Del mismo autor: Discurso sobre la fe, e instrucción para quienes dicen que es imposible alcanzar la perfección en las virtudes a los que permanecen en el mundo y tienen cuidados mundanos
Del mismo venerable padre nuestro, Simeón el Nuevo Teólogo: Discurso sobre la fe, e instrucción para quienes dicen que es imposible alcanzar la perfección en las virtudes a los que permanecen en el mundo y tienen cuidados mundanos, con un relato que desde el principio resulta muy provechoso.
¡Amados hermanos y padres míos! Es obra muy buena y provechosa para el alma predicar juntos a todos la grande e infinita misericordia de nuestro Dios bondadosísimo y misericordiosísimo, y revelar a todos nuestros hermanos cristianos el abismo de la misericordia y de la bondad que Dios tiene para con nosotros. Yo, como sabéis, hermanos míos, no practiqué ayunos rigurosos ni numerosos, ni vigilias, ni dormí en el suelo, ni realicé ninguna de esas mortificaciones corporales severas y excesivas; pero conocí mi indignidad, y pensé en mis pecados, y me condené a mí mismo, y me humillé, y el Señor misericordiosísimo y bondadosísimo me salvó por esto, como dice también el divino David: «Fui humillado, y Él me salvó» (Sal. 114, 6). Y, por no alargarme, creí solamente las palabras de Dios, y el Señor mi Dios me acogió por medio de esta fe.
Pues hay muchos obstáculos que impiden adquirir la humildad, pero para hallar la fe y creer las palabras de Dios no hay obstáculo alguno. Por tanto, cuando con toda el alma queremos hallar la fe, la hallamos al instante sin esfuerzo alguno, porque la fe es un don del Dios bondadosísimo, dado a nuestra naturaleza para que la tengamos a nuestra disposición y la poseamos cuando queramos. Así vemos que tanto los escitas como los bárbaros y todas las naciones tienen fe por naturaleza, y cada uno cree las palabras de otro, y se muestran fe entre sí.
Y para que veas esto en obra y no en palabras, escucha este relato. Un joven llamado Jorge, de muy corta edad —unos veinte años—, vivió en nuestros tiempos en Constantinopla; era muy hermoso y de tal aspecto que muchos tenían pensamientos vergonzosos acerca de él, y sobre todo aquellos que suelen mirar solamente la apariencia exterior de la persona y, no conociendo los pensamientos secretos de cada uno, condenan y se hacen jueces insensatos de los demás.
Este joven trabó conocimiento con cierto monje, varón santo, que vivía en un monasterio de Constantinopla y, revelándole todos los secretos de su corazón, le dijo también que deseaba salvarse y que tenía un gran anhelo de dejar el mundo y hacerse monje. Y aquel honorable anciano alabó su intención y lo instruyó como convenía, y le dio a leer el libro de san Marcos el Asceta sobre la ley espiritual. Y el joven lo recibió con tal deseo y reverencia como si Dios mismo se lo hubiera enviado, y confió mucho en él, porque esperaba obtener gran provecho de la lectura; y habiendo llegado a su casa, comenzó al punto a leerlo con gran atención, y lo leyó todo con mucha reverencia tres veces, y una cuarta, y todavía no lo soltaba de las manos; y, como esperaba, obtuvo gran provecho de aquel libro.
Sin embargo, escogió solamente tres capítulos y los grabó en su corazón, y resolvió cumplirlos en obra y guardarlos con toda atención. En el primer capítulo se dice que quien quiera hallar la curación de su alma debe poner gran diligencia y cuidado en mantener limpia su conciencia, de modo que no lo reprenda en ningún asunto, y que cuantas obras buenas ella le indique hacer, esas debe hacerlas sin pereza; y así hallará gran provecho. En el segundo se decía que quien busca sentir la operación del Espíritu Santo sin cumplir todavía los mandamientos de Dios es semejante a un esclavo recién comprado que pide a su amo la libertad en el mismo momento en que el amo paga por él. Y en el tercero se decía que quien ora con los labios y no ha adquirido aún el entendimiento espiritual ni sabe orar con el intelecto es como aquel ciego que clamaba: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!» (Lc. 18, 38); pero quien ha adquirido el entendimiento espiritual y ora con el intelecto y abre los ojos de su alma, es como aquel mismo ciego después de que el Señor lo hubo sanado de su ceguera, cuando vio la luz con sus propios ojos y contempló al Señor, y ya no lo llamó Hijo de David, sino que lo confesó Hijo de Dios y lo adoró como convenía.
Estos tres capítulos agradaron muchísimo a aquel joven, y se maravilló grandemente de ellos, y los recibió en su alma, y creyó sin duda alguna que hallaría gran provecho si vigilaba bien su conciencia, como dice san Marcos; y que gozaría de los dones del Espíritu Santo y de su poder guardando los mandamientos de Dios; y, en tercer lugar, que por el don del Espíritu Santo sería hallado digno de que se abrieran los ojos de su alma y de contemplar al Señor con el intelecto. Por eso, esperando ver la belleza inefable del Señor, quedó herido en su corazón de amor por ella y tuvo un gran deseo de verla.
Sin embargo, no hizo ninguna otra cosa, como él mismo me aseguró después, sino solamente esto: cada tarde, cuando se retiraba a su lecho para descansar, realizaba primero la oración y las postraciones que aquel santo anciano le había mandado, y luego se acostaba. Pasado algún tiempo —y él escuchaba atentamente a su conciencia—, mientras cumplía la regla de aquel anciano, su conciencia le dijo una tarde que hiciera otra oración y más postraciones, y que dijera también esto: «¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!», muchas veces, cuanto pudiera. Y él atendió con gran diligencia a lo que le decía su conciencia, y comenzó sin duda alguna a hacerlo, creyendo que Dios mismo le indicaba lo que hacía. Y desde entonces no se acostaba a descansar sin haber hecho antes lo que su conciencia le sugería.
Y como de este modo se sometía a su conciencia y ella lo iluminaba, indicándole que hiciera esto muchas veces, pronto su oración creció tanto que la realizaba, como he dicho, cada tarde. Durante el día no tenía tiempo conveniente para la oración, pues estaba a cargo de toda la casa de cierto gran príncipe y tenía muchos cuidados y asuntos, e iba diariamente al palacio imperial, y no le quedaba tiempo para orar de día; pero cada tarde, al ir a descansar, oraba como he dicho. Y su corazón comenzó a entrar en calor y en compunción, y muchas lágrimas brotaban de sus ojos, y hacía frecuentes genuflexiones, y pronunciaba numerosas oraciones a la Madre de Dios con suspiros y dolor del corazón; e imaginando que estaba ante el Señor, y postrándose a sus pies purísimos, le rogaba con lágrimas que tuviera piedad de él, como del ciego del que habla el santo Evangelio, y que diera luz a sus ojos.
Y de día en día resplandecía más la oración que realizaba cada tarde hasta la medianoche; y cuando oraba, permanecía inmóvil como una columna, y no cambiaba el peso de un pie a otro, y su cuerpo no se movía en absoluto, y no miraba a un lado ni a otro, sino que estaba de pie con gran temor y temblor, sin adormecerse, ni caer en el desaliento, ni ceder a la pereza.
Y una tarde, mientras oraba y decía interiormente en su intelecto: «Dios, ten piedad de mí, pecador», de repente resplandeció sobre él cierto fulgor divino y quedó lleno de aquella luz; y aquel bienaventurado joven Jorge quedó en éxtasis y se olvidó de sí mismo, de que estaba en la casa, porque veía luz por todas partes, y estaba como fuera de sí, y no sabía si caminaba sobre la tierra o estaba en el aire. Y no tenía absolutamente ningún cuidado corporal ni mundano, sino que se olvidó por completo del mundo entero, y quedó totalmente transformado, y se unió con aquella luz divina, y le parecía que él mismo se había vuelto luz; y estaba todo lleno de lágrimas y de un gozo inefable. Y de este modo su intelecto fue arrebatado al cielo, y allí vio otra luz, mucho más resplandeciente, y en aquella luz vio a aquel santo anciano que le había dado, como ya hemos dicho, el libro del abba Marcos y la regla que él cumplía.
Y yo, cuando oí esto del joven, comprendí que la oración del santo anciano había ayudado grandemente en ello, y que Dios lo concedió para mostrar al joven en qué alta virtud permanecía aquel santo anciano; por eso, en efecto, lo vio de pie en aquella luz. Entonces aquel joven que tuvo esta visión volvió en sí y quedó lleno, según dijo, de gozo y de asombro, y derramó lágrimas de su corazón, y junto con aquellas lágrimas sintió también un gran gozo. Finalmente se acostó en su lecho para descansar un poco, y entonces cantó el gallo y pronto comenzaron a golpear el símandro en las iglesias para los Maitines. Entonces el joven se levantó para leer los Maitines, según su costumbre, y aquella noche no durmió en absoluto ni pensó siquiera en dormir.
Esto contó el joven a quienes estaban con él: que no hizo ninguna otra cosa, según él mismo me aseguró, sino esto que habéis oído; que tuvo solamente fe y una esperanza inquebrantable, y por eso fue hallado digno de tal visión. Y que nadie diga que hizo esto por ostentación, pues él —como él mismo me dijo— ni siquiera pensó en buscar alabanza, sino que tuvo una fe indudable; y habiendo desechado de sí todo otro pensamiento carnal y mundano, alcanzó tan gran diligencia en guardar y corregir su conciencia. ¿Y qué decir de la conciencia, cuando permanecía insensible a todas las cosas de este mundo, y no las sentía en absoluto, ni quería comer ni beber, como si hubiera ayunado largo tiempo?
¿Habéis oído, amados hermanos míos, qué obras realiza la fe y qué poder tiene cuando se afianza con buenas obras? ¿Habéis comprendido que la juventud no nos perjudica ni la vejez nos ayuda cuando el temor de Dios se debilita en nosotros? ¿Habéis aprendido hoy que vivir en una ciudad o en un pueblo no nos impide guardar los mandamientos de Dios cuando tenemos diligencia? ¿Y que ni el apartarse del mundo ni la soledad nos ayudarán cuando somos perezosos y negligentes?
Todos oímos acerca de David que, con tantos cuidados y con el gobierno del reino, tenía su intelecto enteramente en Dios, y nos maravillamos de esto y decimos que no hubo otro semejante a David. Pero con este joven ocurrió algo mayor que con David: David recibió una llamada del mismo Dios, fue ungido profeta y rey, y recibió también la gracia del Espíritu Santo. Y si pecó contra Dios y perdió la gracia del Espíritu Santo y la dignidad profética, y se apartó de la unión con Dios, y luego volvió en sí y pensó en todos los bienes que había tenido y perdido, y procuró hallarlos de nuevo, ¿qué hay de admirable en ello? Mas lo admirable y digno de alabanza es que un joven de veinte años, que estaba apegado solo a las cosas mundanas, y cuyo intelecto estaba fijo únicamente en lo pasajero, y que fuera de esto no pensaba en nada elevado, a quien ni siquiera se le pasaba por la mente tal pensamiento, y que solo oyó un poco de aquel santo anciano, y, habiendo leído aquellos tres capítulos del abba Marcos, los cumplió al punto en obra con firme esperanza; y por aquella pequeña acción que realizó fue hallado digno de que su intelecto fuera arrebatado al cielo, e inclinó a la Madre de Dios a tener misericordia de él, de modo que por su intercesión ante Dios lo reconcilió con Él hasta tal punto que el Señor le envió desde lo alto su iluminación divina y la gracia del Espíritu Santísimo, y lo fortaleció para alcanzar la bienaventuranza y gozar de aquella luz que muchos desean pero pocos adquieren.
Más aún: este bienaventurado joven Jorge, que no ayunó durante muchos años, ni veló, ni realizó otros combates como los ascetas, que nunca durmió en el suelo, ni vistió cilicio, ni fue monje, ni se apartó corporalmente del mundo, sino que por una breve vigilia y por la oración que realizaba, llegó a ser ángel terrenal y hombre celestial: hombre en apariencia e incorpóreo en el intelecto, natural y sobrenatural, visible a todos y permaneciendo él mismo con Dios, que todo lo conoce. Por eso, en efecto, fue hallado digno de contemplar aquella dulcísima luz del sol inteligible de la justicia, y con razón. Pues fueron el amor y el deseo de Dios los que lo pusieron espiritualmente fuera del mundo, y olvidó el mundo y la carne y todos los vanos asuntos mundanos, y se unió por completo a Dios; de este modo se volvió todo espiritual y todo iluminado, y tuvo tal visión, y experimentó tal deleite. Y esto, sobre todo, viviendo en una ciudad, y en una ciudad tal, donde habitaba en los palacios imperiales, y tenía además el cargo en la casa de un gran príncipe sobre numerosos siervos y una multitud de otros servidores, y sobre ministerios, y sobre muchos y grandes asuntos.
Pero baste lo que he dicho en alabanza de este joven, para despertaros, a fin de que también vosotros alcancéis tal deseo y lo imitéis y seáis hallados dignos de recibir de Dios la misma gracia. ¿Queréis que os diga algo más, mayor que lo que he dicho? Mas ¿qué hay mayor que el temor de Dios? Gregorio el Teólogo dice que el principio de la sabiduría es el temor de Dios; pues donde está el temor de Dios, allí está también la guarda de los mandamientos; y donde está la guarda de los mandamientos, allí está también la purificación de la carne, porque ante el alma se levanta algo semejante a una nube espesa que no le permite ver claramente el resplandor divino. Y añade que donde está la purificación de la carne, allí está el resplandor divino; y donde está el resplandor divino, allí está el cumplimiento del deseo divino. Por tanto, la iluminación por la luz divina y el ser alumbrado por el Espíritu Santo es el fin sin fin de toda virtud; y quien ha alcanzado este fin olvida todo lo sensible y comienza poco a poco a conocer los dones espirituales.
Estas son, hermanos míos, las obras admirables del Dios bondadosísimo; por ellas el Dios sapientísimo revela a sus santos ocultos, para que otros los imiten y pasen su vida como ellos la pasaron; y si no los imitan, quedarán sin excusa y no podrán dar respuesta alguna. Pues también quienes viven entre cuidados y afanes, cuando viven como conviene, se salvan y son hallados dignos de recibir de Dios grandes bienes solamente por la fe en Él.
Por tanto, afligíos, hermanos, en vuestra alma, y creed con todo el corazón, sin duda alguna, en vuestro Señor y en sus palabras; y aborreced las cosas pasajeras del mundo, y dejadlas, pues son temporales, y venid al Señor y uníos a Él. Porque sin Dios nada hay en el mundo; todas las cosas son nada cuando no estamos unidos a Dios. Por eso lloro y me lamento y me aflijo grandemente cuando pienso que tenemos un Señor tan rico en dones y tan amante de los hombres, que solo por la fe que le mostramos en obra a Él y a sus promesas nos concede estos dones que hemos oído y visto; y nosotros, insensatos como bestias irracionales, honramos más la tierra y las cosas terrenas y corruptibles, que el Dios bondadosísimo nos dio en abundancia, por su gran misericordia, para la necesidad del cuerpo, a fin de que las usáramos con moderación, cuanto es necesario para la vida, y para que el alma no tuviera obstáculo en obrar según su entendimiento, y viviera como conviene, y se alimentara del alimento inteligible y de la gracia del Espíritu Santo.
Pues para esto ha sido creado el hombre en este mundo: para que por medio de las cosas mundanas tuviera ocasión de glorificar a Dios, que se las dio, y conociera a su Bienhechor y al Todo Bueno, y lo amara, y le diera gracias tanto de palabra como con obras agradables a Dios, y así fuera hallado digno de recibir también otros bienes de Dios y dones sobremanera grandes y eternos. ¿Y nosotros? ¡Ay! No pensamos en absoluto en aquellos dones futuros, sino que nos apegamos a los presentes, y nos preocupamos por ellos, y nos apresuramos a adquirirlos para tenerlos en abundancia; pero en Aquel que nos los da no pensamos en absoluto, y le mostramos gran ingratitud y nos hacemos semejantes a los demonios, si no peores, a decir verdad. Y por eso conviene que seamos castigados más que ellos, porque recibimos también mayores beneficios.
Pues nacimos cristianos, recibimos tales misterios, tales dones espirituales, y creemos en el único Dios que se hizo hombre por nosotros, soportó tales sufrimientos y finalmente la muerte en la cruz, para librarnos del engaño del diablo y del pecado; y con todo eso creemos en Él solo de palabra, mas por nuestras obras somos verdaderos desobedientes. ¿No se predica hoy el nombre de Cristo en todas partes: en las ciudades, y en las aldeas, y en los monasterios, y en los desiertos? Y si quieres, pregunta y sabrás cómo guardan los cristianos sus mandamientos, y apenas hallarás entre ellos uno solo que sea verdadero cristiano en palabras y en obras. ¿No dice nuestro Señor en el santo Evangelio: «El que cree en mí, las obras que yo hago, él también las hará; y mayores que estas hará» (Jn. 14, 12)? ¿Quién de nosotros se atreverá ahora a decir: «Yo hago las obras de Cristo y creo rectamente en Él»?
¿Veis, hermanos, que en aquel día terrible del juicio seremos como incrédulos y padeceremos tormentos mayores que quienes ni conocen a Cristo ni creen en Él? Por tanto, no nos queda sino recibir la condenación como incrédulos, o presentarnos ante nuestro Señor Jesucristo —la Verdad misma— como quienes no caminaron en la verdad, lo cual es imposible.
Y escribí esto, hermanos míos, no con la intención de prohibir a los cristianos que se retiren y guarden silencio, prefiriendo una vida mundana. ¡Jamás sea tal cosa! Sino que mi intención es anunciar a todos los que lean este relato que quien quiere y desea con toda su alma y su corazón hacer el bien y la virtud recibe poder del Dios omnipotente, de modo que puede hacerlo en todo lugar y ser hallado digno de recibir dones espirituales y visiones divinas, como este, digo, bienaventurado joven Jorge; y teniéndolo por conocido y sincero amigo, le pedí que me contara esto para poder escribirlo.
Por esto, hermanos míos en Cristo, os suplico: recibamos también nosotros en nuestros corazones la diligencia y el deseo de hacer el bien, y vayamos con fe y esperanza indudables a cumplir los mandamientos de Dios; y nuestro Señor es fiel y veraz, y nuestros rostros no serán avergonzados. Verdaderamente podremos realizar toda obra buena dondequiera que estemos: ya sea en las ciudades, o en las aldeas, o en los monasterios, o en los desiertos. Pues el Dios bondadosísimo, según su promesa, abre la puerta de su Reino a todo el que llama, y no hay caso en que quien busca con toda su alma no halle la riqueza de los dones de Dios. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.