Capítulos de Calisto Catafigiota (Angelicudes)
1. Todo ser vivo que viene al nacimiento halla un mismo descanso y deleite en la actividad que mejor conviene a su naturaleza; en ella se goza y hacia ella tiende. Así también el hombre: puesto que posee razón y reflexiona sobre su propia vida, gusta el mayor deleite y el descanso más verdadero cuando considera su estado mejor, que puede llamarse su bien o su hermosura. Ese estado llega cuando el hombre tiene a Dios en el intelecto y medita las perfecciones de Dios como perfecciones del Ser espiritual supremo, que ama al hombre sin medida —cosa que sobrepasa el entendimiento— y le prepara honores y dones buenos, sobre todo en la eternidad.
2. Cuando nace algún ser, se asemeja al ser que lo engendra. Así dijo el Señor: «Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es» (Jn 3,6). Y si del Espíritu nace espíritu, tal será también respecto de Dios, según el Espíritu que lo engendró. Pues Dios es verdaderamente Espíritu, y de Él, por gracia, nace el partícipe del Espíritu. Y si Dios es tal, entonces es capaz de contemplación; en efecto, Dios es llamado Dios porque contempla. Por eso, quien no contempla, o no ha recibido aún el nacimiento y la comunión espirituales —o, habiéndolos recibido, refrena por ignorancia su potencia contemplativa y, como hombre sin instrucción, se aparta de los rayos divinos del Sol noético de justicia—, ese tal, desdichado, pierde la operación de esa potencia, aunque en otro tiempo fuera partícipe de ella, y aunque caminase hacia la cumbre de la santidad.
3. Todos los seres vivos recibieron del Creador, por su palabra, su movimiento y sus propiedades naturales, y de Él recibieron también el intelecto. Pero el movimiento del intelecto tiene en sí algo perpetuo, y lo perpetuo es infinito e ilimitado. Sería, pues, contrario a la dignidad y a la naturaleza del intelecto que su movimiento tuviera fin y límites. Y sin embargo el intelecto padecerá justamente eso si se mueve solo hacia cosas que tienen fin y límites. Pues es imposible que una cosa tenga fin y límite mientras el movimiento del intelecto hacia ella o en torno a ella pasa al infinito. De ahí que el movimiento perpetuo del intelecto requiera algo infinito e ilimitado hacia lo cual pueda avanzar según la palabra del Creador y según su propia naturaleza. Pero fuera de Dios nada hay infinito y verdaderamente ilimitado, existente por sí y uno por naturaleza. Conviene, pues, al intelecto tender, contemplar y moverse hacia Aquel que es verdaderamente infinito y uno, esto es, hacia Dios. Tal movimiento es natural al intelecto.
4. Infinito e ilimitado es lo que el intelecto puede contemplar en Dios; pero esto solo no le basta para su gozo completo, porque busca a Aquel que lo hizo. Todos se alegran cuando hallan lo que les es semejante; así también el intelecto, uno por naturaleza aunque muchos sean los pensamientos que hay en él, se lanza hacia arriba y se extiende hacia Dios, que es uno por naturaleza y rico en energías. Y no puede alcanzar el gozo completo mientras no permanezca en espíritu en Aquel que es ilimitado por naturaleza. Y esto sucede cuando el intelecto pasa de lo múltiple a lo uno. Solo cuando el intelecto se mueve en el Dios uno puede conocer naturalmente el gozo perfecto; pues toda criatura se deleita sobre todo en aquello que comparte su propia naturaleza. Es natural al intelecto moverse y tender hacia arriba, permanecer en Dios y hallar su gozo pleno solo en Él, que es simple e ilimitadamente uno.
5. Todo movimiento de toda cosa creada, y también del intelecto, busca detenerse y pasar a un estado de reposo: este es su mayor anhelo y su descanso. Pero el intelecto, siendo él mismo una de las cosas creadas, aunque se mueva entre las cosas creadas no puede hallar entre ellas estabilidad y reposo. Todo lo creado tiene su principio y asimismo su fin; por eso el movimiento perpetuo del intelecto tendría que llegar a su término, y el intelecto tendría que buscar algo por lo cual ponerse de nuevo en movimiento, y no podría alcanzar el descanso y detenerse. O bien el intelecto no tendrá movimiento perpetuo, una vez rodeado de cosas limitadas que tienen su fin; y esto contradice las propiedades naturales del intelecto y su inclinación al movimiento perpetuo. Es imposible, pues, que el intelecto se detenga o descanse mientras permanece entre las cosas creadas. ¿Dónde, entonces, podrá mostrar su propia propiedad, a saber, detenerse en el acto mismo de moverse —esto es, guardar quietud, tener paz y recibir firmemente el sentido del reposo—, si no alcanza lo increado e ilimitado? Y lo increado e ilimitado es solo Dios, verdadera y transcendentemente uno. Conviene al intelecto avanzar con su movimiento hacia Dios, el uno y el ilimitado, para alcanzar en Él su reposo natural, esto es, el reposo noético. Pues allí está el estar de pie en el Espíritu, y el descanso hospitalario, y el fin sin fin de todas las cosas; y cuando el movimiento llega a ese Uno, nunca cesará para el intelecto que ha alcanzado lo infinito e ilimitado, lo indescriptible y sin forma, lo inconcebible y absolutamente simple: y esto es el Uno, esto es, Dios.
6. Si, como dice David, Dios hace espíritus a sus ángeles (es decir, a sus mensajeros), y Él mismo dice que hace espíritu al hombre que nace del Espíritu Santo (Jn 3,6), entonces el hombre nacido del Espíritu Santo por manifiesta comunión con Él se hace también ángel. Ahora bien, propio de los ángeles es contemplar siempre el rostro del Padre celestial (Mt 18,10), como dijo de ellos el Señor; por tanto, conviene también al partícipe del Espíritu Santo tender hacia arriba y contemplar el rostro de Dios. Así enseña David diciendo: «Buscad al Señor y sed fuertes; buscad su rostro continuamente» (Sal 104,4). No guarda, pues, lo que es bueno y conveniente quien, hecho partícipe del Espíritu Santo, vivificante e iluminador, lleno de amor, y elevado a la dignidad de ángel, luego por excesiva cautela restringe su percepción noética de Dios y se niega a tender hacia Él y hacia las cosas divinas, aunque el Salvador nos mande permanecer en Él como Él permanece en nosotros. Y dice David: «Acercaos a Él y seréis iluminados». Y en verdad, si queremos hacer lo que conviene, en la luz de Dios Padre —me refiero al Espíritu Santo— veremos la luz de Dios, es decir, la verdad divina, si no se nos ocurre por ignorancia apartarnos de los rayos divinos.
7. De tres maneras asciende el intelecto a la contemplación de Dios: por movimiento propio, por movimiento de otro, y por una tercera vía que está entre ambas. Por movimiento propio, cuando la naturaleza del intelecto lo desea y recurre a sus propias representaciones; y el término de esta vía es la contemplación de las cosas divinas. De esto soñaron incluso los griegos. La segunda vía está por encima de la naturaleza; sobreviene únicamente porque Dios quiere dar iluminación y la da. Entonces el intelecto entero cae bajo el influjo divino, y es arrebatado a revelaciones divinas, y conoce los misterios inefables de Dios, y ve cómo se cumplirá lo venidero. Y la vía que está entre ambas se une en parte con las dos. Donde el intelecto obra por su propia voluntad e imaginación, allí esta vía concuerda con la del movimiento propio; y se une con la del movimiento de otro cuando, por iluminación divina, el intelecto se une consigo mismo y contempla inefablemente a Dios por encima de su propia unión espiritual. El intelecto se halla entonces más allá de todas las cosas divinas visibles y ya mencionadas. No ve entonces ni el principio bueno, ni la deificación, ni la sabiduría, ni el poder que da fuerza, ni la providencia, ni ninguna otra de las realidades divinas; pues está entonces colmado de luz espiritual, y además del gozo que suscita el fuego divino mezclado con amor.
8. El intelecto, apoyado en sus propias representaciones, aprende de la fe a contemplar las cosas invisibles; y cuando es iluminado por la gracia, queda establecido en la esperanza. La luz divina lo arrebata, y se hace tesoro de amor a los hombres, y más aún de amor a Dios. Así el orden triple del intelecto y su movimiento en la fe, la esperanza y el amor perfecto se hacen deiformes, firmes e inquebrantables. Y alcanzando el espacio anchuroso de la ciudad celestial, queda establecido en la fortaleza del amor. De aquí procede lo que dice el apóstol Pablo: el amor todo lo soporta, todo lo sobrelleva —por la bondad de la fe y de la esperanza—. «El amor», dice el Apóstol, «nunca deja de ser» (1 Co 13,8), porque se une en llama y se funde inefablemente con Dios.
9. En nada creado hay algo que sea propiamente uno. Es imposible ignorar que una cosa difiere de otra por ciertas propiedades naturales; pero en cuanto a ser creadas no hay diferencias: todas tienen el mismo principio y el mismo fin, todas están limitadas por su propia naturaleza y no son lo verdadero, simple y uno. Solo Uno es verdaderamente increado, como simple, sin principio, sin fin e ilimitado, y por tanto infinito: y este es Dios. Si el intelecto, unificado y extendido, guardando un orden deiforme, lo contemplara en comunión y cooperación con el Espíritu Santo y vivificante, crecería sin cesar, como le conviene. Además, el intelecto sabe que sin el Dios uno y sin contemplarlo en espíritu no puede hacerse mejor. Y esto porque el intelecto ha quedado disperso, sometido a un mundo de muchas partes y a las pasiones; por eso necesita una fuerza que supere el mundo y una contemplación por encima de la naturaleza del Uno, para arrancarse así de lo que lo divide, quedar fuera de las pasiones y de la división y recibir lo deiforme. Por eso el Señor suplica al Padre que todos los fieles sean uno en el Padre y en Él, el Hijo, por el Espíritu, y sean así uno como el Padre, el Hijo y el Espíritu son uno —no, por supuesto, en el sentido blasfemo en que Sabelio hablaba de unidad—. Sino que seamos perfectos, como conviene, por la gracia del Espíritu que nos une y por la contemplación uniforme del Dios uno. En esto consiste nuestro progreso; este es nuestro fin y nuestro verdadero y único descanso. Por eso las legiones envidiosas y enemigas del hombre atraen al intelecto a la veneración de muchos dioses —¡que jamás sea así!—. Dispersaron en el engaño la unidad del intelecto y no le permitieron concebir al Uno transcendente, para que el intelecto, contra su propia naturaleza, se fuera a servir a muchos dioses, los contemplara, se dividiera y empezara a desear toda suerte de pasiones y de mentira en vez de la verdad y la virtud. Por eso el Espíritu Santo manda por los profetas: «Acercaos a Él» —esto es, al Uno— «y seréis iluminados». Y en otro lugar: «Yo soy el primero y yo el último; fuera de mí no hay Dios» (Is 44,6). Y también: «Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno» (Dt 6,4). El carácter trihipostático de la única Divinidad no divide el único señorío; estos Tres son verdaderamente Personas, y en modo alguno son menos uno en naturaleza y potencia, en voluntad y energía, y en los demás bienes de su esencia. Servir, pues, a la unidad de Dios, y contemplar, y arrancarse de lo múltiple, y recogerse en Él cuanto se tenga fuerza: esta es la voluntad de Dios y el progreso seguro del intelecto, pues así halla la verdad y el amor divino y, como consecuencia, el fruto de la deificación.
10. Si la falsedad se compone de muchas partes y la verdad de una sola, entonces el intelecto que avanza en el Espíritu hacia el Uno transcendente, que está sobre todas las cosas y de quien proceden los muchos, se mueve hacia arriba, hacia la verdad genuina. Pero el intelecto no puede ser librado de las pasiones si la verdad no lo libra (Jn 8,32). Y el intelecto queda libre de las pasiones cuando contempla y tiende hacia arriba de un modo único hacia el Uno transcendente. Para la impasibilidad, para un orden deiforme y para la filiación espiritual, mejor conviene al intelecto la libertad que la esclavitud. Pues está dicho: «El siervo no sabe lo que hace su señor» (Jn 15,15). Y si la ignorancia es propia de los siervos, es claro que el partícipe de la libertad conoce los misterios del Padre, y así puede ascender recta y bellamente a la dignidad de la filiación. Pues la ignorancia es manifiestamente lo contrario del conocimiento, y la esclavitud lo contrario de la filiación. Y si quien no sabe es siervo, entonces quien sabe verdaderamente no es siervo sino libre: hijo, cabe decir. Pues el Espíritu de verdad da en verdad libertad y Él mismo introduce en la filiación de Dios a aquellos en quienes ha hecho su morada. Porque está dicho: «Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Si la contemplación del Uno que está sobre la naturaleza es verdad, y la verdad concede libertad al intelecto, y la libertad es señal de la filiación divina, entonces no hay nada mayor que pueda convenir a un ser racional. Sería, pues, razonable y del todo necesario que el intelecto, en la medida de sus fuerzas, tendiera hacia arriba, contemplara al Uno y se recogiera en el Uno transcendente, esto es, en Dios.
11. «El Señor tu Dios», dice el Espíritu Santo, «el Señor es uno». Por eso también nuestro cuidado es este: elevar en la divinidad del Espíritu el intelecto al Uno transcendente. Y no puede ser que uno predique al Uno y a la vez no lo ame y niegue al intelecto su inclinación y su vuelta hacia Él. Pues cuando el Espíritu Santo dice algo, quiere que esté también en nuestro pensamiento; y hacia lo que está en el pensamiento debe volverse el intelecto. Cuando el intelecto no se vuelve hacia lo que está en los pensamientos, entonces no hay nada en que pueda pensar. Y entonces se vuelve vano predicar al Uno, y por ello se vuelve vana también la fe. Pero si esto es fuera de lugar, también lo es que el intelecto, que se vuelve hacia el Uno y avanza hacia Él, no lo medite.
12. Si es natural a los seres creados y racionales tender hacia la causa de su venida al ser y volver su mirada hacia ella —y la causa de todas las cosas es Dios, de quien procede también el intelecto, y Dios es el Uno supremo y simple—, entonces es natural al intelecto volverse y alzar los ojos hacia el Uno supremo y simple como hacia la causa de su venida al ser.
13. Si «todo es de Él, por Él y para Él» (Rm 11,36), entonces también el intelecto es una entre todas las cosas y existe por Él —más aún que todas las cosas por Él, y precisamente por Él en razón de su semejanza con Dios—. Por esto mismo el intelecto debe alzar los ojos hacia Él. Y las palabras «para Él» significan que hay que alzar los ojos volviéndose hacia las manifestaciones del Uno transcendente. Es decir, el intelecto debe contemplar al Uno.
14. Del Uno proceden los muchos, no el Uno de los muchos. Y puesto que las cosas creadas son muchas, es evidente que proceden del Uno. El Uno está sin duda alguna por encima de todas las cosas creadas, como su Hacedor y Constructor. Por tanto, quien contempla las cosas creadas como es debido verá su contemplación completada en la contemplación del Uno transcendente; pues en las cosas creadas hay muchísimas huellas de su causa, y por ellas se conoce a Aquel que por su providencia trajo todo a la vida con arte, sabiduría, poder y bondad, tal como quiso. Por eso dice también Isaías en el Espíritu: «Alzad los ojos a lo alto y mirad: ¿quién creó todo esto?» (Is 40,26). Dijo «todo esto» mirando a la abundancia de las criaturas, y dijo «quién» porque elevó el intelecto hacia Aquel de quien todo esto procede, que es simplemente Uno por naturaleza.
15. También las cosas creadas se reúnen en una unidad, pero compuesta y de muchas partes, y no sin principio, puesto que es creada. Pero Aquel que crea es uno. Es uno no solo como armonización de las divergencias entre muchas cosas y su reducción a una sola concordia y al fin de todo, sino como increado, como causa primera de todo. El intelecto, ascendiendo paso a paso, necesitará llegar a algo uno y originante, que ordene la disposición visible y el ser de todas las criaturas, la armonía y el acuerdo entre ellas. Si el intelecto no llega a esto, avanzará hasta el infinito, lo cual es absurdo. Pues todo lo que se mueve y sucede alguna vez no existió, y lo que no existía alguna vez comenzó. Y si comenzó, adquirió también movimiento. Hay, pues, que buscar precisamente aquello que dio el ser y puso en movimiento, aunque él mismo sea inmóvil, ya que es lo que imparte movimiento. De lo contrario, ¿qué es lo que causa el movimiento, si no algo que está bajo otro principio, siendo aquel otro sin principio? Si es inmóvil, es también inmutable. Y si es tal, es también simple; y para que lo no compuesto no cambie, se nos ha mostrado inmutado. La composición es el principio de la discordia, y la discordia el principio de la disolución, y esta lleva al fin del movimiento. No hay, pues, composición allí, para que no haya discordia; y si no hay discordia, no habrá disolución; y si no hay disolución, el cambio y el movimiento no se hallarán en lo inmutable e inmóvil, en aquello que mueve y no es movido, en aquello que lleva al ser y no llegó a ser ni llega a ser. Lo inmutable e inmóvil es necesariamente también no compuesto, y por tanto es sumamente simple y únicamente transcendente. El intelecto que se eleva hacia ello se halla fuera de todas las cosas, porque contempla lo bello y por encima de todo es atraído hacia Aquel que verdaderamente es, y más aún hacia Aquel de quien todo procede y hacia quien todo tiende naturalmente. Cuando esto sucede, según la palabra, el intelecto se halla más allá de las pasiones. Se extiende más alto que lo bello y allí permanece, y por eso no se detiene en pasiones vergonzosas. Por eso dice la sagrada Ley: «A Él solo servirás», esto es, al Dios uno. Conviene, pues, extenderse hacia arriba, hacia el Uno supremo, si queremos cumplir la Ley de Dios y estar por encima de las pasiones.
16. Dice la Escritura: «El Señor solo lo condujo, y no había con él dios extraño» (Dt 32,12). ¿Ves el poder del Uno solo? No había con ellos dios extraño, porque los conducía el único Señor. Pero el Señor conduce a los que le siguen, no a los que se apartan de Él. Y hacia lo que uno sigue, hacia eso se vuelve. Por tanto, si no queremos tener junto a nosotros algún otro dios, algún demonio o pasión, caminemos con la conversión del intelecto tras el Dios uno, para que también de nosotros pueda decirse con razón: «El único Señor los conduce; no hay con ellos dios extraño.»
17. Los muchos proceden del Uno, pero de maneras muy diversas, pues muy diversos son también los modos en que los seres vienen a la existencia y proceden de la primera unidad. Pues unos tienen principio y fueron creados, mientras que otros son increados y no tienen principio en el tiempo; y sin embargo la causa de la venida al ser de todos ellos es el Uno sobrenatural: para unos como Creador, para otros por naturaleza. Por eso no conviene acercarse a todos ellos del mismo modo ni adherirse a ellos del mismo modo. A los que tuvieron principio y fueron creados conviene acercarse no por ellos mismos, sino por otra razón: como se acerca uno a un espejo, porque en él se ve algo o él refleja algo. Así pues, si quieres progresar, no conviene acercarse a las cosas creadas por otra razón que esta: que en ellas se manifiesta el Uno supremo. Pero a aquellas criaturas que son sin principio y lo son por naturaleza nos acercamos no por otra cosa sino por ellas mismas y por Aquel de quien proceden. Pues estas son los seres a los que hay que acercarse por sí mismos, y el Uno supremo les es cercano y natural —o, mejor dicho, son ellas las que están cerca del Uno supremo y le son connaturales—. Conviene, pues, no solo acercarse a ellas, sino adherirse y, con su ayuda, esforzarse por reflejar en nosotros el primero y único Bien, a fin de que, por la cooperación y el auxilio de la gracia, alcancemos la dignidad de la gloria de Dios según la imagen y la semejanza. De ahí sucede que quienes piensan rectamente, partiendo de la causa, elevan creativamente el intelecto a la contemplación del Uno y lo recogen en un solo pensamiento del Uno transcendente, con tal que el intelecto mire esto como debe. Y aquellas criaturas cuya causa es por naturaleza tienen el poder de recoger el intelecto en sí mismas —cuando él se vuelve hacia ellas o se edifica conforme a ellas— y de dirigirlo hacia el verdaderamente Uno. Así, a partir de cualesquiera criaturas, naturales o creadas, el intelecto es recogido naturalmente hacia la causa múltiple y una a la vez, ya en la acción, ya en la contemplación. Y si el intelecto se sirve de una o de varias criaturas creadas o naturales, pero no lo hace por el Uno ni para que, recogido en sí mismo, avance hacia el Primer Uno y lo contemple solo a Él en la santa participación y cooperación del Espíritu Iluminador, que obra simplemente, en una sola forma y solo en esa forma, esto le será contado al intelecto como pecado, por bien que parezca obrar. Pues todo lo que procede del Uno lleva naturalmente al Uno a quienes usan de las cosas creadas como es debido. Dice el gran Dionisio que toda manifestación de luz que procede del Padre viene a nosotros benéficamente y nos colma de nuevo como fuerza unificadora, y nos devuelve a la unidad del Padre que nos reúne y a la simplicidad deiforme. Pues «todo es de Él, por Él y para Él» (Rm 11,36). Cuando no conduce a esto, tal manifestación de luz está fuera de acuerdo con la naturaleza y no sucede como debería suceder.
18. Hay una actividad que precede a la contemplación, y hay una contemplación que precede a la actividad. La primera se cumple corporalmente, para que quien ha refrenado los impulsos del cuerpo y le ha enseñado a caminar virtuosamente permita al intelecto entrar libremente en su propio espacio, esto es, en el espacio noético, y trabajar allí en su propio provecho. La segunda actividad comienza desde el intelecto y desde la reflexión en el espíritu, y se concentra en lo que está por encima del intelecto, esto es, en Dios. Acercándose a Él, el intelecto alcanza al Uno, y el Uno es Dios. Por esto también el intelecto es recogido en sí mismo en un todo único y se hace de nuevo indiviso. El Uno, cuando es contemplado, se convierte en causa de unidad, de la simplicidad deiforme. Pues no está bien que el intelecto, contemplando al Uno, no se haga él mismo uno y simple. Pero si contempla lo dividido y compuesto, entonces también él debe dividirse y hacerse múltiple. Y llamo simple a lo uno que existe por sí mismo. Pues sea lo que sea el intelecto, en su actividad sufre cambios; pero en sí mismo es simple, y por eso, contemplando al Uno, debe ser uno también en sus actividades. Pero si contemplara al Uno y estuviera dividido al menos en dos partes, ¿qué haría una de sus partes, separada de la que contempla al Uno? Pues la parte separada o contempla otra cosa o no contempla nada. Y esto podría suceder por estas razones: o porque no quiere, o porque no tiene fuerza, o porque por su naturaleza está inclinada a alguna otra actividad distinta de la contemplación. Y si suponemos que el intelecto contempla también otra cosa, sábete que el intelecto no ve al Uno simplemente, sino a dos. Y cuando ve dos, no puede ser uno. Como es sabido, se divide en tantas partes cuantas ve. Ni puede ser que no vea cuando no quiere ver: el intelecto que piensa no puede estar ocioso ni un instante. Ni sucede que una parte del intelecto aminore su actividad mientras otra la acelere; ni que el intelecto sea compuesto y no simple, o formado de partes cualesquiera, o que una parte suya esté destinada a la contemplación y otra a alguna otra actividad, pues también esto sería expresión de su composición, y no cabe hablar así de la simplicidad del intelecto. Si, pues, la naturaleza una y simple del intelecto mira lo simple y uno, también él será uno en sus actividades. Y si es simple y uno, verá lo simple y lo uno. Por tanto, toda actividad y toda contemplación deben avanzar hacia el Uno que está sobre todo intelecto. Y si no avanza así, el intelecto nada alcanzará; vanas serán su actividad y su contemplación. Obrará dividido por las pasiones, y la percepción del alma no avanzará hacia aquella unión uniforme con el Uno que está sobre el intelecto. Tal unión es capaz de filtrar y purificar la potencia contemplativa del intelecto, que es elevada y contempla al Uno y lo percibe en Aquel de quien todo procede, por quien y en quien y para quien todo llega a ser, es y existe.
19. La cumbre de todos los deseos es la unión de Dios con el alma, unión que está por encima de todo intelecto. Para la unión divina hace falta la semejanza divina, y para la semejanza divina hace falta la actividad del intelecto, esto es, la contemplación. Pues tal es la naturaleza de la Divinidad, por lo cual se le llama Dios. Pero la contemplación conduce enseguida al pensamiento de Dios; pues por todas partes y en todas las cosas pone Dios dentro del intelecto contemplativo algo así como rayos, y el intelecto contemplativo ve siempre a Dios ante sí, y Dios es el Uno transcendente. La naturaleza del intelecto es tal que en su actividad se hace semejante a aquel que contempla; de ello nos informa la lengua teóloga del divino Gregorio cuando dice que el intelecto ve y percibe el resplandor de Dios. Pues lo que el intelecto ve, eso también percibe, y aun llega a serlo. Según Pedro Damasceno, el intelecto toma el color de lo que contempla. Cuando contempla lo dividido y múltiple, se hace dividido y múltiple él mismo; pero cuando ha ascendido a la contemplación del Uno transcendente y simple, entonces claramente se hace uno, como ya he dicho. Y cuando alcanza al Uno, contempla lo que es sin principio y sin fin, sin forma y simple, pues tal es el Uno. De este modo también él se hace, en su actividad, sin principio, sin fin, sin forma y simple. Habiendo padecido esto y sido así transformado, se hace semejante a Dios en la medida de lo posible. Y desde allí alcanza la cumbre de todos los deseos, esto es, la unión divina que está sobre el intelecto y es inefable, la cual es el más alto propósito que hay después de Dios. Por esta razón conviene al intelecto extenderse hacia arriba con todas sus fuerzas y alcanzar en espíritu la visión y contemplación del Uno transcendente.
20. Cuando el intelecto se demora en muchas cosas, o siquiera en dos, entonces es claro que no contempla al simplemente Uno. Por eso queda limitado y tiene fin, pues tal es lo imperfectamente simple. Pero cuando el intelecto toca sin tocar al verdaderamente Uno, mirándolo sin verlo con el ojo noético en el espíritu, entonces se hace sin principio, sin fin, sin límite, sin forma y sin figura; se reviste de quietud y, herido de asombro, aprende a callar, se llena de alegría y experimenta lo inefable. Pero no pienses que digo que se hace sin principio, sin fin y sin límite en su esencia, y no en su actividad. Pues aquello en que el intelecto cambia no es su esencia sino su energía. Si el intelecto cambiara en su esencia al haber visto y recibido la deificación —esto es, si recibiera la deificación porque contempló a Dios—, entonces se haría dios por esencia. Pero es imposible que criatura alguna se haga dios por esencia; esto es imposible aun para los ángeles, y solo puede pertenecer al único Dios altísimo. Y puesto que es fuera de lugar decir que el intelecto es deificado en su esencia, hemos de decir que el intelecto experimenta la deificación por vía de contemplación. Es claro, pues, que cambia no en esencia sino en actividad. Y cabe añadir que el intelecto cambia según lo que ve; y como lo que ve no es en modo alguno la esencia divina, sino la energía divina, también él cambia entonces no en esencia sino en actividad.
21. Todo lo que, por así decir, ha resplandecido desde el Uno transcendente no se ha apartado de aquello de lo cual por todos los modos recibió su ser. Como salió de Él, así en Él se mantiene y se cumple. Y no hay nada entre las cosas creadas donde no haya una efusión y como un aroma del Uno creador y existente. Y todas las cosas tienen parte en Aquel que verdaderamente es —salvo que no levantan la voz, y no señalan al Uno transcendente mismo, pues Él permanece por encima de toda contemplación y entendimiento, sino a algo así como un rayo que sale del Uno transcendente—. Por tanto, puesto que todos los seres invocan al Uno, y todos contemplan al Uno, y el mismo Uno transcendente se manifiesta al intelecto en todos los seres, es necesario que el intelecto sea dirigido, avance y venga al Uno transcendente. Por una parte, por la garantía que dan los muchos seres; por otra, porque el Uno creador de quien hablamos ahora quiere que el intelecto lo contemple y perciba en Él una bondad sin medida, y perciba en Él la vida, como dice el mismo Uno inefable: «Yo soy la vida» (Jn 11,25). Y también: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero» (Jn 17,3). Y en otro lugar: «Buscad a Dios y viviréis» (Sal 68,33), pues por la búsqueda viene la contemplación, y por ella la vida. Y alégrese el intelecto, sea iluminado y se regocije, como dice David: «En ti está la morada de todos los que se alegran» (Sal 86,7). Y en otro lugar: «En tu luz veremos la luz» (Sal 35,10). Esto explica también por qué creó Él al intelecto contemplativo y esparció sus propias propiedades por todas las cosas creadas: para mostrarse al intelecto a través de ellas, como por ventanas, en la iluminación espiritual, y atraerlo así, en su movimiento, hacia sí.
22. Dios, el Uno bueno y trinitario, todo lo que hizo lo hizo por su propia voluntad. Y lo que Dios quiere es el bien supremo. La bondad es propiedad del intelecto. Dios creó al intelecto para que contemplara a Dios o las propiedades de Dios, por lo cual el intelecto, cuando contempla, se recoge en lo uno. Así pues, Dios quiere que el intelecto lo contemple a Él mismo, y esto es un gran bien. Dios es el verdadera y simplemente Uno; contemplarlo y recogerse en Él de un modo uniforme es, como ya se ha dicho, el bien supremo.
23. Cuando existe un amor universal único y unido en sí mismo, según explican los sabios en Dios, es evidente que hay algo uno que es amado. Pues si hubiera aunque fueran dos cosas amadas, habría o bien dos amores, o bien el único amor se dividiría en dos y ya no se llamaría único y unido en sí. Pero puesto que ahora se dice que hay un solo amor universal recogido en sí mismo, hemos de entender que hay también un solo amado. Sin embargo, lo amado precede al amor que se le dirige, y no sucede que alguien sienta amor por lo que aún no ha percibido como amable. Este amor es aquel amor intenso que hemos de tener hacia Dios, como nos exigen la Ley natural y la escrita de Dios. La ley natural enseña al intelecto, que ama lo bello, a avanzar hacia lo aún mejor, que es Dios. Y la ley escrita dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. El Señor nuestro Dios, el Señor es uno» (Dt 6,4-5). Hay, pues, un solo amado, esto es, la Unidad trinitaria, que debe estar en el intelecto antes de que haya amor hacia Ella. Por eso el intelecto debe tender hacia arriba, hacia el Uno transcendente, para que por el hallazgo y la contemplación de Él resplandezca también el amor hacia Él, y el hombre pueda cumplir la Ley y los mandamientos, amando, como dice la Ley, al Señor su Dios.
24. No puede ser que el intelecto, habiendo ascendido al Uno que está sobre todo intelecto, sea por alguna razón incapaz de amarlo. Pues se encuentra con una belleza inefable e incomprensible que brota del Uno como de una raíz que todo lo sostiene. Cuando la iluminación divina desciende sobre el intelecto, este se hace como una red en la que han caído tantos peces que puede romperse; el intelecto queda herido de asombro al contemplar la belleza que está sobre todo intelecto, y se embriaga de ella como de vino, y queda como fuera de sí, y se maravilla más allá de toda medida, incapaz de contener la visión de aquella belleza incomprensible. Por esto, naturalmente, los lazos del amor retienen al intelecto, y es como si lo abrasara la sed. El Uno que está sobre todo intelecto es uno. Pero todos lo llaman causa primera de todo, principio y fin y unificación de todas las cosas. Derramando la fuerza que hace lo bello y lo bueno, Él mismo sacó de sí la belleza y la bondad de todo lo bello y bueno, siendo Él infinitamente más alto que toda belleza y toda bondad, presente sin fin en las cosas creadas y sin embargo incomparablemente el Uno transcendente. Por naturaleza es el único deseable por encima de todo lo deseable, el único verdadero y bueno por encima de todo bien y toda bendición, y el único verdaderamente amado por las leyes de la naturaleza y del orden, como causa de todo, ya que ha sobrepasado todo lo amado y deseable por la excelencia de su belleza y bondad; y es el único verdaderamente transcendente, como el único que verdaderamente es, de quien proceden todos los seres. Por tanto, como se ha dicho, con la ayuda de Dios hay que volverse en espíritu a buscar y hallar solo al Uno, de quien vienen todos los principios y todos los fines. Y entonces las puertas del amor divino se nos abrirán por sí solas por la gracia de Cristo, y entraremos en el descanso de nuestro Señor con gran alegría y gozo; conoceremos la dulzura de aquel Uno y gustaremos el deleite divino, permaneciendo también nosotros uno, sin desgarrarnos ni dividirnos en muchos, según la oración del Salvador al Padre, que dijo: «Que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). Entonces podremos cumplir con diligencia el mandamiento que nos ordena: «Amarás al Señor tu Dios… con toda tu alma… y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27), y alcanzaremos la perfección en la medida en que es posible al hombre. Pues el amor es el fin de la ley, y sobre él se apoyan no solo la ley y los profetas, sino también todos los que han sido hechos perfectos en Dios en Cristo.
25. Para todo aquello que por su naturaleza está inclinado a unirse con el Espíritu, la división lleva al debilitamiento. Por eso también el intelecto, si se dividiera aunque fuese un poco en sus actividades, se hallaría fuera de lo que le pertenece por gracia. Esto sucede cuando mira cosas diversas, pues es imposible que, mirando cosas diversas, permanezca indiviso. Y si alguien supusiera lo contrario, no podría explicar fácilmente por qué el intelecto en estado de quietud difiere del intelecto en estado de unión; y con ello sostendría que el intelecto de los temerosos de Dios es semejante al de quienes están dominados por las pasiones, lo cual es fuera de lugar. En su actividad el intelecto se hace semejante a aquello que mira: si ha de contemplar lo compuesto, se hace él mismo múltiple, y al apartarse de la simplicidad no puede permanecer indiviso. Y cuando el intelecto ha caído bajo la división, en modo alguno puede permanecer puro de pecado; pues aun esto se reconoce como pecado, que se divida dentro de sí mismo —así piensan quienes han visto en sí tal división—. Si, pues, la parte espiritual del intelecto, que debe conocer el bien por percepción noética mediante la contemplación del Uno transcendente y supremo, ha padecido división y se ha hallado fuera de la gracia, conviene que se aferre al Uno transcendente, se extienda hacia arriba y lo contemple, y esto con toda el alma, si queremos escapar de la división y de la discordia. Aun cuando el intelecto mire lo que es uno pero creado, no podrá permanecer indiviso. Pues lo uno creado no puede llamarse verdaderamente simple: es limitado y compuesto y circunscrito; por eso sería erróneo llamarlo simplemente uno, y el intelecto, mirándolo sin desviarse, no tendrá una actividad simple y uniforme. Pues su mirada será circunscrita y limitada y marcada por la composición, como lo es aquello que el intelecto mira; y así el intelecto se apartará de la gracia divina que lo hace simple y sin principio, ilimitado y no circunscrito, y se hallará fuera del Uno oculto que está sobre el intelecto. Perderá también el intelecto su propia gloria, que es el deleite de la propiedad de la unidad, y la inmensidad de la ausencia de principio, y la simplicidad en la cual es sin forma de un modo uniforme; y no alcanzará el intelecto la percepción de aquella belleza sobrenatural e inefable. Conviene, pues, al intelecto mirar hacia el Uno sin principio, simple y verdadero, y extenderse hacia arriba, para que el Uno lo ilumine y él se una con la unidad que reúne todos los principios, y por ella consigo mismo; y esto no solo para que el Mejor lo ame más, ya que se hace semejante al Mejor en cuanto es posible por la ilimitación y la simplicidad, por la ausencia de forma y de figura, sino también para que él mismo pueda amar la belleza divina y hermosa que está sobre la naturaleza, habiéndose elevado, como se ha dicho, a esa semejanza. Pues es sabido que lo semejante se inclina hacia lo semejante; y así es claro que Dios amará al intelecto, y el intelecto a su vez amará a Dios. Pues lo semejante se asemeja a lo semejante. La semejanza, como se sabe, tiene correspondencia; y así el amor de un lado suscitará el amor recíproco del otro. No hay sentimiento más fuerte que surja entre Dios y el alma.
26. Cuando el intelecto alcanza a Aquel que está sobre el intelecto, entonces se hace, más allá de su propia naturaleza, sin forma y sin figura y del todo inconcebible de manera deificada, sin principio y sin fin; en una palabra, más allá de su propia unión. Pero cuando conserva consigo sus propios pensamientos, aunque esté concentrado en cosas divinas y espirituales, entonces, como dicen, se mueve y obra naturalmente y permanece dentro de los límites de su propia naturaleza. Ahora bien, lo sobrenatural está mucho más alto que lo natural, y por eso hemos de esforzarnos por amar lo que es sobrenatural, pues es mucho mejor, según el mandamiento que nos manda buscar con empeño los dones mejores. Pero es claro que cuando el intelecto permanece en lo sobrenatural, permanece en Dios. Pues Dios es más alto que toda naturaleza, ya que es el primer principio de todo y es simplemente Uno. Por eso conviene al intelecto extenderse hacia arriba, esforzarse por contemplar y ascender al primer principio y al simplemente Uno, para que, habiéndose elevado al Uno sobrenatural por encima de su actividad natural, se halle mejor en lo sobrenatural que en su propio estado natural.
27. Todo ser halla reposo y satisfacción en sus propias propiedades naturales, que primero se formaron en la causa primera sobre una base uniforme. El intelecto, pues, llegará naturalmente a la verdadera alegría, y tendrá no poco gozo, y descansará del todo, cuando, habiendo venido y dejado atrás todas las cosas, se extienda hacia la causa una y primera y allí, por comunión espiritual, alcance a Aquella de quien proceden todas las cosas y las propiedades de todas las cosas: los principios de todo, los medios y los fines, que en Ella se formaron y en Ella se contienen, en Ella se cumplen y en Ella llegan a su término; por Ella se consuela todo lo que conoce el bien, y por Ella fue creado ese mismo intelecto tal como es. El intelecto puede en cierto modo volverse hacia sí mismo cuando se vuelve hacia la verdadera causa de todo, esto es, hacia su propio arquetipo. Y puesto que todo ser se ama naturalmente a sí mismo, y el intelecto lo siente más que nada, siendo imagen de la belleza inconmensurable del Uno que está sobre el intelecto, el intelecto ama grandemente contemplar su propia causa; pues, como ya se ha dicho, al volverse hacia ella se ve a sí mismo y comienza a amar todavía más. Por otra parte, hay también una especie de amor que las criaturas muestran naturalmente al Creador, mientras que a los padres, por su parte, los invade el amor a sus hijos. Por eso en quien se vuelve hacia la causa única de todo surge una dulzura inefable, pues se vuelve hacia la causa de su propio ser y hacia sí mismo, como se ha dicho. Pues en Ella, como en la causa de todo, todo tiene su ser primordial; y por supuesto también el intelecto, como uno entre todos, está contenido en el Uno que está sobre el intelecto, como en su arquetipo causal.
28. De lo que está sobre la esencia recibió su ser toda esencia; de lo sobrenatural, toda naturaleza; de lo intemporal y no compuesto, lo temporal y compuesto; de lo increado recibió su naturaleza todo lo creado; así también toda forma surgió de lo informe, y del Uno transcendente surgieron los muchos y lo visible. Quien, pues, no avanza hacia el Uno informe y no lo mira como su fundamento, sino que se vuelve hacia algo visible y con figura entre las cosas creadas, prefiere lo incomparablemente pequeño a Aquel que verdaderamente es, y acaso se acerca incluso a la idolatría. Pues hacia lo que un hombre avanza y lo que mira, eso desea también, y por eso es vencido; y por lo que es vencido, a eso se somete. Tal hombre sirve a la criatura más que al Creador. El intelecto de cada uno se somete, sirve y ama a aquel a quien mira y hacia quien avanza. Si avanzar hacia cualquier otra cosa fuera de lo simple e informe trae tantas caídas, entonces hacia el Uno informe hemos de avanzar, y a Él volver nuestro conocer, y con el intelecto extendernos hacia arriba, donde hallaremos los tesoros de todo conocimiento, y donde para quienes han llegado allí sobreviene el descanso y el cese de toda contemplación, donde el pensamiento se detiene, donde entra un silencio por encima de todo intelecto y un gozo inefable.
29. Si todos los seres desean el ser, y la causa del ser de todos está en el Uno que está sobre el ser, entonces todos los seres, y especialmente los racionales, que se mueven rectamente —como deben— hacia el ser, por eso mismo desean también al Uno que verdaderamente es, que está sobre el ser. Por tanto, el intelecto que no se extiende hacia arriba, hacia el Uno, y no lo anhela, se mueve falsamente; está extraviado y cae de su propia dignidad, que consiste en el conocimiento del Uno que está sobre el ser y en la unión divina y uniforme con Él en el amor, unión que está sobre todo entendimiento.
30. Las causas contienen en sí una sobreabundancia de la belleza de lo que procede de ellas. Y la causa común de todo es el Uno preeterno. Si el intelecto se adhiriera a cualquiera de las cosas que proceden del Uno preeterno —sea a la belleza, sea a alguna otra cosa que atrae al intelecto—, entonces esta intención suya sería sin duda falsa. Pues aunque ama la belleza, esa no es la belleza del primero y verdadero (el cual, una vez tocado, hace bellas todas las cosas), sino que el intelecto, por ignorancia o por hastío, avanza hacia lo que toma su belleza del Uno preeterno. Pero el intelecto que reflexiona bien sobre hacia dónde debe avanzar dirige sus pensamientos a la contemplación del Uno preeterno, viendo claramente que recibirá en sobreabundancia lo que desea, y que la contemplación noética es para él como una causa, y que nada le dará ni sus propiedades ni su belleza, sino solo el Uno preeterno. Pues aunque parezca que hay potencias capaces de otorgar sus propiedades, no pueden permanecer para siempre en el intelecto que las ama. Creemos, en efecto, que esto solo está en poder del Espíritu Santo; solo Él puede obrar donde quiere y como quiere, como Señor y como quien tiene naturaleza soberana, Persona de la Unidad trihipostática. Conviene, pues, al intelecto volverse al Uno preeterno, donde no solo está la fuente de todos los bienes, sino también la dispensación indiscutible de los dones.
31. Todos los seres tienden por naturaleza hacia el bien; y el bien en verdad es solo uno, aunque llamemos buenas a muchas cosas. Entre las muchas cosas no hallarás nada que sea simplemente bueno y, por así decir, todo perfecto; en ellas hay solo lo que podemos llamar un bien parcial, pues toca el bien del Uno que está sobre la esencia, pero no tiene el bien en sí mismo. Pues solo el Uno preeterno es simplemente bueno, y el bien supremo, y la fuente de toda bondad; Él puede comunicar sus propiedades y atrae naturalmente hacia sí a todo ser, toda existencia, toda disposición, potencia, movimiento, actividad y propiedad, y toda belleza y bondad cualquiera. Simplemente, todos los seres y todo lo visible en torno a los seres recibieron creativamente su aparición del Uno preeterno. Por tanto, cuando el intelecto avanza no hacia el simplemente Uno sino hacia alguna otra cosa, su movimiento es falso; pues aunque avanza quizá hacia un bien, no es hacia el bien verdaderamente simple, no hacia aquel que derrama la plenitud de la gracia y hace mejor todo lo demás que necesita más bien y cambio para mejor.
32. El intelecto de muchos hombres, habiendo padecido división por ignorancia, yace en la insensatez y, como desgarrado por los muchos, no conoce al bueno y simplemente Uno; no lo busca ni avanza hacia Él. De esto dice el Espíritu Santo por David: «Muchos dicen: ¿quién nos mostrará bienes?» —no al Bueno—. Y esto se comprende, pues andan atareados y ansiosos por muchas cosas, y por eso no saben que hay que buscar al Uno. Aquella porción suya que la santa palabra de Dios llama buena, o la pasaron por alto sin entenderla, o la perdieron por su negligencia, sin pensar siquiera en buscar a Aquel que más digno es de ser buscado. Creyendo seguir las enseñanzas de David y caminar como conviene tras sus huellas, repiten con él: «Se ha marcado sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor», esto es: el conocimiento de tu única gloria se ha reflejado en nosotros como en un espejo. Así pues, los muchos hallan su consuelo en muchos bienes, pero los que viven espiritualmente son interiormente iluminados, y el Espíritu Santo los alumbra con el conocimiento del Uno simplemente bueno.
33. La fuerza de una corriente de agua es mayor cuando fluye hacia adelante en un solo cauce y no se divide ni se quiebra en muchos arroyuelos. Así también la contemplación del intelecto, su movimiento y su anhelo serán más fuertes si avanza no dividido en muchas partes y por muchos caminos, sino en una sola corriente y sin división; y esto sucede cuando el intelecto avanza hacia el Uno transcendente y simple, lo mira y lo contempla. Pues el Uno transcendente y simple tiene poder para recoger en sí al intelecto; y el intelecto, hecho digno de contemplarlo, no puede sino tomar el mismo aspecto que Él —esto es, no puede sino hacerse su reflejo, y no puede sino hacerse sin forma en una disposición uniforme: simple, sin color, sin figura, sin propiedades, ilimitado, sin fin, sin imagen y simplemente el Uno transcendente—; pues es iluminado por los rayos del amor divino y transcendente en la revelación del conocimiento misterioso, y es coronado con la quietud y con el reposo de los pensamientos más allá de la palabra y del pensamiento, deleitándose con gozo espiritual y alegría celestial. Además, es transformado en algo más divino y revestido de la imagen divina en concordancia espiritual con lo simple y lo infinito y lo sin imagen y lo sin forma y lo uno y lo demás que ya se ha mencionado. Y si esto no sucediera, y el intelecto no padeciera tal cambio divino, en modo alguno alcanzaría la percepción y el conocimiento del Uno transcendente. Pues Dios es la Unidad unificadora y el Intelecto por encima de todo pensamiento; y entonces el intelecto, si puede, lo concibe de manera transcendente, cuando se ha hecho uno del modo descrito, habiendo llegado a esto por el conocimiento de la Divinidad.
34. La trinidad de la Divinidad transcendente se recoge sobrenaturalmente en una sola unidad, pues Dios es un Uno trihipostático. Por eso es imposible que el alma sea verdadera imagen de Dios si ella misma, constando de tres partes, no se hace sobrenaturalmente una en sí. Y digo que el alma consta de tres partes, no porque tenga potencia racional, desiderativa e irascible, pues esa no es la verdadera triple naturaleza del alma: el alma racional no está de suyo inclinada al deseo y a la ira. Estas potencias entraron en el alma desde la parte irracional de la creación por medio de la presente vida animal, siendo en sí mismas irracionales y oscuras. El alma en sí es racional, y su naturaleza plena es luz espiritual. Por eso se inclina a considerar como propias solo aquellas partes sin las cuales verdaderamente no puede obrar. Y puede obrar sin ira y sin deseo, y es precisamente sin ellos como obra de verdad. No son, pues, estas sus partes reales, sino potencias que entran en ella, como he dicho, por la condición animal e ínfima. Pues el alma racional, que con su intelecto examina lo de arriba y concibe cosas noéticas, y se extiende más allá de sí misma y, por así decir, salta hacia arriba, arroja lejos la ira y el deseo, como se arroja algo necio, ya que no tiene dónde emplearlos allí donde hay simplicidad y lo invisible, lo incoloro e inconcebible y todo lo demás que requiere un intelecto libre, uniforme, recogido en sí mismo y del todo simple. El alma triple en su simplicidad es el intelecto mismo, y usa de palabra y espíritu, lo cual le es sumamente propio y en nada daña su simplicidad; pues tampoco la trinidad de la Divinidad de único principio, cuya imagen es el alma, estorba su unidad y su simplicidad, sino que la Divinidad es a la vez el Uno simple y transcendente y, no menos e infaliblemente, la Trinidad. Por tanto el alma —esto es, el intelecto, pues el alma es intelecto y el intelecto es alma—, junto con la palabra y el espíritu, está sobrenaturalmente unida y refleja la verdadera semejanza de la única Divinidad trihipostática. Y esto no puede suceder de otro modo que por la visión y contemplación de la Unidad trina sobrenatural; pues Ella creó así al alma, y Ella también la vuelve, templándola como en fuego, hacia la semejanza, y sin verla y contemplarla el alma no puede comprender esto. Si esto no sucede y la semejanza no se restaura, entonces sentiremos en ello una carencia, sobre todo en la contemplación y en la verdad, de las cuales debemos cuidar más que de nada; pues sin ellas nos es imposible alcanzar la impasibilidad. Porque así como debemos ser activos en el bien para llegar a ser impasibles, así debemos ser también contemplativos respecto de la verdad para llegar a ser semejantes a Dios, siervos de Dios que está sobre todo, y hacernos dioses por adopción y serlo por semejanza con el arquetipo. Si hemos de llegar a ser uno por semejanza con el Uno transcendente primordial, esto nos sucede cuando miramos al Uno universal, lo contemplamos, nos extendemos hacia arriba, nos volvemos noéticamente y miramos sin cesar a ese Uno. De todos modos hay que esforzarse por mirar al Uno transcendente, que está más allá del intelecto, e inclinarse enteramente hacia Él con todo celo, con todo el corazón y el alma, y cultivar el amor al Uno transcendente, para que el amor a Él se haga alas santas de nuestra ascensión noética hacia Él. Y así estaremos siempre como en el aire, en una disposición invisible, con un solo ojo puesto en el verdaderamente único Señor, cantando a la Trinidad en palabra y en espíritu con un modo trino de pensar, y avanzando hacia Ella y siendo impresos como a Ella le plazca, y uniéndonos unitariamente con nuestras potencias al Uno que está sobre toda unidad.
35. La unidad es el principio perceptible de toda cantidad numérica, y el Uno transcendente es el principio de toda multiplicidad, visible e invisible, que pueda concebirse, y de todo cuanto existe. Así como todo número tiene su principio en la unidad, así todo lo que existe deriva de algún modo del Uno transcendente, por causalidad natural o creadora. Sin embargo, el lugar de la unidad numérica, puesto que puede percibirse por los sentidos, queda determinado consecuentemente por su naturaleza, pues la unidad es el principio de todo lo que se cuenta, y el sentido, al contar, la pone antes que todo lo demás. En el Uno transcendente, en cambio, puesto que está más allá del intelecto, vemos lo contrario. Es precisamente esta Unidad, primera de todo por naturaleza, la que el intelecto pone después de todo lo demás; pues ningún intelecto es capaz de percibir como principio al Uno que está sobre el mundo y pasar de Él a los muchos. Al contrario: asciende de los muchos al Uno que está sobre el mundo y se recoge en Él. Y así como en el primer caso los sentidos necesitan la unidad numérica, porque pasan a los muchos —ya que de otro modo el intelecto no puede contar ni ir a donde quiere—, así aquí la condición del alma necesita de los muchos, porque por ellos asciende al Uno transcendente y se recoge en sí misma, y de ningún otro modo puede llegar a la concepción del Uno transcendente. Así el intelecto, usando el orden y el camino que le son propios, comienza por los muchos, y su culminación es la llegada al Uno transcendente. Pues así como por el sentido la unidad numérica se capta y determina plenamente, y por eso el sentido la pone primera en el orden, como su naturaleza requiere, así el Ser transcendente y sobrenatural, a quien el intelecto busca y no puede comprender, está sin duda demasiado lejos del estado natural del intelecto para que este parta de Él; y, siendo Él sobre la naturaleza, el intelecto halla más bien en Él, sobrenaturalmente, no un principio sino un fin, después de haber recorrido y enumerado muchas cosas.
El pensar pertenece a la naturaleza del intelecto, y el Uno transcendente es en sí mismo inconmensurable e inaccesible; por eso el intelecto se inclina a pesar suyo hacia los muchos. El intelecto no puede cesar de pensar, y no puede asir al Uno supremo y transcendente. Y sin embargo, mirando a los muchos, ve noéticamente en cada cosa algo que no pertenece a esa cosa, sino solo al Uno. Reuniendo de todas las cosas visibles lo que se manifiesta al pensamiento, y viendo que todas ellas concuerdan entre sí, no se contradicen y se asemejan a flores de una misma raíz y un mismo crecimiento, el intelecto pasa lentamente de los muchos al Uno supremo, de quien vienen los muchos y todas las cosas, y es recogido naturalmente, apartándose de los seres naturales, en un acto sobrenatural, contemplando como en un espejo al Uno sobrenatural y primordial, cuya naturaleza está sobre toda naturaleza —razón por la cual los hombres naturales solo lo ven de un modo—. Es entonces cuando el intelecto, contemplando inefablemente a Aquel que afina y crea la bondad y toda belleza, y habiendo gustado del Uno eterno, vuelve a los muchos solo de mala gana, aunque sean bellos y contengan en sí algún bien. Por encima de todo ama el intelecto la belleza, y por eso no evita por su propia voluntad a Aquel que está sobre todo, a no ser que esto le sobrevenga por alguna circunstancia.
Y puesto que la apariencia de los seres es muy diversa, y el intelecto los entiende de distintos modos y llega por ellos al Uno sobrenatural de distintos modos, conviene, a mi juicio, definir cierto orden de tránsito de los muchos al Uno sobrenatural, para que el intelecto, subiendo como por una escalera, avance con confianza y advierta cuándo le falta algo: si está donde debe estar, y qué lo extravía y lo priva de aquella belleza y de aquella ascensión, o del banquete divino, y cómo devolverlo al lugar del que cayó. De esto aprende a reconocer la niebla de las pasiones, y la iluminación de un corazón puro, y el conocimiento de la verdad, que puede ver como en un espejo; se hace testigo de visiones divinas, llega a conocer el sentido divino, y no le será secreto si ese sentido crece o disminuye. El intelecto puede alcanzar un conocimiento grande y admirable y entender el propósito de la quietud y del encierro.
Puede decirse así: todos los seres se dividen en creados perceptibles, creados noéticos, noéticos increados y el Increado. Cuando el ojo del alma, esto es, el intelecto, se vuelve hacia ellos y los mira a menudo, y elige la quietud en su empeño, entonces se eleva como por escalones desde lo que le agrada hacer a solas hasta la contemplación y comprensión de Aquel que verdaderamente es, hasta el conocimiento de las cosas celestiales; es coronado con los rayos de la verdad y se goza, es enriquecido sin fin por el Siempre-existente, se alegra maravillosamente y se deleita, y con la cooperación de la gracia puede incluso ser levantado, por así decir, antes de tiempo de la tierra, cuando la luz noética se hace fuerte en él y ya no percibe lo de aquí, porque lo posee un Ser que está más allá del intelecto y la concepción de Aquel que es mejor que toda belleza. Aunque estos peldaños sagrados se dividen en partes y parecen conducir gradualmente al fin más alto, la distancia entre ellos no se mide por lugar; la distancia y la diferencia entre ellos es como un grado de cualidad o propiedad. Por ejemplo, las criaturas perceptibles y las noéticas son igualmente criaturas, pero estas últimas superan con mucho a las primeras, tanto cuanto el intelecto supera en belleza a los sentidos. Por otra parte, los seres noéticos increados son superiores a los noéticos creados, aunque se advierta entre los seres un orden distinto; con todo, los seres noéticos increados son inferiores al Increado que está sobre el intelecto.
De aquí puede verse que cuando el intelecto, habiendo pasado más allá de la acción, se detiene en Aquel que excede a todos los seres y está en la más alta ocultación, escondido de todo cuanto puede captarse por los sentidos y por el intelecto, entonces esta es su mejor visión y contemplación, más aún que lo más accesible a las criaturas perceptibles, o incluso que lo que se halla en medio de la actividad. Pues, ya que el intelecto por su naturaleza ama lo bello, se complace en buscar de todos modos lo mejor, no solo para conocerlo, sino también para que lo mejor obre sobre él y lo transforme. Porque, como ya hemos dicho, el intelecto cambia conforme a lo que ve y a aquello en que se deleita.
Y puesto que la mutabilidad, unida a la naturaleza del intelecto, jamás lo abandonará mientras dure el siglo presente y, como alguien dijo, hasta que se retiren las sombras —esto es, hasta que pasemos más allá de la vida presente, que muestra la verdad como en un espejo, velada por enigmas—, el intelecto se inclina, cuando ha de renunciar a la contemplación del Uno increado que está sobre el intelecto, a intentar acercarse cuanto pueda a los seres noéticos increados, para volver así más pronto al Uno increado que está sobre el intelecto. Y cuando halla una niebla espesa que oscurece sus pensamientos y le trae acedia, para apartarlo de la contemplación, entonces debe volverse a la oración activa con corazón humilde; y cuando la tiniebla se retira por el poder de la oración, entonces debe tomar por fundamento las criaturas perceptibles, y en el corazón, por la actividad espiritual que allí se cumple, brillará de nuevo la luz espiritual, y el intelecto tendrá manifiestamente poder sobre su actividad. Pues el intelecto tiene verdaderamente la capacidad de subir, por así decir, a la cima de un monte o de una alta colina, desde donde se ve lejos, y de contemplar no solo lo que muchos no ven, sino también lo invisible e inalcanzable. Sin esto nadie se verá a sí mismo, y menos aún a Dios. Y ahora, quizá, ha llegado el momento de decir algo de esta virtud activa del alma.
36. El alma tiene en sí tres potencias que requieren acción: la racional, la desiderativa y la irascible. Y tiene tres potencias vueltas hacia fuera de sí: el deseo de gloria, el de placer y el de poseer muchas cosas. El alma, contemplando noéticamente la vida de Jesucristo en el cuerpo, sana estas dos tríadas con las cuatro virtudes principales —prudencia (o justicia), templanza y fortaleza— por la gracia del Señor Jesús, y hace capaz al intelecto no oscurecido de elevarse, considerar lo divino y contemplar a Dios. Cuando el Espíritu condujo al Señor Jesús al desierto, donde había de vencer al diablo, allí sanó el Señor la potencia desiderativa con el ayuno, y la racional con la vigilancia y la oración silenciosa, y la irascible con la negativa. El amor al placer, el amor a la gloria y el amor al dinero los venció al no seguir, teniendo hambre, el consejo del diablo ni convertir las piedras en pan; al no arrojarse desde el pináculo del templo para que el pueblo lo alabara por no quebrarse en la caída; y al no postrarse ante el diablo cuando le prometió todas las riquezas del mundo. Rechazó los asaltos de Satanás con una negativa llena de santa indignación, sabia, justa, abarcadora y valerosa, enseñándonos a rechazar todas sus astucias.
Lo mismo puede verse en el tiempo de la crucifixión del Salvador. El Salvador ora, apartándose de los discípulos, y con ello sana la potencia racional; mantiene el ánimo y la vigilancia, y soporta la sed en la cruz —esto sana la potencia desiderativa—; no resiste ni disputa, aunque es calumniado, y ora por los calumniadores —con lo cual lleva la potencia irascible a una acción buena—. Tal ejemplo consiste en reprender al diablo y en perdonar a quienes nos ofenden, como hombres que padecen también ellos los asaltos de Satanás, con silencio, longanimidad y oración por ellos. Lo escupen, lo golpean, se burlan y lo escarnecen: con esto sana el amor a la gloria; le dan a beber vinagre y a comer hiel, y lo traspasan con una lanza: esto es la curación del amor al placer. Estar clavado desnudo en una cruz al aire libre, despreciado como un pobre: esto es la abolición de la inclinación al amor al dinero. Así el Salvador mostró dos veces cómo tratar las pasiones exteriores e interiores: cuando apareció al mundo en el cuerpo y cuando había de partir del mundo. Quien mira a Él, a su enseñanza y a la cruz, y lo imita en cuanto es posible —con prudencia y justicia, de todo corazón y con valentía—, detendrá la operación maligna de estas pasiones, y por ellas la de todas las demás, y usará de ellas rectamente; y se hará un hombre verdaderamente activo, apto para contemplar y tender hacia Dios, y dispuesto a mirarlo noéticamente.
De este modo su intelecto, comenzando por las criaturas perceptibles y viendo cuán bellamente están ordenadas, y habiendo entendido las criaturas noéticas, ha pasado a los seres noéticos increados, como si hubiera subido ya cuatro peldaños. Después viene el silencio divino más allá del intelecto, y la quietud, y el asombro más allá del asombro; en una palabra, la visión y contemplación del Uno sobrenatural, y la unión con Él, incomprensible al pensamiento. Esta es la cumbre de la quietud, el mayor y más alto deseo que puede alcanzarse en esta vida, el límite de la verdad, el acrecimiento de la fe, el claro resplandor de la gloria que esperamos, el fundamento del amor, la regla del intelecto, el detenerse de su constante movilidad, y un descanso incomprensible, y una disposición uniforme, como prenda de la actividad del siglo venidero, causa de un gozo inconcebible, tesoro de paz, retribución de la sabiduría carnal, apartamiento del siglo presente, deseo del siglo venidero, salida de una vida de pasión, comunión estrecha con la impasibilidad, alegre gozo del alma y su recogimiento, la calma y la custodia de sus propios movimientos y potencias; y, en general, conocimiento divino e impasibilidad.
Conviene al alma, aun cuando la acedia la sorprenda o alguna circunstancia exterior la afecte, volver de nuevo a la belleza de la contemplación que le es propia, arrojando la pasión que la retiene y no la deja ir derecha a lo que desea. Debe advertir cuánto se ha apartado de su deseo y por qué. ¿Contempla algo entre las criaturas perceptibles, o entre las noéticas, o entre las noéticas increadas? ¿La separan pensamientos vanos, o alguna necesidad, de lo que está delante, y de Aquel que verdaderamente está sobre el mundo? Entonces debe apartar ese obstáculo, para volver de nuevo, en el debido orden, a la visión y contemplación del Uno transcendente. Pues si el intelecto está en algún lugar fuera del Increado transcendente, que está más allá del intelecto, entonces está dividido y no permanece en lo verdaderamente bello, aunque se mueva bellamente; pues la belleza más alta es Aquel que está sobre el ser, increado y simplemente uno, que sobrepasa al intelecto: y este es verdaderamente el último límite opuesto del intelecto. Cuando el intelecto se mueve rectamente, va allá por el camino recto y percibe la unidad que está más allá del intelecto. Por eso es de desear que vayamos con todas nuestras fuerzas hacia lo infinito, a escudriñar lo que sobrepasa al intelecto, y a ver al Uno invisible, y a asir lo inconmensurable, para poder recibir la única herencia del único Dios supremo por la gracia de nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu vivificante. Ellos nos iluminan, y gracias a ellos somos hechos dignos de la gracia de la contemplación y, recibida la deificación según nuestra condición, nos hacemos dioses por don de Dios.
37. El intelecto que ha entrado en el lugar de la ocultación divina recurre, por supuesto, al silencio, unificado por la simplicidad y así unido al Uno que solo está sobre todo pensamiento, iluminado por la comunión del Espíritu. ¿Y qué podría decir, habiendo ido más allá de sus propias capacidades espirituales, habiéndose puesto fuera de todo pensamiento y quedado enteramente desnudo, ya que ahora está por encima del pensamiento? Pues si aún queda pensamiento en él, es claro que también piensa. Todo pensamiento viene después de la reflexión; y si piensa algo, ¿cómo puede permanecer en el lugar de la ocultación? Pues lo verdaderamente oculto no es simplemente lo que el intelecto ve y ningún otro ve. En tal caso muchísimas cosas podrían llamarse ocultas, ya que mucho —o cabría decir todo— lo que el intelecto ve es desconocido para los demás. Si así pensáramos, lo oculto vendría a acercarse a lo ilimitado, lo cual es absurdo. Pues lo verdaderamente oculto es aquel Uno al cual el intelecto asciende después de todo lo demás, y del cual todo lo demás procede, sea visible o contemplado. El intelecto mismo, habiendo ascendido a Aquel que está sobre todo lo visible, todo lo dicho y todo lo manifestado por el pensamiento, pierde la capacidad de reflexionar, de ver, de hablar. Y no se ha elevado aún a tal altura como para alcanzar la ocultación divina mientras pueda hablar, pues entonces todavía reflexiona. Pero lo oculto es inconcebible, y por tanto está sobre el entendimiento; y entonces el intelecto, habiendo entrado en el lugar de la ocultación divina y habiendo sido unificado, calla no por su propia voluntad sino naturalmente, iluminado natural y únicamente por el Uno que está sobre el pensamiento.
38. Si las palabras tienen poder para hacer avanzar al intelecto y hacerlo progresar, entonces lo llevan con éxito allí donde la palabra no alcanza, esto es, a la obra que se cumple en silencio. Si, por ejemplo, las palabras pudieran ser siempre propias del intelecto y el alma las necesitara siempre, entonces no veo qué progreso obtiene el intelecto de los discursos. Pues el discurso no es provechoso ni para la actividad ni tampoco para la contemplación, ya que el intelecto pasa de las palabras, que son imagen de los seres, a lo que es simple y está sobre la palabra, sin forma y exclusiva y verdaderamente uno; y así toda palabra no es el objeto principal sino más bien, para decirlo con precisión, un estorbo. Pues las palabras se usan en general al pasar, cuando hay necesidad, de un pensamiento a otro; ¿de qué modo, entonces, lo simple y perfecto, lo infinito e ilimitado, lo que es verdaderamente uno por encima de la palabra, necesitará palabras para pasar a alguna parte? ¿Pues cómo podría ser abarcado por una palabra? La palabra contiene en cierto modo el ámbito de un concepto; pero el Uno transcendente es inabarcable, como ilimitado y sin forma. Y si la palabra no puede corresponder al Uno oculto que sobrepasa al intelecto, como inabarcable y sin forma, entonces para el Uno solo el silencio es adecuado. Cesen de usar palabras quienes han progresado en el silencio, pues ya antes de esto alcanzaron la contemplación simple sin ayuda de imágenes.
39. Si las palabras pertenecen a lo conocido, y lo oculto es desconocido, entonces cabe sostener que lo oculto está más allá de la palabra. Pues si el desconocimiento de lo oculto es más alto que el conocimiento, y el conocimiento supremo no requiere tanto saber, menos aún necesita la palabra. Por eso el intelecto que ha ascendido al Uno oculto y simple claramente calla; y si no calla natural y espontáneamente, entonces en su ascensión no ha alcanzado aún al Uno oculto y sumamente simple.
40. Así como quienes practican la quietud salen a veces de su celda y aprenden por experiencia la diferencia entre estar sentados en la celda y salir de ella, así quienes llegan a conocer el silencio y luego vuelven a hablar se acercan por la contemplación a la gloria de Dios, y se conocen a sí mismos: en qué disposición los halla el silencio, por naturaleza y no por su propio querer, y cómo son cuando sienten inclinación a conversar; si oran cuando el silencio les sobreviene, o si a veces no pueden siquiera abrir los labios. Pues ellos, como ángeles en la tierra, tocan la verdad de un modo uniforme, sin forma, sin ojos, sin imagen y simplemente, con la mirada incesante del intelecto, sintiendo dentro de sí solo temor reverente y asombro, sin reflexionar en nada, sino contemplando más bien sin ojos las iluminaciones divinas y sin principio. Pero cuando el intelecto sale de allí, ya que es mudable, entonces pueden hablar y pasar noéticamente a muchos y variados cambios. Y para que vuelva a ellos el estado del silencio, con mucho mejor que el discurso, abrazan de buen grado la quietud y guardan sus sentidos junto con sus impresiones, y se esfuerzan de todos modos por evitar tanto el discurso como la reflexión, para poder repetir con David: «Enmudecí y me humillé, y callé aun de lo bueno» (Sal 38,3). Pues aun las palabras buenas están por debajo del silencio unido al discernimiento.
41. La Divinidad no está ni del todo manifiesta ni del todo oculta. Que Él es, se ha revelado abierta y claramente; pero cuál sea su esencia permanece oculto. Saber que existe es una cosa; saber qué es, otra muy distinta. Que existe se ve por su actividad; qué es depende de su esencia, y ni siquiera los ángeles conocen esto de Dios. Dios es infinitas veces infinitamente más alto que todo ser y que todo intelecto y pensamiento. Por eso, cuando el intelecto alcanza lo que prueba la existencia de Dios, puede decir mucho y filosofar excelentemente; puede llamarse amante de la sabiduría y teólogo. Pero cuando, habiéndose elevado y sobrepasado la certeza de que la Divinidad es, queda abrazado por la ocultación divina y se pone en movimiento concibiendo que Él es, entonces, como es natural, por la acción de la gracia se hace del todo sin forma, inabarcable y sin ojos; entonces toda palabra que pudiera decir algo de Dios queda sin obra, y el intelecto, unificado y sumergido en lo inconcebible, permanece sin movimiento; y entonces, hecho parte de lo que está más allá de todo, donde no se distingue ni palabra ni pensamiento ni intención, sino que reina la simplicidad, y la incomprensibilidad y la quietud y el asombro, lo sin forma, lo sin fin, lo ilimitado, entonces de un modo admirable ve la visión de lo invisible y la forma sin forma; y él mismo se hace desprendido y sin forma en su propia rectitud, e imprime en sí lo que invisiblemente contempla y sin ojos mira: en una palabra, la belleza divina y sobrenatural; y glorifica a Dios, que lo creó tal.
42. Dios, que está sobre toda unión, es llamado uno no solo porque es simple, sino también porque solo Él existe verdaderamente entre todas aquellas cosas que, como se ha dicho, existen y tienen su ser de Él. Lo que no es verdadero y simplemente existente tampoco es verdadera y simplemente uno. Y como Aquel que es, es del mismo modo en todas partes inabarcable; y como el Uno, no se asemeja a ninguno de los demás, y permanece del todo fuera de todo. Como eterno, no tiene ni principio ni fin de su ser, y en todas las cosas por igual resplandece con los purísimos rayos divinos de su providencia. Además de esto, como Aquel que puede ser conocido sin estorbo por todas las criaturas —para ser visible en todas partes, de un modo uniforme por encima de la unión noética—, requiere un intelecto entero, sin forma, sin imagen, sin color, intacto por ser alguno, del todo desprendido de todo, que asciende hacia la infinitud de la ilimitación, del tiempo, del lugar, de la naturaleza y de cuanto a la naturaleza pertenece.
43. Cuando hay una unión espiritual entre Dios y el intelecto, que se realiza por la percepción noética, entonces, como se ha dicho, el intelecto recibe enteramente la impronta del Uno oculto sobrenatural, que sobrepasa su propia naturaleza, mediante el sentido noético. Sin embargo, las percepciones del intelecto mismo son conformes a su naturaleza, purificada por la gracia, pues pensar significa para el intelecto lo mismo que ver para el ojo. Así, quien mira en la oscuridad no ve allí nada sino la oscuridad misma, y percibe que no ve; mientras que si hubiera cerrado los ojos, podría haber supuesto que había luz y algunas cosas en torno suyo. Pero viendo, ve claramente lo que no ve; y que la potencia de la vista penetre la oscuridad y conozca lo que está escondido excede la naturaleza del ojo —y sin embargo esto no significa que el ojo no entienda que no ve—. Así ocurre con el intelecto: habiendo ascendido al refugio divino y llegado a estar por encima del pensar, verdaderamente no contempla nada —¿y cómo podría?—, pero ve lo que no ve, y ve que aquello que no ve es el Uno solo, como cubierto por una especie de oscuridad, de la cual, de cualquier modo que sea, procede todo lo que existe: sea visible, sea contemplado por el intelecto, sea perteneciente a las criaturas o eternamente existente e increado. Y si no contemplara, no vería cómo se extiende más allá de sí mismo. Pero contemplando, contempla con toda claridad que no es él quien contempla, estando por encima de la contemplación, y que es imposible llegar a la contemplación de aquello que no contempla.
Sobrepasa la naturaleza del intelecto entrar dentro y ver el único refugio divino que es más alto que el intelecto. Solo un intelecto muy puro, contemplando en el Espíritu, es capaz de mirar en la oscuridad divina de esta ocultación y concebir la unidad inefable que está sobre todas las cosas en misterio inefable, y ver que no contempla nada dentro de la oscuridad divina. Pues una mirada noética abierta, sin mancha e inactiva surge en el intelecto cuando ve que no contempla nada sino el refugio divino y simple del Uno. Y esta es señal de desconocimiento. Pero cuando comienza a contemplar con más claridad, entonces descenderá hacia lo que sobrepasa al intelecto, y entonces contemplará su propia ceguera mientras contempla en el refugio del Uno sumamente simple. Y aunque ve muy claramente que el Uno es aquello de lo cual todo se origina y que es oculto, sin embargo no ve qué es Él. Por eso se dice que el intelecto se dirige hacia lo que excede su propia naturaleza cuando contempla la ocultación sumamente simple de Dios. Y la posibilidad de esto le viene por naturaleza cuando se hace puro; y cabe decir que serlo por naturaleza significa para él entrar ciegamente en un estado sobrenatural, esto es, moverse de modo inconcebible hacia el refugio divino y sumamente simple que está sobre el intelecto. Pues en tal caso el intelecto no tiene percepción cognoscitiva alguna, salvo el pensamiento del Uno, que no se descubre. Pero habiendo llegado allí con el movimiento que le es propio, lo termina en una detención y una quietud.
No digo que cese de contemplar, pues eso sería un doloroso estado de insensatez; digo que se detiene y descansa del pasar de pensamiento en pensamiento o de contemplación en contemplación. Pues el intelecto, habiendo fluido allí y caído en la profundidad de la infinitud y la ilimitación, habiendo asido en la luz del pensamiento lo inconmensurable de este refugio divino insondable, se oscurece, por así decir, y se detiene, sin percibir nada más salvo el asombro en medio de la luz del pensamiento. Y aunque el intelecto no pasa de un pensamiento a otro, es movido por la luz del pensamiento; y él, mirando sin movimiento la ocultación que está sobre el ser, cae en admiración de un mismo modo y es adornado por la interioridad inaccesible de una iluminación que no se descubre a sí misma. Y si estuviera ocioso respecto de la contemplación, ¿cómo sentiría asombro ante la iluminación? Pero se dice que el intelecto, llegado allí, se detiene. Esto significa que no se mueve de un pensamiento a otro, contemplando al Uno y gustando la belleza del Uno que está sobre todo; arrebatado por ella e iluminado, se detiene sin movimiento —pero no de modo que disminuya su propio deleite en la contemplación, pues eso sería una debilidad que hay que evitar, una debilidad no digna de alabanza y llena de la oscuridad de la ignorancia: no contemplar en modo alguno ni en parte alguna—. Más bien, la llamada detención del intelecto viene después de la iluminación inaccesible de la luz. Y la contemplación no se apresura hacia el paso de un pensamiento a otro, sino hacia el cese del movimiento del intelecto, porque el Uno sobrenatural y oculto que está más allá de todo es infinito e inconmensurable para todo intelecto, y no permite al intelecto, mientras contempla —ya que padece la debida purificación y el auxilio divino—, contemplarlo en ninguna otra dirección. Y de esta contemplación divina, de la belleza inimitable y de la infinitud, el intelecto se desvía únicamente si algo que lo fascina lo distrae, o recibe algo de fuera, o a consecuencia de alguna mutabilidad natural en la que cae.
44. La naturaleza del intelecto es pensar. Y pensar significa movimiento y paso de pensamientos. Pero cuando el intelecto permanece en Dios, llega a estar por encima del pensar y del movimiento; por eso será justo decir que el intelecto, concibiendo perfectamente a Dios, llega a estar por encima de su propia naturaleza. Pues todo pensamiento procede por naturaleza de alguna cosa. Y donde no hay visión de una cosa, allí no nace pensamiento ni lo hay en absoluto. Pero Dios, a quien de ningún modo puede verse con ojos naturales, da naturalmente al intelecto las imágenes de las cosas que lo rodean, entre las cuales obra manifiestamente y que ocupan el lugar de la potencia que procede de alguien poderoso. Así pues, como el intelecto está acostumbrado en todo lo demás a ver las potencias junto con el poderoso, busca esto también en Dios y no lo halla —pues lo que el intelecto ve en torno a Dios sobrepasa la naturaleza de todo intelecto creado—, y concibe a Dios, como se ha dicho, con un pensamiento a la vez simple y recogido. Habiendo pasado al espacio de la quietud, recibe la amistad divina. El intelecto, cuando el Espíritu divino y digno de adoración obra en él, es a menudo arrebatado del pensamiento a un estado sin forma, sin propiedades y simple; entra muy velozmente en medio del corazón por la potencia sobrenatural del Espíritu, concibiendo a Dios y no reflexionando en nada, sino llegando a estar por encima del pensar. Y por esto —esto es, por la contemplación de lo que rodea a Dios— el intelecto asciende a la concepción de la Divinidad, habiéndose hecho, como se ha dicho, simple. Por eso se dice de él que permanece en un estado que sobrepasa su propia naturaleza, pues llega a estar por encima del pensar.
45. Todo lo que se llama oculto debe tener algo por lo cual se manifieste, de lo cual pueda verse que es oculto. De otro modo se parece más a lo que no existe. Pues casi todo lo que en modo alguno manifiesta su propio ser por algún medio accesible al conocimiento puede equivaler a lo que en ninguna parte y de ningún modo existe. Sin duda, también la ocultación de Dios tiene ciertas manifestaciones. Siguiéndolas, el intelecto adquiere una percepción de la ocultación divina, ascendiendo de lo comprensible en Dios a lo incomprensible. Llegado a lo incomprensible, entiende que ciertamente hay algo que escapa a su propia captación natural, algo que sobrepasa toda capacidad de comprender, aun la de los ángeles; pues está más allá de la luz, es la causa, el principio y el fin de toda naturaleza, todo ser y toda esencia, siendo Él mismo más allá de la naturaleza y más allá del ser, permaneciendo sobre toda esencia, no engendrado, sin principio, ilimitado, simplemente inabarcable por naturaleza, lugar o tiempo: y este es el Uno oculto que está sobre el intelecto. De esta comprensión se sigue naturalmente la capacidad de captar lo divino, que es por supuesto muy grande y de nuevo nos extiende hacia sí, rodeándonos como con indicaciones, vueltas y anhelos noéticos hacia el Uno originante, oculto y sobrenatural, uniéndonos con Él en la medida en que puede entenderse que Él existe y que es uno, y también que en todo caso es inaccesible al pensamiento saber qué es en esencia el Uno oculto. Pero ¿de qué modo podría la palabra penetrar en lo que está sobre el intelecto y no se rinde al conocimiento? La palabra no puede penetrar ni siquiera en lo que es comprensible al intelecto; pero el intelecto es capaz, sin voz, inefablemente, en silencio, más allá del entendimiento y de un modo uniforme, de contemplar al Uno oculto y deleitarse en Él —como principio causal y providente del ser—, y, con toda consecuencia para la naturaleza racional del intelecto, quedar herido de asombro ante el Uno que está sobre el ser, como más alto que la luz y la bondad, más alto que la sabiduría y la potencia, y por esto deleitarse en la alegría divina, y maravillarse en general de todo aquello en que se manifiesta el Uno oculto que está sobre el ser, como infinito e ilimitado. Pero sería inconsecuente que el intelecto, hallándose en tales condiciones, usara palabras y buscara una salida pasando de pensamiento en pensamiento. Por tanto, quien usa no el silencio sino la palabra está lejos del alto estado del intelecto; pues este alto estado suyo, como pueden confirmar unánimemente quienes prefieren la verdad, consiste en alcanzar lo más alto en su actividad. Y lo más alto en esa actividad es la contemplación del Altísimo, que se cumple, como dicen, sin ser vista, y por eso mucho más raramente y en silencio.
46. Cuando el intelecto mira invisiblemente la ocultación más divina, una, super-originante y suprema, entonces la impresión de lo visto desciende invisiblemente de allí sobre el intelecto, uniforme y una, llena de una belleza extraordinaria, luminosísima e inefable, arrastrando al intelecto en silencio a la profundidad del asombro y la admiración. Primero la actividad espiritual y un gozo dulce se apoderan del corazón, y este se hace para el intelecto luz noética, iluminación y, en consecuencia, amor divino y alegría luminosa; su fuente está en Dios, de quien viene todo don bueno, por la pureza del intelecto; y su contenido, cabe decir, lo recibe ya de las indicaciones divinas de la Escritura, ya de la contemplación racional y recta de los seres en la quietud y la oración. Pues el Uno interior oculto, la Divinidad más alta que el pensamiento, se hace visible no de un modo casual, sino en la luz uniforme que procede de allí y llena la visión y contemplación del intelecto. Pero quien no ha experimentado esto asciende racional y conscientemente desde fuera hacia el Uno oculto y simple sobrenatural, sin ser conmovido en el corazón ni asirlo con el intelecto.
47. La contemplación más clara, uniforme y de una sola forma del intelecto en Dios, avanzando hacia la única ocultación divina y hacia la luz que de ella brilla, habiendo recibido la iluminación divina de la efusión de luz sin principio y sin fin, requiere el silencio no solo de los labios sino también del intelecto. Pues es posible que, callando los labios, el intelecto se asiente dentro de sí, pase a pensamientos y reflexiones y diversifique sus impresiones. Esto sería expresión de la disposición interior, más allá de la cual el intelecto asciende a la ocultación sumamente simple e inconcebible de la Unidad divina. Pues una cosa es el estado contemplativo del intelecto y otra el disponer y reflexionar que pertenecen a la expresión del ánimo interior del intelecto. Por eso el intelecto, moviéndose entre cosas creadas y compuestas, o entre cosas diversas por otros rasgos, primero las contempla y luego, en ese estado, reflexiona sobre ellas, diversificando sus impresiones. Y si puede suceder que acerca de una sola cosa haya en el intelecto muchos pensamientos, entonces, al volverse hacia aquella única, uniforme y más interior ocultación divina, ciertamente tensa y extiende su ojo contemplativo y es iluminado por la simplicidad de la luz divina, pero en tal estado no puede reflexionar en absoluto. Pues la simplicidad única esquiva todo tránsito noético o disposición variada, y la ocultación no permite que quien ha reflexionado sobre qué es ella lo manifieste ni por concepción interior ni con los labios. Precisamente por esto, el hombre que se ha elevado noéticamente a la única y gloriosísima ocultación divina guarda, por supuesto, silencio tanto con los labios como con el intelecto.
48. Cuando el intelecto dirige su vuelta enteramente hacia Dios, y su potencia contemplativa queda agotada por los rayos luminosísimos de la belleza divina; cuando desciende sin forma a la simplicidad y la ilimitación del Uno oculto y sin forma, y se hace uno para sí mismo por su propio avance hacia el Uno, y contempla en la inspiración del Espíritu —entonces está en un estado de quietud, como un niño en su modo de pensar, y experimenta el Reino de Dios inefable y sobrenatural, según la palabra del Señor: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Pues entonces el intelecto se hace libre, y nada en parte alguna lo retiene; sobrepasa los límites de todo conocimiento, de todo pensar posible, de toda unión y toda diversidad, avanzando hacia arriba, hacia lo inefable e incognoscible que está sobre el intelecto. Y por esto el intelecto guarda silencio, pues tal es su estado, más alto no solo que la palabra sino también que la actividad noética; y junto con lo oculto y sin forma contiene en sí lo sobrenatural, agradable y dulce, en la medida necesaria para el deleite del intelecto.
49. Los intelectos contemplativos, viendo a Dios en una forma sin forma, en la belleza luminosísima, inmaterial y no compuesta, en la Persona sumamente simple, como el Uno uniforme, coronado de bienes sin fin, adornado de bellezas innumerables, iluminando todo intelecto como con rayos y con corrientes luminosas de belleza, ven en Él una bienaventuranza indecible e inexplicable, una fuente inagotable de lo bueno y lo bello, que fluye sin fin y jamás se seca, un tesoro inagotable, sin fin e inconmensurable de gloria, que colma a los intelectos invisibles del mayor deleite, gozo, dulzura de corazón y alegría pura, la cual pasa misteriosamente en corriente siempre fluyente desde aquella Unidad divina y sobrenatural que está en lo alto, en inaccesible ocultación. Los intelectos contemplativos ven también cuán grande e inescrutable e inabarcable es el mar que se derrama de aquella bondad indecible y de aquel amor incomprensible, de aquella providencia insondable, en potencia ilimitada y sabiduría inexpresable; ven lo que es inconcebible para los ángeles y para los serafines mismos, como algo que está sobre todo intelecto. Ven incluso aquello que en el tiempo presente es, por así decir, concebido en nosotros de manera inefable, y que en el futuro vendrá a un estado renovado y como renacerá y llegará a su plenitud, cosa que asombra aun al intelecto querubínico, si se atreve a pensar en ello siquiera un poco. ¡Oh bondad y consejo de Dios, amor y misericordia suyos! ¡Oh potencia, sabiduría y providencia de Dios! Verdaderamente, «bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas y cuyos pecados son cubiertos» (Sal 31,1), y «bienaventurado el hombre a quien tú, Señor, instruyes y enseñas tu ley» (Sal 93,12).
50. En Espíritu y en verdad se revela lo invisible a quienes no pueden recibir al Espíritu Santo mientras viven en el mundo, como dijo el Señor. Pero los ojos del corazón de aquellos a quienes conviene retirarse y morar lo más lejos posible del mundo y de lo que hay en el mundo han sido cubiertos por la gracia divina con luz noética, con el orto del sol noético desde lo alto, y su ayuda está en Dios. Así, en sus corazones disponen sus ascensiones y son iluminados con resplandores contemplativos de Dios, como les conviene; y en ellos se discierne con toda claridad tanto lo que es grandemente divino y noético y digno de la mirada espiritual, como, más aún, el estado futuro, eterno e inevitable, de renovación de quienes vivieron rectamente: no solo en la forma en que será accesible a los sentidos, sino aun más allá del intelecto. Pues entonces quedarán del todo transformados aquellos que se han hecho herederos de lo que está sobre el intelecto y partícipes de aquella vida y deleite por encima de todo pensamiento, haciéndose dioses por adopción y gozándose ante Aquel que por naturaleza verdaderamente es Dios, con bienes sobrenaturales que vienen del Dios altísimo y uno por naturaleza, estando en pie en torno a Él y celebrando con toda santidad la fiesta divina que está sobre el intelecto con pureza siempre mayor, y haciendo de esta gladura bendita un solo deleite gozosísimo del corazón, y festejando con todos los órdenes espirituales de los ángeles. Esta es una corriente grande e incomprensible de puro arrobamiento en lo sumamente bello. Pues si la belleza perceptible, que el intelecto recibe por los sentidos, aunque limitada y pasajera, no simple y no increada, trae con todo al alma cierto deleite, entonces a los hombres que piensan rectamente no les será difícil advertir y entender qué podrán llegar a ser cuando alcancen no solo las cosas noéticas sino lo que está sobre el intelecto: lo ilimitado y lo que no pasa, lo increado, que no tiene principio sino que procede de Dios, de quien viene todo lo bello y bueno; y esto mediante el gozo, el arrobamiento y la vida divina dignos del siglo y del estado venideros.
51. Habiéndose separado de la extensión del tiempo y del lugar, de las distancias y de las propiedades limitadas de la naturaleza, y habiendo pasado presurosamente a través de ellas, el intelecto queda verdaderamente desnudo por la simplicidad uniforme y por una vida no compuesta y sin forma; pues sin velo ni tabique alguno, en virtud del reposo de los pensamientos y de la quietud, alcanza sobrenaturalmente la ausencia de principio, la incomprensibilidad, la ilimitación y la infinitud en aquella potencia divina de movimiento espiritual y en aquella iluminación del corazón que, según parece, se extienden hasta el infinito junto con la contemplación misma del intelecto. Entonces desciende sobre el alma la paz de Dios, y se derrama sobre ella un gozo inefable y un arrobamiento inexpresable del Espíritu Santo, y un asombro por encima del intelecto se apodera de ella en medio de un canto oculto. No manifestado, pero ya vislumbrado, está el Dios de los dioses en Sion, en el intelecto que vuela alto y está vuelto hacia arriba. «Señor de los ejércitos, bienaventurado el hombre que espera en ti» (Sal 83,13).
52. Cuando el intelecto, siendo iluminado, cae en asombro ante una quietud inconcebible, viéndose a sí mismo entre Dios y las cosas divinas, entonces gusta, en cuanto es posible, los verdaderos frutos del entendimiento espiritual; es deificado, se goza, se sumerge en el amor divino, sin decir nada en absoluto, sin penetrar ni en su propia profundidad ni fuera de sí en su estado, y sin siquiera reflexionar, sino viendo noéticamente de un modo único en la luz de la verdad y del Espíritu, y haciendo de lo que ve un deleite que no pasa.
53. Cuando la mirada del intelecto se dirige dentro del corazón, ve la iluminación del Espíritu que de él brota sin cesar: y es precisamente entonces cuando llega el tiempo del silencio.
54. Cuando toda la mirada del intelecto contempla a Dios, o mejor dicho, cuando todo el intelecto está en Dios, o cuando Dios está en todo el intelecto, entonces sobre todo, y del modo más adecuado, llega el tiempo del silencio.
55. Cuando el intelecto, en comunión con el Espíritu, está contemplativamente en verdad ante Dios y se deleita, como debe, en la gloria y el resplandor del rostro de Dios, entonces será del todo justo callar y mirar con calma y sin palabras. Pero si entre el intelecto y Dios llegara a pasar, de cualquier modo, alguna oscura tiniebla, hay que arrojar en seguida contra la oscuridad algo así como fuego, por naturaleza luminoso y ardiente: una palabra, breve ciertamente, pero que tenga la fuerza divina de la expresión, para que así la tiniebla sea destruida cuanto antes por la luz y la niebla disipada por el calor, quedando el intelecto igualmente iluminado y calentado por ello, a fin de que de nuevo, como antes, pueda estar con Dios y contemplar su belleza y deleitarse en ella como conviene, y ser adornado por ella y percibirla; y en general percibir todo lo que se cumple en la ascensión del intelecto después de haber recibido de Dios el Espíritu vivificante, y por supuesto hacerse simple en el proceso, y en consecuencia quedar desprendido, en verdad y en espíritu, en Dios, de todo, y aun de lo que está en torno a Dios. A tal estado llega, recta y adecuadamente, el intelecto contemplativo. Pero quien trabaja solo en el modo activo está todavía muy lejos de tal estado, pues aún no se ha unido consigo mismo ni, por sí mismo, con Dios. No es de extrañar, pues, que cante las cosas divinas cuanto puede y hable de ellas tanto y tan a menudo, como espantando, ahuyentando y rechazando con sus embates a aquel que nos es enemigo y nos combate con fuerza. Pues también para él llegará su tiempo, bajo el influjo de una visita espiritual, cuando la iluminación centelleante de muchos himnos, cantos y palabras divinas se funda, por así decir, en una sola lámpara; entonces herirá al enemigo con más seguridad, y aun con golpe mortal, quemando y destruyendo, o más bien aniquilando su oscuridad, mientras se ilumina a sí mismo con resplandor de fuego, se calienta y se inspira cuanto puede al amor divino, elevando a Dios mismo en silencio el canto del corazón y su asombro, y concibiendo para sí las maravillas más admirables de los misterios. No sin razón son glorificados quienes esperan en el Señor; y por supuesto es porque, cuando llegue el tiempo, heredarán, como mansos, la tierra espiritual prometida en Cristo Jesús nuestro Señor.
56. Cuando el intelecto, iluminado por cada efusión de la luz del Espíritu, se turba, se maravilla y advierte que él mismo se extiende hacia lo infinito e ilimitado y está siendo transformado, entonces llega el tiempo del silencio.
57. Pero cuando el intelecto siente que está como fatigado de las contemplaciones más claras y desea salir de ese estado para, aflojando la tensión, descansar un poco, entonces, por supuesto, es tiempo de hablar; pero de hablar brevemente y conforme a la iluminación divina.
58. Cuando el intelecto, en medio de las aguas, escapando del Faraón noético, pasa toda la noche con la iluminación del fuego y su día bajo la nube, entonces, tras el silencio racional, llega también un tiempo de reposo, y verdaderamente el principio de la purificación para el alma. Pero cuando se alza contra él el temible Amalec noético y las huestes enemigas que lo siguen y no le dejan entrar en la tierra prometida, entonces le llega el tiempo de hablar; pero aun así se eleva a Dios en actividad noética y en la debida visión, como Moisés elevó una vez sus manos con la ayuda de Aarón y Jur.
59. Cuando del abismo de la fuente divina y de la mirada noética brota generosamente del corazón una potencia espiritual, entonces llega naturalmente el tiempo del silencio. Pues entonces se cumplen inefablemente el servicio y la verdadera adoración de Dios por el intelecto en verdad y en espíritu, y además con una verdadera percepción espiritual.
60. Cuando, por la contemplación noética de Dios, la potencia racional del alma se llena por entero de asombro divino, y la contemplativa de visión, y el alma además de arrobamiento, entonces sin duda es el tiempo del silencio. Pues en el Espíritu el intelecto ve con toda claridad la verdad recogida y, postrándose en asombro, honra a Dios que en él resplandece.
61. Quienes adoran a Dios como es debido, en espíritu y en verdad, y le sirven como conviene, adoran y sirven no solo sin lugar determinado, sino también sin pronunciar palabras. Pues así como el sentido espiritual, elevado por la justicia, no se atreve en absoluto a adorar en un lugar al Ilimitado, para quien no hay lugar alguno determinado de reposo, así también, unido a la verdad y guardando naturalmente lo debido, no permite en modo alguno adorar —y por tanto servir— al infinito e ilimitado, al que es sin principio y sin forma, al del todo simple y en general a Aquel que está sobre el intelecto, con variedad de palabras y con la estrechez de la expresión; y esto cuantas veces, por supuesto, llegue a ser iluminado de un modo uniforme por la efusión y la visita del Espíritu con el conocimiento de la verdad divina. Justamente en ese tiempo el intelecto, habiendo sido librado enteramente de todo y habiendo en cierto modo salido incluso de sí mismo, se halla, como bien se comprende, más allá de la capacidad no solo de hablar sino aun de pensar; pues con gozo y asombro, con la ayuda de la luz espiritual, dirige su atención y su contemplación hacia lo que está sobre la palabra y el entendimiento, y en la unión que lo sobrepasa se hace en cierto modo inmóvil y sin tránsito por una ascensión invisible.
62. Conviene al intelecto que vela sobre sí mismo gobernar su propio estado espiritual con atención, con razón y con sabiduría; y cuando advierta que está contemplando los misterios simples e inconcebibles de la teología, debe detenerse en seguida serenamente en silencio, no sin asombro, y por lo demás no lejos de su propio corazón, que obra en el Espíritu y de Él recibe iluminación. Pues entonces es tiempo de que los sentidos descansen no solo de todo cuanto en general les es accesible, sino que es también tiempo de silencio, cualquiera que sea la palabra que busque salida. Por eso, para quienes entienden, la ocasión es entonces más oportuna para que el intelecto permanezca en reposo y desconocimiento, aunque hubiera algo que decir. Entonces hay que alcanzar completa inmovilidad en los sentidos, en las palabras y en los pensamientos, para que el intelecto, directamente y como debe, siendo enteramente uno, pueda en contemplación uniforme y de una sola forma mirar libremente, cuanto sea posible, la infinitud y la ausencia de principio que están sobre el pensamiento, y asimismo la incomprensibilidad y en general las demás propiedades divinas, inmutables y perfectas del único Dios trihipostático, y unirse con Él, transformado por la contemplación, simplificado y hecho deiforme por la gracia divina, con gozo y asombro. Y puesto que el intelecto querría conservar tal estado si ello fuera posible, pero no puede en modo alguno, siendo él mismo mudable y viviendo entre criaturas mudables y unido en cierta manera al cuerpo y a las cosas que lo rodean, no debe, con buena razón, separarse alejándose mucho de la contemplación uniforme, ni ser hablador, sino hablar poco y además a partir de iluminaciones divinas; para que no solo pueda volverse más pronto a la unión con Dios, que está sobre el intelecto, sino también percibir esa unión con más claridad y, por lo demás, por más tiempo y no por menos. Pues en la medida en que el intelecto conserva de algún modo su recogimiento y su atención dentro de sí, en esa medida su vuelta a la unión divina se produce más velozmente y se une con resplandores más luminosos, cuanto más se acostumbra a las cosas divinas.
63. Cuando el intelecto es transformado bajo el influjo de la manifestación divina uniforme mediante la contemplación noética, y es iluminado por el Incomprensible que está sobre todo conocimiento, y se hace indiviso, simple, ilimitado, es iluminado como de un modo único dentro de la tiniebla, y contempla una belleza ilimitada porque sobrepasa la simplicidad, sin forma porque sobrepasa toda forma, sin principio porque está por encima de todo principio: una belleza incomprensible que contiene en sí los límites de todas las cosas y todo lo que en ella se contiene, y que todo lo llena, ya que ella misma está sobrellena de todo, permaneciendo ella misma sin fin. O mejor dicho: cuando, habiendo desdeñado todo lo que existe, el intelecto, mirando al Uno, ve todas las cosas de un modo inefable por la potencia del intelecto que está sobre el pensar, entonces es tiempo de callar y de gustar misteriosa y transcendentemente —o, por así decir, sin ser visto e indistintamente— el deleite uniforme en la enseñanza mistérica más divina de la verdad. Pero cuando lo descrito no está presente en el intelecto y en torno a él se advierte un espacio vacío, entonces es tiempo de hablar; pero de hablar aquello que sea capaz de dirigir hacia el silencio. Pues el silencio oportuno, que está sobre la palabra, con toda razón puede llamarse algo que sobrepasa incomparablemente toda palabra. Por eso el admirable Salomón, que estimaba en muchísimo precisamente este silencio, dice: «Tiempo de callar y tiempo de hablar» (Ecl 3,7). Lo mejor, por supuesto, y lo más importante es guardar el silencio oportuno. Pero si por alguna razón aún no ha llegado, y el intelecto no ha alcanzado todavía de manera uniforme lo que está sobre la palabra, sea al menos el discurso oportuno una obra secundaria. Y para que la palabra sea afín al silencio y cercana a él, hágase en su tiempo tanto el silencio como el discurso, y esfuércese el intelecto por llegar al cese del discurso hablando y reflexionando sin cesar sobre lo divino, examinando las criaturas y contemplando en ellas, como en un espejo, a su Creador, ya que ellas, cuanto pueden, hablan de Él. Esto es hablar en su tiempo. Y si en su tiempo, también con propiedad.
64. Cuando el intelecto ha atravesado todo lo que hay aquí y, habiendo sobrepasado todo de manera natural, guarda silencio con gozo, entonces es tiempo de deleitarse en lo transcendente e inefable; tiempo de iluminación y de luz noética, de la unión del intelecto y de la visión de la simplicidad, la ilimitación, la infinitud y el conocimiento luminosísimo; en una palabra, tiempo de recibir y participar de aquella sabiduría espiritual por la cual el intelecto es hecho perfecto en el apartamiento y el silencio, habiendo recibido en asombro un gozo inefable.
65. Cuando el alma, por la percepción de la verdad, se siente a sí misma la mejor copa que da de beber (cf. Sal 22,5) y queda como fuera de sí, entonces ha llegado el tiempo de callar.
66. Cuando la disposición del hombre interior quiere clamar: «Señor, ¡cuánto se han multiplicado mis opresores! Muchos se levantan contra mí» (Sal 3,2), entonces ha llegado el tiempo de hablar, pero de hablar como conviene: no proferir nada vano contra los enemigos, sino lo adecuado y con medida.
67. Cuando la luz del rostro del Señor se marca sobre el alma (cf. Sal 4,7), de modo que por ello comienza a ser adornada e iluminada, y se derrama sobre ella la efusión de la alegría divina, entonces verdaderamente ha llegado el tiempo de callar.
68. Cuando el alma ve que se levantan contra ella testigos injustos (cf. Sal 34,11) y la interrogan sobre lo que no sabe y la turban, entonces verdaderamente ha llegado el tiempo de hablar y aun de contradecir.
69. En todo lo que existe y que el intelecto puede contemplar, la belleza más suprema y, por así decir, la más alta y mayor, y asimismo el bien, es Dios. De todas las criaturas visibles la mejor criatura es el hombre; por su misma naturaleza difiere de las demás criaturas y sin duda las sobrepasa, y por la gracia supera verdaderamente a los ángeles. Es el intelecto contemplativo el que, entre las muchas cosas que hay entre Dios y los hombres, acercándose a lo que está sobre el pensamiento, queda fuera de sí, cuando aún no ha gustado con abundancia la gracia iluminadora. Habiendo experimentado esa gracia por la potencia espiritual en el corazón —si cabe decirlo así—, asciende a la belleza y al bien supremos, esto es, a Dios; entra en Él por un don más divino y mira de un modo uniforme y se maravilla, sumergido en silencio en una profundidad que sobrepasa la razón. Y esta es verdaderamente —como alguien podría llamarla— la prenda de la primera celebración del sábado, cuya imagen es el descanso de Dios de la creación de los seres. Y una segunda celebración del descanso, grande y algo distinta, cuyo modelo infalible es la observancia del sábado entre el pueblo de Dios, la goza manifiestamente aquel que se vuelve de sí mismo a Dios y se conoce a sí mismo como imagen según el arquetipo y, en general, como mediador entre Dios y los hombres; cuando penetra debidamente no solo en lo que está sobre el intelecto y el pensamiento, en admirable asombro, sino que además se llena de un gozo inexpresable y de arrobamiento espiritual, siendo verdaderamente arrebatado en silencio por resplandores contemplativos de Dios y por actividades divinas sobre él y por encima de él, uniéndose en Cristo Jesús con aquella Unidad divina y Divinidad sobrenatural.
70. Cuando el intelecto se separa conceptualmente de todo lo que existe, como si no existiera, entonces concibe inefablemente a Aquel que verdaderamente es, por encima de la actividad noética y de la unión, contemplándolo en verdad y en espíritu a través de la sobreabundancia sin fin de las propiedades divinas que rodean a Aquel que es y que son visibles de cualquier modo que sea. Y se hace uniforme o uno, por así decir; es inefablemente abrazado por la quietud, se hace lleno de amor, lleno de gozo —pero no de un amor y un gozo simples, sino de aquellos que proceden de la actividad del Espíritu y se asemejan al deleite que tienen los ángeles—.
71. De ningún modo, en manera alguna, y absolutamente nadie puede asirte, Señor, en tu esencia: ningún intelecto noético, pensante o en general creado, ni siquiera querúbico; sino que tú estás infinitamente más alto que toda inteligencia. Sí, Señor: y lo que te rodea es igualmente del todo infinito e ilimitado. Así, por ejemplo, confiaste al legislador del Antiguo Testamento, Moisés, tu cuidado incomparable, para que anunciara que verdaderamente eres, como tú dices; y sin embargo, también en esto, tú, la verdad más infalible y única suprema, dijiste de algunos de tus elegidos que, aunque te apareciste a ellos, no les revelaste tu nombre. Pues ese nombre está incomparablemente más alto que todo nombre, no solo de los de la tierra sino también de los del cielo. Porque quienes están llenos de tu luz te conciben como Ser, pero no tienen conocimiento de tu esencia; y así apareces consecuentemente como el que está sobre el ser y como objeto de reflexión que no tiene esencia alguna, a fin de que seas conocido claramente más allá del pensar y por encima de todo, tú, que puedes ser conocido como el infinitamente Incomprensible y Altísimo.
Tú estás enteramente fuera del tiempo, sin principio, vivificante y sin fin. No estás sujeto en modo alguno al lugar, pues estás presente en todas partes y por encima de todo, como Creador de todo en su totalidad y además único Creador, siendo a la vez el continente y la morada permanente de los pensamientos de tus criaturas. Sobrepasas la rapidez del intelecto y te anticipas a su pensar, pues sostienes todas las cosas por encima de todo y de manera inescrutable con mano omnipotente; y además no estás sujeto ni siquiera accidentalmente a los límites de la naturaleza. Pues eres ilimitado, siendo inconmensurable no solo por naturaleza sino como por encima de la naturaleza, e inconmensurable también en lo que te rodea, en tus propiedades naturales: en una sabiduría sabia por encima de toda sabiduría, en un poder abrumador, en amor y bondad por encima de toda concepción de amor y bondad.
¿Cómo te llamaremos? ¿Te llamaremos luz? Pero esa luz no es inaccesible; por tanto eres más alto que la luz. ¿Juez, acaso? Pero ¿acaso un juez conoce todas las cosas, aun antes de que existan? ¿Dónde se halla eso en un juez? Por tanto eres incomparablemente más alto que un juez. ¿Cómo te llamaremos hacedor, cuando creas muchas y diversas cosas materiales con un solo movimiento de tu voluntad? Y en medio de lo inmaterial —¡oh profundidad de tu excelencia!—, con un solo movimiento, por así decir, del Espíritu, edificas criaturas que son iguales en naturaleza, puesto que son espirituales, y sin embargo muchas, muchísimas, con inclinaciones diversas; y si quieres, creas también individuos, criaturas sumamente extrañas. Pero aquello que en su excelencia sobrepasa toda noción de quien lo pondera, ¿es acaso obra de un constructor? De ningún modo. Resulta, pues, que eres más alto que un constructor. ¿Habría que llamarte constructor y proclamarte artífice? Pero ¿qué constructor edifica siquiera la cosa más pequeña sin cimiento y sin apoyo, como tú, Señor, que edificaste de la nada una tierra tan vasta con tantos montes y peñas, con plantas diversas, y la asentaste inconmovible? ¿Qué artífice saca de la nada y de lo que no existe, en un solo instante y con su palabra, obras tan magistrales como las que tú produces? ¿Tiene razón quien llama a tus criaturas obra de un constructor o de un artesano? De ningún modo. Así pues, oh Dios, estás infinitamente más alto que constructor y artesano.
¿Podría alguien haber conocido u oído jamás, o concebido de algún modo, tal género de amor como el que tu bondad admirable nos mostró con gran favor al aceptar, de un modo sumamente amante del hombre y más allá de toda esperanza, lo que nos es propio? Por supuesto, aquellos a quienes por gracia se les concede contemplar esto entran de inmediato en el espacio del abismo del amor y de la extraña providencia, y bajo el influjo de los impulsos ardientísimos del amor por su parte llegan verdaderamente a estar fuera de sí, y no saben cómo nombrar adecuadamente las obras de esta providencia ordenadora. Pues el intelecto, y la palabra, y todo oído, y el pensamiento de las disposiciones de tu presencia, Dios bonísimo, quedan superados por la más alta excelencia.
Tú eres el Padre de todos y eres llamado Padre. Pero sobrepasas indescriptiblemente toda paternidad y toda razón, y todo poder, y providencia, y edificación, y generosidad, y paciencia. Te llaman Rey. Pero eres Rey respecto del presente, y respecto del futuro, y no menos —cien veces más— respecto del pasado. ¿Qué diremos, pues? Eres admirable, desprendido y simple. Pues tu reino es el reino de todos los siglos juntos: presente, pasado y futuro; y tu poder está en todo género y en todo modo. Así, en todo y del todo más allá de todo, estás simple y decididamente de manera infinita más alto que toda sabiduría, siendo tú mismo llevado y llevándolo todo; en suma, igualmente excelso e infinito: tú, el Señor inconmensurable, y todo lo que está en torno a ti. El intelecto, concibiendo esto de cualquier modo que sea, queda arrebatado por el alcance de tu visión y, unificado del todo por la inspiración del Espíritu, se sumerge como en una oscuridad misteriosa, incapaz de verte perfectamente por la infinitud e inaccesibilidad de tu gloria. De este modo, por la paz de la paz, das vida indescriptiblemente a quienes te miran y además te aman de manera extraña. Por otra parte, el intelecto no queda perfeccionado cuando no te ve. Y después de esto les das descanso otra vez con reposo divino y sobrenatural. Tú eres Inefable, Inconcebible, Ilimitado, Insondable; en una palabra, Infinito en esencia, por supuesto, y en actividad. Amén.
72. Entonces el intelecto, habiéndose retirado de sus muchos pensamientos y sacudido de sí la diversidad y las reflexiones de muchas partes, se hallará por encima de la distracción noética en la respiración y comunión del Espíritu Santo, que lo unifica y sopla sobre el corazón continua e incesantemente; y permanecerá constante y gustosamente en lugares divinos, como desbordando de concepciones de Dios, de modo que con una sola mirada noética verá al punto de manera uniforme, como en un espejo, todo lo que rodea a Dios —y esto con amor inefable—. Entonces alcanzará manifiestamente el descanso divino, deleitándose, como acostumbra, en la paz honda y divina, en el reposo cordial, santo y libre de inquietud en Cristo Jesús nuestro Señor.
73. Cuando el intelecto conversa con Dios como un hijo con un padre amantísimo de sus hijos, ora con las percepciones del alma y, viendo la luz de Jesús, se goza inefablemente, maravillándose con gran amor, sintiendo claramente en su corazón el amor divino y la actividad sobrenatural del Espíritu Santo, y quiere misteriosa y transcendentemente volar por encima de las manifestaciones y perfecciones divinas, entonces descansa verdaderamente de todas sus obras, llegando después del pensar a estar por encima del pensar, sintiendo un deleite admirable y descansando verdaderamente en la paz del Espíritu vivificante de Cristo.
74. «Dios descansó el séptimo día de toda la obra que había hecho» (Gn 2,2), pero solo tras el cumplimiento de todo cuanto había sido creado por el Verbo y el Espíritu. Del mismo modo el intelecto deiforme descansa de todas sus obras, que empezó a realizar para completar el mundo noético según sus propias señales; pero habiendo examinado y como recreado por el Verbo de Dios y el Espíritu vivificante todo el mundo junto con los seres noéticos que hay en él, ascendió de nuevo desde ellos, por el Verbo de Dios y el Espíritu, a lo que algunos llaman «metafísica», esto es, lo que viene después de la naturaleza, y penetró en las maravillas misteriosas, simples e independientes de la teología. Allí, en el reposo, la quietud y la paz, se deleita grandemente en la verdad noética, y es además deificado por la luz de la razón y por la comunión del Espíritu vivificante en Cristo Jesús nuestro Señor.
75. Cuando Dios descansó, no descansó de todas sus obras sino solo de aquellas que había comenzado a hacer. No descansó de las obras sin principio e increadas que le son propias. Así también el intelecto que imita a Dios, habiendo recorrido y conocido todas las criaturas visibles por el divino Verbo y el Espíritu vivificante y habiendo penetrado en ellas, no descansa en absoluto de las obras que le son propias, en particular de aquellas que no tienen ni principio ni fin; pero descansa de las obras visibles, que tienen principio y fin. Para quien ha acabado de trabajar, el descanso sigue al cese de la actividad; pero no es así con el intelecto, por razón de su constitución. Pues si no llegara a estar siempre en movimiento por el aliento vivificante e incesante del Espíritu en su mirada cognoscitiva sobre lo visible, ni siquiera sabría que hay un descanso espiritual, el cual existe siempre en movimiento y de un modo uniforme solo en torno a Dios y deifica al que participa de él en un reposo inefable e indecible en Cristo.
76. «No te apresures con tu boca», dice Salomón, «a proferir palabra ante Dios, porque Dios está en el cielo y tú en la tierra» (Ecl 5,2). Así define y explica clara y exactamente qué es el tiempo del silencio. Pues dice llanamente: ya que estás en la tierra, ante el rostro del Señor que está arriba en los cielos, y has recibido tal gracia que, siendo alma, puedes pensar en las cosas de arriba y contemplarlas, y, contemplando noéticamente, estar ante el rostro del Señor, entonces «no te apresures con tu boca a proferir palabra», porque este es tiempo de silencio. No quieras pronunciar palabra cuando estás espiritualmente bajo el influjo de la verdad, tanto visible como divina. Esto es lo que significa estar ante el rostro del Señor: cuando el intelecto contempla las muchas cosas que rodean a Dios en una dirección simple y única hacia Él. Por tanto, sintiendo esto y estando ante el rostro del Señor, no te apresures a proferir palabra, pues de otro modo te apresurarás voluntariamente, como un ignorante, a bajar y descender.
Pero quienes explican el sentido de estas palabras podrían decir también lo siguiente. Una vez la naturaleza humana estaba indemne y por eso justamente apartada de los males; estaba cerca de Dios, contemplaba a Dios y gozaba con alegría de la belleza de su rostro en el protopadre Adán, experimentando con asombro un placer terreno, espiritual, celestial e incorruptible. Entonces una gran gracia se derramó sobre el alma del primer hombre, y su intelecto deiforme estaba rodeado de numerosas contemplaciones cognoscitivas y orientaciones hacia Dios, de modo que en el paraíso que puede captarse por los sentidos gozaba del paraíso espiritual, la llamada vida bienaventurada, estando verdaderamente unido en sí mismo y en Dios, permaneciendo en sí mismo y, como a Dios placía, en Dios, guardando una estructura deiforme idéntica y verdadera; y esto es justo, pues el hombre fue creado a imagen de Dios. En suma, podemos decir que tales eran los bienes que de Dios nos rodeaban. Y el demonio maligno, que nos hacía guerra por causa de nuestra buena fortuna y nuestra gloria, herido de envidia, no pudo soportarlo. ¿Cómo se ve esto? Este destructor de todo ha sido ya muchas veces engañador, alzando nuestra esperanza con consejos supuestamente buenos, suscitando el deseo de una deificación aún mayor que la que teníamos; y fue la primera causa del vicio, pues calumnió la justicia del mandamiento de Dios. Por su causa sufrimos la pérdida que trae el engaño; fuimos alejados de Dios y del placer divino, y de una vida espiritual de un solo pensamiento, del deseo de ver el rostro de Dios; y caímos de la gloria que nos iluminaba cuando éramos transformados bajo los rayos de la belleza divina. Y llegamos a ser —lo que no debía ser— divididos y desgarrados como en muchas partes, y comenzamos a hallar satisfacción en géneros diversos y en la diversidad de vida; y así, en lugar de la única Divinidad trina, comenzamos a honrar a muchos dioses, aun distantes entre sí, esto es, en realidad no dioses sino demonios engañadores, perecederos y vanos. Perdimos la verdadera vida única y unificada y su estructura, y fuimos desgarrados en muchas partes diversas, y nuestra fuerza y tensión propias, o más bien nuestra dirección hacia arriba, desaparecieron no sin causa.
Llegamos a la profundidad inconmensurable del mal; nuestros pensamientos se movieron voluntariamente hacia cosas bajas, aunque somos imagen de Dios y dignos de una vida más alta y celestial. Sin embargo, nuestra condición no es irreversible ni inmutable; es enteramente posible, y además por buenas razones, que así como nos arrastramos miserablemente desde aquella gran gloria hasta la más baja infamia, así volvamos de nuevo, con la cabeza hacia arriba, y veamos otra vez el rostro más glorioso de Dios —por supuesto no tan de cerca como antes, pero desde mayor distancia veremos y sentiremos el resplandor de su belleza—. Por eso el divinísimo Moisés y todos los profetas, cuantos hubo, y los padres que fueron antes de ellos —Abrahán y los semejantes a él— vieron con toda claridad, en cuanto era posible, y gozaron del brillo de la belleza del rostro de Dios. Heridos por su gloria inaccesible, algunos de ellos se reprocharon a sí mismos, otros se consideraron y se llamaron tierra y polvo, y otros ni siquiera fueron capaces de abrir la boca por el exceso de gloria de Aquel a quien veían. Entonces conocieron la limitación de su palabra y la torpeza de su lengua, y junto con la gloria experimentaron muchas otras sensaciones bienaventuradas.
Por eso el divino David, anhelando el brillo de la belleza del rostro del Señor, clama a Dios en oración: «¿Cuándo vendré y apareceré ante el rostro de Dios?» (Sal 41,3); y, queriendo mostrar el estado del alma en que vio el rostro del Señor, dice: «Los justos habitarán ante tu rostro» (Sal 139,14). Mostrando sabiamente qué fuerza da al alma la contemplación del rostro de Dios, dice: «Apartaste tu rostro, y quedé turbado» (Sal 29,8). Si Dios aparta su rostro y el alma queda entonces turbada, entonces de la presencia de Dios y de la contemplación de Dios viene al alma la paz espiritual, don tan grande que después del amor y el gozo divinos vienen o los dones del Espíritu o sus frutos. Y David muestra que quienes viven santa y justamente caminan en la luz del rostro del Señor, diciendo: «En la luz de tu rostro caminarán, y en tu nombre se alegrarán todo el día» (Sal 88,16-17), esto es, en aquel día espiritual, mientras el sol noético e inefable envía sus rayos puros y vivificantes al hombre interior, y los sentidos son iluminados por el intelecto transcendente. En ese tiempo toda la memoria del alma es tomada de la tierra y trasladada al cielo, y tal hombre se goza y es consolado, canta himnos y exulta con gozo y belleza y deleite espiritual que nadie puede expresar, brillando y resplandeciendo con la luz del rostro del Señor. Por eso en otro lugar David ora a Dios diciendo: «No apartes de mí tu rostro, para que no sea semejante a los que descienden a la fosa» (Sal 142,7). Pues la causa de la oscuridad es el apartarse del rostro del Señor, y su volverse hacia nosotros es causa de toda luz noética y por tanto, por supuesto, de gozo espiritual, como dice de sí mismo: «La luz de tu rostro se ha marcado sobre mí», y añade: «Has dado alegría a mi corazón» (Sal 4,7-8). Y de nuevo testifica que después de que la luz del rostro del Señor fue marcada sobre él sintió en sí el don espiritual de la gracia divina; y en cuanto a qué clase de hombres están ante el rostro del Señor y le oran: que son solo aquellos que son noéticamente dioses entre el pueblo de Dios.
En efecto, hay muchos santos y hombres de Dios, pero no todos pueden ver el rostro de Dios y vivir una vida angélica mientras aún viven en la tierra. Esto es posible solo para quienes reconocen que a Dios se le debe servir con sabiduría y conocimiento divinos y adorarlo en verdad y en espíritu. A estos se les llama con razón los ricos del pueblo de Dios, pues son iluminados por los misterios de numerosas contemplaciones, y su riqueza es la profundidad de la sabiduría y el conocimiento espirituales, que, como dice el apóstol Pablo, no todos tienen. Por eso, como está dicho, el admirable David dice a Dios: «Los ricos del pueblo de la tierra suplicarán ante tu rostro» (Sal 44,13). Y por eso el sabio Salomón, lleno de sabiduría divina más que ningún otro y sabiendo esto mejor que nadie, dice, instruyéndonos sapientísimamente: «No te apresures con tu boca a proferir palabra ante Dios, porque Dios está en el cielo y tú en la tierra.» Cuando por don divino estás ante el rostro divino del Señor —esto es, cuando la contemplación del intelecto asciende—, entonces ha llegado el tiempo del silencio. Por tanto no te apresures a proferir ni una sola palabra, dejándote llevar temerariamente por la costumbre de hablar, pues entonces no es tiempo de hablar. Pues mientras estás aún en la tierra te haces dios e, imitando a los ángeles, contemplas el rostro del Dios celestial. Sí, el Salvador dijo: «Sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10). Y puesto que oyes también cómo dice Salomón en otro lugar: «Al justo le brilla siempre la luz», entonces, habiendo reflexionado sobre esto, entiende que ellos la sienten naturalmente por la luz que se derrama del rostro descubierto del Señor, viendo sin fin, por gracia divina, el rostro del Señor, del cual, como de un manantial, se derrama la luz. Pues el hombre llega a ser y es en la tierra lo mismo que un ángel —por no decir un dios—. Sin duda vuelves a un don que corresponde a la concepción de la gracia del Señor, siendo abajo, en la tierra, lo que Dios es arriba: cosa digna de asombro. Y a la vez no penetras en ello con intelecto curioso, no lo recorres ni siquiera con un pensamiento, ni mueves tu propio pensamiento como dividiendo tu condición; sino que te diriges de un modo único y miras la semejanza de Dios sin ojos y sin movimiento, con una mirada simple y única, y además te deleitas en la luz clarísima e inaccesible que viene del rostro del Señor.
Esta es, en efecto, la más alta disposición del intelecto hacia Dios, digna contienda para los prudentes; cabría decir: la flor de la pureza espiritual, la deseada unidad de la fe que se cumple en la comunión del Espíritu, el fruto glorioso de la sabiduría divina y adoradora de Dios, el fundamento de la paz espiritual, la morada de un gozo indescriptible, la puerta del amor de Dios, el brote de la iluminación, la causa del fluir desde el corazón de las aguas inagotables del Espíritu, el verdadero sustento y deleite del alma, el maná que transforma el alma, el acrecimiento y la transformación del alma, el comienzo de misterios y revelaciones divinos e inefables, la certeza de la única y primera verdad, la destrucción de todos los razonamientos, el cese de todos los pensamientos, el dominio del pensar, la causa primerísima del asombro, la transformación suprema del intelecto y su cambio en lo simple, lo ilimitado, lo sin límite por todas partes, lo inconmensurable, lo invisible y sin forma, sin atributos, indivisible, uniforme, intocable y sobrenatural; y un estado deiforme enteramente nuevo. Por tanto, habiendo llegado a tal estado y en cierto modo deificado según el amor viril de la gracia, no te apresures por ignorancia a proferir ni una sola palabra ante el rostro del Señor, pues a Él sea la gloria única y simple por siempre.
77. El intelecto que desea contemplar las cosas espirituales más altas que él mismo, si no halla en su corazón la cooperación de la gracia divina, ve solo lo inactivo, lo no iluminado y lo confuso, y por eso pierde también su propia dulzura. Y sin embargo, por ignorancia, piensa que la tiene, pues nunca ha gustado otra mayor. Igual que quien come pan de cebada —aunque no tenga tal sabor— piensa que le sabe bien, porque no conoce el sabor del pan de trigo.
78. Tras la unificación noética del corazón por la gracia, el intelecto ve sin error en la luz espiritual y avanza hacia su deseo —y su deseo es Dios—, habiendo llegado a estar fuera de la percepción sensible, sin color, sin propiedades y sin representaciones, ya que ha sido librado de ellas.
79. El intelecto al que la gracia dirige hacia la contemplación es verdaderamente alimentado siempre con maná espiritual. El maná perceptible que comió Israel tenía en sí una fuerza dulce y admirable para nutrir el cuerpo. Pero qué era en su esencia se ignora. Por eso se llamó maná, que significa «lo desconocido»; la palabra significa «¿qué es esto?». Y quienes no conocían la esencia de lo que veían y comían preguntaban con asombro: «¿Qué es esto?» Así también quien contempla llega todo el tiempo al arrobamiento del intelecto y se pregunta: «¿Qué es esto que en la contemplación alegra y nutre al intelecto cuando se come espiritualmente, y sin embargo sobrepasa los límites del pensar, como divino y sobrenatural, y de un modo inusitado nutre y da de beber al intelecto, y no se somete al orden del intelecto, no solo como incomprensible en esencia sino también como infinito e ilimitado?»
80. Hay tres cosas que dan testimonio de la verdad, y las nombraría así: la creación, las Escrituras y el testimonio en el espíritu. Por las Escrituras y la creación, cuando se contemplan espiritualmente, se hace visible una verdad simple, y de ella una compuesta. Y quien por estas tres ha llegado a las otras dos, entonces, apoyado en ellas, el intelecto infalible hallará su camino por la gracia de Cristo; pues por la verdad simple alcanzará la altura y la profundidad del pensamiento, y asimismo su anchura sin fin, y por ellas, llegando a la comprensión, canta con temor. Por la verdad compuesta adquiere, además de lo ya dicho, paz del corazón, amor y gozo; y por eso, en asombro, canta con amor.
Pero el hombre necesita más tiempo, trabajo y perseverancia, a fin de que, dejando en cierto modo a un lado los sentidos y separando lo sensible del intelecto, llegue a estar entre las cosas noéticas, tras lo cual la contemplación de la verdad brilla en el alma. No digo que la verdad, para ser asida, necesite medios como el tiempo, el trabajo o la paciencia; he dicho que el hombre los necesita, pues la verdad misma es una y simple, aunque aparezca doble cuando se contempla, y llama en voz alta casi desde todas partes a que se la mire, dando testimonio de sí a quienes la desean. Y puesto que el hombre es compuesto, unido a los sentidos, y padece cambios y alteraciones, a veces de algún modo sale de sí mismo y, sin saber cómo, se vuelve contra sí mismo; por excesivo apego a los sentidos obra con astucia y enferma de incredulidad. Por estas tres faltas —sensualidad excesiva, astucia e incredulidad— cae miserablemente de la verdad a la que dan testimonio estos tres testigos, esto es, la Escritura, la creación y el espíritu.
Por tanto, para librarse de la sensualidad excesiva, el hombre necesita aquello otro de lo que hablé antes: que el intelecto, humillado, debe creer en lo simple; y entonces, de este modo, en seguida con la ayuda de las Escrituras y de la creación, el hombre en el espíritu reconocerá no solo la verdad más simple sino también la compuesta a partir de ella, y además verá lo que en otro tiempo lo separó de la contemplación en la verdad y lo que —diría yo— lo separó del deleite. Pues la primera verdad es una, y solo esa es simple por naturaleza. Después de ella viene la verdad compuesta que surge de ella a través de nosotros, que somos compuestos. Y este es el límite extremo de nuestro intelecto y su mejor contenido, hacia el cual se dirige toda la vida y la ascesis de quienes son guiados por la potencia del Espíritu: que el intelecto, en estado de desnudez cuanto sea posible, pueda ver la luz y deleitarse en la luz de la primera y única verdad y en el modo extraño en que se compone a partir de ella.
Y esto nunca sucederá de otro modo que por la humildad y la simplicidad en la fe, por el testimonio de las Escrituras, de la creación y del testigo en el espíritu. Cuando el intelecto, como en un espejo, ve la verdad en sus tres modos por el testimonio de las tres cosas mencionadas, entonces de nuevo, como volviendo de esa visión, se hace en su interior mucho más humilde y más simple, y su fe se fortalece. Por esto camina con pies alegres a la contemplación de la verdad, y además ella brilla en él con rayos más luminosos. Volviéndose hacia sí mismo por la contemplación de la verdad, a consecuencia de la grandeza de la gloria que ha visto dentro de sí, desciende a mayor humildad y simplicidad y queda asombrado, vencido por la fe; y así, ascendiendo de nuevo como sobre un círculo divino, y caminando por él con humildad, simplicidad y fe, subiendo y viendo la verdad —y el resplandor de la verdad lo lleva a mayor humildad—, y haciéndose aún más simple en la fe, el intelecto no cesa de este movimiento. Por ahora se mueve precisamente así, en humildad, simplicidad y fe, gracias al testimonio de las Escrituras y de la creación, contemplando la verdad en el espíritu y volviendo de nuevo al lugar del que había partido. Y de este modo, siempre adornado por la gracia e iluminado por lo que está sobre el intelecto, llevando una vida llena de todo gozo en Cristo nuestro Señor, experimenta, como en unos esponsales, el disfrute de los bienes eternos venideros.
81. La vida contemplativa se hace completa e irreprochable gracias a tres cosas: la fe, la clara comunión del Espíritu vivificante y el conocimiento de la sabiduría. Pues la contemplación, hablando con precisión, es el conocimiento de las cosas noéticas dentro de aquellas que percibimos con los sentidos, y a veces es el conocimiento de las cosas noéticas propiamente dichas, separadas de los sentidos, en quienes han progresado. Por esta razón los hombres necesitan la fe, ya que está dicho: «Si no creéis, no entenderéis.» También se necesita el Espíritu, pues «el Espíritu todo lo escudriña, aun las profundidades de Dios» (1 Co 2,10). Por eso dijo el divino Job: «El soplo del Omnipotente le da entendimiento» (Jb 32,8). Es natural, por tanto, que la actividad divina del Espíritu hierva o, por así decir, viva en el corazón, y así vivifique sobrenaturalmente al intelecto y lo atraiga indescriptiblemente hacia sí, lo recoja y lo guarde de todo vagar, y le dé fuerza en la quietud —con gran deleite y gozo espiritual, y además con amor divino— para ver lo mejor de las cosas divinas y moverse en torno a ellas, para concebir a Dios de un modo inusitado, como a Él le place, e igualmente para gozarse en Él, sintiendo hacia Él una inclinación grande e irresistible y un deleite conveniente.
Este estado requiere también sabiduría, como ya he dicho. Pues, según las Escrituras, la sabiduría ilumina el rostro del hombre; lo ilumina para que pueda pasar fácilmente del sentir al pensar, ascender de lo que se percibe por los sentidos a lo que se entiende con el intelecto y a las visiones divinas, y, para ver lo incomprensible en revelación noética, lo ilumina para que en clara contemplación vea y conciba de un modo único la presencia de Dios más allá de él. En efecto, «bienaventurado el hombre a quien tú, Señor, instruyes y enseñas tu ley» (Sal 93,12); pues verdaderamente sabio es tal hombre, que llega a la fe por la instrucción y aprende los misterios inefables de Dios por la enseñanza del Espíritu. ¡Gran cosa es esta! Verdaderamente sabio es quien camina por la fe en unión y comunicación sobrenatural con el Espíritu. Y en verdad hay tres cosas que no pueden ser refrenadas: Dios, el ángel y el hombre de libre albedrío. Tal hombre es como un ángel de la tierra, admirable observador de la creación visible, verdadero discípulo de los caminos increados de Dios —o cabría decir, de los dones de Dios—, que, como los ángeles, capta de algún modo con una sola mirada el conocimiento de Dios mismo, a quien de ningún modo se puede ver. Tal es quien es sabio por la fe en el Espíritu Santo, y de este modo es bienaventurado.
Pero bastaría probablemente recordar lo que dice el evangelista Lucas en el Evangelio acerca del Señor Jesús; entonces no habría necesidad de explicar qué son la sabiduría y la bondad, ni de alabarlas. En un lugar dice el evangelista que «Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia», y en otro: «el niño crecía y se fortalecía en espíritu, lleno de sabiduría» (Lc 2,52.40). Y ahora, con intención de hablar más claramente de estas cosas, recordaré también lo que el santo Salomón dice a Dios: «¿Quién habría conocido tu voluntad, si tú no hubieras dado sabiduría y enviado tu santo Espíritu desde lo alto? Así se enderezaron los caminos de los que viven en la tierra, y así aprendieron los hombres lo que te agrada, y por la sabiduría fueron salvados» (Sb 9,17-18). ¿Ves cuánto poder adquiere la sabiduría por la actividad del Espíritu, y cuán lejos de la salvación está quien no ha reunido de Dios sabiduría y Espíritu y ni siquiera escucha el consejo de los sabios y del partícipe del Espíritu? Si esto está escrito acerca del Salvador, en quien habitaba toda la plenitud de la divinidad, entonces no será difícil entender, respecto de todo el género humano, cuán necesaria es la sabiduría con la cooperación del Espíritu Santo, y cuánta fuerza y cuánto progreso recibe el sabio espiritual de Dios, que ama las almas de los hombres. Por la gracia de Dios el sabio escudriña los cielos y alcanza conocimiento por causa del Altísimo: cosa extraña, pero verdaderamente así es.
Pero ya que hemos hablado tanto de la contemplación, valdría la pena no ser perezosos y decir al menos algo más sobre ella, y en parte dirigir el pensamiento de un oyente entregado y, por así decir, darle sustento. Pues Dios manda decididamente a los seres racionales que los superiores den con generosidad y que los inferiores reciban con reverencia de sus superiores lo que está disponible de la iluminación divina y de los tesoros de estos estados; y que tratemos a nuestros iguales con bondad y hablemos con ellos, no vanamente, de las cosas noéticas y de Dios. De este modo no solo brillaría claramente la rectitud sin error en la Iglesia del Dios vivo, sino que el rostro venerable y hermoso del amor, señal de los discípulos de Cristo, resplandecería sin cesar en nuestros corazones, pronto a derramarse por el Espíritu Santo sobre nosotros para el amor perfecto y simple de Dios y de los hombres; y así viviríamos en la tierra de manera angélica, verdaderamente bienaventurados y del modo más grato, como quienes están unidos a aquel doble amor divino y piadoso en el que descansan la ley y los profetas. Nada hay más dulce para el alma que esto, sobre todo cuando viene directamente de la contemplación y el conocimiento de Dios, en otras palabras, de la gracia iluminadora.
Por tanto, quien considera obra buena y digna proponerse ir a Dios para unirse con Él y recibir verdaderamente la deificación —en otras palabras, se propone salvarse, pues según los maestros teólogos el hombre no puede salvarse sin la deificación del intelecto—: cumpliendo los mandamientos del Señor cuanto tenga fuerzas, alcanza la contemplación que le es posible; y no hay ni acción ciega separada de la contemplación, ni contemplación sin alma, que es lo que la contemplación es sin acción. A consecuencia de esto, con sabiduría, según el intelecto y el contenido del conocimiento sagrado consignado por escrito, comienza, como dicen, con un buen movimiento, a mirar rectamente el mundo, entendiendo lo que se percibe por los sentidos bajo la dirección del Creador infinitamente fuerte e infinitamente sabio; y alcanza sucesivamente una distinción infinita en poder y universal en alcance, en cuanto es posible a su mirada, y se deleita en ella, y de modo semejante vive con su intelecto secretamente por medio de lo secreto.
Y cuando ha pasado el tiempo, habiendo vivido una vida libre de cuidados en la quietud, conociendo lo divino solo gracias a las Escrituras y al mundo visible, intenta, en cuanto es posible, mirar espiritualmente la creación según las Escrituras y ver las señales de la verdad. Cuando esto sucede, entonces el intelecto, por la benevolencia y la actividad del Espíritu digno de adoración, es elevado a la contemplación y al conocimiento de la verdad sagrada —como dice el gran Dionisio, al grado sagrado de la contemplación, o más bien al segundo grado, esto es, a las visiones y pensamientos divinos sin velos ni imágenes—. Como resultado, el intelecto, como encendido en fuego, va directamente a los pensamientos desnudos y, poniendo por encima de todo su propia pureza y su deseo de Dios, imprime en sí, como en un espejo claro, fenómenos divinos que emiten una luz más brillante que el sol. La acción de la gracia alimenta al intelecto con las impresiones que le son accesibles, y este alcanza, por así decir, el tercer grado: aquellas numerosísimas visiones bienaventuradas; y de manera uniforme y concisa eleva con éxito las manifestaciones divinas desde sus numerosas variedades al amor inefable de la Unidad inmutable y oculta, convirtiéndose con todas sus percepciones en fuego y en el amor incesante y adorador del corazón hacia Dios, como quien contempla bajo el influjo de la verdad por la inspiración del Espíritu Iluminador. Y de nuevo, según el gran Dionisio, esta es la comunión divina del Uno sumamente uniforme, en cuanto puede ser aprehendido.
Por tanto, volando bienaventuradamente hasta tales grados de comunión con el Uno trihipostático, gozando clara y luminosamente de los insoportables languores del arrobamiento divino y, en medio de ellos, de los entusiastas ímpetus del amor, viéndose herido y como abrasado por el amor, el intelecto tres veces bienaventurado y portador de Dios es conmovido —y esto se advierte muy bien por la disposición que le sobreviene— y llega verdaderamente al éxtasis, habiendo entrado con rostro resplandeciente en los misterios indescriptibles de la palabra de Dios, gozando con ojos sin ojos de lo que es sin principio y sin fin, inconmensurable y del todo inefable e incomprensible; y a la vez concibe para sí una especie de mar infinito e intransitable de la esencia de Dios, que está más allá de todo pensamiento, junto con su tiempo y su venida, según el Teólogo que habló de ello. «Esto», dice el santo Dionisio, «es un festín para los ojos, que noéticamente alimenta y deifica a todo el que se apresura hacia él, y que sin embargo comienza por la contemplación y el conocimiento de los seres», como dice este maestro de sagrados misterios al explicar los signos sagrados de nuestro sacerdocio.
Lo mismo nos cuenta Basilio el Grande, diciendo: «Cuando alguien ha contemplado toda la belleza de lo visible, estará ante Dios mismo, cuya visión suele aparecer solo en los corazones puros. Entonces, habiendo progresado en las esferas más altas de la teología, puede llegar a ser también contemplativo.» Y de nuevo, sobre las palabras de David, que dice en el Espíritu: «Antes del alba estaré ante ti y velaré», dice este gran maestro: «Cuando esté ante ti y acerque mi intelecto a contemplarte, entonces recibiré la contemplación en la luz del conocimiento.» Lo mismo puede oírse de san Máximo, quien por su parte dice lo mismo e indica directamente cuál y cuán grande es el progreso que hay en la contemplación y el conocimiento de Dios por las Escrituras y la creación, y que de allí, por supuesto, viene la luz del conocimiento, gracias a la cual hay una deificación bienaventurada durante la contemplación —cosa rara aun en tiempos antiguos y difícil de hallar entre quienes guardaban quietud; ¿y qué diremos del tiempo presente, cuando no hay nadie que pueda enseñar por su propia experiencia el contenido espigado de la gracia, como dice el gran maestro de la quietud, san Isaac el Sirio, en el Discurso en que comienza a hablar de la percepción espiritual y de la facultad contemplativa?—.
Esto es lo que dice san Máximo: «Llamamos luz divina a la enseñanza de los santos, porque transmite la luz del conocimiento y deifica a quienes la escuchan»; y estas palabras suyas concuerdan con las del santísimo Dionisio, que dice: «¡Cuántas otras luces divinas nos fueron dadas claramente por la transmisión oculta de nuestros mentores divinamente inspirados, siguiendo las instrucciones de hombres iluminados; y así aprendimos!»; y en otro lugar dice: «El conocimiento divino dirige hacia arriba a quienes se vuelven a él, según su capacidad y la medida de su entendimiento, y los une en virtud de una simple auto-unificación.» Y también: «Toda manifestación de revelación que desciende del Padre viene a nosotros benéficamente, como fuerza unificadora que de nuevo nos eleva, nos simplifica y nos dirige a la unidad y a la simplicidad deiforme del Padre que nos reúne. Pues todo es de Él y por Él» (Rm 11,36). ¿Entiendes de qué modo aquel que se ha dirigido sabiamente, extendiéndose hacia arriba a consecuencia de la conversión, esto es, de la divina contemplación de Dios, o bien ve a Dios extendiéndose hacia arriba desde las criaturas, o bien se une con Dios y lo adora por medio de las Escrituras —sea simbólicamente, sea de cierto modo divino—, y cómo tal hombre puede incluso ser llamado dios? Pues todos, dice, cuantos entre los seres pensantes e inteligentes se dirigen enteramente hacia la unidad del misterio divino, son dirigidos de manera inconmensurable, cuanto es posible, a sus iluminaciones divinas con la ayuda de un poderoso, si cabe decirlo así, seguimiento de Dios, y son honrados con el único nombre de Dios. Como declara claramente la lengua teológica del gran Gregorio: «Un ser vivo, edificado aquí abajo, es dirigido y pasa a otro estado, como a un peldaño más alto del misterio, y es deificado por su inclinación hacia Dios.» Y san Máximo dice: «El sentido espiritual de la Divina Escritura, por medio de la sabiduría, transforma para la deificación a aquellos pensadores que conocen; pues por la transformación
Nota: En el Discurso sobre la Natividad de Cristo, folio 181.
de su intelecto contemplan con rostro descubierto, como en un espejo, la gloria del Señor.» Esta vida contemplativa requiere las tres condiciones ya mencionadas: la fe, la comunión del Espíritu y la sabiduría del conocimiento en Cristo Jesús nuestro Señor.
82. La vida contemplativa, con el Espíritu vivificante, llena al contemplativo en secreto de ciertas grandes y admirabilísimas visiones noéticas: no de golpe, no de repente, sino cuando ha pasado algún tiempo, mediante un largo ejercicio de sabiduría, con orden y como por grados. A veces podrías oír al contemplativo decir, por exceso de quietud y de apartamiento de todo salvo de Dios: «Solo yo quedaré hasta que pase» (Sal 140,10); y a veces, puesto que al volverse a los seres los conoce, dice: «¡Cuán magníficas son tus obras, Señor; todas las hiciste con sabiduría!» (Sal 103,24), y «la fragancia de tus vestiduras» (Ct 4,10) es «como la fragancia de un campo que el Señor ha bendecido» (Gn 27,27). A veces, forzándolo a contemplar con un ímpetu más fuerte y enseñándole a elevarse a ascensiones espirituales, Dios lo persuade a decir: «La fragancia de tus ungüentos es fragantísima… atráeme en pos de ti» (Ct 1,3-4), hacia Dios; y también: «Te alabaré, Dios mío y Rey mío, y bendeciré tu nombre por siempre y por los siglos de los siglos. Grande es el Señor y digno de toda alabanza, y su grandeza no tiene fin» (Sal 144,1.3). «Admirable es para mí tu conocimiento; es firme, no puedo alcanzarlo» (Sal 138,6). Y aún dice: «Pero tú, Señor, eres altísimo para siempre (Sal 91,9), y tu memoria de generación en generación (Sal 101,13); muy por encima de todos los dioses te has exaltado (Sal 96,9)», preparando así a los contemplativos que se extienden hacia arriba a cantar lo que ven como sobre el ser en sus visiones. Y a veces enseña a los contemplativos a expresar su arrobamiento con el clamor: «No hay semejante a ti entre los dioses, Señor, ni hay nada como tus obras» (Sal 85,8); y además muestra a quienes contemplan espiritualmente el monte noético al que ascienden, y el lugar santo de Dios en el que están quienes tienen manos inocentes y corazón puro. Y además de esto les deja ver también los caminos de ascenso a la altura de los cielos y de descenso a la profundidad del abismo, esto es, a los misterios del Espíritu; y a veces, de un modo admirable, pone incluso ante su contemplación las Personas de la Trinidad. A veces, con asombro, los lleva a la contemplación de Jesús, de su providencia en la carne, y les enseña a contemplar los misterios sobrenaturales que de ella se siguen. Y después de numerosas visiones bienaventuradas no deja al contemplativo hasta introducirlo, admirablemente iluminado —¡oh maravilla de la gracia!—, en el seno mismo de Dios: en el verdadero e inefable descanso y en el deleite espiritual sobrenatural, por no decir en la embriaguez de la belleza de Dios, y en el arrobamiento divino; en aquel seno bienaventurado que contiene en sí la gran profundidad de los misterios divinos y acerca suficientemente a la percepción de la superesencialidad de Dios; aquel seno que también Abrahán recibió en herencia desde lo alto, cuando Dios mismo se hizo la porción de Abrahán, según las palabras «Yo soy el Dios de Abrahán» (Mt 22,32). Puesto que Dios es el Dios de Abrahán, el seno de Dios es también el seno de Abrahán. Así pues, la vida contemplativa en el Espíritu, elevando al hombre, lo introduce en el seno de Dios o, como puede decirse de otro modo, en el seno de Abrahán, con toda simplicidad y gozosísima alegría; verdaderamente deifica, y en medio de la dulzura del alma y de un deleite del todo inefable lleva al estado de bienaventuranza al intelecto partícipe de la sabiduría, que quizá se entrega más a la contemplación hacia lo alto, hacia Cristo Jesús nuestro Señor. Amén.
83. Puesto que tanto la creación como las Escrituras están iluminadas por el Verbo de Dios, y todo lo que contemplamos, visto espiritualmente, fortalece al intelecto y a todas sus potencias para la contemplación y comprensión de Dios —y además prueba primero espiritualmente su acción y el influjo del corazón—, por eso, enseñando sapientísimamente, dice el santo David en un lugar que por la palabra del Señor se afirman los intelectos, a los que en este caso llama cielos, y que toda su potencia se afirma por el Espíritu de su boca. ¿Y cuándo? Cuando la tierra espiritual, esto es, nuestro corazón, se halla sensible y manifiestamente llena de la misericordia del Señor, es decir, de la potencia, actividad y movimiento que el Espíritu mueve. Pero antes de que nuestro intelecto perciba en el corazón esa actividad, potencia y movimiento, no solo no tendrá firmeza alguna del examen contemplativo y espiritual de las criaturas y de la Divina Escritura ni del resumen de cuanto en ellas se contiene, sino que además sentirá un gran temor de perecer por lo inadecuado de sus propias representaciones. Precisamente por eso, si pensáramos emprender la contemplación de Dios a partir de la Escritura y de las criaturas, reuniendo de modo uniforme y de una sola forma los numerosos sentidos y contemplaciones de los seres en un solo contenido y espíritu, viendo la contemplación uniforme, simple y sin forma en la ilimitación, la infinitud y la ausencia de principio, intentemos primero hallar el tesoro en nuestro propio corazón y roguemos al santo Dios que llene nuestra tierra de su misericordia; y entonces, si fuera posible, dirijamos libremente el intelecto hacia arriba, a la comprensión de Dios, que es, como se ha dicho, uniforme y de una sola forma, simple, sin forma, eterno, infinito e ilimitado, con la contemplación y cooperación del Verbo y del Espíritu.
84. Cuando un hombre, con los sentidos y con las disposiciones simples del alma, recorre el camino de las virtudes según los mandamientos con humildad de pensamiento, en paciencia y en esperanza apoyada en la fe, y cuando se establece en el corazón la potencia vivificante y siempre fluyente del Espíritu Santo y su actividad, que verdaderamente ilumina las potencias del alma con su movimiento natural y manifiesto y, consolándolo, dirige hacia sí la actividad del intelecto cuanto antes y se une inefablemente con él, entonces sin duda el intelecto y la gracia se unen en ese tiempo en un solo espíritu. Es precisamente entonces cuando el intelecto por sí mismo, con la ayuda del soplo de la gracia, pasa a la contemplación; pues la actividad y la luz del Espíritu vivificante y Santo pone fin a la dispersión y al vagar del intelecto, y este llega a la revelación de los misterios noéticos divinos y, por el más hondo silencio y por su propia mirada natural silenciosa, se hace capaz de entrar en misterios sobrenaturales inefables; y cuanto más ve, tanto más se hace contenedor de Dios y se extiende hacia arriba, para ver a Dios en cuanto sea posible con el conocimiento de las cosas divinas reunido de las lecturas sagradas; y cuanto más permanece en la quietud, humillándose y orando, tanto más Dios lo ayuda en el Espíritu Santo. Por eso no está entonces fuera de la teología; antes bien, en ese mismo tiempo se hace verdaderamente teólogo y no puede sino teologizar sin cesar. ¡Pero ay! Todo lo que el intelecto ve sin el don celestial mencionado, y por tanto sin el Espíritu que respira clara y siempre en movimiento dentro del corazón, no son sino ensueños; y por mucho que teologice, son palabras vacías derramadas en el aire, que agitan las percepciones del alma, ya que el intelecto está bajo el influjo del oído y de las palabras que vienen de fuera —de donde viene la seducción crudelísima de quienes se tienen por noéticos y teólogos—, y no de un corazón inspirado por el Espíritu Iluminador, de quien procede la verdad uniforme e infalible de la teología. Pues en general, si en el corazón de quien participa no hay manifiestamente la potencia vivificante e iluminadora del Espíritu, y si su potencia no fluye o, como cabría decir, no respira, allí no hay unidad noética sino más bien división; no hay allí fuerza ni estabilidad, sino debilidad y mutabilidad; ni hay allí luz ni contemplación de la verdad, sino más bien oscuridad y representaciones vacías, y en general el camino de la irracionalidad y del engaño. Pues los padres enseñan que el intelecto puede recorrer la contemplación en tres órdenes o de tres modos: de manera natural, sobrenatural y contra la naturaleza. Cuando el intelecto ve algo espiritual en alguna cosa, ve según la naturaleza, pero por la actividad sobrenatural del Espíritu. Pero si ve a un demonio o a un ángel como persona, entonces, si el intelecto está unificado en paz y la iluminación del Espíritu arde con más fuerza, ve sobrenaturalmente y, según se ve, no se equivoca. Pero si el intelecto, mirando lo visible, se divide y se oscurece, y la potencia vivificante se extingue, entonces ve contra la naturaleza, y tal contemplación suya es engaño. Por tanto, si queremos que nuestro intelecto sea sano y casto, no hemos de buscar contemplación de personas con el intelecto ni fiarnos de lo visto, si el corazón no dirige su actividad y su movimiento por la potencia del Espíritu Santo.
85. Algunos intentan curar el ardor de sus pasiones con el rocío celestial de la gracia, y esto es muy bueno. De ellos está escrito verdaderamente: «Pues tu rocío es rocío de curaciones» (Is 26,19). Pero en algunos ese rocío se une de algún modo con una protección divina mayor y se convierte en maná, y de una especie de trigo se hace pan por la humilde contrición del corazón, el agua de las lágrimas y el fuego del conocimiento espiritual; y además, de manera digna y del todo natural, cae bajo esta acción de la gracia y se convierte en verdadero alimento angélico. De ellos se dice con razón: «Pan de ángeles comió el hombre» (Sal 77,25). Pero hay quienes, cuanto más progresan, tanto más su naturaleza se transforma y se hace maná para ellos mismos. De ellos se dice en el Evangelio: «Lo que nace del Espíritu, espíritu es» (Jn 3,6). El primer orden es el de los sabios hesicastas; tras él viene el orden de quienes luchan en el silencio con conocimiento divino; y el tercero es el de aquellos que están extendidos hacia todas las cosas y transformados en Cristo Jesús nuestro Señor.
86. Habiendo escapado espiritualmente por gracia, como conviene, del Faraón y de Egipto, y de la aflicción de allí y de las cargas, y de la vida corporal, que agita las olas apasionadas de amargura y salada malicia, el intelecto pasa al desierto noético, esto es, a un lugar libre de los guerreros noéticos del Faraón; y, habiendo padecido noéticamente penalidades y habiéndose librado de los males que entonces pesaban sensiblemente sobre los hebreos, come con la percepción del alma el maná noético, cuya imagen comió una vez Israel sensiblemente. Y al principio, recordando, a veces desea los manjares espirituales de Egipto, como Israel deseaba la carne; en su mayor parte los desea con cautela e incertidumbre, y siente entonces que Dios se aparta de él, hasta que vuelve de nuevo y con la oración del arrepentimiento aplaca a Dios. Y quien más a menudo se sacia de maná en la quietud verá con el tiempo, cuando la gracia le dé auxilio y fuerza, cómo su cuerpo noético en cierto modo, cabe decir, se transforma por su misma naturaleza en maná. Tal intelecto que come maná tiene una balanza espiritual que le sirve de medida para el maná: no recoge más de lo necesario para el día, para que, recogido en exceso, no críe gusanos y se pierda todo, y para que con él no perezca de hambre el intelecto inmoderado. Sería evidente que el intelecto que come solo maná y no se nutre de otra cosa vive mejor que otro que come cualquier cosa y de cualquier modo, esto es, espiritualmente. Y la señal de que también él, según las propiedades de su alimento, pasa en cierta manera, por así decir, a las propiedades del maná, es la ausencia de impulsos hacia cualquier cosa superflua que antes deseaba, y el estado en que puede comer maná en todas partes y hacerse niño, adherido a la piedad. Y no es de extrañar que alguien adquiera las propiedades del alimento con que se nutre durante mucho tiempo. Ni puede ser inverosímil la transformación del intelecto en las propiedades del maná, pues el alimento que comemos constante y continuamente de manera natural tiene poder para transformar en sí lo que nutre. Entonces el intelecto no solo ocupa manifiestamente el puesto de un ángel, sino que se hace partícipe de la adopción divina, pasando dignamente de gloria espiritual en gloria, no solo mirando al Uno sino haciéndose uno consigo mismo; y en Él vive, se deleita transcendentemente y, por así decir, experimenta misterios indecibles de manera deiforme y amante de Dios en el Espíritu Santo; y verdaderamente llega a ser en cierto modo tal como es visto y cantado, y así se ve a sí mismo como maná. En este estado es mucho más alto y más honrado que aquel que sabe que come maná pero no ha sido transformado en algún estado de maná. Pues el primer estado puede a veces experimentarse en el recogimiento inicial del intelecto en la unidad noética consigo mismo, mientras que el segundo estado es la manifestación clara de una unión más evidente, la revelación de misterios noéticos, un alto apartamiento de todo y la contemplación más simple.
87. El intelecto es simple por naturaleza, pues simple es también Aquel cuya imagen es, a saber, la Divinidad. Y si es simple, ama también obrar simplemente. Pues todas las cosas aman lo que les es cercano por naturaleza. Pero el intelecto recibe impresiones diversas no por sí mismo, sino a través de los sentidos y de lo que puede captarse por los sentidos, con cuya ayuda aprehende las cosas noéticas. Y cuando pone entre sí mismo y los sentidos, con las cosas que ellos aprehenden, su propio entendimiento, que con su capacidad esclarece y juzga hábilmente, y ni debilita a los sentidos más de lo debido, ni oscurece a la ligera ni exagera ingratamente la belleza de las cosas sensibles rebajando con desprecio ante ellas la potencia del intelecto, sino que con discernimiento da a cada cual lo suyo, entonces el intelecto se hace al punto uno consigo mismo, llegando al estado conveniente de simplicidad que tenía por naturaleza, apartándose de lo dividido; y de nuevo comienza naturalmente a amar lo uno y simple, y una actividad una y simple; y, amando precisamente esto, busca, y buscando se remonta por encima de toda unión, hasta hallar al verdadera y propiamente simple Uno, que es Dios. Entonces, en efecto, el intelecto ya solo con sus alas es cubierto, ya es elevado y alegrado, como es natural que se alegre cuando es guardado por Dios y portador de Dios.
88. La nube de las pasiones que ha caído sobre la potencia discerniente del alma, como una especie de oscura solidez de las pasiones, la obliga a ver algo distinto de lo que realmente es. Pero cuando por la oración frecuente, por el cumplimiento de los mandamientos y por el avance hacia la contemplación de Dios el intelecto, con la ayuda de la gracia, destruye esa oscura solidez que se ha formado, entonces por sí mismo ve claramente que contempla a Dios, y no hay ninguna necesidad de explicárselo —como a quien tiene buena vista no hace falta explicarle que ve, a no ser que haya en sus pupilas algo que irrite y empañe la mirada—. Pues así como lo que los sentidos aprehenden es también asimilado por los sentidos, si están sanos, así lo que el intelecto aprehende se hace posesión de pensamientos puros de la nube de las pasiones; y como por la percepción sensible se produce normalmente la aprehensión de lo sensible, así por la contemplación noética se produce la visión de las cosas noéticas, tras la cual, por la gracia de Dios, viene la contemplación de Dios sin forma, sin propiedades, inconcebible y simple, la cual, reteniendo al intelecto, lo hace libre de todo cuanto pueda captarse por el sentido o por el intelecto, arrebatándolo a la profundidad de la infinitud, la incomprensibilidad y la ilimitación, en un asombro y una admiración que no pueden expresarse con palabras.
89. Oh Soberano, Todopoderoso, Principio de todo lo visible y de todo lo que el intelecto contempla; Increado, cuyo principio es la ausencia de principio; Infinito, cuyo límite es lo ilimitado; Incomprensible, cuya naturaleza es lo sobrenatural; Sin origen, cuya esencia es lo preeterno; Invisible, cuya apariencia es lo sin forma; Incorruptible, cuya propiedad es el ser siempre; Inescrutable, cuya imagen es lo sin imagen; Ilimitado, cuyo lugar es la ilimitación; Inaccesible e Inconcebible, cuyo conocimiento y contemplación son lo invisible y lo desconocido; Inconfesable, cuya palabra es la ausencia de voz; Inefable, cuya explicación es lo inexplicable; Incomprensible, cuyo pensamiento es lo inaccesible al intelecto; y en general tal que está sobre todas las cosas. ¡Oh Bienaventurado! Tú eres todo asombro y sosiego, audacia y amor, dulzura y alegría del alma, y esperanza en todos a la vez; verdaderamente libertad de cuidados y gozo en las Personas, una sola gloria y reino, sabiduría y poder. Por eso tú, Dios inefable, te haces naturalmente el apartamiento de todo lo visible, el reposo de todo lo que el intelecto contempla; y en ti hallan un descanso admirable quienes te contemplan con la comunión de tu Santo Espíritu. ¡Oh Dios inefable!
90. «Aquello que más nos admira, esto es, lo divino, es lo que más nos atrae; y cuando se hace deseable, entonces purifica», dice la voz teológica de Gregorio. «Purificando, hace deiformes, y con los deiformes conversa como con los suyos.» Pero no solo Dios se comporta así con ellos; también los purificados se comportan así con Dios y con lo divino, como con lo propio, en espíritu y en verdad. Por eso el Teólogo dice a continuación: «Dios, que se une con los dioses, y ellos lo conocen.» ¿Ves la maravilla de la unión? Pues dice san Gregorio: «Dios, que se une con los dioses.» Si de algún modo pueden unirse unos y los mismos, entonces de manera semejante llegan a darse las mismas disposiciones y satisfacciones del alma. Por eso dice san Gregorio: «…y ellos lo conocen.» Así pues, del mismo modo los deiformes, y dioses por gracia, conversan con las cosas divinas y con Dios como con las suyas, y conocen cómo Dios de manera semejante contempla, conversa y permanece en unión con aquellos que, según lo dicho, se hacen deiformes y dioses. Por eso el gran Gregorio añade con razón, para explicarlo mejor: «Quizá estos puros y estos dioses conocen a Dios tanto cuanto Él ya los conoce, como conviene, como Dios por naturaleza conoce a los dioses por adopción.» ¿Hasta dónde podrías concebir esta semejanza, si reflexionas rectamente? Verdaderamente bienaventurados son aquellos que, como deben, con toda la potencia del alma y con conocimiento espiritual se extienden hacia las visiones y contemplaciones, cuando, contemplando la incomprensibilidad de Dios, se admiran con gran admiración de su ausencia de principio, su incomprensibilidad, su ilimitación y además su ser siempre y su infinitud. Desde entonces sus almas se adhieren con amor a Dios y anhelan grandemente contemplarlo; y cuando ven el rostro divino y su belleza incomparable, se derriten en bienaventuranza. Entonces son purificados gradualmente aún más y, cayendo bajo el influjo divino, se hacen deiformes y dioses y verdaderamente se unen con Dios. Tal hombre, habiendo obtenido la ventaja de los deificados según su don sobrenatural de deificación y de unión con Dios, entiende de un modo admirable toda percepción espiritual y todo deseo por la excelencia sobresaliente de su belleza; y en torno a él hay quienes con deleite, como los ángeles, cantan sin cesar y dulcísimamente: «Dios se ha puesto en pie en la asamblea de los dioses, y juzgará abiertamente a los dioses» (Sal 81,1); y también: «El Dios de los dioses, el Señor, habló y llamó a la tierra» —esto es, a los nacidos de la tierra— «desde el nacimiento del sol hasta su ocaso» (Sal 49,1). Por eso también «los príncipes de los pueblos se han reunido con el Dios de Abrahán» (Sal 46,10); han tomado sus puestos en orden en torno a Dios y están en pie alrededor de Él como están los serafines, recibiendo la iluminación divina de los misterios transcendentes, y se mantienen sin apartarse de Dios, que los sobrepasa un número infinito de veces. Y si los puros de corazón son bienaventurados, según la palabra del Señor, pues ellos verán a Dios, ¿no están acaso los contemplativos entre los manifiestamente bienaventurados, a quienes purifica el asombro que viene del conocimiento de Dios, de modo que ascienden con éxito a la dignidad de Dios? Por tanto, quienes desean la bienaventuranza deben experimentar la deificación y así estar inmóviles en torno a Dios, como están los querubines, y aferrarse con toda diligencia al conocimiento y a la actividad contemplativos en Cristo Jesús nuestro Señor.
91. Deseo grandemente verte, y después cantarte, oh Vida de los que viven y te ven, dondequiera que estén, Señor Dios mío. Pero aunque lo deseo, no sé cómo invocarte dignamente, y verdaderamente quedo asombrado y languidezco. ¡Cómo anhela el intelecto por ti, Señor, Creador, sapientísimo; y, viéndote solo a ti, goza de la paz y del descanso que le son propios! Además, como es natural, el intelecto, libre y apartado del trato exterior y visible con el mundo, intenta incluso pensar sobre sí mismo y, sobre todo, pensar en las cosas más altas con su rapidez natural, y aun volverse hacia cosas más sutiles que su propia inmaterialidad. Sin duda, a su modo asciende velozmente, como por sí mismo, hacia lo mejor de todo y lo más alto de todas las cosas inmateriales —evidentemente hacia ti—, y por supuesto recibe ayuda en esto principalmente por la cooperación del Espíritu Santo mediante la fe, y así se extiende hacia arriba; o más bien, como en realidad sucede, el intelecto, atraído por las cosas espirituales que te rodean y que le parecen algo afines, languidece con un gran deseo de verte con todo el celo del alma.
¡Pero qué impresiones extrañas y bienaventuradas experimenta naturalmente! Pues su naturaleza, siendo, como dije, espiritual y por supuesto veloz y capaz de volar por encima de todas las criaturas, se apresura naturalmente hacia lo espiritual y siente la necesidad de pensar, así como los animales dotados de sentidos sienten la necesidad de comer; pues el pensar es para el intelecto en cierto modo lo que el alimento para los animales dotados de sentidos. Por el pensar el intelecto adquiere la propiedad de vivir, crecer, deleitarse y gozarse, y los animales dotados de sentidos adquieren esas mismas propiedades por el comer. Un estado semejante experimenta el intelecto por su actividad, esto es, por el pensar, sobre todo cuando su deseo alcanza inefablemente hasta ti por tu bondad espiritual, unido en el deleite de tu gloria inefable. Pues ¿qué puede sentir naturalmente una criatura especialmente ansiosa de algo, cuando se encuentra con algo atrayente, y en particular con algo tal como tú eres, y además, por la cooperación de tu providencia, con algo tan deseable como tú eres? Pues tú, Rey sapientísimo, todopoderoso, Señor bonísimo, habiendo creado un ser pensante distinto de los demás —el intelecto—, lo haces capaz de hallar naturalmente gran gozo en tu perfección, sintiendo un deleite indescriptible con asombro en el amor divino hacia ti y, por así decir, una especie de vivificación enloquecida hacia ti por tan arrobadora inspiración. Y el intelecto, creado para que ame lo bello, está precisamente en este estado; y puesto que ama grandemente lo bello, lo cual es natural y consecuente, tiene un impulso consciente de pensar lo mejor, de desear siempre lo más alto y lo más lejano, y de tener un sentido gozoso desde lo que realmente es hacia lo mejor.
¡Cómo te apareces a él y cuán sabiamente lo cautivas en el tiempo en que se deleita en el deseo de contemplarte y con toda la estructura de su alma resuelve evitar todo salvo a ti solo! Pues tú, dulcísimo, no eres exclusivamente vario, ni simple, ni comprensible, ni inconmensurable, ni terrible ni manso, sino ora lo uno ora lo otro, para que de este modo el movimiento de un lado o de otro, y asimismo el cambio del intelecto, no pudieran en manera alguna desviarse hacia algo que esté fuera de ti: ni por la variedad y la simplicidad, ni por el impulso hacia la inmensidad de la comprensibilidad, ni por el temor o la mansedumbre. Y así como tú, bonísimo y bellísimo, contienes en ti el bien enteramente único y la belleza y el principio creador de todos los bienes y bellezas, así el intelecto no puede estar en nada más sino en ti, a quien contempla enteramente, en quien mora y en quien se deleita de diversos modos y de muchas maneras. Pues tú contienes todo en ti como causa inteligente de todo, y estás por encima de todo, como el infinitamente, un número infinito de veces, bello Creador de todo.
Por tanto, siendo tú uno en esencia, eres contemplado, oh Dios, de diversos modos por la multitud de tus obras y su grandeza. Pues lo más extraño de todo es que en aquello mismo en que resultas estar, por otra parte apareces de nuevo sin ello. Pues así como eres del todo inconmensurable en esencia y en actividad, así en modo alguno eres mensurable en poder. ¿Quién ha hallado la medida de tu poder? ¿Quién ha conocido tu sabiduría? ¿Quién ha explorado el abismo de tu bondad? Y en general, ¿quién ha asido perfectamente siquiera una sola cosa tuya? Y sin embargo aún puedes ser entendido de algún otro modo. Pero por supuesto el intelecto, comenzando a contemplar desde las cosas espirituales contenidas en lo manifestado, avanzando paso a paso, asciende a lo uno e insondable que te rodea, Salvador; y por el placer y el gran deleite de lo que ha asido, y a consecuencia del amor a lo bello, se apresura con celo y en cierto modo corre a ascender lo más alto posible. Y si no puede penetrar más allá, reconociendo, como debe, que lo que se le escapa, por estar más arriba, ciertamente lo sobrepasa, queda poseído por una gran pasión de amor, y a la vez es inspirado con entusiasmo por ti y suscita ardientes deseos en su alma, haciendo de lo que puede asir un medio para inflamar el amor divino hacia lo inconmensurable, y convirtiendo su asombro en arma para adquirir diversos grados de amor.
Puesto que lo incomprensible acerca de ti no deleita tanto al intelecto, Sapientísimo, cuanto lo inflama con lo que se le escapa, y por la inmensidad del conocimiento prepara a la vez un gran asombro y un deseo singular, aun podría añadir que lo obliga a buscar algo del todo distinto de lo que tú eres en esencia —pues nadie puede en modo alguno entender esto—. Lo que contemplamos en torno a ti, oh Dios, y lo que es objeto de la teología, es por tanto, como se ha dicho, infinito en extensión e inescrutable en multiplicidad. Además, aunque es imposible alcanzar los límites de estas cosas, siendo infinitas, sin embargo, acercándose a ti por la purificación y por la contemplación de tu belleza, se pueden alcanzar visiones más claras y luminosas de lo que te rodea, y así ser deificado.
Por eso hieres con la herida del amor al intelecto que debidamente permanece en ti, iluminándolo cada vez más e introduciéndolo verdaderamente en ciertas visiones celestiales ocultas e inaccesibles. ¡Oh abismo insondable de fuerza y poder sobreeminente! Desde el mismísimo principio, o desde el mismísimo fin, como cabría decir, conduces al intelecto legítimamente purificado a tu divina oscuridad y lo llevas de gloria en gloria, aunque a menudo mora dentro de esta oscuridad luminosísima en la que Moisés fue una vez introducido. No sé —tú solo lo sabes— si esta oscuridad fue prototipo de aquella, o aquella de esta; solo sé con certeza que es una oscuridad noética y que en ella hay algo divino y sobrenatural en el alma oculta del misterio de la unión y del amor espirituales. Quienes entran allí con la iluminación del Espíritu Iluminador entienden esto muy bien.
92. ¿Quién no se goza, Señor Trinidad, cuando te mira con amor, a ti, Rey y Gobernador incesante y Dispensador de todos los dones y bienes que derramas? ¿Quién no se gozará con verdadero gozo al ver tu dominio que todo lo abarca? Evidentemente nadie, de ningún modo. Por eso verdaderamente «bienaventurados los limpios de corazón», pues con el ojo del alma te ven a ti, el gozo espiritual de Aquel que solo verdaderamente es. Ellos se gozan con gran gozo, con dulzura del alma y con insoportables ímpetus de amor, luchando a menudo con las circunstancias corporales y sufriendo los asaltos de los demonios. Pues la luz espiritual de la belleza de tu rostro, Señor, es un número infinito de veces infinitamente más alta que cualquier roce con la tristeza mundana, si a alguien se le concede por gracia ser santificado por ella. Por eso tú eres el deleite perfecto, el deseo perfecto, el objeto del santo anhelo y del amor inefable. Por eso tu amor hiere con insoportables aguijones sobrenaturales a quienes de algún modo te ven. Por eso, siguiendo tras tu fragancia, avanzan tras de ti los corazones de quienes te ven, Dios inefable; y de todos los modos se esfuerzan por atraerte hacia sí, estando del todo vencidos y derritiéndose admirablemente de anhelo por ti. Por eso, sin olvidarte, te tienen en el intelecto, arrebatados por tu belleza sobrenatural. O más bien eres tú quien incesante y espiritualmente sostiene sus corazones de día y de noche, y el sueño huye de sus párpados.