Discurso ascético del mismo venerable y portador de Dios padre nuestro Nilo el Ayunador

Discurso ascético del mismo venerable y portador de Dios padre nuestro Nilo el Ayunador

Muchos griegos y muchos judíos intentaron alcanzar la sabiduría, pero solo los discípulos de Cristo alcanzaron la sabiduría verdadera. Pues solo ellos tuvieron por maestra a la Sabiduría misma, que les mostró con obras la vida que agrada a Dios. Los demás eran como actores que representan dramas en un teatro: se adornaban con una semejanza que no era suya. En vano se llamaban a sí mismos sapientísimos, no poseyendo la verdadera sabiduría. Mostraban su sabiduría con un manto, una barba y un bastón, mientras entretanto complacían al cuerpo y servían al deseo como a una señora. Eran esclavos del vientre y de los placeres que están debajo de él, tratándolos como si fueran algo natural. Obedecían a la ira y admiraban la gloria, saltando ávidamente como perros hacia las mesas ricas. No sabían que el hombre sabio ama la libertad por encima de todo, y que es mucho más necesario huir de las pasiones, para no hacerse su esclavo, que escapar de ser vendido como siervo.

A mi juicio, nada puede dañar la justicia de un hombre que se ha hecho esclavo de otro hombre. Pero cuando se hace esclavo de las pasiones, como si fueran los mayores placeres, sufrirá una profunda vergüenza y quedará expuesto a la burla. Entre tales hombres hay algunos que no se cuidan en absoluto de la acción y suponen que han adquirido la sabiduría solo con palabras, habiendo aprendido a discurrir sobre asuntos elevados y a referir cosas difíciles de creer. Afirman conocer la grandeza de los cielos, el tamaño del sol y los cursos de los astros; a veces incluso intentan adivinar, aunque la verdad de estas cosas es inconmensurable y los argumentos difíciles. Y, sin embargo, viven más deshonrosamente que los cerdos.

Aun aquellos entre ellos que fueron hombres de acción se hicieron peores que los primeros, porque trabajaron por la gloria y la alabanza. Por nada más que por la ostentación y la vanidad estos desdichados idearon muchas cosas y soportaron pobreza y humillación por una recompensa mezquina. Esforzarse por guardar silencio perpetuo, alimentarse de hierbas, vestir una túnica áspera, meterse en un tonel y habitar en él: todo esto es la mayor locura en quienes no esperan recompensa alguna después de la muerte. Para ellos la retribución de la virtud termina junto con esta vida; han elegido un combate por el que no recibirán corona, y una lucha incesante, privada de honor y de ayuda, que no produce sino sudor.

Entre los judíos, quienes eligieron tal vida son los hijos de Jonadab, y enseñan el mismo modo de vivir a todo el que quiere vivir así. Habitan en tiendas, se abstienen del vino y de todo lo que conduce a la concupiscencia (cf. Jr 35,6), comen alimentos sencillos y mantienen sus necesidades dentro de límites moderados. Trabajan mucho en la disciplina de su carácter y se entregan a menudo a la contemplación; de ahí el nombre con que se los llama, los esenios. En suma, su propósito es alcanzar la sabiduría mediante obras que no contradigan su voto.

Mas ¿qué provecho hay para ellos en sus trabajos y en una vida llena de fatiga, cuando dieron muerte al Sustentador mismo de la vida, Cristo, y por ello su ciudad perece con todo su esfuerzo? Rechazaron a Aquel que otorga los honores y concede la vida eterna, y por eso pecaron contra la Sabiduría. Pues la sabiduría es la ordenación del propio carácter según el verdadero conocimiento de la Divinidad. Contra esto pecaron tanto los primeros como los segundos, judíos y griegos, porque rechazaron la Sabiduría que les vino del cielo y se atrevieron a practicar la sabiduría aparte de Cristo, el único que mostró la verdadera sabiduría en palabra y en obra.

Pues Él fue el primero en abrir el camino hacia ella con su propia vida, mostrando cómo hay que vivir en pureza, manteniendo el alma por encima de las pasiones del cuerpo. Y al fin despreció incluso la vida misma del alma, cuando la salvación de los hombres, que Él estaba realizando, requirió su muerte. Con esto mostró a quienes desean buscar rectamente la sabiduría cómo han de buscarla: renunciando a todos los placeres de la vida, venciendo valientemente la fatiga y las pasiones, teniendo el cuerpo en poca estima, guardando honorable el alma y entregándola prontamente cuando por causa de la virtud haya que dar la vida. Habiendo aprendido esto, los santos apóstoles imitaron su vida.

Cuando Él los llamó, renunciaron a su propia vida y, teniendo en nada su patria, su parentela y sus bienes, tomaron sobre sí un modo de vivir duro y laborioso. Pasaron por toda clase de penalidades, sufrieron agravios e insultos, fueron perseguidos y quedaron desnudos, careciendo aun de lo necesario; y al final no rehuyeron ir a la muerte, imitando en todo a su Maestro y mostrando con sus vidas cómo se debe vivir mejor. Sin embargo, los cristianos, que deberían haber vivido según este modelo, o no pudieron o no quisieron seguirlo.

Solo unos pocos lograron arrancarse del tumulto del mundo y escapar de la tormenta que ruge en las ciudades. Hallándose así fuera del ruido y del bullicio, abrazaron una vida de soledad a imitación de la virtud apostólica. En lugar de amasar riquezas eligieron no poseer nada; para mortificar las pasiones prefirieron el alimento sencillo a los manjares, satisfaciendo la necesidad del cuerpo con muy poco; despreciaron las vestiduras blandas como invención inútil de la molicie humana y se pusieron ropa sencilla solo para cubrir el cuerpo. Juzgaron insensato cuidar de las cosas terrenas y de los animales que viven sin trabajo, en lugar de las cosas del cielo. No conocían adornos que estuvieran más allá del alcance de la pasión humana. No había entre ellos quien prestara o tomara a interés; no había jueces entre ellos ni acusados, pues cada uno tenía su propia conciencia por juez incorruptible. No había ni más rico ni más pobre; nunca sucedió que uno fuese despedazado por el hambre mientras otro lo era por la glotonería, pues la necesidad de los pobres era cubierta por la generosidad de quienes tenían abundancia.

Y así había igualdad y un modo de vida común, ya que la desigualdad quedaba desterrada por el reparto voluntario de los ricos con los pobres. Sin embargo, tampoco entonces había igualdad perfecta, pues el celo de quienes deseaban humillarse llevaba de nuevo a la desigualdad, como ahora lleva a la desigualdad de quienes desean ser famosos. La envidia fue arrojada de entre ellos, el odio fue expulsado, la vanagloria fue apartada, la soberbia destruida, y toda causa de inquietud desterrada. Se hicieron como muertos e insensibles a todo aumento de las pasiones, negándose a acoger fantasías de ellas aun en sueños, porque desde el principio mismo habían apartado de sí su recuerdo y se habían acostumbrado a ello con esfuerzo diario y paciencia.

Se hicieron lámparas que brillan en la oscuridad, estrellas inextinguibles que iluminan la noche oscura de esta vida, y defensores de un refugio, mostrando cómo se puede escapar del asalto de las pasiones sin sufrir daño. Pero aun esta vida austera, esta morada en el cielo, se ha vuelto como un cuadro dibujado con descuido y desvaído poco a poco, de modo que ya no se parece a sí mismo. Quienes se habían crucificado al mundo, quienes habían rechazado el vivir mundano y renunciado al modo de vida de los demás hombres, quienes se habían esforzado por alcanzar la impasibilidad de las potencias incorpóreas, han vuelto atrás. Con sus andanzas mundanas y sus posesiones deshonrosas oscurecen toda la hermosura de quienes vivieron bien. Sobre aquellos que podrían haber sido alabados por su virtud traen vergüenza con su propio descuido.

Aunque todavía tenemos la mano en el arado, no somos aptos para el Reino de Dios, porque miramos atrás (cf. Lc 9,62) y guardamos cuidadosamente en la memoria justamente aquello que debíamos haber olvidado. No nos limitamos a lo que la vida requiere, ni buscamos aquella falta de comodidad tan útil para poner distancia entre nosotros y nuestras antiguas manchas. Nos ocupamos de cosas que no sirven a nuestro verdadero propósito, y nuestras peticiones de bienes terrenos derrotan los consejos que salvan.

El Señor nos persuadió de todas las maneras a no inquietarnos por las cosas terrenas y nos mandó buscar primero el Reino de Dios (cf. Mt 6,33); pero nosotros hemos ido en dirección contraria. Hemos descuidado los mandamientos del Señor y, retirándonos de su providencia, hemos puesto nuestra esperanza en nuestras propias manos. El Señor nos dijo: «Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta»; y también: «Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no se fatigan ni hilan» (Mt 6,26.28). Nos mandó no tomar para el camino ni alforja, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón (cf. Mt 10,10), sino vivir únicamente de aquella promesa infalible que dio al enviar a los apóstoles a predicar: «El obrero es digno de su sustento» (Mt 10,10), sabiendo que tal promesa es más segura para obtener lo que necesitamos que todas nuestras propias peticiones.

Pero nosotros, cuando podemos comprar un pedazo de tierra, no lo rehusamos. Compramos rebaños de ovejas, y bueyes para el arado, hermosos de aspecto, y asnos bien cebados, para esquilar abundante lana de las ovejas cuando haga falta, y usar los bueyes para labrar los campos y procurar alimento tanto para nosotros como para los animales, y los asnos para llevar cargas y traer de otros países mercancías que nuestra propia tierra no produce, a fin de preparar nuestra comida y disfrutar así de esta vida. Y elegimos los oficios más lucrativos, que no nos dejan tiempo alguno para acordarnos de Dios, pues atraen hacia sí toda nuestra atención.

Parece que estamos condenando la espada del capataz o a nosotros mismos, invitando el primer golpe. No lo decimos con palabras, pero lo mostramos con nuestros actos, deleitándonos en la vida de los seglares mientras nuestros pensamientos son iguales a los suyos. Quizá trabajemos por estas cosas aún más que ellos; hasta consideramos la piedad como fuente de ganancia, y suponemos que la antigua vida de quietud y bienaventuranza no sirve a otro fin que a evitar un servicio duro y a obtener libertad para el placer bajo apariencia de piedad, de modo que podamos correr sin estorbo y con gran desvergüenza hacia lo que deseamos, dándonos aires ante la gente sencilla y a veces ante los nobles, como si una vida virtuosa nos moviera a la arrogancia y no a la humildad y la mansedumbre.

Y así, aquellos de quienes deberíamos ser padres nos miran como a necios; somos ridículos para los extraños y para todos, porque no hay en nosotros nada que nos distinga de los demás. Queremos ser reconocidos no por nuestras obras sino por nuestra apariencia; rehusamos los trabajos necesarios para adquirir las virtudes y, sin embargo, deseamos locamente la gloria, mostrando en nosotros una mera sombra de la verdad que hubo un día.

Algunos han tomado sobre sí este hábito venerable antes de haber lavado la suciedad de su alma, antes de haber borrado de sus pensamientos la huella de sus antiguos pecados, y quizá mientras todavía sueñan con ellos sin vergüenza. No se han preparado aún para cumplir sus votos con su modo de vida, ni han aprendido cuál puede ser el propósito de un hombre sabio según Dios; y sin embargo ya fruncen el ceño como el fariseo y se muestran altivos por su apariencia. Tal hombre lleva por todas partes un arma que no ha aprendido a manejar y ostenta con su aspecto exterior un conocimiento que en absoluto ha adquirido. Se hace no refugio sino piedra de tropiezo, no templo sino sepulcro blanqueado, no oveja sino lobo que arrastra a la perdición a quienes le son confiados.

Cuando tales hombres huyen de los monasterios porque no soportan la dureza de aquella vida, y banquetean en las ciudades, entonces, empujados por las necesidades del vientre, inclinan la cabeza y adoptan una apariencia piadosa para engañar a otros, y están dispuestos a cualquier cosa con tal de satisfacer los apetitos del cuerpo. Pues nada hay más fuerte que la necesidad corporal: hallará camino hacia lugares cerrados, sobre todo cuando se le añade la ociosidad. Dominados sus astutos artificios, acuden como alimañas a las casas de los ricos, corren hacia ellos en las plazas casi como esclavos comprados, y apartan a los transeúntes para abrir paso a los poderosos.

Y todo esto lo hacen para mendigar una comida, porque nunca aprendieron a refrenar el deseo y no quisieron llevar una azada bajo el cinto, como Moisés mandó (cf. Dt 23,13). Pues si hubieran aprendido el dominio de sí, habrían sabido que el hambre es el límite del disfrute de la comida, y que una comida sencilla, que cubre la necesidad del cuerpo, deja al descubierto la vaciedad de todo antojo inoportuno. Por causa de tales hombres el nombre de Dios es gravemente blasfemado, la vida que anhelamos cae en desprecio, y las ganancias de quienes viven verdaderamente en virtud se tienen por pérdida.

Las ciudades están llenas de hombres que vagan sin propósito, molestando a los dueños de las casas; y hasta la vista de quienes se sientan desvergonzadamente a las puertas como mendigos les resulta ofensiva. Muchos de estos han sido recibidos en las casas, y al principio fingieron las virtudes y ocultaron sus malas intenciones, y después robaron a sus anfitriones y se marcharon, de modo que todo su modo de vivir parece deshonroso. Se los echa de las ciudades como a destructores. Se los aborrece como a hombres inmundos, como si estuvieran heridos de lepra. Se confía más en los ladrones y en quienes horadan las paredes que en estos, pues es más fácil guardarse de quien trama abiertamente el mal que de quien inspira confianza mientras urde el mal en secreto.

Tales hombres nunca comenzaron siquiera una vida de piedad ni supieron qué provecho hay en la quietud. Empujados quizá por alguna necesidad, entraron sin reflexión en una vida que no es la suya y la miran como un medio de adquirir todo lo que desean. Más honroso sería, pienso, que no fueran a todas las puertas, que se avergonzaran de recoger limosnas cuantiosas y aceptaran solo lo que el cuerpo requiere. Pero en ellos el ansia desmedida aumenta el apetito de manjares delicados, y por eso es difícil sanar a los enfermos incurables.

¿Quién podría hallar palabras para explicar a los enfermos qué es la salud, cuando nunca han estado sanos, sino que han sido criados desde la infancia en una dolencia que les mina las fuerzas, y por costumbre suponen que su interior corrompido en nada se distingue del verdadero vigor natural? Toda palabra será inútil si los oyentes mismos tienden a lo peor y contradicen las palabras que podrían ayudarlos; y sobre todo cuando la esperanza del placer inflama el deseo y la pasión los vuelve sordos a todo consejo. Pues el consejo sobre cualquier cosa del mundo no halla entrada cuando la mente está vuelta hacia el ansia de ganancias inmundas.

Oh Cristo, ¿por qué estamos de nuevo atados por peticiones mundanas? ¿Por qué edificamos mal lo que una vez derribamos bien? ¿Por qué nos unimos a los malos consejos de quienes viven indignamente de su vocación, y con nuestras peticiones de cosas vanas inflamamos los deseos de los débiles, y nos hacemos para los inexpertos camino de ganancia? El Señor nos mandó sobrellevar a quienes se inclinan a recaer y servirles lo que les es provechoso, no lo que les agrada, para que no sigamos nuestros propios deseos, ni empujemos a los sencillos a tropezar, ni les enseñemos a inquietarse por las cosas terrenas.

¿Por qué tenemos por algo grande justamente aquellas cosas que hemos aprendido a despreciar? ¿Por qué nos inquietamos por la riqueza y las posesiones y dispersamos nuestra mente entre muchas y variadas peticiones? Mendigar estas cosas nos aparta de la atención que necesitamos, nos enseña a desatender los bienes del espíritu y trae gran ruina a quienes toman la riqueza por suprema bienaventuranza. Quienes prometieron ser sabios y se jactan de haberse elevado por encima del placer corren a su satisfacción más deprisa que los seglares. Nada lleva tan inevitablemente al tormento como hacer de muchos hombres imitadores de las propias malas obras; la muerte de quienes siguen al malhechor hace más pesado su propio castigo.

Quienes no rechazaron esa herencia afrontarán una condena nada leve, pues aprendieron de un maestro de malas obras; mientras que quienes, por la mala opinión general que de él tenían, escaparon de esa escuela vergonzosa, escaparon también de él. Por tanto, que nadie se ofenda de lo dicho, sino que corrija lo que, por la negligencia de muchos, se ha vuelto pecado y vergüenza para los monjes; o si no, que renuncie del todo a la vida monástica.

Cuando un hombre debería buscar la sabiduría, la acumulación es un estorbo, pues el sabio renuncia aun a su propio cuerpo por la pureza de su alma. Sin embargo, algunos están sumamente ansiosos por adquirir bienes y disfrutar placeres; honran la sabiduría con palabras mientras sus obras los alejan de ella; rehúsan los trabajos que su voto exige y se adornan con nombres honorables. ¿No nos avergonzamos cuando aquellos a quienes tenemos por inferiores, los seglares, nos reprochan que violamos los mandamientos del Salvador, y cuando quienes deberían ser nuestros discípulos se vuelven nuestros maestros? Cuando reñimos, dicen: «El siervo del Señor no debe ser pendenciero, sino amable con todos»; cuando disputamos por bienes o dinero, nos recuerdan: «Al que quiera pleitear contigo y quitarte la túnica, déjale también el manto» (Mt 5,40).

¿Qué otra cosa pueden hacer sino reprendernos, reírse y burlarse, cuando ven que nuestras obras contradicen nuestros votos? No hay necesidad de reñir con quien invade nuestra propiedad, ni de hacer todo lo que el cuidado de los bienes exige. Alguien ha derribado la cerca de la viña y ha añadido parte de tu viña a la suya; otro ha metido su ganado en tu campo y ha desviado el agua que corría hacia tu huerto: ¿hay que airarse y enfurecerse por esto, hacerse peor que un demente y preparar venganza contra todos ellos?

¿Conviene acaso a un estado de vida que debería ejercitarse en la contemplación de las realidades enredarse en pleitos y convertir la fuerza de la contemplación en astuto ardid para obtener éxito en asuntos terrenos que en nada nos aprovechan? ¿Por qué nos apropiamos de lo ajeno, forjándonos las pesadas cadenas de las cosas materiales, y no escuchamos a Aquel que reprende tal conducta? «¡Ay del que amontona lo que no es suyo y se carga de prendas!» (cf. Ha 2,6), dice el profeta. Quienes nos persiguen no están cargados de nada, según la palabra del profeta: «Nuestros perseguidores fueron más veloces que las águilas del cielo» (Lm 4,19). Pero nosotros nos cargamos de cosas mundanas, y por eso nos movemos más despacio, y nuestros enemigos nos alcanzan más fácilmente.

El apóstol Pablo nos enseñó a huir de ellas, diciendo: «Huid de la codicia» (cf. 1 Co 6,18). A veces, aun los que están en buena condición, cuando corren hacia el premio pero no con todas sus fuerzas, son alcanzados por sus enemigos, pues estos se mueven mucho más deprisa. Gran obstáculo para quienes se apresuran hacia la virtud es el apego a las cosas del mundo, que prepara gran ruina para el alma y para el cuerpo. ¿Qué mató a Nabot el israelita? ¿No fue la viña, que despertó la envidia de su vecino Ajab, la causa también de la muerte de Ajab (cf. 1 R 21,7-8)? ¿Por qué las dos tribus y media quedaron fuera de la tierra prometida? ¿No fue por sus numerosos ganados?

¿Qué separó a Abrahán y a Lot? ¿No fueron sus muchos rebaños y las disputas de sus pastores, que dividieron incluso a aquellos dos (cf. Gn 13,7)? Puesto que, entonces, la propiedad no solo inflama la envidia de los envidiosos, sino que además aparta a sus dueños de sus mejores impulsos, rompe los vínculos de parentesco, suscita enemistad entre amigos, en nada contribuye a la vida futura y poco provecho trae en la presente, ¿por qué abandonamos el servicio de Dios y nos ocupamos en vanidades?

No somos dueños de nuestra propia vida. Dios la dispone; y el celo humano, si no recibe la ayuda de Dios, nunca llevará a término sus empresas, mientras que la providencia de Dios provee bienes perfectos aun sin ayuda humana. ¿De qué sirve la diligencia a aquellos a quienes Dios dirá: «Sembrasteis mucho y recogisteis poco… y yo lo dispersé» (cf. Ag 1,6.9)? ¿Acaso a quienes vivieron virtuosamente y estuvieron libres de toda inquietud les faltó jamás algo indispensable? ¿No se alimentó Israel en el desierto durante cuarenta años (cf. Ex 16,35) sin consumir fruto alguno de la agricultura? No les faltó comida, pues el mar les dio inesperadamente alimento, soltando codornices (cf. Nm 11,31), y el cielo los alimentó con maná, lluvia extraña y desconocida. La roca seca se abrió y dio abundantes corrientes de agua, y sus vestidos y sandalias duraron todo aquel tiempo y no se gastaron.

¿Y tuvo Elías que arar la tierra y vivir de sus frutos, cuando los cuervos le traían la comida (cf. 1 R 17,6)? Y cuando llegó a Sarepta, ¿no le dio pan la viuda, que carecía aun de lo necesario, quitándolo de la boca de sus propios hijos, para mostrar que la virtud es mayor que la naturaleza? Gran maravilla es esta, y sin embargo no tan difícil. Cuando Dios quiere, se puede pasar del todo sin alimento. ¿Cómo completó Elías un camino de cuarenta días habiendo comido una sola vez? ¿Cómo oró Moisés a Dios en el monte durante ochenta días sin tomar alimento humano alguno (cf. Dt 9,18)? Cuando hubieron pasado los cuarenta días, bajó del monte y se airó porque el pueblo había fundido el becerro de oro. Al punto rompió las tablas, volvió al monte y, habiendo permanecido allí otros cuarenta días, recibió las segundas tablas y bajó de nuevo al pueblo (cf. Dt 10,4). ¿Qué razonamiento humano puede dar cuenta de tal maravilla? ¿Cómo resistió tanto tiempo la débil naturaleza del cuerpo, cuando sus fuerzas se gastaban a diario y nunca se reponían? El Verbo divino explica esta maravilla cuando dice: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).

¿Por qué, entonces, arrojamos por tierra nuestra ciudadanía celestial, enterrándonos en la inquietud por las cosas terrenas? ¿Por qué el que fue criado en púrpura yace ahora sobre un estercolero (cf. Lm 4,5), como dijo una vez el profeta Jeremías llorando por ciertos hombres? Cuando ascendemos a Dios con pensamientos claros y fervientes, entonces somos nutridos en púrpura; pero cuando abandonamos ese orden y nos entrometemos en cosas terrenas, entonces quedamos vestidos de estiércol. ¿Por qué, habiendo abandonado la esperanza en Dios, nos apoyamos en nuestras propias fuerzas y atribuimos a nuestras manos la providencia del Señor? Hacemos lo que Job llamó un gran pecado, cuando un hombre «besa su mano con la boca» (cf. Jb 31,27). Hoy no tememos hacerlo. Muchos siguen la costumbre de besarse las manos y dicen que esto les trae prosperidad.

Esto es lo que la ley dice de ellos figuradamente: «Todo cuadrúpedo que anda sobre cuatro patas os será inmundo… todo lo que se arrastra sobre cuatro o sobre muchas patas… es abominación» (cf. Lv 11,27.42). Quien se apoya en sus manos y pone en ellas toda su esperanza anda sobre cuatro patas; quien confía en las cosas sensibles y vuelve continuamente hacia ellas su mente va a cuatro patas; y quien se aferra a tales cosas anda sobre muchas patas. Por eso el autor sabio quiere que el hombre perfecto tenga no dos pies sino uno, y que aun este no se mueva a menudo hacia las cosas corporales: «Que tu pie sea raro en casa de tu prójimo, no sea que se hastíe de ti y llegue a aborrecerte». Quienes no acuden a menudo a Cristo por las necesidades del cuerpo pertenecen a aquellos amigos de quienes el Salvador dice a sus discípulos: «Vosotros sois mis amigos» (Jn 15,14); pero quienes lo hacen a menudo se vuelven odiosos.

¿Qué sufrirá y cómo escapará de hacerse odioso quien no piensa sin fin sino en sus propias necesidades y jamás se elevará a una vida superior? No se levantará hasta que tenga pies para alzarse del suelo. Pues los miembros inferiores sostienen el peso del cuerpo, se doblan un poco hacia la tierra y lo ayudan a saltar hacia arriba. Así ocurre también con el pensamiento que discierne la naturaleza de las cosas: cuando se inclina para las necesidades del cuerpo, al punto envía hacia arriba una meditación ligera y no le añade nada de pensamientos corruptibles. Piernas rectas pueden tener quienes no son dados al placer y jamás se arrancan de la tierra; pero pueden tenerlas también las santas potencias, ya que nunca necesitan nada corporal ni consienten en ello.

El gran Ezequiel dice de esto: «Sus piernas eran rectas, y la planta de sus pies era como la planta del pie de un becerro» (Ez 1,7), lo cual significa pensamiento inconmovible y movimiento veloz en la búsqueda del verdadero estado de los seres. Al hombre le basta tener piernas que se doblen, y usarlas unas veces para las necesidades del cuerpo y otras para los ejercicios espirituales que llevan hacia arriba. Por tal afinidad del alma con las potencias superiores, asciende a menudo hacia ellas, mientras que por el cuerpo cuida de las cosas terrenas solo cuanto la necesidad exige. Buscar siempre lo que conduce al placer no es obra pura y no conviene a un hombre que ha recibido el conocimiento bienaventurado.

La ley determinó que la criatura que anda a cuatro patas es inmunda si anda siempre a cuatro patas; y esto deja lugar a quienes están en el cuerpo para atender las necesidades del cuerpo. Cuando Jonatán luchó contra Najás el amonita y subió a cuatro patas, venció (cf. 1 S 14,13), porque servía solo a una necesidad natural. Pues cuando luchaba con una serpiente —así se traduce el nombre Najás—, que se arrastra sobre el vientre, se vio obligado por un tiempo a asemejarse a ella arrastrándose a cuatro patas; y luego, enderezándose en su rectitud, pudo vencerla más fácilmente.

¿Y no nos manda la historia de Isbaal (cf. 2 S 4,1) no sudar tanto por el cuerpo y no fiarnos de nuestros sentidos? Isbaal era rey, y una vez dormía en su lecho y había ordenado a una mujer que guardara la puerta. Cuando llegaron Recab y Baaná, vieron que la portera, después de limpiar el trigo, se había dormido. Entonces entraron en la casa y mataron a Isbaal (cf. 2 S 4,7). Esto significa que cuando la mente, el alma y los sentidos se ocupan de cosas corporales, están dormidos. Que la portera limpiara trigo significa el volverse la mente hacia las cosas corporales, y no simplemente eso, sino con el empeño de mantenerlas en buen orden. Y que la Escritura nos cuenta esta historia no ociosamente sino para enseñarnos, puede verse de esto: ¿por qué puso el rey a una mujer para guardarlo, cuando debía ser custodiado por escuderos y estaba rodeado de toda dignidad? ¿Tan pobre era el rey que una mujer tuviera que limpiar el trigo?

A menudo se añade a un relato algo desconcertante, y eso significa la verdad. La mente de cada hombre es como un rey interior, y el pensamiento le sirve de portero. Cuando el pensamiento pone su confianza en estos asuntos fáciles —y la limpieza del trigo indica las cosas corporales—, entonces es fácil para los enemigos deslizarse dentro y matar a la mente. Por eso el gran patriarca Abrahán no confió a una mujer la guarda de la entrada, pues sabía que el sentido se extravía con facilidad, que se deleita en la vista de las cosas sensibles, divide la mente y la persuade a gustar los placeres, aun cuando es evidente que ese placer hará daño. Abrahán mismo se sienta a la entrada, abriendo la puerta a los pensamientos divinos y cerrándola a las peticiones mundanas.

¿Qué provecho tenemos en la vida de todo este trabajo vano? ¿No dijo el Predicador que «todo el afán del hombre es para su boca» (Qo 6,7), y el Apóstol que «teniendo qué comer y con qué cubrirnos, estemos contentos con eso» (1 Tm 6,8)? ¿Por qué nos afanamos sin fin y trabajamos «para el viento» (cf. Qo 5,16), como dice Salomón? Al correr tras las cosas terrenas prohibimos a nuestras almas gozar de los bienes divinos; y al amar la carne y cuidarla más de lo necesario, la hacemos enemiga nuestra. Entonces no podemos evitar luchar contra ella, pues por el cuidado excesivo combatirá con más fuerza contra el alma y no la dejará ganar honores ni coronas. ¿Qué necesidad del cuerpo nos obliga a extender tanto nuestros deseos? El cuerpo necesita pan y agua.

¿No nos dan de beber las fuentes en abundancia? ¿Y es tan difícil para quien tiene manos ganarse su pan? Un hombre puede ganar pan suficiente con trabajos que no lo agoten. ¿Hay que fatigarse tanto para ganar dinero con que vestirse? De ningún modo, si nuestra ropa sirve a la necesidad común y no al orgullo. ¿Vistió el primer hombre ropas blandas, de algodón o de púrpura, o llevó túnicas lujosas? ¿No mandó el Creador que se vistiera con túnicas de piel y se alimentara de hierbas (cf. Gn 3,21)? Con este mandato puso límites a las necesidades del cuerpo y apartó lejos la intemperancia que los hombres muestran ahora.

No digo que aun ahora nos alimentará y nos vestirá Aquel que alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo con tal gloria, pues no se puede convencer de esto a quienes se han alejado tanto de tal fe. Pero cuando un hombre vive virtuosamente y pide algo, ¿no se le dará? Si aun los bárbaros de Babilonia, que tomaron Jerusalén en la guerra, respetaron la virtud de Jeremías y le dieron todo lo que el cuerpo requiere, no solo alimento sino también las vasijas de uso común para comer, ¿no respetarán una vida virtuosa sus propios compatriotas, que han purificado su mente de barbarie, que comprenden el bien y buscan con diligencia las virtudes? Aun cuando ellos mismos no pueden, por debilidad de la naturaleza, cumplir las virtudes, honran la vida virtuosa y admiran a quienes la practican.

¿Quién enseñó a la sunamita a construir un aposento para Eliseo y poner allí «una mesa, una silla y un candelabro» (cf. 2 R 4,10)? ¿No fue la virtud de Eliseo? ¿Y qué movió a la viuda, cuando el hambre asolaba toda la tierra, a poner el servicio del profeta por encima de su propia necesidad (cf. 1 R 17,12)? En verdad, si no la hubiera ganado la sabiduría de Elías, no habría quitado a sí misma y a sus hijos su último y pequeño consuelo para dárselo, ni habría alimentado hospitalariamente a un extraño, sino que habría elegido una muerte prematura y rápida. Elías y Eliseo fueron hechos tales hombres por su valentía, su trabajo incesante y su desprecio de las cosas mundanas. Habiendo abrazado la pobreza y no pidiendo nada aun en ella, llegaron a asemejarse a las potencias incorpóreas. Por eso, aunque desconocidos y sin gloria en las obras del cuerpo, eran más fuertes que los gobernantes. Hablaban con tanta audacia a hombres coronados con diademas reales como otros no se atreverían a hablar ni a sus propios súbditos.

¿En qué arma y en qué poder se apoyaba Elías cuando dijo a Ajab: «No soy yo quien turba a Israel, sino tú y la casa de tu padre» (cf. 1 R 18,18)? ¿Cómo llegó Moisés a contender con el faraón sin tener otra cosa que la virtud? Cuando el ejército se había reunido para la batalla y había dos reyes, uno de Israel y otro de Judá, Eliseo dijo a Joram: «Vive el Señor de los ejércitos, a quien sirvo, que si no fuera por la presencia de Josafat, rey de Judá, no te miraría ni te vería» (2 R 3,14), y no temió ni a los soldados reunidos ni a la ira del rey. El rey, quizá, tenía algún designio insensato, y sus pensamientos estaban turbados por hazañas de guerra. Pero ¿puede un rey hacer algo semejante a lo que hace la virtud?

¿Qué púrpura dividió jamás un río como lo hizo el manto de Elías? ¿Qué diadema sanó enfermedades como las vestiduras de los apóstoles? El profeta, solo, reprendió a un rey inicuo que estaba allí con todo su ejército. Y porque el rey se airó ante la reprensión, extendió su mano hacia el profeta, y no lo apresó, sino que su mano se secó y no pudo retraerla hacia su cuerpo (cf. 1 R 13,4). Así contendieron la virtud y el poder real, y la virtud venció. No fue el profeta quien luchó; la virtud derribó al enemigo. El asceta nada hizo; obró la fe. Los propios hombres del rey fueron testigos del combate, y su mano se hizo testigo de la victoria de la virtud.

Obraron así porque eligieron la vida del alma y se apartaron del cuerpo y de sus fáciles exigencias. El hecho mismo de no necesitar nada los hacía superiores a todo. Antes dejarían el cuerpo y quedarían libres de la vida corporal que elegir honores en lugar de la virtud y adular a alguno de los ricos por causa del cuerpo. Pero nosotros, cuando necesitamos algo, dejamos de soportar valientemente la dureza del combate; y, como perros que menean alegremente la cola y halagan a quien les echa un hueso o unas migajas, corremos hacia los ricos, llamándolos nuestros bienhechores y guardianes del cristianismo. Les atribuimos toda clase de virtudes, aunque vivan del modo más deshonroso, solo para obtener lo que queremos. No seguimos las vidas de los santos cuyas virtudes decimos imitar.

Naamán, jefe del ejército sirio, vino a Eliseo (cf. 2 R 5,1) y trajo consigo muchos regalos. ¿Y qué hizo el profeta? ¿Salió a su encuentro? ¿Corrió hacia él? ¿No explicó por medio de un solo criado lo que había que hacer, y rehusó incluso recibirlo, para que Naamán no pensara que la curación se debía a su ofrenda? Esto se dice para que no aprendamos arrogancia ni adulemos a quienes aman justamente aquello que hemos prometido despreciar.

¿Por qué abandonamos el propósito del sabio y nos ocupamos en labranzas y negocios? ¿Es acaso algo grande ante Dios nuestra propia petición? Aun el cultivo de la tierra es obra conjunta: el hombre con su esfuerzo ara la tierra y siembra el grano, y Dios la riega con lluvias oportunas y hace crecer sus raíces en la tierra blanda. El sol brilla y calienta la tierra, y su calor hace crecer las plantas. Dios envía el soplo de los vientos según la edad de las cosechas: brisas ligeras soplan sobre el campo verde para que el grano sembrado no se abrase con un viento ardiente; ráfagas más fuertes llevan a madurez el jugo lechoso del grano; cuando se trilla el grano, llega el calor necesario; y cuando se avienta, soplan vientos moderados.

Si faltara uno solo de estos, el trabajo humano sería vano y nuestra diligencia vacía, no sellada por los dones de Dios. A menudo sucede que nada de lo necesario para una buena cosecha falta y, sin embargo, cae un aguacero inoportuno y arruina las espigas todavía sin trillar, o incluso el trigo limpio ya trillado. Y a veces, aun en el granero, el gusano lo destruye, como arrebatando de la boca el alimento ya preparado. ¿Dónde está, pues, nuestro esfuerzo y de qué sirve, cuando Dios tiene el resultado en sus manos y hace y dispone todo como quiere?

Algunos dirán que un cuerpo débil necesita alivio. Pero ¡cuánto mejor es morir que hacer algo contrario al propio voto! Ciertamente, cuando Dios quiera que vivamos, o dará al cuerpo fuerza para soportar el trabajo del combate y recibir la corona por su valor, o hallará modo de consolar al que está agotado; y la Fuente de la recompensa nunca carecerá de recursos.

Es bueno, amados, sumamente bueno, volver a la bienaventuranza de antaño y vivir como vivieron los antiguos. Pienso que resultará fácil a todo el que lo quiera. Y si hemos de trabajar duro, ese trabajo no será estéril: será recompensado por la buena fama de nuestros predecesores y por el progreso de los que vengan después. Gran éxito acompañará a quienes comenzaron esta vida y dejaron a sus sucesores el ejemplo de un modo de vivir depurado, aliento para los débiles.

Por tanto, evitemos habitar en ciudades y aldeas, para que quienes viven en ciudades y aldeas salgan hacia nosotros. Amemos el desierto, para que, si a alguien le place, podamos atraer hacia nosotros a los que ahora huyen de nosotros. Pues está escrito en alabanza de ciertos hombres que dejaron las ciudades y vivieron entre las rocas, «como palomas de los valles» (cf. Ez 7,16); y Juan el Bautista vivió en el desierto, «y todos los que habitaban en las ciudades salían a él» (cf. Mc 1,5). Hombres vestidos de seda salían a mirar su cinturón de cuero. Hombres que tenían casas doradas escogían conversar al aire libre. Hombres que tenían lechos lujosos adornados con piedras preciosas preferían descansar sobre la arena. Todo esto estaba en su poder, aunque era contrario a sus costumbres, porque el deseo de verlo les quitaba la sensación de fatiga; el esfuerzo de una vida austera se aligeraba con la maravilla de la virtud.

Así, la virtud es más honorable que la riqueza, y una vida de quietud más gloriosa que muchas posesiones. ¡Cuántos ricos hubo en aquellos días, y cuántos que deseaban ardientemente la fama, y en ninguna parte queda de ellos una palabra! Y sin embargo, la maravilla del hombre sin renombre se canta hasta hoy, y la memoria del morador del desierto es grata a todos. La alabanza siempre resonante de la virtud envía un mensaje que proclama su belleza.

Renunciemos, pues, al pastoreo de rebaños para recibir el rango de pastor; dejemos el comercio que despreciamos para adquirir la perla preciosa; evitemos labrar una tierra que producirá espinas y cardos, para llegar a ser guardianes del paraíso. Rechacemos todo y elijamos una vida de quietud, para avergonzar a quienes ahora se burlan de lo que hemos ganado. Nada avergüenza tanto a los burladores como la enmienda y la mansedumbre de aquellos de quienes se han burlado; el cambio del burlado se convierte en vergüenza de los escarnecedores. Y me parece vergonzoso, verdaderamente vergonzoso, que todos nosotros seamos justamente objeto de burla.

Hoy un hombre llega a esta otra vida, apenas aprende las costumbres del combate —cómo orar, y cuándo, y cuáles son las reglas de la vida común— y al punto se hace maestro, aunque no ha estudiado; y atrae hacia sí muchos discípulos, aunque él mismo tiene todavía todo por aprender. Y cuanto más lo hace, más fácil le parece la tarea, porque no sabe que la más ardua de todas las obras es el cuidado de las almas, que necesitan primero ser limpiadas de sus antiguas impurezas y después ser atendidas con gran cuidado, para que en ellas se impriman los hábitos de las virtudes.

¿Cómo corregirá las disposiciones de sus subordinados un hombre que nada sabe fuera de los esfuerzos corporales? ¿Cómo cambiará hábitos largamente acostumbrados al mal? ¿Cómo ayudará a quienes son vencidos por las pasiones, cuando nada sabe de la lucha interior? ¿O cómo sanará las heridas recibidas en la batalla, cuando él mismo está aún herido y necesita vendas? Dominar cualquier arte requiere mucho tiempo y estudio; solo el arte de las artes se emprende sin aprendizaje alguno.

Un hombre sin experiencia no se atreverá a labrar la tierra; un hombre que no ha aprendido medicina no emprenderá el tratamiento de los enfermos, pues se le reprocharía no solo no haber ayudado a los enfermos sino haber aumentado su dolor, así como al primero se le reprocharía haber arruinado una buena tierra y haberla dejado cubrirse de malas hierbas. Y sin embargo, hombres sin formación se acercan a las cosas de Dios como si fueran la tarea más fácil y sencilla para muchos. Hasta el apóstol Pablo dice que aún no ha alcanzado la perfección (cf. Flp 3,12), mientras ellos pretenden haber llegado a conocer exactamente lo que en absoluto conocen.

Por eso la vida monástica no es respetada hoy y quienes la siguen son tratados con desprecio por todos. ¿Quién no se ríe al ver que un hombre que ayer acarreaba agua para una taberna enseña hoy las virtudes rodeado de discípulos, o que un hombre que apenas acaba de retirarse de todos los negocios del mundo pasa ahora con orgullo por toda la plaza con una multitud de alumnos? Si supieran con certeza que es una gran obra guiar a otros hacia la piedad, y si vieran cuán peligrosa es esta obra, la habrían abandonado como superior a sus fuerzas.

Pero mientras no lo saben y piensan que es gran gloria ser superiores de otros, caen de buena gana en el hoyo; suponen que es cosa fácil saltar dentro de un horno ardiente; provocan la risa de quienes conocen su vida anterior, y airan a Dios con tal presunción. Si nada salvó al sacerdote Elí de la ira de Dios —ni su honorable ancianidad, ni su antigua audacia, ni su dignidad sacerdotal— porque descuidó la crianza de sus hijos, ¿qué salvará de la ira de Dios a quienes con sus obras anteriores no han inclinado a Dios hacia sí, que no conocen ni las señales del pecado ni el camino para corregirse, y que sin embargo emprenden esta ardua obra por causa de la gloria, sin la debida pericia?

Por eso el Señor, llamando maestros a los fariseos, dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando lo lográis lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros!» (Mt 23,15), advirtiendo con este reproche a quienes vendrían después de ellos y caerían en los mismos pecados, para que, al oír la palabra «ay», refrenaran su ansia inoportuna de gloria humana reflexionando en el castigo que trae.

Aprendan de Job a cuidar de quienes están bajo su cargo como él lo hizo; o dejen tal gobierno, si no saben obrar como él obró o no quieren cuidar de sus subordinados. Pues si él, queriendo que sus hijos estuvieran limpios de toda mancha de la mente, ofrecía sacrificios por ellos cada día, diciendo: «Quizá mis hijos hayan pecado y blasfemado contra Dios en sus corazones» (cf. Jb 1,5), ¿cómo emprenderán la enseñanza y la curación de otros quienes no saben distinguir ni los pecados manifiestos, porque su pensamiento está todavía nublado por la lucha con las pasiones, cuando aún no se han curado de sus propias pasiones y no pueden enseñar a otros a vencer con su propia victoria? Es bueno luchar primero contra las pasiones y advertir con gran prudencia lo que sucede en esa batalla, y después enseñar a otros desde la propia experiencia, para que la victoria les llegue más fácilmente cuando sepan cómo combatir.

Hay ascetas que vencieron las pasiones con gran firmeza de vida y sin embargo no supieron cómo alcanzaron la victoria, porque combatieron como de noche y jamás consideraron en su mente los ardides del enemigo. Esto lo mostró Josué, que cruzó el Jordán con su ejército de noche y mandó tomar piedras del río (cf. Jos 4,5). Con aquellas piedras ordenó levantar en la ribera una columna, blanquearla y escribir en ella cómo el ejército había cruzado el Jordán. Con esto significó que hay que sacar a la luz los pensamientos ocultos de una vida entregada a la pasión, explicarlos a todos y no envidiar a otros tal conocimiento, para que no solo el que ha cruzado sepa cómo se cruza, sino que quienes deseen cruzar puedan hacerlo más fácilmente, habiendo aprendido de él.

Pero estos maestros ni ven esto ni escuchan cuando otros se lo dicen. Se mantienen firmes en su posición y mandan a los hermanos como si fueran jornaleros, deseando gran gloria porque enseñan a muchos. Cada uno de ellos quiere tener no menos súbditos que el otro, aunque se parecen más a mercaderes que a maestros. Cuando piensan que es cosa fácil dar órdenes de palabra, aun órdenes difíciles de cumplir, y ni siquiera intentan enseñar con obras, es evidente que buscan su propio placer y no el provecho de sus discípulos, y que toman la enseñanza para satisfacer una pasión.

Aprendan, si quieren, de Gedeón y de Abimélec que no es la palabra sino la obra lo que mueve a los subordinados a seguir. Abimélec cortó una rama, la puso sobre sus hombros y dijo al pueblo: «Lo que me habéis visto hacer, hacedlo también vosotros» (cf. Jc 9,48). Y Gedeón, enseñando a todos lo que había que hacer, lo hace él mismo y dice: «Miradme a mí y haced lo que yo haga» (cf. Jc 7,17). Y el Apóstol dice de sí mismo: «Estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de los que estaban conmigo» (Hch 20,34). Y el Señor mismo primero hizo y después enseñó. ¿No nos convencen estos ejemplos de que las obras, y no las palabras, son el medio más seguro de instrucción?

Pero tales maestros fingen no advertir estos modelos y dictan con arrogancia lo que debe hacerse. Y cuando oyen algo de esto, llevan la espada sobre el hombro, como los pastores a quienes el profeta reprendió por su incompetencia (cf. Za 11,17); y por eso su brazo se seca y su ojo derecho se ciega. Pues una buena obra abandonada por soberbia se apaga a sí misma y apaga la luz de los ojos. Esto es lo que sucederá a quienes dan órdenes duras e inhumanas apenas toman el poder en sus manos. En ellos los pensamientos contemplativos, que pertenecen al recto pensar, se extinguen pronto, y con ellos muere la acción, privada de contemplación. Quienes llevan la espada al hombro y no «al costado» (cf. Ex 32,27) no pueden ni obrar ni ver.

Quienes cortan sus propias pasiones con la palabra llevan la espada al costado; quienes se apresuran a castigar los pecados ajenos la llevan al hombro. Del mismo modo Najás el amonita —cuyo nombre significa «serpiente»— amenaza al Israel que discierne con cegar todo ojo derecho (cf. 1 S 11,2), para que nadie conserve un solo pensamiento recto que lleve a su poseedor a la acción recta. Pues Najás sabía que el paso de la contemplación a la acción trae gran progreso, ya que la acción de tales hombres está libre de toda mancha, porque la prevén con la aguda vista de sus ojos.

Y se sabe por experiencia que la enseñanza de otros la emprenden hombres frívolos que no sacan provecho de la soledad. Pues quien ha comenzado el trabajo de la quietud y ha aprendido la contemplación no querrá atar su mente con cuidados mundanos, apartarla de la contemplación y de aquellas alturas donde aprehende muchas cosas, y bajarla a asuntos terrenos. Este es el sentido de aquella conocida parábola que Jotán contó desde el monte de Siquén: una vez los árboles salieron a ungir un rey sobre ellos (cf. Jc 9,8). Dijeron a la vid: «Ven y reina sobre nosotros» (cf. Jc 9,12); y la vid respondió: «¿Habré de dejar mi fruto dulce, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?» (cf. Jc 9,11.13). Así también la higuera rehusó, porque su fruto es dulce, y el olivo, porque su fruto es rico.

Entonces la zarza —arbusto estéril y espinoso— comenzó a reinar sobre ellos (cf. Jc 9,15), sin tener riqueza alguna ni en sí misma ni en los árboles que estaban bajo ella. La parábola nos dice que se buscó un rey no para los árboles del paraíso sino para los árboles del bosque. Pues la vid, la higuera y el olivo rehusaron reinar sobre los árboles del bosque, gozándose más en su propio fruto que en la dignidad de la realeza. Así, quienes ven en sí algún fruto de virtud y sienten su provecho rehúsan hacerse maestros, aun cuando muchos los apremien a ello, prefiriendo el provecho de su propia alma a los honores de un maestro.

Y lo que la zarza de la parábola prometió hacer a los árboles es exactamente lo que sucede a los hombres que toman sobre sí tales obligaciones. Pues se dice que «saldrá fuego de la zarza y devorará» (cf. Jc 9,15) a los árboles del bosque, o que saldrá fuego de los árboles y devorará a la zarza. Cuando se hace un pacto sin provecho, el desastre cae tanto sobre quienes han obedecido a un maestro inexperto como sobre el hombre que ha tomado sobre sí la carga de enseñar, por la desobediencia de sus discípulos. Pues la inexperiencia del maestro destruye a los discípulos, y el descuido de los discípulos trae el desastre sobre el maestro, sobre todo cuando estos se debilitan por su ignorancia. Nada que sirva para la corrección de los discípulos puede ocultarse al maestro, y los discípulos no deben desatender ninguna de las indicaciones del maestro.

El desastre vendrá igualmente sobre los discípulos y sobre el maestro: sobre los discípulos cuando no obedecen al maestro, y sobre el maestro cuando no ve las transgresiones de los discípulos. Que ningún maestro imagine que la obra de enseñar le traerá gozo y satisfacción; la más ardua de todas las tareas es el gobierno de las almas. Quienes apacientan ganado tienen sus rebaños delante, y los rebaños en nada se les oponen, de modo que sus esfuerzos alcanzan gran éxito. Es mucho más difícil enseñar a los hombres, pues cada hombre tiene un temperamento distinto, y a esto se añade la astucia del corazón. Quien emprende la enseñanza debe fortalecerse como quien sale a un combate duro, para sobrellevar con gran resistencia los pecados de todos y enseñarles todo lo que no saben.

Por eso la fuente del templo es llevada sobre los lomos de bueyes, y el candelabro debe ser macizo y bruñido. Una lámpara da luz a otros, y por eso todas sus partes deben ser macizas; nada en ella debe ser liviano, ni hueco, ni superfluo, y por tanto inútil para aquellos a quienes sirve de modelo de una vida irreprensible. Los bueyes que sostienen la fuente significan que el hombre que acepta la obra de enseñar no puede rehusar nada, sino que debe llevar las cargas y la suciedad de los más jóvenes, mientras esto no le traiga peligro. Pues quien quiere que las obras de los que vienen a él queden limpias debe tocar él mismo cierta inmundicia; hasta la palangana que limpia las manos de quienes se lavan recoge en sí su suciedad.

Del mismo modo, quien habla de las pasiones y limpia a otros de las pasiones no puede quedar sin mancha. La sola mención de ellas mancha la mente del que habla; y aunque esboce esas imágenes solo ligeramente, al pronunciar la palabra embadurna el rostro de su mente como con pintura sucia. Es bueno que un superior conozca estas cosas, para que ninguno de los designios del enemigo le quede oculto, para que pueda mostrar todas las sutilezas de la lucha secreta a quienes confían en él y, adelantándose a los ardides del enemigo, pueda llevarlos a una victoria fácil y sacarlos coronados del combate. Pero tales hombres son pocos y no es fácil hallarlos.

El gran Pablo da testimonio de sí mismo, diciendo: «No ignoramos sus designios» (2 Co 2,11). Y el admirable Job, maravillándose de esto, dice: «¿Quién ha descubierto jamás la delantera de su vestidura? ¿Quién puede penetrar su doble coraza? ¿Quién puede abrir las puertas de su rostro?» (cf. Jb 41,13-14). El sentido de las palabras de Job es este: el rostro de Satanás es invisible, su malicia está cubierta con muchas vestiduras, su apariencia es engañosa y halagadora, y prepara la ruina en secreto. No se puede contar a Job entre quienes no saben: nombra con claridad las señales de Satanás, subrayando todo lo que en él hay de extraño: «Sus ojos son como los párpados del alba… su espalda es una hilera de escudos» (cf. Jb 41,18.15).

Así habla Job, poniendo al descubierto las asechanzas de Satanás: que toma forma de portador de luz y así atrae hacia sí a quienes lo miran, y con sus escudos prepara la muerte a quienes se acercan. Y el Proverbio dice qué daño viene de él: «Quien parte leños se pone en peligro con ellos, si el hierro está embotado» (cf. Qo 10,9-10). Quien distingue las cosas con su palabra, quien separa lo que se tiene por uno y aparta una cosa de otra en todos sus aspectos, para mostrar que la verdadera diferencia está en lo que se tiene por bueno, si su palabra no está firmemente establecida en cada punto, sufrirá daño de parte de sus oyentes apenas la fuerza de su palabra falle y ellos hallen ocasión de tropiezo.

Así, uno de los que vinieron a Eliseo estaba cortando un árbol junto al Jordán, y cuando el hierro del hacha cayó en el río, vio en qué apuro estaba y clamó a su maestro: «¡Ay, señor! ¡Era prestada!» (2 R 6,5). Esto es lo que sucede a quienes intentan enseñar sin experiencia propia y no pueden terminar la obra, porque excede sus fuerzas. Y cuando sus oyentes los reprenden por decir algo que contradice sus propias palabras, entonces confiesan su ignorancia y lamentan lo que dijeron. Por eso el gran Eliseo arrojó un madero al río para que el hierro flotara (cf. 2 R 6,6), a fin de que el sentido que el discípulo no había captado, y que yacía escondido en lo profundo, saliera a la luz y fuera explicado a los oyentes.

El Jordán significa el arrepentimiento, pues allí Juan administró el bautismo de arrepentimiento. Pero quien habla del arrepentimiento sin experiencia lleva a sus oyentes a descuidar el descubrimiento del bien que yace escondido, y con esto arroja el hacha al Jordán. El madero que apareció levanta el hacha de lo profundo y la hace flotar hasta la superficie: es decir, hasta que hubo el madero de la cruz, la palabra del arrepentimiento permanecía escondida, y a quien deseaba decir algo de ella se lo reprendía por temerario; pero después de la cruz se hizo clara, porque el madero de la cruz la reveló a su debido tiempo.

Digo esto no para apartar a nadie de enseñar a otros en general, ni para prohibir la instrucción de los principiantes en la piedad, sino para que quien emprende la enseñanza haga primero habitual en sí la virtud necesaria para esta gran obra, y no se apresure a tomarla, ni piense solo en su propia comodidad, en el respeto de sus discípulos y en la gloria que tendrá entre los que lo rodean, sino que recuerde las cargas que caerán sobre él; y para que, hasta que llegue la paz, no convierta sus armas de guerra en arados y podaderas. Cuando todas las pasiones hayan sido vencidas, cuando no se espere ataque de ninguna parte y no haya necesidad de tomar las armas en defensa propia, entonces es bueno transformarlas en otros instrumentos.

Pero mientras las pasiones reinan y continúa la batalla contra la mente de la carne, no es bueno deponer las armas, no sea que los enemigos nos ataquen cuando estemos debilitados y nos venzan. Las palabras de la Escritura se dirigen a quienes se esfuerzan mucho por alcanzar la virtud y que, por gran humildad, no piensan haber vencido ya: «Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas» (Is 2,4). Estas palabras les aconsejan que, cuando hayan vencido a sus enemigos, se ejerciten ya no por sí mismos sino en provecho de otros, retirándose de la lucha y volviendo la fuerza de su mente al cuidado de quienes están todavía cubiertos por nuestras malas obras.

Pero a quienes no han llegado aún a tal estado y por inexperiencia o arrogancia han tomado una tarea superior a sus fuerzas, la Escritura da el consejo contrario: «¡Convertid vuestros arados en espadas y vuestras podaderas en lanzas!» (Jl 3,10). ¿De qué sirve la agricultura cuando hay guerra y las cosechas las recogen los enemigos y no los labradores? Por eso, cuando los israelitas pasaban por el desierto y combatían contra diversos pueblos, no se les mandó cultivar la tierra, para que no descuidaran su destreza en la guerra. Pero cuando hubieron vencido a sus enemigos y llegó la paz, se les dio este consejo: «Cuando entréis en la tierra que os voy a dar, la tierra guardará un sábado» (Lv 25,2): no sembraréis nada. Tal fue el mandato, y es justo.

Hasta que los sembradores no se enmienden, lo sembrado no será firme, pues los sembradores son sacudidos por la inconstancia. El orden y la constancia, si pertenecen a algo, pertenecen también a las obras de piedad, y deben establecerse desde el comienzo. Quienes despreciaron el comienzo y se dejaron llevar por falsas promesas se ven obligados a volver al orden y a la constancia. Cuando Jacob fue atraído por la hermosura de Raquel, no reparó en los ojos débiles de Lía (cf. Gn 29,17); y sin embargo no rehuyó el trabajo que la virtud exige y sirvió otros siete años por Raquel (cf. Gn 29,27). Quien esté dispuesto a recorrer el combate desde el principio y no desde el final obtendrá lo que desea y llevará a los que están bajo su cargo a la perfección de la virtud.

Pero algunos, sin haber realizado obra alguna, ni pequeña ni grande, persiguen temerariamente el nombre de maestro; y no solo no rehúsan cuando otros los instan a ello, sino que van por las calles arrastrando consigo a cuantos encuentran, haciendo con ellos un pacto, como con jornaleros, sobre la comida y el vestido, dispuestos a complacer los caprichos de sus discípulos y a dejar que sus deseos los arrastren sin freno por los precipicios, como los caballos llevan a los jinetes que han soltado las riendas de las manos, permitiéndoles correr donde quieran y derribar a todo el que aún se tiene en pie, puesto que no hay quien los detenga y aquiete sus impulsos ociosos.

Pero escuchen al bienaventurado Ezequiel y cómo reprende a quienes dejan que otros se entreguen a sus concupiscencias y, complaciendo los deseos de todos, amontonan tristeza para sí mismos: «¡Ay de las que cosen bandas para todas las muñecas y hacen velos para las cabezas de personas de toda estatura, para cazar almas… por puñados de cebada y por pedazos de pan!» (cf. Ez 13,18-19). Tales hombres reúnen de las limosnas lo que necesitan para el cuerpo, contentos, según dicen, con harapos; y deshonran a quienes deberían orar o profetizar con la cabeza descubierta, poniéndoles un velo y convirtiendo la naturaleza de un varón en la de una mujer; y así destruyen almas que no debían morir.

Quienes han escuchado al verdadero Maestro, Cristo, rehusarían en cuanto pudieran gobernar a otros. Pues Cristo dice a sus discípulos: «No os hagáis llamar maestro» (cf. Mt 23,8). Cuando Cristo aconseja a Pedro y a Juan y a todo el colegio de los apóstoles que se tengan por desiguales a obra tan honorable, ¿quién se atreve entonces a creerse superior a los apóstoles y a tomar sobre sí una dignidad que a ellos se les prohibió tomar?

¿O acaso las palabras «no os hagáis llamar maestro» significan que no se puede ser llamado maestro, pero sí serlo? Si un hombre, contra su voluntad, se ve obligado a enseñar a otros porque ha aceptado uno o dos discípulos, examínese primero a fondo, si puede enseñar no de palabra sino de obra cómo hay que vivir, ofreciendo su propia vida a los discípulos como modelo de toda virtud, de modo que quienes copian el modelo no estropeen la belleza de la virtud con alguna caída inoportuna.

Además de esto, sepa que debe cuidar de los que están bajo su cargo no menos que de sí mismo, ya que responderá tanto por sí como por todos ellos, porque tomó a su cargo su salvación. Los santos cuidaron de que sus discípulos no fueran inferiores a ellos en virtud, sino que los elevaron de su condición original a otra mejor. El apóstol Pablo hizo un mártir del fugitivo Onésimo; Elías nombró profeta al labrador Eliseo; Moisés puso a Josué, el menor de todos, delante de todos; el sacerdote Elí hizo a Samuel mayor que él mismo. Si la vigilancia de los discípulos los ayudó a adquirir la virtud, la primera causa de su éxito fue que tuvieron maestros que encendieron la chispa del celo y la hicieron brillar. Por eso llegaron a ser boca de Dios y anunciaron a los hombres la voluntad divina. Habéis oído decir al Señor: «Si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca».

Dios ofrece a Ezequiel el papel de maestro, mostrándole de entre quiénes elegir discípulos. «Hijo de hombre —dice el Señor—, toma un ladrillo, ponlo delante de ti y dibuja en él la ciudad de Jerusalén» (cf. Ez 4,1), indicando que el maestro hace de su discípulo un templo santo a partir del barro. También estas palabras son buenas: «ponlo delante de ti». Significan que el discípulo progresará rápidamente si está siempre ante los ojos de su maestro. Los recordatorios frecuentes de hermosos ejemplos dibujan imágenes semejantes aun en las almas duras y obstinadas. Guejazí empezó a robar y Judas se hizo traidor porque ambos se apartaron de los ojos de su maestro; si cada uno de ellos hubiera permanecido junto a quien lo enseñaba, no habría pecado.

Cuando los discípulos son descuidados, el maestro está en peligro, como dice Dios después con estas palabras: «Toma luego una plancha de hierro y ponla como muro de hierro entre ti y la ciudad» (cf. Ez 4,3). Quien no quiera castigar a un discípulo perezoso, después de haber hecho de él una ciudad —a partir del barro—, recuérdele qué tormentos aguardan al hombre que rehúye tal orden, para que esos tormentos, hechos muro, separen al culpable del inocente. El Señor manda así a Ezequiel, diciendo: «Hijo de hombre, te he puesto por centinela de la casa de Israel… y si el pueblo no es advertido, y viene la espada y arrebata la vida de uno de ellos, yo pediré cuenta de su sangre a tu mano» (cf. Ez 33,6-7).

Moisés se construye ese mismo muro cuando dice a los israelitas: «Guárdate de caer en el lazo de imitarlos, después de que hayan sido destruidos delante de ti». Esto es lo que sucede a quienes no prestan atención a sus pensamientos una vez cortadas todas las pasiones. Entonces las imágenes de las antiguas fantasías vuelven a brotar como retoños; y si les permites asaltar a menudo la mente y entrar dentro, las pasiones volverán, y después de la victoria tendrás que comenzar de nuevo la vida ascética. Sucede que pasiones ya domadas —como bueyes acostumbrados a pacer tranquilamente— se vuelven otra vez salvajes por la negligencia de quien las domó, y se hacen furiosas como fieras. Y para que esto no ocurra, dice la Escritura: «Guárdate de caer en el lazo de imitarlos, después de que hayan sido destruidos delante de ti», para que el alma, acostumbrada a deleitarse en tales fantasías, no vuelva a sus antiguas malas obras.

El bienaventurado Jacob, sabiendo que tales cosas suceden y que, cuando se las mira con frecuencia, dañan a la mente sobre todo porque imprimen en ella imágenes claras y vivas en sueños vergonzosos, escondió los dioses extranjeros en Siquén (cf. Gn 35,4). Pues el trabajo de combatir las pasiones las esconde y destruye no por poco tiempo, sino hasta el día de hoy, es decir, para siempre; porque la palabra «ahora» se refiere a todo el siglo y significa siempre el tiempo presente. Y el nombre Siquén significa «fuerza», esto es, el trabajo de la lucha contra las pasiones. Por eso Jacob da Siquén a José (cf. Gn 48,22), porque combatió diligentemente contra las pasiones. Y al decir que tomó Siquén «con mi espada y con mi arco», Jacob confirma que venció sus pasiones con batalla y esfuerzo, y que las sepultó en la tierra de Siquén.

Puede parecer contradictorio que sea loable esconder dioses extranjeros en Siquén, mientras que ocultar un ídolo es reprensible; pues así se decretó con juramento, y se dice: maldito el que oculta un ídolo. Pero son cosas distintas: enterrar en la tierra para siempre y esconder algo por un tiempo. Lo que se entierra en la tierra y no puede ser visto por los ojos se borra de la memoria con el paso del tiempo; pero lo que solo se esconde puede ser desconocido para otros mientras es constantemente recordado por quien lo ocultó, y la memoria que guarda el ídolo se renueva sin cesar. Todo pensamiento vergonzoso que toma forma en la mente es una imagen escondida de un ídolo. Es indecoroso exponer tales pensamientos a la vista de todos; no es recto ocultar tal imagen; y peor aún es buscar y restaurar imágenes ya sepultadas, pues entonces el pensamiento se inclina con facilidad hacia la pasión que había rechazado y hace caer la balanza hacia la tierra. Tal es la propiedad de la virtud: se inclina con suma facilidad hacia uno u otro lado, y cuando se la descuida se inclina hacia lo contrario.

Las palabras de la Escritura nos lo recuerdan cuando dicen: «La tierra en la que entras está sacudida por el movimiento de las naciones paganas». Apenas un hombre que tiene el hábito de la virtud se entrega al adversario, la virtud se entrega con él, porque el suelo es inestable. Por tanto, desde el mismo comienzo no hay que permitir que entren en la mente las fantasías que suelen dañar, ni dejar que el pensamiento baje a Egipto, porque de allí pasa a los asirios. Si el pensamiento desciende a la oscuridad de los pensamientos impuros —y así ha de entenderse Egipto—, entonces las pasiones lo arrastran involuntariamente a la acción. Por eso el Legislador, prohibiendo el acercamiento secreto del deseo, nos manda aplastar la cabeza de la serpiente, pues de otro modo herirá el talón (cf. Gn 3,15). La serpiente procura no morder abiertamente, ya que de otro modo no puede soltar su veneno; y debemos cuidar de destruir la primera insinuación del placer sensual, porque su fuerza es débil mientras se la está destruyendo.

Quizá por esto Sansón no habría incendiado los campos de sus propios compatriotas si no hubiera atado a las zorras por la cola (cf. Jc 15,4-5). Pues podía comprender las artimañas de los pensamientos astutos por su desenlace y no por su comienzo —ya que los pensamientos procuran parecer honorables al principio para alcanzar su fin— y, comparando sus desenlaces, demostró cuán impropios eran esos pensamientos. Habiendo atado las colas juntas, les sujetó una antorcha, es decir, la denuncia que los deja al descubierto.

Para explicar esto mejor propondré los dos ejemplos siguientes, que servirán de verdadera confirmación también para otros pensamientos. A menudo el pensamiento de fornicación viene por la vanagloria; y aunque muestra a los hombres honorables el comienzo de los caminos, esconde los precipicios por los que lleva a la morada de la muerte a quienes lo siguen sin reflexión. A veces ofrece el sacerdocio, a veces la vida monástica perfecta. Persuade al hombre de que muchos acuden a él en busca de ayuda, y le enseña a soñar con la gloria en la palabra y en la obra. Y cuando lo ha alejado bastante de su prudencia natural, le presenta entonces la imagen de un encuentro con una mujer honorable y lo empuja a consentir en un acto inmundo, llevando su conciencia a la mayor vergüenza.

Por tanto, quien quiera atar las colas juntas mire los desenlaces de los pensamientos: el fin de la vanagloria es la recompensa, y el fin de la fornicación es el deshonor; y cuando vea que son opuestos, haga lo que hizo Sansón. También el pensamiento de la gula termina en fornicación, y el pensamiento de la fornicación termina en tristeza —y en seguida—, pues la tristeza y el hastío siguen a quienes son vencidos por estos pensamientos. Por eso, habiendo expulsado tales pensamientos, no piense el asceta ni en el gusto de los alimentos ni en los placeres, sino en el fin de ambos pensamientos; y cuando comprenda que la tristeza sigue a los dos, sepa entonces que ha atado las colas juntas y ha incendiado los campos, dejando al descubierto a los extranjeros.

Puesto que se necesitan tal conocimiento y tal experiencia en la lucha contra las pasiones, consideren quienes han aceptado el oficio de superiores de otros qué conocimiento necesitan para conducir sabiamente a sus novicios hasta el honor del rango más alto; y que se les enseñe todo lo que hay que saber para la batalla, de modo que no piensen que la victoria se gana con solo agitar las manos en el aire, sino que sepan asestar golpes al enemigo en combate real, para no extender las manos al vacío en vano, sino alcanzar al adversario mismo.

De todos los combates, este es el más duro. En otros combates se dobla el cuerpo del atleta, pero él se levanta con facilidad; aquí son las almas las que caen, y una vez derribadas es difícil ponerlas de nuevo en pie. Si un hombre que aún lucha con una vida de pasión y está manchado de sangre proyecta edificar a Dios un templo de almas racionales, oirá estas palabras: «¿Me edificarás tú una casa para que yo habite?… ¡Tú eres hombre de sangre!» (cf. 2 S 7,5). Hay que estar en estado de paz para edificar un templo a Dios.

Y Moisés, cuando recibió el tabernáculo, lo levantó fuera del campamento, mostrando cuán lejos debe estar el guía de los cuidados de la guerra, habitando a distancia del ejército turbado, habiendo pasado a una vida pacífica y ajena a la guerra. Pero cuando se hallan tales guías, entonces los discípulos deben renunciar a su propia voluntad tan por completo que sean como un cuerpo sin vida o como la materia en manos del artesano. Como el alma hace en el cuerpo lo que quiere y el cuerpo no la contradice, o como el artesano despliega su destreza sobre su materia y la materia no frustra su intención, así debe el maestro enseñar a sus discípulos a conocer las virtudes, y ellos no deben contradecirlo.

Si examinan las disposiciones del maestro y quieren poner a prueba su mandato, dañan su propio progreso. Lo que parece verdadero y bueno a los inexpertos no siempre es verdadero y bueno. De un modo juzga el artesano su materia y de otro el que no es artesano; pues el artesano toma por regla su conocimiento, y el que no es artesano toma su propia imaginación, que rara vez acierta y muy a menudo dista mucho de lo correcto, porque hay en ella mucho error. ¿Qué parecería a primera vista más irrazonable que el timonel, cuando la nave zozobra, mande a los hombres sentarse del lado que se hunde y apartarse del lado más alto, sobre todo cuando el viento sopla con más fuerza sobre el costado más cargado? Parecería más sensato lastrar el lado levantado y no pasarse al más peligroso.

Y sin embargo los pasajeros confían en el timonel más que en su propia opinión, porque la necesidad los persuade a someterse a su pericia, aunque a primera vista no parezca prometer nada bueno. Así, quienes han confiado a otros su salvación dejen a un lado sus ideas previas y sométanse a la pericia del maestro, reconociendo que su conocimiento es más fiable que sus propias nociones. Y cuando renuncien a sí mismos, no oculten nada, temiendo lo que sucedió a Ananías, que se propuso retener parte del dinero recibido de los hombres (cf. Hch 5,2) y recibió de Dios la condena por su engaño. Como se han entregado a sí mismos, entreguen también todo lo suyo, sabiendo bien que aquello que se retiene atrae a menudo la mente hacia sí, y primero la apartará de lo mejor y después la alejará del todo de la compañía de los hermanos.

Por eso el Espíritu Santo escribió las Vidas de los santos: para conducir con estos ejemplos hacia la verdad a todo el que comienza la vida espiritual. ¿Cómo dejó Eliseo el mundo cuando se unió a su maestro? Araba delante de Elías con doce yuntas de bueyes, y degolló los bueyes y los quemó con los aperos (cf. 1 R 19,21). Es señal de gran fervor. No dijo que vendería los aperos, sino que dispondría de los bueyes como debía, aunque vendiéndolos habría sacado más provecho. Estaba enteramente lleno del deseo que lo atraía a conversar con su maestro; y por eso despreció las cosas visibles y se apresuró a abandonarlas, porque lo distraían de un buen propósito, y había visto muchas veces cómo la demora aparta al hombre de un buen propósito.

¿Habría mandado el Señor al joven rico que buscaba la vida perfecta que vendiera todos sus bienes, los diera a los pobres y no se quedara con nada (cf. Mt 19,21), si no hubiera sabido que aun dejar algo se convierte en causa de dispersión de los pensamientos? Por esta razón, creo, mandó Moisés a quienes querían purificarse con un gran voto que se rasuraran todo el cuerpo y dejaran por completo toda preocupación por los bienes.

Cuando las vacas fueron unidas al carro que llevaba el arca, olvidaron su naturaleza y a sus terneros, que habían quedado en los establos; y, sin que nadie las forzara, recorrieron todo el camino sin vacilar, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. No mugieron por compasión de sus terneros, sino que, agobiadas por el peso del arca, inclinaron el cuello; pues aunque su naturaleza permanecía en ellas, caminaban como vencidas por el honor del arca puesta sobre ellas. Si tal fue la disposición de unas vacas, ¿cuál debe ser la disposición de quienes se proponen llevar el arca de la mente? Deberían hacer todavía más, para que criaturas mudas no resulten más fuertes que ellos, ya que aquellas pueden hacer por necesidad lo que los hombres no pueden hacer con entendimiento.

O tal vez José se extravió en el desierto precisamente porque buscaba la perfección en los lazos de familia. Por eso un hombre que quería conocer la verdad, habiéndole preguntado por qué se había extraviado y habiendo sabido que la causa era el afecto por los suyos —pues si José hubiera razonado rectamente, no habría preguntado dónde apacentaban sus hermanos los rebaños, sino dónde estaba el pasto—, le dijo: «Se han ido de aquí, pues les oí decir: Vamos a Dotán» (cf. Gn 37,17). Y Dotán significa «gran pérdida», y esta es la lección para el hombre que todavía anda errante en los deseos de la carne.

Pues la perfección no puede alcanzarse de otro modo que despojándose por completo de las pasiones que pertenecen al cuerpo. Y cuando un hombre deja Jarán (cf. Gn 27,43), que significa la percepción sensible, pues Jarán se traduce «cavernas», y sale del valle de Hebrón, esto es, de las obras indignas, y del desierto por el que anda errante el que busca la perfección sin llegar a la renuncia completa, entonces sus largos trabajos no le traen provecho alguno por su apego a los parientes; y tal apego priva al alma del deseo perfecto. Y el Señor, cuando lo prohibió a la Virgen María, que lo buscaba entre los parientes, y cuando llamó indigno de Él a quien ama al padre o a la madre más que a Él (cf. Lc 2,44), nos enseña con esto a no buscar los lazos de la parentela.

Cuando los discípulos han alcanzado esto, conviene advertirles que, puesto que hace poco se han retirado del tumulto del mundo, guarden silencio, y que cuando surjan nuevos pensamientos no agraven las heridas infligidas por los sentidos ni añadan nuevas imágenes a los ídolos de sus antiguos pecados. El silencio no resulta fácil a quienes acaban de renunciar al mundo. Su memoria, teniendo mucho ocio, remueve toda la inmundicia que yace dentro, cosa que antes no podía hacer por sus muchas ocupaciones. Y aun después de esto hay provecho en el silencio, pues la mente se va librando poco a poco de los pensamientos vergonzosos.

Quien quiera lavar su alma y limpiarla de toda mancha debe apartarse de todo aquello por lo que la mancha se multiplica; debe dar silencio a su mente y mantenerse lejos de cuanto pueda turbarla, y no vivir con hombres irracionales, acogiendo la soledad, madre de la sabiduría. Pues es muy fácil que tales hombres caigan de nuevo en las mismas redes de las que supuestamente se libraron, si descuidadamente se rodean de gente turbulenta. Quien ha pasado a la virtud no hallará gozo en las cosas que ha dejado y despreciado; y sin embargo la costumbre lo arrastra, de modo que aun un hombre que ha llegado a la quietud con gran celo renovará sus intenciones vergonzosas y recordará malas obras olvidadas.

Una mente que apenas acaba de apartarse del pecado es como un cuerpo que empieza a recobrarse de una larga enfermedad: aun una cosa pequeña puede hacer volver el mal. Del mismo modo las fuerzas del pensamiento son débiles en quienes aún no están afirmados; por eso hay que cuidar de no volver a las pasiones que despierta el descuido humano. Por tanto hay que permanecer en la propia celda, para no sufrir el desastre de manos del destructor. Así lo mandó Moisés, diciendo: «No salgáis de la puerta de vuestra casa, no sea que el destructor os toque». Lo mismo significa Jeremías cuando manda: «No salgáis al campo ni caminéis por el camino, porque la espada del enemigo está por todas partes» (cf. Jr 6,25).

Atacar al enemigo es obra de ascetas valientes. Pero si un hombre no puede combatir en absoluto, quédese seguro en casa, estableciéndose firmemente en la quietud (cf. Dt 20,8). Así fue Josué, de quien está escrito: «Su servidor Josué, todavía joven, no se apartaba de la tienda» (cf. Ex 33,11). Pues sabía que quienes salen en su juventud a veces perecen a manos de sus hermanos y amigos por entrar demasiado pronto en la batalla. Esto lo aprendió de la historia de Abel; y de la historia de Dina puede aprenderse bien que es propio de los jóvenes y de las jóvenes emprender obras superiores a su capacidad y engañarse creyéndose iguales a ellas.

Pues si Dina no hubiera salido imprudentemente a averiguar cómo viven los demás, pensando que no le haría daño, y si no hubiera buscado entre ellos su consuelo, no habría destruido antes de tiempo la prudencia de su mente, extraviada por las nociones que le sugerían los sentidos, antes de haber comenzado legítimamente a conversar con una mente valerosa. Dios sabe que esta pasión —me refiero a la presunción— está profundamente arraigada en los hombres, y queriendo arrancarla de nuestros hábitos dice a Moisés: «Enseña a los hijos de Israel las buenas obras». Pues es temerario entrar en una batalla superior a las propias fuerzas; este es un modo de obrar ajeno a Dios.

Por tanto no hay que unirse a los tumultos de la ciudad cuando no se tiene destreza para el combate, sino huir de ellos cuanto sea posible, guardando los pensamientos del ruido. Poco provecho sacan quienes se retiran de las cosas y luego recogen rumores acerca de ellas, y quienes, dejando la ciudad, se sientan a su puerta como Lot (cf. Gn 19,1), llenos de la confusión que allí reina. El hombre debe retirarse de la ciudad por completo, como el gran Moisés, que dijo: «En cuanto salga de la ciudad, extenderé mis manos al Señor y cesarán los truenos» (cf. Ex 9,29). La verdadera quietud llega cuando callan no solo las acciones sino también su recuerdo. Entonces el alma tendrá calma para considerar las imágenes impresas en ella y podrá trabajar contra cada una de ellas y cortarla.

Cuando siguen llegando otras imágenes, es imposible borrar las anteriores, porque la mente está ocupada con las presentes. Los hombres han de trabajar mucho para destruir las pasiones, pues estas vienen con la fuerza de una multiplicación constante y, como un manantial que brota sin cesar de la tierra, inundan el alma con un flujo continuo de nociones. Un hombre que quiere ver secarse un río, para ver lo que en el fondo hay digno de conocerse, nada gana con sacar agua en el lugar donde piensa hallar lo que busca; pues cuando lo ha vaciado, se llena de nuevo desde la fuente. Pero cuando la fuente se seca, será fácil llegar al fondo, porque el agua se retirará por sí misma y el suelo se secará, y entonces se verá lo que buscaba.

De este modo es fácil detener las imágenes que ponen en obra las pasiones, cuando los sentidos dejan de alimentarlas desde fuera. Cuando los sentidos introducen imágenes de fuera como una corriente, entonces no solo es difícil sino imposible librar a la mente de tal turbulencia. Y aunque las pasiones no nos molestan mientras estamos en conversación frecuente, porque no tienen tiempo de agitarse, sin embargo, escondidas como están, crecen y cobran fuerza con el tiempo. Un suelo por el que se camina a menudo, aunque guarde los brotes de las espinas, no los deja salir; pero la espina echa raíces fuertes en lo hondo de la tierra, y cuando llega la ocasión, brota.

Así también las pasiones: cuando la conversación frecuente no las deja salir, se hacen más fuertes; y cuando llega la quietud, vienen con ímpetu y arrastran a una batalla dura y penosa al hombre que descuidó la lucha. Por eso el profeta nos manda destruir la prole babilónica, es decir, las imágenes, mientras están todavía en el almacén de los sentidos, para que estos pensamientos no caigan en tierra y broten y, regados por las abundantes e inútiles lluvias de una actividad incesante, den los frutos del pecado. Y otro profeta llama bienaventurados a quienes no esperan a que las pasiones florezcan, sino que destruyen sus brotes: «Bienaventurado el que tome a tus pequeños y los estrelle contra la roca» (Sal 136,9).

Y el gran Job, sabio en sí mismo, apunta a lo mismo: «¿Crece la caña sin cieno? ¿Crece el junco en lugar seco? Todo mal se seca cuando se seca la fuente, y el hormigaleón muere cuando no hay presa». El gran Job, queriendo mostrar cómo ataca la pasión, la llamó hormigaleón, uniendo el nombre de la más brava de las fieras al del más débil de los insectos, porque los asaltos de la pasión comienzan con pequeñas fantasías que llegan imperceptibles como una hormiga, mientras sus consecuencias son gravísimas y el peligro que traen no es menor que el del ataque de un león. Por tanto, el asceta debe combatir la pasión cuando viene como hormiga, atrayéndolo con algo insignificante; pues cuando ha crecido hasta la fuerza de un león, no es fácil vencerla y es imposible no alimentarla.

Y el alimento de la pasión, como hemos dicho más de una vez, consiste en las imágenes de las cosas sensibles que entran en el alma por los sentidos. Ellas nutren las pasiones y arman contra el alma toda fantasía. Por eso el Legislador mandó que el tabernáculo se hiciera de diez cortinas (cf. Ex 26,1), lo que significa que debemos mantener nuestros pensamientos puros como un templo. Y así como hay celosías en las ventanas del templo para que no entre nada inmundo, así los sentidos deben cerrarse con el pensamiento del Juicio venidero, que bloquea la entrada a las fantasías impuras. ¿No fue por esta razón por lo que Ocozías enfermó, porque cayó a través de la celosía (cf. 2 R 1,2)? No pensar en la retribución cuando llega la tentación es dejarse abatir por las pasiones y «caer a través de la celosía».

¿Qué podría ser peor que semejante enfermedad? La enfermedad del cuerpo significa que se perturba el equilibrio de los elementos corporales, prevaleciendo uno sobre los demás; y la enfermedad del alma sobreviene cuando el alma se retrae del pensamiento recto y es vencida por las pasiones que la enferman. Salomón cerró los ojos del hombre capaz de oír, diciendo: «Tus ojos verán cosas extrañas y tu corazón proferirá insensateces» (Pr 23,33). Por insensateces entiende lo que nos sobrevendrá después del pecado, en el tiempo de la retribución. El pensamiento de esto, y una recta disposición de la mente, guardan a los ojos de mirar lo que pone en peligro al alma.

Se dice también cuál debe ser la estructura de nuestro pensamiento en tal momento: «Y serás como el que duerme en medio del mar, o como el que se acuesta en lo alto de un mástil» (Pr 23,34). Cuando un hombre combate contra lo que provoca su vista y puede recordar el tormento venidero como el navegante recuerda la tempestad, entonces vencerá fácilmente a quienes lo atacan, sin sentir las heridas que le infligen. De tal hombre se dice: «Me golpearon, pero no me dolió; me hirieron, pero no lo supe». «Me golpearon —dice— y pensaron burlarse de mí, pero yo no sentí sus golpes, porque sus golpes eran como la flecha de un niño. Ni siquiera advertí su halago, y me comporté como si no existieran». Así David, despreciando a estos adversarios, dice: «No conocí al hombre torcido que se apartó de mí» (cf. Sal 100,4), es decir, no advirtió ni cuándo llegaron sus adversarios ni cuándo se fueron.

¿Y quién no sabe que los sentidos están en trato estrecho con las cosas sensibles, y que de tal trato nace fácilmente el engaño? Quien no sospecha qué daño puede venir de ahí, ¿cómo comprenderá, al encontrarse con el engaño, que se trata de un ataque del enemigo, si no ha aprendido antes a distinguir entre ambos? Que los sentidos combaten con las cosas sensibles, y que las cosas sensibles, cuando vencen, imponen tributo a los sentidos, se ve claramente en la guerra entre los asirios y los hombres de Sodoma. Cuenta la Escritura que cuatro reyes de la nación asiria pelearon contra cinco reyes que habitaban en torno a Sodoma. Al principio hubo entre ellos un acuerdo, una alianza y ofrendas de paz junto al mar Salado; luego los cinco reyes sirvieron al vencedor durante doce años, y al decimotercero se rebelaron (cf. Gn 14,3-4); y en el decimocuarto los cuatro pelearon contra los cinco y los llevaron cautivos (cf. Gn 14,9).

Tal es el final de la historia, y de ella aprendemos acerca de nosotros mismos y de cómo los sentidos combaten con las cosas sensibles. Cada uno de nosotros, desde el nacimiento hasta los doce años, no ha purificado todavía su prudencia, y por eso nuestros sentidos sirven a las cosas sensibles como los siervos sirven a sus amos: la vista sirve a lo visible, el oído a los sonidos, el gusto a los líquidos, el olfato a los olores y el tacto a todas las cosas sensibles que pueden palparse. Por su juventud, el hombre no es capaz de acercarse con discernimiento a ninguno de sus sentidos. Pero cuando la prudencia empieza a madurar y a sentir el daño que viene de las cosas sensibles, el hombre piensa en seguida en renunciar a ellas y escapar de su servidumbre. Y si es fuerte en la prudencia, será libre para siempre, pues escapará de esos amos crueles.

Pero cuando la prudencia es demasiado débil, entregará los sentidos cautivos al poder de las cosas sensibles, y tendrán que vivir de nuevo en dura esclavitud sin esperanza de nada mejor. Por eso, en el relato, los cinco reyes derrotados caen en pozos de betún (cf. Gn 14,10), para que aprendamos que quienes han sido vencidos por las cosas sensibles se hallan como en pozos o cisternas, una para cada sentido —ya que cada sentido sirve a alguna cosa sensible—, y se vuelven hacia lo sensible. No piensan sino en las cosas visibles, porque sus deseos están atados a las cosas terrenas, y han amado el goce de las cosas terrenas más que el goce de las cosas de la mente.

Del mismo modo, un siervo que amó a su amo, a su mujer y a sus hijos renuncia a la verdadera libertad por causa de los lazos familiares y se hace siervo para siempre, y su oreja es horadada con una lezna (cf. Ex 21,5-6), para que nunca más reciba las palabras de la libertad por la abertura natural del oído, sino que permanezca siervo para siempre por su amor a lo presente. Por eso, cuando dos hombres riñen y una mujer agarra a uno de ellos por las partes pudendas, la ley manda que se le corte la mano (cf. Dt 25,11). Pues cuando la larga batalla era por la elección entre los bienes terrenos y los celestiales, ella abandonó esa elección y se aferró a lo que sirve a la generación y a la corrupción, ya que esta parte del cuerpo está destinada a la procreación.

De nada sirve la renuncia de los hombres irresolutos, que se guían y se enseñan por su propio pensamiento, pues a menudo vuelven a lo que renunciaron y descubren su pasión, como la mujer de Lot. Ella miró hacia atrás, y por eso quedó convertida en columna de sal (cf. Gn 19,26), y allí permanece hasta hoy como advertencia para los incrédulos. Tal es el hábito, del cual la mujer de Lot es símbolo: el hábito atrae de nuevo hacia sí a quienes quieren apartarse de él.

Por eso la ley manda a quienes entran en el templo que, terminada su oración, salgan no por la puerta por la que entraron, sino por la opuesta, para que no se vuelvan atrás sino que sigan adelante. ¿No significa esto que en el camino de la virtud no hay que desviarse de la senda por las dudas? Los retornos frecuentes a lo que hemos dejado nos inducen a volver atrás, debilitan el impulso de avanzar y nos inclinan a recaer en nuestros antiguos pecados. El hábito es bastante fuerte para retener al hombre dentro de sí e impedirle volver a la práctica de la virtud. La destreza nace del hábito, el hábito se hace naturaleza, y la naturaleza es difícil de cambiar o de rehacer. Cuando se obliga a la naturaleza a desviarse un poco, en seguida vuelve atrás; y sin embargo, arrancada de sus propios límites, no alcanza la perfección si no rehace sus pasos con gran esfuerzo para pasar de un simple hábito a una destreza buena y establecida.

Considera el alma que vive según sus hábitos: cómo se sienta sobre ídolos, apegada a cosas que no tienen forma propia, negándose a seguir la disciplina que la llevaría a las alturas, y diciendo: «No puedo levantarme ante ti, porque estoy con la costumbre de las mujeres» (cf. Gn 31,35). Tal es el alma que largo tiempo se ha consolado con las cosas mundanas y se sienta sobre aquello que en sí mismo no tiene forma, sino que la recibe por la habilidad humana. La riqueza, la fama y las demás cosas mundanas no tienen forma; no hay en ellas nada claro ni definido. Falsifican la verdad con una apariencia engañosa y cambian de mil modos cada día.

Nosotros mismos damos forma a las cosas cuando en nuestros pensamientos atribuimos algún beneficio a lo que es inútil. Satisfacemos las necesidades del cuerpo con invenciones costosas, preparando comida sazonada con innumerables golosinas y vistiendo ropas vistosas por lujo y placer; y cuando se nos reprocha esta vanidad, que gastamos inútilmente en banquetes suntuosos cuando podríamos contentarnos con poco, nos justificamos como si tuviéramos que obrar así. ¿Qué hacemos sino dar forma a cosas que no la tienen? Con razón dijimos que tal alma se sienta sobre ídolos. El alma firmemente persuadida de lo dicho se aferra a estas cosas, esto es, sirve al hábito y no a la verdad, y con estos hábitos, como con una impureza, mancha su propia naturaleza. En la Escritura, el estar sentado significa ociosidad en las buenas obras y amor al placer.

La Escritura habla de ociosidad cuando menciona a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte (cf. Is 9,2), atados en pobreza y hierro, porque las tinieblas y el hierro les impiden obrar. Y habla de gula cuando recuerda a quienes volvieron a Egipto en sus corazones y se decían unos a otros: «Nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos hasta saciarnos» (cf. Ex 16,3). Y en verdad los hombres dados al placer se sientan junto al caldero, inflamando el deseo con un calor voluptuoso e incesante; y la gula es la madre de la molicie. Ella engendra el mal deseo, y otras pasiones la siguen; de ella, como de una raíz, brotan otras pasiones, que poco a poco se unen al deseo que las engendró y elevan sus brotes hasta el mismo cielo.

Pues la avaricia, la ira y la tristeza son hijas y brotes de la gula. El glotón necesita riqueza para saciar su hambre de comida, y nunca queda satisfecho; y cuando no puede reunir riqueza, se levanta la ira. A la ira sigue inevitablemente la tristeza, cuando por debilidad la ira no puede pasar a la acción. Pues quien anda sobre su pecho y sobre su vientre, cuando tiene a su alcance las cosas que le dan placer, anda sobre el vientre; y cuando no las tiene, se mueve sobre el pecho, de donde procede la ira. Los aficionados a las golosinas se enojan y se ofenden cuando se les priva de ellas.

Por eso el gran Moisés pone el pectoral del juicio sobre el pecho del sacerdote (cf. Ex 28), mostrando figuradamente que los impulsos de la ira escondida deben ser dirigidos por el pensamiento. El pectoral del juicio es la palabra del discernimiento. El sacerdote refrena su ira por la prudencia, porque es imperfecto; pero el perfecto Moisés mantiene toda ira lejos de sí: no lleva el pectoral del juicio, sino que ofrece el pecho en sacrificio, pues está dicho: «Moisés tomó el pecho y lo ofreció en sacrificio delante del Señor» (cf. Lv 8,29). Otros no han refrenado todavía todo su furor y no sujetan sus pasiones con la prudencia, sino que las vencen con duro trabajo; estos son los que ofrecen el pecho y la espaldilla, pues la espaldilla es señal de acción y de esfuerzo.

Andar sobre el vientre es la señal más segura de la molicie, ya que el vientre es su causa. Cuando el estómago está lleno, los deseos y las demás pasiones se hacen fuertes; cuando está vacío, están más quietas y pacíficas. Y aquí está la diferencia entre los que todavía luchan y los perfectos. Pues Moisés, rechazando del todo el gusto por los alimentos, «lavó las entrañas y las patas» (cf. Lv 9,14) —por las entrañas hay que entender aquí el placer, y por las patas la molicie—. Pero el hombre que está todavía en el combate lava lo que hay dentro de las entrañas y no las entrañas mismas. Y hay otra diferencia: «lavó» y «debe ser lavado» no significan lo mismo; lo primero es voluntario, lo segundo es por mandato.

El hombre perfecto emprende el cumplimiento de las virtudes por su libre voluntad, mientras que el que todavía se esfuerza lo hace por el apremio de un guía, y vigila con celo para que se aparte el pecho y se laven las entrañas. Un hombre sabio puede rechazar y cortar todo furor, pero no puede cortar las entrañas. La naturaleza obliga aun al más contenido a comer alimento conveniente; y quienes no siguen la palabra recta y firme del alma, sino que se corrompen con manjares inmundos, tienen el estómago ardiendo. Y puesto que el cuerpo se llena de tales contenidos, el deseo no puede apagar su sed, y entonces, tras el inflamarse del vientre, «el seno se marchita» (cf. Nm 5,21). La mente queda impotente para dar a luz buenas obras; el estómago, inflamado por multitud de platos, destruye los esfuerzos espirituales: esto es lo que la Escritura entiende por el marchitarse del seno.

Por eso el glotón anda sobre su vientre, pues se inclina por entero hacia las delicias del placer. Quien ha comenzado una vida de virtud separa la grasa de las entrañas, rehusando el alimento que engorda el cuerpo; el asceta lava lo que hay en el estómago; y el hombre perfecto lava todo el vientre, arrojando fuera todo lo superfluo. Con razón dice la Escritura: «Andarás sobre tu pecho y sobre tu vientre». El placer no pertenece a quienes se mantienen firmes, sino a quienes están en movimiento y llenos de confusión.

Muy cercana a la fuerza de la gula está la fuerza que mueve los deseos de la fornicación. Por eso, queriendo mostrar la naturaleza de estas pasiones, la naturaleza puso los órganos de la generación debajo del vientre, indicando así su cercanía. Cuando esta pasión es débil, lo es por la debilidad del estómago; pero cuando se inflama y se agita, su fuerza le viene del estómago. La gula no solo nutre y alimenta las pasiones de la fornicación: destruye todo lo bueno. Cuando esta pasión crece en los hombres y se enseñorea de ellos, arruinará y destruirá todos los buenos hábitos: la templanza, la moderación, la valentía, la paciencia y toda otra virtud.

El profeta Jeremías lo ilustró diciendo: «El ejército caldeo que estaba con el capitán de la guardia derribó todas las murallas en torno a Jerusalén» (cf. Jr 52,14). Por el capitán de la guardia entiende la pasión de la gula. Pues así como el capitán se esfuerza con todas sus fuerzas por servir al vientre e inventa toda clase de recursos, hallando para él innumerables golosinas, así la gula se las ingenia de todos los modos para hallar manjares para la garganta; y la variedad de los platos destruye el sostén de las virtudes. Los manjares y los condimentos se convierten en obstáculo aun para una virtud ya crecida y la llevan a la ruina, sacudiendo su fuerza y su firmeza y derribándola. Como el exceso destruye las virtudes, así la moderación destruye la resistencia de los vicios.

Así como la guardia babilónica destruyó la muralla de Jerusalén, esto es, de las almas pacíficas, despertando los placeres carnales por el arte de la cocina, así el pan de cebada, rodando, destruyó las tiendas de Madián (cf. Jc 7,13). El alimento sencillo destruye los deseos de la fornicación. Los madianitas son figura de la pasión de la fornicación, pues introdujeron la fornicación en Israel y derribaron a gran multitud de jóvenes. Muy acertadamente dice la Escritura que los madianitas viven en tiendas, mientras que Jerusalén está rodeada de una muralla. Pues todo lo que contiene virtud es firme y seguro, mientras que todo lo que contiene malicia es mera apariencia y sombra, y en nada se diferencia del engaño.

Por eso los santos evitaron las ciudades y la mucha conversación más que una enfermedad contagiosa, pues vieron que vivir con hombres disolutos lleva a la ruina. Por eso nada llevaron consigo; dejaron atrás todos sus bienes y ni siquiera volvieron la vista hacia ellos. Así Elías dejó Judea y vivió en el monte Carmelo (cf. 1 R 18,19), un desierto lleno de animales salvajes, donde no había otra cosa que comer sino el fruto de los árboles; y comía ese fruto, satisfaciendo la necesidad del cuerpo. Eliseo vivió casi del mismo modo, heredando de su maestro, junto con otros buenos hábitos, el amor a la vida del desierto. Y Juan habitó en el desierto del Jordán y comió langostas y miel silvestre, mostrando a muchos cuán pocas son en verdad las necesidades del cuerpo y reprendiendo la búsqueda del placer.

Y Moisés, cuando dio a los israelitas la ley sobre el maná, les mandó recogerlo solo para un día (cf. Ex 16,4), indicando con esto que el hombre debe vivir para un día y no acumular provisiones para el siguiente. Pues consideraba que lo que un hombre tiene basta para un ser racional, y que cuando da lo superfluo confiesa a Dios. Parece que quienes preparan provisiones por anticipado no creen en la providencia de Dios ni en la gracia de Dios, como si no enviara siempre sus dones a los hombres.

En suma, por esto todos los santos, «de los cuales el mundo no era digno, anduvieron errantes por desiertos y montes, por cuevas y cavernas de la tierra; iban de un lado a otro cubiertos de pieles de oveja y de cabra, indigentes, afligidos, maltratados» (cf. Hb 11,37-38), huyendo de la más feroz malicia de los hombres y de las cosas vanas y fugaces de que están llenas las ciudades, para que la fuerza de la vanidad no los arrebatara y los llevara a un torbellino de confusión. Se alegraban de vivir junto a las fieras, porque las fieras hacen menos daño que los hombres. Juzgaban mejor huir de los hombres, que son traicioneros, y confiar en las fieras como en amigos, ya que las fieras no nos enseñan a pecar, sino que al contrario admiran la virtud y la honran. Recordaban los santos que Daniel fue condenado a muerte por los hombres, pero salvado por los leones: los leones salvaron al hombre injustamente condenado por odio y guardaron la verdad que los hombres habían dejado sin recompensa.

Los leones ejecutaron un juicio justo sobre el injustamente condenado, de modo que la virtud de aquel hombre fue para los hombres causa de odio y enemistad, y para las fieras causa de respeto y honor. Quien entre nosotros sienta amor por una vida mejor, imite las virtudes de los santos y, apartándose de los mandatos serviles de la carne, alcance la libertad y corra tras el asno salvaje al que su Creador dejó libre (cf. Jb 39,5), que desdeña el griterío del arriero en la ciudad y no oye el clamor del capataz. Si hasta ahora le hemos enseñado a llevar cargas, uncido a las pasiones y a los pecados, hoy podemos librarlo de sus ataduras. Aunque se opongan quienes se han hecho sus dueños no por naturaleza sino por costumbre, cuando oigan cómo lo pedimos no solo con la lengua y la voz sino con nuestra disposición interior, diciendo que «el Señor lo necesita» (Mc 11,3), lo soltarán en seguida, para que, adornado con vestiduras apostólicas, llegue a ser portador del Verbo, o, dejado en su pasto, busque toda hierba verde —es decir, para que sigamos las palabras floridas de la Divina Escritura, caminando hacia una vida extraña al mundo y hallando allí a la vez alimento y gran deleite—.

Y debes considerar también cómo este asno salvaje, que Dios dejó en el desierto, busca toda hierba verde, teniendo por morada la estepa y los salitrales, donde casi nada puede crecer. A no ser que se diga que al hombre libre de las pasiones le basta buscar la contemplación de las cosas divinas, para secar con ella la humedad de las pasiones.

Dejemos los asuntos mundanos y volvámonos a lo que es bueno para el alma. ¿Hasta cuándo jugaremos juegos de niños y nos negaremos a pensar como hombres? Mientras nuestro celo sea menor que el celo de los niños, ¿no aprenderemos ni siquiera de ellos cómo triunfar en las cosas grandes? Al crecer, ellos dejan sus juegos y se libran fácilmente de su afición a los juguetes. Quizá en la infancia amaron caballitos y carritos que silban y se apasionaron por ellos mientras eran pequeños y los juegos eran lo mejor que conocían; pero cuando el niño crece y se hace hombre, arroja a un lado los juegos y vuelve su celo a otras cosas. Nosotros, en cambio, hemos quedado en la infancia, admirando cosas dignas solo de juego y de risa, y no tenemos prisa por pasar a cosas mejores y aceptar los pensamientos que convienen a los hombres. Permanecemos entre los placeres terrenos, provocando la risa de quienes miran todo con discernimiento, conforme a su edad.

Es vergonzoso ver a un hombre adulto sentado en el polvo y dibujando en la arena como un niño; y más vergonzoso todavía es ver a hombres que podrían gozar de bienes eternos yaciendo en el polvo, deshonrando la perfección de su voto con la indignidad de sus obras. Y la causa de esto es que no pensamos en nada más allá de lo visible; no comparamos la pobreza de los bienes presentes con la riqueza de los venideros; nos deslumbra el brillo de los bienes que aquí se tienen por honorables, y a ellos se aferran nuestros anhelos. Siempre sucede que, cuando no hay a la vista nada mejor, lo peor es tenido en honor y ocupa el lugar de lo mejor. Si tuviéramos una comprensión más alta de los bienes venideros, no volveríamos la vista a los presentes.

Comencemos, pues, a apartarnos de lo presente; despreciemos las posesiones y la riqueza y todo lo que ahoga el pensamiento y lo arrastra hacia abajo con su peso. Echemos por la borda parte de la carga para aligerar la nave. Cuando llega la tempestad, arrojemos unas pocas cosas, para que se salven el timonel, que es la mente, y los pasajeros, que son nuestros pensamientos. Cuando llega la tempestad, los marineros no reparan en sus bienes y arrojan al mar sus cargas con sus propias manos, porque su vida vale más que sus mercancías. Arrojan al mar hasta lo más costoso, para que la nave, agobiada por el cargamento, no se llene de agua. ¿Por qué entonces, por causa de la vida, no despreciamos lo que arrastra al alma hacia abajo?

¿Por qué no tiene sobre nosotros el temor de Dios el mismo poder que el temor del mar? Quienes quieren conservar esta vida temporal no se afligen mucho por la pérdida de sus bienes; pero nosotros decimos que deseamos la vida eterna y, sin embargo, no despreciamos lo temporal: preferimos perecer en el tiempo antes que salvarnos perdiéndolo todo. Por eso os ruego: arrojémoslo todo, pues nuestro enemigo no lleva nada encima. Los luchadores salen a combatir sin ropa; la ley de la lucha los lleva desnudos a la arena. Haga calor o frío, dejan a un lado sus vestidos; y cuando uno de ellos se niega a quitarse la ropa, se niega a combatir.

Nosotros hemos prometido combatir, y combatir contra enemigos mucho más fuertes que los humanos; y sin embargo no solo no nos hemos despojado de la ropa, sino que llevamos muchas cargas sobre los hombros e intentamos pelear mientras nosotros mismos entregamos a nuestros enemigos las armas para usarlas contra nosotros. ¿Cómo combatirá contra los espíritus malignos un hombre que busca riqueza, un hombre a quien se puede atacar fácilmente por todos lados? ¿Cómo combatirá contra el espíritu de avaricia el que posee riqueza? ¿Cómo saldrá a la batalla contra demonios desnudos de toda preocupación quien está atado por innumerables inquietudes? Dicen las Divinas Escrituras: «El que esté desnudo huirá en aquel día» (Am 2,16). Desnudo es el hombre que no está vestido con los muchos ropajes de la ansiedad por los asuntos de la vida; desnudo es el hombre cuyo movimiento no traban los pesados pensamientos de propiedad y riqueza. No es fácil para los malhechores atrapar a semejante hombre, si es que es posible.

Si el gran José hubiera estado desnudo, la egipcia no habría tenido de qué agarrarlo, como dice la palabra de Dios: «Lo agarró por el manto y le dijo: ¡Acuéstate conmigo!» (Gn 39,12). Los vestidos son las cosas corporales, por las que la pasión nos arrastra. A quienes no se han librado todavía de ellas, la pasión las atrae hacia sí. José, asceta ante el mundo entero, viendo que la necesidad del cuerpo lo empujaba por fuerza hacia la unión y el placer, comprendió que debía estar desnudo en presencia de su señora, para que ella no pudiera retenerlo y forzarlo. Huyó, arrojando su manto, y salió caminando desnudo en la virtud como en el paraíso, siguiendo al primer Adán, que recibió de Dios la desnudez como un honor especial, hasta que por la desobediencia tuvo necesidad de vestido.

Mientras Adán combatía contra los enemigos que le aconsejaban quebrantar el mandamiento de Dios, estuvo desnudo, como un luchador en la arena. Cuando fue vencido y tuvo miedo, entonces recibió vestido: al abandonar la lucha, perdió su desnudez. Por eso dice el sabio Salomón: «Tómale su manto, porque viene» (cf. Pr 20,16). Mientras estaba fuera de la arena, llevaba el fino vestido de quienes no combaten, cubriendo con ropajes de los sentidos el valor de un luchador. Pero si viene a combatir, entonces quítale el vestido: debe combatir desnudo, y no solo desnudo, sino ungido con aceite.

No es fácil para un adversario agarrar a un luchador desnudo, y aunque lo agarre, un luchador ungido se libra con facilidad. Por eso los adversarios procuran rociarse mutuamente de polvo, para que el cuerpo resbale menos y sea más fácil de sujetar. Y lo que el polvo es en la lucha, eso son las cosas terrenas en nuestro combate; y lo que allí es el aceite, aquí es el desprecio de las cosas terrenas. Como el hombre ungido con aceite se escapa fácilmente de las manos de su enemigo, mientras que el rociado de polvo no logra soltarse con facilidad, así tampoco aquí le es fácil al diablo apresar al hombre que de nada se inquieta; pero quien se preocupa y se afana carga la ligereza de su mente como con polvo, y no puede escapar fácilmente de las asechanzas del diablo.

La libertad de cuidados es la señal de un alma perfecta; el alma imperfecta está agobiada de inquietudes. Del alma perfecta se dice: «Como lirio entre espinas» (Ct 2,2), lo que significa un alma que vive libre de cuidados entre quienes se afanan por muchas cosas. También en el Evangelio el lirio significa un alma libre de cuidados, pues se dice de los lirios que «no trabajan ni hilan, y ni Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos» (Lc 12,27).

Y de quienes tienen muchas inquietudes se dice: «Toda la vida del impío transcurre en inquietudes». Pues esto es verdaderamente impío: gastar toda la vida en la ansiedad por las cosas del cuerpo y no pensar jamás en la vida venidera; dar todo el tiempo al cuerpo, aunque no necesita mucho tiempo, y no dar la menor parte al alma, que necesita tanto para avanzar que una vida entera no le basta para llegar a ser perfecta. Y aunque nos parece que sí damos algún tiempo a nuestras almas, lo hacemos con descuido y negligencia, porque nos extravía la vanidad de las cosas visibles. Nos sucede lo mismo que a quienes seducen rameras feas que, no teniendo belleza natural, se disfrazan con astucia para engañar a los que pasan.

Y una vez que la vanidad de las cosas presentes nos ha vencido, quedamos incapaces de ver su vileza, arrastrados como estamos por la pasión. Por eso no nos detenemos en satisfacer nuestras necesidades imprescindibles, sino que queremos organizarnos una vida de abundancia y nos complacemos en toda suerte de adquisiciones. No vemos que la medida de lo que el cuerpo requiere determina la necesidad de bienes, y que cuanto excede esa medida es ya impropio. Una túnica que se ajusta al cuerpo lo adorna y sirve a una necesidad; pero una túnica larga que enreda las piernas y se arrastra por el suelo es desagradable y estorba en todo.

Del mismo modo, las posesiones que exceden las necesidades del cuerpo son un obstáculo para la virtud y recibirán gran condena de quienes saben discernir la naturaleza de las cosas. Por tanto no hemos de escuchar a los que se han criado entre las cosas de los sentidos, ni seguir neciamente a quienes no saben morar entre las cosas de la mente y por eso se apasionan por lo temporal. Sería como consultar a los ciegos sobre los colores y a los sordos sobre la música, es decir, consultar a quienes no pueden juzgar y fiarse de ellos como si hubieran elegido sabiamente contentarse con los bienes presentes. Ciegos son aquellos cuya mente carece de fuerza para sopesar las cosas con cuidado y sin pasión.

Uno de estos fue Acán, hijo de Carmí, que confesó a Josué en la tienda, delante del pueblo, que había enterrado en el suelo lo robado, con la plata debajo (cf. Jos 7,21). Quien toma los objetos preciosos y relucientes por cosas superiores y esconde su mente debajo de ellos, se rebaja al nivel de las criaturas mudas, obedeciendo a las cosas y soñando con ellas, porque su mente ha bajado del trono de la autoridad y se ha encontrado en el rango de los esclavos, y además de los esclavos condenados. Si hubiera permanecido en su lugar y hubiera juzgado todas las cosas, como se le había confiado, entonces habría dictado sentencia recta y verdadera, frenando el impulso hacia el engaño. Es bueno mantenerse dentro de los límites de la necesidad y esforzarse con todas las fuerzas por no traspasarlos.

Pues cuando un hombre cede aunque sea un poco al deseo de los placeres mundanos, ningún razonamiento le impedirá lanzarse más lejos. Lo que excede la necesidad no tiene límites. La irresponsabilidad y la interminable actividad ociosa extienden siempre el deseo de lo innecesario, como el fuego se extiende cuando se le echa leña. Traspasada una vez la frontera de la necesidad natural, los hombres empiezan a buscar su éxito en la vida terrena: en lugar de pan quieren algún plato agradable, en lugar de agua vino, y vino caro; no quieren llevar ropa gastada, sino que compran vestidos nuevos de lana fina, escogiendo hasta el color. De los vestidos de lana pasan a los tejidos con lino, luego buscan prendas de seda, al principio lisas y después adornadas con escenas de batallas, animales y episodios de diversas historias. Se compran vasos de plata y dorados, usados no solo en las comidas, sino puestos hasta delante de los animales y junto al lecho.

¿Cómo hablar de moderación en medio de tal extravagancia, cuando la extravagancia alcanza hasta las necesidades más bajas? Ni siquiera los recipientes destinados a los desechos del cuerpo pueden ser sencillos, y la plata ha de servir a un uso tan vergonzoso. La molicie llega a sus últimos extremos: objetos destinados al deshonor son honrados por lo costoso de su materia. Y esto es ya contrario a la naturaleza. La vida según la naturaleza es la que el Creador estableció para nosotros y para los animales: «He aquí que os he dado —dijo Dios a los hombres— toda planta que da semilla sobre toda la tierra… para alimento» (Gn 1,29).

Hemos recibido para nosotros el mismo alimento que los animales mudos y lo hemos convertido en lujo con nuestras invenciones: ¿no somos entonces más insensatos que ellos? Pues los animales permanecen dentro de los límites naturales y no quebrantan ninguno de los mandamientos de Dios, mientras que nosotros, honrados con la razón, nos hemos apartado del todo de la ley antigua. ¿Tienen los animales platos? ¿Preparan las invenciones de panaderos y cocineros delicias para sus vientres? ¿No permanecen en su sencillez primitiva, comiendo hierba, contentos con poco, bebiendo agua del manantial, y aun eso no a menudo?

Viviendo así disminuyen los placeres de debajo del vientre, al no inflamar el deseo con alimentos ricos, y no conocen la diferencia entre macho y hembra. Solo una estación del año les recuerda esa diferencia, cuando la ley de la naturaleza los reúne para propagar su especie. En las demás estaciones están tan ajenos unos a otros como si no supieran absolutamente nada de tal deseo. Pero en los hombres, por causa de los alimentos refinados, crece una pasión insaciable de fornicación que los llena de deseos salvajes y no deja que la pasión se aquiete ni un instante.

Por tanto, si la adquisición de bienes es tan dañina y sirve de pretexto a todas las pasiones, siendo la causa de esta enfermedad, destruyamos esa causa si queremos que nuestra alma esté en buen estado. Sanemos la pasión de la avaricia no adquiriendo nada, y evitemos las reuniones inútiles de hombres, acogiendo la soledad.

Vivir en medio del bullicio de los hombres es dañino para un orden de vida apacible y lo destruye. Así como quienes se exponen a un aire infectado enferman de diversas dolencias, así quienes viven con hombres descuidados se hacen partícipes de su malicia. ¿Qué tienen en común con el mundo los que han renunciado al mundo? «Ningún soldado en campaña se enreda en los asuntos de esta vida, si quiere agradar a quien lo alistó» (2 Tm 2,4). Los asuntos de la vida no permiten al hombre asumir los trabajos del soldado. Y sin experiencia, ¿cómo combatiremos contra los expertos?

Y sin embargo hay que decir la verdad: combatimos con tal pereza y descuido que ni siquiera cuando nuestro enemigo ha caído logramos vencerlo; y aun estando todavía en pie, somos atacados por el enemigo al que hemos derrotado. Quienes por afán de ganancia despojan a los caídos después de una batalla perecen a menudo ellos mismos a manos de los que yacen en el campo, aunque recojan algún botín sin valor. Lo mismo nos sucede cuando nos acercamos a un enemigo derrotado que apenas respira.

Como quienes, deseando riqueza, despojan a los muertos y, hallando a alguno todavía vivo y empezando a desgarrarlo, reciben a menudo un golpe mortal, deshonrando neciamente la gloria de su victoria, así nosotros, cuando hemos vencido al bárbaro con todo nuestro valor y dominio propio —o creemos haberlo vencido—, entonces, echando mano a su ropa, es decir, a lo que los hombres tienen por honorable: dinero, poder, buena fama, nos acercamos a él para tomarle algo, y así morimos, entregándonos nosotros mismos a la matanza.

Así murieron cinco vírgenes que habían vencido al enemigo con su pureza, pero que por la dureza de corazón nacida de la avaricia se arrojaron sobre su espada, aunque antes el enemigo derrotado no podía destruirlas, porque se mantenían firmes. Por tanto, no desees nada de él, no sea que destruyas tu alma junto con sus bienes. Él sigue llamando a todos y busca a los más fieles; pues llamó incluso al Señor mismo, diciendo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras» (Mt 4,9). Si intenta extraviar con lo que se tiene por necesario y glorioso en la vida a Aquel que no lo necesita, ¿qué diremos de los hombres inclinados a gozar de las cosas de los sentidos? ¿No los extraviará?

Ejercitémonos en la piedad, si hemos progresado en el combate corporal. «El ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad es provechosa para todo» (cf. 1 Tm 4,8); ella establece un buen orden en el alma de quienes desean vencer a los enemigos que son las pasiones. Así como conviene a los luchadores ejercitar el cuerpo ya desde los juegos de la infancia, moverse mucho, aprender valor y fuerza y prepararse así para sus combates, así conviene a quienes comienzan el combate de la piedad detener la actividad de las pasiones.

Les importa también —si ya han dominado sus pasiones, mientras los deseos entre los que crecieron todavía los provocan y los atraen a sus obras acostumbradas, y si ya han alcanzado la virtud activa y velan sobre sus pensamientos— guardar su mente con toda vigilancia, para que la mente, moviéndose desordenadamente, no se hunda en algo imperfecto. En suma, los primeros procuran dominar los movimientos del cuerpo, y los segundos refrenar sus pensamientos y dirigirlos hacia una vida única y sapientísima, de modo que ninguna ensoñación mundana distraiga la mente de los pensamientos divinos.

Quien desea las cosas de la piedad debe dirigir todas sus energías hacia lo que desea, para que no haya tiempo de que los pensamientos humanos ordinarios trabajen en favor de la pasión. Toda pasión, cuando se agita en el hombre a quien posee, retiene cautivo su pensamiento; ¿por qué entonces el celo por la virtud no habría de mantener libres sus pensamientos? Cuando un hombre ha sido agraviado, ¿presta acaso atención a algún estímulo exterior, mientras sus pensamientos luchan con la imagen del que lo agravió?

Así ocurre con el hombre que desea riqueza: cuando tales sueños se apoderan de él, solo mira las cosas que le traen ganancia. Un hombre dado a la fornicación habla a menudo con otros de algo, pero esconde dentro sus sentimientos y, guardando en la mente la imagen deseada, mantiene con ella una conversación, olvidando cuanto lo rodea; se queda sentado como una columna sin voz, sin saber nada de lo que se hace o se dice ante él, absorto por completo en sus propias figuraciones. La ley puede llamar a tal alma un alma que se sienta aparte, ya que está lejos de sus propios sentidos, sumida en sus propios asuntos y sin recibir nada de fuera, porque está anegada de fantasías impuras.

Si tales inclinaciones pueden retener así el pensamiento por causa de la pasión y liberarlo de los sentidos, ¡cuánto más el amor de la sabiduría eleva la mente a las cumbres más altas, la libra de los sentidos y de todo lo sensible y le enseña a contemplar el mundo de la mente! Así como en un hombre a quien queman o cortan el pensamiento no irá más allá de su sufrimiento, porque el dolor lo oscurece todo, así quien piensa en algo con pasión no puede pensar sino en aquello a lo que su pasión lo empuja.

Donde hay dolor no hay lugar para el trabajo; donde hay pena, no lo hay para el gozo; donde hay tristeza, no lo hay para la alegría. El trabajo duro no trae placer, el gran gozo no se combina con la pena, ni la pena con la alegría. Todas estas son pasiones opuestas; nunca se combinan en una sola y no se inclinan a la amistad entre sí, porque una hostilidad y un extrañamiento irreconciliables están arraigados en su naturaleza.

Por tanto, que la pureza de la virtud no se oscurezca con pensamientos de cosas mundanas, y que la claridad de la contemplación no se enturbie con inquietudes, para que la imagen del verdadero sabio brille en su propia hermosura y no sea despreciada por labios presuntuosos ni se convierta en objeto de burla por la ignorancia de quienes escriben de ella; sino que sea alabado, si no por los hombres, al menos por las potencias celestiales o incluso por el Señor Cristo mismo, de quien aun los santos buscan su alabanza. El gran David, habiendo pisoteado la gloria humana, buscó la alabanza de Dios, diciendo: «Mi alabanza está en Ti, y en el Señor se gozará mi alma». Los hombres a menudo calumnian lo bueno por envidia, pero el Señor juzga por las obras, sin acepción de personas, y evalúa con justicia nuestros trabajos. Que el agrado de nuestras buenas obras deleite su mirada.

En cuanto a los hombres, que no pueden ni recompensar las buenas obras ni castigar las malas, no hay necesidad de decir mucho, aunque por envidia o por pasión oscurezcan con palabras malignas las obras virtuosas y difamen con su blasfemia una vida que es conocida de Dios y de los ángeles. Pues en el tiempo de la recompensa, quienes han vivido virtuosamente recibirán su premio no del juicio humano, sino de Dios mismo; lo cual quiera Él concedernos también a nosotros por la gracia y el amor eterno de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

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