Libro primero de nuestro venerable padre teóforo Pedro de Damasco
Comienzo, con Dios, de este libro de nuestro venerable padre teóforo, el hieromártir Pedro de Damasco.
Introducción. Por qué fue escrito este libro.
Tantos y tan grandes dones he recibido yo, miserable, por la gracia de Dios, sin haber hecho nada bueno, que llegué a temer: por pereza y dureza de corazón podría olvidar estos dones y tales beneficios de Dios, y no presentarme ante Él como se presenta ante su Bienhechor quien es prudente y agradecido. Por eso escribí estas instrucciones como reproche a mi alma miserable, y nombré todas aquellas Escrituras, Vidas y Discursos de los santos padres que leí, para recordar al menos un poco de lo que enseñaron.
Como nunca poseí libros ni intenté comprarlos, tomé prestado del amor de Cristo lo que mi alma necesitaba, así como otros toman prestado lo que necesitan para el cuerpo. Y habiendo leído con cuidado el libro prestado, lo devolvía a quien me lo había dado. Eran libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Del Antiguo: el Éxodo, los Reyes, las Crónicas, los Salmos y los libros de los profetas. Del Nuevo: los santos Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y, además, los comentarios a todos estos libros. Y de los padres, los libros de Dionisio, Atanasio, Basilio, Gregorio el Teólogo, Crisóstomo, Gregorio de Nisa, Antonio, Arsenio, Macario, Nilo, Efrén, Isaac, Marcos, Juan Damasceno, Juan el obispo, Máximo, Doroteo, Filemón y otros santos, y las Vidas y los Discursos.
Y quiso Dios que yo, indigno, lo examinara todo con esperanza y esfuerzo, buscando el principio de la salvación del hombre y el de su perdición. Me preguntaba si toda acción y toda obra salvan al hombre o no; y qué es lo que todos los hombres buscan; y cómo se servía a Dios antiguamente y cómo se le sirve ahora; y cómo vivían los hombres en la riqueza y en la pobreza, entre multitud de pecadores y en el desierto, en el matrimonio y en la virginidad. En una palabra, me preguntaba cómo en todo lugar y en toda empresa hallamos la vida y la muerte, la salvación y la perdición. Y no solo esto, pues los monjes tenemos diversas reglas de vida: la obediencia a un padre con el cuerpo y con el alma; la quietud que purifica el alma; el consejo espiritual en lugar de la obediencia; el oficio de abad y el oficio de obispo. Y en todas ellas por igual hallamos a quienes se salvan y a quienes se pierden.
Y me admiraba no solo de ellos, sino también de aquel antiguo ángel del cielo, espiritual por naturaleza, que poseía sabiduría y toda virtud, y que de pronto se convirtió en diablo, en tinieblas e ignorancia, en principio y fin de todo pecado y de toda maldad. Me admiraba también de Adán, tenido en tan alta honra, que gozaba de bienes y vivía con Dios, adornado de sabiduría y de virtud en el paraíso, unido a Eva; y que en un instante fue expulsado, quedó sujeto a la pasión y a la muerte, y trabajó entre fatigas y cargas, con sudor y gran tristeza. Y le nacieron Caín y Abel, los únicos hermanos sobre la tierra; y me asombraba de que uno de ellos, vencido por la envidia y la astucia, cometiera un homicidio y atrajera sobre sí la maldición y la inquietud. Me admiraba también de los hombres que descendieron de ellos y perecieron en el diluvio por sus muchos pecados. Pero Dios, en su amor al hombre, salvó a los que estaban en el arca; y entre ellos estaba Cam, cuyo hijo Canaán cayó bajo la maldición, pues el justo Noé, para no apartar la bendición de Dios, maldijo al hijo y no al padre.
Luego me admiré de los que edificaron la torre de Babel, y de los sodomitas, y de los israelitas, y de Salomón, y de los ninivitas, y de Guejazí, y de Judas, y de todos los que fueron buenos y se volvieron malos. Me asombraba también de que Dios, que es todo bondad y sumamente misericordioso, que es la Bondad misma, permitiera que existieran en el mundo tribulaciones y tentaciones tan grandes y tan numerosas. Algunas las dispone Él mismo: los trabajos del arrepentimiento, la sed, el hambre, el llanto, la privación de todo lo necesario, la abstinencia de los placeres, el debilitamiento del cuerpo en la lucha ascética, las vigilias, la fatiga, los dolores, muchas lágrimas amargas, los suspiros, el temor de la muerte y del juicio, el examen y la compañía de los demonios en el infierno, el día temible del juicio, la vergüenza que sentiremos ante toda la creación, el temblor, la amarga manifestación de nuestras obras, palabras y pensamientos, las amenazas y la ira, tormentos de muchas clases y sin fin, el llanto inútil, las lágrimas incesantes, la tiniebla sin término, el miedo, el sufrimiento, la distracción, la tristeza, la angustia y el tormento del alma en este siglo y en el venidero; y las desgracias que ocurren en el mundo: naufragios, enfermedades incontables, rayos, truenos, granizo, terremotos, hambre, inundaciones, muertes prematuras; en una palabra, todos los males que nos sobrevienen por permisión de Dios.
Otras no las dispone Dios, sino que nosotros mismos las queremos y los demonios las traen: las guerras, las pasiones, los muchos pecados que se nombrarán en el Discurso siguiente, desde la locura hasta la desesperación y la ruina total; los asaltos de los demonios, los combates, el tormento de las pasiones, el abandono, las preocupaciones y los cambios de la vida, la ira, la calumnia y toda ofensa que voluntariamente nos infligimos a nosotros mismos y unos a otros. Nada de esto quiere Dios. Y me admiraba también de esto: que en medio de tantos males muchos se salvaran y nada les dañara, mientras otros perecieran contra la voluntad de Dios.
Aprendiendo todo esto y mucho más de las divinas Escrituras, quedé quebrantado en el alma y «derramado como agua» (Sal 22,15), y con frecuencia desfallecía, porque no lograba sentir ni siquiera un poco de aquello de lo que hablaba. Pues si lo hubiera sentido, no habría podido seguir viviendo una vida llena de pecado y de desobediencia a Dios, por la cual ha venido todo mal, pasado y futuro.
Sobre el principio de todo bien: el conocimiento natural y el consentimiento a la voluntad de Dios.
Sin embargo, habiendo recibido de la gracia el deseo de buscar, encontré las siguientes reflexiones de los santos padres. El principio de todo bien es el conocimiento natural que Dios dio al hombre, o que el hombre aprendió de las divinas Escrituras, o del ángel custodio que se nos da en el santo bautismo para guardar el alma de todo creyente — a esto lo llamamos conciencia —, y que nos recuerda los divinos mandamientos de Cristo, ya que por ellos se conserva en el bautizado la gracia del Espíritu Santo, siempre que él quiera conservarla.
Después del conocimiento viene el consentimiento, y este es el principio de la salvación: el hombre abandona su propia voluntad y su propio entendimiento y obra según la voluntad y el entendimiento de Dios. Y cuando el alma logra esto, entonces entre todas las cosas creadas no habrá cosa alguna, ni acto, ni lugar que pueda impedirle llegar a ser lo que Dios quiso desde el principio: según su imagen y semejanza y, por gracia, en el estado de un dios: impasible, justo, bueno y sabio, ya sea en la riqueza o en la pobreza, en la virginidad o en el matrimonio, en la autoridad o en la libertad, en la sumisión o en la servidumbre; en una palabra, en todo tiempo, en todo lugar y en toda cosa.
Por eso hubo muchos justos antes de la ley, y bajo la ley, y bajo la gracia: porque antepusieron el conocimiento de Dios y su voluntad a su propia voluntad y a su propio entendimiento. Y vemos a muchos que perecieron en los mismos tiempos y en las mismas circunstancias, porque antepusieron su propio conocimiento y sus deseos a los de Dios. Así ha sido siempre.
Hay diversas clases de conocimiento y de obras. Adquiera cada uno el discernimiento, ya sea humildemente por la sabiduría que Dios le ha dado, ya preguntando a quienes tienen el don del discernimiento. Pues sin él lo que hagamos no será bueno, aunque en nuestra ignorancia lo tengamos por bueno. Por el discernimiento el hombre conoce sus propias fuerzas y la naturaleza de la obra que quiere emprender, y así comienza a servir a Dios con sus obras. En todo, sin embargo, ha de estar dispuesto a renunciar a sus propios deseos, como hemos dicho, para comprender la intención de Dios, es decir, qué obras quiere Dios de nosotros. Y si no lo hace, no podrá salvarse.
Que después de la transgresión crecemos en las pasiones y necesitamos el trabajo del arrepentimiento.
Después de la transgresión de Adán todos crecemos en las pasiones y, habiéndonos acostumbrado a ellas, no queremos el bien con alegría; no buscamos el conocimiento de Dios ni obramos según él con amor, como hacen los impasibles. Al contrario, amamos las pasiones y la astucia, y no queremos el bien en absoluto, salvo por necesidad, temiendo el tormento — así obran quienes reciben la palabra de Dios con fe firme —; mientras que otros ni siquiera temen el tormento. Aunque conocemos las tribulaciones de esta vida y el tormento venidero, servimos a nuestras pasiones con toda el alma; y algunos, sin sentir su amargura, trabajan en las virtudes solo por obligación y de mala gana. Por nuestra insensatez deseamos aquello que merece ser odiado.
Como los enfermos necesitan que se les abran y cautericen las heridas para sanar, así nosotros necesitamos tentaciones y el trabajo del arrepentimiento, y el temor de la muerte y del tormento, para recobrar la salud original del alma y librarnos de la enfermedad que nuestra locura nos ha traído. Y cualquier trabajo, voluntario o involuntario, que nos dé el Médico de nuestras almas, debemos agradecer su amor al hombre y recibirlo con alegría. En su cuidado por nosotros ha multiplicado las tribulaciones voluntarias mediante el arrepentimiento y las involuntarias mediante las tentaciones y las pruebas, para que quienes están dispuestos a sufrir voluntariamente sanen de su enfermedad y se vean libres de los tormentos pasados — y quizá también de los presentes.
Que Dios no obliga a nadie, sino que ilumina a todos.
Que los insensatos sean sanados, pues, por la gracia del Médico, mediante el temor del tormento y de toda clase de prueba. Quienes aman su enfermedad y permanecen en ella son entregados con justicia al tormento eterno, pues se asemejan a los demonios y sufrirán con ellos el tormento eterno preparado para los demonios, ya que quisieron estar con ellos y no fueron agradecidos con su Bienhechor.
No todos recibimos del mismo modo la bondad de Dios. Unos reciben el fuego del Señor, es decir, su palabra, y por su acción sus corazones se ablandan como la cera; otros, por pereza, se endurecen como tierra seca, y sus corazones se vuelven de piedra. Pero el Señor no obliga a ninguno de nosotros a recibir. El sol envía sus rayos e ilumina el mundo entero; el que quiere ver, ve, y al que no quiere ver no se le fuerza. Nadie tiene la culpa de que un hombre quede privado de la luz sino él mismo, si no la quiso. Dios creó el sol y el ojo, y está en poder del hombre ver o no ver. Así ocurre también aquí.
Dios ilumina a todos con el conocimiento como con rayos, y además del conocimiento da también la fe como un ojo. Quien quiere recibir el verdadero conocimiento por la fe lo conserva en su memoria mediante sus obras, y Dios le concede mayor vigilancia, conocimiento y fuerza. Quien tiene el conocimiento natural, porque quiso tenerlo, de ese conocimiento nace la vigilancia; de la vigilancia, la fuerza para obrar; de la acción, la conservación de la memoria; de la memoria, una actividad más cuidadosa, por la cual se otorga un conocimiento más alto; y de este conocimiento, que se llama sabiduría, nace la abstención de las pasiones y el soportar las tribulaciones; y de estas, el trabajo por Dios y el conocimiento de los dones de Dios y de los propios pecados. De aquí nace la recta comprensión, y por ella el temor de Dios; del temor de Dios, la guarda de los mandamientos, es decir, el llanto, la mansedumbre y la humildad, que engendran el discernimiento; y del discernimiento viene la previsión, esto es, prever los pecados futuros y cortarlos a tiempo con la ayuda de la experiencia y de la memoria, pues por la pureza del intelecto recordamos tanto lo que hicimos antes como lo que hacemos ahora, y lo que se hizo en secreto. Prever los pecados y cortarlos engendra la esperanza, y de la esperanza vienen la impasibilidad y el amor perfecto.
Tal hombre ya no quiere nada sino la voluntad de Dios; y deja esta vida temporal por amor de Dios y del prójimo con alegría, para que con sabiduría, con la inspiración del Espíritu Santo y con la filiación sea crucificado, sepultado y resucitado, y ascienda espiritualmente con Cristo, imitándolo, es decir, imitando su vida en la tierra. Y recibe sin más la prenda de la bienaventuranza futura, como dice el Teólogo en el Discurso sobre los ocho pensamientos: el hombre tiene a Dios dentro de sí y se hace impasible, justo, bueno y sabio, porque —como dice el mismo Cristo— guarda los mandamientos (cf. Jn 14,21), comenzando por el primero y pasando después a todos los demás. Más adelante diré cómo debe guardarse este orden.
Sobre el orden de las pasiones, desde la insensatez hasta la ruina.
Y así como hemos hablado del conocimiento de las virtudes, hablemos también de las pasiones. El conocimiento nos ilumina como el sol, pero el necio se cubre los ojos; es decir, en lugar del consentimiento hay incredulidad y pereza, y enseguida el olvido, nacido de la ociosidad y de la dureza, vence al conocimiento. Así, de la insensatez viene la dureza, y de la dureza la ociosidad, y de la ociosidad el olvido, y del olvido el amor propio, cuando el hombre ama su propia voluntad y sus propios deseos; y esto se llama amor al placer y amor a la gloria. De estos viene el amor al dinero, raíz de todos los males; y de él, la preocupación por las cosas del mundo; y de esta, la ignorancia total de los dones de Dios y de los propios pecados. Por eso se implantan en el hombre las otras ocho pasiones principales: me refiero a la gula y, por ella, a la impureza; por ambas, el amor al dinero, y de él la ira, cuando el hombre no consigue lo que quiere, esto es, lo que desea su propia voluntad. De aquí viene la tristeza, y a causa de ella la acedia. Luego la vanagloria, y de ella la soberbia. Y de estas ocho procede todo mal, toda pasión y todo pecado. Por causa de ellas el hombre cae en la desesperación y en la ruina total, se aparta de Dios y, como hemos dicho, se hace semejante a los demonios.
El hombre está entre estos dos caminos, es decir, entre el camino de la verdad y el camino del pecado, y emprende el que quiere y anda por él. Y el camino que ha emprendido, y quienes lo conducen por él —ya sean ángeles y hombres de Dios, ya demonios y hombres malvados—, lo llevan hasta el final del camino, aunque él ya no lo quiera.1 Los justos van a Dios y al Reino de los cielos, y los pecadores al diablo y al tormento eterno. Pero la causa de la ruina no es otra que la propia voluntad, mientras que la causa de la salvación es Dios, que después del simple existir concede también el existir bien, el conocimiento y la fuerza. El hombre no puede tener esto sin la gracia de Dios.
Y el diablo nada puede hacer para nuestra perdición: no puede arrancarnos el consentimiento, ni llevarnos al agotamiento o a la ignorancia involuntaria, ni hacer ninguna otra cosa para forzar al hombre; solo pone en él la memoria del mal. Por tanto, quien hace el bien dé gracias a Dios, que nos lo ha dado todo junto con nuestra existencia; y quien ha elegido lo contrario y lo practica, cúlpese solo a sí mismo. Pues nadie puede obligarlo por la fuerza: Dios lo creó libre, para que fuera alabado por elegir el bien por su propio deseo, como conviene a un ser racional creado por Dios, y no por obligación, como las criaturas sin razón y sin alma. Hacemos el mal por nuestra propia voluntad y con nuestros propios pensamientos, habiéndolo aprendido del inventor del mal. Y Dios, que es todo bondad, no nos obliga, para que no incurramos en mayor condena desobedeciendo bajo coacción; ni nos quita el libre albedrío que Él mismo nos dio.
Quien desee hacer el bien, pídalo a Dios en la oración, y al punto se le darán conocimiento y fuerza, para que se manifieste la gracia justa enviada por Dios. Él daría sin oración lo que da por medio de la oración; pero si un hombre a quien se le da el aire para vivir, y que sabe que sin él no puede vivir, no da gracias, cuánto más debe dar gracias a Aquel que lo creó y le dio aliento y salud para respirar y vivir. Así pues, debemos estar muy agradecidos a Dios, que por su gracia creó la oración, y el conocimiento, y la fuerza, y las virtudes, y a nosotros, y todo lo que existe por causa nuestra. Y no solo creó, sino que no cesa de cuidar de nosotros, para vencer nuestra malicia y a nuestros enemigos, los demonios.
Pues el mismo diablo, habiendo perdido el conocimiento que Dios le había dado, quedó oscurecido involuntariamente por la ignorancia y la soberbia, y por eso no puede saber por sí mismo lo que quisiera hacer; en cambio, observa atentamente lo que Dios hace para nuestra salvación y de ello aprende, obrando con astucia y traición para nuestra ruina. Por eso odia a Dios; y como no puede luchar contra Él, lucha contra nosotros, que hemos sido creados a imagen de Dios, pensando que así se venga de Dios. Y ve que le prestamos oídos, como dice el Crisóstomo.
Vio cómo Dios creó a Eva para que fuera ayuda de Adán, e hizo de ella su ayuda en la transgresión y la desobediencia. Dios dio el mandamiento para que Adán, guardándolo, conservara la memoria de tan grandes dones y diera gracias a Dios; y el diablo hizo de aquel mandamiento la causa de la desobediencia y de la muerte. En lugar de profetas suscitó falsos profetas; en lugar de apóstoles, falsos apóstoles; en lugar de la ley introdujo la iniquidad; en lugar de las virtudes, los pecados; en lugar de los mandamientos, las transgresiones; en lugar de toda verdad, todo pecado; y en lugar de los dogmas verdaderos, herejías abominables. Y de nuevo, viendo a Cristo, que con suma bondad se acerca a los santos mártires y a los santos padres, ya sea Él mismo, ya por medio de los ángeles, ya por alguna otra providencia indescriptible, también el diablo empezó a desplegar muchas clases de engaño para nuestra perdición. Por eso los padres del discernimiento escribieron que no hay que aceptar tales engaños, sea una figura, o una luz, o un fuego, o cualquier otra ilusión.
El diablo intenta tentarnos al menos por medio de los sueños o de los sentidos. Y si no aceptamos nada de esto, entonces sugiere al intelecto, mediante la arrogancia y la extrema ignorancia, que imagine ciertas imágenes o apariencias, para que pensemos que se trata de una visión de Dios o de un ángel. A menudo muestra demonios en sueños y por medio de los sentidos como si estuvieran vencidos; y cuando alguien se le somete, urde toda clase de ardides para la perdición de ese hombre. Y a veces hace todo esto y su esperanza no se cumple.
Nota 1: Se dice aquí que los demonios llevan al hombre hasta el final del camino aunque él no lo quiera. Esto significa que su buena intención queda atada dentro de él, y es en sí misma débil e inactiva, porque en él prevalece la inclinación al mal.
Que durante la oración el intelecto debe mantenerse libre de toda forma e imagen.
Por eso los santos padres dicen que durante la oración el intelecto ha de mantenerse libre de toda forma, sin imágenes ni conceptos, y no debe aceptar nada —ni luz, ni fuego, ni ninguna otra cosa—, sino mantener su pensamiento únicamente en las palabras que pronuncia. Pues quien ora solo con la boca ora al aire y no a Dios; Dios escucha al intelecto, no las palabras, como hacen los hombres. «Los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad» (Jn 4,24), dice Cristo. Y: «Prefiero decir cinco palabras con mi mente que diez mil palabras en lenguas» (1 Cor 14,19).
Entonces el diablo, sin comprender lo que sucede, nos pone el pensamiento de la desesperación: que en otros tiempos hubo otros hombres, y por medio de ellos Dios obraba milagros a causa de la fe, pero que ahora no es tiempo de tales cosas. Todos somos cristianos y todos estamos bautizados, y la Escritura dice: «El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,16); ¿qué más hace falta, pues? Pero si escuchamos esto y nos detenemos aquí, lo perderemos todo y seremos llamados cristianos solo de nombre, porque no sabremos que quien ha creído y ha sido bautizado debe guardar todos los mandamientos de Cristo; y cuando los haya cumplido todos, diga: «Soy un siervo inútil» (cf. Lc 17,10). Como dice el Señor a los apóstoles: «Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,20).
Pues todo el que recibe el bautismo dice: «Renuncio a Satanás y a todas sus obras; me uno a Cristo y a todos sus mandamientos.» ¿Dónde está entonces nuestra renuncia, si no rechazamos toda tentación y todo pecado que el diablo nos trae? Odiemos el pecado con toda el alma y amemos a Cristo, guardando sus mandamientos. ¿Y cómo podremos guardar sus mandamientos si no renunciamos a nuestra propia voluntad y a nuestro propio entendimiento, es decir, al deseo y al entendimiento que contradicen el mandamiento de Dios?
Hay muchos que por naturaleza o por costumbre aman lo bueno en ciertas cosas y odian lo malo. Hay también comprensiones buenas que quedan confirmadas por las divinas Escrituras; pero estas deben ser examinadas por hombres experimentados. Pues lo que consideramos bueno no lo será hasta que hombres experimentados lo hayan juzgado, ya que puede ser inoportuno, o del todo innecesario e inapropiado, o puede que hayamos entendido mal lo que se dijo. Y no solo con las Escrituras: cualquier pregunta, cuando tanto el que pregunta como el que es preguntado están desatentos, se aleja mucho del sentido de lo dicho e inevitablemente causa daño. Esto lo he sufrido más de una vez, tanto cuando me preguntaban como cuando yo preguntaba. Cuando después comprendí correctamente lo que se había dicho, me admiré de lo semejantes que eran las palabras y de cuán distintamente podían entenderse. Así también en todo lo demás debemos considerar cómo hemos de obrar, para obrar según la voluntad de Dios.
Que Dios estableció lo conforme a nuestra naturaleza, y que por encima de la naturaleza están la virginidad, la ausencia de posesiones y la humildad.
Dios conoce mejor que nadie nuestra naturaleza, como Creador de todo, y ha establecido y dado como ley lo que nos es útil: no lo ajeno a nuestra naturaleza, sino lo que le pertenece y sirve únicamente para el perfeccionamiento de quienes, por su libre voluntad, quieren elevarse por encima de la naturaleza hacia Él, a saber: la virginidad, la ausencia de posesiones y la humildad, pero no la prudencia, pues la prudencia es natural. La humildad está por encima de la naturaleza, porque toda virtud la practica el sabio con humildad; y aunque no es culpable de nada, se siente deudor e inferior a todos. El hombre prudente tiene una deuda y la reconoce: cuando hace el bien, lo hace de lo que tiene, y por eso no se eleva por encima de la naturaleza como quien nada posee. Y el casado no puede ser como el virgen, pues también este don está por encima de la naturaleza. Así, uno se salva cuando abandona sus propios deseos y cumple la voluntad de Dios, mientras que el otro recibe de Dios la corona de la paciencia y de la gloria, porque no solo abandonó lo que los mandamientos prohíben, sino que además, con la ayuda de Dios, venció su propia naturaleza, y de modo sobrenatural amó a Dios con toda su alma, e imitó en la medida de sus fuerzas la impasibilidad de Dios.
Y como no nos comprendemos a nosotros mismos, ni todo lo que sucede por causa nuestra, ni por qué sucede, ni qué es lo que todos buscamos, las divinas Escrituras y las palabras de los santos varones de antaño —los profetas, los justos y los santos padres de la Nueva Alianza— nos parecen contradictorias; y también quienes ahora desean salvarse resultan discordes entre sí, lo cual no debería ser. Por unas pocas palabras y por la naturaleza de las cosas sabemos que, cuando un hombre quiere salvarse, nada se lo impedirá: ni el tiempo, ni el lugar, ni las circunstancias. Solo necesita hacer todo lo necesario para la salvación del modo que es agradable a Dios, juzgando con discernimiento y sin olvidar la intención de Dios. Pues no importa lo que hacemos, sino el fin por el cual lo hacemos.
Que no pecamos involuntariamente si antes no consentimos.
No pecaremos involuntariamente si antes no estamos de acuerdo con el pensamiento y no somos cautivados por él. Después el pensamiento derriba al hombre a quien ha capturado sin que se dé cuenta. Del mismo modo, las transgresiones inconscientes se hacen conscientes por la transgresión. Pues quien no se embriaga con vino ni con la concupiscencia no tiene oscurecida la conciencia. Pero el intelecto se oscurece con la embriaguez, y cuando está oscurecido peca, y cuando peca muere. Así que la muerte no llega sin que uno lo advierta; es más exacto decir que la embriaguez consciente trae una muerte inconsciente. Y ocurre a menudo que pasamos de los pensamientos voluntarios a los involuntarios, y de los conscientes a los inconscientes; y como los primeros nos parecen ligeros y fáciles, pasamos a los otros involuntariamente y sin advertirlo.
Pues si desde el principio hubiéramos querido guardar los mandamientos y permanecer como estábamos después del bautismo, no habríamos llegado a tal mal ni habríamos necesitado el trabajo y el dolor del arrepentimiento. Sin embargo, si queremos, la segunda gracia de Dios, es decir, el arrepentimiento, puede devolvernos nuestra primera hermosura. Y si no la buscamos, entonces, como los demonios impenitentes, iremos al tormento eterno, lo queramos o no. Dios no nos creó para airarse con nosotros, sino para darnos la salvación, a fin de que, gozando de sus beneficios, fuéramos agradecidos y bien dispuestos hacia nuestro Bienhechor. Pero nuestro descuido en reconocer sus dones nos ha llevado a la desesperación. Y la desesperación nos arrojó al olvido, y por causa de él reinó en nosotros la ignorancia.
Cuando queremos hacer un comienzo y volver al lugar del que caímos, hace falta mucho trabajo, porque no queremos dejar nuestros propios deseos; pensamos que junto con la voluntad de Dios podemos hacer también la nuestra, pero esto es imposible. Pues el Señor mismo dice: «He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió», es decir, del Padre (Jn 6,38) —aunque la voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una sola, ya que tienen una naturaleza indivisible—. Pero esto se dice por causa nuestra y acerca de los deseos de la carne. Cuando la carne no está mortificada y el hombre no se deja guiar únicamente por el Espíritu de Dios, no podrá hacer la voluntad de Dios sin coacción. Pero cuando la gracia del Espíritu Santo reine en nosotros, ya no habrá voluntad propia alguna, y todo lo que suceda será según la voluntad de Dios. Entonces tendremos paz dentro de nosotros, y quienes aman la voluntad de Dios, como el Hijo de Dios y Dios, serán llamados hijos de Dios.
Que la insensatez engendra el placer y el dolor, y el conocimiento la templanza y la paciencia.
Y nadie podrá comprender esto si no guarda los mandamientos, mediante los cuales corta toda clase de placer —es decir, sus propios deseos— y soporta todo el dolor que ello conlleva. La insensatez engendra el placer y el dolor, como hemos dicho, y estos dos engendran todo pecado; pues el necio se vuelve amante de sí mismo y no puede ser ni amante de su hermano ni amante de Dios, y no se abstiene de las pasiones, esto es, de sus propios deseos, ni soporta las tribulaciones. A veces logra obrar según su voluntad, y entonces se multiplican en él las pasiones y la soberbia; a veces no lo logra, y se aflige por ello y cae en el desaliento y en la depresión del alma, que es el principio de la gehena.
Pero el conocimiento, es decir, la sabiduría, engendra la templanza y la paciencia. Pues el sabio refrena sus deseos y al mismo tiempo soporta el dolor; y, considerándose indigno del placer, es razonable y agradecido con su Bienhechor, temiendo que por los bienes que Dios le ha dado en este siglo pueda perderlos en el siglo venidero. Practica la abstinencia y las demás virtudes, considerándose deudor en todo. Y no encuentra nada, ni la cosa más pequeña, con que pagar a su Bienhechor; considera las virtudes mismas una gran deuda, ya que recibe y no da. Incluso el hecho de que se le permita dar gracias a Dios, y que Dios acepte su agradecimiento, lo considera una gran deuda; y da gracias siempre, haciendo buenas obras y permaneciendo siempre humilde, y se considera el mayor de los deudores y el menor de todos. Gozándose en Dios, que le hace el bien, y gozándose con temor, y acercándose humildemente al amor inmutable de Dios, acepta las tribulaciones como algo que le corresponde.
Que la humildad viene del conocimiento, y el conocimiento de la tentación.
Y cuando le sobrevienen tribulaciones aún mayores, cree que las merece y se alegra de que sea mejor para él sufrir en el siglo presente, para que se aligeren los tormentos preparados para el siglo venidero. En esto reconoce su propia debilidad y no se enorgullece. Y quien recibe la gracia de conocer esto y, por la gracia de Dios, de soportarlo, comienza a amar a Dios. La humildad viene del conocimiento, y el conocimiento de la tentación. A quien se conoce a sí mismo se le da el conocimiento de todo; y quien obedece a Dios hallará que toda sabiduría carnal le obedece, y después —cuando la humildad reine en todos sus miembros— todo le obedecerá.
«Quien se conoce a sí mismo», dicen los santos Gregorio y Basilio, «habita a la vez en la grandeza y en la humildad, pues tiene un alma racional y un cuerpo mortal hecho de tierra; por eso nunca se enorgullece ni desespera, sino que, avergonzándose ante su alma racional, se aparta de todo lo vergonzoso, y, conociendo su debilidad, huye de toda soberbia.» Quien por medio de muchas tentaciones corporales y pasiones del alma ha comprendido su propia debilidad conoce el poder infinito de Dios, y cómo Dios salva a los humildes que lo invocan con la oración dolorosa del corazón. Y entonces la oración se le vuelve todavía más dulce. Sabiendo que sin Dios nada puede, y temiendo caer, se atreve a aferrarse a Dios, y se admira al considerar cómo Dios lo ha librado de tantas tentaciones y pasiones; da gracias a Aquel que es capaz de librarlo, y acepta con gratitud la humildad y el amor, y no se atreve a juzgar a nadie en absoluto, sabiendo que, así como Dios lo ha ayudado a él, así puede ayudar a todos los demás cuando quiera, como dice san Máximo.
Quizá vea a alguien luchando con muchas pasiones y venciéndolas, y se considere débil; y por eso Dios lo ayudará pronto, para que su alma no perezca. Y conociendo cosas aún mayores, y pensando en su propia debilidad, no cede al pecado. Pero esto es imposible para quien no ha soportado muchas tentaciones del alma y del cuerpo. Cuando el poder de Dios lo fortalezca en la paciencia, aprenderá por experiencia. Tal hombre no se atreve a seguir sus propios deseos sin preguntar a los experimentados, ni a proponer su propio entendimiento. ¿Y para qué habría de hacerlo, si lo que quiere pensar o hacer no sirve para la vida del cuerpo ni para la salvación del alma?
Cómo poner a prueba un deseo o un pensamiento.
Cuando alguien no sabe qué deseo o qué entendimiento debe rechazar, ponga a prueba cada cosa y cada pensamiento apartándose de ello y absteniéndose. Y cuando, al no tenerlo, se turba, y al obtenerlo siente placer, y cuando se le prohíbe siente descontento, entonces esa cosa lleva al mal. Debemos despreciarla antes de que se asiente en nosotros, y esforzarnos por vencerla tan pronto como sintamos su daño. Digo esto de toda cosa y de todo pensamiento sin los cuales podemos vivir en la carne y servir bien a Dios. Pues cuando un hábito se demora, se fortalece y se convierte en segunda naturaleza; pero cuando no lo consientes, se debilita y muere poco a poco. Tanto el buen hábito como el malo se alimentan como el fuego se alimenta de leña. Por eso debemos poner empeño en aprender el bien y en hacerlo con todas nuestras fuerzas, para que se vuelva hábito y se haga sin esfuerzo, como los padres eran capaces de hacer cosas grandes como si fueran pequeñas.
Quien no quiere tener ni siquiera lo necesario para el cuerpo, y renuncia a ello para andar por el camino estrecho y doloroso, no caerá en la codicia. Pues la codicia no es solo adquirir muchas cosas, sino también el apego a una sola, o guardarla junto a nosotros sin necesidad o más allá de lo necesario. Muchos de los padres antiguos, aunque tenían grandes posesiones —como Abrahán, Job, David y muchos otros—, no sentían pasión por ellas; miraban todas las cosas como de Dios, y por eso agradaron a Dios. Y el Señor, suma perfección y Sabiduría misma, cortó la raíz misma de esta pasión, pues mandó a quienes lo siguen —la virtud más alta— no poseer ni propiedades ni riquezas, y ni siquiera la propia alma, es decir, la propia voluntad y el propio entendimiento.
Sobre las cuatro formas de vida monástica.
Sabiendo esto, los padres huyeron del mundo, porque estorba la perfección; y no solo del mundo, sino también de su propia voluntad, pues ninguno de ellos obró jamás según ella. Algunos vivieron en obediencia corporal y tuvieron, en lugar de Cristo, un padre espiritual a quien entregaron su entendimiento. Otros, en el desierto y completamente apartados de los hombres, tuvieron a Dios mismo por maestro, y por Él estaban dispuestos a sufrir la muerte por propia voluntad. Otros siguieron el camino medio: guardando silencio y viviendo de dos en dos o de tres en tres, se hicieron buenos consejeros unos de otros en el modo de agradar a Dios. Y algunos, habiendo aprendido la obediencia, fueron puestos como ancianos sobre los hermanos por mandato de su padre, y siguieron viviendo como si estuvieran bajo obediencia, guardando ellos mismos las tradiciones de los padres; y toda obra suya fue buena.
Pero ahora, como no queremos dejar nuestros propios deseos —ya vivamos bajo obediencia, ya estemos puestos en autoridad sobre otros—, nadie progresa. Quedaba también el apartarse de los hombres y de los asuntos de la vida diaria, para andar por el camino medio y guardar quietud con uno o dos hermanos, y estudiar los mandamientos de Cristo y las Sagradas Escrituras día y noche, para que las Escrituras y la conciencia reprendieran al asceta, y para que mediante la lectura atenta y la oración comprendiera el primer mandamiento, es decir, el temor de Dios, que viene de la fe y de la enseñanza de las divinas Escrituras. Y por el temor llegó al llanto, y por el llanto a los demás mandamientos, que el apóstol nombró: la fe, la esperanza y el amor.
Quien cree en el Señor teme el tormento; y temiendo el tormento, guarda los mandamientos; guardando los mandamientos, soporta las tribulaciones; soportando las tribulaciones, adquiere la esperanza en Dios; y la esperanza desprende al intelecto de toda pasión; y un intelecto desprendido de la pasión tendrá amor a Dios. Quien quiera hacer esto, dondequiera que esté, se salvará.
Que la quietud es el principio de la purificación del alma.
La quietud es el principio de la purificación del alma: en ella se aprende sin dificultad a cumplir todos los mandamientos. «Huye, calla y guarda quietud», se le dijo a un gran padre, «pues estas son las raíces de la ausencia de pecado.»2 Y de nuevo: «Huye de los hombres y te salvarás; pues las conversaciones no permiten al hombre ver sus propios pecados, ni los ardides de los demonios, para guardarse de ellos, ni los beneficios y la providencia de Dios, para adquirir por ellos el conocimiento de Dios y la humildad.»
Por eso, cuando alguien quiera ir a Cristo por el camino corto —es decir, por la impasibilidad y el conocimiento— y llegar con alegría a la perfección, que no se desvíe hacia ninguna parte, ni a la derecha ni a la izquierda, sino que ande con cuidado por el camino medio, huyendo tanto del exceso como de la flojedad en sus trabajos, ya que lo uno y lo otro son dañinos. No debe enturbiar su intelecto con demasiadas palabras ni cegarlo con multitud de peticiones, ni confundirlo con un ayuno y unas vigilias inmoderados. Más bien deben practicarse con paciencia las siete actividades corporales, para subir como por una escala, cumpliéndolas sin cesar y pasando a la actividad moral, por la cual, por la gracia de Dios, se da el discernimiento al creyente, como dice el Señor. «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil» (2 Tim 3,16).
Nada estorbará a quien quiere salvarse, y nada tiene poder sobre nosotros salvo Dios solo, que está pronto a ayudarnos y a proteger de toda tentación a quienes claman a Él y quieren hacer su santa voluntad. Sin Él nadie puede hacer el bien ni sufrir el mal contra su voluntad, a no ser que Dios lo permita para castigo del pecador y para la salvación de su alma. Las malas obras vienen de nosotros y se hacen por nuestra pereza y con la cooperación de los demonios. Pero todo conocimiento, virtud y firmeza son gracia de Dios, como lo es todo lo demás. Por gracia se nos da «el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12), guardando sus mandamientos. Estos mandamientos nos protegen aún más, y también ellos son gracia de Dios, pues no podemos guardarlos sin su gracia. Y nada podemos devolverle salvo la fe y el consentimiento.
En una palabra: guardando todos los verdaderos dogmas de la fe que hemos recibido, conviene empezar por orden, como quien aprende en la escuela, a practicar las siete actividades mencionadas y a acostumbrarse a ellas mediante los actos mismos.
Exposición detallada de las siete actividades corporales. La primera actividad.
Estas siete actividades son las siguientes. La primera actividad es la quietud, es decir, una vida libre de cuidados, apartada de todas las inquietudes de la vida, para que el hombre, habiéndose retirado de la gente y de las preocupaciones, escape del ruido y del enemigo que, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar por medio de las conversaciones y de los afanes mundanos.
Nota 2: Véase el Menologio del 8 de mayo, en la vida de Arsenio el Grande.
Que el alma tenga un solo cuidado: cómo agradar a Dios y prepararse sin condena para la hora de la muerte. Con toda vigilancia aprenda cómo la roban los demonios, y conozca sus propios pecados, más numerosos que la arena del mar —pecados tan finos como el polvo y, por eso, desconocidos para la mayoría—. Y, llorando siempre, duélase de la naturaleza humana; y Dios la consolará como a un alma prudente, y ella se alegrará de poder ver lo que nunca esperó ver, porque nunca deja su celda. Y, conociendo su propia debilidad y el poder de Dios, tema y a la vez espere, para no volverse presuntuosa y caer por ignorancia, ni olvidar el amor de Dios al hombre, ni caer en la desesperación cuando algo le suceda.
La segunda actividad.
La segunda actividad es el ayuno moderado: comer una vez al día, y no hasta saciarse. Comer algún plato sencillo, de fácil preparación, que el alma no anhele —a no ser que no haya otra cosa—, a fin de vencer la avidez, la gula y la concupiscencia y permanecer impasible; y, al mismo tiempo, no abstenerse por completo de ninguna clase de alimento, pues es insensato rechazar lo que Dios creó muy bueno. No coma todo de una vez, sin freno y con avidez, sino que tome un poco de cada cosa con sobriedad, una vez al día, para gloria de Dios, sin rechazar nada, como hacen los malditos herejes. El vino es útil en su momento: en la vejez, en la debilidad y cuando hace frío es muy útil; pero incluso entonces no debe beberse mucho. En la juventud, cuando hace calor y en la salud, lo mejor es beber agua, y aun de esta muy poca, pues la sed es más provechosa que todas las demás obras corporales.
La tercera actividad.
La tercera es la vigilia moderada: dormir la mitad de la noche y pasar la otra mitad en salmodia, oración, suspiros y llanto. Así, mediante el ayuno y la vigilia moderados, el cuerpo obedece al alma, está sano y dispuesto para toda buena obra, mientras que el alma tiene valor e iluminación, de modo que ve lo que debe hacer y lo hace.
La cuarta actividad.
La cuarta es la salmodia, es decir, la oración corporal, que se realiza cantando los salmos y doblando las rodillas, para que el cuerpo se fatigue y el alma se humille, y huyan nuestros demonios y se acerquen nuestros ángeles custodios; y entonces el hombre sabrá de dónde le viene la ayuda. Pues si no lo supiera, podría enorgullecerse pensando que realiza sus obras por sí mismo; y entonces Dios se apartaría de él, para que aprendiera su propia debilidad.
La quinta actividad.
La quinta es la oración espiritual, que tiene lugar en el intelecto cuando está libre de todo pensamiento; cuando el intelecto habita dentro de las palabras de la oración y, postrándose ante Dios con dolor indecible, le pide una sola cosa: que la voluntad de Dios se cumpla en todas sus empresas y en todos sus entendimientos. Que no acepte pensamientos, ni imágenes, ni apariencias, ni fuego, ni luz —nada en absoluto—, sino que permanezca sin visión, sin ver figuras y sin imaginar nada; pues así lo contempla Dios y conversa con él. Esta es la oración pura, que conviene al hombre activo; pero para quien contempla con el intelecto aguarda algo distinto, más alto que esto.
La sexta actividad.
La sexta es la lectura de los Discursos y las Vidas de los santos padres, sin prestar atención a enseñanzas extrañas de ninguna clase, y menos aún a dogmas heréticos; para que de las divinas Escrituras y de las reflexiones de los padres el hombre aprenda cómo vencer las pasiones y adquirir las virtudes, y para que su intelecto se llene de las palabras del Espíritu Santo y olvide las palabras y nociones ajenas que antes oyó fuera de la celda, y para que, mediante el largo recitado de la oración y la meditación, llegue a buenos pensamientos. La oración se ayuda con la lectura en quietud, y la lectura se ayuda con la oración pura, cuando el hombre no es demasiado perezoso para leer o para salmodiar, aunque a causa del oscurecimiento producido por las pasiones no pueda comprender toda la fuerza de lo que lee.
La arrogancia lleva a la ruina, sobre todo a quienes se consideran sabios con la sabiduría de este mundo, sin saber que para comprender hace falta el conocimiento activo, y que el solo oír no nos ayudará a conocer a Dios. Pues una cosa es oír y otra muy distinta obrar. Quien solo escucha no puede llegar a ser artesano; debe ver, y trabajar, y equivocarse, y ser corregido por los experimentados, y perseverar, y cortar sus propios deseos; y cuando haya trabajado mucho, será un buen artesano. Del mismo modo, el conocimiento espiritual no viene solo del aprendizaje; lo da por gracia Dios a los humildes y a los sabios.
No hay nada sorprendente en que un hombre que lee las Escrituras piense que sabe al menos algo, sobre todo si es activo. Pero todavía no ha conocido a Dios; solo ha oído las palabras de quienes conocieron a Dios. Muchos de los que escribieron tenían el conocimiento de Dios, pero este hombre aún no lo tiene. Así pues, lo que he escrito lo he reunido de las divinas Escrituras; no fui juzgado digno de oírlo del Espíritu Santo, sino que lo oí de quienes lo oyeron del Espíritu Santo, como a veces se oye hablar de una ciudad o de una persona por quienes conocen esa ciudad o esa persona.
La séptima actividad.
La séptima es preguntar a los hombres experimentados acerca de cada palabra y de cada empresa, para que por inexperiencia o por voluntad propia el hombre no piense ni haga lo que no debe, como dice el apóstol: «Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe como es debido saber» (1 Cor 8,2).
Además de estas siete actividades corporales, el hombre debe tener paciencia en todo lo que sucede, que Dios permite para nuestra instrucción y experiencia, a fin de que veamos nuestra debilidad y no seamos ni presuntuosos ni desesperados, ocurra lo que ocurra, bueno o malo. Debe apartarse de toda ensoñación y de toda palabra y obra vanas, y repetir el nombre de Dios más a menudo que respira, en todo tiempo, en todo lugar y en toda obra, postrándose ante Él con toda el alma, desprendiendo el intelecto de todos los pensamientos mundanos y buscando solo la voluntad de Dios. Y entonces el intelecto empieza a ver todos sus pecados como la arena del mar. Este es el principio de la iluminación del alma y una señal de su salud. En una palabra, el alma se hace contrita, el corazón se humilla por ello, y de verdad se considera inferior a todos; y comienza a conocer los beneficios de Dios, tanto los dados a todos como los dados a ella misma, de los que hablan las divinas Escrituras, y conoce sus propios pecados.
Que los mandamientos son una escala y que hay que comenzar por el temor de Dios.
Y guarda los mandamientos con entendimiento, desde el primero hasta el último. Pues el Señor los dispuso como una escala, y nadie puede saltarse un peldaño y pasar al siguiente. Avanzando como por grados, pasa del primero al segundo, y del segundo al tercero, hasta que lo hacen un dios, ya que así lo quiso quien los dio por gracia. Quien desee guardar los mandamientos, comience por el temor de Dios, para no resbalar y caer en el abismo. Quien desee progresar, trabaje en estos mandamientos y en ningún otro; de lo contrario resbalará y caerá en el abismo. Como ocurre con los siete dones del Espíritu Santo, donde nadie alcanza los demás si no comienza por el primero, así sucede con las bienaventuranzas del Señor. «El principio de la sabiduría», dice David, «es el temor del Señor» (Sal 111,10). Y otro profeta, pronunciando palabras venidas de lo alto, dice: «Espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de temor del Señor» (Is 11,2-3). En efecto, el Señor comenzó su enseñanza por el temor cuando dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mt 5,3), es decir, que todos se llenen del temor de Dios y de una indecible tristeza del alma. El Señor puso este mandamiento como fundamento, porque sabía que sin él un hombre, aunque viviera en el cielo, nada ganaría a causa de la soberbia, por la cual cayeron el diablo, y Adán, y muchos otros.
Sobre lo que se debe meditar para conservar el temor de Dios.
Por tanto, quien desee conservar el primer mandamiento, es decir, el temor, medite con atención aquellos acontecimientos de la vida sobre los que hemos escrito, y los inmensos e insondables beneficios de Dios, y todo lo que Dios ha creado y crea para nosotros mediante el mundo visible e invisible: mandamientos y dogmas, prohibiciones y promesas; cómo nos protege, nos alimenta, nos provee y nos da la vida; cómo nos libra de enemigos visibles e invisibles por las oraciones e intercesión de sus santos; cómo sana los males que nos vienen por nuestras iniquidades; cómo soporta siempre con paciencia nuestra iniquidad, nuestra maldad y nuestros pecados, y todo lo que hemos hecho, hacemos y aún haremos —que su gracia nos preserve de ello—, y las veces que lo enojamos de palabra, obra y pensamiento. Y no solo nos soporta, sino que nos hace todavía más bien, Él mismo y por medio de los ángeles, de las Escrituras, de los justos, de los profetas, de los apóstoles, de los mártires, de los maestros y de los venerables padres.
Y al contemplar los sufrimientos de unos y las luchas de otros, y al admirar la venida de nuestro Señor Jesucristo, su vida en este mundo, su pura pasión, la cruz, la muerte, la sepultura, la resurrección, la ascensión, el descenso del Espíritu Santo y los milagros indescriptibles que suceden siempre y cada día; el paraíso, las coronas, la filiación de la que nos ha juzgado dignos y todo aquello de lo que habla la divina Escritura, entonces, meditando todo esto, quedamos asombrados. Al mirar el amor de Dios al hombre, temblamos y nos admiramos de su longanimidad y de su descenso hasta nosotros; y lloramos la pérdida que ha sufrido nuestra naturaleza —la impasibilidad angélica, el paraíso y todos los bienes de los que hemos caído— y todo el mal en que hemos caído, es decir, los demonios, las pasiones y los pecados; y nos afligimos en el alma pensando cuánto mal ha venido por nuestro pecado y por la astucia de los demonios.
Sobre el segundo mandamiento, y que el temor engendra el llanto.
Entonces Dios da al asceta el segundo mandamiento: el llanto bienaventurado. «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,4), es decir, los que lloran por sí mismos y por sus prójimos por amor y compasión. El hombre que llora sobre sí mismo como sobre un muerto lo hace porque comprende con temor lo que sucede después de la muerte y antes de ella; llora suspirando desde lo hondo del corazón, con muchas lágrimas amargas y dolorosas y con sollozos indecibles. No le importan ni la honra ni el deshonor; incluso desprecia la vida misma, y a menudo olvida comer por el dolor de su corazón y por su llanto incesante.
Sobre el tercer mandamiento: la mansedumbre.
Entonces la gracia de Dios, madre común de todos, le da la mansedumbre y el comienzo de la imitación de Jesucristo, es decir, el tercer mandamiento, como dice el Señor: «Bienaventurados los mansos.» Y se vuelve firme como una piedra, y ni el viento ni las olas de la vida lo sacuden; permanece inmóvil en la abundancia y en la escasez, en la prosperidad y en la adversidad, en la honra y en el deshonor; en una palabra, en todo tiempo. Habiendo juzgado todo asunto, sabe que todo pasa, tanto lo agradable como lo penoso, y que toda esta vida es un camino hacia el siglo venidero; y que, lo queramos o no, sucederá lo que ha de sucedernos, y que en vano nos inquietamos, perdiendo la corona de la paciencia y resistiendo a Dios. Pues todo lo que Dios hace es muy bueno, y nosotros no lo sabemos. «Enseñará a los humildes su juicio» (cf. Sal 25,9), dice la Escritura; y todavía más les enseñará el discernimiento.
Aun en tiempo de tribulación, tal hombre no se desanima, sino que se alegra, pues halla en la tribulación provecho y amor a la sabiduría, considerando que la tentación no ha venido sin causa: ha ofendido a Dios, o a su hermano, o a algún otro, por ignorancia o a sabiendas, y ahora se le ha dado un motivo para perdonar a esa persona, a fin de que, por su paciencia, reciba el perdón de sus propios muchos males. Pues si no perdona a su hermano sus ofensas, tampoco el Padre celestial le perdonará las suyas; y no hay camino más corto hacia la virtud que este mandamiento sobre el perdón de los pecados. «Perdonad», dice la Escritura, «y seréis perdonados» (Lc 6,37). Y porque ha sido juzgado digno de conocer esto y de imitar a Cristo, se ha vuelto manso por la gracia del mandamiento.
Se aflige de que el enemigo común tiente a su hermano por medio de los pecados, para que por ello sane su propia debilidad. Pues Dios permite toda tentación como medicina para el alma enferma: concede el perdón de los pecados pasados y presentes y refrena los venideros. Sin embargo, ni el diablo merece alabanza, ni el que tienta, ni el que es tentado. El diablo, como autor del mal, merece odio, pues nada le importa cuando hace el mal. El que tienta merece compasión de aquel a quien tienta —no porque obre por amor, sino como quien está él mismo forzado y oprimido—. Y el que es tentado soporta tribulaciones por sus propias faltas y no por las ajenas, y por eso tampoco él es digno de alabanza; pues no está sin pecado, y si lo estuviera, lo cual es imposible, soportaría con la esperanza de la recompensa y por temor del tormento. Así son ellos. Pero Dios, que todo lo posee y todo lo convierte en provecho nuestro, merece acción de gracias, pues soporta con paciencia al diablo y la malicia humana, recompensando todo bien tanto antes del pecado como cuando los hombres se arrepienten después de pecar.
Quien ha alcanzado el discernimiento ha sido juzgado digno de cumplir el tercer mandamiento. Y para que los demonios no se burlen de él, lo sepa o no, recibe el don de la humildad y se considera como nada. El principio de la humildad es la mansedumbre; la humildad es la puerta de la impasibilidad; y por la impasibilidad el hombre adquiere un amor firme y perfecto: aquel hombre que ha llegado a conocer su propia naturaleza, lo que era antes de nacer y lo que será después de la muerte. Pues el hombre no es sino un poco de hedor que pronto se desvanece, peor que cualquier otra criatura; ya que ninguna otra criatura, viva o inerte, ha quebrantado jamás el designio de Dios, sino solo el hombre, que, habiendo recibido tantos beneficios de Dios, siempre lo ha enojado gravemente.
Sobre el cuarto mandamiento: el hambre y la sed de justicia.
El asceta es juzgado digno también del cuarto mandamiento, es decir, del deseo de adquirir las virtudes. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5,6), dice la Escritura; y hay quienes desean y se esfuerzan por toda justicia, esto es, por las virtudes corporales y por las morales, que son espirituales. «Cuando un hombre no reconoce algo, no sabe lo que está perdiendo», dice Basilio el Grande; pero una vez que lo ha aprendido, lo busca con ansia. Así también quien ha gustado la dulzura de algunos mandamientos, y sabe que los mandamientos lo conducen paso a paso a seguir a Cristo, anhela ardientemente adquirir también los demás mandamientos, y por ellos desprecia incluso la muerte. Habiendo sentido algo de los misterios de Dios ocultos en las divinas Escrituras, anhela ardientemente comprenderlos; y cuanto más conocimiento adquiere, más sed tiene y más arde, como si bebiera llamas; y como las cosas divinas no son claras para todos, permanece siempre sediento. Lo que la salud y la enfermedad son para el cuerpo, eso son la virtud y el pecado para el alma, y el conocimiento y la ignorancia para el intelecto.
Sobre el quinto mandamiento: la misericordia.
Y en la medida en que el hombre busca la piedad, es decir, la acción, en esa medida el intelecto es iluminado por el conocimiento; y así se le concede la misericordia mediante el quinto mandamiento, como dice el Señor: «Bienaventurados los misericordiosos» (Mt 5,7). Misericordioso es quien muestra misericordia a su prójimo con lo que él mismo ha recibido de Dios, ya sean bienes, o alimento, o fuerza, o una palabra útil, o la oración. Y cuando puede mostrar misericordia a quien le pide, se considera deudor, porque ha recibido más de lo que se le pedía: es como si a Cristo le hubiera placido llamarlo misericordioso, semejante a Dios, en el siglo presente y en el venidero ante todas las criaturas. Por medio de su hermano es como si Dios mismo se lo pidiera y se hiciera su deudor. El pobre puede vivir sin lo que pide, pero aquel a quien se pide no puede vivir ni salvarse sin mostrar misericordia. Pues si no quiere compadecerse de quien comparte su misma naturaleza, ¿cómo puede pedir a Dios que se compadezca de él?
Meditando esto y muchas otras cosas, el hombre que ha sido juzgado digno de los mandamientos da no solo lo que tiene, sino también su propia alma por su prójimo. Esta es la misericordia perfecta, pues también Cristo sufrió la muerte por nosotros, mostrando a todos el camino y el ejemplo de cómo morir unos por otros y, cuando es necesario, incluso por los enemigos. No hace falta poseer nada especial para mostrar misericordia; aquí no podemos hallar excusa. Incluso quien no tiene nada que dar puede ser misericordioso con todos y puede ayudar a los necesitados, haciéndose impasible ante las cosas del mundo y compasivo con las personas. Pero no es bueno enseñar por vanagloria sin mostrar antes la cosa con obras, no sea que quien sana las almas resulte más débil que quienes necesitan curación. Pues toda obra necesita su tiempo y su discernimiento, para que nada se haga a destiempo ni sin necesidad. Es mejor que el pobre se mantenga apartado de todo, y la pobreza es muy superior a la limosna.
Sobre los mandamientos sexto, séptimo y octavo.
Por la impasibilidad el asceta llega al sexto mandamiento, según las palabras del Señor: «Bienaventurados los limpios de corazón» (Mt 5,8), es decir, quienes han practicado toda virtud con pensamientos santos y han llegado a ver la naturaleza de las cosas, y así alcanzan la paz en sus pensamientos. «Bienaventurados», dice la Escritura, «los pacificadores» (Mt 5,9), esto es, quienes hacen la paz entre el alma y el cuerpo, para que la carne se someta al espíritu y no se levante contra él, y para que la gracia del Espíritu Santo reine en el alma y la guíe como quiera, concediéndole el conocimiento divino. Gracias a esto, tal hombre soporta la persecución, el insulto y el oprobio por causa de la justicia, y se alegra, porque su recompensa es grande en los cielos. Todas las bienaventuranzas las da la gracia de Dios al hombre que se ha hecho manso, que tiene sed de toda justicia, que es misericordioso, impasible y pacificador, y que soporta todo dolor con alegría por amor de Dios y del prójimo.
Que todo esto son dones de Dios, y sobre la crucifixión, sepultura y resurrección del intelecto con Cristo.
Todo esto, pues, son dones de Dios, y debemos darle muchas gracias por ellos y por la recompensa que se nos ha preparado: el Reino de los cielos en el siglo venidero y la alegría aquí; la plenitud de toda bondad y generosidad de parte de Dios; la manifestación de los misterios divinos ocultos en las divinas Escrituras y en todas sus criaturas; la gran recompensa en el cielo y la imitación de Cristo en la tierra; y la bienaventuranza de cada mandamiento, es decir, el bien supremo y el cumplimiento de todo deseo. Pues, según las palabras del apóstol, solo Dios es bienaventurado, «el que habita en una luz inaccesible» (1 Tim 6,16); y a nosotros nos queda guardar los mandamientos —o más bien, ellos nos guardan a nosotros—, y Dios, que ama al hombre, da su recompensa aquí y allí a quien cree en Él según el mandamiento.
Por todo esto, que sucede mediante el llanto bienaventurado, el intelecto halla alivio de las pasiones. Hace las paces con Dios por sus pecados mediante lágrimas amargas y abundantes, y es crucificado con Cristo en la mente por la actividad moral, por el cumplimiento de los mandamientos, como hemos dicho, y por la guarda de los cinco sentidos, a fin de no hacer nada innecesario. Refrenando sus impulsos racionales, el intelecto comienza a someter las pasiones que hay en él, esto es, la potencia irascible y la desiderativa. A veces calma la ira violenta con la suavidad del deseo, y a veces calma el deseo con la firmeza de la ira. Volviendo en sí, el intelecto reconoce su propia dignidad, porque es libre, y comienza a ver las cosas según su naturaleza. Se le abre el ojo izquierdo, que el diablo había cegado con la fuerza de las pasiones, y el hombre es juzgado digno de ser sepultado en la mente con Cristo, lejos de las cosas de este mundo; y su hermosura exterior ya no lo roba.
Cuando tal alma mira el oro, la plata y las piedras preciosas, ve que provienen de la tierra, como todas las demás cosas inanimadas, las piedras y los árboles. Del mismo modo mira al hombre y ve un cuerpo que se corromperá, un puñado de polvo en la tumba después de la muerte. Teniendo por nada todas las cosas del mundo, viendo siempre cómo cambian, con el gran consejo que viene del conocimiento, el alma se hace muerta para el mundo y el mundo muerto para ella, y ya no se agita, sino que tiene calma e impasibilidad.
Así, por la pureza del alma, el intelecto queda capacitado para resucitar en la mente con Cristo, y tiene poder para mirar con impasibilidad la hermosura exterior de las cosas y, al reconocerla, glorificar a Aquel que todo lo creó; viendo en las criaturas sensibles el poder y la providencia de Dios, su bondad y su sabiduría, como dice el apóstol. Y contemplando los misterios ocultos en las divinas Escrituras, el intelecto, ascendiendo con Cristo, llega a la visión de las criaturas inteligibles, es decir, al conocimiento de las potencias espirituales; y conociendo este conocimiento y gozándose con muchas lágrimas, adivina lo invisible por lo visible y lo eterno por lo temporal. Pues si este mundo temporal, que se llama destierro y condena de quienes transgredieron el mandamiento de Dios, es tan hermoso, ¿cuán hermosos serán los bienes eternos e inconcebibles que Dios ha preparado para los que lo aman? Y si aquellos bienes son inmensos en su grandeza, ¡cuán inmenso será Dios, que creó todas las cosas de la nada!
Sobre la lectura y las lágrimas propias de cada etapa.
Cuando un hombre se libra de todo y se entrega a la actividad corporal y espiritual, que los padres llaman piedad, no se fiará de ningún sentido ni de ninguna comprensión propia que no esté confirmada por las Escrituras, y evitará toda charla vana, para no oír ni leer nada vacío, y mucho menos nada herético. Entonces se multiplicarán en él las lágrimas del conocimiento y de la alegría, de modo que beberá de su abundancia y llegará a otra oración, la oración pura que conviene al contemplativo. Pues así como antes necesitaba otra clase de lectura y otras lágrimas, así necesita ahora otras distintas. Puesto que el intelecto ha alcanzado las visiones espirituales, desde entonces debe leer todas las divinas Escrituras, sin temer aquellas palabras de la Escritura que son difíciles de entender, como las temen por ignorancia los activos y los débiles.
Perseverando en sus trabajos, en las obras corporales y espirituales, fue crucificado con Cristo y sepultado con Él, conociendo la naturaleza y la mutabilidad de las cosas; y resucitó con Él por la impasibilidad y el conocimiento de los misterios divinos revelados en las criaturas sensibles de Dios; y por ello desciende con Cristo al conocimiento ulterior de los misterios inteligibles ocultos en las divinas Escrituras. Del temor le viene al asceta la piedad; de la piedad, el conocimiento; del conocimiento, la alegría, es decir, el discernimiento; del discernimiento, la fortaleza; de la fortaleza, la inteligencia; y por la inteligencia, la sabiduría.
Por todas las actividades y contemplaciones que hemos nombrado, se concede al asceta la oración pura y perfecta, que viene por la paz y el amor de Dios y por la inhabitación del Espíritu Santo. Esto es lo que se llama «tener a Dios dentro de sí» y «la manifestación e inhabitación de Dios», como dijo el Crisóstomo. Que el cuerpo y el alma sean, en cuanto sea posible, como el cuerpo y el alma de Cristo, sin pecado, para que nuestro intelecto piense como pensó Cristo, según la gracia del Espíritu y según la sabiduría, que es el entendimiento de las cosas divinas y humanas.
Sobre las cuatro virtudes del alma.
Hay cuatro clases de virtud. La sabiduría, es decir, el conocimiento de lo que puede hacerse y lo que no, y la agilidad del intelecto. La templanza, es decir, que nuestros pensamientos sean íntegros y que nos abstengamos de obras, palabras y pensamientos desagradables a Dios. La fortaleza, es decir, la firmeza y la paciencia en los trabajos por Dios y en las tentaciones. La justicia, es decir, la distribución que da por igual a cada una de estas tres virtudes lo que le corresponde.
Estas cuatro virtudes principales nacen de tres potencias del alma: de la potencia racional, es decir, del intelecto, vienen dos virtudes, la sabiduría y la justicia, esto es, el discernimiento; de la potencia desiderativa viene la templanza; y de la potencia irascible viene la fortaleza. Cada una de ellas está entre dos pasiones contrarias a la naturaleza. La sabiduría está por encima de la astucia y por debajo de la insensatez; la templanza, por encima de la insensibilidad y por debajo de la lujuria; la fortaleza, por encima de la temeridad y por debajo de la cobardía; la justicia, por encima de la penuria y por debajo de la codicia. Y estas cuatro son imagen de lo celestial, mientras que aquellas ocho son imagen de lo terreno. Solo Dios conoce todo esto con certeza: Él conoce lo pasado, lo presente y lo venidero. Y quien por la gracia de Dios ha aprendido de Él y se esfuerza por llegar a ser según su imagen y semejanza conoce en parte. Pero quien dice que conoce esto solo de oídas se engaña a sí mismo. El intelecto humano no puede subir al cielo sin guía; y si no va allí y no ve, no puede hablar de lo que no ha visto. Cuando un hombre ha oído algo de las Escrituras, hable de ello con gratitud, como quien lo ha oído, y diga de dónde vino la palabra, como dice Basilio el Grande.
Sobre el falso conocimiento y sobre el conocimiento activo.
«Quien cree tener conocimiento es peor que un ignorante, pues tal opinión no le permite dudar de su conocimiento», dice san Máximo. «La ignorancia puede ser alabada cuando el hombre sabe sabiamente que no tiene conocimiento», dice el Crisóstomo. No hay ignorancia peor que esta: cuando un hombre no sabe que no tiene conocimiento. Hay también un falso conocimiento, del cual dice el apóstol: «Si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe como es debido saber» (1 Cor 8,2).
Hay un conocimiento verdadero y hay una ignorancia total; pero lo mejor de todo es el conocimiento activo. Pues ¿de qué le sirve a un hombre tener todo el conocimiento, e incluso haberlo recibido de Dios por gracia, como Salomón, mayor que el cual no habrá otro, y sin embargo ir al tormento eterno porque no lo confirmó con obras y con fe firme, es decir, con el testimonio de una conciencia libre del tormento venidero, ya que no le reprocha haber descuidado nada necesario que hubiera podido hacer? Como dice san Juan el Teólogo: «Si nuestro corazón no nos condena, tenemos confianza ante Dios» (1 Jn 3,21).
Sin embargo, como dice san Nilo, a veces la conciencia misma se engaña, cuando es despreciada y oscurecida por las pasiones, como dice el autor de la Escala. «Si un solo pecado oscurece el intelecto», dice Basilio el Grande, «y ciega el pensamiento y le impide hacer lo que se propone, ¿qué diremos entonces de quienes sirven constantemente a las pasiones?» ¿Se imaginan acaso que tienen la conciencia limpia? Saben cómo fue con el santo apóstol Pablo, que tenía a Cristo dentro de sí en palabra y obra, y que decía: «De nada tengo conciencia contra mí, pero no por eso quedo justificado» (1 Cor 4,4). Muchos, por su gran insensibilidad, se creen algo cuando en verdad no son nada. Por eso dice el apóstol: «Cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos una ruina repentina» (1 Tes 5,3). Pues no tenían paz, sino que por su gran insensibilidad creían tenerla, dice el Crisóstomo. Y Santiago, el hermano del Señor, dice de tales hombres que son «oyentes olvidadizos» (cf. Sant 1,25) respecto de sus propios pecados.
Por qué se escribió esta recopilación.
«Muchos soberbios no se conocen a sí mismos», dice el autor de la Escala, «y por eso se creen impasibles.» Y yo, temblando ante los tres gigantes demoníacos de los que escribió san Marcos el Asceta —la dureza de corazón, el olvido y la ignorancia—, retenido siempre por ellos y temiendo olvidar mi propia medida y desviarme del camino recto, como dice san Isaac, he escrito esta recopilación. «Quien no acepta la reprensión muestra que ha sido vencido por la pasión de la soberbia», dice el autor de la Escala, «mientras que quien la acepta se libra de las ataduras de la pasión.» Y Salomón dice que quien, no sabiendo, pregunta sobre la sabiduría «es tenido por sabio» (cf. Prov 17,28).
Por eso di primero los títulos de los libros y los nombres de los santos, para no tener que alargar este Discurso diciendo de quién es cada sentencia. Los santos padres citan a menudo las palabras de las divinas Escrituras tal como están: así hizo Gregorio el Teólogo cuando expuso las palabras de Salomón, y así hicieron otros. Y Simeón Metafraste, autor de los Discursos, dice del Crisóstomo: «Sería un error omitir sus palabras y decir las mías, aunque pudiera hacerlo.» Pues todos ellos recibieron el Espíritu Santo de una misma y única fuente. Algunos nombran al autor de una sentencia, adornándose con ella por humildad y dando preferencia a las palabras de la Escritura; otros dejan muchas sentencias sin el nombre del autor, para que el Discurso no se prolongue demasiado.
Que las virtudes corporales son instrumentos del alma.
Estas no son mis palabras, sino las de las Sagradas Escrituras, y los pensamientos no son míos, sino de hombres de Dios. Juan Damasceno dice que las virtudes corporales, como instrumentos del alma, son necesarias cuando el hombre pasa por ellas con humildad y conocimiento espiritual; pues sin ellas no hay virtudes espirituales. Pero si el hombre pasa por ellas sin humildad, no traen provecho alguno, como plantas sin fruto. Pues sin práctica y sin voluntad nadie llega a ser un artesano bueno y hábil.
Por tanto, antes de la acción necesitamos el conocimiento; y para todo necesitamos el apartarnos de todas las cosas en Dios y el estudio de las divinas Escrituras, sin los cuales nadie adquirirá jamás la virtud. Quien pueda apartarse perfectamente y siempre recibirá el bien supremo; y quien no pueda, que al menos no lo descuide. Bienaventurados quienes están perfectamente ejercitados, ya sea en la obediencia a alguien que es activo y sabiamente silencioso, ya en la quietud y en la libertad de todo cuidado, sometiéndose exactamente a la voluntad de Dios y al consejo de los experimentados en toda empresa relativa a palabras y pensamientos: aquellos que desean alcanzar fácilmente la impasibilidad y el conocimiento espiritual, y que se apartan perfectamente de todo por Dios, como Él mismo dice por el profeta: «Estad quietos y sabed que yo soy Dios» (Sal 46,10).
Que la gente común, es decir, los que viven en el mundo —y más aún los monjes—, se aparte al menos en parte, como los justos de antaño, para examinar la miserable alma mientras aún hay tiempo antes de la muerte, y hallar para ella corrección o humildad, en lugar de la ruina definitiva por ignorancia total y por pecados cometidos a sabiendas y sin saberlo. El rey David regaba cada noche su lecho con lágrimas (cf. Sal 6,7), sintiendo aquel temor divino del que habló Job: «Se erizaron los pelos de mi carne» (Job 4,15). Apartémonos también nosotros al menos durante alguna parte del día y de la noche, como hacen los hombres del mundo, y consideremos qué respuesta daremos al justo Juez en el día temible del juicio. Preocupémonos de lo necesario, temiendo el tormento eterno, más que de cómo vivirá el pobre y cómo se enriquecerá el amante de la plata. «No nos afanemos, insensatos, solo por los asuntos de la vida diaria», dice el divino Crisóstomo. Hemos de trabajar, pero no pelear ni inquietarnos por muchas cosas, como dijo el Señor a Marta (cf. Lc 10,41). Los cuidados cotidianos no nos permiten cuidar del alma ni conocer su estado, como sabe quien se ejercita y vela sobre sí mismo; como se dice en la ley: «Guárdate, no sea que surja en tu corazón semejante pecado» (cf. Dt 15,9). Basilio el Grande escribió sobre esto un Discurso admirable, lleno de toda sabiduría.
Que es imposible salvarse sino por la sobriedad y por la guarda del intelecto.
Sin atención y sin alerta del intelecto nos es imposible salvarnos y escapar del diablo, que ronda como león rugiente buscando a quién devorar, como dice Juan Damasceno. Por eso el Señor decía a menudo a sus discípulos: «Velad y orad» (Mc 14,38), mostrando con estas palabras que debemos recordar la muerte, para estar prontos a dar una buena respuesta, lo cual viene de las obras y de la atención. «Pues los demonios», dice san Hilarión, «son insensibles y no duermen, y de nada se ocupan sino de atacarnos y destruir nuestras almas de palabra, obra y pensamiento.» Pero nosotros no somos así: nos afanamos por los placeres y la gloria pasajera, y por los asuntos de la vida diaria, y por muchas otras cosas, y no queremos examinar nuestra vida ni ejercitar el intelecto para que vele sobre sí mismo, aunque Salomón advierte: «Andas en medio de muchos lazos.» El Crisóstomo escribió sobre estos lazos con la mayor exactitud y con perfecta precisión, explicando qué clase de lazos son.
Y el Señor, queriendo quitarnos todas nuestras inquietudes, nos mandó despreciar tanto el alimento como el vestido y tener un solo cuidado —cómo salvarnos, como la gacela escapa del cazador y el ave del lazo—, para que, libres de cuidados, alcancemos la vigilancia de la vista de la gacela y la altura del vuelo del ave. Y es notable que Salomón dijera esto siendo rey, y que su padre hablara y obrara del mismo modo. Sin embargo, con tal atención y tan grandes trabajos, poseyendo toda sabiduría y virtud, con tales dones y manifestaciones de Dios, el pecado los venció a ambos. Pues el uno lloró el adulterio y el homicidio (cf. 2 Sam 11,4.15), y el otro cayó en obras terribles (cf. 1 Re 11,1-8). ¿No se llenarán de temor y temblor ante esto quienes tienen razón, como dicen el autor de la Escala y Filemón el Ayunador? ¿Cómo no aterrarnos y huir de los afanes de la vida diaria, si por nuestra debilidad no somos nada y somos insensibles, como las criaturas sin habla? ¡Ojalá hubiera conservado yo mi naturaleza como ellas conservan la suya! El perro es mejor que yo.
Que llegamos a conocernos por el apartamiento, la obediencia y la quietud.
Quienes deseen verse a sí mismos y su verdadera condición lo lograrán solo apartándose de sus propios deseos mediante la obediencia y la quietud; y esto vale sobre todo para quienes están esclavizados por las pasiones. Cuando queramos vernos a nosotros mismos y el estado de muerte en que estamos, huyamos de nuestros propios deseos y de las cosas del mundo, mantengámonos apartados de todo y trabajemos en aquel bienaventurado alejamiento por Dios, buscando cada uno instrucción para su alma en las divinas Escrituras, ya sea en la obediencia total del alma y del cuerpo, ya en el estado glorioso y angélico del silencio. Esto se dice sobre todo para quienes están sujetos a las pasiones y no pueden refrenar sus deseos, pequeños o grandes. «Siéntate en tu celda, y ella te lo enseñará todo.» Y también: «El silencio es el principio de la purificación del alma», dice Basilio el Grande. Y Salomón dice: «Esta es una tarea penosa que Dios ha dado a los hombres para que se ocupen en ella» (Ecl 1,13), es decir, ocuparse de cosas vanas, para que, por una ociosidad vacía y apasionada, no caigan en algo peor.
Quien por la gracia de Dios ha escapado de estos dos abismos y ha sido juzgado digno de ser monje, llevando el hábito monástico angélico, imite al único Dios cuanto pueda, de obra y de palabra, como dice san Dionisio. «¿No debería ejercitar y vigilar siempre su intelecto en todo y tener instrucción constante acerca de las cosas de Dios y del estado que ha alcanzado?», dicen los santos padres, Efrén y otros, a los recién tonsurados. Que uno tenga un salmo en los labios, otro un solo versículo, y otros mantengan el intelecto atento en los salmos y los tropararios, ya que aún no han llegado a comprensión alguna, es decir, al conocimiento; de modo que no haya nadie que, mientras trabaja, viaja o descansa, quede sin alguna instrucción. Cuando un hombre haya cumplido la regla que se le ha encomendado, encierre enseguida su intelecto en alguna enseñanza, para no dejar de advertir a su enemigo cuando deje de recordar a Dios, y para no añadir su propio mal al del enemigo. Esto se dice para todos en general.
Pero cuando un hombre, mediante muchos trabajos y mediante las virtudes del cuerpo y del alma, puede descender sabiamente por la gracia de Cristo a la actividad espiritual, es decir, mental —llorando por su alma—, entonces debe guardar como la niña de sus ojos el pensamiento que trae lágrimas dolorosas, como dice el autor de la Escala, hasta que el fuego y el agua pasen después de la cosecha, es decir, hasta la ascensión. El fuego es el dolor del corazón y la fe ardiente, y el agua son las lágrimas. «Estas no se dan a todos», dice el gran Atanasio, «sino a quienes se les ha concedido ver el desastre que viene antes y después de la muerte, y que lo guardan siempre en la memoria, permaneciendo en silencio.» Como dice Isaías: «El oído del que calla oye cosas extrañas.» Y de nuevo se dice: «Estad quietos y sabed» (Sal 46,11).
Solo esto engendra en nosotros el conocimiento de Dios, como lo que más puede ayudar a los apasionados y a los débiles: una vida libre de cuidados y el apartamiento de la gente y de las conversaciones que oscurecen el intelecto, y de los afanes, no solo de los grandes afanes de la vida, sino también de los pequeños que parecen inocentes. Pues el autor de la Escala dice: «Una pestaña diminuta irrita el ojo», y así sucesivamente. Y san Isaac dice: «No pienses que el amor a la plata existe solo cuando tienes oro y plata; existe también cuando el pensamiento está apegado a algo.» Y el Señor dice: «Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21), ya sea en las cosas y pensamientos divinos, ya en los terrenos.
Por tanto, esfuércese cada uno por adquirir la libertad de cuidados y la paz del intelecto en Dios: los que viven en el mundo, poco a poco, para llegar lentamente a la sabiduría y al conocimiento espiritual; mientras que quienes pueden apartarse de todo por completo deben ocuparse únicamente de agradar a Dios, para que Dios, viendo su buena voluntad, les conceda la paz mediante el conocimiento espiritual y los enseñe por la primera revelación, de modo que adquieran una indecible compunción del alma y se hagan pobres de espíritu. Y así, elevándolos poco a poco a las demás intuiciones, los llevará a guardar las bienaventuranzas hasta alcanzar la paz de los pensamientos, que es el lugar de Dios, como enseña san Nilo, tomando estas palabras del Salterio: «Su lugar está en la paz» (cf. Sal 76,3).
Sobre los ocho dones espirituales.
Pienso que hay ocho dones espirituales. Siete de ellos pertenecen al siglo presente, y el octavo es obra del siglo venidero, como dice san Isaac.
El primero es el conocimiento de las tribulaciones y tentaciones de esta vida, como dice san Doroteo, y el dolor por todo lo que la naturaleza humana ha sufrido a causa del pecado. El segundo es el conocimiento de los propios pecados y de los beneficios de Dios, como dicen el autor de la Escala, san Isaac y muchos otros padres. El tercero es el conocimiento de la calamidad que viene antes de la muerte y después de ella, como está escrito en las divinas Escrituras. El cuarto es el conocimiento de la vida de nuestro Señor Jesucristo en este mundo, de la vida de sus discípulos y de los demás santos, de las obras y palabras de los mártires y de los venerables padres. El quinto es el conocimiento de la naturaleza de las cosas y de su mutabilidad, como dicen los santos padres Gregorio y Juan Damasceno. El sexto es la contemplación de la creación visible. El séptimo es la comprensión de las criaturas espirituales de Dios. El octavo es el conocimiento de Dios, que se llama teología.
De estas ocho clases de conocimiento, tres convienen al asceta activo, para que con muchas lágrimas amargas limpie su alma de todas las pasiones y reciba las demás de Dios por gracia. Y cinco pertenecen al contemplativo, es decir, a quien tiene conocimiento, porque se cuidó bien y practicó siempre las actividades corporales y morales —esto es, espirituales—, y por eso puede percibirlas con claridad y con el intelecto. El conocimiento activo comienza por la primera clase de conocimiento; y cuanto más trabaja un hombre y aprende de las intuiciones que se le dan y avanza en ellas, tanto más familiares se le hacen, de modo que el conocimiento siguiente le viene a la mente, y todos los demás lo siguen.
Pero para que quede claro aquello de lo que hablo, diré un poco —aunque soy incapaz de hablar de ello— sobre cada una de estas intuiciones: cómo deben entenderse y cómo pueden describirse. Esto es para que nos conozcamos a nosotros mismos y sepamos qué debemos hacer cuando la gracia comienza a abrir los ojos del alma; para que comprendamos y nos admiremos de lo comprendido, y nos conmuevan palabras capaces de infundirnos temor, es decir, la compunción del alma.
Sobre el primer conocimiento y con qué comienza.
El primer conocimiento es aquel por cuya causa se dan todos los demás al hombre de buena voluntad. Quien sea juzgado digno de alcanzarlo, siéntese mirando al oriente, como hizo Adán en otro tiempo, y piense de este modo: cómo Adán se sentaba frente a la dulzura del paraíso y lloraba, golpeándose el rostro con las manos y diciendo: «¡Misericordioso, ten piedad de mí, que he caído!» Y repita en su mente aquel otro versículo: cómo Adán vio al ángel que lo expulsó y cerró la puerta del jardín divino, y suspiró profundamente y dijo: «¡Misericordioso, ten piedad de mí, que he caído!»
Después, considerando su condición presente, comience su llanto, suspirando con toda el alma y meneando la cabeza, y diga con dolor en el corazón: ¡Ay de mí, pecador! ¡Qué he perdido! ¡Ay de mí! ¡Qué era yo y en qué me he convertido! ¡Ay de mí! ¡Qué he perdido y qué he hallado! En lugar del paraíso, este mundo corruptible; en lugar de Dios y la compañía de los ángeles, el diablo y los demonios inmundos; en lugar del descanso, la fatiga; en lugar de los placeres y las alegrías, la tristeza y la aflicción del mundo; en lugar de la paz y el gozo constante, el miedo y las lágrimas amargas; en lugar de la virtud y la verdad, el engaño y la pasión; en lugar de la sabiduría y la cercanía de Dios, la ignorancia y el destierro; en lugar de la libertad de cuidados y de la libertad misma, una vida turbada y una amarga esclavitud.
¡Ay, ay! Fui creado como rey, y por mi insensatez me he vuelto esclavo de mis propias pasiones. ¡Ay de mí, miserable! ¿Cómo, por la desobediencia, atraje sobre mí la muerte en lugar de la vida? ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¿Qué he sufrido, miserable, por mi propia insensatez? ¿Qué haré? De este lado hay batalla, de aquel confusión; de este lado dolores, de aquel tentaciones; de este lado desgracias, de aquel naufragio; de este lado temores, de aquel pecados; ¡y por todas partes angustia! ¿Adónde huiré? «Estoy acosada por todos lados» (Dan 13,22), dijo Susana.
No sé qué buscar. Cuando pido la vida, temo las tentaciones de la vida y sus cambios y sucesos. Veo al ángel que al principio brillaba como el día y se convirtió en diablo; veo al primer hombre desterrado; a Caín fratricida; a Canaán maldito; a los sodomitas quemados por el fuego; a Esaú apóstata; a los israelitas caídos bajo la ira; a Guejazí y a Judas, que cayeron enfermos de amor al dinero; a un gran profeta y rey llorando por dos pecados; a Salomón, que con tanta sabiduría cayó; a uno de los siete diáconos que cayó, y a uno de los cuarenta mártires que cayó. Basilio el Grande dice de ellos: «Gozándose, el jefe del mal robó al miserable Judas de entre los doce, y a un hombre del Edén, y a uno de los cuarenta mártires.» Y lamentando a tal hombre, el mismo santo dice: «Sabio y digno de llanto es quien ha perdido la una y la otra vida: se derritió ante el fuego de la conciencia y fue al fuego que no se apaga.»
Muchos han caído, y son innumerables; y no solo los incrédulos, sino que muchos incluso de los padres cayeron después de muchos trabajos. ¿Quién soy yo, entonces, el peor de todos, el más duro de corazón, el más débil? ¿Qué puedo decir de mí mismo? Pues Abrahán se llamó a sí mismo «tierra y polvo» (Gén 18,27); David, «un perro muerto y una pulga en Israel» (cf. 1 Sam 24,15); Salomón, «un niño que no sabe salir ni entrar» (cf. 1 Re 3,7); los tres jóvenes dijeron que estaban cubiertos de «vergüenza y oprobio» (cf. Dan 3,33); el profeta Isaías dijo: «¡Ay de mí, que estoy perdido!» (Is 6,5); el profeta Jeremías declaró que era un niño; el príncipe de los apóstoles se llamó pecador; y todos los demás dijeron de sí mismos que no eran nada.
¿Qué haré? ¿Dónde me esconderé de mis muchos pecados? ¿Qué será de mí? Yo mismo no soy nada, y peor que nada; pues la nada nunca ha pecado ni ha recibido la gracia que yo he recibido. ¡Ay! ¿Cómo viviré el resto de mi vida? ¿Cómo escaparé de los lazos del diablo? Los demonios no duermen y son insensibles, la muerte está cerca y yo soy débil. Señor, ayúdame. No dejes perecer a tu criatura, pues tú cuidas de mí, miserable. «Muéstrame, Señor, el camino por donde debo andar, porque a ti elevo mi alma» (Sal 143,8). «No me abandones, Señor Dios mío, no te alejes de mí. Ven pronto en mi ayuda, Señor de mi salvación» (Sal 38,22-23).
Con tales palabras el alma llegará a la compunción, si hay en ella siquiera un poco de sentido. Y el intelecto, repitiendo estas palabras y acostumbrándose al temor de Dios, comienza a conocer y comprender las palabras de la segunda revelación.
Sobre la segunda revelación.
¡Ay de mí, miserable! ¿Qué haré? ¿Qué será de mí? He pecado mucho, he recibido gran gracia y grande es mi debilidad. Las tentaciones han sido muchas, y la dureza de corazón me ha alcanzado. El olvido me oscurece y me impide verme a mí mismo y ver la multitud de mis males. La ignorancia es un mal, y peor todavía es la transgresión cuando se tiene conocimiento. No es fácil alcanzar la integridad. Las pasiones son muchas, los demonios son malvados, el pecado es fácil, la muerte está cerca, y el examen de nuestras palabras será amargo.
¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Cómo escaparé de mí mismo? Pues yo soy la causa de mi propia ruina: he sido honrado con el libre albedrío, y nadie puede forzarme. He pecado y peco continuamente, y no me ocupo de ninguna buena obra, y no hay quien me obligue. ¿A quién culparé? Dios es bueno y ama al hombre, y siempre quiere que me vuelva a Él y me arrepienta. Los ángeles me aman y me protegen. También los hombres me desean el bien. Los demonios no pueden obligar a perecer a nadie que no lo quiera él mismo, sea por descuido, sea por desesperación. ¿Quién tiene entonces la culpa de lo que me pasa, sino yo mismo, miserable?
Aquí conozco un poco cómo mi alma perece, y sin embargo no quiero comenzar una vida piadosa. ¿Por qué, alma mía, no cuidas de ti? ¿Por qué, cuando pecas, no te avergüenzas ante Dios y sus ángeles como te avergüenzas ante los hombres? ¡Ay de mí, miserable! ¡Ay de mí! Porque no me avergüenzo ante mi Creador y Señor como ante un hombre. Solo delante de un hombre soy incapaz de pecar; y soy astuto de todas las maneras para que parezca que hago lo recto. Pero estando delante de Dios pienso perversamente, y me avergüenza decir más. ¡Oh, mi insensatez! No temo hacer el mal ante Dios, que lo ve; y sin embargo no logro decir a hombre alguno nada de mí mismo, para que me guíe.
¡Ay de mí! Porque sé que hay tormento, y sin embargo no quiero arrepentirme. Amo el Reino de los cielos, y sin embargo no honro las virtudes. Creo que Dios existe, y quebranto sus mandamientos sin cesar. Odio al diablo, y sin embargo no dejo de hacer lo que le agrada. Cuando oro, estoy distraído y permanezco como insensible. Cuando ayuno, me enorgullezco y me hago aún más culpable. Cuando escucho, creo estar logrando algo, y ni eso me aprovecha. Cuando leo, caigo insensiblemente en uno de dos males: o leo para saber mucho por vanagloria, y quedo más oscurecido; o sé y ya no obro, y por ello recibo condena.
Aunque por la gracia de Dios dejo de pecar con obras, no dejo en ningún momento de pecar con palabras; y cuando la gracia me libra también de esto, yo, miserable, siempre enojo a Dios con mis pensamientos. ¡Ay! ¿Qué haré? Dondequiera que vaya, encuentro pecados. Los demonios están por todas partes. La desesperación es lo peor de todo. He enojado a Dios y he entristecido a los ángeles; he hecho mucho daño a los hombres y los he extraviado. Quisiera lavar con lágrimas el registro de mis pecados, Señor, y agradarte con el arrepentimiento el resto de mi vida; pero el enemigo me tienta y vence a mi alma. Señor, sálvame antes de que perezca del todo. He pecado contra ti, Salvador, como el hijo pródigo; recíbeme, Padre, pues me arrepiento, y ten piedad de mí, oh Dios. Clamo a ti, Cristo Salvador, como clamó el publicano; límpiame como lo limpiaste a él, y ten piedad de mí, oh Dios.
¿Qué sucederá en la última hora, y qué después? ¡Ay de mí, miserable! ¿Quién dará agua a mi cabeza y a mis ojos una fuente de lágrimas? ¿Quién podrá llorarme como merezco? Pues yo mismo no puedo hacerlo. Venid, montes, cubridme a mí, miserable. ¡Ay, ay! ¿Qué puedo decir? Cuántos bienes ha hecho Dios por mí —solo Él lo sabe—, ¡y cuánto mal ha engendrado mi ignorancia! De palabra, de pensamiento y de obra enojo siempre a mi Bienhechor. Y cuanto más paciente es Él, tanto más descuidado soy yo, miserable, más duro que las piedras inertes. Pero no desesperaré, sino que conoceré tu amor al hombre. No he reunido arrepentimiento ni lágrimas; por eso te ruego, Salvador, que me hagas volver antes de que llegue mi fin, y que me salves del tormento.
Señor Dios mío, no me abandones. Yo, que soy como nada ante ti, soy todo pecado; ¿cómo podría conocer la multitud de mis pecados? Incluso el hecho de que no hago bien alguno es para mí una gran condena. El cielo y la tierra fueron creados para mí; para mí los cuatro elementos y todo lo que de ellos procede, como dice el Teólogo. De todo lo demás callo, pues no soy digno de decir nada a causa de la multitud de mis males. ¿Quién podría abarcar los inmensos beneficios que se me han dado, aunque tuviera la mente de un ángel? Y por mi impenitencia me apartaré de todos ellos.
Reflexionando de este modo, al cabo de un tiempo el hombre llega a la tercera revelación y, llorando sin cesar, dice lo siguiente.
Sobre la tercera revelación.
¡Ay de mí! ¡Qué lucha atraviesa el alma cuando se separa del cuerpo! ¡Cómo llora, y nadie se compadece de ella! Alza los ojos a los ángeles y suplica en vano; tiende las manos a los hombres, y nadie la socorre. Lloro y sollozo cuando pienso en la muerte, y veo cómo nuestra hermosura, creada a imagen de Dios, yace en la tumba, ahora sin forma, sin gloria, sin belleza. ¡Oh, prodigio! ¿Qué misterio nos ha sobrevenido? ¿Cómo caímos bajo el poder de la corrupción? ¿Cómo fuimos unidos a la muerte? Verdaderamente por mandato de Dios, como está escrito.
¡Ay! ¿Qué haré, el más miserable de todos, en la hora de la muerte, cuando los demonios rodeen mi pobre alma, sosteniendo el registro de todos mis pecados, tanto los que conocí como los que no, de palabra, obra y pensamiento, y exigiendo pago por ellos? Pero ¡ay de mí! Pues aun sin esos pecados estoy condenado, porque no guardé dignamente los mandamientos.
¡Oh, mi miserable alma! Dime ahora: ¿dónde están las promesas del bautismo? ¿Dónde la unión con Cristo y la renuncia a Satanás? ¿Dónde la guarda de los mandamientos de Dios y la imitación de Cristo por las virtudes del alma y del cuerpo, por las cuales me llamo cristiano? Y cuando te excusas con la debilidad corporal, ¿dónde está entonces la fe que descarga toda su pena en Dios, la fe con la que moverías montañas si la tuvieras como un grano de mostaza? ¿Dónde está el arrepentimiento total que se aparta de toda palabra y obra malas? ¿Dónde la compunción del alma y el llanto más perfecto, la mansedumbre, la misericordia, la pureza del corazón libre de malos pensamientos? ¿Dónde la plena templanza que refrena cada miembro del cuerpo y todo pensamiento y deseo que lo perturba, salvo lo necesario para la salvación del alma y la vida del cuerpo? ¿Dónde la paciencia que soporta muchas tribulaciones por el Reino de los cielos y da gracias por todo? ¿Dónde la oración incesante, la tristeza ante el pensamiento de la muerte, las lágrimas de dolor, ya que aún no he alcanzado las lágrimas del amor? ¿Dónde la sabiduría divina que guarda el alma de los lazos del enemigo y de los adversarios? ¿Dónde la templanza que mantiene al hombre lejos de todo lo que no es Dios, o de lo que viene con los pensamientos? ¿Dónde la fortaleza que soporta el mal y resiste firme ante el enemigo? ¿Dónde la justicia que da a cada uno lo suyo? ¿Dónde la confianza del humilde, que conoce su propia debilidad y su propia ignorancia y el amor de Dios al hombre, para que su alma evite todos los ardides del enemigo? ¿Dónde la impasibilidad y el amor purísimo? ¿Dónde la paz que sobrepasa todo entendimiento, por la cual soy llamado hijo de Dios?
Todo esto puede tenerlo quien lo quiera, aun cuando no tenga fuerza corporal. ¿Qué puedo decir a esto? ¿Qué haré, miserable? Tengo miedo por mi incertidumbre, pues he descuidado por completo lo que podía haber hecho con mis propias fuerzas; acabaré en el infierno, como dice Atanasio el Grande. ¡Ay de mi desgracia! ¿Qué me he hecho a mí mismo? Y no solo por los pecados que cometí, sino aún más por no querer arrepentirme de ellos. Si me hubiera arrepentido como el hijo pródigo, el Padre que ama a sus hijos habría aceptado mi regreso; y si hubiera sido prudente como el publicano, juzgándome solo a mí mismo y a nadie más, habría recibido de Dios el perdón de los pecados, y lo mismo si hubiera orado con todo el corazón como él. Pero ahora veo que no soy tal hombre, y por eso temo estar en el infierno con los demonios y temo el juicio venidero.
Pues allí corre un río de fuego, se colocan los tronos y se abren los libros; los ángeles van delante, y todo ser humano se adelanta, todos desnudos e incapaces de esconderse, ante el Juez temible y justo. ¡Ay de mí! ¿Cómo soportaré la manifestación y la ira de aquel Juez temible e inflexible, la reunión de innumerables ángeles, el proceso con su sentencia terrible, el juicio inmutable, el llanto incesante, las lágrimas inútiles, la tiniebla sin luz, el gusano que no muere, el fuego inextinguible y los tormentos sin fin; la exclusión del Reino y la separación de los santos, el alejamiento de los ángeles y el alejamiento de Dios, el desaliento y la muerte eterna, el miedo, el dolor, la tristeza, la vergüenza y los remordimientos de la conciencia?
¡Ay de mí, pecador! ¡Qué he perdido! ¿Por qué muero tan insensatamente? Todavía hay tiempo para el arrepentimiento. El Señor me llama: ¿me apartaré? ¿Hasta cuándo, alma mía, permanecerás en los pecados? ¿Hasta cuándo aplazarás el arrepentimiento? Acuérdate del juicio venidero y clama a Cristo Dios: «Tú que ves el corazón, he pecado; antes de condenarme, ten piedad de mí.» Que no oigamos en tu temible venida, oh Cristo: «No os conozco.» Pues en ti hemos puesto nuestra confianza, Salvador, aunque por descuido no hayamos cumplido tus mandamientos; y te rogamos que tengas piedad de nuestras almas.
¡Ay de mí, Señor! Porque te he entristecido y ni siquiera he sentido tu gracia, y por eso no comprendo. ¿Podré llorar amargamente en esta vida? ¿O, habiendo llorado un poco, no sentiré nada? Sin humildad no habrá provecho en ello. ¿Cantaré solo con los labios y leeré? Pero las pasiones han oscurecido mi intelecto, y no puedo captar la fuerza de las palabras que pronuncio. ¿Me postraré ante ti, Dador de todo bien? No tengo confianza. Mi vida está sin luz; he destruido mi propia alma. ¡Señor, ayúdame! ¡Recíbeme como recibiste al publicano!
Como el hijo pródigo, he pecado contra el cielo y ante ti; y como aquella pecadora de la que está escrito —la que vivía en tinieblas y era conocida por sus costumbres—, vengo a ti clamando: no me rechaces, tú que naciste de una Virgen; no desprecies mis lágrimas, sino recíbeme, pues me arrepiento. Y así yo, miserable, estoy desesperado por la multitud de mis pecados.
Sin embargo, tu inefable amor al hombre me ha conocido, y has hundido la desesperación de mi alma en la profundidad inmensa de tu generosidad. Por eso me atrevo a recoger mi intelecto en tu santo recuerdo y, levantándome, hago mi oración con gran temor y temblor: que también yo, indigno, sea juzgado digno de ser tu siervo, y tenga por gracia un intelecto libre de imágenes, sin conceptos, insensible a las ofensas; y que me postre ante ti, Dios y Creador de todo, como Daniel se postró en otro tiempo ante tu ángel (cf. Dan 8,17), para darte gracias primero y hacer después mi confesión.
Oración de acción de gracias y de confesión.
Así pues, yo, miserable, comienzo a pedir tu santísima voluntad, dándote gracias por todos los beneficios que me has dado, aunque soy polvo y ceniza. Te temo con todo mi intelecto, aunque soy todo de la tierra; y pensando que tú me ves, clamo con toda mi alma y digo: ¡Señor, rico en misericordia! Te doy gracias, te alabo, te canto y te adoro, porque me has concedido a mí, indigno, dar gracias en esta hora y oír algunas de tus maravillas y de tus obras, que has hecho y que por gracia sigues haciendo por nosotros —espirituales y corporales, infinitas e insondables, visibles e invisibles, las que conocemos y las que no—.
Confieso tu gracia, no oculto tus beneficios; te confieso, Dios mío, con todo mi corazón, y glorifico tu nombre para siempre, pues grande es tu misericordia para conmigo, e indescriptibles tu descenso hasta nosotros y tu longanimidad, frente a mis muchas iniquidades y pecados y frente a todos los ardides que el enemigo ha obrado, obra siempre y aún podría obrar. Tu gracia me ha salvado de ellos, y de los pecados cometidos a sabiendas y sin saberlo, de palabra, obra y pensamiento —pecados que tú conoces, oh Escrutador de los corazones, desde mi nacimiento hasta el fin de mi vida, y que yo, miserable, me atrevo a confesar ante ti—.
He pecado, he cometido iniquidad y maldad, he obrado el mal delante de ti, y no soy digno de levantar los ojos y ver la altura del cielo. Pero confiando en tu inefable amor al hombre, y en tu bondad y misericordia que sobrepasan todo entendimiento, me postro y te ruego: ten piedad de mí, Señor, pues soy débil; perdóname la multitud de mis pecados; y no permitas que vuelva a pecar, ni que me aparte de tu recto camino, ni que ofenda o entristezca a nadie. Refrena toda mi malicia, y mis malas costumbres, y las pasiones irracionales del alma y del cuerpo, y la ira y la concupiscencia, y enséñame a hacer tu voluntad.
Ten misericordia de mis hermanos y padres, y de todos los monjes; de mis padres, hermanos y parientes; de quienes nos sirven y nos han servido; de quienes oran por nosotros y nos han pedido que oremos por ellos; de quienes nos odian y de quienes nos aman; de aquellos a quienes he agraviado o entristecido, y de todos los que me han agraviado o hubieran podido agraviarme; y de todos los que creen en ti. Perdónanos todo pecado, voluntario e involuntario, y guarda nuestra vida y nuestra partida de este mundo de los espíritus inmundos y de toda tentación, de todo pecado y engaño, de la imaginación y de la desesperación, de la incredulidad y de la locura, de la soberbia y del miedo, del engaño y del tormento, del robo y del lazo del diablo. Y concede a nuestras almas lo que les es provechoso tanto en el siglo presente como en el venidero, según se complazca en darlo tu amor eterno.
Concede también el descanso a nuestros padres y hermanos que ya partieron; y por las oraciones de todos, concede a mi miseria que tengas piedad de mí, para que no perezca. Tú ves mi debilidad en todo: endereza mi vida y mi muerte, y hazme como quieras y como quieras hacerlo, lo desee yo o no, con tal de que no sea separado de quienes están a tu derecha en el día del juicio, Señor Jesucristo Dios mío, aunque yo sea el último de todos tus siervos que se salvan. Concede la paz a tu mundo y ten misericordia de todos, como tú sabes hacerlo. Y permíteme participar de tu purísimo Cuerpo y de tu preciosa Sangre para el perdón de los pecados, para la comunión con tu Espíritu Santo y como prenda de la vida eterna que está en ti, con tus elegidos: te lo pido por tu purísima Madre, tus santos, las potencias celestiales y todos tus santos, pues tú eres bendito por los siglos de los siglos. Amén.
Santa Señora Madre de Dios, todas las potencias celestiales de los santos ángeles y arcángeles, y todos los santos, orad por mí, pecador. Señor Dios, Padre todopoderoso; Señor, Hijo unigénito, Jesucristo; y Espíritu Santo, y así sucesivamente.
Sobre el orden de la salmodia y de la oración.
Entonces dice enseguida a sus pensamientos: «Venid, adoremos y postrémonos ante el Rey, nuestro Dios», y lo repite tres veces. Luego comienza los salmos, haciendo cada vez una antífona con el trisagio, y mantiene su intelecto en las palabras que pronuncia; y al final dice cuarenta veces: «Señor, ten piedad.» Haciendo una oración en cada antífona, se dice a sí mismo mientras se inclina: «He pecado, Señor, perdóname.» Después, levantándose y alzando las manos, dice una vez: «Dios, purifícame a mí, pecador.» Y cuando haya orado, diga la segunda oración, «Venid, adoremos», tres veces, y haga lo mismo con la segunda antífona.
Sin embargo, en la medida en que la gracia lo mueva, debe mantener su intelecto dentro de aquellos pensamientos que lo conmueven. Cuando la boca queda libre del canto y el intelecto es llevado cautivo por una buena cautividad, como dice san Isaac, entonces es tiempo de recoger, no tiempo de sembrar. Por eso es bueno permanecer en tales pensamientos, para que el corazón se conmueva aún más y dé fruto, es decir, lágrimas por Dios. «Cuando alguna palabra de la oración te conmueva», dice el autor de la Escala, «permanece en ella.»
Pues toda obra corporal —ya sea el ayuno y la vigilia, o el canto y la lectura, o la quietud y lo demás— existe para la purificación del intelecto. Y el intelecto no puede purificarse sin llanto, para unirse a Dios mediante la oración pura, que lo cautiva apartándolo de todos los pensamientos y lo hace libre de visiones e imágenes. Todas estas cosas son buenas en sí mismas cuando se hacen bien, y lo contrario también es cierto. Pues toda obra necesita discernimiento para hacerse bien, y sin discernimiento no conocemos la naturaleza de las cosas.
Sobre las aparentes diferencias entre lo que los padres dijeron e hicieron.
Quizá nos confundan a menudo las diferencias entre lo que los santos padres dijeron y lo que hicieron. Así, la Iglesia ha recibido la costumbre de cantar los tropararios con muchos himnos y estribillos. Sin embargo, el autor de la Escala alaba a quienes lloran por Dios, diciendo que no se llamarán a sí mismos a los himnos. Y san Isaac dice de quienes oran con pureza: «Sucede a menudo que, cuando un asceta recoge su intelecto en la oración, cae de pronto y sin que nadie se lo indique al suelo, de rodillas, como hizo en otro tiempo el profeta Daniel, con las manos extendidas y los ojos contemplando la cruz de Cristo; sus pensamientos cambian y sus miembros se aflojan por los nuevos pensamientos que le vienen a la mente.» Y muchos de los santos padres escriben cosas semejantes acerca de los ascetas: que algunos, en el arrobamiento del intelecto, superaron no solo los himnos y los salmos, sino que incluso olvidaron el intelecto mismo, como dice san Nilo.
La Iglesia recibió los himnos y los tropararios de un modo bueno y agradable a Dios a causa de la debilidad de nuestro intelecto, para que nosotros, insensatos como somos, alabáramos a Dios con dulce canto aun cuando no lo quisiéramos. Y quienes, tras considerar lo dicho, adquieren conocimiento se conmueven y suben como por una escala a los buenos pensamientos, como dice Juan Damasceno. Cuanto más nos acostumbramos a los pensamientos divinos, más nos atrae el anhelo divino a comprender, conocer y adorar al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4,24), como dice el Señor. Y el apóstol añade: «Prefiero decir cinco palabras con mi mente que diez mil palabras en lenguas» (1 Cor 14,19). Y también: «Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas sin ira ni discusiones» (1 Tim 2,8). Lo primero sirve para sanar nuestra debilidad, y lo segundo para perfeccionar el intelecto. Así explicamos estas diferencias. Todo lo que se hace a su debido tiempo es bueno; y lo que no se hace a su tiempo parece fuera de lugar a quienes no conocen el tiempo de cada cosa, como dice Salomón: «Todo tiene su tiempo» (Ecl 3,1).
Que los buenos pensamientos deben guardarse, y que su pérdida enseña humildad.
Cuando un hombre ha alcanzado buenos pensamientos, cuide de no perder estas intuiciones por descuido o por soberbia, como dice san Isaac. Pues cuando los pensamientos de Dios se multiplican en el alma de un hombre y lo mueven a la compunción y a la humildad, debe estar siempre agradecido y confesar la gracia de Dios, que ha concedido a su alma tales intuiciones, considerándose indigno de ellas. Y cuando cesan y la mente se oscurece de nuevo y pierde el temor y el llanto, entonces debe lamentarse largamente y humillarse de palabra y de obra, pues la gracia ya ha dejado el alma. Que conozca su debilidad y adquiera humildad, y se apresure a corregirse, como dice Basilio el Grande. Pues si un hombre no hubiera descuidado el llorar por Dios, no habría perdido las lágrimas cuando quiso tenerlas.
Nos conviene, pues, ver siempre tanto nuestra propia debilidad como la gracia de Dios, y no desesperar cuando algo nos sucede ni volvernos presuntuosos como si fuéramos alguien especial, sino confiar siempre humildemente en Dios. Tales lágrimas convienen mucho al hombre que busca de palabra y de obra, ya que se le concedió tal gracia pero no supo guardar los dones de intuición de Dios por negligencia presente o futura o por soberbia. Y a quien por su propia voluntad ha abandonado tales dones —el llanto, las lágrimas y los pensamientos luminosos—, ¿qué le queda sino la tristeza? Pues no hay nadie en el mundo entero más insensato que quien ha gustado cosas por encima de la naturaleza, es decir, las lágrimas del conocimiento y del amor, y sin embargo, por unas pocas cosas sin valor o por pensamientos confusos y por sus propios deseos, vuelve de nuevo a su estupidez animal, como el perro vuelve a su vómito.
Pero cuando está dispuesto una vez más a retirarse por Dios a la lectura de las divinas Escrituras, con atención y con el recuerdo de la muerte, y a mantener el intelecto de la oración, en cuanto puede, libre de pensamientos vanos, entonces hallará de nuevo lo que había perdido. Así también, cuando un hombre no se enoja con nadie, aunque sufra muchos y grandes males de manos de otro, y no se aparta de quien lo ha entristecido, sino que hace todo lo posible por sanarlo con palabras y obras, entonces el intelecto se alegra todavía más, al verse libre de las inquietudes de la ira. Y se acostumbra a no defender jamás su propia causa, temiendo ser abandonado de nuevo; y por ese temor no se permite caer, sino que guarda siempre las lágrimas del arrepentimiento y del duelo, hasta ser elevado a las lágrimas de la alegría y del amor, y de ellas, por la bendición de Cristo, pasa a la paz de los pensamientos. Así sucede.
Pero nosotros todavía estamos sujetos a las pasiones y somos pesados de corazón, y por eso debemos alegrarnos siempre de aprender las palabras del duelo y examinarnos cada día: antes de la regla establecida, en medio de ella y al final. Conviene examinarnos incluso mientras trabajamos, ya que aún somos demasiado débiles para apartarnos de todo por Dios, como dice san Isaac; y también cuando simplemente estamos sentados en quietud, cuando nuestros ojos no duermen y nuestros pensamientos están sobrios, como dice el autor de la Escala: «Considera cuál será tu progreso, para que tu alma se quebrante»; y «derrama lágrimas», como dice san Doroteo.
Todo esto lo hemos dicho acerca de las tres revelaciones ya mencionadas, para pasar ahora a la cuarta.
Sobre la cuarta revelación.
«Cuando llegamos a comprender el descenso de nuestro dulce Salvador Jesucristo y su estancia en el mundo, entonces poco a poco olvidamos el alimento», dice Basilio el Grande. Así oímos del bienaventurado David que se olvidaba de comer su pan (cf. Sal 102,5), «cuando sus pensamientos eran arrebatados», dice el autor de la Escala, hacia las maravillas de Dios, con gran temor y asombro ante el don, como dice el mismo Basilio: «¿Qué daré al Señor por todo lo que nos ha dado?»
Por nosotros Dios habitó entre los hombres; por nuestra naturaleza corruptible el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. El Bienhechor vino a los ingratos, el Redentor a los cautivos, el Sol de justicia a quienes estaban sentados en tinieblas; en la cruz, Aquel que está por encima del sufrimiento; en el infierno, la luz; en la muerte, la vida; la resurrección por causa de los caídos. A Él clamemos: «¡Dios nuestro, gloria a ti!»
Y Juan Damasceno dice: «Los cielos se asombraron y los confines de la tierra quedaron atónitos, porque Dios apareció a los hombres en la carne, y tu seno se hizo más espacioso que los cielos; por eso, oh Madre de Dios, los ángeles y los hombres juntos te glorifican.» Y de nuevo: «Todo oído quedó sobrecogido ante la inefable venida de Dios, pues el Altísimo por su propia voluntad descendió a la carne y se hizo hombre del seno de una virgen; por eso los fieles glorificamos a la inmaculada Madre de Dios.»
Venid, hombres, subamos al monte santo y celestial y postrémonos; estemos con la mente en la ciudad del Dios vivo y contemplemos con el intelecto la inefable divinidad del Padre y del Espíritu que resplandece en el Hijo unigénito. Me has endulzado con tu amor, oh Cristo, y me has transformado con tu divina providencia; pero consume mis pecados con fuego inmaterial y concédeme llenarme de deleite en ti, para que, gozoso, magnifique tus dos venidas, oh Bueno. Tú eres toda dulzura, oh Salvador; tú eres todo deseo y amor, verdaderamente insaciable; tú eres belleza indescriptible.
Quien ha llegado a conocer esto por las virtudes del alma y del cuerpo, y ha aprendido los misterios ocultos en las palabras de los santos varones y en las divinas Escrituras, y sobre todo en los santos Evangelios, no refrena el anhelo ni las abundantes lágrimas que le vienen sin coacción alguna. Y nosotros, que solo lo oímos de las Escrituras, debemos practicar y estudiar siempre, para que con el tiempo el anhelo de Dios quede impreso en nuestros corazones, como dice san Máximo, y como hicieron los padres hasta recibir el conocimiento que obra por sí mismo.
Todo el anhelo de los mártires se dirigía solo al Señor, y estaban unidos a Él en el amor y en el canto. Así dice Juan Damasceno de los tres jóvenes: «Por las leyes de sus padres, los bienaventurados jóvenes en Babilonia soportaron el peligro, despreciaron la orden insensata del rey y, aunque estaban juntos, no fueron quemados por el fuego, sino que cantaron un cántico digno del Señor.» Y con razón: cuando un hombre conoce las maravillas de Dios, queda como fuera de sí y olvida esta vida temporal, porque conoce las divinas Escrituras, dice san Isaac. No como nosotros, que apenas nos conmovemos con las Escrituras, oscurecidos por el tedio, el olvido y la ignorancia, y vueltos insensibles a las pasiones.
Quien se ha purificado de las pasiones mediante el llanto conoce los misterios ocultos en todas las Escrituras, y se conmueve con todo, pero sobre todo con el santo Evangelio, con las obras que en él se registran y con sus palabras: cómo la sabiduría de Dios hizo mensurable lo inmensurable; cómo Dios va haciendo bueno al hombre poco a poco y le enseña a amar a sus enemigos (cf. Mt 5,44), y a ser misericordioso porque el Padre celestial es misericordioso, e impasible porque Dios es impasible y posee toda virtud, y perfecto porque el Padre es perfecto (cf. Mt 5,48). En una palabra, este libro sagrado enseña al hombre lo que agrada a Dios, para que llegue a ser dios por adopción.
Que el Evangelio da descanso tanto en este siglo como en el venidero.
¿Quién no se admiraría de la acción del santo Evangelio, que por un simple deseo concede el descanso en el siglo presente y en el venidero, junto con toda honra, como dice el Señor: «Quien se humilla será ensalzado» (Lc 18,14)? Pedro lo atestigua: mientras aún vivía recibió las llaves del cielo, y lo mismo los demás apóstoles. Cada uno de ellos dejó lo poco que tenía y conquistó el mundo entero en este siglo presente, y en el venidero recibió lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre. Y esto no sucedió solo con los apóstoles: hasta el día de hoy sucede con todo el que lo desea, como dijo uno de los padres: que aunque trabajaban en el desierto, tenían gran descanso, es decir, una vida serena y libre de cuidados.
¿Quién, pues, nos parecería tener más descanso: el hombre que se ejercita en las cosas divinas y se ocupa de sus propios asuntos, o el que está sumido en cuidados, en pleitos, en los afanes de la vida? ¿El que conversa siempre con Dios mediante el estudio de las divinas Escrituras, o el que se fatiga y acecha el botín y las obras inicuas y, sin haber ganado nada con ellas, no le queda sino la fatiga y la pura muerte? Soportamos la muerte con gran trabajo y deshonra incluso cuando no hay nada que ganar. Algunos han sufrido grandes pérdidas y han perecido: ladrones y piratas, fornicarios y pendencieros, que no quisieron salvarse con honra, paz y bienes propios. ¡Ay! ¡Qué ceguera! Aceptamos la muerte por la muerte, y no amamos ni la salvación ni la vida.
Cuando la muerte nos aguarda por el Reino de los cielos, ¿haremos algo más de lo que hace el ladrón, el bandido o el soldado, que solo por el pan sufre la muerte tanto en este siglo como en el venidero? Nuestra ventaja es esta: que pretendemos aceptar la muerte por Cristo, por quien se da el Reino de los cielos a quienes en el siglo presente están dispuestos a despreciarlo todo con el intelecto y a sometérselo, para reinar no solo sobre las cosas sino sobre el cuerpo, al que desprecian, y sobre la muerte misma, por la audacia de la fe; y en el siglo venidero a reinar para siempre con Cristo por la gracia de la resurrección común.
Tanto el pecador como el justo mueren, pero mueren de manera distinta. Ambos mueren porque son mortales, y no hay en ello nada extraño. Pero el uno queda sin recompensa y puede ser condenado, mientras que el otro es bienaventurado tanto en este siglo como en el venidero. ¿Qué hay de grande en dejar simplemente las posesiones, cuando el hombre ha de dejarlas de todos modos —mientras solo se imagina que las posee— y a menudo no solo en la hora de la muerte, sino incluso antes de ella, con gran vergüenza, fatiga y dolor?
O bien, por causa de sus haciendas, algunos han encontrado la muerte tras innumerables pruebas traídas por la riqueza, con miedo, inquietudes, tristeza constante y bochorno, de grado y a la fuerza. El mandamiento de Dios libra al hombre de todo esto y le da completa libertad de cuidados y de temor, y una alegría indescriptible, sobre todo a quienes más aman el no poseer nada. ¿Qué hay más dulce que esto: ser impasible, no estar en absoluto cautivo de la ira ni del deseo de las cosas del mundo, tener por nada lo que tantos ansían y, habiéndose elevado por encima de todo, vivir como en el paraíso, o más bien en el cielo, levantado por encima de toda necesidad gracias a la libertad de cuidados y al desapego por Dios?
Cuando un hombre acepta con alegría todo lo que sucede, entonces todo le da descanso. Cuando ama a todos, todos lo aman. Cuando lo desprecia todo, se hace mayor que todo; y lo mismo cuando no desea poseer aquello por lo que otro pelea y se aflige si no lo consigue, y se condena si lo consigue. Quien nada desea queda libre por el mandamiento de todas las cosas en el siglo presente, y en el venidero de los tormentos amargos. Pues no querer lo que no tienes vale más que todo descanso y toda riqueza; y querer lo que no tienes es un tormento inmenso incluso antes del tormento venidero. Tal hombre es un esclavo, aunque se crea rey y rico.
¿Dónde está, pues, la dureza de los mandamientos del Señor, que no cumplimos con diligencia? Quien ha comprendido la gracia del santo Evangelio y ha captado aunque sea un poco de aquello de que trata —la obra y la enseñanza del Señor, sus mandamientos, prohibiciones y promesas— sabe qué tesoro inagotable hallará, aunque no pueda confesarlo como quisiera, ya que las cosas celestiales son indescriptibles.
Cristo está escondido en el Evangelio, y quien quiera hallarlo debe primero vender todo lo que tiene y comprar el Evangelio, para no solo encontrarlo mediante la lectura, sino también recibirlo dentro de sí, imitando su vida en el mundo. «Quien busca a Cristo», dice san Máximo, «debe buscarlo no fuera, sino dentro de sí mismo; es decir, debe ser semejante a Cristo en cuerpo y alma —sin pecado en cuanto sea posible— y debe guardar con todas sus fuerzas el testimonio de la conciencia, a fin de reinar sobre su propia voluntad y vencerla despreciándola, aunque en el mundo sea pobre y sin familia.» Pues ¿de qué le sirve a un hombre creerse rey mientras la ira y el deseo lo atormentan en este siglo, y en el venidero halla tormento eterno, ya que no guarda los mandamientos de Dios?
¡Qué locura es esta! ¿Por qué no queremos recibir bienes grandes y eternos por medio de bienes pequeños y temporales? Rechazamos lo bueno y deseamos lo contrario. ¿Qué hay más fácil que ofrecer un vaso de agua fría o un pedazo de pan, o refrenar nuestra propia voluntad y nuestro poco conocimiento? Y por esto nos aguarda el Reino de los cielos, por la gracia de Aquel que dijo: «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). «No está en algún lugar lejano», dice Juan Damasceno, «ni fuera, sino dentro.» Basta con que quieras vencer las pasiones, y lo tendrás dentro de ti mediante una vida agradable a Dios. Y si no quieres, no tendrás nada; pues el Reino de Dios, dicen los padres, significa una vida agradable a Dios, y también la primera venida del Señor y la segunda. De la segunda ya hemos escrito en las palabras sobre el duelo; y quien por gracia haya comprendido la primera, diga con toda su alma, con gran temor:
Oración de admiración ante la venida del Señor en la carne.
Grande eres, Señor, y admirables son tus obras, y no bastan las palabras para cantar tus maravillas como merecen. Mira, dulcísimo Señor mío: tu siervo está ante ti, sin voz e inmóvil, esperando de ti la iluminación. Pues dijiste, Señor: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Enséñame, pues, acerca de ti mismo. Por eso me he atrevido a sentarme a tus puros pies, como la hermana de Lázaro, tu amigo, para oír también yo algo con el intelecto —si no de tu inmensa Divinidad, al menos de tu presencia corporal en el mundo—, y para sentir siquiera un poco de aquella gracia tuya de la que habla el santo Evangelio: cómo estuviste entre nosotros, manso y humilde de corazón, y qué habló tu santísima boca, para que también nosotros lo aprendiéramos de ti.
En tal pobreza fuiste rico en misericordia, en trabajo y en sed voluntaria, que diste agua viva a la samaritana, como dijiste, Señor: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Jn 7,37), pues tú eres la fuente de la sanación. ¿Quién puede cantar tu estancia en el mundo? Y ya que me has concedido a mí —tierra, polvo y ceniza, transgresor y destructor de mi propia alma, que he pecado mucho ante ti y sigo pecando— comprender algo de tus obras y palabras, me he atrevido a preguntarte sobre ellas, ya que por la fe creo verte a ti, que eres invisible a toda la creación.
Perdona mi audacia, pues tú sabes, Señor Escrutador de los corazones, que no pregunto por curiosidad; quiero aprender, creyendo que me aprovechará el conocimiento que tú, que verdaderamente eres, me darás, como se lo das a quienes te aman, oh Amante del hombre, y en la medida en que tenga fuerzas para ello, a fin de imitar tu vida en el cuerpo, por la cual soy llamado cristiano por gracia. Nadie, es cierto, puede aceptar la muerte por sus enemigos como lo hicieron tus discípulos, ni enriquecerse con tu pobreza y la de ellos y con su virtud; pero cada uno de nosotros puede hacer un poco, según su deseo. Aunque un hombre muriera por ti una y otra vez, no podría librarse de sus propios pecados. Pues tú, Señor, Dios perfecto y hombre perfecto, viviste sin pecado en este mundo y lo soportaste todo por causa de todos; pero si nosotros sufrimos algo, lo sufrimos por nuestros propios pecados.
¿Quién no se admiraría al considerar tu indescriptible condescendencia? Pues tú, Dios inmenso y todopoderoso que gobierna todas las cosas, que eres llevado sobre los querubines, que eres llamado plenitud de sabiduría, te humillaste por nosotros —por nosotros, que desde el principio y a lo largo de todos los tiempos tanto te hemos enojado— y aceptaste el nacimiento y la crianza. Te expulsaron y te arrojaron piedras, se burlaron y se rieron de ti, te empujaron y te golpearon, te avergonzaron y te escupieron. Aceptaste la cruz, los clavos, la esponja, la caña, el vinagre y la hiel, cosas que ni siquiera soy digno de oír. Tu costado incorruptible fue traspasado, y de él derramaste para nosotros la vida eterna, tu preciosa sangre y agua.
Canto tu Natividad y a la que te dio a luz, a quien conservaste Virgen después del parto como lo era antes. Te adoro a ti, que yaciste en la cueva y en el pesebre, envuelto en pañales. Te alabo a ti, que bajaste a Egipto con la Virgen, tu purísima Madre, que viviste en Nazaret y fuiste obediente a tus padres según la carne, tu padre putativo y tu verdadera madre. Te alabo, Señor, a ti que fuiste bautizado en el Jordán por tu Precursor y recibiste el testimonio del Padre, mientras el Espíritu Santo te manifestaba a ti y a tu bautismo, y Juan el Bautista, tu profeta y siervo, daba testimonio.
Te glorifico a ti, que ayunaste por nosotros y voluntariamente te sometiste a la tentación, y venciste al enemigo en el cuerpo que tomaste de nosotros, y por tu inefable sabiduría nos diste la victoria sobre él; que estuviste con tus discípulos, limpiaste a los leprosos, enderezaste a los encorvados, diste luz a los ciegos, habla y oído a los sordomudos, bendijiste los panes y caminaste sobre el mar como sobre tierra firme; que enseñaste a los hombres acerca de las obras y de las visiones que proclaman al Padre y al Espíritu Santo, y profetizaste sobre las prohibiciones y promesas venideras y sobre todo lo que sirve a nuestra salvación; que te adelantaste al enemigo y arrancaste de raíz las pasiones con tu enseñanza llena de sabiduría, e hiciste sabios a los necios y, por tu infinita sabiduría, hiciste necios a los astutos; que resucitaste a los muertos con tu poder indescriptible y expulsaste a los demonios con autoridad, como Dios de todo; y que no solo hiciste tú mismo estas cosas, sino que diste a tus siervos poder para hacer otras mayores, para que nos admiráramos más, como dijiste, Señor. Grande es tu nombre, pues tus santos obran maravillas por medio de ti.
¡Señor, Señor, Jesucristo, Hijo y Verbo de Dios! ¡Dulcísimo nombre de nuestra salvación! Grande es tu gloria, grandes son tus obras, admirables son tus palabras y más dulces que la miel y el panal. ¡Gloria a ti, Señor, gloria a ti! ¿Quién puede alabar y glorificar tu condescendencia, tu bondad, tu poder, tu sabiduría, tu presencia en el mundo y tu enseñanza? ¡Qué naturales son tus santos mandamientos y con qué facilidad enseñan una vida virtuosa, como dijiste, Señor: «Perdonad, y seréis perdonados» (Lc 6,37); «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá»; «Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacédselo también vosotros» (Mt 7,7.12)! ¿Quién, habiendo sentido la fuerza de tus mandamientos y de tus demás palabras, no se admiraría al considerar tu infinita sabiduría?
¡Oh Dios, querido para mí, Vida de todos, alegría de los ángeles, Luz inefable, resurrección de los muertos, buen Pastor que dio su vida por las ovejas! Canto tu transfiguración, tu crucifixión, muerte y resurrección, tu ascensión y tu sesión a la derecha del Padre, el descenso del Espíritu Santo y tu segunda venida con poder y con gloria grande e incomprensible.
Me canso, Señor mío, de contemplar tus maravillas, y quiero callar de asombro; pero no sé qué hacer. Cuando callo, quedo abrumado; cuando me atrevo a decir algo, quedo atónito y arrebatado. Pienso que no soy digno ni del cielo ni de la tierra, sino solo de todo tormento; y no tanto por los pecados que he cometido como por esto: que habiendo recibido la gracia, soy ingrato y miserable. Has llenado mi alma de todo bien, bondadosísimo Señor; he comprendido un poco de tus obras y mi intelecto ha quedado cautivo. Esto no es en modo alguno obra mía; solo te veo a ti, Señor, y no por mi conocimiento ni por mis obras, sino por tu gracia. Por eso pongo el dedo sobre mi boca, como hizo Job en otro tiempo, y me vuelvo a los santos, pues yo, miserable, estoy perdido de asombro.
A la santísima Madre de Dios.
¡Bendita Señora del mundo! Tú sabes que nosotros, pecadores, no tenemos confianza ante el Dios a quien diste a luz; pero, confiando en ti, tus siervos nos postramos por medio de ti ante el Señor, pues tú tienes confianza ante Él como ante tu Hijo y nuestro Dios. Con esta esperanza también yo, indigno, te ruego, Señora: que se me conceda percibir tus dones y los de los demás santos. ¿Cómo mostraste tales virtudes? El solo hecho de que dieras a luz al Hijo de Dios te puso por encima de todo ser viviente, pues Él te juzgó digna de habitar en ti, Él que conocía todas las cosas antes de que el mundo existiera, como Creador de todo. Nadie se atreverá a preguntar nada acerca de ti, pues sobrepasas la naturaleza, el intelecto y el entendimiento.
En verdad te confesamos Madre de Dios los que somos salvados por ti, oh Virgen pura, y te glorificamos junto con los coros de las potencias incorpóreas. Pues es imposible que los hombres vean a Dios, y ni siquiera las jerarquías de los ángeles se atreven a mirarlo; sin embargo, por ti, purísima, el Verbo encarnado apareció a los hombres, y glorificándolo con el ejército celestial te glorificamos a ti. ¿Cómo te llamaremos, oh llena de gracia? Cielo, porque… y así sucesivamente. Madre de Dios, tú eres la vid verdadera que nos ha dado el fruto de la vida; te rogamos, Señora, intercede con todos los santos, para que se nos muestre misericordia a quienes te confesamos Madre de Dios en la verdadera fe y te glorificamos, bienaventurada, como tú misma predijiste, Señora. Pues todas las generaciones te llaman bienaventurada, única Madre de Dios, más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa… y así sucesivamente. Pero no puedo abarcar ni lo poco que sé de ti; y así, todavía asombrado, hablaré de los demás santos.
Al Precursor y a los apóstoles.
¿Cómo estabas en el desierto, Bautista y Precursor del Señor? ¿Y cómo te llamaremos? ¿Profeta, o ángel, o apóstol, o mártir? Ángel, porque viviste como quien no tiene cuerpo; apóstol, porque atrajiste a los hombres hacia Él; mártir, porque tu cabeza fue cortada por Cristo. Ruégale que nuestras almas se salven. Salomón dice que alabamos la memoria de los justos; pero para ti basta el testimonio del Señor, oh Precursor, pues verdaderamente te mostraste… y así sucesivamente.
Santos apóstoles y discípulos del Salvador, testigos oculares de los misterios, predicasteis al Invisible que no tiene principio, diciendo: «En el principio era el Verbo.» No fuisteis instruidos de antemano por los ángeles, ni aprendisteis de los hombres, sino de la sabiduría del cielo; por eso, teniendo confianza, orad por nuestras almas, os lo suplicamos. Me admira vuestro amor a Dios, como dicen los antiguos tropararios: Señor, los apóstoles te amaron con amor puro sobre la tierra; lo dejaron todo para ganarte solo a ti, y por ti entregaron sus cuerpos a las heridas; por eso fueron glorificados, y oran por nuestras almas.
¿Cómo fue que vosotros, siendo hombres como nosotros y revestidos de un cuerpo corruptible, mostrasteis tales virtudes como aceptar la muerte por quienes os mataban? ¿Cómo, siendo tan pocos, conquistasteis el mundo entero? Y esto lo hicisteis desarmados y desnudos, y así vencisteis a los demonios invisibles, aunque erais pobres y cargados con la debilidad de la carne. ¿Qué poder es este, sino la fe, por la cual recibisteis el poder del Espíritu Santo?
A los mártires y a los tres jóvenes.
Santos mártires, que sufristeis bien y fuisteis coronados, rogad al Señor que tenga piedad de nuestras almas. Apóstoles, mártires y profetas, santos, y así sucesivamente. ¿Quién no se admiraría, santos mártires, al ver la buena obra que realizasteis? ¿Cómo vosotros, siendo carne, vencisteis al enemigo incorpóreo, confesando a Cristo y armándoos con la cruz? Por eso sois con razón los que expulsáis a los demonios y los adversarios de nuestros enemigos; orad sin cesar por la salvación de nuestras almas.
Incluso antes de vosotros, los tres santos jóvenes soportaron su prueba no con la esperanza de una recompensa, sino por amor a Dios, como ellos mismos dijeron: «Aunque Dios no nos salve, no nos apartaremos de Él como de quien no salva.» Me admira vuestra suprema humildad, santos jóvenes: de pie en el fuego, dudabais sobre cómo dar gracias al Señor, y decíais: «Mira, en este tiempo no tenemos ni príncipe, ni jefe, ni profeta… pero acéptanos por un corazón quebrantado y un espíritu humillado» (Dan 3,38-39). Y me admira también el poder de Dios que estaba en vosotros y en el profeta Elías, como dice Juan Damasceno: «Hiciste rocío de la llama para los santos, y con agua quemaste el sacrificio del justo; pues tú, Cristo, todo lo haces como quieres.»
Pero ¿qué consideraré primero? ¿El santo Evangelio o los Hechos de los santos apóstoles? ¿Los sufrimientos de los santos mártires o los trabajos de los santos padres? ¿Los santos varones y mujeres de la antigüedad o los de tiempos recientes? ¿Sus vidas y sus palabras, o la interpretación de ellas? Estoy asombrado y encantado. Pero te ruego, Señor que amas al hombre: no permitas que el conocimiento de tus misterios, que revelaste a tus santos y por medio de ellos a mí, tu siervo pecador e indigno, se convierta en mi condena por mi indignidad y por mi disposición ingrata.
Puesto que, entonces, tu siervo, despojado de todo ante ti y sin voz como un muerto, no se atreve a decir nada más ni a alzar los ojos con desvergüenza, clama como de costumbre desde lo hondo de su alma, diciendo: «Señor, rico en misericordia»… y el resto de la oración. Debe trabajar también en las demás oraciones y salmos, guardando la disciplina acostumbrada del alma y del cuerpo, para acostumbrarse a comprender las cosas divinas, a percibir con hondo sentimiento todos los misterios y maravillas contenidos en las divinas Escrituras y, admirándose de los dones divinos, a aprender a amar solo a Dios y a sufrir por Él con alegría, como hicieron todos los santos. Pues Salomón dice que las divinas Escrituras están llenas de toda clase de maravillas.
Sobre el maná y sobre la providencia de Dios en todas las cosas.
Me admiro también de otras maravillas y del poder del maná de Dios: que no se conservaba hasta la mañana, sino que se corrompía y criaba gusanos (cf. Ex 16,20), para que los incrédulos no se inquietaran por el día siguiente; y sin embargo, en el arca que estaba en el templo el maná nunca se echaba a perder. Y cuando lo cocían al fuego no se quemaba, pero se derretía con los rayos del sol, para que los glotones no recogieran más de lo que necesitaban (cf. Ex 16,21). ¡Qué maravilla! ¡Cómo obra Dios la salvación del hombre en todo lugar! Como dice el Señor acerca de la providencia de Dios: «Mi Padre sigue obrando, y yo también obro» (Jn 5,17).
Quien practica esto por Dios aprende con los sentidos de las divinas Escrituras, y con el intelecto de la providencia de Dios. Comienza a ver la naturaleza de las cosas, como dicen Gregorio de Nisa y Juan Damasceno, y ya no es despojado por la belleza exterior de las cosas de este mundo —hermosura, riqueza, gloria y cosas semejantes—, ni es seducido por su corruptibilidad, como es seducido el hombre apasionado.
Sobre el quinto don.
De este quinto don, que el profeta llama «consejo», el asceta aprende, como se dice al final de las bienaventuranzas, la naturaleza y la mutabilidad de las criaturas sensibles: que son tomadas de la tierra y a la tierra vuelven, según las palabras del Eclesiastés: «Vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Ecl 1,2). Y también Juan Damasceno: «Todas las cosas humanas son vanidad, todo lo que no permanece después de la muerte. Las riquezas no permanecen, la gloria no nos acompaña; cuando llega la muerte, todo esto perece.» Y de nuevo: «Verdaderamente todo es vanidad, y la vida es sombra y sueño, pues en vano se afana todo hombre nacido de la tierra; como dice la Escritura, cuando hayamos ganado el mundo, entonces habitaremos en la tumba, donde reyes y mendigos yacen juntos.»
Sobre el sexto don.
Cuando el asceta se ha acostumbrado a la impasibilidad, se le da el sexto don, que se llama «fortaleza» (cf. Sal 28,11), y empieza a contemplar la belleza de las criaturas sensibles con impasibilidad. Pues todos los pensamientos son de tres clases: humanos, demoníacos y angélicos.
Un pensamiento es humano cuando entra en el corazón alguna noción de las cosas creadas: de un hombre, del oro o de cualquier otra cosa entre las criaturas sensibles. Un pensamiento demoníaco se compone de una noción junto con una pasión: mueve al hombre o bien a una amistad irracional, es decir, a amar a otro por un motivo distinto de Dios, o bien a la impureza, o a un odio insensato, esto es, a la malicia y a la condena. En el caso del oro, lo lleva a la avaricia, o al hurto y al robo, o a algo semejante, o bien al odio y a la blasfemia contra Dios, para llevarlo a la perdición por uno u otro camino. «Si amamos las cosas como no debemos y las anteponemos al amor de Dios, en nada nos diferenciamos de los idólatras», dice san Máximo; y de nuevo: «Cuando neciamente las odiamos, irritamos a Dios.»
Un pensamiento angélico es la visión impasible de las cosas, es decir, el conocimiento verdadero, que es el camino medio entre dos abismos. Guarda el intelecto y mantiene su recta intención apartada de los seis lazos del diablo que la rodean: el lazo de arriba y el de abajo, el de la derecha y el de la izquierda, el que oprime hacia dentro la recta intención y el que la arrastra hacia fuera. El conocimiento verdadero es como una columna que se yergue en medio de estos seis lazos; y los que han muerto al mundo aprenden de los ángeles el conocimiento verdadero, para que el intelecto llegue a ser impasible y vea las cosas como debe: para que no se eleve por encima de la recta intención, imaginando que ha comprendido algo por su propia sabiduría, ni se hunda en la ignorancia como si fuera incapaz de perfección; para que no se desvíe a la derecha por desprecio y odio de las cosas, ni a la izquierda por amor irracional, es decir, por pasión; y para que no permanezca dentro de la recta intención en total ignorancia y ociosidad, ni salga de ella hacia experimentos continuos y esfuerzos irracionales por negligencia o astucia. Antes bien, reciba el conocimiento con paciencia y humildad desde una fe firme, de modo que quien ha comprendido un poco lo atribuya al cuidado divino, y quien tiene conocimiento pero, estando confuso, no lo advierte, adquiera humildad y, mediante la esperanza y la fe pacientes, reciba lo que su intención anhelaba.
Cómo mira la creación el hombre impasible.
Tal hombre no sentirá odio por nada como si fuera malo, ni tampoco, por otra parte, amor irracional. Mirará a un hombre y se admirará de que su intelecto sea una imagen sin límites del Dios invisible, aunque encerrado dentro del cuerpo, como dice Basilio el Grande, y de que alcance hasta el confín de todo lo que la imagen contiene, como Dios que gobierna el mundo. Pues el intelecto toma la forma de cada cosa y se extiende según la apariencia de lo que percibe; y cuando se complace en permanecer en Dios, que es sin forma y sin imagen, entonces también él se vuelve sin forma y sin imagen.
Después se admira de cómo el intelecto puede contener todo pensamiento, y de que los pensamientos posteriores no desplacen a los anteriores, ni los anteriores impidan los posteriores, sino que la mente los guarda todos como un tesoro y no olvida nada. Y cuando el intelecto quiere, la lengua expresa lo que piensa: no solo lo nuevo, sino lo que largo tiempo yació escondido en el tesoro de la mente; y las palabras siguen brotando, y sin embargo el intelecto permanece inagotable.
Se admira también al mirar el cuerpo: cómo los ojos, los oídos y la lengua reciben las cosas de fuera por orden del alma, uno por medio de la luz, otro por medio del aire, y cómo ningún sentido estorba a otro ni obra contra el alma; y cómo el cuerpo mortal fue unido por mandato de Dios al alma espiritual y racional, con la que el Espíritu Santo obra y a la que inspira, como dice Juan Damasceno; aunque algunos lo ignoran y piensan que el alma proviene de la Divinidad eterna, lo cual es imposible. Dice Crisóstomo: «Que el intelecto de nadie se imagine que es Dios; Dios ha puesto en él el olvido y la ignorancia, para que por medio de ellos adquiera humildad.»
Y de nuevo: cuando el Creador quiere disolver este vínculo natural, el alma racional va o hacia arriba, es decir, al cielo, o —¡ay!— hacia abajo, al infierno, como dice el autor de la Escala, y se marcha; y el cuerpo terrestre vuelve a la tierra de la que fue tomado. Y otra vez: por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, en su segunda venida lo que ha sido separado será unido de nuevo, para que cada uno de nosotros reciba según sus obras.
¡Qué maravilla! ¿Quién no se llenaría de temor reverente al comprender aunque sea un poco de este misterio? El Señor levanta de nuevo al hombre de la tierra después de todo el mal que ha hecho y después de que ha despreciado sus mandamientos, y le concede otra vez la inmortalidad que tenía al principio: la inmortalidad que perdió porque no guardó los mandamientos que lo habrían protegido de la muerte y de la corrupción, sino que se enorgulleció y atrajo sobre sí la muerte. Admirándose de todo esto acerca del hombre, y de otras muchas cosas además, el hombre que es enseñado interiormente por las obras de los ángeles se llena de asombro.
Mira de nuevo la belleza del oro y sus usos, y se admira de que tal cosa haya sido creada de la tierra por causa nuestra: para que los débiles, dando limosna, se liberen del atesoramiento, de la codicia y del deseo de enriquecerse; y para que los que no quieren desprenderse de él sean ayudados contra su voluntad mediante las pruebas, y así se salven ellos mismos cuando soporten las aflicciones con acción de gracias. Así se salvan tanto los unos como los otros. Los que no dan valor a las posesiones son coronados como hombres que hacen algo por encima de la naturaleza, igual que los que luchan en la virginidad; y también lo son quienes no prefieren las cosas terrenas y perecederas a los mandamientos de Dios, sino que las miran como creación de Dios, necesaria para la vida en el cuerpo y para la salvación, y merecedora no de odio, sino de templanza y amor.
En una palabra, iluminado por la impasibilidad mira la belleza de cada cosa y su utilidad, y ama al Creador. Considerando toda la naturaleza, las criaturas celestes y las de la tierra —el cielo, el sol, la luna, las nubes, la lluvia, la nieve, el granizo y el frío por el que el agua se hiela; y después los truenos, los relámpagos, los vientos, el aire y sus cambios, las estaciones, los años, los días, las noches, las horas, los instantes; la tierra, el mar, los innumerables seres vivos, los cuadrúpedos, las fieras y los reptiles, las muchas especies de aves, las fuentes y los ríos, las incontables clases de plantas y hierbas, cultivadas y silvestres—, en todas ellas ve orden y disposición, majestad, bondad, número, unidad, armonía, utilidad, semejanza, variedad, belleza, reposo, movimiento, colores, formas, apariencias, el retorno de cada cosa a sí misma, la permanencia dentro de la corrupción; y, recordando todo lo que la creación es en su naturaleza, se admira del Creador: cómo con un solo mandato hizo surgir los cuatro elementos, es decir, tierra, agua, fuego y aire, y cómo estos, aun siendo opuestos entre sí, no se dañan unos a otros por la sabiduría de Dios; y cómo de ellos hizo todas las cosas por causa nuestra. Y todo esto es muy poco comparado con la condescendencia y la bondad de Cristo, como dice el Teólogo.
Considera la bondad y la sabiduría de Dios, su poder y su providencia ocultos dentro de la creación, de los cuales el Señor mismo habló a Job (cf. Job 38) y de los cuales hablan los escritos de los padres. Se admira de que tantos misterios nos hayan sido revelados en las divinas Escrituras por medio de gotas de tinta sin vida; se admira de que los santos profetas y apóstoles alcanzaran un bien tan grande con mucho trabajo y amor, mientras que nosotros lo aprendemos con solo leer. Pues las Escrituras, dotadas como están de la palabra, nos hablan de las cosas más gloriosas; y quien sabe esto cree que no hay nada superfluo en la creación: que incluso lo que parece malo y sucede contra nuestra voluntad es necesario, ya que Dios lo transforma maravillosamente en bien.
No era voluntad de Dios que el diablo cayera, y sin embargo su caída ha resultado en provecho de los que se salvan. Dios permite que el diablo tiente a quienes desean salvarse, a cada uno según sus fuerzas, como dice san Isaac, para que quede avergonzado por hombres que son iguales a los ángeles; y no solo por hombres, sino también por muchas mujeres que, con paciencia y con fe en Aquel que las sostiene, lo vencen con la ayuda de Dios y reciben de Él las coronas de la incorrupción por su gracia y su amor al hombre; pues es Él quien venció y sigue venciendo a la serpiente desvergonzada, homicida del hombre.
Quien ha recibido el don del conocimiento espiritual sabe que todas las cosas creadas son «muy buenas». Y quien ha recibido solo el comienzo de la comprensión de Dios debe saber en su conciencia que aún no lo sabe todo, y debe decir: «No lo sé», como dice Crisóstomo: «Si alguien me preguntara acerca de la altura del cielo, qué es, y yo dijera: ‘No lo sé’, estaría diciendo la verdad.» Y el apóstol dice: «Si alguien se imagina que sabe algo, todavía no sabe como conviene saber» (1 Cor 8,2).
Por eso debemos creer con firmeza y preguntar a los que tienen experiencia, y recibir así los dogmas de la Iglesia y las reflexiones de los maestros acerca de las divinas Escrituras y acerca de las criaturas sensibles e inteligibles, para no caer pronto por apoyarnos solo en nuestro propio razonamiento, como dice san Doroteo. En todo debemos descubrir nuestra propia ignorancia, para que el hombre que busca sin fiarse de su propio entendimiento esté dispuesto a aprender y, admirándose de la grandeza del conocimiento, vea su propia ignorancia junto a la gran sabiduría de Dios. «El intelecto espiritual percibe espiritualmente toda sensación, cuando se purifica ante Dios», dice el Teólogo. «Sin embargo, necesitamos conocimiento para tener mayor temor, no sea que algún dogma malo se esconda en el alma y pueda matarla incluso sin ningún otro pecado», dice Basilio el Grande.
Por tanto, no debemos precipitarnos prematuramente hacia esta revelación por pereza o vanagloria. Hemos de cumplir los mandamientos de Cristo y pasar por las revelaciones ya descritas en su orden, sin apresurarnos. Y cuando hayamos lavado el alma con paciencia y con muchas lágrimas de temor y de llanto, y hayamos comenzado a ver la naturaleza de las cosas y a acostumbrarnos a ella, entonces, una vez que el intelecto haya entrado en este conocimiento, los ángeles mismos lo enseñarán espiritualmente. Pero si alguien es presuntuoso y quiere entrar en la segunda etapa antes que en la primera, sepa que no solo no tendrá una intención agradable a Dios, sino que además atraerá sobre sí muchos asaltos, especialmente en lo que toca al conocimiento del hombre, como hemos oído en el caso de Adán.
No hay provecho cuando hombres todavía sujetos a las pasiones empiezan a hacer las obras de los impasibles o a pensar como ellos piensan. El alimento sólido no aprovecha a los niños de pecho, por muy provechoso que sea para los perfectos. Deben desear y rehusar con discernimiento, como quienes son indignos: sin apartarse de la gracia por desaliento y desesperación cuando llega, ni buscar nada prematuramente por presunción. «Que no busquen antes de tiempo lo que llega a su debido tiempo», dice el autor de la Escala, «no sea que no lo reciban cuando llegue el tiempo.»
Puede suceder que, habiéndonos extraviado, no recibamos corrección ni por medio de un hombre ni por medio de las Escrituras. Pero cuando un hombre dirige su intención hacia Dios y, soportando con humildad las tentaciones que encuentra, comienza a buscar sus causas aun mientras está siendo extraviado, entonces Dios lo ayudará; y así, con gran vergüenza y alegría, se vuelve atrás y busca los caminos de los padres. «Pues lo que se hace por Dios y no por ningún otro motivo», dice el autor de la Escala, «la gracia nos lo tendrá en cuenta como bueno, aunque no sea del todo bueno.» Pero si no se hace por Dios, sin paciencia y sin humildad, muchos sufrirán daño, como ya muchos lo han sufrido y han perecido por su propia insensatez, porque se fiaron de su propio entendimiento y pensaron que lo harían bien incluso sin guía y sin la experiencia que viene por la paciencia y la humildad.
La experiencia no contiene tristeza, ni tentación, y quizá ni siquiera asaltos. Y cuando se permite un pequeño asalto, esa tentación se convierte para el hombre experimentado en causa de gran gozo y provecho, ya que Dios la permite para que el asceta adquiera experiencia y se mantenga valiente frente al enemigo. La señal de esto son las lágrimas y el quebranto del alma ante Dios, el recurso silencioso a Él con paciencia, el estudio atento de las Escrituras y la búsqueda fiel de la voluntad de Dios en la debida medida. La señal de lo contrario es esta: dudar de la ayuda de Dios, avergonzarse de pedir con humildad, huir de la quietud y de la lectura, amar el bullicio y las conversaciones con la esperanza de hallar descanso en ellas, lo cual es imposible. Al contrario, en ese momento las pasiones echan raíces y llegan tentaciones más fuertes; hay como una asfixia, y la ingratitud y el hastío se multiplican por una gran ignorancia.
Pues algunas tentaciones se envían a los hijos, para castigarlos e instruirlos, y otras a los enemigos, para su destrucción; especialmente cuando un hombre es burlado por la soberbia, ya que «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (Prov 3,34). Toda tristeza, cuando se soporta con paciencia, es buena y provechosa; la tristeza sin paciencia es un apartarse de Dios, y no trae provecho hasta que sea sanada por la humildad y la sabiduría, pues no hay otro remedio. Porque el hombre humilde se culpa y se reprocha a sí mismo, y no a otro, cuando llega la tristeza; y así soporta, buscando en Dios el alivio de su tristeza, y cuando lo encuentra se alegra y soporta con acción de gracias. Así, adquiriendo experiencia en la paciencia, adquiere conocimiento. Reconociendo su debilidad y su ignorancia, busca al médico con todas sus fuerzas; y mientras busca, halla la curación (cf. Mt 7,8), como dice Cristo mismo. Habiéndola recibido, ama; y cuanto más ama, tanto más es él mismo amado; y así, purificándose cuanto puede, se esfuerza por preparar un lugar para aquel a quien ama. Y Él, encontrando un lugar, establece allí su morada, como decían los ancianos; y cuando habita allí y guarda lo que es suyo, el hombre comienza a ser iluminado. «Y cuando es iluminado, recibe conocimiento; y cuando tiene conocimiento, él mismo es mejor conocido», dice Juan Damasceno.
Todo esto, y lo que se dijo antes, cada uno debe guardarlo y practicarlo en la medida de sus fuerzas. «Lo que no pueda comprender, que lo agradezca en silencio», dice san Isaac, «y que no piense en entrar desvergonzadamente.» Dice de nuevo san Isaac, repitiendo las palabras del hijo de Sirac: «Has hallado miel; come solo lo que necesitas, no sea que te hartes de ella y la vomites» (cf. Prov 25,16). Y como dice el Teólogo, el conocimiento sin freno puede a veces arrastrar al hombre al abismo: esto es, cuando busca conocimiento por encima de su medida y no quiere decir: «Esto lo sabe Dios, pero ¿quién soy yo?» Debemos creer que «el que creó las montañas y las grandes ballenas formó también el aguijón de la abeja», como dice Basilio el Grande.
Quien ha pasado de la servidumbre al conocimiento distingue lo inteligible de lo sensible, y lo invisible y eterno de lo temporal y visible. Por la gracia aprende acerca de las potencias de lo alto, y que el mundo entero no es digno de un solo justo. «Considera atentamente», dice Crisóstomo, «a cuántos pueblos y tribus supera el justo.» Un ángel es siempre mayor que un mortal; basta ver a un solo ángel para llenarse de temor reverente; y hasta Daniel, aquel hombre semejante a un ángel, gritó cuando vio al ángel (cf. Dan 8,17).
Sobre la séptima revelación.
Quien es hallado digno de la séptima revelación se admira de la multitud de las potencias incorpóreas: potestades, tronos, dominaciones, serafines, querubines, los nueve órdenes de los que hablan todas las divinas Escrituras. Se admira de su naturaleza, de su fuerza y de los demás bienes que puede ver en ellos, y de que contemplen a Dios Creador y estén de pie ante Él. Los ejércitos celestiales tienen también otras dignidades, de las cuales dice Crisóstomo: «‘Señor Sabaot’ significa Señor de los ejércitos, de las potencias; y las potencias se iluminan unas a otras. Los ángeles —dice— iluminan a los hombres, y ellos mismos reciben iluminación de los arcángeles, y estos de los principados; y así cada orden recibe de otro la iluminación y el conocimiento.» Y de nuevo: «¿Qué se dice del género humano? Que es la única oveja que Dios no destruyó, sino que se destruyó a sí misma, mientras que los ángeles son las noventa y nueve ovejas.»
Al considerar la sabiduría y el poder del Creador, el hombre quiere preguntar cómo creó tal multitud de cosas con un solo mandato. «Ante todo —dice el Teólogo— hay que comprender las potencias angélicas y lo demás»; y cuando el intelecto ha entrado en el templo, es decir, ha pasado detrás del velo, se vuelve insensible a todo lo demás, como dice san Isaac. «El templo exterior es figura de este mundo, el velo —la puerta del templo— es figura del firmamento del cielo, y el santo de los santos es figura de los mundos superiores, donde las potencias incorpóreas y sobrenaturales alaban a Dios sin cesar y le ruegan por nosotros», dice Atanasio el Grande. Así habla también Juan Damasceno acerca de las Escrituras: el divino velo del templo se rasgó cuando el Creador fue crucificado en la cruz, revelando la verdad escondida en las Escrituras; que las crean quienes claman: «¡Bendito eres tú, Dios de nuestros padres!» Y como dice san Cosme el himnógrafo: «El primer hombre formado comió del árbol y se hizo esclavo de la corrupción; condenado como el más deshonrado, fue arrojado de la vida, y como cuerpo perecedero transmitió a todo el género humano una especie de enfermedad y de daño. Pero nosotros, habiendo hallado la salvación por el árbol de la cruz, clamamos: ¡Gloria a ti, Dios de nuestros padres, bendito eres tú!»
Sobre la octava revelación.
De la séptima revelación el asceta asciende a la revelación en Dios por medio de la segunda y pura oración, como conviene a quien la ha recibido. Pues aun mientras la oración continúa, el amor divino cautiva al intelecto, y este ya no conoce nada de este mundo, como dicen Máximo y Juan Damasceno. «El intelecto olvida no solo todo lo demás, sino incluso a sí mismo», dice san Nilo. Porque mientras el intelecto se conoce todavía a sí mismo, no está solo en Dios, sino también en sí mismo. «Entonces recibe»…
…el Evangelio de Dios, dice san Máximo, y se hace teólogo, habiendo recibido el descenso del Espíritu Santo.
Que Dios está más allá de toda definición.
Cuando oímos hablar de Dios, que nadie suponga por ignorancia que Dios es en sí mismo lo que percibimos de Él —bondad, gracia, verdad, santificación, luz, fuego, esencia, ser, poder, sabiduría y cosas semejantes—, como dice el gran Dionisio. Él no es lo que el intelecto puede definir, pues la Divinidad es ilimitada e indescriptible, y estas palabras no hablan de lo que hay en Él, sino acerca de Él, como el gran Dionisio explicó a san Timoteo, citando el testimonio de san Hieroteo. Lo más apropiado sería decir que Dios es inconmensurable, insondable, sin medida, incapaz de definición, ya que está por encima del intelecto y del pensamiento; y solo Él se conoce a sí mismo, el único Dios en tres hipóstasis, sin principio, sin fin, que sobrepasa todo, digno de toda alabanza. Lo que de Él se dice en las divinas Escrituras se dice por admiración, para que sepamos cómo es Dios, no quién es, pues Él está más allá de toda medida para toda naturaleza racional y espiritual.
Hay que admirarse también de la encarnación del Hijo de Dios y de la unión según la hipóstasis, como dice san Cirilo, y de cómo la carne que tomó de nosotros es contenida dentro de su Divinidad, como dice Basilio el Grande. Pues como el hierro se une con el fuego, así es esta unión; para que sepamos qué es Cristo en sus dos naturalezas, como dice Juan Damasceno a la Madre de Dios: «Una sola hipóstasis en dos naturalezas: diste a luz a Dios encarnado, a quien todos cantamos: Bendito eres tú, oh Dios.» Y de nuevo: «El Ilimitado permaneció sin medida, y sin embargo se unió a un cuerpo según la hipóstasis, como Bienhechor, dentro de ti, oh santa, la única bendita.»
Que no hay contradicciones en las divinas Escrituras.
Cuando un hombre aunque sea poco iluminado examina cualquier lectura o salmo, halla en él revelaciones y teología, y advierte que el contenido de una Escritura confirma el contenido de otra. Pero el hombre cuyo intelecto aún no está iluminado piensa que hay contradicciones en las divinas Escrituras. En realidad no hay contradicciones en ellas —Dios no lo permita—. Algunos pasajes de las divinas Escrituras están atestiguados en otros pasajes; y para otros la ocasión fue un tiempo determinado o una persona determinada. Todo lo que se dice en las Escrituras es, por tanto, infalible; la culpa es de nuestra propia falta de comprensión.
Que nadie, pues, trate las Escrituras con desprecio, sino que con todas sus fuerzas las guarde como son y no como él quisiera que fueran. Esto es lo que hicieron los griegos y los judíos: como no querían decir «no sé lo que esto significa», en su arrogancia y autosuficiencia despreciaron las Escrituras y su contenido y las entendieron como les pareció, y no según la voluntad de Dios; y así fueron extraviados y se entregaron a toda clase de mal. Quien busca lo que las Escrituras dicen realmente nunca inventará una interpretación propia, buena o mala, sino que —como dijeron Basilio el Grande y Crisóstomo— tomará por guía las divinas Escrituras, y no las enseñanzas de este mundo.
«Cuando Dios pone algo en un corazón puro sin deliberación alguna por nuestra parte, puede aceptarse si hay testimonio de ello en las divinas Escrituras», enseñaba Antonio el Grande. «Cuando los pensamientos divinos llegan al hombre por sí solos, sin que él delibere, pueden aceptarse», dice san Isaac; pero examinarlos y sopesarlos es seguir la propia voluntad y la propia complacencia. «Sobre todo —dice Crisóstomo—, cuando un hombre fuerza las Escrituras como un ladrón para interpretarlas de otro modo, no entra por la puerta de la humildad, sino que irrumpe desde fuera.» Pues cuando un hombre tuerce el sentido de la Escritura o le halla defectos para confirmar su propio conocimiento —es decir, su ignorancia—, es el hombre más insensato del mundo. ¿Qué clase de conocimiento es explicar las Escrituras cambiando sus palabras a capricho? La verdadera comprensión pertenece al hombre que considera las palabras inviolables y penetra por la sabiduría del Espíritu en los profundos misterios de los que la divina Escritura da testimonio. Tales fueron las tres grandes lumbreras, Basilio, Crisóstomo y Gregorio, que hallaron sus pruebas o bien en esos mismos pasajes o bien en otras sentencias de las Escrituras. Y quien quiera discutir con ellos no podrá guardar silencio, ya que ellos tomaron su testimonio no de otros libros —de modo que pudiera decirse «esto es su propia comprensión»—, sino de esas mismas palabras o de otras palabras de las Escrituras. Verdaderamente fue del Espíritu Santo de quien aprendieron a comprender y a hablar como convenía.
Todo aquello de lo que no hay prueba de que sea bueno, sino solo duda, no debe hacerse ni admitirse en el pensamiento. ¿Qué necesidad hay de dejar de lado una cosa clara, de la que hay prueba de que es buena y agradable a Dios, y hacer otra sin saber si es buena o no, a no ser por pasión? Así es.
Cómo se debe orar en los oficios establecidos.
Debemos saber, acerca de los ocho oficios, que en cuatro de ellos hemos de decir lo que está prescrito para cada uno, mientras que en los demás debemos decir solamente «Señor, ten piedad», como está escrito de san Filemón, para que el intelecto goce sin fin de la comprensión. Así ha de vivir el hombre vigilante: unas veces manteniendo el intelecto en la contemplación de las cosas sensibles, otras en el conocimiento de las cosas inteligibles e invisibles; unas veces en la meditación de algún pasaje de la Escritura, otras en la oración pura. Y en cuanto al cuerpo: unas veces en la lectura, otras en la oración, otras en lágrimas por sí mismo o por otro, por compasión y por amor de Dios; y también en ayudar a alguien débil de alma o de cuerpo, para hacer continuamente las obras de los santos ángeles, sin inquietarse por nada de este mundo.
Y Dios, que ha elegido al solitario y lo ha apartado para que sea su compañero, y que le ha dado tal estado y tal libertad de preocupaciones, cuidará Él mismo de él y lo alimentará en el alma y en el cuerpo. «Descarga sobre el Señor tu cuidado —dice la Escritura—, y Él te sustentará» (Sal 54,23). Y en la medida en que un hombre pone su esperanza en Dios para todo lo que atañe al alma y al cuerpo, en esa medida Dios cuida de él. Por eso el asceta se ve a sí mismo como el peor de toda la creación, ya que ha recibido muchos dones de Dios, manifiestos y ocultos, espirituales y corporales; sintiéndose deudor, se avergüenza y no puede enorgullecerse, porque ve los beneficios de Dios. Y en la medida en que da gracias a Dios y se esfuerza por estimularse al amor de Él, en esa medida Dios se le acerca con sus dones y quiere darle descanso, y hacerle amar la quietud y la no posesión por encima de todos los bienes terrenos, por no hablar de la recompensa en el siglo venidero.
Los santos mártires padecieron y recibieron heridas de sus enemigos, pero su anhelo del Reino y su amor a Dios vencieron el dolor; y el hecho mismo de tener poder para vencer a sus enemigos lo tomaban como un gran consuelo y como una deuda que debían —ser hallados dignos de sufrir la muerte por Cristo—, y por eso a menudo se volvían insensibles a sus padecimientos. Del mismo modo, los santos padres al principio se cargaban muchas veces con diversos trabajos y luchas que emprendían a causa de la astucia de los espíritus; y sin embargo prevalecían su anhelo y su esperanza de la impasibilidad. Pues después del trabajo, el hombre libre de preocupaciones se vuelve impasible, habiendo vencido las pasiones. El hombre sujeto a las pasiones piensa que todo le va bien, pero lo piensa por su ceguera. Solo el hombre que verdaderamente es llamado asceta se esfuerza y lucha, porque quiere vencer las pasiones y sus debilidades.
A veces Dios permite que el asceta sea derrotado por quienes lo combaten, para que adquiera humildad. Es bueno, pues, ver la propia debilidad, para mantenerse firmemente lejos de lo que daña y olvidar los antiguos hábitos. Porque si un hombre no se retira primero del bullicio y no adquiere la quietud completa, no puede llegar a poseer nada con impasibilidad, ni a decir solamente lo que es bueno y breve. En todo, lo primero que se requiere es la huida completa del bullicio, para no atraer de nuevo los viejos hábitos. Pero que nadie, por un malentendido, oiga hablar de la humildad y de la impasibilidad y de cosas semejantes e imagine que ya las posee. Que busque más bien las señales de cada una de estas virtudes y vea si están presentes en él.
Sobre la humildad de pensamiento.
Las señales de la humildad de pensamiento son estas. El hombre que posee toda virtud del alma y del cuerpo se considera tanto más deudor ante Dios, porque ha recibido mucho por gracia aunque sea indigno de ello. Y cuando le sobreviene alguna tentación, ya sea por medio de los demonios o por medio de los hombres, piensa que merece esa tentación y otras aún mayores, para irse librando poco a poco de su deuda y hallar alivio del castigo que le espera en el juicio. Cuando no puede soportarlo, se aflige mucho y busca algo con que cargarse. Y cuando recibe de nuevo alivio, como don de Dios, entonces se humilla, ya que no puede dar nada a cambio a su Bienhechor. Así sigue trabajando y siempre se considera deudor.
Sobre la impasibilidad.
Las señales de la impasibilidad son estas: no turbarse y permanecer sin temor en toda situación, como quienes han recibido de Dios la gracia de «poderlo todo», según las palabras del apóstol (Flp 4,13); no inquietarse en modo alguno por el cuerpo, sino en lo posible cargarse a sí mismo y, una vez adquirido el hábito del descanso, dar gracias y luego cargarse con otra cosa, para estar siempre en la lucha y vencer por la humildad. En eso consiste el progreso del hombre. «Lo que sucede sin esfuerzo no es un logro, sino un don», dice san Isaac. Si el descanso llegara después del primer trabajo, esa es la recompensa de la victoria, y todavía no hay nada de qué gloriarse; pues los hombres alaban no a los que reciben recompensa, sino a los que se esfuerzan en el trabajo y no reciben nada.
¿Y qué hay que decir aquí? Por mucho que hagamos, por mucho que demos gracias a nuestro Bienhechor, se lo debemos y mucho más; pues Él es inagotable y no exige nada, y nosotros no podemos hacer nada bueno sin Él. Quien recibe la gracia de alabar a Dios gana todavía más, ya que recibe un don grande y admirable; y cuanto más canta, más se hace deudor, sin hallar fin ni límite al conocimiento de Dios, ni a la acción de gracias, ni a la humildad, ni al amor. Estas cosas no pertenecen a este siglo, de modo que tuvieran fin, sino a aquel otro siglo infinito que no tiene término, en el cual, al contrario, el conocimiento y el dar no cesan de crecer. Quien recibe esto en palabra y en obra queda libre de todas las pasiones.
Quien desee recibirlo debe permanecer en Dios, no preocuparse en absoluto por este siglo presente y no temer ninguna tentación, ya que por la tentación será llevado a mayor progreso y a un grado más alto. No debe turbarse por los sueños, sean malos o aparentemente buenos; ni por ningún pensamiento, malo o bueno; ni por la tristeza, ni por una supuesta alegría; ni por la fantasía, ni por la desesperación; ni por la exaltación, ni por el abatimiento; ni por el abandono, ni por alguna ayuda y fortaleza; ni por la ausencia de preocupaciones, ni por las ganancias; ni por la desesperanza, ni por el celo; ni por una aparente impasibilidad, ni por una pasión violenta. Antes bien, ha de llevar una vida quieta y sin preocupaciones con humildad, creyendo que nadie puede hacernos daño alguno a menos que nosotros mismos consintamos.
Se permite que el mal caiga sobre nosotros solo a causa de la soberbia, y cuando no nos volvemos siempre a Dios; es decir, cuando no nos inclinamos ante Él pidiendo que su voluntad se haga en todo, y diciendo a todo pensamiento que nos viene: «No sé quién eres; Dios sabe si eres bueno o no. Me he entregado en sus manos y me entrego todavía, y Él cuida de mí. Como me creó de la nada, así me salvará por gracia según le plazca. Solo que se haga su santa voluntad en este siglo y en el venidero, como Él quiera y cuando Él quiera. Solo sé que he pecado mucho y he recibido muchos dones. Y a pesar de todo esto, Él quiere y puede salvarme como quiera. ¿Cómo puedo yo, un hombre, saber si esto es lo que Él quiere o no? Por temor he pecado incluso aquí; y a causa de mis muchos pecados y de mis muchas debilidades estoy sentado ocioso en mi celda como un preso, esperando el año del Señor.»
Y cuando el asceta se vea inerte y muerto, que no tenga miedo, pues su alma se conmoverá y vendrán lágrimas de dolor, con tal de que no abandone su celda. Y cuando esté lleno de gran celo por toda obra espiritual y de lágrimas, que no se alegre por ello, sino que espere ser despojado y se prepare para el combate. En una palabra, que no haga caso de nada, sea bueno o malo, para permanecer imperturbable en todo y libre de discusiones, esforzándose lo mejor que pueda y llevando a cabo lo que ha emprendido, si tiene un consejero. Si no lo tiene, que tome a Cristo por consejero, de modo que en toda empresa y en todo pensamiento le pregunte con humildad, con oración pura del corazón, sin atreverse siquiera a considerarse monje experimentado hasta que vea a Cristo en el siglo venidero, como dicen el autor de la Escala y abba Agatón.
Y si su intención es agradar a Dios, entonces Dios mismo le enseña su voluntad, o se la da a conocer espiritualmente por medio de un hombre o por medio de las Escrituras. Y cuando corta sus propios deseos por amor de Dios, Dios mismo hará que, con gozo indescriptible, alcance la perfección, aunque él no sabrá cómo. Al verlo, se admirará mucho de cómo el gozo y la comprensión empiezan a fluir hacia él por todas partes, de cómo saca provecho de todo, y de cómo Dios reina en él como en quien no tiene voluntad propia, ya que obedece a la santa voluntad de Dios. Se hace como un rey: cualquier cosa en la que ponga su intención, la recibe sin dificultad de Dios, que cuida de él. Esta es la fe de la que dice el Señor: «Si tuvierais fe…» (Mt 17,20), y sobre esta fe se edifican las demás virtudes, como dice el apóstol (cf. Jds 20).
Por eso el enemigo emplea toda clase de artimañas para que el hombre abandone esta libertad de discusiones y caiga en la pasión, y se vuelva infiel al menos en algo, apoyándose en su propia fuerza y sabiduría, sea del todo o en parte. Entonces el enemigo hallará siempre ocasión de vencer a la pobre alma y llevarla cautiva.
Quien ha llegado a conocer esto deja atrás como algo sin valor toda la dulzura del mundo y su descanso, y solo se preocupa de estar libre de preocupaciones: o bien en la obediencia, teniendo un guía en lugar de Cristo y confiándose a él con pleno entendimiento en palabra y en obra, de modo que no posea absolutamente nada; o bien en la quietud, apartándose de todo con fe firme y teniendo a Cristo en lugar de todos, de manera que Él llegue a ser todo para él, como dicen Crisóstomo y Juan Damasceno, en el siglo presente y en el venidero: alimentándolo, vistiéndolo, deleitándolo, consolándolo, alegrándolo, dándole descanso, enseñándole, iluminándolo; en resumen, Él cuida igualmente de sus discípulos y de él. Aunque tal hombre no haya trabajado tanto como ellos, tiene fe firme; y teniéndola, no se preocupa de sí mismo como hacen los demás hombres. Pero temiendo a los espíritus, como los apóstoles temieron en otro tiempo a los judíos, se sienta en su celda esperando a su Señor, para que por verdadera revelación —es decir, por el conocimiento de sus criaturas— eleve consigo su intelecto por encima de las pasiones y le conceda la paz, como hizo con los apóstoles cuando entró a través de la puerta cerrada, como dice san Máximo.
Sobre la guarda exacta de las siete obras corporales.
Lo que se escribió al principio acerca de las siete obras corporales y morales debe guardarse en todo tiempo, sin disminuirlo ni exagerarlo; excepto en tiempo de lucha corporal en la juventud o cuando abundan las fuerzas, cuando se requiere el mayor esfuerzo posible; o bien en la enfermedad, cuando se necesita un poco de alivio. Con todo, no pueden abandonarse del todo, ya que eso puede dañar incluso a quienes están libres de pasión, como dice san Isaac. Si el alivio es necesario, que sea como medicina para una dolencia; y que el alma, una vez hallado un pretexto para ello, no quiera aflojar su empeño. La flojedad llegará cuando el hombre desee el descanso con toda su alma; y el descanso, dicen los santos, daña a los jóvenes y a los sanos.
Los santos padres Basilio y Máximo dicen que para saciar el hambre y la sed solo hacen falta pan y agua, y que todo lo demás nos fue dado por Dios para la salud y la fuerza del cuerpo. Y para que un mismo alimento no canse al enfermo, es útil comer ya una cosa, ya otra. Pues tanto el rechazo del alimento como la falta de medida provocan enfermedades, mientras que la templanza y el cambio diario de platos ayudan al hombre a recobrarse, de modo que el cuerpo se conserve sin hartazgo y sin dolencia y tenga fuerzas para adquirir la virtud.
Esto se dice para quienes están empeñados en la lucha. Los impasibles, como niños en Cristo, pasan a menudo varios días sin comer, olvidados del cuerpo; como san Sisoes, quien, habiendo ya comido, quiso recibir los santos Misterios, pues estaba arrebatado en el éxtasis divino. Como dice el apóstol para provecho de muchos: «Si estamos fuera de nosotros, es para Dios; y si estamos en nuestro juicio, es para vosotros» (2 Cor 5,13). Y como dicen Basilio el Grande y otros con él acerca de ciertos hombres: incluso cuando habían comido mucho alimento no lo advertían, sino que se sentían como si no hubieran comido nada; pues el intelecto de tales hombres no estaba en el cuerpo, para sentir ni el descanso ni el dolor del cuerpo. Muchos santos padres y santos mártires dieron testimonio de esto, y se mostró también en el caso de cierto santo del que escribe san Nilo. Había, dice, un anciano que oraba en el desierto. Por permisión de Dios, para provecho suyo y de muchos otros, los demonios lo agarraron por las manos y los pies y lo lanzaron al aire, y para que su cuerpo no se quebrara al caer desde tal altura lo recogían sobre una estera. Estuvieron haciendo esto largo tiempo, tentándolo para ver si su intelecto bajaría del cielo; y no pudieron conseguirlo. ¿Sentirá tal hombre necesidad de comida o de bebida, o cualquier otra necesidad corporal?
De nuevo, san Efrén, habiendo vencido por la gracia de Cristo todas las pasiones de la ira y del deseo, pidió que se le quitara la gracia de la impasibilidad, para no estar libre de los asaltos del enemigo y caer así bajo condena; tal era su pensamiento, por su indescriptible humildad. Y Juan de los Egipcios le escribió que hay hombres más impasibles que los impasibles, y así sucesivamente.
Sobre el discernimiento.
En toda empresa, pues, necesitamos discernimiento, para sopesar cada acción en su debido tiempo. El discernimiento es la luz que muestra a quien lo posee el estado de una persona, su fuerza de alma, su edad, su capacidad corporal, su empeño, su celo, su contrición, su destreza o su falta de ella, sus hábitos, el lugar, el modo de vida, su educación, su fe, su disposición, su intención, su alegría, su conocimiento, su sabiduría natural, su diligencia, su buen ánimo y cosas semejantes. Así ocurre en el Evangelio de Juan: cuando los griegos vinieron a ver al Señor, Él dijo: «Ha llegado la hora…» (Jn 12,23), indicando que había llegado el tiempo de la vocación de los gentiles; y esa era la señal. El discernimiento explica todo esto, y no solo esto, sino también las intenciones de los padres; pues no miramos lo que un hombre hace, sino por qué lo hace.
«Quien hace algo sin saber lo que se ha dicho acerca de ello trabajará mucho y no conseguirá nada», dicen Antonio el Grande y san Isaac, hablando de quienes se afanan en las virtudes corporales pero no prestan atención al estado en que las realizan, que es precisamente lo que deberían buscar. Dice san Máximo: «Da al cuerpo trabajo según sus fuerzas, y vuelve todo tu esfuerzo hacia el intelecto.» Pues el hombre que trabaja solo corporalmente es vencido por la gula y la somnolencia, y entonces la pasión y la locuacidad oscurecen su intelecto; mientras que el hombre que trabaja diligentemente con su intelecto reflexiona, ora y es capaz de llevarlo todo a cabo. El sabio se esfuerza, en la medida de lo posible, por tener menos preocupaciones y guardar los mandamientos: «No os inquietéis por vuestra vida…» (cf. Mt 6,25.34). «Cuando las preocupaciones son muchas, el asceta ni siquiera se ve a sí mismo; ¿cómo verá entonces las artimañas del enemigo, preparadas mucho tiempo antes?», dice Crisóstomo. Si fuera de otro modo, no caeríamos tan fácilmente en su red; pero, según la palabra de Dios, «serán pocos los que se salven» (cf. Lc 13,23).
Pues cuando el enemigo quiere arrastrarnos a algo grande, primero nos incita a no estar vigilantes en las cosas pequeñas e inadvertidas. Así, antes del adulterio vienen las frecuentes miradas lascivas; antes del homicidio, un poco de ira; antes del oscurecimiento del intelecto, un poco de pasión; y antes de eso, las pequeñas necesidades del cuerpo. Por eso el Señor, que todo lo conoce de antemano, siendo la sabiduría del Padre, se adelanta a la astucia del diablo y manda de antemano a los hombres cortar las ocasiones de pecado, para que no consideremos los pecados pequeños fácilmente perdonables y caigamos así en otros grandes y graves. Y dice: «Habéis oído que se dijo a los antiguos» —es decir, a los que estaban bajo la Ley— «pero yo os digo…» (cf. Mt 5,21.27).
Quien haya aprendido del santo Evangelio, sea vigilante y haga lo que el Salvador enseña, para verse libre de los lazos del enemigo; y sean para él los mandamientos como dones generosos y grandes beneficios, ya que con gran sabiduría son capaces de salvar el alma. El conocimiento es un don de Dios; y verdaderamente «toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto» (St 1,17), como dice el hermano del Señor. Así también Juan Damasceno: «Tú, Cristo, nos has dado como intercesora que nunca queda avergonzada a la que te dio a luz; por su intercesión concédenos el Espíritu, que sirve para otorgar la bondad que procede por ti del Padre.»
Quienes han recibido el don de la atención a las divinas Escrituras, como dicen los padres, hallan en estas Escrituras todo bien escondido; por eso dice el Señor: «Todo escriba instruido acerca del Reino de los cielos…» (cf. Mt 13,52); es decir, ejercitado en apartarse por Dios y en leer las divinas Escrituras. Pues las Escrituras se descubren de un modo a los que están en el mundo, aunque piensen que las conocen, y de otro modo a quienes se han retirado para orar sin cesar, esto es, para tener el pensamiento de Dios en lugar de la respiración en todas las cosas, aunque tal hombre viva en el mundo y sea iletrado y no ejercitado en los estudios humanos, como dice Basilio el Grande. «Dios se manifiesta las más de las veces a la sencillez y a la humildad», dice el autor de la Escala, «y no al afán y a la sabiduría vacía.» De tal sabiduría Dios se aparta, porque no tiene humildad. El apóstol dice que él es «tosco en la palabra, pero no en el conocimiento» (2 Cor 11,6); pues el conocimiento espiritual es un don, mientras que el arte de la palabra es una ciencia humana como todas las demás ciencias de este mundo, y no ayuda a nadie a salvar su alma. Esto es evidente en el caso de los griegos.
La lectura sirve para recordar a los que saben por experiencia y para enseñar a los inexpertos. «Cuando el Señor encuentra un corazón limpio de todas las cosas y ciencias del mundo», dice Basilio el Grande, «entonces, como en un libro limpio, escribe en él sus propias doctrinas.» Digo esto para que nadie lea lo que no sirve para agradar a Dios; y si lee algo contra su voluntad, apresúrese a compensarlo en su memoria leyendo espiritualmente las divinas Escrituras y aquellos libros que sirven a la salvación de su alma según el estado que ha alcanzado. Cuando esté en la vida activa, lea las vidas y los dichos de los padres; y cuando la gracia lo haya elevado al conocimiento divino, lea todas las divinas Escrituras, que son capaces, como dice el apóstol, de destruir «todo altanero obstáculo al conocimiento de Dios» (2 Cor 10,5), y de eliminar toda desobediencia y transgresión mediante la práctica y el verdadero conocimiento de los divinos mandamientos y de los dogmas de Cristo. Fuera de estos, que no lea nada. ¿Vamos a recibir un espíritu impuro en lugar del Espíritu Santo? Pues quien se ocupa de cierta clase de palabra adquiere la cualidad de esa palabra, aunque la cosa no le parezca mala, como pueden ver los que tienen experiencia.
Sobre la lectura en Dios.
Que la lectura en Dios sea tal que el intelecto no divague; en esto está el comienzo de la salvación. «El que odia dar fianzas está seguro» (cf. Prov 11,15), dice Salomón; y los pensamientos errantes son el comienzo de los pecados, dice san Isaac. Quien quiera evitar esto por completo, ejercítese mucho en su celda. Y cuando lo abrume el hastío, que trabaje un poco —sea impasible o esté todavía sujeto a los pensamientos— para provecho de muchos y para ayudar a los débiles, como hacían los grandes padres, que descendían y se hacían semejantes a los sujetos a las pasiones por humildad y por sabiduría, ya que eran capaces de tener a Dios dentro de sí en todas partes, practicando el conocimiento de Dios incluso en su labor manual y en la plaza del mercado. Como dice Basilio el Grande de los perfectos: incluso en medio de una multitud parecen estar siempre dentro de sí mismos y en Dios.
Pero quien no tiene todavía esto y desea ahuyentar el hastío, deje de lado toda conversación con la gente y el sueño excesivo, y permita que el hastío desgaste su cuerpo y su alma hasta que se marche, al ver su paciencia en la meditación constante de Dios, en la lectura y en la oración pura. Pues todo enemigo, cuando ve que puede conseguir algo, hace avanzar su ejército; pero cuando no puede, se retira, sea para siempre o por un tiempo. Por eso, quien desee vencer al enemigo sea paciente: «El que persevere hasta el fin, ese se salvará» (Mt 10,22). «Es justo delante de Dios —dice el apóstol— pagar con aflicción a los que os afligen, y daros descanso a vosotros, los afligidos» (2 Tes 1,6-7). Ninguna obra hecha en Dios con humildad acabará mal; pero hay diferencia entre las obras y las empresas.
Que las cosas no son malas en sí mismas, sino su mal uso.
Todo lo que se hace sin necesidad se convierte en obstáculo para el hombre que quiere salvarse; es decir, todo lo que no sirve ni a la salvación del alma ni a la vida del cuerpo. Pues no es mala la comida, sino la gula; no las posesiones, sino el apego a ellas; no las palabras, sino la charla ociosa; no los bienes del mundo, sino la intemperancia; no el amor a los propios parientes, sino el descuido del beneplácito de Dios que de ahí proviene; no la ropa que simplemente cubre el cuerpo y protege del frío y del calor, sino lo superfluo y costoso; no las casas que nos protegen de los ladrones, de las fieras y de los hombres, sino las casas de dos y tres pisos, grandes y atestadas. No es dañina la posesión de una cosa, sino poseerla para una necesidad equivocada. No hay mal en que un pobre tenga libros; el mal está en no tener los libros que aprovechan al alma. No hay mal en tener esposa, sino en el adulterio; no hay mal en el vino, sino en la embriaguez; ninguno en la ira natural, que se nos ha dado para combatir el pecado, sino en usarla contra los que son semejantes a nosotros; ninguno en la autoridad, sino en el amor a la autoridad; ninguno en la gloria, sino en el amor a la gloria y en la vanagloria, que es todavía peor; ninguno en la adquisición de la virtud, sino en imaginarse que se la tiene; ninguno en el conocimiento, sino en imaginarse que se lo tiene y —lo que es peor— en no advertir que no se tiene ninguno. No es malo el mundo, sino el mundo poseído con pasión; no la naturaleza, sino lo que va contra la naturaleza; no el acuerdo, sino el acuerdo aplicado a hacer el mal en lugar de a la salvación del alma; no los miembros del cuerpo, sino su mal uso.
Pues nuestros ojos se nos dieron no para mirar con lascivia, sino para contemplar la creación y glorificar en ella al Creador, y nuestros pies para caminar bien, para el bien del alma y del cuerpo. Nuestros oídos se nos dieron no para escuchar la calumnia y las palabras vanas, sino para oír la palabra de Dios y todo sonido que oímos de los hombres, de las aves y de las demás criaturas, y para glorificar por ellos al Creador. La nariz no se nos dio para relajar el alma y debilitar su fuerza con perfumes, como dice el Teólogo, sino para que respiráramos y tomáramos el aire que Dios nos ha dado, y por ello alabáramos a Dios; pues nadie puede vivir sin él, ni hombre ni animal.
Y me admiro de la sabiduría del Bienhechor: que todos puedan tener lo necesario —aire, fuego, agua y tierra—. Dios creó no solo estas cosas, sino también lo que puede salvar el alma; y esto es más fácil de conseguir que ninguna otra cosa, mientras que lo que puede destruir el alma no es nada fácil. La pobreza suele salvar el alma, mientras que la riqueza es obstáculo para muchos; y todos pueden hallar la pobreza, pero la riqueza no depende de nuestra voluntad. Así también el deshonor, la humildad, la paciencia, la obediencia, el abajamiento de sí, la templanza, el ayuno, la vigilia, el corte de la propia voluntad, aquellas debilidades que nos hacen flaquear, la acción de gracias por todo ello, las tentaciones, el desprecio, la falta de lo más necesario, la evitación de los placeres, la desnudez, la longanimidad; en una palabra, todas las empresas que son por Dios se realizan fácilmente, y se nos permiten, y nadie se enoja con nosotros por ellas; al contrario, a quien las quiere se le permite tenerlas, ya las halle de grado o a la fuerza.
Pero lo que lleva a la ruina no es fácil de adquirir: la riqueza, la fama, la soberbia, el engaño, el desprecio de la autoridad, el ansia de poder, la intemperancia, el hartazgo, la verbosidad, la propia voluntad, la salud y la fuerza corporal, una vida cómoda, las posesiones, el atesoramiento de todo lo que deseamos, la satisfacción de los placeres, la acumulación de ropas y coberturas, muchas y costosas, y cosas semejantes; por lo cual hay gran fatiga, provecho pequeño y pasajero, y gran tristeza, y esta amarga. Todo esto se convierte en tristeza no solo para quienes lo tienen, sino también para quienes desean tenerlo; aunque, como hemos dicho, no hay mal en el uso adecuado de estas cosas.
Pues tenemos manos y pies no para hurtar y robar, ni para levantar la mano unos contra otros, sino para hacer toda obra por Dios: para dar generosamente a los pobres, para edificar a los débiles de alma, para ayudar a los necesitados; y, para los más fuertes de alma y de cuerpo, para adquirir paciencia, imitar a Cristo y a sus santos discípulos, glorificar a Dios y admirarse de su sabiduría escondida, que se manifiesta incluso en las partes de nuestro cuerpo: como en estas manos y en los pequeños dedos, dispuestos para toda destreza y trabajo, para escribir y para toda empresa según la providencia de Dios, de la cual proceden el conocimiento de innumerables oficios y de la escritura, la sabiduría y las medicinas curativas, las lenguas y las diversas escrituras. En una palabra, todo lo que ha sido, lo que es y lo que será nos fue dado por la mayor bondad, y se nos da siempre para la vida del cuerpo y la salvación del alma, con tal de que lo usemos todo según el propósito de Dios. Si no, caemos y perecemos, y todo lo que existe se nos vuelve tristeza en el siglo presente; y no solo en el siglo presente, pues en el venidero se nos convierte en tormento eterno, como ya se ha dicho.
Sobre el verdadero discernimiento.
Quien ha recibido el don del discernimiento por la gracia de Dios debe guardarlo con todas sus fuerzas, sin hacer absolutamente nada sin discernimiento, para no pecar a sabiendas por negligencia y atraer sobre sí una condena mayor. Y quien no ha recibido todavía este don no debe tener opinión propia y no debe decir ni hacer nada sin preguntar, y sin fe firme y oración pura, sin las cuales no puede juzgar la verdad. El discernimiento nace de la humildad de pensamiento; y en el hombre que lo tiene nace la penetración, de modo que, como dicen Moisés y la Escala, puede prever las tramas ocultas del enemigo y cortar de antemano sus causas, según las palabras de David: «Y mi ojo miró desde lo alto a mis enemigos» (Sal 91,12).
Las señales del discernimiento son estas: el reconocimiento verdadero del bien y de su contrario; ver la voluntad de Dios en todo asunto; la penetración; conocer los propios pecados antes de que se conviertan en obras, y los que sobrevienen tras haber sido despojado por los demonios; y después de esto, el conocimiento de los misterios escondidos en las divinas Escrituras y en las criaturas sensibles. La madre de todo esto es la humildad, cuyas señales ya han sido descritas. Puede reconocerse en esto: que cuando un hombre es humilde y sabio, debe poseer toda virtud, y todavía más debe considerarse el peor de toda la creación y creerlo verdaderamente. Si no es así, entonces significa que es de veras peor que toda la creación, aunque parezca vivir como un ángel. Pues incluso un ángel de verdad, aunque tenga tantas virtudes y tanta sabiduría, no puede agradar a Dios sin humildad. ¿Qué diremos, pues, del hombre que se considera ángel pero no tiene humildad, causa de todo bien?
De la humildad nace el discernimiento, que ilumina los confines de la tierra; y sin él todo es oscuridad. El discernimiento es luz y se llama luz; y por eso necesitamos esta luz más que cualquier palabra o empresa, para poder admirarnos de todo lo demás. Nos admiramos de Dios, que el primer día, el día del Señor, creó primero la luz, para que lo creado después no fuera invisible, como si no existiera, dice Juan Damasceno. Así pues, la luz, como hemos dicho, es el discernimiento; y la penetración nacida de él es el más necesario de todos los dones. ¿Qué hay más necesario que ver las asechanzas del diablo y guardar la propia alma con la cooperación de la gracia? Y la pureza de la conciencia es la más necesaria de todas las obras, como dice san Isaac, junto con la santidad «sin la cual nadie verá al Señor» (Heb 12,14), como dice el apóstol.
Que no debemos desesperar, aunque pequemos mucho.
No debemos desesperar cuando no somos lo que deberíamos ser. Es malo, hombre, que hayas pecado; pero ¿por qué irritas a Dios y, a causa de tu enojo, lo tienes por impotente? ¿Acaso el que creó el mundo que ves ante ti no puede salvar tu alma? Y si dices que esto será tu condena, así como su condescendencia, entonces arrepiéntete, y Él aceptará tu arrepentimiento, como aceptó el arrepentimiento del publicano y de la ramera. Y si no puedes arrepentirte, sino que pecas por costumbre incluso contra tu voluntad, humíllate como el publicano (cf. Lc 18,13), y esto bastará para tu salvación. Pues quien peca sin arrepentirse y sin embargo no desespera, necesariamente se considera el peor de todas las criaturas, y no se atreve a condenar ni a reprender a nadie, sino que solo se admira del amor de Dios al hombre, da gracias a su Bienhechor y aún puede adquirir muchos bienes. Aunque en sus pecados haya obedecido al diablo, no se someterá al enemigo por el temor de Dios, que lo aparta de la desesperación.
Y así se convierte en porción de Dios, porque tiene entendimiento, acción de gracias, paciencia y temor de Dios, para no juzgar y no ser juzgado; lo cual es muy necesario.
Crisóstomo dice de la gehena que claramente nos aprovecha, incluso más que el Reino de los cielos, ya que muchos entran en el Reino de los cielos por medio de ella, y pocos entran solo por amor del Reino; pero mayor todavía es el amor de Dios al hombre. La gehena nos apremia con el temor, y el Reino nos recibe, y por ambas cosas somos salvados por la gracia de Cristo. Si quienes están vencidos por muchas pasiones del alma y del cuerpo perseveran, y no abandonan su dominio de sí por negligencia ni caen en la desesperación, reciben coronas. Pero el que ha adquirido la impasibilidad con calma y facilidad cae enseguida si no confiesa siempre la gracia y no se abstiene de condenar a nadie; y cuando se atreve a condenar, muestra que piensa haber adquirido esta riqueza por su propio poder, dice san Máximo.
Y así como es un gran desastre que un hombre todavía sujeto a las pasiones y sin parte en la luz del conocimiento tenga autoridad sobre otro, como dice san Juan Damasceno, así lo es que un hombre que ha recibido de Dios la impasibilidad y el conocimiento espiritual no aproveche a otras almas. Nada hay tan provechoso para los débiles como el retiro a la quietud, y para los sujetos a la pasión y a la ignorancia como la obediencia dentro de la quietud. No hay nada mejor que ver la propia debilidad e ignorancia, ni nada peor que no verla. No hay pasión más odiosa que la soberbia ni más ridícula que el amor al dinero, que es la raíz de todos los males. Los hombres se toman grandes fatigas para hacer monedas de plata del metal de la tierra, y luego las vuelven a dejar ociosas bajo tierra. Por eso dice el Señor: «No acumuléis para vosotros tesoros en la tierra…», y de nuevo: «Pues donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,19.21). Porque cuando el intelecto del hombre echa raíces en algo, la costumbre arrastra su deseo o bien hacia las cosas terrenas y las pasiones, o bien hacia los bienes celestiales y eternos; y la costumbre, una vez arraigada, se vuelve tan fuerte como la naturaleza, dice Basilio el Grande.
Cuando un hombre está enfermo, debe escuchar el testimonio de su conciencia, para librar su alma de toda condena, no sea que llegue el fin de su vida y tenga que arrepentirse en vano y llorar para siempre. Quien no puede soportar la muerte en la carne por Cristo, como Cristo la soportó, debe soportarla interiormente por su propia voluntad y hacerse mártir de la conciencia, negándose a someterse a los demonios o a los deseos que quisieran vencerlo, y venciéndolos, como los santos mártires y los venerables padres, de los cuales unos fueron mártires en la carne y otros en el intelecto. Quien se forzó un poco venció al enemigo; y quien se descuidó un poco y se oscureció, pereció.
Breve enseñanza sobre la adquisición de las virtudes y el apartamiento de las pasiones.
Nada oscurece tanto los pensamientos como la astucia, y nada ilumina tanto el intelecto como la lectura en la quietud, dice Basilio el Grande. Nada lleva al alma tan pronto a la compunción como el pensamiento de la muerte; nada conduce al progreso oculto como el reproche de sí mismo y el corte de los propios deseos; nada lleva a la ruina oculta como la fantasía y la propia complacencia; nada hace tan seguramente que Dios se aparte y que los hombres sean castigados como la queja; nada lleva más fácilmente al pecado que la mendicidad y la mucha conversación; nada ayuda tanto a reunir las virtudes como el retiro y el gemido; nada conduce a la recta comprensión y a la acción de gracias como el recuerdo de los dones de Dios y de nuestros propios pecados; nada devuelve los bienes como el alabar por ellos; y nada produce la salvación contra nuestra voluntad como las tentaciones.
No hay camino más corto hacia Cristo —esto es, hacia la impasibilidad y la sabiduría del Espíritu Santo— que el camino medio, que evita en todo el exceso y el defecto. Ninguna otra virtud capta la voluntad de Dios como la humildad y el dejar de lado el propio entendimiento y la propia voluntad. Nada favorece tanto toda buena obra como la oración pura, y nada es tan dañino para la adquisición de la virtud como la pasión y un pensamiento altivo, por leve que sea.
En la medida en que un hombre tiene pureza, en esa medida ve que peca; y en la medida en que peca, en esa medida se oscurece, aunque le parezca que tiene pureza. Así también, cuanto más piensa un hombre que tiene conocimiento, tanto más nada sabe; y cuanto más soporta el asceta las tristezas, tanto más vencerá al enemigo. Y por mucho que un hombre se esfuerce en hacer algún bien en un día, debe esforzarse del mismo modo todos los días de su vida, dice san Marcos; pues de otro modo supone que se hace por su propia fuerza y vigilancia. Pero si es por la gracia de Dios, y sucede cuando la gracia llega, ¿qué alabanza le corresponde? Pues piensa que puede hacer algo bueno, y condena injustamente a quienes no pueden.
Quien exige algo a su prójimo debe exigirse todavía más a sí mismo. Y así como los que pecan se sienten deudores porque irritan a Dios, así los que están cubiertos por su gracia deben temblar aún más, ya que por su debilidad y su cercanía a la caída son deudores todavía mayores. La ignorancia de las Escrituras es un gran desastre, dice san Epifanio; pero un mal mayor es la transgresión cuando hay conocimiento.
Una palabra hace más bien al alma que la oración. Y cuando un hombre soporta a su prójimo, que no se ofenda con quien lo insulta; y cuando refrena su propia voluntad, por más apurado que se sienta, dice san Doroteo, muestra misericordia a su propia alma, llevando la carga de su prójimo y orando por él, deseándole la salvación y todo bien del alma y del cuerpo. Esta es la pura inocencia, que purifica el alma y la lleva a Dios; pues sanar a un hombre es mejor que todas las obras y virtudes. Pocas virtudes son mayores o más perfectas que el amor al prójimo. Su señal no es solo no guardar para sí nada de lo que otro necesita, sino aceptar por él la muerte con alegría, según el mandamiento del Señor, y considerarlo como un deber y como una gran dignidad; pues debemos amar al prójimo no solo según la naturaleza, sino también a causa de la sangre pura derramada por nosotros por Aquel que lo mandó, Cristo (cf. Jn 15,13).
«No seas amante de ti mismo», dice san Máximo, «y serás amante de Dios; no te complazcas a ti mismo, y serás amante de tu hermano.» El amor al hermano nace por la esperanza, y la esperanza es la fe sin vacilación, con toda el alma, de que recibiremos lo que esperamos. La esperanza viene por la fe firme, de modo que el hombre no se inquieta ni por su vida ni por su muerte, sino que entrega todos sus cuidados a Dios, como se ha dicho del hombre que desea recibir las señales de la impasibilidad, cuyo fundamento es la fe. Que el que tiene fe considere que Dios, quien por su suprema bondad creó de la nada todas las cosas y a nosotros con ellas, dispondrá también todo para toda carne como Él mismo mejor sabe.
Cómo se puede adquirir la fe verdadera.
La fe es el fundamento de todos los bienes y la puerta de los misterios de Dios; sin esfuerzo concede la victoria sobre el enemigo; es más necesaria que ninguna virtud, es el ala de la oración y la inhabitación de Dios en el alma. Quien desee adquirirla debe soportar toda prueba con que sus enemigos lo tienten, y los muchos y variados pensamientos de los que nadie podría saber nada, ni hablar, ni inventarlos, sino el autor de la malicia, el diablo. Pero que tal hombre no tema; pues cuando con gran esfuerzo venza las tentaciones que le sobrevienen y guarde su intelecto para que no lo debilite el pensamiento nacido en su corazón, entonces vencerá todas las pasiones de un solo golpe, porque no será él quien las venza, sino Cristo, que entra en él por la fe. De tales hombres dice el Señor: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza…» (Mt 17,20).
Pero cuando el pensamiento flaquee y ceda un poco, que el asceta no tema ni desespere, y que no atribuya a su propia alma lo que dice el príncipe del mal; antes bien, que guarde con paciencia y diligencia la virtud y cumpla los mandamientos en la quietud y en el apartamiento, por amor de Dios, de todo aquello sobre lo cual es tentado a razonar por su cuenta. Entonces el enemigo, arrojándole toda clase de artimañas y fantasías de día y de noche, verá que no se turba lo más mínimo por esos delirantes ardides ni por todos los pensamientos con que trató de asustarlo —es decir, presentando falsas ilusiones como verdad—, y quedará desconcertado y se marchará. Y el asceta, habiendo adquirido experiencia en los mandamientos de Cristo, no teme la flaqueza del enemigo ni se espanta de su astucia, sino que hace con gozo en Dios todo lo que Él quiere y desea, cautivado y fortalecido por la fe en el Dios en quien creyó. Y el Señor mismo dice: «Todo es posible para el que cree» (Mc 9,23). Pues no es él quien libra la guerra contra el enemigo, sino Dios, que cuida de él por su fe, como dice el profeta: «He hecho del Altísimo mi refugio»…
…(Sal 90,9). Tal hombre no se inquieta por nada, sabiendo que «se prepara el caballo para el día de la batalla, pero la victoria viene del Señor» (Prov 21,31), como dice Salomón. Y por eso se atreve a todo, como dice san Isaac: «Adquiere la fe dentro de ti, para pisotear a tus enemigos.» Pues tal hombre vive no según su propia voluntad, sino como un animal conducido por la voluntad de Dios, según las palabras del profeta: «Me volví como una bestia ante ti; y sin embargo estoy siempre contigo» (Sal 72,22-23).
Oración de quien se ha entregado a Dios.
Si quieres darme descanso por medio del conocimiento, no me opondré; y si quieres permitir que sea tentado en bien de mi humildad, también entonces estaré contigo, pues nada puedo por mí mismo. Sin ti no habría salido de la nada, y así, sin ti no puedo vivir ni salvarme. Haz con tu criatura lo que quieras. Creo que eres bueno y dispondrás lo que es bueno para mí, aunque para mi provecho yo no lo sepa; y no pido comprenderlo para obtener alivio, si eso no me es provechoso. No me atrevo a pedir que se aligere mi lucha, aunque soy débil y estoy cargado por todo, porque no sé qué es bueno para mí. Tú lo sabes todo; haz como sabes, solo que yo no peque, pase lo que pase. Quiéralo yo o no, sálvame, si te place. No tengo cuidado de ello. Estoy como sin alma ante ti; pongo mi alma en la pureza de tus manos, en este siglo y en el venidero. Pues tú todo lo puedes y todo lo sabes, y quieres todo bien para todos los hombres y siempre deseas mi salvación. Esto es evidente por todos tus beneficios, que has hecho y siempre haces por nosotros por gracia, abierta y ocultamente, los que conocemos y los que no, y por tu descenso hasta nosotros, que sobrepasa todo entendimiento, oh Hijo y Verbo de Dios.
¿Quién soy yo para atreverme a dirigirme a ti, Escrutador de los corazones? Y sin embargo lo digo para que sea sabido por mí y por mis enemigos que huyo hacia ti, mi refugio y mi salvación. Por tu gracia he llegado a saber que tú eres mi Dios, y por eso no me atrevo a decir mucho; solo quiero poner ante ti mi intelecto, inerte, sordo y mudo. No soy yo, sino tu gracia quien lo hace todo. No recuerdo haber hecho nada bueno; solo puedo mostrarte muchísimo mal, mientras me postro ante ti, ya que me has concedido arrepentirme, y soy tu siervo y el hijo de tu sierva. No me abandones, Señor mío, Dueño mío, Jesucristo Dios mío, para que no haga ni diga ni piense lo que tú no quieres. Me bastan mis pecados pasados; pero si quieres, ten piedad de mí. He pecado; ten piedad de mí, como tú sabes. Creo, Señor, que oirás mi voz cuando clame a ti; ayuda mi incredulidad, tú que me diste el ser y me hiciste cristiano.
«Grande cosa es para mí», dice Juan de Carpatos, «que me llamen monje y cristiano.» Y así dijiste tú, Señor, a uno de tus siervos, que es grande cosa ser llamado por tu nombre. Para mí esto vale más que todos los reinos de la tierra y del cielo: que nunca deje de ser llamado por tu dulcísimo nombre. Señor, rico en misericordia, te doy gracias… y así sucesivamente, como está escrito.
Sobre las dos clases de fe.
Así como al hombre de la vida activa le convienen unas lecturas distintas, y palabras y lágrimas y oraciones distintas, así esta fe difiere de la primera, de la que nace la libertad de discusiones. Una es la fe que viene del oído, otra la fe que viene de la revelación, como dice san Isaac; y la revelación es más cierta que el oído. Del conocimiento natural nace la primera y común fe, verdadera y gloriosa, de la cual procede el apartamiento por amor de Dios: es decir, el ayuno, la vigilia, la lectura, la salmodia, la oración, el preguntar a quienes tienen experiencia. De todo esto nacen las virtudes espirituales, esto es, la guarda de los mandamientos y el cuidado y ordenamiento de las propias costumbres; y de estas vienen la gran fe, la esperanza y el amor perfecto, que cautiva el intelecto para Dios, como se ha dicho, en la oración, cuando el hombre se une interiormente con Dios, como dice san Nilo.
Las palabras de la oración están escritas de una vez por todas, para que el hombre que desea poner su intelecto sin turbación ante la santa y vivificante Trinidad, como si la viera —aunque en realidad no puede ver nada—, ore siempre la misma oración. Pero que el intelecto esté libre de visión y de conceptos, sin imágenes, sin turbación, impasible, inmóvil, insensible a todo lo demás, sin pensar en nada ni considerar nada que pertenezca a la creación, sino conversando con Dios en profunda paz y completa quietud y acordándose solo de Él, hasta que llegue al arrebato del intelecto; después de lo cual conviene decir, según se le conceda, la oración final, es decir, el «Padre nuestro», como hacía san Filemón con los santos apóstoles, mártires y monjes. Todo lo que va más allá de esto es ilusión nacida de la imaginación. La Divinidad es ilimitada e indescriptible, y lo mismo debe ser el intelecto que ha vuelto en sí, si ha de ser digno de la gracia del descenso del Espíritu Santo. «Pues caminamos por fe, no por visión», dice el apóstol.
Por eso necesitamos pasar largo tiempo en el trabajo ascético, para que a lo largo de un período prolongado el intelecto se acostumbre a tender diligentemente hacia lo divino. Pues aunque el intelecto no halle nada mayor que las cosas sensibles, ya no se lanzará hacia ellas y dejará atrás aquello a lo que se había habituado durante mucho tiempo. Los hombres amantes de Dios e impasibles no reciben gran daño de las cosas del mundo, ya que están bien ordenados respecto de ellas; ni tampoco quienes han recibido grandes dones, ya que ven la perfección en Dios.
Que la quietud es utilísima para los sujetos a las pasiones.
La quietud y el apartamiento de las cosas y de las personas son útiles para todos, pero sobre todo para los sujetos a las pasiones y para los débiles. Pues el intelecto no puede llegar a ser impasible solo por acciones externas, si no recibe muchos dones espirituales. Tanto cuidar de alguien como tener autoridad sobre alguien no están exentos de daño para el hombre que no ha adquirido antes la impasibilidad mediante el apartamiento; y los afanes y el bullicio de la vida dañan incluso a los perfectos y a los impasibles.
«No hay provecho en la acción humana», dice Crisóstomo, «sin el favor del cielo»; y el favor del cielo no llega a quienes no lo quieren. Necesitamos lo uno y lo otro: la parte de Dios y la del hombre, la acción y el conocimiento, el temor y la esperanza, el llanto y la alegría, el temor reverente y la humildad, el discernimiento y el amor. Pues se dice que todo en esta vida es doble: día y noche, luz y tinieblas, salud y enfermedad, virtud y pecado, prosperidad y desgracia, vida y muerte; para que por lo primero de cada par nosotros, que somos débiles, sirvamos a Dios en el campo de esta vida, y por lo segundo huyamos del pecado, temiendo las tentaciones. Y siendo fuertes en todo, los hombres amaron a Dios como a un Padre, viendo que dispone todas las cosas buenas muy bien y provechosamente; se abstuvieron de los placeres y desearon las penalidades, sabiendo que por medio de ellas nuestros cuerpos viven para gloria del Creador y ayudan a nuestras almas a ser salvadas por la inefable misericordia de Dios.
Sobre las tres clases de hombres.
Hay tres clases de hombres: esclavos, asalariados e hijos. Los esclavos no aman el bien, sino que huyen del mal por temor al castigo. «Esto es bueno», dice san Doroteo, «pero no agradable.» Los asalariados aman el bien y odian el mal porque esperan una recompensa. Pero los hijos, siendo perfectos, se apartan del mal no porque teman el castigo, sino porque lo odian profundamente, y hacen el bien no porque esperen recompensa, sino porque lo tienen por deber suyo. Aman la impasibilidad como imitación de Dios y como la razón por la que Él habita en ellos; y a causa de esto se apartan de todo pecado, incluso allí donde no hay prohibición.
Mientras el asceta no se haya hecho impasible, el bondadosísimo Dios no envía sobre él al Espíritu Santísimo, no sea que la costumbre lo arrastre de nuevo a las pasiones y se haga culpable ante el Espíritu Santo que ha descendido sobre él y reciba una condena mayor. Pero cuando, ya habituado a la virtud, no tiene comunión con el enemigo y no es arrastrado por su hábito apasionado, entonces recibe la gracia y no es condenado al recibir el don. «Por eso —dice el autor de la Escala— Dios no nos revela su voluntad: porque si no la comprendiéramos no le obedeceríamos y recibiríamos una condena mayor; aunque nosotros, como niños, no conocemos su inmensa misericordia hacia nosotros, que somos ingratos. Quien desee comprender la voluntad de Dios —dice— debe morir en todo al mundo entero y a su propia voluntad en todas las cosas.»
Por tanto, cuando haya duda sobre una cosa, no la hagas ni la tengas por buena, a menos que sin ella no puedas vivir ni salvarte. El asceta debe preguntar a los que tienen experiencia, y entonces, por la fe firme y la oración, llega la certeza sobre el asunto, que conduce a la completa impasibilidad, la cual hace al intelecto inflexible e invencible en toda obra buena; y aunque la lucha sea grande, el hombre no sufre daño.
«Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Cor 12,9), dice el Señor al apóstol; y él responde: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10). No siempre es buena señal estar libre de pasión, pues los demonios a menudo se retiran por muchos motivos: ya por astucia, ya para crear una fantasía, a fin de suscitar en nosotros una alta opinión de nosotros mismos, o soberbia, o algún otro mal, para que esto ocupe el lugar de las demás pasiones.
Algunos de los padres, entre los grandes ancianos, guardaron los mandamientos; otros después de ellos los pusieron por escrito; y nosotros dejamos lo escrito en el estante; e incluso cuando lo leemos, no nos ejercitamos en comprender lo que se dijo y en ponerlo por obra. O bien no leemos lo que deberíamos, o bien nos imaginamos que estamos haciendo algo grande y nos ensoberbecemos, sin ver que seremos condenados tanto más cuando no lo cumplamos, como dice Crisóstomo: «El que conoce la voluntad de su señor…» (cf. Lc 12,47). La lectura y el conocimiento, pues, nos son buenos cuando conducen a mayor humildad.
Lo mismo vale para el consejo, cuando lo escuchamos sin examinar la vida de quien enseña, como dice el Teólogo: «No busques las credenciales del que te enseña o te predica.» Y el Señor dice: «Haced y observad todo lo que os digan…» (cf. Mt 23,3). No hay daño en preguntar al maestro, pero no hay provecho si no se hace lo que él dice. «Cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo» (cf. Rom 14,12): el maestro por sus palabras, el discípulo por las obras de su obediencia. Lo que va más allá de esto es contra la naturaleza y merece condena.
«Dios es bueno y justo», dice san Eustracio, «y por su bondad nos da bienes cuando los recibimos con acción de gracias, como de una herencia justa.» Y cuando nos volvemos ingratos, la justicia de Dios nos priva del bien. Así, la bondad de Dios y su verdad nos dan todo bien por naturaleza, y tormento eterno por el mal uso de él.
Que el verdadero arrepentimiento es un gran bien.
Cuando el hombre quiera, puede comenzar a arrepentirse de nuevo. Si has caído, levántate; y si has vuelto a caer, levántate otra vez; y no desesperes de tu salvación, pase lo que pase, y no te entregues al enemigo por tu propia voluntad. Esta paciencia junto con el reproche de sí mismo basta para tu salvación. «También nosotros fuimos en otro tiempo insensatos, desobedientes, extraviados, esclavos de las pasiones…» (cf. Tit 3,3).
No desesperes en absoluto si no ves la ayuda de Dios. Él puede enviar ayuda cuando quiera; solo tienes que confiar en Él, y hará algo. Dispondrá tu corrección o bien por medio de algunas tentaciones, o bien de algún otro modo que Él conoce; o aceptará tu paciencia y tu humildad en lugar de obras; o de algún otro modo que tú ignoras obrará con amor al hombre sobre tu confianza, y salvará tu alma temerosa. Solo no abandones al Médico, o sufrirás una doble muerte por tu ignorancia del designio oculto de Dios.
Sobre los seis lazos que rodean toda obra.
Como hablamos del conocimiento, así hablaremos ahora de la acción. Toda obra del alma y del cuerpo está en medio de seis lazos. Los lazos de la derecha y de la izquierda son el exceso y el defecto de trabajo; los de arriba y de abajo son la arrogancia y la desesperación; los de dentro y de fuera son el temor y la audacia; y la audacia, como dice el Teólogo, está lejos del valor, aunque los nombres se parezcan. En medio de estos seis lazos está la acción moderada con humildad y paciencia.
Uno no puede sino admirarse del intelecto humano, de cómo transforma a voluntad todo lo que hay en él, aunque él mismo permanezca inmutable y siga siendo el mismo en los demás. Por eso no todos tenemos la misma intención respecto de las cosas, sino que cada uno las usa como quiere, bien o mal: las cosas sensibles por la obra, las inteligibles por la palabra o el pensamiento.
Todos los hombres, según el Teólogo, pertenecen a cuatro estados y disposiciones. Unos están bien tanto aquí como en el siglo venidero: tales fueron todos los santos y los impasibles. Otros están bien solo aquí, ya que, no teniendo gratitud hacia el Bienhechor, se mostraron indignos de los beneficios del alma y del cuerpo: tal fue el rico de la parábola y otros semejantes a él. Otros sufren aquí largo tiempo, como presos de una enfermedad duradera, igual que los paralíticos: su pensamiento es probado, pero gozan del favor de Dios. Y otros son atormentados aquí y allá, porque son probados por sus propios deseos, como Judas y los que son como él.
Los hombres tienen también cuatro criterios respecto de las cosas sensibles. Unos odian las obras de Dios, como los demonios, y hacen el mal por una voluntad malvada. Otros parecen amar el bien, pero lo hacen con pasión, como bestias irracionales, sin cuidarse de la piedad natural ni de la acción de gracias. Otros son hombres naturales, con conocimiento espiritual y gratitud, que usan todo como es debido. Y otros están por encima de la naturaleza, como los ángeles: miran todo para gloria del Creador, sin consumir nada más allá de lo necesario para la vida, según el apóstol (cf. 1 Tim 6,8).
Sobre los dones generales y los particulares de Dios.
Por tanto, todos nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por sus beneficios, generales y particulares, del alma y del cuerpo. Los dones generales son los cuatro elementos y todo lo que de ellos procede, y todo lo que las divinas Escrituras cuentan de las obras extrañas y admirables de Dios. Los dones particulares de Dios son los que ha dado a cada persona: sea la riqueza, para dar limosna; sea la pobreza, para soportarla con gratitud; sea el poder de hacer justicia, para establecer con él la virtud; sea la sujeción y la servidumbre, para cierta salvación del alma; sea la salud, para ayudar a los necesitados; sea la castidad y la fortaleza de alma, para alentar a la virtud; sea la debilidad y la falta de conocimiento, para apartarse humildemente y sin discusión de las cosas; sea la pérdida involuntaria de bienes, en orden a una salvación que se hace voluntaria, y para ayudar a quienes no pueden llegar a la renuncia completa ni siquiera a la limosna; sea la paz y la prosperidad, para que la voluntad crezca y se ejercite en las virtudes, a fin de llegar a ser impasible y salvar otras almas; sean las tentaciones y las calamidades, para que quienes no pueden resistir sus propios deseos se salven contra su voluntad, o bien en bien de los perfectos, que pueden soportarlas con alegría.
Todo lo dicho aquí, aun cuando una cosa parezca contradecir a otra, es muy bueno cuando es necesario; y cuando no hay necesidad de ello, daña al alma y al cuerpo. Y lo mejor de todo lo que se ha dicho es el soportar las tristezas. Quien haya recibido este gran don dé gracias a Dios, pues se le ha concedido la mayor de las gracias: esta es la imitación de Cristo, de sus apóstoles, mártires y monjes. Pues recibe de Dios gran fuerza y conocimiento quien por su propia voluntad se aparta de los placeres y, cortando su deseo, busca tristezas todavía mayores; y, rechazando su propio entendimiento cuando es contrario a la voluntad de Dios, piensa y hace siempre lo que agrada a Dios.
Quien ha recibido la gracia de usar las cosas solo cuando las necesita debe dar muchas gracias a Dios con profunda humildad, ya que por la gracia de Dios ha sido librado de lo que es contrario a la naturaleza y de la transgresión de los mandamientos. Y nosotros, que todavía estamos sujetos a las pasiones y no usamos bien las cosas —lo cual es contra la naturaleza—, debemos temblar y dar muchas gracias al Bienhechor con todo discernimiento, admirándonos de su indescriptible longanimidad: pues aunque transgredimos sus mandamientos y usamos mal las cosas y nos apartamos de sus dones, Él soporta nuestra insensatez y no cesa de hacernos bien, y espera hasta nuestro último aliento a que nos volvamos y nos arrepintamos.
Así pues, todos debemos darle gracias, como está dicho: «Dad gracias en toda circunstancia»; y de aquí se siguen las otras palabras del apóstol: «Orad sin cesar» (1 Tes 5,17-18), es decir, acordaos de Dios en todo tiempo, en todo lugar y en todo. Cuando hagas algo, acuérdate del Creador: cuando veas la luz, no olvides a quien te la dio; cuando veas el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas creadas, admírate y glorifica al Creador; cuando te vistas, reconoce que es un don y alaba a quien guía tu vida. En resumen, que todo lo que hagas se convierta en ocasión de glorificar a Dios; y así orarás sin cesar. Y que el alma se alegre siempre en esto, como dice el apóstol (cf. 1 Tes 5,16), pues el recuerdo de Dios la alegra, dice san Doroteo, llamando por testigo a David: «Me acordé de Dios y me alegré» (Sal 76,4).
Que Dios lo creó todo para nuestro provecho.
Puesto que Dios creó todo lo que existe para nuestro provecho, y los ángeles nos guardan y nos enseñan mientras los demonios nos tientan, humillémonos y volvámonos a Dios; y por esto seremos salvados y librados de la soberbia y del descuido, y estaremos en guardia frente a las tentaciones.
De nuevo: las cosas agradables del mundo —la salud, la prosperidad, la seguridad, la paz, la alegría, la luz, el conocimiento, la riqueza, el éxito en todo, el descanso, el deleite, el honor, el poder, la abundancia y todos los supuestos bienes de esta vida— nos llevan a la acción de gracias y a una recta comprensión del Bienhechor, y a amarlo y hacer el bien según nuestras fuerzas, teniendo esto por deber natural y queriendo pagar por entero con nuestras obras sus dones; lo cual, aunque imposible, sigue siendo una gran deuda. Y los supuestos males —las enfermedades, las desgracias, los trabajos, las debilidades, las tristezas involuntarias, la oscuridad, la ignorancia, la pobreza, el fracaso en todo, el miedo, las pérdidas, el deshonor, la opresión, el agotamiento y todas las cargas ya mencionadas— nos llevan a la paciencia, a la humildad y a la buena esperanza, y se convierten para nosotros en gran consuelo no solo en el siglo venidero, sino también en el presente. Así, Dios lo ha dispuesto todo bien para nosotros con indescriptible bondad.
Quien quiera comprender esto rectamente debe esforzarse por reunir las virtudes, debe recibir con acción de gracias todo lo mencionado —tanto el bien como su contrario— y debe permanecer imperturbable en todo. Y no solo en esto: cuando los demonios le arrojen un pensamiento de soberbia, para que se ensalce, que recuerde todo lo vergonzoso que se ha dicho de ellos y pisotee ese pensamiento y se mueva hacia la humildad. Y cuando los demonios le pongan delante algún pensamiento vil, que recuerde el pensamiento soberbio y pisotee este nuevo; y así, mediante tal recuerdo, que los pensamientos se pisoteen unos a otros con la cooperación de la gracia, para que no caiga en la desesperación a causa de los pensamientos viles, ni en la arrogancia a causa de los soberbios. Cuando sus enemigos exalten su intelecto, que se refugie en la humildad; y cuando su intelecto sea abatido, que se levante por la esperanza en Dios; para que, siendo audaz, no caiga, y, estando atemorizado, no pase el resto de su vida en la desesperación.
Esta es una gran obra del monje, dicen los ancianos: cuando el enemigo sugiere una cosa, el monje toma la otra; y cuando el enemigo sugiere esa otra, el monje vuelve la mirada a la primera, sabiendo que nada en esta vida es permanente. «Pero el que persevere hasta el fin, ese se salvará» (Mt 10,22). Quien quiere que todo resulte como él se imagina, ni él mismo sabe lo que quiere. Es como un ciego en el viento: hacia cualquier cosa que le llega, hacia allí se inclina; como esclavo teme las tristezas, y como esclavo se entrega a la fantasía, imaginando con alegría insensata que sabe algo que nunca ha visto, sin saber qué es ni de dónde viene. Y cuando dice que ve, entonces está todavía más ciego.
Esto es lo que sucede cuando un hombre no se reprocha a sí mismo; de ahí vienen la propia complacencia y la ruina inadvertida, como dice san Máximo en sus capítulos acerca del monje que murió después de ver la Jerusalén de lo alto mientras oraba con los hermanos y su intelecto fue arrebatado: porque se imaginó que había alcanzado algo y no consideró la deuda mayor que debía. Así, los sujetos a las pasiones, por la oscuridad de sus pasiones, no ven lo que para muchos es evidente, mientras que los impasibles, por la pureza de su intelecto, ven lo que otros no ven.
Que la palabra de Dios no consiste en muchas palabras.
«La palabra de Dios —dice san Máximo— no consiste en muchas palabras.» Todos nosotros hablamos muchísimo, y sin embargo no hemos cumplido ni una sola de las palabras de Dios; y Dios dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma…» (cf. Mt 22,37). ¡Cuánto han dicho y escrito ya los padres, y siguen diciendo y escribiendo, y nosotros no hemos cumplido ni una sola de esas palabras! «Con toda tu alma», dice san Basilio, «significa no amar absolutamente nada excepto a Dios; y cuando un hombre ama su propia alma, ama a Dios no con toda su alma, sino con la mitad de ella.» Si nos amamos a nosotros mismos y a otras muchas cosas además, ¿cómo podemos amar a Dios, o atrevernos a decir que lo amamos?
Lo mismo ocurre con el amor al prójimo. Si no despreciamos la vida presente —y quizá también la venidera— por amor al prójimo, como hicieron Moisés y el apóstol Pablo, ¿cómo podemos decir que amamos al prójimo? Pues Moisés dice a Dios acerca del pueblo: «Si perdonas su pecado, perdónalo; y si no, bórrame de tu libro, el que has escrito» (Ex 32,32). Y el apóstol: «Desearía yo mismo ser separado de Cristo por amor de mis hermanos» —sobre todo por aquellos que querían matarlo— «pues son israelitas» (cf. Rom 9,3-4).
Así son las almas de los santos: aman a sus enemigos más que a sí mismos. Por eso, tanto en el siglo presente como en el venidero, dan a su prójimo la preferencia en todo, incluso cuando este es su enemigo por su propia mala voluntad. No buscan recompensa de aquellos a quienes aman; sino que, dando a los demás todo lo que tienen, se alegran como si fueran ellos los que reciben, para agradar al Bienhechor e imitar su amor al hombre en la medida en que pueden; pues Él es bondadoso con los ingratos y los pecadores.
Y cuando a un hombre se le conceden tales dones, debe considerarse deudor de Dios, que lo levantó de la tierra e hizo que el polvo imitara, aunque sea un poco, a su Creador y Dios. Pues soportar las injusticias con alegría y sin rencor, hacer bien a los enemigos y dar la vida por el prójimo son dones de Dios, concedidos a quienes están deseosos de recibirlos, para que los «cultiven y los guarden» (cf. Gn 2,15), como se dijo a Adán, y para que los dones sean causa de acción de gracias al Bienhechor. Pues ningún bien ha venido de nosotros; todo bien nos lo da Dios por gracia, así como las cosas existentes salieron de la nada. «¿Qué tienes que no hayas recibido?», dice el apóstol; es decir, lo recibiste como don de Dios. «Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4,7); como si tú mismo hubieras hecho lo imposible; pues el Señor dijo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).
Que es imposible salvarse sin humildad de pensamiento.
No sé si un hombre, tan gravemente oscurecido por las pasiones, llega a tal locura que a veces se considera igual a los ángeles, o incluso mayor, ya que piensa que se salvará sin humildad de pensamiento. El lucero del alba, habiendo perdido la humildad, se convirtió en tiniebla incluso sin ningún otro pecado. ¿Qué le sucede, pues, a quien no tiene humildad, siendo hombre mortal y polvo, por no decir pecador? A no ser que su alma esté ciega y no crea que es pecadora.
«Ciertamente —dice Crisóstomo— el hombre perfecto será igual a los ángeles en el siglo venidero, como dijo el Señor; es decir, en la resurrección de los muertos, y no en el siglo presente.» Pero ni siquiera entonces los hombres serán ángeles, sino iguales a los ángeles; pues no pueden cambiar su naturaleza. Sin embargo, serán inmutables por gracia y libres de toda necesidad, con poder sobre sí mismos, y con gozo incesante, y con amor a Dios, el cual ningún ojo vio… y así sucesivamente. Mientras tanto, nadie puede ser perfecto; solo puede recibir las arras de los bienes prometidos.
Que quienes no tienen dones se humillen como hacen los pobres; y que quienes tienen dones, puesto que los recibieron de Dios, no sean condenados como necios. Y así como los ricos deben dar gracias a Dios por sus dones, así también deben darlas quienes están enriquecidos con virtudes; y los pobres deben dar gracias a Dios y amar a los ricos que les hacen bien, mientras que los ricos deben amar todavía más a los pobres, ya que tanto en el presente como en el siglo venidero se salvan por la providencia de Dios por medio de la limosna. Pues sin los pobres, las almas no hallarían salvación y no escaparían de las tentaciones de la riqueza. Y así como los discípulos deben amar a sus maestros, así los maestros deben amar a sus discípulos; y cada uno debe dar gracias a Dios por darnos el conocimiento y todo bien, por lo cual conviene darle gracias en todo tiempo; y tanto más cuanto que hemos recibido el poder de renovar el santo bautismo mediante el arrepentimiento, sin el cual nadie puede salvarse.
Pues el Señor dice: «¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’ y no hacéis lo que digo?» (Lc 6,46). Que nadie sea tan insensato que, al oír esto, piense que si se arrodilla e invoca al Señor no tendrá culpa alguna; al contrario, será condenado tanto más, como dice el Señor: «Si esto hacen con el leño verde, ¿qué será del seco?» (Lc 23,31). «Si el justo apenas se salva —dice Salomón—, ¿qué será del impío y del pecador?» (cf. Prov 11,31). Y cuando un hombre vea cómo los divinos mandamientos lo apremian por todas partes, que no desespere, no sea que sea condenado peor que quien se quita la vida; antes bien, que se admire tanto más de los divinos mandamientos y de las Escrituras, que por todas partes impulsan al hombre hacia la perfección, para que no busque un modo de escapar del bien y hallar excusa para lo peor.
Siempre que se sienta tentado a hacer tal cosa, viendo todo este mal ante sí, que se vuelva al Dios bueno, que obra maravillas admirables por su amor al hombre, de modo que todo hombre se hace perfecto de algún modo incluso contra su voluntad, aunque tiene poder dentro de sí. Y los sabios, avergonzándose tanto más de los beneficios recibidos, emprenden la lucha como quienes cruzaron el río en sueños, según dice san Efrén.
«Por eso —dice san Isaac— Dios ha multiplicado las tentaciones, para que los hombres, temiéndolas, corran hacia Él.» Quien no comprende esto, sino que por mala codicia condena tal don, se ha matado y destruido a sí mismo: habiendo tomado las armas contra sus enemigos, las ha vuelto contra sí. Dice Basilio el Grande: «Dios, siendo bueno, quiere hacer bueno a todo el mundo; y así el diablo, siendo malo, quiere —aunque no puede— arrastrar a todos a su propia malicia.» Y así como los padres que aman a sus hijos les prohíben las cosas insensatas y así los hacen volver atrás, movidos por el amor, así Dios permite las tentaciones como algo amargo que aparta a los dignos de los malos consejos del diablo. «El que ahorra la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo corrige a tiempo» (Prov 13,24).
Por tanto, nosotros, que amamos el placer y a nosotros mismos, debemos esperar dificultades por todos lados: para quienes aman a Dios pueden ser para salvación, es decir, las tentaciones que Dios nos permite; pero para quienes caen por soberbia y porque no están con Dios, llevan a la ruina. Mejor nos es, pues, como hijos que reciben corrección y no muerte, escoger lo más leve. Mejor es correr hacia Dios cuando se halla paciencia que, por temor a la dificultad, apartarse de Él y caer en manos del diablo, y así apartarse para siempre y atraer sobre sí el tormento. Pues una de dos cosas nos espera: o soportaremos la primera dificultad, la temporal, o la segunda, la eterna.
A los justos no los alcanza ninguna de estas dos dificultades, pues aceptan con alegría todo lo que a nosotros nos parece calamidad; y cuando llegan las tentaciones las reciben como tiempo de ganancia y no reciben daño de ellas. Pues no muere aquel a quien dispararon y erraron, sino aquel que fue herido de muerte. ¿Le hizo daño a Job su llaga? Al contrario, lo coronó. ¿Se aterraron alguna vez los apóstoles y los mártires? Se dice que «se alegraban de haber sido considerados dignos de sufrir deshonor por el nombre de Jesús» (Hch 5,41). Y en la medida en que el vencedor ha conocido el combate, en esa medida es coronado y se alegra grandemente por ello. Tal hombre, cuando oye el sonido de la trompeta, no le teme como si anunciara una herida, sino que se alegra, porque anuncia la corona de su recompensa.
Nada vence sin esfuerzo como el buen ánimo unido a la fe firme, y nada trae tan pronto la derrota como el amor propio y el miedo, que viene de la incredulidad. No hay mejor guía hacia el valor que la vigilancia y la experiencia, ni hacia la sutileza de pensamiento que la lectura en la quietud. Nada causa tanto el olvido como la ociosidad, y nada ayuda al hombre a librarse tan pronto de los pecados como la ausencia de indolencia; nada trae la reconciliación después de los pecados como el arrepentimiento y el corte del mal. No hay camino más rápido hacia el progreso espiritual que cortar los propios deseos y el propio entendimiento. No hay nada mayor que el asceta se postre día y noche ante Dios y ore para que su voluntad se haga en todo; y nada peor que amar la licencia y la libertad del alma o del cuerpo.
Pues nosotros, que amamos el bien por miedo al tormento y a la tentación, no sacamos absolutamente nada de la libertad. Lo que nos es útil es guardarnos y apartarnos de las cosas, para que, manteniéndonos lejos de lo que daña nuestra debilidad, combatamos contra los pensamientos. Los espíritus que mandan son vencidos por superiores impasibles, como por quienes ya han vencido las pasiones vergonzosas; mientras que quienes están todavía bajo la obediencia de un padre vencen a los demonios subordinados. San Macario y abba Cronio dicen que hay demonios que mandan y demonios subordinados. Los demonios que mandan son la vanagloria, la soberbia y cosas semejantes; los subordinados son la gula, la impureza y cosas semejantes.
Quienes han alcanzado el amor perfecto los dominan, pues hacen el bien sin ser obligados y se alegran de hacerlo y no quieren dejarlo; y cuando algún obstáculo les impide hacer el bien, eso se les convierte en tormento. Movidos por el anhelo divino, escapan al punto a la quietud y a la acción; y esto es para ellos deleite y modo de vida. Tales padres aconsejan: ora un poco, lee un poco, medita un poco, trabaja un poco, vigila un poco tu intelecto, y pasa así el tiempo. Dicen esto porque ellos mismos son impasibles y no están esclavizados a ningún deseo salvo a lo que les agrada; mantienen su intelecto donde quieren y mandan a su cuerpo como a un siervo. Pero nosotros necesitamos estar bajo ley y regla, para hacer el bien como un deber, aun de mala gana y contra nuestra inclinación. Pues amamos más las pasiones y los placeres —es decir, la comodidad del cuerpo y nuestros propios deseos—, y esto lleva nuestro intelecto adonde quiere. Así, el cuerpo tiene impulsos desordenados: lo que quiere, lo hace sin más. Y verdaderamente, donde el intelecto no gobierna, todo es irracional y ocurre contra la naturaleza; a diferencia de lo que sucede con los verdaderos israelitas, como dice el Señor de Simón el Zelote, el cananeo: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño» (Jn 1,47), proclamando su virtud.
El nombre Natanael significa «celo por Dios». Su verdadero nombre era Simón; se le llamaba el cananeo porque venía de Caná de Galilea, y se le llamó Natanael por sus virtudes, y también israelita, esto es, intelecto que ve a Dios sin ninguna adulación. «Las divinas Escrituras —dice Basilio el Grande— tienen la costumbre de nombrar al hombre por su virtud y no por su nacimiento.» Tomemos a los apóstoles principales, Pedro y Pablo: al uno se le llamaba Simón, y el Señor, por su firmeza, lo llamó Pedro; el otro era Saulo, que significa «perturbación», y Dios después cambió su nombre por Pablo, es decir, «apaciguamiento» o «paz». Y en efecto, cuanto había perturbado antes a los fieles, tanto llevó después la paz a todas las almas con obras y palabras, como dice Crisóstomo de él: «Mira la reverencia del apóstol: se acordó de Dios y no empezó a enseñar hasta haber dado a Dios la debida acción de gracias y oración, mostrando que de Él tiene su conocimiento y su fuerza.» Y ciertamente enseña con oración.
El divino Lucas no terminó los Hechos de los Apóstoles; no por negligencia ni por ninguna otra razón semejante, sino porque partía hacia el Señor. Pero cuando nosotros dejamos algo sin terminar, lo hacemos por descuido o por falta de atención. Pues no edificamos con diligencia las obras de Dios y no las amamos de verdad, sino que las despreciamos como innecesarias y difíciles; y así, o bien no progresamos, o bien a menudo retrocedemos, como aquellos que «se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66). «No es que su palabra fuera dura, como ellos suponían —dice Crisóstomo—, sino que en aquel momento se les hablaba de dogmas.» Donde no hay deseo ni vigilancia, lo fácil se vuelve difícil, y también ocurre lo contrario.
Cómo se edifica el alma con las virtudes.
Basilio el Grande dice que todo hombre necesita ante todo paciencia. Y el apóstol dice que el hombre necesita la paciencia «como la lluvia sobre la tierra» (cf. Heb 6,7), para poner sobre ella un fundamento, es decir, la fe, y edificar poco a poco con discernimiento. Así construye el arquitecto la casa del alma: primero toma barro de la tierra de la humildad para unir piedra con piedra, esto es, virtud con virtud, hasta que pone el techo, que es el amor perfecto. Y entonces viene el dueño de la casa y se instala en el alma, si hay buenos porteros que guarden siempre sus armas —es decir, pensamientos luminosos y obras agradables a Dios, que no perturbarán al Rey— y no una portera con su labor de aguja en las manos, como dice san Nilo al explicar las historias antiguas. «Por eso —dice— el patriarca Abrahán no puso por portera a una mujer, sino a un pensamiento fuerte y firme», que lleva armas, como dicen el apóstol y otros, «y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6,17), para matar o ahuyentar a los que llegan. Y estando allí sin adormecerse, matando los pensamientos ajenos con actos de resistencia y con palabras de rechazo, repele todo lo que intenta entrar en el corazón fuera del propósito de Dios, despreciándolo y rechazándolo, para que el intelecto iluminado no abandone la contemplación de Dios y los pensamientos divinos. «Lo que estoy diciendo —dice— es un sinsentido.» Y en otro lugar leemos que san Nilo, citando las divinas Escrituras, explica que la pasión es la causa del oscurecimiento del intelecto. Y así es.
Nota 6: Su discurso sobre esto se encuentra en el Prólogo, para el día primero de noviembre.
Si el intelecto no fuera contenido por todos lados, como el agua en una tubería, el pensamiento no se recogería para descender hasta Dios. ¿Y cómo puede un hombre despreciar fácilmente las cosas venideras si no ha perdido por ellas su propio juicio y no ha gustado nada de los bienes mejores? Por eso debemos correr con fe, según el apóstol, y con paciencia, pensando solo en cómo agradar a Dios. Con el tiempo, quienes corren bien lo ven y pueden captarlo en parte; y lo verán todo en el siglo venidero, cuando se rompa el espejo perecedero de esta vida, donde el alma ya no se opone al cuerpo ni el cuerpo al espíritu (cf. Gál 5,17), y donde el hastío ya no puede engendrar olvido.
El olvido es ignorancia, y muchos de nosotros lo padecemos ahora; por eso hemos de poner las cosas por escrito como recordatorio. A menudo un pensamiento llega por sí solo, y lo escribes para no olvidarlo; y en tiempo de asalto puede convertirse en ayuda, o en alivio, o en motivo de acción de gracias, cuando ha sido confirmado por las divinas Escrituras. Si un hombre hubiera descuidado tales pensamientos, no habría tenido nada a lo que recurrir en la necesidad, y habría perdido su provecho por obra del olvido que todo lo consume.
Debemos, pues, aprender las virtudes no con palabras, sino con obras, para que, habituados a ellas, guardemos la memoria del bien. «Pues el Reino de Dios —dice el apóstol— no consiste en palabras, sino en poder» (1 Cor 4,20). Quien busca con obras conoce en secreto la pérdida y la ganancia que hay en la búsqueda, y tal hombre puede aconsejar a otros, porque ha sufrido mucho y ha aprendido por experiencia, dice san Isaac. Pues hay cosas que parecen buenas y en realidad traen pérdida, y otras que exteriormente parecen malas y en realidad traen gran ganancia. Por eso dice san Isaac: «No todos pueden dar buen consejo a quien lo pide»; sino solo el hombre que ha recibido de Dios el don del discernimiento y ha adquirido un intelecto iluminado mediante una larga lucha, como dice san Máximo.
El consejo debe darse con gran humildad, y no a todos, sino a quienes lo piden por su propia voluntad; y lo que se pregunta por obligación debe responderse como si quien responde fuera él mismo todavía un discípulo, para que la respuesta quede grabada en el alma de quien pregunta por la humildad de quien habla y por la libertad de su propia petición. Se sentirá reconfortado por la fe cuando vea un buen consejero, como aquel «consejero admirable» del que dice el profeta Isaías: «Dios fuerte, Príncipe de la paz» (Is 9,6); es decir, nuestro Señor Jesucristo, que dijo al judío que acusaba a su hermano: «¿Quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros?» Aunque dice que «el Padre ha entregado todo juicio al Hijo» (Jn 5,22), sin embargo aquí, como en todo lo demás, mostrándonos el camino de la salvación con su santa humildad, no fuerza, sino que dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo… y sígame» (Mt 16,24). Esto es: que no se preocupe de su propia vida; y como yo hago, y como soporto voluntariamente una muerte de los sentidos por todos, así que me imite en obra y palabra, como los apóstoles y los mártires. Y si no puede imitarme de este modo, que al menos sufra esa muerte por consentimiento.
Así también dice a aquel joven rico: «Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes…» (cf. Mt 19,21). Basilio el Grande dice de este joven que mentía al decir que había guardado los mandamientos; pues si los hubiera guardado, no habría amasado grandes propiedades, ya que el primer mandamiento de la Ley dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma» (Dt 6,5). Las palabras «con toda tu alma» no permiten a quien ama a Dios amar ninguna otra cosa, y el hombre que se inquieta por algo ya las contradice. Y de nuevo: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lv 19,18), es decir, a todo hombre. ¿Cómo puede decir que guardó los mandamientos, cuando otros no tenían qué comer mientras él había acumulado grandes haciendas y además estaba apegado a ellas? Si hubiera administrado esas haciendas como Abrahán, Job y los demás justos, tratándolas como propiedad de Dios, no se habría marchado triste. Lo mismo dice Crisóstomo: «Creyó que las palabras que el Señor le dirigió eran verdaderas, y por eso se marchó triste: porque era demasiado débil para hacer tal cosa.» Hay muchos que creen las palabras de las Escrituras, pero son demasiado débiles para cumplir lo que está escrito.
Que el amor y el consejo dado con humildad son un gran bien.
El Señor nos aconseja de este modo y de otros aún mayores. Los apóstoles escribieron de la misma manera: «Amados, haced esto y aquello.» No nos proponemos consolar de ningún otro modo a quienes buscan ayuda, para que, viendo cómo nos humillamos y los honramos, escuchen con alegría y reciban certeza, ya que decimos la palabra de la santa Escritura con gran amor y humildad. Y por el respeto y el amor que ven en nosotros, se apresurarán a tomar sus cargas, como el santo apóstol Pedro. Oyó muchas veces hablar de la cruz y de la muerte y se alegró, como si nunca hubiera oído nada semejante, por amor al Maestro. No se preocupaba en absoluto de los milagros, como hacen los incrédulos, sino que dijo al Señor: «Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). No fue así con Judas, que murió dos veces: se ahorcó y no murió, sino que siguió viviendo sin arrepentirse, cayó gravemente enfermo y «reventó por medio» (Hch 1,18), como dice el apóstol Pedro en los Hechos de los Apóstoles.
El santo apóstol Pablo, escribiendo a los hermanos, dice a veces: «Por el profundo afecto que os teníamos, nos complacíamos en daros no solo el Evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas» (1 Tes 2,8); y a veces: «Somos vuestros siervos por amor de Jesús» (2 Cor 4,5). Y escribiendo a Timoteo enseñaba: «No reprendas con dureza a un anciano, sino exhórtalo como a un padre, y a los jóvenes como a hermanos» (1 Tim 5,1). ¿Quién puede abarcar la humildad de los santos y su amor ardiente al Señor y a sus prójimos?
Con todo, hemos de ser cuidadosos no solo en esto, sino también en lo que decimos y en lo que escribimos. Pues quien quiera enseñar a otro, o darle consejo o instrucción, debe primero, como dice la Escala, purificarse de las pasiones, para comprender verdaderamente el propósito de Dios y el estado de quien le pide una palabra; pues la misma medicina no conviene a todos, aunque se trate de la misma enfermedad. Después debe cerciorarse, respecto de quien pide consejo, de si le obedece en alma y cuerpo, o si pregunta por deseo propio con fe ardiente y busca una palabra sin examinar al maestro, o si alguna otra necesidad lo obliga a fingir que quiere oír una palabra; para que ambos no caigan en el engaño y en la charla ociosa, en la astucia y en todo lo demás. Pues entonces el discípulo se ve forzado a hablar contra su voluntad, presionado por el maestro, y por vergüenza miente y disimula, aunque quiere hacer el bien; mientras que el maestro engaña y habla con dulzura al discípulo para conocer su secreto, es decir, sus pensamientos; en resumen, recurre a toda clase de artimañas y de charla ociosa, como dice Salomón: «En el mucho hablar no faltará el pecado» (Prov 10,19). También Basilio el Grande escribió sobre los pecados que de esto se derivan.
Hemos dicho esto no para negar la enseñanza a quienes se ponen bajo nuestra obediencia con fe firme —sobre todo cuando somos impasibles—, sino para que no enseñemos con presunción y vanagloria, estando todavía sujetos a las pasiones, a quienes no quieren escuchar ni las obras ni la fe ardiente; y para que no hagamos esto como hombres que tienen autoridad. Antes bien, hagamos como dicen los padres: «No es bueno hablar a nadie sin preguntar a los hermanos»; esto es, servirse del consejo, para que todo bien provenga de la buena voluntad; y al enseñar comportémonos como dice el apóstol: «No dominando sobre los que están a vuestro cargo, sino siendo ejemplos del rebaño» (1 Pe 5,3). Y el apóstol dice a san Timoteo: «Es el labrador que trabaja duro quien debe recibir el primero su parte de los frutos» (2 Tim 2,6); y el labrador es el hombre apto para enseñar. Y de nuevo: «Que nadie menosprecie tu juventud» (1 Tim 4,12), es decir, no hagas nada propio de la juventud, sino sé perfecto en Cristo.
Asimismo se dice de los ancianos que los padres no hablaban de la salvación del alma sin preguntar antes a los hermanos, sino que tenían tal modo de hablar por pura insensatez. Y así es verdaderamente: cuando pensamos que sabemos más que otro, empezamos a hablar por nuestra propia autoridad. Pues cuanto más esclavizados estamos, tanto más libres nos imaginamos. Lo contrario sucede con los santos: cuanto más se acercan a Dios, tanto más se ven a sí mismos como pecadores, según dice san Doroteo. Y quienes han recibido conocimiento de Dios quedan asombrados y permanecen en el asombro; y los ángeles, por su gozo y su admiración sin fin, nunca se sacian de palabras de alabanza.
Y quienes han recibido la gracia de alabar al Señor de este modo lo alaban sin fin, «asombrados de lo que Él hace», como dice Crisóstomo, y «conociéndolo cada vez más», como dice el Teólogo. Así ocurre con todos los santos en el siglo presente y en el venidero.
Y así como las potencias espirituales se dan iluminación unas a otras, así los hombres aprenden palabras unos de otros. Unos, teniendo experiencia de las divinas Escrituras, enseñan a los que están por debajo de ellos; y otros, enseñados espiritualmente por el Espíritu Santo, transmiten por escrito su conocimiento a los demás. Por eso todos deben humillarse ante Dios y, por Él, también unos ante otros, como hombres que han recibido de Dios su existencia y todo lo demás, y por medio de Él su conocimiento unos de otros. Quien tiene humildad se vuelve más iluminado, y quien no quiere humillarse permanece en tinieblas, como el lucero del alba, que entonces se convirtió en el diablo. Pues al principio pertenecía al orden más alto de las potencias espirituales, estando ante el temible trono, y era el primero entre los puestos sobre la tierra; y por su soberbia se hizo no solo inferior a los nueve órdenes, sino inferior a nosotros, que habitamos en la tierra, junto con quienes lo escucharon, y fue arrojado al Tártaro por su ignorancia. Por eso se ha dicho muchas veces que la soberbia sola, sin ningún otro pecado, es capaz de destruir el alma.
«A quien tiene por pequeños sus pecados», dice Isaac el Sirio, «se le permite caer en otros mayores.» Y «quien ha recibido de Dios un don y ha sido ingrato lo pierde», dice Basilio el Grande; mientras que la acción de gracias intercede por nosotros. Pero que nuestra acción de gracias no sea como la del fariseo, que condenaba a los demás y se justificaba a sí mismo, sino como la del mayor de los deudores, que da gracias en su pobreza y se admira de la indescriptible longanimidad de Dios. Y no solo eso: debemos admirarnos también de que Dios, que es alabado por todos y es inagotable, acepte nuestra acción de gracias incluso mientras lo importunamos y lo ofendemos continuamente, a pesar de tantos beneficios suyos, generales y particulares, de los que escribieron Gregorio el Teólogo y los demás padres; beneficios no solo del cuerpo, sino también del alma, de toda clase y sin número.
Uno de estos beneficios es que algunos pasajes de las divinas Escrituras son claros y fáciles de entender, mientras que otros están ocultos y son difíciles de captar: para que por los primeros atraigamos a la fe a los descuidados y recobremos a quienes la están perdiendo, y por los segundos no caigamos en la desesperación y la incredulidad por nuestra incapacidad de comprender. Estos pasajes ocultos nos protegen de caer bajo una condena mayor, como la que incurriríamos por palabras claras; nos llevan a trabajar de buena gana y, «deseando comprender lo desconocido mediante la acción, a recibir alabanza por ello», como dice Crisóstomo.
Que la repetición frecuente en las divinas Escrituras no es verbosidad.
Las divinas Escrituras repiten a menudo la misma palabra, y sin embargo esto no es verbosidad. Se hace para recordar incluso a los más perezosos mediante recordatorios frecuentes y para llevarlos, de un modo extraño y amoroso, a comprender lo que se dice. Aunque las palabras sean breves y se lean deprisa, no pasarán volando junto al oído; sobre todo cuando estamos ocupados con las cosas de cada día y no sabemos casi nada. Por eso dice Crisóstomo: «Un poco no es la parte entera; es una parte de una parte.» Tal conocimiento pasará, pero no será destruido ni se volverá nada; pues si no tuviéramos conocimiento no seríamos hombres. Lo parcial pasará, porque veremos plenamente, «cara a cara», así como el niño pasa cuando el niño se hace hombre, según explica el propio apóstol, tomando al niño como ejemplo (cf. 1 Cor 13,10-11). O, como dice de nuevo Crisóstomo: «Ahora sabemos que hay un cielo, pero no sabemos cómo es; y entonces lo menor pasará por causa de lo mayor, es decir, de nuestro conocimiento, y sabremos cómo es; y así nuestro conocimiento crece.»
Pues muchos misterios están escondidos en las divinas Escrituras, y no conocemos el propósito de Dios en lo que se dice. «Pero no te enorgullezcas de tu ignorancia», dice el Teólogo, censurando lo que hemos descrito y exhortando al discernimiento. «Es irracional e insensato atender no a la fuerza de la intención, sino solo a las palabras», dice el gran Dionisio. Cuando un hombre busca con llanto bienaventurado, entonces hallará; pues esta es obra del temor, por el cual llega la revelación de los misterios.
El profeta Isaías dice: «Los muertos no vivirán» (Is 26,14), y después dice: «Los muertos resucitarán.» Pero esto no es una contradicción, como suponen quienes no conocen la intención, según se ha dicho acerca de la contemplación de las divinas Escrituras. Lo primero se dice de los ídolos de los paganos, que no cobrarán vida porque no tienen alma; y lo segundo, «los muertos resucitarán», se dice de la resurrección general y del gozo de los justos; y no solo de eso, sino también de la resurrección de los muertos junto con nuestro Salvador Jesucristo.
Del mismo modo, en el santo Evangelio los evangelistas hablan de la transfiguración del Señor: uno dice «después de seis días» (Mc 9,2), el otro «unos ocho días después de estas palabras» (Lc 9,28), contando los días en que el Señor obró maravillas y enseñó. El uno cuenta omitiendo el primer y el último día, y así habla de seis días; el otro añade el primer y el último día, y así habla de ocho.
Y Juan el Teólogo en su santo Evangelio habla de modo distinto en dos lugares. En el primero dice: «Muchas otras señales, que no están escritas en este libro, hizo Jesús en presencia de sus discípulos» (Jn 20,30); y en el segundo: «Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús»; y aquí ya no dice que se hicieran en presencia de los discípulos. San Prócoro menciona esto, y escribió acerca de ambos pasajes: que el evangelista recordó los milagros que el Señor realizó pero no los describió en detalle, ya que los otros evangelistas lo habían hecho antes, y por eso simplemente añade las palabras «en presencia de sus discípulos»; mientras que su segunda afirmación se refiere a la creación del mundo, cuando el Verbo de Dios era incorpóreo y junto con el Padre hizo todo de la nada, diciendo «Hágase», y «así fue» (cf. Gn 1). «Pero si yo solo escribiera todo…» (cf. Jn 21,25), dice el Teólogo.
Esto significa que toda Escritura, y toda palabra de Dios o de algún santo, encierra en sí una intención oculta acerca de las criaturas sensibles o inteligibles; y lo mismo vale para el habla humana. Nadie conoce el sentido de una afirmación dada sino por revelación, como dice el Señor acerca del viento: «El viento sopla donde quiere…» (cf. Jn 3,8). Crisóstomo dice de esto: «Cristo no quiere decir que el aire tenga poder para soplar donde quiera; sino que, en atención a la debilidad de Nicodemo, el Señor tomó el viento como ejemplo para que Nicodemo comprendiera de qué hablaba. Habló del Espíritu Santo en una parábola tomada del aire, diciendo: las palabras que os he dicho son espíritu»; es decir, las palabras dichas a Nicodemo y a algunos otros son palabras sobre cosas espirituales y no sobre lo que vosotros suponéis; no hablo de cosas corporales, ya que son las cosas corporales las que vosotros entendéis.
«Por eso —dice Juan Damasceno—, cuando no has oído de aquel de quien es la palabra cuál es la intención de la palabra, no puedes decir que conoces su intención.» ¿Cómo, pues, se atreve alguien a decir que conoce la intención de Dios escondida en las santas Escrituras, sin la revelación del Hijo de Dios? Cristo mismo dice: «A quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27); es decir, al hombre que desea recibir de Él las divinas enseñanzas. Y quien dice que sabe sin ellas, solo piensa que ha recibido conocimiento de Dios, dice el autor de la Escala; el Teólogo se dirige a tal hombre como «tú, escriba», condenando la exaltación de sí mismo que le hace creer que posee algo. Pero lo que cree tener le será quitado, porque no quiso decir, como hicieron todos los santos: «No lo sé», para que le fuera dado por la humildad; como aquellos que, aun sabiendo, decían que no sabían. Pues el apóstol no dijo «no sabe», sino que no sabía «como conviene saber» (1 Cor 8,2): de modo que, aunque sepa, no es como debería.
El conocimiento falso se da cuando un hombre cree saber algo que nunca ha sabido. Y esto es peor que la ignorancia completa, dice Crisóstomo, porque tiene por buena su peor ignorancia. Por eso los padres dicen que debemos estudiar lo que se dice en las Escrituras con humildad y con consejo, y aprender más por la obra que por la palabra. Y en cuanto a lo que las Escrituras no pasan en silencio, Antonio el Grande habla de quienes intentan predecir el futuro como ocupados en una obra indigna, aunque el futuro pueda en efecto llegar a conocerse por la providencia de Dios (cf. Dan.)
…4) y, en la antigüedad, por medio de Balaam (cf. Núm 22), para el bien común, incluso cuando tales hombres eran indignos, y no por medio de los demonios; particularmente cuando tales predicciones llegan en sueños o visiones. Pero esto no se dice para que estudiemos las Escrituras solo mediante obras corporales y morales y hallemos «la vida eterna» según el mandamiento del Señor (cf. Jn 5,39); más bien se dice para que no busquemos solo con palabras y nos imaginemos que comprendemos algo, especialmente lo que nos está oculto. Que sirva para nuestra mayor humildad, a fin de que no seamos condenados como hombres que poseen conocimiento. Pues cuando un intelecto que ha sido hallado digno de recibir conocimiento no se esfuerza en ejercitarse mucho y con atención, con humildad y temor de Dios, en la enseñanza de las divinas Escrituras y en el conocimiento que le ha sido dado, entonces se le priva de ese conocimiento como indigno del don, «así como Saúl perdió su reino», dice san Máximo.
Quienes se ejercitan y luchan deben, como David, orar siempre (cf. 1 Sam 13) y decir: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva dentro de mí un espíritu recto» (Sal 50,12), para ser hallados dignos del descenso del Espíritu Santo, como los apóstoles, que en otro tiempo recibieron la gracia a la hora tercera del día (cf. Hch 2,15), según se dice en los Hechos: «pues es solo la hora tercera del día»; y aquel día era domingo, como dice el divino Lucas.
Pentecostés es el séptimo domingo después del domingo en que cae la fiesta que en hebreo se llama «Pascua» y se traduce al griego como «paso» o «libertad». Y el domingo que llega después de cincuenta días se llama Pentecostés, como cumplimiento de los días que median entre uno y otro, y como la Pascua de los cincuenta días señalados por la Ley. Así dice Juan el Teólogo en su Evangelio: «En el último día, el grande de la fiesta», pues entonces era la dedicación de la fiesta pascual. De aquellas horas se heredó una gracia triple, como dice Juan Damasceno, y así sucesivamente: es decir, a la hora tercera, solo en el día del Señor, para enseñarnos a contar tres hipóstasis en la simplicidad de un solo poder, esto es, de una sola Divinidad. Pues el domingo es el día uno de la semana, y no el primer día de la semana, dice Crisóstomo.
La divina Escritura distingue este día de los demás, y en las profecías del Antiguo Testamento no se lo llama segundo en orden como a los otros días. Si la Escritura no distinguiera este día, lo llamaría el primero; pero como lo distingue, lo llama «el primero después del sábado», es decir, el primero de la semana. Y en la nueva gracia este día se llama santo domingo, porque en este día se cumplieron los actos especiales y más grandes de la autoridad de Dios: la Anunciación, la Natividad del Señor y la Resurrección del Señor; y en domingo tendrá lugar la resurrección general de los muertos. «En domingo —dice Juan Damasceno— creó Dios la luz natural, y en domingo tendrá lugar la venida del Señor, de modo que este día, el día uno y único, durará por siglos sin fin, más allá de estos siete siglos que tienen días y noches.»
Por qué se mencionan en esta obra los títulos de los libros y los nombres de los santos.
Lo que se nos ha concedido aprender de los santos acerca del propósito de tales obras, lo aprenderemos también de lo alto en cuanto al propósito de toda empresa de la que habla este discurso. Se mencionan de cuando en cuando los títulos de los libros y los nombres de los santos, para que recordemos siempre sus palabras y el celo de sus vidas, como dice Basilio el Grande; para que los que saben lo recuerden y los que no saben busquen el libro adecuado. Además de esto, el nombre de un santo o de sus escritos se consigna para que se los recuerde con más frecuencia, y para que a partir de sus breves sentencias evoquemos más a menudo sus obras y sus palabras y comprendamos mejor las palabras de las divinas Escrituras contenidas en los dichos de los santos, que son maestros de discernimiento y de buen consejo. Y también para que los hombres recuerden que estas no son palabras mías, sino de las divinas Escrituras; y para que se admiren y consideren el inefable amor de Dios al hombre: cómo por medio del papel y la tinta Dios cuidó de la salvación de nuestras almas y nos dio tales Escrituras y tales maestros de la fe ortodoxa. Y cómo yo, ignorante y descuidado como soy, recibí la gracia de leer tantos escritos, aunque no tenía libro propio ni ninguna otra cosa, sino que fui siempre forastero y pobre, y sin embargo viví siempre en completa paz y libre de preocupaciones, con gran holgura corporal.
Algunos de los discursos quedan sin título; esto se debe a mi descuido, y también a que el discurso no se hiciera demasiado largo. Las preguntas y respuestas sobre asuntos generales se dan en bien del conocimiento, y en acción de gracias a Aquel que dio a nuestros santos padres conocimiento y discernimiento, y por medio de ellos nos lo dio a nosotros, que somos indignos, y para reprocharnos a nosotros, que somos débiles e insensatos.
Se dijo algo también acerca de los justos que se salvaron en la antigüedad, teniendo grandes riquezas y viviendo entre pecadores e incrédulos. Tenían la misma naturaleza que nosotros, que no queremos alcanzar la medida de la perfección; y aunque adquirieron gran experiencia y conocimiento del bien y del mal, aprendieron lo que sabían, e incluso este conocimiento de las Escrituras fue hallado digno de mayor gracia.
Se hizo mención también de nuestra obra monástica, para que sepamos que podemos salvarnos en todas partes cuando abandonamos nuestros propios deseos. Si no lo hacemos, no tendremos paz y no podremos conocer ni cumplir la divina voluntad. Pues nuestra propia voluntad es la barrera que nos separa de Dios; y hasta que la barrera sea destruida, no podemos conocer ni hacer lo que Dios dice, sino que quedaremos fuera de ella, y nuestros enemigos nos harán violencia incluso contra nuestra voluntad.
Y puesto que la libertad de discusiones está por encima de todo lo demás, sin ella no podemos ser purificados, ni comprender nuestra propia debilidad y las asechanzas de los demonios, ni captar el poder y la providencia de Dios a partir de las divinas palabras que cantamos y leemos. Todos los hombres deben practicar la quietud, sea parcial o completa; sin ella nadie puede alcanzar el conocimiento espiritual y la humildad de pensamiento, por los cuales se pueden comprender todos los misterios escondidos en las divinas Escrituras y en todas las obras de Dios. Y no se deben usar ni cosas, ni palabras, ni empresas, ni pensamientos más allá de lo necesario para el alma, para la salvación y para la vida del cuerpo. Sin discernimiento, lo que parece bueno es en realidad desagradable a Dios; y hacer el bien sin una intención verdadera no aprovecha a nadie.
Los tropararios se escribieron antes para que se comprendieran junto con las Escrituras, y para que aquellos cuyo intelecto es todavía débil se movieran a compunción, como dice el autor de la Escala. «Pues un canto —dice Basilio el Grande— lleva la mente del hombre adonde quiere: al llanto, o al amor, o a la tristeza, o a la alegría.» Y debemos estudiar las Escrituras, según el mandamiento del Señor, para hallar en ellas la vida eterna (cf. Jn 5,39), y estar atentos al contenido de los salmos y de los tropararios para aprender de su hondo sentido acerca de cosas que no conocemos. «Pues —dice Basilio el Grande— hasta que un hombre adquiere conocimiento, no sabe lo que está perdiendo.»
Por qué se escribió cómo nacen las virtudes y las pasiones.
Lo que se escribió acerca de cómo nacen las virtudes y las pasiones se escribió en bien del conocimiento y de la comprensión, para que cada uno, sabiendo de dónde vienen, luche por adquirir las primeras y librarse de las segundas, y venza las pasiones con la acción contraria. Las obras corporales deben protegerse siempre, como las plantas, con obras de perfección; debemos atender siempre a las virtudes del alma y aprender cómo adquirir cada virtud, aprendiéndolo de las divinas Escrituras y de los hombres santos, y guardándolo con diligencia, con dolor del alma, como un tesoro, hasta adquirir un hábito estable en esa virtud. Y entonces debemos empezar diligentemente a adquirir otra virtud, como dice Basilio el Grande, para no agotarnos asumiendo todas las virtudes a la vez. Comencemos por soportar las tristezas que nos sobrevienen, y luego, con buena fortaleza, pasaremos a las demás con todo celo, con la intención de agradar a Dios.
Todos nosotros debemos guardar los mandamientos como cristianos; pues no necesitamos trabajo corporal para adquirir las virtudes del alma, sino solo el deseo y el celo de recibir el don, como dicen Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y otros. Sin embargo, es más fácil adquirirlas mediante obras corporales, especialmente para quienes viven en la quietud, con impasibilidad y libres de preocupaciones; pues un hombre no puede corregir sus hábitos si no está libre de bullicio y atiende a ello. Por tanto, el asceta debe ante todo adquirir la impasibilidad apartándose de las cosas y de las personas; y cuando llegue el momento, tendrá autoridad sobre otros y lo dispondrá todo sin condena y sin daño para sí, pasando del hábito estable a la impasibilidad completa; sobre todo si ha recibido una llamada de Dios, como dice Juan Damasceno, igual que Moisés, Samuel, los profetas y los santos apóstoles, para la salvación de muchos. Y debe estar dispuesto no solo a aceptar tal llamada, sino también a declinarla, como Moisés, Habacuc, Gregorio el Teólogo y otros. Y como dice san Prócoro de san Juan el Teólogo: aunque no deseaba dejar la quietud que amaba, su deber era no callar, sino predicar como apóstol.
Y no se retiró a la quietud porque estuviera sujeto a las pasiones —que nadie diga tal cosa de un hombre tan impasible—, sino porque no quería ser apartado de la contemplación de Dios y perder la dulzura de la libertad de discusiones. Otros, que eran impasibles, huyeron a los desiertos interiores por humildad, temiendo la vanagloria, como Sisoes el Grande. Cuando su discípulo lo invitó a un lugar de descanso, no quiso escucharlo, sino que dijo: «Vayamos donde no haya gente.» Había alcanzado tal impasibilidad que estaba cautivo del amor de Dios y, fuera de él, no sentía absolutamente nada; ni siquiera sabía si había comido o no.
En una palabra, todos estos hombres entregaron sus propios deseos en completa quietud. Algunos recibieron de su maestro la ordenación como discípulos, para enseñar a otros, recibir sus pensamientos y soportarlos, ya como obispo, ya como abad, habiendo recibido el sello del descenso del Espíritu Santo en la percepción del intelecto, como los santos apóstoles y los que fueron antes que ellos, Aarón, Melquisedec y los demás. Y Juan Damasceno dice: «Quien presuntuosamente se atreve a descender a tal rango, es condenado.» Pues quienes entran desvergonzadamente en algún cargo sin mandato real son severamente condenados; ¿cuánto mayor condena, entonces, espera a quienes se atreven a asumir los dones de Dios sin el mandato de Dios? Y es todavía peor cuando, por ignorancia y soberbia, piensan que no serán condenados por esta temible empresa, o suponen que por ella obtendrán honor y comodidad, en lugar de una humildad sin límites y la ocasión de ir a la muerte por los amigos y por los enemigos cuando llegue el momento, como hicieron los santos apóstoles cuando enseñaban a otros, siendo ellos mismos impasibles y sabios. Cuando no sabemos que somos flacos y débiles —y hay que decirlo—, la soberbia y la ignorancia ciegan a quienes no quieren ver de lejos su propia debilidad y su propia ignorancia.
Dicen los ancianos que la celda del monje es el horno de Babilonia donde los tres jóvenes hallaron al Hijo de Dios. Y de nuevo: «Siéntate en tu celda, y ella te lo enseñará todo.» Y el Señor dice: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). El autor de la Escala nos recuerda que Salomón aconseja: «No te desvíes ni a la derecha ni a la izquierda» (Prov 4,27), sino anda por el camino medio; es decir, guarda la quietud con uno o dos compañeros, sin estar solo en el desierto ni en una comunidad numerosa; el medio entre estos dos es útil para muchos. Y de nuevo: el ayuno humilla el cuerpo, la vigilia ilumina el intelecto, la quietud trae el llanto, y purifica al hombre, y lava el alma, y la hace libre de pecado.
Al final, por tanto, se dan los nombres de todas las virtudes y pasiones, para que sepamos cuántas virtudes hemos de adquirir y cuántos pecados hemos de llorar. Pues no hay purificación sin llanto, ni hay llanto sin súplica incesante. Sin purificación del alma no hay certeza, y sin certeza es duro para el alma dejar el cuerpo, ya que «lo que se desconoce —dice el autor de la Escala— puede también estar equivocado».
Las ocho contemplaciones ya mencionadas no son obras nuestras, sino recompensas de nuestras virtudes, y no podemos adquirirlas con solo leer, aunque en nuestro celo soberbio, como dice el autor de la Escala, nos lancemos hacia la más perfecta de ellas, es decir, hacia las cuatro últimas; pues estas son celestiales, y un intelecto impuro no puede contenerlas. Que todo nuestro celo se dirija a las virtudes del cuerpo y del alma, y así nacerá en nosotros el primer mandamiento, esto es, el temor de Dios. Y cuando permanezcamos en él, nacerá el llanto; y en la medida en que nos acostumbremos a permanecer en una contemplación, dice san Isaac, en esa medida la gracia de Dios —madre de todas las contemplaciones— nos dará más que esto, hasta que adquiramos dentro de nosotros las siete contemplaciones; y la octava contemplación, que es la actividad del siglo venidero, pertenecerá a quienes practican las virtudes con diligencia y con la verdadera intención de agradar a Dios.
Cuando un pensamiento llega por sí solo de Dios, sea el primero o alguno inesperado, aunque no lo reconozcamos, debemos dejar al punto todos los cuidados de la vida, incluso la regla de oración, y guardar como a las niñas de nuestros ojos el conocimiento espiritual y la compunción que han llegado, hasta que se marchen por la providencia de Dios. Y luego, de la escritura de estas palabras, aprendamos siempre el temor y el llanto, tanto antes de la regla como después de ella, y cuando estemos libres de día y de noche, o mientras trabajamos; pues todavía somos débiles y propensos al sueño y al hastío, o bien estamos ociosos, y podemos llorar sin cesar, y las palabras dichas pueden apoderarse de nosotros, y esto trae lágrimas. Por eso se escribieron estas palabras: para que hombres inexpertos como yo, al aprender lo que aquí se dice y prestarle atención, saquen el intelecto del hastío. El hombre que tiene celo y experiencia, acostumbrado a hacer buenas obras, sabe mucho más de lo que aquí se dice, y sobre todo en el momento en que la gracia se mueve por sí misma; pues tal momento nos da mucho más poder que el impulso de nuestras propias acciones.
Con todo, que nadie piense que él mismo es el autor de tales dones. Puesto que ha recibido por encima de su mérito, que dé gracias y tema, no sea que sufra por ellos una condena mayor, como quien nada hizo y sin embargo fue hallado digno de la obra de los ángeles. El conocimiento y la fortaleza del alma se dan para estimular al intelecto a guardar los mandamientos y practicar las virtudes, y para que sepamos cómo y por qué lo hacemos, y qué debemos hacer y qué evitar, a fin de no ser juzgados; y para que, con las alas del conocimiento, obremos con alegría y ganemos todavía más conocimiento y fuerza para la acción y para el gozo. Y cuando esto suceda, demos gracias al Dador, sabiendo de quién recibimos tales beneficios. Y Aquel a quien damos gracias nos concederá beneficios mayores; y nosotros, habiendo recibido los dones, lo amaremos todavía más, y con el amor nos adueñaremos de la sabiduría de Dios, cuyo principio es «el temor del Señor» (Sal 110,10; Prov 1,7). «Y la obra del temor es el arrepentimiento, por el cual se rescatan los misterios», dice san Isaac.
Cómo guardar con temor la regla de la tarde.
Para comprender rectamente el temor, conviene hacer lo siguiente. Después de la regla de la tarde hay que decir el Credo, el Padre nuestro y «Señor, ten piedad» muchas veces; y luego sentarse mirando hacia el oriente, como quien llora a los muertos, moviendo la cabeza con dolor de alma y suspirando desde el corazón, y repasar las palabras escritas más arriba, que deben conocerse, empezando por la primera y continuando hasta la oración; y después postrarse ante Dios con indescriptible temor reverente y orar: primero con acción de gracias, luego con la confesión y las demás palabras de la oración, como ya se ha dicho. Pues san Atanasio dice: «Debemos confesar incluso los pecados de los que no somos conscientes, y aquellos de los que la gracia de Dios nos ha salvado, para que no seamos atormentados por ellos en la hora de la muerte. Y debemos también orar unos por otros, según el mandamiento del Señor y de los apóstoles.»
Las intenciones de la oración deben ser estas. Damos gracias por la acción de gracias de esta hora presente, reconociendo que es insuficiente y que en otros momentos somos descuidados, y que esta misma hora es gracia de Dios. Al confesar, reconocemos que sus dones son innumerables y que es imposible abarcarlos o verlos todos, sino solo oír hablar de ellos; y no de todos, sino de algunos; y que recibimos constantemente sus beneficios, abierta y ocultamente, y que su paciencia con la multitud de nuestros pecados es indescriptible; y que yo no soy digno ni de alzar los ojos, como no lo era el publicano, y que, no esperando nada sino el inefable amor de Dios al hombre, me postro como Daniel ante el ángel de Dios, y con toda mi alma, como los apóstoles y los demás padres; y aun esto es atrevimiento mío, ya que no soy digno de hacerlo.
Confieso brevemente todas las clases de mis pecados, para que, al recordarlos, los llore. «Prefiero gloriarme con gusto de mis debilidades, para que el poder de Cristo repose sobre mí» (2 Cor 12,9), dice el apóstol; y para que la multitud de mis pecados sea perdonada; pues no me atrevo a pedir por todos ellos, sino solo por la multitud. Y pido que toda mi malicia y todo hábito malo sean refrenados; y como no puedo resistirlos, pido al Todopoderoso que detenga la inundación de las pasiones y no me deje pecar ante Él ni ante los hombres, para que incluso por esto reciba la salvación por gracia. Y por la confesión de los pecados adquiero dolor del alma y aprendo a orar por los demás, como enseña el apóstol (cf. St 5,16), y adquiero amor a todos; y enumerando las clases de pasiones que nos hacen violencia, corro al Señor con compunción.
Oro también por quienes me han hecho mal, y me entristezco por el futuro, porque no deseo guardar ni rastro de rencor, y temo que en mi debilidad no pueda entonces soportar con paciencia y orar por ellos, según el mandamiento del Señor (cf. Mt 5,44; Lc 6,28). Y por eso me anticipo al momento, como dice san Isaac: llamando al médico antes de caer enfermo, y orando antes de que llegue la tentación. Oro también por los que ya han partido, para que reciban la salvación, y así recuerdo mi propia muerte.
Orar por todos es señal de amor, ya que yo mismo necesito las oraciones de todos. Y pido que Dios me guíe, que yo sea como Él quiere, y que me una a otros, para gozar del favor de sus oraciones, viéndolos en todo superiores a mí. No me atrevo en este momento a pedir perdón por ningún pecado mío, no sea que, poniéndome a mí primero, haga a los demás indignos del perdón. Y como quien nada sabe y nada puede, corro hacia Él y pido que me suceda como quiera su amor al hombre. Temo su justicia, pues soy pecador; y digo solo esto: «Que no pierda mi lugar a tu derecha, aunque sea el último de todos los que se salvan, ya que veo que no soy digno de ellos.»
Oro también por el mundo entero, como nos enseña la Iglesia, y para recibir la divina Comunión como conviene; para que, al orar, halle un auxiliador para mí cuando desee comulgar; para recordar la purísima pasión del Salvador y llegar a amar su memoria; y para que la Comunión sea para mí unión con el Espíritu Santo. Pues el Consolador mismo consuela a quienes lloran por Dios, en el siglo presente y en el venidero, cuando con toda su alma y con muchas lágrimas le oran y dicen: «Rey celestial…» Y que la Comunión de los santos Misterios sea prenda de la vida eterna, que está en Cristo, por las oraciones de su purísima Madre y de todos los santos. Y me inclino ante todos los santos y les ruego que oren por mí, ya que ellos pueden llevar las oraciones a la Señora.
Y así, como de costumbre, comienzo la oración de Basilio el Grande, que contiene una teología admirable, deseando solo pedir la voluntad de Dios y bendecirlo. Y después digo enseguida a mis pensamientos, con gran fuerza y atención: «Venid, adoremos…» tres veces, y todo lo demás como está escrito, para que por la oración del corazón y por la enseñanza de las divinas Escrituras el intelecto se purifique y comience a ver los misterios escondidos en las divinas Escrituras.
Que el alma debe estar libre de rencor, sobre todo en la oración.
Que el alma esté libre de todo rencor, y sobre todo libre de rencor durante la oración, como dice el Señor (cf. Mc 11,25; Ef 4,31; 1 Tim 2,8). Por eso Basilio el Grande, castigando la contradicción como padre del rencor, aconseja al abad que imponga al hombre que contradice muchas postraciones, cerca de mil. Y al nombrar el número de postraciones dice: «O mil, o una»; es decir, el hombre pendenciero debe hacer toda una serie de postraciones ante Dios, o una sola ante el abad, diciendo: «Perdóname, padre.» Con esa única postración quedará liberado de sus ataduras, cortando la pasión de discutir. «La contienda no tiene lugar en la vida cristiana», dice san Isaac, habiéndolo aprendido del apóstol, que dice: «Si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios» (1 Cor 11,16); para que todos sepan que cuando discuten se colocan fuera de todas las iglesias y fuera de Dios.
Solo necesita aquella única postración milagrosa; y si no la hace, entonces ni mil le servirán, porque no se ha arrepentido. «El arrepentimiento es el abandono del mal», dice Crisóstomo; y las postraciones mencionadas son simplemente la flexión de las rodillas, que significan que el hombre toma forma de siervo cuando, sin levantarse, cae ante Dios y ante los hombres después de pecar en algo. De otro modo, el alma encuentra con qué justificarse. Pero que no contradiga en absoluto, ni intente justificarse como el fariseo; antes bien, que imite al publicano, considerándose el peor de todos e indigno de alzar los ojos. Si el alma piensa que se ha arrepentido y sin embargo se atreve a contradecir a quien la juzga, sea con palabras o sin ellas, entonces no es digna del perdón que viene por gracia, ya que busca juicios y excusas y cree obrar rectamente. Tal actitud es ajena a los mandamientos de Dios.
Y verdaderamente, donde un hombre busca justificar sus palabras hay justicia pero no amor al hombre, y la gracia no obra; esa gracia que justifica al impío al margen de las obras de justicia, por el simple discernimiento y por el soportar con paciencia y acción de gracias los reproches, incluso de quienes reprenden con completa insolencia, para que su oración sea pura y su arrepentimiento válido. En la medida en que un hombre ora por quienes lo calumnian y lo injurian, en esa medida Dios le descubre a quienes le son hostiles y le da paz con oración pura e incesante.
Y cómo aquellos que más desean estar con Él multiplican vigilantes sus palabras, dándole gracias o confesándole tan grandes beneficios suyos, y lo hacen con fuerza; como dice Crisóstomo del bienaventurado David, que no es charla ociosa ni verbosidad repetir muchas veces la misma sentencia o una semejante. El profeta alentaba el amor y quería que la palabra de la oración quedara impresa en la mente de quien ora o lee. Dios lo sabe todo antes de que se haga y no necesita escuchar largos discursos; pero nosotros necesitamos saber qué pedimos y por qué oramos, para adquirir comprensión y acercarnos a Dios con nuestras peticiones. De otro modo, vencidos por nuestros pensamientos, seremos derrotados por nuestros enemigos, porque dejaremos de acordarnos de Dios. Pero con la ayuda de la oración y de las divinas Escrituras adquiriremos las virtudes sobre las cuales los santos padres, cada uno en su lugar, escribieron por la gracia del Espíritu Santo. Y yo, habiéndolos leído y comprendido, nombraré ahora el orden de las virtudes en la medida en que pueda, aunque no estarán incluidas todas, ya que no puedo recordarlas todas.
Lista de las virtudes.
La sabiduría, la fortaleza, el valor, la verdad, la fe, la esperanza, el amor, el temor, la piedad, el conocimiento, el consejo, la fuerza, el entendimiento, la prudencia, la contrición, el llanto, la mansedumbre, el estudio de las divinas Escrituras, la limosna, la pureza de corazón, la paz, la paciencia, el dominio de sí, la perseverancia, la buena concordia, la recta intención, la percepción, la diligencia, el beneplácito de Dios, el ardor, el buen ánimo, el calor del espíritu, la instrucción, la laboriosidad, la sobriedad, el recuerdo, la concentración de los pensamientos, la reverencia, el pudor, la modestia, el arrepentimiento, el apartamiento de los pecados, la penitencia, la conversión a Dios, la unión con Cristo, la renuncia al diablo, el cumplimiento de los mandamientos, la guarda del alma o una conciencia limpia, el recuerdo de la muerte, el dolor del alma, las buenas obras, el trabajo, la lucha ascética, una vida de austeridad, el ayuno, la vigilia, el hambre, la sed, las pocas necesidades, el contentarse con lo que se tiene, la bondad, la decencia, la honradez, la devoción, el desinterés por los bienes, la libertad del amor al dinero, el apartamiento de los cuidados mundanos, la sumisión, la obediencia, la pronta docilidad, la pobreza, la no posesión, el retiro del mundo, el corte de la propia voluntad, la abnegación, el consejo, la generosidad, el apartamiento por amor de Dios, la quietud, la enseñanza, el dormir en el suelo, el no lavarse, el servicio a los demás, la atención, la comida seca, el prescindir de adornos, el desgaste del cuerpo, el retiro, la vida eremítica, el silencio, la satisfacción, la audacia, el valor, el celo divino, el fervor, el progreso, la locura por Cristo, la guarda del intelecto, el ordenamiento de las propias costumbres, la santidad, la virginidad, la santificación, la pureza del cuerpo, la lectura por Cristo, la petición divina, el conocimiento, el aprendizaje, la verdad, el desinterés, el no juzgar, el perdón de las deudas, la buena administración, la hospitalidad, el discernimiento, la moderación, el uso recto de las cosas, la comprensión, la penetración, la experiencia, la salmodia, la oración, la acción de gracias, la confesión, la genuflexión, la súplica, el ruego, la intercesión, el himno, la doxología, el reconocimiento, la tristeza, el duelo, el sollozo, el suspiro, el llanto, las lágrimas de dolor, la compunción, el silencio, la búsqueda de Dios, el clamor del lamento, la libertad de todo cuidado, el desprendimiento, la libertad de vanagloria, el desinterés, la sencillez del alma, la compasión, el rechazo de la ostentación, las obras según la naturaleza, las obras por encima de la naturaleza, el amor fraterno, la concordia, el hablar de Dios, la dulzura, una disposición espiritual, el sosiego, la honradez, la integridad, la sencillez, la alabanza digna, las palabras amables, el consuelo, el dar preferencia al prójimo, el amor de Dios, la destreza en la virtud, la constancia, la diligencia incesante, el discernimiento, la humildad, la impasibilidad, la magnanimidad, la longanimidad, la bondad, la benevolencia, la prudencia, la accesibilidad, la acogida, la libertad de inquietud, la contemplación, la guía, la firmeza, la penetración, la impasibilidad, el gozo espiritual, el temor reverente, las lágrimas del intelecto, las lágrimas del alma, el anhelo de Dios, la generosidad, la misericordia, el amor al hombre, la pureza del alma, la pureza del intelecto, el discernimiento, la oración pura, una mente invencible, la firmeza, el fortalecimiento del alma y del cuerpo, la iluminación, la renovación del alma, el odio de esta vida, la recta enseñanza, un buen deseo de morir, la infancia en Cristo, la confirmación, la amonestación suave y moderada, el cambio digno de alabanza, el asombro ante Dios, la perfección en Cristo, la verdadera iluminación, el arrebato del intelecto, la inhabitación de Dios, el amor de Dios, la sabiduría interior, la teología, la confesión, el desprecio de la muerte, la santidad, la corrección, la salud completa del alma, la alabanza que viene de Dios, la gracia, el reino, la filiación: doscientas veintiocho en total (cf. Sal 81,6; Jn 10,30). Por la filiación el hombre se convierte en dios.
Por su gracia el Señor nos ha dado la victoria sobre las pasiones, que se nombran del modo siguiente.
Lista de las pasiones.
La ira, la astucia, la malicia, el mal pensar, la irracionalidad, el libertinaje, la disipación, la grosería, la ignorancia, la ociosidad, la frialdad, la dureza de corazón, la adulación, la estupidez, la palabra vana, el oscurecimiento del intelecto, el odio, la mala educación, la insolencia, el miedo, la amargura, la pereza para el bien, el pecar, la usura, la pobreza causada por la desidia, la falta de conocimiento, la insensatez, el conocimiento falso, el olvido, la imprudencia, la insensibilidad, la falsedad, la mala voluntad, la falta de conciencia, la dilación, la locuacidad, la distracción, la transgresión, el pecado, la iniquidad, la ilegalidad, la pasión, el cautiverio, el asentimiento astuto, el asentimiento irracional, la sugestión del diablo, el entorpecimiento, la comodidad inoportuna del cuerpo, la malicia, la caída, la enfermedad del alma, la impotencia, la flaqueza de la mente, la indolencia, la desidia, la tristeza mala, el desprecio de Dios, la ruina, la transgresión, la infidelidad, la desconfianza, la superstición, la poca fe, la herejía, el trato con la herejía, el politeísmo, la idolatría, la ignorancia de Dios, la impiedad, los hechizos, la adivinación, la hechicería, el conjuro, la negación de la fe, el culto de los ídolos, la intemperancia, la gula, el amor a la gloria, el descuido, el amor propio, la desatención, el fracaso, la ilusión, el error, la futilidad, el envenenamiento, la profanación, el comer lo profanado, la búsqueda del placer, la impureza, la codicia, la impureza del cuerpo, el amor al dinero, la ira, la tristeza, el hastío, la vanagloria, la soberbia, la imaginación, la exaltación de sí, la arrogancia, la locura, la desvergüenza, la hartura, la molicie, la embriaguez, el hartazgo, la indulgencia, la insaciabilidad, el comer a escondidas, el comer en exceso, el comer a solas, la negligencia, la complacencia en sí mismo, el valerse de sí mismo, el desamparo, la propia satisfacción, el buscar agradar a los hombres, la incapacidad de hacer el bien, la falta de instrucción, la ignorancia, la frivolidad, la simpleza necia, la exclusión, la negación, la contienda, la murmuración, el griterío, la confusión, la pendencia, la rabia, el deseo irracional, la cólera, la irritación, el dar ofensa, la enemistad, el entrometerse, la calumnia, la amargura, la difamación, el reproche, la maledicencia, la condena, la acusación, el odio, el insulto, el fastidio, el deshonrar, el furor, el frenesí, la crueldad, la maquinación perversa, el quebrantamiento de los juramentos, la maldición, la falta de misericordia, el odio al hermano, la parcialidad, el parricidio, el matricidio, el desenfreno, la relajación, el aceptar sobornos, el robo, el hurto, el saqueo, el desorden, la envidia, la rivalidad, el avergonzar, la burla, el desprecio, el enfado, la mofa, el soborno, la violencia, el desprecio del prójimo, el golpear con un palo, el maltrato, el estrangular, la falta de amor, la negativa a reconciliarse, la discordia, la imprudencia, la aspereza, la desvergüenza, el descaro, el cautiverio de los pensamientos, el oscurecimiento, la ceguera, la torpeza, el apego a las cosas pasajeras, la vanidad, la desobediencia, la pesadez de la cabeza, la somnolencia del alma, el sueño excesivo, el ensueño, la bebida desmedida, la embriaguez, la indecencia, el aflojamiento, el placer irracional, la voluptuosidad, la impureza, la difamación, la molicie, la incitación, la fornicación, la seducción de mujeres, el adulterio, la lascivia, la pasión bestial, la depravación, la impureza del alma, el incesto, la suciedad, la profanación, las amistades particulares, la risa, los juegos, las danzas, las palmas, los cantos indecentes, la francachela, la flauta, la insolencia, el exceso, la desobediencia, la inconstancia, el consentimiento malo, la traición, el homicidio, el robo, el sacrilegio, la ganancia deshonesta, la usura, la adulación, el saqueo de las tumbas, la dureza de corazón, las malas intenciones, la queja, la blasfemia, la ingratitud, el mal consejo, el mal genio, la pusilanimidad, la componenda, la mentira, la charla, las palabras necias, la alegría necia, la lisonja, la amistad imprudente, el disparate, el hablar desatinado, la verbosidad, la condena de lo que es bueno, la avaricia, la ira, la aversión, la indignación, la acumulación de muchas cosas, el rencor, el maltrato, los malos hábitos, el amor a esta vida, la insolencia, la arrogancia, el adulterio, la hipocresía, la burla, el chismorreo, el escarnio, el afán de vencer, la envidia satánica, la curiosidad entrometida, el apego, la falta de temor de Dios, la desobediencia, la ignorancia, la altivez, la jactancia, la arrogancia, la humillación del prójimo, la falta de caridad, la insensibilidad, el descuido, la desesperanza, el odio a Dios, la desesperación, la autodestrucción, el apartamiento total de Dios y la ruina completa: doscientas noventa y ocho en total.
Estas pasiones las hallé mencionadas en las divinas Escrituras y las reuní, como hice con los libros al comienzo de este discurso. No pude, ni me atreví, a ordenarlas, ya que eso sobrepasa mis fuerzas. Dice el autor de la Escala: «Busca conocimiento en el mal y no lo hallarás; pues todo lo demoníaco carece de orden y tiene una sola y misma intención, de modo que en ello incluso lo igual se vuelve desigual e indigno de honor: a saber, destruir las almas que aceptan su mal consejo. E incluso si llegan a ser causa de coronas para algunos hombres, siempre son vencidos por quienes confían en el Señor con fe y paciencia, que hacen buenas obras y resisten a los pensamientos que los combaten.»
Sobre la diferencia entre los pensamientos y las sugestiones.
Los pensamientos difieren entre sí en todo, ya que unos son sin pecado y otros no. El pensamiento que se llama sugestión —es decir, el simple pensamiento de algún objeto— no merece ni recompensa ni condena. Después viene lo que se llama acoplamiento, esto es, conversar con el pensamiento y o bien asentir a él o bien ahuyentarlo; y esto sirve de alabanza cuando agrada a Dios, y de pequeño reproche cuando es malo. Luego viene lo que se llama lucha, que termina o en victoria o en derrota, cuando el intelecto prevalece; y se convierte en causa de corona, o en causa de tormento cuando se vuelve acción. Después viene el asentimiento, es decir, la inclinación placentera del alma hacia lo que ha aparecido; y de esto viene el cautiverio, que por necesidad y contra la propia voluntad arrastra el corazón a la acción. Y cuando un pensamiento apasionado permanece largo tiempo en el corazón, se convierte en lo que se llama pasión, ya que atrae el alma hacia sí como un hábito y la fuerza a obrar.
«Tal pasión cae sin duda, en todo caso, o bien bajo un arrepentimiento moderado o bien bajo el tormento futuro», dice el autor de la Escala, «por la impenitencia y no por la lucha; pues si fuera por la lucha, entonces muchos no podrían recibir la absolución sin haber alcanzado la completa impasibilidad.» Y el mismo autor de la Escala dice que no todos pueden ser impasibles, pero todos pueden salvarse y reconciliarse con Dios.
El sabio rechaza la sugestión engañosa, madre de todos los males, para cortar de una vez todo mal; y el hombre bueno vuelve enseguida a su tarea, para que el cuerpo y el alma se acostumbren a la virtud y sean libres de las pasiones por la gracia de Cristo. Pues no hay nada en nosotros que no hayamos recibido de Él, ni nada que podamos ofrecerle, salvo una voluntad mala; y si no la tenemos, no hallaremos ni la fuerza ni el conocimiento para hacer el bien. Esta es obra del amor de Dios al hombre, para que no recibamos condena por la ociosidad; pues «muchos males se aprenden por la ociosidad» (cf. Sir 33,28).
Y no solo eso: incluso las buenas obras requieren discernimiento, dicen los ancianos. Pues aquella virgen que ayunó seis semanas y estudiaba constantemente el Antiguo y el Nuevo Testamento, y que no tenía obras ni penosas ni agradables, debería haber recogido de tantos frutos los frutos de la impasibilidad, y sin embargo no lo hizo, porque el bien no es bien cuando no se hace según la voluntad de Dios. Muchas veces podemos hallar en las divinas Escrituras que Dios se enoja con alguien que hace lo que a todos parece bueno y, al contrario, acepta a otro que ha hecho un supuesto mal. Testigo de esto es el discípulo del profeta que dijo a su compañero que lo golpeara; y cuando el hombre se negó, dijo que una fiera lo devoraría por no haber hecho el bien (cf. 1 Re 20,35-36). Y Pedro, pensando que hacía algo bueno, se negó a dejar que el Señor le lavara los pies, y por esto fue reprendido (cf. Jn 13,8). Por tanto, debemos buscar y hacer la voluntad de Dios con todas nuestras fuerzas, incluso cuando no nos parezca buena. Y por eso no hay buena obra sin esfuerzo: para que no perdamos nuestra alabanza por haber obrado por obligación.
Sobre los misterios de la Iglesia.
En una palabra, todo lo que Dios edifica es admirable por encima del intelecto y del pensamiento; pues el intelecto debe admirarse no solo de lo que se hace en la Iglesia ortodoxa, sino también de sus símbolos. Así, por el santo bautismo llegamos a ser hijos por gracia (cf. Jn 1,12; Gál 3,26), sin haber hecho nada antes de él ni nada después de él, salvo guardar los mandamientos. Y estas cosas temibles, es decir, el santo bautismo y la santa Comunión, no tienen lugar sin el sacerdocio, dice Crisóstomo; pues en esto se revela la autoridad dada al apóstol principal, Pedro. Cuando las puertas del Reino de los cielos no se abren por el sacramento, dice el Señor, nadie puede entrar: «Si uno no nace del agua y del Espíritu…» (cf. Jn 3,5). Y de nuevo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros» (Jn 6,53).
Y así como el templo antiguo era exteriormente símbolo de este mundo, en el cual los sacerdotes ofrecían sacrificios, así dentro de él estaba el Santo de los Santos, donde se ofrecía incienso de cuatro clases: olíbano, mirra, estacte y casia. Estas cuatro clases son símbolos de las cuatro virtudes principales.
Lo que se hacía fuera era símbolo de la condescendencia de Dios, para que los judíos, teniendo mente de niños, no se apartaran de Dios por sus cantos y su inclinación a la idolatría. Pero la Iglesia nueva es símbolo del siglo venidero, y por eso todo lo que en ella se realiza es celestial y espiritual. Y así como hay nueve órdenes en el cielo, así los hay en la Iglesia: patriarcas, metropolitas, obispos, presbíteros, diáconos, subdiáconos, lectores, cantores y monjes.
Incluso con la señal de la preciosa y vivificante cruz se ahuyentan los demonios y muchas enfermedades. Es del todo sencilla y fácil de hacer; ¿y quién podrá contar sus alabanzas?
Todo lo que se ha dicho desde el comienzo de este discurso no traerá provecho alguno sin la fe verdadera, así como la fe no trae provecho sin las obras. Muchos santos padres han escrito acerca de la fe y de las obras; y yo, recordándolos, diré solo brevemente que las obras deben estar en nosotros tal como están escritas, cada una en su propio orden, y que la fe ortodoxa debe ser la que hemos recibido de los santos aquí mencionados; para que junto con ellos entremos en los bienes eternos por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenecen toda gloria, honor y adoración, junto con su Padre que no tiene principio y con el Espíritu Santo, bueno y vivificante, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.