Filocalia (Dobrotoliubie): selección para laicos

Prólogo

Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.
Gál 5,24

La «Filocalia» no es un libro para entretener a la mente ociosa, ni una serie de «estudios psicológicos», ni una colección de aforismos curiosos. En las verdades de la Filocalia están grabadas las obras de los santos padres, cuyas mentes fueron divinamente iluminadas y cuyos corazones eran tan puros que muchos de ellos, todavía en vida, vieron a Dios. Mentes admirables y corazones ardientes quedaron impresos en la Filocalia. El hombre terreno y vanidoso solo adquirirá esta perla del espíritu y entrará en la sala del banquete real cuando, con humildad, reconociendo la debilidad de su propia mente, descubra las manchas y las heridas de su corazón y ore al Espíritu Santo sobre las páginas de la Filocalia. Y entonces, solo con la ayuda del Espíritu de Dios, fuego que purifica, hallará el hombre terreno ya aquí, en la tierra, la paz del intelecto y el buen orden de los sentidos; entrará en el camino de una bondad gozosa y sin límites; en una palabra, se unirá a la vida de los grandes padres y maestros de las almas humanas, a la alegría y a la luz de una vida que la débil palabra del hombre no alcanza a expresar.

Hay dos maneras de tomar la vida. Una —y es la de la mayoría— consiste en arrancar al presente todo lo que pueda tomarse para deleite del cuerpo. El culto del cuerpo, el lujo, se expresa en aquella filosofía deformada de Epicuro: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos.» Tal es el modo de tomar la vida desde el día de la caída de Adán. Con la caída de Adán la humanidad perdió el intelecto divinamente iluminado, la mente «espiritual», y cada vez con más frecuencia toma la mentira por verdad; perdió la percepción de la verdadera belleza, porque corrompió sus sentidos y toma la fealdad por hermosura; y su voluntad se dirige a menudo al mal, tomando el mal por bien, o el mal bajo apariencia de bien. Pero no se ha perdido del todo en la humanidad el anhelo de otros mundos, la memoria del Edén, del trato con Dios; y el hombre vanidoso y terreno aspira al conocimiento de la verdad plena, busca la belleza auténtica, desea servir al bien verdadero. En un instante de iluminación, la vida terrena se le muestra claramente como una sucesión de sueños engañosos. «Todo es sombra que pasa», y tal vida se vuelve una carga; crece el anhelo de aquella «imagen» perdida de la gloria inefable (oficio ortodoxo de difuntos).

Al entrar en el mundo de la Filocalia, el hombre vanidoso se siente perdido. Como quien sale de una habitación sofocante y viciada al aire puro, la cabeza le da vueltas y el corazón se le detiene. Pero los médicos experimentados de las almas —los autores de la Filocalia— lo sostendrán con su ejemplo y lo conducirán a las alturas espirituales por el camino verdadero, señalado por Dios, que ellos mismos recorrieron. Aquel admirable médico espiritual, Juan Clímaco, en su obra llamada Escala, guía paso a paso al alma que busca a Dios y la salvación en Dios. Y junto a este custodio, ¡cuántos guardianes y maestros admirables tendrá el lector, verdaderos amigos: Antonio y Pacomio el Grande, Nilo del Sinaí, Simeón el Nuevo Teólogo, Efrén e Isaac los Sirios— un ejército portador de luz, los más hermosos entre los hijos de los hombres, reflejo del paraíso en la tierra! Los dogmas de la fe, grandes e incomprensibles para la mente humana limitada y chata —sobre la santa Trinidad, sobre la redención del mundo por Jesucristo, sobre la resurrección—, las mentes de los padres de la Filocalia, iluminadas por Dios, los abrirán a la débil inteligencia del que busca la verdad, y este quedará asombrado de con qué sencillez expresaron los padres de la Iglesia y los ermitaños del Sinaí las profundidades de la fe cristiana. El lector de la Filocalia percibirá al punto, en esa sencillez de expresión, la mente y el corazón de sus maestros ante los misterios de Dios. El dogma será acogido como vida, y no como abstracción. Y hasta el hombre mundano y vanidoso descenderán los grandes padres, que tenían «un corazón ardiente por toda la creación» (Isaac el Sirio). Ellos le mostrarán que condenar al prójimo es la muerte del alma (abba Or); que «el prejuicio es corto de vista, y el odio nada ve» (Isidoro de Pelusio); que «hablar mucho, aunque sea de cosas buenas, es como la puerta de unos baños que, abriéndose a menudo, deja escapar el vapor»; y que «quien alimenta en sí un hábito pasional es semejante al hombre que echa leña al fuego» (Isaac el Sirio).

La presente obra se compone de pasajes escogidos de los cinco tomos de la Filocalia, y nació por la misericordia de Dios gracias al trabajo del superior del monasterio de la Madre de Dios de Kazán, en la ciudad de Harbin, el padre archimandrita Juvenal.

El padre Juvenal hizo una labor hermosa y salvadora al reunir estas perlas para que todos pudieran tener acceso a la Filocalia. La comunidad cristiana ortodoxa continúa apostólicamente la obra del padre Juvenal: hacer que este tomo de la Filocalia sea compañero constante en la vida de toda alma cristiana.

LA FE EN DIOS

Beato Diádoco

– Quien ama a Dios cree con sinceridad y realiza las obras de la fe con reverencia. Pero quien solo cree, sin permanecer en el amor, no posee de veras ni la fe misma que le parece tener. Cree con cierta ligereza, sin llevar dentro de sí el peso eficaz del amor glorioso. Solo la fe que actúa por el amor es la mayor de las virtudes (cf. Gál 5,6).

– Quien escudriña la profundidad de la fe se ve agitado por oleadas de pensamientos; pero quien la contempla con corazón sencillo goza de una dulce paz interior. La profundidad de la fe es como el agua del olvido: no soporta ser examinada ni asediada por pensamientos curiosos.

San Máximo el Confesor

– Sin la fe, la esperanza y el amor, ningún mal queda del todo destruido ni ningún bien queda firmemente establecido en nosotros. La fe persuade al intelecto que combate a volverse hacia Dios y lo alienta a la audacia, asegurándole que tiene a su disposición todas las armas espirituales. La esperanza se le presenta como garantía infalible del auxilio divino y le promete la derrota de las potencias adversas. Y el amor lo hace inseparable de la unión con lo divino, aun en medio del combate mismo, orientando toda la fuerza de su inclinación hacia Dios con vehemencia.

– La fe consuela al intelecto que lucha y lo llena de confianza en el auxilio divino; la esperanza, poniendo ante sus ojos ese auxilio, rechaza los asaltos de los enemigos; y el amor lo vuelve insensible a todo lo que no es Dios, absorbiendo por completo su deseo en el anhelo de Él. Ciega es la fe de quien no cumple con ella los mandamientos de Dios. Si los mandamientos de Dios son luz, es evidente que queda privado de la luz divina quien no los cumple, y lleva entonces un nombre de creyente vacío y sin verdad.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Tener fe es estar dispuesto a morir por Cristo a causa de su mandamiento, persuadido de que tal muerte trae la vida; es tener la pobreza por riqueza, la pequeñez y la insignificancia por gloria verdadera; y, no poseyendo nada, estar seguro de poseerlo todo. Es sobre todo adquirir aquella riqueza inagotable que es el conocimiento de Cristo, y mirar todo lo visible como polvo o como humo.

– La fe en Cristo no consiste solo en despreciar los deleites de esta vida, sino también en soportar con paciencia y buen ánimo toda prueba: en la tribulación, en la aflicción, en los reveses adversos, hasta que Dios quiera volver su mirada hacia nosotros. Así el profeta David dice: Esperé con paciencia al Señor, y Él se inclinó hacia mí (cf. Sal 39,2); es decir: soportando el sufrimiento, esperé que el Señor me ayudara; y por eso el Señor, viendo que no vacilé en recurrir a Él en busca de ayuda, me miró y me mostró su misericordia.

– La fe en Cristo, verdadero Dios, engendra el deseo de los bienes eternos y el temor del tormento; el deseo de esos bienes y el temor del tormento llevan al cumplimiento riguroso de los mandamientos; y el cumplimiento riguroso de los mandamientos enseña al hombre a reconocer a fondo su propia debilidad. La conciencia de nuestra verdadera flaqueza engendra el recuerdo de la muerte; y quien tiene ese recuerdo como compañero inseparable busca con dolorosa solicitud saber cómo será su salida y su partida de esta vida.

Santos Calixto e Ignacio

– De todos los bienes, o de la belleza moral, el principio, el medio y el fin —el corifeo y el guía, si se quiere— son la fe, la esperanza y el amor; y de esta cuerda de tres hebras, trenzada por Dios, la mayor es el amor, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Según san Isaac, «la plenitud de los frutos del Espíritu Santo se da cuando alguien es hallado digno del amor perfecto». Y san Juan Clímaco escribe: «Ahora permanecen estas tres, unidas en estrecha alianza: la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de todas es el amor, porque así se llama Dios (cf. 1 Cor 13,13; 1 Jn 4,8). A mi juicio, la primera es como el rayo, la segunda como la luz y la tercera como el círculo del sol; y las tres son un mismo resplandor y una misma claridad. La primera todo lo puede afianzar y disponer; a la segunda la envuelve la misericordia de Dios y la hace libre de vergüenza; la tercera nunca cae, nunca cesa y no deja reposar del arrebato bienaventurado a quien ha sido herido por ella.»

EL TEMOR DE DIOS

San Clemente de Alejandría

– El temor es el principio del amor, y después desemboca en él. El temor de Dios, en realidad, no es miedo de Dios, sino temor de apartarse de Dios y caer en los pecados y las pasiones.

San Juan Clímaco

– Así como el rayo de sol que entra por una rendija ilumina toda la casa, de modo que se ve hasta el polvo más fino que flota en el aire, así, cuando el temor del Señor llega al corazón, le muestra todos sus pecados.

San Efrén el Sirio

– Lleva siempre la cruz en tu frente, y en el corazón el temor de Dios.

Beato Diádoco

– Nadie puede amar a Dios con todo el corazón sin haber encendido antes en el sentimiento del corazón el temor de Dios, porque el alma llega al amor activo solo después de haber sido purificada y ablandada por la acción del temor de Dios. Y nadie puede llegar al temor de Dios con el fruto del que hemos hablado si no se coloca fuera de todos los cuidados terrenos; pues solo cuando el intelecto descansa en plena quietud y sin inquietud comienza a obrar en él el influjo salvador del temor de Dios, purificándolo de toda flaqueza terrena para elevarlo al amor pleno del Dios sumamente bueno. Así, este temor es propio de los que están en camino de purificación, en quienes se da una medida intermedia de amor, mientras que el amor perfecto es ya propio de los purificados, en quienes no hay temor, pues el amor perfecto expulsa el temor (1 Jn 4,18).

San Máximo el Confesor

– El temor de Dios es doble. Uno nace de la amenaza del castigo, y de él proceden en nosotros, por orden, la templanza, la paciencia, la esperanza en Dios y la impasibilidad, de la cual brota el amor. El otro va unido al amor mismo y engendra reverencia en el alma, para que esta, por la confianza del amor, no llegue a menospreciar a Dios. Así, el temor es doble: uno puro y otro impuro. El temor que nace de los pecados por la espera del castigo es impuro, pues tiene por causa la conciencia del pecado, y no permanece para siempre, ya que desaparece junto con el pecado por medio del arrepentimiento. Pero aquel que, sin esa angustia por los pecados, está siempre presente en el alma, ese temor es puro y nunca desaparecerá, porque de algún modo es connatural a Dios: es como el tributo que las criaturas rinden por la reverencia natural que todas sienten ante su majestad, superior a todo reino y a toda potestad.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Quien está lleno del temor de Dios no teme presentarse ante los hombres malvados. Teniendo dentro de sí el temor de Dios y poseyendo el arma invencible de la fe, es fuerte en todo y puede hacer incluso lo que a muchos parece difícil e imposible. Camina entre ellos como un gigante entre monos, o como un león entre perros y zorras, confiando en el Señor; la firmeza de su sabiduría los desconcierta, atemoriza sus intenciones y los golpea, pues sus palabras de sabiduría son como una vara de hierro.

El anciano Simeón el Piadoso

– Hay que temer siempre a Dios y examinar cada día qué es bueno y qué es malo, y entregar el bien al olvido, para no caer en la pasión de la vanagloria; y, al contrario, derramar lágrimas de confesión y de oración intensa.

San Nicetas Stethatos

– El temor, al unirse primero con el alma por medio del arrepentimiento, la llena de pensamientos sobre el juicio. Entonces la rodean los dolores del abismo (cf. Sal 114,3); los suspiros y el dolor amargo con angustia del corazón la atormentan al pensar en la retribución futura de las malas obras. Y entonces, concebido con muchas lágrimas y trabajos en el seno del pensamiento, el propósito de hallar la salvación crece y da a luz en la tierra el espíritu de la salvación, es decir, la firme decisión; y liberada del tormento que le causaba el pensamiento del infierno y del llanto por la sentencia del juicio de Dios, el alma recibe en sí el gozo y la alegría de los bienes venideros, y se une a la castidad, que con amor sincero la enlaza con Dios. Unida a Dios, el alma experimenta una dulzura inefable, y desde entonces derrama con gusto lágrimas de compunción, se hace ajena a toda simpatía por lo que hay en el mundo y corre tras Cristo, el Esposo, dirigiéndose a Él sin voz y con voz: «Correré tras de ti, atraída por la fragancia de tu descanso. Dime, tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde reposas al mediodía (cf. Cant 1,3.6), para que no tenga que andar errante entre los rebaños de tus amigos, los justos, pues en ti está el resplandor de todos los misterios.» Y el Esposo, llevando al alma al tesoro de sus misterios escondidos, la hace contemplativa de la creación en la sabiduría.

San Efrén el Sirio

– Si de verdad has amado al Señor, y has redoblado el esfuerzo por asegurarte el Reino venidero, y has prometido trabajar por causa de tus caídas, entonces acuérdate del juicio y del tormento eterno, y aguarda con temor tu partida de este mundo.

SOBRE LA MUERTE, EL JUICIO FINAL,
EL TORMENTO ETERNO Y LA MORADA EN EL PARAÍSO

San Hesiquio

– Recordemos, si es posible, la muerte sin cesar, pues de ese recuerdo nacen en nosotros el abandono de todos los cuidados y vanidades, la guarda del intelecto y la oración incesante, el desapego del cuerpo y el aborrecimiento del pecado; y, a decir verdad, casi toda virtud viva y activa procede de él. Hagamos, pues, si es posible, que esta obra sea tan continua como nuestra respiración.

San Isaac el Sirio

– Cuando el Salvador habló de las muchas moradas de la casa del Padre, se refería a las distintas medidas del entendimiento de quienes se establecen en aquella tierra, es decir, a las diferencias y a la variedad de los dones espirituales de que gozan según su medida. Pues no llamó muchas a las moradas por la diversidad de los lugares, sino por el grado de los dones.

– Así como todos gozan del sol sensible según la pureza y la capacidad de su vista, y así como de una misma lámpara en una misma casa la iluminación es distinta para cada uno, aunque la luz no se divida en muchas luces, así también sucederá en el siglo venidero: todos los justos habitarán inseparablemente en una misma tierra, pero cada uno será iluminado según su medida por un mismo sol espiritual, y según su dignidad recibirá gozo y alegría, aunque el aire sea uno, y uno el lugar, y uno el trono, la visión y la forma. Y nadie verá a otro por encima o por debajo de sí, de modo que, al ver la gracia superior de su compañero y la propia privación, esto le sea causa de tristeza y pesar. Allí cada uno se alegra interiormente, en su medida, de la gracia que se le ha dado. Fuera de todos hay una sola visión y una sola tierra; y, salvo aquellos dos grados —quiero decir, el de arriba y el de abajo—, en medio de ellos la variedad consiste en la diferencia de la retribución.

San Antonio el Grande

– La muerte, para quienes la comprenden, es inmortalidad; pero para los simples que no la comprenden es muerte. Y no hay que temer esa muerte, sino la perdición del alma, que es la ignorancia de Dios. Eso sí es terrible para el alma. La vida es la unión y la trabazón del intelecto, del alma y del cuerpo; y la muerte no es la destrucción de estas partes unidas, sino la disolución de su unión, pues Dios lo conserva todo aun después de disuelto. Como el hombre sale del seno materno, así el alma sale desnuda del cuerpo: unas puras y luminosas, otras manchadas por las caídas, otras ennegrecidas por muchos pecados. Por eso el alma racional y amante de Dios, recordando y meditando las desgracias que siguen a la muerte, vive con piedad para no ser condenada; en cambio, los que no creen no perciben nada y pecan, despreciando lo que hay, insensatos de alma. Como al salir del seno no recuerdas lo que había en el seno, así, al salir del cuerpo, no recordarás lo que había en el cuerpo. Y como al nacer, saliendo del seno, te hiciste mejor y mayor, así, saliendo del cuerpo puro y sin mancha, serás mejor e incorruptible, morando en los cielos. Los mortales deben cuidar de sí mismos, sabiendo de antemano que les aguarda la muerte. Pues la bienaventurada inmortalidad es la suerte del alma digna cuando es buena, y la muerte eterna la alcanza cuando es mala. Recuerda que la juventud de tus fuerzas se ha ido, que tu vigor se ha agotado, que tus flaquezas han aumentado y que ya está cerca el tiempo de tu partida, cuando habrás de responder de todo; y sabe que allí ni el hermano rescatará al hermano ni el padre al hijo. Acuérdate siempre de la salida del cuerpo y no dejes escapar el pensamiento de la condenación eterna; si obras así, nunca pecarás.

San Juan de Carpatos

– Con amenazas e injurias asalta el enemigo con audacia al alma apenas ha dejado el cuerpo, presentándose como acusador amargo y terrible de sus caídas. Pero también puedes ver cómo el alma fiel y amante de Dios, aunque antes haya pecado muchas veces, no teme sus ataques ni sus amenazas; antes bien, se fortalece en el Señor, se llena de gozo y cobra ánimo al ver las potencias celestiales que la acompañan y, como un muro que la rodea, la luz de la fe; y con gran audacia grita contra el diablo maligno: «¿Qué tenemos que ver contigo, tú que eres ajeno a Dios? ¿Qué tenemos que ver contigo, arrojado del cielo y esclavo del mal? No tienes poder sobre nosotros; poder sobre nosotros lo tiene Cristo, el Hijo de Dios, que lo tiene sobre todas las cosas. Ante Él pecamos, ante Él daremos cuenta, y tenemos como prenda de su misericordia para con nosotros y de la salvación en Él su cruz venerable. ¡Aléjate de nosotros, maldito! Nada tienes que ver con los siervos de Cristo.» Y ante palabras tan audaces del alma, el diablo lanza al fin un alarido, impotente para resistir el nombre de Cristo; y el alma, que se remonta por encima de él y planea sobre el enemigo como un ave de alas veloces sobre un cuervo, es llevada por los ángeles divinos al lugar que le ha sido señalado.

Abba Doroteo

– ¿Quién puede recordar sin espanto aquellos lugares terribles de tormento, el fuego, las tinieblas, los siervos verdugos despiadados y los demás sufrimientos de que habla la Escritura: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41)? Y la sola vergüenza de la condena, ¡qué aplastante y mortal es! San Juan Crisóstomo dice: «Aunque no corriera el río de fuego, y aunque no estuvieran allí los ángeles temibles, si solo fueran todos los hombres llamados a juicio y unos fueran alabados y glorificados mientras otros fueran despedidos con deshonra para que no vieran la gloria de Dios, ¿no sería el castigo de esa vergüenza y ese deshonor, y la tristeza por tal privación, peor que cualquier infierno?»

San Máximo el Confesor

– La muerte, en realidad, es el alejamiento de Dios; y el aguijón de la muerte es el pecado, que Adán aceptó en sí y por el cual fue expulsado del árbol de la vida, del paraíso y de Dios; y tras esto siguió necesariamente la muerte corporal. La Vida, en realidad, es Aquel que dijo: Yo soy… la vida (Jn 14,6). Él, descendiendo a la muerte, devolvió la vida al muerto. El temor del infierno mueve a los principiantes a evitar el pecado; el deseo de la recompensa de los bienes da diligencia a los que progresan en la práctica de las virtudes; y el misterio del amor eleva el intelecto por encima de todo lo creado, haciéndolo ciego para todo lo que no es Dios. A los que así aman, el Señor los hace sabios mostrándoles las cosas más divinas. Algunos de ellos buscan comprender en qué consistirá la diferencia de las moradas eternas y de las herencias prometidas: si se determina por el lugar y el número, o por la cualidad de la perfección espiritual de cada uno. A unos les parece lo primero; a otros, lo segundo. Pero quien sabe que el Reino de Dios está dentro de vosotros y que en la casa de mi Padre hay muchas moradas (Lc 17,21; Jn 14,2) se pondrá de parte de lo segundo: el Reino de Dios y del Padre está, por la omnipotencia, en todos los creyentes; pero por la gracia está en aquellos que han desechado por completo toda inclinación a la vida natural, del alma y del cuerpo, y han adquirido la vida espiritual, de modo que pueden decir con el apóstol: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2,20).

– El fin de esta vida no es justo, a mi juicio, llamarlo muerte, sino más bien liberación de la muerte: alejamiento del ámbito de la corrupción, emancipación de la esclavitud, cese de la inquietud, fin del combate, salida de las tinieblas, descanso de las fatigas, refugio frente a la vergüenza, huida de las pasiones y, en una palabra, término de todos los males. Los santos, corregidos por un abajamiento voluntario, se hicieron a sí mismos extraños y forasteros en esta vida. Pues combatiendo con valentía contra el mundo y contra la carne, y contra las rebeliones que de ellos nacen, y sofocando en ambos la simpatía por lo sensible, que engendra el engaño, guardaron el alma en su dignidad.

San Teognosto

– ¡Qué consuelo inefable e indecible cuando el alma, con la certeza de la salvación, se separa del cuerpo y lo deja como quien se quita un vestido! Pues, poseyendo ya en cierto modo los bienes que esperaba, lo abandona sin tristeza y se va en paz hacia el ángel que desciende hacia ella desde lo alto con gozo y alegría; y atravesando junto a él el espacio del aire sin estorbo alguno, sin sufrir el asalto de los espíritus malignos, asciende con júbilo, con audacia y con voces de acción de gracias, hasta llegar a postrarse ante el Creador. Y allí recibe la sentencia que la coloca entre los que le son afines por la virtud, hasta la resurrección universal.

San Filoteo del Sinaí

– Quien pasa el tiempo de su vida en la bondad y se ocupa sin cesar en el pensamiento y el recuerdo de la muerte, y por ello aparta sabiamente el intelecto de las pasiones, suele percibir con más agudeza que otros las incursiones diarias de los demonios; más que aquel que vive sin el recuerdo de la muerte, esperando purificar el corazón solo con la actividad del intelecto y sin mantener siempre ese pensamiento amargo y humillante. Quien tiene el recuerdo incesante de la muerte tiene la vista más aguda que quien no lo tiene: advierte la intromisión de los demonios y los ahuyenta y pisotea con facilidad. Muchas virtudes, en verdad, se reúnen en el recuerdo profundo de la muerte. Ella es madre del llanto, guía hacia la templanza universal, recuerdo del infierno, madre de la oración y de las lágrimas, guardiana del corazón, fuente de desapego y de discernimiento, cuyos hijos son el temor de Dios y la purificación del corazón de los pensamientos apasionados; y abarca muchos mandamientos del Señor. En tal corazón se ve entonces el combate y la lucha sostenida con enorme esfuerzo. Y este es el único cuidado de muchos luchadores de Cristo.

Elías el Ecdico

– Nada hay más temible ni más admirable que el recuerdo de la muerte y el recuerdo de Dios: el uno infunde una tristeza salvadora, y el otro nos llena de alegría espiritual. Pues el profeta David canta: «Me acordé de Dios y me alegré» (cf. Sal 76,4), y el sabio enseña: acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás (cf. Sir 7,36). Los bienes del Reino, que está dentro de nosotros, ni el ojo los vio, ni el oído los oyó, ni al corazón privado del Espíritu Santo subieron. Son las promesas de bienaventuranza que se otorgarán a los justos en el Reino venidero de Dios. Y quien no goza aquí de estos frutos del Espíritu no puede tener garantía de gozar de ellos tampoco allí.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Quien graba en lo hondo de su corazón el temor del juicio se presenta ante el espectáculo del mundo como un condenado cargado de cadenas. Por eso lo domina el temor, como si hubiera sido apresado por un verdugo despiadado y llevado al lugar del suplicio, sin pensar en otra cosa que en los sufrimientos y tormentos que habrá de padecer en el fuego eterno. Este sentimiento doloroso se conserva para siempre en su corazón por obra del temor que lo engendró, y con él no le permite preocuparse de nada humano, pues está siempre como si estuviera colgado en una cruz y sintiera con toda su fuerza la dolencia y el sufrimiento de la muerte en cruz; lo cual no le permite atender a los rostros de nadie ni pensar en el honor o el deshonor de los hombres. Teniéndose a sí mismo con todo el corazón por digno de todo desprecio y deshonra, ninguna atención presta a los reproches y humillaciones que le infligen.

San Nicetas Stethatos

– El último día se revelará con fuego, y el fuego probará las obras de cada uno, dice san Pablo (cf. 1 Cor 3,13), añadiendo que aquel cuyas obras sean por su naturaleza incorruptibles —las que atesoró en sí para su edificación— permanecerán incorruptibles en medio del fuego y no solo no serán quemadas, sino que se volverán aún más luminosas, purificadas por completo de toda mancha. Y aquel cuyas obras sean por su naturaleza corruptibles —las que se echó encima como una carga—, al arder serán consumidas y lo dejarán en el fuego sin nada. Obras incorruptibles y permanentes son estas: las lágrimas del arrepentimiento, la limosna, la compasión, la oración, la humildad, la fe, la esperanza y toda obra hecha con verdadera piedad, las cuales, mientras el hombre vive, se edifican en él como templo santo de Dios, y cuando muere parten con él y permanecen con él incorruptibles para siempre. Y las obras que se disuelven en el fuego, como es evidente para todos, son estas: el amor al placer, el amor a la gloria, el amor al dinero, el odio, la envidia, el robo, la embriaguez, la irritación, la condena y todas las demás obras cometidas por el cuerpo movido por la pasión o por la ira. Todas esas obras, mientras el hombre vive, arden con la pasión y humean en él; pero no permanecen con él, sino que, destruidas por el fuego, dejan a su autor en el fuego por los siglos del tormento.

San Gregorio el Sinaíta

– Los tormentos son diversos, como también lo son las recompensas del bien. Todos los tormentos están en el infierno, según la Escritura, en tierra oscura y sombría, en tierra de tinieblas eternas (cf. Job 10,21-22), donde los pecadores habitan antes del juicio y adonde vuelven después de la sentencia final de Dios, según dice la Escritura: «Los pecadores volverán al abismo» (cf. Sal 9,18). ¿Qué otra cosa pueden significar estas palabras sino el juicio último y la condenación eterna?

– El fuego, las tinieblas, el gusano y el tártaro corresponden a las pasiones: toda clase de fasto, la tiniebla total de la ignorancia, la sed insaciable de placeres sensibles y el hedor fétido del pecado, que son como el germen y la simiente de los tormentos del infierno; ya desde aquí comienzan a obrar dolorosamente en el alma de los pecadores, cuando echan raíces por una larga costumbre. Las recompensas y los castigos futuros son igualmente eternos, aunque a algunos les parezca de otro modo. La Verdad divina otorga a unos la vida eterna, y a otros el tormento eterno. Unos y otros, habiendo vivido para el bien o para el mal en el siglo presente, recibirán la retribución de sus obras; y la medida y la cualidad de esa retribución se determinan por las virtudes o por las pasiones convertidas en hábito arraigado. Pues los fundamentos ocultos de los bienes venideros están ya presentes en los corazones de los justos y obran espiritualmente y los inspiran, ya que el Reino de los cielos es la vida virtuosa, como los tormentos del infierno son los hábitos apasionados. El Reino de los cielos es como el tabernáculo dado por Dios, pues también él, en el siglo venidero, tendrá como el de Moisés dos velos: en el primero entrarán todos los santificados por la gracia, y en el segundo solo los más perfectos. El Salvador llamó muchas a las moradas porque allí se está en estados diversos. El Reino es uno, pero encierra dentro de sí muchas diferencias, según la diferencia de quienes entran en él por la virtud, el conocimiento y la medida de la deificación. Pues uno es el resplandor del sol, otro el resplandor de la luna y otro el resplandor de las estrellas; y una estrella se distingue de otra en resplandor, aunque todas brillen en el cielo divino (cf. 1 Cor 15,41). En el siglo venidero, dicen, los ángeles y los santos no cesarán jamás de progresar en la multiplicación de los dones, aspirando a bienes cada vez mayores. Y en aquel siglo no se permite ni el descenso ni el paso de la virtud al pecado.

EL CAMINO ESTRECHO Y EL CAMINO ANCHO

San Efrén el Sirio

– A lo largo de toda la Escritura solo son bienaventurados quienes van por la senda estrecha; en cambio, a los que han entrado por el camino ancho y espacioso se les anuncia por doquier la desgracia. Dejemos el camino ancho, que lleva a la perdición, y entremos por el estrecho, para que, trabajando aquí un poco, reinemos por siglos sin fin. Trabajemos teniendo siempre ante los ojos a Aquel que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, y recordando siempre la vida eterna, el Reino sin fin, el gozo con los ángeles y el vivir con Dios. Vayamos por la senda estrecha y austera, amando el arrepentimiento, para que el recuerdo de la muerte habite en nosotros y seamos librados de la condena; pues está dicho: «Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis» (Lc 6,25). Bienaventurados los que ahora lloran, porque serán consolados (cf. Mt 5,4). Asomémonos al sepulcro y veamos los secretos de nuestra naturaleza: un montón de huesos amontonados unos sobre otros, cráneos desnudos de carne y los demás huesos. Al mirarlos, nos veremos a nosotros mismos en ellos. ¿Dónde está la hermosura del color presente? ¿Dónde la mirada altanera? Pensando en esto, renunciemos a las pasiones de la carne, para no quedar avergonzados en la resurrección universal de los muertos.

San Juan de Carpatos

– ¿Cómo vencer un pecado ya arraigado? Hace falta violencia sobre uno mismo. Pues está dicho: «El que trabaja, para sí mismo trabaja, y ahuyenta por la fuerza su propia perdición» (cf. Prov 16,26), elevando siempre con avidez sus pensamientos a lo santo. La violencia que destruye la violencia no está prohibida por las leyes: la violencia del pecado se vence con la violencia de los buenos anhelos.

Beato abba Zósimo

– En el impulso de la voluntad reside todo el poder. Una voluntad ferviente puede en una sola hora ser más agradable a Dios que largos esfuerzos hechos sin ella. Una voluntad tibia y perezosa es ineficaz.

– Si alguien viviera los años de Matusalén y no fuera por el camino recto que recorrieron todos los santos —hablo del camino del oprobio, de los reproches injustos y de la paciencia valerosa—, no progresaría ni poco ni mucho, y no hallaría el tesoro escondido en el mandamiento, sino que todos los años de su vida habrían sido en vano.

San Teodoro de Edesa

– ¿Por qué el camino de Cristo, nuestro Dios, es llamado en el Evangelio angosto y penoso, y luego yugo suave y carga ligera (cf. Mt 11,30)? ¿Cómo pueden verse ambas cosas en una misma realidad, siendo al parecer contrarias? Así: por su naturaleza ese camino es duro y difícil, pero por la voluntad de quienes lo recorren y por las buenas esperanzas resulta deseable, amable y más dulce que la miel para las almas que aman el bien. Por eso ves que quienes eligieron ese camino estrecho y penoso lo siguen con más facilidad que otros el espacioso y ancho. Escucha lo que dice el bienaventurado Lucas acerca de los apóstoles: cómo, después de ser azotados, salieron de la presencia del sanedrín gozosos (cf. Hch 5,41). Y sin embargo tal no es la cualidad de los azotes: no producen dulzura y gozo, sino tristeza y dolor. Pero si los azotes eran dulces por amor de Cristo, ¿qué tiene de admirable que por Él tampoco las demás formas de sufrimiento tuvieran amargura para la carne?

Elías el Ecdico

– No es lo mismo aquel para quien el mundo ha sido crucificado y aquel que él mismo está crucificado para el mundo. Para unos los clavos son el ayuno y la vigilia; para otros, el desprendimiento y el abajamiento de sí. Y sin lo segundo, el trabajo de lo primero es vano. Muchos suben a la cruz del sufrimiento con privaciones corporales voluntarias, pero pocos aceptan sus clavos, es decir, clavar en ella el propio yo para siempre. Muchos son esclavos de una obediencia forzada; pero solo se entregan voluntariamente al oprobio quienes han renunciado a la ambición.

San Antonio el Grande

– Despertemos del sueño mientras estamos aún en el cuerpo; gimamos por nosotros mismos y lloremos por nosotros con todo el corazón, de día y de noche, para ser librados de aquellos tormentos terribles, del duelo, del llanto y de los sufrimientos que no tendrán fin. Guardémonos de entrar por la puerta ancha y el camino espacioso que lleva a la perdición, aunque muchos vayan por él; vayamos más bien por la puerta estrecha y la senda angosta que lleva a la vida, que muy pocos siguen. Y quienes van por esta última son los verdaderos obreros, que reciben con gozo la recompensa de su trabajo y heredan el Reino.

– A quien todavía no está del todo preparado para comparecer allí, le suplico que no sea negligente mientras hay tiempo, para que, llegado el momento, no se quede sin aceite y no encuentre entonces a nadie que quiera vendérselo. Pues eso mismo les ocurrió a aquellas cinco vírgenes necias, que no hallaron a nadie a quien comprarlo. Entonces clamaron con lágrimas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos. Y él les respondió: En verdad os digo que no os conozco» (cf. Mt 25,11-12). Y esto les sucedió por ninguna otra causa sino por su pereza. Despertaron después y empezaron a inquietarse, pero fue en vano, porque el dueño de la casa se había levantado y había cerrado la puerta, como está escrito. Te daré todavía otro ejemplo. Cuando Noé entró en el arca con sus hijos y sus mujeres y con todos los demás que estaban con él, y cerró la puerta del arca ante las aguas enviadas contra los que obraban el mal, ya no volvió a abrir la puerta del arca; ni él ni sus hijos soportaban ver aquel espectáculo terrible del castigo de los impíos. Y menos aún podían aquellos impíos, una vez cerrada la puerta, entrar allí para estar junto con los justos; sino que todos perecieron en las aguas por su pereza y su desobediencia. Pues Noé, durante los cien años en que estuvo construyendo el arca, no dejaba de exhortarlos a una vida mejor; pero ellos no lo escucharon ni le obedecieron, y por eso perecieron.

EL AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO

San Serafín de Sarov

– Dios es fuego que calienta y enciende los corazones y las entrañas. Si sentimos frío en el corazón, invoquemos al Señor, y Él, al venir, calentará nuestro corazón con el amor perfecto, no solo hacia Él, sino también hacia el prójimo.

San Juan Clímaco

– El amor es la fuente del fuego divino en el corazón.

Filón de Alejandría

– Quien ha llegado al grado de la contemplación divina se afianza en la virtud, pues, adhiriéndose al amor de Dios, se olvida de todo lo demás, y a lo que ha recibido de Él no antepone ningún bien terreno.

Abba Doroteo

– Imagina un círculo con su centro en medio y radios que parten del centro. Estos radios, cuanto más se alejan del centro, tanto más se separan y se distancian entre sí; y al contrario, cuanto más se acercan al centro, tanto más se aproximan unos a otros. Supongamos ahora que este círculo es el mundo; en el centro mismo del círculo está Dios, y las líneas rectas —los radios— que van del centro a la circunferencia, o de la circunferencia al centro, son los caminos de la vida de los hombres. Y así sucede: en la medida en que los santos entran en el círculo hacia su centro, deseando acercarse a Dios, en esa misma medida, al avanzar, se acercan a Dios y unos a otros… Comprende lo mismo respecto del alejamiento. Cuando se alejan de Dios, en esa misma medida se alejan unos de otros; y cuanto más se apartan unos de otros, tanto más se apartan de Dios. Tal es la naturaleza del amor: en la medida en que estamos fuera y no amamos a Dios, en esa medida cada uno está separado también de su prójimo. Pero si amamos a Dios, cuanto más nos acercamos a Dios por el amor a Él, tanto más nos unimos por el amor a nuestros prójimos; y cuanto más nos unimos a los prójimos, tanto más nos unimos a Dios. Es decir: cuanta más misericordia muestra el hombre y más ama a los hombres, tanto más cerca está de Dios; y cuanto más siente el hombre en su corazón lo divino, tanto más ama a los hombres.

San Efrén el Sirio

– Cuando tratamos unos con otros sin envidia, con sencillez, amor, paz y alegría, teniendo el progreso del prójimo por ganancia propia y reconociendo como daño nuestro sus flaquezas, sus defectos y sus tristezas, entonces podremos cumplir la ley de Cristo. ¡Esta es en verdad una vida angélica!

San Isaac el Sirio

– Sin amor al prójimo el intelecto no puede ser iluminado en la conversación divina y en el amor.

– El amor provocado por alguna causa es como una lamparilla alimentada por el aceite que sostiene su luz; o como un arroyo que corre por la lluvia y cuyo curso se detiene al agotarse el agua que lo formaba. Pero el amor cuyo autor es Dios es como una fuente que brota de la tierra: sus corrientes nunca se interrumpen, porque Él mismo es el manantial de ese amor, y su alimento es inagotable.

– La plenitud de los frutos del Espíritu se da cuando alguien es hallado digno del amor perfecto. Y se reconoce así: cuando el recuerdo de Dios despierta en el intelecto, al punto se enciende en el corazón el amor a Dios y los ojos derraman lágrimas en abundancia. Pues el amor suele hacer brotar lágrimas al recordar al amado; y quien es así jamás carece de lágrimas, porque nunca cesa en él aquello que lo lleva al recuerdo de Dios. Por eso incluso en sueños conversa con Dios, pues es propio del amor engendrar tales cosas; y esta es la perfección de los hombres en la vida presente.

– El amor de Dios es por naturaleza ardiente, y cuando se apodera de alguien sin medida hace que esa alma quede como fuera de sí. Por eso el corazón de quien lo experimenta no puede contenerlo ni soportarlo, sino que, según la cualidad del amor hallado en él, se percibe en el alma un cambio extraordinario. Estas son sus señales sensibles: el rostro se vuelve encendido y gozoso, y el cuerpo se caldea. Se retiran el temor y la vergüenza, y el hombre queda como arrebatado; la fuerza que reúne el intelecto lo abandona y queda, por así decir, fuera de sí. Tiene la muerte temible por alegría, y la contemplación de su intelecto no sufre interrupción alguna en la meditación de las cosas celestiales. Ausente, conversa como si estuviera presente; e invisible para todos, su conocimiento y su vista se desvanecen de modo natural, y no percibe sensiblemente el movimiento con que se mueve entre las cosas. Pues, aunque haga algo, casi no lo advierte, porque su intelecto está elevado en la contemplación y sus pensamientos parecen estar siempre conversando con otro. Con esta embriaguez espiritual estuvieron ebrios en otro tiempo los apóstoles y los mártires; y unos recorrieron el mundo entero fatigándose y soportando reproches, y otros derramaron su sangre como agua y padecieron los sufrimientos más terribles sin caer en la flaqueza, sino soportándolo todo con valentía; y siendo sabios, fueron tenidos por insensatos. ¡Que Dios nos ayude a alcanzar semejante disposición!

– Primero hay que adquirir el amor divino, y después la contemplación espiritual —la ascensión a las revelaciones del conocimiento y a la meditación de los misterios— nos será connatural.

– El alma que ama a Dios halla su descanso en Dios y solo en Él.

– Teme a Dios por amor a Él, y no por el nombre temible que se le atribuye.

– Bendice siempre con tus labios y no calumniarás, pues de la calumnia nace la maledicencia, y de la bendición, la bendición.

– El amigo que reprende en secreto es médico sabio, y el que cura a la vista de muchos es un burlador.

– Sé amable con todos los hombres, y en tus pensamientos permanece solo.

– No odies al pecador, pues todos somos responsables. Si te levantas contra él, hazlo por Dios; ¿y por qué habrías de odiarlo? Odia su pecado y ora por él, para hacerte semejante a Cristo, que no se airaba contra los pecadores, sino que oraba por ellos.

San Antonio el Grande

– Haz todo lo posible para que por ti sea glorificado tu Padre que está en los cielos (Mt 5,16).

– El amor a Dios es el estímulo más fuerte del celo por agradarle. El santo apóstol sabía que el amor es más fuerte que el temor, y decía: ya no temo a Dios, sino que lo amo —es decir, no me domina el temor, sino el amor—, pues el amor expulsa el temor (1 Jn 4,18).

– Y persuadía a los demás a cultivar por encima de todo el amor a Dios, como algo indestructible que no perece. Por eso, cuando una vez los hermanos le preguntaron cómo se puede agradar mejor a Dios, respondió: «Lo más agradable a Dios es el amor. Lo realiza quien alaba constantemente a Dios con pensamientos puros, movido por el recuerdo de Dios, por la memoria de los bienes prometidos y de todo aquello que Él se dignó alcanzarnos. Del recuerdo de todo esto nace el amor pleno, según lo mandado: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5); y como está escrito: Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así te anhela a ti mi alma, oh Dios (cf. Sal 41,2).» En esto consiste el modo de agradar a Dios, para que se cumplan también en nosotros aquellas palabras del Apóstol: «¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada?» Nada (cf. Rom 8,35).

Los hermanos preguntaron a san Antonio: «Si alguien dice: no tomaré nada de los hermanos, ni daré yo nada a nadie; me basta lo mío, ¿está bien?» San Antonio respondió: «¡Hijos míos! Quien es así tiene un corazón duro, y su alma es alma de león. A tal hombre hay que tenerlo por ajeno a la comunidad de todos los hombres buenos.»

– El mayor de los desatinos es mandar a otro hacer lo que uno mismo no hace, pues ningún provecho sacaremos de las obras ajenas.

– A quien no acepta la enseñanza, no se la des.

– Esfuérzate por alcanzar que todos los hombres te bendigan.

San Máximo el Confesor

– Dijo un hermano: ¿qué hay que hacer, padre, para estar sin cesar con Dios? El anciano respondió: es imposible que el intelecto esté siempre con Dios solo si no adquiere estas tres virtudes: el amor, la templanza y la oración. El amor amansa la ira; la templanza seca la concupiscencia; y la oración, separando el intelecto de todos los pensamientos, lo presenta desnudo ante Dios mismo. Estas tres virtudes abarcan todas las demás, y sin ellas el intelecto no puede vivir con Dios solo.

– El amor es la buena disposición del alma, según la cual esta no antepone nada de cuanto existe al conocimiento de Dios. Pero a semejante disposición amorosa no puede llegar quien tenga apego a algo terreno.

– El amor nace de la impasibilidad; la impasibilidad, de la esperanza en Dios; la esperanza, de la paciencia y la magnanimidad; estas últimas, de la templanza en todo; la templanza, del temor de Dios; y el temor, de la fe en Dios.

– Aquel cuyo intelecto está unido a Dios por el amor no da valor alguno a nada visible, ni siquiera a su propio cuerpo, como si fuera de otro.

– Bienaventurado el intelecto que, pasando de largo ante todas las criaturas, se deleita sin cesar en la belleza divina.

– Quien ama a Dios vive en la tierra una vida angélica, ayunando y velando, y pensando siempre bien de todo hombre.

– Quien ama algo lo busca por todos los medios y aparta de sí cuanto se lo estorba, para no perderlo. Del mismo modo, quien ama a Dios se cuida de la oración pura, y escupe fuera de sí toda pasión que le ponga obstáculo en ese camino.

– Dijo un hermano: «Mira, padre, lo he dejado todo: parentela, bienes, placeres y gloria del mundo, de modo que nada tengo salvo este cuerpo; y sin embargo no logro amar al hermano que me aborrece y se aparta de mí, aunque no quiero devolverle mal por mal. Dime qué debo hacer para amar de corazón a un hombre así, y a todo el que me ofende y me calumnia.» El anciano respondió: «Es imposible amar a quien te ofende, aun cuando hayas renunciado al mundo y a todo lo que hay en él, si no conoces de verdad el designio del Señor. Cuando el Señor te lo dé a conocer y te esfuerces con celo por caminar según su mandamiento, entonces podrás amar de todo corazón a quien te odia y te ofende, como lo amaron los apóstoles.»

– ¿Por qué nos mandó el Señor amar a nuestros enemigos (cf. Mt 5,44)? Para librarte del odio, de la tristeza, de la ira y del rencor, y para hacerte digno de la mayor adquisición: el amor perfecto, que no puede tener quien no ame por igual a todos los hombres a imitación de Dios, el cual ama por igual a todos los hombres y quiere que todos… se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4).

– El amor perfecto no divide la única naturaleza de los hombres según sus distintas costumbres, sino que, mirando siempre a esa naturaleza, ama por igual a todos los hombres: a los buenos como amigos, y a los no buenos como enemigos, haciéndoles bien, siendo longánime y soportando lo que hacen; en modo alguno les devuelve mal por su culpa, sino que incluso padece por ellos cuando la ocasión lo pide, para hacerlos, si es posible, amigos suyos; y si no es posible, tampoco entonces se aparta de su disposición hacia ellos, mostrando siempre por igual a todos los hombres los frutos del amor. Así también nuestro Señor y Dios Jesucristo, mostrándonos su amor, padeció por todo el género humano y dio a todos por igual la esperanza de la resurrección, aunque cada uno se hace a sí mismo digno de la gloria o del tormento.

– Guárdate de que no haya en ti, ni en tu hermano, un mal que os separe, y apresúrate a reconciliarte con él, para no apartarte del mandamiento del amor.

Beato Diádoco

– He visto a un hombre que se afligía y lloraba por no amar a Dios tanto como querría, aunque lo amaba tanto que llevaba siempre en el alma el deseo ardiente de que solo Dios permaneciera en él y él mismo no fuera nada. Un hombre así no sabe quién es, y las alabanzas que le dirigen no le producen ningún placer. Pues, por el gran anhelo de la humildad, no repara en su propia dignidad; sirviendo a Dios como la ley manda a los sacerdotes, y teniendo un carácter fuerte para el amor de Dios, hurta el recuerdo de su dignidad y esconde en el fondo de su amor a Dios el orgullo connatural, en un espíritu de humildad, para parecer siempre ante sí mismo un siervo inútil, del todo ajeno a la dignidad que se le exigía, por el fuerte anhelo de la modestia. Obrando así, debemos también nosotros huir de todo honor y de toda gloria, por la riqueza generosa del amor del Señor, que tanto nos amó.

– Quien ama a Dios en el sentimiento del corazón es conocido por Él. Pues quien recibe en el sentimiento del corazón el amor de Dios permanece en el amor de Dios. Porque en su corazón arde sin cesar un fuego inagotable de amor, y necesita estar sinceramente unido a Dios, renunciando por completo al amor de sí mismo por la fuerza de ese amor a Dios. Si perdemos la razón, dice el apóstol Pablo, es por Dios; y si estamos en nuestro juicio, es por vosotros (cf. 2 Cor 5,13). El alma que no se ha liberado del mundo no amará a Dios sinceramente, ni tendrá al diablo por cosa despreciable. Los cuidados de esta vida son para ella como un velo pesado, y el intelecto no puede establecer en sí el tribunal de su propio juicio para escuchar las sentencias inapelables del juicio de la conciencia. Por eso es necesaria en todo la separación del mundo.

– Que la fe, la esperanza y el amor guíen la contemplación espiritual, y sobre todo el amor; pues la fe y la esperanza enseñan solamente a despreciar los bienes visibles, mientras que el amor une el alma misma a las virtudes con Dios, con el sentido espiritual que percibe lo Invisible.

– Quien se ama a sí mismo no ama a Dios; y quien no se ama a sí mismo, por la generosa riqueza del amor de Dios, ese ama verdaderamente solo a Dios.

– Cuando alguien empieza a sentir un amor profundo a Dios, entonces, en el sentimiento espiritual, empieza también a amar a su prójimo; y una vez comenzado, no cesa: de tal amor hablan todas las santas Escrituras. El amor carnal, no estando unido al sentimiento espiritual, se disipa con gran facilidad en cuanto se presenta la ocasión, incluso por un motivo insignificante. No así el amor espiritual: aunque a veces el alma amante de Dios sufra alguna pena bajo el influjo de Dios, el vínculo del amor no se rompe, porque, caldeada de nuevo con el calor del amor de Dios, vuelve enseguida a la buena disposición y acoge con gran alegría el amor al prójimo, aunque haya recibido de él una ofensa considerable o un gran daño; pues entonces la dulzura de Dios absorbe por completo la amargura de la discordia.

San Teodoro de Edesa

– Con razón se llama al amor madre de las virtudes, cabeza de la ley y de los profetas. Pongamos, pues, todo nuestro empeño en adquirir ese amor venerable, y por él arranquémonos de la tiranía de las pasiones y elevémonos al cielo con las alas de las virtudes, para ver a Dios en la medida en que le es posible a la naturaleza humana.

San Nicetas Stethatos

– Quien está hondamente herido por el amor de Dios no encuentra suficientes las fuerzas del cuerpo para satisfacer ese impulso, pues en los trabajos y sudores del ascetismo no halla saciedad. Hallándose en un estado semejante al de quien padece una sed intensa, nada puede hacer que apague la sed ardiente que lo abrasa por dentro; y estaría dispuesto a trabajar día y noche, pero las fuerzas del cuerpo lo abandonan. Creo que, cautivos de ese mismo ardor sobrenatural del amor, los mártires de Cristo no sentían los tormentos y no les daban importancia; antes bien, vencían con el celo encendido hacia Dios, y siempre hallaban que sus padecimientos quedaban muy por debajo de la medida de su ardiente deseo de padecer por el Señor. El comienzo del amor de Dios es el desprecio de las cosas visibles y humanas; el medio es la purificación del corazón y del intelecto, de donde se abren los ojos espirituales del entendimiento y el conocimiento del Reino de los cielos escondido en nosotros; y el fin es la sed insaciable de los dones sobrenaturales de Dios y el deseo connatural de tratar con Dios y descansar en Él.

Abba Talasio

– El intelecto que ha adquirido el amor espiritual no piensa en modo alguno de su prójimo nada que no convenga al amor.

– Adquiere el amor verdadero quien no sospecha ni admite palabra alguna contra su prójimo.

– Bajo apariencia de amor esconde su hipocresía quien bendice con los labios y desprecia en el corazón.

– No hieras a tu hermano con palabras oscuras y llenas de sospecha; pues si ocurre, tampoco tú lo soportarás.

Santos Calixto e Ignacio

– De todos los bienes, o de la belleza moral, el principio, el medio y el fin —el corifeo y el guía, si se quiere— son la fe, la esperanza y el amor; y de esta cuerda de tres hebras, trenzada por Dios, la mayor es el amor, porque Dios es amor (1 Jn 4,8). Según san Isaac el Sirio, «la plenitud de los frutos del Espíritu Santo se manifiesta cuando alguien es hallado digno del amor perfecto». San Juan Clímaco escribe: «Ahora permanecen estas tres, que atan y sostienen: la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de todas es el amor, porque así se llama Dios (cf. 1 Cor 13,13; 1 Jn 4,8). A mi entender, la primera es como el rayo, la segunda como la luz y la tercera como el círculo del sol; y sin embargo las tres son un mismo resplandor y una misma claridad. La primera todo lo puede crear y ordenar; a la segunda la rodea la misericordia de Dios y la hace libre de vergüenza; la tercera nunca cae, nunca cesa y no deja reposar del arrebato bienaventurado a quien ha sido herido por ella.»

– La palabra sobre el amor es conocida de los ángeles, pero también ellos la conocen solo por la acción de Dios, que es amor; y quien pretende decir cuál es su límite es como un ciego que intenta contar la arena del fondo del mar. El amor, por su cualidad, es semejanza con Dios en la medida en que ello es accesible a los mortales; por su acción, embriaguez del alma; por su propiedad, fuente de fe, abismo de longanimidad, mar de humildad. El amor verdadero es el rechazo de todo pensamiento contrario, pues el amor… no piensa mal (1 Cor 13,5). El amor, la impasibilidad y la filiación solo se distinguen por los nombres. Como la luz, el fuego y la llama se funden en una sola acción, entiende lo mismo respecto de estas tres.

San Nilo del Sinaí

– Ama a Dios y no te apegues a los tuyos más que a Él; de otro modo, según su palabra, serás hallado indigno de Él, aunque no lo quieras.

El amor natural a Dios y el amor lleno de gracia

– Hay en el alma un amor natural, y hay un amor derramado en ella por el Espíritu Santo. El primero, si queremos, se mueve con el impulso correspondiente y por nuestra voluntad, y por eso es fácilmente robado por los espíritus malignos en cuanto dejamos de mantener la voluntad en tensión. El segundo abrasa de tal modo el alma con el amor de Dios que todas sus partes se adhieren a la dulzura inefable del amor divino en una sencillez de carácter sin límites; pues entonces el intelecto, colmado por así decir de la acción espiritual llena de gracia, irradia un torrente generoso de amor y de gozo.

El amor al prójimo

Beato Diádoco

– Cuando alguien empieza a sentir un amor profundo a Dios, entonces, en el sentimiento espiritual, empieza también a amar al prójimo; y una vez comenzado, no cesa: de tal amor hablan todas las santas Escrituras. El amor carnal, no estando unido al sentimiento espiritual, se disipa con gran facilidad en cuanto se presenta la ocasión, aunque el motivo sea insignificante. No así el amor espiritual: aunque el alma amante de Dios sufra alguna pena bajo el influjo de Dios, el vínculo del amor no se rompe, porque, caldeada de nuevo con el calor del amor de Dios, vuelve enseguida a la buena disposición y acoge con gran alegría el amor a su prójimo, aunque haya recibido de él muchas ofensas o un gran daño; pues entonces la dulzura de Dios absorbe por completo la amargura de la discordia.

San Máximo el Confesor

– Amémonos unos a otros, y Dios nos amará. Seamos longánimes unos con otros, y Él será longánime con nuestros pecados. No devolvamos mal por mal, y Él no nos retribuirá según nuestros pecados. Hallaremos el perdón de nuestros pecados en el perdón de nuestros hermanos, pues la misericordia de Dios para con nosotros está escondida en nuestra misericordia para con el prójimo. Por eso dijo el Señor: «Perdonad, y seréis perdonados» (Lc 6,37). Y si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará (Mt 6,14). Así pues, nuestra salvación está ya en nuestra voluntad.

– Si el amor no hace mal al prójimo (cf. Rom 13,10), quien envidia a su hermano y se entristece de su buena fama, oscureciendo su nombre con la calumnia, o quien lo difama con mala intención, ¿no se hace acaso ajeno al amor y reo de la condenación eterna?

– Si el amor es el cumplimiento de la ley (Rom 13,10), quien guarda rencor a su hermano, le tiende trampas, lo maldice y se alegra de su caída, ¿no es acaso un transgresor y digno del tormento eterno?

– Si quien habla mal de su hermano y lo juzga, habla mal de la ley y juzga la ley (St 4,11), y la ley de Cristo es el amor (cf. Jn 13,34), entonces el calumniador, ¿no se aparta acaso del amor de Cristo y no se hace a sí mismo culpable del tormento eterno?

– «Pero yo os digo —dice el Señor—: amad a vuestros enemigos… haced bien a los que os odian y orad por los que os maltratan» (cf. Mt 5,44). ¿Por qué mandó esto? Para librarte del odio, de la tristeza, de la ira y del rencor, y para hacerte digno de la mayor adquisición: el amor perfecto, que no puede tener quien no ame por igual a todos los hombres a imitación de Dios, el cual ama por igual a todos los hombres y quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4).

– Los hombres se aman unos a otros, con alabanza o con menosprecio, por cinco motivos: o por Dios, como los virtuosos aman a todos y los virtuosos son amados incluso por los que no lo son; o por naturaleza, como los padres aman a los hijos y a la inversa; o por vanagloria, como el alabado ama al que lo alaba; o por interés propio, como se ama al rico por el provecho; o por amor al placer, como se ama a quien sirve al vientre y a lo que está bajo el vientre, y a quien ofrece banquetes. El primero de estos amores es digno de alabanza; el segundo es natural; los demás son apasionados.

– Si te ha sobrevenido una tentación de parte de tu hermano y la pena te ha empujado al odio, no te dejes vencer por el odio, sino véncelo con el amor. Y podrás vencerlo así: orando sinceramente a Dios por él, aceptando la disculpa que el hermano te ofrece, o sanándote a ti mismo con esa disculpa, teniéndote a ti por autor de la tentación y disponiéndote a soportar hasta que pase la nube.

– No te apresures a rechazar el amor espiritual, pues no les queda a los hombres otro camino de salvación.

– Las causas por las que se disuelve el amor son estas: el deshonor, el daño, la calumnia contra la fe o contra la conducta, los golpes, las heridas y cosas semejantes; y más aún cuando esto le ocurre a uno mismo o a alguno de sus parientes y amigos. Quien rompe el amor por cualquiera de estas causas todavía no ha conocido cuál es el fin de los mandamientos de Cristo.

– Debemos honrarnos y amarnos unos a otros del modo que Cristo mismo nos mostró primero con su ejemplo, aceptando padecer por nosotros.

– Si quieres librarte de los pensamientos apasionados, adquiere la templanza y el amor al prójimo.

El corazón misericordioso

San Isaac el Sirio

– Le preguntaron qué es un corazón misericordioso, y respondió: «Es el arder del corazón del hombre por toda la creación: por los hombres, por las aves, por los animales, por los demonios y por toda criatura. Al recordarlos y al verlos, los ojos del hombre derraman lágrimas, por la compasión grande y fuerte que le oprime el corazón. Y el corazón se enternece con gran paciencia y no puede soportar oír ni ver daño o pena alguna sufrida por criatura alguna. Por eso ora a toda hora con lágrimas incluso por los animales mudos, por los enemigos de la verdad y por quienes le hacen daño, para que sean guardados y se les tenga misericordia; y ora también por los reptiles con la gran compasión que se despierta sin medida en su corazón, hasta hacerse semejante a Dios en todo.»

EL ARREPENTIMIENTO

San Juan Casiano

– El arrepentimiento perfecto consiste en no cometer ya los pecados de los que nos arrepentimos y por los cuales nos condena la conciencia; y la prueba de que hemos satisfecho por ellos y de que se nos han perdonado es que hayamos expulsado de nuestros corazones incluso la inclinación hacia ellos.

San Isaac el Sirio

– A alguien le preguntaron qué es el arrepentimiento, y respondió: renunciar a lo anterior y dolerse de ello, con contrición y humildad de corazón.

– Cuando el hombre, recordando sus pecados pasados, se castiga a sí mismo, Dios lo mira con benevolencia. Dios se alegra de que el hombre, habiéndose apartado de su camino, se imponga a sí mismo un castigo, lo cual es señal de arrepentimiento. Y cuanto más se fuerza el alma, tanto más multiplica Dios su benevolencia hacia ella.

– El arrepentimiento es la segunda gracia y nace de la fe y del temor; y el temor es la vara paterna que nos guía hasta que alcanzamos el paraíso espiritual de los bienes; y una vez allí, se aparta de nosotros.

– El mar fétido que se extiende entre nosotros y el paraíso espiritual solo podemos atravesarlo en la barca del arrepentimiento, cuyos remeros son el temor. Pero si los remeros del temor no gobiernan la nave del arrepentimiento en la que pasamos hacia Dios por el mar de este mundo, nos ahogamos en ese mar fétido.

– El arrepentimiento es la nave; el temor, su piloto; y el amor, el puerto divino. El temor nos embarca en la nave del arrepentimiento, nos transporta por el mar fétido de la vida y nos conduce al puerto divino, que es el amor. A ese puerto llegan todos los que se fatigan y están cargados, por medio del arrepentimiento. Y cuando alcancemos el amor, habremos alcanzado a Dios, y nuestro camino estará cumplido.

San Máximo el Confesor

– Dijo un hermano: ¿por qué no tengo compunción, padre? El anciano respondió: porque no tenemos ante los ojos el temor de Dios; porque nos hemos hecho guarida de todo mal y despreciamos el juicio temible de Dios como si fueran fantasías vanas.

– El fruto del arrepentimiento es la impasibilidad del alma; y la impasibilidad es la borradura del pecado. Todavía no tenemos la impasibilidad perfecta si unas veces nos turban las pasiones y otras no.

San Efrén el Sirio

– El arrepentimiento es una fiesta para Dios, pues el Evangelio afirma que Dios se alegra más por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos (cf. Lc 15,7).

– El arrepentimiento, que hace fiesta para Dios, se llama también banquete del cielo. Los ángeles se alegran cuando el arrepentimiento los convoca a la cena. Todos los coros celestiales celebran su triunfo, elevados al gozo del arrepentimiento.

– No digas: hoy pecaré y mañana me arrepentiré; mejor arrepiéntete hoy, pues no sabemos si llegaremos vivos al mañana.

– Del pecado ancestral fuimos liberados por el santo bautismo; y de los pecados que nos atrevimos a cometer después del bautismo solo nos liberamos por el arrepentimiento.

San Nilo del Sinaí

– Condenémonos a nosotros mismos, y el Juez será misericordioso; pues Él, como bueno, se alegra al ver que el pecador se descarga de su peso.

– Si hemos hecho algo impuro, lavémonos con el arrepentimiento, porque debemos presentar en nosotros mismos limpia la imagen de Dios.

– Sabio es aquel que, estando en el arrepentimiento perfecto, no cesa de recordar con dolor sus pecados y el justo castigo que merecen en el fuego eterno.

San Antonio el Grande

– Duélete día y noche por tus pecados.

– No repases en la mente los pecados que ya has cometido, para que no se renueven de nuevo. Ten por cierto que te fueron perdonados en el momento en que te entregaste al arrepentimiento, y no dudes de ello lo más mínimo ante Dios. En cuanto a los deleites y placeres que gozaste en tu descuido, no los recuerdes ni empieces a hablar de ellos diciendo: hice esto o quebranté aquello, pues eso puede serte ocasión de tropiezo. Y de las pasiones con que trabajaste en el mundo no hagas memoria alguna, para no despertarlas de nuevo y para que no se te vuelvan un estorbo.

San Juan de Carpatos

– El pecado cometido lleva casi al instante al penitente hacia Dios, en cuanto este cae en la cuenta del hedor, del peso y de la furia del pecado. Pero a quien no quiere inclinarse al arrepentimiento, el pecado no lo empuja hacia Dios, sino que lo retiene junto a sí y lo ata con lazos indisolubles, haciendo fuertes y encarnizados los deseos que lo pierden.

– Cuando alguno de los que se esfuerzan con perseverancia sea vencido, que no pierda el ánimo ni se relaje su disposición, sino que, movido por las palabras de Isaías, se enderece y cobre confianza, cantando este canto: Sabedlo, pueblos, y sed vencidos, ¡oh demonios malignos! Porque aunque volváis a la carga, seréis vencidos; y aunque forméis planes, se frustrarán, porque Dios está con nosotros (cf. Is 8,9-10). Dios es quien deshace las maldiciones y hace que nuestros enemigos queden desgarrados por la tristeza y la irritación, si nos arrepentimos pronto.

– ¿Cómo vencer un pecado ya arraigado? Hace falta violencia sobre uno mismo. Pues está dicho: «El que trabaja, para sí mismo trabaja, y ahuyenta por la fuerza su propia perdición» (cf. Prov 16,26), elevando siempre con avidez a lo santo los pensamientos de aflicción. La violencia que destruye la violencia no está prohibida por las leyes: la violencia del pecado se vence con la violencia de los buenos anhelos.

Abba Zósimo

– En el impulso de la voluntad reside todo el poder. Una voluntad ferviente puede en una sola hora ser más agradable a Dios que largos esfuerzos hechos sin ella. Una voluntad tibia y perezosa es ineficaz.

– Si alguien viviera los años de Matusalén y no fuera por el camino recto que recorrieron todos los santos —hablo del camino del deshonor y de los reproches injustos, soportados con valentía—, no progresaría en nada y no hallaría el tesoro escondido en los mandamientos, sino que habría gastado en vano todos los años de su vida.

Elías el Ecdico

– Quienes no tienen deseo de hacer penitencia pecan con más frecuencia; y quienes no están en el lugar del pecado hallan cómodo el arrepentimiento, en el cual, por lo demás, rara vez hay necesidad.

Santos Calixto e Ignacio

– Acerca de las caídas dice san Isaac el Sirio: «No nos entristezcamos cuando resbalamos en algo, sino cuando nos endurecemos en ello; pues resbalar sucede a menudo incluso a los perfectos, pero endurecerse en la misma falta es muerte completa. La tristeza que sentimos por nuestras faltas se nos cuenta por gracia como trabajo puro. Quien resbala con la esperanza de arrepentirse después obra con engaño ante Dios. A tal hombre la muerte lo asalta sin que la espere y no le deja tiempo para arrepentirse ni para practicar las virtudes, como él suponía.»

– Y dice también: «A toda hora debemos saber que en estas veinticuatro horas del día y de la noche necesitamos arrepentimiento. El sentido de la palabra «arrepentimiento», según hemos comprendido por la naturaleza misma de las cosas, es este: acercarse a Dios con oración llena de contrición, con súplica incesante de perdón por lo pasado y con dolor por la guarda de lo venidero. Gracia sobre gracia se da a los hombres en el arrepentimiento después del bautismo, pues el arrepentimiento es un segundo nacimiento de Dios.»

San Teognosto

– No seremos castigados en el siglo venidero por haber pecado —pues no debemos ser condenados por eso, habiendo recibido una naturaleza mudable e inconstante—, sino por no habernos arrepentido después de pecar y por no habernos vuelto del mal camino al Señor, teniendo fuerzas y tiempo para el arrepentimiento. Dios es bueno y misericordioso con los que se arrepienten, aunque se lo represente amenazador y airado; pero lo es contra el mal y el pecado, no contra nosotros, a quienes está siempre dispuesto a acoger apenas ve en nuestro rostro una lágrima de arrepentimiento. Cuando por descuido caigas, no tiembles, sino enderézate pronto y apresúrate a volver al estado anterior con dolor, pesar, reproche de ti mismo y lágrimas, derramando en abundancia el arrepentimiento del alma; y así, saliendo de la caída ocurrida, entrarás en el seno de la alegría salvadora, que pone en el corazón el propósito de mantenerse en adelante firme, para no tener que necesitar de nuevo lágrimas y arrepentimiento por haber irritado al Dios Juez; pues si esto no sucede aquí, en el futuro habrá tormentos merecidos.

San Juan Clímaco

– Antes de que caigamos en el pecado, los demonios nos pintan a Dios como amante de los hombres; y después de la caída, como extremadamente severo.

San Gregorio el Sinaíta

– Padecer los tormentos de la conciencia aquí o en el futuro no es cosa de todos, sino solo de quienes pecan contra la fe y el amor. La conciencia, teniendo desenvainada la espada del celo y del reproche, atormenta sin piedad. A quien resiste al pecado y a la carne le da consuelo; pero a quien se somete a ellos lo atormenta hasta que se arrepienta. Y si no se arrepienten, los tormentos pasan con ellos a la otra vida y allí durarán para siempre.

Beato Diádoco

– Quienes hemos llegado a ser partícipes del conocimiento santo deberemos dar cuenta también de las divagaciones involuntarias del intelecto, como dice Job: Sellada está en un saco mi transgresión (cf. Job 14,17), y con razón. Pues quien recuerde siempre a Dios no descuidará sus santos mandamientos ni caerá en pecado, ni involuntario ni voluntario. Debemos, pues, apresurarnos a presentar al Señor una confesión contrita también de las faltas involuntarias, aplicándonos a ella al comienzo acostumbrado de la regla de oración. Y si no nos ocupamos de confesar esas faltas involuntarias, en la hora de nuestra partida hallaremos en nosotros cierto temor indefinido. Pero nosotros, que amamos al Señor, debemos desear y orar para vernos entonces libres de todo temor; pues quien tenga entonces miedo no pasará libremente ante los príncipes del abismo, ya que ellos toman esa timidez del alma por señal de que participa de su mal, como participan ellos mismos. En cambio, el alma que se regocija en el amor de Dios, en la hora de la separación es llevada por los ángeles de la luz por encima de todas las huestes tenebrosas, porque tal alma está de algún modo alentada por el amor espiritual, teniendo en ese amor el cumplimiento pleno de la ley, sin falta alguna. Por eso quienes parten de esta vida con tal audacia serán arrebatados, en la segunda venida del Señor, junto con todos los santos. Pero quienes en el momento de la muerte se vean algo turbados por el temor quedarán entre la multitud de los demás hombres, como quienes están bajo juicio, para que, tras la prueba del fuego del juicio, reciban del Dios bueno la herencia que les corresponde por sus obras.

LA HUMILDAD

San Antonio el Grande

– Si no hay en el hombre una humildad extrema —humildad con todo el corazón, con toda la mente, con todo el espíritu, con toda el alma y con el cuerpo—, no heredará el Reino de Dios.

– Ama la humildad, y ella cubrirá todos tus pecados. No envidies al que se encumbra, sino ten a todos los hombres por superiores a ti, y Dios mismo estará contigo.

– Sé humilde en todo: en tu porte, en tu vestido, al sentarte, al estar de pie, al andar por la celda y en todo lo que a ello se refiere. Si te alaban por tus obras, no te alegres de ello ni te complazcas en las alabanzas; ocúltalas cuanto puedas, no te permitas hablar de ellas con nadie y procura por todos los medios que los hombres no te alaben. Teme llegar a ser conocido por cualquiera de tus obras.

– Si alguien te reprocha injustamente un pecado, humíllate, y recibirás la corona.

– Acostumbra tu lengua a decir en toda ocasión y a cada hermano: «Perdóname.»

– Ama tu trabajo, sé obediente con todos, guarda silencio, y alcanzarás la humildad. La humildad te atraerá la remisión de todos tus pecados.

– Ante todo, no te tengas por nada, y eso engendrará en ti la humildad; la humildad engendra el discernimiento; el discernimiento, la fe; la fe, la esperanza; la esperanza, el amor; el amor, la obediencia; y la obediencia engendra una firmeza inmutable en el bien.

– Si queremos librar el buen combate, debemos humillarnos hasta el extremo ante Dios, para que Él, que conoce nuestra debilidad, nos cubra con su diestra y nos guarde; pues si nos ensoberbecemos, retirará de nosotros su protección y pereceremos.

– Si alguien emprende el trabajo del silencio, que no piense que practica alguna virtud, sino que se tenga en el corazón por indigno de hablar.

– San Antonio oyó durante la oración una voz: «Antonio, todavía no has alcanzado la medida de cierto zapatero de Alejandría.» Antonio buscó al zapatero y le rogó que le dijera qué había de particular en su vida. Este respondió: «No sé haber hecho nunca nada bueno. Por eso, al levantarme de la cama por la mañana, antes de sentarme a trabajar, me digo: todos en esta ciudad, jóvenes y viejos, entrarán en el Reino de Dios por sus buenas obras; solo yo seré condenado por mis pecados al tormento eterno. Y lo mismo repito con toda sinceridad de corazón por la tarde, antes de dormir.» Al oírlo, san Antonio comprendió que aún no había llegado a semejante medida.

San Efrén el Sirio

– Al ofrecer a Dios lo que es de Dios, no te ensalces; antes bien, orando al Señor, di: «De lo tuyo te ofrezco, Señor; solo te pido la salvación de mi alma.»

– Reconoce cuán hermosa es la humildad y escógela para ti, pues ella eleva hasta el cielo. Una recompensa espléndida se te ofrece por la humildad: el Reino de los cielos. ¡No lo desprecies!

– Dios se manifiesta no solo en las obras, sino en que estas se hagan con sencillez y humildad; pues aunque el poder de Dios se perfecciona en la debilidad (2 Cor 12,9), el Señor no rechazará jamás al obrero humilde.

Santos Barsanufio y Juan

– En todo caso, volvámonos a la humildad, pues el humilde yace en tierra; y el que yace en tierra, ¿adónde puede caer? En cambio, a quien está en la altura le es fácil caer. Si nos convertimos y nos corregimos, no es cosa nuestra: es don de Dios, pues el Señor da sabiduría a los ciegos; el Señor levanta a los caídos (cf. Sal 145,8).

– Hay que tenerse por el mayor pecador entre todos los pecadores, que nada bueno ha hecho ante Dios; hay que reprocharse siempre a sí mismo, en todo lugar y en todo asunto, no murmurar de nadie y no hallar en la tierra hombre más pecador ni más negligente que uno mismo.

San Isaac el Sirio

– Los verdaderos justos piensan siempre en su interior que son indignos de Dios; y el hecho mismo de que sean verdaderamente justos se muestra en que ellos se reconocen miserables e indignos del cuidado de Dios, y así lo confiesan en secreto y en público, pues así lo dispuso el Espíritu Santo: que permanezcan en el trabajo y en el sufrimiento mientras estén en esta vida. El descanso Dios se lo ha reservado para el futuro. Y teniendo en sí al Señor vivo, ellos mismos no desean el descanso ni verse libres de la tristeza, aunque a veces se les dé un consuelo misterioso en el espíritu. Si alguien ha alcanzado la humildad, lo conocerá en esto: si le repugna agradar al mundo por el trato o por la palabra, y si la gloria de este mundo le resulta odiosa a sus ojos. La vida de peregrino, la pobreza y la soledad son las que engendran la humildad y purifican el corazón.

– La humildad, por la continua austeridad consigo mismo —la templanza, la pobreza del vestido y cosas semejantes—, lleva a la reflexión y adorna el alma con la castidad.

– Quien soporta con humildad las acusaciones que le imputan ha alcanzado la perfección, y de él se admiran los santos ángeles. Pues ninguna otra virtud es tan alta ni tan difícil de comprender. Quien es verdaderamente humilde, aunque lo acusen sin fundamento, no se ofende ni se defiende en aquello de que es inocente, sino que acoge la calumnia como verdad y no se afana en persuadir a los hombres de que lo calumnian, sino que pide perdón.

– Quien ha llegado a conocer la medida de su propia debilidad ha alcanzado la perfección de la humildad.

– A la humildad la precede la gracia, y al engreimiento, el castigo.

– Hay una humildad que nace del temor de Dios, y hay una humildad que nace del amor de Dios; y esta última se da por medio del gozo.

– La asamblea de los humildes es amada de Dios como el coro de los serafines.

– La humildad y la castidad preparan el alma para el Espíritu Santo, prenda de las bodas con la Trinidad.

Abba Doroteo

– Dijo uno de los ancianos: «Ante todo necesitamos la humildad.» ¿Por qué no habló de otra virtud? El anciano nos muestra que ni el temor de Dios, ni la limosna, ni la fe, ni la templanza, ni ninguna otra virtud pueden alcanzarse sin humildad. Con la humildad quedan aplastadas todas las flechas del enemigo. Por este camino anduvieron y trabajaron todos los santos. Mira mi humillación y mi fatiga, y perdona todos mis pecados, clama David; y de nuevo: Me humillé, y el Señor me salvó (cf. Sal 24,18; 114,6).

– El mismo anciano decía: «La humildad con nadie se enoja y a nadie irrita. La humildad atrae la gracia de Dios. Y cuando llega la gracia de Dios, libra al alma de esas dos pasiones penosas. Pues ¿qué hay más triste que airarse contra el prójimo y enojarse con él? La humildad libra al alma de toda pasión y de toda tentación.»

– Cuando san Antonio vio desplegadas todas las redes del enemigo, suspiró y preguntó a Dios: «¿Quién, pues, logra escapar de ellas?» Y Dios le respondió: «La humildad escapa de ellas»; y, lo que es aún más admirable, añadió: «Ni siquiera llegan a tocarla.» En verdad, nada hay más fuerte que la humildad: nada la vence. Si al humilde le sucede algo penoso, al punto se condena a sí mismo, teniéndose por merecedor de ello, y no reprocha a nadie ni echa la culpa a otro. Así soporta lo ocurrido sin turbación, sin tristeza, con perfecta paz; y por eso no se irrita contra nadie ni se enoja con nadie. Hay dos clases de humildad. La primera consiste en tener al hermano por más sabio y mejor que uno en todo, o en considerarse inferior a todos. La segunda consiste en atribuir a Dios los propios logros; y esta es la humildad perfecta de los santos. La humildad perfecta nace del cumplimiento de los mandamientos. Los santos, cuanto más se acercan a Dios, tanto más se tienen por pecadores. Así Abraham, cuando vio al Señor, se llamó a sí mismo tierra y ceniza (cf. Gn 18,27); e Isaías, al ver a Dios en su majestad, exclamó: «¡Ay de mí, que soy un hombre de labios impuros!» (cf. Is 6,5).

– Cuando el abba Agatón se acercaba a su fin, los hermanos le dijeron: «¿También tú temes, padre?» Él respondió: «Cuanto pude, me esforcé en guardar los mandamientos; pero soy hombre, ¿y cómo puedo saber si mi trabajo ha agradado a Dios? Porque uno es el juicio de Dios y otro el juicio de los hombres.» A un anciano le preguntaron: «¿Qué es lo más importante que has hallado en este camino, padre?» Y respondió: «Reprocharse a sí mismo en todo.» Por eso el abba Poimén decía con pesar: «Todas las virtudes han entrado en esta casa, pero sin una virtud le es difícil al hombre mantenerse en pie.» «¿Y cuál es esa virtud?», le preguntaron. Respondió: «Que el hombre se reproche a sí mismo.» Y san Antonio decía: «Gran cosa es ponerse ante el rostro de Dios como culpable ante sí mismo y esperar la tentación hasta el último aliento.» Y por doquier hallamos que nuestros padres encontraron la paz porque, encomendándolo todo a Dios, hasta lo más pequeño, guardaron siempre esta regla: reprocharse a sí mismos en todo.

Abba Zósimo

– Una vez le preguntaron al abba: «¿Cómo alcanzar el no irritarse cuando otros nos humillan y calumnian?» Respondió: «Quien en su corazón se tiene por el más insignificante no se turba por ninguna humillación; como decía el abba Poimén: si te humillas, hallarás descanso.»

Beato Diádoco

– La humildad no se adquiere con facilidad, pues cuanto más alta es, tanto mayor esfuerzo exige. A los partícipes del conocimiento santo les llega de dos maneras: 1) cuando el asceta de la piedad se halla a mitad del camino del progreso espiritual, entonces su humilde pensar sobre sí mismo se mantiene ya por la enfermedad del cuerpo, ya por las molestias de quienes se oponen a la vida recta, ya por los malos pensamientos; 2) cuando el intelecto es iluminado por la gracia del Espíritu Santo en plena conciencia y certeza, entonces el alma comienza a tener la humildad como una disposición connatural. Pues, saciada y embriagada por la gracia divina y por la bondad de Dios, ya no puede hincharse de amor a la gloria, aunque cumpla sin cesar los mandamientos divinos, sino que se tiene por la más insignificante de todas, en el sentimiento de la comunión divina, que sabe se le da por misericordia de Dios. La primera humildad va acompañada casi siempre de tristeza y desaliento; la segunda, de gozo y de un pudor lleno de sabiduría. La primera viene a los que están a mitad del camino; la segunda se envía a quienes ya se acercan a la perfección. Por eso la primera queda a menudo oprimida por las contrariedades de cada día; la segunda, en cambio, aunque le ofrecieran todos los reinos del mundo, permanecería inconmovible, y no solo no teme las terribles saetas del pecado, sino que ni siquiera las siente, porque, hecha del todo espiritual, ya no percibe ese sentimiento de la gloria exterior. Sin embargo, a esta segunda no llega el asceta sino después de haber pasado primero por la primera en todo; pues la gracia no nos da la riqueza de la segunda si no ablanda antes nuestra voluntad con las pruebas, mediante la permisión pedagógica de que las pasiones nos combatan en el primer tiempo.

San Nilo del Sinaí

– La oración de los humildes inclina a Dios, mientras que la súplica de los soberbios le ofende. La palabra del humilde es ungüento que apacigua el alma; la palabra del soberbio está llena de arrogancia.

– Uno de los más experimentados, hablando de la humildad, contaba también esto: «A un padre muy experimentado lo golpeó en la mejilla un endemoniado que estaba en furia y locura; y el padre, volviéndose al instante, le presentó la otra mejilla, dispuesto a recibir el golpe. Entonces el demonio, como fulminado por un rayo ante aquella humildad, dio un grito y al punto abandonó a aquella criatura de Dios.»

San Filoteo del Sinaí

– Necesitamos una gran humildad si de veras nos preocupamos de que el intelecto permanezca en el Señor: primero, en relación con Dios, y segundo, en relación con los hombres. Por todos los medios debemos quebrantar nuestro corazón, buscando e introduciendo en él todo lo que pueda humillarlo. Y quebranta y humilla el corazón, como sabes, el recuerdo de nuestra vida anterior en el mundo, si lo recordamos rectamente; también el recuerdo de todos los pecados desde la juventud: cuando uno los repasa con el intelecto uno por uno, suele humillarse y verter lágrimas, y da de corazón gracias a Dios; y otro tanto hace el recuerdo de la muerte siempre presente y vivo, que además engendra lágrimas gozosas con dulzura y sobriedad del intelecto. Pero lo que más humilla nuestro pensamiento y nos hace bajar los ojos a tierra es el recuerdo de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, cuando uno la recorre en la memoria y la rememora en todos sus detalles: esto también hace llorar. Humillan además verdaderamente al alma los grandes beneficios de Dios para con nosotros, sobre todo cuando uno los enumera y los repasa uno por uno; pues libramos batalla contra demonios soberbios e ingratos.

San Juan Casiano

– Sin una humildad profunda y sincera jamás se obtiene victoria sobre pasión alguna. Nadie puede alcanzar el último grado de la perfección y de la pureza sino por la humildad verdadera, la cual, manifestándose ante los hermanos, se proclama también ante Dios en lo más hondo del corazón, creyendo que sin su protección y sin su auxilio, que lo asiste a cada instante, no podrá alcanzar la perfección a la que aspira y hacia la cual corre con esfuerzo.

San Teodoro de Edesa

– En el alma del humilde reposa el Señor; en el corazón del soberbio, las pasiones deshonrosas. Pues nada las fortalece tanto contra nosotros como los pensamientos altivos; y, al contrario, nada las arranca de raíz del alma tan eficazmente como la bienaventurada humildad, a la que por eso, con razón, se llama matadora de las pasiones.

San Teognosto

– Te diré una palabra extraña, pero no te asombres. Aunque no alcanzaras la impasibilidad, quizá por la tiranía de tus inclinaciones, pero tuvieras en la hora de tu partida un hondo sentimiento de humildad, subirás a las nubes no menos que los impasibles. Pues aunque el tesoro de los impasibles se componga de todas las virtudes, la piedra preciosa de la humildad es más honorable y más alta que todas ellas; y para quien la posee es no solo propiciación ante Dios, sino también entrada, junto con los elegidos, en la cámara nupcial de su Reino.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Donde hay humildad profunda, allí hay lágrimas abundantes; y donde hay lágrimas, allí está también la presencia del Espíritu Santo. Cuando llega la gracia del Espíritu adorable, entonces en quien comienza a estar bajo su acción hay toda pureza y santidad; entonces él ve a Dios y Dios lo mira a él. Pues dice el Señor: ¿En quién pondré mis ojos sino en el humilde y silencioso que tiembla ante mis palabras? (Is 66,2).

San Nicetas Stethatos

– La humildad no consiste en inclinar la cerviz, ni en llevar suelto el cabello, ni en vestir de manera descuidada, tosca y pobre —cosas en las que muchos ponen toda la esencia de esta virtud—, sino en la compunción del corazón y en la humildad del espíritu, como dijo David: El sacrificio a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias (Sal 50,19).

– Una cosa es la modestia, otra la humildad y otra la humildad de pensamiento. La modestia y la humildad se muestran en el combate contra toda clase de privaciones voluntarias y en los trabajos exteriores de la virtud, pues todo eso se traduce en obras y ocupaciones corporales; por eso el alma que solo las posee no está siempre en firme prosperidad, y cuando le sobreviene una tentación se turba. La humildad de pensamiento, en cambio, es algo divino y grande, y se da solo en aquellos que, por la inspiración del Consolador, han pasado ya la mitad del camino, es decir, que han avanzado mucho por la senda más breve de la virtud, a través de toda humildad.

– La humildad, cuando penetra en lo hondo del alma y descansa sobre ella como una piedra pesada, la oprime y estrecha de tal modo que todas sus fuerzas se derraman en un torrente incontenible de lágrimas, por las cuales el intelecto se purifica de toda mancha del pensamiento; y entonces, hallándose en la visión de Dios y movido por ella, se ve forzado a clamar como Isaías: ¡Ay de mí, que estoy perdido! Porque siendo hombre de labios impuros y habitando en medio de un pueblo de labios impuros, mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos (cf. Is 6,5). Cuando llegue a ti la humildad profunda, entonces será destruida en ti la arrogancia. Cuando la humildad de pensamiento descienda a lo hondo de tu corazón, entonces desaparecerá de ti toda humildad meramente exterior. Cuando te enriquezcas desde lo alto con la humildad, entonces quedarán abolidas en ti la humildad exterior y la humildad de la lengua, según la palabra de san Pablo: Cuando llegue lo perfecto, lo parcial será abolido (1 Cor 13,10). Cuanto dista el oriente del occidente, tanto dista la humildad verdadera de la humildad aparente. Cuanto mayor es el cielo que la tierra y el alma que el cuerpo, tanto más perfecta y mayor que la modestia verdadera es la humildad perfecta dada por el Espíritu.

– Y si alguien, con aspecto y vestido humildes, habla humildemente, no pienses enseguida que es humilde de corazón; ni tampoco des por supuesto que quien habla con grandeza y llaneza está lleno de arrogancia y soberbia, sin haberlo comprobado antes: conócelos por sus obras.

– Conócete a ti mismo; y eso es en verdad la humildad, que enseña la humildad y quebranta el corazón; y eso es precisamente lo que hay que hacer y guardar con empeño. Pero si aún no te conoces a ti mismo, no sabes qué es la humildad, ni su trabajo ni su cuidado te han tocado todavía, pues el conocimiento es el fin del cumplimiento de los mandamientos. Cuando alguien aprende esto —y ello requiere gran vigilancia, el abandono de los asuntos mundanos y un severo examen de la conciencia—, entonces, de improviso, aparece en el alma algo divino que está por encima de toda palabra: la humildad, que trae compunción y lágrimas cálidas de ternura en el corazón. Y entonces quien la experimenta se tiene por tierra y ceniza, por gusano y no hombre, indigno incluso de esta vida, ante la excelencia de ese don de Dios en el que se le concede permanecer, en una embriaguez inefable de ternura; entra en lo hondo de la humildad y, saliendo de sí mismo, tiene por nada todo lo exterior: la comida, la bebida, el vestido del cuerpo, como quien ha sido transformado por el cambio de la diestra del Altísimo (Sal 76,11).

San Máximo el Confesor

– La humildad y la privación corporal libran al hombre de todo pecado, pues la humildad corta las pasiones del alma y la privación las del cuerpo. Esto es lo que hacía David, como se ve por esta oración suya a Dios: Mira mi humillación y mi fatiga, y perdona todos mis pecados (Sal 24,18). Aprended de mí, dice el Señor, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29). La templanza guarda a la potencia irascible de la indignación, y la humildad libra al intelecto de la arrogancia y de la vanagloria.

– No te midas con los hombres más débiles, sino más bien ensánchate hasta la medida del mandamiento del amor. Midiéndote con los hombres caerás en el abismo de la arrogancia; ensanchándote en el amor, alcanzarás la cima de la humildad. La humildad nace de la oración pura, con lágrimas y dolor. Pues la oración, al volverse siempre a Dios pidiendo ayuda, no permite que uno confíe locamente en su propia fuerza y sabiduría ni que se ensalce por encima de los demás, dos graves enfermedades de la pasión de la soberbia.

El anciano Simeón el Piadoso

– A todos los que viven en el cenobio hay que verlos como santos, y solo a uno mismo tenerse por pecador y último de todos, añadiendo que, de todos los que se salvan, solo tú serás condenado en aquel día al tormento eterno.

San Gregorio el Sinaíta

– Hay siete obras y disposiciones distintas que conducen y llevan a esa humildad dada por Dios; entran unas en la composición de las otras y unas nacen de otras: 1) el silencio; 2) el humilde pensar de sí mismo; 3) el hablar humilde; 4) el vestido humilde; 5) el propio menosprecio; 6) la compunción; 7) y la última, tenerse por el último en todo. El silencio con discernimiento engendra el humilde pensar de sí mismo; y del humilde pensar de sí nacen tres formas de humildad: el hablar humilde, el llevar vestido humilde y pobre, y el propio menosprecio. Estas tres engendran la compunción, que nace de la permisión de las tentaciones y se llama enseñanza providencial, o bien humillación por parte de los demonios. La compunción hace que el alma se sienta inferior a todos y la última, sobrepasada por todos. Y estas dos formas producen la humildad perfecta, dada por Dios, que se llama fuerza y perfección de todas las virtudes, y que atribuye a Dios nuestras buenas obras. Así pues: la primera de todas las guías hacia la humildad es el silencio; de él nace el humilde pensar de sí; este engendra tres formas de humildad; esas tres engendran una sola, la compunción; y la compunción engendra la séptima forma: tenerse por el más bajo de todos, que se llama humildad providencial. Y esta humildad da la humildad perfecta, sincera y verdadera, que viene de Dios. La humildad providencial se produce así: cuando el hombre, dejado a sí mismo, es vencido, esclavizado y sometido por toda pasión y todo pensamiento; entonces, dominado por el espíritu del enemigo y no hallando ayuda ni en las obras, ni en Dios, ni en nada, y estando a punto de caer en la desesperación, se humilla en todo, se quebranta, y se tiene por el más bajo de todos, el último y siervo de todos, peor aun que los mismos demonios, por verse sometido a su tiranía y vencido por ellos. Todo esto es la humildad providencial, en virtud de la cual Dios concede la segunda, la más alta, que es la fuerza divina, activa y creadora de todo. Por ella, teniéndose por instrumento de la fuerza divina, el hombre realiza con ella las obras admirables de Dios.

Santos Calixto e Ignacio

– La humildad, aun sin obras, alcanza el perdón de muchos pecados; las obras sin humildad, en cambio, son inútiles. Lo que es la sal para todo alimento, eso es la humildad para toda virtud; y por ella puede quebrarse la fuerza de muchos pecados. Por ella hay que afanarse sin cesar en el alma, con el trabajo del propio entendimiento; y si la alcanzamos, ella nos hace hijos de Dios y nos presenta a Él aun sin buenas obras; mientras que sin ella todas nuestras obras, todas nuestras virtudes y todo nuestro trabajo son vanos. Basta ella sola para presentarnos ante el rostro de Dios e interceder por nosotros… Y otro dijo: «Cuando venga a ti el pensamiento de la soberbia y te diga: recuerda tus virtudes, respóndele: mira, viejo, tu fornicación.»

– Alégrate cuando practiques las virtudes, pero no te ensalces, no sea que naufragues dentro del puerto.

– El fiel debe humillarse ante todos, pues humillarse solo ante uno no es tener humildad verdadera.

LA SOBERBIA Y LA VANAGLORIA

San Juan Clímaco

– La soberbia es negación de Dios, invención demoníaca, desprecio de los hombres, madre de la condenación, retoño de las alabanzas, señal de esterilidad, huida de la ayuda de Dios, precursora de la demencia del intelecto, artífice de las caídas, fuente de la irritabilidad, puerta de la hipocresía, sostén de los demonios, guardiana de los pecados, causa de la falta de compasión, ignorancia despiadada, enemiga de Dios, raíz de la blasfemia…

– El principio de la soberbia es el término de la vanagloria; su medio es el desprecio del prójimo, la desvergonzada exhibición de los propios trabajos y hazañas, la autoalabanza en el corazón y el odio a la reprensión; y su fin es el rechazo de la ayuda de Dios, la confianza en el propio esfuerzo y el carácter demoníaco.

– A quien está cautivado por la soberbia le hace falta la ayuda de Dios, pues vana le resulta la salvación que viene de los hombres.

Abba Doroteo

– Así como hay dos clases de humildad, hay también dos clases de soberbia. La primera soberbia se da cuando alguien reprocha al hermano, lo condena y lo desprecia como si nada valiera, y se tiene a sí mismo por superior. Si tal hombre no vuelve pronto en sí y no procura enmendarse, poco a poco llega a la segunda soberbia: la de ensoberbecerse frente a Dios mismo, atribuyéndose a sí mismo su ascesis y sus virtudes, y no a Dios, como si él solo las hubiera alcanzado por su propio entendimiento y esfuerzo, y no con la ayuda de Dios. En verdad, hermanos míos, conocí a uno que llegó a ese lamentable estado. Al principio, si alguno de los hermanos le decía algo, él lo despreciaba todo y replicaba: «¿Y quién es ese? No hay nadie digno sino Zósimo y los como él.» Después empezó a condenar también a esos y a decir: «No hay nadie digno sino Macario.» Poco después comenzó a decir: «¿Y quién es Macario? No hay nadie digno sino Basilio el Grande y Gregorio el Teólogo.» Pero pronto empezó a condenarlos también a ellos, diciendo: «¿Y quién es Basilio? ¿Y quién es Gregorio? No hay nadie digno sino los apóstoles Pedro y Pablo.» Yo le dije: «En verdad, hermano, pronto empezarás a despreciarlos también a ellos.» Y, créanme, con el tiempo comenzó a decir: «¿Quién es Pedro? ¿Y quién es Pablo? Nadie es nada, sino la Santa Trinidad.» Al fin se ensoberbeció contra Dios mismo y así perdió la razón. Por eso debemos luchar con todas nuestras fuerzas contra la primera soberbia, para no caer poco a poco en la segunda, es decir, en la soberbia consumada.

San Isaac el Sirio

– La pobreza repugna a los hombres; pero mucho más repugna a Dios el alma de corazón altivo y de intelecto ensalzado. Entre los hombres es digna de honor la riqueza; ante Dios, el alma humilde.

– Al soberbio se le permite caer en la blasfemia; al que se ensalza por sus obras virtuosas, caer en la fornicación; y al que se ensalza por su sabiduría, caer en las oscuras redes de la ignorancia.

San Antonio el Grande

– De la buena obra que te propones hacer no hables antes con nadie: sencillamente hazla.

San Juan de Carpatos

– Los que odian nuestras almas —los demonios— inspiran a algunos que nos dirijan alguna alabanza, y luego nos incitan a complacernos en ella. Si después de eso, debilitados por la presunción, damos lugar a la vanagloria, no les será difícil a nuestros enemigos hacernos del todo cautivos.

San Gregorio Palamás

– También los que se afanan por la gloria humana hacen obras buenas. Pero tales hombres, habiendo recibido en suerte tener su vida en los cielos, ¡ay!, convierten su gloria en polvo, atrayendo sobre sí aquella imprecación de David (cf. Sal 7,6). Su oración no sube al cielo, y todos sus esfuerzos descienden al valle, pues no están alados con las alas del amor divino, el único que levanta a lo alto nuestras obras terrenas: de modo que soportan las fatigas, pero no reciben la recompensa. Y ¿por qué digo que sus fatigas son estériles? Dan fruto, sí. Pero ¿cuál? Vergüenza, inconstancia de pensamiento, cautiverio y confusión de la mente. Dios dispersó los huesos de los que buscan agradar a los hombres; quedaron avergonzados, porque Dios los despreció (cf. Sal 52,6).

San Nilo del Sinaí

– La vanagloria es una pasión irracional, y se entreteje fácilmente con toda obra virtuosa.

– El monje vanaglorioso es un obrero sin salario: soporta la fatiga, pero no recibirá recompensa.

– Así como ocultas tus pecados ante los hombres, ocúltales también tus trabajos. Te avergüenzas de descubrir tus acciones vergonzosas para no exponerte a reproches y humillaciones, que serían provechosos para tu alma; teme, pues, mostrar tus esfuerzos, no sea que el pecado del amor a la alabanza humana traiga la ruina a tu alma. Si descubres tus caídas vergonzosas solo a Dios, no descubras tampoco a los hombres tus victorias sobre ellas, no sea que se te ocurra coronarte a ti mismo por esa victoria.

– La soberbia es un tumor del alma lleno de sangre corrompida: si madura, revienta y causa gran daño.

– Si Dios te ayuda, no reniegues del Bienhechor: has subido a la cima de la vida, pero Dios te ha guiado; has alcanzado la excelencia en la virtud, pero Dios ha obrado en ti; reconoce a Aquel que te ha ensalzado, para que no vaciles en la altura.

– Cuando subas a las cimas de la virtud, entonces necesitarás mucho un vallado; pues si cae el que está en el suelo, pronto se levanta, pero el que cae desde lo alto corre peligro de muerte.

– La soberbia es una burbuja de agua hinchada por el pensamiento vanaglorioso de uno mismo: basta un soplo para que se deshaga en nada.

San Máximo el Confesor

– El demonio de la soberbia tiene un doble engaño: o persuade al monje de atribuirse a sí mismo sus buenas obras, y no a Dios, dador de todo bien y auxiliador en el camino; o, cuando no consigue esto, lo incita a despreciar a los hermanos menos perfectos. Pero no sabe el monje que, obrando así, el demonio lo lleva a renunciar a la ayuda de Dios. Pues al menospreciar a los que no han podido hacer lo mismo que él, se presenta como quien ha mostrado una capacidad propia y particular. Y eso es imposible, según dijo el Señor: Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15,5). Porque tal es nuestra debilidad, que ni aun queriendo el bien podemos llevarlo a término sin el Dador de todo bien.

– La vanagloria engendra soberbia unas veces cuando se la expulsa, y otras cuando permanece. Cuando se la expulsa, lleva a la presunción; cuando permanece, a la arrogancia. La vanagloria se destruye obrando en secreto; y la soberbia, atribuyendo a Dios las obras bien hechas. ¡No es pequeña hazaña verse libre de la vanagloria! Se libra uno de ella con la práctica oculta de las virtudes y con la oración frecuente; y la señal de la liberación es no guardar rencor a quien nos ha calumniado o difamado.

– El hipócrita, mientras piensa que no lo han descubierto, está tranquilo; a veces calla, contento con la gloria que tiene, porque le parece justa. Pero cuando queda al descubierto, entonces vomita palabras sarcásticas, pensando cubrir su propia vergüenza con los reproches a los demás. A tales hombres la Escritura, comparándolos con la raza de víboras por su malicia, les manda dar frutos dignos de arrepentimiento, es decir, que conforme a lo que aparentan por fuera cambien también la disposición más íntima del corazón.

– Quien se ensalza en su corazón por los dones recibidos y se engríe en su pensamiento, como si no los hubiera recibido (cf. 1 Cor 4,7), justamente se encuentra abandonado a sí mismo, cuando Dios permite que el diablo se entreteja con él en los pensamientos, deshaga el orden activo de sus virtudes y oscurezca la luz de su entendimiento; para que así, sintiendo su propia debilidad, comprenda dónde está la fuerza que sola vence en nosotros las pasiones, y, comprendiéndolo, se humille, deseche la arrogancia de la presunción y aparte de sí la ira de Dios, que suele venir sobre la altivez no arrepentida, la cual retira la gracia que protege el alma y deja vacío al intelecto desagradecido.

– La pasión de la soberbia se compone de dos ignorancias que, al juntarse, engendran una sola presunción. Pues solo es soberbio quien no reconoce ni la ayuda de Dios ni la debilidad humana. Así pues, la soberbia es privación del conocimiento divino y del conocimiento humano.

– La vanagloria es un apartarse del fin que es Dios y un ir hacia otro fin distinto de Dios. Pues es vanaglorioso quien cultiva las virtudes por su propia gloria y no por la gloria de Dios, y busca comprar con sus fatigas solo la alabanza inconstante de los hombres.

– El hombre que busca agradar a los hombres solo se preocupa de una cosa: de que su conducta exterior sea vistosa y merezca la buena palabra del adulador, sobornando en su favor la vista y el oído de quienes hallan gusto o asombro únicamente en lo que se ve y se oye, y midiendo la virtud solo por lo que muestran los sentidos. Así pues, agradar a los hombres consiste en exhibir ante ellos y para ellos buenas costumbres y buenas palabras.

– La hipocresía es fingimiento de amistad, u odio bajo apariencia de amistad, o enemistad que se disfraza de benevolencia, o envidia que remeda el carácter del amor; es exhibir una vida hermosa para simular una virtud que no se tiene realmente, o fingir la justicia por las apariencias, tal como se la ve desde fuera; es engaño con aspecto de verdad, y toda invención de corrupción moral que imita a la serpiente.

– Pasión maldita es en verdad la arrogancia, compuesta de la unión de dos males: la soberbia y la vanagloria; con la soberbia se niega al Creador de la virtud y de la naturaleza, y con la vanagloria se falsifican tanto la naturaleza como la virtud misma, pues en el soberbio nada se hace según Dios y en el vanaglorioso nada se hace según la naturaleza.

LA PACIENCIA. LAS TRIBULACIONES, LAS TENTACIONES Y LAS ENFERMEDADES

La paciencia

San Efrén el Sirio

– No hay paciencia si no está disuelta en el amor.

San Isaac el Sirio

– Toda circunstancia difícil y toda tribulación, si no se las sobrelleva con paciencia, causan un tormento aún mayor; pues la paciencia del hombre aparta de él las desgracias, mientras que la pusilanimidad —la falta de paciencia— es madre de tormentos. La paciencia es madre del consuelo y una fuerza que suele nacer de la anchura del corazón. Es difícil al hombre hallar esa fuerza en los sufrimientos sin el don divino de la gracia, que se obtiene con oración perseverante y con un torrente de lágrimas.

San Teodoro Estudita

– Siempre sucede así: hoy hay pusilanimidad y mañana valentía; ahora un ánimo abatido y después un impulso de fervor; en un momento se levantan las pasiones y al siguiente la ayuda de Dios las detiene. No te mostrarás mañana como ayer, amado. La gracia de Dios vendrá sobre ti y el Señor combatirá por ti. Y entonces dirás: «¿Dónde estabas hasta ahora, Señor?» Y Él te dirá: «Miraba cómo combatías, y lo sabía.» Seamos, pues, pacientes, seamos algo más magnánimos, oprimamos a nuestro cuerpo y aplastémoslo, sometámoslo y arrojemos lejos de nosotros las pasiones.

Santos Barsanufio y Juan

– Cada uno debe sobrellevar con acción de gracias, según su entendimiento, el compadecerse de todos los que viven en comunidad; pues así cumple el mandato del Apóstol: si alguien está triste, entristécete con él, exhórtalo y sostenlo (cf. Rom 12,15; 1 Tes 5,11.14).

Las tribulaciones y las tentaciones

Abba Doroteo

– Ya nos haga alguien bien, ya suframos mal de alguien, debemos mirar hacia lo alto y dar gracias a Dios por todo lo que nos sucede, reprochándonos siempre a nosotros mismos y diciendo, como decían los Padres, que si nos sucede algo bueno es obra de la providencia de Dios, y si es algo malo, es por nuestros pecados; pues todo lo que padecemos, lo padecemos por nuestros pecados. Los santos, si sufren, sufren por el nombre de Dios, o para que sus virtudes se manifiesten en provecho de muchos, o para que se multipliquen sus coronas y sus recompensas de parte de Dios.

– Algunos se alegran cuando los ofenden, pero porque piensan en la recompensa que viene de Dios: eso pertenece a la destrucción de la pasión, pero sin discernimiento. Otro se alegra al recibir ofensas y piensa que merecía sufrirlas, porque él mismo dio ocasión a ellas: este destruye la pasión con discernimiento. Aceptar la ofensa, echarse a sí mismo la culpa y tener por propio todo lo que nos sobreviene es obra del discernimiento; pues todo el que ora a Dios diciendo: «Señor, dame humildad», debe saber que está pidiendo a Dios que le envíe a alguien que lo ofenda. Y otro no solo se alegra cuando lo ofenden y se tiene por culpable, sino que además se duele de la turbación de quien lo ofendió. Que Dios nos lleve a semejante disposición.

– Ha habido hombres insensatos, agotados por las tribulaciones, que renuncian a la vida misma y tienen la muerte por dulce con tal de librarse de los sufrimientos, las enfermedades y las desgracias de la tierra; pero esto procede de la debilidad y de una gran insensatez, pues quienes así hacen no conocen la terrible necesidad que nos aguarda al separarse el alma del cuerpo. Esto mismo se cuenta en el libro de los Padres. Un hermano muy fervoroso preguntó a un anciano: «¿Por qué se abate mi alma?» El anciano le respondió: «Porque huyes de las pruebas y no sabes que la tribulación venidera es mucho más pesada que la de aquí.» Y otro preguntó también a un anciano: «¿Por qué caigo en la desidia y el desaliento estando en mi celda?» El anciano le dijo: «Porque aún no has conocido nada del descanso esperado ni de los tormentos futuros; pues si de veras los conocieras, aunque tu celda estuviera llena de gusanos y tuvieras que permanecer en ellos hasta el cuello, lo soportarías sin desfallecer.» Pero nosotros, durmiendo, queremos salvarnos, y por eso nos agotan las tribulaciones; cuando deberíamos dar gracias a Dios y tenernos por dichosos de que se nos conceda llorar un poco aquí para hallar allí un poco de descanso.

– Cuando el alma del hombre deja de cometer pecados de hecho, primero debe trabajar en las luchas ascéticas y en muchas tribulaciones, y así, a través de la tribulación, entrar en el santo descanso; pues a través de muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el Reino de Dios (Hch 14,22). La tribulación atrae al alma la misericordia de Dios, como los vientos traen la lluvia llena de gracia. La negligencia, la desidia y el reposo terreno relajan y dispersan el alma; en cambio, las tentaciones la atan y la unen a Dios, como dice el profeta: Señor, en la tribulación te recordamos (cf. Is 33,2). Por eso no debemos turbarnos ni desanimarnos en las tentaciones, sino soportar y dar gracias a Dios en la tribulación, y orarle siempre con humildad para que se apiade de nuestra debilidad y nos guarde de toda tentación para su gloria.

Beato Diádoco

– Como la cera que no se calienta ni se ablanda no puede recibir el sello que se le imprime, así tampoco el hombre, si no es probado por trabajos y enfermedades, podrá recibir el sello de la virtud de Dios. Soportar con acción de gracias toda clase de pruebas que sobrevienen por permisión y providencia de Dios —tanto las enfermedades como los combates contra los pensamientos demoníacos— se nos contará como un segundo martirio. Pues aquel que entonces hablaba por boca de los jefes inicuos de la Escritura a los mártires: «reniega de Cristo y ama la gloria de este mundo», ese mismo dice ahora lo mismo a los siervos de Dios; y quien entonces atormentaba el cuerpo de los justos y ultrajaba en extremo a los venerables maestros por medio de los que servían a la sabiduría del diablo, ese mismo trae ahora a los confesores de la piedad diversos sufrimientos con grandes reproches y humillaciones, sobre todo cuando ellos, para gloria del Señor, socorren con largueza a los oprimidos y a los pobres. Por eso debemos ser vigilantes y pacientes, para crear en nosotros ese testimonio de la conciencia ante el Señor: Esperé con paciencia al Señor, y se inclinó hacia mí (Sal 39,2).

San Juan de Carpatos

– Es a la vez consolador y espiritualmente provechoso soportar cualquier dolor, venga de los hombres o de los demonios, sabiendo que con razón se nos somete a toda carga y no reprochándoselo a nadie sino a uno mismo. Es imposible que no vengan tribulaciones a quien las tentaciones instruyen; pero después de ellas aparecen gran gozo, lágrimas dulces y pensamientos divinos, porque la enfermedad ha cultivado la compunción en el corazón. Primero se entregan a Pedro las llaves, y luego se le permite negar a Cristo el Señor, para hacerlo, por medio de esa caída, sabio con la sabiduría de la humildad. Así también tú: si, habiendo recibido la llave del entendimiento, te ves sometido a diversas tentaciones, no te asombres, sino glorifica al único Señor sapientísimo, que refrena la arrogancia que sigue al conocimiento divino; pues las tentaciones son el freno que la providencia de Dios emplea para contener la arrogancia humana.

Abba Zósimo

– Los demonios temen cuando ven a alguien que, sometido a la ofensa, al deshonor, al perjuicio y a todo lo demás, se aflige no por haberlo sufrido, sino por no haberlo soportado con valentía; pues comprenden por ello que ese hombre ha entrado en el verdadero camino y tiene un fuerte deseo de guardar perfectamente los mandamientos de Dios.

– Suprime las tentaciones y los pensamientos, y no habrá ni un solo santo. Quien huye de la tentación salvadora huye de la vida eterna. Dice uno de los santos: «¿Quién tejió esas coronas a los santos mártires sino sus verdugos? ¿Quién dio a san Esteban aquella gloria que lo rodeaba sino los que lo apedrearon?» Y otro santo decía: «No acuso a los que me deshonran, sino que, al contrario, los llamo y los tengo por bienhechores míos; y no rechazo al Médico de las almas, que da a mi alma vanidosa la medicina del deshonor, temiendo que alguna vez diga también de mi pobre alma: Curamos a Babilonia, y no sanó (cf. Jer 51,9).»

San Máximo el Confesor

– «Dime, padre, te ruego, ¿qué significa ser longánime?» El anciano respondió: «Ser fuerte de espíritu en las desgracias, soportar todos los males y esperar el fin de la tentación, sin dejarse arrastrar a la ira, sin decir palabra insensata, sin sospechar ni pensar nada que sea indecoroso para el hombre piadoso; como dice la Escritura: El longánime soportará hasta su tiempo, y después le será devuelto el gozo (cf. Eclo 1,23).» Pues muchas de las cosas que nos suceden ocurren para instruirnos, o para purificar los pecados pasados, o para corregir la negligencia presente, o para prevenir caídas futuras. Quien piense que la tentación le ha sobrevenido por alguna de estas razones no se irritará cuando lo golpeen, sobre todo si es consciente de sus pecados; no culpará a aquel por quien le viene la tentación, pues por él o por otro había de beber en todo caso el cáliz de los juicios de Dios; antes bien, se volverá a Dios con su intelecto y le dará gracias por haber permitido la tentación, culpándose a sí mismo y aceptando de buen grado la corrección, como hizo David. Pero el insensato pide a menudo a Dios misericordia, y cuando llega la misericordia no la acepta, porque no ha llegado como él quería, sino como el Médico de las almas juzgó provechoso. Por eso desfallece, se turba, y ya se irrita contra los hombres, ya vomita blasfemias contra Dios; y así, con su ingratitud, se hace conocer como quien no recibe el remedio de la vara del discernimiento.

– Quien ha alcanzado en sí el amor divino, como el profeta Jeremías, no se fatiga de seguir al Señor su Dios (cf. Jer 17,16), sino que soporta con valentía todos los trabajos, ofensas y reproches, sin pensar mal de nadie.

– Cuando te resulte penoso el reproche o el deshonor, sabe que has recibido de ello un gran provecho, pues por medio de la humillación sale providencialmente de ti la vanagloria.

– Los demonios o bien nos tientan ellos mismos, o bien arman contra nosotros a hombres que no temen al Señor: nos tientan ellos mismos cuando estamos apartados de los hombres, como fue tentado el Señor en el desierto; y nos tientan por medio de los hombres cuando tratamos con ellos, como de nuevo fue tentado el Señor por los fariseos. Pero nosotros, mirando a nuestro modelo, que es el Señor, los rechacemos en ambos casos.

– Si te sobreviene una tentación inesperada, no culpes a aquel por quien vino, sino busca para qué vino, y hallarás la enmienda.

– Cuanto más malicioso seas, tanto menos rehúses los sufrimientos, para que por ellos seas humillado y vomites la soberbia.

– Las tentaciones vienen a unos para borrar los pecados pasados; a otros, para detener los presentes; a otros, para prevenir los futuros; y hay además las que sirven para probar al hombre, como sucedió con Job. Por cinco razones nos permite Dios ser combatidos por los demonios: la primera, para que, luchando y resistiendo, alcancemos la destreza de distinguir la virtud del pecado; la segunda, para que, habiendo adquirido la virtud mediante el combate y la fatiga, la poseamos firme e inmutable; la tercera, para que, avanzando en la virtud, no pensemos alto de nosotros mismos, sino que aprendamos la humildad; la cuarta, para que, habiendo comprobado cuán malo es el pecado, lo odiemos con odio perfecto; y la quinta, la más importante, para que, hechos impasibles, no olvidemos nuestra propia debilidad ni la fuerza de Aquel que nos ha ayudado.

– Quien no se resiste a las tribulaciones desea sinceramente ser salvado por el remedio del Médico; y ese remedio son las penas y los dolores que causan las diversas desgracias. Pero quien se resiste a las tribulaciones no sabe qué negocio hacemos aquí en la tierra, ni con qué ganancia partirá de aquí. Si el amor es paciente y benigno (1 Cor 13,4), quien desfallece en medio de las desgracias y se irrita contra los que lo han afligido, apartándose de ellos, ¿no se aparta acaso del fin de la providencia de Dios?

– Longánime es quien espera el fin de la tentación y recibe la alabanza por haber perseverado.

– Si Dios padece en la carne al hacerse hombre, ¿quién no se alegrará al padecer, teniendo a Dios por compañero de sufrimientos? Pues el padecer juntamente con Él da derecho al Reino. Verdadero es el que dijo: Si sufrimos con Él, también con Él seremos glorificados (Rom 8,17).

– Renunciemos del mismo modo a los placeres de la vida presente y al temor de sus penas, y nos veremos libres de todo pensamiento apasionado y de toda malicia demoníaca. Pues por el placer amamos las pasiones, y por temor a las penas huimos de las virtudes.

– La ira de Dios es la sensación dolorosa de quienes son instruidos por Él; y esa sensación dolorosa se produce por la irrupción de contrariedades involuntarias, con las que Dios lleva muchas veces a la humildad y a la modestia al intelecto lleno de virtud y de conocimiento, permitiéndole conocerse a sí mismo por medio de ellas y advertir su propia impotencia; y, al sentirla, deponer la vana arrogancia del corazón.

Abba Talasio

– Soportar de buen grado el deshonor engendra ternura de corazón; pero la impaciencia hace desaparecer del alma todo bien.

San Teodoro de Edesa

– Respecto de quienes nos calumnian y nos reprochan, o nos atacan de cualquier otro modo, tenemos el mandamiento de no responderles con lo mismo, es decir, de no devolver mal por mal ni reproche por reproche, sino, al contrario, de decir de ellos palabras buenas y bendecirlos. Pues mientras estemos en paz con los hombres, estamos en guerra y combate con los demonios; pero cuando estamos en enemistad y disputa con los hermanos, entonces hacemos las paces con los demonios, a quienes se nos ha enseñado a odiar con odio perfecto y a hacerles guerra sin tregua.

Elías el Ecdico

– No te ofendas con quien contra tu voluntad te ha operado —es decir, que con su denuncia ha sacado a la luz el mal que estaba oculto—, sino que, mirando la impureza extraída, maldice al demonio y bendice a Dios, que ha sido causa de tal disposición para ti.

San Nicetas Stethatos

– Dios no quiere que las obras de los ascetas fervorosos queden sin experiencia ni sin prueba. Por eso los pasa por el fuego de las tentaciones, y por un tiempo esconde la gracia que les fue dada desde lo alto, y a veces permite que los espíritus de la malicia perturben la quietud de sus pensamientos, para ver hacia dónde se inclina el alma, a quién quiere agradar más: a su Creador y Bienhechor, o a los sentidos del mundo y a la dulzura del placer sensible. Y entonces, o bien acrecienta su gracia si crecen en su amor, o bien los persigue con tentaciones y tribulaciones si están apegados a lo terreno, hasta que lleguen a aborrecer los bienes visibles por su inconstancia mudable y hasta que la amargura de sus placeres los anegue en lágrimas.

– ¡Gloria al Señor Dios, que con medicinas amargas —las desgracias y las tentaciones— nos conduce a la dulzura de la salud!

San Nilo del Sinaí

– Soporta las penas, pues en ellas, como las rosas entre espinas, nacen y maduran las virtudes.

San Isaac el Sirio

– Si no puedes trabajar con el cuerpo, aflígete al menos con el pensamiento.

– El Señor soporta todas las flaquezas del hombre, pero no soporta al hombre que murmura siempre, y no lo deja sin corrección.

Las enfermedades

Beato Diádoco

– En las enfermedades no está prohibido llamar al médico. Dios previó que habría necesidad del arte de curar y quiso que este se fuera componiendo por la experiencia de los hombres; y en el orden de la creación dio existencia a los médicos. Sin embargo, la esperanza de la curación no debe ponerse en ellos, sino en nuestro verdadero Médico y Salvador Jesucristo. Esto lo digo, no obstante, para quienes llevan vida ascética en los cenobios o en las ciudades, pues ellos, dadas las circunstancias en que se hallan, no siempre pueden mantener una acción incesante de la fe, rodeados como están de la caridad de otros; y también para que no caigan en la vanagloria y en la tentación del diablo, por la cual algunos declaran ante muchos que no necesitan la ayuda de los médicos. Pero si alguien lleva vida de eremita en lugares desiertos, con dos o tres hermanos de una misma fe, entonces, por muchas dolencias que padezca, entréguese al único Señor, Médico de todas nuestras enfermedades y dolencias. Pues, después del Señor, tiene en el desierto mismo consuelo suficiente en sus enfermedades. Además, como la acción de la fe nunca puede faltarle allí, tampoco tiene ocasión de jactarse de su virtud, cubierto como está por el hermoso velo del desierto. Pues también de esto vale que Dios hace habitar en una casa a los que tienen un mismo espíritu (cf. Sal 67,7).

San Máximo el Confesor

– El agotamiento del cuerpo es fortalecimiento del alma. Y así como los médicos que curan el cuerpo no dan a todos la misma medicina, así también Dios, al sanar las enfermedades del alma, no emplea un único método de curación, sino que a cada alma le da lo que le es provechoso y así realiza la curación. Démosle gracias, pues, al ser curados, aunque ello nos cueste dolores, porque el fin es bienaventurado.

San Nicetas Stethatos

– Las enfermedades son provechosas para quienes empiezan a introducirse en la vida virtuosa, pues los ayudan a extenuar y a domar la carne encendida. Debilitan la fuerza de la carne, adelgazan la burda sabiduría terrena del alma y hacen más fuerte y poderosa la fuerza propia del alma, según el divino Pablo: Cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12,10).

San Nilo del Sinaí

– En la enfermedad, antes que a los médicos y a las medicinas, recurre a la oración.

San Juan Clímaco

– La enfermedad se envía unas veces para purificar las faltas, y otras para humillar la altivez.

LA ORACIÓN

San Basilio el Grande

San Teófanes el Recluso

– Para los santos Padres, la acción de la oración era la señal de la vida espiritual, y la llamaban respiración del espíritu. Hay respiración en el cuerpo: el cuerpo vive; cesa la respiración: cesa también la vida. Así ocurre en el espíritu. Hay oración: el espíritu vive; no hay oración: no hay vida en el espíritu.

San Isaac el Sirio

– Cuando el hombre llega al punto en que su corazón se llena verdaderamente de fe —de una fe perfecta y experimentada—, entonces se le revela que toda la multitud de los bienes espirituales le es accesible por medio de la oración.

– Quien desee ver al Señor dentro de sí, ponga todo su empeño en purificar sin cesar su corazón con el recuerdo de Dios; y así, en la claridad de su intelecto, verá al Señor a cada hora.

San Juan Clímaco

– Sucede a veces que, estando en oración, se nos presenta una obra de caridad que no admite demora. En tal caso hay que dar preferencia a la obra del amor. Pues el amor es mayor que la oración, ya que la oración es una virtud particular, mientras que el amor abarca todas las virtudes.

– Que no nos engañe la soberbia ni nos impulse a buscar antes de tiempo lo que llega a su tiempo.

– El principio de la oración es rechazar los pensamientos apenas aparecen; su medio, mantener el intelecto dentro de las palabras que decimos o pensamos; y su perfección, el arrebato hacia el Señor.

Elías el Ecdico

– No puede orar con pureza quien está dominado por la pasión de la avaricia y de la ambición. Pues del apego a esas cosas se entretejen como cuerdas incluso los pensamientos vanos, que durante la oración lo arrastran hacia abajo, como al pájaro atado cuando intenta remontar el vuelo.

– No puede hacerse amigo de la oración quien no ha renunciado a todo lo material, salvo al alimento y al vestido (cf. 1 Tim 6,8). Mantente fuera de todo lo demás, si quieres estar en la oración con un intelecto indiviso. — Si las palabras de la oración no penetran en el seno del alma, no correrán las lágrimas por las mejillas del alma. Lo que es la comida sin sal para el paladar, eso es para el intelecto la oración hecha sin compunción.

– El asceta debe limitar su cuerpo a un solo tipo de alimento y su intelecto a una oración de una sola palabra. Y entonces, libre de las pasiones, podrá deleitarse en el Señor durante la oración.

– Dios ve a todos; pero a Dios lo ven solo aquellos que, durante la oración, no miran a nada sino a Dios. Y a quienes así ven a Dios, también los escucha Él; y quienes no son escuchados es que no lo ven. Bienaventurado el que cree que cuanto ve le viene de Dios, pues tal hombre no se apartará del camino de agradarle (cf. Sal 15,8).

Beato Calixto

– El intento de quienes exigen antes de tiempo lo que llega a su tiempo, y se empeñan en forzar la entrada en el puerto de la impasibilidad sin la debida preparación, los santos Padres lo llaman fiebre del intelecto; pues es imposible leer libros a quien no conoce las letras.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Que el intelecto guarde el corazón en el tiempo de la oración y gire sin cesar dentro de él, y desde allí, desde lo hondo, ore a Dios. Eso es todo: trabaja hasta que gustes al Señor.

San Nilo del Sinaí

– Digno de toda censura es quien, amando la oración verdadera, se irrita o guarda rencor; pues es como quien quiere mirar con atención mientras se echa polvo en los ojos.

– La oración más alta de los perfectos es cierto arrebato del intelecto, su completo desasimiento de lo sensible, cuando con gemidos inefables del espíritu se acerca a Dios, el cual ve el corazón abierto como un libro escrito y expresa su voluntad en imágenes sin palabras.

– Si deseas alcanzar la oración, renuncia a todo, y así lo heredarás todo. — Bienaventurado el que en el tiempo de la oración conserva una total desnudez de imágenes. — La oración es rama del árbol de la mansedumbre y de la ausencia de ira, manifestación de gozo y de acción de gracias, remedio de la tristeza y del desaliento. Si eres paciente, orarás siempre con alegría. — Quien no ha alcanzado la oración pura no tiene armas para el combate. — Habla mucho con Dios y poco con los hombres… — Baño provechoso para el alma son las lágrimas en la oración; pero después de la oración recuerda por qué has llorado.

San Nicodemo el Hagiorita

– Hay que orar no solo con las palabras, sino también con el intelecto; y no solo con el intelecto, sino también con el corazón: que el intelecto vea y comprenda con claridad lo que se pronuncia con las palabras, y que el corazón sienta lo que al mismo tiempo piensa el intelecto. Todo esto junto es la oración verdadera; y si en tu oración falta algo de esto, entonces es una oración imperfecta, o no es oración en absoluto.

San Antonio el Grande

– Un hermano que carecía de fervor por la salvación fue a san Antonio y le pidió que orara por él. El gran anciano respondió: «Ni yo ni Dios tendremos misericordia de ti si tú mismo no te cuidas y no oras a Dios.»

Beato Diádoco

– Hay que ejercitarse sobre todo en la oración, y no en la teología. Las más de las veces nuestro intelecto se acerca a la oración de mala gana, por la estrechez y la limitación que le impone la virtud de la oración; en cambio, entra de buen grado en la teología, atraído por la amplitud y la ilimitación de la contemplación divina. Por eso, para no darle paso libre a explayarse y para que no se deje arrebatar en exceso por su afán de volar alto, ejercitémonos sobre todo en la oración.

– Cuando el alma abunda en sus frutos naturales, entonces canta los salmos y ora unas veces en voz alta. Pero cuando obra en ella el Espíritu Santo, entonces canta y ora con toda dulzura y gozo únicamente en el corazón. A la primera disposición sigue un gozo imaginativo, nacido de la propia complacencia; a la segunda, lágrimas espirituales y luego una especie de alegría serena; pues el recuerdo de Dios, cuando se mantiene cálido, dispone al corazón a producir pensamientos llenos de lágrimas, recogidos en sí mismos. En esto, en verdad, puede verse cómo las semillas de la oración sembradas con lágrimas dan a los corazones fieles una cosecha abundante en la esperanza gozosa (cf. Sal 125,5). Sin embargo, cuando nos oprime una gran tristeza, entonces hay que salmodiar en voz más alta, sofocando con el gozo de la esperanza los gemidos tristes del alma, hasta que esa pesada nube de tristeza se disipe con el viento de la melodía de los salmos.

San Juan de Carpatos

– Quienes más se entregan a la oración se ven sometidos a tentaciones más terribles y crueles.

– Se necesitan largo esfuerzo en la oración y mucho tiempo para hallar, en la estructura inquieta del intelecto, otro cielo del corazón, donde habita Cristo.

Cuándo aprovecha la oración de los santos

San Máximo el Confesor

Mucho puede la oración eficaz del justo (Sant 5,16). Y es eficaz de dos modos: 1) cuando el que ora es él mismo justo y eleva su oración a Dios con obras conformes a los mandamientos; una oración así no consiste en meras palabras ni es un sonido vacío pronunciado en la inacción, sin nada firme bajo sí, sino que es activa y viva, animada por el cumplimiento de los mandamientos. Pues la fuerza y la estabilidad de la oración dependen del cumplimiento de los mandamientos mediante las buenas obras; por eso el justo tiene una oración fuerte y poderosa, eficaz por los mandamientos. 2) Cuando quien pide la oración del justo cumple también él mismo las obras de la oración, enmendando su vida anterior; y así hace fuerte y poderosa la hermosa oración del justo con su propia conversión.

– Una sola cosa hay que buscar con urgencia y perseverancia en la oración: no apartarse de Dios.

San Juan Casiano

– Según su contenido, el Apóstol distingue cuatro clases de oración: súplicas, oraciones, peticiones y acciones de gracias (1 Tim 2,1). La súplica es el ruego o la petición de perdón de los propios pecados, cuando alguien, llegado al arrepentimiento por las faltas presentes o pasadas que ha cometido, pide perdón por ellas. La oración se da cuando alguien, al orar, ofrece o promete algo a Dios, diciendo: «Haré esto y aquello; ¡ten misericordia de mí, Señor!» La petición se hace con fervor del espíritu cuando rogamos por otros, por los que amamos, o por la paz del mundo entero. La acción de gracias es cuando el intelecto ofrece a Dios gratitud y alabanza, recordando los beneficios de Dios que ha recibido, o viendo los presentes, o contemplando los bienes que Dios ha preparado en el futuro para los que le aman.

– Aunque la oración del «Padre nuestro», pronunciada por el Señor mismo, contiene la plenitud de la perfección de la oración, el Señor lleva a los suyos aún más lejos, a cierto estado sublime y ardiente que muy pocos han conocido o experimentado; a esa oración, diré, inefable, que, superando toda noción humana, no se expresa con el sonido de la voz, ni con el movimiento de la lengua, ni pronunciando palabra alguna; sino que, cuando el intelecto queda iluminado por la efusión de la luz celestial, no se expresa con lenguaje humano, sino que, recogiendo los sentidos como de una fuente abundantísima, brota de sí mismo incontenible e inefablemente y se derrama directamente hacia el Señor; y en ese brevísimo instante expresa tantas cosas, que quien vuelve en sí no puede después contarlas ni siquiera seguirlas con el pensamiento.

La acción de la oración sobre las almas que están en el infierno

(De la vida de san Macario el Grande)

– Un día, el monje Macario iba por el desierto y halló en tierra una calavera humana reseca. Al volverla con su bastón, el monje oyó que la calavera emitía un sonido. Entonces Macario le preguntó:

— ¿Quién eres tú?

— Yo —respondió— era el jefe de los sacerdotes paganos que habitaban en este lugar. Cuando tú, abba Macario, lleno del Espíritu de Dios, te compadeces de los que padecen tormento en el infierno y oras por nosotros, entonces recibimos algún alivio.

— ¿Qué alivio recibís? —preguntó Macario—. ¿Y cuáles son vuestros tormentos? Dímelo.

— Cuanto dista el cielo de la tierra —respondió la calavera con un gemido—, tan grande es el fuego en medio del cual ardemos por todas partes, de la cabeza a los pies. Y estando así, no vemos el rostro unos de otros. Pero cuando tú oras, alcanzamos a vernos un poco unos a otros, y eso nos sirve de cierto consuelo.

Al oír tal respuesta, el monje derramó lágrimas y dijo:

— ¡Maldito el día en que el hombre quebrantó los mandamientos divinos!

Y preguntó de nuevo a la calavera:

— ¿Hay otros tormentos más crueles que el vuestro?

— Abajo, mucho más hondo que nosotros, hay muchos otros —respondió ella.

— ¿Y quiénes están en esos tormentos más crueles? —preguntó Macario.

— Nosotros, que no conocimos a Dios —respondió la calavera—, todavía sentimos un poco la misericordia de Dios. Pero los que conocieron el nombre de Dios y lo rechazaron y no guardaron sus mandamientos, esos son atormentados debajo de nosotros con tormentos mucho más severos y crueles.

Después de esto, el monje Macario tomó aquella calavera, la enterró y se fue de allí.

La prohibición de orar por los suicidas

(De la vida de san Pacomio el Grande)

Hay un caso grave tomado de la vida de un monasterio femenino. Una de las monjas salió una vez fuera de la cerca del monasterio. Se encontró con un seglar, un sastre, y, sin pensarlo, le preguntó a qué había venido a aquellos parajes; él respondió que buscaba trabajo. La hermana le replicó que allí tenían sus propios sastres. El sastre se marchó. Otra monja fue testigo de aquella conversación. Habiendo reñido con la primera, comenzó a reprochárselo y le recordó con desprecio la conversación con el sastre. La joven monja, irritada por la falsa acusación, lloró amargamente. Se hizo una idea exagerada del deshonor que, a su parecer, la esperaba ahora en el monasterio. Abatida por la tristeza, fue en secreto al río, se arrojó a sus olas y se ahogó. Al enterarse, la otra hermana, que se había permitido reprochar sin motivo a la desdichada joven monja, cayó en una gran desesperación y se quitó la vida ahorcándose con una cuerda.

Pronto se enteró de ello el monje Pacomio. Hondamente apenado por lo sucedido, el anciano prohibió conmemorarlas en las oraciones domésticas, celebrar por ellas la Liturgia y dar limosna en su nombre. Pacomio fue severo también con todas las hermanas de la comunidad. Porque no habían puesto el empeño necesario en hallar a la inocente y a la culpable, reconciliarlas y calmarlas, y habían descuidado su situación y su paz, y quizá incluso habían dado crédito a la calumnia de una de las hermanas, el anciano las apartó de la santa comunión por siete años.

La oración de Jesús

San Máximo el Confesor

– Dijo un hermano: «¿Pero cómo puede el intelecto orar sin cesar? Cuando cantamos o leemos, cuando hablamos con alguien o servimos a alguien, es natural que lo distraigamos con muchos pensamientos e imágenes.» El anciano respondió: «Las divinas Escrituras no mandan nada imposible. El Apóstol mismo, por quien esto fue dicho, cantaba, leía y oraba sin cesar. Orar sin cesar significa mantener el intelecto vuelto a Dios con gran reverencia y ardiente deseo, aferrarse a la esperanza en Él y confiar en Él en todo, en las obras y en las adversidades» (cf. Rom 8,35; 2 Cor 4,8-10).

– El estado supremo de la oración es aquel en el que el intelecto, durante la oración, se halla del todo fuera de la carne y del mundo, inmaterial y sin forma. Quien mantiene ese estado intacto ora verdaderamente sin cesar.

– Hay dos estados supremos de la oración pura. Uno se da en los hombres de vida activa; el otro, en los de vida contemplativa. El primero nace en el alma del temor de Dios y de la buena esperanza; el segundo, del amor divino y de la pureza extrema. La señal del primer grado es cuando el intelecto se recoge de todos los pensamientos terrenos y ora sin distracción ni turbación, como si Dios mismo estuviera ante él, como en verdad lo está. La señal del segundo es cuando, en el mismo ímpetu de la oración, el intelecto es arrebatado por la luz divina e inconmensurable y no siente ni a sí mismo ni a ninguna otra cosa de cuantas existen, sino solo a Aquel que obra en él por el amor tal iluminación. En ese estado, quien busca comprender las palabras acerca de Dios recibe de Él un conocimiento puro y luminoso.

– Quien ama algo procura por todos los medios alcanzarlo, y aparta todo lo que se lo impide, para no perderlo. Así también quien ama a Dios cuida de la oración pura y expulsa de sí toda pasión que le ponga obstáculo en ese camino.

San Nicetas Stethatos

– Sabe con certeza que hay una oración incesante que no se aparta del alma ni de día ni de noche, y que no consiste en levantar las manos, ni en la postura del cuerpo durante la oración, ni en clamar oraciones con la lengua de modo que puedan verse con los ojos del cuerpo; sino que consiste en la actividad del intelecto y en el recuerdo de Dios con ternura constante, y solo la comprenden los que saben comprenderla.

– Si de veras quieres cubrir de vergüenza a los pensamientos, guardar el silencio y ser sobrio de corazón sin fatiga, que la oración de Jesús se una a tu respiración, y en pocos días lo verás por experiencia.

– Une a tu respiración la sobriedad y el nombre de Jesús, o bien el pensamiento de la muerte y la humildad, pues ambas cosas son de gran provecho.

San Isaac el Sirio

– La conservación prolongada del recuerdo de Dios lleva al alma unas veces al asombro y otras al arrobamiento.

San Hesiquio

– No hallarás en toda tu vida mejor auxilio que el auxilio de Jesús, pues solo Él es el Señor, y como Dios conoce las cadenas, los rodeos y los engaños de los demonios.

Beato Diádoco

– Cuando el intelecto comienza a sentir el consuelo lleno de gracia del Espíritu Santo, entonces también Satanás pone su propio consuelo en el alma, con una sensación aparentemente dulce, durante el descanso nocturno, en el momento del sueño más ligero o del adormecerse. Si en ese instante el intelecto guarda el recuerdo ardentísimo del santo Nombre y usa ese nombre santísimo y glorioso como arma segura contra la ilusión, entonces el maligno seductor se retira al punto; pero por ello se enciende en el deseo de combatir el alma cara a cara. Y así el intelecto, reconociendo con precisión los engaños del Maligno, se hace cada vez más apto para discernir las cosas espirituales. Quien desee purificar su corazón, que lo caldee sin cesar con el recuerdo del Señor Jesús, teniendo solo esto por objeto de la contemplación divina y por ocupación espiritual incesante. Pues quien quiera despojarse de su corrupción no debe hacerlo de modo que ore unas veces y otras no, sino que debe ejercitarse siempre en la oración del intelecto, aunque viva lejos de las casas de oración.

San Máximo el Confesor

– Orar sin cesar significa mantener el intelecto adherido a Dios con gran reverencia y ardiente deseo, aferrarse a la esperanza en Él y confiar en Él en todo, en las obras y en las adversidades (cf. Rom 8,35).

San Filemón

– Acoge en tu corazón la enseñanza oculta, y ella purificará tu intelecto de las divagaciones. Y la enseñanza oculta consiste en ser sobrio de corazón y de pensamiento y decir con temor: «Señor Jesucristo, ten piedad de mí…» Si esa oración y la meditación de la Escritura permanecen en ti sin cesar, entonces se abrirán los ojos de tu alma, y habrá en ello gran gozo y cierta sensación inefable y ardiente, cuando el Espíritu caliente también la carne, de modo que el hombre entero se haga espiritual. Así pues, ya sea de noche o de día, Dios te ayudará a orar sin distracción, con el intelecto puro; deja la regla de oración y, cuanto puedas, extiéndete con el corazón para adherirte a Dios, y Él iluminará tu corazón en el trabajo espiritual.

San Gregorio el Sinaíta

– El principio de la oración del intelecto es la acción purificadora, o la fuerza del Espíritu Santo, y la iniciación mística del intelecto, así como el principio del silencio es la renuncia a todo o el desasimiento; su medio es la fuerza iluminadora del Espíritu y la contemplación; y su fin es el éxtasis o el arrebato del intelecto hacia Dios.

– Por la mañana haz que tu intelecto descienda de la cabeza al corazón, mantenlo allí y clama sin cesar con el intelecto y con el espíritu: «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!»

– Así como las plantas no echan raíces si se las trasplanta con frecuencia, tampoco los movimientos de oración del corazón las echan si se cambian a menudo las palabras de la oración.

– Cuando veas aparecer y despuntar los pensamientos, no los mires, aunque no sean malos, sino mantén el intelecto en el corazón desde el principio y vuélvete al Señor Jesús; y pronto ahuyentarás los pensamientos y expulsarás a sus jefes, los demonios, quemándolos y azotándolos invisiblemente con ese Nombre divino.

Santos Calixto e Ignacio

– Los santos que entraron en el campo del silencio bienaventurado, entregándose a Dios y desprendiéndose del mundo, aprenden antes que toda otra obra y cuidado a orar al Señor y a pedirle misericordia con esperanza indubitable, teniendo sin cesar, en sus obras y ocupaciones, la invocación de su Nombre santísimo y dulcísimo, llevándolo siempre en el pensamiento y en el corazón, y esforzándose por todos los medios en respirar en Él y con Él, y vivir, dormir, velar, andar, comer y beber; y, en general, hagamos lo que hagamos, hacerlo así. Pues como en su ausencia nos sobreviene todo lo dañino, sin dejar lugar a nada provechoso para el alma, así también en su presencia todo lo contrario es ahuyentado, nada bueno falta y todo se hace posible, como proclama el Señor mismo: El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada (Jn 15,5). Pues ese Nombre es terrible para toda criatura y venerable por encima de todo otro nombre; y al invocarlo con fe, nosotros, indignos, nos alzamos con audacia con la ayuda del viento de esa palabra y empezamos a avanzar.

– Sabes cómo respiramos: atraemos hacia dentro el aire y lo dejamos salir. En ello se sostiene la vida del cuerpo y de ello depende su calor. Pues bien, sentado en tu celda silenciosa, recoge tu intelecto, condúcelo por el camino de la respiración por donde el aire entra dentro, y haz que descienda con el aire inhalado hasta el corazón, y mantenlo allí; pero no lo dejes mudo ni ocioso, sino dale estas palabras: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí.»

San Juan Clímaco

– Que el recuerdo de Jesús se una a tu respiración, y entonces conocerás el provecho del silencio.

San Barsanufio

– Si el trabajo interior según Dios no ayuda al hombre, en vano se fatiga en lo exterior. Pues el combate interior, con el dolor del corazón, trae la pureza; la pureza, la verdadera quietud del corazón; esa quietud, la humildad; la humildad prepara al hombre para ser morada de Dios; y por la fuerza de esa morada son expulsados los demonios con las pasiones; y tal hombre es templo de Dios, lleno de santidad, lleno de luz, de pureza y de gracia.

San Nilo del Sinaí

– La oración más alta de los perfectos es cierto arrebato del intelecto y su total salida de todo lo sensible, en el momento en que el Espíritu intercede con gemidos inefables (Rom 8,26) ante Dios, que ve el corazón abierto como un libro escrito y expresa en silencio su voluntad. Así fue arrebatado Pablo al tercer cielo, sin saber si estaba en el cuerpo o fuera de él (2 Cor 12,2). Así Pedro, subiendo a la estancia superior a orar, vio el lienzo (cf. Hch 10,9). Y la segunda oración, después de esa primera y más alta, es aquella en la que, al pronunciarse las palabras de la oración, el intelecto compungido las acompaña y sabe a Quién ora. En cambio, la oración cortada por las preocupaciones corporales y mezclada con ellas está lejos de la disposición que conviene al que ora.

Todos deben orar sin cesar, tanto los monjes como los seglares

San Gregorio Palamás

– Hay que recordar el nombre de Dios en la oración más a menudo de lo que se respira. Obedeciendo el mandato de los santos, no solo debemos orar siempre, sino también enseñar a los demás a hacer lo mismo: a todos en general, monjes y seglares, sabios y sencillos, hombres, mujeres y niños, y animarlos a orar sin cesar. Pero ¿qué dicen los seglares? «Estamos cargados de asuntos y preocupaciones mundanos; ¿cómo podemos orar sin cesar?» Les respondo que Dios no nos ha mandado nada imposible, sino solo lo que podemos hacer. Muchos ha habido que, viviendo en el mundo, se entregaron por entero a la oración del intelecto, la oración de Jesús, como lo atestiguan los relatos que de ellos se conservan. Por eso os ruego, yo junto con san Juan Crisóstomo, que no descuidéis el trabajo de esa oración por la salvación de vuestras almas. Al principio puede parecer muy difícil; pero estad seguros, como si fuera de parte del Dios omnipotente, de que el nombre mismo de nuestro Señor Jesucristo, al que invoquéis constantemente, os ayudará a vencer la dificultad; y con el tiempo aprenderéis a realizar ese trabajo y sentiréis cuán dulce es ese nombre del Señor. Entonces os convenceréis por experiencia de que este asunto no solo no es imposible ni difícil, sino posible y fácil. Por eso el santo apóstol Pablo, que sabía mejor que nosotros cuán gran bien produce esta oración, nos mandó orar sin cesar (cf. 1 Tes 5,17).

EL AYUNO

Abba Doroteo

– Está escrito en la Ley que Dios mandó a los hijos de Israel dar cada año el diezmo de todo lo que poseían; y haciéndolo así recibían bendición en todas sus obras. Sabiendo esto, los santos apóstoles establecieron y nos transmitieron, como ayuda y bendición para nuestras almas, algo aún mayor y más elevado: que separásemos el diezmo de los días mismos de nuestra vida y se los consagrásemos a Dios, para que también nosotros recibiéramos bendición en todas nuestras obras y purificásemos cada año los pecados cometidos a lo largo del año entero. Considerando esto, los apóstoles santificaron para nosotros, de los trescientos sesenta y cinco días del año, esas siete semanas de la santa Cuaresma. Dios nos dio estos días santos para que, si alguien se esfuerza en cuidar de sí mismo y en arrepentirse con atención y humildad de sus pecados, quede purificado de las faltas cometidas durante el año. Así su alma se verá aliviada de su peso, y así llegará purificado al santo día de la Resurrección y comulgará sin condenación de los santos Misterios, hecho hombre nuevo por el arrepentimiento de este santo ayuno. Y tal hombre, con gozo y alegría espirituales, con la ayuda de Dios, celebrará toda la santa Pentecostés; pues la Pentecostés, según dicen los Padres, es descanso y resurrección del alma, y de ello es señal el que durante toda la santa Pentecostés —desde la santa Pascua hasta Trinidad— no doblamos las rodillas.

– Pero no solo debemos guardar la mesura en la comida, sino también abstenernos de todo otro pecado, de modo que, así como ayunamos con el vientre, ayunemos también con la lengua. Hay que ayunar igualmente con los ojos, es decir, no mirar cosas vanas, no dar libertad a los ojos, no mirar a nadie con descaro y sin temor. Del mismo modo hay que apartar las manos y los pies de toda obra mala. Ayunando así, como dice san Basilio el Grande, con un ayuno digno de aprobación, evitando todo pecado con todos nuestros sentidos, llegaremos al santo día de la Resurrección hechos, como hemos dicho, hombres nuevos, puros y dignos de comulgar de los santos Misterios.

Beato Diádoco

– Cuando nuestro cuerpo se ve cargado con abundancia de manjares, hace al intelecto perezoso e inmóvil; y cuando se ve extenuado por una abstinencia excesiva, vuelve la parte contemplativa del alma sombría y falta de discernimiento. Por eso hay que medir el alimento del cuerpo según el estado de sus fuerzas: cuando está sano, hay que restringirlo cuanto sea necesario; y cuando está débil, hay que aflojar un poco. Pues el asceta no debe estar debilitado en el cuerpo, sino en la fuerza necesaria para el combate, de modo que, mediante las fatigas corporales, también el alma se purifique como conviene.

– Cuando llegan algunos hermanos o algún viajero, el demonio de la vanagloria aprovecha la ocasión, se pone en movimiento y, hiriéndonos con su veneno, nos incita a no romper nuestra propia regla acerca de la comida; cuando lo provechoso es más bien relajar un poco la costumbre. Pues así despedimos al punto al demonio, que llora el fracaso de su intento, y cumplimos con discernimiento la ley del amor, dejando oculto el misterio de nuestra abstinencia mediante esa relajación.

– El ayuno tiene su valor como instrumento que conduce a la castidad a quienes la desean, pero no ante Dios. Por eso los ascetas de la piedad no deben ensoberbecerse por él, sino esperar alcanzar su fin solo por la fe en Dios.

Abba Talasio

– Rompe los lazos de trato con el cuerpo y no le des, siendo siervo, más que lo estrictamente necesario.

– Al huir de la glotonería, guárdate de buscar agradar a los hombres mostrando artificialmente la palidez de tu rostro.

Elías el Ecdico

– Algunos vigilan con cuidado lo que entra por la boca y son indiferentes a lo que sale en las palabras. Tales hombres, según el Eclesiastés, no saben expulsar la ira del corazón ni la pasión de la carne (cf. Ecl 11,10), siendo así que el corazón lo edifica únicamente el Espíritu Santo, que nos renueva.

– Que tu vientre arda por la escasez de comida y que tu corazón se humille por el freno de la lengua; y tus potencias —la desiderativa y la irascible— te servirán siempre para el bien.

San Simeón el Piadoso

– Una abstinencia moderada es necesaria también para quienes han pasado la mitad de los combates y se extienden hacia el reino de la contemplación más alta. Ella es madre de la salud, amiga de la castidad y compañera de la humildad (pues de un régimen desordenado e irregular nacen a menudo muchas enfermedades).

San Nilo del Sinaí

– Un cuerpo mal alimentado es como un caballo bien domado, que nunca desmonta al jinete. La saciedad de comida nutre los pensamientos, y el que se embriaga llena el sueño de fantasías. La fecundidad es la flor, y el principio de la vida activa es la abstinencia.

Santos Barsanufio y Juan

– Da al cuerpo tanto alimento cuanto necesite, y no sufrirás daño aunque comas tres veces al día. Y si un hombre come una sola vez al día, pero sin discernimiento, ¿de qué le aprovecha? A la abundancia de comida sigue el abuso de la fornicación, y tras ella el enemigo agrava el cuerpo con el sueño para mancharlo.

San Isaac el Sirio

– Como la llama en la leña seca, así es el cuerpo con el vientre lleno.

San Antonio el Grande

– Fija siempre una misma hora para tomar el alimento, y tómalo para sustentar el cuerpo, no para el placer.

SOBRE LA SANTA COMUNIÓN

San Teófanes el Recluso (del libro La guerra invisible)

– Este santísimo misterio, esta arma que todo lo vence —o más aún, Cristo mismo, que está en este misterio—, puede recibirse en realidad de dos maneras: primero, sacramentalmente, en el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, con la debida preparación, es decir, con arrepentimiento, confesión, purificación por la penitencia y el ayuno necesario; y segundo, espiritual y mentalmente, en el intelecto y en el corazón. Lo primero puede hacerse tan a menudo como lo permitan las circunstancias exteriores, el estado interior y el juicio del padre espiritual; lo segundo, en cada instante, de modo que puedas tenerlo siempre en tus manos y defenderte con ello sin cesar de los enemigos. Escucha, pues, también esto del Espíritu Santo: comulga de los Misterios de Cristo cuanto más a menudo puedas, siempre que recibas permiso de tu padre espiritual; y comulga de Cristo el Señor mental y espiritualmente sin cesar.

– Después de comulgar de los santos Misterios, tras dar gracias reverentes al Señor por tan gran misericordia, manifestada en ese momento como un don grande e inefable, entra al punto en lo más hondo de tu corazón y, adorando allí al Señor con humilde sentimiento, entabla en tu conciencia esta conversación con Él: «Ves, Señor mío, todo lo bueno que eres, cuán fácilmente caigo en el pecado para mi propia perdición, y qué fuerza tiene la pasión que me combate, y cuán impotente soy yo mismo para librarme de ella. Ayúdame y fortalece mis débiles esfuerzos; o, mejor aún, toma tú mismo mis armas y con ellas mata en mi lugar a este enemigo encarnizado.»

San Hesiquio

– Cuando nosotros, indignos, llenos de temor y temblor, participamos de los divinos y purísimos Misterios de Cristo, nuestro Dios y Rey, mostremos entonces la mayor templanza, guardando el intelecto y una atención estricta; y ese fuego divino, es decir, el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, consumirá nuestros pecados y nuestras impurezas, grandes y pequeñas. Pues cuando Él entra en nosotros, al instante ahuyenta del corazón a los espíritus malignos de la maldad y nos perdona los pecados anteriores; y entonces nuestro intelecto queda libre de la inquieta irritación de los malos pensamientos. Y si después, estando a la puerta del corazón, guardamos con cuidado nuestro intelecto, cuando volvamos a comulgar de los santos Misterios el Cuerpo divino iluminará cada vez más nuestro intelecto y lo hará resplandecer como una estrella.

LA SAGRADA ESCRITURA

San Nicetas Stethatos

– Una cosa es la lectura de la Escritura para quienes apenas comienzan la vida de piedad; otra para quienes han llegado a la mitad del camino del progreso; y otra para quienes corren hacia la perfección. Para los primeros es pan de la mesa de Dios, que fortalece sus corazones para los combates sagrados de la virtud, les da fuerza vigorosa para luchar contra los espíritus que obran en las pasiones y los hace valientes soldados contra los demonios, de modo que puedan decir: Has preparado ante mí una mesa frente a los que me afligen (cf. Sal 22,5). Para los segundos es vino del cáliz divino, que alegra sus corazones y arrebata su intelecto por la fuerza de sus sentidos, llevándolos de la letra que mata a las profundidades del espíritu, e introduciéndolos allí y haciéndolos por entero buscadores del sentido; de modo que también ellos pueden decir: Y tu cáliz, que me embriaga, ¡cuán excelente es! (cf. Sal 22,5). Y para los terceros es el óleo del Espíritu divino, que unge sus almas, las doma y las humilla con la abundancia de las iluminaciones divinas y las eleva por encima del cuerpo con todo su gozo, de modo que también el alma exclama gloriándose: Has ungido con óleo mi cabeza… y tu misericordia me acompañará todos los días de mi vida (cf. Sal 22,5-6).

– La divina Escritura se comprende espiritualmente, y los tesoros escondidos en ella solo se revelan por el Espíritu Santo a los espirituales. Pero el hombre natural no puede recibir esa revelación (cf. 1 Cor 2,13-14), pues, fuera del ir y venir de sus propios pensamientos, no es capaz ni de pensar ni de escuchar las palabras de otro. Además, no tiene en sí el Espíritu de Dios, que escudriña las profundidades de Dios y es el único que a Dios conduce (cf. 1 Cor 2,10), sino que tiene el espíritu del reposo sensual, celoso y lleno de envidia, rebosante de disputas y contiendas; y por eso se lanza insensatamente a escudriñar el sentido de la Escritura y los pensamientos que en ella se contienen. Y como no tiene fuerza para comprenderlos, ya que todo cuanto se contiene en las divinas Escrituras se discierne espiritualmente (1 Cor 2,14), se burla de quienes discurren espiritualmente sobre esas cosas y los llama no espirituales ni guiados por el Espíritu de Dios; y las palabras y las inteligencias espirituales de ellos las tuerce y las reinterpreta a su modo, para perdición de su propia alma y de las almas de otros. Pero el hombre espiritual no obra así, sino que lo discierne todo bajo la acción del Espíritu divino, y él mismo no puede ser juzgado por nadie, pues tiene la mente de Cristo (1 Cor 2,15-16).

San Juan Clímaco

– Si eres hombre de acción, lee las obras prácticas de los Padres; pues si conviertes en obras lo que lees, la lectura de otras cosas te resultará superflua.

San Gregorio el Sinaíta

– Que tu lectura no sea insaciable, pues en todo lo mejor es la medida; ni demasiado apresurada, ni perezosa o descuidada, sino con reverencia, atención y discernimiento. El intelecto fortalecido por una lectura espiritualmente provechosa recibe fuerza para orar con fervor. La lectura desordenada oscurece el intelecto, lo debilita y lo vuelve inepto para la oración.

San Efrén el Sirio

– Otros se glorían de sus conversaciones con nobles, príncipes y reyes; gloríate tú de las santas Escrituras, por las que conversas con el Espíritu Santo, pues por ellas habla el Espíritu Santo.

– Cuando leas, lee con atención y diligencia, deteniéndote en cada palabra, y no te apresures a pasar la hoja; y si es necesario, no te dé pereza leer el versículo dos, tres y muchas veces, para comprender su fuerza.

– Cuando te sientes a leer o a escuchar al lector, ora antes a Dios diciendo: «Señor Jesucristo, abre los oídos y los ojos de mi corazón, para que oiga tus palabras y cumpla tu voluntad. Abre mis ojos y comprenderé las maravillas de tu ley (Sal 118,18). Creo, Dios mío, que iluminarás mi corazón.» Ora siempre a Dios para que ilumine tu entendimiento y te revele la fuerza de sus palabras. Muchos, confiando en su propio entendimiento, cayeron en el error, y teniéndose por sabios se hicieron necios (cf. Rom 1,22).

Santos Barsanufio y Juan

– Al aprender los salmos de memoria, no te ensoberbezcas, no sea que llenes el aire de palabras vanas y eso te condene. La palabra de Dios es semilla del bien; y si queda estéril en ti, serás condenado junto con aquel que escondió en la tierra la plata que se le había dado para que la hiciera fructificar.

San Isaac el Sirio

– Si el hombre lee versículos de gran hondura sin sumergirse en ellos, su corazón queda pobre, no se alimenta de nada, y se extingue en él aquella fuerza santa que, en el momento de una comprensión admirable, da al alma y al corazón el gusto más dulce.

– Dedícate a la lectura en el silencio, para que tu intelecto esté siempre unido a las maravillas de Dios.

– Lee el Evangelio, que Dios ha mandado que se anuncie a todo el universo, para que tu intelecto se sumerja en las maravillas de Dios.

– Sin una lectura atenta no aprenderás la finura del pensamiento.

– El vino calienta el cuerpo, y la palabra de Dios calienta el intelecto.

– Mientras el hombre no reciba al Consolador, necesita de las divinas Escrituras, para que el recuerdo del bien quede grabado en su pensamiento y, con la lectura incesante, se renueve en él el anhelo del bien y se guarde su alma de las sutilezas de los caminos del pecado; pues aún no ha alcanzado la fuerza del Espíritu, que aparta el error y cautiva la conciencia en lo que es provechoso para el alma. Pero cuando la fuerza del Espíritu desciende sobre la potencia espiritual que obra en el hombre, entonces, en lugar de la ley, los mandamientos del Espíritu echan raíces en el corazón; y entonces es instruido secretamente por el Espíritu y no necesita ya la ayuda de la materia sensible; porque, mientras el corazón aprende de la materia, tras la enseñanza siguen enseguida el error y el olvido; pero cuando la enseñanza viene del Espíritu, el recuerdo permanece intacto.

– A las palabras de los misterios contenidos en la divina Escritura no te acerques sin oración y sin pedir ayuda, sino di: «Concédeme, Señor, recibir la percepción de la fuerza que en ellas se contiene.» Ten la oración por llave del sentido verdadero de lo que se dice en las divinas Escrituras.

Abba Doroteo

– Contra la insensibilidad del alma es provechosa la lectura frecuente de las divinas Escrituras y de las palabras conmovedoras de los Padres portadores de Dios, así como el recuerdo del terrible juicio de Dios, de la salida del alma del cuerpo y de las espantosas potencias tenebrosas que saldrán a su encuentro, con las que ha obrado el mal en esta vida breve y miserable.

Santos Barsanufio y Juan

– Las Escrituras se dicen espiritualmente, y el hombre carnal no puede comprender lo espiritual. Es mejor volverse en la conversación a las palabras de los Padres y hallar en ellas el provecho que contienen. Pero usémoslas también con cautela, recordando a Aquel que dijo: En el mucho hablar no faltará el pecado (Prov 10,19). Y para no caer en la arrogancia ni en el pensamiento de la propia alabanza, recordemos que, no cumpliendo lo que decimos, lo decimos para condenarnos a nosotros mismos.

– El agua es blanda por naturaleza y la piedra es dura; pero si sobre la piedra se pone una canaleta y el agua cae gota a gota sobre ella, poco a poco perfora la piedra. Así también la palabra de Dios es blanda y nuestro corazón es duro; pero si el hombre escucha con frecuencia la palabra de Dios, entonces su corazón se abre para recibir en sí el temor de Dios.

San Máximo el Confesor

– Cuando se escribe algo, se escribe o para memoria propia, o en provecho de otros, o por ambas cosas; o bien se escribe en daño de algunos, ya sea por ostentación, ya por necesidad. Quien escribe por gloria y ostentación pierde su recompensa y no obtendrá provecho alguno ni aquí ni en el siglo venidero, sino que será condenado como hombre que busca agradar a los hombres y como ladrón malvado de la palabra de Dios.

LA GRACIA

San Juan Casiano

– En la obra de nuestra salvación participan tanto la gracia de Dios como nuestro libre albedrío; y el hombre, aunque a veces puede desear la virtud —es decir, tender a la perfección—, necesita siempre de la ayuda de Dios para cumplir esos deseos. No hay que pensar que la naturaleza humana sea capaz solo del mal: el Creador sembró en nuestras almas las semillas de todas las virtudes, pero para su crecimiento es necesaria la acción de Dios; por eso el hombre conserva siempre el libre albedrío de acoger o no acoger esas acciones de la gracia.

San Isaac el Sirio

– Cuanto más se acerca el hombre a Dios con su intención, tanto más se acerca Dios a él con sus dones.

Beato Diádoco

– Al principio la gracia suele iluminar el alma con luz abundante y con una sensación intensa; pero cuando el progreso en la vida espiritual y cristiana avanza, entonces obra las más de las veces sus misterios en el alma amante de Dios sin que esta lo advierta, para conducirnos después con gozo por el camino de la contemplación divina —una vez pacificada el alma—, como si nos llamara de la ignorancia al conocimiento; y para que, en medio de los combates ascéticos por la pacificación del alma respecto de las pasiones, nuestros pensamientos no caigan en la vanagloria. Debemos sumergirnos con mesura en la tristeza, como si la gracia nos hubiera abandonado, humillarnos y aprender a obedecer los designios del Señor sobre nosotros; y entrar después en el gozo en el momento oportuno, tomando alas con la buena esperanza. Pues así como una tristeza sin medida lleva al alma a la desesperación y al desaliento, así también un gozo excesivo la lleva a la presunción y a la arrogancia. Hablo de los que aún son niños en la vida y en el entendimiento. Entre la iluminación de la gracia y su retirada, en medio, está la tentación; y entre la tristeza y la alegría, en medio, está la esperanza. Pues está dicho: Esperé con paciencia al Señor, y se inclinó hacia mí; y de nuevo: En la multitud de mis dolores… tus consuelos alegraron mi alma (Sal 39,2; 93,19).

– La gracia obra a través del intelecto, y Satanás a través de los sentidos y los apetitos del cuerpo. Satanás es expulsado del alma por el santo bautismo, pero se le permite obrar sobre ella por medio del cuerpo. La gracia de Dios habita en lo más hondo del alma, es decir, en el intelecto. Pues, como está dicho, toda la gloria de la hija del rey está en el interior, invisible para los demonios (cf. Sal 44,14). Por eso, cuando recordamos a Dios con fervor, sentimos que el amor brota como de lo más hondo de nuestro corazón; y los espíritus malignos, a su vez, atacan los sentidos del cuerpo, donde anidan, obrando cómodamente por medio de la carne sobre quienes son aún niños en el alma. Así pues, nuestro intelecto, según el divino Apóstol, se conforma siempre con la ley del Espíritu; pero los sentidos del cuerpo se dejan arrastrar de buen grado por las inclinaciones al placer (cf. Rom 7,18). Por eso, en quienes progresan con fervor en el conocimiento, la gracia obra a través de la percepción del intelecto y alegra también al cuerpo con un gozo inefable; pero cuando alguien recorre con desidia el camino de Dios, entonces los demonios, hallándonos así, cautivan nuestra alma por medio de los sentidos del cuerpo, arrastrándola por la fuerza hacia lo que no quiere: ¡homicidas! Quienes dicen que hay dos presencias —el Espíritu de la gracia y el espíritu del pecado— que habitan juntas en el corazón de los creyentes, apoyan esa idea en las palabras de la Escritura: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron (Jn 1,5); y deducen que el resplandor divino no se mancha en absoluto por la convivencia con el maligno, aunque la luz divina se acerque de algún modo a las tinieblas de los demonios. Pero la misma palabra del Evangelio —Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no lo conoció: vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron les dio potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre (Jn 1,10-12)— los reprende, para que no discurran de un modo contrario a las santas Escrituras. Pues no es de Satanás de quien dice el Evangelista que no conoció la luz verdadera, ya que él fue extraño a ella desde el principio; sino que con esa palabra reprende dignamente a los hombres que, habiendo oído hablar de las fuerzas y los milagros de Dios, no quieren acercarse a la luz de su conocimiento por el endurecimiento de sus corazones. El Señor nos enseña en su santo Evangelio que cuando Satanás vuelve y halla su casa barrida y vacía —si el corazón está estéril—, toma otros siete espíritus peores que él, entra en ella y anida allí, haciendo el último estado de aquel hombre peor que el primero (cf. Lc 11,25-26). De ahí hay que entender que, mientras el Espíritu Santo habita en nosotros, Satanás no puede penetrar en lo hondo del alma ni morar allí. Según el Apóstol (cf. Rom 7,22-23), el diablo ataca con saetas de fuego a las almas que llevan en sí a Cristo el Señor; y si no puede afianzarse en la conciencia de los que combaten, como antes, por la presencia de la gracia en el intelecto, entonces se apoya, como en una cárcel, en la humedad carnal del cuerpo, para engañar al alma con esa atracción. Por eso hay que secar el cuerpo, para que el intelecto, arrastrado por esa humedad del placer, no resbale en el cebo del deleite ni se enamore de él.

San Juan Casiano

– La gracia de Dios dirige siempre nuestra voluntad hacia el bien, pero de tal modo que espera de nosotros el esfuerzo debido. Para no otorgar sus dones sin cuidado, busca ocasiones que nos saquen de la fría negligencia; y para que la comunicación generosa de sus dones no parezca gratuita en el mal sentido, los concede después de nuestro deseo y de nuestro trabajo. Sin embargo, con todo esto, la gracia se da siempre gratuitamente, pues por nuestros pequeños esfuerzos retribuye con generosidad infinita. Por eso, por muchos que sean los trabajos del hombre, todos ellos no pueden hacer que la gracia sea algo debido. El Apóstol de las gentes, aunque dice que trabajó más que todos los apóstoles, añade que esos trabajos no son suyos, sino de la gracia de Dios que está con él (cf. 1 Cor 15,10). Así pues, con la palabra «trabajé» expresa el esfuerzo de su propia voluntad; con las palabras «no yo, sino la gracia de Dios», la ayuda divina; y con la palabra «conmigo» muestra que la gracia cooperaba con él, no cuando estaba ocioso y negligente, sino cuando trabajaba.

San Isaac el Sirio

– A la humildad la precede la gracia, y al castigo lo precede la presunción.

San Nicetas Stethatos

– Todos los que combaten son abandonados por la gracia, y esto suele ocurrir por estos defectos: 1) por la vanagloria; 2) por juzgar al prójimo; y 3) por engreírse de las propias virtudes. Por eso, apenas se descubre que algo de esto ha entrado ya en el alma de los que se esfuerzan, ello los lleva a ser abandonados por Dios; y no escapan al justo castigo de su caída hasta que, arrojando de sí lo que fue causa del abandono, se refugian en la cima de la humildad.

San Gregorio el Sinaíta

– Quienes pierden la gracia lo padecen por su incredulidad y su negligencia; y quienes la recuperan son dignos de ello por su fe y su diligencia. Estos últimos avanzan sin cesar; aquellos, en cambio, retroceden por completo. Quienes reciben la gracia son como los que han concebido y están encinta del Espíritu; pero sucede que rechazan la semilla divina, ya por una caída, ya porque quedan viudos de Dios por el trato con el enemigo escondido en su interior. El abandono de la gracia sobreviene por la acción de las pasiones —por complacerse en los movimientos apasionados—, y su pérdida total, por la práctica de los pecados. Pues el alma amante de las pasiones y del pecado queda privada de la gracia, y con ello se convierte en morada de las pasiones.

– Afirmamos que hay ocho objetos principales de contemplación: 1) Dios, invisible y sin forma, sin principio e increado, causa de todo cuanto existe, Unidad trina y Divinidad supraesencial; 2) el orden y el rango de las potencias inteligibles; 3) la composición de las cosas visibles; 4) el descenso del Verbo en la economía de la salvación; 5) la resurrección universal; 6) la terrible segunda venida de Cristo; 7) el tormento eterno; y 8) el Reino de los cielos. Los cuatro primeros son cosas pasadas y ya cumplidas, y los cuatro últimos son futuros y aún no manifestados; sin embargo, los contemplan y los reconocen con claridad quienes han alcanzado por la gracia la pureza plena del intelecto. Pero quien se acerque a esto sin la luz de la gracia, sepa que construye fantasías y no tiene contemplaciones, pues es hombre de espíritu soñador, enredado en fantasías y entregado a ensueños.

LA VOLUNTAD Y LOS MANDAMIENTOS DE DIOS

San Teófanes el Recluso (del libro La guerra invisible)

– El que se arrepiente se entrega a Dios para servirle y comienza al punto a servirle caminando según sus mandamientos y sometiéndose a su voluntad. Los mandamientos no son pesados, pero su cumplimiento encuentra muchos obstáculos en las circunstancias exteriores del que trabaja y, sobre todo, en sus propias inclinaciones y hábitos interiores. El que trabaja obra por sí mismo, aunque con la ayuda de Dios, entregándose con abandono a la voluntad de Dios y sometiéndose a su omnipotencia.

San Máximo el Confesor

– Todo el fin de los mandamientos del Salvador consiste en librar al intelecto de la intemperancia y del odio y elevarlo al amor de Él y del prójimo, del cual nace la luz del santo conocimiento activo.

– Unas cosas de las que hacemos por Dios se hacen según el mandamiento; otras, no según el mandamiento, sino como ofrenda voluntaria. Según el mandamiento: cuando amamos a Dios y al prójimo, cuando amamos a nuestros enemigos, cuando no cometemos adulterio ni matamos, y cosas semejantes; si las quebrantamos, somos castigados. No según el mandamiento: cuando guardamos la virginidad y llevamos vida célibe, cuando nos desprendemos de todos los bienes, cuando nos hacemos eremitas, y cosas parecidas. Estas últimas obras tienen valor de dones, para que, si por debilidad no cumplimos algún mandamiento, aplaquemos con esos dones a nuestro buen Señor.

– Los mandamientos del Señor nos enseñan a usar rectamente de las cosas ordinarias. El uso bendito hace puro el estado del alma respecto de las cosas indiferentes. El estado puro del alma engendra el discernimiento; y el discernimiento engendra la impasibilidad, de la cual nace el amor perfecto.

Abba Talasio

– Guarda los mandamientos y hallarás descanso; ama a Dios y alcanzarás el conocimiento.

San Teodoro de Edesa

– Así como la buena obra hecha sin la fe recta está del todo muerta e inactiva, así también la fe sola, sin las obras de la justicia, no nos libra del fuego eterno. Si alguien me ama, dice el Señor, guardará mis mandamientos (cf. Jn 14,23). Así pues, si amamos al Señor y creemos en Él, mostrémoslo con el cumplimiento de sus mandamientos, para recibir la vida eterna. Pues si descuidamos el guardar sus mandamientos, a los que obedece toda la creación, y nos llamamos fieles, resultaremos honrados más que toda criatura y, sin embargo, más desobedientes que todas ellas al mandato de Aquel que las creó, e ingratos con nuestro Bienhechor.

– Al guardar los mandamientos de Cristo no le damos nada a Aquel a quien nada le falta y que es dador de todo bien, sino que nos hacemos bien a nosotros mismos, mereciendo la vida eterna y el goce de bienes inefables.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Dios no exige de nosotros, los hombres, sino que no pequemos. Pero eso no es aún el cumplimiento de la ley, sino solo la conservación intacta de la imagen y de la dignidad celestial en la que fuimos creados; y, revestidos del vestido resplandeciente del Espíritu, permanecemos en Dios y Él en nosotros, y somos por gracia dioses e hijos de Dios, marcados con la luz del conocimiento de Dios, según la palabra: La luz de tu rostro ha quedado sellada sobre nosotros, Señor (cf. Sal 4,7).

San Nicetas Stethatos

– Cuando alguien, trabajando activamente en el cumplimiento del mandamiento, se llene de pronto de un gozo inefable e indecible, de modo que él mismo quede transformado por un cambio admirable e inefable y, como liberado del peso del cuerpo, olvide la comida, el sueño y las demás necesidades naturales, sepa que eso es una visita de Dios que engendra en los que combaten una muerte vivificante y que así los lleva al estado de éxtasis incorpóreo. El autor de esa vida bienaventurada es la humildad; su ayo y madre, la santa ternura de corazón; su amiga y hermana, la contemplación de la luz divina; su trono, la impasibilidad; y su fin, la Santísima Trinidad, Dios.

– Dios quiere que, como ciervos, subamos a los altos montes de sus mandamientos y estemos sedientos de las aguas vivificantes del Espíritu Santo.

Santos Calixto e Ignacio

– Hay que saber que por los mandamientos vivificantes y por la fe en nuestro Señor Jesucristo debemos, cuando el tiempo lo exija, entregar voluntariamente el alma misma, es decir, no tener apego a la propia vida, como dice el Señor mismo: Quien pierda su alma por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8,35). Quien vive así, olvidando lo que queda atrás y extendiéndose hacia lo que está delante (Flp 3,13), corre con Cristo Jesús por el camino sin volver la vista atrás.

LA PROVIDENCIA DE DIOS

Abba Doroteo

– Bien dijo el abba Poimén que el progreso del monje —y el de todo hombre— se revela en las tentaciones; pues todo el que viene a servir al Señor debe, como dice el Sapientísimo, preparar su alma para la tentación (cf. Eclo 2,1), para no asombrarse ni turbarse nunca por nada de lo que le suceda, creyendo que nada ocurre sin la providencia de Dios. Y en aquello que es providencia de Dios, todo sirve muy bien para el bien del alma; pues cuanto Dios hace con nosotros lo hace para nuestro provecho, amándonos y compadeciéndose de nosotros.

San Máximo el Confesor

– Dios, que todo lo colma, sacó las criaturas de la nada al ser no porque necesitara nada, sino para que ellas, según su capacidad, participaran de su bienaventuranza y se deleitaran en ella. Y Él mismo se alegraba en sus obras, viéndolas alegrarse y saciarse insaciablemente de Aquel que insaciablemente sacia.

San Isaac el Sirio

– Convéncete de que tu guardián está siempre a tu lado y de que, junto con las demás criaturas, también tú estás bajo el único Señor, que con un solo gesto pone todo en movimiento y todo lo dispone. Mantente firme y sé animoso. Ninguno de los demonios, ni las bestias dañinas, ni los hombres crueles pueden hacerte daño ni destruirte, si Aquel que gobierna no lo permite por su voluntad y no les concede lugar en cierta medida. Di, pues, a tu alma: «Tengo un guardián que me protege, y ninguna criatura puede presentarse ante mí si no hay orden de lo alto. Pero si es voluntad de mi Señor que las criaturas malignas prevalezcan, lo acepto sin tristeza, como quien no quiere que la voluntad de mi Señor quede sin cumplirse.» Así estarás lleno de gozo en tus tentaciones, como quien ha visto y comprendido plenamente que es la orden del Señor la que te gobierna y te dispone. Fortalece, pues, tu corazón con la esperanza en el Señor.

– Como un puñado de arena arrojado al mar, así son las caídas de toda carne comparadas con la providencia de Dios y con su misericordia. Y como una fuente de agua abundante no se obstruye con un puñado de polvo, así la misericordia del Creador no es vencida por los vicios de las criaturas.

LAS VIRTUDES

San Nicodemo el Hagiorita

– Para adquirir las virtudes hay que obrar de modo que siempre nos extendamos hacia lo que está delante (Flp 3,13), si queremos alcanzar pronto y con éxito el fin que nos hemos propuesto. Pues apenas nos detengamos un instante, al punto retrocederemos; por eso debemos estar atentos al bien y no dejar escapar de las manos nada que pueda ser ocasión de adquirir una virtud. Así, quienes no obran bien evitan toda contrariedad en el camino de la virtud, siendo así que esa contrariedad podría serles útil para avanzar. Por ejemplo, si quieres adquirir el hábito de la paciencia, no debes evitar a las personas, los asuntos y las circunstancias que más te hacen perder la paciencia.

– Para adquirir las virtudes hace falta un alma valerosa y grande, y una voluntad que no sea débil y floja, sino resuelta y fuerte, con la previsión sincera de muchos obstáculos y de mucho trabajo, y con la disposición de asumirlos y soportarlos todos.

Abba Doroteo

– Ni el temor mismo de Dios, ni la limosna, ni la fe, ni la templanza, ni ninguna otra virtud puede realizarse sin humildad.

– Quien no se presta atención a sí mismo y no se guarda se desvía fácilmente de las virtudes, pues la virtud es el medio, aquel camino real del que dijo cierto santo anciano: «Ve por el camino real y cuenta las millas del camino de la salvación.»

– Y por eso, cuando el hombre logra afianzarse en esa virtud, agrada a Dios; y aunque todos lo ven comer, beber y dormir como los demás hombres, tal hombre agrada a Dios por las virtudes que posee. En cambio, quien no se presta atención ni se guarda se desvía fácilmente de ese camino, ya a la derecha, ya a la izquierda, es decir, ya al exceso, ya al defecto, y engendra en sí mismo la enfermedad que es el mal. Este es el camino real por el que marcharon todos los santos.

Abba Zósimo

– Una pequeña inclinación de nuestra voluntad hacia el bien atrae la ayuda de Dios, como he dicho a menudo y como dice el divino Antonio: para la virtud basta nuestro deseo; no hace falta ir lejos para alcanzar el Reino de los cielos ni cruzar el mar para adquirir las virtudes. ¡Qué descanso inspiran los mansos y humildes! En verdad, los mansos heredarán la tierra y gozarán de abundancia de paz (Sal 36,11).

– Para cada virtud hacen falta trabajo y tiempo, y desearla sinceramente; pero sobre todo es necesaria para ella la ayuda de Dios. Pues si Dios no coopera con nuestra voluntad, será un trabajo mísero, como el del labrador que ha cultivado y sembrado sus campos si Dios no envía la lluvia sobre su simiente. Y la cooperación de Dios requiere nuestras oraciones, pues solo por medio de ellas atraemos la ayuda y la protección de Dios sobre nosotros. Y si descuidamos la oración, ¿cómo va Dios a mirar nuestro trabajo?

San Máximo el Confesor

– Tres principios nos mueven al bien: 1) la semilla del bien que hay en nosotros por naturaleza; 2) las santas potencias; y 3) la buena voluntad. La semilla de la naturaleza, cuando, por ejemplo, hacemos con los hombres lo mismo que queremos que ellos hagan con nosotros, o cuando vemos a un hombre en dificultad y necesidad y nos compadecemos de él. Las santas potencias, cuando, al sentir el deseo de hacer una buena obra, hallamos buena ayuda y disponemos de tiempo. La buena voluntad, cuando, discerniendo el bien del mal, elegimos el bien. Entre las obras humanas, muchas son buenas en sí mismas, pero pueden volverse malas por algún motivo. Por ejemplo, el ayuno, la oración, la limosna y la hospitalidad son en sí mismas obras buenas, pero cuando se hacen por vanagloria ya no son buenas.

– Unas virtudes son corporales —el ayuno, las vigilias— y otras espirituales —el amor, la generosidad, la mansedumbre—. Por eso, si por alguna necesidad o condición corporal —por enfermedad u otras causas semejantes— no podemos cumplir las virtudes corporales antes mencionadas, tenemos el perdón indulgente del Señor, que conoce la causa de ello; pero si no cumplimos las virtudes del alma, no tenemos excusa, pues ellas no están sujetas a tales impedimentos.

– Así como el cuerpo peca con las acciones y tiene por alimento suyo las virtudes corporales para hacerse casto, así el intelecto peca con los pensamientos apasionados y tiene por alimento suyo las virtudes espirituales, para que, mirando las cosas con pureza y sin pasión, se haga casto.

– Si quieres ser justo, da a cada parte de ti —al alma y al cuerpo— lo que le corresponde: a la parte pensante del alma, la lectura, la contemplación espiritual y la oración; a la irascible, el amor espiritual, contrario al odio; a la desiderativa, la castidad y la templanza; y a la carne, el alimento y el vestido que son solamente necesarios.

– Es provechoso ejercitar la virtud en medio de trabajos penosos, pues así, soportados de buen grado, dan al alma la impasibilidad, por la cual el alma, uniéndose a Dios por el amor, se aparta de la inclinación a la carne y al mundo. El agotamiento del cuerpo es fortalecimiento del alma.

– Nadie puede bendecir verdaderamente a Dios si no ha santificado el cuerpo con las virtudes y no ha iluminado el alma con el conocimiento verdadero. La belleza en la virtud es el rostro del intelecto contemplativo, que se eleva como al cielo, a la cima del conocimiento verdadero.

– Los demonios que combaten por la falta de virtud son los que enseñan la fornicación y la embriaguez, el amor al dinero y la envidia; y los que combaten por medio de las virtudes son los que enseñan la presunción, la vanagloria y la soberbia, y así, por la derecha, siembran en nosotros ocultamente lo de la izquierda.

Elías el Ecdico

– El principio de la virtud activa es la templanza y la humildad, la veracidad y la castidad; y su fin es la paz del pensamiento y la santa pureza del cuerpo.

San Gregorio el Sinaíta

– Tres virtudes hay que guardar estrictamente en el silencio, examinando a cada hora si permanecemos siempre en ellas, para que no seamos despojados por el olvido y salgamos de ellas. Son: la templanza, el silencio y el propio menosprecio, es decir, la humildad. Ellas se sostienen unas a otras y se guardan; de ellas nace la oración y crece sin cesar.

San Nicetas Stethatos

– El último día se revelará por el fuego, y el fuego probará las obras de cada uno, dice san Pablo (cf. 1 Cor 3,13), añadiendo que las obras de aquel cuyas obras son incorruptibles por su esencia, y que él ha depositado en sí mismo por su labor, permanecerán incorruptibles en medio del fuego, y no solo no se quemarán, sino que se volverán resplandecientes, purificadas por completo de las pequeñas manchas. Pero las obras de aquel cuyas obras son corruptibles por su esencia, y que él ha cargado sobre sí como un peso, se encenderán, arderán y lo dejarán en el fuego sin nada. Obras incorruptibles y de esencia permanente son: las lágrimas del arrepentimiento, las limosnas, la compasión, la oración, la humildad, la fe, la esperanza y toda obra hecha en la forma de la verdadera piedad, las cuales, mientras el hombre vive, se edifican en él como un templo santo de Dios, y cuando muere lo dejan incorruptible para siempre. Y todo lo que arde y se corrompe, como es evidente para todos, es la esencia de la sensualidad, el amor a la gloria, el amor al dinero, el odio, la envidia, el robo, la embriaguez, la irritación, la condena del prójimo y todas las demás obras hechas con el cuerpo por pasión o por ira. Todas esas obras, mientras el hombre vive encendido por la pasión, se corrompen con él; y cuando es arrancado del cuerpo, van con él, pero no viven con él, sino que, destruidas por el fuego, dejan a los que las obraron en el fuego para tormento sin fin, por los siglos.

San Efrén el Sirio

– Cuidemos de la salvación del alma, pues eso es lo único necesario (Lc 10,42). También el cuerpo tiene sus exigencias, pero no muchas, pues el alma está por encima de todo.

– Estás compuesto de alma y cuerpo: da al alma el alimento espiritual y al cuerpo el alimento corporal. No dejes morir al alma, sino aliméntala con la palabra de Dios, con salmos, himnos y cánticos espirituales, con la lectura de las Escrituras salvadoras, con el ayuno, las vigilias, las oraciones, las lágrimas, la esperanza y la meditación de los bienes futuros. Todo esto y lo semejante es alimento y vida para el alma.

EL BIEN Y EL MAL

Abba Doroteo

– Dios creó al hombre a su imagen, es decir, inmortal, dueño de sí y adornado con todas las virtudes. Pero cuando quebrantó el mandamiento, comiendo del fruto del árbol del que Dios le había mandado no comer, fue expulsado del paraíso (cf. Gn 3), se apartó del estado natural y cayó en el estado contra naturaleza, y quedó ya en el pecado: en el amor a la gloria, en el amor a los placeres de este mundo y en las demás pasiones; y ellas nos dominaron, porque nosotros mismos nos hicimos sus esclavos por la transgresión. Luego, poco a poco, el mal fue creciendo y reinó la muerte.

San Juan Casiano

– Guardando firmemente en el pensamiento la distinción entre las cosas y las acciones, y sabiendo que no hay verdadero bien sino la virtud, que nace del temor de Dios y del amor de Dios, y que no hay verdadero mal sino uno solo —el pecado y la separación de Dios—, examinemos ahora con toda atención si alguna vez Dios, por sí mismo o por medio de otro, hizo mal a alguno de sus santos. Esto, sin duda, no lo hallarás en ninguna parte. Pues nunca ha sucedido que otro pudiera hundir a alguien en los pecados cuando él mismo no quería ese mal y se le oponía; y si sucede que cae, es solo el que había concebido ese pecado en la embriaguez de su corazón y en su voluntad corrompida. Así, cuando el diablo quiso hundir en el pecado al justo Job y empleó contra él todos los lazos de su malicia —privándolo de toda su hacienda, hiriendo de muerte a sus hijos y cubriéndolo de llagas de la cabeza a los pies—, no pudo mancharlo con el pecado, porque en todo lo que sucedió Job permaneció inconmovible y no atribuyó a Dios ninguna necedad (Job 1,22).

– Todo cuanto existe y sucede en el mundo es de tres clases: bueno, malo e intermedio. En las cosas humanas nada debe tenerse por bien esencial sino una sola cosa: la virtud espiritual, que con fe sincera nos conduce a Dios y nos hace adherirnos sin cesar a ese bien inmutable. Y, al contrario, nada debe tenerse por mal sino una sola cosa: el pecado, que, separándonos del Dios bueno, nos ata al diablo maligno. Intermedio es lo que puede inclinarse a un lado o a otro según la disposición y el carácter de quien lo usa: la riqueza, el honor, el poder, la fuerza corporal, la salud, la belleza, la vida misma o la muerte, la pobreza, la debilidad de la carne, el deshonor y cosas semejantes, que, según la disposición del que las usa, pueden servir tanto para el bien como para el mal. Pues la riqueza puede servir a menudo para el bien, según la palabra del Apóstol, que manda a los ricos del tiempo presente ser ricos en buenas obras, ser generosos y hospitalarios, atesorando para sí un buen fundamento para el futuro, a fin de alcanzar la vida eterna (cf. 1 Tim 6,17-19); pero, de nuevo, se vuelve mal cuando la juntan solo para amontonarla y enterrarla en tierra, como hacen los avaros, o la derrochan en lujos y placeres, y no en provecho de los necesitados.

San Antonio el Grande

– A quien no sabe discernir lo que es bueno y lo que es malo no le corresponde juzgar quién es bueno y quién es malo entre los hombres. El hombre que conoce a Dios es bueno; y si no es bueno, es que no conoce a Dios y jamás será conocido por Él, pues el único camino para conocer a Dios es la bondad.

– De quienes no gustan de aprender lo que les es provechoso y lo que debe tenerse por bueno puede decirse que no gozan de buena salud; y en cuanto a los que, habiendo conocido la verdad, disputan desvergonzadamente, su carácter está envilecido y se han vuelto semejantes a las bestias: no conocen a Dios y sus almas no están iluminadas por la luz.

– El hombre que vive piadosamente no permite que el mal entre en su alma. Y cuando no hay mal en el alma, esta se halla segura e intacta. Sobre tal hombre no tienen poder ni el demonio maligno ni las desgracias. Dios los libra del mal, y viven ilesos, guardados como hombres divinos. Si alguien lo alaba, se ríe en su interior del que lo alaba; y si lo deshonra, no se defiende ante quien lo reprocha ni se indigna de que hablen así de él.

San Isaías el Anacoreta

– Mientras el hombre hace el mal, no puede hacer el bien, sino que puede hacer el mal solo bajo apariencia de bien.

San Isaac el Sirio

– Preferir la buena voluntad es obra de nuestro libre albedrío; pero llevar a término la elección de la buena voluntad es cosa de Dios, pues para ello el hombre necesita la ayuda de Dios. Procuremos, pues, que a los buenos deseos que nacen en nosotros sigan oraciones frecuentes, pidiendo no solo que se nos dé ayuda, sino también que se nos muestre si ese deseo agrada o no a la voluntad de Dios. Pues no todo buen deseo entra en el corazón de parte de Dios, sino solo el que es provechoso. A veces el hombre desea el bien y Dios no lo ayuda; porque a veces tal deseo viene del diablo, y no para nuestro provecho, sino para nuestro daño; o bien porque el asunto deseado no está a nuestro alcance, ya que aún no hemos llegado a la medida correspondiente de vida santa.

SOBRE LA CONCIENCIA

Abba Doroteo

– Cuando Dios creó al hombre, puso en él algo divino, como un pensamiento interior que es a la vez chispa, luz y calor; un pensamiento que ilumina el intelecto y le muestra lo que es bueno y lo que es malo. A eso se le llama conciencia, y es la ley natural. Siguiendo esa ley, es decir, la conciencia, los patriarcas y todos los santos agradaron a Dios aun antes de que se escribiera la Ley.

– Procuremos, pues, guardar la conciencia mientras estamos en este mundo, y no permitamos que nos condene en ningún asunto; no la pisoteemos en modo alguno, ni siquiera en lo más pequeño. Sabe que del desprecio de esto pequeño y en apariencia insignificante pasamos al desprecio de lo grande. Pues si alguien empieza a decir: «¿Qué importa si digo esta palabra? ¿Qué importa si miro esto o aquello? ¿Qué importa esto o lo otro?», adquiere una mala costumbre y comienza a despreciar lo grande y lo importante, y pisotea su conciencia; y así, endurecido en el mal, corre el peligro de llegar a una insensibilidad perfecta.

– Ante todo, guardemos nuestra conciencia respecto de todo: en relación con Dios, con el prójimo y con las cosas; y, antes de decir o hacer algo, examinemos si es conforme a la voluntad de Dios; y entonces, tras haber orado, digámoslo o hagámoslo, y confesemos ante Dios nuestra debilidad, y su bondad nos ayudará en todo.

San Nicodemo el Hagiorita

– Guarda tu conciencia con toda guarda, hermano, pura en los pensamientos, en las palabras y en las obras; que sea siempre irreprensible y que jamás te condene ni te remuerda en cosa alguna. Si haces esto, ella adquirirá en ti gran fuerza para la acción interior y exterior, y, hecha señora de todo, gobernará bien tu vida. Una conciencia pura hará tu vida irreprensible, pues entonces será sensible y fuerte para el bien contra el mal. Ella es la ley grabada por Dios en los corazones de los hombres, para iluminar sus caminos y guiarlos en todo lo que es digno, como enseña el apóstol Pablo, llamándola obra de la ley escrita en el corazón (cf. Rom 2,15). Sobre esa base, san Nilo da a todos esta lección: en todas tus obras usa como lámpara la guía de tu conciencia.

– En cuatro aspectos debes guardar tu conciencia irreprensible: 1) respecto de Dios, 2) respecto de ti mismo, 3) respecto de tu prójimo, y 4) respecto de todo lo que está en tus manos.

– Todo esto es sabido; pero te recordaré lo más importante. Respecto de Dios, recuerda y camina en la presencia de Dios; sé consciente de que eres sostenido y guardado por la fuerza de Dios y llevado al fin para el cual te llamó a la existencia; y consagra a Él, y con ello todo lo tuyo, al servicio de Dios y a la gloria de su nombre; vive en Él, confía en Él y entrégale tu suerte, tanto temporal como eterna.

– Respecto de ti mismo, sé justo contigo mismo y da a cada parte de tu naturaleza lo suyo: que tu espíritu, que busca a Dios en el cielo y en la eternidad, gobierne el alma y el cuerpo, que están destinados a ordenar la vida temporal; que el alma, obediente a las indicaciones del espíritu, incline la cerviz de la razón ante la verdad divinamente revelada e ilumine con ella toda la esfera de su competencia; que guarde su voluntad en el orden de los mandamientos de Dios, sin permitirle desviarse de ellos según sus propios deseos; que enseñe al corazón a hallar gusto solo en lo divino y en aquello que lleva la huella de lo divino y sirve para expresarlo, y que con ese espíritu conduzca sus asuntos y sus ocupaciones cotidianas y sociales; da al cuerpo lo que necesita y, guardando en ello estricta moderación, ten por ley el no proveer a la carne para satisfacer sus concupiscencias (cf. Rom 13,14). Guardando esto, serás buen gobernante de ti mismo y verdadero bienhechor de ti mismo.

– Respecto de tu prójimo, honra a todos como imágenes de Dios, desea a todos el bien y hazlo según tus fuerzas; humíllate ante todos y agrada a todos dentro de los límites del bien; alégrate con los que se alegran y llora con los que lloran; no condenes ni desprecies a nadie, ni siquiera en el pensamiento y en el sentimiento; no ocultes la verdad a quienes buscan tu consejo y tu advertencia, cuando la conozcas; no te impongas nunca a nadie como maestro; guarda sobre todo la paz y la concordia con todos, con disposición a toda clase de sacrificios por ello de tu parte, y evita cuanto puedas escandalizar a nadie.

– Respecto de las cosas, trátalas con reverencia, todas ellas como criaturas de Dios; aquello cuya posesión te da Dios, guárdalo y úsalo para la gloria de Dios: conténtate con todo ello, da gracias a Dios por lo que no falta, no te apegues a ello y tenlo todo por instrumentos y medios exteriores, para disponer de ellos libremente y para que no sean lazo ni estorbo a tus buenas obras; no te permitas descansar en ellos como en apoyos frágiles, no te jactes de lo tuyo, no envidies lo ajeno, no seas avaro ni derrochador, sino solo para el bien.

– Todo esto ha de hacerlo cada uno a diario, de una u otra forma, casi a cada paso, si de veras quiere vivir bien; y así tendrás también tú una conciencia buena, imitando al santo Apóstol (cf. Heb 13,18).

LAS PASIONES

Abba Doroteo

– El Dios clementísimo, conociendo nuestra debilidad y previendo que también después del santo bautismo pecaríamos —pues dice la Escritura que el hombre se inclina diligentemente al mal desde su juventud (cf. Gn 8,21)—, nos dio en su bondad sus santos mandamientos, que nos purifican; para que, si queremos, podamos purificarnos de nuevo con la guarda de los mandamientos, no solo de nuestros pecados, sino también de las pasiones mismas. Pues una cosa son las pasiones y otra los pecados. Las pasiones son la ira, la vanagloria, el amor al placer, el odio, el deseo malo y cosas semejantes. Los pecados son los actos mismos de las pasiones, cuando alguien las lleva a la práctica, es decir, cuando realiza con el cuerpo las obras a las que las pasiones lo empujan; pues es posible tener pasiones y no obrar según ellas.

– Corta siempre las pasiones cuando son todavía jóvenes, antes de que echen raíces y se afiancen en ti y comiencen a oprimirte, pues entonces tendrás que sufrir mucho por ellas; una cosa es arrancar una hierbecilla y otra muy distinta desarraigar un gran árbol.

San Máximo el Confesor

– Dicen que el estado del cuerpo cambia y da al intelecto pensamientos apasionados o indiferentes por estas cuatro causas: los ángeles, los demonios, el aire y el alimento. Los ángeles lo cambian con la palabra; los demonios, con el tacto; el aire, con sus mudanzas; y el alimento, por la calidad de la comida y la bebida y por su exceso o su escasez. Además de lo dicho, se producen cambios también por la memoria, el oído y la vista, cuando el alma padece antes bajo el influjo de circunstancias tristes o gozosas. Y al padecer por ellas, el alma produce el cambio del estado corporal.

– Tres son las causas del amor al dinero: el amor al placer, la vanagloria y la incredulidad; y más fuerte que las dos primeras es la incredulidad. El amante del placer ama el dinero para gozar con él; el vanaglorioso, para ser glorificado; y el incrédulo, para esconderlo y guardarlo, temiendo el hambre, la vejez, la enfermedad o el destierro; y pone su confianza en él más que en Dios, Creador y Proveedor de todo lo creado, hasta de los animales más pequeños y humildes.

– El principio de todas las pasiones es el amor propio, y su fin es la soberbia. El amor propio es el amor insensato al cuerpo. Quien lo ha cortado ha cortado todas las pasiones que de él nacen.

– Como los animales, los que viven solo para los sentidos usan mal de las criaturas de Dios para satisfacer las pasiones. No atienden al Verbo de la Sabiduría, manifiesto en todas ellas, para conocer y glorificar a Dios y para comprender, a partir de la creación visible, de dónde venimos, qué somos, cuál es nuestro fin y hacia dónde debemos tender; sino que andan errantes en tinieblas toda su vida, palpando con ambas manos la sola ignorancia de Dios.

San Teodoro de Edesa

– Aquello que hemos hecho con pasión, eso es lo que turba al alma con los recuerdos apasionados; pero cuando esos recuerdos apasionados queden borrados por completo del corazón, de modo que ya no se acerquen a él, eso es señal del perdón de los pecados pasados. Mientras el alma sienta pasión por algo pecaminoso, hay que reconocer que todavía está bajo el dominio del pecado.

San Filoteo del Sinaí

– Primero está la sugestión: la acción por la que el objeto lanzado alcanza a aquel a quien se lanza. Después, la conjunción: cuando la atención queda ligada al objeto, de modo que el alma solo tiene ante sí ese objeto que la ha golpeado y la ha ocupado. Luego, la unión: el objeto que ha golpeado y la atención que se le ha prestado despiertan el deseo, y el alma consiente en él, y todo se junta. Después, el cautiverio: ese objeto toma cautiva al alma que lo desea y, atada como esclava, la lleva a la acción. Y por fin, la pasión: enfermedad del alma por la repetición frecuente —el satisfacer una y otra vez el mismo deseo— y por la costumbre de hacer lo que lo satisface; una cualidad del alma que se ha convertido en rasgo de carácter.

– ¡Este es el campo de batalla de los combates que se libran en nosotros! El cautiverio se produce de un modo durante la oración y de otro fuera de ella. La pasión está sujeta sin duda o a una penitencia equivalente o al tormento futuro. Quien resiste a la sugestión primera, o la desprecia, corta de un golpe todo lo demás que es vergonzoso.

Elías el Ecdico

– Apasionado es aquel en quien la inclinación al pecado es más fuerte que el pensamiento, aunque todavía no haya pecado; amante del placer es aquel en quien la acción del pecado es más débil que el pensamiento, aunque lleve dentro la pasión; y comprende en parte quien está libre, o mejor, quien está ciegamente atado a ambos.

– Impasible sería aquel que no conoce tales movimientos y rebeliones del pecado, es decir, quien no los experimenta. Se expulsan del alma: la pasión, con el ayuno y la oración; el amor al placer, con la vigilia y el silencio; y el prejuicio, con la quietud y la atención.

– La impasibilidad se restaura con el recuerdo de Dios.

– De los vivos, todos están muertos según el cuerpo; pero para el pecado están muertos solo los que lo han odiado de todo corazón. El intelecto del hombre apasionado no puede entrar por la puerta estrecha de la oración si antes no renuncia a sus preocupaciones sensuales y amantes del placer, sino que sufrirá siempre en vano, dando vueltas en la sombra de las preocupaciones.

San Nicetas Stethatos

– Quien ha odiado espiritualmente y ha renunciado a la pasión de la carne, a la pasión de los ojos y a la soberbia mundana —esas injusticias del mundo por cuyo amor somos enemigos de Dios—, ese ha crucificado el mundo para sí y se ha crucificado a sí mismo para el mundo, destruyendo la enemistad entre Dios y el alma y estableciendo la paz entre ambos. Pues quien así ha muerto, despojándose de la sabiduría carnal, se ha reconciliado con Dios, matando la enemistad del mundo en el deshonor de la vida endulzada, crucificado para el mundo y unido por el amor a Dios. Por eso tal hombre ya no es enemigo de Dios como amigo del mundo, sino amigo de Dios, como quien ha sido crucificado para el mundo y puede decir: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo (Gál 6,14).

San Gregorio el Sinaíta

– De todas las pasiones, dos son especialmente crueles y penosas: la fornicación y el desaliento, es decir, la acedia, cuando se apoderan del alma y la relajan. Tienen entre sí estrecho vínculo y conexión, por lo que es difícil combatirlas y vencerlas; es imposible superarlas del todo. La primera domina la potencia desiderativa del alma, pero abarca ambas partes de nuestra constitución natural —alma y cuerpo—, derramando su dulzura sobre todos los miembros.

– La segunda, la acedia, dominando el intelecto, envuelve como la hiedra toda el alma y la carne, y hace a todo nuestro ser perezoso, relajado, como paralizado. Ambas son expulsadas —aunque no del todo vencidas antes de la bienaventurada impasibilidad— cuando el alma recibe fuerza en la oración por el Espíritu Santo, el cual, dándole gozo, fuerza y una paz profunda, la alegra en el corazón y la consuela de la tiranía de esas pasiones. La pasión de la fornicación es el principio, la señora y la reina de los placeres, la dulzura que sobrepasa a las demás dulzuras, y su compañera es la acedia; por medio de ellas se avivan en nosotros, pobres, todas las pasiones.

NO JUZGAR

San Isaac el Sirio

– No juzgues a nadie, no reproches a nadie, no desprecies a nadie, ni siquiera a los de vida muy miserable. Extiende tu manto sobre el que cae y cúbrelo. Y no dejes ociosa la puerta de tu celda, para no conocer las malas obras de los hombres; y así, en la ignorancia de nuestro intelecto, veremos en cada uno de ellos a hombres santos y buenos.

– Cuando alguien comience a hablar delante de ti contra tu hermano, no lo escuches, sino ensombrece tu rostro. Si haces esto prontamente, serás guardado ante Dios y ante él.

San Nilo del Sinaí

– El principio de la salvación es condenarse a sí mismo.

– Si nos prestamos atención a nosotros mismos, no condenaremos a los demás, pues hay en nosotros muchas cosas por las que condenarnos.

– Haz volver en sí al pecador, pero no condenes al que cae; pues lo segundo es propio del calumniador y lo primero de quien desea la enmienda del otro.

Abba Doroteo

– Humillar, condenar y dañar los asuntos ajenos, ¿no es acaso cosa de demonios? Y así nos convertimos en auxiliares de los demonios para nuestra propia perdición y la del prójimo. ¿Y por qué? Porque no hay amor. Pues el amor cubre multitud de pecados (cf. 1 Pe 4,8). Los santos no condenan al pecador ni se apartan de él, sino que se compadecen de él, se afligen por él, lo exhortan, lo consuelan y lo curan como a un miembro enfermo, y hacen todo por salvarlo.

San Antonio el Grande

– Si ves que tu hermano ha pecado, no lo desprecies, no te apartes de él ni lo condenes, no sea que tú mismo caigas en manos de tus enemigos.

– No condenes a ningún mortal, no sea que Dios aborrezca tus oraciones.

San Máximo el Confesor

– ¿Cómo no te espantas, no tiemblas y no caes en el estupor del intelecto cuando Dios Padre, sin juzgar a nadie, ha dado todo el juicio al Hijo (Jn 5,22), y el Hijo clama: No juzguéis, para que no seáis juzgados (Mt 7,1), no condenéis, para que no seáis condenados (Lc 6,37), y lo mismo el Apóstol: No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor (1 Cor 4,5), y de nuevo: Porque con el juicio con que juzgas te condenas a ti mismo (cf. Rom 2,1)? ¿Cómo, digo, ha llegado a suceder que los hombres, que debían llorar sus propios pecados, arrebaten el juicio de las manos del Hijo y, como si fueran ellos mismos sin pecado, se juzguen y se condenen unos a otros? De esto se espantan los cielos y tiembla la tierra.

– Quien anda curioseando los pecados ajenos, o juzga a su hermano por sospecha, no ha puesto aún el fundamento del arrepentimiento ni ha procurado conocer sus propios pecados, en verdad más pesados que muchas libras de plomo; ni sabe por qué el hombre se vuelve duro de corazón, ama la vanidad y busca la mentira (cf. Sal 4,3); y por eso, como un necio que anda en tinieblas, abandonando sus propios pecados, sueña con los ajenos, reales o imaginados según su sola sospecha.

– Quien habla sin pasión del pecado del hermano lo hace por dos razones: o para corregirlo, o para provecho de otro. Pero si habla sin esos fines, sea consigo mismo o con otro, habla condenando o calumniando al hermano; y tal hombre no escapará al abandono de Dios, sino que caerá necesariamente en ese mismo pecado o en otro, y, reprendido o reprochado por los demás, quedará avergonzado.

Beato Diádoco

– Nadie puede amar sinceramente ni creer de otro modo si no se tiene a sí mismo por su propio acusador. Pues cuando nuestra conciencia se ve atormentada por su propio reproche, ya no se le permite percibir el aroma de los bienes celestiales, sino que al punto se divide en dos por la duda: por la experiencia anterior de la fe se lanza hacia ellos con anhelo ardiente, pero ya no puede acogerlos con amor en el sentimiento del corazón, por los frecuentes remordimientos de la conciencia acusadora. Sin embargo, si nos purificamos con oración ferviente y atención, alcanzaremos de nuevo ese bien deseado, con una experiencia mayor todavía al gustar de Dios. Pues así como nos sentimos atraídos sin querer hacia los bienes que vemos con los sentidos del cuerpo, así también nos conduce hacia los bienes invisibles la percepción intelectual y espiritual, cuando gusta de lo divino. Todo tiende hacia lo que le es semejante: el alma, incorpórea, hacia los bienes celestiales; y el cuerpo, hecho de barro, hacia las dulzuras terrenas. Así pues, llegaremos sin engaño a la experiencia de la percepción inmaterial si con nuestros trabajos afinamos nuestro cuerpo terreno.

San Nicodemo el Hagiorita

– Del amor propio y de la presunción nace en nosotros otro mal que nos causa gran daño: el juicio severo y la condena de nuestro prójimo, por la cual lo tenemos en nada, y a veces lo despreciamos y lo menospreciamos. Al darnos a nosotros mismos un alto valor y una alta estima, es natural que miremos a los demás desde arriba, los condenemos y los despreciemos, pues nos parece que estamos lejos de aquellos defectos que, según creemos, no son ajenos a los otros. Pero no se te ha dado tal potestad; y al arrogártela, tú mismo te haces en ese instante digno de juicio y condena, no ante los hombres débiles, sino ante el Juez omnipotente, Dios de todos.

EL AMOR PROPIO

San Máximo el Confesor

– Guárdate de la madre de los males, el amor propio, que es el amor insensato al cuerpo. Pues de él nacen, como con razón se dice, las tres primeras pasiones capitales y crueles: la glotonería, el amor al dinero y la vanagloria, que toman su pretexto de las necesidades del cuerpo; y de ellas nace toda la multitud de las pasiones. Por eso, como ya se ha dicho, hay que estar muy alerta contra el amor propio y resistirlo con gran vigilancia. Pues destruido él, quedan destruidos todos sus descendientes. La pasión del amor propio inspira al monje a ser indulgente con el cuerpo y con la comida bajo pretexto de conservar la salud y de gobernar el cuerpo con discernimiento, para que poco a poco, desviándose, caiga en el abismo del amor al placer. Y al seglar, por el mero hecho de serlo, le manda proveer a la carne para satisfacer sus concupiscencias (cf. Rom 13,14).

– El principio de todas las pasiones es el amor propio, y su fin es la soberbia. El amor propio es el amor insensato al cuerpo. Quien lo ha cortado ha cortado todas las pasiones que de él proceden. Cuando desechamos el amor propio, madre de todos los males, se corta con él todo lo que de él procede; pues si él no está, no queda en nosotros ninguna forma ni rastro de mal.

San Teodoro de Edesa

– Sobre el amor propio, que a todos aborrece, dijo con razón uno de los sabios: el amor propio, como un tirano encarnizado, está a la cabeza de todos los pensamientos, y esas tres pasiones —el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria— se levantan contra nuestro intelecto. El amor propio, el amor al placer y el amor a la gloria expulsan del alma el recuerdo de Dios; y cuando se arranca el recuerdo de Dios, vive en nosotros la rebelión de las pasiones. El amor propio puede ser padre de innumerables pasiones; por eso, cuando alguien arranca del corazón el amor propio, alcanza fácilmente con la ayuda del Señor el dominio sobre las demás pasiones. Pues de él suelen nacer la ira, la tristeza, el rencor, el amor al placer y la audacia desenfrenada. Y quien es vencido por él queda necesariamente sometido también a las demás pasiones. Y llamamos amor propio a la disposición apasionada y al amor al cuerpo con la satisfacción de sus deseos carnales.

LA IRA Y LA IRRITABILIDAD

Abba Doroteo

– La irritabilidad, según san Basilio el Grande, se llama también bilis punzante. Si quieres, puedes apagarla antes de que se convierta en ira. Pero si sigues turbándote, eres como quien echa leña al fuego, con lo cual lo aviva más, y de él se forman muchas brasas, y eso es la ira. Lo mismo decía el abba Zósimo cuando le preguntaron qué significaba el dicho: «Donde no hay irritabilidad, hay quietud, ausencia de enemistad.» Pues si al comienzo de la turbación uno se apresura a reprocharse a sí mismo y a inclinarse ante el prójimo pidiéndole perdón antes de que la irritabilidad se inflame, entonces conserva la paz. Pero cuando la ira se endurece, se convierte en rencor, del cual el hombre no se librará si no realiza aquí grandes esfuerzos y combates. La irritabilidad se apaga sobre todo con el amor al prójimo, pues, según los santos Padres, el amor es el freno de la irritabilidad.

La ira

San Máximo el Confesor

– Cuando alguien te ofenda o te desprecie en algo, guárdate de los pensamientos de ira, no sea que, con ocasión de esa ofensa, te aparten del amor y te trasladen a la región del odio.

San Teodoro de Edesa

– No dejes que la ira y el furor aniden en tu alma, pues el hombre furioso es indecoroso (cf. Prov 11,25), mientras que la sabiduría reposa en el corazón de los mansos (cf. Prov 14,33). Si la pasión de la ira domina tu alma, los que viven en el mundo serán mejores que tú; y quedarás cubierto de vergüenza, resultando ser un monje sin valor.

San Nilo del Sinaí

– La ira, pasión cruel, priva fácilmente del entendimiento incluso a los que saben, vuelve feroz el alma y hace huir del trato amistoso.

– La oración del irritado es incienso repugnante; el salmo del airado, un sonido desagradable.

– Si tienes cimiento firme en el amor, atiende más a él que a lo que te ofende.

San Antonio el Grande

– Quien no se aíra es perfecto y divino, está lleno de gozo y es morada del Espíritu de Dios. Como el fuego quema grandes bosques cuando se lo descuida, así la maldad, si la dejas entrar en tu corazón, destruirá tu alma, manchará tu cuerpo y te traerá muchos pensamientos falsos; enciende riñas, disputas, murmuraciones, envidia, odio y pasiones malignas semejantes, que consumen el cuerpo mismo y lo enferman. Apresúrate a adquirir la bondad y la sencillez, para que nuestro Señor Jesucristo te acoja consigo y para que cada uno de vosotros pueda decir con gozo: Me sostuviste por mi inocencia y me estableciste ante ti para siempre (cf. Sal 40,13).

San Isidoro de Pelusio

– El prejuicio es cortedad de vista; el odio, en cambio, es ceguera total: nada ve.

Sobre el buen uso de la ira

San Juan Casiano

– A veces la ira nos presta un servicio muy provechoso: cuando nos airamos e irritamos contra los movimientos de placer de nuestro corazón, o cuando nos airamos contra la ira misma, porque se ha deslizado en nosotros para sublevarnos; o cuando nos airamos contra los demonios que nos tientan.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Al hombre se le han dado la ira y el deseo, pero también se le ha dado el entendimiento; y mientras ese entendimiento estuvo sano, también aquellos movimientos permanecían en su orden: es decir, el deseo tendía hacia los bienes espirituales de Dios y los anhelaba, y la ira, a su vez, aguijoneaba y tensaba ese mismo deseo, para que con mayor fervor anhelara esos bienes divinos.

SOBRE EL AMOR AL DINERO Y EL DESPRENDIMIENTO

San Juan Clímaco

– El amor al dinero es idolatría, hija de la incredulidad; se excusa con las enfermedades, profetiza la vejez, presagia el hambre y anuncia la sequía.

– El amante del dinero se burla del Evangelio y es transgresor voluntario. Quien ha alcanzado el amor derrocha el dinero; y quien dice que vive por el amor y por el dinero a la vez se engaña a sí mismo.

– Quien ha vencido la pasión del amor al dinero ha puesto fin a las preocupaciones; y quien está atado por ella jamás orará con corazón puro.

– El principio del amor al dinero es la intención de dar limosna, y su fin es el odio a los pobres. Mientras empiezas a juntar, eres misericordioso; pero cuando llega el dinero, aprietas las manos.

– El desprendimiento es el abandono de las preocupaciones, la despreocupación de las cosas mundanas, el caminante que no halla obstáculos, la fe en los mandamientos; la tristeza le es ajena.

– El hombre desprendido es puro en la oración, mientras que el avaro ora a los ídolos materiales.

El amor al dinero es raíz de todos los males (1 Tim 6,10), pues engendra odio, pleitos, envidia, separaciones, enemistades, turbación, discordias, dureza de corazón y homicidio.

San Máximo el Confesor

– La pasión del amor al dinero se descubre en quien recibe siempre con alegría y da con tristeza.

– Desprendido es quien renuncia a todos sus bienes y no tiene nada en la tierra salvo el cuerpo, y, desechando toda inclinación hacia él, ha confiado todo el cuidado de sí mismo a Dios y a los hombres piadosos. De los que adquieren bienes, unos los adquieren sin pasión, y por eso, aun cuando se les priva de ellos, no se entristecen, aceptando el despojo de sus bienes con gozo (Heb 10,34). Otros los adquieren con pasión; por eso, cuando están a punto de perderlos, se entristecen como el rico del Evangelio, que se fue apenado (Mt 19,22); y si de veras los pierden, se afligen hasta la muerte. Así pues, la privación de los bienes revela el carácter del que los posee, si es desapegado o apasionado.

– Tres son las causas del amor a la riqueza: el amor al placer, la vanagloria y la incredulidad; y más fuerte que las dos primeras es la incredulidad. El amante del placer ama el dinero para gozar con él; el vanaglorioso, para hacerse famoso; y el incrédulo, para esconderlo y guardarlo, temiendo el hambre, la vejez, la enfermedad o el destierro; y confía más en él que en Dios, Creador y Proveedor de todo lo creado, hasta de los animales más pequeños y humildes.

Abba Talasio

– El amor al dinero es alimento de las pasiones, en cuanto sostiene y desarrolla esa pasión que todo lo abarca: el amor propio.

Elías el Ecdico

– Verdaderamente misericordioso no es quien da voluntariamente lo superfluo, sino quien cede de buen grado lo necesario a los que se lo arrebatan.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– No basta con salvar a alguien una sola vez ni con hacer misericordia a un solo hombre; pues si alguien lo desprecia, se hace reo del fuego eterno. Porque «tuve hambre» y «tuve sed» no se refieren a una sola ocasión ni a un solo día, sino a toda la vida. Del mismo modo, «me disteis de comer, de beber, me vestisteis», y lo demás, no indica un acto único, sino un obrar constante y para con todos. Cristo, nuestro Señor y Dios, confesó que Él mismo recibe esa misericordia de sus siervos en la persona del necesitado. Quien haya dado limosna a cien necesitados, pudiendo darla a otros más, y haya dado de comer y de beber a muchos, pero haya rechazado a los que le suplicaban y clamaban a él, será juzgado por Cristo como quien no lo alimentó a Él. Pues en todos ellos es el mismo a quien alimentamos en cada uno de los pobres.

San Isaac el Sirio

– Si el misericordioso no está por encima de su propia justicia, no es misericordioso; es decir, el verdaderamente misericordioso no solo da limosna de lo suyo, sino que también soporta con gozo la injusticia de otros y tiene misericordia de ellos.

– Misericordioso es quien da la vida por su hermano; y no es misericordioso solo quien hace misericordia a su hermano con la limosna, sino quien, si su hermano lo golpea, no tiene la desvergüenza de responderle y entristecer su corazón.

– Quien ama el brillo de las cosas no puede alcanzar pensamientos libres, pues el corazón se configura interiormente a semejanza de las imágenes exteriores.

– Nada puede acercar tanto el corazón a Dios como la limosna; y nada engendra tanta quietud en el alma como la pobreza voluntaria.

– No trates de distinguir al digno del indigno; que todos los hombres te sean iguales para la buena obra. Pues así podrás atraer también a los indignos hacia el bien, porque el alma es llevada al temor de Dios por medio del cuerpo.

– Sin desprendimiento el alma no puede librarse de la rebelión de los pensamientos; y sin obligar a los sentidos a sumergirse en la quietud, no sentirá la paz en su pensamiento.

– Quien se compadece del mendigo tiene a Dios por guardián suyo; y quien se hace pobre por Dios hallará un tesoro que no falla. Dios no necesita nada, pero se alegra cuando ve que el hombre da descanso a su imagen y la honra por Él. Cuando alguien te pida de lo que tienes, no digas en tu corazón: «Lo guardaré para mi alma, para que descanse en ello, y Dios le dará de otra parte lo que necesita.» Tales pensamientos son propios de los hombres injustos y de quienes no conocen a Dios. El hombre justo y bueno no cede a otro su honor ni deja pasar sin obra el tiempo de la gracia. El pobre y el necesitado reciben de Dios lo suyo, pues el Señor no abandona a nadie. Pero tú, al despedir al desdichado, te has apartado del honor que Dios te había concedido y has retirado de ti su gracia.

LA IMPUREZA (LA FORNICACIÓN)

San Macario el Grande

– La tarea principal del asceta consiste en entrar en su corazón y entablar allí la guerra contra Satanás, aborrecerlo y combatirlo resistiendo a sus pensamientos. Pues si alguien guarda su cuerpo en apariencia libre de corrupción y de fornicación, pero por dentro fornica ante Dios, fornicando con el pensamiento, de nada le sirve tener un cuerpo virgen. Porque está escrito: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha adulterado con ella en su corazón (Mt 5,28). Hay una fornicación que se comete con el cuerpo, y hay una fornicación del alma, que es el trato con Satanás.

Beato Diádoco

– Cuando el hombre de Dios ha vencido casi todas las pasiones, todavía se alzan contra él dos demonios: uno atormenta el alma, incitando al asceta, por su gran amor a Dios, a un celo excesivo, de modo que no quiera permitir que otro agrade a Dios más que él; y el otro atormenta el cuerpo, excitándolo con un movimiento ardiente hacia la pasión carnal. Y esto ocurre en el cuerpo porque tal dulzura de la pasión es inherente a nuestra naturaleza, arraigada en ella para la procreación de los hijos; por eso no es fácil vencerla, y solo se la vence con la permisión de Dios. Pues cuando el Señor ve que algún asceta se eleva demasiado por la multitud de sus virtudes, a veces permite que sea molestado por ese demonio repugnante, para que se tenga por el peor de todos los vivientes. A veces tal ataque de la pasión sobreviene después de las buenas obras, y a veces antes; y ese movimiento de la pasión, ya preceda a las obras, ya las siga, hace que el alma se vea a sí misma como la más vil, por grandes que sean sus obras. Combatamos, pues, contra el primer demonio acrecentando la humildad y el amor, y contra el segundo con la templanza, la ausencia de imaginaciones y la profundización del recuerdo de la muerte, para sentir así en nosotros la acción incesante del Espíritu Santo y hacernos en el Señor superiores también a esas pasiones.

San Nilo del Sinaí

– Mejor te es acercarte a un fuego encendido que a una mujer joven, siendo tú mismo joven. Pues al sentir el dolor del fuego cuando te acercas a él, saltas al instante a un lado; pero si te deleitas en las palabras de una mujer, no podrás apartarte de repente.

– Mira, hombre, la templanza; no te engañes con esperanzas inciertas bajo pretexto de arrepentimiento. Pues a muchos se los llevó la muerte de improviso, y otros no pudieron levantarse de sus caídas habituales, atados por la dulzura de la carne como por una ley. ¿Cómo sabes tú si vivirás y te arrepentirás? ¿Quién te ha asignado los años de tu vida? Caes, y sigues dando gusto a tu cuerpo, cuando deberías más bien entregarte al recuerdo de la muerte, para representarte en el corazón la terrible sentencia del Juicio y abolir así la sabiduría de la carne encendida.

San Efrén el Sirio

– Si no permites que se acumulen las aguas sucias en tu patio, tampoco permitas que se afiancen en ti los deseos carnales.

San Antonio el Grande

– La vida de la carne y el goce de esta vida, con gran riqueza y poder, son muerte para el alma; y, al contrario, el trabajo, la paciencia, la pobreza con acción de gracias y la mortificación del cuerpo son vida para el alma y camino hacia el consuelo eterno.

San Nicodemo el Hagiorita (del libro La guerra invisible)

– Evita cuanto puedas todas las ocasiones que puedan turbar la paz de tu carne, sobre todo los encuentros con personas del otro sexo. Y si alguna vez surge la necesidad de tratar con tal persona, que la conversación sea breve, guardando no solo modestia sino cierta severidad en el rostro; y que tus palabras, con toda benevolencia, sean más comedidas que afables.

– En este combate, huye cuanto puedas: a) del trato con personas que puedan serte ocasión de tentación, si de veras no quieres caer cautivo del pecado y pagar un tributo que es muerte del alma. ¿No es esto lo que señalaba el Apóstol cuando mandaba a los corintios: Huid de la fornicación (1 Cor 6,18)? b) Huye de la ociosidad y de la pereza, y mantente animoso, con todos los ojos atentos a tus pensamientos, disponiendo y llevando con sensatez los asuntos que exige tu estado. c) No quebrantes nunca la palabra de tus superiores y padres espirituales, sino sométeteles de buen grado en todo, cumpliendo pronta y voluntariamente cuanto te manden, y sobre todo aquello que te resulte humillante y contrario a tu voluntad y a tus inclinaciones. d) No te permitas nunca la osadía de juzgar a tu prójimo, ni juzgar ni condenar a nadie, sobre todo por este mismo pecado carnal, aunque alguien haya caído manifiestamente en él; antes bien, ten compasión y piedad de él; no te ofendas con él ni te rías de él, sino toma de su ejemplo una lección de humildad y de conciencia de que tú mismo eres sumamente débil e inclinado al mal, movido como el polvo del camino, y dite: hoy ha caído él, mañana caeré yo. Sabe que, si te apresuras a juzgar y a despreciar a los demás, Dios te castigará dolorosamente por ello, permitiendo que caigas tú mismo en ese mismo pecado por el que condenas a otros. No juzguéis, para que no seáis juzgados (Mt 7,1), y no seréis condenados por lo mismo. e) Presta atención a ti mismo y vigílate. Si has recibido algún don de Dios o te hallas en un buen estado espiritual, no te dejes llevar por la arrogancia de pensamientos vanos y soñadores sobre ti mismo, como si fueras algo mejor que los demás. En cuanto pienses así, caerás con la facilidad de una hoja de otoño que se desprende del árbol.

LA RISA

San Juan de Carpatos

– Nada suele estropear tanto la buena disposición como la risa, las bromas y la charla vana. Y, al contrario, nada renueva tanto el alma agotada ni la prepara para acercarse a Dios como el temor de Dios, la atención, el estudio incesante de las palabras de Dios, el armarse con la oración y la búsqueda de obras fecundas.

La risa y la desenvoltura

San Efrén el Sirio

– El principio de la corrupción espiritual en el monje son la risa y la desenvoltura. Cuando veas eso en ti —que has llegado a lo hondo de ese mal—, no dejes de orar a Dios para que te libre de esa muerte. La risa y la desenvoltura hunden en pasiones vergonzosas no solo a los monjes jóvenes, sino también a los ancianos. Y decía un anciano de la desenvoltura: la desenvoltura es como un viento abrasador que destruye los frutos del monje. La risa priva al hombre de la bienaventuranza prometida a los que lloran (cf. Mt 5,4), arruina el buen orden interior, ofende al Espíritu Santo, daña al alma y corrompe al cuerpo. La risa ahuyenta la virtud, no recuerda la muerte ni piensa en los tormentos.

– Huye de la desenvoltura, que, a mi juicio, es el principio de todos los males. Si no la refrenas, te hará desvergonzado.

Abba Doroteo

– La desenvoltura puede ser de muchas clases: se puede ser desenvuelto en las palabras, en los gestos y en la mirada. Por la desenvoltura algunos caen en palabras vanas, hablan de cosas mundanas, hacen bufonadas y provocan en otros risas indecorosas. Es desenvoltura también tocar a otro sin necesidad, alargar la mano a alguien entre risas, empujar a alguien, arrancarle algo de las manos, mirar a alguien con descaro: todo eso lo hace la desenvoltura, y todo ello ocurre porque no hay en el alma temor de Dios. Y de ahí el hombre llega poco a poco a la negligencia perfecta. Por eso Dios, al dar los mandamientos de la Ley, dijo: «Haced reverentes a los hijos de Israel» (cf. Lv 15,31); pues sin reverencia y sin pudor recatado —es decir, sin ausencia de desenvoltura— el hombre no honra ni a Dios mismo ni guarda uno solo de sus mandamientos. Por eso nada hay más dañino que la desenvoltura: por eso es madre de todas las pasiones, pues expulsa la reverencia, ahuyenta del alma el temor de Dios y engendra la negligencia.

San Isaac el Sirio

– No te hagas amigo del que ama la risa y gusta de exhibirse ante los hombres, para que no te enseñe la costumbre del relajamiento.

San Antonio el Grande

– En cuanto sea posible, evita las bromas y las palabras que provocan risa.

– San Antonio no halló en la vida del monje lugar alguno para la risa; y cuando los discípulos le preguntaron: «¿Podemos reírnos alguna vez?», respondió: «Nuestro Señor condena a los que ríen cuando dice: ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque lloraréis y os lamentaréis! (Lc 6,25). Así pues, el monje fiel no debe reír; más bien debemos llorar por los que blasfeman el nombre de Dios, pues quebrantan su ley y viven toda su vida en pecados. Lloremos y gimamos, suplicando sin cesar a Dios que no los deje endurecerse en los pecados y que la muerte no los sorprenda antes del arrepentimiento.»

EL SUEÑO

Beato Diádoco

– Los sueños que se presentan al alma por el amor de Dios son señales infalibles de salud espiritual. No cambian de una imagen a otra, no infunden temor, no provocan risa ni tristeza repentina, sino que se acercan al alma con toda serenidad y la llenan de gozo espiritual; por eso el alma, aun después de que el cuerpo despierte, busca con todo su deseo aquello que se le enseñó en el sueño. Los sueños demoníacos son en todo lo contrario: no permanecen iguales, no muestran mucho tiempo su forma y su aspecto sin alteración; pues lo que no está en su voluntad y de lo que solo toman prestada la apariencia no puede mantenerse mucho tiempo en su única mentira. Al mismo tiempo hablan mucho, prometen grandes cosas y aún más asustan con amenazas, apareciendo a menudo con figura de guerreros; a veces cantan al alma algo lisonjero con grandes voces. El intelecto, cuando es puro, los reconoce pronto, y a veces con esa tensión despierta al cuerpo, y a veces permanece en el mismo estado, alegrándose de haber podido reconocer su malicia, y en el mismo sueño los reprende, provocando así en ellos gran ira. Sin embargo, sucede que ni siquiera los buenos sueños traen alegría al alma, sino cierta tristeza dulce y lágrimas sin dolor. Esto ocurre a quienes han progresado ya con gran humildad. Hemos expuesto cómo distinguir los sueños buenos de los malos según lo que hemos oído de ancianos experimentados. Pero nos apremia más que una gran virtud esta regla: no creer en ningún sueño. Pues los sueños las más de las veces no son otra cosa que ídolos de los pensamientos, juego de la imaginación o burla y diversión de los demonios. Y si, guardando esa regla, alguna vez no aceptamos un sueño que nos fuera enviado por Dios, no se irritará por ello con nosotros el Señor Jesús, que ama a los hombres, sabiendo que nos atrevemos a ello por temor a las trampas demoníacas. Pues aunque el modo indicado de discernir los sueños es verdadero, sucede que el alma, arrebatada por el enemigo y manchada de manera inadvertida e involuntaria —cosa que, según pienso, nadie puede evitar del todo—, pierde el rastro del recto discernimiento y cree que los sueños malos son buenos.

San Máximo el Confesor

– Cuando el alma empiece a sentirse sana, entonces comenzará a ver sueños puros y serenos.

San Nicetas Stethatos

– De lo que se representa durante el sueño, una cosa es el sueño, otra la visión y otra la revelación. Los sueños son imágenes que no permanecen inmutables en la imaginación del intelecto; en ellos los objetos se mezclan, unos desplazan a otros o se transforman en otros; de ellos no queda nada y desaparecen junto con el despertar. A tales sueños deben despreciarlos los más fervorosos. La visión es aquello que permanece siempre, que no se transforma de una cosa en otra y que queda inolvidable en la memoria durante muchos años: muestra acontecimientos futuros provechosos para el alma, la lleva a la ternura de corazón mediante la representación de espectáculos terribles; y quien la ve se vuelve recogido y tembloroso por la meditación constante de esas cosas terribles. Los más cuidadosos deben tener por valiosas tales visiones. La revelación es aquella que es ante todo percepción de la contemplación en un alma purísima e iluminada, que representa la obra divina admirable, la comprensión de los misterios ocultos de Dios, la revelación de lo que nos es más importante y el sentido general de los asuntos del mundo y de los hombres.

Santos Barsanufio y Juan

– Los sueños nocturnos y las poluciones proceden unas veces del engreimiento, otras de la saciedad y otras de la envidia del diablo. Y hay que decir que, cuando el enemigo no encuentra apoyo en el engreimiento y en la glotonería, no puede repetirlos a menudo. Como el constructor de una casa, si no halla los materiales necesarios, trabaja en vano, así también el diablo.

San Juan Clímaco

– El sueño es cierta contracción de la naturaleza, imagen de la muerte, inactividad de los sentidos. El sueño es uno, pero tiene muchos orígenes, como también las pasiones: se produce por exigencia natural, por la comida, por los demonios y a veces por un ayuno extremadamente prolongado, del que la carne debilitada quiere sostenerse con el sueño.

– Así como el mucho beber depende de la costumbre, así también el mucho dormir. Sobre todo al principio de la obediencia luchemos contra el sueño, pues una costumbre prolongada es difícil de curar.

LA ENVIDIA

San Máximo el Confesor

– Es difícil detener la tristeza del envidioso, pues tiene por desgracia propia aquello que envidia en ti. Y no hay otro modo de calmarlo sino ocultándoselo. Pero si eso que le causa tristeza es provechoso para muchos, ¿a cuál de las dos cosas hay que atender? Hay que atender a lo que es provechoso para muchos; pero, en cuanto sea posible, no hay que descuidarlo a él ni dejarse arrastrar por la astucia de la pasión, socorriendo no a la pasión, sino al que padece por ella; hay que tenerlo, por humildad, por superior a uno mismo y darle preferencia en todo tiempo, en todo lugar y en todo asunto. Y podrás cortar tu propia envidia si te alegras con aquel a quien envidias cuando él se alegra, y te entristeces con él por aquello que lo entristece, cumpliendo el mandato del Apóstol: Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran (Rom 12,15).

LA TRISTEZA Y EL DESALIENTO

Beato Diádoco

– Cuando el alma comienza a no desear las cosas hermosas de la tierra, entonces suele penetrar en ella cierto espíritu sombrío que no le deja trabajar en el servicio de la Palabra ni le permite conservar el deseo firme de los bienes futuros; y le hace despreciar esta vida como sumamente vana, indigna de las obras de la virtud, y despreciar el conocimiento mismo, como algo dado a muchos otros y sin nada particular para nosotros. Esta pasión tibia y perezosa la evitaremos si ponemos límites muy estrechos a nuestro pensamiento, permaneciendo atentos al solo recuerdo de Dios; pues solo así el intelecto, elevándose a su ardor propio, puede rechazar de sí esa disolución irracional.

San Juan de Carpatos

– La desesperación es más ruinosa que el pecado. Judas el traidor era pusilánime e inexperto en el combate, y por eso cayó en la desesperación; y el enemigo, acudiendo veloz, le echó el lazo. Pedro, en cambio, roca firme, aun habiendo sufrido una caída terrible, como maestro del combate no perdió el ánimo ni cayó en la desesperación en su honda tristeza, sino que, levantándose de un salto, derramó las lágrimas más amargas de un corazón contrito y humillado; y nuestro adversario, al verlo, como abrasado por una llama poderosa, retrocedió al punto y huyó lejos dando gritos de furia.

Abba Talasio

– Quien no ha podido acoger la tristeza loable se entristece por los placeres del cuerpo; pero quien los desprecia permanece libre de tristeza.

Elías el Ecdico

– Ni el pecador ni el justo están libres de tristeza; pero el primero se entristece porque aún no ha renunciado del todo al pecado, y el segundo porque aún no ha alcanzado todo el bien.

– No pierdas el ánimo al mirar la dificultad de la enfermedad de tu alma; antes bien, usa contra ella el remedio más eficaz —los esfuerzos difíciles— y apártate de ella, si de veras te preocupa la salud de tu alma.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– No solo el hombre silencioso o el novicio, sino también el abad, superior de muchos, y el que todo lo organiza, deben estar libres de preocupaciones, es decir, libres del cuidado angustioso de las necesidades cotidianas. Pues si nos preocupamos, resultamos transgresores del mandamiento de Dios: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis… porque todas esas cosas las buscan los gentiles (Mt 6,25.32).

San Nilo del Sinaí

– El monje triste no conoce el gozo espiritual. La tristeza es desaliento del alma y puede ser consecuencia de pensamientos de ira; pues la ira busca la venganza, y el fracaso de la venganza engendra tristeza.

– El monje triste no llevará su intelecto a la contemplación ni elevará jamás una oración pura, pues la tristeza pone obstáculos a todo bien. Quien está triste no conoce el gozo espiritual, como el que padece fiebre alta no siente el sabor de la miel.

– La tristeza según Dios renueva el alma con lágrimas, infunde un cuidado atento ante la cercanía de la muerte y del juicio, y poco a poco nos enseña a esperarlos con deseo.

– La tristeza puede ser enfermedad del alma y del cuerpo: se lleva cautiva el alma y seca la carne, dejándola en su sitio.

– La tristeza nace de lo que repugna —las desgracias, las penas, el dolor—; de la tristeza nace el ánimo sombrío; y de ambas cosas se engendra la murmuración insensata, el quejarse de todo.

– Si quieres sofocar la tristeza y el ánimo sombrío, reviste el amor bondadoso y vístete de un gozo sin malicia.

– En las tribulaciones sé sumamente agradecido, pues por ellas se percibe con más claridad la gracia de la protección divina. Así, expulsando la tristeza con la acción de gracias por las tribulaciones que te han sobrevenido, no oscurecerás la belleza luminosa de la fortaleza de ánimo.

– El desaliento es agotamiento del alma; y el alma que no tiene dentro lo que le corresponde por naturaleza no soporta con valentía las tentaciones.

– En cada asunto fija para ti mismo una medida y no lo dejes antes de acabarlo; y ora también con discernimiento e intensidad, y el espíritu de desaliento huirá de ti.

– Ten la pereza por madre de los males, pues lo que tienes te lo roba y lo que no tienes no te deja adquirirlo.

San Juan Clímaco

– Hay una desesperación que viene de la multitud de pecados y del peso de la conciencia; y hay una desesperación que viene de la soberbia y del engreimiento, cuando los que han caído en pecado piensan que no merecían haber sido abandonados hasta esa caída: la primera se cura con la abstención de los pecados y con la buena esperanza; y la segunda, con la humildad y con el no juzgar a nadie.

LOS PECADOS DEL PENSAMIENTO

San Máximo el Confesor

– Unas pasiones pertenecen a la potencia irascible del alma y otras a la desiderativa. Ambas se excitan por medio de los sentidos; y se excitan cuando el alma está fuera del amor y de la templanza. Es más difícil vencer las pasiones de la potencia irascible del alma que las de la desiderativa; por eso el Señor les dio el remedio más fuerte: el mandamiento del amor. La excitación frecuente de la potencia desiderativa del alma arraiga en ella una costumbre invencible de los tratos con el placer; y la indignación frecuente de la potencia irascible vuelve al intelecto tímido y lo priva de valentía. La primera se cura con el ayuno prolongado, la vigilia y la oración; la segunda, con la bondad, la beneficencia, el amor y la misericordia. Todos los pensamientos apasionados o excitan la potencia desiderativa del alma, o turban la irascible, o oscurecen el intelecto; y por ello el intelecto queda ciego para la contemplación espiritual y para el ascenso de la oración. Quien practica el silencio debe atender con cuidado a los pensamientos, aprender sus causas y cortarlos. Y ha de aprender de este modo: la potencia desiderativa del alma la excitan los recuerdos apasionados de las mujeres, y su causa es la intemperancia en la comida y la bebida y el trato frecuente e insensato con mujeres. Y se cortan con el hambre, la sed, la vigilia y la soledad. La potencia irascible la excitan los recuerdos apasionados de las personas que nos han afligido; y la causa de ello es el amor al placer, la vanagloria y el amor a las cosas materiales, por las que el apasionado se entristece, ya porque las ha perdido, ya porque no las ha obtenido. Y se cortan despreciando y menospreciando esas cosas por amor de Dios.

San Gregorio el Sinaíta

– En la potencia pensante del alma nacen y obran los pensamientos; en la irascible, las pasiones bestiales; en la desiderativa, las pasiones animales; y en la cabeza, las imaginaciones fantasiosas de los pensamientos.

Santos Calixto e Ignacio

– Decían los Padres: refrenad la parte irascible del alma con el amor; marchitad la desiderativa con la templanza; y dad alas a la pensante con la oración. Y la luz del intelecto jamás se oscurecerá en ti. La ira se refrena con el silencio oportuno; el deseo insensato, con la comida moderada; y los pensamientos desenfrenados, con la oración de una sola dirección.

NUESTROS SENTIDOS

Beato Diádoco

– Que la vista, el gusto y los demás sentidos dispersan el recuerdo del corazón cuando usamos de ellos sin medida, es lo primero que nos enseña Eva. Mientras no miró con placer el árbol prohibido, guardaba con cuidado el mandamiento de Dios; y por eso, como cubierta por las alas del amor divino, no conocía su desnudez. Pero cuando miró el árbol con deleite, lo tocó con gran pasión y por fin comió de su fruto con un deseo desenfrenado, al punto adquirió la inclinación al placer carnal; y, como desnuda, unida a esa pasión, entregó todo su deseo al gusto de los placeres presentes, mezclando por la acción del atractivo visible del fruto su propia caída con la de Adán; y a consecuencia de ello se hizo difícil al hombre recordar a Dios y sus mandamientos. Nosotros, en cambio, mirando siempre a lo hondo de nuestro corazón con el recuerdo incesante de Dios, recorramos esta vida engañosa como quien tiene los ojos ciegos; pues es propio de la verdadera sabiduría espiritual conservar sin distracción el ímpetu del alma y no dejarlo dispersarse en la contemplación de las cosas hermosas a la vista. Eso mismo nos enseña el experimentadísimo Job cuando dice: Si mi corazón siguió a mis ojos… (cf. Job 31,7). Y ese modo de obrar es señal segura de una templanza extrema, es decir, de concentrar todas las fuerzas espirituales —el intelecto, los sentidos, la voluntad— en Dios solo.

San Juan de Carpatos

– Para no dispersarnos ni dejarnos engañar por la mundanidad, conviene escuchar al profeta, que dijo: Ven, pueblo mío, entra en tus aposentos —en el templo de tu corazón, oculto a toda impresión sensible, en esa morada sin imágenes que es la impasibilidad y la sombra de la santa gracia—; cierra la puerta a todo lo visible, escóndete por un breve momento, pues toda la vida humana es breve; y añade después: hasta que pase la ira del Señor (cf. Is 26,20). Pues así como se llama ira de Dios al castigo de las iniquidades, así también los demonios, las pasiones y los pecados son la ira de Dios, como dice Isaías a Dios: He aquí que te has airado, porque hemos pecado (cf. Is 64,5).

EL AJETREO MUNDANO

San Antonio el Grande

– Si amas la vida serena, no entres en el círculo de los que ponen todo su cuidado en las cosas del mundo; y si por casualidad te encuentras entre ellos, sé como si no estuvieras allí.

San Máximo el Confesor

– A quien ama la vanagloria o está apegado a alguna cosa material le es propio irritarse con los hombres por lo temporal, o guardarles rencor, o tenerles odio, o ser esclavo de pensamientos vergonzosos. Todo eso es ajeno al alma que ama a Dios.

San Isaac el Sirio

– Si no tienes obras, no hables de virtudes.

LOS AMIGOS

San Máximo el Confesor

– Muchos son los amigos, pero en tiempo de prosperidad; en tiempo de tentaciones, en cambio, apenas hallarás uno.

– A todo hombre hay que amarlo de corazón, pero la esperanza y la confianza hay que ponerlas solo en Dios y servirle solo a Él con todas las fuerzas. Mientras Él nos guarda, todos nuestros amigos nos son favorables y nuestros enemigos no tienen fuerza para hacernos mal. Pero cuando Él nos abandona, entonces todos nuestros amigos se apartan de nosotros y los enemigos toman poder sobre nosotros. Los amigos de Cristo aman a todos sinceramente, pero no todos los aman. Los amigos del mundo ni aman a todos ni son amados por todos. Los amigos de Cristo guardan hasta el fin el vínculo del amor; los amigos del mundo, en cambio, se enemistan enseguida por cualquier cosa terrena.

De la vida de san Antonio el Grande

– Los herejes arrianos, que enseñaban impíamente sobre el Hijo de Dios, hicieron correr el rumor de que el asceta venerado por todos y habitante del desierto, Antonio el Grande, había entrado en relaciones amistosas con ellos. Asombrado de tan descarada mentira, san Antonio se encendió en justa ira y partió al punto a Alejandría. Allí, ante el obispo y todo el pueblo, los cubrió de anatema, llamándolos precursores del Anticristo.

De los consejos de los maestros de la Iglesia

– Hoy se han hecho rarísimos los ejemplos de amistad verdadera, no de la ilusoria, que dura solo hasta la primera riña. ¿Y por qué? Por nada más que por la decadencia de la fe y de la piedad entre nosotros. La amistad es el grado más alto del amor. No es de extrañar que no veamos hoy amistad, cuando entre nosotros ¡casi no hay ni siquiera el amor común mandado por Cristo! Es cierto que hoy muchos se llaman amigos; pero son o amigos de mesa, que son tus amigos mientras eres feliz, pero si caes o te sobreviene la desgracia se ponen contra ti y se apresuran a esconderse de tu rostro (cf. Eclo 6,10); o bien amigos solo para el mal, que son enemigos y no amigos. Pero si es tan difícil hallar un amigo verdadero, ¡cuánto hay que apreciar al amigo si se tiene uno! No abandones al viejo amigo, dice el sapientísimo Sirácida (cf. Eclo 9,12). El amigo fiel es protección poderosa: quien lo halla, halla un tesoro (cf. Eclo 6,14). Tenga uno o no amigos según su corazón, recuerde que cada uno de nosotros tiene un Amigo en el cielo: el Amigo único, incomparable e inmutable, el Señor Jesús, nuestro Dios. Vosotros sois mis amigos, dice, si hacéis lo que yo os mando (Jn 15,14-15). Y esa es la indicación para todos nosotros sobre con quién podemos y con quién no podemos trabar amistad: solo con aquellos que están dispuestos a agradar juntamente con nosotros al Señor Jesús, cumpliendo sus santos mandamientos.

LA VIRGINIDAD Y LA CASTIDAD

San Teognosto

– No hay otro combate tan grande como el combate de la virginidad y de la castidad. Quien guarda sinceramente el celibato es objeto de admiración para los ángeles y es coronado no menos que los mártires. Pues quien, atado a la carne y a la sangre, se esfuerza siempre por imitar a los incorpóreos y llega a ser incorpóreo por la pureza, ¡cuántos trabajos y cuántos ayunos le hacen falta! Y en verdad ese trabajo es tan grande y sublime que resultaría imposible, por ser sobrenatural, si Dios no mostrase desde lo alto su protección, fortaleciendo y afianzando esta naturaleza débil y fluida y elevándola en cierta medida de la tierra con el amor divino y con la esperanza de la recompensa prometida.

San Nicetas Stethatos

– No digas en tu corazón: «Me es ya imposible recobrar la pureza de la virginidad, después de haberme corrompido tantas veces y de haber caído bajo el furor de la carne.» Pues donde a los sufrimientos se añaden los trabajos y los esfuerzos del arrepentimiento, y donde corren ríos de lágrimas de ternura con el calor del alma, allí quedan destruidas todas las fortalezas del pecado, se apaga todo fuego de las pasiones y se realiza desde lo alto un nuevo nacimiento por la inspiración del Espíritu Consolador; y el alma se vuelve de nuevo cámara de la pureza y de la virginidad, en la cual Dios, el más natural de todos, desciende en luz y gozo inefables y se sienta como en trono de gloria en la cima del intelecto, y da descanso a las potencias que hay en ella, diciendo así: «Paz a vosotras de las pasiones que os combaten; mi paz os doy para la acción que os es natural; mi paz os dejo para alcanzar la perfección sobrenatural.» Habiendo sanado así, con el don triple de la paz, la naturaleza tripartita del alma, y habiéndola elevado a la perfección trinitaria y unido consigo mismo, Dios la hace ya virgen entera, buena, toda hermosa, llenándola con el perfume de la mirra de la pureza, y le dice: Levántate, ven, amiga mía, hermosa mía, paloma mía, en la sabiduría activa; mira, ha pasado el invierno de las pasiones, ha cesado la lluvia de los pensamientos de placer, han aparecido las flores de las virtudes con la fragancia de los pensamientos en la tierra de tu corazón (cf. Cant 2,10-14).

– Según la enseñanza de la palabra de Dios, la virginidad es mucho mejor que el matrimonio, si se la guarda pura. Y grande es la recompensa que Dios ha preparado para la virginidad, según las palabras del vidente Juan el Teólogo: Y miré, y he aquí el Cordero de pie sobre el monte Sión, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente el nombre de su Padre. Y oyó que cantaban un cántico nuevo ante el trono de Dios… Y nadie podía aprender aquel cántico sino ellos. ¿Quiénes son estos? —preguntas—. Y él responde: Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes; estos siguen al Cordero adondequiera que va; estos fueron rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero (cf. Ap 14,1-4). Pero el Señor mismo nos advirtió que no todos son capaces de la virginidad: No todos comprenden esta palabra, sino aquellos a quienes se les ha concedido (Mt 19,11). Él mismo no llamó a todos al combate de la virginidad, sino solo a los capaces, a quienes se les da ese don: El que pueda entenderlo, que lo entienda (Mt 19,12).

– La virginidad y el matrimonio no son para todos; pero la castidad —es decir, la pureza de costumbres y la piedad— sí lo es para todos. Pues se ha manifestado la gracia de Dios, que salva a todos los hombres, para que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos en el tiempo presente con castidad, justicia y piedad. ¿Y qué significa «con castidad»? O en la pureza de la virginidad, o en la honestidad del matrimonio; en ambos casos, con el rechazo de las pasiones mundanas y sobre todo de las pasiones carnales, que combaten contra el alma (1 Pe 2,11). Solo así quienes viven en este siglo pueden aguardar la esperanza bienaventurada (cf. Tit 2,13).

LAS LÁGRIMAS

Elías el Ecdico

– A quien ensancha el camino se le secan las lágrimas; pero a quien ama la senda estrecha lo inundan como una gran fuente.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Que nadie nos engañe con palabras vanas acerca del llanto y las lágrimas, ni nos engañemos a nosotros mismos: no hay arrepentimiento, ni verdadero propósito de cambio, ni temor de Dios en nuestros corazones; aún no nos hemos reconocido culpables y condenados, y nuestra alma no ha tomado todavía conciencia del juicio futuro ni de los tormentos eternos. Pues si nos condenáramos a nosotros mismos, si tuviéramos tales movimientos del corazón, si estuviéramos en tales sentimientos, al punto brotarían las lágrimas. Sin ellas no puede ablandarse la dureza de nuestro corazón, ni puede nuestra alma alcanzar la humildad espiritual, ni podemos hacernos humildes. Y quien no es así no puede unirse al Espíritu Santo. Y quien no está unido a Él, mediante la purificación de todo lo apasionado, no puede alcanzar la contemplación de Dios ni el conocimiento de Dios, ni es digno de la enseñanza secreta de la virtud de la humildad.

– Primero nace la humildad del llanto según Dios; de ella vienen después el gozo y la alegría inefables; y junto con la humildad según Dios crece la esperanza de la salvación. Pues cuanto más se tiene alguien de corazón sincero por el mayor pecador de todos los hombres, tanto más crece en él, junto con la humildad, la esperanza, que se ensancha en su corazón y lo llena de la certeza de que sin duda ha de salvarse por su humildad.

– Cuanto más hondo desciende uno a las profundidades de la humildad y se condena a sí mismo como indigno de la salvación, tanto más llora y derrama fuentes de lágrimas; y mientras llora y solloza, se derrama en su corazón el gozo espiritual, y con él crece y se acrecienta la esperanza, que da el testimonio más seguro de la salvación.

– El llanto tiene un doble efecto: como el agua, apaga con las lágrimas toda la llama de las pasiones y lava el alma de la suciedad que le causan; y de nuevo, como el fuego por la presencia del Espíritu Santo, vivifica el espíritu, lo calienta, enciende el corazón y despierta en él el amor y el anhelo de Dios.

San Nicetas Stethatos

– Debemos lavar con torrentes de lágrimas el cuerpo que hemos manchado con corrientes impuras, y disipar con la luz de la compunción y del dulce amor de Dios la amargura que oscurece el alma; y así unirnos de nuevo a Aquel de quien antes nos habíamos apartado por ellas.

– Unas lágrimas nacen de la pena y del dolor con un sentimiento sincero, y otras del gozo y la alegría. Cuando nos purificamos con el arrepentimiento del veneno y de la mancha del pecado, teniendo lágrimas que pesan como plomo, heridos por el recuerdo de nuestras faltas, derramamos desde lo hondo del corazón un llanto lleno del sentimiento de la pena y del dolor. Pero cuando ya estamos suficientemente purificados por esas lágrimas y sentimos la libertad de las pasiones, entonces, gozándonos en el Espíritu divino, como quienes han alcanzado un corazón puro y sereno, nos llenamos del consuelo inefable y dulce de las lágrimas gozosas de la ternura.

– Unas lágrimas se derraman por la compunción, y otras brotan de la ternura divina. Las primeras son como un río que anega y destruye todas las fortalezas del pecado; las segundas son para el alma como la lluvia para los campos y el rocío para el grano, alimentando la espiga del conocimiento y haciéndola abundante y fecunda.

– Las lágrimas no son lo mismo que la ternura de corazón; hay entre unas y otra gran distancia. Aquellas nacen del arrepentimiento del modo de vida anterior y de las caídas pasadas del alma, para purificar el corazón como con fuego y agua hirviente. Y esta —la ternura— desciende de lo alto como el rocío divino del Espíritu, para consuelo y alivio del alma que ha entrado ya, con fervor, en lo hondo de la humildad y en la participación de la luz inaccesible de la contemplación; y esa alma clama con gozo a Dios, como David: Pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste al descanso (Sal 65,12).

– Las lágrimas nos son, ciertamente, connaturales. Y cuando la altivez del intelecto se inclina hacia la humildad, y el alma aparta los ojos del atractivo de los bienes visibles y los dirige a la sola visión de la Luz primera e inmaterial, sacudiendo de sí todo sentimiento mundano y sintiéndose consolada por el consuelo del Espíritu, entonces las lágrimas manan de ella como aguas de una fuente, alegran sus sentidos y llenan sus pensamientos de gozo y de luz divina; y no solo eso, sino que quebrantan el corazón y hacen humildísimo al intelecto en la contemplación. Nada de esto puede darse en quienes lloran y sollozan por otras causas.

– Es imposible abrir la fuente de las lágrimas sin la humildad más profunda; y es imposible, a su vez, ser humilde sin la ternura engendrada por la inspiración del Espíritu, pues la ternura nacida de la humildad la engendra el Espíritu Santo. Son como eslabones de una cadena que se sostienen mutuamente y, unidos por una misma gracia, forman un vínculo espiritual indisoluble.

San Gregorio el Sinaíta

– Sin llanto y sin una vida de compunción es imposible soportar el don del silencio. Quien llora y medita los horrores que preceden y siguen a la muerte, y que llegan por obra propia, no puede dejar de tener paciencia y humildad, los dos fundamentos del silencio. Y sin ellos, quien se entrega al silencio tendrá siempre por compañera la negligencia que lleva a la presunción, de la cual nacen el cautiverio y las divagaciones que nos hunden en el relajamiento. Y en adelante la hija de la negligencia —la intemperancia— vuelve el cuerpo flojo e impotente, y el intelecto oscuro y endurecido.

San Gregorio Palamás

– El principio del llanto es como una búsqueda de los esponsales con Dios, que parecen inalcanzables. Por eso los que lloran pronuncian algo así como palabras nupciales, desgarrando por su gran deseo el corazón ante el Esposo y llamándolo con lágrimas. Y el fin del llanto es la unión perfecta de esas bodas en la pureza (Este misterio es grande, Ef 5,32).

San Nilo del Sinaí

– Ante todo, ora por las lágrimas, para ablandar con el llanto la dureza que hay en el alma, y para confesar tu iniquidad al Señor y recibir de Él el perdón de los pecados (cf. Sal 31,5).

– Cuando en la oración derrames torrentes de lágrimas, no te ensalces como si estuvieras por encima de muchos. Es un auxilio de lo alto que ha recibido tu oración, para que, confesando con fervor tus pecados, aplaques al Señor con las lágrimas.

– Cuando pienses que en la oración no necesitas llorar por tus pecados, considera entonces cuán lejos te has apartado de Dios, estando obligado a permanecer siempre en Él; y derramarás las lágrimas más ardientes.

– Llora por el pecador que prospera, pues la espada de la justicia pende sobre él.

San Efrén el Sirio

– Hay entre los hombres tres clases distintas de lágrimas. Hay lágrimas por las cosas visibles, y esas son muy amargas y vanas. Hay lágrimas de arrepentimiento, cuando el alma desea los bienes eternos, y esas son muy dulces y provechosas. Y hay lágrimas de arrepentimiento allí donde hay llanto y rechinar de dientes (Mt 8,12), y esas son amargas e inútiles, porque son del todo estériles, cuando ya no hay tiempo para el arrepentimiento.

– Bienaventurado aquel cuya alma se ha hecho semejante a un árbol recién plantado y tiene siempre, como riego de agua, lágrimas para Dios.

– Quiero mostrarte la fuerza de las lágrimas. Ana, con la oración llena de lágrimas, con el fervor del dolor y la alabanza de Dios en su corazón, obtuvo al profeta Samuel. La mujer pecadora, en casa de Simón, llorando y lavando con lágrimas los santos pies del Señor, recibió de Él el perdón de sus pecados. La ternura de corazón —las lágrimas sinceras— ante Dios es medicina del alma. Ella nos injerta en el Hijo unigénito cuando lo anhelamos, y atrae al Espíritu Santo a nuestras almas. No hay en la tierra gozo más dulce que el que nace de la ternura de corazón. ¿Alguno de vosotros ha sido iluminado por ese gozo de las lágrimas para Dios? Si alguien ha experimentado y gustado eso en la oración, se ha elevado por encima de la tierra, y en aquel momento estuvo del todo fuera del cuerpo y fuera de este mundo, y ya no en la tierra. Las lágrimas santas y puras para Dios lavan siempre el alma de los pecados y la purifican de las iniquidades. Las lágrimas para Dios dan siempre confianza ante Dios; los pensamientos impuros no pueden en modo alguno acercarse al alma que tiene siempre ternura para Dios. La ternura de corazón es un tesoro que no se puede robar; y entiendo por ternura no la de un solo día, sino la incesante, de día y de noche, hasta el fin de la vida. La ternura es la fuente pura que riega las plantaciones fecundas del alma, es decir, las virtudes.

– Aunque no tengas lágrimas visibles, que haya al menos compunción del corazón, pues también entre las lágrimas hay diferencia. Pero bienaventurado aquel que en su alma, como en un espejo, ve al Señor y, junto con las lágrimas, se derrama en alabanzas ante su bondad, pues su oración será escuchada.

– El principio del llanto es conocerse a sí mismo. Y que nuestro llanto no sea ante los hombres, sino ante Dios, que conoce lo secreto del corazón, para recibir de Él el consuelo.

– Si quieres que Dios te conceda lágrimas, compunción e impasibilidad, tráete de continuo a la memoria la muerte y tu propio sepulcro.

San Isaac el Sirio

– ¿Qué otra ocupación tiene el monje en su celda sino llorar? ¿Y qué actividad hay mejor que esa? La permanencia misma del monje y su soledad, comparable a la estancia en el sepulcro, lejos de la alegría de los hombres, le enseñan que su actividad son las lágrimas.

– Alégrate con los que se alegran y llora con los que lloran, pues eso es señal de pureza.

San Antonio el Grande

– Quien quiera verse libre de los pecados, con llanto y gemidos se verá libre de ellos; y quien quiera adquirir la virtud, con lágrimas la adquirirá.

San Juan Clímaco

– Como el fuego quema y destruye la maleza, así una lágrima pura lava todas las manchas, las exteriores y las interiores.

LA OBEDIENCIA

Beato Diádoco

– La obediencia es la primera entre las virtudes iniciales, pues corta la arrogancia y engendra en nosotros la humildad. Por eso se convierte para quienes se aferran a ella con corazón sincero en puerta de entrada al amor de Cristo Dios. Adán, al despreciarla, cayó en lo hondo del abismo. Y el Señor, amándolo, en la economía de nuestra salvación fue obediente a su propio Padre hasta la cruz y la muerte (cf. Flp 2,8), y ello sin menoscabo de su majestad; de modo que su obediencia, que rescató la culpa de la desobediencia humana, dio a los que viven en obediencia la vida bienaventurada y eterna. Así pues, quienes emprenden el combate contra la soberbia del diablo deben ante todo ser fervorosos en esta virtud, la cual, precediendo a las demás, les mostrará sin error todos los caminos de la virtud.

San Teodoro Estudita

– ¿De dónde nos vienen las penas, las dificultades, las luchas, las riñas, la envidia? ¿No es acaso de que nos empeñamos en mantener y defender nuestras propias decisiones y deseos? Sí, así es en verdad. Y no hay otro modo de librarnos de las asechanzas del diablo sino cortar la propia voluntad.

San Juan de Carpatos

– No consientas en modo alguno cuando aquel que está bajo tu obediencia te diga: «Dame libertad por un tiempo, pues es virtud probar esto o aquello y hacer tal cosa.» Pues quien así habla desea claramente cumplir su propia voluntad y rechaza los preceptos de la virtud de la obediencia.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Quien cree que en la mano de su pastor están su vida y su muerte jamás lo contradirá. La ignorancia de esto engendra la réplica, que conduce a la muerte espiritual y eterna.

San Juan Clímaco

– La obediencia es la renuncia total a la propia voluntad y al propio juicio, manifestada claramente en las acciones del cuerpo; o, dicho de otro modo: la obediencia es la mortificación de los miembros con el cuerpo vivo. La obediencia es movimiento sin examen previo, muerte voluntaria, vida sin nada superfluo, desgracia sin tristeza, defensa no urdida ante Dios, ausencia de temor a la muerte, navegación tranquila, viaje del que duerme. La obediencia es sepulcro de la voluntad propia y resurrección de la humildad; no contradice ni discute, como un muerto, ni en lo que es bueno ni en lo que parece malo. Pues quien lo ha dispuesto piadosamente responderá de todo lo que ordene al que obedece. La obediencia es la renuncia al propio juicio con gran discernimiento.

– Los santos Padres definen que la salmodia es el arma, la oración es la muralla, las lágrimas sinceras son el baño; y la obediencia bienaventurada, según su juicio, es la confesión, sin la cual nadie sujeto a las pasiones verá al Señor.

EL VERDADERO MONJE

San Máximo el Confesor

– Quien ha renunciado a las cosas del mundo —a la esposa, a los bienes y a lo demás— ha hecho monje al hombre exterior, pero todavía no al interior; en cambio, quien ha renunciado a los pensamientos apasionados ha hecho monje también al hombre interior, es decir, al intelecto. Es fácil hacer monje al hombre exterior con solo quererlo; pero no es pequeña hazaña hacer monje al hombre interior.

– Monje es quien se ha apartado de las cosas sensibles y, con la templanza, el amor, la salmodia y la oración, se mantiene sin cesar ante Dios. Que nadie te engañe, humilde monje, con el pensamiento de que puedes salvarte trabajando por el placer y la vanagloria.

– Hay tres estados morales principales en los monjes: 1) cuando alguien no peca en nada con las obras; 2) cuando alguien no permite que los pensamientos apasionados se demoren en el alma; y 3) cuando alguien mira sin pasión, en sus pensamientos, las imágenes de las mujeres y de quienes lo han ofendido.

– Los éxitos de los mundanos son caídas para los monjes, y los éxitos de los monjes son caídas para los mundanos. Los éxitos del seglar consisten en la riqueza, la gloria, el poder, los placeres, la abundancia, los muchos hijos y cosas semejantes, en las cuales el monje muere. Y los éxitos del monje son estos: el desprendimiento, el deshonor, la falta de poder, la templanza, el sufrimiento, la privación y cosas semejantes, que el amante del mundo, si le sobrevienen contra su voluntad, tiene por gran desgracia, y a menudo llega al peligro de echarse un lazo al cuello, como algunos han hecho.

San Teodoro de Edesa

– Conviene al monje ser desprendido, libre de pasiones, ajeno a todo deseo pecaminoso, no goloso, no amigo del vino, no flojo, no perezoso, no envidioso, no amante del placer, no amante de la gloria; pues quien no renuncia a todo eso no podrá llevar como conviene esta vida angélica. Pero a quienes lo hacen, este yugo les es bueno y ligera esta carga, porque en tal caso la esperanza divina se lo aligera todo.

– Habiendo renunciado a las preocupaciones de la vida y abrazado el combate monástico, no envidies la riqueza para poder darla a los pobres; pues eso es también uno de los engaños del maligno, que lleva a la vanagloria y sumerge el intelecto en trabajos enredosos. Aunque solo tengas pan y agua, con eso solo puedes recibir la recompensa de la hospitalidad. Y aunque ni eso tengas, con la sola buena disposición puedes acoger al forastero y darle una palabra de consuelo; y así podrás recibir la recompensa de la hospitalidad. Tienes ejemplo de ello en la viuda pobre, de la cual el Señor testimonió en el Evangelio que sus dos moneditas, por su buena voluntad, superaron a las limosnas de los ricos.

San Nicetas Stethatos

– Ser monje no consiste en estar apartado de los hombres y del mundo, sino en que, renunciando a ti mismo, estés fuera de los deseos de la carne y salgas al desierto de la ausencia de pasiones, es decir, a la impasibilidad. Y si al gran abba Arsenio se le dijo: «Huye de los hombres y te salvarás», se dijo en ese sentido. Pues vemos que, aun después de haber huido del mundo, vivió entre hombres, pasó por lugares habitados y convivió con sus discípulos. Pero al mismo tiempo, guardando con cuidado la huida interior del trato con lo sensible, no sufrió daño alguno de la convivencia con los hombres. Y otro de los grandes exclamó: «¡Huid, hermanos!»; y cuando le preguntaron: «¿De qué debemos huir?», señaló sus labios.

San Juan Clímaco

– La luz de los monjes son los ángeles, y los monjes son luz de todos los hombres; y por eso procuren ser buen ejemplo en todo, sin dar a nadie ocasión de tropiezo en nada (2 Cor 6,3), ni con las obras ni con las palabras.

– La vida monástica, en cuanto a las obras, las palabras, los pensamientos y los movimientos, debe realizarse con el sentimiento del corazón. Si no es así, no será monástica, y menos aún angélica.

San Antonio el Grande

– Poderosamente aparta del relajamiento y despierta la energía la visión siguiente, que el propio san Antonio refiere: «Oré a Dios que me mostrara qué velo rodea y protege al monje. Y vi al monje rodeado de lámparas de fuego, y una multitud de ángeles lo guardaban como a la niña de sus ojos, protegiéndolo con sus espadas. Entonces suspiré y dije: «¡He aquí lo que se le ha concedido al monje! Y sin embargo, a pesar de ello, el diablo lo vence y él cae.» Y me llegó una voz de lo alto, misericordiosa, que decía: «El diablo no destruye a nadie; no tiene poder para ello desde que yo, al asumir la naturaleza humana, destruí su fuerza. Es el hombre mismo quien cae por sí solo, cuando se entrega a la negligencia y da rienda suelta a sus deseos y a sus pasiones.» Pregunté: «¿Se da esto a todo monje?» Y se me mostró una multitud de monjes protegidos por semejante guardia. Entonces exclamé: «¡Bienaventurado el linaje de los hombres, y sobre todo el ejército de los monjes, que tiene un Señor tan misericordioso y benéfico!»»

– En otra ocasión san Antonio reveló a sus discípulos cómo el monacato se debilitaría y se apagaría al extinguirse el fervor de su gloria. Algunos de sus discípulos, viendo la innumerable multitud de monjes del desierto, adornados de tantas virtudes y aspirando con tanto fervor al progreso en la vida santa del eremita, preguntaron al abba Antonio: «Padre, ¿cuánto durará este ardor de fervor y este amor a la soledad, a la pobreza, a la humildad, a la templanza y a todas las demás virtudes a las que ahora se entrega con tanto empeño toda esta multitud de monjes?» El hombre de Dios respondió con un suspiro y con lágrimas: «Llegará un tiempo, hijos míos amados, en que los monjes dejarán los desiertos y afluirán en su lugar a las ciudades ricas, donde en lugar de estas cuevas desiertas y estrechas celdas levantarán edificios soberbios que podrán competir con los palacios de los reyes; en lugar de la pobreza crecerá el amor a amontonar riquezas; la humildad será reemplazada por la soberbia; muchos se enorgullecerán de su saber, pero serán vanos, ajenos a las buenas obras que corresponden al conocimiento; el amor se enfriará; en lugar de la templanza crecerá la glotonería, y muchísimos cuidarán de los manjares suntuosos no menos que los seglares mismos, de quienes los monjes no se distinguirán sino por el hábito monástico; y, aunque vivan en medio del mundo, se llamarán a sí mismos solitarios. Al mismo tiempo se jactarán diciendo: Yo soy de Pablo… yo de Apolo (1 Cor 1,12), como si toda la fuerza de su monacato estuviera en la dignidad de sus predecesores: se ensalzarán con sus padres, como los judíos con su padre Abraham. Pero entonces habrá algunos que serán mucho mejores y más perfectos que nosotros; pues bienaventurado es aquel que pudo pecar y no pecó, y hacer el mal y no lo hizo (cf. Eclo 31,10-11), más que aquel a quien atrajo al bien la multitud de los fervorosos que a él aspiran. Por eso Noé, Abraham y Lot, que llevaron una vida fervorosa entre hombres impíos, son con razón alabados en las Escrituras.»

LA VIDA ERMITAÑA

San Juan de Carpatos

– No debes asombrarte cuando veas que la gente se ríe de nuestro silencio, pues ellos mismos no pueden guardar silencio; es mejor disipar la mala impresión que causan con la salmodia, sin ofenderlos, restableciendo en ti la obediencia a Dios y exclamando con el canto: Somete a Dios, alma mía (cf. Sal 61,6), pues en pago de mi amor me calumnian, y yo oraba (cf. Sal 108,4) por mi curación y por la suya.

San Teodoro de Edesa

– No te permitas salir a menudo de la celda si has escogido para ti la vida silenciosa, pues eso es muy dañino: quita la gracia, oscurece los pensamientos y debilita el fervor. Por eso está dicho: El vagabundeo del deseo cambia la mente sencilla (cf. Sab 4,12). Rompe el trato con los extraños, para que tu intelecto no se disperse y no altere el orden de tu silencio.

– Estando sentado en tu celda, no dejes tus obras en el vacío ni malgastes el tiempo en la ociosidad, pues quien anda ocioso trabaja en vano. Adquiere para ti un buen trabajo, recoge tus pensamientos, ten siempre ante los ojos la hora de la muerte, recuerda la vanidad del mundo, cuán seductor y a la vez cuán inestable e insignificante es; piensa en las circunstancias del terrible juicio, cómo nuestros amargos acusadores presentarán manifiestamente nuestras obras, palabras y pensamientos, de los que ellos son la causa y nosotros los que los acogimos; recuerda los tormentos del infierno y cómo serán encerradas allí las almas; representa también aquel día grande y terrible, el día de la resurrección universal, el comparecer ante Dios y la sentencia final del Juez que no se equivoca; imagina los tormentos de los pecadores, la vergüenza y la convicción de la conciencia, y cómo serán rechazados por Dios y arrojados al fuego eterno, al gusano que nunca duerme, en las tinieblas impenetrables donde se oyen el llanto y el rechinar de dientes. Repasando todos estos tormentos, no ceses de gemir y de derramar lágrimas sobre tu rostro, sobre tus vestidos y sobre el lugar donde te sientas. Con tales pensamientos muchos han reunido para sí abundancia de lágrimas y han purificado admirablemente todas las potencias de sus almas.

Abba Filemón

– Las santas Escrituras y los escritos patrísticos muestran con claridad que sin una soledad perfecta es imposible agradar a Dios; pues, como enseña también Moisés, aquel padre iluminado por Dios, el silencio engendra el combate ascético; el combate, el llanto; el llanto, el temor; el temor, la humildad; la humildad, la clarividencia; la clarividencia, el amor; y el amor hace al alma sana e impasible; y entonces el hombre comprende que no está lejos de Dios. Por eso debes apartarte del mundo por completo y, arrancando el alma de toda compasión por el cuerpo, hacerte sin ciudad, sin casa, sin bienes, sin trabajos, sin preocupaciones, ajeno a los asuntos humanos, humilde, compasivo, bueno, obediente, dispuesto a recibir del conocimiento divino las impresiones que se graban en el corazón.

San Filoteo del Sinaí

– Muy raramente se hallan los que guardan silencio en el pensamiento. Eso es propio de quienes emplean todos los medios para atraer sobre sí la gracia de Dios y llenarse del consuelo espiritual que de ella brota.

San Nicetas Stethatos

– El silencio es el estado del intelecto no perturbado por los pensamientos, la quietud de la libertad respecto de las pasiones y el gozo del alma, la estancia del corazón en Dios, inmóvil e intacta, la contemplación luminosa, el conocimiento de los misterios de Dios, la palabra de sabiduría de un intelecto puro, el abismo de las inteligencias de Dios, el arrebato del intelecto, el trato con Dios, el ojo vigilante, la oración del intelecto, el descanso en medio de los grandes trabajos, la paz y, por fin, la unión y la conjunción con Dios.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Quien ha dejado el mundo entero y ha subido al monte para el silencio, y desde allí escribe con vanagloria a los que están en el mundo, solo para agradar a otros y recibir favores y alabanzas, es como aquel que, habiéndose separado de una esposa adúltera, indecente y del todo malvada, y habiendo partido a una tierra lejana para borrar su recuerdo, olvidara después el fin por el cual se retiró a aquella tierra y a aquel monte, y escribiera con pasión a los que tratan con aquella esposa; o, por decirlo sin rodeos, a los que la manchan y la complacen. Tal hombre, aunque no esté manchado en el cuerpo, lo está por completo en el corazón y en el intelecto, al simpatizar con esos tratos que ellos mantienen con aquella esposa.

San Juan Clímaco

– Hombre silencioso es aquel que, siendo un ser incorpóreo, se esfuerza por mantener su alma dentro de la casa del cuerpo. Logro raro y admirable. Guarda silencio quien dice: Yo duermo, pero mi corazón vela (Cant 5,2). Cierra la puerta de la celda al cuerpo, la puerta de la boca a las conversaciones y la puerta interior del alma a los espíritus malignos.

– La primera obra del silencio es el desasimiento de todas las cosas, tanto de las buenas como de las que no lo son, pues quien abre la puerta a las primeras necesariamente la abre también a las segundas. La segunda obra es la oración no perezosa; y la tercera, el trabajo inviolable del corazón. Y así como en el orden natural es imposible que lea libros quien aún no ha aprendido las letras, así también es imposible leer las dos últimas obras del silencio a quien no ha adquirido la primera.

San Isaac el Sirio

– Cuando pongas en una balanza todas las obras de esta vida monástica y en la otra el silencio, hallarás que este inclina el peso. El silencio es misterio del siglo venidero, y las palabras son instrumentos de este mundo.

San Nilo del Sinaí

– Los ancianos alaban mucho la vida eremítica cuando se emprende a su tiempo, es decir, cuando quien se acerca a ella ha perfeccionado sus virtudes en la comunidad. Y que se examine a sí mismo, para ver si podrá vivir con provecho en la soledad; y si no lo halla posible por falta de fuerzas, que vuelva al cenobio, no sea que, careciendo de fuerzas para resistir las astucias de los pensamientos, pierda la razón.

– Los santos de Dios huyeron de las ciudades sabiendo que el trato con los hombres corrompidos es mucho más dañino que una enfermedad contagiosa. Todos aquellos santos, de los que el mundo no era digno, dejando el orbe habitado, anduvieron errantes por los desiertos (cf. Heb 11,37-38), huyendo de los vicios humanos que se disfrazan de virtud, no fuera que la fuerza de su corriente los arrastrara, como un torrente, al curso común de la vida mundana y ruinosa.

LA ASCESIS

San Calixto

– Es imposible, viendo a los hombres y hablando con ellos, alcanzar la visión espiritual de Dios y el trato de la oración con Él. Por eso, quienes se ven poseídos por el deseo solícito de arrepentirse, de purificarse de las pasiones, de alcanzar y gustar la contemplación de Dios y la conversación con Él —que es el término y el fin de quienes viven según Dios y la promesa de la herencia eterna de Dios—, busquen con empeño el silencio, teniendo por lo más provechoso para sí el apartamiento de los hombres y la vida anacorética, con la debida disposición de espíritu, por supuesto.

De los consejos de los maestros de la Iglesia

– El cristianismo, la verdadera vida cristiana, es imposible sin ascesis; dentro de ciertos límites y en cierta medida, la ascesis está necesariamente mandada a todos los cristianos y es legítima para todos nosotros. Pues ¿qué exige Cristo de sus seguidores? Nos exige la abnegación total. Quien quiera venir en pos de mí, dice, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mc 8,34); es decir, tomar sobre sí la cruz, que es la cruz de los trabajos, las tribulaciones y las privaciones. Esa misma ascesis nos exige también el santo apóstol Pablo cuando exhorta a todos los creyentes a despojarse del hombre viejo y a revestirse del nuevo (cf. Col 3,9-10), a hacer morir los miembros terrenos (Col 3,5), a crucificar la carne con sus pasiones y deseos (Gál 5,24). Y la ascesis así mandada, obligatoria para todos, no solo no contradice nuestra naturaleza, sino que es del todo conforme a la verdadera naturaleza humana. Ella endereza nuestras almas, eleva y perfecciona nuestra vida espiritual.

LA CONVERSACIÓN CON LOS SEGLARES

Santos Barsanufio y Juan

– Cuando suceda que estés con seglares y ellos empiecen a hablar ociosamente, si no tienes especial necesidad, retírate; y cuando haya necesidad de quedarte, vuelve tu intelecto a la oración, sin condenarlos, sino reconociendo tu propia debilidad. Sin embargo, si están bien dispuestos hacia ti y sabes que escucharán de buen grado la palabra de Dios, procura cambiar esa conversación vacía por otra provechosa, contándoles algo de la vida de los santos.

EL ENEMIGO QUE ESTÁ DENTRO

San Juan Casiano

– No hay que temer al enemigo exterior: nuestro enemigo está dentro de nosotros mismos. Por eso se libra en nosotros una guerra interior constante. Si la vencemos, todas las batallas exteriores se volverán insignificantes, y todo será pacífico para el soldado de Cristo y todo le estará sometido. No habrá enemigo exterior que temer cuando lo que está dentro, una vez vencido, se someta al espíritu.

SOBRE LA SALVACIÓN EN EL MUNDO

San Juan Clímaco

– Unos seglares me preguntaron: «¿Cómo podemos nosotros, que vivimos con esposas y estamos enredados en las preocupaciones mundanas, llevar la vida monástica?» Les respondí: «Todo el bien que podáis hacer, hacedlo: no condenéis a nadie, no robéis a nadie, no mintáis a nadie, no os ensalcéis sobre nadie; no odiéis a nadie, no dejéis las asambleas de la iglesia, sed misericordiosos con los necesitados, no escandalicéis a nadie, no toquéis la honra ajena y permaneced fieles a vuestras esposas. Si hacéis esto, no estaréis lejos del Reino de los cielos.»

San Isaac el Sirio

– En todos los caminos por los que andan los hombres en el mundo no hallan descanso hasta que se acercan a la esperanza en Dios y ponen su confianza solo en Él.

LA RENUNCIA AL MUNDO

San Máximo el Confesor

– Bienaventurado el hombre que no se apega a nada perecedero ni temporal.

Abba Talasio

– Habiendo renunciado a tus cosas y al mundo, renuncia por fin también a los malos pensamientos.

Elías el Ecdico

– Cuando liberes tu intelecto de todo apego al cuerpo, a la comida y al dinero, entonces todo lo que hagas te será contado como una ofrenda pura a Dios. Y recibirás por recompensa que se abran los ojos de tu corazón y que medites con claridad en él las leyes de Dios, que te parecerán más dulces que la miel y el panal en tu paladar espiritual, por la suavidad que exhalan.

– La primera renuncia es la liberación de las cosas, es decir, de los bienes; la segunda y la tercera son la renuncia a las pasiones y a la ignorancia.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– La renuncia al mundo y el apartamiento perfecto de él —si al mismo tiempo aceptamos el rechazo total de todas las cosas, costumbres, opiniones y personas mundanas, junto con la renuncia al propio cuerpo y a la propia voluntad— será en poco tiempo de gran provecho para quien con tal fervor y empeño ha renunciado al mundo.

San Nicetas Stethatos

– Si quieres ver los bienes que Dios ha preparado para los que le aman, vive en el desierto de la renuncia a tu propia voluntad y huye del mundo. ¿Y cuál es ese mundo? Los ojos y la carne, la soberbia de los pensamientos y el atractivo de las cosas visibles. Si huyes de tal mundo, entonces despuntará pronto tu luz por la manifestación de la vida divina, y llegará pronto la curación de tu alma, es decir, las lágrimas (cf. Is 58,8). Y así, viviendo en medio del mundo y de los hombres, serás como quien vive en el desierto y no ve a nadie. Pero si de ese modo no huyes de este mundo, en nada te aprovechará la huida del mundo visible para el progreso en las virtudes y para la unión con Dios.

– Se burlan de la piedad, y de ellos se burlan las obras de quienes no han cumplido debidamente la renuncia y desde el principio no quisieron valerse de maestro y guía, sino que siguieron su propio parecer y se mostraron sabios a sus propios ojos (cf. Is 5,21).

San Juan Clímaco

– Habiéndote apartado del mundo, no lo toques, pues las pasiones vuelven fácilmente.

– No hay refugio —es decir, renuncia al mundo— que no sea causa a la vez de salvación y de desgracia; lo saben quienes atraviesan el mar de los pensamientos. Pero es espectáculo lamentable el de aquellos que sobrevivieron al abismo y se ahogaron en el puerto mismo.

Abba Doroteo

– Cuidemos de nosotros mismos: ¿quién nos devolverá este tiempo si lo perdemos en vano? En verdad llegará el día en que buscaremos estos días y no los hallaremos. El abba Arsenio se decía siempre a sí mismo: «Arsenio, ¿para qué saliste del mundo?»

San Isaac el Sirio

– Sin apartarse del mundo nadie puede acercarse a Dios. Y por apartamiento no entiendo el traslado del cuerpo, sino el alejamiento de los asuntos del mundo. La virtud del apartamiento del mundo consiste en no ocupar el intelecto con el mundo.

– Recuerda en todo tiempo, después de Dios, el principio de tu combate y el primer fervor de tu entrada en este camino, y aquellos pensamientos ardientes con los que saliste por primera vez de tu casa y entraste en las filas del ejército.

EL DISCERNIMIENTO

San Juan Clímaco

– El discernimiento es la recta comprensión de la voluntad de Dios en todo tiempo, en todo lugar y en todo asunto; y solo se da en un corazón puro.

San Antonio el Grande

– Los hombres discernientes deben recordar sin cesar que, por unos esfuerzos pequeños y breves en esta vida, recibiremos después de la muerte el consuelo y la bienaventuranza eterna más grandes.

– Quien combate contra las pasiones y desea ser coronado por Dios, si cae, no desfallezca ni permanezca en esa caída cayendo en la desesperación; sino que, levantándose, combata de nuevo y cuide de su corona hasta el último aliento, alzándose de sus caídas. El trabajo del cuerpo es instrumento de la virtud y salvador para el alma.

– A los hombres se los suele llamar inteligentes en un sentido impropio de la palabra. No son inteligentes los que han estudiado las sentencias y los escritos de los sabios antiguos, sino aquellos cuya alma es inteligente, que saben juzgar lo que es bueno y lo que es malo; y huyen de lo malo y dañino para el alma, y de lo bueno y provechoso para el alma se ocupan con discernimiento y lo practican con mucha acción de gracias a Dios. A estos, en verdad, hay que llamarlos hombres inteligentes.

San Máximo el Confesor

– El uso racional de los pensamientos y de las cosas da castidad, amor y conocimiento; el uso irracional, en cambio, da intemperancia, odio e ignorancia. Todo ser racional e intelectual se divide en dos: la naturaleza angélica y la humana; y toda la naturaleza angélica se divide a su vez en dos agrupaciones y sociedades morales principales: en santa y maldita, es decir, en las santas potencias y los demonios impíos; y todo el género humano se divide solo en dos grupos: los piadosos y los impíos.

– En todo lo que hacemos, Dios mira el fin: si lo hacemos por Él o por alguna otra cosa. Por eso, cuando queramos hacer algo bueno, tengamos por fin no agradar a los hombres, sino agradar a Dios; para que, teniéndolo siempre ante los ojos, todo lo hagamos por Él; de lo contrario, soportaremos la fatiga en vano y perderemos la recompensa. Dios creó el mundo invisible y el visible; y creó también el alma y el cuerpo. Y si el mundo visible es tan hermoso, ¿cómo será el invisible? Y si este es mejor que aquel, ¡cuánto más alto será Dios, que creó ambos! Si, pues, el Creador de todo lo bueno es lo mejor de todo lo creado, ¿por qué razón el intelecto, abandonando lo mejor, se ocupa de lo peor, es decir, de las pasiones carnales? ¿No es evidente que es porque está acostumbrado a ello desde el nacimiento, mientras que lo mejor y superior no lo ha experimentado en absoluto? Así pues, si con una abstinencia prolongada de los placeres sensibles y con la meditación de lo divino lo apartamos poco a poco de esa costumbre, entonces él, avanzando gradualmente, se inclinará hacia lo divino, conocerá su propia dignidad y por fin trasladará todo su afecto a Dios.

– Hay cuatro clases principales de abandono por parte de Dios: uno es el abandono providencial, como el del Señor mismo, para que, pareciendo abandonado, salvara a los abandonados; otro es el abandono de prueba, como fue el de Job y el de José, para mostrar al uno como columna de valentía y al otro como columna de castidad; otro es el abandono espiritual y educativo, como el del apóstol Pedro, para conservar en él la abundancia de la gracia; y otro es el abandono por rechazo, como el de los judíos, para llevarlos al arrepentimiento por medio del castigo.

San Isaac el Sirio

– No cuentes a otro lo que tú mismo no has experimentado, para que no te avergüences cuando, al compararlo con tu vida, quede al descubierto tu mentira.

EL SILENCIO Y LA LOCUACIDAD

Beato Diádoco

– Así como no conviene que quien no está iluminado por el Espíritu se ponga a hablar de la contemplación espiritual, tampoco conviene que quien es rico en la iluminación de la gracia del Espíritu Santo se ponga a hablar de ella; pues la falta de pensamientos luminosos envuelve al intelecto en las tinieblas de la ignorancia, mientras que su abundancia impide hablar, ya que en ese momento el alma, gozando del amor de Dios, quiere gozar en silencio del amor del Señor.

– Cuando el alma se enfrenta con ardor a las pasiones, hay que saber lo que entonces sucede. Es tiempo de callar, pues es hora de combate. Y cuando alguien vea que esa agitación ha pasado por la misericordia divina, ceda entonces al atractivo del amor para pronunciar palabras divinas, sujetando, sin embargo, las alas del intelecto con las ataduras de la humildad; pues si el hombre no se humilla hasta el extremo del propio desprecio, no puede hablar dignamente de la grandeza de Dios.

– Como la puerta de los baños, que abierta a menudo deja escapar pronto el calor interior, así también el alma, cuando habla mucho —aunque diga todo cosas buenas—, deja escapar su recuerdo de Dios por la puerta de la palabra. Con ello el intelecto queda privado de sus pensamientos más puros, y un flujo desordenado de pensamientos turbadores lleva su discurso hacia los que se le acercan. En tal estado ya no tiene al Espíritu Santo que guarde nuestros pensamientos, pues ese Espíritu bueno es ajeno a toda agitación y ensueño, y el alma habla con locuacidad. El silencio, en cambio, es provechoso: es madre de los pensamientos más sabios.

– La locuacidad distrae en extremo al intelecto, y no solo lo vuelve incapaz del trabajo espiritual, sino que al mismo tiempo lo entrega en manos del demonio del desaliento; y este, habiéndolo debilitado poco a poco, lo entregará al demonio de la tristeza sin medida, y luego al demonio de la ira.

San Juan de Carpatos

– A veces sucede que, en una reunión de hermanos, irrumpe un pensamiento vanaglorioso que empuja a decir algo a destiempo. Los pensamientos angélicos nos inspiran entonces a ahuyentar ese pensamiento charlatán e inoportuno. Por eso, si no lo ahuyentas con un buen silencio y lo dejas salir con arrogancia vanidosa, tendrás que sufrir por él malas consecuencias: o serás entregado justamente al mismo pecado, o a otro mayor; o padecerás sufrimientos exteriores, o graves disgustos de parte de los hermanos, o tormentos en el tiempo venidero; pues de toda palabra vana e inútil, dicha por una lengua desenfrenada, daremos cuenta. Por eso hay que guardar la lengua con cuidado.

– Una sola buena palabra hizo en otro tiempo puro y santo a aquel ladrón inútil y lo llevó al paraíso. Y una sola palabra malintencionada impidió a Moisés entrar en la Tierra prometida. No tengamos por enfermedad leve el mal de la lengua, pues los que hablan mal y con superstición se cierran a sí mismos el Reino de los cielos.

San Filoteo del Sinaí

– Nada hay tan ruinoso ni tan dañino como la locuacidad y la lengua desenfrenada, y nada hay tan poderoso para arruinar y destruir la riqueza espiritual. Pues lo que acumulamos en nosotros cada día lo destruye de nuevo la locuacidad, y lo que se reúne con esfuerzo lo derrocha el alma con generosidad por medio de la lengua. ¿Qué hay peor que una lengua desenfrenada? Es un mal irrefrenable. Hay que ponerle un límite, refrenarla y ceñirla; y, por así decir, que sirva solo a la necesidad. El fruto de las charlas vanas e inoportunas es unas veces el reproche y la burla, cuando ven la necedad de nuestro hablar; otras veces la mancha de la conciencia; otras, la condena de Dios; y, lo más terrible de todo, la tristeza del Espíritu Santo.

San Nicetas Stethatos

– Todo el que pronuncia con su boca palabras provechosas para la edificación del prójimo las saca del buen tesoro del corazón, según la palabra del Señor (cf. Mt 12,35). Pero nadie puede entrar en la teología ni decir lo recto acerca de Dios sino por el Espíritu Santo; y nadie que hable por el Espíritu de Dios dice algo contrario a la fe en Cristo, sino que enseña únicamente lo que conduce a Dios y lleva a su Reino, restaura la antigua nobleza y une el alma con Dios. Si, pues, la manifestación del Espíritu se da a cada uno para provecho común (cf. 1 Cor 12,7), entonces quien está enriquecido con la palabra de la sabiduría de Dios y con la buena parte de la palabra del conocimiento, bajo la acción del Espíritu divino, es templo de los tesoros inagotables de Dios.

Santos Calixto e Ignacio

– El orden del discurso nos obliga a hablarte del silencio que debes guardar; y de él dice san Isaac el Sirio: «Ante todo, ama el silencio, pues él te acerca al fruto, y la lengua es impotente para describirlo. Primero nos forzamos a callar, y entonces del silencio nace algo que nos lleva al silencio mismo. Que Dios te conceda experimentar ese algo que nace del silencio. Pero si empiezas a vivir esa vida, no sé decirte cuánta luz brillará sobre ti desde entonces. Cuando pongas en un platillo todos los asuntos de esta vida y en el otro el silencio, sentirás que este inclina la balanza.» El silencio es misterio del siglo venidero, y la palabra es instrumento de este mundo. Quien prohíbe hablar a sus labios guarda su corazón de las pasiones y ve al Señor a cada hora. Y a san Arsenio, por segunda vez, la voz divina le decretó así: «¡Arsenio! Huye, calla, permanece en el silencio, pues esta es la raíz de la ausencia de pecado.»

San Efrén el Sirio

– Hay que evitar las conversaciones vanas y no tratar con quienes desprecian el temor de Dios, pues nada dicen que sea provechoso, nada hacen por el Señor: no hablan ni de virtud, ni de reverencia, ni de pureza. Sus palabras son muerte, su consejo es abismo del infierno, su compañía es ruina espiritual.

Santos Barsanufio y Juan

– El silencio es mejor y más admirable que cualquier conversación edificante. Nuestros padres lo honraron y lo besaron, y por él se hicieron célebres. Pero como nosotros, por nuestra debilidad, aún no hemos alcanzado el camino de los perfectos, hablemos de las cosas que sirven para la edificación y conversemos remitiéndonos a las palabras de los Padres, sin entrar en la explicación de las Escrituras; pues esto encierra no poco peligro para los ignorantes. Las Escrituras se dicen espiritualmente, y el hombre carnal no puede comprender lo espiritual. Es mejor volverse en la conversación a las palabras de los Padres y hallar en ellas el provecho que contienen. Pero usémoslas con cautela, recordando a Aquel que dijo: En el mucho hablar no faltará el pecado (Prov 10,19). Y para no caer en la arrogancia ni en el pensamiento de la propia alabanza, recordemos que, no cumpliendo lo que decimos, lo decimos para condenarnos a nosotros mismos.

– Si el silencio se tiene por lo más provechoso entre las cosas buenas, mucho más provechoso es respecto de las conversaciones sobre cosas ordinarias. Pero cuando no podamos callar y nos dejemos llevar por la conversación sobre tales temas, al menos no la alarguemos, para no caer en el lazo del enemigo por la locuacidad.

– Si, habiendo empezado una conversación, adviertes que hay en ella pecado, córtala diciendo: «No, no hablemos de esto»; o bien, tras callar un momento, di: «He olvidado por dónde empecé mi discurso», y llévala a otro tema sin pecado.

San Isaac el Sirio

– Como de la glotonería nace la rebelión de los pensamientos, así de la locuacidad y de las conversaciones desordenadas nacen la insensatez y la salida del intelecto de su propio orden.

– Las nubes cubren el sol, y la mucha palabrería oscurece el alma que había comenzado a iluminarse con la contemplación de la oración.

– Ten la ociosidad por principio del oscurecimiento del alma; y, tras el oscurecimiento, las reuniones para conversar. Pues si aun la conversación provechosa engendra tinieblas cuando no guarda medida, ¡cuánto más la conversación vana! El alma se vuelve insignificante por las muchas conversaciones prolongadas.

– Cuán agradable es el trato con nuestros hermanos espirituales, con tal de que sea posible conservar en él el trato con Dios.

– Pues el intelecto no basta para sostener dos conversaciones a la vez.

– Si guardas tu lengua, entonces Dios te dará la gracia de la ternura sincera, para que veas en ella tu alma y entres en el gozo espiritual.

San Antonio el Grande

– El hombre que habla mucho no deja lugar en sí para el Espíritu Santo.

– Esforcémonos por guardar firmemente nuestros labios, para no decir nada malo de nadie; pues la mala palabra es peor que cualquier veneno. Todas las heridas se curan, pero la herida de la lengua no tiene remedio. La lengua del hombre negligente y condenado, movida por el diablo, es más venenosa que la de la serpiente, pues enciende riñas y enemistades amargas entre los hermanos, siembra revuelta y maldad entre los pacíficos y dispersa comunidades numerosas… Quien ama el silencio está cerca de Dios y de sus ángeles, y su lugar está en las alturas.

– En las conversaciones no debe haber grosería, pues los hombres sensatos suelen estar adornados de modestia y castidad más que de cualquier otra cosa. El intelecto que ama a Dios es una luz que ilumina el alma como el sol ilumina el cuerpo.

– La palabra es sierva del intelecto. Lo que el intelecto quiere, eso expresa la palabra. Quien habla insensatamente no tiene intelecto, pues habla sin reflexión alguna. Recuerda que las palabras traen tanto la gloria como la humillación. La palabra llena de sentido y provechosa para el alma es don de Dios; y, al contrario, la palabra vacía, que pretende determinar la medida y la distancia del cielo y de la tierra, la magnitud del sol y de las estrellas, es invención del hombre que trabaja en vano, buscándolo con vana presunción sin que nadie lo ayude, como quien quisiera sacar agua con un cedazo: los hombres no tienen modo de hallar eso.

– Los que dicen todo lo que les viene a la cabeza son como un patio sin puertas, en el que entra quien quiere; y si le apetece, va al establo y desata el asno.

DIOS Y TÚ

Abba Talasio

– Que nadie piense que se ha hecho verdaderamente hijo de Dios si no ha adquirido en sí los rasgos divinos.

San Teodoro de Edesa

– Bien y con razón dijeron los Padres que el hombre no hallará descanso de otro modo sino adquiriendo y afianzando en sí esta disposición profundísima: que en el mundo no hay más que Dios y él; de suerte que no vuelva su intelecto a ninguna otra cosa, sino que su único deseo sea adherirse solo a Él; y así hallará verdaderamente descanso y libertad de la tiranía de las pasiones (cf. Sal 62,9).

San Simeón el Nuevo Teólogo

– En cualquier modo de vida es bienaventurada la vida cuando todas las obras y acciones son conocidas por Dios y conformes a Dios.

– Mantente con atención dentro de ti mismo, no en la cabeza, sino en el corazón. Allí está tu intelecto, que se esfuerza por todos los medios en hallar el lugar donde está el corazón, para que, hallándolo, habite ya del todo allí. Y el intelecto, en ese empeño, mejorará ese lugar del corazón. Eso sucederá cuando la gracia conceda la dulzura y el calor de la oración. Desde entonces, cualquiera que sea el pensamiento que surja o se presente, antes de que entre y llegue a ser pensamiento o imagen, el intelecto lo expulsa al punto de allí y lo destruye en el nombre de Jesús; es decir: «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!» Y desde ese momento el intelecto del hombre comienza a sentir enojo y odio contra los demonios, emprende contra ellos una guerra incesante y los vence. Lo demás, que suele seguir a este trabajo con la ayuda de Dios, lo aprenderás tú mismo por experiencia, mediante la atención del intelecto y el mantener a Jesús en tu corazón, es decir, su oración. Y dice uno de los Padres: «Siéntate en tu celda, y ella te lo enseñará todo.»

LA ILUSIÓN ENGAÑOSA

Beato Diádoco

– Que nadie, al oír hablar de la percepción del intelecto, imagine que la gloria de Dios se le manifiesta de modo sensible. Decimos que el alma, cuando es pura, siente el consuelo divino por cierta sugerencia inefable, pero no en el sentido de que algo invisible se le aparezca sensiblemente; pues ahora caminamos por fe y no por visión, como dijo el apóstol Pablo (2 Cor 5,7). Por eso, si a alguno de los que se esfuerzan se le aparece una luz o cierta figura de fuego, que no acepte de ningún modo tal aparición como verdadera. Pues es manifiestamente un engaño del enemigo, y muchos a quienes les ha sucedido se han perdido por ignorancia de la verdad. Sabemos que, mientras vivimos como peregrinos en este cuerpo corruptible, estamos ausentes del Señor (2 Cor 5,6), es decir, no tenemos posibilidad de verlo ni a Él ni las maravillas de sus obras celestiales.

San Gregorio el Sinaíta

– A menudo algunos, al hablar de la verdad, por su falta de instrucción dicen una cosa por otra, sin saber decirla rectamente como es; y así asustan a los oyentes y, en el silencio, provocan reproche y risa por su conducta insensata. Que los principiantes se equivoquen aun después de muchos trabajos no es nada extraño: así les ha ocurrido a muchos de los que buscan a Dios, ahora y en tiempos antiguos. Escucha con atención y discernimiento, amado de Dios. Cuando, haciendo tu trabajo, veas una luz o un fuego fuera o dentro de ti, o alguna figura, por ejemplo de Cristo, o de un ángel, o de cualquier otro, no lo aceptes, para no sufrir daño. Y no formes en ti imaginaciones que se producen por sí solas, no las escuches ni permitas que tu intelecto se imprima de ellas. Pues todo eso, impreso e imaginado desde fuera, sirve para engañar al alma. El verdadero principio de la oración es el calor sincero del corazón, que consume las pasiones, infunde gozo y alegría en el corazón con un amor inquebrantable y le da la certeza indudable de su afianzamiento. Dicen los Padres que todo lo que llega al alma, sea sensible o espiritual, mientras el corazón duda de ello y no lo acepta, no es de Dios, sino enviado por el enemigo. Y cuando veas también que tu intelecto es arrastrado fuera o hacia lo alto por alguna fuerza invisible, no lo creas y no permitas que tu intelecto se interese por ello, sino oblígalo enseguida a su trabajo. Lo que es de Dios llega por sí solo, y tú no sabes en qué hora; aunque el enemigo penetra también dentro del cuerpo para representar lo espiritual de modo fantasmagórico, ofreciendo una cosa en lugar de otra: en lugar del calor, un ardor discordante; en lugar del gozo, una alegría insensata y una dulzura húmeda; y con esas seducciones logra ocultarse de los inexpertos. Pero el tiempo, la experiencia y la percepción suelen descubrirlo ante quienes no ignoran sus malas asechanzas. El paladar distingue los sabores, dice la Escritura (cf. Job 34,3). Así también el gusto espiritual muestra claramente todo tal como es, sin dejarse seducir.

Santos Calixto e Ignacio

– Tú, que guardas silencio y deseas estar a solas con el solo Dios, no aceptes nunca, si ves algo sensible o espiritual, dentro o fuera de ti —el rostro de Cristo, o de un ángel, o la imagen de un santo, o una imaginación luminosa que se represente en el intelecto—. Y no creas en ello sin más, ni en otras cosas semejantes que sucedan, antes de preguntar a alguien experimentado: eso es lo más provechoso, lo más agradable a Dios y lo más seguro. Mantén el intelecto siempre sin color, sin imagen, sin forma, sin figura, sin cualidad y sin número, atento únicamente a las palabras de la oración, aprendiéndolas y meditándolas en el movimiento del corazón.

LA GUARDA DEL INTELECTO Y EL PECADO

Beato Diádoco

– No hay mal en la naturaleza, ni existe mal alguno por naturaleza, pues Dios no creó nada malo. Pero cuando alguien, con el deseo del corazón, introduce en sí la imagen del mal, entonces este, aunque no exista por naturaleza, comienza a existir en la forma que quiera darle quien lo hace. Por eso hay que esforzarse con toda diligencia, recordando sin cesar a Dios, en estar atentos a los impulsos habituales hacia el mal; pues el bien que existe por naturaleza es más fuerte que el mal, que llega a la naturaleza desde fuera por la costumbre, ya que aquel existe y este no existe sino cuando se lo practica.

– El asceta debe observar siempre su pensamiento con serenidad, para que el intelecto, discerniendo rectamente los pensamientos que se acercan, guarde en el tesoro de la memoria los buenos y los enviados por Dios, y arroje fuera de los senos de la naturaleza los indecorosos y demoníacos.

San Máximo el Confesor

– A aquello a lo que alguna vez nos hemos apegado, de eso tenemos también imaginaciones apasionadas. Por eso quien vence las imaginaciones apasionadas desprecia también, sin duda, las cosas que se imaginan. Pues el combate contra los recuerdos de las cosas es mucho más difícil que el combate contra las cosas mismas, así como es más fácil pecar con el pensamiento que con la obra. Entre las pasiones, unas son corporales y otras espirituales. Las corporales toman ocasión del cuerpo, y las espirituales de los objetos exteriores. Pero el amor y la templanza cortan ambas: el amor, las espirituales; y la templanza, las corporales.

– No abuses de tus pensamientos, para no verte obligado a abusar también de las cosas; pues si no pecamos primero con el pensamiento, jamás pecaremos con la obra.

Abba Talasio

– El intelecto que gobierna bien los sentidos y ha puesto en orden la carne tiene un solo combate: el combate contra los recuerdos.

San Filoteo del Sinaí

– Tenemos una guerra espiritual más dura que la sensible. El obrero de la piedad debe volverse con todo el ímpetu de su intelecto hacia esa meta: que, como una perla o una piedra preciosa, guarde perfectamente en el corazón el recuerdo de Dios. Hay que dejarlo todo, incluso el cuerpo, y despreciar la vida presente, para poseer solo a Dios en el corazón. Pues dijo san Juan Crisóstomo que basta el solo conocimiento sabio de Dios para destruir a los demonios.

Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Heb 12,14), para alcanzar el amor y la pureza, que son la esencia de la paz y de la santidad. Solo hay que armarse de ira contra los demonios, que tienen enemistad espiritual contra nosotros y se enfurecen. Pero escucha cómo hay que llevar esa guerra que se libra en nosotros a cada hora; hazlo así: une la oración con la sobriedad, y la sobriedad fortalecerá la oración, y la oración la sobriedad. La sobriedad, observando sin cesar todo lo interior, advierte cómo se acercan los enemigos y, cerrando la entrada con su fuerza, llama al mismo tiempo en su auxilio al Señor Jesucristo, para que ahuyente a esos guerreros astutos. La atención cierra la entrada con la contradicción, y Jesús, invocado, ahuyenta a los demonios con sus fantasmas.

– Vigila tu intelecto con la mayor atención. En cuanto notes los pensamientos del enemigo, contradícelos al instante, pero al mismo tiempo apresúrate a volverte a Cristo el Señor para que Él te vengue. Y el dulcísimo Jesús, mientras aún hablas, dirá: «Aquí estoy contigo para protegerte.» Pero aun después de que todos esos enemigos hayan sido abatidos por tu oración, sigue de nuevo atento: he aquí que otras olas de pensamientos, más numerosas que las anteriores, se lanzarán unas tras otras contra ti, de modo que parecerá que el alma se hunde ya como en un abismo y está a punto de perecer. Pero también entonces Jesús, despertado de nuevo por el discípulo, como Dios reprende a los vientos impíos de los pensamientos, y ellos se aquietan. Y tú, alcanzada la libertad del ataque del enemigo por una hora o por un minuto, glorifica al Salvador y sumérgete en la meditación de la muerte.

Elías el Ecdico

– El intelecto que se lanza a lo alto no llega allí de inmediato, sino después de haber despreciado del todo cuanto existe y de haberse consagrado a las obras divinas.

San Nicetas Stethatos

– Grande es el furor de los demonios contra quienes progresan en la contemplación. Los acechan con calumnias día y noche; ya suscitan contra ellos crueles tentaciones por medio de quienes conviven con ellos, ya levantan ellos mismos ruido y estrépito para asustarlos; a veces los atacan durante el sueño, envidiándoles el descanso, y los turban de todas las maneras posibles, aunque no pueden dañar a quienes se han consagrado a Dios. Y si no fuera por el ángel del Señor Todopoderoso que los guarda, no escaparían a las calumnias y a las trampas mortales.

Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne (Gál 5,17), y entre ellos se libra cierta guerra secreta, para que uno de esos enemigos alcance la victoria sobre el otro y atraiga el poder a su lado. Eso es lo que en nosotros se llama sedición, incitación, sublevación, revuelta, lucha interior, que desgarra el alma en pedazos.

Nicéforo el Solitario

– Algunos santos llamaron a esto atención, guarda del intelecto, custodia del corazón; otros, sobriedad; otros, quietud del intelecto; y hay otros nombres. Pero todos ellos significan una misma cosa; como se dice del pan: rebanada, trozo, pedazo. Entiéndelo así. ¿Y qué es la atención y cuáles son sus rasgos característicos?

– La atención es señal de arrepentimiento sincero. La atención es la llamada del alma a sí misma, el odio al mundo y el ascenso hacia Dios. La atención es el abandono del pecado y la resurrección de la virtud. La atención es la certeza indudable del perdón de los pecados. La atención es el principio de la contemplación, o más bien su condición previa: pues por ella Dios, inclinándose, se manifiesta al intelecto. La atención es la serenidad del intelecto, o mejor, su firmeza, que lo asienta y lo aparta del vagabundeo, por la misericordia de Dios que se le concede. La atención es la supresión de los pensamientos y la sala del tesoro del recuerdo de Dios, la paciencia de todo lo que sobreviene. Así pues, la atención es autora de la fe, de la esperanza y del amor; pues quien no cree no puede soportar las tribulaciones que le vienen de fuera. Y quien no soporta voluntariamente esas tribulaciones no puede decir: Tú eres mi protector y mi refugio (cf. Sal 90,2). Y quien no pone en el Altísimo su refugio no será sincero en lo hondo de su amor a Él.

San Hesiquio

– Intelecto contra intelecto se entretejen invisiblemente en el combate: el intelecto demoníaco contra el nuestro. Por eso hay que clamar a cada instante a Cristo, para que expulse al intelecto demoníaco y nos dé a nosotros el botín de la victoria, como amante de los hombres. El intelecto que no descuida su trabajo más íntimo halla, entre otros bienes de ese ejercicio incesante, este: que los cinco sentidos del cuerpo dejan de serle compañeros en las tentaciones pecaminosas que vienen de fuera. Volviendo toda su atención a su virtud, la sobriedad, y anhelando siempre gozar de los buenos pensamientos, no permite que los cinco sentidos introduzcan en él pensamientos materiales y vanos; y, conociendo lo que sucede por medio de ellos, los expulsa de dentro con gran tensión.

– Permanece atento a tu intelecto, y no te verás abrumado por las tentaciones. Pero cuando te apartes de él, soporta lo que te sobrevenga.

– Tres pasiones ciegan el intelecto: el amor al dinero, la vanagloria y el amor al placer.

– El principio del fruto es la flor; y el principio de la sobriedad del intelecto es la templanza en la comida y la bebida, el rechazo y el arrancar de todos los pensamientos, y el silencio del corazón.

– Cuando, orando en Cristo Jesús, comenzamos a estar firmemente asentados en la sobriedad, entonces Él aparece primero en nuestra conciencia como una lámpara que llevamos en la mano del intelecto y que nos guía por los senderos del pensamiento; después, como la luna en su plenitud, girando en el cielo del corazón; y por fin, como el sol: Jesús, resplandeciente como el sol de justicia, mostrándose a sí mismo y las luces de sus contemplaciones universales.

– La guarda del intelecto merece con razón ser llamada luminosa, relampagueante, portadora de luz y de fuego. Pues en verdad hay que decir que ella supera a las más grandes virtudes corporales, por muchas que uno tenga. Por eso hay que llamar a esta virtud con los nombres más honorables, por las luces que de ella nacen. Aquellos que la han amado, de pecadores indecentes, sucios, ignorantes, insensatos e injustos, quedan hechos por la fuerza de Cristo justos, agradables a Dios, puros, santos y sensatos; y no solo eso, sino que empiezan a contemplar los misterios y a teologizar. Y, hechos contemplativos, se mueven hacia esa Luz purísima e infinita, la tocan con toques inefables, viven y obran con Ella, pues gustan que el Señor es bueno (cf. Sal 99,5). Así, en ellos se cumple con claridad aquella palabra del divino David sobre los primeros ángeles: Los justos confesarán tu nombre y los rectos habitarán ante tu rostro (Sal 139,14). Y en verdad solo ellos son verdaderos, y se vuelven a Dios, y le confiesan, y aman siempre el trato con Él, amándolo.

– ¡Ay del interior por causa de lo exterior! Pues el hombre interior padece mucho por los sentidos exteriores. Pero, habiendo padecido eso, debe usar los azotes contra esos sentidos exteriores. Quien ha hecho lo que sigue a la letra ha comprendido también lo que se sigue de ella.

– Si nuestro hombre interior es sobrio, entonces, según la palabra de los Padres, es capaz de guardar también al exterior. Según ellos, tanto nosotros como los demonios malhechores cometemos juntos los pecados: aquellos, en sus pensamientos o en cuadros imaginarios, representan solo los pecados ante el intelecto, como desean; y nosotros pecamos tanto interiormente con nuestros pensamientos como exteriormente con nuestras obras. Los demonios, que no tienen cuerpos pesados, se preparan tormentos para sí y para nosotros solo con pensamientos, asechanzas y engaños. Pero si esos seres indecentes no estuvieran privados de cuerpo, pecarían sin cesar también con las obras, teniendo siempre en sí una voluntad malvada dispuesta a la vergüenza.

– Sé vengativo, guarda rencor a los demonios; y, cuando estés en guerra, mantente siempre en guerra con la carne. La carne es una amiga pérfida; y, cuando se la satisface, levanta el combate más fuerte.

– Guerra contra la carne y combate contra el vientre.

– Los ángeles no se sacian de alabar al Creador; ni se saciará tampoco el intelecto que compite con ellos en pureza. Y así como los ángeles inmateriales no se preocupan en el cielo del alimento ni de las cosas materiales, tampoco se preocupan de ellas los inmateriales cuando ascienden al cielo del silencio del intelecto.

LA SABIDURÍA Y EL ENTENDIMIENTO ESPIRITUALES

San Máximo el Confesor

– El intelecto obra conforme a su naturaleza cuando mantiene las pasiones sometidas, contempla el sentido de todo cuanto existe y permanece con Dios. El cristiano lo consigue por tres medios: los mandamientos, los dogmas y la fe. Los mandamientos apartan el intelecto de la pasión; los dogmas lo llevan al conocimiento de los seres; y la fe, a la contemplación de la Santa Trinidad. Nada hay más digno de honor que el alma, que es racional por naturaleza. Dios, como Bueno, al crear cada alma a su imagen, la trae a la vida dotada de libre movimiento. Y después cada una, voluntariamente, o escoge el honor o adquiere el deshonor con sus propias obras.

Abba Talasio

– El intelecto que se tiene por sabio es una nube sin agua, arrastrada por el viento de la vanagloria y de la soberbia.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Todo el que se tiene por sabio porque ha estudiado todas las ciencias y todos los conocimientos de la sabiduría exterior jamás alcanzará penetrar en los misterios de Dios y verlos, si antes no se humilla y no se sumerge en el sentimiento de su corazón, desechando junto con la presunción la erudición adquirida. Pues quien hace eso con fe inquebrantable seguirá a los sabios en las cosas divinas y, guiado por ellos, entrará con ellos en la ciudad del Dios vivo; y, enseñado e iluminado por el Espíritu Santo, ve y conoce algo que ningún otro puede ver ni conocer. Y así se hace enseñado por Dios.

San Gregorio el Sinaíta

– Verdaderamente sabio es quien, a partir de los seres, ha conocido a su Creador, y desde el Creador ha comprendido los seres y lo divino; y no solo por el estudio, sino por la experiencia. O bien: sabio perfecto es quien ha progresado en la sabiduría moral, natural y teológica, y sobre todo en el amor de Dios.

LA IMITACIÓN DE DIOS

Beato Diádoco

– Todos los hombres somos según la imagen de Dios. Pero ser según la semejanza de Dios pertenece solo a aquellos que, por su gran amor, han esclavizado su libertad a Dios. Pues cuando no somos nuestros y nos negamos a nosotros mismos, entonces somos semejantes a Aquel que por su amor nos reconcilió consigo; y eso nadie puede alcanzarlo si no ha persuadido a su alma de no dejarse arrastrar por los halagos de una vida cómoda y complaciente consigo misma.

San Nicetas Stethatos

– Una cosa es la imagen de Dios y otra lo que se ve en la imagen. La imagen de Dios es el alma intelectual: el intelecto y el verbo son una sola naturaleza indivisible; y lo que se ve en esa imagen es la autoridad, el señorío y el libre albedrío. También son distintas la gloria del intelecto y su dignidad; distinto lo que está en la imagen y lo que está en la semejanza. La gloria del intelecto es su elevación hacia lo alto, su movimiento perpetuo hacia lo supremo, su agudeza de visión, su pureza, su discernimiento, su sabiduría, su inmortalidad. La dignidad del intelecto es la razón, la independencia, el señorío, el libre albedrío. Lo que está en la imagen es tener alma con intelecto y verbo, personal, unitaria e indivisible. El intelecto y el verbo son propios del alma, incorpóreos, inmortales, divinos, intelectuales; y todos ellos tienen la misma esencia, son mutuos, inseparables e indivisibles entre sí. Lo que está en la semejanza es la justicia, la veracidad, la bondad, la compasión y el amor a los hombres. En aquellos en quienes esas cualidades existen en acto y permanecen de continuo, en ellos se ve con claridad lo que es según la imagen y según la semejanza. Dios, que nos creó a su imagen y semejanza, nos hace semejantes a Él por la virtud y el entendimiento. La virtud de Dios es la justicia, la reverencia y la verdad, como dice David: Justo eres, Señor, y tu verdad te rodea (cf. Sal 118,137; 88,9). Nosotros somos semejantes a Él en la justicia y en la bondad, pues bueno y recto es el Señor (Sal 24,8); y en la palabra de sabiduría y de entendimiento (cf. Col 2,3), en la santidad y en la perfección, como Él mismo dice: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48), y seréis santos, porque yo soy santo (Lv 19,2); y en la humildad y la mansedumbre, pues está dicho: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11,29). La semejanza con Dios, en la medida en que nos es accesible, no puede alcanzarla el fervoroso si antes no lava con lágrimas cálidas la suciedad del pecado que ha caído sobre él y no se adhiere al cumplimiento de los santos mandamientos de Cristo. Y esa semejanza con Dios, alcanzada por una pureza extrema y por el amor pleno a Dios, no cambia sino a condición de una tensión incesante del ojo del intelecto hacia Dios, en la cual el alma se afianza por la permanencia constante en las buenas obras, por la oración incesante, pura e inquebrantable, por una templanza universal y por la lectura diligente de las Escrituras.

San Gregorio el Sinaíta

– Así como en el hombre hay intelecto, palabra y espíritu —y no hay intelecto sin palabra, ni palabra sin espíritu, sino que están siempre unos en otros y en sí mismos—; el intelecto habla por medio de la palabra, y la palabra se manifiesta por medio del espíritu: según este ejemplo, el hombre lleva una débil imagen de la Trinidad inefable y primordial, mostrando también en ello que fue creado a imagen de Dios.

LA IMITACIÓN DE LOS SANTOS

San Máximo el Confesor

– Los santos fueron buenos y benéficos, misericordiosos y compasivos, teniendo hacia todo el género humano la misma disposición de amor; y por su fuerza, conservando durante toda su vida el mejor de todos los bienes —me refiero a la humildad, guardiana de los bienes y destructora de los males contrarios—, permanecieron inalcanzables por todas las tentaciones que nos oprimen, tanto las voluntarias, que proceden de nosotros, como las involuntarias, que no dependen de nosotros; sofocando el levantamiento de las primeras con la templanza y rechazando con paciencia el asalto de las segundas.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– El mundo y los hombres del mundo están muertos para los santos. Por eso, así como los mundanos no ven las buenas obras de los santos ni pueden comprender las palabras divinas que estos les proponen por la gracia del Espíritu Santo, así también los hombres espirituales y santos no ven las malas obras de los hombres malvados del mundo ni comprenden sus discursos apasionados; es decir, tampoco ven lo que hay en el mundo, y al oír hablar de las cosas del mundo están en tal estado y disposición divinos que es como si no oyeran, por falta de esos sentidos. Así pues, no hay comunicación entre lo espiritual y lo mundano, ni entre lo mundano y lo espiritual.

San Nilo del Sinaí

– El Espíritu Santo escribió las vidas de los santos para que cada uno, cualquiera que sea el modo de vida que lleve, ascienda a la verdad con ejemplos semejantes al suyo.

San Efrén el Sirio

– Bendecimos a los santos y deseamos sus coronas, pero no queremos imitar sus combates. ¿Piensas acaso que fueron honrados con coronas en vano, sin trabajos ni tribulaciones? ¿Quieres oír qué descanso tuvieron los santos en esta vida? Fueron azotados… anduvieron cubiertos de pieles… atribulados, maltratados (cf. Heb 11,35.37). Si quieres estar con ellos para siempre, ve por su camino.

San Antonio el Grande

– Llevamos los nombres de los santos y vestimos sus hábitos, de lo cual nos jactamos ante los incrédulos; y para imitar sus obras no tenemos diligencia alguna. Temo que no se cumpla en nosotros lo dicho por el Apóstol: Tienen apariencia de piedad, pero niegan su fuerza (2 Tim 3,5). Los serafines que vio el profeta Ezequiel (cf. Ez 1,4-9) son imagen de las almas fieles que se esfuerzan por alcanzar la perfección. Tenían seis alas llenas de ojos; y tenían también cuatro rostros que miraban a los cuatro lados: uno semejante al rostro de un hombre, otro al rostro de un becerro, el tercero al rostro de un león y el cuarto al rostro de un águila. El primer rostro significa a los fieles que viven en el mundo y cumplen los mandamientos que les incumben. Si alguno de ellos se hace monje, llega a ser como el rostro del becerro, pues realiza un trabajo pesado en el cumplimiento de los deberes monásticos y practica más combates corporales. Quien, hecho perfecto, entra en la soledad y emprende la lucha contra los demonios invisibles se asemeja al rostro del león, rey de las fieras. Y cuando alguien vence a los enemigos invisibles, y triunfa sobre las pasiones y las doma, y es elevado a lo alto por el Espíritu Santo y ve las visiones divinas, será como el rostro del águila: entonces su intelecto verá todo lo que pueda sobrevenirle desde los seis lados, como esas seis alas llenas de ojos. Y así llegará a ser un serafín espiritual y heredará la bienaventuranza eterna.

LA PIEDAD

San Máximo el Confesor

– Preguntó un hermano: «Padre, ¿quién puede cumplir todos los mandamientos, siendo tantos?» El anciano respondió: «Quien imita al Señor y sigue sus pasos.» El hermano dijo: «¿Y quién puede imitar al Señor? El Señor era Dios, aunque se hizo hombre; y yo soy un hombre pecador, esclavo de innumerables pasiones. ¿Cómo puedo imitar al Señor?» El anciano respondió: «De los que están esclavizados al mundo y a su vanidad, nadie puede imitar al Señor; pero quienes pueden decir: He aquí que lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mt 19,27), esos reciben fuerza para imitar al Señor y son dirigidos según todos sus mandamientos.» El hermano dijo: «Pero, padre, los mandamientos del Señor son muchos, ¿y quién puede tenerlos todos presentes para esforzarse en todos ellos, sobre todo yo, hombre de poco entendimiento? Por eso quisiera oír una palabra breve, para que, guardándola, halle en ella mi salvación.» El anciano respondió: «Aunque los mandamientos son muchos, todos se reúnen en una sola palabra: Amarás al Señor tu Dios… con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo (Lc 10,27). Quien se ejercita en guardar esa palabra cumple todos los mandamientos a la vez. Pero quien no renuncia a todo apego a las cosas materiales no puede amar verdaderamente ni a Dios ni al prójimo.»

– No te preocupes en absoluto por la carne, sino, fijándole la medida de su combate, vuelve todo tu intelecto hacia lo interior. El ejercicio corporal para poco es provechoso; pero la piedad para todo aprovecha (1 Tim 4,8).

San Teodoro de Edesa

– El cuerpo busca gozar por medio de los sentidos de las cosas que le corresponden, y cuanto más se le satisface tanto más lo desea. Y eso es contrario a los anhelos del alma. Por eso, que el primer cuidado del alma sea poner freno a todos los sentidos, para que no gocen de las cosas sensibles, como se ha dicho. Pues cuanto más fuerte está el cuerpo, tanto más busca lo suyo; y cuanto más lo busca, tanto más invencible se vuelve. Por eso el alma debe tener un segundo cuidado: esforzarse intensamente en humillar la carne con el ayuno, la vigilia, el mantenerse en pie, el dormir en el suelo desnudo y todas las demás privaciones; para que, agotadas sus fuerzas, sea humilde y obediente en el momento de toda obra espiritual… Pero como es fácil desearlo y difícil cumplirlo, y se cometen muchos descuidos contra lo debido por el engaño de los sentidos, por mucha atención que se ponga, los Padres inventaron con discernimiento un tercer remedio: la oración y las lágrimas…

– Nuestro verdadero diezmo ante Dios es la Pascua espiritual, es decir, el paso por encima de toda inclinación apasionada y de toda sensualidad irracional. Quien ha gustado esta Pascua comulga del Cordero inmaculado que quitó el pecado del mundo, y no muere por ello, sino que, según la palabra del Señor, vivirá para siempre (cf. Jn 6,50).

San Nilo del Sinaí

– No es piadoso quien hace misericordia a muchos, sino quien no ofende a nadie.

– Aprende la virtud con la palabra y predícala con las obras.

– No tengas por virtud solo el que la obra sea hermosa, sino que todo sea como debe ser.

– Sé fervoroso en la virtud, pues su culminación, la sabiduría, revela a Adán como dios.

– No digas: «No puedo guardar el mandamiento de Dios por los impedimentos que me ponen mi padre, mi madre, mi esposa, mis hijos o cualquier otro», pues ellos no te librarán de la ira venidera ni del gusano que nunca duerme. Que te resulte repugnante y odioso todo el que estorbe la conciencia de Dios y la virtud; con tal hombre te haces peor.

San Efrén el Sirio

– Dijo uno de los santos: «Piensa en cosas buenas para no pensar en las malas, pues el intelecto no soporta estar ocioso.» La ocupación en pensamientos vanos engendra obras vanas; pero la ocupación en buenos pensamientos engendra también buenos frutos.

San Antonio el Grande

– Si emprendes algún asunto y no ves en él la voluntad de Dios, no lo hagas por nada del mundo.

– El hombre verdadero se esfuerza por ser piadoso. Y es piadoso quien no desea lo que le es ajeno; y ajeno al hombre es todo lo creado. Desprecia, pues, todo eso, porque eres imagen de Dios. El hombre es imagen de Dios cuando vive rectamente y de manera agradable a Dios, y eso no es posible si el hombre no se aparta de todo lo apasionado. Quien tiene un intelecto que ama a Dios es diestro en todo lo que salva el alma y en todo lo que se le pide. El hombre que ama a Dios no reprocha a nadie, pues conoce sus propios pecados; y esa es la señal del alma que se salva.

LA JUSTICIA, LA ALEGRÍA, LA SANTIDAD, LA PUREZA

Beato Diádoco

– Al alma pura la distinguen: la palabra sin envidia, el celo sin malicia y el fervor incesante hacia la gloria del Señor. Entonces, cuando el alma es pura, también el intelecto pone rectamente sus platillos en la balanza y permanece sobrio en su juicio sobre todas las cosas, como en un juicio purísimo e incorruptible.

– Purificar el intelecto es obra solo del Espíritu Santo. Pues si no viene ese Fuerte y ata al ladrón y lo apresa (cf. Lc 11,22), no puede quedar libre lo que aquel robó. Por eso, es preciso, junto con todas las demás virtudes, hacer descansar en nosotros al Espíritu Santo por la paz espiritual, para tener en nosotros la lámpara del intelecto siempre encendida. Cuando ella brilla de continuo en los lugares ocultos del alma, no solo se hacen manifiestas al intelecto las pequeñas y tenebrosas sugestiones demoníacas, sino que quedan además inactivas e impotentes, rechazadas por el Espíritu Santo y por su Luz gloriosísima. Por eso dice el Apóstol: No apaguéis el Espíritu (1 Tes 5,19); es decir, no contristéis al Espíritu Santo (cf. Ef 4,30) ni ofendáis su bondad con la maldad de las obras o de los pensamientos, para no quedar privados de esa lámpara victoriosa. Pues no es que se apague el Espíritu vivificante e insaciable, sino que su tristeza —o mejor, su aversión— deja nuestro intelecto endurecido y ajeno a la luz de su guía.

– Una es la alegría del comienzo y otra la del final: la primera no está libre de la fantasía de sí misma; la segunda tiene su fuerza en la humildad. Y entre ambas está la tristeza según Dios y el llanto sin dolor. En la mucha sabiduría hay mucho entendimiento, y quien añade entendimiento añade dolor (cf. Ecl 1,18). Por eso es necesaria primero la alegría inicial e introductoria, para llamar al alma a los combates; después, que sea reprendida y probada por la verdad del Espíritu Santo a causa de los pecados cometidos antes y de los que aún comete en su olvido de sí; pues con reprensiones castigaste al hombre por su iniquidad, e hiciste desvanecerse su alma como telaraña (Sal 38,12); de modo que, después de esa reprensión, probada por Dios como en el horno, reciba en acto aquella alegría insomne en el recuerdo cálido de Dios.

San Juan de Carpatos

– Quien quiera ser llamado sabio, discreto y amigo de Dios, que cuide con esmero de su alma, para devolver al Señor tal como la recibió de Él: pura, incorrupta y del todo inmaculada. Por eso será coronado y bendecido por los ángeles.

San Máximo el Confesor

– «No digáis: templo del Señor», dice el profeta Jeremías (Jer 7,4). Ni digas tampoco: «Solo la fe en nuestro Señor Jesucristo puede salvarme.» Eso es imposible si no adquieres también el amor a Él, atestiguado por las obras. Porque, en cuanto a la fe sola, también los demonios creen y tiemblan (St 2,19).

– Si quieres ser justo, da a cada parte de ti lo que le corresponde, es decir, al alma y al cuerpo: a la parte pensante, la lectura, la contemplación espiritual y la oración; a la irascible, el amor espiritual, contrario al odio; a la concupiscible, la castidad y la templanza; y a la carne, el alimento y el vestido que por sí solos son necesarios.

– Quien ha purificado su corazón conocerá no solo el sentido y la razón de las cosas segundas y posteriores a Dios, sino que, atravesándolas todas, ve de algún modo a Dios mismo, que es el término último de los bienes. Al visitar tal corazón, Dios se digna escribir en él con el Espíritu sus propias letras, como en las tablas de Moisés, en la medida en que ese corazón se ha fortalecido por la buena actividad y la contemplación, conforme al mandamiento que misteriosamente ordena: Crece y multiplícate (cf. Gn 35,11).

San Teognosto

– Ama la pureza como a la niña de tus ojos, y así serás templo de Dios y morada deseada por Él; pues sin castidad es imposible llegar a ser propiedad de Dios. Y esa pureza la engendran el desapego del mundo y el alejamiento de él; pero la conservan la humildad, la templanza, la oración incesante, la contemplación espiritual, el llanto y el discernimiento: bienes que no puedes alcanzar sin desprendimiento.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Corazón puro lo tiene, al parecer, aquel que no solo no es turbado ni agobiado por ninguna pasión, sino que ni siquiera piensa en nada malo ni mundano, aunque quisiera; y guarda en sí únicamente el recuerdo de Dios con un amor insaciable. Pues el ojo del alma es el intelecto: cuando nada estorba su contemplación, ve a Dios en luz pura. Y se llama corazón puro a aquel en el que no hay ningún pensamiento ni idea mundana, sino que se ha adherido enteramente a Dios y se ha unido a Él de tal modo que no recuerda nada terreno, ni triste ni alegre, sino que se extiende en la contemplación, elevándose al tercer cielo, arrebatado al paraíso, contemplando la herencia de los bienes prometidos a los santos, y representándose después, en cuanto es posible a la debilidad humana, los bienes eternos. Esa es la señal de la pureza del corazón, y la señal segura por la que cada uno puede medir su propia pureza y verse a sí mismo como en un espejo.

San Nilo del Sinaí

– No hay nada grande en que lleguemos a ser justos; pues en tal caso solo llegaremos a ser lo que Dios nos creó al principio, buenos desde el comienzo.

– La fe y el bautismo no te librarán del fuego eterno sin las obras de la verdad. Si te has desposado con Cristo, guarda sus mandamientos; y si crees en lo venidero, esfuérzate por merecer la gloria eterna y teme la espada de fuego. Pero si no guardas los mandamientos de Dios, no te llames fiel.

San Isaac el Sirio

– Nosotros somos templo de Dios (1 Cor 3,16). Así pues, ya que Dios mismo es puro, purifiquemos su templo, para que desee habitar en él; y ya que Él mismo es santo, santifiquemos también su templo; adornémoslo con toda clase de obras buenas y honestas y llenémoslo de los perfumes de la voluntad de Dios, con la oración pura y sincera. Entonces la nube de su gloria cubrirá el alma con su sombra y la luz de su majestad brillará en el corazón.

– La paz del alma es fruto del buen orden; de la paz nace la luz, y de la luz resplandece la paz en el aire puro.

– Cuando se acerca el tiempo de que se levante en ti el hombre espiritual, entonces se enciende en tu alma la alegría, y tus pensamientos quedan contenidos en ti por aquella dulzura que hay en tu corazón. Y cuando esa paz vuelve a levantarse en ti, entonces, elevándote por dentro, se multiplicarán tus pensamientos.

– En la medida en que el hombre entra en el combate por amor de Dios, en esa medida recibe su corazón audacia en la oración; y en la medida en que el hombre se distrae con muchas cosas, queda privado de la ayuda de Dios.

– Dice san Gregorio: «Es templo de la gracia quien está en unión con Dios y se preocupa siempre de su juicio.»

San Antonio el Grande

– Preguntaron a san Antonio: «¿En qué consiste la alegría?» Y respondió: «En cumplir el mandamiento con obras y con gozo, para gloria de Dios. Cuando cumplimos sus mandamientos, debemos alegrarnos. Pero temamos que, al alegrarnos, no nos ensoberbezcamos; pongamos más bien toda nuestra esperanza en el Señor.»

LA VIDA ACTIVA Y LA VIDA CONTEMPLATIVA

San Teognosto

– Abstente de las contemplaciones más altas si no has alcanzado todavía la impasibilidad; no persigas lo que no puedes alcanzar ni busques lo que está por encima de tus fuerzas. Si deseas llegar a ser teólogo y contemplativo, sube a ello por el camino de la vida activa y adquiere el conocimiento puro de Dios por la pureza. Y en cuanto a la teología, te lo recuerdo: no midas su altura como si fuera algo sin límites, y sabe que no nos conviene, cuando todavía nos alimentamos con la leche de las virtudes, intentar volar hasta allá arriba, para no perder en vano las plumas, como les ocurre a los polluelos, aunque la dulzura del conocimiento atraiga con fuerza nuestro deseo. Cuando, purificados por la castidad y las lágrimas, nos hayamos vuelto ligeros como Elías o Habacuc, o como quien espera ser arrebatado sin tardanza a las nubes, y buscamos a Dios en la oración contemplativa, pura e inquebrantable, situados fuera de los sentidos, entonces quizá toquemos también alguna forma de teología. Del mismo modo, si deseas recibir la visión divina y la iluminación del intelecto, ama primero la vida pacífica y silenciosa, y, desprendido de todo, conócete a ti mismo y conoce a Dios. Si eso sucede, entonces nada impedirá que, como una brisa suave, tu disposición interior, pura y no turbada por ninguna pasión, vea con sabiduría al Invisible de todos, que te anuncia la buena nueva de la salvación por el conocimiento más íntimo de Él.

Elías el Ecdico

– El fin de la vida activa es la humillación de las pasiones; y el fin de la contemplativa, la visión de las virtudes.

San Máximo el Confesor

– De quien recorre la vida activa se dice que habita temporalmente en la carne como un extranjero, pues, obrando las virtudes, corta del alma la compasión por el cuerpo y se arranca a sí mismo de los halagos materiales. Y de quien recorre la vida contemplativa se dice que habita en las virtudes mismas como en espejos, contemplando en ellas la verdad, pues todavía no ha visto por experiencia, como cara a cara, las verdaderas especies de los bienes deseados tal como son. Y todo santo, con respecto a los bienes venideros, camina de tal modo que clama: Peregrino soy contigo y forastero, como todos mis padres (cf. Sal 38,13).

– Al que recorre la vida activa le es propio el Señor por medio de las virtudes; y de quien no cuida de practicar la virtud, Él se aparta. Y de nuevo, es connatural al contemplativo por el conocimiento verdadero de las cosas; pero de quien peca de cualquier modo, se aparta.

– El Verbo de Dios es camino (cf. Jn 14,6) para quienes, llevando una vida activa, avanzan con fidelidad y firmeza en el campo de la virtud, sin desviarse ni a la derecha por la vanagloria ni a la izquierda por la inclinación a las pasiones, guiando sus propios pasos según Dios. Yo soy la puerta, dijo el Señor (Jn 10,9). Pues Él introduce en el señorío a quienes han obrado bien por todos los caminos de la virtud, en el curso irreprensible de su vida activa, y, como luz, les muestra los tesoros luminosísimos de la sabiduría. Él mismo es camino, puerta, llave y reino: camino, como guía; llave, como quien abre a los dignos la entrada de los tesoros divinos; puerta, como quien conduce dentro; reino, como herencia y comunión en todo.

– No glorifica a Dios en sí mismo quien solo con palabras venera a Dios con reverencia, sino quien, por amor de Dios y por los mandamientos, soporta con paciencia sufrimientos y trabajos. Ese es glorificado a su vez por Dios con la gloria que está en Dios, y recibe la gracia de la impasibilidad como recompensa de la virtud por participación. Pues todo el que glorifica a Dios en sí mismo por los padecimientos en favor de la virtud, en la vida activa, es también él glorificado en Dios por la iluminación impasible de los rayos divinos en el estado de contemplación.

LA PERFECCIÓN DE LA VIDA ESPIRITUAL

San Juan de Carpatos

– Que el fuego del deseo de los bienes supremos y de la santa contemplación de Dios arda sin cesar en el altar de tu alma con las palabras del Espíritu.

Beato Diádoco

– Que la fe sea guiada por la contemplación espiritual, la esperanza y el amor; y sobre todo por el amor, pues aquellas dos solo enseñan a despreciar los bienes visibles, mientras que el amor une a Dios el alma misma por la virtud, percibiendo con el sentido intelectual lo Invisible.

Abba Zósimo

– Alguien me dijo: «Abba, es demasiado lo que se nos manda, y el intelecto se oscurece cuando uno se pone a considerar qué debe guardar y qué no.» Y le respondí: «Que eso no te turbe; recuerda más bien esto: si no te apegas a las cosas, cumplirás cómodamente toda virtud. No riñas por ellas, no guardes rencor, y entonces, ¿qué trabajo te costará orar por los enemigos? ¿Acaso es como cavar la tierra? Anda más bien por el camino de la paciencia, soporta con buen ánimo las pérdidas injustas en tus bienes, da gracias por el deshonor, y he aquí que serás discípulo de los santos Apóstoles, que, al volver del tribunal después de los azotes, se alegraban de haber sido dignos de padecer afrenta por el nombre de Cristo (cf. Hch 5,41). Y ellos, siendo puros y santos, fueron deshonrados por el nombre de Cristo; nosotros, en cambio, debemos soportar el deshonor por nuestros pecados. Somos indignos de honor aunque nadie nos deshonre, y somos malditos, pues malditos, dice el profeta, los que se apartan de tus mandamientos (Sal 118,21). No a todos les corresponde soportar el deshonor por el nombre de Cristo: no a todos, sino solo a los santos y puros, como he dicho; a los que somos como nosotros nos toca aceptar con gratitud el deshonor, reconociendo que lo padecemos con justicia por nuestras malas obras. Maldita el alma que, conociendo sus obras impuras y viendo que padece dignamente lo que padece, se sienta y, engañando su propia conciencia, teje sus pensamientos diciendo: «Esto me lo hizo aquel, y aquello lo dijo por desprecio hacia mí», calumniándose a sí misma y ocupando ella el puesto de los demonios. Pues lo que ocurre con los artesanos ocurre también con el alma. Así como el maestro principal, después de enseñar el oficio al aprendiz, lo deja ya trabajar solo y no se sienta más junto a él, sino que de vez en cuando lo vigila, no sea que se vuelva perezoso o eche a perder la obra, así también los demonios: cuando ven que el alma está sometida y acepta con facilidad los malos pensamientos, la dejan entregada al arte satánico y ya no consideran necesario sentarse junto a ella, convencidos de que ella misma se basta para calumniarse a sí misma; solo de tiempo en tiempo vienen a comprobar si no se ha vuelto perezosa.»

San Juan Casiano

– Tres impulsos mueven a los hombres a dominar las pasiones, a saber: el temor del infierno y de los tormentos venideros, o el temor a la severidad de las leyes en el presente; la esperanza y el deseo de alcanzar el Reino de los cielos; y, por último, el amor a la virtud, o el amor al bien. Ese temor hace odiar la suciedad del mal, según lo que dice el libro de los Proverbios: El temor del Señor aborrece la iniquidad (Prov 8,13). También la esperanza aparta de las pasiones, pues está dicho: No pecarán todos los que confían en Él (cf. Sal 33,23). Y del amor se dice que ni siquiera teme la caída en el pecado: El amor nunca decae (1 Cor 13,8). Por eso el Apóstol, que llevó a término toda la obra de la salvación adquiriendo esas tres virtudes, dijo: Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor: estas tres (1 Cor 13,13). La fe, que destruye el temor del juicio y de los tormentos venideros, nos aparta de la suciedad de las pasiones; la esperanza, que arranca nuestro intelecto de la tierra a la expectativa de las recompensas celestiales, hace despreciar todos los placeres carnales; y el amor, que enciende con su fuego nuestro amor a Cristo y el crecimiento espiritual en la virtud, suscita un odio perfecto hacia todo lo que se le opone. Nada nos lleva a la verdadera perfección como amar a Dios y amar al otro con el único impulso del amor hacia Él, pues también Él nos amó primero sin ningún otro motivo que nuestra salvación. Por eso debemos esforzarnos con celo ardiente en subir del temor a la esperanza y de la esperanza al grado del amor a Dios o del amor a la virtud misma, con todo el fervor del alma, para que, recibida tal entrega al bien, podamos permanecer en él inquebrantablemente, en la medida en que le sea accesible a la naturaleza humana.

San Máximo el Confesor

– Preguntó un hermano: «¿Qué hay que hacer para poder estar con Dios sin interrupción?» El anciano respondió: «Es imposible que el intelecto esté siempre con Dios solo si no adquiere estas tres virtudes: el amor, la templanza y la oración. El amor doma la ira; la templanza seca la concupiscencia; y la oración, separando el intelecto de todos los pensamientos, lo presenta desnudo ante Dios mismo. Estas tres virtudes lo abarcan todo verdaderamente, y sin ellas el intelecto no puede estar con Dios solo.» Preguntó el hermano: «Te ruego, padre, que me enseñes cómo amar.» El anciano respondió: «La obra del amor es tener misericordia del prójimo, hacerle bien, ser paciente con él y soportar todo lo que él haga, como se ha dicho tantas veces. Quien tiene tales cualidades doma naturalmente la ira en aquel que ha adquirido el amor.» Y el hermano dijo: «No son pequeñas sus obras, pero bienaventurado quien ha podido alcanzarlo. Yo, en verdad, estoy lejos de ello. Sin embargo, te ruego, padre, que me digas qué significa ser paciente.» El anciano respondió: «Es ser fuerte de espíritu en la desgracia, soportar todo mal y esperar el fin de la tentación, sin dejarse llevar por la ira, sin pronunciar una palabra insensata, sin sospechar nada ni tener por decente lo que no lo es en un hombre piadoso; como dice la Escritura: El paciente soportará hasta un tiempo, y después se le devolverá la alegría; ocultará sus palabras hasta el tiempo oportuno, y los labios de los fieles proclamarán su entendimiento (cf. Eclo 1,23-24). Quien ha renunciado sinceramente y sin hipocresía a las cosas del mundo y sirve al prójimo por amor se libera pronto de toda pasión y se hace partícipe del amor divino y del conocimiento divino.»

– Así como el recuerdo del fuego no calienta el cuerpo, así la fe sin amor no engendra en el alma la luz del conocimiento.

– El alma pura está libre de pasiones y se alegra sin cesar en el amor divino.

– El amor perfecto no divide la única naturaleza de los hombres según sus distintos caracteres morales, sino que, mirando siempre a esa naturaleza, ama a todos los hombres por igual: a los buenos como amigos y a los no buenos como enemigos, haciéndoles bien, siendo paciente, soportando lo que le causan, sin devolverles en modo alguno mal por mal, e incluso sufriendo por ellos cuando la ocasión lo exige, para hacerlos, si es posible, sus amigos. Y si eso no es posible, tampoco entonces se aparta de su disposición hacia ellos, mostrando siempre por igual los frutos del amor hacia todos los hombres. Así también nuestro Señor y Dios Jesucristo, mostrando su amor hacia nosotros, padeció por todo el género humano y dio a todos por igual la esperanza de la resurrección, aunque cada uno se hace a sí mismo digno o de la gloria o de los tormentos del infierno.

– La señal de la impasibilidad perfecta es esta: que tanto en la vigilia como en el sueño las representaciones de las cosas suban siempre al corazón desnudas de pasión.

– Por el cumplimiento de los mandamientos el intelecto se despoja de las pasiones; por la contemplación espiritual de lo visible se despoja de los pensamientos apasionados acerca de las cosas; por el conocimiento de lo invisible se desprende de la contemplación de las cosas visibles; y, por fin, por el conocimiento de la Santa Trinidad se desprende incluso del conocimiento de las cosas invisibles —es decir, alcanza la cima del conocimiento—.

– La recompensa de la templanza es la impasibilidad; la de la fe, el conocimiento. La impasibilidad engendra el discernimiento, y el conocimiento, el amor a Dios.

– El que es perfecto en el amor y ha alcanzado la cima de la impasibilidad no conoce diferencia entre lo propio y lo ajeno, ni entre el fiel y el infiel, ni entre el siervo y el libre, ni siquiera entre varón y mujer. Sino que, situado por encima de la tiranía de las pasiones y mirando a la sola naturaleza humana, mira a todos por igual y a todos está igualmente bien dispuesto (cf. Gál 3,28).

– La recompensa de los combates por la virtud es la impasibilidad y el conocimiento. Pues ellos son para nosotros causa del Reino de los cielos, como las pasiones y la ignorancia lo son del tormento eterno. Y por eso, quien los busca por la gloria humana y no porque son un bien, oye lo que dice la Escritura: Pedís y no recibís, porque pedís mal (St 4,3).

– Alma perfecta es aquella cuya potencia desiderativa se ha dirigido entera y perfectamente hacia Dios.

– Intelecto perfecto es aquel que, habiendo conocido inefablemente por la fe verdadera al Incognoscible, ha contemplado en conjunto todas las cosas de su creación y ha recibido de Dios un conocimiento universal de su providencia y de su juicio sobre ellas, en la medida en que eso es accesible a los hombres.

– El principio y el fin de la salvación de cada uno es la Sabiduría, que al comenzar engendra primero el temor y, ya perfeccionada, engendra al final el amor. O mejor dicho: al principio ella misma se hace providencialmente temor, para apartar del mal a quien la ama; y después, al final, se manifiesta naturalmente como amor, llenando de gozo espiritual a quienes por convivir con ella han cambiado la posesión de todos los bienes visibles.

– Perfecto es quien combate con templanza las tentaciones voluntarias y soporta con paciencia las involuntarias. E íntegro es quien realiza sus acciones con conocimiento y no deja inactiva la contemplación.

Abba Talasio

– La impasibilidad perfecta engendra pensamientos puros, y el conocimiento perfecto pone ante el rostro del Incomprensible.

– El combate ascético exige paciencia y valentía, porque la búsqueda del placer no se expulsa sino con un esfuerzo largo y voluntario. Cumplirás cómodamente los trabajos de la ascesis si haces todo con medida y según regla. Guarda siempre la misma medida en tus combates y no quebrantes sin extrema necesidad la regla establecida.

San Teodoro de Edesa

– ¡Qué ascenso hacia la perfección y la deificación! Por parte del intelecto, es el conocimiento más perfecto de los seres y de Aquel que está por encima de todos los seres, en cuanto le es accesible a la naturaleza humana; por parte del deseo, es el anhelo total e incesante y el impulso hacia el Bien primero; por parte de la irascibilidad, es el movimiento más enérgico y activo hacia lo deseado, que no cesa ni se debilita por ninguna de las aflicciones que sobrevienen, que no se interrumpe en su avance, sino que camina sin dejarse detener y sin volverse atrás.

– El fin de nuestra vida es la bienaventuranza, o, lo que es lo mismo, el Reino de los cielos o de Dios. Y este no es solo la visión de la Trinidad soberana, sino además la recepción de la efusión divina y, por así decirlo, la acogida de la deificación, y, por esa efusión, la plenitud de lo que en nosotros no se agota y el acabamiento de lo imperfecto. Y eso es lo que sirve de alimento a los seres intelectuales: esa plenitud de lo que falta por medio de aquella efusión divina. Aquí se cumple un círculo incesante, que empieza por lo mismo en que termina. Pues cuanto más comprende uno, tanto más desea; cuanto más desea, tanto más gusta; cuanto más gusta, tanto más se despierta a comprender de nuevo todavía más, y al punto comienza otra vez ese movimiento inmóvil, o esa inmovilidad en movimiento.

– ¿Cómo llegaremos al fin de la vida? Para las almas racionales, que son seres intelectuales y no están lejos del pensamiento de los ángeles, esta vida es un combate, y la vida en el cuerpo les fue dada para la lucha ascética. Y la recompensa del combate y de la lucha es el estado antes mencionado: un don digno tanto de la bondad divina como de la justicia divina. Justicia, porque esos bienes no se alcanzan sin el propio trabajo y sudor; bondad divina, porque el don es infinitamente mayor que todo trabajo propio, y también porque el poder mismo de hacer el bien es un don de Dios.

San Filoteo del Sinaí

– Se libra en nosotros una guerra intelectual más dura que la sensible. El obrero de la piedad necesita tal fin y tal meta: mover su intelecto de modo que, como una perla o una piedra de gran precio, guarde perfectamente en el corazón el recuerdo de Dios. Hay que renunciar a todo, incluso al cuerpo, y despreciar la vida presente misma, para poseer únicamente a Dios en el propio corazón. Pues dijo san Juan Crisóstomo que el conocimiento sabio de Dios basta para destruir a los demonios.

– Quienes libran la guerra intelectual deben escoger con toda diligencia, según las divinas Escrituras, las obras espirituales y aplicarlas al intelecto como emplastos curativos. Así, desde la mañana hay que estar en pie con valentía y firmeza a la puerta del corazón, con el recuerdo firme de Dios y con la oración incesante a Jesucristo en el alma; y con esa guarda intelectual dar muerte a todos los pecadores de la tierra (cf. Sal 100,8), es decir, cortar con el recuerdo de Dios, poderoso y firme, las cabezas de los pensamientos hostiles, y comenzar así, por el Señor, a combatir contra los pensamientos que asaltan al intelecto. Pues sabemos que en los trabajos ascéticos del intelecto hay un cierto rito y orden divino de acción. Así debe hacerlo quien se ha entregado a sí mismo por el Reino, hasta la hora señalada de la comida. Después de ella, dando gracias al Señor que solo por amor a los hombres nos alimenta con ambos alimentos, el espiritual y el corporal, hay que ocuparse en el recuerdo y la meditación de la muerte. Y al día siguiente hay que retomar con firmeza el trabajo de la mañana. Pues solo con semejante modo de obrar cotidiano podremos apenas escapar en el Señor de los lazos del enemigo intelectual. Sin embargo, cuando ese trabajo se establece en nosotros, engendra tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor; la fe nos dispone al verdadero temor de Dios, y la esperanza, venciendo el temor servil, conduce al hombre al amor de Dios.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Dios no nos exige a los hombres otra cosa sino que no pequemos. Pero eso no es todavía el cumplimiento de la ley, sino solo la conservación intacta de la imagen y de la dignidad celestial en la que, estando de pie según nuestra naturaleza y vistiendo el luminoso vestido del Espíritu, permanecemos en Dios y Él en nosotros; y así, por gracia, somos dioses e hijos de Dios, y quedamos sellados con la luz del conocimiento de Dios, según aquella palabra: La luz de tu rostro ha sido marcada sobre nosotros, Señor (cf. Sal 4,7).

– Quienes alcanzan la perfección espiritual, cuando son iluminados o esclarecidos en el intelecto, ven intelectualmente la gloria del Señor y son enseñados intelectualmente en las cosas divinas por la gracia, conocimiento tras conocimiento, elevándose desde la contemplación al conocimiento de Aquel que está verdaderamente por encima de todo lo divino. Al acercarse a la perfección, viendo solo en parte la infinitud de las cosas espirituales y comprendiendo la incomprensibilidad de lo que ven, se maravillan y quedan pasmados; y cuanto más entran, no sé cómo, en la luz del conocimiento, tanto más advierten su propia debilidad. Lo que se les manifiesta algo oscuramente, como en un espejo y en enigma, ilumina en parte al intelecto que piensa; y cuando ese intelecto es admitido a manifestarse en una luz mayor y a unirse en comunión con Aquel que lo ilumina y que abarca todo en sí mismo, de modo que esté en las profundidades del Espíritu como en las profundidades de aguas inmensas y resplandecientes, entonces se eleva inefablemente a una ignorancia total, como quien ha entrado allí donde todo está por encima del conocimiento.

San Juan Clímaco

– Ciertamente, el pecado y la pasión no existen en la naturaleza del hombre. Dios no es el autor de las pasiones. Muchas virtudes dio Él a nuestra naturaleza, entre las cuales están estas: la misericordia, pues aun los paganos son compasivos; el amor, pues con frecuencia hasta los animales irracionales derraman lágrimas por la pérdida unos de otros; la fe, pues todos nosotros la engendramos por nosotros mismos; la esperanza, pues cuando prestamos o tomamos, cuando sembramos y cuando navegamos, lo hacemos esperando enriquecernos. Si, pues, como queda demostrado, el amor y la virtud están puestos naturalmente en nuestra naturaleza, y el amor es el cumplimiento de la ley, es evidente que las virtudes no son ajenas a nuestra naturaleza. Y que se avergüencen quienes se excusan de no practicar la virtud alegando su impotencia. Pero en cuanto a la pureza, la ausencia de ira, la humildad, la oración, la vigilia, el ayuno y la compunción constante, esas virtudes están por encima de la naturaleza. De algunas de ellas nos han enseñado los hombres con su ejemplo; de otras nos han sido modelo los ángeles; y de otras el maestro y dador es Dios, el Verbo mismo.

San Isaac el Sirio

– Imagínate que la virtud es el cuerpo, la contemplación el alma, y ambas juntas un solo hombre perfecto, unido por el espíritu a partir de dos partes: la sensible y la racional. Y así como es imposible que el alma llegue a manifestar su ser sin que se haya formado el cuerpo con sus miembros, así es imposible que el alma llegue a la contemplación sin la realización de la obra de la virtud.

– Hay tres modos intelectuales por los que el conocimiento asciende y desciende. Esos modos son: el cuerpo, el alma y el espíritu. El conocimiento es un don de Dios a la naturaleza de las criaturas racionales, dado al comienzo mismo de su creación. Y en sí mismo es simple e indivisible, como la luz del sol; pero, según la obra a que se aplique, adquiere variaciones y divisiones.

– Quien con conocimiento huye de la gloria vana ha sentido en su alma el siglo venidero.

– No nos turbemos cuando nos hallemos en oscurecimiento. Y me refiero a ese oscurecimiento particular en el que a veces el alma languidece y está como entre las olas; y ya lea el hombre la Escritura, ya celebre el oficio, en toda obra que emprenda no halla sino oscurecimiento tras oscurecimiento. Entonces deja la obra, y muchas veces ni siquiera se le permite acercarse a ella. Esa hora está llena de desesperación y de temor; la esperanza en Dios y el consuelo de la fe quedan del todo apartados del alma, y ella se llena por completo de duda y de miedo. Pero Dios no deja al alma en tal estado por mucho tiempo, sino que pronto le da también la salida (cf. 1 Cor 10,13). Y te advierto y te doy este consejo: si no tienes fuerza para dominarte y caer sobre tu rostro en oración, cubre tu cabeza con el manto y duerme hasta que pase para ti esa hora de oscurecimiento, pero no salgas de la celda. A esta tentación están sometidos sobre todo quienes desean llevar una vida intelectual y buscan en su camino el consuelo de la fe. Por eso esa hora los atormenta y fatiga más que nada con la vacilación del intelecto; y a ello sigue muchas veces la blasfemia, y a veces le sobreviene al hombre la duda sobre la resurrección y otras cosas de las que no conviene hablar. Los que se ocupan en trabajos corporales están del todo libres de esas tentaciones. A ellos les sobreviene otro desaliento, conocido de todos, que por su modo de obrar es distinto de esas tentaciones y de otras semejantes. Bienaventurado quien lo soporta sin salir por la puerta. Por lo demás, esta lucha no acaba en una hora; y la gracia no vuelve de golpe a habitar en el alma, sino poco a poco. Y una cosa se alterna con otra: un tiempo de tentación y un tiempo de consuelo.

San Antonio el Grande

– La perfección de tu combate es la obediencia; y bueno es para el hombre llevar desde su juventud el yugo del Señor, sirviendo y sometiéndose. ¿Qué dijo el abba Antonio a Pablo, su discípulo? «Ve, siéntate a solas, para aprender los combates que vienen de los demonios.» Pues la perfección del monje consiste en poder gobernar por el espíritu todo lo que hay en él. Y ese gobierno espiritual de sí mismo va acompañado de la pureza del corazón; la pureza del corazón nace cuando el intelecto la gobierna; y el intelecto es gobernado por la oración incesante. Y la batalla de los demonios se libra por medio de los pensamientos y de las fantasías, que en la soledad y el silencio son más arrebatadores.

– La disposición interior del intelecto es mejor que los combates corporales, pues esa disposición interior del intelecto dirige y alegra el alma del monje con el amor más perfecto a Dios, y lo hace digno de visiones y revelaciones de la gloria de Dios. Los combates corporales libran al monje de las pasiones del cuerpo, lo afianzan en las virtudes, le dan fuerza para ahuyentar las pasiones y aportan pureza al cuerpo; pero el combate del intelecto arma al alma contra los demonios y contra los pensamientos que ellos le inspiran, y le da la pureza del corazón, que recibe su fuerza del amor, y la hace digna de ser gobernada por el Espíritu.

San Juan Clímaco

– Quien no ha vivido al principio en obediencia no puede adquirir la humildad, pues todo hombre que aprende por sí mismo un oficio fantasea mucho sobre sí. Como los huevos, calentados bajo las alas, cobran vida, así también los pensamientos ocultados al padre espiritual se convierten en obras. Y así como una nave con buen timón entra segura en el puerto con la ayuda de Dios, así también el alma que tiene un buen pastor sube cómodamente al cielo, aunque muchos hayan sido antes sus pecados. Pues así como el que no tiene guía se extravía fácilmente en su camino, por muy inteligente que sea, así también quien recorre por su cuenta el camino de la vida monástica perece con facilidad, aunque conociera toda la sabiduría de este mundo.

Santos Barsanufio y Juan

– Quien quiere ser monje no debe tener en modo alguno voluntad propia. Cristo el Señor, enseñándonos esto, dijo: He bajado del cielo no para hacer mi voluntad (Jn 6,38). Pero si haces una cosa y luego rehúsas otra, demuestras entonces que te tienes por más sensato que quien te manda, y eso es lo mismo que ser burlado por los demonios. Por eso debes obedecer en todo, aunque te parezca que la acción mandada no está libre de pecado. El abba que te la ordene cargará con tu pecado, y a él se le pedirá cuenta por ti. Si el asunto te resulta extremadamente penoso y peligroso, o está fuera de tus fuerzas, explícaselo al abba y haz como él juzgue.

Abba Doroteo

– Si estás en obediencia, no te fíes nunca de tu corazón, pues está manchado por los antiguos apegos. No sigas tu propio juicio en nada. No te dispongas nada a ti mismo sin permiso ni consejo. No pienses ni imagines que eres mejor y más justo que tu maestro, y no examines sus acciones. Obrando así podrás obedecer con paz y seguridad, y caminar por la senda de nuestros padres.

San Isaac el Sirio

– No trates de pedir consejo a un hombre que no lleva el mismo modo de vida que tú, aunque sea sumamente sabio. Confía mejor tus pensamientos a un hombre sin instrucción que ya ha pasado por esa experiencia, que a un filósofo docto que razona a partir de sus estudios sin haber probado la cosa.

San Antonio el Grande

– Conozco monjes que cayeron después de muchos esfuerzos y quedaron sin sentido, porque confiaron en sus propias obras y despreciaron los mandamientos de Aquel que dijo: Pregunta a tu padre y él te lo mostrará (Dt 32,7). También dice la santa Escritura: Donde no hay gobierno, el pueblo cae (Prov 11,14), y manda no hacer nada sin consejo, hasta el punto de no permitir sin consejo ni siquiera la bebida espiritual que alegra el corazón del hombre: Nada hagas sin consejo (Eclo 32,21), y bebe el vino con consejo. El hombre que lleva sus asuntos sin consejo es como una ciudad sin muralla, en la que entra el que quiere y saquea su tesoro. San Antonio tenía por obra saludable el preguntar a otros, hasta el punto de que él mismo, maestro de todos, consultaba a un discípulo suyo que había progresado, y hacía lo que este le decía. Pues cuando el abba Antonio recibió del emperador Constancio la invitación de ir a Constantinopla, consultó a Pablo el Simple; y cuando este le dijo: «Si vas, serás Antonio; si no vas, serás el abba Antonio», se quedó tranquilamente en su lugar.

San Nilo del Sinaí

– Estos son los rasgos distintivos de Dios y del hombre que aspira con fervor a la semejanza con Dios: el silencio, la mansedumbre, la ausencia de ira y de envidia, la misericordia, la compasión, el respeto por el bien de los demás, la afabilidad, la utilidad; en una palabra, todo aquello en lo que se manifiesta la abundancia de la bondad de Dios, que hace salir su sol sobre malos y buenos (Mt 5,45).

San Efrén el Sirio

– ¿Quieres ser templo santo e inmaculado de Dios? Ten siempre en tu corazón la imagen de Dios. Y por imagen de Dios no entiendo una imagen pintada con colores, sino aquella que se pinta en el alma con las buenas obras; y lo que pinta esa imagen soberana y celestial son los pensamientos puros, el alejamiento de todo lo terreno y una vida siempre limpia.

LA ACCIÓN DE GRACIAS (LA GLORIFICACIÓN DE DIOS)

Abba Doroteo

– Todo lo que Dios hace con nosotros, cualesquiera sean las circunstancias y las tentaciones que nos permita, todo lo hace para nuestro bien, porque nos ama y tiene misericordia de nosotros. Y nosotros debemos, como dice el Apóstol, dar gracias por todo (cf. Ef 5,20; 1 Tes 5,18) por su bondad, y no entristecernos jamás ni desanimarnos por lo que nos ocurre, sino recibir sin turbación todo lo que nos sucede, con humildad y con esperanza en Dios, creyendo que todo lo que Dios hace con nosotros lo hace por su bondad, porque nos ama; y que lo hace bien, y que no podría estar mejor hecho de otro modo que precisamente así.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– Veamos y consideremos cómo glorificar a Dios. Y no es glorificado por nosotros sino del mismo modo en que lo glorificó el Hijo. Pero por eso mismo por lo que el Hijo glorificó a su Padre, fue Él a su vez glorificado por el Padre. Hagamos, pues, lo mismo que el Hijo, con perseverancia, para glorificar a nuestro Padre —pues así lo llamó Él— y para ser glorificados por Él con aquella gloria que el Hijo tenía junto a Él antes de que el mundo existiera (cf. Jn 17,5). Esta es la esencia de la cruz, o la muerte a todo el mundo: las tribulaciones, las tentaciones y los demás padecimientos de Cristo, que, soportados por nosotros con plena paciencia, nos hacen imitadores de la pasión de Cristo; y con ello glorificamos a nuestro Padre y Dios, como hijos suyos por gracia y coherederos con Cristo.

San Isaac el Sirio

– La gratitud de quien recibe mueve a quien da a dar dones mayores que los primeros. Quien no es agradecido por lo poco es también mentiroso e injusto en lo mucho. El guía de los dones de Dios hacia el hombre es un corazón que se mueve continuamente a la acción de gracias; y el guía de la tentación en el alma es un pensamiento que murmura, siempre agitado en el corazón. Los labios que dan gracias sin cesar reciben la bendición de Dios, y sobre el corazón que guarda la acción de gracias desciende de pronto la gracia.

SOBRE LA ADQUISICIÓN DEL ESPÍRITU SANTO

De los consejos de los maestros de la Iglesia

– Señales de la presencia llena de gracia del Espíritu Santo en nuestro corazón. Según la enseñanza de san Pablo, las señales de la morada del Espíritu Santo son la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo (Rom 14,17).

San Antonio el Grande

– He orado por ti, para que también a ti te sea concedido recibir aquel Espíritu grande y de fuego que yo recibí. Si quieres recibirlo, para que habite en ti, ofrécele primero el trabajo corporal, la humildad del corazón y, elevando tus pensamientos al cielo día y noche, busca con rectitud de corazón ese Espíritu de fuego, y te será dado. Así lo recibieron Elías el tesbita y Eliseo, junto con los demás profetas. Quien se cultiva a sí mismo por ese camino recibe el Espíritu por los siglos de los siglos. Persevera en la oración, buscando con dolor de todo tu corazón, y te será entregado; pues el Espíritu habita en los corazones rectos. Y Él, cuando sea recibido, te revelará los misterios más altos, y estarás en este cuerpo como quienes ya se hallan en el Reino.

EL PODER DE DIOS

San Antonio el Grande

– Cuanto es de incomprensible el poder y la fuerza de Dios, tanto lo son sus obras. Cuanto es de infinita su sabiduría, tanto son inescrutables sus caminos (Rom 11,33).

San Arsenio el Grande

– El abba Arsenio preguntó una vez a uno de los ancianos egipcios acerca de sus pensamientos. Lo advirtió cierto hermano y le dijo: «Abba Arsenio, ¿cómo tú, tan versado en el saber de Grecia y de Roma, consultas tus pensamientos con este, que es ajeno a todo saber?» Arsenio respondió: «Conozco las ciencias de Grecia y de Roma, pero todavía no he aprendido el alfabeto que enseñan quienes nada saben del saber del mundo.»

– Si buscamos a Dios, Él se nos aparecerá; y si lo retenemos en nosotros, estará con nosotros.

– El abba Marcos dijo al abba Arsenio: «¿Por qué rehúyes nuestra compañía y nuestras conversaciones?» Arsenio respondió: «Dios sabe que os amo, pero no puedo estar a la vez con Dios y con los hombres. En el cielo, millares y millares tienen una sola voluntad; en los hombres las voluntades son muchas, y por eso no puedo dejar a Dios para estar con los hombres.»

– Cuando llegó la hora de la muerte del abba Arsenio, los hermanos que estaban con él vieron que lloraba. Y le dijeron: «Padre, ¿también tú tienes miedo?» Él respondió: «Sí, tengo miedo. Y este temor que siento en esta hora está conmigo desde que me hice monje.»

– El abba Agatón, cuando veía algo y el pensamiento lo movía a juzgar, se decía a sí mismo: «¡Agatón, no hagas tú eso!»

San Isaías el Anacoreta

– ¿Cómo puedo saber si agrado a Dios, para decirle a un hermano: «Haz esto o aquello»? Yo mismo estoy todavía bajo el yugo de la penitencia por mis pecados.

– Una pequeña nube que se pone delante del sol intercepta tanto su luz como su calor: comprende por este ejemplo el efecto de las cosas pequeñas en el asceta, incomprensible para quien no conoce la vida monástica.

– Quien cae en un pecado no puede enseñar a otro a no caer en él.

– La corona de las virtudes es el amor; la corona de las pasiones, la justificación de los propios pecados.

– Si dicen de ti algo injusto y te turbas, es que no hay en ti temor de Dios.

San Isaac el Sirio

– Presenta tus peticiones a Dios conforme a su grandeza, para que tu dignidad sea exaltada ante Él y Él se alegre por ti.

– Si alguien pidiera al rey un poco de tierra, no solo se deshonraría a sí mismo por la insignificancia de la petición, mostrando gran necedad, sino que además ofendería al rey con su súplica. Lo mismo hace quien pide en la oración algo terreno. Los ángeles y los arcángeles, nobles del Rey celestial, te miran durante la oración y escuchan lo que pides a su Señor: se admiran y se alegran cuando ven que un ser de tierra, dejando la carne, pide las cosas del cielo; y al contrario, se entristecen junto con Aquel de quien alguien, abandonando las cosas celestiales, pide su propio barro.

– El tesoro de los humildes está dentro de ellos, y es el Señor.

– El cielo está dentro de ti si eres puro; en ti verás a los ángeles y a sus santos, y con ellos y en ellos también a su Señor.

Abba Juan el Enano

– ¿Quién es más fuerte que el león? Y sin embargo también él, por causa de su vientre, cae en la red, y toda su fuerza queda sin valor.

Juan, abad de Raithu

– ¿Qué puede hacer el pecado allí donde hay arrepentimiento? ¿Y qué puede hacer el amor allí donde hay soberbia?

Abba José de Egipto

– Si quieres hallar descanso en este siglo y en el venidero, di en toda ocasión: «¿Quién soy yo?», y no juzgues a nadie.

– El abba Longino dijo al abba Luciano: «Quiero apartarme de los hombres.» El anciano respondió: «Si primero no te corriges en tu disposición mientras estás entre los hombres, tampoco lo lograrás viviendo a solas.»

Abba Poimén el Grande

– Mientras la caldera está caliente por el fuego que arde debajo, ni una mosca ni ningún otro reptil se atreve a tocarla. Pero cuando la caldera se enfría, entonces todos los reptiles se posan sobre ella libremente. Lo mismo ocurre con el monje: mientras permanece en el trabajo espiritual, los enemigos no hallan cómo vencerlo.

San Luciano

– Cuando llegó la fiesta de la Teofanía del Señor, san Luciano deseó que a él y a todos los cristianos que estaban con él —en la cárcel, pues padecía en tiempos de Galerio y Diocleciano— se les permitiera comulgar de los santos Misterios de Cristo. Oró a Dios para recibir lo que deseaba, y Dios dispuso que, por descuido de los guardias, algunos de los fieles se reunieran con Luciano en la prisión y llevaran pan y vino. Entonces san Luciano dijo a sus discípulos y a todos los cristianos que estaban en la cárcel:

– Poneos en pie a mi alrededor y sed vosotros la Iglesia, pues creo que una Iglesia viva es mejor y más agradable a Dios que una de madera o de piedra.

– Cuando todos rodearon a Luciano, dijo:

– Celebremos la Liturgia y recibamos los divinos Misterios.

– Los discípulos le preguntaron:

– ¿Dónde, padre, pondremos el pan para la celebración de los santos Misterios? Aquí no tenemos mesa.

– Y él, que yacía atado boca arriba, dijo:

– Ponedlo sobre mi pecho, y será un trono vivo para el Dios vivo.

– Así, en la cárcel, sobre el pecho del santo, se celebró la divina Liturgia con todas las oraciones debidas, como conviene, y todos fueron hechos dignos de comulgar de los santos y divinos Misterios.

EL CONSUELO DIVINO

Beato Diádoco

– Cuando el alma, sin vacilación ni fantasía, es inflamada por el amor de Dios, y arrastra en cierto modo consigo también al cuerpo a esa profundidad de amor inefable —ya esté el asceta despierto, ya sumido en el sueño, bajo la acción de la santa gracia—, de modo que el alma no tiene por amigo nada fuera de aquello que la mueve, entonces hay que saber que esa es la acción del Espíritu Santo. Llena de sentimientos gozosos por aquella inefable dulzura divina, no puede entonces pensar en ninguna otra cosa, sino solo gozar de una alegría inagotable. Pero si en semejante estado de exaltación el intelecto percibe alguna vibración de un pensamiento dudoso o impuro, y si al mismo tiempo se sirve del santo nombre del Señor para rechazar el mal y no ya por amor de Dios, entonces hay que saber que esa promesa viene del engañador y no es más que un fantasma de alegría.

San Basilio el Grande

– Inefables e indescriptibles son los relámpagos de la belleza divina; ninguna palabra puede expresarlos ni oído alguno contenerlos. Ya nombremos el fulgor del lucero de la mañana, o la luz de la luna, o el resplandor del sol, todo ello es indigno de compararse con aquella gloria, y frente a la luz verdadera está más lejos de ella que la noche profunda y las tinieblas más espantosas de la claridad del mediodía. Si esa belleza, invisible a los ojos del cuerpo y accesible solo al alma y al pensamiento, dejaba en alguno de los santos que ella iluminaba una herida insoportable de deseo, entonces, hastiados de la vida de aquí, decían: ¡Ay de mí, que mi peregrinación se prolonga! (Sal 119,5), y: Estar con Cristo es muchísimo mejor (cf. Flp 1,23); agobiados por esta vida como por una cárcel, tan insaciables en su impulso hacia Dios son aquellos cuyas almas ha tocado el deseo divino. Y por ese deseo insaciable de contemplar la belleza divina oraban para que la visión de la hermosura de Dios se extendiera a toda la vida eterna.

LA TEOLOGÍA (EL ESTADO DE CONTEMPLACIÓN)

San Simeón el Nuevo Teólogo

– El arrepentimiento no le conviene al que teologiza, ni la teología al que se arrepiente. Pues cuanto dista el oriente del occidente, tanto está la teología —la contemplación— por encima del arrepentimiento. Quien está en estado de arrepentimiento se comporta como un enfermo que pasa los días en medio de su dolencia, o como un pobre vestido de harapos que mendiga. Y quien teologiza —quien contempla el mundo espiritual y a Dios— se asemeja a un hombre que pasa el tiempo en los aposentos reales, con una brillante diadema real, siempre junto al rey, hablando con él y oyendo claramente de él mismo sus mandatos y todo lo que quiere.

Beato Diádoco

– Todos los dones de nuestro Dios son buenos y del todo buenos, pero ninguno de ellos enciende ni mueve tanto el corazón a amar su bondad como la teología —no la científica, sino el estado de contemplación—. Pues ella, siendo el primer retoño de la bondad de Dios, otorga también al alma los primeros dones. En primer lugar, la lleva a despreciar con alegría todos los placeres de la vida, pues en ella, en lugar de los deleites pasajeros, poseemos la riqueza inefable de las palabras de Dios. Y después, transformando nuestra conciencia con una especie de fuego, la ilumina y la hace partícipe de los espíritus que sirven a Dios. Bien dispuestos, avancemos hacia esa virtud majestuosa que todo lo ve, dejando toda preocupación terrena, para alimentar el intelecto con las palabras de Dios en la luz de aquella luz inefable; y —por no alargarnos— para que el alma racional se una indivisiblemente a Dios Verbo, que habló el bien por medio de los santos profetas. Y en las almas de los hombres —oh admirable maravilla—, componiendo cánticos con la voz de Dios, esa divina guía de la esposa canta en voz alta la grandeza de Dios.

– El intelecto teológico, arrebatado y encendido por las palabras de Dios, alcanza sus propias medidas en la anchura suficiente de la impasibilidad. Pues las palabras del Señor son palabras puras, plata acrisolada y probada en la tierra (cf. Sal 11,7). Y el intelecto que se afianza en la prueba de la acción de la gracia se eleva por encima de las pasiones. También el teólogo gusta el conocimiento por experiencia, si ha establecido en sí la disposición más humilde; y el que conoce participa asimismo en cierta medida de la virtud contemplativa, si no tiene manchada de pecado la parte racional del alma. Pues no sucede que estos dos dones se den con perfección en cada uno, sino que cada cual, teniendo uno de ellos y admirando lo que en el otro lo supera, se llene de humildad y del debido celo por la vida. Por eso dice también el Apóstol: A uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu (1 Cor 12,8).

Sobre la necesidad de estar en paz con todos para quien desea teologizar

– La acción del santo conocimiento nos hace, por su naturaleza, sentir una gran tristeza cuando, irritados por algún motivo, hemos ofendido a alguien y lo hemos hecho enemigo nuestro. Por eso no cesa de herir nuestra conciencia hasta que, con explicaciones y disculpas, restablecemos en el ofendido su antigua benevolencia hacia nosotros. Pues quienes desean conocer a Dios no deben tampoco representarse en su cabeza a un hombre airado con un pensamiento de ira. Y cuando así sea, entonces el intelecto no solo se moverá sin error en el ámbito de la teología, sino que en las cuestiones del amor se elevará con plena audacia, como quien sube del segundo grado al primero.

San Máximo el Confesor

– Si quieres teologizar, no busques qué es Dios en sí mismo; pues no solo el intelecto humano no lo hallará, sino tampoco el intelecto de ningún otro ser que exista después de Dios. Considera más bien, en cuanto sea posible, los rasgos que lo rodean: la eternidad, la infinitud, la inefabilidad, la bondad, la sabiduría y el poder que todo lo obra, la providencia y el juicio sobre todas las cosas. Pues entre los hombres es gran teólogo aquel que descubre, siquiera en parte, esos atributos de Dios.

– Está con Dios quien conoce a la Santa Trinidad, su creación y su providencia, y quien mantiene en la impasibilidad la parte del alma que recibe las pasiones.

– Las sugestiones, si no se las refrena, pueden arrojar al abismo.

– Quien ha recibido el conocimiento de Dios y ha gustado de veras su dulzura desprecia todos los placeres que nacen de la potencia desiderativa.

– La divinidad y lo divino son en cierto sentido cognoscibles y en cierto sentido incognoscibles: cognoscibles en la contemplación de lo que está en torno a Él; incognoscibles en lo que Él es en sí mismo.

– Hay tres males —los mayores y los más malignos, y, por decirlo así, progenitores de todo mal—: la ignorancia, el amor propio y la tiranía; y están estrechamente unidos entre sí y se sostienen mutuamente. Pues de la ignorancia de Dios nace el amor propio, y de este la tiranía sobre los que son de la misma naturaleza. Y nadie negará que el maligno los engendra y los excita en nosotros, enseñándonos a abusar de nuestras propias potencias: la racional, la desiderativa y la irascible.

EL SACERDOCIO

De la vida del abba Filemón

– Habiendo recibido hacía ya mucho tiempo el presbiterado, y siendo tan sincero, tan próximo a lo celestial en su vida y en su intelecto, por profunda humildad rehuía de todos los modos aquella carga divina, de suerte que durante muchos años de su ascesis accedió rarísimas veces a acercarse a la santa mesa para los ritos sagrados. Y ni siquiera comulgaba de los divinos Misterios —a pesar de ese temor de su vida— cuando le ocurría entrar en trato y conversación con los hombres; aunque en tales conversaciones no trataba de nada terreno, sino solo de lo espiritualmente provechoso para quienes buscaban hablar con él. Y cuando se disponía a comulgar de los divinos Misterios, antes de ello suplicaba largamente a Dios, aplacándolo con oraciones, salmodia y confesión. Se estremecía ante la voz del sacerdote que en ese momento clama: «¡Las cosas santas, para los santos!» En esa hora, decía, toda la iglesia está llena de santos ángeles y del Rey mismo de los ejércitos, que misteriosamente ha consumado la ofrenda, transformando el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre por el Espíritu Santo. Por eso, la comunión habita en nuestros corazones. Y por eso debemos, irreprensibles y puros, como si estuviéramos fuera de la carne, sin duda ni vacilación alguna, atrevernos a recibir la santa comunión de Cristo purísimo, para hacernos partícipes de la iluminación que de ella procede. Muchos de los santos vieron a los santos ángeles que los guardaban de todo lo indigno; por eso ellos mismos se mantenían en profundo silencio, sin hablar con nadie.

San Teognosto

– Si has recibido el don del divino y venerable sacerdocio, ante todo debes tenerte siempre a ti mismo inmolado a las pasiones y a los deleites de la carne; y solo así atreverte a acercarte al Sacrificio vivificante y terrible, si no quieres ser abrasado por el fuego divino como materia inflamable. Pues si el serafín no se atrevió a tocar el carbón sin las tenazas (cf. Is 6,6-7), ¿cómo lo tocarás tú sin impasibilidad? Por ella tendrás la lengua santificada, los labios purificados, el alma inmaculada junto con el cuerpo, y las manos más resplandecientes que todo oro, como servidores del fuego y del sacrificio más excelso. Comprende más hondamente la fuerza de estas palabras, pues ves cada día ese misterio salvífico de Dios que el anciano Simeón, al verlo una vez, quedó pasmado y pidió morir; y si no percibes del Espíritu Santo que eres un mediador aceptable entre Dios y los hombres, igual a los ángeles, no te atrevas, para no perderte, a celebrar el rito santísimo y temible de los divinos Misterios, ante los cuales los ángeles se estremecen y de los cuales muchos santos se abstuvieron con reverencia, para no ser arrebatados de entre los vivos por el juicio del Todopoderoso. Atiende a ti mismo, dijo el Apóstol (1 Tim 4,16), y ofrece siempre de antemano el sacrificio por tus propios pecados, para que, si algo impuro había en ti o quizá aún queda por tu debilidad, sea consumido por el fuego divino. Así podrás llegar a ser, por así decirlo, un vaso elegido, útil, puro y digno de tal sacrificio, transformado en plata o incluso en oro, aunque antes fueras de madera o de barro; y ya solo por tu esperanza audaz tendrás a Dios inclinado hacia tu misericordia. Pues allí donde Dios está dispuesto a escuchar no hay obstáculo alguno para que una cosa se transforme en otra. Repara en el honor que tienes ante los ángeles y esfuérzate en guardar irreprensible toda virtud y toda pureza, para ser digno del nombre que llevas. Mira con quién se comparó Lucifer al caer por su arrogancia. No sufras tú lo mismo, fantaseando cosas grandes sobre ti; tente más bien por tierra, ceniza y basura, y llora sin cesar por ello; y aun así se te admite a la divina comunión y a la celebración del temible misterio de los santos Misterios, según el amor infinito de Dios a los hombres y su inefable bondad. Quien accede al sacerdocio debe estar puro de todas las pasiones, sobre todo de la fornicación y del rencor, de las cuales ni siquiera un pensamiento leve debes tener, si no quieres caer bajo la ira y la maldición como un leproso, o como un tiznado de hollín que se atreve a tocar el cuerpo del rey. Con torrentes de lágrimas más blancos que la nieve, con la luz de una conciencia pura, toca los santos Misterios como un santo, mostrando por fuera una belleza angélica que revele la hermosura del alma interior. Y cuida de que no te baste celebrar los divinos Misterios solo según las tradiciones humanas, sino que esté contigo la gracia que secreta y misteriosamente te ayude a comprender al mismo tiempo lo que está más alto. Deseando la incorruptibilidad y la inmortalidad, celebra con piedad y reverencia los Misterios vivificantes e incorruptibles, que a la vez desean ser apartados del perfecto que ha llegado a serlo por la fe. Si temes la muerte, es que todavía no te has disuelto en el amor de Cristo, a quien con tus propias manos has sido destinado a recibir y con quien te has saciado en la carne. Pues de otro modo te apresurarías a ir allí donde está tu Amado, a quien pertenecen la vida y la carne. Y el sacerdote, hecho partícipe por la comunión de la carne de Dios, debe también hacerse conforme a la semejanza de su muerte, viviendo ya no para sí mismo, según la palabra del Apóstol, sino para Aquel que fue crucificado y murió por él (cf. 2 Cor 5,15). Pero si vives apasionadamente por la carne y por el mundo, te preparas después de la muerte tormentos eternos. (Si antes de morir no dejas voluntariamente de celebrar el sacrificio incruento.) ¿Quién no sabe cuántos sacerdotes indignos han sido sorprendidos por una muerte repentina que los ha enviado derechos al tormento?

– Si, llamado por la gracia, has entrado en el orden universal y lleno de gracia del divino sacerdocio, no tienes ya por qué inquietarte por la vida pasada si te manchaste en ella, con tal de que enseguida, con la ayuda de Dios, hayas quedado purificado y te esfuerces por mejorar. Pero después de eso, que tu primer cuidado sea atento y sobrio, para que la gracia no se oscurezca en ti; de modo que, si alguien insensato censura tu ordenación sacerdotal por tus obras de antaño, oiga la voz divina que lo advierte y clama: Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro (Hch 10,15). El servicio del sacerdocio es ligero y su yugo es suave, pero solo para aquel que, al recibirlo, comienza a corregirse como es debido, si no ha intentado adquirir por compra la gracia del Espíritu divino. Pero si un hombre que persigue dones corruptibles ha recibido lo que no se compra ni se vende, sin ser digno de tal título, entonces esa carga le será pesadísima, porque no es digno de ella y excede sus fuerzas; y ese yugo le desollará cruelmente el cuello y aplastará las fuerzas de quien lo arrastra, hasta agotarlo del todo, si no lo arroja de sí. Acércate con audacia al timón del sacerdocio, obrando rectamente en tus caminos y dispensando rectamente la palabra de la verdad, con temor y temblor, obrando tu propia salvación. Pues nuestro Dios es fuego devorador; y si eres como el oro y la plata, al tocarlo no temas ser quemado, como los jóvenes de Babilonia en el horno; pero si eres hierba y caña de materia inflamable, tú que te tienes por sabio en las cosas de la tierra, entonces teme ser abrasado por el fuego celestial, si no huyes de la ira como Lot, absteniéndote de los Misterios terribles, o si no te apresuras a lavarte con lágrimas de arrepentimiento. Solo cuando estés empapado por el agua de las lágrimas no serás quemado y quedarás invulnerable al fuego de la justicia, como en otro tiempo aquella zarza débil. En tal caso, no sé si habrá pecados —en los que tan pronto caemos por nuestra debilidad— que no queden consumidos por el fuego divino durante el oficio celebrado con pureza plena o con una purificación eficaz. Pero si no logras dominarte y purificarte de la disposición apasionada por una antigua costumbre, ¿cómo te atreves, desdichado, a tocar lo que es intocable incluso para los ángeles? Así pues, o tiembla y abstente de los ritos divinos, aplacando de ese modo la justicia de Dios, o bien, como insensible e incorregible, déjate caer en manos del Dios vivo, que no te perdonará por amor a los hombres, sino que te castigará sin misericordia por la desvergüenza de tu atrevimiento al acercarte con el alma manchada y vestido de harapos al banquete nupcial del Rey, cuando ni siquiera eres digno de entrar en el palacio real, cuánto menos de reclinarte a la mesa. Conocí a uno de los consagrados que se atrevió a acercarse indignamente a la acción divina y secreta, dominado por la pasión de la fornicación. Por eso cayó en una enfermedad grave e incurable y se acercaba ya a la muerte. Y como todos los intentos de curar su mal fracasaron, y la enfermedad no solo se prolongaba sino que se agravaba, entonces, volviendo en sí y comprendiendo que moría precisamente por aquella liturgia indigna, hizo voto con juramento de no volver a celebrar jamás el santo oficio. Y con esa palabra, al instante, la enfermedad sanó y no quedó de ella rastro alguno. Espléndido es el rango del sacerdocio y espléndidas las vestiduras sagradas, pero solo si el consagrado tiene dentro un alma que resplandece de pureza. Cuando está sucio por su negligencia y su conciencia atestigua esa vergüenza que ha despreciado, entonces la luz se vuelve tiniebla, y tiniebla eterna y fuego, a no ser que, dejando ese camino y esas dos vertientes, escoja otro: una vida de peregrinación en la humildad, que conduce cómodamente al Reino de Dios. La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios (1 Cor 15,50); y tú, que comulgas de la carne y de la sangre de Dios, te has hecho un cuerpo con Él y estás mezclado con su sangre: ¿acaso está ya en ti el Reino de los cielos? ¿O te rodean las pasiones de la carne y de la sangre? Temo que el Espíritu de Dios no permanezca en ti, porque eres carne (cf. Gn 6,3), y que en la hora del juicio seas cortado en pedazos; entonces te quitarán el venerabilísimo sacerdocio, como a quien es indigno de esa gracia, y te enviarán al tormento eterno del infierno. Sé sobrio, pues, y ofrece con dolor, con arrepentimiento y con lágrimas ese santo sacrificio por la purificación del mundo. Porque, si no lo haces así, ¿quién te llorará a ti y ofrecerá por ti el sacrificio que da vida cuando mueras? Por eso, viendo lo que ha de venir, recuérdate a ti mismo como a un muerto ya sepultado, e intercede por la salvación al ofrecer a Dios esos santos Dones sobre la mesa, memoria de Aquel que aquí se inmola voluntariamente y por amor a los hombres.

– Sin purificarte, no te atrevas a tocar los santos Misterios, para no ser quemado como heno por el fuego divino y para no derretirte y derramarte como cera.

– Y en verdad, si celebras como es debido la acción sagrada divina, venerabilísima y temible, y tu conciencia no te reprocha nada, en ninguna otra cosa hallarás una esperanza de salvación tan firme; pues de ella saldrás mejor que de cualquier otra obra o contemplación. Y si no es así, que lo vea él mismo, qué significa eso. Y ciertamente es mejor renunciar al alto rango del sacerdocio por la conciencia de la propia debilidad, que recibirlo y llevarlo con la conciencia de la propia indignidad e impureza, y mostrarse ante muchos como alguien elevado siendo en realidad indigno, como un cadáver digno de lágrimas.

San Simeón el Nuevo Teólogo

– El sacerdote debe ser: 1) puro no solo en el cuerpo, sino también en el alma, y además no partícipe de ningún pecado; 2) humilde, y no solo por el dominio exterior de sí y por la manera de comportarse, sino según su disposición interior. Y entonces, cuando en el santo altar deba consumarse todo, viendo sensiblemente los santos Dones, ha de contemplar en su conciencia la divinidad. Y no solo eso, sino que también debe recibir a Aquel mismo que está invisiblemente presente en los Dones y vivirlo conscientemente en sí, en su corazón; de modo que así, con audacia, pueda orar a Dios y decir hablando con Él: «Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.» Pues esta oración muestra que quien la ofrece tiene habitando en sí a Aquel que por naturaleza es Hijo de Dios con el Padre y el Espíritu Santo.

– Oí de un monje sacerdote que confiaba en mí como en un amigo: «Nunca», me dijo, «he celebrado la Liturgia sin ver al Espíritu Santo, tal como lo vi descender sobre mí en el momento en que era ordenado y el metropolita leía sobre mí la oración de la ordenación sacerdotal, con el omoforion puesto sobre mi pobre cabeza.» Le pregunté: «¿Y cómo lo viste entonces, y bajo qué forma?» —«Simple y sin forma, pero como luz; y cuando vi lo que nunca antes había visto, al principio me quedé asombrado y me preguntaba qué sería aquello. Entonces Él, misteriosamente pero con voz clara, me dijo: Así desciendo yo sobre todos los profetas, los apóstoles y los elegidos y santos de Dios de ahora, porque yo soy el Espíritu Santo de Dios.»

RELATOS DE LA VIDA DE LOS ANCIANOS DE EGIPTO

(Extractos del Paterikón, recopilados por san Ignacio Briantchaninov)

– Cierto anciano guardaba silencio a solas en su celda. Vivió allí muchos años sin abandonar jamás el arrepentimiento, y decía siempre: «Este siglo nos ha sido dado por Dios para el arrepentimiento. Si lo gastamos en vano, viviendo mal, mucho lo lamentaremos, pero no hallaremos un segundo.»

– Cierto hermano estaba tanto más alegre de espíritu cuanto más lo deshonraban y se burlaban de él. Y decía: «Los que nos deshonran y se ríen de nosotros nos dan medios para progresar; los que nos alaban dañan nuestras almas. Dice la Escritura: Pueblo mío, los que te bendicen te engañan (Is 3,12).»

– Otro anciano, cuando alguien lo ofendía, se apresuraba, si el ofensor estaba cerca, a devolverle él mismo bien por mal; y si vivía lejos, le enviaba regalos por medio de otros.

– Un monje de Nitria, más ahorrador que avaro, olvidando que nuestro Señor Jesucristo fue vendido por treinta monedas de plata, reunió cien monedas de oro tejiendo lino. Murió el monje y quedó el oro. Se reunieron los monjes para deliberar qué hacer con ese dinero. Vivían allí unos cinco mil monjes, cada uno en su celda aparte. Unos juzgaron que se diera a los pobres, otros que se entregara a la iglesia, otros que se diera a los parientes. Pero Macario, Pambo, Isidoro y otros santos ancianos, por la acción del Espíritu Santo que habitaba en ellos, decidieron: enterrar el dinero junto con su dueño y decir al difunto en ese momento: Tu dinero perezca contigo (Hch 8,20). Este suceso causó tal espanto y temor en todos los monjes de Egipto, que desde entonces se tuvo por falta grave guardar en reserva aunque fuera una sola moneda.

– Un hermano preguntó a un anciano: «Si mi hermano me debe algo de dinero, ¿me permites reclamárselo?» El anciano: «Díselo una sola vez, con humildad.» El hermano: «¿Y si se lo digo una vez y no me da nada, qué debo hacer?» El anciano: «No se lo pidas más.» El hermano: «¿Y qué haré si no puedo vencer mis pensamientos, que me empujan a inquietar al hermano?» El anciano: «Deja tus pensamientos y no aflijas al hermano por la devolución del dinero, porque eres monje.»

– Un hermano deseaba retirarse al desierto, al monasterio, pero su propia madre se oponía. Él le dijo: «¡Madre! Déjame ir, porque quiero salvar mi alma.» La madre, no pudiendo retenerlo, lo dejó marchar. Y él, ya en el desierto, vivió toda su vida en negligencia. Entretanto murió su madre. Pasado algún tiempo, también él cayó enfermo, quedó fuera de sí y, por el juicio de Dios, halló a su madre entre los condenados. Al verlo, ella se asombró y dijo: «¿Qué es esto? ¿También tú, hijo? ¿También tú has venido a este lugar de los condenados? ¿Dónde están tus palabras, las que siempre me repetías: quiero salvar mi alma?» Él, al oírlo, se avergonzó y quedó de pie sin saber qué responder. Y entonces se oyó una voz que ordenaba devolverlo, y llevar en su lugar a otro hermano del monasterio cenobítico. Al volver en sí, contó a los presentes todo lo que había visto y oído. Y, para confirmar sus palabras, pidió que alguien fuera al monasterio cenobítico y mirara si había muerto el hermano cuyo nombre había oído llamar. El enviado comprobó que así era. Y el que había tenido la visión, restablecido, se encerró en la soledad, resuelto a ocuparse de su salvación, haciendo penitencia y llorando su conducta anterior en el estado de negligencia. La compunción y el arrepentimiento con lágrimas alcanzaron en él el mayor desarrollo. Muchos lo persuadían de que fuera algo más indulgente consigo mismo, para no sufrir daño por el llanto continuo; pero él no accedía, diciendo: «Si no pude soportar el reproche de mi madre, ¿cómo soportaré el castigo y los tormentos en el día del juicio, en presencia de Cristo y de sus ángeles?»

– Se contaba de cierto anciano que entró en Escete llevando consigo a su hijo pequeño, recién destetado. Criado en el monasterio, el hijo no sabía que existían mujeres. Cuando creció, los demonios le mostraban por la noche figuras de mujeres. Se lo dijo a su padre, que quedó asombrado. Un día bajó con su padre a Egipto y, al ver mujeres, le dijo: «¡Abba! Estas son las que venían a mí de noche en Escete.» El padre le respondió: «Son monjes del mundo; tienen su propio aspecto, y el eremita tiene el suyo.» Y el anciano se maravilló de cómo los demonios habían podido mostrar al joven figuras de mujeres. Y regresaron aprisa a su celda.

– Uno de los ancianos de la Tebaida contaba de sí mismo que era hijo de un sacerdote de los ídolos. Siendo niño, se sentaba y veía cómo su padre ofrecía sacrificios a los ídolos. Una vez, después de que su padre saliera del templo, el hijo entró a escondidas y vio allí a Satanás sentado en un trono; delante de él estaba un gran ejército. Y he aquí que vino uno de sus príncipes y se postró ante él. Satanás le preguntó: «¿De dónde vienes?» El príncipe respondió: «Estuve en tal país; provoqué allí una guerra y causé gran confusión y derramamiento de sangre, y vengo a decírtelo.» Satanás preguntó: «¿En cuánto tiempo hiciste eso?» Respondió: «En treinta días.» Satanás mandó azotarlo, diciendo: «¡Solo esto has hecho en tanto tiempo!» Vino otro demonio y se postró ante él. Satanás preguntó: «¿Y tú, de dónde vienes?» El demonio respondió: «Estuve en el mar, levanté una tempestad, hundí naves, maté a multitud de hombres, y vengo a anunciártelo.» Satanás dijo: «¿En cuánto tiempo hiciste eso?» Respondió: «En veinte días.» Satanás mandó azotar también a este, diciendo: «¿Por qué has hecho tan poco en tantos días?» Y vino un tercero y se postró ante él. Y le dijo: «¿De dónde vienes?» El demonio respondió: «Estuve en tal ciudad; se celebraba allí una boda; encendí disputas y provoqué gran derramamiento de sangre, y además maté yo mismo al novio, y vengo a decírtelo.» Satanás preguntó: «¿En cuántos días hiciste eso?» El demonio respondió: «En diez.» Satanás mandó azotar también a este, por haber obrado con desidia. Y vino todavía otro demonio a postrarse ante él. Satanás preguntó: «¿De dónde vienes?» El demonio respondió: «Del desierto; hace cuarenta años que combato contra uno de los monjes de allí, y apenas esta noche he logrado hacerlo caer en fornicación.» Satanás, al oírlo, se levantó del trono con alegría y besó al demonio; y, quitándose la corona real que llevaba en la cabeza, se la puso al demonio y lo sentó junto a sí en el trono, diciendo: «Has hecho una obra grande y gloriosa.» Al ver y oír esto, el hijo del sacerdote se dijo: «Grande debe de ser, sin duda, el orden monástico.» Y abrazó el cristianismo y recibió el hábito monástico.

– Contaban de cierto anciano que una vez sintió deseo de comer un pepino. Tomó un pepino y lo colgó ante sus propios ojos. No permitió que el deseo lo venciera y, sin tocar el pepino, se reprochaba a sí mismo y hacía penitencia por el deseo mismo.

– Cierto anciano estaba con frecuencia enfermo. Sucedió que durante un año no enfermó; y el anciano se afligió mucho por ello y lloraba, diciendo: «Mi Señor me ha abandonado y no me ha visitado.»

– Uno de los santos Padres, al ver a un hermano caído en negligencia, lloró amargamente y dijo: «¡Ay de mí! Como mi hermano ha pecado hoy, así pecaré yo mañana.» Y después, volviéndose a su discípulo, añadió: «Por grave que sea el pecado en que caiga tu hermano en tu presencia, no lo juzgues; ten más bien la convicción en el corazón de que tú pecas más que él, aunque él sea un seglar; a no ser que profiera una blasfemia perteneciente a la herejía.»

– El diablo se apareció a cierto hermano transfigurado en ángel de luz y le dijo: «Yo soy el arcángel Gabriel, y he sido enviado a ti.» El anciano respondió: «Mira bien: ¿no habrás sido enviado a otro? Porque yo no soy digno de que me envíen ángeles.» Y el diablo desapareció al instante. Y decían los ancianos: «Si de veras se te aparece un ángel, no lo recibas con credulidad, sino con humildad, diciendo: Yo, que vivo en pecados, no soy digno de ver ángeles.»

– Hubo entre los videntes uno grande. Y afirmaba: «La gracia particular que he recibido es que he visto su sombra en el santo bautismo, y también la he visto en la tonsura, cuando alguien recibe el hábito angélico.»

– Contaban de cierto anciano que rogó a Dios que le fueran mostrados los demonios. Y le vino esta revelación: «No te hace falta verlos.» Pero el anciano seguía pidiendo lo mismo, diciendo: «¡Señor! Tú puedes cubrirme con tu gracia para que no sufra daño al ver a los demonios.» Y Dios abrió los ojos del anciano: vio a los demonios que, como abejas, rodeaban al hombre rechinando los dientes; pero los ángeles de Dios se lo impedían.

– A cierto anciano le fue concedido ver lo más oculto. Y decía: «Vi en un monasterio cenobítico a uno de los hermanos ocupado en la oración del intelecto —la de Jesús—, y a un demonio que había llegado y estaba junto a la celda. Mientras el hermano se ocupaba en la oración del intelecto, el demonio no podía entrar en la celda; pero en cuanto el hermano dejó de atender a ella, el demonio entró.»

– Contaba cierto anciano: «Había una virgen de edad muy avanzada que había progresado mucho en el temor de Dios. Le pregunté qué la había llevado a la vida monástica, y ella, interrumpiendo su relato con lágrimas, me contó lo siguiente: «Mis padres, querido señor, murieron cuando yo era todavía niña. Mi padre era de carácter humilde y apacible, pero de complexión débil y enfermiza; vivía tan absorto en el cuidado de su salvación que casi nadie lo veía nunca entre los habitantes de su misma aldea. Si a veces se sentía algo mejor, llevaba a casa los frutos de su trabajo; pero la mayor parte del tiempo la pasaba en ayuno y padecimientos. Su silencio era tal que quienes no lo conocían podían tenerlo por necio. Mi madre, en cambio, llevaba una vida disipada en grado sumo y tan disoluta que en todo el país no había mujer semejante a ella. Era tan pródiga en palabras que parecía que todo su ser fuera una sola lengua. Andaba de continuo en riñas con todos y pasaba el tiempo con los hombres más desenfrenados en la bebida. Derrochó todo lo que había en la casa; una hacienda muy considerable no bastaba para sus antojos, y mi padre le había confiado el gobierno del hogar. Tanto ultrajaba su cuerpo, manchándolo con la impureza, que pocos hombres de aquella aldea escaparon de la unión carnal con ella. Jamás padeció el menor dolor, sino que desde su nacimiento hasta la vejez gozó de una salud perfecta. Así transcurrió la vida de mis padres. Mi padre, agotado por una larga enfermedad, murió. Y apenas hubo muerto, se oscureció el aire, comenzó la lluvia, brillaron los relámpagos, rugieron los truenos, y durante tres días y tres noches cayó un aguacero sin interrupción. Por causa de aquel mal tiempo el entierro se retrasó tres días, de suerte que los aldeanos, estremecidos y asombrados, decían: «Este hombre era tan desagradable a Dios que ni siquiera la tierra lo recibe para darle sepultura.» Pero, para que su cuerpo no se corrompiera y resultara imposible dejarlo así, de algún modo lo enterraron, a pesar del mal tiempo y de la lluvia que no cesaba. Mi madre, ya con plena libertad después de la muerte de mi padre, se entregó con mayor furor todavía a ultrajar su cuerpo, y, convertida nuestra casa en casa de prostitución, pasó la vida en el mayor lujo y en las diversiones. Y cuando le llegó la muerte, se le concedió un entierro magnífico, y hasta el aire mismo pareció participar en el acompañamiento de su cuerpo. Después de su muerte, quedé yo en la edad de la adolescencia, y ya comenzaban a obrar en mí los deseos de la carne. Una tarde me puse a pensar qué vida escoger como ejemplo: ¿la de mi padre, que vivió con modestia, en silencio y con templanza, pero que en toda su vida no vio nada bueno para sí, pues la pasó entera en enfermedades y penas, y que, al morir, ni siquiera fue recibido por la tierra? Si tal modo de vida hubiera sido agradable a Dios, ¿por qué mi padre, que lo escogió, padeció tantas desdichas? Mejor era vivir como vivió mi madre —me sugería el pensamiento—: pasión, lujo, deleites de la carne. ¡A mi madre no le faltó nada de eso! Pasó toda su vida en la embriaguez, gozando de salud y de dicha. ¿No debería yo, pues, vivir como vivió mi madre? Mejor es fiarse de los propios ojos y de lo que se ve, mejor es gozar de todo, que creer en lo invisible y renunciar a todo. Y cuando yo, desdichada, consentí en mi alma en escoger la vida de mi madre, llegó la noche y me dormí. Y se me apareció en sueños alguien de gran estatura y de aspecto terrible; me miró con amenaza, con severidad y con enojo, y me preguntó: «Confiésame los pensamientos de tu corazón.» Yo, aterrada por él, no me atrevía ni a mirarlo. Y él, con voz más fuerte todavía, repitió la orden de que confesara qué modo de vida me había gustado. Confundida por el miedo, y habiendo olvidado todos aquellos pensamientos, dije que no tenía pensamiento alguno. Pero él me recordó todo cuanto yo había meditado en el secreto de mi alma. Vencida, recurrí a las súplicas, pidiéndole perdón, y le expliqué la causa de aquellos pensamientos. Y él me dijo: «Ve y mira a tu padre; y después escoge la vida según tus deseos.» Con estas palabras me tomó de la mano y me llevó. Me condujo a un campo inmenso de belleza inefable, con muchos jardines y árboles frutales de toda especie, y me hizo entrar en aquellos jardines. Allí me salió al encuentro mi padre, me abrazó, me besó y me llamó hija suya. Yo me eché en sus brazos y le supliqué quedarme con él. Él respondió: «Ahora eso no es posible; pero, si sigues mis huellas, vendrás aquí dentro de poco tiempo.» Y como yo insistiera en quedarme, el que me mostraba la visión me tomó de nuevo de la mano y me arrastró, diciendo: «Ven, te mostraré también a tu madre, cómo arde en el fuego, para que sepas de cuál de tus padres has de tomar la vida.» Me llevó a una casa sombría y tenebrosa, donde había rechinar de dientes y gemidos, y me mostró un horno que ardía con fuego y pez; junto a la entrada del horno estaban unos monstruos. Miré dentro del horno y vi allí a mi madre: estaba sumergida hasta el cuello, rechinaba los dientes, ardía en el fuego; un hedor insoportable se desprendía del gusano que nunca duerme. Cuando me vio, gritó entre sollozos, llamando a su hija: «¡Ay de mí, hija mía! Estos tormentos son consecuencia de mis propias obras. La templanza y todas las virtudes me parecían dignas de burla; pensaba que mi vida de sensualidad y de disolución no acabaría nunca; la embriaguez y la gula no las tenía por pecados. ¡Y he aquí que he heredado el infierno y estoy sometida a estos castigos por un breve deleite en los pecados! Por una alegría insignificante pago con sufrimientos espantosos. ¡Esta es la recompensa que recibo por mi desprecio de Dios! ¡Me han rodeado desgracias sin fin! ¡Ahora es tiempo de ayudar! ¡Acuérdate ahora de que mamaste de mi pecho! ¡Págame ahora, si alguna vez recibiste algo de mí! ¡Ten piedad de mí! Este fuego me abrasa y no me consume. ¡Ten piedad de mí, hija mía, dame la mano y sácame de aquí!» Y como yo me negara a hacerlo, por temor a aquellos guardianes espantosos que allí estaban, ella se puso a gritar de nuevo entre lágrimas: «¡Hija mía! ¡Socórreme! ¡No desprecies el llanto de tu propia madre! ¡Acuérdate de mis dolores el día en que naciste! ¡No me desprecies! ¡Perezco en el fuego de la gehena!» Su grito me arrancó lágrimas: también yo empecé a sollozar y a gemir. Aquellos gritos y sollozos despertaron a los de mi casa; encendieron la luz y me preguntaron la causa de un llanto tan fuerte. Y yo les conté mi visión. Después resolví seguir la vida de mi padre, confirmada por la misericordia de Dios acerca de los tormentos que están preparados para quienes se disponen a llevar una vida disoluta.»»

– Decía un anciano: «Al obispo de cierta ciudad le denunciaron que dos mujeres cristianas casadas llevaban una vida disoluta. El obispo se afligió por esa noticia; y sospechando que quizá también otras se comportaran del mismo modo, se dirigió a Dios en oración, pidiendo que se le concediera conocerlo, y fue escuchado. Durante el temible sacrificio divino, cuando los presentes se acercaban uno tras otro a recibir los santos Misterios, el obispo veía el estado del alma de cada uno y a qué pecados estaba sometida. Veía los rostros de los hombres pecadores negros, como quemados por el ardor; sus ojos estaban rojos y sanguinolentos. Otros tenían rostros luminosos y vestiduras de una blancura resplandeciente. El Cuerpo del Señor quemaba y abrasaba a quienes lo recibían indignamente; a otros los iluminaba y los hacía como luz: al entrar en su boca, derramaba luz por todo su cuerpo. Entre aquellos hombres había tanto habitantes del desierto como personas que llevaban vida conyugal. Después de los hombres empezaron a acercarse las mujeres. Y entre ellas vio el obispo a algunas de rostro negro y ojos enrojecidos de sangre, y a otras de rostro blanco y luminoso. Entre las demás mujeres se acercaron también aquellas dos que habían sido denunciadas al obispo, y él las observó con mayor atención. Y vio que se acercaban a los santos Misterios con rostros luminosos y honorables, vestidas de mantos de extraordinaria blancura. Y cuando comulgaron de los Misterios, la luz de Cristo, por así decirlo, las iluminó. El obispo volvió de nuevo a la oración, suplicando a Dios que le explicara lo que se le había mostrado en aquella revelación. Se le apareció un ángel del Señor y le mandó que preguntara lo que quisiera. El santo obispo preguntó al punto por aquellas dos mujeres: si habían sido acusadas con justicia o injustamente. El ángel respondió que todo lo que de ellas se decía era exactamente así. Entonces el obispo objetó al ángel: «¿Y cómo es que, al recibir el Cuerpo de Cristo, sus rostros resplandecían, llevaban vestiduras blancas y todo su aspecto era luminoso?» El ángel dijo: «Porque se han arrepentido de sus obras y se han apartado de ellas; por las lágrimas, los suspiros y la confesión han sido hechas dignas del don divino; y además han prometido que, si reciben el perdón de sus pecados pasados, no se permitirán jamás semejante conducta. Por eso han sido honradas con el cambio divino, sus pecados les han sido perdonados, y desde ahora viven con templanza, con piedad y con rectitud.» El obispo se admiró, no tanto del cambio de aquellas mujeres —pues eso les ocurre a muchos— cuanto del don de Dios, que no solo las había librado del tormento eterno, sino que las había honrado con su gracia. Y el ángel le dijo: «Con razón te admiras, como hombre. Pero nuestro Señor y Dios, que también es el tuyo, es bueno y misericordioso por naturaleza. A quienes se apartan de las obras pecaminosas y se acercan a Él por la confesión, no solo los libra del tormento eterno, sino que además les concede dones honrosos. Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito (Jn 3,16). El Hijo de Dios, cuando los hombres eran todavía sus enemigos, se dignó morir por ellos (cf. Rom 5,8); ¡cuánto más los librará de los suplicios del infierno cuando se han hecho miembros de su casa y hacen penitencia por sus faltas! Y les dará el gozo de la bienaventuranza que Él mismo les ha preparado (cf. Jn 14,3). Sabe que ninguna culpa humana puede superar la misericordia de Dios, con tal de que los hombres se purifiquen por el arrepentimiento de los pecados cometidos antes y por las buenas obras. El Dios todo bondad conoce la debilidad de vuestra raza, la fuerza de las pasiones, el poder y la astucia del diablo; perdona a los hijos de los hombres que caen en pecado, espera su enmienda y los soporta con largueza. Y cuando se vuelven a Él y suplican su bondad, Él, como con enfermos, les remite los tormentos y les concede los bienes preparados para los justos.» El obispo dijo de nuevo al ángel: «Te ruego que me expliques el sentido de los distintos aspectos con que los pecadores reciben los Misterios de diversos modos, para que, sabiéndolo, quede yo del todo libre de ignorancia.» El ángel dijo: «Aquellos cuyos rostros son luminosos y alegres viven en la templanza, en la pureza y en la verdad, en la humildad, en la compasión y en la misericordia. Aquellos cuyos ojos estaban rojos y sanguinolentos viven en la maldad y en la injusticia, son amigos del engaño, mentirosos, blasfemos y homicidas.» Y añadió el ángel: «Ayuda a aquellos a quienes deseas la salvación. Por eso tu oración ha sido digna de ser escuchada: para que, iluminado por ese conocimiento, expliques a tus discípulos sus pecados; para que los corrijas con exhortaciones y advertencias, y los ganes por el arrepentimiento para el Señor Jesucristo, que murió por ellos y resucitó de entre los muertos. Según la medida de tus fuerzas, de tu diligencia y de tu amor a tu Señor, cuida de todos ellos, para que se conviertan de sus pecados a Dios, diciéndoles abiertamente a qué pecados están sometidos y exhortándolos a que por ello no pierdan la esperanza de su salvación. Cuando hagan penitencia y se vuelvan a Dios, recibirán la salvación del alma y la abundancia de los bienes futuros. Y tú, imitando a tu Señor, que dejó el cielo y bajó a la tierra por la salvación de los hombres, recibirás la mayor recompensa.»

FIN, Y GLORIA A DIOS

Deja una respuesta