Célebres reflexiones sobre la quietud y la oración del mismo autor, y también sobre las señales de la gracia y de la ilusión

Célebres reflexiones sobre la quietud y la oración del mismo autor, y también sobre las señales de la gracia y de la ilusión

Célebres reflexiones sobre la quietud y la oración del mismo autor, y también sobre las señales de la gracia y de la ilusión, sobre la diferencia entre el fervor y la energía, y sobre que, cuando no tenemos guía, fácilmente caemos en la ilusión

1 Nos corresponde repetir, tras el gran maestro, oh Longino portador de la cruz, que no necesitamos la ayuda de la Escritura ni de otros padres, sino que debemos ser enseñados por Dios. Pues dice la Escritura: «Y todos serán enseñados por Dios» (Jn. 6, 45), lo cual significa que Él enseñará y nosotros aprenderemos de Él. No solo nosotros, sino todo creyente ha sido favorecido para conocer las cosas provechosas y aprenderlas; así llevamos la ley del Espíritu escrita en las tablas de nuestro corazón y, directamente, como los querubines —cosa admirable—, conversamos con Jesús mediante la oración pura en el corazón. Pero como somos niños en el tiempo de nuestro segundo nacimiento, no comprendemos la gracia ni advertimos nuestra renovación; y, no conociendo la grandeza, el honor y la gloria de que hemos sido hallados dignos, ni cómo nos corresponde, cumpliendo los mandamientos, crecer en el alma y en el espíritu y ver con el intelecto lo que hemos recibido, caemos a menudo en la insensibilidad y el embotamiento por nuestra negligencia y pasión. Y entonces no sabemos si Dios existe, ni quiénes somos, ni qué éramos: hijos de Dios e hijos de la Luz, hijos y miembros de Cristo. Aun cuando somos bautizados siendo adultos, percibimos solo el agua y no la presencia del Espíritu Santo. Aunque el Espíritu nos renueva, creemos con una fe simple, muerta, no activa; y cuando surgen dudas en nosotros, probamos con ello que somos carnales, que vivimos y nos comportamos de manera carnal. Y cuando nos arrepentimos, es solo corporalmente, y no cumplimos los mandamientos ni percibimos espiritualmente. Si, a causa de muchos trabajos, a alguien se le concede amorosamente la manifestación de la gracia, la tomamos por ilusión. Cuando oímos que la gracia actúa en otros, por envidia hablamos de ella como de una ilusión. Y así permanecemos muertos hasta la muerte, viviendo y obrando no en Cristo, y, según la Escritura, «se nos quitará» (Mc. 4, 25) por nuestra incredulidad aun lo que tenemos, cuando llegue el tiempo de nuestro fin o del juicio; pues no comprendemos que, así como el Padre, conviene también que los hijos de Dios sean de Dios, y espirituales los del Espíritu, porque dice la Escritura: «Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Jn. 3, 6). Pero somos carnales, aunque fuimos fieles y celestiales, y por eso el Espíritu de Dios no permanece en nosotros. Y por ello Dios permitió ataques y cautiverios, y multiplicó los sacrificios, queriendo cortar nuestro pecado o salvarnos por medios más enérgicos.

2 Lo primero que hay que decir —con la ayuda de Dios, que da la palabra a quienes anuncian la buena nueva de las cosas espirituales— es cómo se puede hallar o, más bien, retener lo ya hallado, esto es, recibir a Cristo por el bautismo en el Espíritu, como dice el apóstol Pablo: «¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros?» (2 Cor. 13, 5). Y después, cómo perfeccionarnos y conservar lo adquirido. El modo mejor y más fácil es hablar brevemente de las cosas infinitas que tienen gran amplitud, y de las cosas de mediana importancia. Pues muchos lucharon en su esfuerzo ascético hasta obtener lo que deseaban, y sus deseos solo llegaron hasta ahí, y no fueron más allá ni se preocuparon de ello, satisfechos únicamente con lo que habían obtenido al principio, tropezando y extraviándose; pues creen que caminan por la senda recta, mas la recorren sin provecho alguno. Algunos, habiendo alcanzado el grado medio de la iluminación, se volvieron perezosos al final y se debilitaron, o por una vida negligente retrocedieron y quedaron como principiantes. Otros, habiendo alcanzado la perfección, por falta de atención caen en la soberbia y retroceden, y en sus obras se igualan a los intermedios o a los principiantes. La actividad es propia de los principiantes; la iluminación, de los intermedios; y la purificación del alma o resurrección, de los perfectos. Sobre cómo adquirir el poder

3 De dos maneras puede adquirirse el poder del Espíritu Santo que recibimos místicamente en el bautismo. Primero, hablando en general, este don se revela mediante el cumplimiento de los mandamientos, con muchos trabajos y durante largo tiempo, como dice san Marcos. En la medida en que cumplimos los mandamientos, en esa medida su luz brilla más claramente sobre nosotros. Segundo, mediante la invocación ferviente y frecuente del Señor Jesús, esto es, mediante el recuerdo de Dios, invocamos al Espíritu Santo. Por el primer camino viene más lentamente, y por el segundo, más deprisa, aunque también puede adquirirse con la práctica, si uno cava la tierra con diligencia y perseverancia, buscando oro. Cuando deseemos hallar la verdad libre de engaño y conocerla, esforcémonos por tener la actividad del corazón sin imaginación ni apariencia alguna, de modo que no veamos en nuestra imaginación ninguna imagen o apariencia de santo alguno ni de luz. Pues la ilusión, al principio, tienta a los inexpertos con tales imaginaciones vanas. Cuidemos de que en nuestros corazones opere solamente la oración, que calienta el intelecto, y alegra, e inflama el alma en un amor inefable hacia Dios y hacia los hombres. Por ello, mediante la oración se da no poca humildad y compunción, porque en los principiantes la oración es siempre un estado que conmueve, obra del Espíritu Santo. Al comienzo se eleva del corazón como un fuego de gozo, y al final actúa como una luz fragante.

4 A quien busca esta verdad de veras, y no por curiosidad, su comienzo se le manifestará en las señales de que habla el Libro de la Sabiduría: «Porque es hallado de los que no le tientan, y se manifiesta a los que no desconfían de él» (Sab. 1, 2). Algunos parecen ser iluminados con luz; otros sienten un gozo tembloroso; otros más, gozo; y algunos, gozo y temor a la vez; otros, temblor y gozo; y otros aún, lágrimas y temor. El alma se regocija por la venida de Dios y por su misericordia, y teme y tiembla ante su venida, porque tiene muchos pecados. En algunos, al principio, hay una compunción inefable y un dolor espiritual indecible, como dice la Escritura: «Los tomaron dolores como de mujer que da a luz» (Eclo. 48, 19; Jn. 16, 21). El Verbo vivo y eficaz, esto es, Jesús, penetra, como dice el Apóstol, «hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb. 4, 12). En otros aparecen una paz firme y el amor hacia todos; y en otros, el gozo, al que los padres llamaron a menudo el salto del Espíritu, es decir, la fuerza del Espíritu que suscita la viveza del corazón. A esto mismo se le llama también el brincar y el suspiro del Espíritu, que intercede por nosotros ante Dios con gemidos inefables. El profeta Isaías lo llamó una ola de la justicia de Dios; el gran Efrén, un aguijón; y el Señor, «una fuente de agua que salta para vida eterna» (Jn. 4, 14). El Señor llamó al Espíritu agua que salta en el corazón y hierve con gran poder.

5 Hay que saber que el salto, es decir, el regocijo, es de diversas clases. Uno de ellos es quieto y se llama tanto la palpitación como el suspiro y la intercesión del Espíritu; y el segundo —el salto y el brinco del corazón— es el gran vuelo del corazón viviente hacia la esfera aérea divina. El Divino Espíritu da alas al alma con el celo y la libera de las ataduras de las pasiones, y entonces el alma, aun antes de su partida, se esfuerza por volar al cielo, deseando librarse de su carga. Esto se llama la conmoción del Espíritu, o hervor y emoción, según las palabras del Evangelio: «Jesús… se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis?» (Jn. 11, 34).

6 Hay que saber que en el temor divino no hay temblor. En cuanto al temblor, diré que no procede del gozo, sino de la ira, esto es, del castigo y del abandono. Y el gozo tembloroso, que viene de la oración, llega en el fuego del temor divino. El temor sin temblor, aquel que no procede de la ira, esto es, no del tormento, sino de la sabiduría, se llama por ello «el principio de la sabiduría» (Prov. 1, 7). El temor es de tres clases, aunque los padres hablan de dos: el temor introductorio, el temor perfecto y el temor airado, que también puede llamarse temblor, es decir, estremecimiento y quebranto.

7 El temblor procede de diversas cosas: puede venir de la ira, del gozo, otro del furor, y otro más del pecado, esto es, de la ilusión. Al principio, los ascetas suelen experimentar el temblor procedente del gozo y el temblor procedente del pecado, aunque esto no le ocurre a todos. Las señales de estos dos son las siguientes: durante el temblor que viene del gozo, la gracia consuela al alma con alegría y lágrimas. Y durante el temblor que viene del pecado, una carga desordenada, la soberbia y la dureza de corazón inflaman el alma y perturban los órganos de la generación hacia la unión corporal o el amor carnal y, por el consentimiento a la imaginación, cometen fornicación.

8 Sabemos que las acciones de todo principiante son dobles; obran doblemente en el corazón y no se mezclan. Unas proceden de la gracia, otras de la ilusión, como afirma el gran Marcos el Asceta, diciendo: «Hay actividades espirituales y actividades satánicas, desconocidas salvo para un niño». Y sabemos también que del calor de la acción que se enciende en una persona, uno procede de la gracia, otro de la ilusión, esto es, del pecado, y otro más del ímpetu de la sangre, al que Talasio el Africano llama confusión, y que debe apaciguarse y someterse con una abstinencia moderada.

9 La acción de la gracia es el poder del fuego espiritual que mueve, afirma y calienta con gozo y fortaleza del corazón, purifica el alma y aquieta los pensamientos, como mortificando los movimientos corporales por cierto tiempo y cierto intervalo. Las señales de esta acción y los frutos que manifiestan la verdad son estos: lágrimas, compunción, humildad, dominio de sí, silencio, paciencia, abstinencia y otras virtudes semejantes por las cuales quedamos sin duda afianzados.

10 La acción de la ilusión es el ardor del pecado, que inflama al alma con dulzura y, mediante los movimientos corporales, provoca un deseo frenético de unión carnal. Según san Diádoco, la acción de la ilusión es todo lo desordenado y descompuesto, todo lo que procede del gozo irracional, de la soberbia, de la rebeldía y de la alegría desordenada. O puede decirse así: la acción de la ilusión se siente en la potencia desiderativa y se manifiesta mediante una dulzura inflamada; procura a la concupiscencia una dulzura ardiente, teniendo por cómplice al vientre insaciable. A esto se añade e intensifica el ardor de la carne, que produce un efecto sobre el alma para inflamarla y atraerla hacia sí, de modo que la persona poco a poco ahuyenta la gracia y se acostumbra a la voluptuosidad.

Deja una respuesta