Del mismo, brevemente, sobre la oración

Del mismo, brevemente, sobre la oración

Del mismo, brevemente, sobre la oración. La oración incesante consiste en invocar siempre el Nombre de Dios: ya sea que la persona hable, o coma, o haga cualquier otra cosa. En todo tiempo y en todo lugar conviene invocar el Nombre de Dios, como está escrito: «Orad sin cesar» (1 Tes. 5, 17). Tal oración destruye el asalto del enemigo. Se debe orar con el corazón, y cuando estás a solas, también con los labios. Pero cuando te encuentras en la plaza o entre la gente, entonces no conviene cantar con los labios, sino solo con el pensamiento. Conviene también guardar la mirada y mirar hacia abajo, para evitar la divagación del pensamiento y las redes del enemigo. La oración perfecta consiste en hablar a Dios sin divagación del intelecto, cuando todos los pensamientos y los sentidos están recogidos en uno. Esto enseña al hombre a morir a todo ser humano, y al mundo, y a todo lo que hay en el mundo. La oración se reconoce en esto: en que transforma la turbación, cuando se ve cómo se alegra el intelecto iluminado en el Señor. Señal de la oración es que aquel a quien ha tocado no se turba, aunque el mundo entero se lanzara contra él. Pues quien ora perfectamente muere a su propio sosiego y al mundo. La oración hecha con humildad, trabajo y lágrimas, y sin cumplir la propia voluntad, pone fin a los recuerdos de lo que uno ha hecho, o visto, o oído, o dicho. Pues los padres corrigieron esto, mas no se corrige sin trabajo, lágrimas y renuncia a la propia voluntad. Que no solo el intelecto realice la oración y la salmodia, sino también los labios. Pues dice el profeta David: «Señor, abrirás mis labios, y mi boca proclamará Tu alabanza» (Sal. 50, 17); y el Apóstol, mostrando cuán preciosa es la oración de los labios, habla del corazón y del «fruto de los labios» (Heb. 13, 15).

Abba Filemón

Nuestro venerable padre Filemón fue el más sobrio y el más abundante en lágrimas entre los padres portadores de Dios. No sabemos cuándo vivió. Pero de este Discurso puede advertirse que fue sumamente piadoso y experimentado, que amó la quietud como ningún otro entre los ancianos, y que imitó sinceramente a Arsenio el Grande. Día y noche permanecía en oraciones y súplicas en su cabaña de ermitaño, como en una morada espaciosa, y a menudo se lavaba con las fuentes siempre fluyentes de lágrimas y llanto: no solo porque tuviera en sí alguna falta, sino incluso cuando poseía algunas virtudes. De manera amante de Dios trascendió todo lo sensible y lo inteligible, presentándose ante Dios como sordo y mudo, y fue hallado digno de participar de la iluminación de la maravillosa gracia divina. De él, como de la luz del sol, mediante la prueba, el discernimiento, la previsión y la clarividencia, recurriendo a la mayor quietud y silencio, se enriqueció abundantemente el siempre glorioso venerable Filemón. Testigo fidedigno de lo que he dicho acerca de él es este mismo Discurso, en el cual, como en cualquier otro Discurso, se teje con inefable belleza una enseñanza llena de discernimiento sobre la sagrada sobriedad, como una exquisita púrpura tejida por Dios. Cuanto su enseñanza conduce a la práctica, otro tanto impulsa a la contemplación, y con larga prueba y obra confirma la verdad. Por tanto, quien desee despojarse de la vestidura manchada e indecorosa de las pasiones, es decir, del hombre viejo, y revestirse de la vestidura resplandeciente de la impasibilidad y de la gracia, esto es, del hombre nuevo en Cristo Jesús, medite esto con frecuencia y cumpla en obra, según sus fuerzas, lo que ha aprendido; y entonces obtendrá fácilmente lo que desea.

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