Sobre el monacato, por Evagrio el Monje, que enseña cómo conviene luchar y guardar la quietud

Sobre el monacato, por Evagrio el Monje, que enseña cómo conviene luchar y guardar la quietud

El Señor dijo por el profeta Jeremías: «No tomes mujer, ni tengas hijos ni hijas en este lugar… morirán de muerte penosa» (Jer. 16, 1-4). Lo mismo dice el Apóstol: «El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer, y está dividido. Asimismo la mujer casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido» (1 Cor. 7, 33-34). De aquí se ve claramente que el profeta habla de «morir de muerte penosa» no solo respecto de los hijos e hijas nacidos en el matrimonio, sino también respecto de aquellos hijos e hijas nacidos en el corazón, esto es, los pensamientos y deseos carnales, que en la penosa y débil sabiduría de este mundo perecerán y no heredarán el Reino de los Cielos. «El no casado», dice el Apóstol, «se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor» (1 Cor. 7, 32), y dará siempre frutos florecientes e inmortales de vida eterna.

Tal es el monje, y así debe ser el monje, que no tiene ni mujer ni hijos ni hijas. Debe ser soldado de Cristo, libre de posesiones y libre de cuidados, sin pensamiento ni obra vana alguna, como dice el Apóstol: «Ninguno que milita se enreda en los negocios de esta vida, si quiere agradar a aquel que lo alistó» (2 Tim. 2, 4). Permanezca sobre todo en esto el monje que ha dejado atrás todos los asuntos de este mundo y se apresura hacia las bellas y elevadas conquistas de la quietud: los trofeos de la victoria.

¡Qué hermoso y bueno es el combate de la quietud! ¡Cuán verdaderamente bello y benigno es! «Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt. 11, 30). Vida gozosa, labor dulce. ¿Tomarás tú, amado, sobre ti la vida de quietud tal como es, y te apresurarás hacia las conquistas de la quietud? Si lo deseas, deja atrás las tristezas del mundo y los principados y potestades que hay en ellas, esto es, hazte como un ser incorpóreo, libre de pasión, sin deseo alguno, para que toda clase de desgracias te sea ajena y puedas guardar bien la quietud. Si no las apartas de ti, será imposible vivir así.

Come poco y escoge alimentos sencillos, no de aquellos que traen mucha inquietud. Y si te viene el pensamiento de preparar mejor comida para los viajeros, recházalo y no le prestes oído alguno; el enemigo se desliza con él para arrancarte de la quietud. Sabes cómo el Señor Jesús reprendió a aquellas almas que se inquietan por esto, y dijo a Marta: «Te afanas y te inquietas por muchas cosas, pero una sola es necesaria» (Lc. 10, 41): escuchar la palabra divina, y entonces recibirás todo sin dificultad. Y añade: «María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada» (Lc. 10, 42).

Tienes también el ejemplo de la viuda de Sarepta, y de lo que ofreció al profeta. Aunque solo tengas pan, o sal, o agua, con ello puedes alimentar a un viajero y recibir la recompensa de la hospitalidad. Y si ni siquiera tienes esto, recibe al viajero con buena disposición y dile una palabra amable, y recibirás igualmente la recompensa de la hospitalidad. Pues se ha dicho que una palabra amable es mejor que un regalo.

Esto es lo que debes saber acerca de la limosna. Mira de no desear poseer riquezas para darlas a los pobres. También en esto hay algo engañoso, que a menudo conduce a la vanagloria, y el intelecto se arroja a numerosos enredos. El Señor Jesús da testimonio en el Evangelio de la viuda que superó la intención y el poder de los ricos con dos moneditas. Dice el Señor que «todos ellos echaron como ofrenda a Dios de lo que les sobraba, pero ella, de su pobreza, echó todo el sustento que tenía» (Lc. 21, 4).

Y acerca del vestido digo: no desees tener vestiduras superfluas, sino solamente las necesarias para tu cuerpo. «Echa sobre el Señor tu cuidado, y Él te sustentará» (Sal. 54, 23; 1 Pe. 5, 7). Está dicho que el Señor te alimentará. Cuando tengas necesidad de vestido o de alimento, no te avergüences de recibir de otros cuando te lo traigan, pues la vergüenza es señal de soberbia. Y cuando tengas algo superfluo, dáselo a quien no lo tiene. Dios quiere que sus hijos labren su salvación de esta manera. Por eso el Apóstol escribe a los corintios acerca de quienes han padecido escasez: «…para que en este tiempo vuestra abundancia supla su escasez, y para que también la abundancia de ellos supla algún día vuestra escasez, de modo que haya igualdad, como está escrito: «El que recogió mucho no tuvo de más, y el que recogió poco no tuvo de menos»» (2 Cor. 8, 14-15).

Por tanto, teniendo todo lo necesario para el tiempo presente, no te inquietes por el tiempo venidero, ni por un solo día, ni por una semana, ni por un mes. Cuando llegue, te dará todo lo que necesites, si buscas primero el Reino de Dios y la justicia de Dios: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt. 6, 33).

Considera que la paz del alma es mejor que la paz del cuerpo. No desees vivir con personas que aman las cosas y guardan rencor contra otros. Vive o bien por ti mismo, o bien con hermanos que no aman las cosas ni guardan rencor. Pues quien vive con personas que aman las cosas y guardan rencor contra otros aprenderá él mismo sus males y comenzará a servir a las exigencias de los hombres y a las conversaciones vanas y a todos los demás males: la ira, la tristeza, las obras frenéticas y las peticiones excesivas acerca de los parientes y la amistad con los allegados. Mira que estas cosas no te aparten del bien. Por esta razón evita las conversaciones frecuentes, no sea que te quiten el silencio de tu celda y te arrastren a su inquietud. «Sígueme», dijo el Señor, «y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mt. 8, 22).

Haz todo, haz todas las cosas para poder guardar la quietud y permanecer libre de cuidados, y esfuérzate por permanecer en la voluntad de Dios y en la batalla con lo invisible. Sé como un buen mercader que todo lo arriesga por causa del silencio, y de todos modos se mantiene en el silencio y en la necesidad. Además, te digo: ama la tierra extranjera. Ella te librará de las tentaciones que te aguardan en tu propio país y te permitirá gozar de los bienes del silencio. Evita la vida de la ciudad y soporta con paciencia la vida del desierto. Esto dice san David al respecto: «He aquí que huí lejos y moré en el desierto» (Sal. 54, 8). Si es posible, no entres en absoluto en la ciudad. No hay allí nada bueno, nada necesario, nada provechoso para tu vida de quietud. «He visto», dice el mismo santo, «iniquidad y contienda en la ciudad» (Sal. 54, 10).

Busca, pues, lugares silenciosos y apartados. No temas sus ruidos; y aunque veas allí apariciones demoníacas, no tengas miedo ni huyas de un lugar que te es provechoso. Soporta sin temor, y contemplarás las grandes obras de Dios: su intercesión, su providencia y otras seguridades de la salvación. «Esperaba», dice aquel bienaventurado, «a Aquel que me salva de la pusilanimidad y de la tempestad» (Sal. 54, 9). «Pues la fascinación de la maldad oscurece lo bueno, y el torbellino del deseo pervierte la mente inocente» (Sab. 4, 12). Por eso hay muchas tentaciones. Teme el pecado y permanece firme en tu celda.

Cuando tengas amigos, evita las conversaciones frecuentes con ellos. Y cuando comprendas el daño que proviene de tales conversaciones, no te acercarás a ellas en absoluto. Ten amigos que contribuyan a tu modo de vida. Evita conversar con los malvados e iracundos, y no vivas con ninguno de ellos, ni aceptes sus consejos malignos, pues no están unidos a Dios ni permanecen en Él. Sean tus amigos hombres pacíficos, hermanos espirituales, hombres santos. Así los llama el Señor, diciendo: «He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mc. 3, 34-35).

No habites con quienes viven en incesante inquietud, ni vayas a banquetes con ellos, no sea que te arrastren a sus tentaciones y te aparten del arte del silencio, pues tal pasión hay en ellos. «Mis ojos», dice David, «están puestos en los fieles de la tierra, para que moren conmigo» (Sal. 100, 6). Cuando venga a ti alguien que vive según el amor de Dios y te invite a comer con él, ve si quieres, pero vuelve enseguida a tu celda. Si es posible, fuera de tales ocasiones pasa siempre la noche en tu celda, para que la gracia del silencio esté siempre contigo y la regla de la celda se cumpla sin estorbo.

No desees manjares deliciosos ni ninguna clase de lujo. Cuando te inviten a menudo a alguna parte, rehúsa, pues no te es provechoso estar frecuentemente fuera de tu celda. Tal ausencia quita la gracia, oscurece el pensamiento y seca el deseo. Mira una vasija de vino: cuando el vino reposa en un lugar y no se lo mueve, se asienta, se hace fuerte y fragante; pero cuando se lo lleva de un lado a otro, se enturbia y se vuelve inservible, porque el poso sube del fondo. Compárate con él y apresúrate a conservar lo que te es provechoso. Evita la reunión de mucha gente, para que los pensamientos no entren en tu intelecto y enturbien tu quietud.

Atiende a tu labor manual y trabaja en ella, si es posible día y noche, «para no ser gravoso a nadie» (2 Tes. 3, 8), como dice el Apóstol, y también para tener algo que dar a otro; y así darás muerte al espíritu del desaliento y a todos los deseos hostiles, pues el espíritu del desaliento se adhiere a la ociosidad. «El alma del perezoso desea y nada alcanza», dice el sabio Salomón (Prov. 13, 4).

Cuando das o recibes, no puedes evitar el pecado; por tanto, cuando vendas o compres algo, sufre pequeñas pérdidas, para que, al fijar un precio por interés propio, no sufras daño en el alma, y comiences a disputar, y quebrantes un juramento, y no cumplas tu palabra, y así deshonres y avergüences la dignidad de tu propia voluntad. Razonando así, sé cauto en el dar y en el recibir. Y cuando escojas lo mejor, y esto te sea posible, confía tus asuntos a algún hombre fiel, para que, permaneciendo así con el alma en paz, tengas esperanzas buenas y gozosas.

El camino de la quietud me impulsa a enseñar así. Te explicaré lo que en ella debe atesorarse; y tú, escúchame y haz como te mando. Sentado en tu celda, recoge tu intelecto; recuerda el día de la muerte, contemplando entonces la inmovilidad del cuerpo; considera el sufrimiento, emprende el trabajo, conoce la vanidad de este mundo, y la mansedumbre, y la vigilancia, para que puedas permanecer en silencio y no desfallecer. Recuerda el estado presente en el infierno; considera cuán duro es allí para el alma, en qué amargo silencio habita, o en qué gemidos terribles, en qué temor y sufrimiento, en qué espera de una angustia del alma sin fin y de lágrimas sin término. Recuerda el día de la resurrección y de la comparecencia ante Dios. Considera el juicio temible y terrible; recuerda lo que allí aguarda a los pecadores: la vergüenza ante Dios y ante su Cristo, ante los ángeles, arcángeles, principados y todos los hombres, y todos los tormentos: el fuego eterno, el gusano que no muere, el Tártaro, las tinieblas, y además de todo esto el crujir de dientes, los terrores y los demás tormentos.

Recuerda también los bienes preparados para los justos: la confianza ante Dios Padre y ante su Cristo, ante los ángeles, arcángeles, principados y todos los hombres; el Reino y sus dones, el gozo y el deleite. Recuerda lo uno y lo otro. Considerando el juicio de los pecadores, lamenta, llora y suspira, temiendo hallarte en tal estado. Considerando los bienes preparados para los justos, alégrate, gózate y exulta, y apresúrate a alcanzar estos y a apartarte de aquellos. Ten cuidado de no olvidar jamás estas cosas, ya guardes silencio en tu celda o en otro lugar; recuérdalas constantemente, y por ellas evitarás los pensamientos impuros y dañinos.

Ayuna ante el Señor cuanto puedas. El ayuno limpia tus iniquidades y pecados, añade honor al alma, santifica el intelecto, ahuyenta a los demonios y prepara tu morada con Dios. Cuando comas una vez al día, no desees comer una segunda, no sea que incurras en grandes gastos y perturbes tu discernimiento. Entonces podrás hacer obras buenas con generosidad y mortificar las pasiones de tu cuerpo. Pero cuando vengan a ti otros hermanos y debas comer una segunda y una tercera vez, no te entristezcas ni suspires; al contrario, alégrate, muestra obediencia en su necesidad, y come una segunda y una tercera vez, y da gracias a Dios porque has cumplido la ley del amor; y Dios mismo cuidará de lo que te es provechoso. Sucede también que uno deba comer dos o tres veces o más a causa de la debilidad corporal; no dejes que tus pensamientos se entristezcan por ello. Aunque no podamos llevar a término todos los trabajos corporales de nuestra vida, hemos de ceder en algunos de ellos para recobrarnos y volver a los trabajos anteriores.

En cuanto a la abstinencia de alimentos, la Palabra de Dios no ha prohibido alimento alguno. El Señor dijo: «Todo lo que se mueve y vive os servirá de alimento; como las hierbas verdes, os lo he dado todo» (Gén. 9, 3). Y también: «No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre» (Mt. 15, 11). La renuncia al alimento es obra de nuestro propio deseo y del esfuerzo del alma.

Soporta con amor la vigilia y el dormir en el suelo y todas las demás formas de paciencia, contemplando la gloria que te será revelada con todos los santos. «Los sufrimientos del tiempo presente», dice el Apóstol, «no son dignos de compararse con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Rom. 8, 18).

Cuando estés afligido, ora como está escrito; ora con temor y temblor, con dolor, perseverando y vigilante. Así debemos orar, sobre todo a causa de nuestros enemigos malignos. Pues cuando nos ven de pie en oración, entonces también ellos nos acometen con diligencia, colocando en nuestro intelecto tales cosas que no quisiéramos recordar en la oración ni pensar en ellas, a fin de apoderarse de nuestro intelecto y hacer vanas y vacías nuestras oraciones y súplicas. Verdaderamente vanas e inútiles son la oración, las peticiones y las súplicas cuando no se realizan como conviene, con temor y temblor, con vigilancia y presteza.

Si alguien se presenta ante un rey y pide algo con temor y temblor, y con prudencia, ¿con cuánto mayor temor y temblor conviene que nos presentemos ante Dios, Señor de todo, y ante Cristo, Rey de reyes y Señor de señores, y ofrezcamos oración y petición? Pues a Él toda la multitud y el coro de los ángeles, sirviendo con temor y glorificando con temblor, elevan un himno sin fin, junto con su Padre eterno y el santísimo y coexistente Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

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