Del mismo Evagrio el Monje: Capítulos sobre la diferencia entre las pasiones y los pensamientos

Del mismo Evagrio el Monje: Capítulos sobre la diferencia entre las pasiones y los pensamientos

1. De los enemigos que se oponen al arte de la vida ascética, los primeros que salen al combate son aquellos a quienes se han confiado los apetitos del hombre, y los que siembran en nosotros el amor al dinero y nos empujan a buscar la gloria de los hombres. Todos los demás se mantienen detrás y recogen a los que los primeros han herido. Nadie puede caer en manos del espíritu de fornicación si antes no ha caído por la gula; nadie puede indignarse con ira si no lucha por la comida, o la riqueza, o la gloria; y nadie puede escapar del espíritu de tristeza si no ha sufrido la pérdida de riqueza o de gloria. Nadie evitará el orgullo, primogénito del diablo, hasta que haya destruido el amor al dinero, raíz de todos los males, pues según la palabra de Salomón, «la pobreza humilla al hombre» (cf. Prov 10,4). En una palabra, el hombre no puede caer en manos del enemigo hasta que lo hieran los que van delante. Por eso el diablo puso una vez ante el Salvador estos tres pensamientos: que la piedra se convirtiera en pan; le prometió el mundo entero si el Señor se postraba ante él; y le dijo que si lo escuchaba sería glorificado y no sufriría daño al arrojarse abajo. Pero el Señor se mostró superior a estos pensamientos y mandó al diablo apartarse de Él, enseñándonos con ello que no se puede vencer al diablo sin despreciar estos tres pensamientos.

2. Todos los pensamientos demoníacos introducen en el alma representaciones de cosas sensibles, y el intelecto, al recibirlas, lleva en sí las imágenes de esas cosas, y por ello reconoce qué enemigo se ha acercado. Si en la imaginación aparece la figura de quien nos ofendió o nos deshonró, esto pone al descubierto el pensamiento del rencor. Cuando se recuerda la riqueza o la gloria, por ello reconocemos quién se levanta contra nosotros. Y en los demás pensamientos hallarás igualmente quién es el que ataca y los trae. Pero no todos los recuerdos de tales cosas vienen de los demonios, pues el propio intelecto humano por su naturaleza se mueve e imagina lo que fue. Solo vienen de los demonios aquellas representaciones que traen consigo ira y deseo excesivos. Estas potencias se turban, y el intelecto fornica con el pensamiento y lucha, porque no puede recordar a Dios, que le dio la ley. Pues la luz de Dios se manifiesta en el intelecto durante la oración, cuando no hay pensamientos de cosas.

3. El hombre no podrá rechazar los recuerdos apasionados si no se esfuerza en rechazar el deseo mediante el ayuno, la vigilia y el dormir en el suelo, y si no apacigua la ira con la longanimidad, la ausencia de malicia y el olvido de las ofensas. Pues de estas dos pasiones nacen casi todos los pensamientos que arrojan al intelecto a la ruina y a la perdición. Es imposible vencer estas pasiones sin renunciar a los manjares, a las riquezas y a la gloria, y aun al propio cuerpo, por causa de quienes quieren agotarlo con asaltos continuos. Es muy necesario imitar a los que se ven en peligro en el mar y que, cuando se desatan los vientos y se levantan las olas, arrojan la carga al mar. Pero aquí hay que velar para no arrojar la carga con el fin de jactarnos ante los hombres, porque entonces recibiremos nuestra recompensa y nuestra nave se romperá, y nuestra desgracia será peor que la primera, cuando sople en contra el viento feroz de la vanagloria. Por eso el Señor, instruyendo a nuestro timonel, esto es, al intelecto, dice: «Guardaos de hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 6,1). Y también: «Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en público en las sinagogas y en las esquinas, para ser vistos por los hombres. En verdad os digo: ya tienen su recompensa» (Mt 6,5). «Y cuando ayunéis, no estéis tristes como los hipócritas, pues desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan. En verdad os digo: ya tienen su recompensa» (Mt 6,16). Conviene escuchar al Médico de las almas: cómo cura la ira con la limosna, purifica el intelecto con la oración y mortifica el deseo con el ayuno; y así surge «el hombre nuevo, que se renueva hasta el conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador. Allí no hay griego ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni escita, esclavo ni libre, sino que Cristo es todo y en todos» (Col 3,10-11).

Sobre los sueños

4. Vale la pena observar cómo en los ensueños los demonios forjan formas e imágenes en nuestro intelecto. Esto sucede no solo en el sueño, cuando el intelecto ve con los ojos, u oye con los oídos, o percibe por algún otro sentido, o cuando la memoria produce imágenes en el intelecto, recibiéndolas a través del cuerpo. Me parece que en el sueño los demonios actúan sobre la memoria e introducen así representaciones en el intelecto, ya que los órganos del cuerpo están entonces inactivos. Conviene preguntar cómo actúan sobre la memoria. ¿Solo por medio de las pasiones? Esto se ve por el hecho de que los puros e impasibles no experimentan tales cosas. Hay cierto movimiento de la memoria que procede o de nosotros o de las potencias santas, por el cual, por así decirlo, conversamos y cenamos con los santos. Sin embargo, hay que recordar que lo que el alma experimenta junto con el cuerpo lo repite después la memoria sin el cuerpo. Y esto se ve porque tales cosas ocurren a menudo en el sueño, cuando el cuerpo reposa. Así como el hombre puede acordarse del agua, tenga sed o no, así puede acordarse del oro, con sentimiento de avaricia o sin él. Y de otras cosas puede uno acordarse del mismo modo. Y como los ensueños son tan diversos, esto es señal de la astucia demoníaca. Hay que saber además que los demonios se sirven también de cosas externas para producir ensueños, por ejemplo, del rumor de las olas para los navegantes.

5. Mucho favorece los designios de los enemigos nuestra ira, que es excesivamente móvil y cede a toda su feroz astucia. Por eso más de uno de ellos se atreve a inquietarla de día y de noche. Pero cuando la ven atada por la mansedumbre, entonces tratan de soltarla con pretextos aparentemente razonables, para que se vuelva más aguda y más apta para sus designios brutales. Por eso no conviene excitarla ni para obras justas ni para injustas, ni poner la espada en manos de quienes nos empujan al mal; y sin embargo muchos lo hacen a menudo y se encienden por causas insignificantes. ¿Por qué, dime, empiezas a airarte, si has despreciado los manjares, la riqueza y la gloria? ¿Para qué alimentas a un perro, si dices que no tienes bien alguno? Si el perro ladra y se lanza contra la gente, está claro que algo tiene que guardar. Pero pienso que tal hombre está lejos de la oración pura, porque la oración pura destruye la ira. Además, me asombra que haya olvidado las palabras de los santos, sobre todo de David, que dice: «Deja la ira y abandona el furor» (Sal 36,8), y del Eclesiastés, que manda: «Aparta la ira de tu corazón y aleja de ti el mal» (cf. Ecl 11,10). Y el Apóstol ordena «levantar en todo lugar manos puras al cielo, sin ira y sin disputas» (1 Tim 2,8). ¿No es esto lo que aprendemos de la antigua costumbre de echar a los perros de las casas cuando llega la hora de la oración? Esta costumbre misma atestigua que no conviene que la ira habite en los que oran. Dice la Escritura: «Su vino es veneno de serpientes» (Dt 32,33); por eso los nazareos no bebían vino. Y en cuanto a no preocuparse por el vestido ni por la comida, sobra escribirlo: el Salvador mismo lo prohibió en el Evangelio: «No os inquietéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis» (Mt 6,25). Pues eso es propio de los paganos y de los incrédulos, que rechazan la providencia del Señor y se apartan del Creador; pero es ajeno a los cristianos, porque los cristianos creen que incluso dos gorriones vendidos por dos ochavos son cuidados por los ángeles. Sin embargo, los demonios tienen también esta costumbre: después de los pensamientos impuros introducen pensamientos de preocupaciones, para que Jesús quede perdido entre los muchos pensamientos del intelecto y la palabra permanezca sin fruto, ahogada por los pensamientos de preocupación.

Nota: «El que recibió la semilla entre espinas es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan esa palabra, y no da fruto» (Mt 13,22).

Así pues, dejando esto a un lado, echemos nuestra tristeza sobre el Señor, contentándonos con lo que tenemos, viviendo y vistiéndonos con pobreza, y despojémonos cada día de la vanagloria de nuestros padres. Y si alguien piensa que con vestido pobre tiene mal aspecto, mire a san Pablo, que en el frío y la desnudez esperaba la corona de la justicia. Y puesto que el Apóstol llamó a este mundo espectáculo y carrera, veamos si es posible que quien se ha revestido de pensamientos de preocupación corra hacia el premio de la vocación alta de Dios o luche contra los principados, las autoridades y los dominadores de este mundo de tinieblas. Lo sé por una comparación instructiva: así como el que corre en las competiciones se enreda en su túnica, así el intelecto se enreda en tales pensamientos, pues dice con verdad la Palabra que el intelecto permanece en su tesoro: «Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).

6. Unos pensamientos hay que cortarlos, y otros se cortan solos. Los pensamientos malignos cortan los buenos y, al revés, los buenos cortan los malignos. El Espíritu Santo observa el pensamiento primogénito y por él nos condena o nos acepta. Y también sucede así: tengo el pensamiento de recibir a los viajeros, y este pensamiento viene del Señor. Pero llega el pensamiento de recibir a los viajeros por causa de la gloria y corta el anterior. Y de nuevo: tengo el pensamiento de recibir a los viajeros por la gloria humana, pero llega un pensamiento mejor y lo corta, y dirige nuestra virtud al Señor, y nos mueve a recibir a los viajeros no ante los ojos de los hombres.

7. Observando nuestros pensamientos, aprendamos a distinguir cuáles vienen de los ángeles, cuáles del hombre y cuáles de los demonios. Los pensamientos angélicos examinan la naturaleza de las cosas e investigan su sentido espiritual: por ejemplo, para qué fue creado el oro, y por qué está esparcido en pequeños granos en la tierra, y por qué se obtiene con grandes esfuerzos y trabajos; por qué, cuando se encuentra, se lava con agua y se funde en el fuego y, refinado, se entrega a manos de artesanos que hacen con él el candelabro del tabernáculo, el incensario, los vasos de incienso y las copas de las que ya no bebe el rey de Babilonia, por la gracia de nuestro Salvador, mientras Cleofás ofrece un corazón que arde con estos misterios. Pero el pensamiento demoníaco no sabe nada de esto ni lo entiende: solo propone acumular oro material y anuncia la gloria y el consuelo que de él vendrán. El pensamiento humano ni busca la adquisición ni investiga de qué es señal el oro, sino que se representa el aspecto mismo del oro sin pasión y sin avaricia. Y lo mismo puede decirse al reflexionar sobre otras cosas.

8. Hay un demonio al que llaman el seductor, y se presenta con más frecuencia a los hermanos por la mañana. Lleva el intelecto de ciudad en ciudad y de aldea en aldea. Al principio el intelecto sostiene conversaciones sencillas, y luego conversa cada vez más y pierde su estado entre los que encuentra, y poco a poco se aparta del conocimiento de Dios y de la virtud, y olvida su voto. Por eso el solitario debe vigilar de dónde viene este demonio y dónde se detiene. No en vano ni por casualidad recorre este círculo, sino que lo hace para destruir el estado del solitario, de modo que el intelecto, encendido y embriagado por tantas conversaciones, sea asaltado enseguida por el espíritu de fornicación, o de ira, o de tristeza, que son los que más dañan la claridad de su estado. Pero cuando queramos ver claramente sus astucias, no nos apresuremos a contradecirlo, sino describamos enseguida su llegada, y cómo empieza a conversar con el intelecto, y cómo poco a poco lo conduce a la muerte; entonces huirá de nosotros al instante. No soporta que lo vean mientras hace esto, y así no averiguaremos nada de lo que quisiéramos saber. Dejémosle continuar lo empezado un día o dos, para que, conociendo plenamente sus astucias, podamos desenmascararlo con la palabra y ahuyentarlo. Y puesto que en el momento de la tentación el intelecto está turbado y no comprende lo que le ha ocurrido, haz así cuando el demonio se haya ido: siéntate y recuerda lo que te ha pasado, dónde comenzaste y por dónde anduviste, y en qué lugar te sobrecogió el espíritu de fornicación, o de tristeza, o de ira, y cómo sucedió. Habiéndolo comprendido, recuérdalo, para poder desenmascarar al demonio cuando vuelva; observa el lugar que él oculta, y ya no te someterás a él. Y si quieres enfurecerlo, desenmascáralo en cuanto aparezca y nombra con palabras el primer lugar en que entraste, y luego el segundo y el tercero: entonces se afligirá mucho, porque no soporta ser avergonzado. El pensamiento se apartará de ti, y esto será prueba de que había que hablarle así, porque no resiste tal desenmascaramiento. Tras la victoria sobre el demonio vendrá un sueño profundo, un entumecimiento de los párpados con gran enfriamiento, bostezos sin fin y pesadez en los hombros: todo esto lo disipará el Espíritu Santo después de una oración ferviente.

9. El odio a los demonios ayuda mucho a nuestra salvación y es necesario para obrar las virtudes. Pero no somos capaces de conservarlo en nosotros como fruto del bien, porque lo ahuyenta el espíritu de amor al placer, que se hace amigo del alma. Sin embargo, el Médico de las almas sana esta amistad con el abandono, como se cura con la amputación una gangrena incurable. Permite que suframos algo terrible del demonio de día y de noche. Y entonces el alma vuelve al odio anterior, habiendo aprendido a decir al Señor con las palabras de David: «Se han convertido en mis enemigos» (Sal 132,28). Con odio perfecto odia a los enemigos aquel que no peca ni de palabra ni de pensamiento, lo cual es señal de la mayor y primera impasibilidad.

10. ¿He de decir algo más sobre el demonio que vuelve insensible al alma? Pues temo incluso escribir de él: cómo el alma sale de su orden a su llegada y pierde el temor del Señor y la piedad, y no considera el pecado como pecado ni la iniquidad como iniquidad; y oye la palabra sobre el tormento eterno y el juicio como una palabra corriente, y se burla del estremecimiento del fuego y, aunque confiesa a Dios, no conoce sus mandatos. Le golpeas el pecho cuando se dirige al pecado, y no lo siente. Le hablas con las palabras de la Escritura, y está cegada y no oye. Le muestras la deshonra que sufrirá de los hombres, y no ve; la vergüenza ante los hombres, y no lo entiende, como un cerdo que ha cerrado los ojos y ha roto el cercado. Este espíritu lo provocan los pensamientos de vanagloria cuando se demoran mucho en el intelecto. Por causa de este espíritu, «si aquellos días no hubieran sido acortados, nadie se salvaría» (Mt 24,22). La razón por la que este espíritu ataca rara vez a los hermanos es clara: cuando el alma se conmueve por las desgracias de otros, cuando están enfermos o padecen en la cárcel, llega a la compasión, y entonces se destruye la insensibilidad que ese espíritu produjo. Pero nosotros no lo sabemos, porque hay pocos enfermos entre nosotros y rara vez se ven. Para que ahuyentemos a este espíritu, el Señor mandó en el Evangelio que cuidemos a los enfermos y visitemos a los presos: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). Pero también hay que saber esto: si alguno de los solitarios, habiendo escuchado a este espíritu, no acogiera pensamientos de fornicación y no abandonara su morada por acedia, recibiría de lo alto la paciencia y la castidad, y bienaventurado es por tal impasibilidad. Mas quienes, habiendo prometido guardar la piedad, desean vivir entre gente del mundo, guárdense de este espíritu. Y yo me avergüenzo ante los hombres de decir o escribir algo más acerca de él.

Sobre el espíritu de tristeza

11. Todos los espíritus del amor al placer enseñan algo al alma; solo el espíritu de tristeza no puede hacerlo. Destruye los pensamientos, corta todo deleite del alma y la seca con la tristeza, pues está dicho: «Cuando el hombre se entristece, se le secan los huesos» (cf. Prov 17,22). Cuando ataca pocas veces, el solitario adquiere experiencia, pues aprende a no aceptar nada de este mundo y a renunciar a todos los placeres. Pero cuando este espíritu ataca a menudo, engendra pensamientos que aconsejan apartar el alma o huir de aquel lugar. Así reflexionaba y sufría el justo Job cuando este espíritu lo atacaba. «Ojalá pudiera —dice— matarme yo mismo o pedir a otro que lo hiciera por mí». El símbolo de este espíritu es la víbora: cuando su veneno se toma poco a poco, destruye el veneno de otras bestias, pero tomado en exceso mata al que lo toma. A este espíritu entregó Pablo al que cometió iniquidad en Corinto. Por eso escribió a los corintios: «Mostradle amor, para que una tristeza excesiva no lo quebrante» (cf. 2 Co 2,7-8). Pero este espíritu, que hace daño a los hombres, puede también conducirlos a un buen arrepentimiento. Por eso el santo Bautista llamó raza de víboras a quienes, heridos por este espíritu, acudían a Dios: «¡Raza de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira que viene? Dad, pues, fruto digno de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros: Tenemos por padre a Abrahán» (Mt 3,7-9). Sin embargo, todo el que, como Abrahán, ha salido de su tierra y de su parentela, es más fuerte que este espíritu.

12. Quien ha vencido la ira ha vencido también a los demonios. Pero aquel sobre quien ella reina está lejos de la vida solitaria y ajeno a los caminos de nuestro Salvador. El Señor mismo dice: «Enseñará a los mansos sus caminos» (Sal 24,9). Por eso no es fácil atrapar el intelecto del solitario cuando huye al valle de la mansedumbre: los demonios no temen ninguna virtud tanto como la mansedumbre. La poseyó el gran Moisés, a quien llamaban el más manso de los hombres. Y el santo David proclamó la mansedumbre digna de la memoria de Dios, diciendo: «Acuérdate, Señor, de David y de toda su mansedumbre» (Sal 131,1). Y el propio Salvador nos mandó imitar su mansedumbre, diciendo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Pero si alguien evita la comida y la bebida mientras aguza su ira con pensamientos malignos, se asemeja a una nave que tiene por timonel a un demonio. Por eso conviene que vigilemos nuestra nave cuanto podamos, y que recordemos que puede ser atacada, y que seamos mansos con los hombres.

Sobre la vanagloria

13. Solo el pensamiento de la vanagloria puede presentarse en muchas formas distintas; abarca casi toda la tierra y abre las puertas a todos los demonios, como un traidor malvado abre las puertas de la ciudad al enemigo. Humilla mucho al solitario, llenando su intelecto de numerosas palabras y obras y destruyendo las oraciones con las que cura todas las heridas de su alma. Este pensamiento crece a través de todos los pensamientos vencidos, y por él estos vuelven de nuevo al alma, y lo último se hace peor que lo primero. De este pensamiento nace también el pensamiento del orgullo, que arrojó del cielo a la tierra el sello de la semejanza y la corona de la belleza. Pero apártate de él y no te detengas, «para que no tengas que dar a otros tu gloria y tus años a hombres sin misericordia» (Prov 5,9). A este espíritu lo ahuyentan la oración ferviente y el deseo de no decir ni hacer nada que favorezca la vanagloria.

14. Cuando el intelecto del solitario alcanza aunque sea un poco de impasibilidad, entonces, montando el caballo de la vanagloria, cabalga por las ciudades recogiendo alabanzas desenfrenadas de su fama. Pero, por providencia, lo sale a encontrar el espíritu de fornicación y lo mete en algún establo, y con ello le enseña a no levantarse de su lecho hasta que sane por completo, y a no imitar a los enfermos indisciplinados que, sin haber sanado, se ponen en camino y vuelven a caer enfermos. Por eso, permaneciendo en nuestro lugar, guardémonos de que, al adquirir las virtudes, no nos hagamos propensos al pecado. Luchando con sensatez, recibiremos multitud de visiones y, elevados por ellas, veremos con mayor claridad la luz de nuestro Salvador.

15. No puedo describir todas las malas obras de los demonios ni enumerar su perversa astucia, por temor a los más sencillos de mis lectores. Pero escucha la astucia del espíritu de fornicación. Cuando el hombre alcanza la impasibilidad en la potencia desiderativa del alma y los pensamientos vergonzosos como que se enfrían, entonces este espíritu sugiere al solitario imágenes de hombres y mujeres que se acarician y lo obliga a mirar sus actos desvergonzados. Pero esta tentación no dura mucho. La ahuyentan, como el viento a la nube, la oración ferviente, la abstinencia y una vida más austera con vigilia y ejercicio en la contemplación espiritual. A veces este espíritu maligno actúa también sobre la carne, excitándola a un ardor irracional, y urde otras mil asechanzas, de las que no conviene hablar ante todos ni poner por escrito. Contra tales pensamientos ayuda también la ira encendida que se levanta contra el demonio. Esta ira es la que más teme cuando suscita pensamientos, porque dispersa sus designios. Por eso está dicho: «Airaos, pero no pequéis», pues así el alma recibe el remedio necesario en las tentaciones. A este espíritu se parece también el espíritu de la ira. Este muestra al asceta en la imaginación que alguno de sus parientes o amigos es reprochado por hombres indignos. El espíritu impulsa al asceta a decir o hacer algo malo, para mostrar que lo sabe. Hay que guardarse de tales pensamientos y arrancar el intelecto de tales imágenes, para que no se demoren en él y no se conviertan en un tizón encendido durante la oración. Con más frecuencia caen en estas tentaciones los hombres iracundos, que se encienden con facilidad. Están lejos de la oración pura y del conocimiento de nuestro Salvador Jesucristo.

16. Los pensamientos de este siglo los confió el Señor al hombre como se confían las ovejas a un buen pastor. Y está escrito que el Señor dio a cada hombre «los pensamientos del corazón» (cf. Gen 6,5), uniéndoles el deseo y la ira como ayudantes: para que el pastor con la ira ahuyente los designios de los lobos y con el deseo ame a las ovejas y las apaciente, aunque a menudo lo azoten las lluvias y los vientos. Además, dio el Señor también una ley para apacentar las ovejas, y un lugar verde, y aguas tranquilas, y un salterio, y un arpa, y un cayado, para que de ese rebaño se alimentara y se vistiera y recogiera heno a su tiempo. «¿Quién —dice la Escritura— apacienta un rebaño y no se alimenta de la leche del rebaño?» (1 Co 9,7). Por tanto conviene que el solitario guarde su rebaño de día y de noche, para que ningún cordero sea arrebatado por las fieras ni robado por los ladrones. Y si algo así ocurre en el bosque, ha de arrancarlo de las fauces del león o de la osa. Un pensamiento sobre un hermano se vuelve fiera cuando se apacienta en nosotros con odio; un pensamiento sobre una mujer, cuando permanece en nosotros con deseo vergonzoso; uno sobre el oro y la plata, cuando se instala en nosotros con avaricia; y los pensamientos sobre los santos dones, cuando se apacientan en el intelecto junto con la vanagloria. Y los demás pensamientos son de la misma clase cuando las pasiones los roban. No solo de día hay que guardar el rebaño, sino también de noche velar sobre él con vigilancia. Y esto es lo que dice el santo Jacob: «Lo despedazado por las fieras no te lo traía; yo pagaba la pérdida; tú me lo reclamabas de mi mano, ya fuera robado de día o robado de noche. Esta era mi suerte: de día me consumía el calor y de noche el frío, y el sueño huía de mis ojos» (Gen 31,39-40). Y cuando por el trabajo llegue la acedia, entonces, poniéndonos sobre la roca del conocimiento, toquemos el arpa, hiriendo con las virtudes las cuerdas de la mente. Apacentemos también nuestras ovejas al pie del monte Sinaí, para que el Dios de nuestros padres nos hable desde la zarza y nos conceda las palabras de los signos y los prodigios.

17. La naturaleza racional, muerta por el pecado, la resucita Cristo con la contemplación de todos los siglos. Y el Padre resucita el alma muerta por la muerte de Cristo y por su manifestación. Esto es lo que dice el apóstol Pablo: «Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él» (Rom 6,8).

18. Cuando el intelecto se despoja del hombre viejo y se reviste del hombre de la gracia, entonces, durante la oración, verá su propio estado semejante al zafiro o al azul del cielo, al que la Escritura llama lugar de Dios, y que vieron los ancianos de Israel en el monte Sinaí.

19. Unos espíritus impuros tientan al hombre en cuanto hombre, y otros lo inquietan como si fuera un animal irracional. Los primeros, al acercarse, siembran en nosotros pensamientos de vanagloria, o de orgullo, o de envidia, o de condenación, que no se dan en los seres irracionales. Los otros, al acercarse, excitan la furia y el deseo excesivos. Estas pasiones nos son propias también a nosotros y a los animales, y están ocultas bajo nuestra naturaleza racional. Por eso dice el Espíritu Santo de los pensamientos que llegan a los hombres: «Yo dije: Sois dioses y todos hijos del Altísimo. Pero moriréis como hombres y caeréis como uno de los príncipes» (Sal 81,6-7). Y de las pasiones propias de los animales que se dan en el hombre dice así: «No seáis como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento. Con freno y brida sujeta sus quijadas, si no se acercan a ti» (Sal 31,9). Cuando el alma peca, muere. Y esto se dice porque cuando mueren los hombres, los hombres los sepultan; pero cuando un animal muere o lo matan, lo devoran las aves de rapiña o los cuervos. Unos polluelos invocan al Señor, otros se manchan de sangre. Quien tenga oídos para oír, que oiga.

20. Cuando el enemigo se acerque y te hiera, y tú quieras herirlo con la espada, según la palabra de la Escritura: «Que su espada entre en su propio corazón» (Sal 36,15), haz como te decimos. Divide dentro de ti el pensamiento sembrado y pregúntate qué es ese pensamiento, de qué está compuesto y cómo hiere al intelecto. Por ejemplo: cuando te venga el pensamiento de la avaricia, divídelo en la mente que lo recibió y el pensamiento del oro; y este último, en el oro mismo y la pasión de la avaricia. Y luego pregúntate cuál de todo esto es pecado. ¿Acaso el intelecto? Pero es imagen de Dios. ¿Acaso el pensamiento del oro? Pero ¿quién, teniendo entendimiento, diría tal cosa? ¿O es pecado el oro mismo? ¿Para qué fue creado entonces? La causa del pecado, pues, está en otra cosa: ni en la cosa misma ni en el pensamiento de la cosa. El pecado es la pasión que odia al hombre, nacida de la libre voluntad, y que induce al intelecto a usar mal la creación de Dios; y la ley de Dios manda cortar esa dulzura. Cuando examines esto, el pensamiento se desvanecerá, porque lo has dividido en las partes de que se compone. El espíritu maligno huirá de ti en cuanto tu mente se eleve, habiendo comprendido ese pensamiento. Y si no quieres volver la espada contra él, sino vencerlo primero con tu cayado, entonces saca una piedra de tu zurrón e intenta comprender que los ángeles y los demonios entran en nuestro mundo, mientras que nosotros no entramos en el suyo, y no podemos ni unir a los ángeles más estrechamente con Dios ni hacer a los demonios más impuros. Y cómo Lucero, que se levantaba de madrugada, fue arrojado a la tierra (cf. Is 14,12), y el mar es para él como un vaso de perfumes, y el abismo del infierno como un esclavo; el abismo hierve para él como una caldera (cf. Job 41,22-23); con su maldad agita a todos y ansía dominar a todos. Semejante modo de ver estas cosas hiere al demonio y ahuyenta a todo su ejército. Pero solo pueden ver así quienes se han purificado de las pasiones y pueden percibir las causas de lo sucedido. Los no purificados no pueden contemplar esto con el intelecto ni lo aprenderán de otros, porque en ellos hay mucho polvo del combate y mucha confusión de las pasiones. Pues es preciso apaciguar por completo al ejército de los extranjeros, para que solo Goliat salga contra nuestro David. Del mismo modo hay que dividir el pensamiento y librar la batalla cuando nos inquietan los pensamientos impuros.

21. Cuando hayamos ahuyentado enseguida algunos pensamientos impuros, busquemos la razón de que así ocurriera. ¿Fue por falta del objeto, porque no es fácil hallarlo, o fue que por nuestra impasibilidad el enemigo no tuvo poder sobre nosotros? Por ejemplo, si alguno de los solitarios imagina que se le ha confiado el gobierno espiritual de una ciudad, que no retenga en sí ese pensamiento. Por él conoce la ya mencionada ausencia del objeto. Pero si alguien es incluso gobernante de una ciudad corriente y reflexiona así, bienaventurado es por su impasibilidad. Del mismo modo hay que proceder con los demás pensamientos, poniéndolos a prueba así. Esto hemos de saber, según nuestra diligencia y nuestras fuerzas, para discernir si hemos cruzado ya el Jordán y estamos cerca de las palmeras, o si aún vivimos en el desierto y nos golpean los extranjeros. Me parece que el espíritu de la avaricia es muy astuto y traicionero en su seducción; a menudo se ve estrechado por la renuncia completa y entonces finge ser buen administrador y amante de Dios: en el pensamiento acoge a extranjeros que aún no han llegado, envía limosnas a otros igualmente ausentes, visita las cárceles de la ciudad, rescata a los vendidos, empuja a acercarse a mujeres ricas y manda a otros someterse a los que tienen los graneros llenos de riquezas. Y así, extraviando poco a poco al alma, la rodea de pensamientos de avaricia y la entrega al espíritu de la vanagloria. Este extravía a muchos de los que glorifican al Señor. A algunos los mueve a hablar entre sí sobre la ordenación sacerdotal; predice la muerte del sacerdote actual y añade que no podrá evitar la ordenación, haga lo que haga. Y así el desdichado intelecto, revestido de estos pensamientos, disputa con los que no lo aceptan. A los que lo aceptan les reparte regalos y los recibe de ellos. A los que se levantan contra él los entrega a los jueces y ordena que sean expulsados de la ciudad. Y cuando estos y otros pensamientos se agitan por dentro, aparece enseguida el espíritu del orgullo, que a menudo lanza por la celda relámpagos y serpientes aladas y al fin arrebata la razón. Pero nosotros, habiendo pedido al Señor la destrucción de tales pensamientos, permanezcamos en el desprendimiento. «Pues nada trajimos al mundo, y nada podemos llevarnos. Teniendo sustento y con qué cubrirnos, estemos contentos con ello». Y sigue diciendo el apóstol Pablo: «La raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Tim 6,7-8.10).

22. Todos los pensamientos impuros, al demorarse en nosotros por las pasiones, arrojan al intelecto a la ruina y a la perdición. Así como el pensamiento del pan se demora en el hambriento por el hambre, y el pensamiento del agua en el sediento por la sed, así también el pensamiento de la riqueza y los pensamientos impuros que nacen de los manjares se demoran por las pasiones. Y lo mismo se ve en los pensamientos de vanagloria y en los demás. Es imposible que el intelecto, oprimido por tales pensamientos, se presente ante Dios y sea adornado con la corona de la justicia. Estos pensamientos desnudan a aquel intelecto tres veces desdichado que se menciona en el Evangelio, que renunció al conocimiento sutil de Dios, y a quien se ataron las manos y los pies y se arrojó a las tinieblas exteriores (Mt 22,13); su vestido estaba tejido de tales pensamientos, y por eso el Señor lo juzgó indigno de estar en las bodas. Por eso el traje de bodas significa la impasibilidad del alma racional que ha renunciado a los deseos mundanos. Y en cuanto a la razón por la que los pensamientos sobre las cosas sensibles, al demorarse, corrompen la mente, se ha hablado de ello en los capítulos sobre la oración.

23. Entre los demonios que dañan la vida activa hay tres principales, tras los cuales viene todo el ejército de los extranjeros. Estos tres están los primeros en la batalla y con pensamientos impuros mueven al alma al pecado. A ellos se ha confiado el apetito de la gula, que nos empuja a la avaricia y nos impulsa a buscar la gloria humana. Si deseas la oración pura, guárdate de la ira y, amando la castidad, refrena el vientre y no le des pan y agua hasta saciarlo. No duermas en la oración y aleja de ti el rencor; que no disminuyan en ti las palabras del Espíritu Santo, y llama a la puerta de las Escrituras con las manos de las virtudes; entonces brillará en ti la impasibilidad del corazón y en la oración verás tu intelecto resplandeciente como una estrella.

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