Del mismo venerable padre nuestro Teodoro: Discurso contemplativo
Discurso contemplativo de nuestro venerable padre Teodoro. Es un gran combate romper estas fuertes ataduras y liberarse de la servidumbre a las cosas terrenas, y adquirir una buena disposición. Incluso un alma valerosa necesita apartarse de todo lo terreno. Y lo que busca no es solamente la purificación de las pasiones, pues esto no es la virtud en sí, sino únicamente una preparación para la virtud. Es preciso limpiarse de los malos hábitos y adquirir la virtud.
La purificación del alma consiste en esto: en que la potencia racional se limpie de las imágenes terrenas y, según la palabra del Teólogo, de los engañosos afanes y cuidados cotidianos y de las malas inclinaciones, esto es, que cambie sus inclinaciones impropias y las abandone por completo; en que la potencia desiderativa no anhele nada terreno, ni mire las cosas sensibles, sino que escuche a la razón; y en que la potencia irascible no se turbe por nada.
Tras la purificación y la mortificación de toda disposición impura, necesitamos la ascensión y la deificación; quien rehúye el mal debe hacer el bien. Y sobre todo hay que negarse a sí mismo y, tomando la cruz, seguir al Señor hacia la deificación suprema.
¿Qué es esta ascensión y deificación? En cuanto al intelecto, es la contemplación más plena —en la medida en que la naturaleza humana puede alcanzarla— de todas las cosas creadas y del Ser que está más allá de la creación. En cuanto a la potencia desiderativa, es una admiración completa e incesante y un movimiento hacia la Belleza primordial. En cuanto a la potencia irascible, es el movimiento más activo hacia Aquel que se desea, inseparable e implacable, no interrumpido por ninguna aflicción que sobrevenga, un movimiento audaz e irreversible hacia adelante.
El movimiento del alma hacia el bien debe ser tanto más fuerte que su movimiento hacia el mal cuanto la belleza espiritual supera a la belleza sensible. El alma debe cuidar del cuerpo solo cuanto sea necesario para sostenerlo, a fin de que no perezca.
Esto es fácil de determinar para uno mismo, pero mucho más difícil de cumplir. No sin dificultad arrancas del alma sus hábitos, que no se erradican fácilmente; y la adquisición del conocimiento no se logra sin combate. En efecto, la contemplación diligente y la orientación hacia el Ser bienaventurado se adquieren con muchos trabajos y a lo largo de mucho tiempo, hasta que nuestros deseos se acostumbran a esta dirección y perciben lo que ella les aporta. A menudo el intelecto tendrá que resistir a los sentidos, que lo arrastran hacia cosas ajenas: esta es la guerra y el combate con el cuerpo, que continúa hasta la muerte, aunque parece disminuir cuando la ira y la concupiscencia se apaciguan y los sentidos obedecen al intelecto enriquecido con el conocimiento.
Sin embargo, hay que saber que un alma no iluminada, puesto que no recibe ayuda de Dios, no puede purificarse verdaderamente ni descender al mundo divino. Lo que hemos dicho se aplica a los fieles.
Y para explicarlo mejor, es necesario mencionar brevemente las diferencias dentro del conocimiento. Hay un conocimiento según la naturaleza y hay un conocimiento más allá de la naturaleza. Qué sea este segundo conocimiento se verá a partir del primero. El conocimiento según la naturaleza es aquel que el alma recibe investigando y aprendiendo por vías naturales acerca de la creación y de la Causa de todo lo creado, en la medida en que le es posible a un alma unida al cuerpo.
Pues se dice de los sentidos, de la imaginación y del intelecto, que la acción del intelecto queda embotada por su unión con el cuerpo y por su mezcla con él; por eso no puede tocar las cosas inteligibles, sino solo imaginarlas, y la imaginación le trae imágenes distintas de las realidades. Así pues, mientras el intelecto está aún unido al cuerpo, necesita imágenes que pueda percibir. El intelecto, siendo tal como es, adquiere el conocimiento por vía natural, y a este lo llamamos natural.
Y el conocimiento sobrenatural es aquel que entra en el intelecto por vías que le son desconocidas, o cuando lo conocido excede la medida de un intelecto unido al cuerpo y es más propio de un intelecto incorpóreo. Tal conocimiento solo puede venir de Dios, cuando Él ve un intelecto muy purificado de toda pasión por las cosas mundanas y revestido de amor divino.
Y no solo el conocimiento se divide de este modo, sino también las virtudes. Hay una virtud que no supera la naturaleza y con razón se llama natural, y hay otra causada por la Fuente primera del bien, que excede nuestras fuerzas y nuestra condición natural, y por ello con razón se llama sobrenatural. Así se dividen: incluso una persona no iluminada puede tener conocimiento natural y virtud natural, pero no puede tener conocimiento sobrenatural. Pues ¿cómo podría una persona no iluminada poseerlos sin participar de la Divinidad que causa la virtud sobrenatural? Una persona iluminada puede tener ambos; sin embargo, no tendrá la virtud sobrenatural hasta que la adquiera, aunque nada le impide obtener el conocimiento sobrenatural sin poseer el natural.
No obstante, hay que saber que tanto los animales como los hombres poseen sentidos e imaginación, pero en los hombres estas potencias son mucho mejores y más elevadas. Lo mismo ocurre con las virtudes naturales y el entendimiento: aunque tanto el iluminado como el no iluminado pueden poseerlos, el iluminado los posee de manera más alta y mejor.
El conocimiento que se llama natural —esto es, el conocimiento de las virtudes y de sus contrarios— es doble. Uno es simple, cuando quien investiga no ha aprendido estas virtudes en la práctica y por ello a veces duda; y el segundo es activo y, por así decirlo, inspirado, cuando el conocimiento se confirma por la experiencia de las virtudes, de la cual ya no quedan dudas ni vacilaciones.
Habiendo aprendido todo esto, aprendamos también que hay cuatro obstáculos que impiden al intelecto adquirir las virtudes. El primero es la inclinación a los hábitos contrarios: apoyándose en una larga costumbre, el intelecto comienza a inclinarse hacia lo terreno. El segundo son los seres que tienden hacia la belleza sensible y arrastran consigo al intelecto. El tercero es la torpeza del intelecto por estar unido al cuerpo. Pues no existe entre la vista y lo que se ve —y en general entre los sentidos y lo que los sentidos perciben— una unión como la que hay entre el intelecto y el conocimiento. Hablo del intelecto del alma que está aún en el cuerpo. Pues el intelecto libre del cuerpo comprende las cosas inteligibles mejor de lo que los ojos ven las cosas visibles. Pero así como una vista débil ve las cosas visibles de manera vaga e indistinta, así aprehende el intelecto que hay en nosotros las cosas inteligibles. No puede contemplar claramente la belleza inteligible y, por tanto, no puede desear nada de ella, porque la medida del deseo sigue a la medida del conocimiento; y así el intelecto vuelve enseguida a la belleza sensible, que ve con mayor claridad, y ha de llenarse de lo que considera bueno, sea verdaderamente tal o no.
Además de estos tres obstáculos hay un cuarto: las manos de los espíritus impuros y enemigos del hombre. Es imposible siquiera describir cuántas y cuáles trampas tienden a las almas de diversas maneras: por los sentidos, por la palabra, por el intelecto y por todos los medios posibles. Y si Aquel que tomó sobre sus hombros a la oveja perdida no hubiera, por una providencia inefable, hecho superiores a todos a quienes lo miran, ni una sola alma habría escapado de sus redes.
Para evitarlos todos necesitamos tres cosas. La primera y la mayor es mirar a Dios y pedirle que extienda su mano para ayudar a todos los que ponen en Él su esperanza, creyendo plenamente que, si no se apresura a socorrernos, caeremos inevitablemente en las redes que estos espíritus malignos nos han tendido.
La segunda, que a mi juicio es también causa de la primera, es alimentar sin cesar el intelecto con la contemplación, esto es, la contemplación de todas las cosas que existen, tanto sensibles como inteligibles, tal como son en sí mismas, y cómo están unidas a la Causa primera, cómo proceden de Ella y a Ella retornan; y contemplar la Causa de todas las cosas, en la medida en que nos es accesible. La comprensión de la naturaleza de las cosas limpia al intelecto del deseo apasionado por ellas, lo libra del engaño acerca de ellas y lo eleva hacia su principio: de lo bueno, lo admirable y lo grande, a lo mejor, lo más admirable y lo más majestuoso; y, mejor aún, a aquello que está más allá de toda belleza, admiración y majestad, y le permite ser visto como en un espejo.
¿Necesita el intelecto algún otro bien, si se mueve siempre dentro de esto? Si a veces se lanza hacia lo que le es ajeno, ¿no se lanzará mucho más hacia lo que es suyo propio? Y el alma, presa de amor por estas cosas, ¿desea alguna otra, cuando lo eterno la aparta de aquello que la ama? También la vida en el cuerpo le resultará penosa, porque será un obstáculo para su bien. Pues aunque el intelecto, como hemos dicho, ve oscuramente la belleza inteligible, los bienes inteligibles son tales y tantos que aun un pequeño arroyo y la más sutil manifestación de aquella magnífica belleza impulsan al intelecto a dejar todo lo terreno y a dirigirse solo hacia lo espiritual, sin apartarse de aquella dulzura aunque caiga en alguna amargura.
Y la tercera es la mortificación de nuestro cuerpo, que está unido al intelecto; sin la mortificación es imposible recibir la contemplación clara y distintamente. El cuerpo se mortifica con el ayuno, la vigilia, el dormir en el suelo, el vestir ropas ásperas, los trabajos y el soportar penalidades. Así se mortifica el cuerpo; y más aún, es crucificado con Cristo, afinado y purificado, se vuelve ligero, adquiere bienes y sigue sin resistencia los movimientos del intelecto, y le resulta fácil elevarse a lo más alto. Sin esto, todos nuestros esfuerzos serán vanos.
Cuando esta honorable tríada está en armonía consigo misma, engendrará en el alma una cosecha de virtudes bienaventuradas. En quienes están adornados con estas tres no se hallará rastro de malicia, y no les faltará virtud alguna; ni el apartarse de la adquisición de riquezas ni el desdén por la fama confundirán al intelecto, porque mientras el alma se aferra a estas cosas, sigue afectada por muchas pasiones. Y digo con certeza que es imposible que un alma apegada a la riqueza y a la fama pueda remontar el vuelo.
Cuando el alma no conoce otro bien verdadero sino aquel que está por encima de todo bien, y de todos los demás bienes prefiere el que más se acerca al primero, ¿cómo amará y alabará el oro, o la plata, o cualquier otra cosa que haya sobre la tierra? Lo mismo puede decirse de la fama. Y ni siquiera algo tan poderoso como la importunidad asaltará a tal intelecto. ¿Qué habría de turbarlo, cuando el alma no se interesa ni se siente atraída por nada de las cosas terrenas? Una nube de importunidades se forma, por así decirlo, del humo de las pasiones principales: el amor al placer, el amor al dinero y el amor a la gloria. Quien está libre de ellas, lo está también de la importunidad.
Quien ha adquirido lo dicho no carece de prudencia, la cual difiere de la sabiduría y es la primera de las vías que elevan a la cumbre. Quien aprende la virtud aprende a reconocer tanto lo que es bueno como lo contrario al bien, y esto requiere prudencia. Mediante la experiencia y el combate con el cuerpo, la prudencia le enseñará a ir derecho a Dios.
Tales personas tienen también temor. Cuanto más crece el amor, tanto más crece el temor; cuanta más esperanza hay de recibir el bien, tanto más aumenta el temor de no recibirlo. Este temor roe a los heridos de amor más que la amenaza de innumerables tormentos. Pues lo más bienaventurado es recibir el bien, y no recibirlo es lo más miserable.
Para que nuestro discurso proceda rectamente, comencemos por el fin. El fin de nuestra vida es la bienaventuranza —o, en otras palabras, el Reino de los Cielos, o Dios—. Y consiste no solo en contemplar a la Trinidad soberana, sino también en recibir la influencia divina, la deificación, que añade en nosotros lo que nos falta y perfecciona lo imperfecto. Este es el alimento de los seres inteligibles: la adición, por influencia divina, de lo que falta; y esta influencia es incesante, como un círculo, que comienza en lo mismo y termina en lo mismo.
En la medida en que uno comprende, en esa medida desea; y en la medida en que desea, en esa medida goza; y en la medida en que goza, en esa medida se fortalece en el entendimiento, y comienza de nuevo un movimiento inmóvil y una quietud en movimiento. Este es el fin de nuestra vida, en cuanto podemos comprenderlo.
Hemos de considerar ahora cómo alcanzar este fin. Para las almas racionales, que son seres inteligibles y difieren poco de los intelectos angélicos, la vida en el cuerpo se da como trabajo y combate. La recompensa del combate es el estado ya mencionado, don digno de la bondad y de la verdad de Dios. Verdadero, porque los bienes se conceden a cambio del trabajo personal; y son dones, porque el poder del don supera todo trabajo. Además, la capacidad misma de hacer el bien es también don de Dios.
¿Cuál es, pues, el combate? El alma racional está unida a un cuerpo animal, que toma su existencia de la tierra y se inclina hacia lo muerto. El alma está de tal modo unida al cuerpo que de los dos, del todo opuestos entre sí, se forma un solo ser, mas sin transformación ni mezcla de estas dos partes. De estos dos, distintos por naturaleza, se forma un solo hombre en dos naturalezas inmutables. Así, este ser, el hombre, compuesto de dos naturalezas, hace lo que es propio de cada naturaleza en particular.
Por tanto, no es de extrañar que el cuerpo desee cosas semejantes a sí mismo, esto es, cosas corporales. Tal deseo es inherente a todos los seres, porque su existencia se apoya en la unión con aquello que es semejante a su propio ser. Por eso es natural que el cuerpo se deleite en los sentidos, y el descanso también le es útil cuando está fatigado. Esto es natural y deseable para nuestra naturaleza corporal.
Para el alma racional, como ser inteligible, todo pensamiento y el goce del pensamiento a su modo le son naturales y deseables. Ante todo, el amor a Dios está arraigado en ella. El alma quiere gozar de Él y de los demás seres inteligibles, pero no puede hacerlo sin impedimento.
El primer hombre podía percibir las cosas sensibles con sus sentidos y gozar de las inteligibles con su intelecto. Pero debía ejercitarse no en lo peor, sino en lo mejor. Podía entonces hacer lo uno y lo otro: estar con lo inteligible por medio del intelecto, y con lo sensible por medio de los sentidos. No digo que Adán no debiera percibir por los sentidos, pues no en vano tenía cuerpo; pero no debía poner su deleite en las cosas sensibles. Le convenía, al ver la belleza de las criaturas, elevarse hacia Aquel que las creó y deleitarse en Él con admiración, teniendo doble motivo para maravillarse del Creador, y no apegarse a las cosas sensibles y gozar de ellas abandonando la belleza inteligible.
Eso es lo que Adán debía haber hecho. Pero no usó sus sentidos para el bien, pues quedó asombrado ante la belleza sensible; y, viendo el fruto, hermoso a la vista y bueno al gusto, lo comió, dejando de deleitarse en lo inteligible. Por eso el Juez justo lo condenó como indigno de aquello que había despreciado —esto es, la contemplación de Dios y de todas las cosas creadas— y lo desterró, poniendo tinieblas entre él y los seres incorpóreos. Pues no era conveniente que lo inmundo morara con lo santo; mas se le dio a gozar de lo que amaba, y por eso Dios le concedió vivir por los sentidos, con solo pequeños vestigios de la vida del intelecto.
A causa de esto, el combate en las cosas inteligibles se nos ha vuelto difícil, pues no está en nuestro poder que nuestro intelecto se deleite en lo inteligible tanto como los sentidos se deleitan en lo sensible, aunque el bautismo nos presta ayuda, y nos purifica y eleva. Sin embargo, en la medida en que nos es posible, debemos ejercitarnos en las cosas inteligibles y no en las sensibles, y desear lo inteligible, y no admirarnos en absoluto de lo sensible ni desear gozar de ello; pues en verdad no puede compararse con lo inteligible.
Sabemos que, así como una criatura es más excelente que otra, así una belleza es más excelente que otra. ¿Y no es más que locura buscar lo vergonzoso en lugar de lo más hermoso, y desear lo deshonroso en lugar de lo más honorable? Esto es lo que hacemos respecto de las criaturas sensibles e inteligibles. ¿Y qué diremos cuando obramos así respecto del Ser que está por encima de todo, cuando en lugar de Él escogemos algo impropio y repugnante en apariencia?
También esto es un combate: estar alerta sobre nosotros mismos y buscar siempre nuestro deleite en las cosas inteligibles, dirigiendo hacia ellas tanto el intelecto como el deseo, para que nunca nos veamos privados de ellas por las cosas sensibles, cuando quedamos cautivados por los sentidos y nos maravillamos ante las criaturas, en la medida en que pueden contenerlo a Él.
Este es nuestro combate; consideremos ahora cómo podemos llevarlo a cabo. Pues se ha dicho que el cuerpo goza por los sentidos de cosas semejantes a sí mismo, lo cual contradice los deseos del alma. Cuanto más goza el cuerpo, tanto más desea. Por tanto, esfuércese el alma por refrenar todos los sentidos, para que no nos deleitemos en las cosas sensibles, como se ha dicho. Y puesto que cuanto más fuerte es el cuerpo, más se lanza hacia lo suyo, y cuanto más se lanza, más difícil es refrenarlo, procure el alma mortificar el cuerpo con el ayuno, la vigilia, la estación de pie, el dormir en el suelo, el no lavarse y toda otra forma de paciencia, para que, debilitada su fuerza, pueda gobernarlo con facilidad y hacerlo obediente a las acciones del intelecto. Esta es la esencia de nuestro combate.
Pero es fácil desearlo y no es fácil cumplirlo, y hay muchos fallos en su cumplimiento, porque los sentidos a menudo nos roban, aun cuando uno sea muy cuidadoso. Por eso hay otros remedios, los terceros, a saber: la oración y las lágrimas. En la oración damos gracias por los beneficios recibidos y pedimos el perdón de los pecados y la fuerza que nos fortalece. Pues sin la ayuda divina, como hemos dicho, el alma nada puede. La ayuda divina da también al alma la unión con Aquel que desea, y el deleite, e inclina la potencia desiderativa hacia Aquel que desea; y esto es lo más importante: dirigir la voluntad a desearlo con la mayor intensidad posible.
Las lágrimas tienen gran poder: aplacan al Señor por nuestros pecados, y limpian las impurezas que crecen en nosotros por la dulzura sensible, y nos dan alas contra el deseo del mal. Esto es todo el asunto. Lo que sigue después es la contemplación de las cosas inteligibles y el deseo absoluto de ellas. Por esto se somete el cuerpo, esto es, mediante el ayuno, la vigilia y todo lo demás, que se hacen lo uno por lo otro, y por causa de ellos y con ellos, también la oración. Cada una de estas acciones se divide en muchas partes, pero una sucede por causa de las otras, y las otras por causa de la una.
Que nadie piense que el amor a la gloria y el amor al dinero son pasiones carnales. Solo la sensualidad es pasión carnal, y para ella hay un remedio útil: la mortificación del cuerpo. Pero las dos pasiones mencionadas —el amor a la gloria y el amor a la plata— son producto de la ignorancia. No habiendo experimentado los bienes verdaderos y no conociendo las cosas inteligibles, el alma se inventó bienes falsos. Pensó que llenaría su carencia con la riqueza; y se preocupa por la riqueza también por causa del placer y de la gloria, y considera la riqueza un bien en sí misma. Y esto ocurre porque el alma no conoce los bienes verdaderos. El amor a la fama no nace de la falta de necesidades corporales ni de que estas no se satisfagan, sino de la inexperiencia y del desconocimiento del bien primero y de la gloria verdadera.
La causa de esto y, en suma, la raíz de todos los males, es la ignorancia. Pues es imposible que quien ha comprendido la naturaleza de las cosas —de dónde viene todo y adónde va, y que ve también su propio fin— se lance hacia las cosas terrenas. Pues el alma no desea un bien que solo aparenta ser bien; y aunque el hábito la empuje hacia tal bien, puede vencer el hábito. Mas cuando aún no había hábito, el alma fue seducida por la ignorancia.
Por tanto, conviene ante todo adquirir el conocimiento recto y pensar rectamente acerca de la creación, y también dirigir los deseos hacia el bien primero, y despreciar lo visible, conociendo su gran vanidad.
¿Qué nos ayuda a alcanzar nuestra meta? Hablaré de ello brevemente. La única obra del alma racional que habita en el cuerpo es desear alcanzar la meta. La acción del deseo no se mueve sin el conocimiento. Por eso obramos con el intelecto. Obramos tanto por causa del deseo —aunque sea por sí mismo— como por causa del conocimiento.
La bienaventuranza no es solo la causa, sino también el camino de la presente vida ascética. Tiene ambas acciones: el conocimiento y el deseo, esto es, el amor y el deleite. Si estas dos acciones son una misma, o si una de ellas es la más importante, considérelo quien quiera. Hablamos de ambas acciones, llamando a una contemplación y a la otra acción. Es imposible hallar una de las dos sin la otra en estas obras supremas, aunque es posible en las inferiores y en las que las siguen.
Lo que impide estas acciones o nos arrastra hacia su contrario lo llamamos pecados; y lo que ayuda, o incluso nos ayuda a superar los obstáculos, lo llamamos virtudes. Las acciones que conducen a la adquisición de las virtudes se llaman progresos, mientras que las acciones contrarias son transgresiones y pecados. Y todo lo que conduce a una acción, sea hacia lo peor o hacia lo mejor, se llama intención rectora, porque la acción consiste en el conocimiento y en el deseo de llevarla a cabo.