Del mismo venerable padre nuestro Pedro Damasceno, libro segundo: veinticuatro discursos breves llenos de conocimiento espiritual

Del mismo venerable padre nuestro Pedro Damasceno, libro segundo: veinticuatro discursos breves llenos de conocimiento espiritual

Este es el primer Discurso y la letra «alfa», que contiene la sabiduría espiritual. Esta letra es el principio de todas las letras en toda lengua; es igualmente el principio y el fin de todas las virtudes. El alfabeto se enseña a los niños, y sin él no se pueden aprender las ciencias superiores. Así ocurre con el principio del conocimiento: aunque es cosa muy pequeña, sin él no se adquiere virtud alguna. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 1. La letra A es el principio de la escritura en toda lengua, aunque algunos no lo sepan. En la raíz de todas las virtudes está la sabiduría espiritual, y ella es también su fin. Pues si la sabiduría no se une al intelecto, el hombre no puede hacer nada bueno, ya que jamás ha oído hablar de ella; y si alguna vez te ha agradado escuchar, eso mismo es sabiduría. Los niños estudian el alfabeto, y sin él no pueden aprender las demás ciencias; y así sucede con el principio del conocimiento. Aunque es cosa muy pequeña, sin él no puede haber virtud alguna.

Por eso temo escribir algo sobre la sabiduría, siendo yo mismo insensato. Pues, según pienso, hay cuatro cosas que enseñan al intelecto a hablar de diversas materias: o la gracia sobrenatural y la bienaventuranza; o la pureza nacida del trabajo ascético, que viene de Dios y puede devolver al alma su hermosura original; o la destreza en las ciencias, el saber recibido de los hombres y la acción de la sabiduría exterior; o bien el engaño maldito y satánico, que obra por la soberbia y la astucia del diablo y corrompe nuestro mismo ser. Yo no participo de ninguna de estas cosas; ¿cómo podré, pues, escribir algo? Yo mismo me asombro.

No sé si tu fe en Dios, con la que me obligas a escribir, atraerá la gracia a la pluma, pues mi intelecto y mi mano son indignos e impuros. Y sin embargo sé bien por experiencia que esto me ha sucedido muchas veces y sucede siempre. Cuántas veces, créeme, padre, cuando quise escribir algo, no lograba reunir mis pensamientos. Hasta que tomaba la pluma, no me venía a la mente sino algún pensamiento de las Escrituras o el recuerdo de algo oído o visto entre las cosas sensibles de este mundo. Pero en cuanto tomaba la pluma y comenzaba a escribir, hallaba el contenido de lo que debía escribir, aquello mismo que otro me urgía a poner por escrito. Así escribo esto sin estorbo y sin duda, tan aprisa como mi mano puede moverse, y nada retarda mi escritura. Y cuando Dios pone algo en mi corazón entenebrecido, lo escribo sin inquietud.

Creo que esto sucede para que no me imagine que poseo por mí mismo lo que he recibido por las oraciones de otro, según las palabras del Apóstol: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (cf. 1 Co 4,7). ¿Por qué te glorías, como si tú mismo lo hubieras hecho? Pues los pensamientos que vienen a los indoctos por amor de Dios han de recibirse sin examinarlos demasiado, como dice san Isaac; y cuando un hombre los examina, ese es su propio razonamiento. Y san Antonio dice: «Toda obra y toda palabra deben confirmarse con el testimonio de la Divina Escritura.» Por tanto, como habló una vez la asna de Balaam (cf. Nm 22,28), así también yo comenzaré ahora a escribir —no para enseñar, líbreme Dios—, sino para poner al descubierto mi alma miserable, a fin de que, avergonzada al menos por las palabras, como dice la Escala, comience a obrar, habiendo ganado no la obra sino la palabra.

¿Quién sabe si viviré lo bastante para escribir, o si tú podrás acabar tu propio trabajo? Con todo, tú comenzarás el tuyo y yo el mío, y veremos cuánto tiempo se nos concede a cada uno. No sabemos cuándo vendrá nuestra muerte ni cuánto nos queda de vida. Dios, que todo lo conoce de antemano, sabe cuanto nos concierne. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

El primer Discurso ha sido escrito con esperanza. Esta es la segunda letra, llamada «beta», y el segundo Discurso. Dice brevemente que la fe engendra otra fe mayor, de la que hablan los santos padres, fundamento de las virtudes, como dice el Apóstol del Señor, que escribió sobre ella. La una viene sin las obras de la ley, la otra se cumple por las obras; la primera se halla en la quietud, la segunda se gana con gran lucha. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 2. Nuestro venerable padre Isaac, queriendo mostrar cuál es la fe que el Apóstol llamó fundamento de las obras hechas para Dios (cf. 1 Co 3,10) —la fe que recibimos en el bautismo divino por la gracia de Cristo y no por las obras, la que engendra el temor por el cual guardamos los mandamientos y soportamos las tentaciones, como dice san Máximo, y de la cual, después de haber trabajado, nace en nosotros la gran fe de la contemplación, de la que el Señor dice: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza…» (cf. Lc 17,6)—, Isaac dice que hay una fe común a todos los ortodoxos, a saber, los verdaderos dogmas acerca de Dios y de su creación, espiritual y sensible, que la Santa Iglesia Católica ha recibido por la gracia de Dios. Y hay otra fe, que es conocimiento; y esta en modo alguno contradice a la fe de la que nace, sino que más bien la fortalece.

La primera fe la recibimos de padres piadosos y de maestros de la fe ortodoxa. La segunda nace porque creemos verdaderamente y tememos al Señor en quien creemos. Por ese temor prometimos guardar los mandamientos, y para ello nos dispusimos a practicar las virtudes corporales, esto es, la quietud, el ayuno, la vigilia moderada, la salmodia, la oración, la lectura y la consulta a hombres experimentados acerca de todo pensamiento, palabra y empresa, para que con tales trabajos el cuerpo se purifique de las pasiones impuras —la gula, la fornicación y la acumulación de bienes— y se contente con lo que tiene, como enseña el Apóstol (cf. 1 Tm 6,8). De aquí recibe el hombre fuerza para estar libre de cuidados en Dios.

De las Escrituras y de los hombres experimentados aprende los dogmas y mandamientos divinos, y por ello empieza a despreciar las ocho pasiones principales. Meditando las amenazas de la Escritura, no teme simplemente a Dios, sino que le teme como a Dios, según dice san Nilo. Y de ese temor comienza a guardar los mandamientos con entendimiento; y en la medida en que muere voluntariamente a sí mismo en cada mandamiento, recibe mayor conocimiento y contempla lo que se obra en él por la gracia de Cristo. De todo esto llega a creer que la fe de los ortodoxos es verdaderamente grande, y empieza a desear servir a Dios. Ya no duda de la ayuda de Dios como al principio, sino que, como dice el profeta, echa «su cuidado sobre el Señor» (cf. Sal 54,23).

Y como dice Basilio el Grande, quien desee tener gran fe no se inquiete ni por su vida ni por su muerte. Ya vea una fiera, o los asaltos de los demonios, o a hombres astutos, no tema, sabiendo que todos son criaturas del mismo Creador y consiervos suyos, y que no tienen poder alguno sobre él si Dios no lo permite. Solo Dios, como Aquel que tiene poder, es digno de ser temido, según dice el Señor mismo: «Os mostraré a quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno» (Lc 12,5). Y confirmando estas palabras añade: «Sí, os digo: temedle a Él» —y con razón—. Si hubiera alguien fuera de Dios que tuviera poder, convendría temerle también; pero puesto que solo Dios es Creador y Señor de lo celestial y de lo subterráneo, ¿quién fuera de Él tiene poder para hacer algo?

Si alguien objeta que hay criaturas dotadas de libre albedrío, respondo que lo poseen las potencias celestiales, los hombres y los demonios. Pero los órdenes celestiales incorpóreos y los hombres buenos no hacen daño alguno a ningún siervo de Dios semejante a ellos, aunque ese siervo sea muy malvado; al contrario, se compadecen de él y ruegan a Dios por él, como dice Atanasio el Grande. Los hombres malvados, en cambio, y sus malos maestros los demonios, desean hacer daño, pero no pueden mientras el hombre no les dé ocasión, siendo abandonado por Dios a causa de sus malas obras. El Dios misericordiosísimo permite esto para corrección y salvación del hombre, si este quiere sanar de su malicia con paciencia dada por la gracia; y si no, para provecho de algún otro, ya que el Dios bondadosísimo quiere que todos se salven. Las tentaciones que sobrevienen a los hombres justos y santos suceden por voluntad de Dios, para el perfeccionamiento de sus almas y la confusión de sus enemigos, los demonios.

Entendiendo esto, el hombre que cumple los divinos mandamientos de Cristo no solo cree que Cristo es Dios y tiene poder —pues aun los demonios conocieron sus obras y temblaron—, sino que todo le es posible, que toda su voluntad es buena y que nada puede suceder al margen de Él. Por eso no quiere hacer nada sin la voluntad de Dios, ni siquiera en lo que toca a su propia vida. Y la voluntad de Dios es una vida eterna y sumamente buena, aunque a algunos tal vida les parezca llena de tristeza.

Por eso yo, miserable, soy peor que un incrédulo: porque no quiero hacer nada para hallar esa gran fe, a fin de llegar por ella al temor de Dios y a la sabiduría del Espíritu. En cambio, o cierro voluntariamente los ojos de mi alma y quebranto la ley, o, entenebrecido por el olvido, me hundo en completa ignorancia y ya no sé en absoluto lo que conviene a mi alma; y habiendo adquirido malos hábitos, me acostumbro al pecado. Y aun cuando quiero volver al lugar del que caí, no puedo, porque mi propia voluntad se ha convertido en el muro que me separa de Dios, como dicen los padres, y no quiero trabajar para derribar ese muro.

Si tuviera la fe que se adquiere por las obras del arrepentimiento, podría decir: «Con mi Dios saltaré la muralla» (Sal 17,30), y no temería las dudas, diciéndome: «¿Qué me saldrá al paso si me atrevo a cruzar el muro? ¿Habrá un abismo? ¿No lograré cruzar y caeré de cabeza después de tanto trabajo?», y otros muchos pensamientos semejantes. Pues quien tiene la fe de que Dios está cerca y no lejos jamás pensará así, sino que se volverá al instante a Dios, que tiene todo poder y autoridad, toda gracia y amor a los hombres, para luchar «no como quien golpea el aire» (cf. 1 Co 9,26), sino como quien nada, buscando las cosas de arriba. Y dejando abajo su propia voluntad, camina hacia la voluntad de Dios; y podrá oírla en lenguas nuevas y hablarlas él mismo, conociendo los misterios. Y pasará de la potencia activa a la contemplativa, en la medida en que la reciba, por la gracia y el amor de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen toda gloria, honor y poder por los siglos. Amén.

La tercera letra del alfabeto es «gamma», y este es el tercer Discurso, sobre el temor. Pues hay dos temores del Señor: el temor inicial, que aparta al hombre del pecado, y el temor perfecto, que nace del celo. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 3. La gula es la primera de las ocho pasiones principales; sin embargo, el temor de Dios y el primer mandamiento vencen todas las pasiones. Quien no tiene ese temor no puede poseer ninguna de las demás virtudes. Pues ¿cómo, sin temor, podrá un hombre guardar un mandamiento? A no ser que ya haya aprendido a amar; y aun este comenzó por el temor, aunque quizá no sepa cómo se le pasó aquel temor inicial. Y si alguien dice que llegó al amor por otro camino, ha sido cautivado o por una alegría espiritual o por la insensibilidad, «como quien cruza un río en sueños», según dice san Efrén.

Tal hombre, admirado por los grandes beneficios de Dios que se le han concedido, ama a su Bienhechor. Pero cuando un hombre vive insensiblemente en el amor al placer y a la gloria, como el rico de la parábola, y concluye que quienes están oprimidos por el temor y perseguidos por las tentaciones sufren así por sus pecados, y se ensalza sobre ellos con soberbia, imaginando que él mismo es digno del descanso que ha recibido —aunque en verdad no lo es—, por eso mismo se hace indigno de la vida futura y queda entenebrecido por un amor irracional a las cosas terrenas. Quizá tal hombre supone que ha aprendido a amar y que por eso recibe más gracia que otros; pero no ha comprendido la condescendencia de Dios para con él. Por eso en el juicio no hallará respuesta y oirá con razón: «Recibiste tus bienes durante tu vida» (Lc 16,25). Es sabido que también muchos incrédulos gozan de favores especiales aunque son indignos, y ningún sabio los alaba ni dice que sean dignos del amor de Dios, o que amen a Dios y que quizá por eso vivan bien.

Así ocurre con el temor. El temor del Señor es doble, como también lo es la fe: uno es inicial, el otro perfecto, y el segundo viene por el primero. Quien teme el tormento teme como esclavo y evita el pecado: «Con el temor del Señor el hombre se aparta del mal» (cf. Pr 16,6); «Os enseñaré el temor del Señor» (cf. Sal 33,12). Todo esto se dice del temor inicial, según san Doroteo, para que por el temor de la prohibición nosotros, pecadores, vengamos al arrepentimiento, buscando cómo hallar el perdón de nuestros pecados. Y ese temor, volviendo de nuevo a nosotros, nos enseña los caminos de la vida, como está dicho: «Apártate del mal y haz el bien» (Sal 33,15).

Cuanto más trabaja un hombre en las buenas obras, tanto más crece en él el temor, y este le muestra hasta los pecados más pequeños, que en la oscuridad de la ignorancia había tenido por nada. Y cuando el temor se hace perfecto, el hombre se endereza por medio del llanto y ya no desea pecar; pero temiendo el retorno de las pasiones, permanece intacto en el temor puro. «El temor del Señor es puro, permanece por los siglos de los siglos» (Sal 18,10). El primer temor es impuro, porque nace a causa de los pecados; pero quien ha sido purificado teme no como quien peca, sino como quien está sujeto al cambio y al mal. Y en la medida en que asciende adquiriendo las virtudes, teme como hombre de humilde sabiduría —y esto es lo justo—.

Todo el que posee riqueza teme mucho la vanidad, el tormento, el deshonor y la caída después de la exaltación. El pobre no tiene ese temor; solo teme los golpes. Y esto se dice de quienes son perfectos y puros en alma y cuerpo. Pero no se engañe el hombre que todavía peca, aunque sus pecados sean los más pequeños e insignificantes. «Tales hombres se engañan», dice el autor de la Escala, «pues eso no es temor puro ni humildad, sino cautela de esclavo y miedo a la prohibición.» Por tanto, tal hombre debe enderezar sus pensamientos para saber qué clase de temor tiene; y, llorando y soportando penas, debe limpiar sus pecados y llegar así, por la gracia de Cristo, al temor perfecto.

Las señales del primer temor son odiar el pecado y airarse contra él, como se aíra un hombre contra la fiera que lo ha mordido. Las señales del temor perfecto son amar la virtud y temer el cambio, pues nadie es inmutable. Por eso, en todo lo de esta vida, debemos temer siempre la caída, mirando al gran profeta y rey que lloró por sus dos pecados, y a Salomón, que cayó en semejante pecado. Y como dice el Apóstol: «Por tanto, el que crea estar en pie, mire no caiga» (1 Co 10,12).

Cuando alguien dice que «el amor perfecto echa fuera el temor» (1 Jn 4,18), siguiendo al Teólogo, dice bien; pero esto vale del primer temor, es decir, del inicial. Del temor perfecto dice David: «Bienaventurado el hombre que teme al Señor; amará en gran manera sus mandamientos» (Sal 111,1), es decir, amará mucho la virtud. Tal hombre está en el lugar de un hijo, pues obra no por miedo al tormento, sino por amor, que expulsa el temor. Por eso se dice «amará en gran manera»: porque vive según los mandamientos, no como esclavo que los guarda por miedo al castigo. Que de esa condición servil seamos librados por la gracia y el amor a los hombres de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen toda gloria, honor y adoración por los siglos. Amén.

Este es el cuarto Discurso, sobre la piedad, y la cuarta letra, «delta»; tal es su orden en el alfabeto. Es un Discurso sobre la abstinencia, pues la abstinencia junto con la castidad es el comienzo de los ocho combates contra las ocho pasiones. Esta es la esencia de la obra de la piedad. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 4. Es claro que la piedad es nombre de algo múltiple y diverso, como el amor exterior a la sabiduría. Pues cuando un hombre estudia diez ciencias a la vez, eso puede llamarse amor a la sabiduría, y no cuando estudia una o dos. Así, la piedad no es nombre de una sola virtud, sino del cumplimiento de todos los mandamientos; la palabra misma significa hacer el bien. Y si alguien dice que la palabra se refiere a la fe, esto es, a reverenciar lo bueno, que explique cómo es posible temer primero al Señor y solo después creer en Él. El hombre cree primero en el Señor y luego le teme, ¿no es así? Pues el temor viene de la fe, y del temor viene la piedad, según las palabras del profeta, que habla primero de la sabiduría y luego dice: «El espíritu de conocimiento y de piedad y el temor del Señor» (cf. Is 11,2). Y Dios, que ha comenzado por el temor, enseñará a llorar al hombre que tiene temor.

No hay tiempo para hablar por orden de toda la piedad, esto es, de la actividad espiritual; y aquellas obras más sencillas todas las conocen, pues van delante de la gran fe y del temor puro. Con la ayuda de la gracia hablemos brevemente de los brotes del paraíso interior, es decir, de las virtudes del intelecto. Entre ellas está la abstinencia total, o sea, el apartamiento de todas las pasiones. Pues hay también otra abstinencia parcial, que enseña cómo tomar comida y bebida; pero la primera refrena todo pensamiento y todo movimiento del cuerpo que no se haga por Dios: esta es la abstinencia de las pasiones. No permite que ningún pensamiento, ninguna palabra, ningún movimiento de pie o mano o de cualquier otro miembro sea superfluo; y esto para vivir en el cuerpo y salvarse en el alma. Por ello se multiplican las tentaciones del diablo, ya que los demonios ven un ángel en la carne, un hombre que se ha hecho tal por el celo y las buenas obras.

Esta es la abstinencia que hay que «cultivar y guardar» (cf. Gn 2,15), pues la vida en abstinencia es obra perfecta y requiere cuidado incesante, no sea que alguna pasión se esconda dentro o entre desde fuera. No hay dos abstinencias iguales, ni dos castidades iguales: la una refrena la fornicación y las pasiones impuras, la otra recoge en sí el pensamiento más sutil y sin pecado y lo eleva a Dios. Por eso no puede describirse propiamente con palabras ni captarse oyendo hablar de ella; solo por la experiencia pueden comprenderse estas cosas, y dejan honda huella en el intelecto. ¿Cómo podría un simple nombre levantar el polvo de nuestra naturaleza y hacer insensible lo que es sensible? La ciencia exterior reconoce tales nombres por descripción verbal, pero la experiencia espiritual y la adquisición de las virtudes necesitan la ayuda de Dios y se ganan con gran trabajo y largo tiempo, y sobre todo las virtudes del espíritu, ya que estas son virtudes en sentido propio. Las virtudes corporales, siendo instrumentos de la virtud, son más fáciles de adquirir, aunque exigen trabajo corporal, mientras que las virtudes del intelecto son más difíciles de adquirir, aunque para ellas no se necesita más que un pensamiento atento.

Por eso la Ley dice ante todo: «Guárdate a ti mismo» (cf. Dt 15,9). Basilio el Grande escribió un admirable Discurso sobre esta sentencia. Pero ¿qué diremos nosotros, que no nos guardamos en absoluto y vivimos como algunos de los fariseos? Algunos de nosotros ayunan y velan y poseen cierta medida de conocimiento, pero no hay discernimiento en nosotros, porque no queremos guardarnos ni saber qué buscamos. Y nadie quiere tomarse el trabajo de estar atento a sus propios pensamientos, para quizá ganar así experiencia de muchos asaltos y tentaciones y llegar a ser para otros, si no timonel, al menos buen compañero de travesía. En cambio, parece que nosotros, siendo ciegos, decimos que vemos, como los fariseos. Por eso está dicho: «Recibirán mayor condenación» (Lc 20,47). «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado» (Jn 9,41) —¡si al menos tuviéramos el buen sentido de reconocer nuestra debilidad y nuestra ignorancia!—. Pero ¡ay de mí! Recibiremos una condena más severa, como los griegos, que, según Salomón, inventaron tantas cosas y perdieron precisamente aquello que buscaban.

¿Por qué, entonces, habríamos de callar, como quienes no tienen obras? Pero eso es todavía peor. Está dicho: «Más bien reprendedlos, porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto» (Ef 5,12). Por eso callo sobre estas cosas y comenzaré a hablar de las virtudes admirables, pues mi corazón entenebrecido se alegra cuando recuerda su dulzura. Por esa alegría olvido mi propia medida y no pienso en la condena que me amenaza por decir lo que no hago.

La abstinencia y la castidad tienen un poder semejante, y cada una es doble, como se ha dicho; pero hablemos ahora de la más perfecta. Quien por la gracia de Dios tiene gran fe en la contemplación y temor puro y divino, y por ellos desea alcanzar la abstinencia y la castidad, refrénese siempre por dentro y por fuera; sea como un muerto en cuerpo y alma para este mundo y para los hombres, diciendo en todos sus asuntos a sus propios pensamientos: «¿Quién soy yo, y qué es mi ser, sino corrupción? Hoy tierra, mañana podredumbre; y entretanto, ¿qué es mi vida y cuánto dura? ¿Por qué me inquieto por esto y aquello, por qué me fatigo y discuto en vano? Cuando tengo un poco, me preocupo por ello, y esta es la imperfección de mi conocimiento, pues es Dios quien gobierna todas las cosas.»

El mayor cuidado del hombre debe ser guardar sus sentidos y sus pensamientos, para no pensar ni hacer nada contrario a la voluntad de Dios. Prepárese a soportar todo lo que venga de los demonios y de los hombres, sea dulce o amargo. Entonces no temerá ni lo uno ni lo otro, y no caerá en una alegría e imaginación irracionales, ni en la tristeza y la desesperación, no teniendo audacia alguna en sus propios pensamientos hasta que venga el Señor. Gloria a Él por los siglos. Amén.

Este es el quinto Discurso y la letra «épsilon». Es un Discurso sobre la paciencia, que es grande y a la vez pequeña entre las virtudes y en toda destreza. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 5. Dice el Señor: «El que persevere hasta el fin, ese será salvo» (Mt 10,22). La paciencia es la confirmación de todas las virtudes; sin ella no hay virtud alguna, pues «nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62). Y cuando un hombre cree participar de todas las virtudes pero no apura el cáliz hasta el fin ni se libra de las redes del diablo, no es apto para el Reino de Dios. Pues aun quienes han recibido la prenda de la paciencia deben todavía recibir su recompensa perfecta en el siglo venidero.

La paciencia es necesaria en toda acción y en todo conocimiento; y con razón, porque sin ella no se hará ni la cosa más sencilla, y una vez hecha algo, hace falta paciencia para conservarlo. Podemos decir en seguida que toda obra se realiza mediante la paciencia antes de estar acabada, y una vez acabada se conserva por la paciencia; sin ella no se guardará ni llegará a perfección. Cuando la obra es buena, la paciencia la da y la guarda; cuando no es buena, la paciencia da calma y magnanimidad y no permite que la pusilanimidad —esa prenda del infierno— oprima al hombre tentado. La paciencia vence la desesperación que domina al alma; enseña al alma a alegrarse y a no debilitarse bajo muchos asaltos y tristezas.

Judas, que cerró los oídos a la paciencia, halló una doble muerte, como quien no ha sido probado en el combate. El corifeo de los apóstoles, habiendo recibido la paciencia, como hombre probado en la lucha, venció al diablo que lo había llevado a su caída. Por la paciencia, aquel monje que una vez cayó en la fornicación venció al que lo había vencido, pues no escuchó el pensamiento de desesperación que lo empujaba a dejar su celda y el desierto, sino que dijo con paciencia a sus pensamientos: «No he pecado; y os digo otra vez: no he pecado.» ¡Oh divino razonamiento y paciencia de un hombre valeroso!

La paciencia llevó a perfección al bienaventurado Job y a todas sus obras anteriores. Pues si aquel justo se hubiera apartado de la paciencia aunque fuera un poco, habría destruido todos sus trabajos precedentes. Pero Dios, que conocía su paciencia, permitió que le sobreviniera la desgracia para su perfeccionamiento y para provecho de muchos. Quien comprenda el provecho de la paciencia, esfuércese sobre todo por poseerla, según las palabras de Basilio el Grande, que dice: «No vencerás todas las pasiones a la vez. Puede ser que, evitándolas, vuelvas atrás y no seas hallado digno del Reino de los Cielos. Combate con cada pasión por turno, comenzando por la paciencia en lo que te sobrevenga.» Y esto es justo. Cuando un hombre no tiene paciencia, jamás podrá salir a guerra abierta; y al eludirla, no solo huye y atrae la perdición sobre sí, sino que empuja a otros a hacer lo mismo, según la palabra que Dios dijo a Moisés: «El que sea pusilánime… vuelva a su casa», y no salga a la batalla (cf. Dt 20,8).

En las guerras entre hombres, algunos pueden dejar a sus hijos en casa y no salir a combatir; pero entonces no recibirán ni coronas ni dones, y quizá queden en la pobreza y sufran deshonra. En la lucha espiritual, en cambio, no puedes hallar lugar alguno donde no haya batalla; aunque recorras el mundo entero, hallarás la lucha en todas partes. En el desierto hay fieras y demonios y otras tristezas y temores graves; en la quietud hay demonios y tentaciones; entre los hombres hay demonios y hombres que tientan. No hay ningún lugar libre de cuidado. Por tanto, no puedes hallar paz sin paciencia.

La paciencia viene por el temor y la fe, y comienza con la sabiduría. El hombre sabio examina su obra en su mente y ve que está estrechado, como dijo Susana, y desea lo mejor, como ella. Aquella bienaventurada mujer dijo a Dios: «Estoy angustiada por todos lados» (Dn 13,22): si hago lo que desean estos ancianos inicuos, mi alma perecerá por el adulterio; si no los escucho, me calumniarán como adúltera y los jueces del pueblo me condenarán a muerte. Pero mejor es para mí refugiarme en el Todopoderoso, aunque me aguarde la muerte. ¡Oh gran prudencia de aquella bienaventurada mujer! Lo sopesó todo sabiamente y no se engañó en su esperanza. Cuando se reunió el pueblo y los jueces inicuos se sentaron para calumniarla y condenar a muerte a una inocente como si fuera adúltera, Dios envió al punto a Daniel, profeta de doce años, y él la libró de la muerte, volviendo la sentencia de muerte contra aquellos ancianos que querían condenarla injustamente.

En esto mostró Dios cuán cerca está de quienes soportan tentaciones por su causa y en la tristeza no abandonan la virtud por negligencia, sino que ponen la ley de Dios en primer lugar y soportan sus penas, consolados por la esperanza de la salvación. Y con razón: cuando nos aguardan dos males, uno temporal y otro eterno, ¿no es mejor escoger el primero? Por eso dice san Isaac: «Mejor es soportar la pena por amor de Dios y correr hacia Él con la esperanza de la vida eterna, que, por miedo a la tentación, apartarse de Dios y caer en manos del diablo e ir con él al tormento.» Sería bueno, pues, que nos alegráramos en las tentaciones como amantes de Dios; y ya que no lo somos, escojamos al menos, por causa del mal venidero, lo que es más ligero. O hemos de sufrir aquí en el cuerpo y reinar espiritualmente con Cristo en este siglo y en el otro, alcanzada la impasibilidad, o hemos de apartarnos por miedo a las tentaciones, como se ha dicho, e ir al tormento eterno, del cual nos salvará Dios por lo que aquí soportemos.

La paciencia es como una roca inquebrantable frente a los vientos y las olas de la vida. Quien la obtiene no desfallecerá en la inundación ni volverá atrás; y cuando halle descanso y gozo, no se ensoberbecerá, sino que permanecerá siempre el mismo, tanto en la prosperidad como en la desgracia, y por eso los asaltos del enemigo no le harán daño. Cuando le sorprende el mal tiempo, espera con paciencia y alegría a que pase; y cuando llegan los días de sol, aguarda la tentación hasta el último aliento, como enseña Antonio el Grande. Tal hombre sabe que nada hay duradero en esta vida y que todo pasa. Por tanto, no nos inquietemos demasiado por las cosas de cada día, sino dejémoslo todo a Dios, que cuida de nosotros. A Él pertenecen la gloria, el honor y el poder por los siglos. Amén.

Se ha escrito ya el Discurso evangélico sobre la esperanza de los bienes futuros. Este es el sexto Discurso y la sexta letra, «dseta»: el intelecto se esfuerza por quedar libre de cuidados. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 6. La esperanza es una confianza inquebrantable y una riqueza invisible a los ojos, pero confirmada por la sabiduría y por la naturaleza de las cosas. Los labradores soportan grandes trabajos cuando siembran y plantan; los marineros padecen igualmente grandes fatigas; y los niños se afanan aprendiendo las letras y las demás ciencias. Todos ellos tienen esperanza, y por eso trabajan con alegría y parecen perder lo que tienen, cuando en verdad soportan para ganar más. Muchos pierden incluso lo que han sembrado. Alguien dirá que ellos aprenden por experiencia cómo obtener ganancia, mientras que en lo espiritual sabemos que nadie ha resucitado de entre los muertos. Esto se dice por inexperiencia en los dones y el conocimiento espirituales; y no es de extrañar, pues aun en aquellas cosas los inexpertos temen hasta que adquieren experiencia.

Los niños no entienden el provecho de aprender a leer ni de las demás ciencias, y por eso las rehúyen; pero sus padres, que conocen el provecho y aman a sus hijos, los obligan a aprender. Con el tiempo los niños ganan experiencia y empiezan no solo a amar el estudio y la obligación impuesta por sus padres, sino a emprenderlo por sí mismos con alegría. Así también nosotros debemos caminar en fe y paciencia y no debilitarnos en las penas; y cuando llegue el momento sabremos qué provecho hay en lo que nos sucede, y lo haremos sin esfuerzo, con gozo y alegría. «Caminamos por fe, no por vista» (2 Co 5,7), dice el Apóstol.

Como los mercaderes no pueden entender la ganancia antes de haber comerciado, así el hombre no puede hallar sabiduría y paz hasta haber trabajado duramente en obra y palabra en las virtudes. Y como los mercaderes temen siempre la pérdida y esperan la ganancia, así debe el hombre trabajar en obra y palabra hasta el último aliento. Y como ellos trabajan no solo cuando hay ganancia, sino también cuando hay pobreza y dificultad, así debe hacer él, sabiendo que el ocioso no comerá de sus propios trabajos y por eso es pobre y a menudo deudor de muchos talentos. «Porque Tú, Señor, me has hecho habitar en la sola esperanza» (Sal 4,9), dice el profeta; «tenemos un firme consuelo» (cf. Hb 6,18), dice el Apóstol. Esto es, en resumen, lo que enseñan la naturaleza y las Divinas Escrituras.

Quien desee aprender esto por experiencia, practique siempre las siete obras corporales según sus fuerzas y aplíquese con celo a la actividad moral, es decir, espiritual. Así, habiendo llegado a la esperanza y permaneciendo en ella, podrá comprender lo dicho y guardarlo. Está claro también que, desde el comienzo mismo del arrepentimiento, cuando emprendió las siete obras, recibió de la primera de ellas —esto es, de la quietud— la esperanza y una ganancia inmediata como recompensa, antes de haber trabajado en las otras seis, es decir, en el ayuno, la vigilia y las demás. En cuanto comenzó a aprender la primera y más elemental purificación del alma, a saber, el freno de la lengua, tuvo al punto su ganancia.

Sin embargo, el discípulo inexperto no reconoció la gracia del Señor, así como el niño no comprende lo que debe a sus padres, aunque ellos fueron sus bienhechores incluso antes de que naciera, rogando no solo para que naciera, sino para que heredara lo que ellos habían adquirido y reunido, aun después de ellos. El niño no entiende nada de esto ni le importa, sino que tiene la obediencia a sus padres por una injuria; y si no tuviera necesidad de comida y de las demás necesidades del cuerpo, no razonaría en absoluto.

Así pues, quien desea heredar el Reino de los Cielos y no soporta lo que le sobreviene se comporta como un necio, ya que fue creado por gracia y todo lo demás lo ha recibido, y esperando el futuro reina eternamente con Cristo, que lo honró —a él, que no era nada— con tantos y tan grandes dones, naturales y espirituales, y quiso derramar por él su preciosa sangre sin pedir nada a cambio, sino solo que recibiera a Aquel que es bueno, y nada más. Esto es lo único que exige. Y quien puede entenderlo queda lleno de asombro. «¿Qué exige Dios de ti?», está dicho. ¡Oh locura nuestra! ¿Cómo es que nosotros, que deberíamos temer, no vemos sus temibles misterios? Que Dios se manifieste a quienes lo buscan es ya el mayor de los dones.

¿Cómo no comprendemos que el mejor de todos los hombres es el que cuida de la virtud y está por encima de todos, subiendo a la cumbre, aunque sea pobre y sin familia? ¿No vemos en este siglo presente a los profetas, a los apóstoles y a los mártires, y todavía dudamos del siglo venidero? Miremos sus vidas: qué hicieron, y de dónde recibieron la gracia y el poder con que obran milagros no solo en vida, sino después de la muerte. Vemos cómo reyes y ricos veneran sus santos iconos; vemos que los virtuosos viven hoy en toda acción de gracias, virtud y gozo espiritual, mientras que los ricos viven en discordia y son tentados más duramente que los ascetas y quienes nada poseen. Mirando esto, creamos que la virtud es verdaderamente lo mejor de todo.

Y si no, veamos cómo aun los incrédulos, que quizá no conocen a Dios, alaban la virtud cuando alguien les parece virtuoso; y cómo también el vicio se avergüenza ante la virtud. Y cuando creemos que la virtud es siempre buena, hemos de creer también que Aquel que creó la virtud y la dio a los hombres, es decir, Dios, es asimismo bueno; y si es bueno, también es justo, pues la virtud es verdad y por tanto bien. Y si Dios es bueno y justo, todo lo que ha hecho y hace lo hace enteramente por bondad, aunque los malvados no lo crean. Nada entenebrece tanto al intelecto como la astucia. Dios se manifiesta a la sencillez y a la humildad, no al solo esfuerzo. No se aparece del modo que algunos imaginan por inexperiencia, sino por la contemplación de todas las cosas, es decir, de todas las criaturas, y por la revelación de los misterios en las Divinas Escrituras. Esta es la recompensa de la quietud y de las demás obras en este siglo presente; y en el siglo venidero, «lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni al corazón del hombre subió, eso ha preparado Dios para los que le aman» (1 Co 2,9). Tales hombres dejan sus propios deseos por la paciencia y la esperanza de los bienes futuros; y también nosotros rogamos por recibirlos, por la gracia y el amor a los hombres de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen toda gloria, honor y poder por los siglos. Amén.

La séptima letra por orden es «eta», y el séptimo Discurso trata de la impasibilidad. La impasibilidad nace de la esperanza y es un apartarse del mundo entero. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 7. La impasibilidad viene por la esperanza. Cuando un hombre espera obtener riquezas eternas en otra parte, le es fácil despreciar las cosas presentes, aunque esta vida temporal le procure descanso. Y cuando la vida está llena de dolor y de pena, ¿quién inclinaría a un hombre racional a amar esta vida más que a Dios, que tanto da a quienes le aman? Solo si ese hombre está ciego y no puede ver por causa de la incredulidad, de una voluntad mala y de una costumbre perversa. Pues si el alma creyera, sería iluminada; y si el intelecto se iluminara aunque fuera un poco por una fe firme, trabajaría por destruir su mal hábito. Y si lo pusiera en su corazón, la gracia que coopera con nosotros acudiría en su ayuda.

Por eso dice el Señor: «Serán pocos los que se salven» (cf. Lc 13,23), porque lo visible parece dulce aunque es amargo. Cuando un hombre lame con la lengua un labio herido, no siente dolor, tan grato le resulta gustar su propia sangre. Y el hombre que padece de gula no siente daño alguno mientras come lo que daña al alma y al cuerpo. Todos los que sirven a las pasiones padecen del mismo modo la insensibilidad; y aun cuando intentan levantarse, el hábito de las pasiones los arrastra hacia atrás.

Por eso dice el Señor: «El Reino de los Cielos se toma por la fuerza» (cf. Mt 11,12) —no por naturaleza, sino por nuestro hábito de las pasiones—. Si hubiera que adquirirlo contra la naturaleza, nadie entraría en él; pero para quienes lo desean, «el yugo es suave y la carga ligera» (Mt 11,30), mientras que para quienes no lo desean, «estrecha es la puerta y angosto el camino», y el Reino se toma por la fuerza (cf. Mt 7,14; 11,12). Para los primeros está dentro y muy cerca, porque lo quieren y alcanzan al punto la impasibilidad. Es la voluntad la que ayuda o estorba a la salvación, y nada más. Si quieres algo bueno, hazlo; y si no puedes hacerlo, deséalo al menos, y podrás poseerlo aunque todavía no lo tengas. Y así, poco a poco, el hábito mismo obra el bien o el mal.

Si no fuera así, ningún ladrón se habría salvado; y sin embargo no uno, sino muchos escaparon del bandidaje. Ves cuán lejos está un ladrón de un santo; pero donde falló el hábito, venció el deseo. ¿Qué puede entonces estorbar al hombre que por la gracia de Cristo es piadoso, o incluso monje? Aquel está lejos, este está cerca y ha recorrido ya un largo camino, sea por gracia, sea por naturaleza, sea por haber heredado de sus padres la piedad y la reverencia. ¿No es extraño que ladrones y saqueadores de sepulcros lleguen a ser santos mientras los monjes son condenados? ¡Ay de mí, miserable! La vergüenza de mi rostro me ha cubierto.

Ha habido reyes que vivieron en pobreza, como Joasaf y otros; y sin embargo un hombre pobre no logra conservar su modo de vida anterior ni entrar fácilmente en el Reino de los Cielos siendo impasible respecto de cosas que nunca heredó de sus padres. Cuando ha dicho «renuncio» a lo que nunca poseyó —pues el mundo y lo que hay en él está en poder de otro, y él solo deseaba ese poder—, entonces, tras renunciar, empieza a llorar amargamente y a decir: «No puedo dejar de reunir bienes y de soportar lo que me venga.» Dime: ¿qué padeces? ¿Cárceles y cadenas, que ya tenías antes, aun cuando eras príncipe? Pues también quienes tienen poder y riqueza han de soportar tales cosas. ¿Qué más? La falta de lo necesario, la desnudez y todo lo demás que ya sufría antes.

Pero, para no alargar estas palabras y avergonzar a quienes ya están llenos de vergüenza, diré solo esto: basta que estemos apegados a alguna cosa visible a la que renunciamos por libre voluntad, y por ello sufriremos vergüenza y quedaremos al descubierto en el siglo venidero, como les sucedió a Guejazí y a Judas. El primero deseó tener lo que no tenía, y por ello recibió de Dios la caída y la lepra; el segundo, habiendo renunciado a lo que tenía, quiso volver a tenerlo, y así heredó la perdición y la soga. ¿Qué ventaja tiene un monje si no guarda su castidad y en cambio adquiere bienes?

Todos deben guardar los demás mandamientos como cosas propias de la naturaleza. El mandamiento de amar a Dios y al prójimo, de soportar cuanto sobrevenga, de usar las cosas conforme a la naturaleza y de evitar las malas obras: estos ha de cumplirlos el hombre aun contra su inclinación, pues de otro modo no tendrá paz ni siquiera en el siglo presente. También las leyes castigan a quienes pecan, y las palabras del Apóstol exhortan a los gobernantes a hacer el bien. Dice el Apóstol que el gobernante «no lleva en vano la espada»; y de nuevo: «¿Quieres no temer a la autoridad? Haz el bien, y tendrás alabanza de ella» (Rm 13,3-4). Todo esto, por pertenecer a la naturaleza, no solo lo hacen todos y quieren hacerlo, sino que además lo defienden.

La vocación del monje es algo por encima de la naturaleza, pues es soldado de Cristo y debe por tanto pasar por los sufrimientos de Cristo para recibir su gloria. Y sin embargo también esto es ley natural, como atestiguan las cosas visibles. ¿No son glorificados los soldados del rey por lo que sufren? ¿No recibe alabanza todo el que sufre en proporción a su sufrimiento, y no sufre deshonra todo el que se ha comportado indignamente? ¿Y no está un hombre más cerca del rey cuanto más se parece su vestido al del rey, y más lejos cuanto más difiere? Así es, si miramos a nuestro Rey: en la medida en que un hombre sufre con Jesús e imita la pobreza de Cristo, soportando padecimiento y humillación como Cristo padeció por nosotros aun antes de la crucifixión y del sepulcro, en esa medida se acerca a Él y participa de su gloria, según las palabras del Apóstol: «Padecemos con Él, para ser también con Él glorificados» (Rm 8,17).

¡Ay! ¿Cómo no comprendemos cuánto soportan los soldados y los ladrones por el solo pan, y cuán lejos viajan los caminantes y los hombres de mar? ¡Qué fatigas padecen los hombres que no ponen confianza alguna en el Reino de los Cielos! Y muchos jamás obtienen aquello por lo que trabajan. Nosotros, en cambio, no queremos sufrir un poco por el Reino de los Cielos y los bienes eternos. No sería tan duro si tuviéramos el deseo y no nos persuadiéramos de que adquirir las virtudes es tan difícil e insoportable, y si recordáramos que el gozo y la paz, nacidos de la esperanza, siguen a las virtudes, mientras que la vergüenza, que es su contrario, las borra y nos deja atónitos. Su fin no es solo gozo y alegría: a ello se añade la delicia de la impasibilidad, así como a las pasiones vergonzosas se añade la tristeza de una vida turbada. De estas seamos librados, alcanzando una vida sobrenatural y eterna por la impasibilidad que produce la mortificación del cuerpo en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien pertenecen toda gloria, honor y adoración por los siglos. Amén.

Este es el octavo Discurso y la octava letra, «theta». La mortificación de las pasiones produce la impasibilidad; y quien no la lleve a cabo con gran trabajo jamás se verá libre de las pasiones. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 8. El impasible está siempre atento a Dios en la contemplación. La impasibilidad respecto de las cosas sensibles abre la contemplación de las cosas del intelecto. Y esta contemplación no abarca todo lo que existe, sino aquella realidad temible que hay antes de la muerte y después de la muerte, de la cual la gracia instruye al impasible, para que mortifique sus pasiones con llanto y llegue a su tiempo a la mansedumbre de pensamiento.

De la fe viene el temor, y del temor la piedad, esto es, la abstinencia, la paciencia, el llanto, la humildad, el hambre y la sed de justicia —es decir, de todas las virtudes— y la limosna, según las bienaventuranzas del Señor; y de estas viene la impasibilidad, y de la impasibilidad la mortificación del cuerpo mediante muchos suspiros y lágrimas amargas, mediante el arrepentimiento y el dolor, por los cuales el alma rechaza el gozo del mundo y de tristeza deja incluso de comer, ya que empieza a ver sus pecados, que son como la arena del mar. Este es el comienzo de la iluminación del alma y una señal de su salud. Todo lo que pueda venir antes de las lágrimas —algún aparente entendimiento divino o emoción— es burla y engaño del diablo, sobre todo para quienes viven entre los hombres en medio de distracciones, por pequeñas que sean.

Pues es imposible vencer la pasión mientras el hombre está atado a algo sensible. Si alguien recuerda que los antiguos poseían esto y aquello, sepa que poseían cosas pero no usaban de nada con pasión. Esto se ve claro en que tomaban esposas y las conocían solo después de muchos años, como cuenta el Antiguo Testamento en las genealogías de los antiguos (cf. Gn 5): quienes tenían mujeres vivían como si no las tuvieran. Lo mismo se dice de Job y de otros justos, y no solo de ellos. El rey David fue rey y gobernante, cosa que Salomón no fue; y Salomón dijo: «Esta es una ocupación ingrata que Dios ha dado a los hombres para que se ocupen en ella» (cf. Qo 1,13), es decir, que por los cuidados pueden los hombres desviarse hacia lo peor. Esto nos enseña la naturaleza de las cosas: algunos, a pesar de sus muchos cuidados, todavía hallan tiempo para la iniquidad; ¿qué sucedería entonces si nuestras vidas estuvieran libres de cuidado? Tal hombre necesita, en efecto, algo que lo ocupe; mejor le es tener un cuidado modesto y estar libre de cosas y pensamientos lujuriosos que hacer algo mucho peor.

Pero quien por la gracia de Dios ha alcanzado el conocimiento aunque sea en parte y puede comprender las cosas temibles que hay antes de la muerte y después de la muerte, sobrevenidas por la desobediencia, no abandone este conocimiento ni las obras que lo procuran —esto es, la quietud de una vida libre de cuidados—, y no tome sobre sí la inquietud por cosas vanas. «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (cf. Qo 1,2). Haciéndose eco de esto, Juan Damasceno dice: «Verdaderamente todo es vanidad, y la vida es sombra y sueño.» «En vano se agita el hombre» (cf. Sal 38,7), dice la Escritura. Y es verdad: ¿qué hay más vano que aquello cuyo fin es corrupción y polvo?

La mortificación, pues, es impasibilidad —no del intelecto, sino del cuerpo—, desde sus primeros movimientos hacia la comodidad y el relajamiento. El deseo de bienestar, por pequeño que sea, es deseo de la carne; y el alma se aflige tanto más por él cuando ve en sí alguna obra espiritual o algún conocimiento, pues si el hombre es carne, el Espíritu de Dios no permanecerá en él (cf. Gn 6,3). Entonces el alma ya no intenta hacer obra buena alguna, sino que se afana por satisfacer los deseos del cuerpo y las pasiones que hay en ella y, recibiendo tiniebla sobre tiniebla, permanece por su propia voluntad en total ignorancia.

Pero quien es iluminado para ver sus propios pecados no cesa de llorar por sí mismo y por todos los hombres, viendo tal paciencia por parte de Dios y tales pecados como los que hemos cometido desde el principio y seguimos cometiendo, miserables de nosotros. Por eso se vuelve prudente, sin atreverse a condenar a nadie, avergonzado ante los grandes beneficios de Dios y ante sus propios pecados. En todo deja de lado sus propios deseos, contrarios a la voluntad de Dios, y cuida de sus sentidos, para que no hagan nada superfluo, según las palabras del profeta: «Señor, no se ha engreído mi corazón, ni son altivos mis ojos» (Sal 130,1).

Con todo, hay que estar alerta, no sea que un hombre que ha llegado a tal altura la pierda por descuido y soberbia y luego no pueda arrepentirse. Pues el pecado es fácil aun para los justos, pero el arrepentimiento no es fácil para todos, ya que la muerte está cerca y ante ella se levanta la desesperación. Bueno es no caer; y si has caído, bueno es levantarse. Y si caes, bueno es no desesperar ni apartarse del amor del Señor a los hombres. Quizá, cuando Él quiera, se compadezca de nuestra debilidad. Solo que no nos apartemos de Él; que el cumplimiento de los mandamientos no nos parezca demasiado duro; que no nos apartemos de ellos porque no podamos comprenderlos todos; y sepamos que «un día ante el Señor es como mil años, y mil años como un día» (2 P 3,8).

No desesperemos ni quedemos tendidos donde caímos, sino comencemos siempre de nuevo desde el principio. ¿Caíste? ¡Levántate! ¿Volviste a caer? ¡Levántate otra vez! Solo no te apartes del Médico, no sea que por tu desesperación sufras un castigo peor que el del suicida. Aférrate a Él, y Él tendrá misericordia, sea por la conversión, sea por las tentaciones, sea por otros medios que desconoces. Pues el diablo suele poner sobre el alma aquello a lo que en ese momento se inclina: alegría, o altanería, o tristeza y desesperación, o trabajos desmedidos, o gran pereza, o pensamientos fuera de tiempo presentados como necesidades, o tiniebla y odio insensato de todo. Lo que en ese momento predomine en el alma, eso le añade, para que no saque provecho alguno.

Una cosa puede ser buena y agradable a Dios cuando la gobiernan hombres capaces de juzgar rectamente y que conocen el propósito de Dios, escondido entre las seis pasiones que lo rodean por arriba y por abajo, a la derecha y a la izquierda, dentro y fuera. Ya sea alguna obra hecha por Dios o algún conocimiento, la buena intención del hombre está siempre rodeada de seis pasiones contrarias. Por eso, en toda empresa hay que preguntar por la intención, como aconseja san Antonio; y preguntar no a cualquiera, sino a quienes tienen el don del discernimiento, para que «no caigan ambos en el hoyo» (Lc 6,39), según la parábola evangélica. Pues sin discernimiento nada bueno se hace: aunque parezca bueno a quienes no entienden, será, con todo, o inoportuno, o más allá de lo necesario, o más allá de la medida, o por encima de las fuerzas o del conocimiento del hombre, y mucho más. Quien tiene el don del discernimiento lo recibió por la humildad; por eso conoce todas las cosas por gracia y con el tiempo llegará a la contemplación.

Por el llanto y la paciencia vienen la esperanza y la impasibilidad, y por la impasibilidad la mortificación al mundo. Y cuando un hombre soporta bien, sin caer en la desesperación, aunque vea opresión y muerte por todas partes, sabiendo que esto es para su prueba y su iluminación, y no se atreve a pensar que ha llegado al grado de la contemplación por haber derramado muchas lágrimas de dolor, entonces llegará a ver con claridad los santos padecimientos del Señor y hallará en ellos gran consuelo, y se tendrá por el peor de todos, viendo cuánto bien se hace por él por la gracia de Dios. A Dios sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Esta es la letra «iota» y el noveno Discurso, sobre la honorable Pasión de Cristo. El asceta derrama muchas lágrimas al recordar la muerte y sus pecados; y tras ellas conviene tener en el intelecto la Pasión de Cristo y de sus santos. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 9. Para que el asceta no imagine que sus trabajos, sus suspiros y sus lágrimas son obra muy grande, se le da a entender los padecimientos de Cristo y de todos los santos. Contemplándolos, se llena de asombro y admiración y se derrama en esfuerzo ascético. Su intelecto conoce su propia debilidad cuando ve tantas tentaciones que parece no haber remedio contra ellas, y cómo los santos las soportaron todas con alegría, y cuánto soportó el Señor por nosotros.

Al mismo tiempo se le da a entender lo que el Señor dijo e hizo. Y comprendiendo todo lo que está escrito en el Evangelio, empieza a llorar amargamente de tristeza, y luego a alegrarse espiritualmente por gratitud —no porque piense que tiene buenas obras, pues eso es soberbia, sino porque él, hombre tan pecador, ha sido tenido por digno de tal entendimiento—. Se humilla en obra y palabra mediante las siete obras ya mencionadas, mediante la actividad moral, es decir, espiritual, mediante la guarda de los cinco sentidos y el cumplimiento de los mandamientos del Señor. Y todo esto lo tiene no por buenas obras merecedoras de recompensa, sino por deuda; ni espera verse libre de esa deuda por la grandeza del conocimiento que se le ha concedido.

Queda como cautivado por la comprensión de las palabras que lee o canta, y por ese deleite olvida involuntariamente sus pecados, y de gozo llora lágrimas dulces como la miel. Y luego, temiendo el engaño, no sea que esas lágrimas dulces vengan fuera de tiempo, recuerda su vida pasada y llora amargamente. Así vive, ora en unas lágrimas, ora en otras. Esto sucede cuando está atento a sí mismo, consulta con alguien experimentado y cae ante Dios en oración pura, como conviene al hombre de acción, desprendiendo su intelecto de todo lo que ha visto u oído y recogiéndolo en el recuerdo de Dios, buscando solo la voluntad de Dios en todas sus empresas y en todo su conocimiento.

De lo contrario está engañado, pensando que verá la aparición de algún santo ángel o de Cristo, sin saber que quien quiere ver a Cristo debe mirar no afuera, sino dentro de sí, imitando su vida en el mundo, y debe esforzarse por tener cuerpo y alma sin pecado, como Cristo los tuvo, y mantener su intelecto siempre pensando en Cristo. No es bueno albergar imagen ni pensamiento alguno durante la oración. Acerca de que el intelecto debe estar en el lugar de Dios, habló san Nilo citando el salmo: «En la paz está su lugar» (cf. Sal 75,3). Y la paz significa no tener pensamientos, ni buenos ni malos; pues si el intelecto se percibe a sí mismo, entonces no mora solo en Dios, sino también en sí mismo. Y esto es verdad. Dios es indescriptible e ilimitado, invisible y sin forma; y quien dice que está con Dios solo, debe él mismo ser invisible, sin imagen y más allá de toda imaginación, libre de pasión. Cuanto vaya más allá de esto es engaño del diablo.

Por tanto, el asceta debe estar atento, y sin preguntar a los experimentados no ha de formarse opinión alguna, ni buena ni mala, ya que no conocemos ni la una ni la otra. Los demonios se transforman en lo que quieren y así se aparecen, del mismo modo que el intelecto humano se vuelve hacia lo que quiere y toma la forma de la cosa que percibe. Pero los demonios hacen esto para engañarnos, mientras que nuestro intelecto vaga sin sentido, tratando de asir la perfección. Con todo, en la medida en que pueda, mantenga el hombre su intelecto en alguna enseñanza acerca de Dios.

Como hay siete obras corporales, así hay ocho visiones, es decir, modos de conocimiento del intelecto. Tres de ellas se mencionaron antes de hablar de los purísimos padecimientos del Señor, y de estas tres aprenda siempre cada uno: cómo llorar por su propia alma y por los que son como él, esto es, considerar toda la tristeza que ha caído sobre nosotros desde nuestra transgresión, y cómo nuestra naturaleza ha caído en tantas pasiones, y considerar nuestros pecados y las tentaciones que vienen para nuestra corrección; y luego considerar la muerte y los tormentos que aguardan a los pecadores después de la muerte, para que el alma, quebrantada por estos pensamientos, se encamine entre lágrimas hacia la humildad y el consuelo.

Que el alma no desespere por este abundante y temible conocimiento, ni piense que ha alcanzado alguna gran obra espiritual, sino que permanezca en temor y esperanza, lo cual se llama paz de pensamiento, cuando todo se recibe por igual. Esto eleva el intelecto al conocimiento y al discernimiento, según las palabras del profeta: «Enseñará a los mansos sus caminos en el juicio» (cf. Sal 24,9), y todavía más en el discernimiento; y a esto llama el profeta conocimiento unido a la piedad. Y como la piedad es un solo nombre para muchas obras, así el conocimiento contiene muchas clases de conocimiento y de visión.

Pues el comienzo de la actividad corporal es el conocimiento, y sin conocimiento nadie emprende el bien; y aun del fin —de la adopción filial y del arrebato del intelecto al cielo en Cristo— se dice que también es conocimiento y visión. Pero el conocimiento existe ya antes del trabajo, para que la obra se haga con él, como se construye una casa con herramientas; y la visión se conserva por la fe, que fortalece mediante el temor. Está además el conocimiento y la práctica de las virtudes espirituales, que prepara y planta los brotes celestiales. Luego está el conocimiento del intelecto y la actividad espiritual, es decir, su atención y el ordenamiento de los hábitos del alma, para que el asceta cumpla y guarde diestramente los mandamientos; pues por ellos vienen el esfuerzo hacia el crecimiento y la ayuda divina. Del mismo modo el sol, la lluvia y el viento ayudan a la planta, y sin ellos todo el trabajo del labrador es inútil, aunque a veces las cosas salgan bien. Nada bueno puede suceder sin la ayuda de lo alto; pero la ayuda de arriba y la gracia no vienen a quienes no las quieren, dice el divino Crisóstomo.

En esta vida todo es doble: acción y conocimiento, deseo y gracia, temor y esperanza, trabajo ascético y recompensa. Lo segundo de cada par no llega hasta que se cumple lo primero; y si de algún modo parece aparecer, es engaño. Es como el labrador inexperto que, al ver una flor, cree que ya es el fruto y se apresura a arrancarla, sin saber que está destruyendo el fruto. Así ocurre aquí: «cuando imaginamos, no permitimos que se cumpla lo imaginado», dice san Nilo. Por tanto, esté cada uno con Dios y obre con discernimiento; y así será cuando pregunte humildemente y se reprenda a sí mismo, y también a todo lo que procede de sí mismo y a todo lo que cree saber. «Pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14) —y no es de extrañar—, pues los pensamientos que siembra parecen a los inexpertos verdadero conocimiento.

«La humildad es la puerta de la impasibilidad», dice el autor de la Escala; y «su fundamento es la mansedumbre», según Basilio el Grande. Pues la humildad enseña al hombre a guardar siempre la paz del alma tanto en las cosas y pensamientos agradables como en los penosos, y a no cuidarse del honor ni del deshonor, sino a recibirlo todo con alegría sin turbarse, a diferencia de aquella virgen de la que habla Antonio el Grande: «Estando yo sentado con un abba, vino cierta virgen y dijo al anciano: Abba, durante las seis semanas del ayuno ayuno seis días seguidos, y cada día leo el Antiguo y el Nuevo Testamento. El anciano le respondió: ¿Se te ha vuelto la pobreza abundancia? Ella dijo: No. ¿Es para ti el deshonor como la alabanza? Respondió: No, abba. ¿Son tus enemigos como amigos? Y dijo: No. Entonces aquel sabio anciano le dijo: Vete y trabaja; nada tienes.»

Y en verdad: cuando ayunaba tan rigurosamente que comía una sola vez por semana, y aun eso con parquedad, ¿no debería habérsele vuelto la pobreza riqueza? Y leía a diario el Antiguo y el Nuevo Testamento, y no había aprendido a humillarse. No teniendo nada en esta vida, ¿no debería haber contado a todos por amigos? Y después de tan duro trabajo, ¿no debería haber aprendido a recibir a los enemigos como amigos? Con razón, pues, le dijo: «Nada tienes.» Y añadiría que tal persona será tanto más condenada, como dice Crisóstomo de las cinco vírgenes necias: pudieron soportar el trabajo más duro, esto es, la virginidad, que está por encima de la naturaleza, y sin embargo no lograron lo más fácil, es decir, la limosna, que aun griegos e incrédulos practican hasta hoy como algo natural. Porque aquella doncella no comprendía lo que buscaba, trabajó en vano. «Esto había que hacer, sin dejar aquello», dice el Señor (Mt 23,23).

El trabajo ascético es obra buena cuando se hace con buena intención; y hemos de considerarlo no como la obra misma, sino como preparación para la obra; no como el fruto, sino como la tierra que con el tiempo, con duro trabajo y con la ayuda de Dios, puede nutrir brotes que den fruto. Y el fruto es la purificación del intelecto y la unión con Dios, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

Este es el décimo Discurso y la letra «kappa»; habla en todo él de la humildad de Cristo, para que el alma no se inquiete por nada y siempre se condene a sí misma en toda cosa. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 10. El que es verdaderamente humilde no cesa de reprenderse a sí mismo, aunque el mundo entero se levante contra él y lo deshonre; y así se salva no simplemente contra su voluntad, como se salvan quienes poseen paciencia, sino que va voluntariamente hacia los padecimientos de Cristo. De ellos ha aprendido el asceta la mayor de todas las virtudes, en la cual habita el Espíritu Santo. Esta virtud es la puerta del Reino, esto es, la impasibilidad; y entrando por ella el hombre va a Dios, mientras que sin ella su trabajo es estéril y su camino lleno de tristeza. Esta virtud da todo consuelo a quien la guarda en su corazón, pues así tiene a Cristo dentro de sí. Por ella habita la gracia y se conservan los dones.

La humildad nace de muchas virtudes: de la obediencia, la paciencia, la falta de posesiones, la pobreza, el temor de Dios, el conocimiento y las demás; y la principal de ellas es el discernimiento, que ilumina el intelecto. Pero que nadie imagine que es fácil llegar a ser humilde y sabio. Esta obra está por encima de la naturaleza. En una palabra: cuanto mayor es el don, tanto mayor han de ser el trabajo, la sabiduría y la paciencia frente a los demonios y a las tentaciones que combaten al asceta; pues la humildad barre todas sus redes.

La humildad nace por el conocimiento, y el conocimiento por la tentación. A quien ha llegado a conocerse a sí mismo se le da el conocimiento de todo; y quien ha obedecido a Dios halla que todo le obedece, cuando la humildad habita en sus miembros. Y esto es verdad. Todo hombre adquiere experiencia mediante muchas tentaciones y soportándolas, y por ellas aprende su propia debilidad y el poder de Dios. Conociendo su debilidad y su ignorancia, ve que antes no sabía lo que ahora sabe, y considera que hay mucho que aún no sabe y que aprenderá más tarde, según las palabras de Basilio el Grande: «Cuando un hombre no pone a prueba las cosas, no sabe de qué carece. Quien ha recibido conocimiento aprende en parte lo que no sabe, y el conocimiento se le vuelve prenda de humildad.» Y de nuevo: «Quien se conoce a sí mismo y sabe que las criaturas están sujetas a cambio no se ensalza en nada; pues cuando tiene algo, sabe que pertenece al Creador.»

Nadie alaba a una vasija por haberse hecho hermosa a sí misma; la alabanza es para el alfarero. Y cuando una vasija se rompe, los hombres no culpan al alfarero, sino a quien la rompió. Pero cuando la vasija es racional, es necesariamente dueña de sí. En todo lo bueno, el Creador es el Dador del bien y su causa; pero la causa de las caídas y desviaciones es la voluntad de la criatura que se gobierna a sí misma. Quien permanece inmutable después de recibir la gracia es alabado, y quien recibe la malicia de la serpiente es reprendido. La alabanza y la acción de gracias pertenecen no a quien recibe los dones, sino a Aquel que los da. Puede ser que por gracia también el que recibe sea alabado por su disposición a recibir dones que no tenía, y más aún por su gratitud hacia el Bienhechor; y cuando esto falta, no solo queda privado de alabanza, sino que será condenado por su ingratitud.

Que nadie se atreva a negar desvergonzadamente que ha recibido un don, robando así la alabanza con obras astutas y gloriándose incluso en su silencio, imaginando que esos dones no vienen del Creador, como si él mismo hubiera adquirido la riqueza que posee y no la hubiera recibido por gracia. Aun cuando tal hombre da gracias al Dador, piensa como pensaba el fariseo y dice dentro de sí: «Te doy gracias» por esto y aquello (cf. Lc 18,11). Bien lo expresa el evangelista —y más aún el Dios que conoce los corazones— al decir que hablaba «dentro de sí» y no a Dios. Aunque él suponía que se dirigía a Dios, quienes conocían su alma soberbia no dicen que hablara a Dios, sino que dicen: «El fariseo, de pie, oraba así consigo mismo.»

Y que la Escritura repita a menudo las mismas palabras o palabras semejantes no es, como dice Crisóstomo, figura retórica ni mera verbosidad, sino que busca imprimir la palabra en los corazones de los oyentes. El salmista, por gran amor, no rehusó repetir sus palabras, para que quienes por descuido y negligencia no han gustado su dulzura queden al menos aliviados de su peso. ¿Darán jamás tales hombres fruto digno de las Divinas Escrituras? ¿No están en peligro de condenación y de que se les entenebrezca el intelecto, cuando abren la entrada a los demonios que los asaltan? Como dice el Señor: «Si al árbol verde hacen esto, ¿qué será del seco?» Y de nuevo: «Si el justo apenas se salva, ¿qué será del impío y del pecador?» (cf. 1 P 4,18).

Si los demonios atacan incluso a quienes espiritual e invisiblemente mantienen todo su intelecto en el recuerdo de Dios —y si Dios no los protegiera por su humilde sabiduría, su oración no podría subir hasta Él, sino que volvería vacía—, ¿qué haremos entonces nosotros, miserables, que ni siquiera pronunciamos una palabra al aire para que Dios se compadezca algún día y se incline a nuestra ignorancia y a nuestra debilidad por causa de una buena intención?

Y puesto que los demonios atacan incluso a los perfectos, oigamos lo que dice san Macario: que en este siglo presente nadie es perfecto; de otro modo, lo que aquí se da no sería una simple prenda. Y como testimonio de ello cuenta de un hermano que oraba con los hermanos y de pronto fue arrebatado en su intelecto al cielo, y vio la Jerusalén de arriba y las moradas de los santos; y al descender cayó de la virtud y llegó a completa ruina, porque pensó dentro de sí que ya había triunfado. No consideró que su deuda era ahora mayor, puesto que había sido tenido por digno de tal altura, aunque por naturaleza era indigno hasta del polvo. Y el mismo santo dice: «Mucho sabemos por experiencia, y yo mismo estuve en semejante perfección, y sé bien que aquí nadie es perfecto. Aunque un hombre se haga enteramente espiritual y se una a Dios, el pecado lo sigue todavía y nunca quedará del todo destruido hasta la muerte.»

San Nilo cuenta de un hombre que estaba orando cuando, con permiso de Dios y para provecho suyo y de muchos, los demonios lo agarraron de manos y pies y lo lanzaron por el aire; y se puso debajo una estera para que su cuerpo no se quebrara al caer al suelo. Sin embargo, por mucho tiempo que lo hicieran, no lograron bajar su intelecto del cielo a la tierra. ¿Habría necesitado tal asceta comida? ¿Habría necesitado lectura y salmodia? Nosotros necesitamos todo esto por la debilidad de nuestro intelecto, y ni siquiera queremos velar sobre él. ¡Ay! Aquel santo luchaba, mientras nosotros no pensamos en los asaltos que nos vienen. Los santos se guardan de las redes del diablo con la humildad, mientras nosotros nos ensoberbecemos por ignorancia. Y es verdad: gran locura es ensalzarse por lo que no se posee. «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Co 4,7), como si tú mismo lo hubieras hecho.

Dice el abad Casiano: «La humildad nace del conocimiento, el conocimiento engendra el discernimiento, y del discernimiento viene la recta consideración», a la que el profeta llama «consejo» (cf. Is 11,2): la capacidad de ver la naturaleza de las cosas; y el intelecto queda muerto al mundo por la contemplación de las criaturas de Dios. A Dios sea la gloria por los siglos. Amén.

El undécimo Discurso y la letra «lambda». La humildad engendra el discernimiento acerca de la naturaleza de las criaturas sensibles. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 11. Es muy bueno preguntar sobre todo, pero preguntar a quienes tienen experiencia; es dañoso preguntar a los inexpertos, ya que no tienen discernimiento. El discernimiento conoce el tiempo, la necesidad, la constitución de la persona, el número, la fuerza y el conocimiento del que pregunta, el deseo y el propósito de Dios, el sentido de las palabras de la Sagrada Escritura y muchas cosas más. Quien carece de discernimiento puede trabajar mucho y no lograr nada. Pero cuando se halla un hombre que posee discernimiento, este se hace guía de los ciegos y luz de los que están en tinieblas. Debemos apoyarnos en él y seguir su consejo, aunque por nuestra inexperiencia a veces no veamos lo que quisiéramos ver. Quien tiene discernimiento es el que más ve, pues puede inclinar hacia lo que dice incluso a los que no quieren; porque el Espíritu prueba la manifestación de las obras divinas y puede obligar a creer a un intelecto incrédulo, como sucedió con los padres, y en los casos de Jonás, de Zacarías y del ladrón a quien un ángel prohibió decir nada fuera de la salmodia.

Si en nuestros días no hay nadie que posea tal discernimiento, porque le falta la humildad que lo engendra, entonces debemos orar con perseverancia por cada una de nuestras acciones, según las palabras del Apóstol (cf. Col 4,2). Y si no tenemos «manos limpias», esto es, pureza de alma y cuerpo, procuremos al menos estar libres de malicia y de malos pensamientos. Son palabras del Apóstol: levantar «manos santas, sin ira ni discusiones» (1 Tm 2,8).

Y cuando sabemos que alguna obra agrada a Dios, hagámosla sin pasión; y aunque no sea especialmente buena, la gracia nos la contará como buena por nuestra falta de conocimiento y por nuestra intención de agradar a Dios, con tal que no se haga por pasión, sino según la voluntad de Dios, por necesidad y únicamente porque Dios es bueno. Pero donde obra la propia voluntad del hombre y no la de Dios, allí hay exaltación; y Dios no favorece a tal hombre ni le revela su voluntad, para que quien la conoce y no la cumple no sufra mayor condenación. Pues cuanto Dios nos da y cuanto nos niega es para nuestro provecho, aunque no lo entendamos. Y no nos envía su Espíritu Santo si no nos hemos purificado antes de las pasiones mediante la actividad corporal y mental, no sea que, acostumbrados todavía a las pasiones, nos desviemos y nos hagamos culpables ante la venida de ese Espíritu Santo.

Pero cuando un hombre ha pasado largo tiempo en trabajo ascético y ha purificado primero el cuerpo de pecados pequeños y grandes, y luego el alma de todo deseo y de toda ira, y ha inclinado sus hábitos al bien, de modo que no haga nada con sus cinco sentidos al margen de la voluntad de su intelecto; y cuando su hombre interior ya no tiene inclinación alguna a tales cosas y todo el hombre está sujeto a sí mismo, entonces Dios le someterá todas las cosas por la gracia del Espíritu Santo, a causa de su impasibilidad. Pues el intelecto obedece primero a la ley de Dios, y luego todo lo que debe estar en poder de un hombre racional le obedece a él, de modo que el intelecto posea todas las cosas como fue creado en el principio: un reino sabio, sapientísimo, valeroso y justo. Entonces calmará la ira con la suavidad del deseo y refrenará el deseo con la firmeza de la ira; y sabrá que es dueño de sí y obra con todos los miembros del cuerpo según el mandamiento de Dios (cf. Dt 6,5). Ya no será robado por el olvido y la ignorancia como antes. Entonces, por su alejamiento por amor de Dios, se hará discerniente y comenzará a advertir las redes que el diablo ha preparado y escondido para robarle. Sin embargo, no conocerá el futuro como los profetas, pues eso está por encima de la naturaleza y se da para el bien común; mientras que el discernimiento es natural, y cuando el intelecto se purifica se manifiesta mediante el freno de las pasiones, habiendo estado antes oculto como en tinieblas.

Por la humildad viene la gracia y abre el ojo del alma, que el diablo había cegado; y entonces el hombre comienza a ver la naturaleza de las cosas y ya no se confunde, como antes, por su apariencia exterior. Mira sin pasión el oro, la plata y las piedras preciosas, y no retrocede ni juzga con pasión, sino que sabe, siguiendo el ejemplo de los santos padres, que todo ello viene de la tierra, como todo lo demás en este mundo. Ve a un hombre y comprende que fue tomado de la tierra y a la tierra volverá. Y no lo piensa meramente, pues todos los hombres lo saben por experiencia; pero, atormentados por las pasiones, se apegan apasionadamente a las cosas.

No es de extrañar que alguien, por arrogancia, imagine que sin trabajo previo ni virtud podrá ver la naturaleza de las criaturas. Por presunción los ciegos creen que ven, y los necios se glorían de su conocimiento. Si fuera posible ver la naturaleza de las cosas solo con el pensamiento, no habría necesidad del llanto ni de la purificación que el llanto trae, ni de toda clase de trabajo ascético, ni de humildad, ni de gracia de lo alto, ni de impasibilidad. Pero no es así, no es así. A las personas sencillas, cuyo intelecto está limpio del mundo, de las cosas y del engaño, les resulta más fácil comprender esto, cuando tal hombre está en obediencia a un padre experimentado y espiritual, o, por providencia de la gracia, antes de que se desvíe «a la derecha o a la izquierda» (cf. Pr 4,27), como dice Salomón.

Pero puesto que desde nuestra juventud hemos servido a las pasiones y poco a poco hemos aprendido toda suerte de astucia y de transgresión, es imposible librarnos de este mal y ver la naturaleza de las criaturas solo con nuestros propios esfuerzos, sin Dios, sin trabajo y sin tiempo. Lo lograremos únicamente cuando lleguemos a amar la adquisición de las virtudes en obra y palabra tanto como antes amábamos el mal, y cuidemos de ellas con celo. A menudo ni siquiera tales esfuerzos nos aprovechan: sea porque no soportamos la tentación hasta el fin, sea porque no vemos el camino ni la meta, sea por pereza, o por infidelidad, o por otras razones innumerables. Y si esto es así y estamos todavía muy lejos de triunfar, ¿cómo osaremos decir que hemos alcanzado nuestra hermosura original? Solo la complacencia en uno mismo podría extraviarnos así y ocultarnos nuestra ruina.

Reprenderse a sí mismo es progreso invisible, pues es bueno avanzar sin sentir que se avanza; la arrogancia y la autocomplacencia son ruina invisible, pues por ellas retrocedemos sin advertirlo. Y esto es verdad: en un alma vana, aunque haya sido purificada por la gracia, las pasiones vuelven de nuevo. Como dice el Señor: «Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre…» (cf. Mt 12,43). ¿Por qué? Porque en esa alma no hay lugar para la actividad espiritual de la que salió aquel espíritu, y no hay humildad. Por eso vuelve, trayendo consigo otros muchos males, y se instala en el alma. El que sea inteligente, que lo entienda.

La Palabra de Dios no nos lo pone todo claramente delante, ni lo deja todo oscuro, sino solo cuanto es provechoso. Crisóstomo dice que es una gran bondad de Dios que algunos lugares de las Divinas Escrituras sean del todo claros y otros tengan sentido oculto: por los primeros llegamos a la fe y al amor y no caemos en la incredulidad ni en la desesperación cuando no entendemos muchas cosas; y los otros nos impulsan a intentar y a trabajar, para que nos libremos de la soberbia y hallemos humildad por lo que no podemos comprender. Así, en ambos casos recibimos el fruto de la humildad y del amor de Dios, cuando sentimos sus dones dentro de nosotros.

La quinta visión, de la que habla este Discurso, consiste en que el hombre puede ver verdaderamente las criaturas sensibles y los pensamientos por el don del discernimiento, y no los mira bajo engaño alguno, ni obra apasionadamente contra el propósito de Dios, ni escucha un pensamiento torcido. Aunque amenace la muerte, no nos apartaremos del propósito de Dios ni en palabra ni en obra. Esto sucede al final de aquella visión; pues al principio el asceta, siendo todavía aprendiz, se desvía de su propósito, quizá incluso en la obra, porque el hábito lo vence. Y cuando por providencia de Dios se aparta un poco del camino, en seguida vuelve con gran humildad. A veces, por arrogancia, lo asalta una pasión de exaltación; y cuando esto le sucede no advierte que la gracia, al castigarlo, le está enseñando a humillarse y a saber de dónde recibe fuerza y conocimiento, para que, como está dicho, confiemos «no en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos» (cf. 2 Co 1,9). Así ocurre también aquí.

Cuando un hombre es paciente, sin engreírse ni apartarse de la virtud, pasa por sí mismo de la mortificación del cuerpo y de las cosas al conocimiento de todo. Pues, como dice el Apóstol, por la actividad corporal el hombre es crucificado en el cuerpo, y por la actividad espiritual en el intelecto (cf. Ga 5,24); así pasa por la muerte mediante la mortificación de los sentidos y el conocimiento de la naturaleza de las cosas, y resucita espiritualmente por la impasibilidad en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

La letra «mi» y el duodécimo Discurso. Enseña acerca de la experiencia de la contemplación de las criaturas sensibles; que nadie la busque antes de tiempo. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 12. Cuando el intelecto no ha muerto todavía a las pasiones, no le aprovecha pasar a la contemplación de las criaturas sensibles. Si intenta pasar mientras descuida la lectura de las Divinas Escrituras, el conocimiento y la quietud, solo se entenebrece más por el olvido y poco a poco se hunde en la ignorancia, aunque quizá haya alcanzado ya el conocimiento del intelecto, sobre todo si ese conocimiento no le vino por gracia, sin él saberlo, sino por la lectura y por maestros experimentados en tales misterios. Cuando el labrador no cultiva su tierra, esta produce espinas, y tanto más si es buena tierra.

Así también el intelecto: cuando no se ejercita en la oración y en la lectura y no trabaja en ellas, se endurece sin darse cuenta. Y como la tierra, aunque la riegue la lluvia y la ilumine el sol, nada da si no se la siembra, así el intelecto no tendrá conocimiento sin actividad espiritual, aunque una vez lo haya tenido por gracia. En cuanto se desvía un poco por descuido hacia las pasiones, queda engañado; y si se mira a sí mismo con un poco de soberbia, la gracia lo abandona. Por eso los padres, cuando les llegaban la edad y la debilidad, reducían a menudo sus obras corporales, pero jamás las espirituales; pues en lugar de trabajos corporales tenían la debilidad del cuerpo, que podía acallar a la pobre carne. Pero mantener el alma sin pecado, para que el intelecto sea iluminado, es imposible sin actividad espiritual. Un labrador puede dejar a un lado sus herramientas, pero nunca deja la tierra sin arar, sin sembrar o sin plantar, ni deja el fruto sin cuidado, si quiere gustarlo.

«El que no entra por la puerta en el redil, sino que sube por otra parte, es ladrón y salteador» (Jn 10,1), dice el Señor; y las ovejas —es decir, los pensamientos divinos— no lo escucharán, según san Máximo. Pues el ladrón viene a robar por el oído y a matar con contenidos ocultos. No puede aprender de las Escrituras, y con su supuesto conocimiento destruirá tanto a sí mismo como a sus pensamientos, por causa de su arrogancia. Pero el pastor cuida de sus pensamientos «como buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tm 2,3), según el Apóstol, y guardando los mandamientos divinos entra por la puerta estrecha, esto es, por la humildad y por la puerta de la impasibilidad. Antes de que la gracia de lo alto lo visite, se ejercita y aprende todo escuchando. Y cuantas veces venga a él el lobo con piel de oveja, lo ahuyenta, reprendiéndose a sí mismo y diciendo: «No sé quién eres; Dios lo sabe.» Y si algún pensamiento viene desvergonzadamente y quiere ser aceptado, diciendo: «Si no tienes opinión propia y no sopesas las cosas, serás como un hombre sin fe e ignorante», él responde: «Sea yo un necio, si quieres», siguiendo al divino Crisóstomo. Pues dice el Apóstol que quien es necio en este siglo llegará a ser sabio (cf. 1 Co 3,18).

Y dice el Señor: «Los hijos de este siglo son más sagaces en su género que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Y así es. Los hombres quieren vencer y hacerse ricos, ser sabios y famosos, gobernar y cosas semejantes; y aunque a veces fracasan y su trabajo no les da provecho, se esfuerzan por encima de sus fuerzas por conseguirlo. Otros desean lo contrario, y también ellos reciben a menudo la prenda de la bienaventuranza que será suya y se esfuerzan, como aquellos, para que el intelecto reciba por gracia la libertad, mediante la cual pueda tener una memoria serena y pensamientos confirmados por las Divinas Escrituras y probados en el conocimiento espiritual; o para que, teniendo gran conocimiento, sepa que no lo sabe todo, comprendiendo que los pensamientos que vinieron antes eran una prueba de su dominio propio, a fin de que se apartara humildemente de su propio pensamiento y propósito, no fiándose de ellos sino temiéndolos, y pidiera con muchas lágrimas, se refugiara en la humildad y se reprendiera a sí mismo, y así, a gran costa, llegara al conocimiento y a los dones.

El soberbio se apresura a asegurarse de sus propios pensamientos, sin escuchar al autor de la Escala, que dice: «No busques antes de tiempo», ni a san Isaac, que enseña a no entrar dentro con audacia, sino con gratitud y silencio. No escucha a Crisóstomo, que dijo «no lo sé», habiéndolo aprendido del Apóstol; ni al Damasceno, que dijo de Adán que aún no había llegado el tiempo de pasar a la contemplación de las cosas sensibles. Los sentidos de los niños son débiles y no pueden soportar alimento sólido; necesitan leche, como dice el Apóstol (cf. Hb 5,13). Por tanto, no busquemos la contemplación antes de su tiempo, sino adquiramos primero la madre de todas las virtudes, y el conocimiento vendrá por la gracia de Cristo. Gloria a Él por los siglos. Amén.

La letra «ni» y el decimotercer Discurso, sobre el conocimiento de las cosas inteligibles, esto es, de la hueste espiritual incorpórea. Por medio de las cosas sensibles llega a conocerlas quien percibe las imágenes. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 13. El conocimiento de las cosas inteligibles viene por la destreza en el conocimiento de las sensibles. Sin embargo, quien tiene este conocimiento no verá un ángel. ¿Puede un hombre ver un ser superior a la naturaleza, accesible solo al Creador, cuando ni siquiera puede ver su propia alma? Por el bien común, según la providencia de Dios, los ángeles se han aparecido muchas veces a los hombres. Pero esto no ocurre con nosotros, porque lo deseamos por soberbia, no nos importa el bien común y nada soportamos por Dios. Quien desea tal cosa está deseando ver al diablo: «Pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14), dice el Apóstol. Solo el hombre que no presta atención a tales cosas y no las cree ni siquiera cuando ocurren puede recibir semejante visión para el bien común.

Esto se ve claro en que no debemos aceptar nada de eso ni siquiera en sueños, ni entretener imaginaciones sutiles; y si viene alguna visión, hemos de comportarnos como si no existiera. Pues un ángel verdadero tiene autoridad de Dios, y cuando el intelecto no quiere recibirlo, aun así puede llevarlo a la paz. El diablo no puede dar paz al intelecto; pero si viera que el intelecto desea recibirlo, se aparecería con permiso. Si el intelecto no lo quiere, huirá, expulsado por el ángel que guarda a esa alma desde que recibió el bautismo divino, para que el intelecto no pierda su dominio propio.

En una visión se dice de los santos órdenes que son nueve, según el gran Dionisio, y así lo hallamos en todas las Escrituras. Los nueve órdenes tienen sus nombres según su naturaleza y su actividad. Se llaman incorpóreos porque no están hechos de materia; espirituales, porque son espíritus; huestes, porque son «espíritus servidores» (Hb 1,14) del Rey de todos. Otros tienen nombres generales y particulares, es decir, se llaman ángeles y potestades. «Potestades» es el nombre de un orden, y sin embargo, según la actividad hay nueve nombres: potestades, porque pueden ejecutar la voluntad divina; y «ángeles», nombre propio de un orden, el primero respecto de nosotros los hombres, mientras que los temibles tronos son el noveno. Todos se llaman ángeles según su actividad, porque Dios los envía a anunciar su voluntad a los hombres. «Otro mensajero vino a Job», y era un santo ángel, pues Crisóstomo dice que «solo él quedó y vino a traer la noticia» (cf. Jb 1,19).

Las Divinas Escrituras llaman también ángel al Señor en varios lugares. Se dice que Abrahán recibió ángeles, y el Señor era incorpóreo (cf. Gn 18). Por eso dice el Damasceno a la Madre de Dios: «En la sombra de la ley vio Abrahán el misterio cumplido en ti, Madre de Dios, pues recibió a tu Hijo sin carne…» Y Él mismo estuvo en el horno con los jóvenes en Babilonia (cf. Dn 3,92), y se le llama ángel según su actividad, como dice el profeta Isaías: «Ángel del gran consejo» (cf. Is 9,6). Como dice el Señor mismo: «Todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). Gloria a Él por los siglos. Amén.

La letra «xi», y este es el Discurso sobre la verdadera impasibilidad. Es el decimocuarto Discurso, por la gracia de Dios. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 14. La impasibilidad es cosa extraña y gloriosa. Cuando un hombre vence la pasión, la impasibilidad lo hace, según su medida, imitador de Dios. Cuando el impasible es atacado por los demonios o por hombres malvados, es como si otro padeciera, tal como sucedió con los santos apóstoles y mártires. No se ensalza cuando lo alaban ni se aflige cuando lo reprenden. Recuerda aquella dulce gracia y la condescendencia de Dios, de la que es indigno, y recuerda que las penas son pruebas. Lo primero se da aquí por gracia para consuelo, lo segundo para humilde sabiduría y buena esperanza en el siglo venidero; y él, como insensible, soporta las penas con discernimiento aunque sus sentidos son muchos.

La impasibilidad no es una sola virtud, sino el nombre de todas las virtudes. Como el hombre no es un solo miembro del cuerpo, sino que muchos miembros componen al hombre —y no solo los miembros, sino también el alma—, así la impasibilidad es unión de muchas virtudes, y en lugar de alma tienen al Espíritu Santo. Pues todas las obras que se llaman espirituales carecen en realidad de alma si no tienen al Espíritu Santo, de quien viene lo espiritual y de quien recibe su nombre. Si el alma no rechaza la pasión, el Espíritu Santo no entrará en ella; y sin Él no habrá virtud tan grande como la que llamamos impasibilidad. Y si un hombre llega a ser tal, nada lo turbará.

Los griegos, no entendiendo esto, decían: «No seas impasible como quien no tiene alma, ni apasionado como quien carece de razón.» Llamar sin alma al impasible correspondía a su conocimiento, pues no conocían al Espíritu Santo. Llamar irracional al apasionado es lo que también nosotros decimos, aunque no porque lo tomáramos de ellos; simplemente lo decimos. Esto no es teoría ni erudición: nosotros, que hemos padecido por las pasiones, sabemos de qué hemos padecido. Escribimos para que aprendáis a adquirir las virtudes de los santos padres que fueron agraciados con la impasibilidad.

Dicen ellos que el hombre apasionado se vuelve como un cautivo y se hace insensible por amor a las pasiones. A veces lo impulsan los deseos como si fuera irracional, y a veces el furor, que venga sus deseos, de modo que como una fiera rechina los dientes contra los que son como él. También el impasible se vuelve insensible, pero por el amor perfecto de Dios. Entonces su alma aprende sin fin en las obras de Dios, percibiendo unas veces en alguna visión sus maravillas y otras en algunas palabras de la Divina Escritura, como dice san Nilo. Y aunque esté en medio de una gran multitud, incluso en la plaza del mercado, su intelecto está como a solas consigo. Tal estado viene de guardar los mandamientos de Cristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.

La guarda de los mandamientos de Dios es señal del amor a Dios y al prójimo. Por eso este Discurso tratará del amor; es el decimoquinto. Su letra es la pequeña «ómicron»: el comienzo de la ley y el fin del amor. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 15. Quien quiere decir algo sobre el amor se atreve a hablar de Dios, según Juan el Teólogo: «Dios es amor… y el que permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn 4,8.16). ¡Oh maravilla! Esta primera de todas las virtudes nos es natural. Por eso la ley habla de ella desde el principio mismo: «Amarás al Señor tu Dios… con toda tu alma» (cf. Dt 6,5). Oí las palabras «con toda tu alma» y quedé cautivado, y no necesité otras palabras. Pues el alma entera es racional, irascible y desiderativa; de estas tres potencias se compone el alma. La potencia racional piensa solo en lo divino; la desiderativa desea solo lo divino y nada más, ya que la ley dice «con toda tu alma»; y la irascible actúa contra todo lo que estorba a ese deseo.

Bien está dicho que «Dios es amor» (1 Jn 4,8). Cuando Dios ve que estas tres potencias lo desean solo a Él, como Él mandó, entonces Él mismo, siendo bueno, no solo amará, sino que enviando el Espíritu Santo habitará entre ellas y caminará entre nosotros, como dijo el Apóstol (cf. 2 Co 6,16). Entonces el cuerpo obedecerá al intelecto involuntariamente, como cosa irracional, y ya no «deseará contra el Espíritu» (cf. Ga 5,17), como dice el Apóstol. Y como el sol y la luna, gobernados por el mandato de Dios, alumbran el mundo aunque carecen de alma, así el cuerpo, por deseo del alma, obra la obra de la luz.

Como el sol, pasando cada día de oriente a occidente, hace un día, y sin él hay noche, así toda virtud que el hombre practica ilumina el alma, y sin ella vienen la pasión y la oscuridad, hasta que adquiere la virtud y entonces llega la luz. Y como el sol, yendo de un extremo del oriente al otro y cambiando sus rayos a su voluntad, completa un año, así el hombre, habiendo comenzado las virtudes y llegando lentamente al éxito, se hace impasible. Y como la luna crece y mengua cada mes, así el hombre crece y mengua en su progreso tras cada virtud, hasta que queda afirmado en ella. A veces su alma anhela a Dios, luego se alegra dando gracias a Dios y sabiendo que es indigna de adquirir la virtud; a veces se hace más luminosa y a veces se oscurece, hasta completar su curso. Lo uno viene por la exaltación, lo otro por la desesperación, alternándose. Así ahora, en este siglo presente, el sol cambia y la luna crece y mengua; pero cuando llegue el siglo venidero habrá luz incesante para los justos, y tinieblas —¡ay!— para los pecadores como yo.

Aun ahora, antes del amor perfecto, se producen en el alma diversos cambios, y en el intelecto hay un oscurecerse de las virtudes y del conocimiento, hasta que se cumplan las obras venideras por causa de ese amor perfecto por el cual trabajamos. Pues por amor escucha el obediente los mandamientos; por él, el rico y libre se hace pobre y siervo y no defiende lo suyo, ni siquiera su propia persona, contra quienes quieren tomarlo todo. Igualmente, el que ayuna permite que otros se alimenten de sus bienes, de los que él mismo quería comer. En suma, toda acción se hace o por amor a Dios o por amor al prójimo. Las cosas que hemos mencionado, y otras semejantes, se hacen por amor al prójimo; las vigilias, la salmodia y cosas así se hacen por amor a Dios, a quien sea la gloria, el honor y el poder por los siglos. Amén.

La letra «pi» y el decimosexto Discurso, brevemente sobre el conocimiento de Dios; pues muchos padres han hablado de teología en muchos cánones y discursos. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 16. Todo lo que Dios creó tiene principio y, cuando Él quiera, tendrá fin, puesto que todo vino de la nada. Pero Dios no tiene principio ni fin, ni tampoco su perfección; pues nunca estuvo sin ella, sino que fue siempre bueno y justo, sapientísimo, todopoderoso, invencible, impasible, indescriptible, ilimitado, inescrutable, insondable, infinito, siempre existente, increado, inmutable, eterno, verdadero, indivisible, invisible, intangible, incomprensible, perfecto, presente en todas partes, inefable, misericordiosísimo, generosísimo, compasivísimo, omnipotente, omnividente.

Dice el gran Dionisio que Dios, poseyendo la perfección, no se fuerza a sí mismo a ninguna virtud, como hacen los hombres virtuosos; quiere el bien y lo hace, y usa las virtudes como instrumentos. Los ángeles y los hombres virtuosos recibieron de Él las virtudes junto con el ser, por gracia. Imitándolo en las virtudes, se hicieron justos, buenos y sabios. Y puesto que son criaturas, necesitan la ayuda y la condescendencia del Todopoderoso, y sin ellas no pueden tener ni virtud ni sabiduría; pues las criaturas están muy sujetas al cambio y, al estar compuestas de cosas diversas, se llaman compuestas. Pero Dios es incorpóreo y sin principio, el único Dios en Padre, Hijo y Espíritu Santo, adorado y glorificado por toda la creación.

El hombre que lleva su semejanza tiene una voluntad única, no compuesta de muchas, y un intelecto puro, que en cuanto puede se ejercita siempre en la contemplación al margen de las cosas visibles, y desciende de propósito, aun a su pesar, desde la contemplación de lo invisible a la contemplación de algunas palabras de las Escrituras o de las criaturas. Y para no incurrir en condenación, cuida del cuerpo, no porque lo ame y quiera regalarlo, sino para que no se debilite del todo, pues también eso trae condenación, como hemos dicho. Como el intelecto no rechaza las potencias pasibles, sino que las usa conforme a la naturaleza, así el alma no rechaza el cuerpo, sino que lo usa para toda buena obra. Y como el intelecto, refrenando los impulsos irracionales de las pasiones, dirige cada uno de ellos a la voluntad de Dios, así el hombre, refrenando los miembros del cuerpo, hace una sola voluntad y no varias. No permite que los cuatro elementos del cuerpo ni sus muchos miembros hagan lo que quieren; ni permite que las tres potencias del alma piensen irracionalmente o impulsen al cuerpo a obrar; sino que, cuidando de la sabiduría espiritual, cumple la voluntad indivisa de las tres potencias. Hay cuatro clases de esta sabiduría: la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia, de las cuales el Teólogo escribió grandes cosas en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.

Este es ya el decimoséptimo Discurso, sobre una de las virtudes principales; hemos llegado a la letra «ro». La prudencia es la primera de las cuatro. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 17. Quien desee conocer las cuatro virtudes principales hará bien en leer sobre ellas en el Teólogo; aquí, con todo, se escribe algo breve sobre cada una. Toda conducta recta requiere estas cuatro, y todo propósito necesita la primera de ellas, esto es, la prudencia, sin la cual nada puede llevarse a cumplimiento. Pues ¿cómo se hará algo sin prudencia? Esta prudencia nace del saber y se halla a medio camino entre la astucia, o sagacidad torcida, y la ignorancia. La astucia inclina la sabiduría hacia abajo y daña el alma de quien la tiene, y a otras almas cuanto puede. La ignorancia hace al hombre insensible y vano y no le deja cuidar ni de las cosas divinas ni de lo que es bueno para su alma y para sus prójimos. La primera es como un monte alto, la segunda como un hoyo; y quien camina por la llanura entre ambos es prudente. Pero quien se aparta del camino, o cae en el abismo, o intenta subir al monte y, no hallando salida, cae a su pesar en el abismo y no puede levantarse, porque no quiere bajar de la altura del monte a la prudencia mediante el arrepentimiento. En cambio, el que ha caído en el hoyo ruega humildemente a Aquel que puede conducirlo al camino de la virtud que corre entre ambos. El prudente ni se ensalza ni busca a quién dañar; no se hunde en la necedad y de nadie recibe daño, sino que reúne lo mejor y guarda lo que ha reunido en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.

La letra es «sigma», y a ella pertenece el decimoctavo Discurso, sobre la templanza. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 18. La castidad es sabiduría sana, es decir, sabiduría no quebrantada. A quien la posee no le permite desviarse ni hacia la disolución ni hacia la dureza de corazón. Conserva lo que la prudencia reúne, rechaza todo lo peor, recoge el pensamiento en sí misma y por sí misma lo eleva a Dios. Como buen pastor que reúne sus ovejas, así recoge dentro los pensamientos divinos, y mata el desenfreno como a un perro rabioso, evitando todo lo dañoso. Expulsa la dureza de corazón como a un lobo salvaje y no la deja devorar las ovejas en el pasto, sino que la vigila siempre y saca a la luz sus argumentos, para que no se esconda en la oscuridad ni se deslice entre los pensamientos.

Toda castidad nace de la potencia desiderativa del alma, y sin ella no se conservará bien alguno, aun cuando se haya alcanzado. Pues cuando la castidad no está entera, las tres potencias del alma se lanzan o hacia arriba o hacia abajo, esto es, hacia la dureza de corazón o hacia la dispersión de lo recibido. Y la disolución no la mueven solo la gula y la fornicación, sino toda otra pasión y todo pensamiento que no viene de Dios y sin embargo se acoge de buen grado. La castidad calma todas estas pasiones, refrena los anhelos irracionales del alma y del cuerpo y los dirige a Dios, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

La letra es «tau», y el decimonoveno Discurso trata de la fortaleza, que nace de la potencia irascible y está entre la audacia y el miedo. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 19. Tener fortaleza no significa vencer y someter al prójimo; eso es audacia, y está por encima de la fortaleza. Ni significa retroceder por miedo ante las tentaciones, los trabajos y las virtudes divinas; eso es cobardía, y está por debajo de la fortaleza. La fortaleza es perseverar en toda obra buena y vencer las pasiones del alma y del cuerpo. «Porque no luchamos contra carne y sangre» —es decir, no contra hombres, como hacían antaño los judíos, que pensaban que quien vencía en batalla a otros pueblos hacía buena obra— «sino contra principados, contra potestades», esto es, contra los demonios invisibles (Ef 6,12). Quien combate interiormente vence a las pasiones, o es vencido por ellas; la guerra que hacían los judíos es figura de esta lucha.

Estas dos pasiones, aunque opuestas entre sí, se oponen juntas a nuestra debilidad. La audacia arrastra al hombre hacia arriba y lo asusta con sus amenazas, como un oso sin verdadera fuerza; la cobardía huye como un perro al que ahuyentan. Pues ninguno de los que tienen estas dos pasiones confía en el Señor. Por eso ni el temerario ni el cobarde resistirán en la batalla. Pero «el justo es audaz como un león» (cf. Pr 28,1), esperando en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.

El vigésimo Discurso, con la letra «ípsilon», sobre la justicia de todas las virtudes. La justicia las equilibra todas y nace ella misma del intelecto. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 20. «Dios es glorificado porque es justo», dice el gran Dionisio. Y así es; y con razón, pues sin la justicia todo es injusto y no puede sostenerse. A la justicia se la llama también discreción, y equilibra todo a cada paso, para que no haya falta por defecto ni exceso por exageración. Pues estos dos, aunque parezcan contrarios, estando uno por encima y otro por debajo de la justicia, ambos se inclinan a la mentira. Cuando una línea se dobla hacia un lado o se curva, se aparta de su dirección original; y hacia el lado de la balanza al que se incline el peso, ese lado queda más bajo que el otro.

Quien sabe conservar la justicia no cae ni por ignorancia, ni por obstinación, ni por miedo, ni por esfuerzo excesivo; no se arrastra como serpiente sobre su vientre, comiendo tierra y sirviendo a las pasiones del deshonor; ni se levanta con ira y arrogancia, dureza y desprecio, pensando «más alto de lo que conviene pensar» (Rm 12,3), sino que pondera con todo su ser y soporta todo con humildad, sabiendo que cuanto tiene lo ha recibido por gracia, como dice el Apóstol (cf. 1 Co 4,7), y no lo niega. Pues el hombre se daña a sí mismo y a su prójimo, y lo que es peor, deshonra a Dios, cuando se atribuye a sí mismo las buenas obras; y si piensa que tiene algún bien propio, «aun lo que cree tener se le quitará» (Lc 8,18), como dice el Señor. A Él sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.

La letra «fi» y el vigésimo primer Discurso, sobre la paz perfecta de los pensamientos, tal como la recibieron los discípulos del Señor, puesto que fue dada por Dios. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 21. El Señor, tras decir a los apóstoles «Mi paz os doy», añadió: «no como el mundo la da», es decir, no del modo sencillo en que entonces era costumbre entre los hombres decirse unos a otros «La paz sea contigo» al saludarse; como dijo la sunamita «Paz», y como dijo Eliseo a Guejazí: «¿Estás bien? ¿Está bien tu marido? ¿Está bien el niño?» (cf. 2 R 4,23.26). El Señor da una paz que sobrepasa todo entendimiento; la da a quienes lo aman con toda el alma, por causa de las tribulaciones y luchas que la preceden.

Por eso dice el Señor: «Os he dicho esto para que en Mí tengáis paz», y añade: «En el mundo tendréis tribulación. Pero tened ánimo: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Es decir, aunque un hombre tenga grandes penas y muchas dificultades de parte de los demonios y de los hombres, teniendo la paz del Señor no les presta atención. Y de nuevo dice: «Tened paz entre vosotros» (Mc 9,50). Todo esto lo predijo el Señor a los apóstoles, porque habían de salir a la guerra y padecer penas por su causa. En esta lucha, cada uno de los que creemos es asaltado por pasiones y tentaciones, y el hombre que tiene paz con Dios y con su prójimo las vence todas.

Este es el mundo que Juan el Teólogo nos mandó no amar (cf. 1 Jn 2,15) —no la creación, sino los deseos de la carne—. El alma está en paz con Dios cuando está en paz consigo misma y todo en ella está en Dios; y esto sucede cuando tiene paz con todos los hombres, aun cuando padezca de su parte. No se irrita, y por eso no se turba, sino que todo lo soporta y a todos desea el bien, amando a todos por Dios y por nuestra naturaleza común. Llora por los incrédulos como por quienes perecen, según hicieron el Señor y los apóstoles, y ora y sufre por los fieles (cf. Lc 23,34; Hch 7,60). Y así recibe la paz de los pensamientos y habita en Dios mediante la oración pura y la contemplación. Gloria a Él por los siglos. Amén.

El vigésimo segundo Discurso y la letra «ji», sobre el hecho de que el gozo nace de la paz. Poco se dice aquí de él, porque hay también otro gozo, espiritual. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 22. «Alegraos en el Señor» (Flp 3,1), dice el Apóstol. Y bien dice: «en el Señor». Pues si el gozo no está en el Señor, el hombre no solo no se alegra, sino que nunca se alegra de veras. Job, considerando la vida humana, vio que está llena de tristezas (cf. Jb 14,1); y lo mismo Basilio el Grande. Y Gregorio de Nisa dice que los animales pueden alegrarse por su insensibilidad, pero que los hombres racionales nunca deberían dejar de llorar: «Pues ni siquiera hemos conocido aquellos bienes de los que caímos.» La naturaleza misma nos enseña, pues, a llorar, ya que esta vida es penosa, laboriosa y pecadora, como un destierro.

Pero quien recuerda siempre a Dios se alegra, según las palabras del salmista: «Me acordé de Dios y me alegré» (Sal 76,4). Recordando a Dios, el intelecto se alegra, olvida las tristezas del mundo, confía en Dios y queda libre de cuidados. La libertad de cuidados trae gozo y lleva a la acción de gracias. La acción de gracias unida al discernimiento aumenta los dones y las dádivas. Cuanto más se meditan los beneficios de Dios, tanto más crece la gratitud, y la oración pura con lágrimas de gozo; y lentamente el hombre se libra de las lágrimas de tristeza y de las pasiones y se acostumbra al gozo espiritual. Se humilla por causa de ese deleite y da gracias; y por las tentaciones recibe la confirmación de su esperanza futura. Con ambas cosas se consuela, y ama a Dios, y ama naturalmente a todos los hombres como bienhechores, y no hay en criatura alguna nada que pueda dañarlo. Al contrario, iluminado por el conocimiento de Dios, se alegra en el Señor junto con todas las criaturas, maravillándose de cómo Dios cuida de lo que ha hecho. Y se maravilla no solo de lo que es evidente y digno de alabanza, sino que, habiendo alcanzado el conocimiento espiritual, se asombra también de lo que está oculto a los inexpertos.

Se maravilla no solo de día, por causa de la luz, sino también de noche. La noche es útil para todos: da quietud y ejercicio al asceta; lleva a quienes lloran al recuerdo de la muerte y del fin; y a quienes están en la lucha espiritual los conduce a un examen y prueba más perfectos de sus obras y los prepara para ordenar sus hábitos, como dice el salmista: «Arrepentíos en vuestros lechos de lo que decís en vuestros corazones» (cf. Sal 4,5), es decir, arrepentíos en el silencio de la noche, recordando las trampas que vienen de día; y «cantando himnos y cánticos espirituales» (cf. Col 3,16), esto es, aprended a permanecer en oraciones y salmos mediante el estudio y la lectura atenta. Así se realiza la actividad espiritual: reflexionar sobre lo sucedido durante el día, para que en el silencio de la noche el hombre comprenda y llore aquello en que ha pecado. Y cuando la gracia lleva al asceta a algún progreso y él halla verdaderamente —no en la imaginación— algo provechoso para su alma y su cuerpo, sea en obras o en palabras según el mandamiento de Cristo, da gracias con temor y humildad y trabaja con oración y abundantes lágrimas, pidiendo a Dios que le conserve ese buen hábito, y enseñándose a recordarlo para no perderlo por olvido; pues un buen hábito solo se establece en nosotros con mucho tiempo y gran esfuerzo. Así sucede con el hombre de acción.

«La noche trae muchas visiones al contemplativo», dice Basilio el Grande, «pues le recuerda la creación del mundo.» De noche toda la creación queda escondida en la oscuridad, como estaba en el principio, y esto inclina al asceta a la contemplación. Como entonces solo había cielo y no estrellas, así ocurre ahora, cuando las nubes las cubren. Al entrar en su celda y ver solo oscuridad, el asceta recuerda las tinieblas que había «sobre el abismo» (Gn 1,2); y luego, cuando sale de la celda y ve el cielo despejado y la hermosura de los cielos, queda maravillado y alaba a Dios, como dice el libro de Job de los ángeles cuando vieron las estrellas (cf. Jb 38,7). Ve también la tierra, «informe y vacía» (Gn 1,2) como al principio, y a los hombres envueltos en el sueño como si no estuvieran allí, y se siente solo, como lo estuvo Adán, y en su intelecto alaba al Creador y Hacedor junto con los ángeles.

Y cuando hay truenos y relámpagos, piensa en el Día del Juicio; en las voces de los pájaros le parece oír el sonido de la trompeta que entonces sonará; en la salida de una estrella y en sus rayos ve la aparición de la honorable y vivificante Cruz; compara el levantarse de los hombres del sueño con la resurrección, y la aparición del sol con la venida del Señor. Y como algunos saludan al sol con cánticos, así un día cantarán los santos sobre las nubes, mientras otros están descuidados y duermen, como aquellos que caerán bajo el Juicio. Los primeros pasan todo el día en glorificación, contemplación, oración y las demás virtudes, gozándose y morando en la luz del conocimiento, como harán los justos; los segundos permanecen en las pasiones y en la oscuridad de la ignorancia, como estarán los pecadores.

Por eso el hombre que tiene conocimiento halla que todo coopera con él para la salvación de su alma y para la gloria de Dios, por quien «el Señor, Dios de todo saber», creó todas las cosas. Por eso la madre del profeta Samuel dice: «No se gloríe el sabio en su sabiduría… sino que el que se gloría, gloríese en esto: en entender y conocer al Señor» (cf. 1 S 2,3.10) —es decir, quien conoce al Señor por sus criaturas y lo imita en la fortaleza, guardando sus mandamientos—; y entonces podrá obrar juicio y justicia sobre la tierra. Esto dijo ella profetizando la crucifixión y la resurrección de Cristo.

Por tanto, padezca el asceta con Cristo, adquiriendo las virtudes, y hágase conocido por la impasibilidad y el conocimiento, y tenga su alabanza dentro de sí, porque ha sido tenido por digno de ser siervo de tal Señor e imitador de su humildad. Y entonces tendrá «alabanza de Dios» (Rm 2,29), según el Apóstol. ¿Y cuándo será eso? Cuando el Señor «diga a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino» (Mt 25,34). Que todos seamos hallados dignos de ello, por su gracia y su amor a los hombres. A Él sea la gloria y el poder por los siglos. Amén.

El vigésimo tercer Discurso, sobre las Escrituras: que no hay en ellas discrepancia alguna, cuando un hombre quiere estudiarlas y entender lo escrito como se debe. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 23. «Cantad con entendimiento» (Sal 46,8), dice el profeta; y el Señor dice: «Escudriñad las Escrituras» (Jn 5,39). Quien las atiende es iluminado; quien no las atiende queda entenebrecido. Quien está desatento a las palabras que pronuncia saca poco fruto de las Divinas Escrituras, aunque las cante y las lea a menudo. «Estad quietos y conoced» (Sal 45,11), dice el salmo, pues la quietud concentra el intelecto. Si un hombre está atento aunque sea un poco, entonces, según el Apóstol, «conoce en parte» (1 Co 13,12), sobre todo cuando su actividad espiritual es todavía imperfecta, pues es ella la que enseña al intelecto a combatir las pasiones. Con todo, tal hombre no conoce todos los misterios escondidos en cada palabra de la Escritura, sino solo cuanto la pureza de su intelecto puede recibir por gracia.

Esto se ve claro en que a menudo damos con las mismas palabras varias veces y captamos uno o dos de sus sentidos; y al cabo de un tiempo el intelecto se aclara y se hace capaz de entender otro sentido, más alto que el primero. Al no lograr comprender, y maravillándose de la gracia de Dios y de su inefable sabiduría, el intelecto queda atónito y tiembla ante el Señor que todo lo conoce, como dice la profetisa Ana: «El Señor es Dios de todo saber.»

No digo que cuando un hombre ha oído algo de las Escrituras o de otro hombre, eso no sea pureza de intelecto o revelación. Pero cuando algo se le revela a alguien, no lo crea por su propia autoridad si no halla en las Divinas Escrituras o en alguno de los santos confirmación de su comprensión de la Escritura, o del sentido o de la condición de las cosas. Y si halla no un sentido sino varios, u oye varios de las Divinas Escrituras o de los santos padres, acéptelo y no piense que son desacuerdos. Pues sucede que una cosa es una sola y sin embargo sirve a muchos fines. Es como un vestido: uno dirá que abriga, otro que adorna, un tercero que cubre —y los tres dicen verdad—, pues la ropa hace falta para el abrigo, para cubrir y para adornar. Estos tres han discernido el propósito divino del vestido, y tienen por testigos las Divinas Escrituras y la naturaleza de las cosas. Pero si alguien, siendo ladrón o salteador, dijera que la ropa hace falta para robar o saquear, eso sería un gran engaño; ni la Escritura ni la naturaleza de las cosas confirman que exista para esto, y la ley misma castiga el robo y el saqueo. Así ocurre con todas las cosas sensibles, con las condiciones y con las palabras de la Divina Escritura.

Ni siquiera los santos conocen todos los propósitos de Dios en todas las cosas o en todas las palabras escritas; y cuando los conocen, no ponen al punto por escrito todo lo que saben. Esto es así porque Dios es inconmensurable y su sabiduría es infinita, y ni ángel ni hombre puede contenerla, como dice Crisóstomo acerca de cierta revelación. También nosotros hemos dicho solo cuanto había que decir hoy; y Dios conoce tanto aquello de lo que hemos hablado como otras cosas que no podemos sondear. Además, no sería provechoso que los santos dijeran todo lo que saben, por la debilidad humana, y porque el Discurso se alargaría demasiado y se haría fastidioso o casi incomprensible por la confusión; sea más bien medido lo que se dice, según el Teólogo.

Por eso el mismo santo dice hoy una cosa sobre un asunto y mañana otra; y cuando el oyente tiene conocimiento o experiencia, no hallará contradicción en lo dicho. Así también un padre dice esto y otro aquello sobre las mismas palabras de las Divinas Escrituras, porque lo divino concede a menudo lo uno y lo otro por gracia, según el tiempo y la disposición de la persona. Solo hay que procurar que cuanto se haga y cuanto se diga se haga y se diga conforme al propósito divino y tenga alguna confirmación en las Divinas Escrituras, para que no oigamos del Apóstol: «¡Sea anatema!» (cf. Ga 1,8), si alguien anuncia un evangelio contrario al propósito divino o más allá de la naturaleza de las cosas, aunque sea un ángel, como dicen el gran Dionisio, Antonio y Máximo el Confesor. Por eso dice Crisóstomo: «No nos lo dieron los hijos de los griegos, sino las Santas Escrituras.»

No hay contradicción en que la Escritura diga de cierto hombre que no vio Babilonia durante el cautiverio (cf. Ez 12,13), mientras en otro lugar dice que fue llevado a Babilonia con los demás. Quien lea con intelecto sano hallará en otro pasaje de la Escritura que fue cegado y llevado así cautivo, y que finalmente llegó a Babilonia (cf. Jr 39,7.9); uno lo dijo de él, mientras el otro no lo vio y por eso no lo dijo.

Además, algunos, por inexperiencia, dicen que la Epístola a los Hebreos no fue escrita por el apóstol Pablo, y que cierto Discurso de san Dionisio no fue escrito por san Dionisio. Pero si eres atento, puedes hallar la verdad en los Discursos mismos. Pues los santos, cuando se trata de un asunto natural que puede explicarse por el discernimiento, es decir, por el conocimiento natural, considerando las cosas creadas con pureza de intelecto, hablan con toda vigilancia, examinando las Escrituras y el conocimiento de Dios. Dice Crisóstomo que son como los mineros de oro que, buscando oro, examinan las vetas más delgadas, para que no se pierda «ni una jota ni una tilde» (cf. Mt 5,18), como dijo el Señor. La iota es la décima letra, y sin esa tilde no se puede escribir correctamente. Y esto se dice de las cosas que están dentro de la naturaleza.

Pero cuando una cosa sensible o una condición está por encima de la naturaleza, entonces los santos conocen la palabra escrita por intuición y revelación, si el Espíritu Santo les concede conocimiento de ello. Y si no se lo concede, sino que lo mantiene oculto para nuestro provecho, no se avergüenzan de decir la verdad y de reconocer la debilidad humana, diciendo: «No lo sé; Dios lo sabe» (cf. 2 Co 12,3), según las palabras del Apóstol. Y como dice Salomón: «Tres cosas me son demasiado maravillosas, y una cuarta no la entiendo» (Pr 30,18). Y dice de nuevo Crisóstomo: «No lo sé; y si los herejes me llaman estúpido, que me llamen necio.»

En pocas palabras: quienes poseían una doble sabiduría dieron preferencia a la sabiduría de lo alto, pero usaron sabiamente y con moderación el saber exterior, guardando la regla apostólica de no gloriarse desmedidamente, a diferencia de aquellos egipcios que se burlaron de las palabras sencillas del apóstol Bernabé porque no comprendían que en su predicación estaban las palabras de vida eterna, como relata Clemente. Muchos de nosotros hacemos lo mismo: cuando alguien habla en lengua extranjera nos reímos, aunque en su propia lengua sea sabio y hable de misterios temibles; y esto sucede por inexperiencia.

Los padres escribieron sencillamente a propósito, teniendo en cuenta el tiempo y la persona para quien escribían. San Gregorio de Nisa, alabando a san Efrén porque, siendo sabio y muy versado en los dogmas, escribió con sencillez, dice admirado con qué destreza pegó las páginas de los libros heréticos de aquel necio hereje, quien, no pudiendo soportar tal vergüenza en su soberbia, se quitó la vida. Hay una humildad santa que está por encima de la naturaleza, y el incrédulo no puede poseerla y la juzga contraria a la naturaleza, como escribió el gran Dionisio a san Timoteo acerca de tal hombre: los antiguos tenían la resurrección de los muertos por contraria a la naturaleza, pero «para mí y para ti y para la verdad no es contraria a la naturaleza, sino superior a ella». Y es superior a la naturaleza solo para nosotros; para Dios es natural, pues el mandamiento de Dios es la naturaleza misma de la resurrección.

Los padres acogen la humildad tanto en palabra como en obra. Así, el que escribió los capítulos sobre el gobierno de los ancianos, aunque era obispo y había sido desterrado por Cristo, dijo del cuerpo de una virgen que lo tomó consigo para recibir una bendición. Y los santos padres Doroteo y Casiano, que eran muy sabios, escribieron con sencillez. Esto se dice para que nadie piense que algunos escribieron con elegancia por soberbia y otros con sencillez por ignorancia; su intelecto es uno y el mismo, pues el Espíritu Santo se lo dio, para que su escritura fuera útil a todos. Si todos escribieran con sencillez, nada sería útil a los doctos, pues la llaneza del lenguaje les haría despreciar lo escrito; y si todos escribieran con elegancia, nada sería útil a los indoctos, pues no captarían la fuerza de lo dicho. Quien tiene experiencia en la comprensión de las Escrituras sabe que la palabra más sencilla y la más docta tienen un mismo sentido y están igualmente ordenadas a la salvación de los hombres.

Quienes no saben esto se extravían a menudo, sin entender que las ciencias del mundo son de gran ayuda si se convierten en vehículo de la sabiduría del Espíritu. Pues las primeras dan pensamientos claros y la segunda da fuerza a la palabra, si el hombre posee una sabiduría firme junto con la castidad, que enseña «a no pensar más alto de lo que conviene pensar, sino a pensar con sobriedad» (Rm 12,3), según el Apóstol. La palabra «amén», tan repetida en los Evangelios, se sustituye en el Evangelio de Lucas por la palabra «verdaderamente», porque es palabra firme que confirma todo lo dicho antes. Igualmente la sabiduría es conocimiento firme que puede preservar la verdad. La palabra «amén» significa la venida de la nueva gracia; por eso no se halla en el Antiguo Testamento, que era figura, mientras que en la nueva gracia se repite por todas partes, porque esa gracia permanece por los siglos de los siglos.

Grande es ahora el vigésimo cuarto Discurso, que da entendimiento al corazón, para que cada uno sepa lo que le es provechoso. Bendice, padre, el comienzo del Discurso.

Discurso 24. ¡Oh, cómo quisiera tener lágrimas cada vez que me miro a mí mismo aunque sea un poco! Cuando no he pecado, me ensoberbezco; cuando peco y lo veo, quedo confundido por mi inexperiencia y caigo en la desesperación. Cuando me refugio en la esperanza, viene la soberbia; cuando empiezo a llorar, viene la arrogancia; y cuando no lloro, vuelven las pasiones. Mi vida es como la muerte, y la muerte es todavía peor, pues temo el tormento. Mi atención se me vuelve tentación, y mi falta de atención se me vuelve ruina. «Quien añade conocimiento añade sufrimiento» (cf. Qo 1,18), dice Salomón. Estoy atónito y turbado y no sé qué hacer. Y aunque sepa y no obre, ese conocimiento es mi condenación.

¡Ay de mí! ¿Qué escogeré? Por ignorancia todo se me presenta al revés de lo que es, y no acierto a decir qué es lo mejor. No hallo la rectitud y la sabiduría escondidas en las tentaciones, porque no tengo paciencia. Me aparto de la quietud por mis pensamientos, mientras que por fuera las pasiones me tientan por los sentidos. Cuando quiero ayunar y guardar silencio, me lo estorban la arrogancia y la debilidad; por ellas duermo más de la cuenta, y así peco contra mi voluntad. Me aparto de todo y huyo por temor al pecado, y entonces el hastío me debilita.

Pero veo también a muchos que reciben coronas por tales asaltos y tentaciones, porque tienen una fe firme por la cual recibieron el temor de Dios, y por el temor alcanzaron las demás virtudes. Si yo tuviera una fe como la suya, habría ganado el temor, y por el temor la piedad, según las palabras del profeta; y habría recibido aquella visión de la que vienen la fuerza y el gozo y el conocimiento y la sabiduría del Espíritu (cf. Is 11,2) en quienes están seguros en Dios y se ejercitan con paciencia en las Divinas Escrituras, de modo que lo malo y lo bueno les resultan iguales.

El tiempo y la experiencia nos mostrarán cuándo alguna pasión se convierte en virtud, y el tiempo y la experiencia unidos a la paciencia mostrarán cuándo alguna virtud resbala hacia la pasión. Y si la paciencia no nace de la fe, el hombre no puede tener virtud. «Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas» (cf. Lc 21,19), dice el Señor. «Él formó uno a uno sus corazones» (Sal 32,15), como dice el salmista: de donde se ve que el corazón, es decir, el intelecto, se forma individualmente, mediante la paciencia en lo que nos sobreviene. Quien cree que tiene a Uno inviolable que sostiene su vida no escuchará sus propios pensamientos, que dicen: quiero esto y no quiero aquello; esto es bueno y aquello es malo. Si tiene un guía espiritual visible, debe preguntarle sobre todo, escuchar sus respuestas y poner por obra lo que le diga. Y si no hay tal guía, está Cristo, según el obispo de Eucaítas.

Hay que preguntarle en oración desde el corazón y con fe aguardar su respuesta en obra y palabra, para que Satanás, que no puede producir obras, no responda con palabras, fingiéndose guía, y arrastre a la perdición a quienes no tienen paciencia. Por ignorancia, tales hombres se apresuran a aceptar algo que jamás les llegará, pues «un día ante el Señor es como mil años, y mil años como un día» (2 P 3,8). Quien por la paciencia ha ganado experiencia de las tretas del enemigo, según el Apóstol (cf. Rm 5,4), trabaja y lucha y avanza en la paciencia, para comprender y poder decir: «No ignoramos sus designios», esto es, sus ardides, desconocidos para muchos. «El mismo Satanás», dice el Apóstol, «se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14); y no es de extrañar, pues los pensamientos que siembra en el corazón parecen a los inexpertos pensamientos de verdad.

Por eso tal hombre no sabe dónde está el bien; no se fía de lo que un ángel pueda decir, ni de lo que venga de las tretas del enemigo, sino que con paciencia se mantiene lejos de ambos extremos y espera incluso años hasta que el asunto dé fruto sin su propio consentimiento. Como dijo alguien acerca de la contemplación de los seres, es decir, de las criaturas de Dios: si llegas a alguna morada, esto es, al conocimiento activo, y permaneces en ella muchos años, entonces sabrás que has sido escuchado y que has recibido respuesta invisiblemente. Es decir, cuando un hombre ora para vencer las pasiones que lo dominan, y no oye palabras ni ve imagen de tentación —y aunque algo así ocurra en sueños o por los sentidos, no lo cree—, entonces al cabo de algunos años verá que la lucha se va ganando por la gracia y por ciertos pensamientos que inclinan el intelecto a la humildad y al conocimiento de su propia debilidad; y ni siquiera eso se fiará, sino que esperará muchos años, temiendo que sea un robo, como dice Crisóstomo de los apóstoles. Por eso les dijo el Señor aquellas palabras dolorosas y añadió: «El que persevere hasta el fin, ese será salvo» (Mt 10,22), para que nunca se sintieran seguros, sino que trabajaran con temor.

Pues nadie sacará provecho de las demás virtudes, aunque viva como en el cielo, si tiene soberbia, por la cual cayeron el diablo, y Adán, y muchos otros. Por tanto, que nadie deseche jamás el temor hasta llegar a la morada del amor perfecto y hallarse fuera del mundo y fuera del cuerpo. Tal hombre dejará el temor no por su propia voluntad, sino por una gran fe; hará seguro su intelecto respecto de la vida y la muerte del cuerpo y llegará al puro temor del amor. De esto dice Atanasio el Grande a los perfectos: «No temas a Dios como a un verdugo, sino témele por amor.» A Dios se le debe temer no solo por el pecado, sino porque Dios nos ama y nosotros no lo amamos, y porque nos cubre a nosotros, indignos, con su gracia; para que el hombre, temiendo tales beneficios, incline su alma al amor y se haga digno de los bienes que ha recibido y sigue recibiendo, y pase del puro temor del amor a una humildad que está por encima de la naturaleza.

Por mucho bien que tal alma haga y por mucho mal que soporte, jamás piense que por su propia fuerza y su propio conocimiento pudo soportar el sufrimiento o guardar de daño al alma y al cuerpo. Por la humildad y la sabiduría ha recibido el discernimiento, y por el discernimiento sabe que es criatura de Dios y que no puede ni hacer el bien por sí misma, ni conservar el bien que viene por gracia, ni vencer las tentaciones, ni soportar con su propia fortaleza o sabiduría. Así, del discernimiento pasa a una comprensión más honda de las cosas y comienza a mirar a todas las criaturas con el intelecto. No sabiendo lo que esto significa, busca al Maestro y no lo encuentra, porque es invisible y no acepta revelación alguna infundada o no confirmada, aunque el alma esté acostumbrada al discernimiento; y queda muy asombrada. Todo lo que procede de sí misma y todo lo que aprende por sí misma nada vale, cuando ve ante sí a tantos que cayeron después de muchos trabajos y mucho conocimiento, desde Adán en adelante. Así escucha las Divinas Escrituras y no entiende nada en ellas, y entonces empieza a llorar, reconociendo su falta de comprensión, pues sabe que nada sabe.

Esto es verdaderamente admirable: «Si alguno se imagina saber algo, aún no sabe como conviene saber» (1 Co 8,2). Y a quien piensa que posee algo, «aun lo que tiene se le quitará» (cf. Mt 13,12), dice el Señor; pues solo creía tenerlo, y en realidad no lo tenía. Pero el otro se tiene por loco y necio, débil e ignorante, y por eso llora y se lamenta, creyendo que ha recibido por virtud lo que no tiene.

La humildad nace de muchas virtudes, y es precisamente la humildad la que engendra las más perfectas. Así ocurre con el conocimiento, la acción de gracias, la oración y el amor, pues estas virtudes crecen siempre. Es decir, cuando un hombre se humilla como pecador, y llora, y se abstiene de todo, y soporta voluntaria e involuntariamente las penas que vienen de los demonios y de los hombres por causa de la lucha que prueba la fe, para que se manifieste si espera en Dios, o en el hombre, o en su propia fuerza y sabiduría; y cuando ha pasado la prueba de la paciencia y ha aprendido a apoyarse en Dios, recibirá aquella gran fe de la que dice el Señor: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?» (Lc 18,8). Con esta fe vence a sus adversarios; y habiéndola recibido, conoce su propia debilidad e ignorancia por la poderosa sabiduría de Dios, que se le revela.

La gracia comienza a crecer en un alma humilde, y el alma tiembla, temiendo no obedecer a Dios como antes. Y del puro temor, que es sin pecado, y de la acción de gracias, la paciencia y la humildad, de las que se ve hecha digna por el conocimiento, comienza a esperar que por gracia obtendrá misericordia. Por su experiencia de los beneficios recibidos espera y a la vez teme resultar indigna de tales dones de Dios; y por eso crece en humildad y en oración del corazón. Y conforme estas crecen, tanto más conocimiento se recibe con gratitud. Y así, del conocimiento pasa al temor, y del temor a la acción de gracias y a la contemplación. Por esto empieza naturalmente a amar al Bienhechor y desea con gozo agradarle espiritualmente, como deudor; y crece al punto en devoción y, junto con los beneficios particulares recibidos, contempla también los generales. Incapaz de dar gracias por ellos, llora; y de nuevo, maravillándose de la gracia de Dios, halla consuelo.

A veces derrama lágrimas de dolor, a veces lágrimas de amor, más dulces que la miel: lágrimas de gozo espiritual, que nacen de una gran humildad, cuando el hombre desea verdaderamente la voluntad de Dios, aborrece el honor y la comodidad, se tiene por el menor de todos, no se juzga igual a nadie y se considera deudor ante Dios y ante los hombres. Por eso recibe las tentaciones y las penas como un gran beneficio, y tiene por gran pérdida el gozo y el descanso, y quiere saber con todo su corazón de dónde vienen, y los teme aun cuando Dios los envíe como prueba. Y cuando está así entre lágrimas, su intelecto comienza a adquirir pureza y vuelve a su estado original, esto es, al conocimiento natural que el amor de las pasiones había destruido en él.

Algunos llaman a este conocimiento natural sabiduría, porque el intelecto ve la naturaleza de las cosas; otros lo llaman consideración, porque el intelecto llega a conocer alguna parte de los misterios ocultos, es decir, del propósito de Dios revelado en las Divinas Escrituras y en toda la creación. La consideración nace del discernimiento y puede comprender la naturaleza de las criaturas sensibles e inteligibles; por eso se la llama visión de los seres, esto es, de las criaturas. Pero esto es natural y se produce por la pureza del intelecto. Si a alguien se le concediera la clarividencia para el bien común, eso estaría por encima de la naturaleza; pues solo Dios conoce de antemano para qué creó cada cosa y cada palabra de la Divina Escritura, y por gracia da este don a los dignos. Así pues, el conocimiento de las criaturas sensibles e inteligibles, que se llama sabiduría, es consideración y conocimiento natural, tal como nos pertenecía por naturaleza en el principio; pero las pasiones entenebrecieron el intelecto, y si Dios no hubiera quitado las pasiones mediante las virtudes activas, nadie tendría esta visión. Con todo, esto no es clarividencia: la clarividencia está por encima de la naturaleza y viene por gracia. Y aun así no existe sin Dios, como es evidente.

«Aunque los griegos inventaron muchas cosas, no comprendieron el propósito de Dios en la creación», dice Basilio el Grande, «ni conocieron a Dios, porque no tenían la humildad y la fe de Abrahán.» Quien pasa por la fe de lo visible a lo invisible puede llamarse creyente; pero quien cree solo lo visible no cree a quien le enseña o le predica. Por eso, para probar la fe las tentaciones están a la vista y la protección de Dios está oculta, a fin de que el creyente, cuando cese la tentación, halle conocimiento por la paciencia y aprenda lo que no sabía: que Dios es bueno con él; y dé el fruto de la humildad y del amor hacia Dios como Bienhechor y hacia el prójimo, para agradar a Dios. Esto lo oye como deber suyo y por eso desea guardar los mandamientos. Odia las pasiones como a un enemigo y desprecia el cuerpo como estorbo para la impasibilidad y para el conocimiento de Dios, es decir, de su sabiduría escondida.

Y verdaderamente está escondida. Pues el amigo de la sabiduría mundana vence y se alimenta de cosas mundanas y tiene el descanso y la gloria de este mundo; pero el amigo de la sabiduría de Dios hace lo contrario: trabaja duramente, se abstiene y soporta toda pena y deshonra por el Reino de los Cielos. El primero quiere acercarse a los bienes visibles, al saber mundano y a los reyes, y sufre mucho por ello; el segundo padece con los padecimientos de Cristo. El primero tiene aquí su esperanza, si es que le da tiempo a conservarla, pues es temporal y no se guarda fácilmente; la esperanza del segundo está aquí escondida a los ojos de los necios, como dice la Divina Escritura, y aparecerá en el siglo venidero, cuando todo lo oculto se haga manifiesto. Y no solo allí: también aquí, para consolar a los que lloran, se da un conocimiento escondido, según Crisóstomo; esto es, la contemplación de las Divinas Escrituras y de las criaturas.

De la fe nace el temor; del temor, el llanto; por el llanto, la humildad; y de la humildad, la consideración y, por gracia, la intuición espiritual. Que quien tiene conocimiento jamás insista en su propio entendimiento, sino que busque siempre confirmación en las Divinas Escrituras o en la naturaleza de las cosas. Si no hay tal confirmación, no es verdadero conocimiento, sino astucia y engaño, como dice Basilio el Grande acerca de las estrellas: la Divina Escritura nombra solo algunas de ellas, mientras los griegos, equivocadamente, les dan muchos nombres. Pues el propósito de las Divinas Escrituras es hablar de lo que puede salvar el alma y revelar a algunos los misterios de las Escrituras y la naturaleza de las cosas —es decir, el fin para el cual existe cada cosa—, a fin de iluminar el intelecto hacia el amor de Dios, para conocer su grandeza y su inefable sabiduría y la providencia con que cuida de la creación; para que el hombre que tiene este conocimiento tema traspasar sus mandamientos y reconozca su propia debilidad e ignorancia, y por ello sea humilde y sabio, y ame a Dios y no lo desprecie en sus mandamientos, como hacen quienes no lo conocen.

Con todo, Dios esconde también al hombre algunos misterios, para que desee conocerlos y no se ensoberbezca como Adán, a quien el enemigo halló fuera de los mandamientos y arrastró a su propia maldad. Así trata a los virtuosos; pero a los necios los asusta con tentaciones para que eviten el pecado, y los fortalece con bienes corporales para que no desesperen. Esto es lo que Dios hace siempre en su infinita bondad, para salvar a todos y librarnos de las redes del diablo, sea dándonos bienes y conocimiento, sea negándolos; y para el discernimiento de cada uno da dones y entendimiento. Lo mismo hizo con la Divina Escritura, dándole un sentido escondido, que distintos hombres captan para su propio provecho según el deseo del que lee. No era este el fin de los sabios del mundo: cada uno intentaba vencer al otro y parecer más sabio. Por eso ni ellos ni quienes siguieron su ejemplo hallaron al Señor, aunque quizá trabajaron mucho. «Dios no se manifiesta al esfuerzo», dice el autor de la Escala, «sino a la humildad y a la sencillez por la fe» —es decir, por el conocimiento de las Escrituras y de la naturaleza de las cosas, por aquella fe de la que dice el Señor: «¿Cómo podéis creer, vosotros que recibís gloria unos de otros?» (Jn 5,44)—. Esta es aquella gran fe con la que el hombre puede echar todos sus cuidados sobre Dios, la que el Apóstol llama fundamento (cf. 1 Co 3,11), la Escala llama madre de la quietud, y san Isaac llama fe de la visión y puerta del misterio.

Quien tiene tal fe está seguro en todo, como todos los santos, cuyos nombres mismos concuerdan con su fe, como también ocurría con los justos de antaño: el nombre Pedro significa firmeza; Pablo, consuelo; Santiago, vencedor, porque venció a Belial; Esteban viene de la corona inmarcesible; Atanasio, de la inmortalidad; Basilio, de la realeza; Gregorio es llamado divino en sabiduría, esto es, en teología; Crisóstomo, de la fe preciosa y la gracia muy deseada; Isaac, de la renuncia. Así, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento los nombres concuerdan con la fe. El nombre Adán corresponde a los cuatro puntos cardinales: A por oriente, D por occidente, A por norte, M por mediodía. Y la palabra que significa «hombre» en la lengua de aquel tiempo, esto es, el siríaco, significa «fuego», por la semejanza de la naturaleza: de un solo hombre proceden todos los hombres del mundo, así como de una sola vela puedes encender cuantas quieras sin que disminuya la fuerza de la primera. Cuando las lenguas fueron confundidas, en otros idiomas la palabra que significa «hombre» pasó a significar «olvido» o a tener otros sentidos según otros rasgos. Un griego dirá que «hombre» significa «el que mira hacia arriba». Pero la verdadera naturaleza del hombre es la razón; por eso lo llamamos racional, ya que solo él lleva esa marca. Los demás nombres del hombre pueden compartirse con otras criaturas, y por eso hay que dejarlos todos a un lado y, como se ha dicho, dar la primacía a la razón y a las palabras, armonizando nuestro pensamiento con la palabra de Dios, para recibir de Él no pensamientos, sino las palabras del Espíritu Santo, que son dignas de recibirse en este siglo presente, como está dicho: «Él da la oración al que ora» (cf. 1 S 2,9). Es decir, a quien ora bien con la oración corporal Dios le da la oración medida; y a quien es celoso en esta le da una oración invisible y sin imágenes, nacida del puro temor de Dios. Y a quien hace bien esto se le da el don de la contemplación de la creación; y de ahí, el arrebato del intelecto a la teología y a los bienes venideros se da al hombre que se aparta de todo y se ejercita en obra y palabra solo en la oración, y no únicamente de oídas.

Así, el conocimiento, aun contra la voluntad del hombre, lleva a la humildad a quien lo posee; este se avergüenza, porque no es digno de poseerlo, y se aparta de él como de algo dañoso —pues así enseña la humildad, según la Escala—, aunque le haya sido dado por Dios. Pero cuando un hombre tiene conocimiento y carece de humildad, entonces viene el desastre, como le sucedió a aquel cuya alma fue arrancada del cuerpo con tres garfios cuando vinieron por él los etíopes. Su nombre era grande y los hombres lo amaban tanto que todos lloraron a su muerte y tuvieron su pérdida por gran desgracia; y sin embargo, por la soberbia escondida en él, se oyó una voz de lo alto: «No le deis descanso, pues él no me dio descanso ni una sola hora.» ¡Ay! Todos lo llamaban santo, y muchos esperaban salvarse de muchas tentaciones por sus oraciones, y con todo sufrió tal fin por su arrogancia.

Que la causa fue la arrogancia puede verse por esto. Si hubiera sido otro pecado, no habría podido cometerlo siempre en secreto. Si hubiera sido herejía, aunque el hereje siempre irrita a Dios con la blasfemia en su mente, la herejía no permanece oculta: por providencia de Dios la herejía sale a la luz, sea para corregir al hereje cuando este quiere corregirse, sea, cuando no quiere, para confirmación de los demás. Por tanto, solo la altanería puede permanecer oculta a todos, e incluso al hombre que la tiene, si no se le permite caer en tentaciones que dejen el alma al descubierto para que conozca su debilidad y su ignorancia. Por eso el Espíritu Santo no tuvo ni una hora de descanso en aquella alma miserable: siempre albergaba ese pensamiento y se gozaba en él como si fuera algún éxito, y así se entenebreció como el diablo. Quizá aquel hombre, no viendo sus propios pecados, tenía solo esta pasión; pero a los demonios les bastó, ya que puede ocupar el lugar de todos los demás males, como dice la Escala. No lo deduje yo mismo ni comprendí cuál era la causa; lo oí de un santo anciano y lo puse por escrito.

El mismo anciano decía de san Pablo el Simple que el demonio no le obedeció en seguida ni salió del hombre, porque cuando Antonio el Grande le dijo: «Abba Pablo, expulsa el espíritu inmundo de este joven», Pablo no se inclinó al punto, sino que vaciló y preguntó: «¿Por qué no tú?» Y cuando oyó la respuesta: «Tengo otro asunto urgente», entonces obedeció. Y por esta razón, decía el bienaventurado anciano, el diablo no salió en seguida, sino solo tras mucho esfuerzo. Y con razón. No solo esto muestra que el anciano era portador de Dios, sino también su relato sobre el lavatorio de los pies, sobre la objeción de Moisés y sobre el profeta que buscaba quién lo hiriera.

Contaremos aquí esa historia. Dice la Escritura que cierto rey gobernaba su reino con crueldad. Dios, que ama a los hombres, no quiso tolerar tal crueldad y mandó a un profeta que fuera a reprender al rey. El profeta, conociendo la ferocidad de aquel hombre, no quiso ir tal como estaba, no fuera que el rey lo viera de lejos y, adivinando a qué venía, lo echara, de modo que el profeta no pudiera reprenderlo; y si decía: «He sido enviado por Dios a causa de tu crueldad», no sería escuchado. Por eso dispuso que alguien lo hiriera, para llegar cubierto de sangre como quien viene a presentar una queja, y ganarse así el oído del rey.

Mientras iba de camino, vio a un hombre con un hacha y le dijo lo que el Señor había mandado: que lo golpeara. Pero aquel hombre piadoso dijo: «No, señor mío; yo soy siervo de Dios y no pondré la mano sobre el ungido del Señor.» Y el profeta le dijo: «Porque no escuchaste la palabra del Señor, en cuanto te apartes de mí te herirá un león» (cf. 1 R 20,36). Esto no fue ira —que nadie lo piense—; fue para provecho de muchos. Aquel hombre bueno no murió simplemente: fue despedazado por un león según la palabra del Señor, y por una muerte amarga recibió una corona. Así también en los Dichos de los Ancianos se cuenta de cuatro ancianos que se pusieron de acuerdo y oraron para que el hermano que les servía fuera despedazado por un león a causa de la fornicación que había cometido; pero el Señor no los escuchó a ellos, sino que escuchó al hombre mudo que oraba para que el león se apartara de él.

Después el profeta halló a otro hombre, obediente, y le dijo: «Así dice el Señor: toma un hacha y golpéame en la cabeza.» Y en cuanto oyó las palabras «Así dice el Señor», sin deliberar largamente golpeó al profeta en la cabeza con el hacha (cf. 1 R 20,37). Y el profeta le dijo, como una vez lo hizo Moisés: «Hoy ha venido sobre ti la bendición del Señor (cf. Ex 32,29), porque has escuchado la voz del Señor.» El primer hombre tuvo reverencia al profeta por su gran gracia y no obedeció, como el apóstol Pedro cuando le lavaban los pies (cf. Jn 13,8); el segundo, sin deliberar largamente, obedeció, como obedeció el pueblo a Moisés cuando mandó dar muerte a los que habían pecado (cf. Ex 32,27).

Es claro por las Escrituras que quien obedece al mandato manifiesto de Dios obra mejor, pues obedece al mandato sobrenatural del Señor de la naturaleza y lo tiene por más sabio y más justo que el conocimiento natural; y quien no obedece obra menos bien, porque juzga su propio conocimiento mejor que los mandamientos de Dios. Pero no es así cuando el mandato está oculto: entonces todo depende de la intención de obedecer o desobedecer, y quien tiene intención de servir a Dios obra mejor. Cuando el mandato es manifiesto, Dios muestra ira al desobediente y bendición a quien escucha; pero cuando está oculto no es así, y, como hemos dicho, según el conocimiento natural ambos tenían razones y ambos eran buenos, ya que la intención de ambos era agradar a Dios.

Y el profeta vino al rey y, de pie ante él, dijo: «Sálvame, oh rey; mientras iba por el camino, alguien que me salió al encuentro me hirió en la cabeza.» Y el rey, viendo la sangre y la herida, montó en cólera, como acostumbraba —no contra el que se quejaba, sino, suponiendo que había que juzgar a otro y no a sí mismo, se pronunció contra el que había hecho aquello—. El profeta, oyendo lo que esperaba, dijo: «Bien has hablado, oh rey. Por eso, así dice el Señor: arrancaré el reino de tus manos y de tu descendencia, por esto que has hecho.» Así el profeta pronunció su profecía como había querido, y con destreza llevó al rey a escuchar lo que se decía de él, y se marchó alabando a Dios.

Tales eran las almas de los profetas, que amaban a Dios y por la contemplación de Él se esforzaban en cumplir sus mandamientos. Y con razón: quien conoce perfectamente un camino o un oficio lo recorre o lo practica con esmero y facilidad, y muestra a otros sin error cómo andar el camino o los secretos del arte y su conocimiento, aunque él sea joven y muy sencillo y ellos mayores y sabios en otras ciencias. Los profetas, los apóstoles y los mártires no aprendieron la contemplación de Dios y su sabiduría de oídas, como nosotros. Dieron sangre y recibieron el Espíritu, según el dicho de los padres: «Da sangre y recibe el Espíritu.» Por eso los padres, en lugar de la tortura de los sentidos, padecieron en su conciencia, y en lugar de la muerte corporal aceptaron una muerte de propio consentimiento, para que el intelecto venciera los deseos de la carne y reinara en Cristo Jesús nuestro Señor, a quien sea la gloria, el poder, el honor y la adoración, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Aquí terminan los trabajos de Pedro Damasceno, con acción de gracias a Dios.

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