Prólogo sobre la oración de nuestro venerable padre Nilo el Ayunador

Prólogo sobre la oración de nuestro venerable padre Nilo el Ayunador

Cuando me abrasaba la llama de las pasiones impuras, tú refrescaste mi intelecto —que desfallecía bajo los pensamientos más vergonzosos— con el contacto de tus escritos amantes de Dios, imitando bienaventuradamente al gran maestro e instructor. Y no es de extrañar, pues siempre te ha correspondido una parte, como al bienaventurado Jacob. Bien serviste por Raquel y recibiste a Lía, y así te esfuerzas por alcanzar a la amada, sirviendo por ella otros siete años (Gn 29,20.28). En cuanto a mí, no puedo sino confesar que trabajé toda la noche y nada pesqué; mas por tu palabra eché las redes y recogí multitud de peces —no digo que sean peces grandes, pero son ciento cincuenta y tres (Jn 21,11)—. Enviándotelos en la cesta del amor, cumplo tu encargo con este número de capítulos. Te admiro y alabo mucho tu particular deseo: que quieras ver capítulos sobre la oración, y no solo tenerlos escritos a mano con tinta, sino afirmados en el intelecto por el amor y por la ausencia de rencor. Mas puesto que todo es doble y de dos cosas una se opone a la otra, según la palabra del sabio Sirácida, recibe estos capítulos por escrito y compréndelos en espíritu, pues el intelecto precede a toda escritura; si no fuera así, no habría escritura alguna. Así también es doble el modo de la oración: uno activo y otro contemplativo. Y lo mismo ocurre con los números: el número mismo es cantidad, mientras que lo significado por el número es cualidad. Habiendo dividido el Discurso sobre la oración en ciento cincuenta y tres capítulos, te hemos enviado una ofrenda evangélica, para que halles en ella la dulzura de un número simbólico y la figura a la vez triangular y hexagonal: lo primero es el reverente conocimiento de la Trinidad, y lo segundo, una descripción de este mundo. El número cien es en sí mismo cuadrado; el número cincuenta es tres veces triangular y redondo; el número veintisiete es triangular, y el veinticinco es redondo, pues cinco por cinco son veinticinco. Así tienes una figura cuadrada. No solo por el conjunto cuádruple de las virtudes se asemeja al número veinticinco el sabio conocimiento de este siglo, sino también por la redondez de las estaciones. Pues la semana sigue a la semana, y el mes al mes, y de año en año vuelve el verano, y cada estación del año viene tras otra; el movimiento del sol y de la luna trae la llegada de la primavera y luego del estío. Y el número triangular puede significar el conocimiento de la Santa Trinidad. Dicho de otro modo: si se toman varios sentidos del número 153, sabe que es triangular, esto es, activo, natural y teológico. Puede significar también la fe, la esperanza y el amor; el oro, la plata y las piedras preciosas. Tal es este número; y no desprecies la brevedad de los capítulos, tú que sabes saciarte y perder, sino recuerda a Aquel que no rechazó las dos moneditas de la viuda, sino que las aceptó por encima de todas las riquezas ajenas, y que por eso sabe guardar el fruto de la buena voluntad y del amor a los hermanos. Ruega por el enfermo, para que sane y, tomando su camilla, camine por la gracia de Cristo. Amén.

1. Si alguien quiere preparar incienso, tome «estacte, uña aromática, gálbano y incienso puro, todo en partes iguales» (Éx 30,34). Estas son las cuatro virtudes; cuando alcanzan su plenitud y son iguales en fuerza, el intelecto no será traicionado.

2. Cuando el alma se purifica por el cumplimiento de los mandamientos, entonces afianza al intelecto en un orden inquebrantable, y el intelecto se hace capaz de recibir el estado que necesita.

3. La oración es el coloquio del intelecto con Dios. Para la oración se requiere cierto estado del intelecto, a fin de que vaya sin desviarse hacia su Señor y converse con Él sin intermediario alguno.

4. Si Moisés no pudo acercarse a la zarza ardiente que estaba en la tierra hasta que se quitó las sandalias (Éx 3,5), ¿por qué tú, que deseas ver a Aquel que está más allá de todo sentido y de todo pensamiento y llegar a ser su interlocutor, no arrojas de ti todo pensamiento apasionado?

5. Ora primero para recibir lágrimas, a fin de que llorando ablandes la dureza de tu alma; y habiendo confesado tus iniquidades al Señor (Sal 31,5), recibirás de Él el perdón.

6. Derrama lágrimas cuando pidas algo, pues el Señor se alegra mucho cuando oras con lágrimas.

7. Si en tu oración derramas una fuente de lágrimas, no te enorgullezcas dentro de ti como si fueras mayor que los demás. Tu oración ha recibido ayuda para que puedas confesar tus transgresiones y aplacar al Señor con lágrimas. No conviertas en pasión tu apartamiento de las pasiones, no sea que irrites aún más a Aquel que te dio esta gracia.

8. Muchos lloran por sus pecados, pero, olvidando el fin de sus lágrimas, se han trastornado y extraviado.

9. Permanece con paciencia y ora con firmeza; apártate de las preocupaciones y del asalto de los pensamientos. Ellos te turban y te oprimen para debilitar tu firmeza.

10. Cuando los demonios ven que te esfuerzas por orar con fervor, entonces te sugieren pensamientos sobre ciertas necesidades, como si fueran urgentes; poco a poco despiertan su recuerdo y mueven al intelecto a buscarlas, y cuando no las encuentra, se entristece y desanima mucho. Y cuando el intelecto se pone en oración, le recuerdan lo que buscaba y pensaba, para que intente verlo y pierda el fruto de la oración.

11. Esfuérzate por disponer tu intelecto de tal modo, cuando oras, que sea como sordo y mudo: entonces podrás orar bien.

12. Si te sale al paso una tentación, o te irrita una contradicción, de suerte que te enojes con quien te contradijo o digas alguna palabra dura, acuérdate entonces de la oración y del juicio que pesa sobre la palabra dura, y al instante cesará dentro de ti el desorden turbulento.

13. Todo lo que hagas para vengarte de un hermano que te ha ofendido te extraviará en el tiempo de la oración.

14. La oración es el brote de la mansedumbre y de la ausencia de ira.

15. La oración es la ofrenda del gozo y de la acción de gracias.

16. La oración es el destierro de la tristeza y de la acedia.

17. «Ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres» (Mt 19,21); y tomando tu cruz, niégate a ti mismo, para que puedas orar sin distracción.

18. Si quieres orar una oración digna de alabanza, niégate a ti mismo (Mt 16,24) y, soportando muchos males durante la oración, sé sabio en el amor a la oración.

19. Si, soportando aflicciones, practicas el amor a la sabiduría, hallarás el fruto de ese amor en el tiempo de la oración.

20. Si quieres orar como es debido, no entristezcas tu alma, pues de otro modo trabajas en vano.

21. «Deja —se dice— tu ofrenda allí ante el altar; ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven» (Mt 5,24), y orarás sin turbación. El rencor oscurece el intelecto del que ora y enturbia sus oraciones.

22. Quien acumula en sí tristeza y rencor es semejante al hombre que saca agua y la vierte en un tonel agujereado.

23. Si eres paciente, siempre orarás con alegría.

24. Cuando oras como es debido, puedes recordar algo que parece merecer tu ira. No hay ira justa contra el prójimo. Si buscas bien, hallarás que todo puede arreglarse sin ira. Lucha con todas tus fuerzas para que la ira no se levante en ti.

25. Cuídate de no pretender sanar a otro mientras tú mismo permaneces sin sanar; eso será un obstáculo para tu oración.

26. Si refrenas tu cólera, hallarás misericordia para ti mismo, te mostrarás sabio y estarás entre los que oran.

27. Quien se arma contra la ira jamás sufrirá los asaltos del deseo. El deseo se hace causa de la ira, y la ira turba el ojo espiritual, dañando el orden de la oración.

28. No ores solo exteriormente, sino con gran temor impulsa a tu intelecto a sentir también la oración espiritual.

29. A veces la oración va bien desde el principio, y a veces, aunque trabajes mucho, no alcanzas tu propósito; y esto sucede para que trabajes todavía más y, cuando por fin recibas la oración, nadie pueda quitártela.

30. Cuando un ángel se nos acerca, todos los que nos turban se retiran al instante; el intelecto halla entonces gran alivio y ora con oración sana. A veces el intelecto lucha con un asalto común y no puede levantarse a causa de sus muchas pasiones. Sin embargo, si busca largo tiempo, hallará; y si llama, se le abrirá.

31. No ores para que las cosas sucedan conforme a tu deseo, pues tus deseos no siempre concuerdan con los deseos de Dios. Ora como se te ha enseñado, diciendo: «Hágase en mí tu voluntad». Y en todo asunto pide que se haga su voluntad (Mt 6,10). Dios quiere lo que es bueno y provechoso para tu alma, pero tú no siempre buscas esto.

32. Muchas veces oré y pedí que las cosas fueran como me parecía bien, e insistí en mi petición, forzando neciamente la voluntad de Dios. Y no confié en Dios, en que si Él sabe lo que es provechoso, lo hará por mí. Y cuando recibí lo que pedía, sufrí gran aflicción, y todo porque no había pedido que se hiciera según la voluntad de Dios. Pues resultó de otro modo del que yo había pensado.

33. ¿Qué es lo bueno, sino Dios? Entreguémosle, pues, todo lo que nos inquieta, y nos irá bien. Porque Él es bueno y dador de buenos dones.

34. No te abatas cuando no recibes enseguida de Dios lo que pides. Él quiere concederte una gracia mayor cuando te fatigas más tiempo en la oración. Pues ¿qué hay más alto que conversar con Dios y unirse a Él?

35. La oración concentrada es la más alta comprensión del intelecto.

36. La oración es la ascensión del intelecto hacia Dios.

37. Si deseas la oración, deja todas las cosas, para que heredes todas las cosas.

38. Ora primero para ser purificado de las pasiones; en segundo lugar, para ser librado de la ignorancia y del olvido; en tercer lugar, para no ser tentado y desechado.

39. Busca en tu oración solo la justicia y el Reino, es decir, la virtud y el conocimiento, y todo lo demás se te dará por añadidura.

40. Conviene orar no solo por la propia purificación, sino por la purificación de toda persona, para que imites a los ángeles.

41. Considera si de verdad estás ante Dios en tu oración, o si acaso te vence el deseo de la alabanza humana y la buscas, encubriéndote con una oración prolongada.

42. Ya ores con los hermanos, ya a solas, esfuérzate por no orar meramente por costumbre, sino por orar con sentimiento.

43. Propios de la oración con sentimiento son la atención y la reverencia, la contrición y el dolor del alma, la confesión de las transgresiones con suspiros ocultos.

44. Cuando tu intelecto es robado durante la oración, entonces no ora en contemplación, como un monje, sino como un seglar que adorna el tabernáculo exterior.

45. Cuando ores, guarda tu memoria con todas tus fuerzas, para que no te imponga sus propios asuntos; más bien impúlsate a una permanencia atenta ante Dios. Muy a menudo la memoria roba el intelecto durante la oración.

46. La memoria impone al que ora, o bien recuerdos de hechos pasados, o bien nuevas preocupaciones, o bien el rostro de quien lo ha ofendido.

47. El demonio envidia grandemente a la persona que ora, y con toda clase de ardides intenta estorbar su propósito. No cesa de deslizar en la memoria recuerdos de cosas y de excitar todas las pasiones por medio del cuerpo, solo para impedir que la persona se mueva y vaya hacia Dios.

48. Cuando el demonio astutísimo ha empleado muchas estratagemas y no ha logrado estorbar la oración del justo, entonces afloja un poco sus ataques y después se venga de él tras la oración. O bien, encendiendo en él la ira, destruye el estado que el hombre adquirió en la oración; o bien, empujándolo hacia algún placer irracional, se burla del intelecto.

49. Cuando hayas orado como es debido, espera que venga lo que no debe; mantente con valentía y guarda tu fruto. Para esto fuiste puesto desde el principio: para «cultivar y guardar» (Gn 2,15). Por tanto, no dejes sin guardar los frutos de tu trabajo, pues de otro modo no obtendrás provecho alguno de la oración.

50. Toda la lucha que se libra entre nosotros y los espíritus inmundos no es por otra cosa sino por la oración espiritual. Pues a ellos les resulta sumamente hostil y odiosa, mientras que para nosotros es salvadora y llena de gracia.

51. ¿Adónde quieren llevarnos los demonios? A la gula, a la impureza, al amor al dinero, a la ira, al rencor y a las demás pasiones, para que el intelecto, endurecido en ellas, sea incapaz de orar como es debido. Las pasiones de la parte irracional del alma lo dominan y no le permiten obrar con entendimiento.

52. Atravesamos las virtudes, según las palabras de los antiguos padres, porque escuchamos al Verbo que asumió nuestra carne, y el Verbo se nos manifiesta en el estado de oración.

53. El estado de oración es el hábito de la impasibilidad, que por el amor más grande eleva a la altura noética al intelecto amante de la sabiduría.

54. Quien quiere orar verdaderamente debe dominar no solo la ira y el deseo, sino que ha de ir más allá de todo pensamiento apasionado.

55. Quien ama a Dios conversa siempre con Él como con un Padre, apartándose de todo pensamiento apasionado.

56. No todo el que ha alcanzado la impasibilidad ora verdaderamente. Puede aún permanecer entre pensamientos simples, reflexionando sobre ellos y estando lejos de Dios.

57. Cuando el intelecto no se detiene entre pensamientos simples acerca de las cosas, esto no significa todavía que haya llegado al lugar de la oración. Puede contemplar esas cosas y reflexionar a menudo sobre ellas. Aunque son reflexiones simples, imprimen en el intelecto las imágenes de esas cosas y lo alejan de Dios.

58. Si el intelecto no se eleva por encima de la contemplación de las cosas corporales, aún no ha visto el lugar perfecto de Dios. Puede estar ocupado con el conocimiento de las realidades noéticas y estar lleno de representaciones de ellas.

59. Si quieres orar, necesitas a Dios, que da la oración al que ora. Por eso invócalo diciendo: «Santificado sea tu nombre. Venga tu Reino» (Mt 6,9-10), es decir, el Espíritu Santo y tu Hijo unigénito. Así nos enseñó el Señor mismo, mandándonos «adorar» al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24).

60. Quien ora en espíritu y en verdad no aprende de las criaturas cómo glorificar al Creador, sino que aprende de Él mismo cómo cantar sus alabanzas.

61. Si eres teólogo, orarás verdaderamente; y si oras verdaderamente, eres teólogo.

62. Cuando tu intelecto, anhelando grandemente a Dios, se retira poco a poco, por así decirlo, del cuerpo y de los pensamientos que provienen de los sentidos o de la memoria, y se llena de reverencia y de gozo, entonces puedes pensar que se ha acercado a los umbrales de la oración.

63. El Espíritu Santo se compadece de nuestra debilidad y viene a nosotros aun cuando todavía estamos impuros; y cuando ve que el intelecto ora solo a Él con amor a la verdad, desciende sobre él, ahuyenta las huestes de pensamientos y razonamientos que lo rodean y lo mueve a amar la oración espiritual.

64. Los diversos espíritus, actuando sobre el cuerpo, introducen en el intelecto pensamientos, o razonamientos, o visiones. Pero el Señor hace lo contrario: entra en el intelecto mismo, poniendo en él el conocimiento que quiere, y por medio del intelecto refrena la intemperancia del cuerpo.

65. Digno de reproche es todo el que ama la oración verdadera y, sin embargo, se aíra o guarda rencor. Es semejante al hombre que quiere ver bien y se frota los ojos.

66. Si quieres orar, no hagas nada que estorbe la oración, para que Dios se te acerque y sea tu compañero.

67. No imagines a la Divinidad cuando oras, y no permitas que se imprima imagen alguna en tu intelecto; sino acércate a lo espiritual de manera espiritual, y lo conocerás.

68. Guárdate de los lazos del enemigo. Sucede que, mientras oras pura y serenamente, aparece de pronto ante ti alguna imagen extraña y ajena, para empujarte al pensamiento de que la Divinidad se te ha aparecido, y para que creas que la Divinidad tiene cierta apariencia y ocupa cierto lugar. Pero en realidad la Divinidad no tiene ni lugar ni apariencia.

69. Cuando el demonio envidioso no puede influir en la memoria, entonces agita los humores del cuerpo, a fin de insuflar en el intelecto alguna fantasía ajena a él y llenarlo de imágenes. Y el intelecto, acostumbrado a morar entre pensamientos, cede fácilmente; y aunque tiende hacia el conocimiento espiritual y hacia lo que no tiene forma, se extravía y recibe humo en lugar de luz.

70. Permanece en tu puesto de guardia y custodia tu intelecto de los pensamientos durante la oración, esforzándote por mantenerte en paz, para que venga también a ti Aquel que puede compadecerse de los ignorantes. Entonces recibirás el bienaventurado don de la oración.

71. No podrás orar puramente mientras estés enredado en asuntos terrenales y continuamente sacudido por preocupaciones. La oración es el abandono de todos los pensamientos.

72. Un hombre atado no puede correr, y un intelecto que sirve a la pasión no puede ver el lugar de la oración espiritual. El pensamiento apasionado lo arrastra y lo lleva consigo, y no puede detenerse y permanecer inmóvil.

73. Cuando el intelecto ya ora pura e impasiblemente, entonces los demonios no vienen a él por la izquierda, sino por la derecha. Le presentan lo que parece ser la gloria de Dios y le muestran alguna imagen visible agradable a los sentidos, para que piense que ha alcanzado el grado más alto de la oración. Cierto hombre dotado de discernimiento decía que esto ocurre por la pasión de la vanagloria y por un demonio que toca cierto lugar del cerebro.

74. Pienso que el demonio, cuando toca ese lugar del cerebro, altera la luz que rodea al intelecto, y así pone en movimiento la pasión de la vanagloria, y por ella el intelecto comienza a creer que ha alcanzado la contemplación de Dios y de los seres creados. No lo turban las pasiones corporales e impuras; se tiene a sí mismo por puro y, por tanto, no piensa que algo hostil obre en él. Así recibe como venida de Dios aquella apariencia que le llega del demonio, el cual obra con gran astucia, alterando por medio del cerebro la luz que rodea al intelecto, como hemos dicho.

75. El ángel de Dios, estando junto a nosotros, ahuyenta de nosotros toda acción hostil y mueve la luz del intelecto a obrar sin el poder de la ilusión.

76. Se dice en el Apocalipsis acerca del ángel que «se le dio mucho incienso para ofrecerlo con las oraciones de todos los santos» (Ap 8,3). Pienso que esto significa la gracia que obra por medio del ángel y nos enseña a orar verdaderamente, de modo que el intelecto se sitúe al fin fuera de toda turbación, abatimiento y pereza.

77. Las «copas de oro llenas de perfumes» son «las oraciones de los santos», ofrecidas por los veinticuatro ancianos (Ap 5,8). La copa significa la amistad con Dios, o el amor pleno y espiritual, en el cual la oración se realiza en espíritu y en verdad.

78. Cuando pienses que no necesitas lágrimas en la oración para el perdón de los pecados, considera entonces cuán lejos te has apartado de Dios, siendo así que debieras estar siempre en Él, y llorarás con más fervor.

79. Conociendo verdaderamente tu propia medida, llorarás dulcemente, reprochándote a ti mismo como Isaías: «Soy un hombre de labios impuros y habito en medio de un pueblo de labios impuros» (Is 6,5), y sin embargo me atrevo a estar ante el Señor de los ejércitos.

80. Cuando ores verdaderamente, recibirás mucha certeza, y los ángeles vendrán a ti como vinieron a Daniel (Dn 6,23), y te darán a conocer las causas de todo lo que sucede.

81. Sabe que los santos ángeles nos guían a la oración y están con nosotros, gozándose y orando por nosotros. Pero cuando descuidamos la oración y aceptamos pensamientos contrarios, los irritamos grandemente, ya que ellos emprenden por nosotros tan gran combate mientras nosotros ni siquiera queremos aplacar a Dios por nosotros mismos, sino que, despreciando nuestro servicio y abandonando a nuestro Señor y Dios, conversamos con demonios inmundos.

82. Ora con mansedumbre y sin turbación; salmodia con entendimiento y armonía, y serás como un aguilucho llevado a lo alto.

83. La salmodia apacigua las pasiones y aquieta la intemperancia del cuerpo, mientras que la oración, por su influjo, obra sobre el intelecto.

84. La oración es la actividad propia de la dignidad del intelecto, o más bien su verdadero uso.

85. La salmodia es el comienzo del conocimiento de la multiforme sabiduría, y la oración es el primer principio del conocimiento espiritual y multiforme.

86. La contemplación es la mejor de las obras; asiste a la oración, impulsando la potencia noética del intelecto hacia la contemplación de las visiones divinas.

87. Si aún no has recibido el don de la oración o de la salmodia, pide sin cesar, y lo recibirás.

88. «Les dijo una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desanimarse» (Lc 18,1). Por tanto, no te abatas ni te canses porque no has recibido algo; lo recibirás más tarde. La parábola termina con estas palabras: «Aunque ni temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me importuna, le haré justicia» (Lc 18,4-5). Así también Dios hará justicia a los que claman a Él día y noche. Ten buen ánimo, perseverando con firmeza en la santa oración.

89. No quieras que las cosas te sucedan como tú quieres, sino como agrada a Dios respecto de ti. Y estarás sin turbación y agradecido en tu oración.

90. Cuando pienses que estás con Dios, guárdate del demonio de la impureza. Pues es un gran engañador y está lleno de envidia. Quiere ser más fuerte que tu lucha y que la sobriedad de tu intelecto, para apartar tu intelecto de Dios cuando está ante Dios con temor y reverencia.

91. Cuando seas fervoroso en la oración, prepárate para rechazar los asaltos demoníacos y soportar con paciencia sus golpes. Vendrán sobre ti como fieras y herirán todo tu cuerpo.

92. Llega a ese estado como un asceta experimentado: no dudes cuando veas de pronto alguna aparición, como si fuera una espada contra ti o una vela encendida; no te turbes cuando se te aparezca alguna forma vergonzosa y traicionera, y no desmayes. Permanece confesando la buena confesión y mira sin temor a tus enemigos.

93. Quien soporta aflicciones gustará el gozo; quien gusta la tristeza no perderá el deleite.

94. Cuídate de que los demonios malignos no te extravíen con visión alguna; está atento, vuélvete a la oración e invoca a Dios, para que, si el pensamiento viene de Él, Él mismo te ilumine; y si no, para que aleje al instante de ti al engañador. Sé valiente, y estos perros no permanecerán cerca de ti cuando corras con fervor hacia Dios en la oración. El poder de Dios los herirá invisible e inadvertidamente y los ahuyentará lejos.

95. Conviene que no ignores estas estratagemas: cómo los demonios a veces se dividen entre sí. Y cuando piensas pedir ayuda, otros entran bajo apariencia de ángeles y expulsan a los primeros, a fin de extraviarte en tus pensamientos sobre ellos, para que los tomes por verdaderos ángeles.

96. Esfuérzate por alcanzar la humildad de espíritu y la valentía, y ninguna provocación demoníaca tocará tu alma, y ninguna herida se acercará a tu cuerpo, «pues Él mandará a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden» (Sal 90,11), y ellos ahuyentarán invisiblemente de ti toda acción hostil.

97. Ruido, pisadas, gritos y golpes oirá de los demonios quien se esfuerza por la oración pura; pero no caerá ni traicionará su propósito, diciendo a Dios: «No temeré mal alguno, porque tú estás conmigo» (Sal 22,4).

98. Cuando lleguen tales tentaciones, mantén una oración breve pero incesante.

99. Cuando los demonios te estorben, apareciendo de pronto en el aire, aterrándote y turbando tu intelecto, no les temas ni te confundas. Te asustan para probar si aún reparas en ellos o si no les prestas atención alguna.

100. Cuando estás en oración ante Dios todopoderoso, Creador y Providente del universo, ¿por qué te comportas tan neciamente que abandonas el invencible temor de Dios y temes a los mosquitos y a los escarabajos? ¿No has oído a Aquel que dice: «Temerás al Señor tu Dios» (Dt 6,13)? Y también: «A Él todo lo teme y tiembla ante el rostro de su poder» (cf. Oración de Manasés).

101. Como el pan es alimento del cuerpo y la virtud lo es del alma, así el alimento del intelecto es la oración espiritual.

102. No ores como el fariseo, sino como el publicano en el lugar sagrado de la oración, para que también a ti te justifique el Señor.

103. Cuídate de no maldecir a nadie en tu oración, no sea que, haciendo odiosa tu oración, destruyas lo que edificabas.

104. Aprende del hombre que debía diez mil talentos: si no perdonas a tu deudor, tampoco tú recibirás perdón. Pues se dice que «su señor lo entregó a los verdugos» (Mt 18,34).

105. Cuando estés en oración, olvida las necesidades del cuerpo, no sea que pierdas la gran ganancia de tu oración porque te ha picado una pulga, o un piojo, o un mosquito, o una mosca.

106. Ha llegado hasta nosotros la tradición de que uno de los santos estaba orando, y el maligno lo combatía de tal modo que, cada vez que el santo levantaba las manos, el diablo se transformaba en león, se erguía sobre sus patas traseras, clavaba las garras en los muslos del asceta y no lo soltaba hasta que el hombre bajaba las manos. Sin embargo, el santo no bajó las manos hasta que terminó sus oraciones acostumbradas.

107. Lo mismo hemos visto en Juan el Pequeño, que era un gran monje que guardaba la quietud en una fosa. Conversaba con Dios y permanecía inmóvil, mientras el demonio, convertido en serpiente, se enroscaba en torno a él, devoraba su carne y se la escupía en el rostro.

108. He leído también en la vida de los monjes de Escete acerca del abba Teodoro: cuando estaba diciendo la Palabra a los hermanos, dos serpientes se deslizaron bajo sus pies; y él, sin turbarse, arqueó los pies como una bóveda, y ellas pasaron por debajo. Solo cuando hubo terminado la Palabra las mostró a los hermanos y les habló de ello.

109. Hemos leído también de otro hermano espiritual al que, mientras oraba, se le acercó una víbora y le tocó el pie. Pero él no bajó las manos hasta terminar su oración acostumbrada y, sin sufrir daño alguno, amó a Dios más que a sí mismo.

110. Que tu ojo esté atento cuando ores y, habiendo renunciado a tu cuerpo y a tu alma, vive según el intelecto.

111. Cierto santo que oraba con firmeza y guardaba la quietud en el desierto fue sacudido por los demonios durante dos semanas y lanzado por el aire sobre una estera; pero no lograron apartar su intelecto de la oración más ferviente.

112. Con otro amante de Dios, que ofrecía la oración en su pensamiento, caminaban por el desierto dos ángeles, uno a cada lado; y sin embargo él no les prestó atención alguna, para no perder la parte mejor. Recordaba las palabras del Apóstol, que dice: «Ni los ángeles, ni los principados…, ni las potestades podrán separarnos del amor de Cristo» (Rm 8,38-39).

113. En la oración el monje se hace igual a los ángeles, deseando ver el rostro del Padre celestial.

114. No esperes recibir imagen ni forma alguna durante la oración.

115. No desees ver con los ojos de los sentidos ni a los ángeles, ni a las potestades, ni a Cristo, no sea que pierdas la razón tomando al lobo por el Pastor y adorando a demonios hostiles.

116. El principio del engaño del intelecto es la vanagloria; ella mueve al intelecto a describir a la Divinidad con imágenes y formas.

117. Seguiré diciendo lo que he dicho a los más jóvenes: bienaventurado el intelecto que en el tiempo de la oración ha alcanzado la completa libertad de imágenes.

118. Bienaventurado el intelecto que, orando en la quietud, comienza a desear a Dios cada vez más.

119. Bienaventurado el intelecto que durante la oración permanece espiritual y libre de todo afán posesivo.

120. Bienaventurado el intelecto que en el tiempo de la oración ha ganado la bienaventurada paciencia.

121. Bienaventurado el monje que, después de Dios, mira a toda persona como a un dios.

122. Bienaventurado el monje que mira con todo gozo la salvación y el progreso de todos.

123. Bienaventurado el monje que se considera a sí mismo como desecho.

124. Monje es aquel que se ha apartado de todos y está unido a todos.

125. Monje es aquel que se ve a sí mismo como uno con todos, y a sí mismo en cada uno.

126. Cumple la oración quien lleva siempre sus primeros pensamientos a Dios.

127. Aparta de ti toda mentira y todo juramento si quieres orar como monje; y si no, en vano te tienes por monje.

128. Si quieres orar en el espíritu, no tomes nada del cuerpo, y no tendrás sobre ti nube alguna que te oscurezca durante la oración.

129. Confía a Dios las necesidades del cuerpo, y serás como quien le confía las necesidades del espíritu.

130. Cuando recibas las promesas, reinarás. Mirando hacia ellas, soportarás con gozo la pobreza presente.

131. No rechaces la pobreza y la aflicción; ellas harán libre tu oración.

132. Sean para ti las virtudes corporales prenda de las del alma, y las del alma prenda de las espirituales, y las espirituales prenda del conocimiento espiritual y esencial.

133. Cuando ores, observa de dónde vienen tus pensamientos, incluso cuando se han aquietado, para que no sufras un asalto inesperado, y seas extraviado, y te traiciones a ti mismo.

134. A veces los demonios te lanzan pensamientos y ellos mismos te incitan a orar contra ellos o a contradecirlos; y entonces se apartan de ti, para que caigas en la ilusión y pienses de ti mismo que ya has comenzado a vencer los pensamientos y a atemorizar a los demonios.

135. Cuando ores contra una pasión o contra un demonio que te oprime, recuerda a aquel que dijo: «Perseguiré a mis enemigos y los alcanzaré, y no volveré atrás hasta que perezcan. Los quebrantaré, y no podrán sostenerse; caerán bajo mis pies» (Sal 17,38-39). Si dices esto a tiempo, te armarás con la humildad de espíritu contra tus adversarios.

136. No pienses que has adquirido una virtud hasta que hayas luchado por ella hasta la sangre. Conviene resistir al pecado con valentía y sin reproche hasta la muerte (Hb 12,4), como dijo el divino Apóstol.

137. Sucede que, habiendo hecho algo útil para una persona, sufres daño de otra. Entonces puedes airarte o hacer algo indecoroso, y eso es lo que quieren los demonios: que disperses todo lo que habías reunido. Por eso conviene que estés vigilante sobre ti mismo.

138. Cuando vengan sobre ti los asaltos de los demonios, cuida de no caer en esclavitud bajo ellos.

139. Los demonios malignos turban al maestro espiritual de noche por sí mismos, y de día por medio de las personas, las circunstancias, las calumnias y las desgracias.

140. No rechaces a estos curtidores, aunque golpeen, y empujen, y estiren, y desgarren. Después de esto tu vestidura quedará resplandeciente.

141. Mientras no te hayas apartado de las pasiones, y tu intelecto se oponga a las virtudes y a la verdad, no hallarás dentro de ti la fragancia del incienso.

142. ¿Quieres orar? Apártate de todo lo de aquí y habita siempre en los cielos, no solo de palabra, sino por la acción angélica y la contemplación divina.

143. Si solo en los tiempos de tribulación recuerdas al Juez, que es temible e incorruptible, entonces aún no has aprendido a servir al Señor con temor y a alegrarte en Él con temblor (Sal 2,11). Pues has de saber que también en los descansos espirituales y en las fiestas conviene servirle con temor y reverencia.

144. Sabio es el hombre que, hasta alcanzar el arrepentimiento pleno, recuerda con dolor sus transgresiones y el justo castigo por ellas en el fuego eterno.

145. Quien está atrapado en las transgresiones y en el ardor de la ira y, sin embargo, se atreve irreverentemente a lanzarse al conocimiento de las realidades más divinas, o incluso a emprender la oración espiritual, recuerde que el Apóstol prohíbe orar «con la cabeza descubierta» (1 Co 11,5). Dice el Apóstol que tal alma «debe llevar sobre su cabeza una señal de autoridad, a causa de los ángeles» (1 Co 11,10), revistiéndose de reverencia y de humildad de espíritu.

146. A quien tiene los ojos enfermos no le aprovecha mirar el sol al mediodía, en el mayor calor. Así tampoco al intelecto apasionado e impuro le aprovecha concebir aquella oración temible y sobrenatural en espíritu y en verdad. Al contrario, atrae sobre sí la ira de la Divinidad.

147. Si Aquel que de nada necesita y nada exige no acepta al que viene con su ofrenda al altar hasta que se reconcilie con su prójimo (Mt 5,23-24), considera entonces cuánto discernimiento y cuánta vigilancia necesitamos para ofrecer a Dios una fragancia agradable en el altar noético.

148. No seas amante de las palabras ni amante de la gloria. Pues si eres lo uno o lo otro, entonces no sobre tu espalda, sino sobre tu rostro edificarán los pecadores (cf. Sal 128,3), y serás para ellos motivo de alegría en el tiempo de la oración, pues te arrastrarán y te extraviarán con pensamientos indecorosos.

149. Cuando la atención busca la oración, la encuentra. Ninguna otra cosa sigue a la atención sino la oración, y es la oración lo que sobre todo hay que buscar.

150. La vista es el mejor de todos los sentidos; la oración es la más divina de todas las virtudes.

151. La alabanza de la oración no está solo en la cantidad, sino también en la cualidad. De ello dan testimonio aquellos que «subieron al templo a orar» (Lc 18,10). Y también se dice: «Cuando oréis, no acumuléis palabras vacías» (Mt 6,7).

152. Cuando te esfuerzas por complacer al cuerpo y tu intelecto corre tras las bellezas de esta vida, entonces aún no has visto el lugar de la oración, y te queda mucho camino por recorrer en esta senda bienaventurada.

153. Cuando, estando en oración, te sientas por encima de todo otro gozo, entonces has hallado verdaderamente la oración.

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