Del mismo venerable padre nuestro Gregorio el Sinaíta, capítulos sobre la quietud: Cómo debe sentarse y orar el que guarda quietud
Cómo debe sentarse y orar el que guarda quietud
1. A veces, por lo penoso del trabajo, conviene sentarse en un taburete, y a veces un rato en el lecho, para descansar. Has de permanecer sentado con paciencia, por amor de Aquel que dijo: «Perseverad en la oración» (Col 4,2), y no debes levantarte pronto, para no descuidar el dolor que nace del esfuerzo, de la invocación del intelecto y del frecuente descenso del intelecto al corazón. Así dice el profeta: «La angustia se apoderó de nosotros, dolores como de mujer que da a luz» (Jer 6,24). Así pues, inclina la cabeza, recoge tu intelecto dentro del corazón y, cuando tu corazón se abra, invoca en tu auxilio al Señor Jesús. Cuando te duelan los hombros y se te canse la cabeza, sopórtalo con paciencia y fervor, buscando al Señor en el corazón: «El Reino de los Cielos sufre violencia —dice el Señor—, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). Con estas palabras enseña el Señor que el fervor y tales combates son verdaderos combates, pues la paciencia y la perseverancia en toda obra son madre de los dolores del alma y del cuerpo.
Nota: todo lo que aquí se dice se refiere al modo habitual de la vida en quietud; los detalles pueden quedar a elección, como otras cosas que hallarás en este libro de la Filocalia, adaptadas a las costumbres, al clima, al entendimiento y a los hábitos; entre ellas está también el modo de respirar y otras semejantes.
Nota: aquí se llaman «dolores» no al agotamiento ni al martirio de uno mismo, sino a la abstinencia voluntaria y a la humildad con arrepentimiento, que nos arrancan de los placeres del mundo y nos conducen a Dios.
Cómo se debe decir la oración
2. Los padres hablaron de esto de distintos modos. Uno dice la oración entera: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí». Otro, la mitad: «Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí», lo cual es más cómodo para un intelecto todavía débil e inexperto. «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12,3), esto es, pura y perfectamente; el principiante enmudece como un niño pequeño, porque aún no puede pronunciar palabra tras palabra. No conviene cambiar con frecuencia la invocación de los nombres por pereza; hay que decirlas despacio, para que queden grabadas en el intelecto. Y aún hay que añadir esto: unos enseñan a decir la oración con los labios, y otros con el intelecto; pero yo digo que hay que hacerlo de ambos modos. Pues cuando el intelecto desfallece al decir la oración y se cansa, entonces hablan los labios; y por eso conviene orar con ambos, con los labios y con el intelecto, aunque llamando en silencio y sin agitación, para que la voz no se alce y perturbe los sentidos y la atención, hasta que el intelecto, habituado a la obra, se ejercite bien y reciba fuerza del Espíritu, de modo que pueda orar con firmeza y de todas las maneras. Entonces no hará falta hablar con los labios, e incluso será imposible, porque basta el intelecto para realizar perfectamente esta acción.
Cómo se debe retener el intelecto
3. Sabe que nadie puede retener su intelecto por sí mismo, si no lo retiene el Espíritu. Pues no es incontenible por naturaleza, ni porque esté siempre en movimiento, sino porque por negligencia se ha vuelto vagabundo, acostumbrado a ello desde el principio. Al transgredir los mandamientos caímos de Dios, que nos había engendrado de nuevo; perdimos la unión con Él y perdimos la percepción espiritual de Él. Desde entonces el intelecto se apartó de Dios y, desviándose de Él, vaga por todas partes como un cautivo. Y de ningún modo puede detenerse, a no ser que se someta a Dios y Dios lo retenga. Entonces el intelecto se unirá a Dios en alegría y le orará con frecuencia y con paciencia, y se confesará a Dios espiritualmente cada día cuando pequemos; y Dios perdona todo al instante a los que se lo piden con humildad y contrición y en todo tiempo invocan su santo nombre. Pues dice David: «Alabad al Señor e invocad su nombre» (Sal 104,1). También el suspiro, cuando se cierran los labios al respirar, retiene el intelecto; pero en parte este sigue dispersándose. Mas cuando se hace sensible la acción de la oración, entonces esta verdaderamente retiene al intelecto en sí y lo alegra, y lo saca del cautiverio. Aunque sucede que el intelecto ora y permanece en el corazón mientras el pensamiento divaga, ocupado en otras cosas. Y el pensamiento no se somete a nadie, salvo a los perfectos en el Espíritu Santo y a los que han alcanzado el recogimiento del intelecto en Cristo Jesús.
Cómo se deben rechazar los pensamientos
4. Nunca podrá un principiante rechazar los pensamientos si no los rechaza Dios. Solo los fuertes pueden luchar con ellos y ahuyentarlos, y ni siquiera ellos lo hacen por sí mismos, sino que con Dios se levantan a la batalla contra los pensamientos, revestidos de toda la armadura de Dios. Tú, en cambio, cuando vengan los pensamientos, invoca en lugar de armas, con frecuencia y con paciencia, al Señor Jesús, y huirán, porque no soportan el calor del corazón que nace de la oración. Huyen de él como del fuego. «Con el nombre de Jesús —dice el autor de la Escala— azota a los adversarios, pues nuestro Dios es fuego que consume el pecado». Pronto en socorrer es el Señor, y hará justicia a los que con toda el alma claman a Él día y noche. Quien no posee todavía la acción de la oración los vence de otro modo, imitando a Moisés, que se puso en pie y alzó al cielo las manos y los ojos (Ex 17,11); entonces Dios los ahuyenta. Después, sentándose de nuevo, comienza pacientemente la oración: así obra el que aún no ha adquirido la fuerza de la oración, pero puede con la oración actuar contra las pasiones corporales, es decir, la acedia y la fornicación, las pasiones más pesadas y feroces; levantándose a menudo, alza las manos al cielo pidiendo ayuda contra ellas. Pero lo hace por poco tiempo, para no caer en la ilusión, y se sienta de nuevo, no sea que el enemigo se apodere de su intelecto con alguna fantasía, mostrándole algo que parece imagen de la verdad. Solo a los puros y perfectos les es propio que su intelecto, arriba y abajo, en el corazón y en todas partes, permanezca sin error y sin daño.
Cómo se debe salmodiar
5. Unos dicen que poco, otros que mucho, y otros que no es necesario en absoluto. No salmodies demasiado, porque es gravoso, pero tampoco abandones del todo el canto, para que no sobrevengan la relajación y el descuido; imita más bien a los que cantan poco. Lo mejor es conocer la medida, como dicen los sabios. Y cantar mucho es propio de los activos, por causa del entendimiento y del trabajo, y no de los que guardan quietud: a estos les basta orar a Dios en el corazón, evitando los pensamientos. La quietud es, según el autor de la Escala, el rechazo de los pensamientos, tanto de los sensibles como de los de la mente. Cuando el intelecto agota todas sus fuerzas en un canto prolongado, no podrá orar con fervor y perseverancia. «De noche —dice el autor de la Escala— dedica mucho tiempo a la oración y poco al canto»; eso es lo que debes hacer. Cuando estés sentado y sientas que la oración actúa en ti y no cesa de moverse en tu corazón, no la dejes nunca ni te levantes a cantar salmos hasta que ella misma te deje. De lo contrario dejarás a Dios dentro y comenzarás a conversar con Él desde fuera, descendiendo de las alturas a lo que has arrojado abajo; y así llevarás confusión al alma y perturbarás el silencio del intelecto. La quietud debe obrar conforme a su nombre: hay que tenerla en paz y sosiego. Pues Dios es la paz que está por encima de todo bullicio. Convendría que nuestro canto, conforme a nuestro modo de vida, fuera angélico y no carnal. Cuando cantamos con voz fuerte, esto es signo de la voz de los sentidos, dada a nosotros por nuestra pereza e ignorancia, para que nos acerquemos a lo verdadero. Y quienes no saben que la oración, como dice el autor de la Escala, es fuente de las virtudes que riega los jardines, las fuerzas espirituales, gustan de cantar mucho y sin medida, y de realizar siempre numerosas hazañas, y no cesan hasta pasar de las acciones múltiples con dolor a la contemplación, habiendo adquirido el estado de oración que obra dentro de ellos. Las actividades de los que guardan quietud son unas, y otras las de quienes viven en cenobio. Sálvese cada uno en aquello a lo que fue llamado. Por eso temo escribir, a causa de los débiles, pues te veo entre ellos. Todo el que persiste en orar tal como lo oyó o lo leyó perece, porque no encontró un maestro. Quien ha tocado la gracia, que cante con moderación, como dijeron los padres, y trabaje más en la oración. Y quien se ha vuelto perezoso, por eso mismo necesita cantar o leer los escritos de los padres sobre la práctica. La nave no necesita remos cuando el viento hincha las velas: le basta el soplo del Espíritu para atravesar el mar salado de las pasiones. Cuando la nave se detiene, hay que ponerla en movimiento con los remos o remolcarla con barcas. Y cuando algunos, amigos de discutir, recuerdan a aquellos santos padres que pasaban la noche entera en pie y salmodiaban sin cesar, responderemos con las Escrituras que no todos los ascetas lo tuvieron todo perfecto, por falta de celo o de fuerzas. Pero lo pequeño no siempre es pequeño para el grande, ni todo lo grande es perfecto para el pequeño; en cambio, para el perfecto todo es conveniente. Y no todos han sido siempre, ni ahora ni nunca, hacedores, ni todos siguieron este camino ni lo soportaron hasta el fin. Muchos pasaron de la acción a la contemplación y cesaron de toda acción, guardando el sábado según la ley espiritual y gozándose solo en Dios, llenos del alimento divino, y no les fue dado cantar ni aprender otra cosa. Gracias a la gracia estaban a veces en arrobamiento, alcanzando en parte el borde de sus deseos, como prenda. Y otros se salvaron hasta la muerte por la acción, esperando la recompensa en el siglo venidero. Algunos, al morir —ya hubiesen recibido el anuncio, ya después de la muerte—, exhalaron un aroma fragante como señal de que estaban salvados; ellos, como todos, tenían la gracia del bautismo, pero por el cautiverio o la ignorancia del intelecto no se unieron a ella, y así vivieron, teniéndola secretamente en sí mismos. Otros se ejercitaron en lo primero y en lo segundo, esto es, en el canto y en la oración, y así vivieron, teniendo gracia abundante, que siempre está en movimiento, y no conocieron obstáculo en nada. Y otros, permaneciendo sencillos, guardaron silencio hasta el fin y se contentaron solo con la oración, uniéndose al único Dios. Los perfectos, como ya hemos dicho, todo lo pueden en Cristo, que los fortalece, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Cómo se debe comer
6. ¿Qué diré del vientre, reina de las pasiones? Cuando puedas, mátalo y déjalo medio muerto, y no lo consientas. Él manda sobre mí, amado, y yo le sirvo como esclavo y compañero, a él, auxiliar de los demonios y morada de las pasiones. Por él caemos, y nos levantamos cuando lo dominamos. Por su causa caímos de la primera y de la segunda dignidad divina. Pues cuando al principio caímos en la corrupción, Cristo nos hizo nuevos otra vez. Y ahora hemos caído de Dios, porque no guardamos los mandamientos, que conservan y multiplican la gracia para el bien del alma, aunque nosotros mismos no lo entendemos y nos ensalzamos, pensando que estamos con Dios. Cuerpos distintos necesitan cantidades distintas de alimento, como dijo el padre: uno necesita poco y otro mucho para sostener sus fuerzas. Coma siempre el que guarda quietud menos de lo que le sacia, porque un estómago pesado nubla el intelecto, y entonces no puede perseverar ni recitar con pureza la oración; con los vapores de muchos platos el asceta se adormece, quiere dormirse, y de ahí innumerables fantasías asaltan su intelecto durante el sueño. A quien quiere alcanzar la salvación y se esfuerza en vivir en quietud por amor del Señor le bastan una libra de pan y tres o cuatro copas de agua o de vino al día; y come un poco, a su debido tiempo, de todos los platos disponibles, sin hartarse. Así, tomando sabiamente un poco de cada alimento, evita el orgullo y no desprecia las muy buenas criaturas de Dios: así se comportan los prudentes. Y a los débiles en la fe y en el alma les es útil abstenerse de ciertos alimentos; el Apóstol incluso les manda comer verduras (Rom 14,2), porque no creen que Dios los salvará. ¿Qué te diré a ti, que pides para ti una regla dura, aun siendo ya anciano? Los jóvenes no saben guardar medidas ni cantidades; ¿cómo lo soportarás tú? Cuando caigas, arrepiéntete y repréndete a ti mismo, y comienza de nuevo, y nunca dejes de hacerlo, cayendo y levantándote, y repréndete siempre a ti mismo y no a otro, y tendrás paz, obteniendo sabiamente la victoria por medio de la caída, como dicen las Escrituras. Sin embargo, no excedas el límite que te hemos señalado, y te bastará, porque ningún otro alimento fortalece tanto como el pan y el agua. Por eso dice el profeta, teniendo en nada todo otro alimento: «Hijo de hombre, come tu pan por peso y bebe el agua con medida» (Ez 4,9ss). El alimento tiene tres límites: la abstinencia, la satisfacción del hambre y la saciedad. La abstinencia consiste en sentir hambre después de comer; la satisfacción, en no querer más comida ni cargarse con ella; y la saciedad, en sentirse un poco pesado. Y el que sigue comiendo cuando está lleno abre la puerta por donde entra la fornicación. Tú, sabiendo esto con certeza, escoge lo que esté en tus fuerzas, sin cruzar la línea. Y también es propio de esto lo que dice el Apóstol de los perfectos: «He aprendido a estar saciado y a tener hambre… todo lo puedo» (Flp 4,12-13).
Sobre la ilusión y otras cosas
7. Ya ves, quiero que conozcas bien la ilusión, para que te guardes de ella, para que no andes en la ignorancia ni sufras daño ni pierdas el alma. Pues la voluntad libre del hombre se inclina fácilmente a unirse con los adversarios, sobre todo en los inexpertos, porque contra ellos combaten los adversarios con mayor fuerza. Cerca de los principiantes y de los caprichosos, y en torno a ellos, los demonios extienden las redes de los pensamientos, los fosos de las caídas y la perdición de las fantasías; su ciudad está bajo el poder de los bárbaros. Y no hay que extrañarse cuando alguien es seducido, o pierde el juicio, o acepta o ha aceptado la ilusión, o ve algo que no pertenece a la verdad, o por inexperiencia e incomprensión habla fuera de lugar. Muchos, en su tosquedad, hablan de la verdad y, no sabiendo decirlo bien, dicen una cosa en lugar de otra. Este espanta a muchos y, hablando insensatamente, se convierte en burla y objeto de risa para los que guardan quietud. Nada extraño hay en que caiga en la ilusión alguno de los principiantes incluso después de muchos trabajos; esto ha ocurrido a muchos ascetas, tanto de nuestro tiempo como antiguos, que buscaban a Dios.
Nota: unas tres cuartas partes de una libra.
Así pues, la memoria de Dios, esto es, el estado de oración, es superior a toda obra; como el amor a Dios, es la cabeza de todas las virtudes. Y a quien quiere, sin pudor y sin temor, entrar en Dios y confesarlo e intenta apoderarse de Él dentro de sí, si se le permite hacerlo, los demonios lo matarán fácilmente, porque con audacia y sin temor se lanzó a algo que excede su estado y trató con soberbia de asirlo antes de tiempo. El Señor, según su gran misericordia, al ver nuestro gran atrevimiento, no permite que seamos tentados, para que cada uno conozca su presunción y vuelva en sí, antes de convertirse en hazmerreír y burla para los demonios o en motivo de llanto para los hombres, sobre todo cuando alguien busca esta obra extraña con humildad paciente, preguntando a los experimentados y obedeciéndoles. Para que no comas, sin advertirlo, espinas en lugar de trigo y amargura en lugar de dulzura, y en lugar de la salvación no halles la perdición. Los fuertes y perfectos deben combatir siempre contra los demonios y oponerles «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6,17). Y para los débiles y los principiantes, la huida con reverencia y temor será como una fortaleza. Rehusando la lucha y no atreviéndose a combatir antes de tiempo, escapan de la muerte. En cuanto a ti, cuando guardes bien la quietud, esperando estar con Dios, no aceptes jamás nada que veas, sea con los sentidos o en el intelecto, por fuera o por dentro: ya sea una imagen de Cristo, o de ángeles, o de un santo, aparezca en sueños o se imagine en la mente. Porque el intelecto mismo tiene por naturaleza cierta capacidad de fantasear y puede fácilmente crear las imágenes que quiera en quienes no le prestan atención, causándose daño a sí mismo. Y la misma memoria del bien y del mal produce impresiones inesperadas en el intelecto y lo lleva a la fantasía, y por eso el hombre se vuelve soñador y no silencioso. Por tanto, ten cuidado de no creer algo, aceptándolo enseguida, aunque sea bueno, sin preguntar a los experimentados y sin comprobarlo bien. Rechaza siempre tales cosas, manteniendo tu intelecto sin figuras, sin formas y sin imaginaciones. A muchos les hizo daño con frecuencia aquello que Dios les enviaba para que recibieran la corona. El Señor quiere probar hacia dónde se inclina nuestra libre voluntad. Quien ve algo con el pensamiento o con el sentimiento, aunque sea de Dios, es fácilmente extraviado, pues es propenso a ello. Que el principiante esté atento solo a la actividad del corazón, ya que esta no es engañosa, y que no acepte nada más hasta que las pasiones se apacigüen. Porque Dios no se enoja con quien se vigila a sí mismo para no caer en el error y no acepta ni siquiera lo que viene de Dios sin comprobarlo y preguntar, e incluso lo alaba como sabio, aunque se haya enojado con algunos. Y no debe preguntar a cualquiera, sino a uno solo: a aquel a quien se le ha confiado instruir a otros y que brilla por su vida, él mismo «como pobre, pero que enriquece a muchos» (2 Co 6,10), como dice la Escritura. Los inexpertos han dañado a menudo a numerosos insensatos y tienen «en sí mismos la sentencia de muerte» (2 Co 1,9). No todos pueden instruir a otros, sino aquellos a quienes se ha dado el discernimiento divino, como dice el Apóstol: el discernimiento de espíritus, que distingue lo peor de lo mejor con la espada de la palabra. Cada uno tiene su propia mente y su prudencia, natural, o práctica, o hábil, pero no todos tienen la espiritual. Por eso dice el sabio Sirácida: «Que tu consejero sea uno entre mil» (Si 6,6). No es pequeña hazaña hallar un guía infalible en obras, en palabras y en entendimiento. Que alguien no está en engaño se ve en esto: en que sus acciones y su conocimiento se confirman con el testimonio de las Divinas Escrituras y en que es humilde y sensato en aquello sobre lo que gusta pensar. Es trabajo bastante duro comprender la verdad y estar limpio de lo contrario a la gracia, porque el diablo suele mostrar su ilusión bajo apariencia de verdad, sobre todo a los principiantes, presentando su maldad como algo espiritual. Por eso apresúrate en la quietud a alcanzar la oración pura; con gran temblor y llanto has de avanzar, pidiendo el consejo de los experimentados, y llora siempre por tus pecados, con dolor y temor, no sea que sufras tormento o caigas de Dios, separado de Él ahora o en el futuro. Cuando el diablo ve a alguien que vive llorando, no permanece allí, porque teme la humildad que viene por el llanto. Cuando alguien, en su presunción, sueña con alcanzar las alturas y adquiere así el deseo de Satanás y no el deseo verdadero, entonces el diablo lo ata pronto con sus redes como a su siervo. Por eso es un arma grande sostener el llanto junto con la oración, para que, gozándote en la oración, no caigas en la presunción; mejor es escoger la alegría en la tristeza y quedar ileso. Esta misma oración, el calor junto con la oración de Jesús, pone fuego en el suelo de nuestro corazón, quema las pasiones como espinas y produce alegría y quietud en el alma; y no viene de la derecha, ni de la izquierda, ni de arriba, sino que brota en el corazón como manantial de agua del Espíritu vivificante. Busca solo este deseo en tu corazón y acreciéntalo, manteniendo tu intelecto libre de fantasías, pensamientos y charlas, y no temas. Aquel que dijo: «Soy yo, no temáis» (Mc 6,50), está siempre con nosotros; Aquel a quien buscamos nos protege, y no hemos de temer ni suspirar cuando invocamos a Dios. Y cuando algunos se desviaron y perdieron el juicio, sabe que lo sufrieron por su propia suficiencia y por su alta opinión de sí mismos. Quien se somete y pregunta y busca a Dios nunca sufrirá daño, por la gracia de Cristo, que quiere que todos los hombres se salven. Y cuando llega la tentación, es prueba y corona, porque Dios, que la permite, dará pronto su ayuda del modo que Él mismo conoce. Quien vive rectamente y lleva una vida sin reproche, y huye de la complacencia de los hombres y de la alta sabiduría, aunque todo un regimiento de demonios levante tentaciones contra él, no lo dañará, como dicen los padres. Quien vive desafiante según su propio juicio es dañado con facilidad. Por eso el que guarda quietud debe mantenerse siempre en el camino real. El exceso en todo suele ir acompañado de presunción, y tras ella viene la ilusión. Apenas cierres la boca en la oración, refrena el aliento no solo de las narices, sino también del intelecto, para que el orgullo no te dañe. Hay tres virtudes de la quietud que debemos guardar con cuidado y examinar siempre, para ver si estamos dentro de ellas y no hallarnos fuera cuando el olvido nos robe. Son estas: el dominio de sí, el silencio y el reproche de sí mismo, esto es, la humildad. Se protegen unas a otras, y gracias a ellas nace la oración y crece siempre.
El comienzo de la acción de la gracia en la oración se manifiesta de modo distinto en cada uno, según el Espíritu reparte los dones (1 Co 12,4), como dice el Apóstol, conforme a su voluntad; y puede verse y conocerse, apareciendo también en nosotros a imagen de Elías el Tesbita. En algunos es como un espíritu de temor que destruye las montañas de las pasiones y quebranta los corazones duros como piedras, de modo que su carne queda como muerta de temor. Otros tienen exultación, es decir, alegría, a la que los padres llamaron con mayor exactitud un salto de gozo. En otros hay un movimiento apacible de luz; y en particular, en quienes han progresado en la oración, Dios obra, y Cristo habita en sus corazones (Ef 3,17), como dice el Apóstol, y aparece secretamente como Espíritu. Por eso habló Dios a Elías en el monte Horeb: que el Señor no está en esto ni en aquello, no en las acciones particulares de los principiantes, sino en un sutil rastro de luz; y allí está el Señor (cf. 1 Re 19,12), que mostró la oración perfecta.
Pregunta: ¿Qué debe hacer el hombre cuando el diablo se transforma en ángel de luz y lo tienta?
Respuesta: Para eso el hombre necesita mucha prudencia, a fin de poder distinguir entre el bien y el mal. No confíes precipitadamente en lo que se te aparece, sino obra despacio y con buena comprobación; conserva lo que es bueno y rechaza lo que es malo. Primero hay que probar y considerar, y solo después creer. Sabe que la acción de la gracia es clara, y que el diablo, aunque se transforme, no puede darme mansedumbre, ni quietud, ni humildad, ni odio al mundo; no apaga las pasiones ni los deleites, pues todas estas son acciones de la gracia. Y las acciones diabólicas son el orgullo, la alta sabiduría, el temor y toda clase de pecado. Por la acción podrás reconocer si ha brillado en tu alma la luz de Dios o la de Satanás. La escarola se parece a la mostaza, y el vinagre al vino, pero el paladar reconoce y siente la diferencia entre ellos. Así también el alma, cuando tiene prudencia, reconoce el don del Espíritu Santo y la fantasía satánica percibida por los sentidos.