Del mismo autor: Sobre la quietud y los dos modos de oración, en quince capítulos
Capítulo 1. Los dos modos de comunión con Dios
Hay dos modos de comunión con Dios, o dos entradas en el estado de oración, que el Espíritu Santo pone en movimiento en el corazón. Según estos modos, o bien el intelecto va delante, adhiriéndose en el corazón al Señor (cf. Sal 72,28), como dicen las Escrituras, o bien la acción anticipadora del Espíritu Santo, con su deleite ardiente, atrae al intelecto y lo une a la invocación del Señor Jesús y a la comunión con Él. Aunque el Espíritu Santo obra en cada uno «como quiere» (1 Co 12,11), según el Apóstol, a veces sucede que una acción del Espíritu precede a otra, como ya se dijo de los modos mencionados. A veces la acción del Espíritu tiene lugar en el corazón, esto es, cuando las pasiones disminuyen por la frecuente invocación del nombre del Señor Jesús, porque entonces aparece un calor divino: «Nuestro Dios es fuego consumidor» (Heb 12,29) que consume las pasiones, dice la Escritura. Y a veces el Espíritu atrae al intelecto hacia sí, sumergiéndolo en las profundidades del corazón y refrenando su vagar. Entonces el intelecto ya no marcha cautivo de Jerusalén a Asiria, sino que se traslada de Babilonia a Sión y dice con el profeta: «A ti, oh Dios, se debe un himno en Sión, y a ti se ofrecerá la oración» (Sal 64,2) en Jerusalén. Y también: «¡Qué consolados quedamos cuando el Señor hizo volver el cautiverio de Sión!» (Sal 125,1). Y también: «Alégrese Jacob y regocíjese Israel» (Sal 13,8), esto es, el intelecto activo y contemplativo, que por la acción, con la ayuda de Dios, vence la pasión, y por la visión contempla a Dios en la medida en que puede comprenderlo. Entonces el intelecto, como llamado a un banquete espléndido, gozándose en el alimento divino, canta: «Has preparado ante mí una mesa a la vista de los que me afligen» (Sal 22,5), es decir, de los demonios y de las pasiones.
Capítulo 2. Cómo se debe orar
«Por la mañana —dice Salomón— siembra tu semilla», esto es, la oración, «y por la tarde no dejes descansar tu mano» (Ecl 11,6), para que por una interrupción de la oración no pierdas el momento en que será escuchada: «Porque no sabes —dice Salomón— si prosperará esto o aquello» (ibíd.). Por la mañana, sentado en tu taburete de un codo de altura, dirige tu intelecto de la cabeza al corazón y mantenlo allí; inclínate hacia adelante, como si sintieras dolor, y, sintiendo dolor en los hombros y en el cuello, clama con tu intelecto o con tu alma: «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!». Y, mediante esta opresión y los trabajos frecuentes, y como con pesar, usa siempre estos tres nombres, como si comieras un alimento. «Los que me comen —dice la Escritura— tendrán aún hambre de mí» (Si 24,21). Volviendo tu intelecto a la segunda parte de la oración, di: «¡Hijo de Dios, ten piedad de mí!». Y, repitiendo muchas veces esta parte de la oración, no la cambies por la primera, como suele hacerse por pereza, porque los árboles no echan raíces cuando se los trasplanta con frecuencia. Además, respira con moderación y no en exceso, pues los suspiros fuertes que suben del corazón oscurecen el intelecto y dispersan los pensamientos. Expulsan al intelecto del corazón, lo arrojan al olvido o lo inducen a ocuparse de otra cosa que no necesita conocer. Cuando veas la inmundicia de los espíritus malignos, esto es, los pensamientos que surgen o se transforman en tu intelecto, no temas; y aun cuando aparezca en ti un buen entendimiento de ciertas cosas, no le prestes oído, sino que, conteniendo la respiración cuanto puedas y guardando el intelecto en tu corazón, invocando con frecuencia y con insistencia el nombre del Señor Jesús, pronto los aplastarás y destruirás, hiriéndolos con el invisible nombre divino. Dice el autor de la Escala: «Con el nombre de Jesús azota a los guerreros, porque no hay arma más fuerte ni en el cielo ni en la tierra».
Capítulo 3. Sobre la respiración
Cómo refrenar la respiración lo explican el solitario Isaías y muchos otros. Isaías dice que hay que refrenar el intelecto que no se refrena; no puede detenerse porque lo dispersa la potencia adversa, que, por una vida descuidada después del bautismo, ha vuelto con otros espíritus aún peores al alma perezosa, como dice el Señor: «Y el último estado de aquel hombre será peor que el primero» (cf. Mt 12,45). Y otro dice que en ciertos días la memoria de Dios debe ocupar el lugar de la respiración. Y otro más, que el amor a Dios debe preceder al aliento. Y Simeón el Nuevo Teólogo dice: «Aspira lentamente, para que tu respiración no sea desordenada».
Nota: esto significa poner freno a la soberbia del espíritu y, además, unirlo al Espíritu de Dios y no a nada sensible.
Y el autor de la Escala dice: «Que la memoria de Jesús se una a tu respiración; entonces comprenderás el provecho de la quietud». Y el Apóstol dice: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20), obrando e inspirando la vida divina. Y el Señor dice: «El viento sopla donde quiere, y oyes su rumor, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,8), poniendo como ejemplo el soplo del viento. Puesto que fuimos purificados en el bautismo, y el Espíritu nos enseñó a recibir a Cristo, y lo recibimos, como dice Santiago, hermano del Señor, «la palabra sembrada» (St 1,21), y nos unimos en comunión con Aquel que es inaccesible a la comunión e inmutable, todo esto de algún modo nos deifica, colmándonos por la bondad de Dios. Pero nosotros hemos descuidado los mandamientos que conservan en nosotros la gracia; por nuestra pereza caímos en las pasiones y, en lugar del soplo del Espíritu Santo, nos llenamos del soplo de los espíritus malignos. Quien ha recibido al Espíritu Santo, y a quien el Espíritu Santo ha purificado y calentado e inspirado con la vida divina, ese habla y entiende y se mueve según las palabras del Señor: «Porque no seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10,20). Y al contrario: «Quien tiene en sí el espíritu del adversario y es dominado por él, obra y habla lo contrario».
Nota: se trata de un don sobrenatural de Dios, concedido a los santos apóstoles de Cristo.
Capítulo 4. Cómo se debe cantar
«Cuando hayas trabajado —dice el autor de la Escala—, levántate, ora y, sentándote de nuevo, vuelve a tu obra». Lo dijo acerca de la actividad del intelecto, esto es, de lo que deben hacer quienes han aprendido a guardar el corazón; pero lo mismo puede decirse de los que realizan la salmodia. Se cuenta que una vez preguntaron al gran Barsanufio cómo se debe cantar. Y el anciano respondió: «Las horas y los himnos son tradición de la Iglesia, y es bueno que se hayan dado en favor de la concordia. Pero los que viven en el yermo no cantan las horas ni tienen himnos, sino solo labor manual, meditación en la soledad y oraciones breves». Cuando estés en pie para orar, conviene que digas el Trisagio y el Padrenuestro. Ruega también a Dios que puedas despojarte del hombre viejo y no quedar endurecido en él; por eso, que tu intelecto esté todo el día en oración. Y el anciano explicó además que la meditación en la soledad es la oración del corazón, y que las oraciones breves son la estación de pie con salmodia. Así habla también Juan de la Escala: «La quietud, la despreocupación de todo y la oración ferviente: eso es la estación de pie, y lo tercero es la actividad inhurtable del corazón. El corazón es la morada de la oración, esto es, de la quietud».
Capítulo 5. Sobre la diferencia entre quienes cantan los salmos
¿Qué significa que unos enseñen a cantar mucho, otros poco y otros enseñen a no cantar en absoluto, sino a decir la oración y trabajar, esto es, a ocuparse de algún oficio, o a hacer postraciones, o a realizar alguna otra labor sencilla? Esto puede explicarse así: quienes han adquirido la gracia por medio de obras y de muchos trabajos durante muchos años enseñan a los demás según ellos mismos se han acostumbrado. No aprueban el otro camino y no se fían de quienes han alcanzado la gracia por la misericordia de Dios en poco tiempo con fe ardiente, según las palabras de san Isaac. Por eso persiguen a tales personas, robados por la ignorancia y el orgullo, y enseñan a otros que el otro camino es ilusión y pérdida de la gracia. Y no saben que, según las Escrituras, «a los ojos del Señor es cosa fácil enriquecer de repente al pobre» (Si 11,21). Y el libro de los Proverbios dice: «El principio de la sabiduría: adquiere sabiduría» (Prov 4,7), esto es, la gracia. Y el Apóstol reprende a los discípulos de aquel tiempo diciendo: «¿No reconocéis por vosotros mismos que Jesucristo habita en vosotros?» (2 Co 13,5), pues por vuestra pereza nada ganáis. Por eso tales personas, por incredulidad y alta sabiduría, no reconocen la acción particular de la oración, que es causada por el Espíritu Santo.
Capítulo 6. Objeciones contra los que piensan así
Dime tú, que hablas así: cuando alguien ayuna, se abstiene, vela, permanece en pie, hace postraciones, llora y se priva, ¿no es esto acción? ¿Por qué dices que sin acción, solo cantando salmos, no se puede conservar la oración? ¿No es también todo esto acción?
Respuesta: ¿De qué sirve que alguien ore mientras su intelecto vaga? Cuando uno edifica y otro derriba, no habrá más que fatiga. Porque lo que el hombre hace con su cuerpo, hágalo también con su intelecto, para que no sea justo solo en el cuerpo mientras su corazón está lleno de incredulidad e impureza. Esto anuncia el Apóstol cuando dice: «Porque si oro en lenguas», esto es, con la boca, «mi espíritu ora», o mi voz, «pero mi mente queda sin fruto. Oraré con el espíritu, pero también con la mente. En la Iglesia prefiero decir cinco palabras con mi mente, para instruir a otros, que diez mil palabras en lenguas» (1 Co 14,14-15.19). Y la Escala confirma estas palabras del Apóstol, diciendo en su Discurso sobre la oración: «El gran obrero de la grande y perfecta oración dice esto: quiero decir cinco palabras con mi mente, para instruir a otros, más que diez mil palabras en lenguas». Hay muchas clases de actividad, pero son parciales, mientras que la oración del corazón es una actividad grande y amplia, fuente de las virtudes. Según las palabras del autor de la Escala, con la oración puedes obtener todo bien. «No hay pensamiento más terrible que el pensamiento de la muerte, ni memoria más hermosa que la memoria de Dios», dice san Máximo, mostrando así la supremacía de la obra de la oración. En nuestro tiempo algunos ni siquiera quieren oír que existe la gracia, nublados por una gran insensibilidad, por la incomprensión y por la poca fe.
Capítulo 7
Pienso que hacen bien quienes cantan poco, guardando la moderación. Toda medida es buena, según las palabras de los sabios, para que no se gaste toda la fuerza del intelecto en las acciones y el intelecto pueda ser ferviente en la oración y no debilitarse en ella. Por tanto, que quienes cantan poco dediquen más tiempo a la oración. Es justo que, cuando ha fatigado el intelecto con la invocación regular y frecuente y con la atención persistente, el que guarda quietud reciba un poco de consuelo y pase de la estrechez de la quietud a la amplitud de la salmodia. Esta práctica es muy buena, y esta enseñanza es sabiduría de hombres.
Capítulo 8
Y también hacen bien los que no cantan en absoluto, si son maduros en el espíritu. No necesitan recitar salmos, porque tienen quietud, oración incesante y contemplación. Si has madurado en la iluminación hasta la comunión con Dios, que tales personas no arranquen de ahí su intelecto ni lo molesten con otras cosas. El autor de la Escala dice que la caída del principiante es su propia voluntad, y la del que guarda quietud, el abandono de la oración (Escalón 27). El intelecto del que guarda quietud comete adulterio cuando se aparta de la memoria de Dios, como de la memoria del Esposo, y se ocupa de buen grado en asuntos de menor importancia. No a todos se les puede enseñar esta práctica. Puede enseñarse a discípulos sencillos y sin letras, pues por la humildad su obediencia se hace partícipe de toda virtud; pero no se da a los desobedientes, no sea que se extravíen por su tosquedad y su amor al propio razonamiento. «El hombre de voluntad propia no puede evitar la altivez, y tras ella viene la ilusión», dice san Isaac. Algunos, sin pensar en el daño futuro, enseñan al intelecto a recordar a Dios para que lo ame; enseñan que solo eso hay que conservar, y esto no puede hacerse, y menos por voluntad propia. Su intelecto no ha sido aún purificado —pues se purifica con lágrimas— a causa del descuido y de la altivez, y por eso ve ante sí pensamientos inmundos y no oración. Y en el corazón los espíritus inmundos se agitan, porque oyen el nombre de Dios. Rechinan un poco los dientes, tratando de matar al que los hiere. Por eso, cuando un hombre de voluntad propia oye hablar de esta práctica, o la conoce y quiere conservarla, sufrirá daño de un modo o de otro: si se fuerza y es tentado, no la conservará; y si es descuidado, no tendrá crecimiento espiritual en toda su vida.
Capítulo 9
Hablaré como quien tiene alguna experiencia. Cuando, de día o de noche, guardas quietud, orando con frecuencia a Dios en humildad y sin pensamientos, y tu intelecto se entumece de tanto invocar, y tu cuerpo duele, y tu corazón, por la intensa y frecuente invocación de Jesús, no siente ni calor ni gozo —de los cuales nacen en el asceta la vigilancia y la resistencia—, entonces levántate y canta salmos solo o con tu discípulo, o ejercítate aprendiendo algún pasaje, o en la memoria de la muerte, o en algún oficio, o en otra cosa, o escucha una lectura de pie, para dar trabajo al cuerpo. Y cuando cantes solo, di el Trisagio y luego ora, con el intelecto o con el alma, guardando interiormente la atención en tu corazón. Y cuando te sobrevenga la acedia, recita dos o tres salmos y troparios que lleven a la compunción, sin cantarlos, porque el autor de la Escala dice que «los que guardan quietud no cantan». «Les basta el dolor del corazón que nace de su piedad —dice san Marcos— y el calor del Espíritu, que se les da para gozo de alegría». Después de cada salmo di una oración con el intelecto o con el alma, sin cantar, y el Aleluya. Este es el orden de los santos padres Barsanufio y Diádoco y de otros. San Basilio aconseja cambiar de salmos cada día, porque esto estimula el celo. Y no dice que al cantar lo mismo el intelecto no sienta placer, sino que le gusta dar libertad a su estado, para fortalecerse más en el celo. Cuando estés cantando de pie con un discípulo fiel, que él recite los salmos mientras tú guardas secretamente la atención en tu corazón y, orando, te vigilas a ti mismo y, con la ayuda de la oración, examinas los pensamientos que vienen del corazón, sean de los sentidos o de la mente. La quietud significa dejar a un lado por un tiempo los pensamientos que no provienen del Espíritu divino, para que, escuchándolos como si fueran buenos, no pierdas algo mayor.
Capítulo 10. Sobre la ilusión
Vigila bien, obrero de Dios: cuando estés haciendo tu trabajo y veas luz o fuego fuera de ti o dentro de ti, o alguna aparición, esto es, de Cristo o de un ángel o de algún otro, no lo aceptes, para que no sufras daño y para que tú mismo, habiéndole prestado atención, no permitas que tu estado interior forje algo semejante. Tales cosas vienen fuera de tiempo desde fuera para tentar al alma. El verdadero comienzo de la oración es el calor del corazón, que quema las pasiones y produce gozo en el alma con amor, y confirma el corazón con una certeza indudable. Todo lo que llega al alma, dicen los padres, sea de los sentidos o de la mente, cuando el corazón duda de ello y no lo acepta, no ha venido de Dios, sino del enemigo. Y cuando veas que tu intelecto es arrastrado por alguna fuerza invisible hacia las cosas externas o hacia las alturas, no lo creas ni permitas que tu intelecto sea arrastrado, sino haz que vuelva enseguida a su obra. «Lo que Dios nos envía —dijo san Isaac— viene por sí mismo, inesperadamente». Cuando el enemigo transforma las cosas espirituales entre las obras naturales, como quiere, y en lugar del calor infunde su ardor desordenado, entonces ¡qué difícil se vuelve para el alma estar en semejante ilusión!, cuando en lugar de la alegría espiritual el enemigo produce un gozo irracional y una dulzura floja, de donde nacen la altivez y la arrogancia. El enemigo esconde sus obras a los inexpertos y trata de mostrar su ilusión como obra de la gracia. Sin embargo, el tiempo, la experiencia y el sentimiento lo descubren a quienes sospechan de sus ardides. Según las Escrituras, el paladar discierne el sabor del alimento, esto es, el sabor espiritual, y muestra sin error todo tal como es.
Capítulo 11. Sobre la lectura
«Cuando estés en la vida activa —dice la Escala—, lee a los que escriben sobre la acción. Cuando cumplas su consejo, no necesitarás ninguna otra lectura». Lee siempre sobre la quietud y la oración en la Escala, en san Isaac, en san Máximo, en Simeón el Nuevo Teólogo y su discípulo Estetatos, en Hesiquio, en Filoteo el Sinaíta y otros semejantes, cuanto escriben sobre esto. Y deja a un lado por un tiempo todos los demás libros, como impropios para ti y como cosas que distraen tu intelecto de la oración. No te enorgullezcas de tu voz, ni caigas en la vanagloria por tu buena pronunciación y tu fluidez al leer. No te imagines que lees para agradar a nadie. Todo es bueno con medida: ni demasiado deprisa, ni con descuido y pereza, sino con dignidad, con suavidad, con constancia, con entendimiento, con benevolencia, tanto con los sentidos como con el intelecto, o de viva voz. El intelecto, fortalecido en esto, gana fuerza en el hábito de orar con celo. De lo contrario, como hemos dicho antes, el intelecto se marea, se debilita y se enloquece, la cabeza queda incapaz de pensar y se debilita en la oración.
Capítulo 12
Presta siempre atención a tu inclinación y a aquello hacia lo que tiende: si guardas de veras la quietud por amor de Dios y para provecho del alma, o si cantas, o lees, o oras, o practicas alguna virtud, para que el enemigo no te robe sin que lo adviertas, para que no seas obrero solo en apariencia, sirviendo no a Dios sino a los hombres. Son numerosos los ardides del maligno, y astutamente espía hacia dónde se inclina nuestra intención, cosa que muchos ignoran; y siempre quiere robarnos nuestra obra, para que no se haga según Dios. Aunque combate sin cesar y avanza sin vergüenza, si tu intención es firme no podrá robarte a menudo; y aunque haga que tu voluntad se levante contra tu propósito, serás perdonado y alabado por Aquel que conoce las intenciones y el corazón. Esta pasión, es decir, la vanagloria, no deja al monje progresar en la virtud, y en la vejez resulta estéril en los tres estados: el principiante, el intermedio y el perfecto.
Habiendo visto esto por experiencia, digo que un monje nunca tendrá éxito sin virtudes como estas: ayuno, abstinencia, valentía, vigilancia, oración, silencio, llanto y humildad. Estas son las virtudes que se engendran y se sostienen unas a otras. El ayuno frecuente produce la abstinencia; la abstinencia, la vigilancia; la vigilancia, la paciencia; el silencio, la oración; la quietud, el llanto; y el llanto, la humildad. Entre las virtudes no hay mayor dependencia mutua que esta. Y lo mismo vale para los vicios contrarios a las virtudes.
Conviene hablar aquí también de los trabajos y de los dolores, para mostrar cómo debe llevarse a cabo cada acción, no sea que alguien, pasando por encima de nuestro dolor tal como él mismo lo ha oído, no reciba el fruto y nos acuse a nosotros o a otro de que la realidad no es como hemos dicho. Por el dolor del corazón y el trabajo del cuerpo se cumple la obra de la verdad, y por ellos se revela la acción del Espíritu Santo, que se da a todo fiel en el bautismo y que, cuando no se cumplen los mandamientos, queda sepultada bajo las pasiones y aguarda nuestro arrepentimiento por la misericordia inefable de Dios. Que no oigamos al final, por nuestra esterilidad, palabras como estas: «Quitadle el talento… quitadle incluso lo que cree tener» (cf. Mt 25,28-29), y no seamos enviados al tormento eterno, sufriendo dolor en la gehena como quienes no aceptaron la comunión con Dios o, habiéndola aceptado, la rechazaron. Toda acción, corporal o espiritual, cuando se hace sin dolor y sin trabajo, jamás da fruto a quien la realiza, porque «el Reino de los Cielos sufre violencia —dice el Señor— y los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12). La fuerza es el sentir dolor en todo el cuerpo. Aunque muchos han trabajado o trabajan durante muchos años, si no sienten dolor, no realizan su labor de corazón sincero, y no adquieren la pureza ni el Espíritu Santo, porque han rehusado soportar el dolor. Alguien es descuidado y flojo, de modo que solo parece que trabaja duro; pero tal hombre nunca cosechará fruto de su ausencia de dolor, porque no siente dolor alguno. Un testigo de ello dice: «Aunque nuestra vida sea una gran hazaña, si el corazón no siente dolor, nuestros esfuerzos no son reales y son inútiles».
Nota: el padre solícito, al hablar de la fuerza o del sentimiento de dolor que debe ser propio del asceta, no enseña que el cristiano —que no ha recibido el espíritu de servidumbre para el temor, sino el espíritu de adopción filial, y que es libre— se haga violencia a sí mismo; más bien conduce espiritualmente al soldado de Cristo al combate, para que, armado de fe, paciencia, humildad, toda templanza e impasibilidad, y además de virtud y de vida en Cristo, según san Juan Crisóstomo, luche y conquiste, como una fortaleza, el Reino de los Cielos, aunque nos parezca inalcanzable.
Y también sucede que, aunque atravesamos el dolor, por desesperación recurrimos a preocupaciones inútiles, y nuestra alma se oscurece, porque piensa que en esas preocupaciones hallará alivio, lo cual es imposible. Quedamos entonces como atados con cadenas invisibles, inmóviles e incapaces de toda obra, porque la debilidad se ha multiplicado en nosotros, sobre todo cuando somos principiantes; para los perfectos, todo es útil con medida. De esto da testimonio también el gran Efrén, diciendo: «Cuando trabajes, trabaja con esfuerzo, para evitar la fatiga de trabajos vanos». Si nuestros miembros no se secan de debilidad, agotados por los trabajos del ayuno, y no comienzan los dolores del sufrimiento, «como de mujer que da a luz» (Is 21,3), según la palabra del profeta, no engendraremos el espíritu de salvación en la tierra del corazón, como ya has oído. Solo nos jactaremos de los años, y de un desierto que no aprovecha, y de una quietud débil, como si fueran grandes hazañas. Y cuando el alma salga del cuerpo, entonces conoceremos sin duda todos los frutos de nuestra vida.
Nota: el autor de la Escala, del escalón 7.
Capítulo 15
Es imposible que el hombre se habitúe por sí solo a ejercitarse en las virtudes, aunque algunos se hayan apoyado en su propia experiencia como en un maestro. Quien obra por sí mismo y no por consejo de los perfectos, o es altivo, o la altivez nacerá en él. Ni siquiera el Hijo hace nada por sí mismo, sino que hace como el Padre le enseñó, y el Espíritu Santo no habla por sí mismo. ¿Hay acaso alguien que haya alcanzado una virtud tan alta que no necesite de nadie que lo introduzca en los misterios? Tal hombre está engañado y, según parece, tiene en sí más soberbia que virtudes. Por eso conviene escuchar a quienes conocen los trabajos de las virtudes activas y guardar las virtudes tal como ellos enseñan: un ayuno tal que se sienta hambre, una abstinencia desagradable, una vigilia paciente, el cansancio de las postraciones, la estación de pie inmóvil que fatiga el cuerpo, la oración incesante, la humildad sin fingimiento, la oración y el suspiro continuos, un silencio de buena palabra, como sazonado con sal, y la paciencia con todos. No conviene permanecer siempre en reposo, ni solo sentado, a no ser que seas anciano o estés enfermo. «Comerás del trabajo de tus manos» (Sal 127,2), dice la Escritura. Y también está dicho que «el Reino de los Cielos se conquista por la fuerza» (Mt 11,12). Así pues, esfuérzate cada día por realizar con dolor las obras mencionadas, esto es, como asceta, y a su tiempo recogerás con Dios los frutos.