos olímpicos no son coronados por la primera, la segunda o la tercera victoria, sino cuando vencen a todos los que compiten contra ellos. Así conviene que todo el que quiera ser coronado por Dios enseñe a su alma la castidad, y no sólo respecto del cuerpo, sino también respecto de las ganancias, y de las pérdidas, y del robo, y de la envidia, y en la comida, y en la vanagloria, y en los reproches, y en la muerte, y en todo lo que existe.
74. No por la alabanza de los hombres nos cuidemos de una vida buena y aceptable a Dios, sino por la salvación del alma escojamos una vida virtuosa. Pues la muerte está visible ante nuestros ojos cada día, mientras que los honores humanos son inciertos.
75. En nuestro poder está vivir castamente, pero enriquecernos no está en nuestro poder. ¿Y qué entonces? ¿Conviene acaso condenar nuestra alma por el deseo temporal de riqueza, que no tenemos poder de adquirir, sino sólo de desear? ¡Oh, con qué irreflexión vivimos, sin saber que por encima de todas las virtudes está la humildad, así como por encima de todas las pasiones están la gula y la concupiscencia mundana!
76. Conviene que los razonables recuerden sin cesar que, soportando en la vida trabajos pequeños y breves, gozaremos de un gran deleite y de una alegría eterna después de la muerte. Por eso, quien lucha con las pasiones y desea ser coronado por Dios, cuando caiga, que no se acobarde ni permanezca en el pecado cayendo en la desesperación, sino que, levantándose, luche y trabaje de nuevo para ser coronado, levantándose hasta el último aliento de la caída que le sobrevenga. Pues los trabajos corporales son el arma de las virtudes y salvadores para el alma.
77. Las contrariedades de la vida hacen a los hombres y a los que se esfuerzan dignos de ser coronados por Dios. Por eso conviene morir en la propia vida a todo lo mundano, pues los muertos jamás se inquietan por nada mundano.
78. No conviene que el alma racional que lucha tema y se asuste en seguida de los sufrimientos que le sobrevienen, no sea que se burlen de ella como de una cobarde. El alma turbada por sueños mundanos abandonará el buen orden. A los bienes eternos nos conducen nuestras virtudes espirituales, mientras que la causa de los tormentos es la malicia humana voluntaria.
79. El hombre racional es combatido por las pasiones del alma a través de los sentidos racionales. Los sentidos corporales son cinco: la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto. Por estos cinco sentidos es llevada cautiva el alma miserable, cayendo bajo sus propias cuatro pasiones. Las pasiones del alma son cuatro: la vanagloria, la alegría, la ira y el temor. Por eso, cuando con sabiduría y prudencia el hombre que combate bien las supera y las vence, ya no es combatido, sino que tendrá paz en el alma y será coronado por Dios como vencedor.
80. Los que pasan la noche en una posada reciben un lecho; los que, no teniéndolo, duermen en el suelo, no roncan ni más ni menos que quienes duermen en un lecho; y, tras esperar el fin de la noche, por la mañana todos salen juntos llevando sólo lo suyo. Del mismo modo, todos los que caminan por la vida, viviendo con moderación, o en la gloria, o en la riqueza, salen de la vida como de una posada, sin llevarse consigo nada de los placeres y las riquezas del mundo, sino sólo sus propias obras, buenas o malas, que hicieron durante su vida.
81. Aunque tengas pleno poder, no te apresures a amenazar a nadie con la muerte, sabiendo que también tú por naturaleza estás sujeto a la muerte y que el alma está revestida del cuerpo como de una vestidura muerta. Sabiendo bien esto, aprende la mansedumbre y, haciendo el bien, da gracias a Dios en todo tiempo, pues quien no muestra misericordia no tiene en sí virtud alguna.
82. La muerte no puede evitarse y es impensable escapar de ella. Sabiéndolo, los hombres verdaderamente racionales, instruidos en las virtudes y en un pensamiento aceptable a Dios, aceptan la muerte sin gemidos, sin temor y sin llanto, reflexionando sobre su inevitabilidad y sobre la liberación de los males del mundo.
83. A los que han olvidado una vida buena y agradable a Dios y no reflexionan sobre las doctrinas buenas y amantes de Dios conviene no odiarlos, sino compadecerlos como privados de sentido y ciegos de corazón y de pensamiento. Tomando el mal por bien, perecen por ignorancia y no ven a Dios, tres veces miserables y disolutos de alma.
84. Sobre la piedad y la vida buena no te pongas a hablar con muchos. Digo esto no por envidia, sino porque los indignos se burlarán de ti. Pues lo semejante ama lo semejante, y tales palabras encontrarán pocos oyentes, y quizá rarísimos. Es mejor callar, pues no es esto lo que Dios quiere para la salvación del hombre.
85. El alma padece junto con el cuerpo, pero el cuerpo no padece junto con el alma: cuando el cuerpo es herido, el alma también sufre con él; pero cuando el cuerpo está fuerte y sano, las pasiones del alma gozan junto con él. En cambio, cuando el alma reflexiona, el cuerpo ya no reflexiona, sino que permanece aparte por sí mismo. Pues la reflexión es una pasión del alma, como lo son la ignorancia, el orgullo, la incredulidad, la usura, el odio, la envidia, la ira, la negligencia, la vanagloria, la ambición, la discordia y la insensibilidad al bien. Todo esto sucede en el alma.
86. Reflexionando sobre Dios, sé piadoso, sin envidia, bueno, virtuoso, manso, dispuesto a ayudar según tus fuerzas, amable, sin espíritu de disputa, y lo demás semejante. Pues ésta es la adquisición del alma inaccesible al robo: agradar a Dios con estas virtudes y no juzgar a nadie, y no decir de nadie que es perverso y ha pecado, sino examinar más bien las propias malas obras y mirarse a sí mismo y a la propia vida, si es agradable a Dios. ¿Qué nos importa a nosotros que otro sea perverso?
87. El hombre verdadero se ocupa de ser piadoso; y piadoso es quien no desea los bienes ajenos, pues todo lo creado es ajeno al hombre. Así pues, tú, como imagen de Dios, desprécialo todo. El hombre es imagen de Dios cuando vive bien y de modo agradable a Dios. Pero esto sólo es posible cuando el hombre se aparta de todo lo mundano. Quien tiene una mente aceptable a Dios sabe qué provecho espiritual y qué reverencia proceden de ella. El hombre amante de Dios no reprocha a otro aquello en lo que él mismo peca, y ésta es la señal de un alma que se salva.
88. Todos los que con todas sus fuerzas se preocupan de los bienes temporales y aman el deseo de las obras de la malicia, sin conocer la muerte y la perdición de su alma, ésos, desdichados, no miran su provecho ni piensan cuánto sufren los hombres después de la muerte a causa de la malicia.
89. La malicia es una pasión de la naturaleza. La malicia no viene de Dios. Dios dio a los hombres entendimiento, señales y fuerza de mente, que separa el bien del mal, y libre albedrío. La negligencia y la pereza humanas producen las pasiones de la malicia, de modo que la causa no está en absoluto en Dios. Pero por la división de los pensamientos, los demonios y muchos hombres se hicieron perversos.
90. El hombre que vive virtuosamente no permite que el pecado entre en su alma. Y cuando no hay pecado en el alma, ésta está segura y a salvo, y no la gobierna ni un demonio malo ni el azar. Pues Dios la libra de los males, y ella vive conservada indemne, semejante a Dios. Si alguien alabara a tal hombre, él se ríe por dentro del que lo alaba; si alguien lo deshonrara, ni responderá a los que lo reprochan ni se airará por sus palabras.
91. El mal acompaña a la naturaleza como la herrumbre al cobre y la suciedad a los cuerpos. Pero ni el broncista creó la herrumbre, ni la madre creó la suciedad, ni Dios creó los pecados. Él dio al hombre entendimiento y discernimiento para evitar el mal, sabiendo que sufre daño por él y es atormentado. Cuídate, pues, de que, al ver a alguien próspero en poder y riqueza, no lo alabes a causa de sueños demoníacos. Antes bien, ten la muerte siempre ante los ojos para que nunca desees nada malo ni mundano.
92. Nuestro Dios concedió la inmortalidad a los que están en el cielo; a los que están en la tierra los creó mudables, y a toda la creación le concedió vida y movimiento, y todo para el hombre. Que no te seduzca el sueño mundano del demonio, que incita al alma a pensamientos perversos; sino que, reflexionando sobre los bienes celestiales, di: si quiero, está en mi poder vencer también este movimiento de la pasión, y no lo venceré si deseo cumplir mi antojo. Trabaja, pues, en esta lucha que puede salvar tu alma.
93. La vida es la unión y el enlace de la mente, el alma y el cuerpo, y la muerte no es la destrucción de lo unido, sino la ruptura de esa unión. Dios los conservará incluso después de la ruptura.
94. La mente no es el alma, sino un don de Dios que salva el alma; y la mente agradable a Dios advierte y aconseja al alma que desprecie las cosas temporales, naturales y corruptibles, y que ame los bienes eternos, incorruptibles y sobrenaturales, y que camine en el cuerpo de un hombre pensando con la mente en lo celestial y lo divino, y viéndolo todo a la vez. Así, una mente amante de Dios es bienhechora y salvación para el alma humana.
95. El alma, cuando está en el cuerpo, en seguida se oscurece y perece por la tristeza y por los placeres. La tristeza y los placeres son como flema para el cuerpo. Pero la mente amante de Dios, oponiéndose a ellos, constriñe el cuerpo y salva el alma, como un cirujano que corta o cauteriza el cuerpo.
96. Aquellas almas a las que la razón no refrena y a las que la mente no gobierna, de modo que contenga y aquiete sus pasiones —a saber, la tristeza y el placer—, perecen como animales irracionales, cuando las pasiones dispersan la razón, desbocándose como caballos que huyen del domador.
97. Gran sufrimiento para el alma, perdición y ruina es no conocer a Dios, que todo lo creó para el hombre y le dio mente y palabra, con las cuales, volando, el hombre se une a Dios, comprendiéndolo y glorificándolo.
98. El alma está en el cuerpo, y en el alma está la mente, y en la mente la palabra, por la cual Dios, a quien comprendemos y glorificamos, hace inmortal el alma, concediéndole incorruptibilidad y alegría eterna. Pues Dios, por su sola bondad, dio el ser a todo lo que existe.
99. Dios, habiendo dado al hombre libertad de elección, como bueno y sin envidia, le dio también la capacidad de agradarle, si quiere. El hombre agrada a Dios cuando no hay pecado en él. Si aun los hombres alaban las buenas obras y las virtudes de un alma reverente y amante de Dios, y condenan las obras vergonzosas y perversas, mucho más las alaba Dios, que quiere que el hombre se salve.
100. El bien viene de Dios, como del Bueno, y el hombre lo recibe; para esto lo creó Dios. Pero el mal el hombre lo atrae hacia sí por sí mismo, y por su propio pecado, y por su concupiscencia, y por su insensibilidad.
101. El alma necia, aunque es inmortal y señora del cuerpo, consiente al cuerpo en los placeres, sin reflexionar en que el placer corporal la daña; y sin sentirlo, haciendo el necio, se inquieta por el placer del cuerpo.
102. Dios es bueno, y el hombre es malo. Nada malo hay en el cielo, nada bueno en la tierra. Pero el hombre racional escoge lo mejor, y conoce al Dios de todos, y le da gracias y lo alaba, y desprecia el cuerpo más que a la muerte, y no permite que se cumplan los sentimientos perversos, conociendo su fuerza y su ruina.
103. El hombre perverso ama la codicia y desprecia la justicia, sin pensar ni en la oscuridad e inestabilidad de la vida ni en su brevedad, olvidando la incorruptibilidad y la inevitabilidad de la muerte. Si es viejo y necio, entonces, como un árbol podrido, no sirve para nada.
104. Experimentamos placer y alegría cuando sentimos el sabor de lo que necesitamos: el que tenía sed bebe con placer, el que tenía hambre come con placer, el que no ha dormido bien duerme con placer, el que no ha sido ofendido no conoce el sentimiento de la alegría. Así también, cuando no despreciamos lo temporal, no gozamos de los bienes eternos.
105. La palabra es servidora de la mente; lo que la mente quiere, la palabra lo expresa.
106. La mente lo ve todo, incluso lo que está en el cielo; y nada la oscurece sino el pecado. Para una mente pura nada hay inaccesible, como para la palabra nada hay inexpresable.
107. Según el cuerpo el hombre es mortal, pero según la mente y la palabra es inmortal. Piensa en silencio y, tras haber pensado, habla; en el silencio la mente engendra la palabra. Y la palabra de acción de gracias que ofrecemos a Dios es salvación para el hombre.
108. Quien dice cosas insensatas es necio, porque habla sin pensar en absoluto. Mira, pues, lo que te es útil hacer para la salvación del alma.
109. Una palabra racional y provechosa para el alma es don de Dios; pero una palabra llena de necedad, que investiga la medida y la distancia de la tierra al cielo y el tamaño del sol y de las estrellas, es invención de un hombre que trabaja en vano. Buscan lo que no les es útil, jactándose vanamente, como quien quiere llevar agua en una criba. Pues es imposible que los hombres investiguen esto.
110. Nadie ve el cielo ni puede comprender a los que en él están, salvo el hombre que se cuida de una vida virtuosa y comprende y glorifica a Aquel que los creó para la salvación y les concedió la vida. Sin duda, tal hombre amante de Dios sabe que sin Dios nada hay, sino que en todas partes está Dios, como inescrutable.
111. Así como del seno materno el hombre sale desnudo, así del cuerpo sale desnuda el alma: una limpia, otra luminosa, una con manchas de pecado y otra negra por muchas transgresiones. Por eso el alma racional y amante de Dios, recordando y reflexionando sobre el mal que le espera después de la muerte, vive piadosamente para no ser condenada por lo mismo. Pues los incrédulos, necios de alma, cometen impiedad y pecado, despreciando lo eterno.
112. Así como, habiendo salido del seno, no recuerdas lo que había en el seno, así, habiendo salido del cuerpo, no recordarás lo que había en el cuerpo.
113. Así como, habiendo salido del seno, te haces mejor y mayor en el cuerpo, así, habiendo salido limpio y sin mancha del cuerpo, serás mejor e incorruptible, morando en el cielo.
114. Así como el cuerpo que se ha formado en el seno debe nacer, así también el alma, cuando pasa en el cuerpo el tiempo determinado por Dios, debe salir del cuerpo.
115. Así como guardas el alma mientras está en el cuerpo, así también ella, habiendo salido del cuerpo, te guardará a ti. Pues a quien guarda su cuerpo en el bienestar y la comodidad le sobreviene el mal después de la muerte; condena entonces a tu alma como necia.
116. Así como el cuerpo, saliendo incompleto del seno materno, no puede volver, así tampoco el alma, habiendo salido del cuerpo sin haber adquirido por una buena vida el conocimiento de Dios, puede salvarse ni unirse con Dios.
117. El cuerpo, uniéndose al alma, sale del seno oscuro a la luz; pero el alma, uniéndose al cuerpo, queda encerrada en la oscuridad del cuerpo. Por eso conviene aborrecer y castigar8 al cuerpo como enemigo y adversario del alma. La abundancia de comidas y de manjares sabrosos excita en los hombres las pasiones malas; la continencia del vientre somete las pasiones y salva el alma.
Nota 8: Aquí ha de entenderse la continencia del cuerpo respecto de las obras apasionadas y de los placeres que dañan el alma. También es cierto que «nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la alimenta y la cuida» (Ef 5,29).
118. La vista corporal son los ojos, pero la vista del alma es la mente. Y así como el cuerpo que no tiene ojos está ciego y no ve el sol que ilumina toda la tierra, ni el mar, y no puede gozar de la luz, así también el alma que no tiene una vida buena y virtuosa está ciega y no comprende ni glorifica a Dios, Creador y Bienhechor de todos, y no puede gozar de su incorruptibilidad ni de los bienes eternos.
119. La insensibilidad y la necedad del alma llevan a la ignorancia de Dios. El mal nace de la ignorancia, pero el bien viene a los hombres del conocimiento de Dios y salva el alma. Cuando no te apresuras a obrar según tus deseos, estás sobrio y, conociendo a Dios, piensas en las virtudes. Pero cuando por el placer te apresuras a obrar según tus deseos perversos, ebrio de ignorancia de Dios, pereces como las bestias irracionales, sin reflexionar sobre el mal que te espera después de la muerte.
120. Todo esto es obra de la providencia, que se realiza según la ley divina: que cada día el sol salga y se ponga, y que la tierra dé fruto; y, sin embargo, todo fue creado por causa del hombre. La ley determina también lo que es necesario para el hombre.
121. Todo lo que Dios crea, como Bueno, lo crea para el hombre; todo lo que el hombre crea, lo crea para sí mismo, tanto lo bueno como lo malo. Por eso no te asombres de la prosperidad de los perversos. Sabe que los verdugos viven en las ciudades no porque su oficio sea bueno, sino porque castigan a quienes merecen castigo. Por eso Dios permite que los hombres perversos tengan poder en los asuntos del mundo, para que por medio de ellos sean instruidos los insensibles; y al final los entrega a juicio. Pues ellos, complaciéndose en su malicia, hicieron mal a los hombres y no sirvieron a Dios.
122. Si los que adoran ídolos comprendieran y vieran con el corazón lo que adoran, no huirían, desdichados, de la piedad, sino que, viendo la hermosa belleza, el orden y la providencia de todo lo que fue y es por Dios, conocerían a Aquel que todo lo creó para el hombre.
123. El hombre, como perverso e injusto, puede matar, pero Dios no cesa de dar vida incluso a los indignos. Pues Él, sin envidia y bueno por naturaleza, quiso que el mundo existiera, y el mundo existe y sirve al hombre para su salvación.
124. Hombre racional es el que comprende que el cuerpo es corruptible y temporal. Tal hombre comprende también acerca del alma que es divina e inmortal y que, siendo lo que Dios insufló en el hombre, se unió al cuerpo para la prueba y la deificación. Quien comprende qué es el alma vive con rectitud y de modo agradable a Dios, sin someterse al cuerpo, sino que ve a Dios con la mente y ve con la mente los bienes eternos que Dios concede al alma.
125. Dios, que permanece siempre bueno y sin envidia, dio al hombre poder en el bien y en el mal, concediéndole la razón para que, viendo el mundo y todo lo que hay en el mundo, conociera a Aquel que todo lo creó para el hombre. Pero el injusto puede querer y no comprender; puede también no creer, y sufrir, y pensar contra la verdad. Tal poder tiene el hombre en el bien y en el mal.
126. Tal es el mandato de Dios: que el alma, cuando el cuerpo crece, se llene de mente, para que el hombre pueda escoger entre el bien y el mal lo que le plazca. Pero el alma que no escoge el bien no tiene razón. Por eso todos los cuerpos tienen alma, pero no de toda alma puede decirse que tenga razón. La razón amante de Dios está en los virtuosos, y reverentes, y justos, y sin tacha, y buenos, y misericordiosos, y piadosos. Cuando hay razón, es más fácil al hombre conocer a Dios.
127. Sólo una cosa es imposible al hombre, a saber, ser inmortal.9 Unirse con Dios le es posible, cuando piensa que puede. Pues el hombre que quiere, comprende, cree y ama, por medio de una buena vida se hace compañero de Dios.
Nota 9: Esto se dice del cuerpo y no del alma, pues también aquél, después de la resurrección, se hará inmortal.
128. El ojo ve lo visible, pero la mente comprende lo invisible. Una mente amante de Dios es la luz del alma. Quien tiene una mente amante de Dios está iluminado en el corazón y contempla a Dios con la mente.
129. Ningún hombre bueno es desvergonzado; el que no es bueno es siempre perverso y amante del cuerpo. La primera virtud del hombre es el desprecio de la carne. La renuncia a lo temporal y natural, por ser corruptible, nos hace herederos de lo eterno e incorruptible, si esa renuncia es voluntaria y no por pobreza.
130. Quien tiene mente sabe por sí mismo lo que es, sabe que es corruptible; y quien se conoce a sí mismo sabe que todos son criaturas de Dios y creados para la salvación. Comprenderlo todo y creer rectamente está en poder del hombre. Tal hombre sabe con certeza que quienes desprecian los asuntos del mundo trabajarán menos, pero recibirán de Dios después de la muerte deleite y descanso eterno.
131. Como el cuerpo sin alma está muerto, así también el alma sin mente está vacía y no puede heredar el Reino de Dios.
132. Sólo al hombre escucha Dios, sólo al hombre se le aparece Dios. Dios es amante de los hombres, pues dondequiera que esté el hombre, allí está también Dios. Sólo el hombre es digno de adorar a Dios. Por causa del hombre Dios se transfigura.
133. Dios creó todo para el hombre: creó el cielo y lo adornó con estrellas, para el hombre creó la tierra. Los hombres cultivan la tierra para sí. Los que no sienten tal providencia de Dios son necios de alma.
134. El bien no es visible, como tampoco es visible nada de lo que hay en el cielo; el mal es visible, como es visible todo lo que hay en la tierra. El bien no puede compararse con nada. Pero el hombre que tiene mente escoge lo mejor. Sólo el hombre es enseñado por Dios y por su creación.
135. La mente se manifiesta en el alma, y la naturaleza en el cuerpo; y la mente del alma es deificación, mientras que la naturaleza del cuerpo es división. En todo cuerpo hay naturaleza, pero no en toda alma hay mente. Por eso no toda alma se salva.
136. El alma está en el mundo como nacida, pero la mente está por encima del mundo, como no nacida. Y el alma que comprende el mundo y quiere salvarse guarda constantemente la ley, reflexionando en sí misma sobre cuál es ahora la lucha y la prueba, y que es imposible aplacar al Juez, y cómo perece; y así el alma se preserva de las dulzuras pequeñas y vergonzosas.
137. En la tierra Dios puso la gehena y la muerte; en el cielo, providencia e inmutabilidad. Y todo fue creado para el hombre y para su salvación. Dios, que no necesita bien alguno, creó para el hombre el cielo y la tierra y los elementos, concediéndole por medio de ellos todos los deleites.
138. Lo mortal está sujeto a lo inmortal, y lo inmortal a lo mortal;10 los elementos sirven al hombre, y ello por el amor a los hombres y la bondad de Dios Creador inherentes a ellos.
Nota 10: Por «inmortal» ha de entenderse aquí lo duradero y perdurable.
139. El pobre e incapaz de hacer daño no se cuenta entre los que obran piadosamente; pero quien puede hacer daño y no usa su fuerza para el mal, y perdona a los humildes por piedad hacia Dios, adquiere también una buena recompensa después de la muerte.
140. Por el amor a los hombres de Dios, que nos creó, se han dado a los hombres muchísimos caminos de salvación, que convierten las almas y las llevan al cielo. Las almas humanas reciben recompensa por la virtud y castigo por las transgresiones.
141. El Hijo está en el Padre y el Espíritu en el Hijo, y el Padre en ambos. Por la fe el hombre conoce todo lo invisible y todo lo que puede comprenderse. Y la fe es el consentimiento voluntario del alma.
142. Así como los que por necesidad o forzados por las circunstancias navegan por ríos anchos, si están sobrios, siguen con vida aunque las olas sean poderosas; sacudidos un poco por ellas, no se ahogan, sino que alcanzan la orilla; pero si están ebrios, aunque intenten con todas sus fuerzas remar hacia la orilla, vencidos por el vino se ahogan en las olas. Del mismo modo muere el alma, cayendo en las impurezas y en el vaivén de las olas de la vida, si, levantándose del pecado de la naturaleza, no reconoce que ella, divina e inmortal, por la tentación se unió a lo temporal, apasionado y mortal, y que los placeres corporales la arrastran a la perdición; despreciándose a sí misma, ebria de ignorancia y sin cuidarse de sí, perece y queda excluida del número de los vivientes. Como un río arrastra a lo hondo, así a menudo el cuerpo nos arrastra a placeres indignos.
143. El alma racional, conservando inmóvil una buena voluntad, refrena como a un caballo la ira y la concupiscencia —sus pasiones irracionales— y, venciéndolas, aquietándolas y superándolas, es coronada y hecha digna de la vida celestial, recibiendo de Dios, que la creó, la recompensa por la victoria y por los trabajos.
144. El alma verdaderamente racional, al ver la prosperidad de los perversos y el bienestar de los indignos, no se turba imaginando sus placeres en esta vida. Conoce con certeza la inestabilidad de la felicidad, y la incertidumbre de la vida, y la brevedad del vivir, y la incorruptibilidad del juicio; y tal alma cree que Dios se cuida del alimento que necesita.
145. La vida corporal, la mucha riqueza y el poder de los placeres de esta vida se convierten en muerte para el alma. Pero el trabajo, la paciencia, la pobreza con acción de gracias y la mortificación del cuerpo son vida y deleite eterno para el alma.
146. El alma racional es una criatura natural y, despreciando una vida breve, escoge la dulzura celestial y la vida eterna, recibiéndolas de Dios por medio de una buena vida.
147. Quien tiene la ropa manchada de barro mancha la ropa de otros al tocarlos. Así también los perversos por propia voluntad y los injustos por su vida, dirigiéndose a los más sencillos y hablándoles de lo indecoroso, como con légamo manchan el alma a través del oído.
148. El principio del pecado es la concupiscencia, y por ella perece el alma racional. Pero el principio de la salvación del alma y del Reino de los cielos es el amor.
149. Así como el cobre que no se guarda ni se cuida debidamente se corrompe por la herrumbre, por el largo encierro y por el desuso, y se vuelve inútil e inservible, así también el hombre vacío que no se cuida de una vida virtuosa ni de volverse a Dios, separándose por sus malas obras de la protección de Dios, por el pecado nacido de la pereza se arruina en el cuerpo, como el cobre por la herrumbre, y se vuelve inservible e inútil.
150. Dios es bueno, impasible e inmutable. Pero si alguien considera bueno y verdadero que Dios no cambie, y sin embargo no comprende cómo se alegra del bien, se aparta del mal y se aíra con los que pecan, y en cambio, cuando es honrado, se hace misericordioso, entonces hay que decir que Dios ni se alegra ni se aíra: pues la alegría y la tristeza son pasiones. Y no se le llevan dones, pues esto significaría que es vencido por el amor a los placeres. No conviene pensar que Dios es bueno o malo según las acciones humanas. Pues Él es bueno y sólo ayuda, y nunca causa daño, siendo siempre el mismo e idéntico. Nosotros, siendo buenos, por semejanza nos unimos a Dios; pero siendo malos, por desemejanza nos separamos de Dios. Y viviendo virtuosamente nos adherimos a Dios, mientras que siendo malos lo hacemos enemigo nuestro. Cuando nos airamos no en vano, sino contra los pecados que no permiten que Dios resplandezca en nosotros, sino que nos unen a los demonios que atormentan, y cuando por las oraciones y la limosna recibimos el perdón de los pecados, esto no significa que hayamos honrado a Dios o que lo hayamos cambiado. Significa que con buenas obras y con la conversión a Dios hemos sanado nuestro pecado y nos hemos hecho dignos de participar todavía de la bondad de Dios. Por eso Dios se aparta de los perversos como el sol se oculta a los que han perdido la vista.
151. El alma piadosa conoce al Dios de todos. La piedad no es otra cosa que hacer la voluntad de Dios. El conocimiento de Dios consiste en ser sin envidia, virtuoso, manso, benévolo según las propias fuerzas, amistoso, sin espíritu de disputa, y en hacer lo que agrada a la voluntad de Dios.
152. El conocimiento de Dios y su temor curan las pasiones naturales. Pero cuando al alma la acompaña la ignorancia de Dios, las pasiones incurables que hay en ella la pudren; como por una supuración antigua, así se descompone por el pecado, cuya causa no es Dios, que envió a los hombres conocimiento y razón.
153. Dios llenó al hombre de conocimiento y de razón, procurando purificar las pasiones y el pecado voluntario, y transformar lo mortal en inmortal por su bondad.
154. La mente que está en un alma pura y amante de Dios contempla verdaderamente al Dios no nacido, invisible e inefable, que es el único puro para los puros de corazón.
155. La corona de la incorruptibilidad, la virtud y la salvación del hombre consisten en soportar con gracia y gratitud las adversidades. Y refrenar la ira, la lengua, el vientre y el deseo de placer es una gran ayuda para el alma.
156. El mundo se sostiene por la providencia de Dios, y no hay lugar donde no haya providencia. Y la providencia es el Verbo autosuficiente de Dios, que crea la sustancia de la que consta el mundo, y es el Creador y Señor de todo lo que existe. Es imposible que la sustancia sea adornada sin la prudente potencia del Verbo, que es imagen, mente, sabiduría y providencia de Dios.
157. La concupiscencia, que nace del pensamiento, es la raíz de las pasiones, semejante a la oscuridad. Y el alma que habita en el pensamiento de la concupiscencia no se conoce a sí misma, no sabe que es lo que Dios insufló en el hombre, y así se lanza al pecado, sin reflexionar neciamente sobre el mal que le espera después de la muerte.
158. Enfermedad grande e incurable y ruina para el alma son la impiedad y el amor a la gloria. Desear el mal lleva a la privación del bien. Pero el bien consiste en hacer el bien sin envidia, todo lo que agrada al Dios de todos.
159. Sólo el hombre puede recibir a Dios. Sólo con este ser viviente conversa Dios de noche por medio de los sueños, y de día por medio de la mente, y de todos los modos anuncia y predice a los hombres dignos los bienes futuros.
160. Nada hay difícil para quien cree y desea comprender a Dios. Y si quieres verlo, mira la belleza y la providencia de todo lo que fue y es por su palabra. Y todo esto es para el hombre.
161. Santo se llama a quien está limpio de malicia y de pecados. Por eso es un gran progreso del alma y agradable a Dios que no haya malicia en el hombre.
162. El nombre es una señal que distingue a alguien entre muchos. Por eso es necio pensar que Dios, siendo uno y el mismo, tenga otro nombre. Pues este nombre —Dios— designa al que no tiene principio, que todo lo creó para el hombre.
163. Cuando sepas que cometes obras perversas, córtalas de tu alma con la esperanza del bien. Pues Dios es justo y amante de los hombres.
164. El hombre conoce a Dios, y Dios conoce a quien quiere estar siempre inseparablemente con Él. E inseparable de Dios es aquel hombre que es bueno en todo y vence todo amor a los placeres, no porque tenga pocos, sino por su propia voluntad y por su continencia.
165. Haz bien a quien te agravia, y Dios será tu amigo. No calumnies a tu enemigo ante nadie: ten amor, virtud, paciencia, continencia. Pues esto es el conocimiento de Dios, a saber, la imitación de Dios por la humildad y por tales obras. Y éstas no son obras de hombres cualesquiera, sino de un alma racional.
166. Acerca de quienes se atreven a llamar impíamente animados a los brotes y a las hierbas escribí un capítulo aparte, para que lo sepan los más sencillos. Las hierbas tienen vida natural, pero no tienen alma. Al hombre se le llama criatura racional porque tiene razón y es capaz de aprender. Otras criaturas de la tierra y del aire tienen voz porque hay en ellas aliento y alma; y todas crecen y menguan porque viven y se desarrollan, pero no todas tienen alma. Hay cuatro clases de criaturas. Unas son inmortales y animadas, a saber, los ángeles; otras tienen mente, alma y aliento, a saber, los hombres; otras tienen aliento y alma, a saber, los animales; otras tienen sólo vida, a saber, las plantas: en las plantas hay sólo vida, y no hay en ellas alma, ni aliento, ni mente, ni inmortalidad. Y todas las demás no pueden existir sin vida. Y toda alma humana se mueve siempre de un lugar a otro.
167. Cuando recibas el sueño (la imaginación) de alguna dulzura, vigílate a ti mismo para que no te cautive; y, apartando un poco ese sueño, acuérdate de la muerte y piensa que es mejor ver vencida en ti esa ilusión de dulzura.
168. Así como en el nacimiento mismo hay pasión, pues lo que sucede en la vida está también sujeto a la corrupción, así en la pasión hay pecado. Pero no digas: «¿Acaso no podía Dios haber suprimido el pecado?». Quienes así hablan hablan sin sentimiento y neciamente. No conviene que Dios suprima la naturaleza, pues éstas son pasiones naturales. Para nuestro provecho, Dios cortó el pecado de los hombres concediéndoles mente, conocimiento y razón, y la capacidad de distinguir el bien, para que, viendo cómo el pecado nos daña, huyamos de él. Pero el hombre necio sigue al pecado y se jacta de él y, como cogido en redes, es vencido por él, envolviéndose en él, y jamás puede renunciar a él ni ver y conocer a Dios, que todo lo creó para la salvación y la deificación del hombre.
169. Lo mortal se aborrece a sí mismo, porque prevé su muerte. Y lo inmortal, por ser bueno, se une al alma reverente; pero lo mortal, por ser malo, se une al alma necia y miserable.
170. Cuando con gratitud vuelvas a tu lecho, reflexionando en ti mismo sobre los beneficios y la providencia de Dios para contigo, lleno de buenos pensamientos y hasta gozoso, entonces tu sueño corporal será sobriedad del alma, y el cerrar de tus párpados verdadera visión de Dios, y tu silencio, lleno de bien, rendirá con toda tu alma y con todas tus fuerzas alta gloria al Dios de todos. Cuando no hay pecado en el hombre, entonces la acción de gracias misma agrada a Dios más que cualquier sacrificio precioso. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.