Capítulos sobre la oración del bienaventurado Calisto, Patriarca

Capítulos sobre la oración del bienaventurado Calisto, Patriarca

Capítulos sobre la oración del bienaventurado Calisto, Patriarca

1 Cuando quieras conocer la verdad, imita al tañedor de cítara. Inclina la cabeza y, atendiendo al canto, golpea las cuerdas con el plectro. Las cuerdas resuenan juntas, movidas por una mano diestra; la cítara entona su canto, y el tañedor goza de una dulzura de miel.

2 Oh laborioso obrero de la viña, sea esto para ti un ejemplo claro, y créelo. Cuando estés sobrio allí donde está el tañedor de cítara, esto es, en lo profundo del corazón, hallarás fácilmente lo que deseas. El alma, abrazada por el deleite divino, no puede volverse atrás. «Mi alma está unida a Ti» (Sal. 62, 9), dice el divino David.

3 Sabe, amado, que la cítara es el corazón, las cuerdas son los sentidos, y el plectro es el pensamiento que mueve siempre la potencia racional, es decir, el recuerdo de Dios. Por él entra en el alma una dulzura inefable, y el alma contempla con intelecto puro el mundo divino.

4 Si no refrenamos los sentidos corporales, no brotará el agua que mana en nosotros como una fuente, aquella agua que el Señor dio a la samaritana. Ella, buscando agua natural, halló el agua viva que fluía en sí misma. La tierra tiene naturalmente agua en sí y al punto la derrama; así también en la tierra del corazón el agua murmura naturalmente y brota, como la luz del Padre que Adán perdió por la desobediencia.

5 Así como el agua natural fluye siempre de una fuente, así también aquella agua viva y murmurante fluye del alma. Esta misma agua habitó en el alma del varón portador de Dios, Ignacio, y le enseñó a decir: «No hay en mí fuego que se alimente de las cosas naturales, sino que hay en mí agua que actúa y habla».

6 Este bienaventurado y tres veces bienaventurado estado de sobriedad del alma es semejante al agua murmurante que fluye de lo profundo del corazón. El agua, brotando de una fuente, llena la fuente; y el agua que mana del corazón y fluye sin cesar, impulsada por el Espíritu, llena de rocío divino y de Espíritu a todo el hombre interior, y torna ardiente al hombre exterior.

7 Cuando el intelecto se purifica de lo exterior y somete por completo los sentidos a la virtud activa, entonces permanece inmóvil como el eje celeste, pues mira hacia dentro, a lo profundo del corazón. Y, guiando la cabeza, contempla lo profundo del corazón con pensamiento luminoso, y de allí extrae el conocimiento divino, y le somete todos los sentidos corporales.

8 Al oír esto, que ninguno de los ignorantes ni de los que aún necesitan leche toque intempestivamente lo que le está vedado. A quienes buscan prematuramente aquello para lo cual todavía necesitan mucho tiempo, e intentan entrar en el puerto de la impasibilidad, los santos padres los tienen por insensatos. Es imposible que quien no conoce las letras aprenda algo de un libro.

9 Quien realiza en su alma el combate procedente del divino Espíritu aquieta su corazón, clamando: «¡Abba, Padre!». Mas esto sucede sin representaciones ni imágenes algunas. Y Él nos transforma con la aurora de la luz divina y nos da la debida forma, según el ardor del Espíritu Santo. Sin embargo, Aquel que posee el poder divino nos cambia y nos transforma como Él mismo sabe.

10 El intelecto purificado por la sobriedad se oscurece fácilmente si no se resguarda de las cosas exteriores mediante el frecuente recuerdo de Jesús. Quien ha unido la acción con la contemplación, esto es, con la guarda del intelecto, no rehúye el ruido ni se aparta de los sonidos fuertes e indistintos. Cuando el alma «desfallece de amor [por Cristo]» (Cant. 2, 5), le sigue como a un pariente.

11 Refrenar las pasiones y perturbaciones de la carne, o apartarse de ellas con entendimiento, según las palabras del Salmista: «Estad quietos, y conoced» (Sal. 45, 11), es propio de quienes viven en el mundo; pero erradicarlas o destruirlas es imposible. Más fácil es erradicarlas en la vida del desierto.

12 Cuando el agua fluye, su corriente es a veces rápida y a veces lenta. En la primera, la turbiedad no se levanta a causa de la velocidad. Y aunque se enturbie un poco, se limpiará más fácilmente porque su corriente es rápida. Cuando la corriente se hace lenta, no solo se enturbiará, sino que puede llegar a estancarse. Entonces necesita purificación y movimiento.

13 Sobre los principiantes, y los que aprenden las costumbres, y los activos, el demonio actúa no mediante sonidos claros o confusos; pero a quienes se ejercitan en la visión les inspira ciertas ilusiones: como si hubiera luz en el aire, y a veces como si de esa luz surgiera fuego, a fin de engañar al asceta de Cristo.

14 Cuando quieras saber cómo orar, mira el fin de la atención o el fin de la oración, y no te dejes engañar. Y su fin, amado, es la compunción constante, el quebrantamiento del corazón, el amor al prójimo. Y lo contrario a esto es el pensamiento del deseo, los susurros de la calumnia, el odio al prójimo y cosas semejantes.

Calisto, santísimo Patriarca de Constantinopla, llamado Xantópulos, alcanzó renombre bajo Andrónico II Paleólogo en 1360. Habiendo aprendido de Gregorio el Sinaíta y habiendo escrito después detalladamente su vida, llevó a cabo su combate en el santo Monte Athos, en la skete de Magula, situada frente al monasterio de Filoteo. Vivió con su compañero de ascesis Marcos durante veintiocho años enteros. Y con Ignacio Xantópulos estuvo tan unido, como si en sus dos cuerpos hubiera una sola alma. Después llegó a ser patriarca y marchó con el clero a Serbia para la unión pacífica de la Iglesia de allí, y atravesó el Monte Santo. Allí lo recibió Máximo Kausokalibita con una profecía, diciendo: «Este anciano ha perdido su rebaño», y tras él cantó: «Bienaventurados los intachables en el camino». Y tan pronto como Calisto llegó a Serbia, allí pasó de la vida corruptible a la vida incorruptible.

También el venerable Simeón de Tesalónica habla de estos dos ascetas, y a este relato añade acerca de esta oración deificante, «Señor Jesucristo, Hijo de Dios», estas palabras, en el capítulo 260: de manera singular en estos días nuestros escribieron sobre ella, es decir, sobre la oración, por el Espíritu, pues ellos mismos son de Dios, teólogos, portadores de Dios y portadores de Cristo, y verdaderamente divinos: nuestro santo padre Calisto, patriarca por Dios de la imperial Nueva Roma, y su compañero de un mismo sentir, el venerable Ignacio, compañero de ascesis. Y en el libro que compusieron filosofaron espiritual y sabiamente y muy elevadamente, y en cien capítulos, número perfecto, expusieron un entendimiento perfecto de esta oración. Aunque eran retoños de aquella ciudad imperial, lo dejaron todo y vivieron virginalmente, primero como monjes en obediencia, y después juntos como ascetas, y vivieron celestial e inseparablemente, y conservaron la unidad en Cristo, por la cual el mismo Cristo oró al Padre por todos nosotros. Como lumbreras, según las palabras del apóstol Pablo, aparecieron en el mundo, manteniendo firme la palabra de vida.

Casi todos los santos alcanzaron la unidad en Cristo y el amor, por lo que no debe sorprender que difieran entre sí en algo, ya sea en pareceres, o en costumbres, o en alguna pena pasajera, sin la cual los hombres casi nunca pueden pasar. Eran como ángeles, y por ello atesoraron y conservaron la paz de Dios, por la cual Cristo oró y que es Cristo mismo. «Él es nuestra paz», dice el apóstol Pablo, «el que de ambos pueblos hizo uno… la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Ef. 2, 14; Flp. 4, 7). Ellos, habiendo reposado en paz, gozan ahora del mayor silencio, viendo ahora puramente a Cristo, a quien amaron con toda su alma y a quien buscaron, y constituyen un todo con Él, y participan insaciablemente de su divina y dulcísima luz. Los esponsales con Él los recibieron ya aquí, se purificaron mediante la contemplación y las obras, y en el monte recibieron la iluminación divina, como los apóstoles. Y muchos atestiguaron que los vieron con los rostros iluminados, como el del protomártir Esteban, pues no solo en sus corazones fue derramada la gracia, sino también sobre sus rostros. Por eso llegaron a ser semejantes al gran Moisés. Según el testimonio de testigos oculares, sus rostros resplandecían. Pues ellos, habiendo padecido bien y conocido por experiencia esta bienaventurada pasión, pueden hablar de la luz divina de la acción natural de Dios y de la gracia, y de la oración sagrada, y ser sus santos testigos.

Deja una respuesta